miércoles, 4 de mayo de 2011

Poetas malditos / El subterráneo.

Formamos un grupo de escritores. Un grupo de poetas, aunque yo no era poeta, que terminó siendo un grupo de payasos. De borrachos. Comenzamos por el amor a la literatura (o eso nos gustaba creer) y acabamos por el amor al trago. Acabamos mal. Acabamos. En toda la extensión de la palabra. Al principio estaba la amistad y la fidelidad. Eran cosas palpables. Uno sabía que la amistad estaba allí, por ejemplo, si yo no tenía un quinto para el trago, entre todos pagaban mi parte. Ninguno podía faltar a las reuniones literarias, así las llamábamos aunque lo único literario en ellas era nuestra manera de beber; era inadmisible que uno de nosotros faltara a una reunión literaria, y no importa si no tenías ni para el transporte público, o para comer (se daba mucho el caso de no tener para comer) siempre podías contar con la mano amiga de todo el grupo. Allí estaba la amistad, y lo sabías, y siendo así, jamás negabas tu amistad a alguno. Yo nunca negué mi amistad a alguno. Hasta el final. Cuando los mandé a la mierda a todos. Pero eso fue porque todos me mandaron a la mierda a mí. De no ser así yo los hubiese querido por siempre. 

 Todo comenzó en el subterráneo. Abordé el subterráneo, me dirigía a casa de mi novia, y en el trayecto subió un tío que se puso a recitar poemas de Jaime Sabines. Por unas monedas. Yo llevaba un licorera en la chaqueta, llena de whisky, y ya estaba entonado cuando el tío recitaba Me encanta Dios. Iba por la parte de las hormigas, del la buena distribución en el tránsito de las hormigas, cuando me llegó de golpe: la visión. Di un trago a la licorera y limpiándome el whisky que resbaló por las comisuras de mis labios, caminé hasta el poeta, o el intérprete de poeta, y dejando caer la diestra sobre su hombro, le dije, con todo mi aliento alcohólico: tío, ¿sabes recitar algo de Baudelaire? César, después supe que se llamaba César, quitó mi manaza del hombro y con una sonrisa incómoda me pido dejarlo terminar Me encanta Dios. Ya dije, sí, sí, lo siento. La gente me miraba como se mira a un ser de otro mundo. Me recargué junto a la puerta del vagón y continué dándole al trago. La gente me miraba. Sentía sus putas miradas. Sobre todo la de un crio, de unos nueve años, que no despegaba los ojos de la licorera. Los subía y los bajaba, los ojos, al ritmo que yo daba los tragos. El tufo a whisky debía ser tremendo. Un par de señoras cuchicheaban y supongo que todos deseaban que alguien se hiciera cargo de mí. Ya saben, que alguien me dijera lo que sería de mi vida si continuaba bebiendo de esa manera, o que alguien me sacara del vagón, o que alguien me ingresara a la A.A. Pero nadie hizo nada al respecto. César termino el poema y recogió algunas monedas. Caminó por el vagón recogiendo algunas monedas y se bajó por la puerta de extremo. Yo alcancé a bajar también y lo seguí. Lo alcancé y le pedí que recitara un poema de Baudelaire. Híjole, mano, dijo, ahorita no me sé ninguno, te lo debo para la próxima. Ya dije, no importa. Lo miré unos segundos a los ojos y lo supe: este tío no se va a negar. ¿Quieres un trago?, dije ofreciendo la licorera. Volteó a ambos lados, como quien acto seguido se propone realizar un delito, y acto seguido, tomó la licorera y se pegó un buen trago. 

 Nos sentamos en una banca de parque fuera del subte. Encendí un cigarrillo y le pregunté si conocía siquiera a Baudelaire. Confesó no conocer a Baudelaire y no conocer a nadie. A ningún poeta. Aprendió los poemas de memoria y el nombre del autor de los poemas que recita y eso era todo. Pregonaba ser estudiante de letras hispanas pero no estudiaba nada. Debí suponerlo, pensé, este tío se aprendió dos o tres poemas cursi, de esos que sacan sonrisas a la gente, y eso es todo. Le dije yo soy escritor y me ofende lo que haces. Estaba a punto de dejarlo cuando me comentó de unos amigos suyos, poetas de verdad, que no andan recitando poesía y que saben muchas cosas. Me dijo que me llevaría con ellos de inmediato. Ya dije yo, no es necesario, déjalo, me da igual. Me pensaba que serían otros farsantes. Pero César insistió. Dijo ellos son como tú, bien clavados en el rollo de las letras y se enojan de mi trabajo también. Ya dije, vamos pues. 

