jueves, 23 de junio de 2011

De cómo partí las bolas a un tal James.



Había un chico en el colegio, un tal James. Y había una chica, Cristina, a la que todo mundo llamaba Cristi. A James la gente lo llamaba James, pero yo lo llamaba Jaime, en burla, aunque luego me enteré que Jaime no es el equivalente español de James, sino Diego. Entre otros como Jacobo, o Santiago. Pero Jacobo no es un nombre español, sino hebreo, que junto con Diego, Santiago, Yago, Jacob, y Jaime, significa: sostenido por el talón. Como Aquiles (?). Y también significa: seguidor de Cristo. Cristo significa mesías, aunque supongo que alude al mesías más conocido de la historia de los mesías: Jesús

 El caso es que en el colegió había un tal James, y que no era precisamente seguidor de Cristo. Se parecía más a Cristo que a James, pues todos parecían seguirlo. Era lo que comúnmente se conoce como un chico popular. El más popular del colegio, y Cristina, era la chica más buena del colegio, lo que la convertía, ipso facto, en la chica más popular del colegio, y por supuesto, era novia de James. Idolatraba a James. Cosa curiosa, el nombre Cristina de origen latino, significa: seguidora de Cristo

 Y también estábamos Manuel y yo, que éramos, en la escala de la popularidad, el eslabón más bajo. Los chicos con los que nadie quería ser visto. Lo que comúnmente se conoce como: inadapatados. La verdad que lo éramos. Sin embargo, en mi defensa, debo decir que Manuel y yo éramos inadaptados, pero no el mismo caso. Manuela era un completo tetazo. Era el tipo que le sangra la nariz en medio de una exposición de Geografía. El tipo que nació alérgico hasta a la leche de las tetas de su madre, y que su madre tuvo que suplir la leche con Fórmula. Ese tipo de cosas, ya se sabe. Y yo… bueno yo, yo simplemente odiaba al mundo. Era la clase de chico que se inventa una excusa para no hacer la hora de gimnasia y ocupa ese tiempo en leer Rimbaud

 Comencé a burlarme de James cuando él comenzó a burlarse de mí. Me gritaba Petrozza y se reía. Yo no entendía por qué. Hasta que me lo dijeron. El imbécil de James se creía que todas las palabras terminadas en a pertenecían al género femenino; Petrozza era un nombre de mujer. Vamos, la popularidad y la inteligencia no son directamente proporcionales. Y como James era un chico popular, comenzó a llamarme Petrozza en ese tono de burla tan característico de lo hijoputas, lo que trajo como consecuencia que todo el  colegio me llamara Petrozza y se cagaran de la risa. Había hecho de mi apellido (porque ni siquiera era un nombre, como pensaba el idiota de James) un insulto. Entonces comencé a llamarlo Jaime. Esto hirió su orgullo. Yo no era  popular, repito, pero tampoco era el único bajo la sombra del anonimato. Tampoco era el único al que James jodía la vida. Era el único, eso sí, que había dado al blanco. El único que se había atrevido a algo. Porque a mí no me importaba. Yo era inmune a la popularidad de James. No lo miraba como al gran hombre. No lo respetaba. Llamar Jaime a James fue su suplicio. James tenía el físico de un chico de comercial. Era rubio, alto, atlético, y sobre todo, poseía una sonrisa brillante. Estaba orgulloso de eso. Supongo que era la clase de niño al que su madre recordaba lo guapo que es todas las mañanas. Era bueno en los deportes y estaba orgulloso de capitanear el equipo de fútbol. Era bueno con las mujeres y por supuesto, se enorgullecía de salir con Cristina. Era orgulloso de sí mismo desde la punta del pelo hasta el dedo del pie. Pero sobre todo, sobre todas las cosas, el cabronazo estaba orgulloso de llamarse James. Llamarte James en un país donde la gente se llama Juan, o Pedro, o José, es un premio. El nombre en sí te dota de un poder supremo. Las chicas lo miraban como a un nombre de telenovela (telenovela gringa) o de película; de galán de película. Uno podía llamarse Esteban y no faltaría otro que se llamase así, pero llamarse James, carajo, ninguno otro se llamaba James. Los padres de James, que eran unos mamones de mierda, le metieron en la cabeza a su hijito que él era el mejor chico, el más apuesto, el más bravo, y que su nombre era un nombre de los dioses. Habría que verse para creerse. La forma de caminar de James. La manera de hablar de James. De mirar. De sonreír. ¡Un reverendo capullo! Y yo, el gusano miserable más despreciado del colegio, un buen día, le gritó: “Jaime, el niños tiene sed”. Ya se entiende el golpe a la autoestima del pobre de James. Rebajado al grado de mayordomo. En adelante se llegaron a escuchar ecos de mi broma en los pasillos, cuando el cabrón de James se paseaba de la mano con Cristina. Nada lo fastidiaba más. Supongo que a Cristina no le importaba demasiado pero James enrojecía. Se ponía hecho una furia. Gritaba quién fue y volteaba a todos lados para descubrir al listillo. El listillo siempre era demasiado listo para dejarse ver, o para entregarse; James tenía que irse con el coraje.

