domingo, 8 de mayo de 2011

¿Quién soy?


I

Arthur Wallace tenía ocho años cuando paró su vida en seco. Fue durante un partido de fútbol. Arthur era  jugador de medio campo en el equipo del colegio. Decir jugador de medio campo es demasiado cuando tienes ocho años. En el equipo de Arthur, que era bastante malo (y en el equipo de cualquier colegio de elemental), ser mediocampista o ser delantero o defensa, no significa gran cosa. Todos corríamos tras el balón, recuerda Arthur, rompiendo posiciones. Éramos un enjambre jugando contra otro enjambre. Tras el balón. Fue en la partido contra el River Plate (Arthur no olvida aquello; cómo olvidar el instante (porque esas cosas pasan en un instante)  de la decadencia de mi vida, dice) cuando le vino de golpe la idea del absurdo. No tiene sentido, pensó y paró en seco. Tuvo una visión, a los ocho años, en fracción de segundos, de sí mismo, y de todos esos críos yendo y viniendo tras el balón. Siguiendo desesperadamente aquella cosa. Y lo supo. O lo creyó, que al caso es lo mismo: no tiene ningún sentido. Paró durante el partido, en medio de la cancha. En seco. Arthur corría tras el balón, iba solo, estaba a punto de alcanzarlo y de pronto, de la nada, paró. En seco. Se quedó allí. Congelado. Dejé de ser un gilipollas del montón, dice Arthur. El entrenador le gritó que se moviera, que hiciera algo, que por amor a Dios hiciera algo. Pero Arthur se quedó inmóvil. Luego de algunos segundos caminó al vestidor. La multitud gritaba enloquecida. Sus compañeros gritaban enloquecidos. El entrenador, sus padres, todo el puñetero mundo gritaba enloquecido. No lo podían creer. Se escuchó el silbato del árbitro.  Alguien había anotado un gol. El River Plate había anotado un gol. 

¿Por qué dejaste de jugar?, pregunta Kent a Arthur en el vestidor, una vez finalizado el partido. Porque es igual, responde Wallace (sus compañeros de colegio le llaman Wallace). ¿Qué es igual?, pregunta Jordan, que se une a la conversación. El partido, contesta Wallace indiferente. ¡Cómo!, exclama Kent y exclama Jordan al tiempo. No tiene ningún sentido, ganar o perder, no significa nada, contesta Wallace. ¡Está loco!, grita Kent y grita Jordan, y luego todo el equipo que recién entra al vestidor, y que no saben por qué, pero saben que hay que gritar que alguien está loco y sospechan además que el loco es Arthur Wallace, y eso les da bríos para gritar con más fuerza: ¡Loco!, ¡loco!, ¡Loco! ¡Nos la hiciste en grande!, le grita Thomas, por tu culpa nos han anotado un gol. Perdimos tres a cero. Qué va, dice Wallace sin darle importancia al asunto, hubiésemos perdido de todos modos. ¡Loco!, ¡Loco!, grita el equipo. El entrenador entra hecho una furia y reprende a Wallace por ser tan idiota y para en el partido. Arthur ni siquiera le escucha. Sabía de antemano que esto pasaría, así que con la mano en la cintura renuncia al equipo y se larga a la salida donde lo esperan sus padres. Le dicen que no se preocupe, que el futbol no es lo suyo después de todo, y en adelante todo irá mejor. Se creen que Arthur está deshecho por la crítica, pero la verdad es que a Arthur la crítica le importa un rábano. Todo irá mejor en adelante, dicen los padres de Arthur. No tienen idea, dice Arthur, nada fue mejor en adelante

