miércoles, 25 de mayo de 2011

El hombre decente.


Por aquel entonces (aquel entonces quiere decir cualquier momento en los últimos doce años de mi vida) yo era un borracho y un gilipollas. La gente solía pensar que yo tenía estilo y cierta gracia, y que ser un borracho y un gilipollas era lo mejor que podía pasarle a cualquiera. Tienes estilo, muchacho, solía decirme la gente, tienes carisma y tienes cierta gracia que hace que uno no pueda enojarse con tus gilipolleces. Lo que no significa que no sufriera. Sufría todo el tiempo. Beber era una manera de calmar el sufrimiento. De ahogar la depresión entre risas, mujeres y alcohol. Porque además del alcohol, las mujeres también eran parte constante e importante de mi vida. Una forma de hacer más llevadera la carga de vivir. Eres bueno con las mujeres, Petrozza, me decían pero yo solía decir: no soy bueno, tío, soy constante. Y supongo que esa era toda la gracia a la que se referían. Reían y me palmeaban la espalda. Se creían que mi vida era la gran cosa. Sin embargo yo era una especie de bestia, y ese era mi castigo por ser tan gilipollas. La mayor parte del tiempo llevaba los ojos rojos, ojos de de bebedor consuetudinario, y la polla levantada. Yo era esclavo de mi polla. Bastaba una palabra, una mirada, un aroma, un gesto, para levantarme la cosa. Un vehemente deseo de hacerlo se apoderaba de mí causado por el mínimo suceso.  Un par de pies podían ponerme sobre manera. Una mujer de cabello quebrado, o rizado, podía prenderme. Una mujer de cabello lacio, también. Una niña de doce años, o una niña de cuarenta, podían prenderme. La lengua de una mujer ligeramente asomada entre los labios. Unos labios. Una mujer suspirando, una mujer dormida, una mujer molesta o una llena de alegría. Una mujer caminado, una mujer maquillándose, una mujer bailando, una mujer. Una mujer vomitando. Sí, incluso una mujer vomitando llegó a prenderme. Recuerdo que la miré hacerlo en el patio de la casa de alguien. Era una fiesta o algo y yo estaba en el patio, fumando un cigarrillo y alejándome del bullicio de sociedad cuando ésta jeba salió, se plantó en una esquina del patio y comenzó a vomitar. Lucía muy bien. Enserio. Ya sabes, una jeba allí, enfrente de ti, doblada por la cintura y con el culo al aire. Sentía ganas de cogerla por sorpresa. Prácticamente no existía mujer o situación que no me levantara los ánimos. Era un castigo, Dios. Pues la mayor parte del tiempo, claro, no podía cumplir mis deseos. Pero todos los tíos a los que se lo contaba se creían que era la gran cosa. No tenían idea. 

 Estoy hablando de ser verdaderamente un borracho. Estoy hablando de dejar el curro por un trago. De dejar a tu mujer por un trago. De dejar la vida por un trago. Y estoy hablando de las mujeres como un calvario. No terminaba de salir de una cuando ya me venía otra y todas, todas, siempre e inevitablemente, locas y terribles. Con la mayoría no pasaba de las dos semanas. Y las que me aguantaron más de eso, honor a quien honor merece, eran valientes mujeres. Pero al final, siempre locas. 

