viernes, 27 de mayo de 2011

De la homosexualidad.


¿Estás a favor o en contra de la homosexualidad?, me preguntó Norma directo y tajante. Carajo le dije, si lo planteas así, con el pesar de todo tu maniqueísmo, debo confesar que… Los ojos de Norma no dejaban de mirar directo a los ojos míos. Esperaba la respuesta, y esperaba echarme con una reprimenda por no entregarme al movimiento gay que Norma lideraba. Estábamos sentadas a la mesa de un bar gay en la Zona Rosa, ella frente a mí, y a mi lado, Allen y Petrozza. Norma era la nueva amiga de Allen, y hubiese sido mi nueva amiga también de no ser por ese carácter suyo del infierno. Allen era unan niña de dieciséis años  que tomé como mi protegida. Me gustaba pensarlo así: mí protegida Allen. Lo que quiero decir es que la pobre de Allen acudió a mí porque no tenía salida. Allen era la sobrina de una de mis mejores amigas, y por supuesto que había acudido al auxilio de su tía, pero ésta, no siendo más que una mujer de compras y de cenas, ¿qué iba a decir al respecto? Allen se planta frente a su tía y le dice: me han echado de casa. ¿Por qué, Allen, querida?, pregunta la tía mientras se unta maquillaje y Allen contesta, sonrojada: por que descubrí que soy homosexual. No se sabe qué grito llegó más lejos, si el de los padres de Allen, que gritaron juntos, o el de la tía, que aunque sola, se escandalizó por toda la comunidad  homofóbica. La tía de Allen no quiso saber más al respecto y encontrándose en tan terrible infortunio (así lo pensó) llamó a Verónica Pinciotti, que soy yo, su mejor amiga y cómplice de correrías. Pinciotti, me dijo, no sé qué hacer, tengo una emergencia. ¿Qué emergencia?, pregunté alarmada y me lo contó. Allen acudió a la tía con la intención de pedir asilo. Pero la tía no podía, te juro que no es que no quiera, es que NO PUEDO, decía, hospedarla en su casa. Vamos le dije, es una niña de dieciséis años desamparada y confundida, ¡y además es tu sobrina!, ¿por qué no puedes? No sé me dijo, ahora que sabe que es homosexual, temo cómo pueda reaccionar en las noches… ya sabes… los homosexuales y sus mañanas. ¡Maldita sea!, le grité, ¿cómo puedes ser tan pendeja? Y sí, tuve que perder a una amiga. Le dije a la tía de Allen que la trajera a mi casa y que yo me encargaría. Ni eso quiso hacer la muy imbécil. Tuve que ir yo a recoger a la sobrina. Cuando Allen me miró se le salieron las lágrimas. Me llamo Verónica le dije, no te preocupes, ya veremos cómo arreglamos el asunto. De momento me apetece comer, ¿te apetece comer? Asintió con la cabeza, tímida, y la llevé a por una hamburguesa. No hay quien se resista a una deliciosa hamburguesa, le dije y Allen estuvo de acuerdo conmigo. Estuvo de acuerdo con una hermosa sonrisa. Me despedí de la tía de Allen y le dije que podía irse al carajo, que por gente como ella el mundo era una mierda. No lo entendió. A la fecha me recrimina ser una bestia. 

 Al llegar a casa la senté en el jardín y le pedí que me contara el rollo de su vida. Era una chica tímida y no le saqué gran cosa. Me contó lo elemental: los padres de Allen se enteraron de la homosexualidad de su hija porque ella misma, Allen, se los comunicó. Aunque a decir verdad, ya se lo sospechaban los padres. ¿No crees que sales mucho con esa amiga tuya, Sandra?, solía decirle la madre. Y sí, Sandra era la novia de Allen. Así que un día Allen se envalentonó e hizo frente a las indirectas de la madre. Por la tarde, a la cena, lo soltó como quien no pudiendo más con el pesar de su conciencia, escupe la verdad que le atormenta: soy gay, dijo. No tuvo la delicadeza de echar antes de la piedra, el proemio que calmara la ira descomunal que detonaría la verdad. Ambos, el padre y la madre, no lo pensaron dos veces. La echaron de casa sin darle oportunidad de nada más. Aquella noche la pasó en casa de su novia Sandra pero a la mañana siguiente Sandra le dijo: será mejor que te vayas, tu madre a hablado con la mía y ya lo sabe todo. No podremos vernos en tiempo indefinido. Allen abrazó a Sandra, la besó con la pasión de un amor desesperado de dieciséis años y se despidió de ella con lágrimas en la cara.  Caminó a la estación de Metro más cercana y desde allí llamó a la tía. Luego de la tía entro yo y allí acaba la historia de Allen. Allí acaba su vida en familia, el futuro de sus estudios y su inocencia. Y allí comienza la historia que deseo contar:

 ¿Y esa quién es?, me dijo el Sr. Pinciotti cuando la miró. Pasó junto a mí por el comedor y Allen miraba por la ventana. Es la sobrina de X., le dije, se quedará unos días en casa. No tiene a dónde ir. ¿Y por qué no tiene a dónde ir?, preguntó mi padre y cuando se lo dije, ¡maldición!, otro que pega el grito en el cielo. Me tomó del brazo y me llevó aparte, donde Allen no pudiera escucharnos y dijo: ¡no me vayas a salir con que ahora eres gay! El Sr. Pinciotti ya podía esperar cualquier cosa de mí. Sabía la clase de hija que tenía, cínica y desinhibida, pero esta vez iba demasiado lejos. ¡Qué diablos, no!, exclamé, estoy amparando a un alma desfavorecida, eso es todo. Ajá, onomatopeyó el Sr. Pinciotti asintiendo con la cabeza, aunque queriendo decir no, no me lo creo del todo, y se largó. El asunto no llegó a mayores. 

 Me di cuenta de la gravedad de las cosas cuando al tercer día de la estancia de Allen en mi casa, lo noté: llevaba la misma ropa. Aquí comenzó nuestra verdadera amistad. Hasta ese momento Allen no me dirigía la palabra a excepción de las ocasiones que lo hacía yo primero a ella. Se limitaba a responder a mis preguntas y se lo pasaba sumergida en un estado de depresión o ensimismamiento. La llevé de compras y le demostré que mi indiferencia a su preferencia sexual era verdadera. Con el tiempo comenzó a tomarme cariño, y viceversa. 

2

Cuatro fines de semana seguidos llevé a Allen a los sitios de mi elección, o de la elección de mis amigos, y se comportó siempre como un alma agradecida. No refunfuñaba ni se quejaba de nada, y sobre todo, no opinaba ni proponía nada. Esto último comenzó a preocuparme. Le pregunté por qué nunca comentaba nada al respecto de las pláticas de mis amigos. Por qué no se integraba, o porque no simplemente nos mandaba al carajo y se iba por ahí a pasear a sus anchas. No tienes que estar todo el tiempo conmigo, le dije. Pero Allen no tenía amigos. Todo el tiempo que no decía nada se lo pasaba pensando en Sandra. Hasta ahora no se había atrevido a llamarla, no queriendo agravar la situación. Tuve que distraerla un poco. Comenzamos a salir ella y yo, sólo ella y yo, y le propuse visitar la Zona Rosa porque allí hay muchos como… Allí podemos hacer amigos, le dije. Increíblemente Allen jamás había pisado aquella zona. Y si lo había hecho no había sido en plan gay. Allen, dejando a un lado la homosexualidad, era tímida por naturaleza y Sandra era todo su mundo. Cosa un poco exagerada pues apenas duraron un par de meses. No tenía otro amigo en el mundo que la entendiera. Durante la vida en colegio, me contó frente a una cerveza, su primera cerveza en la vida, jamás logró amistarse con nadie. Allen era una chica bonita pero siempre se supo diferente. Y a los doce años descubrió el porqué. Pasó cuatro años enteros sin decírselo a nadie. A absolutamente nadie. Pasó cuatro años enteros relegada en su ser. Tenía un secreto que no podía compartir y eso la llevó a la introversión. Miraba a las chicas del aula, a las chicas bellas de aula, y sentía por ellas una admiración que rayaba en el deseo. Pero ella misma se guardó de expresar sus sentimientos. ¿Por qué? La familia de Allen era una familia conservadora que todo el tiempo (o así lo recuerda Allen) se lo pasaba diciendo (y es que se puso de moda) que a los ojos de Dios el ser homosexual es un ser despreciable. La madre lo decía como adivinando el futuro de su hija. Es decir, no tenía porqué repetirlo tanto. Y de tanto que lo hizo, le salió el tiro por la culata. 