Es increíble, suspira Arthur, esos tíos, esos amantes del soccer, esos capullos de mierda. ¿Qué es increíble?, pregunta el doctor Stevenson. Todos ellos, dice Arthur exasperado, todos corriendo tras el balón. En todas partes la gente corre tras el balón. Sin saber exactamente por qué. Todos lo que en el partido corrieron tras el balón… no han dejado de correr. Sin sentido. El doctor Stevenson hace una anotación en la libreta y asiente con la cabeza. ¿Qué ha sido de Kent?, pregunta, ¿sabes qué ha sido de Kent o de Jordan? Arthur hace un ademán de obviedad y explica: Kent se ha hecho médico y Jordan… ese cabronazo me parece que se ha mudado a Europa, es un abogado de renombre o algo… están forrados en pasta. El doctor Stevenson asiente con la cabeza y hace una anotación en la libreta. Parece que no sabe hacer otra cosa, piensa Arthur. Dime, Arthur, dice el doctor Stevenson, ¿por qué paraste aquella vez durante el partido?, ¿por qué exactamente paraste aquella vez durante el partido? Arthur suspira. Se lo he dicho ya, no tenía ningún sentido, contesta, se lo dije a Kent y a Jordan, se lo dije al entrenado, a mis padres, a todo el mundo, no tenía sentido. ¿Por qué no?, pregunta el doctor Stevenson por enésima vez. Arthur baja la mirada y lo piensa, como si fuese la primera vez que lo piensa, aunque lleva veinte años pensándolo, y responde: no lo sé. ¿No lo sabes?, pregunta el doctor Stevenson fingiendo asombro. Sé que no tiene sentido, dice Arthur, estoy convencido de ello, pero… no sé por qué no lo tiene. Supongo que nadie nos dijo que lo tendría, ¿no? Es sencillamente absurdo. ¿Y los demás?, interrumpe el doctor Stevenson, ¿qué hay de los demás?, ¿para ellos sí tiene sentido? No lo sé, responde Arthur, quizá. ¿Quizá?, pregunta el doctor Stevenson frunciendo el entrecejo. No lo sé, Dios, responde Arthur, no, creo que no, no hay sentido para nada ni para nadie; las cosas están ahí, los animales están ahí, el hombre está ahí, pero eso es todo, sin sentido, ni oculto ni transparente, no hay sentido, y si lo hay… no lo entendemos, no nos está permitido entenderlo. El doctor Stevenson asiente con la cabeza, hace una anotación en la libreta y comunica a su paciente que el tiempo de la sesión ha terminado. Arthur se levanta del diván, estrecha la mano del doctor Stevenson y promete regresar la semana siguiente. 

2

El apartamento de Arthur es pequeño. Está situado en la azotea de un edificio. El edificio se ubica en la colonia Estrella, en la calle de Malaquita, en el número 91, y no es un apartamento propiamente dicho, es, más bien, a penas una habitación con sanitario. El cuarto pertenece a la madre de Arthur. Le dejó mudarse allí hace siete años y aunque le cobra tan solo quinientos pesos al mes, Arthur hace seis meses que debe el alquiler. Ya, madre, ya, he cogido un empleo, dice Arthur a Madre por el auricular de un teléfono público. Sí, madre, sí, estoy bien. Sí, madre, he comido ya, miente Arthur. Hace dos días que no prueba bocado. Hace una semana que no se muda de ropa. Hace más de un mes que no visita al doctor Stevenson, viejo amigo del padre de Arthur, quien aceptó tratar a su hijo sin pago. Arthur está quebrado. Hace veinte años que paró en seco, en aquel partido, y paró en seco toda su vida. Arthur no encuentra sentido a nada. Absolutamente a nada. Terminó la preparatoria, obligado por los padres, y no entró a la universidad. Ninguna carrera le llamaba la atención demasiado. No al menos para cursarla. Alguna vez sintió interés por la ciencia pero se detuvo, descubrió que a fin de cuentas no era lo suyo. Ha cogido algunos empleos pero renuncia siempre al cabo de seis meses de laborar. No lo soporto, se dice Arthur, eso de trabajar para alguien más. El doctor Stevenson comenta al padre de Arthur que su hijo sufre una severa depresión que se torna abulia. Arthur, que conoce el diagnóstico,  no está convencido. Sabe que es capaz de muchas cosas, si tan sólo encontrara sentido por alguna, sería el mejor en esa cosa. No has ido con el doctor Stevenson, dice su madre al teléfono. No tiene caso, contesta Arthur, no es nada, ese viejo loco no tiene idea de nada, se lo pasa asintiendo con la cabeza, haciendo anotaciones en la libreta y preguntando siempre la misma chorrada, “por qué paraste en el partido”, imita Arthur la voz del doctor Stevenson, ¡por qué no tiene sentido!, “y qué hay de los demás…”, carajo, ese doctor no tiene idea. Deberías poner de tu parte dice Madre. Pongo de mi parte, se defiende Arthur, pero no hay avance, no hay por dónde, estoy bien, madre, no te preocupes, es sólo que… estoy cansado, eso es todo. He cogido un empleo y todo estará mejor, te pagaré lo que te debo. No es el dinero, hijo, dice Madre, tu padre y yo estamos preocupados por ti. Por tu salud. Ya, dice Arthur, mi saludo está de a diez. No tengo nada, te digo, es sólo cansancio. Te pagaré en la primera quincena. El padre de Arthur llega a casa y Madre debe colgar el teléfono. El padre de Arthur no soporta que Madre solape al niño. Vale, madre, dice Arthur, no te preocupes por mí, da de cenar al viejo y yo estaré bien. ¿Tienes qué cenar?, pregunta Madre. Sí, miente Arthur, Estephanie ha traído carne y papas. Estephanie es la novia de Arthur, pero no ha traído carne y papas. No ha traído nada desde hace casi un mes. Desde casi un mes no desea saber nada de Arthur, al que considera un perdedor. Que te bendiga Dios, dice Madre y cuelga el teléfono.

