sábado, 21 de mayo de 2011

El mil amores.


En la zona sur del pueblo de San Cristóbal de las casas, Chiapas, hay un prostíbulo. Es un prostíbulo y centro de bailarinas nudistas. Quien frecuenta este tipo de lugares entenderá lo que quiero decir: un prostíbulo y un centro de bailarinas nudistas, que no es lo mismo que un prostíbulo o un centro nudista por separado. El lugar se llama El mil amores, y fue allí, en El mil amores, donde comprendí que el verdadero amor se encausa a amar a una sola mujer. De los mil amores que tenía... ya nomás me queda uno, uno, uno… Lo comprendí cuando Alondra, la puta buenaza que tenía sobre mis piernas (y estaba sobre ellas porque le invité una cerveza ¡de a cien pavos!) se levantó, harta de mi negación a gozar de sus placeres. La miré largarse moviendo el culo como diciendo “tú te lo pierdes, muñeco”, y contrario a los últimos quince años de mi vida, no sentí el ímpetu vehemente de correr y follar a esa mujer, o a cualquier mujer. Sí, creo que así fue como lo entendí: tío, estás enamorado, me dije. Petrozza, me dije, esta vez estás enamorado. Has picado el anzuelo, capullo. Mi amigo (había ido a todo eso con un amigo), viejo compañero de farras y de putas preguntó qué demonios te pasa, jamás te había mirado así. Ya dije, no lo sé… supongo… que esta vez… sencillamente no tengo ganas. Carajo dijo, ¿estás seguro? Asentí con la cabeza dando una fuma al pitillo y entrecerrando los ojos enfoqué a una puta preciosa, una menor o algo, delgada y de tez blanca, con unas tetas de ensueño y vestida con poca ropa. Sí, dije, estoy seguro. Lo bueno de los prostíbulos de provincia es que aún se puede fumar en ellos. ¡Como quieras!, exclamó mi amigo y se levantó cogido de la mano de una prostituta panameña. Caminaron a una de las esquinas del bar y se perdieron tras una cortina de abalorios. La puta panameña estaba muy bien. Vestía un neglillé y le saltaba la carne por los lugares que suele saltar la carne a las tías buenas enfundadas en un neglillé. Era morena pero llevaba el cabello, un cabello rizado a lo africano, pintado de dorado. Lucía como una joya exótica traída desde el Panamá. Y seguro que lo era. Me ordené una cerveza y esperé. No tuve que esperar demasiado, una panameña así te saca la leche en pocos minutos. Cuando mi amigo regresó nos largamos. Bebimos el resto de nuestra cerveza al hilo, y regresamos al centro de San Cristóbal. Con los gringos y con los hippies. Porque San Cristóbal es un pueblo lleno de gringos y de hippies. 

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Cómo llegué a Chiapas es un misterio para muchos. Me lo dicen. Me dicen: Petrozza, ¿cómo hiciste para viajar a Chiapas? Es de saber popular  que soy un roto y que improbablemente pueda pagarme un viaje a Chiapas, o cualquier lado. Se olvidan que yo lo he dicho todo el tiempo: si no pones resistencia la vida te arrastra por caminos insospechados, como el oleaje del mar arrastra un trozo de madera hasta la playa. Esta vez el mar de la vida me arrojó a la selva. 

 Recibí la llamada un viernes por la tarde o algo así. Era un viejo amigo al que llamaremos Alberto. Bien, Alberto había logrado colocarse como empleado del Banco, cosa que yo ya sabía, y me anunciaba que el Banco, ente Todopoderoso  y Benévolo, le otorgaba sus primeras vacaciones de siete días. Ya dije, qué bien. Alberto deseaba viajar en aquellos siete días de descanso y no deseaba hacerlo solo así que, antes de mí, llamó a todos sus amigos (que eran pocos) y ninguno aceptó salir. Todos tenían obligaciones y responsabilidades, familias y curros que cuidar. Entonces se acordó de mí. Yo sabía que tú no me dejarías solo, dijo, aunque la verdad le dije que no, que no podía. Me encantaría dije, pero no tengo un quinto. ¡Tengo que aprovechar estas vacaciones dijo, si n o lo hago tendré que esperar al próximo año! Es lástima dije pero enserio, no tengo un centavo, tío. Vamos insistía Alberto, has un esfuerzo, ráscate los bolsillos. Desde su casa, al auricular, Alberto no podía mirarme pero yo realmente rasqué los bolsillos. Salió un billete de veinte pesos. ¡Increíble!, prensé, ¡veinte pavos! Tengo veinte pesos dije a Alberto. Carajo dijo, vale, vale, yo te invito. Lo dijo y cortó las palabras en seco. Lo dijo tratando de no arrepentirse. No tengo dinero, repetí. Yo invitó repitió Alberto seca, fría y rápidamente. Entonces lo entendí: El pobre deseaba tanto esas vacaciones pero no tenía el coraje suficiente para largarse solo. Estaba dispuesto a todo por algo de compañía. ¿Tú invitas?, pregunté dubitativo. Sí dijo, yo invito pero… promete que me pagarás… algún día. Dios dije, no puedo prometer eso, de ser así quizá sea mejor que vayas solo… Vamos dijo, tan sólo promételo, me pagarás cuando puedas… No sé… Anda, no importa, yo invito, me pagas cuando puedas… No sé si sea buena idea, tío… Cuando puedas, cuando puedas… Vale, lo prometo, te pagaré cuando pueda; lo que no prometo es que pueda… Ya, ya, está bien. Colgamos el teléfono. El trato estaba hecho. Los dos sabíamos que Alberto muy probablemente no volvería a ver su dinero, y ambos estuvimos de acuerdo. El siguiente domingo partimos hacia San Cristóbal de las casas en un autobús de trescientos pesos. Nota para viajeros: a la salida del metro Candelaria, en avenida Emiliano Zapata número 107, salen autobuses a Chiapas por trescientos pavos. 