   No pudiendo más con el rencor, y sabiendo que el causante de todo su dolor era yo, James me retó a una pelea. 

2


James te retará a una pelea, me dijo Manuel, muy asustado. Me lo dijo a la hora del almuerzo. ¿Cómo?, contesté rascándome los bolsillos en busca de una moneda. Sí, dijo, por lo de Jaime. Ajá, dije rascándome los bolsillos. La gente ha comenzado a burlase de James y está enfadado, dijo Manuel. ¿Tienes una moneda?, interrumpí a Manuel estirando la manaza. Manuel siempre cargaba algo de pasta. Sacó una moneda del bolsillo y la colocó sobre mi mano. Al hacerlo se escuchó un ruido, el ruido de una moneda chocando contra otra moneda. Vaya sí yo conocía aquel ruido en los bolsillos de Manuel. Vamos, Manolo, yo sé que puedes prestarme más. Manolo, con todo el dolor de su corazón, sacó un par de monedas más y las colocó junto a la primera. Mañana te pago, hombre, dije palmeando la espalda de mi fiel compañero. Hasta ese día yo debía a Manuel trescientos veintidós pesos con cincuenta centavos. Lo sabía porque el ñoñazo de Manuel llevaba la cuenta en una libreta. No sé cuanto quedé a deber, pero seguro fueron unos cientos de pesos más. A los trece años, cientos de pesos son millones de pesos. Cogí el dinero y fui a la cafetería del colegio y me pagué unas enchiladas verdes y un refresco de cola. Hice todo aquello sin prestar atención a Manuel. Sin notar que el tío continuaba detrás de mí. Me senté a una mesa y lo noté cuando alcé la mirada y me encontré con la mirada de él. Alá, hombre, dije, qué no me dejas comer en paz. Al menos comes, dijo en tono de reproche. Lo entendí. El buenazo me había entregado toda la plata. Ya, ya, dije convidando la mitad de las enchiladas a Manuel. Están ricas, dijo. Yo no lo creía. La comida de la cafetería escolar era una mierda. Me da gusto que las disfrutes, dije a Manuel, ahora cuéntame, ¿cómo es que ese James me quiere pegar? 

 La cosa había ido demasiado lejos según el criterio de James. La cosa había caído tan bien al público, y era tan gracioso llamar Jaime a James,  (después de todo ese era su verdadero nombre (o eso creíamos todos)), que incluso el círculo de amigos de James le comenzó a llamar así. No lo hacían con dolo, claro, era un juego, pero el iracundo James no lo soportaba. El colmo fue cuando Cristina, la mismísima Cristina, al pedir de favor a James que comprara agua, le dijo: “Jaime, la niña tiene sed”. Esto fue la gota que derramó el vaso. Por si fuera poco, la ingenua y tarada Cristina, lo hizo en la cafetería del colegio, el día anterior o algo, enfrente de todos, y sobre todo, enfrente de los enemigos de James, que eran el grupo de tetazos que aquel día estaban todos reunidos en una mesa de la cafetería. Las risas cubrieron el grito de reclamo del pobre James. Todos rieron. Los tetazos y los otros, los amigos de James, y la propia Cristina estallaron en risa. James no podía golpearlos a todos, así que se pensó buena idea golpear al culpable, al causante de todo su mal. Arrancar el problema de raíz.Yo, el chico menos conocido de toda la preparatoria. Sucedió más o menos como el origen de la humanidad. Cristina, una mujer, acabó con el reinado del primero de los hombres, el macho alfa, el ser más cercano a Dios, y todo por el comentario de un tercero: Petrozza. En adelante James sufriría como todos los otros. Tendría que ganarse el respeto con el sudor de su frente. Y estaba dispuesto a hacerlo.