3

Arthur Wallace se presenta al curro. Es su tercer día en el curro y se presenta recién afeitado. Tiene veintiocho años y lo han aceptado como operador telefónico en una empresa de telemercadeo. La empresa se llama SOGESI y está en Torre Pedregal, en Periférico Sur, junto al edificio de la PFP. Es un trabajo de medio tiempo. La campaña es para Santander. Arthur debe llamar a desconocidos de una base de datos para convencerlos de los beneficios de una tarjeta falsamente pre-autorizada. Trabajará de dos a ocho de la tarde por un suelo de mil novecientos pesos al mes, más comisiones. Las comisiones se pagan por semana, dice la mujer que lo entrevista. Muy bien, responde Arthur y se pone manos a la obra.

Lo primero que hacen, luego del curso de capacitación, es sentar a Arthur junto a un tío de dieciocho años que lleva laborando en la empresa un par de meses, y que está a punto de dejar el empleo (cosa que no ha comunicado a la empresa), a escuchar cómo llama, qué dice, y cuál es el proceso a seguir. Durante la capacitación le explicaron a Arthur que existen alrededor de cinco tarjetas diferentes, pero Jhon, el chico de dieciocho años, le advierte que sólo se venden dos, a saber, la tarjeta Light y la tarjeta Uni-k, que no genera comisiones por ninguna operación. Arthur asiente, interesado. Se ha hecho como propósito ser el mejor vendedor de la empresa. Todos al entrar tienen el propósito de ser el mejor vendedor de la empresa; les han dicho que hay chicos ganando quince mil pesos al mes de la venta de tarjetas. Arthur presta atención a todo, hasta al último detalle. Te colocas la diadema y la computadora marca las llamadas por ti. Incesablemente. Hay que decir a los clientes que la tarjeta está pre-autorizada por su buen historial crediticio, dice Jhon. Arthur apunta “por su buen historial crediticio” en una libreta que ha llevado. No hay que abrumarlos con la infinidad de benéficos de la tarjeta, ni hay que ofrecer todas las tarjetas, ofrece sólo Light y Uni-k. Arthur anota: “no abrumar”. Jhon enuncia los beneficios sobresalientes: tasa de interés más baja del mercado y no comisión. Arthur lo anota. No, no, dice Jhon, por separado, la tarjeta Light tiene la tasa más baja del mercado; la Uni-k, no cobra comisiones. Arthur arregla el asunto en la libreta, lo anota por separado y John dice sí, muy bien, así está mejor