3

Todo salió de maravilla. Allen lucía más dueña de sí y menos esclava de sus remordimientos. Frecuentamos algunos bares de la Zona Rosa y si alguna chica guapa pasaba frente a nosotros, Allen no perdía oportunidad de mandar una sonrisa. Se estaba olvidando de Sandra y de su miedo a ser ella misma. 

 Entonces conocimos a Norma. Norma era una homosexual de veinticinco años, lesbiana machorra que intentó ligarme. No la culpo ni la discrimino. Yo estaba en un bar gay. Era lógico que Norma pensara que yo… Se acercó a nosotras que bebíamos whisky en las rocas (Allen se adaptó perfecto al hábito de beber) y sentándose en la mesa, frente a mí, me preguntó qué opinaba sobre la opresión de la sociedad hacia la comunidad gay. Me hubiese gustado contestar inteligentemente pero la verdad que no tenía una idea clara de lo que yo pensaba al respecto. ¿Acaso no te disgustan las miradas de los hombres libidinosos que no tienen en la cabeza otra cosa que la imagen de un par de mujeres haciéndolo? ¿O las miradas hostiles de la homofobia? Pues claro que no, pensé, yo jamás había sufrido… Me llamo Norma T., dijo Norma antes que yo pudiera contestar algo. Me estiró la mano y no hizo el menor intento de saludar a Allen. Ella es Allen, tuve que decir yo. Ah sí, hola, saludó Norma indiferente. Soy la creadora de un grupo de resistencia gay, dijo Norma, luchamos por los derechos de la comunidad homosexual, por la igualdad y el respeto. Muy bien dije, eso está muy bien. A Allen le brillaron los ojos. En su vida había escuchado sobre algo así pero jamás imaginó que un día ella pudiera formar parte de una asociación que defendiera los derechos de la gente homosexual. Norma continuó explicándolo todo detalladamente, y mirándome fijamente, e ignorando a la pobre de Allen que era la verdadera interesada. Ordené otra ronde de whisky en las rocas mientras escuchaba la perorata de Norma. Todo eso sobre la discriminación gay me parecía una exageración. Se decían oprimidos pero yo los miraba riendo y bebiendo cerveza, abrazados en parejas o en grupos, bailando y gritando de la emoción de encontrarse con un viejo amigo. Norma tuvo que irse pero nos dejó un número y una invitación a la quinta reunión del grupo. Allen se entusiasmó mucho. Cuando Norma se despidió, olvidó despedirse de Allen. 

4

Toda la semana Allen fregó y fregó con discretas indirectas que asistiéramos al bendito grupo. Lo hacía tan discretamente y con tanto estilo que no pude negarme. Pensé que podía ser el principio de una sana emancipación. Quizá allí Allen conozca gente que le agrade y que no la discrimine, pensé, y gradualmente se olvide de mí. Lo que estaría muy bien porque yo ya extrañaba mi antiguo estilo de vida hedonista donde sólo caben mis caprichos y mis deseos. 

 Así que el día y la hora indicada estuvimos allí, en un café de la Zona Rosa (zona que ya comenzaba a cansarme) y Norma estaba allí con unas quince personas homosexuales. Norma era la líder y se notaba. Pero no voy a hablar de Norma. Voy a hablar de todo lo que miré en el grupo de Norma. Hasta antes de ello yo jamás había pensado en todo ese rollo de la discriminación. Yo jamás había sido discriminada. El grupo de norma me puso a pensar. Allí me entré de testimonios terribles. De gente que a pesar de tener los estudios, conocimientos y habilidades suficientes para un empleo, dicho empleo le había sido negado sólo por gustar de su mismo género. Yo no veía por qué tanta alarma con eso de la homosexualidad. ¿En qué ofende ser homosexual al heterosexual? Es tan idiota como ofenderse con el impresionista, siendo cubista. O algo así.

 Escuché todo lo que tenían que decir. Miré a un chico de catorce años que fue severamente golpeado por un grupo de su colegio que se hacían llamar los Antigay o algo. Era una estupidez. Miré a un transexual que siendo rechazado de todo trabajo tuvo que dedicarse a la prostitución. A una niña de quince que sufre de discriminación en su propia familia. Carajo pensé, ¿pero qué pasa con el mundo? Yo misma (no sé cómo no pude ver la gravedad de las cosas) tenía en casa a una niña que siendo gay le echaron del hogar. ¡Sus propios padres! Me cayó como balde de agua fría. Allen era el claro ejemplo de la locura de esta sociedad. Yo me lo pasaba muy bien con ella a mi lado y me gustaba pensar en ella como “mi protegida”. Me estaba tomando las cosas como un chiste. La vida de Allen, el sufrimiento de Allen, no era un chiste, maldición. Comprendí ahora la inhibición de aquella pobre criatura. Y no sabiendo qué hacer, llamé al único con algo de seso y capaz de entender: Martin Petrozza, aunque casi me arrepiento. 

