jueves, 16 de junio de 2011

El fantasma de Carolina.


¿Te gusta?, preguntó Paulina dando unas vueltas. Aludía a su vestido. Recién había comprado un vestido rojo y me hizo ir hasta su casa para que yo lo mirase. O para que yo la mirase a ella, enfundad en el vestido, que era mirarla a ella, y eso era lo importante. Llamó y dijo: te tengo una sorpresa. Así que corrí hasta la casa de Paulina y allí estaba ella, metida en el condenado vestido rojo, dando vueltas y saltitos, la mar de contenta. Hubiese preferido una caja de cigarrillos. No se lo dije. No se lo dije porque ya era demasiado. ¿Qué era demasiado? Yo mismo no lo sabía a ciencia cierta, pero sabía, con toda certeza, que ya era demasiado. Que todo esto iba demasiado lejos. 

 Paulina me pegó un beso en los labios y me sacó de mis ensoñaciones. ¿Qué tienes?, preguntó. Ah, la eterna pregunta. Nada, dije. Y la eterna respuesta. Paulina no era de las que se rinden fácilmente. Me sentó en el sofá y se reclinó sobre mí. El escote del vestido era un buen escote y pude ver la mitad de las peras mientras me sobaba la cabeza e insistía en que yo tenía algo. Algo raro. Ya sabes que soy así, dije.  Sin embargo, Paulina no se lo creía. Cuando la conocí yo era galante y parlanchín. Ahora era una especie de trapo. Callado. Apático. Aguado. Apenas dos meses de relación y ya me había cansado. Paulina era una mujer encantadora, alegre, no tengo nada que decir en su contra. Hasta donde yo sé era lo más cercano a una mujer decente, o lo más cercano, al menos, que yo conocía como una mujer decente. Era igual. Me daba exactamente igual si Paulina era decente o no. Si lo hacía solamente conmigo (esas cosas son importantes) o con medio mundo. No me interesaba si a Paulina no le agradaba mi apatía, o si la hacía sentir mal, o lo que sea. No me interesaba saber si yo iba por buen camino hacia su corazón. No me interesaba ganar su corazón. Vamos, Paulina no me interesaba en lo absoluto. Cogerla estaba bien pero no era la gran cosa. La pregunta se hizo inevitable: ¿por qué sales conmigo entonces? Me lo preguntó un día de lluvia:

 Yo estaba sentado sobre mi viejo sofá, y ella, Paulina, daba vueltas por la estancia. Discutíamos el mismo viejo rollo. ¿Qué tienes? No pudiendo más con todo esto, lo solté: ¡no me interesas ni tú ni tu puta vida! Y es que Paulina salió con la perorata de sus emociones, de sus pensares y sentires, y de su puta vida. Y se lo tuve que decir. Yo oía todo eso pero no escuchaba nada. ¿Entonces por qué andas conmigo?, preguntó al borde de las lágrimas. 

 No hay desdicha más grande que tener a tu lado a un ser, que no es el ser al que deseas tener. Y encima, si no tienes nada que reprocharle… No hay hipocresía ni bajeza más vil que la de amar falsamente. Que la de follar a una mujer mientras se piensa en otra. Si algo en esta vida tengo que pagar, es haber engañado a Paulina. 

2

 Carolina había salido de mi vida definitivamente. Con esto quiero decir que la muy cabrona se había casado. Con otro. Y ese otro, la había preñado. No existía ya manera en el mundo de que yo  recuperara a esa mujer. La verdad es que nunca hice nada por recuperar a esa mujer. Ni a ninguna otra. Y ahora que lo sabía: que Carolina salió de mi vida definitivamente, la extrañaba con la fuerza de un tornado. Carolina fue el amor de mi vida y por supuesto yo estaba deshecho. No me llegó de inmediato. Fue hasta los tres meses después cuando la nostalgia y la desdicha cayeron sobre mi pobre alma acongojada. Extrañaba a Carolina hasta el último detalle y estaba dispuesto a quitarme la vida. Pero yo no era un suicida. Un suicida de verdad no anda por allí pregonando que se va a matar. Un verdadero suicida se pega un tiro. Yo, en cambio, no dejaba de avisar que me suicidaría. Bastaba una oportunidad, el mínimo empujón, para que soltara la sopa. Frente a un amigo. Frente a un desconocido de bar. He perdido la cuenta de las veces que conté lo mucho que amé a esa mujer. En bares y en cantinas. En el subterráneo. En la Plaza Mayor. En el teatro. En la parada del autobús. Bastaba una copa para que me deshiciera en lamentos, interminables, y en el rollo de mi desgraciada vida. 