 Manuel me explicaba todo ésto cuando de la nada apareció James seguido del séquito de mamarrachos que acostumbraba seguirlo. ¡Tú!, gritó señalándome con todo el brazo. Lo miré sin inmutarme. James podía ser un chico parido por el culo de Dios pero a mí no me impresionaba. Yo sabía que era un hijo de mami y que los hijos de mami son tremendos lerdos para los golpes. ¿Sí, Jaime, querido, qué hay conmigo?, dije cínicamente. ¡Te voy a partir la cara!, Petrozza, gritó. Me llevé a la boca un trozo de enchiladas y haciendo el indio, pregunté: ¿Qué?, no pude escucharte, Jaime, lo siento, estaba enchilándome con esto. Por cierto, ¿serías tan amable de traerme un vaso con… No terminé la frase. Se me vino encima el desgraciado. Me agarró por la camisa y me amenazó con el puño cerrado. ¡Calma, calma!, gritaban sus compinches. Calma, James, no querrás que te expulsen. Ya le darás por el culo a la salida. James se separó de mí y no dejaba de decir: a la salida, Petrozza, a la salida, ¿me escuchas?, a la salida. ¡Que te den!, le grité antes de verlo desaparecer. 

 Manuel estaba sudando. El cobarde se inmutó todo este tiempo y nadie notó que había corrido a la mesa contigua, lejos de mí y de James, y que desde allí anotaba algo en una libreta. Toma, dijo acercándose a mí y entregándome la libreta. Es el número de la Profesora Margarita, dijo. ¿Cómo?, pregunté extrañado. Se lo puedes contar  a ella, estoy seguro que intercederá por ti. Ya sabes, agregó, para que el colegio te proteja. No lo podía creer. Era amigo del chico más introvertido, más cobarde y más marica de todos. No me sorprende que la gente se avergonzara de estar conmigo. Estás loco, le dije, no voy a delatarlo. ¿Entonces qué harás, preguntó, dejar que te parta la cara? Manuel se creía que por ser yo su amigo, sería tan temeroso como él. ¿Y por qué habría de partirme la cara ese tal James?, pregunté a Manuel para ver cómo pensaba. Pues ya sabes, dijo. No, no sé, Manuel, ¿quieres hacer el favor de explicarme? ¿No lo sabes?, preguntó realmente sorprendido. ¿Saber qué?, pregunté. Yo no miraba nada extraordinario en James. Era rubio, era encantador, era jugador de fútbol, salía con Cristina, pero eso no lo hacía ante mis ojos mejor que nadie. Para mí era una nenaza, un mimado, un marica. Hasta que Manuel me lo explicó. ¿Qué?, exclamé escupiendo el último bocado que me había zampado. Yo no lo sabía. Recién ingresaba a la preparatoria y yo venía de un colegio, y Manuel de otro; del mismo colegió de donde venía James, y su popularidad no se basaba únicamente en su calidad de rubio. Muchos otros chicos venían del mismo colegio y todos sabían que James... es campeón de Judo, dijo Manuel. ¡Campeón de Judo! 

 Vale, dije a Manuel, dame ese papel, ¿cómo dices que se llama la profesora? Margarita, dijo. ¿Estás seguro que el colegio me dará protección? Bueno, dijo, no se pierde nada con pedir. ¡Qué va!, dije, se pierde todo con pedir. Se pierde el honor, se pierde el coraje, se pierde la hombría, se pierde el valor y la autoestima. Se pierde el estilo. No hay otra salida, Manolo, dije resignado y tranquilo, y robándole el último bocado del plato. Con la boca llena, dije: hay un momento en la vida de un hombre, en que tienes que hacer, lo que un hombre tiene que hacer. Manuel me dio sus condolencias. 