5

¿Una jebita homosexual?, dijo cuando se lo conté. Fabuloso, ¿y está buena? Moví la cabeza negativamente y le dije, vamos, Petrozza, te estoy hablando enserio. Te lo digo a ti porque eres el único que se me antoja lo bastante cuerdo para no hacer de esto un espectáculo. Sólo dime si está buena o no, dijo resignado a comportarse a la altura de la situación. Pues sí dije, la verdad que es agradable a la vista. ¡Ajá!, exclamó Petrozza, te he cogido, piensas que está buena, ¿te la has follado?, ¡dime la verdad! Casi estallo de la ira. Tuve que contar hasta diez y pensar que así era él, que pasando todo este teatro de calamidad, vulgaridad y comicidad, se pondría a trabajar en el proyecto de salvar a la pobre de Allen. No, dije con los labios entumidos, no la he follado. Bueno, bueno dijo Petrozza con voz de galán, supongo que me has llamado para que me encargue de ella; para que le quite la homosexualidad... Y se tocó los cojones. Vale dije, esto fue todo, ¿me vas a ayudar o no? Petrozza se sabía comprometido. Cuántas veces le había ayudado yo a él… Sí, sí, está bien, ¿cuál es el plan? No tengo plan dije, para eso requiero de tu ayuda. Le conté todo el asunto y tuvo una idea: hablar con los padres de Allen. Fue una terrible idea. Petrozza se presentó con los padres de Allen y casi lo descojonan. Le gritaron maricón de mierda, pues pensaron que él era uno de esos amigos de su hija, mayor, que le había metido la idea de hacerse homosexual. Y al final, no sacó nada bueno. No se prestaron al diálogo. 

 Mira, Allen, te presentó a Martin Petrozza. Hola dijo Petrozza, ¿cómo estás? Allen lo saludó y dijo, ah sí, Petrozza; Verónica no deja de hablar de… Vale, vale, vale, interrumpí rápidamente, Petrozza ha hablado con tus padres. ¡Qué!, exclamó Allen asombrada. Sí, dijo Petrozza, y la verdad que son unos gilipollas. Allen bajó la mirada. Por un momento pensó que la cosa se había calmado.  

 Allen y Petrozza se llevaron de maravilla pero el cabrón sin vergüenza se pasaba de la raya. La estaba pervirtiendo. Allen era tímida. Quiero decir que independientemente de ser gay, era tímida. Y Petrozza, cuando salíamos a la calle, de acuerdo a su costumbre, no dejaba un culo de mujer sin mirar. Los seguía con la m irada y hasta era capaz de girar ciento ochenta grados, cínicamente, para mirar mejor. Y comenzó a mal educar a Allen. Le decía, eit, Allen, a tu derecha, ¡mirá nomás que mina, piba! Allen volteaba a mirar y alzaba el pulgar. Se lo pasaban en grande. Petrozza me estaba robando a mi protegida. Si yo le había enseñado a beber, Petrozza le estaba enseñando a nadar en alcohol. Entrábamos a los bares y le pedía a Allen un whisky en las roas. Y le decía, el primero siempre se toma al hilo, para que los demás no te sepan tan feo. Y Allen lo intentaba. Allen le tomó cariño en un par de días. El colmo fue cuando me dijo, muy apenada, que si podía… irse a quedar a casa de Petrozza esta noche. ¿Crees que te voy a dejar quedar con ese bárbaro?, le dije, estás loca si crees que te voy a dejar… Anda, decía, no haremos nada malo. Ya lo sé, le decía, yo confío en ti pero puede ser peligroso. Y Petrozza, al día siguiente, ofendido me reclamó porqué no dejé ir a Allen a su casa. No sé dije, no me parece buena idea, ya la has pervertido demasiado. La pobre me lloriquea por un vasito con whisky todas las noches. Dice que tú le has dicho que un vasito antes de dormir es bueno para la salud. Lo es, dijo, como si fuese la cosa más obvia del planeta. Sí dije,  pero no m gusta la manera en que Allen y tú se toman ese vasito de salud. Y a mí no me gusta la manera en que tú tratas a Allen, me dijo, hasta parece que eres su madre. Carajo, exclamé, ¡pues de alguna manera lo soy! En ese caso dijo, de alguna manera yo soy el padr… Se detuvo. Nos miramos a los ojos y lo entendimos. No pelearíamos más. 

