sábado, 16 de abril de 2011

Mi fantasía sexual es darte un beso.



Ricardo Soza, al que apodaban Ricky Martin, no por guapo sino por joto, era un homosexual declarado de Atizapán de Zaragoza. Tenía veintiún años y era más afeminado que una mujer de verdad. Aunque se dice que en México, un país subdesarrollado, aún se discrimina a los gays, Ricardo Soza se lo pasaba en grande. El ochenta por ciento de sus amigos eran invertidos, el diez por ciento travestidos o transegénero y  entre el diez por ciento restante estaba yo, los amigos heterosexuales de Ricky Martin. Lo conocí en la universidad. Era amigo de un amigo y terminó siendo mi cuñado. Tenía una hermana tremenda. Enserio. La tía más guapa (y lo pongo por escrito) con la que yo he salido. Ojo azul, tez blanca, cabello castaño y cuerpo de a diez. Todo el mundo me decía cómo le hiciste para ligarte una mujer así. Y yo siempre respondía “ya ves”, pero la verdad no tenía idea. La cosa sucedió más o menos así: 

 Jeremías, el amigo de Ricardo y amigo mío también llamó y me invitó a una fiesta en Cuernavaca. Dijo que irían unos amigos suyos; lo dijo nervioso y me lo advirtió: irá Ricardo Soza, ya sabes dijo, Ricky Martin. No tuvo que explicarme más. Todos en la universidad sabíamos de la homosexualidad de Soza. Ya dije, no hay problema. Y no lo había, a mí me daba igual si a Soza le gustaba la polla. Dijo que Ricardo corría con los gastos. Lo dijo tratando de convencerme. Vale dije, que sí, que no hay problema. Justificaba su amistad con Ricky Martin. Era un pelmazo. No se atrevería a decir este es Soza, es mi amigo y es homosexual. Me citó en la esquina de Tlalpan y Periférico, sí, donde está el Superama, y llegué unos minutos tarde. Allí estaba Jeremías con el coche aparcado en el parabús, recargado en el coche y esperando. Dentro estaban Ricardo, la hermana de Ricardo y un par de lesbianas obesas. Supe que eran lesbianas cuando las miré besarse por el retrovisor en algún momento del viaje. Contrario al disgusto de las gordas, que aparte de lesbianas eran feministas o algo, ocupé el lugar de copiloto que hasta ese entonces ocupaba Soza. Ellas peleaban que Sara debía ocupar el asiento copiloto por no sé qué razones estúpidas sobre Sara y su vagina, y los derechos de la vagina de Sara; un rollo de género y caballerosidad. Yo abogué que era mejor así; ellas dos podrían ir juntas, Ricardo y su hermana podrían ir juntos, y Jeremías y yo podríamos ir juntos. Era lo más lógico tomando en cuenta que yo no conocía a prácticamente nadie. Sara, la hermosa Sara, dijo estar de acuerdo y no tener problema alguno. Ricardo tampoco tenía problema alguno; ni Jeremías. Las gordas eran las únicas con problemas. Tenían problemas todo el maldito tiempo. Problemas de género, de diversidad sexual, de entorno familiar, de discriminación racial y social, de todo, de todo. ¡Me tenían hasta la madre! Así que me trepé al asiento copiloto y tuvieron que tragarse el coraje.  

 Jeremías puso el coche en marcha. Seguimos derecho por calzada de Tlalpan hasta la autopista México – Cuernavaca. Recliné el asiento hacia atrás a pesar de las quejas y las indirectas de las gordas (que iban justo detrás de mí). En el estéreo sonaba música pop y a los pocos minutos me cansé de eso. Estiré la manaza y cambié de estación. Al 94.5. Transmitían el concierto para violín y piano de Beethoven. Cerré los ojos y eché atrás la cabeza. No pasaron ni cinco minutos para que Jeremías dijera no mames, qué es eso, y cambiara la estación. Sara se quejó. Para mi sorpresa (grata) y para la sorpresa de todos, se quejó, dijo la música que estaba era muy bonita, ¿por qué le cambias? Le pregunté te gusta la clásica y respondió sí, cosa que después confirmé: no tenía ni puta idea. Tú sí sabes, nena, dije. ¡Nena!, exclamó una de las gordas. Eran un par de gordas lesbianas y amargadas. Sara rió y nadie dijo nada más. 
En algún tramo de la autopista la señal radiofónica se esfumó. Ricardo sacó un disco y se lo pasó a Jeremías, quien me lo pasó a mí para que lo metiera en la raja del estéreo. Era un disco de música electrónica. A todos en ese auto les gustaba la música electrónica. Excepto a mí. Yo odio la música electrónica. Metí el disco y pasé de canción en canción en busca de algo que no fuese esa maldita música. Todo el disco eran los mismos ruidos sin sentido. Ya deja una, dijo Ricardo y eso hice. No tenía remedio. 