 Andábamos en el centro de la ciudad. Me llevó a un edificio en el centro de la ciudad, en la calle de Madero, y allí dentro había dos tíos. Sostenían libros en las manos y leían. Sobre la mesa había vino. Sólo había una mesa (de centro) y cobijas en el suelo. Ninguno de los dos quitó la vista del libro a nuestra llegada. César tomó la botella de vino y me la acercó. Yo tomé la botella de vino y miré que era Concha y Toro

 Estos tíos eran Abel Gutiérrez y Javier Fragoso. Luego de algunos minutos dejaron de leer. Para ese entonces yo ya había acabado con media botella de tinto. Lo tomé directo de la botella. ¿Y este quién es?, preguntó petulante Javier, quien poco tiempo después se haría líder y porta voz del grupo de poetas malditos que formamos. Del grupo de payasos que formamos. César contestó no sé, es un escritor o algo, lo encontré en el subte. Me invitó un trago y helo aquí. Ya dije, Martin Petrozza. Lo dije sin mucha convicción. Abel se levantó (estaba sentado junto a Javier, en el suelo), caminó hasta donde yo y le estiré la mano. Me dejó con la mano en el aire. Me arrebató el Concha y Toro y regresó a su lugar. Una vez instalado pegó un gran trago a la cosa y preguntó si yo realmente era escritor. César se olvidó de mí. Se fue por ahí y me dejó solo, frente a esos dos, haciendo el indio. Asentí con la cabeza. Sí dije, eso creo. En el acto saqué un cigarrillo de la chaqueta. Para no sentirme ridículo. Y es que me sentía ridículo. La borrachera que logré en el subte había pasado. Me daba cuenta de las cosas: estaba frente a un par de desconocidos, en su casa o algo, presentándome como si tuviera yo algún interés en ellos, o como si ellos tuviesen algún interés en mí. No había mucho que decir. ¿Qué haces aquí?, preguntó Javier dando al clavo: ¿Qué demonios hacía yo allí? Encendí el cigarrillo y estiré la caja para que tomasen uno. Ambos tomaron uno, y César apareció de la nada presto a tomar uno, y luego Abel tomó un encendedor del suelo y encendió el cigarrillo de Javier. Acto seguido encendió su propio cigarrillo, y no encendió el de César. Le aventó el encendedor y César tuvo que darse fuego él mismo. Las nubes de humo no tardaron en cubrirlo todo. Era un espacio reducido y poco ventilado, con poca luz, y había un hedor. Hedor que reconocí al instante. El hedor de la resaca. Hubo un silencio incómodo. Silencio (y humo) que aproveché para sentarme sobre una colchoneta, a la mesa de centro. Bueno, dije una vez instalado, César me comentó que ustedes son poetas. Abel y Javier voltearon a mirarse y Javier le dijo a Abel: Abel, la gente dice que tú y yo somos poetas. Lo dijo parodiando la famosa escena del programa de Roberto Bolaños. Lo dijo girando el índice junto a su oído. Abel cogió una libreta y me la aventó. Todo ocurrió muy rápido. Quiero decir que de inmediato ellos y yo supimos que yo había llegado para quedarme, y que de algún modo, ellos y yo haríamos algo grande. Ellos lo supieron reconocer, yo lo supe reconocer; esas cosas se saben reconocer: nos reconocimos como adictos al alcohol. Y como poetas, que es casi decir como locos. Nada nos importaba demasiado. Lo único que pedíamos a la vida era un trago. ¿Qué dábamos a cambio? La vida misma. Fuera de eso todo podía irse a la mierda. La sociedad, sobre todo, podía irse a la mierda. 