 6

La reunión siguiente Petrozza nos acompañó al grupo de Norma. En esa reunión, ese día, todo cambió. Presenté a Petrozza como un amigo mío y todos se pensaron que era homosexual. Porque, no está de más decirlo, todos se pensaban que yo era lesbiana. Petrozza lo notó y dijo: vale, vale, yo no tengo nada en contra de ustedes pero debo aclararlo: ¡soy hetero! Lo dijo asustado. Allen y yo reímos sinceramente pero Norma… Norma se lo tomó muy enserio. Le echó una mirada que lo dijo todo. Allen lo notó y yo lo noté pero no dije nada porque no lo podía creer. ¡Norma lo estaba discriminando por no ser homosexual! 

 Norma inicio la sesión con un discurso sobre los espacios gay. Dijo que debíamos pelear por más espacios. Espacios donde poder juntarse y disfrutar de una vida homosexual plena. Allen escuchaba atenta, no perdía palabra. Petrozza encendió un cigarrillo y no dejaba de mirar a las lesbianas. No entiendo cómo a una mujer le puede gustar otra mujer, me susurró al oído. Le indique que guardara silencio, Norma no dejaba de mirarlo cuchichear. Pero continuó: ¿cómo es que esa tía, la de allá, dijo señalando discretamente (o lo que él entendía por discretamente) a una rubia que abrazaba a una pelirroja, prefiere meterse una polla plástica antes que una de verdad? ¿Cómo es que desprecia a los hombres, pero no se desprende del plástico fálico? No lo sé, susurré, ya cállate. Y esos de allá, dijo, esos dos tíos, ¿por qué salen juntos?, ¿si se supone que uno de ellos, el que sea, es homosexual, y gusta de los hombres, porque sale con ese marica? No entiendo nada, Pinciotti. 

 Luego tocaron el tema de los derechos a expresar su cariño en la vía pública. Norma alegaba que si los heterosexuales tenían derecho a besarse en la calle, ellos también debían tenerlo. Todos estaban de acuerdo. Allen no estaba de acuerdo ni en contra. Escuchaba sin opinar. Que no tuviese opinión de nada ya me estaba preocupando sobre manera. Abordaron también temas como la discriminación laboral, la discriminación en los derechos al casamiento, la discriminación religiosa, etc. Todo tipo de discriminación. No pensé que fueran discriminados en tantas cosas, dijo Petrozza en voz alta, ingenuamente. Norma le pidió que guardara silencio, que por favor, y ese por favor era más bien una orden, si él no era homosexual, podía salir de la reunión y dejar que los interesados se concentraran. Lo dijo tan despectivamente que me sorprendí y estuve a punto de levantarme y salir de allí pero Allen me ganó. Sí. Allen se levantó y dijo, yo tengo algo que decir. Norma y todo el grupo la miró. Lucía como una inocente mujercita deseando opinar alguna inocente idea. Pero, maldición, vaya si nos dejó a todos con la boca abierta. Dijo: 