      Arthur calcula que si pagan ciento cincuenta pesos por tarjeta vendida, y vende dos por hora, son trescientos la hora; trabajando seis horas, ganará mil ochocientos al día, más el sueldo fijo. No mira ningún problema en vender dos tarjetas por hora. Incluso le parece que podría vender hasta tres por hora. Una hora parece demasiado tiempo para vender tarjetas tomando en cuenta que se realizan más de cien llamadas por hora, lo que equivale a decir que es imposible, según la perspectiva de Arthur, que de cien llamadas no venda al menos tres tarjetas. Pero Arthur no tiene ni idea. Si vendes dos tarjetas diarias estás dentro de los mejores. Y ser de los mejores te cuesta el alma. 

      A las cuatro horas de trabajo un cliente de Jhon decide aceptar la tarjeta. ¡Caramba!, exclama Jhon que no es un buen vendedor. ¿Qué pasa?, pregunta Arthur emocionado. ¡Han aceptado la tarjeta; llama a un supervisor! El supervisor se coloca la diadema de Jhon y habla con el cliente. Buenos tardes, señor X. El supervisor corrobora los datos en pantalla y trasfiere la llamada al área de validación. Muy bien, dice a Jhon y a Arthur, quien, a decir verdad, no ha hecho nada. Tomen un descanso de quince minutos, yo me hago cargo. 

 Arthur y Jhon toman el ascensor y bajan fuera del edificio. El descanso de quince minutos es un premio que tienes que ganar y Jhon nunca había ganado ese premio, cosa que no le dijo a Arthur. Éste lo descubrió por sí mismo más adelante, enfurecido, pues le parecía inhumano y humillante. Jhon propuso comprar una soda. Arthur, tímido, le dice a Jhon que no tiene pasta para una soda. Jhon se ofrece a pagar un par de sodas y algunas frituras. Se sientan en la jardinera a disfrutar del confite hasta que Arthur, mirando el reloj (el reloj en la muñeca de Jhon) anuncia que ya han pasado veinte minutos. A la mierda, dice Jhon, acabemos con esto (alza la soda y las frituras) y subamos cuando tengamos que subir. Arthur no está de acuerdo pero no dice nada. Se queda a terminar con el asunto. 

      Cuando regresan, el supervisor los riñe por la tardanza. Arthur y Jhon se excusan so pretexto de que el tiempo vuela. 

4

Arthur cobra la primera quincena. Ochocientos cincuenta pesos más trescientos cincuenta de comisiones. Llama a su madre y dice que todo está muy bien, que mandará el dinero del alquiler. Madre lo felicita y dice que lo ama; haga lo haga siempre será  su hijo. Claro, piensa Arthur, es inevitable que yo sea todo el tiempo, todo lo que nos dure la vida, el hijo de esta mujer. 

      Con el resto del dinero Arthur entra a un bar de la calle Donceles, en el centro de la ciudad. Se ordena una cerveza y bebe despacio. No es la primera vez que Arthur le pega al trago. Cogió el vicio en la adolescencia y si no lo frecuenta es porque las más de las veces no tiene plata suficiente.  Aquella cerveza le sabe a gloria. Pagada con el sudor de su frente. 

      No se da cuenta cuando ya no le queda un centavo en el bolsillo. Sale del bar y se paga un transporte público, con las últimas monedas, que lo deja cerca de casa. El resto del trayecto lo hace a pie. Mientras camina, piensa: no tiene sentido todo esto. Ahora trabajo pero sigo roto. He pagado a Madre un mes de alquiler pero debo seis. Madre me ama y sería  incapaz de cobrar el resto si en verdad se me dificulta pagar. Si ganara la lotería pagaría a Madre la deuda pero eso no la haría más rica, no es gran cosa lo que se debe, y además, nunca ganaré la lotería. No tiene sentido. Podría esforzarme por conseguir un mejor empleo. Sin embargo, con la edad y los papeles que tengo… Estoy condenado a vivir en la pobreza. No me incomoda vivir en la pobreza. Al final moriré. Me niego a ser un gilipollas del montón. Trabajar duro para morir. No tener en qué caerse muerto. Ese es el temor de la gente. Cuando yo muera me importará poco dónde acabe, si en tumba de oro o en la fosa común. Será indiferente. Todos esos tíos allá en el curro, luchando. Nadie tiene nada. El mejor vendedor aún vive con su madre. Son una pantalla. Visten bien y se perfuman pero no tienen nada. 