 Nadie decía nada. Las gordas cuchicheaban entre sí y nadie decía nada. Oye, Sara, nena, rompí el silencio, ¿de qué color son tus ojos? Lucían azules, grises, verdes, según la luz. Azules, ¿por qué? Por nada dije, son muy bonitos. Gracias dijo y las obesas rieron. A ustedes qué les importa, pensé. Se rieron de mi vago intento de seducción, que no era un intento de seducción sino un simple comentario. Tenía bonitos ojos y se lo dije y eso fue todo. Se pensaron que yo era un naco y un macho. ¿Y tienes novio, bonita?, pregunté a Sara. Dijo no, aún no encuentro a mi media naranja. Ya dije, ¿quieres ser mi novia? Lo dije bromeando, por supuesto. Las gordas estallaron en risa. Una de ellas dijo ya quisieras y yo dije pues claro, es una muñeca, y le guiñé el ojo. Sara dijo no gracias (con ese tono de asco que te hacen las tías buenas) y Jeremías dijo: ándale, Sarita, Petrozza es un buen chico. ¿Petrozza?, preguntó sorprendida Sara. Sí dijo Jeremías, este tío se llama Martin Petrozza. ¿De dónde es tu apellido?, preguntó Soza interesado. No sé dije, creo que es un apellido alemán pero puede que yo esté equivocado y no sea alemán. Está padre dijo Sara, ¿cómo es?, ¿Pedrozza? Petrozza, corregí, Pe-tro-zza. Una de las gordas, nunca supe diferenciar a una de la otra, dijo yo tengo un amigo que se apellida Gauloise, se pronuncia Guló y ese sí es un apellido bonito. No sé que se traían las gordas conmigo. Ricardo dijo a mí me gusta más Petrozza, tiene fuerza. Jeremías estuvo de acuerdo, dijo que Gauloise sonaba muy afeminado. Y Sara también prefirió la eufonía de mi apellido. 

 Entramos a la curva de la Pera y una de las lesbianas gritó ¡cuidado con la Pera! Jeremías tomó la curva con precaución y yo dije no sean ridículas, no es para tanto. ¿Perdón?, dijo la voz de la gorda que gritó, o puede que haya sido la voz de la gorda que no gritó, no sé, indignada, ¿no es para tanto?, no sé si lo sepas, pero esta curva es peligrosísima, ha muerto mucha gente en ella. Lo dijo en todo de horrorizada. Todos reímos. No seas exagerada, Mónica, dijo Ricardo y así supe que una de las dos se llamaba Mónica. Mónica dijo no soy exagerada, es cierto, mucha gente ha muerto en esta curva. Y a todo esto dije yo dejando a un lado el tema de la Pera, ¿qué edad tienes Sara? La miraba por el retrovisor. Miraba sus preciosos ojos azules y su sonrisa de comercial. No me pensé que yo tuviese la mínima oportunidad de ligarla. Enserio. Un hombre lo sabe. Sabe cuando tiene una oportunidad o cuando no hay oportunidad alguna. Y según yo, no existía la mínima posibilidad de nada. Eso no se pregunta a una mujer, dijo Jeremías y las gordas, las malditas gordas, estuvieron de acuerdo. Ya sé dije, pero enserio, ¿qué edad tienes? No es que me importara demasiado pero al mismo tiempo, todo sobre Sara me importaba demasiado. Sabía que no tenía la mínima oportunidad pero aún así deseaba saberlo todo de ella. Dieciséis contestó Sara desinhibida, ¿y tú? Veinte, dije. En ese entonces yo tenía veinte años y no conocía a Carolina y nunca debí conocer a Carolina. Pero no nos adelantemos…

Sugerí comprar unas cerezas para el camino. En la próxima gasolinera. ¡Cervezas!, exclamó Jeremías, ¿trajeron las cervezas? Sí, contestó Ricardo, están en la cajuela. ¿Y qué hacen allí?, dije yo. Sara se volteó para quitar la tapa de la parte de atrás del auto y sacar las cervezas. Sacó una bolsa llena de birras y nos pasó una a cada quien. A mí me dieron la de Jeremías. La destapé y la coloqué en el portavasos. La dejaré aquí por si quieres un poco, le dije y asintió con la cabeza. Sí gracias, dijo. 