3

 El hombre no deja de ser hombre, los instintos no dejan de ser instintos, y Alberto y yo no dejamos de ser unos calentorros. Bebimos la primera cerveza a eso del medio día, y a la una de la tarde ya estábamos preguntando dónde demonios hay un bar con putas en San Cristóbal. Se lo preguntamos primero al mesero del bar al que entramos. Era un buen bar. Poca gente, cerveza al dos por uno y botana gratis. Botana de camarón. Caldo de camarón. Camarones en jitomate. Etc. El mesero contestó que no tenía idea. Gilipollas de mierda pensé, vivir en una ciudad o en un pueblo o lo que sea, ¡vivir!, y no saber dónde echar un polvo es como estar muerto. O algo peor que estar muerto. Un buen ciudadano debe saber dónde coger, donde beber y donde dormir. Bebimos tres cervezas y salimos de allí indignados de que un tío, y sobre todo, de que un tío mesero, no supiera el dato solicitado. La prostitución, el más antiguo de los oficios, es pilar clave en la génesis de una civilización. Las prostitutas de cada ciudad son cosa de verse. Por ejemplo, las putas jarochas son unas vivales, unas listillas. Pero nada comparado con las putas de La Habana. Las putas de la habana te sacan la vida. Si te descuidas con una de ellas, terminas matrimoniado. Las putas de Morelos son todo lo contrario. Se puede decir que son nobles e ingenuas y hacen grandes descuentos. Las putas de la ciudad de México quieren que te corras en un minuto. Esto, si se analiza, dice mucho de lugar que se visita. En Cuba todos son unos timadores de mierda, quieren sacarte unos pesos por nada y no dejan de exprimirte hasta el último centavo. En Veracruz todos desconfían hasta de su propia sombra. Morelos… bueno, Morelos es la ciudad de la Eterna primavera. Eso lo dice todo. Y en el D.F. todos tenemos prisa. Le dije a Alberto que deseaba follarme a una chiapaneca y que tuviéramos cuidado de no caer en las garras de alguna tía de Guatemala. Necesitaba saber a ciencia cierta con qué clase de gente estaba parado. Y follarme a una de sus mujeres me daría la respuesta.  