Leí el poema de Abel, que estaba escrito en la libreta y dije que era bueno aunque no era bueno ni era malo. Me preguntaron qué escribes tú y les leí un texto de mi libreta, fiel e inseparable compañera. Un texto sobre la incertidumbre del camino de las letras. ¿Qué es la literatura?, se titulaba y en pocas palabras, comparaba la literatura con un monstruo que te atrapa y que te come. Al final del texto había un poema y eso estuvo muy bien. Javier dijo que yo tenía razón, que la literatura es como un puto monstruo, y se preguntó en qué momento él se dejó atrapar por el monstruo, si acaso era su destino, o si acaso hizo bien o hizo mal, o cómo coños terminó sumergido en tanta mierda. Se refería a tanta mierda emocional. Abel asentía con la cabeza. Lucían a la mar de divertidos uno junto al otro. Abel era bajo de estatura, moreno y de cabello corto. Javier era alto de estatura, blanco, rubio y llevaba una coleta. Realmente parecían un par de chiflados. 

 Terminé de leer mi relato y dejamos en paz a la literatura. Nos dedicamos a terminar con cuatro botellas más de Concha y Toro que Abel sacó de un gran bolso, un bolso de mujer, y dijo haber robado del supermercado con ayuda de Nicole. Yo no sabía quién era Nicole, y no me interesaba saberlo. Cogí una botella descorchada que César me ofreció y me pa’ luego es tarde, dije y me la empiné.  

2

Abel Gutiérrez era un tío de treinta y tantos años. Tenía un doctorado en Ciencias Políticas o algo, pero laboraba como encuestador en alguna empresa de mercadeo. Su trabajo, lejos de la política, consistía en hacer encuestas. Suena sencillo, decía Abel, pero es una lata. Y Abel no era muy bueno. Se perdía a cada momento. Se iba a plazas y parques, sitios con mucha gente, decía, y allí encuestaba a unas dos o tres personas. Luego se perdía. Podía perderse hasta con el trinar de un pájaro. Sentábase en alguna banca a escuchar los pájaros trinar, encendía un cigarrillo, y se olvidaba del curro. Setenta pavos por encuesta, dijo Abel. Eso es lo que pagan por encuesta. Setenta pavos. Pero no es tan sencillo, decía, la encuesta debe estar terminada. Son más de cien preguntas en veinticinco minutos. La encuesta debe llevar anexa una fotografía de la credencia para votar del encuestado, decía, una verdadera lata. Abel tomaba las fotografías con su teléfono móvil. ¿Cuántas encuestas hace al día?, pregunté. Al día, dijo… unas… Contó con los dedos para decir: al día hago una o dos. Completas, añadió orgulloso. Si está incompleta no la pagan. Y muchas quedan incompletas, ya sabes, dijo, la gente siempre tiene prisa. O sea que el cabronazo se embolsaba menos de cuatro mil pavos al mes. Cuatro mil pavos al mes con un doctorado en Ciencias Políticas. Abel era uno de esos tíos que se lo pasan estudiando toda la vida pero que nunca llegan a nada. No era imbécil, digo, para tener un doctorado; pero la vida de un poeta es misteriosa. 

 Javier Fragoso era un caso distinto. Rondaba los cuarenta años y se podía decir que tenía más seso, o más suerte. Javier dejó trunca la preparatoria, no estudió gran cosa y en su juventud, sin embargo, logró colocarse como profesor de filosofía en una secundaría pública en Vallarta. O algo así. El caso es que dejó aquello y se dedicó a la venta de botellas de vidrio fundidas, derretidas, con relojes incrustados en el centro; o puede ser que dejara las botellas por la filosofía, no recuerdo.  En todo eso se casó, tuvo hijas con un par de mujeres, hasta que llegó Nicole, la novia actual de Javier, quien lo sacó del curro, o de sus invenciones de curro, y a la fecha lo mantiene. Nicole era una rubia francocanadiense adinerada que amaba el arte y amaba el medio ambiente. No sé si sincero o no, Javier resultó ser amante del medio ambiente. Quizá lo hace sólo para contentar a Nicole (y gastar el dinero de su pensión), pensé. 

 Y yo, Martin Petrozza, escritor alcohólico sin oficio ni beneficio, me uní a ellos a la mar de contento. A la semana siguiente de nuestro primer encuentro nos citamos en un bar de la calle Donceles. Me presentaron a la novia de Javier, Nicole, y yo les presenté a la mía, Rebeca, que era una jebita tremenda pero con mucha ambición. No pasé con ella más de tres meses y presentarla a mis nuevos amigos fue la gota que derramó el vaso. Me dejó. Me dejó al día siguiente de presentarla con Javier. Dijo que yo terminaría como ellos dos y que tú no eres el hombre que yo busco, remató y se marchó. Yo en cambio, me quedé con ellos. Teníamos tanto en común. 