El colegio era un colegio de puerta cerrada. Te metían a las siete de la mañana y no podías salir sino hasta las tres de la tarde. Así que de algún modo, todos estábamos encerrados. Todos salíamos a la misma hora; no podía escapar. 

 Entramos a clase de matemáticas y mientras todos se ponían con las ecuaciones, yo me pensaba un plan para escapar. No escapar del colegio, sino de la bronca. Hablar con James o algo,  sin que pareciera una súplica de perdón. Quizá si le explico que Jaime es un nombre muy bonito, pensaba, y que significa seguidor de Cristo, y que Cristina,  a su vez significa lo mismo… Señor Petrozza, gritó el profesor, que ya me traía en la mira, y pidió que le dijera de qué coños estaba hablando él hace un par de minutos, para comprobar si yo ponía atención. Vale, dije, me parece que... ¿de los binomios? El profesor me miró sorprendido. Había atinado. ¿Y qué dije sobre los binomios? El hijoputa no se rendiría tan fácil. Vale, dije, me parece que usted ha dicho que los binomios… ha dicho que los binomios… Manuel me miraba angustiadísimo. Estaba sentado al lado mío y deseaba susurrarme la respuesta pero el silencio era tal que no lograría hacerlo sin que el profesor se diera cuenta. ¿Qué hay con los binomios, señor Petrozza?, insistió el profesor. Los binomios… son una cosa de dos… como su nombre lo indica, en el prefijo Bi… Yo no sabía nada de matemáticas pero sabía de etimologías y de lengua. Sin embargo, no estábamos en clase de lengua. ¡Deje de papar moscas y ponga atención, señor Petrozza, si vuelvo a notar que está usted en la luna le voy a poner una amonestación! Asentí con la cabeza. No deseaba meterme en más problemas. 

4


La pelea se llevó a cabo en un parque, a  unas cuadras del colegio. No hubo manera en el infierno de salvarme de aquello. Tenía miedo. Sin embargo, no demostraba miedo. Caminé sin dudar hasta el parque. Acompañado de Manuel que tenía más miedo que yo, y de unos cuantos tetos que me decían que acabara con James. Lo odiaban. James caminaba por la acera de enfrente, acompañado de más de la mitad del colegio, recto, petulante y creyéndose el Hombre. 

 Llegamos a un espacio de pasto que ambos consideramos adecuado. En mis tiempos todavía quedaba algo de honor. Un chico retaba a otro, no le llegaba de la nada, y había que seguir el protocolo: verse a la salida, elegir el campo de batalla, pelear limpiamente. Sin que nadie se metiera a la pelea. Los últimos esbozos del honor. 

Dejé caer la mochila a la sombra de un árbol, y James hizo lo suyo a la sombra de otro árbol, y en esos árboles estaba agrupado el público, divido según  su contrincante favorito. Cristina estaba en medio. James no lo notó pero yo sí lo noté. Cristina no apoyaba totalmente a James. Le parecía que pegar a un chico como yo era una barbaridad y un acto de vandalismo, y todo por una estupidez. No lo creía justo. Aunque tampoco estaba de parte mía. 

 James se plantó con los puños cerrados. Comenzó a dar saltitos y a campanear la cabeza. De vez en vez lanzaba un golpe al aire. No lucía como un campeón de Judo. Lucía como un campeón de boxeo. Lo que era mucho peor. Al menos las artes marciales orientales poseen principios: evitar una pelea a toda costa. Perdonar. No matar. Pero el boxeo. El boxeo es un deporte ávido de sangre. 