 Pregúntale a ese que viene allí dije a Alberto señalando con el cigarrillo. Caminábamos por 20 de Noviembre y hacia nosotros venía un tío con cara de buena vida y pensé que él probablemente supiera donde echar un polvo. No sé dijo Alberto, no parece… Anda, anda, insistí. Cuando el tío pasó junto a nosotros Alberto lo detuvo y le dijo: disculpe señor, mi amigo y yo nos preguntábamos si… de casualidad… (Aquí volteó a ambos lados de la calle) ¿Usted sabe donde hay un putero por aquí? Alberto lo soltó de golpe. El señor se rasco la barbilla disimulando el asombro, era un señor de cuarenta y tantos años y no podía darse el lujo, a su edad, de sorprenderse por una pregunta así. Somos hombres, ¿qué no? Se rascó mucho tiempo la barbilla y al final nos recomendó ir a la zona sur. ¿A la zona sur en dónde exactamente?, pregunté tajante. No sé con exactitud dijo el señor, pero por allí debe haber ese tipo de lugares. Aquí no, apuntó, en el centro no hay nada de eso. Ya dije, muchas gracias. El tío se fue moviendo la cabeza de un lado a otro. Pregúntale a un taxista, me dijo Alberto, los taxistas siempre saben ese tipo de cosas. Bien pensado dije y no había terminado de decirlo cuando me acerqué a uno. Estaba parado cerca de la Iglesia. Tío, le dije asomándome por la ventanilla, necesito ir a un bar, ¿tú puedes llevarme? El taxista me miró extrañado, el centro estaba lleno de bares y no era imprescindible coger un taxi. De todos modos dijo que sí, que él podía llevarme. Ya dije, pero quiero saber si tú puedes recomendarme uno… El taxista pensó. Antes de que dijera algo, dije: uno… ya sabes… con mujeres. Mujeres de la vida galante. Putas. El hijoputa rió y dijo claro, claro, pues para eso debemos ir a la zona sur, allá están todos esos lugares. Ya dije, muy bien, ¿cuánto me cobras por llevarme? Luego de meditarlo unos segundos, segundos en los que debió pensar, como buen taxista de mierda, esté tío no es de aquí, dijo: treinta pesos. ¿Cuánto hacemos hasta allá?, pregunté. Unos quince minutos, dijo. Ya dije, vale. Y me largué. Regresé con Alberto y le conté el asunto. Treinta pesos por quince minutos de viaje me parece justo, dijo. Estuve de acuerdo. Como buenos chilangos Alberto y yo analizábamos el costo-beneficio de todo, y regateábamos los precios, aunque esta parte se me daba mejor a mí, de absolutamente todo. Incluso del hotel. Nos hospedamos por doscientos cincuenta pavos en un hotel de trescientos la noche. 

 Con la información en nuestras cabezas regresamos al hotel. El hotel se llama San Martin y no podía ser de otro modo. Lo intentamos, de verdad que lo intentamos, pero el hotel San Martin fue la mejor opción que encontramos. Buscamos en las posadas. Las posadas cobraban cien pavos por persona la noche, y no tenían baño privado. El baño privado es importante. Doscientos pavos desembolsados por un sitio sin baño privado no es mejor que ciento veinticinco pavos con baño privado y agua caliente. Porque además, en el hotel San Martin las habitaciones son para dos personas. El caso es que regresamos al hotel y dormimos hasta el atardecer. No podíamos ir a la zona sur a las dos de la tarde. La acción en los burdeles comienza al anochecer. 

 No pudiendo contener las ansias, llegamos a El mil amores a las seis de la tarde. Salimos del hotel y preguntamos otra vez. Luego de algunos intentos en vano, obtuvimos el dato. Vayan a El mil amores, nos dijo un promotor de bares. De esos que te dan una tarjeta y te invitan a conocer el lugar. ¿En este lugar hay putas?, pregunté cuando me dio la tarjeta. Caminábamos por la calle de Guadalupe victoria y en la esquina con Utrilla nos interceptó. ¿Buscan bar?, dijo y tomé la tarjeta. Rió a mi pregunta y negó con la cabeza. ¿Dónde podemos encontrar un bar de putas?, preguntó Alberto. En la zona sur, respondió. No cabía la menor duda. La zona sur. ¿Conoces uno que puedas recomendarnos?, preguntó Alberto. El tío, que era un tío de unos dieciocho años nos recomendó visitar el famosísimo Mil amores. ¿Dónde queda exactamente?, preguntó Alberto. Tú nomás dile al taxi que te deje en El mil amores y ya. Vale dijo Alberto y nos despedimos dando las gracias. 

 Me acerqué a la ventanilla de un taxi y se lo dije. Le dije: cuánto por llevarnos a El mil amores. Treinta contestó sin titubear. Miré a Alberto y estuvo de acuerdo con la cuota y le dije al taxista vale, date prisa. Sí, llegamos demasiado temprano. A las ocho empieza la variedad, nos dijo el encargado del bar. Y eran las seis con quince. Es tu culpa me dijo Alberto, si no fueras tan pinche calentorro… ¿Mi culpa?, exclamé, si el que quiso venir aquí fuiste tú. Yo quise venir porque sé que te gusta venir, se defendió. Pues sí dije, me gusta, pero esta vez fuiste tú quien quiso llegar temprano. Qué va, dijo, si no fuera por tu imperante necesidad. Lo discutimos mientras caminamos sobre la avenida, que era una avenida desierta, y contrario a lo que pensamos, no había más que otro prostíbulo en la zona. El centro nocturno no sé qué coños. Entramos a mirar y ya había un par de chicas sentadas en sillas plásticas. Pero por alguna razón nuestro deseo era gastar los centavos en El mil amores. Es un buen nombre para un putero, pensé, tiene clase. 

 Caminando sin rumbo llegamos a una iglesia, no lejos de los bares, y nos sentamos en la banca de la iglesia a esperar la noche. Ninguno de los dos comentó nada sobre la iglesia pero se entiende: En la banca de la iglesia a esperar el desfile de prostitutas. 