2

Llegamos al municipio de Jiutepec, a un fraccionamiento cuyo nombre no recuerdo pero es el único fraccionamiento, o el fraccionamiento más conocido o algo. La fiesta era de los amigos de Ricardo así que estaba llena de travestidos y homosexuales. Jeremías, Sara y yo éramos los únicos normales. Nos instalamos en una mesa en el jardín. Ricardo nos presentó con un par de tíos y nos trajeron botellas de Ron, Vodka, Tequila y Whisky. Ricky Martin era influyente. Era el novio del dueño de la casa y nos atendieron como se merece. También trajeron tacos de canasta. Lo primero que hicimos fue comer. Me atiborré tacos. La obesa que no era Mónica susurró que yo era un cerdo. Ella se atiborró de tacos también pero decía que yo era un cerdo porque manchaba los dedos de salsa y tenía en el plato un batidillo y no me importaba. No te has visto en un espejo, susurré para que me escuchara. 

 Terminando de comer se sirvieron un trago. Sara de Vodka, lo noté, y yo un whisky en las rocas. Al poco rato quedé solo. Todos se fueron a bailar esa mierda de música electrónica. Me puse otro whisky en las rocas y caminé en busca de alguna jeba. Entré a la casa. Busqué en la sala, en el comedor, en las habitaciones. Por todos lados. Sólo encontraba grupos de lesbianas, parejas de lesbianas o lesbianas solas. Era la casa de la perdición. Abrías una puerta y encontrabas a algunos haciéndolo o chupándose la pija. En el sofá magreaban un par de tíos peludos. Cosa de locos. ¿Cómo pueden ser marica con tanto vello? En el sanitario, uno de los sanitarios, un cabrón de catorce años o algo se la chupaba a otro entrado en edad. Podría ser tu padre, pensé. Abrí la puerta del sanitario y allí estaban ellos. Vale, lo siento, dije y cerré la puerta. Ni lo notaron. Subí a los dormitorios. Luego de encontrarme con un par de escenas cuatro equis más encontré uno desocupado. Entré y eché en la cama. Era una buena cama. Me puse a pensar en Sara. Era una mujer realmente bella. Enserio. Tenía dieciséis años y era tan hermosa como Scarlett Johansson. Pero no la pensaba a ella como a una jeba cualquiera. Cuando una mujer es tan bonita como Sara nace de mí un deseo de cuidarla. Es como si eso de follar quedara en segundo término. Supongo que es este sentimiento el que las coloca en grado de diosas. Tendrían que verla para entender a lo que me refiero. Era perfecta. Los rasgos de su rostro, de su nariz, de sus labios, todo, los pómulos, dientes, cejas, todo era perfecto, marcado por líneas delgadas como pintadas con un pincel finísimo. La piel era blanca, blanca rosa o algo, como la piel de las supermodelos, sin una sola mancha o imperfección. Los ojos azules eran del azul del cielo. Su cabello sin teñir, castaño y suave y brillante. De comercial. Y su cuerpo bien proporcionado. No un cuerpo exuberante, un cuerpo perfectamente bien proporcionado. Y en ese bikini, ¡Dios! Miré por la ventana de la habitación y Sara ya tenía puesto un bikini tremendo. Más de una lesbiana le echaba una mirada. Bailaba cerca de la alberca con Ricardo y Jeremías. Era una mujer de ensueño. Era una de esas mujeres que miras en la televisión y te preguntas dónde están esas mujeres, dónde viven, dónde crecen, dónde se reproducen, ¡y con quién! Enserio tío, tendrías que verla para creerlo. Y esa mujer, ese encanto de mujer fue mi novia y se enamoró de mí hasta la locura y yo fui tan idiota para perderla. 