 Ustedes hablan de la discriminación. Pues bien, yo he sido discriminada. Por mi familia. Me echaron de casa por ser homosexual. Sé de lo que hablo, y creo que ustedes no tienen idea. (Aquí Norma la miró frunciendo el entrecejo). Están confundiendo las cosas. Ser homosexual no es ser diferente al resto de la gente. Porque tener un gusto diferente, no te hace objetivamente diferente, ni mucho menos. ¿Acaso es diferente un niño que gusta de los chocolates, que otro que gusta de los caramelos?, a fin de cuentas ambos gustan del confite (se escucharon algunas risas y voces asintiendo). Bien, entonces no encuentro ningún sentido en que estemos aquí  reunidos cuando no somos diferentes al resto de las personas. Yo soy tan libre como cualquiera y no tengo que entrar aquí, o a otro bar gay para beber una cerveza. Cada que nos agrupamos en sitios especiales nosotros mismos marcamos la diferencia por la que tanto peleamos. Queremos erradicar esa diferencia, queremos ser iguales, que se nos trate como a iguales, y somos los primeros en tratarnos diferente (algunos exclamaron de asombro y Petrozza gritó: ¡eso, eso! Norma lo miró realmente enfurecida). Cada grupo como este hace más daño a la comunidad gay que los grupos de ataque homosexual. Abogan a favor de la libertad de expresar sus sentimientos, y pensándose desfavorecidos ante esta situación, algunos abusan y se sobre expresan causando repulsión hasta para sus iguales. Si ver una pareja de heterosexuales es cosa de por sí, incómoda… ¿Por qué habríamos de asentar nuestra homosexualidad besuqueándonos en la calle? ¿Por qué la manía de gritar a los cuatro vientos ¡soy gay!, y querer respeto, cuando uno mismo, al gritarlo y al exponerlo, no está respetando? Nos estamos auto-discriminando. Esta reunión, véanse, en grupo, separados, recluidos… ¿Por qué no hacemos esto en un bar normal? ¿Por qué tenemos que sentirnos diferentes y escondernos en las madrigueras de nuestro rencor? Si quiero ser libre, comienzo por actuar como un ser libre. La discriminación no se combate con más discriminación (aquí no todos estuvieron de acuerdo pero continuaron escuchando atentos, Allen los tenía al borde del asiento). Un hombre vestido de mujer y hablando escandalosamente como una loca, Dios… si quieres respeto, comienza por respetarte. No te humilles de ese modo. La homosexualidad es intimidad. Tanto criticamos al macho que va por la calle pregonando su virilidad. Pues una loca es la analogía del macho. Gritar que eres homosexual no te hará ganar el respeto de nadie. Luchamos por igualdad, y actuamos como diferentes. ¿Es entonces que aceptamos ser diferentes? Yo no soy diferente. Sencillamente tengo un gusto que no es el gusto de todos (Allen se estaba ganando al público. Petrozza comenzó a aplaudir y más de cuatro gentes lo siguieron). Entonces Allen se intimidó y paró. Sonrojada como un tomate tomó asiento mientras la muchedumbre aplaudía y hacía suya la frase de Allen: “Yo no soy diferente, tengo un gusto que pocos tienen. Eso es todo.” Como buena masa modificaron la frase pero la esencia era la misma. Allen les contagió el entusiasmo y les vendió la idea correcta. 

 Norma tuvo que admitir su derrota. Dio las gracias a todos por venir y se sentó a nuestra mesa, la mesa de Petrozza, Allen y mía. Dijo: estoy impresionada de ti, no me daba cuenta de lo que hacía. Me pensaba que luchando… No hay nada positivo en luchar dijo Petrozza. Luchar es negativo. Luchar es combatir. Luchar es resistirse. Luchar es pelear y guerrear. No hay nada positivo en luchar. Norma asintió con la cabeza y Allen asintió con la cabeza. Petrozza había dicho algo de valor al fin. La cosa se tranquilizó y ordené una ronda de whisky en las rocas para todos. Todos quieren decir mis amigos y Norma. Norma, al llegar el whisky, se acercó a mí y me preguntó si tenía novia. Tuve que decírselo. Se lo dije: yo no soy homosexual. Estalló en risa. Me he equivocado en todo últimamente, dijo. Le presenté, esta vez formalmente, a Allen, y aquel día se hicieron amigas. Ahora que sé que eres heterosexual, dime una cosa, tengo la duda: ¿estás a favor o en contra de la homosexualidad?, me preguntó Norma directo y tajante. Carajo le dije, si lo planteas así, con el pesar de todo tu maniqueísmo, debo confesar que… a favor de la libertad y la diversidad. Norma asintió con la cabeza, dando el beneplácito. Bebimos en armonía unas buenas rondas de whisky y al final nos despedimos. salimos de allí llenos de buen humor y de alegría.  

 Eit, Allen, dijo Petrozza a Allen, ¿qué opinas si vamos por unas jebitas? ¿Qué dices? Conozco un lugar donde te salen a ciento sesenta con todo y cuarto. ¿ESTAS LOCO?, le grité a Petrozza. Allen rió y al mirarla reír comprendí que Petrozza estaba bromeando. Carajo dije, suban al auto, vamos a por una hamburguesa. Ambos gritaron ¡sí, sí!  