 Me planté frente a James y comencé a  llamarlo Jaime. Sí, soy un bocazas. No me bastaba con la ira que guardaba James desde hace unos días. Me puse a insultarlo allí mismo y la verdad que te pensabas que yo era un chico duro, o un campeón de boxeo, o un reverendo imbécil. Uno de esos idiotas que viendo la tormenta no se hincan. Apreté los puños como Dios me dio a entender, y le dije: ¡vamos, caraculo, te voy a partir las pelotas! ¡Te voy a romper hasta el último de los huesos! ¡No te tengo miedo, nenaza! Mientras tanto girábamos en círculo. Ninguno de los deseaba tirar el primer golpe. En el fondo James odiaba ésto tanto como yo. Supongo que si me había retado a una pelea era para limpiar su honor, y sólo porque el maldito orgullo le obligaba. Pero en el fondo odiaba ésto tanto como yo. Y al verme allí, haciéndole frente y gritándole todas esas cosas, tuvo miedo. Lo supe. Lo miré a los ojos y en los ojos reconocía el miedo. James tenía miedo de un loco como yo. Del único chico del colegio que no le temía. Yo era inmune al hechizo de la popularidad de James... 

   Estaba pensando en todo eso cuando soltó el primer golpe. Lo recibí de lleno en la cara. Para ser una nenaza pegaba bastante bien. Sentí la sangre correr por la nariz. Los ojos comenzaron a llorarme. No veía nada. Luego vino otro golpe, en la mejilla. Sentí como si la mejilla me explotara. La sentía pulsar. Trataba de cubrirme los golpes pero no tenía idea de dónde venían. Era como pelear contra una docena de tíos. Recibí golpes por todos lados. En la cara, en el estómago, en las costillas. Y caí. Escuché a todo mundo gritar que ya era suficiente. James dejó de golpearme y yo caí. Desde el suelo pude entreverlo. James alzando los brazos y jactándose de que yo no le había hecho ni un rasguño. Entonces sucedió. El idiota de Jaime se paró cerca de mi cuerpo vencido, mirando hacia mí, con las piernas bien separadas. Dobló la cintura para inspeccionar mi estado y al verme sin ánimo, miró a la muchedumbre y yo aproveché: de la nada me vino la fuerza necesaria para apenas levantarme y propinarle tremendo puñetazo en los tanates, y, una vez doblado de dolor, un puñetazo en la quijada que lo noqueó. Como uno de esos uppercut de Mortal Kobat

Tambaleándome rodeé el cuerpo de James, tirado al suelo, y alcé los brazos como una especie de Rocky ensangrentado que a pesar de la sangre ha vencido. El público enmudeció. Por un lado no podían creer que James estuviera acabado, y por otro, que yo tuviera el valor de haberle pegado en los testículos. Si algo había de honor en mis tiempos es que un hombre no pegaba a otro hombre en los testículos. Si algo había de honor en mis tiempos yo había acabado con él. A mí no me importaba. Cuando te han dado una paliza el honor es poca cosa. Lo único que deseas es mirar a tu enemigo derrotado.

 Cristina corrió a sobar a James; todo el colegio formó un círculo a su alrededor. A todos importaba el estado de James. El mío no. Caminé al árbol de la esquina mía y allí estaba Manuel cargando mi mochila, presto a prestarme su hombro. Los tetos  estaban contentísimos con el espectáculo. Lo has acabado, decían, no lo puedo creer. Ya, decía yo, no es más que una nenaza rubita. En serio, hombre, me decían, nadie había pegado a James. Ya, decía yo, no es la gran cosa, es sólo un chico rubio. No, no, decían, en serio, James es campeón de Judo. Ya lo sé, dije. Cuando dije esto se impresionaron. ¿Tú sabías que James es… No se lo creían. Que yo, sabiendo los antecedentes de James, aceptara pelear. 