      Arthur camina por avenida Talismán, pensando todo eso, cuando se acerca a él un chico y le saluda. Es Goldman, el viejo Goldman. Antiguo amigo de preparatoria. Venga, hombre, Wallace, parece que vas ido, dice Goldman al saludarlo, ¿qué te pasa por el seso?, ¿preocupaciones? Nada, nada, contesta Arthur respondiendo al saludo. Se estrechan las manos y se abrazan. ¿Qué haces por aquí, hombre?, pregunta Arthur a Goldman, quien le cuenta que visita a una vieja tía, hermana de su padre, que vive aquí, a dos cuadras, dice, sólo que he venido por algo a la tienda. ¿Qué ha sido de tu vida?, pregunta Goldman.    ¿Qué ha sido de mi vida?, se pregunta Arthur. No deseando entrar en detalles, Arthur contesta que nada, todo bien. Vengo del curro y todo está muy bien. ¡Alá!, exclama Goldman, para venir del curro hueles mucho a alcohol, ¿o es que trabajas en dónde? Arthur sonríe y se confiesa. Ahora que lo mencionas, dice Goldman, figúrate que se me antoja una cerveza, ¿conoces algún bar por aquí? Arthur hace memoria y sí, sí, recuerda un bar cerca, no muy lejos, incluso caminando se puede llegar, te vas derecho por Talismán y luego… No, no, dice Arthur, mejor me llevas, vamos. Arthur titubea. No lo sé, dice. Anda, anda, insiste Goldman, que hace tanto que no te veo que merece la pena una cerveza. Arthur se disculpa y de algún modo Goldman lo entiende: no te preocupes, dice, yo invito. Arthur asiente con la cabeza y caminan hacia  Calzada de Guadalupe. 

      Goldman siempre fue un chico de calle. La verdadera escuela está en la calle, solía decir en la preparatoria. Cuando Arthur le conoció, Goldman era un pobre diablo. Ahora, sin embargo, Goldman lucía lejos de ser un pobre diablo. Lo notabas en sus maneras y en su ropa de marca. Los padres de Goldman eran comerciantes y pagaban el colegio con la esperanza de que su hijo se hiciese abogado. No sucedió así. A Goldman siempre le llamó la atención la mecánica. Abandonó la preparatoria para ingresar a laborar a un taller automotriz y ahora, a sus veintinueve años, es dueño de su propilo taller. Está forrado en pasta. Se lo contó a Wallace y éste le dijo: corriste tras el balón, cabronazo. ¿Cómo?, dice Goldman. Olvídalo, contesta Arthur. Goldman no se hizo del rogar y lo olvidó.  Se ordenó un whisky en las rocas y ordenó uno para Arthur también. Arthur le contó la historia de su vida, sinceramente, como pago por el whisky. 

      Goldman escucha atento y de vez en vez exclama ¡qué cabrón! Cuando llegan a la parte del empleo, y de las quejas de Arthur sobre el maldito empleo, Goldman se lo piensa dos veces y lo suelta: le invita a trabajar con él como asistente de mecánico. Te pagaré lo suficiente, dice, aprenderás el oficio y… ¿quién sabe?, quizá algún día tengas tu propio taller. Arthur, alcoholizado, le da vueltas en la cabeza al asunto. Se mira a sí mismo debajo de un auto, lleno de grasa. Esta idea no le anima demasiado, pero cuando la mente vuela al trabajo actual… sí, cualquier cosa es mejor que esos gilipollas haciendo llamadas histéricamente a medio mundo. Se mira cobrando la primera semana, en el taller pagamos por semana, explica Goldman, y acepta el trato. El lunes siguiente debe presentarse a laborar. Goldman le estrecha la mano y se disculpa. Ha dejado el coche aparcado en casa de la vieja tía y debe regresar antes de que lo desvalijen. Es un Mustang del año. 