2

Petrozza, me dijo Verónica Pinciotti, ¿cuándo piensas sentar cabeza? Verónica hace tiempo que deseaba mirarme sentar cabeza. Primero se enganchó conmigo porque era un hijoputa con estilo y ahora me pedía sentar cabeza. No era tan distinta al resto de las mujeres después de todo. Sentar cabeza, dije despacio y exhalando el humo de un cigarrillo. ¿Qué es sentar cabeza?, pregunté haciendo el indio. Rió y dijo: ya sabes, sentar cabeza. Estábamos en mi casa. Verónica había traído whisky y cigarrillos. Y también había traído sus tremendas peras. Sí, señor. Y a la mitad de lo que pudo ser una magnífica velada, me pidió sentar cabeza. Ella, que había traído whisky y cigarrillos, ella que me pagaba las más de las veces el trago, que me arrimaba el culo y me sonsacaba, ella, Verónica Pinciotti, me pedía a mí sentar cabeza. Ya dije, pues no lo sé. Verónica se sentó sobre mis piernas (yo estaba sentado sobre el viejo sofá) y me susurró al oído, con su bello aliento alcohólico que debía hacerme un hombre decente si deseaba… ya sabes, dijo… algo serio conmigo. Escupí una bocanada de whisky y me la quité de encima. Reí a carcajadas. La tía me estaba chantajeando o algo. ¡Un hombre decente!, exclamé, ¡sí yo ya soy un hombre decente! Probablemente soy el último hombre decente. ¡Todos son unos hijos de puta!, dije, todos son unos hipócritas, unos lame culos. Yo soy un hombre decente, dije tajante. Y lo era. El más grande de mis pecados era ser un hombre decente. Lo sé dijo Verónica, no me refería a eso. ¿Entonces?, dije con tono de obviedad y alzando la manos. Yo sabía bien a qué se refería. ¿Acaso crees que un hombre decente que bebe, no puede ser un hombre decente porque bebe?, pregunté.  No, no, dijo, no es eso, es sólo que… Es sólo que qué, dije indignado. Olvídalo dijo y sirvió otra ronda de whisky en las rocas. 

 Yo no lo podía creer. El padre de Verónica, la sociedad de verónica, las cosas contra las que Verónica misma ha luchado toda su vida, la habían poseído. Le habían vendido la idea de que un hombre decente es un hombre que no bebe. No de la manera que yo, al menos. Puedes ser un criminal, un político, un estafador, un comerciante listillo, un empresario sin escrúpulos, y ser al mismo tiempo un hombre decente. Pero si bebes… Prefiero ser un borracho noble. Un borracho que no miente y que no se vende por nimiedades. Más vale ser un borracho decente, dije, que un hijoputa cabrón. Ya dijo Verónica resignada, no es para tanto. No te pongas así. Y se sentó de nuevo sobre mí. La tomé de la cintura, la apreté y atraje hacia mí. Le besé el cuello y cuando llegué al oído, le dije en voz queda: si hay algo de mí que no te guste, o que a tu padre no le guste, me lo puedes decir. Verónica dijo que no, que todo estaba muy bien. Pero la verdad que todo estaba muy mal. Yo la entendía en cierta medida. Verónica no era una mujer sin criterio. No era una imbécil. Todo lo contrario. Yo lo sabía perfecto: ella no se tragaba los discursos de su padre ni de la sociedad. Era una zorra interesada, una cínica y una cabrona. Sin embargo ahora, no lo hacía por ella, lo hacía por mí. Quería con todas sus fuerzas que yo fuese aceptado en su sociedad. No le importaba convertirme a mí en un hipócrita. Sí, Verónica Pinciotti era una cabrona. Ella podía seguir siendo todo lo hedonista, tirana y zorra que quisiera pero yo, yo debía convertirme para su capricho en un hombre decente. Deseaba poder decir a su padre estoy con Martin Petrozza sin que éste se infartara. Siempre mentía sobre su paradero cuando salía conmigo. Sobre todo cuando iba a mi casa. El Sr. Pinciotti me consideraba el peor de los mortales sobre la Tierra. Sólo porque me gustaba pegarle al trago. Era un juicio injusto. Yo mismo le había mirado a él salir hasta el culo de caballo del salón de su casa. Se emborrachaba con todos esos amigos suyos, politiqueros de mierda. Hombres decentes, diría él. Hombres decentes que se reúnen a planear cuartadas de “fraude lega”. Y es que para ser decente hay que tener plata. Y ese era otro de mis problemas. Yo nunca tenía plata. Era un roto en toda la extensión de la palabra. 

3

Oye, Petrozza, me dijo Garrison, ¿no crees que ya sea tiempo de que te hagas un hombre de bien? ¿Un hombre de bien?, pregunté asombrado, ¿es que acaso soy un hombre de mal? Garrison rió y dijo no, no, pero… ya sabes, un hombre de bien. Creo que deberías coger un empleo, como la gente decente. En aquel entonces yo no tenía empleo y aunque había cogido algunos empleos en mi vida, no pasaba de los seis meses cuando ya los había botado. No dimitía. Simplemente me ausentaba hasta que lo entendían. No sé dije, me parece que con o sin empleo, yo soy un hombre de bien. No soy un ladrón dije, no engaño a las personas, no trafico con drogas ni hago trata de blancas. No secuestro personas ni estoy en la política. Soy un hombre de bien, ¿qué no? Garrison no dejaba de reír pero en algún momento se puso serio y dijo ya es tiempo de que cojas un empleo, enserio, y te hagas un hombre de bien. Garrison no concebía la idea de un hombre de bien sin empleo. Para él, como para casi todo el mundo, un hombre no podía ser un hombre de bien sin tener un curro serio. Puedes vender tu alma a un empleo y ser un ente desalmado, vender imposibles a los pobres, cobrar intereses a los morosos, defender a los culpables ante el juzgado, dar clases de guitarra a adolescentes que echarán a perder sus vidas por el sueño del rock and roll, enjaretar tarjetas de crédito a pobres inocentes, pero, si no tienes un empleo…