 Se lo conté a Verónica Pinciotti, quien no hacía otra cosa que decir: me alegro. Excepto en la parte del suicidio. Allí no dijo nada. Y de tanto repetirlo comenzó a preocuparse. Dijo que deseaba hablar conmigo. Me citó en un bar del centro de Tlalpan y me pidió que me dejara de tanta pendejada. Perder a Carolina es lo mejor que ha podido pasarte, decía. Verónica realmente odiaba a Carolina. Recuerda, dijo, que: “a veces un hombre gana cuando pierde a una mujer” (Sabina). Quizá Verónica tenía razón. Sin embargo, por mi parte, no veía ninguna ganancia en perder a Carolina, sino todo lo contrario. Me dolía hasta la última célula saber que yo, definitivamente; o que Carolina definitivamente, me había olvidado. Quizá la cosa está ahí, dijo Verónica. Eso es lo que realmente te duele. Que te haya olvidado. Ya sabes, dijo: “uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada.” (C. Pavese) No lo entiendes, dije, si Carolina estuviera aquí, me hincaría ante sus pies. Caería postrado antes sus pies. Le entregaría mi vida. Pero Verónica, quizá lo entendía mejor que yo. Probablemente yo, cegado por la tortura de perder lo más valioso de mi vida, no entendía un carajo. Qué iba yo a entender. Acabado. Aniquilado. Hecho polvo. Qué iba yo a entender. De haber entendido un poco quizá sabría que con mi sufrimiento desmedido lo único que lograba era dar vida al fantasma de Carolina. Un ente oscuro como la muerte que me atormentaría el resto de mis días. Pensar en Carolina, hablar de Carolina, extrañar a Carolina, era la manera perfecta de NO olvidar a Carolina y de alimentar el suplicio. Tenía veintipocos años y ninguna experiencia en perder al amor de mi vida. 

 Ya sé, dijo Verónica dando un trago delicado al whisky que había ordenado. No hay remedio más eficaz para el mal que te atormenta que el viejo refrán: un clavo saca otro clavo. Aquellos que algo saben del amor, sabrán sin necesidad de continuar, la insensatez del caso. No sé, dije, se dice que eso nunca funciona. Si no funcionara no se diría tanto, dijo Verónica. En serio. Yo misma me la paso sacando clavos con otros clavos. Sí dije, pero tú nunca te enamoras. ¿Y cómo sabes?, preguntó. Vale, dije, como quieras, pero yo no estoy de acuerdo. No creo en la sabiduría popular. Pues deberías intentar, dijo, no pierdes nada. 

3

El primer clavo que encontré se llamaba Paulina.  Tenía veintidós años y era estudiante de psicología. A mi favor, cínicamente, puedo decir que mi maestría en el arte de fingir es tal, que ni ella, estudiante de la mente humana, supo vislumbrar el origen de mi falsedad. Me entregué como el amante fiel que me hubiese gustado ser con otra mujer. Logré esconder la desdicha de mi corazón entre halagos, ramos de rosas y sonrisas fatuas. Las primeras cuatro semanas las pasamos estupendamente, y a decir verdad, Paulina poseía carisma y belleza. Carisma y belleza que se opacaban ante el recuerdo de Carolina. Todo era así. Paulina jamás brillaría en mi cabeza como lo hizo Carolina. Por ejemplo: Paulina era una mujer inteligente, lo sé, y a pesar de ello, cuando la comparaba (la comparaba todo el maldito tiempo) con Carolina, se me antojaba simple y vulgar. No tenía ninguna de las cualidades de Carolina, como su amor por  la música (buena música), o su amor por la literatura (mi Literatura), ni sus capacidades amatorias. Con esto no quiero decir que Paulina fuese una pésima mujer, era una buena mujer, estoy seguro, pero en ese entonces yo no podía concebir que una buena mujer no fuese Carolina. 