      Arthur lo despide en la calle de Sardónica y se pregunta por qué no lo ofreció llevarlo a casa en coche, o porqué no ocupó el coche para ir al bar. Quizá piensa que no merezco el honor, se dice. Un extraño odio hacia Goldman crece en su interior. Quizá al verme así, mal vestido, piensa Arthur. 

5

Al empleo de telemercadeo ya no se presentó. No dio las gracias; ellos deberían agradecer a mí, pensó. Fue directo al taller mecánico de Goldman. Goldman le saludó con un amistoso abrazo, lo pasó a la oficina y le dijo: te tengo noticias, buenas y malas. Las malas, que Arthur eligió saber primero, eran que Goldman hizo cuentas exhaustivas del negocio y descubrió  que de momento no podía permitirse contratar a nadie más. Arthur había mandado al cuerno un trabajo seguro por nada. ¿Ahora qué iba a decir a Madre? Y las buenas, dijo Goldman, son que pronto la situación mejorará, quizá el próximo vez, y tú serás el primero en ser contratado. 

      Arthur salió de allí cabizbajo y lamentándose por ser tan gilipollas. Basta un ensueño para que pierda la cabeza y bote todo por la borda, se reclamó. Goldman actuó de corazón, lo sé, se dijo Arthur, pero jamás firmé un contrato. Quizá aún estaba a tiempo de recuperar su antiguo empleo. No, se dijo, a la mierda con el telemercadeo. Goldman le corrió doscientos pavos, como disculpa por la mala noticia. Al menos habrá comida esta tarde, pensó. 

      Cogió un transporte público y llegó hasta casa de Estephanie, su novia, que para ese entonces era, prácticamente, su ex novia. Llamó a la puerta. La madre de Estephanie le recibió malhumorada. Lo dejó en la puerta. La escuchó gritar: ¡te busca el mamarracho de Arthur! Estephanie tardó en salir y cuando lo hizo las primeras palabras que le salieron de la boca, previamente ensayadas, fueron: ¿qué haces aquí? Arthur se disculpó por presentarse sin aviar. Moría por verte, dijo. Estephanie no estaba convencida. Vamos, dijo Arthur, te invito a comer. Estephanie hizo una mueca de asombro y aceptó. 

      Fueron a una fonda de comida corrida donde Arthur le juró amor eterno y le comentó de su encuentro con Goldman, y de la promesa de un empleo en un mes aproximadamente. Promesas, dijo Estephanie. Si te esforzaras un poco. Tan sólo un poco. Pero Arthur sentía que se esforzaba demasiado. Arthur no deseaba escuchar el rollo de toda su vida así que se apresuró a comer y a regresar a casa. Estephanie no era tan importante después de todo. 

6

 “La vida, escribió Arthur en la pared de su habitación, es el castigo que Dios impuso al hombre por haber pecado en el paraíso”. Sentíase fatal consigo mismo. Sabía que el odio que sentía era para sí mismo. Debí correr tras el balón, pensaba. Consideraba, sin embargo, a todos esos idiotas como unos hijoputas. Si fuera un poco más imbécil, se decía. Si pudiera regocijarme con la muchedumbre. Si tuviera menos visión y fuese más corto de entendimiento. “Bienaventurados los que se conforman con una mansión en Berverly Hills”, escribió en la pared junto a la primera frase, con una crayola verde. Ahora lo recordaba. La crayola era regalo de su abuela. Abuela se la había regalado hacía tantos años, cuando crío, y venía con otras crayolas, en un tubo. Cuando las obtuvo se puso a pintar las paredes de la casa y Madre lo regañó por ello. Ahora Arthur pintaba las paredes de su habitación con la misma crayola de antaño. No había crecido mucho después de todo. 