 Garrison dio un sorbo al whisky y anunció que recién le había admitido como profesor de letras clásicas en el Tecnológico de Monterrey. Entonces lo entendí: se creía un hombre de bien. Un hombre decente. Vale dije, lo pensaré, quizá coja un empleo. Yo no comprendía la relación entre la bondad de una persona y laborar. Uno puede ser un buen hombre sin empleo, de eso no tenía la menor duda. Yo era el mejor de los ejemplos. Bebí el último whisky y me largué. 

4

 Estaba en casa de Sara cuando llegó nuestra primera discusión fuerte. Hace tres meses que salíamos y a decir verdad ya había tardado en llegar nuestra primera discusión fuerte. Sara era una mujer preciosa que me cayó del cielo. Que fuera una mujer preciosa no significa que yo tuviera suficiente. Ya lo dije: las mujeres eran mi tormento. Discutíamos sobre la siguiente línea: creo que deberías tenerme más respeto y ser menos… mujeriego, dijo Sara. Luego agregó: me gustaría que fueras un hombre decente. Y dale con lo mismo, pensé, ¿pues la imagen de qué monstruoso o ser he creado a los ojos de mis amigos y de mi novia? Vamos le dije, que folle otras mujeres no significa que te ame menos. Sara no quedó muy convencida. Sin embargo yo no mentía. Mentir era lo último que haría. Si hay algo que odio es la mentira. No mentía, repito, amaba a Sara por encima de las demás. Se lo demostraba a cada momento que compartíamos juntos. Pero no le bastaba. No importa cuánta pasión pusiera yo en un beso o al hacer el amor, exigía devoción absoluta. Vivía en el pasado. Que si el fin de semana pasado te acostaste con tal… o que si el mes pasado le pediste el número de móvil a tal… Etc. Decía que yo no era lo suficientemente bueno. ¿Qué quería de mí? Si le había entregado el alma. 

 Pienso que hay dos tipos de infidelidades, a saber: la física y la sentimental. Juro por mi vida que amé a Sara y amé a todas las mujeres con las que me ennovié, y que jamás, en ningún momento he sido ni fui con Sara sentimentalmente infiel. Pero la polla es la polla y la mía, tenía una inmensa sed que yo debía saciar. Sara sin embargo se pensaba que yo era una mala persona por engañarla. Aunque, si somos justos, yo nunca la engañé. Jamás me cuidé del chisme de mis correrías. Si Sara llegaba y me preguntaba es verdad que… Sí, le decía yo, es verdad. Hubiese dado la vida por Sara, lo mismo que en su momento, hubiese dado la vida por Carolina. O por ella. O por cualquiera de las mujeres con que salía. Incluso hubiese dado la vida por cualquiera. No soportaba la injusticia. A los trece años me partieron la cara por defender a un amigo fiel. Si me lo hubiese pedido yo hubiese ayudado al mismísimo Diablo. Mi alma era un alma sensible. Me deprimía por los pueblos oprimidos de Oriente, a pesar que odiaba a Oriente. Me afectaba el hambre extrema de algunas comunidades del planeta. No soportaba la idea de que una mujer fea (lo peor que te puede pasar en la vida es ser una mujer fea, pensaba) se perdiera de un buen polvo sólo por ser fea. Si un indigente en la calle me pedía una moneda, era capaz de entregarle todo mi capital (siempre poco) con tal de salvarle el día. Y ahora Verónica, Garrison y Sara me salían con que yo no era un hombre decente. 