 Fue allí, en El mil amores, donde lo entendí. Hace dos meses o algo yo conocí a una tía, una jeba sensacional que me robó el corazón. Pero yo no lo sabía. Lo sospechaba, lo creía o lo intuía pero hasta ese entonces no lo sabía. No a ciencia cierta. Lo supe cuando la extrañé en medio del bullicio de la noche de arrabal. Extrañaba su aliento y extrañaba su mirada. Extrañaba su voz y sus palabras. Las putas bailoteaban por el bar y yo las miraba mover sus carnes al aire, las miraba y las sentía, pues sabiéndonos turistas se acercaban a Alberto y se acercaban a mí. Alondra se sentó sobre mis piernas y me pidió le invitara una cerveza. Alberto me miró dando el beneplácito, diciendo: vamos, tío, se un caballero, invítale una cerveza a la dama. Vale dije, ¿cuánto valen? Cien pavos dijo Alondra y mirando a Alberto contesté: ¡cien pavos! Alberto me miró negando con la cabeza, no creyendo que yo fuera tan puñeteramente tacaño. Ya dije, vale, pídete una cerveza. No pasó ni un segundo cuando Alondra tenía una cerveza en la mano. Dio un sorbo a la birra y comenzó a moverse sobre mí. Tratando de levantar el asunto. De tocar el asunto con las nalgas y de prender la cosa, y de sacarme otra cerveza. Pero la cosa no se levantó. Increíblemente  la polla no se levantó. Y yo sabía por qué. Alondra no lo sabía. Se movía suave o fuerte o como sea porque del levantamiento de esa parte mía dependía su supervivencia. Si lograba pararme la cosa, si lograba calentarme lo suficiente… Pero yo no estaba ahí. No estaba ahí con Alberto ni con Alondra ni con ninguna de las putas de El mil amores. Yo, Petrozza, que había gastado la vida en pegarle al trago y en echar los más posibles polvos, no estaba ahí. Estaba en otro lado. Con otra persona. Pensando en ella. En la jeba que me había quitado lo mamarracho a base de cariño sincero. Y no lo podía creer. Sentía por esta mujer un amor tan grande, una desesperación tan grande, que en medio de tanto placer no podía hacer otra cosa que pensar en ti.


14 comentarios:

  1. Hola Martín, pues que pena que al final no se te levantó igual no te enamoraste de Jeba, a lo mejor, simplemente no se te antojó. Hubieras probado con alguna de las gringas de las posadas, acercándote a bares hippies y seduciéndola hasta llevártela al San Martín...Créeme conozco bien San Cristobal y hay para todos los gustos. Considéralo para la próxima. Lo que no me gusta de ahí, es que son muy religiosos, lo mejor, sus comidas.

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  2. Me gusto mucho el texto como siempre y no puedo creer lo que leo, tienes que escribir mas de ella!!! de verdad es asi!!!!!!!!!!!?

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  3. Excelente narracion atrapa desde el principio! me gustaria que habla mas de San cristobal, dicen que es un pueblo magico!

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  4. Daniela Jaramillo23 de mayo de 2011, 10:40

    Jajajaja Petrozza no deja de ser Petrozza, por mas tierno que parece en este texto, no deja de ir con putas. Tiene sus momentos romanticos en medio de un burdel!!! eso es Petrozza! JAjajajaja

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  5. Es la primera vez que lo leo pero me ha gustado mucho, seguire leyendo el sitio a ver que mas encuentro

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  6. sabeis bos los horarios de ese centro tio

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  7. yo si wey a partir d las 6 d la tarde hasta las 5 o 8 d la mañana d lunes a domingo ta buena la bariedd yo tmbien me enamore d 1 morra d ahi pero kien sabe si todavia ste ahi!!

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  8. recomiendenme hoteles de paso en san cristobal

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  9. Los amorosos, los olivos, son buenos hoteles de paso, ya estan abriendo otra vez todos los puteros habidos y por haber, en san cris puedes coger y beber hasta el amanecer, incluso seguir despues de eso ;)

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  10. ya hay pocos, parece que el mil amores todavía sigue

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  11. Jejeje qué tipo tan engreído es este MARTIN PETROZA.
    Cree que no follarse una puta, por pensar en alguna chica buena, es una MUESTRA DE AMOR TAN GRANDE jeje... Creo a que todos nos ha pasado y es la nostalgia de algún amor, pues entre tanta puta, surge la imagen de nuestra chica por encima de las presentes y ya no sentimos deseos, eso es todo. No creo que eso sea una muestra de amor tan grande, jeje.

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  12. Donde hay mujeres para tener sexo en san Cristóbal soy nuevo.

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