14 comentarios:

  1. La manera en que Allen aboda el tema de la homosexualidad me parece inteligente y sana. yo no soy gay ni he sufrido esas discriminaciones pero creo que tiene razon cuando dice que los mismos gay se discriminan solos al marcar tanto ciertas diferencias entre la gente. saludos y buenisimo texto, ya te extrañaba vero!

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  2. Mmm... y luego? Está buena la crónica del descubrimiento de una parte de la realidad.

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  3. Antonio González10 de junio de 2011, 8:16

    ESCRIBE MAS SEGUIDO POR FAVOR

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  4. Diablos... te han dicho que tienes complejo de Wendy???? Como siempre genial relato!!!

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  5. que buen texto Vero !

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  6. Lo que les suele pasar a las personas, no siempre, pero si con más "normalidad" de la que debería es que prefieren ellos mismos tirarse por tierra, no que un desconocido lo haga, porque como todos, supongo que estaremos de acuerdo, el peor y más atroz carcelero es uno mismo, y por desgracia, la sociedad y su educación, muchas veces castradora, nos ha hecho ser los mayores verdugos de lo diferente, de lo que pensamos que puede contaminarnos, cuando en la diversidad está la belleza de este mundo.

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  7. Simplemente la respeto, cada uno con su elección y su forma de entender la vida, lo importante es ser feliz.

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  8. que buen relato, no dejas de sorprendernos

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  9. La verdad a mi me parece muy tonto definir con un sobre nombre a las personas que tienen afinidad por su mismo sexo la palabra HOMOSEXUAL se me hace tan podrida como la de HOMOFOBIA son personas con nombre ya sea Allen o como se llamen....no conosco tantas personas como Allen pero si he visto la barabarie con la que son tratadas por todos hasta por los que disque defienden sus derechos..En mi opinion el dia que dejemos de decirles gay ó jotos ó lesbianas ó homosexuales ó moustros hasta ese dia aprenderemos a ver al ser humano que hay en cada uno....y tal ves encontremos el que perdimos nosotros mismos al dejar de ver el de los demas...BUEN ARTICULO....gracias por compartirlo y como dijo un amigo cada quien sus vicios y que cada quien haga con su culo si quiere un papalote...

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  10. Citlalli Palacios Garza13 de octubre de 2011, 19:28

    Verónica Pinciotti, creo que te debes de divertir mucho con esos escritores amigos tuyos, Martin Petrozza, eres un narcisista, pero lo que más me preocupa es darme cuenta que me parezco a tí o viceversa, porque normalmente con mis amigos yo me la paso molando en las conversaciones sólo por divertirme, Garrison te quiere en serio, luego eso de conseguir conquistar a Veró, no es que te desanime, pero los destiempos, después de un tiempo se vuelven historia y en cuanto al insesto, lo prohibido es lo más rico.

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  11. Cada uno es libre de hacer con su vida lo que uno desee y si esta bien o esta mal eso lo elige cada persona y la inclinaccion sexual no determina si una persona es buena o es mala eso es relativo....

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  12. Que familiar se me hace... Tuve un amigo en esa situacion, pero su final fue mas triste, murio de SIDA hace 2 a~os, y su familia se entero mucho tiempo despues, estaban muy ocupados avergonzandose de su hijo...

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  13. Personalmente creo que es una cuestión -la homosexualidad- que va más allá de recuerdos personales de uno u otro amigo/a; más allá de "hacer con la vida propia lo que uno quiera". Reducirlo a esto me suena a poco. Es como reducirlo a estoy a favor o en contra de un homosexual... ¿quieres más al papá o a la mamá? te preguntaban hace años cuando eras pequeño y uno se sentía entre la espada y la pared teniendo que decir si o no. Habría que pensar si cuando una sociedad es inducida a hacer algo: es bueno o es malo que haya legiones que sigan esa manipulación. También la homosexualidad ha pasado por ser moda y luego ser gueto y luego un lobie de poder económico. No trato de ser diplomático sino de pensar hasta dónde llega la elección personal para ser o no ser "lo que uno quiera" y hasta dónde nos están llevando en nombre de la elección personal, la moda, los tiempos snob de esta sociedad etc.
    Lanzo mis dudas -como siempre- esperando escuchar a otros y aclarar ideas con sus palabras. Un saludo para todos.

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