 Si deseas continuar conmigo tienes que dejar de ser un cabrón, me dijo Sara aquella vez. ¡Un cabrón yo!, grité, pero si eres tú la que me ha robado el corazón. La que me ha domesticado con su belleza y su cariño (y con su droga, pensé). Y eres tú la que amenaza con acabar sólo porque he echado algunos polvos fuera de la relación. Como si eso significase algo. Eres tú la que egoístamente me pide ser esclavo de tus deseos. Tú eres la indecente. Drogándote todo el maldito tiempo, Dios. “Pagando la cuenta de gente sin alma que pierde la calma con la cocaína.” (J. Sabina)

 Sara no se lo tomó muy bien. Yo me mantuve en mi posición: ¡yo era un hombre decente! Quizá de los pocos que quedan aún sobre la faz de la Tierra. 

 5

 Rey Hernández me invitó a por una cerveza y todo iba muy bien hasta que el bocazas dijo: Petrozza, ya deja de ser un hijoputa. Sabía dónde iba a parar cosa: en la duda de mi decencia. Ya tenía suficiente de aquello. Me levanté de la mesa y lo dejé con sus ideas sobre el hombre decente. Quizá no iba a decirme nada de eso pero yo me pensé que sí y lo dejé allí un par de minutos. Luego regresé. ¿Qué clase de hombre deja a un amigo así como así? Me senté a la mesa y le pedí disculpas, necesitaba respirar aire puro, le dije, y Rey no tocó el tema de mi decencia en toda la noche. Era un buen tío. 

6

¿Yo era un hombre decente? “Que tire la primera piedra quien esté libre de pecado.”  ¿Quién o qué es ese mítico hombre decente? 




8 comentarios:

  1. Tartaro Aqueronte25 de mayo de 2011, 15:44

    La decencia y la sociedad moral encarnadas bajo un mismo título, el hombre de bien. Buenas reflexiones Martín sobre la noción de decencia, si ser decente es esto o lo otro... pero todo ello constructo de los "hombres de sociedad" y nuevamente queda la interrogativa ¿qué es la decencia? ¿podemos ser decentes en esta nueva era? ¿existe la decencia? ¿quien determina que está o no bajo las leyes de lo bueno y lo malo? no digo lo correcto o lo incorrecto porque estas son consecuencias éticas y las otras son morales a lo cual señalo deberíamos regirnos más por estas, más por el determinismo de lo correcto y lo incorrecto que por las nociones morales de lo bueno y lo malo.

    ResponderEliminar
  2. Una mujer que se acuesta con hombres sin que sean sus novios como lo que hacias tu con sara es una mujer decente??

    ResponderEliminar
  3. No lo sé, de eso va el texto, de que yo no lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que se puede ser una puta decente. Es decir: ser puta podría ser parte de la indecencia, pero la incendia no es parte intrínseca de ser puta. ¿Me explico?

    ResponderEliminar
  4. Magnifico texto, habra muchoq ue pensar al respecto, ;) Pero de una vez te digo que Petrozza eres un hombre decente, quiza el ultimo que queda sobre la faz de la tierra =)

    ResponderEliminar
  5. Cristobal Villablanca26 de mayo de 2011, 8:18

    jajajaja buenisimas cultura del sutconciente

    ResponderEliminar
  6. la decencia es una actitud, y las actitudes sufren de mutaciones antes y después de completar su contenido, su función. por lo tanto en mi opinión, tu decencia esta en proceso de maduración mientras que la decencia de los demás (quienes no dudo tengan las mejores intenciones en su actuar), sustentan una opinión de la decencia muy precoz para su edad, tal vez incompleta y ahí se tropezaron con el error al asumir que otros juzgan bajo el mismo dogma de vivir, y no! tu particular punto tiene mas factores a intervenir; por eso no esta configurada en su total proyección, por el momento en esta fase de tu decente proceso puedes referirte a este texto para justificar cualquier ímpetu de quererte subestimar tu alto potencial espiritual de experimental bajo las lodosas superficies de las que el buen experimento no prescinde y tus resultados tendrán una formula mas compactada, por que deshebraste las condiciones y circunstancias físicas y espirituales con mas ahínco, te fuiste despacito para comprender el panorama en su total veredicto.

    ResponderEliminar
  7. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  8. Mmmmta , como lo pinta el cabronazo de Petrozza tengo un buen empleo y no soy esclavo del trago pero soy bastante indecente jajaja

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com