4

Presenté a Paulina con Verónica, y ésta, contenta de verme salir del Infierno en que me encontraba (sin saber que estaba aún más sumergido en aquel Infierno) me felicitó y felicitó a Paulina por el feliz encuentro. Sonreía a Paulina, le daba consejos sobre cómo tratarme y no paraba de decir lo linda pareja que hacíamos. No tenía idea. Así que lo tuve que decir. La jalé del brazo, aparte, y le dije: Pinciotti: ¡ya cállate! Estás haciendo todo esto más difícil. Aunque ella deseaba hacer todo más sencillo. ¿Cómo?, preguntó extrañada. Verás, Vero, le dije, la voy a dejar. ¿Cómo?, preguntó todavía más extrañada. Que la dejo, la boto, la corto, la termino, a la mierda, no puedo más.  ¿Por qué?, preguntó asombrada. Es una lata, dije, esto de fingir, es insoportable. ¿Sabes que hizo?, dije, me regaló un par de pantuflas. ¡Unas puñeteras pantuflas! No es mi tipo de mujer, no, no lo es, lo siento pero mi tipo de mujer me regala whisky, cigarrillos, sexo, libros. No pantuflas. Vamos, dijo Verónica, no seas así, dale tiempo, apenas te conoce. Como sea, dije, dar pantuflas a quien sea, es de mal gusto. Hay que tener… ¡Pantuflas en la cabeza! Verónica insistió en que aguantara un poco más. Se creía que si continuaba, poco a poco pero al final, Paulina terminaría sacando a esa bruja de mi cabeza. Pero si no está en mi cabeza, dije, está en cada poro de mi ser. 

 Continué saliendo con Paulina. La cosa iba sobre la siguiente línea: ¿me quieres?, preguntaba ella lanzándose a mis brazos. Yo respondía, quitándomela de los brazos: ya, te quiero. Paulina pensaba lo grandioso de nuestro encuentro. Yo pensaba en Carolina.  Paulina y yo hacíamos el amor. Ella no sé en qué coños pensaba; yo pensaba en Carolina. Me era inevitable pensar que la follaba. Que ese cuerpo sobre mí, o debajo de mí, era el cuerpo de la mujer añorada. El fantasma de Carolina se metía a la cama cada que yo lo hacía con una mujer. O que salía con una mujer. Porque Paulina no fue la única. Fue tan sólo la primera de una serie de fracasos. 

 Así que esa tarde de lluvia lo solté. Amo a otra mujer, le dije a Paulina y no se lo podía creer. Sobra describir el escándalo que se armó. Las mujeres soportan con entereza un parto, pero no soportan el menor de los rasguños a su vanidad personal. Un engaño les da en el alma. Directo a su autoestima y a su orgullo. Se pensó que yo tenía un amante o que salía con alguien más. Cuando le conté de Carolina no lo pudo entender. ¿Me estás diciendo que amas a otra mujer, pero que esa otra mujer, no existe en tu vida? , exclamó al borde de un ataque de histeria. Algo así, dije, verás, estoy enamorado del recuerdo de lo que fue… el amor de mi vida. Amas a otra mujer, dijo, eso me queda claro. Ajá, asentí. Dices que a esa otra mujer que amas, no la ves… exacto, afirmé. No la has visto desde hace mucho tiempo, ni la verás… Así es, dije contento de hacerme entender. Y no hay posibilidad en el mundo de que la mires o de que le hables… ¡Exacto!, exclamé. Paulina no lo entendía. Sí, nena, le dije, estoy diciendo que amo a un fantasma. Un puñetero fantasma.  A mí me quedaba muy claro. Preguntó si yo alguna vez la había engañado. Pues, verás, dije, engañar engañar, no. ¿Cómo?, preguntó. Sí, dije, no me he acosado con otra mujer desde que estoy contigo. ¿Entonces cómo me has engañado?, preguntó confusa. Se lo expliqué. Le conté todo sobre Carolina. De cómo llegó a mi vida, cómo salí de su vida y cómo ella no se ha largado de la mía. Está aquí, dije. ¿Aquí dónde?, preguntó Paulina, alarmada. Quiero decir, expliqué, en forma de fantasma. Está aquí, dije tocándome la cabeza… y aquí, dije tocándome el corazón. Carolina todavía está aquí. Paulina no lo creía del todo. Para ella era imposible que una persona amara a otra después de tanto tiempo. O sea, dijo, cuando decías que me amabas, tú no… No, no, interrumpí,  no es así, yo siento por ti un cariño especial, pero, si te soy franco, y quiero ser franco… aún… pienso en ella. ¿Mucho?, preguntó Paulina. Todo el tiempo, contesté. ¿Todo el tiempo?, preguntó. Todo el tiempo, dije asintiendo con la cabeza. ¿Todo todo el tiempo?, preguntó Paulina adivinando la cosa. Tuve que decirlo. Sí, nena, todo el maldito tiempo. Lo entendió. Esta vez lo entendió. Entonces dijo, ¿por qué sales conmigo? Yo lo sabía perfecto. Las estúpidas palabras de Verónica sonaron en mi cabeza: porque un clavo… saca otro clavo. Porque un clavo saca otro clavo, dije rápido y sin pensar. 