3

Discutíamos incansablemente el sentido de la vida. Cada uno de nosotros tenía su idea del sentido de la vida pero todos, al final, coincidíamos en que la vida no tiene ningún sentido. Concebíamos el nacimiento de un hombre como un punto. Punto de partida y del cual, nacen un sinfín de caminos, caminos que se bifurcan, y el hombre recorre cualquiera de estos caminos. En algunos se hace abogado, estudiante de letras, fotógrafo, político, empresario, asesino, etc. El hombre recorre el camino que mejor le parece o el camino al que la vida le arrastra, como sea, y al final, invariablemente, los caminos, todos, convergen en un mismo punto. Otro punto. La muerte. La vida consiste entonces en recorrerse. No podemos hacer otra cosa, decía Javier. No podemos hacer otra maldita cosa que vivir. Y aprender todo lo que nos sea posible, y al final, no importa qué camino elegiste,  la muerte, y allí se acaba todo. Todo lo que aprendiste, todo lo que viviste, todo tu sufrimiento o toda tu alegría, todo, todo muere contigo. El camino muere contigo. La única forma de sobrevivir a la muerte es escribir, decía Javier (aunque cualquier arte, eso quiso decir, cualquier arte es la única forma de sobrevivir a la muerte). Goethe está muerto pero sus ideas le sobreviven. No hay mucho sentido en la vida, decíamos y chocábamos nuestros vasos en brindis. Estábamos locos. Acariciábamos la idea del suicidio como una salida dulce y feliz pero ninguno tenía suficientes cojones para llevarlo a cabo. Todos nosotros habíamos pensado en quitarnos la vida, en escribir la novela inédita de nuestra vida y luego quitárnosla; o sin escribir la novela de nada (es igual, decía Abel) pero acabar de una buena vez con todo este mal chiste de Dios que es la puta vida. No, decía Javier, Dios es un mal chiste de la vida, del hombre. Sí cómo sea, decía yo, el caso es que somos unos cobardes. Vamos, tíos, los verdaderos suicidas no andan contado cómo se van a matar, ¡lo hacen y ya! Te enteras después que fulanito de tal se suicidó y te preguntas por qué, cómo, y sobre todo, cómo pudo, de dónde sacó los cojones; o si es que acaso hay que tener cojones. ¿No será que cuando lo haces no piensas ni lo que haces y es como cuando alguien se rapa la cabeza o se perfora los pezones o… Quizá, exclamó Nicole. El caso dije, es que me cansa hablar de todo esto, ninguno de nosotros, apuesto, ha dado siquiera el primer paso al suicidio. Javier, Abel y Nicole se miraron entre sí. Yo sí, dijo Abel dando un trago de tinto. Sí dijo Nicole, el cabrón se embutió medio frasco de pastillas. Lo encontramos en casa, dijo Javier, aquí mismo, allí, allí… dijo señalando un espacio en el suelo, justo al lado de donde yo estaba sentado. Estábamos en el apartamento de Madero, sentados sobre las sábanas, colchas y colchonetas que siempre estaban allí. Nicole y yo regresamos del teatro, continuó contando Javier, y cuando abrimos la puerta del apartamento el muy idiota estaba allí (no dejaba de señalar y mirar el espacio como si aquello lo transportara al pasado o algo), con el hocico lleno de espuma. Abel encendió un cigarrillo y asintió con la cabeza y con una sonrisa estúpida.  Ya dije, ¿y cómo es que no está muerto? El muy idiota, dijo Nicole, no se tomó la molestia de investigar. Se tragó un frasco de Centrum. Esa cosa no mata a nadie dijo Abel. Lo que mata es el complejo B, apuntó Javier moviendo la cabeza negativamente. Lo levantamos, continuó  Nicole, y vomitó. Eso fue todo. Al día siguiente estaba tan sano como siempre. Quitarse la vida no es tan sencillo dijo Abel justificándose y a la vez asombrado. Hasta para eso eres pendejo, le dijo Javier y todos reímos. 