 Bajé al jardín y me senté en mitad del césped. Encendí un cigarrillo y me puse a pensar en los juicios sintéticos de Kant. Por ese entonces yo penaba mucho en Kant. Lo descubría recién. No me duró mucho el gusto. A los pocos minutos se acercó Jeremías botella en mano y con él, Sara, y con ella Ricardo y con él las gordas lesbianas. Todos se sentaron junto a mí y sacaron cigarrillos y sirvieron vodka y whisky y lucían a la mar de alegres. Yo lucía preocupado. Al menos eso dijo Jeremías. Dijo: qué tienes, hombre, luces preocupado, ¿no te estás divirtiendo? ¿Crees que el juicio “la casa es azul” sea sintético, que de verdad no se piense en el color de la casa o sus dimensiones como conceptos intrínsecos de una casa?, dije. ¿Cómo?, dijo Jeremías y le pedí que olvidara el asunto. Continuamos bebiendo. Continuaron bebiendo a mi alrededor y hablando de cosas que no entendía; no ponía atención, yo seguía mis discernimientos sobre el juicio sintético a priori. Y en algún momento, no supe exactamente cómo, llegamos a la parte de las fantasías sexuales. Todos se preguntaban entre sí cuál es tu fantasía sexual. No recuerdo las fantasías de ninguno pero conociendo a Jeremías debió decir hacerlo con dos tías o algo así. Era un tío bastante normal. Sin imaginación. La de Ricardo es de adivinarse y de las gordas no me importa en absoluto. Yo estaba atento a la fantasía de Sara. Pero Sara se negó rotundamente a contar algo así. Cuando fue mi turno, cuando Ricardo Soza me preguntó cuál es tu fantasía sexual, lo pensé un segundo, segundo en que todos me miraban a la expectativa, y dije: mi fantasía sexual es darte un beso. Se lo dije a Sara. Lo dije mirándola a los ojos. Ricardo y jeremías rieron y las gordas se horrorizaron. Aquellas malditas ballenas m miraban como el peor de los males. Y Sara, ¿qué hizo Sara? Se levantó y se fue. Indignada. Molesta. Yo no sé por qué, enserio. No era para tanto.

 Jeremías dijo y ahora qué le pasa. Ricardo contestó, déjala se pone sus moños. Y las gordas dijeron que yo me había pasado de listo, que cómo me atrevía si ella tenía dieciséis años y yo veinte. Que yo era un mamarracho. Me levanté de allí y me fui a buscar a Sara. 

 La encontré hablando con un grupo de gente. Sonreía y pasaba una botella de cerveza. No quise acercarme demasiado. Regresé con Jeremías y le dije que todo esto era una estupidez, que no podía ofenderse por algo así, que hasta tuve cuidado y no dije mi fantasía sexual es hacerlo contigo o algo más pesado. Quizá por eso se enojó, dijo Jeremías en burla, porque sólo deseas besarla. Ya dije, quizá. 




8 comentarios:

  1. "Ricardo Soza, al que apodaban Ricky Martin, no por guapo sino por joto, era un homosexual declarado de Atizapán de Zaragoza." ¡Jajajaja!

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  2. En las letras vamos dejando las historias, ésta por supuesto me deja con ganas de más... No te ofendas a mi parecer escribes descaradamente natural y delicioso, tal cómo Ibargüengoitia

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  3. Es un cuento entretenido y fresco cotidiano y muy juvenil, me gusto

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  4. Conociendo a Petrozza esto solo es el comienzo de una buena historia. Me sorprende que en este texto se mencione a carolina, pero ya sospecho que esta Sara es tu novia que mencionas en los primeros textos de carolina!!!! Bueno trabajo!!!

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  5. Gusto en leerlo de nuevo, Petrozza. La esclavitud y la fotografía no dejan muchos ratos libres, pero me doy una vuelta de vez en cuando.

    Saludos.

    P.D. Por cierto, los links con libros descargables están caducos.

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  6. Jajajaja...muy gracioso de su parte Mr. Petroza, he reído como no lo hacía un buen tiempo, esperamos nos siga entreteniendo con esta Pasión por Sara

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  7. Leonel P. Mosqueda20 de abril de 2011, 21:51

    Sí, suele pasar que a los tipos como nosotros (jodidos y mal dados por la gracia de la lotería genética)nos cuestionen por darnos el lujo de salir con una buena nena... ahora recuerdo a Lluvia, estudiante de danza moderna -o lo que eso quie ...ra decir- quince centímetros más alta (en realidad cualquiera es 15 cm. más alto que yo). En las petulantes fiestas de C.U solían preguntarme cómo hacía para tener una mujer así. "Hay que ver muchas películas de Woody Allen" decía. Sé que era una mala broma. Me gustan las malas bromas. Nadie lo entendía.

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  8. Buen punto, será q sí habemos bonitas con intelecto? O es la coincidencia dónde se cruzan la apreciación por un hombre distinto del resto y la hermosura? O meras carencias?

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