 Llegamos a casa de Manuel y se ocuparon de mí. Me limpiaron la cara, que tenía molida, y la madre de Manuel, en un ataque de histeria, me preparó vendajes y yodo y cosas. Me sentó en una silla en la cocina y me preparó curaciones. La madre de Manuel enloqueció. Pero Manuel estaba emocionado y le contaba con lujo de detalle cómo sucedió. Primero le dio éste, madre, dijo señalando mi nariz. Madre me pasaba algodón con yodo por la nariz. Luego, creo que fue la ceja derecha, continuó Manuel.  No, interrumpió uno de los ñoños que me acompañó, después de romperle la nariz, le rompió la boca. Luego la ceja. No, decía Manuel, primero le rompió la nariz, luego le amorató la mejilla, ya lo recuerdo, y después la ceja. La derecha. La izquierda se la rompió luego de pegarle en el estómago. Antes del estómago le dio en el pecho, dijo otro de ellos. Y otro dijo: no, no, en el hígado antes que el pecho. ¿De verdad?, pregunté, a mi me parece que fue primero el ojo, antes del estómago, y luego la ceja, pero la izquierda, la derecha me la había roto ya, me la rompió al tiempo que la sien. Entonces uno de ellos dijo que yo debía estar en lo correcto, pues era yo quien había recibido todo eso. ¡Pero lo mejor de todo, mamá, dijo Manuel a su madre que no dejaba de hacer muecas de dolor y llenarme de yodo, fue cuando Petrozza se levantó de la nada y le rompió las bolas a James¡ ¡Y luego la quijada!, agregó otro. Eso lo tumbó. Madre pidió que por el amor de Dios se alejaran de mí y la dejaran trabajar. Se largaron a la sala y me dejaron allí, con la madre de Manuel, que me dijo que si yo quería podía presentar una demanda. No, señora, dije, muchas gracias, James ya ha tenido suficiente. La señora no se creía que yo ganara la pelea. Venía deshecho. Pensó que yo decía aquello para hacerme el héroe. Insistió que podía hablar con el Director del colegio y… No, no, dije, de verdad, está muy bien así, no hay nada que hablar. Se lo agradezco.

 Cuando la madre de Manuel terminó con la curación, Manuel y los chicos me tenían preparado  botana y un videojuego. Pero la madre de Manuel dijo: será mejor que no comas nada de momento,  y tuve que aplicarme al videojuego. Era un juego de peleas y cuando uno de ellos iba perdiendo contra otro, decían: no te creas, no te creas, te voy a aplicar el gancho Petrozza, esto todavía no termina. Y reían. Yo no reía porque si lo hacia me dolía toda la cara. Así que sólo soltaba una risa tenebrosa desde la garganta. Sin mover la boca. 

5  

 En adelante James jamás volvió a molestarme y yo me convertí en el chico que partió las bolas a James. Mi vida de colegio se volvió más llevadera. James iba con su séquito de gilipollas, y yo con el mío de tetazos. Me seguían a todos lados. Yo era el rey de los tetazos. Pero era mejor que no ser el rey de nada. Me pagaban el almuerzo, me hacían los deberes, me prestaban libros. Se sentían seguros a mi lado. A mi lado, nadie los tocaba. Ni el mismo James. Dejó de molestarlos cuando yo estaba cerca. Y esos niños, idiotas, eran la mar de divertidos y de ingenuos. 




6 comentarios:

  1. Un texto muy parecido a la realidad.

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  2. 1. Buena historia, como dice Adan, nada ajena a la realidad...
    1. Un poco más breve hubiera sido excelente ...
    2. ... y el lenguaje (tío, coño, gilipollas jejeje ) es inapropiado al contexto mexicano (cuestión de gustos pues...)

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  3. Amigo; creo que la imagen del "tío" con estilo, buen golpista, gran follador y bebedor de guisqui, se ha desgastado con soberana inverecundia.
    No terminé de leer el cuento, me aburrió a la mitad... (De inicio me recordó en gran medida al tono que usó Buk en el cuento aquel donde le propina una golpiza a Heminway...un cuento malo, fanfarron y pedrestre, como casi todo lo que escribió buk)... creo que la broma ha dejado de ser divertida... ya todos tus lectores sabemos que eres un "tío" con estilo, buen golpista, gran follador y bebedor de guisqui; quizá debas promocionarlo menos y ocuparte en escribir.
    Vuélvete persona, no te conformes con ser un simple personaje.
    Saludos.

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  4. le quitabas su dinero a manuel?? petrozza siempre jhas sido un roto miserable?? jijijiji

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  5. a mi si me gusto el relato, esta muy divertido y me recuerda mis años de infancia yo tampoco era popular jajajajaj

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  6. JAJAJAJAJA Bueno.... a mi me gustó, sera porque soy del club de los inadaptados?

    MUY BUENO!!!

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