 Deshacerme de Paulina no sería tan fácil. Creyéndose madura y capaz de entender mi situación, ¡no se cabreó! Dijo que con el tiempo y su ayuda (la muy cabrona era psicóloga) yo superaría el abandono de Carolina y algún día, quizá… la querría a ella. ¡No!, exclamé alucinado, tú no entiendes. ¡Amo a Carolina por encima de todas las cosas y de todas las personas y sobre todo, por encima de ti! Paulina abrió los ojos como una condenada lechuza. No lo tomes personal, dije al mirar que el último enunciado podía herirla de verdad. No es cosa tuya, es cosa mía, dije. Sí, me estaba librando del viejo “un clavo saca otro clavo”, con el viejo: “no eres tú, soy yo”. Paulina salió de allí llorando. Ahora supongo que no lloró por mí. Una no llora por el amor de un hombre. Una llora porque el amor, cualquier amor, le revela su desnudez, su miseria, su desamparo, la nada. Y también supongo que llegó a casa hecha una sopa. Caía una tormenta. 

5

Paulina me ha dicho que la cortaste, me dijo Verónica por el auricular de su teléfono móvil. No lo puedo creer, dijo, dejaste ir a una buena mujer. No, Vero, le dije, soy yo quien no lo puede creer. Cómo fui capaz de hacerte caso. Verónica rió y dijo: bueno, al menos espero que seas menos desdichado. ¡Carajo!, era más desdichado que al principio. Me sentía un cabrón, esta vez sí que me sentía un cabrón de mierda, por haber mentido a una mujer. Yo no acostumbraba mentir a las mujeres. Les hablaba directo y sin escrúpulos. Las trataba mal si se quiere, era cínico y desvergonzado, era un hijo de puta, pero (y este pero es importante) no era un mentiroso. Mentir es otra cosa. Mentir es decir te amo cuando no es verdad. Yo nunca pronunciaba la palabra amor. Podía pronunciar decenas de veces follar pero nunca amor. Me sentía vacío. Seco. Roto de plata y roto de cariño. Decidí continuar saliendo con mujeres sin involucrar sentimientos. Sólo sexo. Porque el sexo, hombre, ese sí que ni Carolina me lo quita. El sexo y la bebida era todo lo que me quedaba. Y el recuerdo de un amor pretérito que nunca volverá. 

6

El fantasma de Carolina me duró unos años más. Años en los que irremediablemente cometía el funesto error de contar a mis nuevas conquistas, tarde o temprano, a la menor oportunidad,  todo sobre Carolina. Hasta el hartazgo. De modo tal que más de una me botó bajo el pretexto de que yo continuaba amando a esa mujer.  Con el tiempo, como todo, aprendí del error y dejé de hablar de Carolina. Lo que no significa que dejara de amarla. El fantasma de Carolina me estaba acabando. 




5 comentarios:

  1. Hiciste bien en cortar a Paulina eso no te iba a llevar a ningun lado

    Buen texto como siempre y me ha hecho pensar en mi misma saludos!

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  2. Carolina marco tu vida cañón! me da gusto que ya la hayas superado.

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  3. Martincito...por nada del mundo debe alguien pasar por algo así.¡Qué castigo y autocastigo!peor aún si la otra persona no se lo merece.Pena.

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  4. Buen texto!! y debo agregar que Verónica Pinciotti tiene razón. Además delhecho de que Carolina siempre me fue intolerable.

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  5. hey ! Sólo para saludarle y contarle que mi maestra de fisiología nos leyó "el fantasma de carolina" . me conmovió mucho, me identifiqué. me declaré fan de usted. éxito ! :D

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