4

Todas nuestras reuniones se llevaban a cabo en el departamento de Madero o en bares del centro de la ciudad, y a veces asistían a ellas otros tíos, amigos de Javier o conocidos de Javier (conocía a media ciudad), escritores, poetas, fotógrafos. Artistas. Todos alcohólicos y todos fracasados. Aunque nos gustaba decir “bohemios”. El más cercano a un escritor de verdad era Javier Fragoso, pues tenía un libro publicado. Auto-publicado. Lo publicó con el dinero de Nicole. Era un libro de poemas y reflexiones, titulado “Taller de ideas, poemas, pensamientos y reflexiones”, que ya desde el título anunciaba la derrota, y aunque había en él algunos poemas rescatables, en general no era una joya de la literatura universal. Ni de la literatura contemporánea. Lo vendía él mismo. Por cien pavos. A quien se dejase. Llevaba siempre encima algunos ejemplares y te hacía la plática y al final, por compromiso, le comprabas. Vendía pocos libros y regalaba muchos. Porque a veces todo salía mal y el vendido era él, y te regalaba el libro. Y supongo que por eso, por tener un libro publicado (y más exactamente por conocer a media ciudad), se convirtió en el líder de movimiento literario que denominamos: literatura dionisiaca. En honor al dios Dionisio, dios del vino y de la sexualidad desenfrenada, y que era nuestro dios. Como si todo el talento nuestro nos viniera del trago. En su honor. Eso decíamos pero a decir verdad, en privado, todos aceptamos jamás, jamás haber escrito algo bueno bajo el influjo del alcohol. 

 Fue un tal Roberto el que primero mencionó la idea de formar un grupo. Un movimiento, decía exaltado frente a su whisky en las rocas. Todos nosotros escribimos bajo la misma línea, dijo, del realismo sucio, y si por separado no hemos logrado gran cosa, quizá en grupo… Javier lo miraba ensoñando algo. Roberto dijo nosotros pero al final no entró al grupo. Le perdimos la pista. No era un tío importante para Javier y no volvió a contactarlo para decirle hemos creado el grupo. Y es que Roberto comentó aquello sin demasiado ánimo. Era una idea descabellada, con miras muy muy altas, casi imposible. Y en eso Javier, Abel y yo éramos expertos. Nada nos importaba. Nada merecía la pena el esfuerzo. Todo era al final demasiado sencillo o demasiado absurdo, excepto una cosa: los imposibles. Nos encantaba incursionar en tareas que eran verdaderamente difíciles. Como la vez que intentamos escribir una novela a base de puros monosílabos, y una a base de puros bisílabos, y otra más de trisílabos. Yo me encargaría de los monosílabos. Era una chorrada pero pusimos empeño en eso con toda nuestra alma. Así éramos nosotros. Unos soñadores sin remedio. Así que pusimos manos a la obra. 



6 comentarios:

  1. Jajaja padrisimo!!! hasta me emocione!! quiero entrar!!!

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  2. Me hace acordar a los fundadores de la revista argentina "18 Whiskies", que duró apenas dos numero, creo, pero sus integrante alcanzaron fama de borrachines perdidos. Todavía sobreviven en el mundillo literario algunos poetas muy buenos Fabián Casas y Daniel Durand, lo otros ni los recuerdo.

    Seba.

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  3. Excelente texto!! seguro continua verdad Petrozza!!? Es muy cierto lo que dices en el texto, cuantos no se pierden al iniciar algo con buenas intenciones!!

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  4. la literatura no se debe confundir con solo dialogos de personas alcoholizadas que dan puntos de vista diferentes y pienzan que es romanticismo, son solo fraces necias consecuencia al alcohol, triste pero realida .

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  5. Tartaro Aqueronte5 de mayo de 2011, 11:48

    ‎"...la única forma de sobrevivir a la muerte es escribir..." el tema de la memoria y el olvido son dos formas de ver a la muerte una verdadera muerte pues la otra; la física, solo queda en ello en el plano de lo material.... es un texto qu ...e parte de premisas existencialistas como la verdadera noción de vivir y morir, el matarse después de que todo este cumplido o más bien, cuando se encuentra la felicidad, después de ello, sería la pregunta ¿para qué vivir? si el fin del hombre es la felicidad según Platón y demás teóricos... en definitiva, buen texto me hace recordar y tener presente el significado de la memoria y lo que oculta ella tras la cortina de lo obvio ...

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  6. Así es Iliana, esa es la "trizte realida" de un borracho, como yo.

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