      Se recostó en cama, cerró los ojos y pensó en la vida. Su vida. El futuro de su vida. No había mucho futuro. Todos los hombres que había conocido habían logrado algo y tenían futuro, lo que eso signifique, excepto él. Todos los hombres que conozco excepto yo, repitió para sí. Todos los hombres que conozco… Entonces le llegó la idea: ¡él no conocía a nadie! Hablar con las personas no es conocer a las persona. Pero sobre todo, no se conocía a sí mismo. Sabía que se llamaba Arthur Wallace, que vivía en la calle de Malaquita número 91 y que andaba por la vida sin un quinto, que tenía veintiocho años… pero… no sabía exactamente quién o qué era el enigmático, así le pareció, enigmático ser que hacíase llamar Arthur Wallace. Sabía que venía del vientre de su madre, que venía del vientre de la Abuela, etc., pero desconocía de dónde vino el primero de los hombres, si acaso era verdad el rollo del dios cristiano, o del Bing Bang, o qué demonios. Y sobre todo, desconocía por qué Arthur Wallace estaba allí, existiendo, en ese cuarto inmundo, sin poder llegar a nada que no sea el fracaso. , se dijo, he comenzado por el final. Lo primero es descubrir quién soy. ¡Quien soy!

II

¿Quién era exactamente Arthur Wallace? A Arthur Wallace le conocí en la preparatoria y antes de que el cabronazo se suicidara yo pensaba como él. Arthur Wallace se quitó la vida el pasado 24 de enero de 2010. A su memoria tengo poco que decir, excepto que era un chico estupendo. Era, a pesar de la opinión pública (que generalmente no sabe nada), un chico con seso. Era un filósofo. No uno de esos que se leen en libros, sino un filósofo de verdad. Era capaz de mirarte y saber acertadamente que te pasaba por la cabeza. Como si él, siempre, ya hubiese pensado alguna vez, ya hubiese sentido alguna vez, todo eso que tú piensas y sientes ahora. Porque Arthur Wallace era un explorador de sí mismo, y con ello, del ser humano, y pasó muchos años de su vida buscando hacia dentro. A los ochos años se hizo poseedor de una verdad. Verdad que lo llevó al suicidio: nada tiene sentido. 

      La pregunta que Wallace persiguió los últimos días de su vida es una pregunta que la mayoría de nosotros nos hemos hecho, ¿quién soy? Arthur la llevó hasta el extremo, sin miedo a tocar los límites y sacrificando su existencia por el conocimiento de la verdad. Pocos filósofos han llegado tan lejos en la práctica de sus especulaciones. Cuando la depresión me viene suelo pensar: ¿quién era Arthur Wallace? El cabronazo salva mi vida. Sé como él, que la vida no vale nada. Sin embargo, soy cobarde y soy curioso, y quiero estar seguro que si no vale nada, lo mismo da seguir en ella que no. Arthur era un gran hombre, de eso no cabe la menor duda. 

P.D.


La tumba de Arthur Wallace se encuentra en el panteón Jardines del recuerdo, donde lo enterraron sus padres. El panteón se ubica en el municipio de Tlanepantla, en la calle San Rafael. La tumba yace en Jardín de la Asunción, segunda sección. Si no crees que ese chico se llamaba Arthur Wallace, y que allí descansa en paz, te invito a que eches un ojo y te preguntes frente a su cripta: ¿quién soy? Bajo tu propio riesgo. 



4 comentarios:

  1. De puta madre!!!!!!!!!

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  2. Petroza...qué bueno! Y el final me encantó.

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  3. Eres de los pocos autores que te atrapan el alma, te roban el corazón, te mueven el seso y te tienen de los cojones todo el bendito texto! sí soy tu tan!

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  4. si uno se da cuenta,que no quiere ser ni un gran futbolista o la princesas del cuento que es lo normal,realmente no hay nada,la vida no ofrece mucho,uno debe intentarlo por su parte y eso desespera.

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