jueves, 21 de abril de 2011

Eres un mentiroso.



Bueno, pues Sara resultó ser una belleza peculiar. Era hermosa por fuera y te pensabas tendría una gran autoestima. Sin embargo la autoestima la tenía por el suelo. De allí le vino el amor por mí. Y de allí le venía su adicción a las drogas. Y su adicción al glamur. Y su adicción a todas las cosas, entre las que terminé yo. ¡Soy adicto a ti!, decía. Adicción era su palabra favorita. La  conjugaba en cada enunciado. Para Sara era un orgullo ser adicta a algo. Lo decía en español y lo decía en ingles: I´m adicted to you, baby. Confundía la adicción con el amor. Y tenía razón. Nunca me amó. Aunque todos dicen cómo te amó esa mujer, la verdad, nunca me amó. Su amor era una adicción psicológica. 

Aquella ocasión en que le dije mi fantasía sexual es darte un beso, en Cuernavaca, todo se fue a la mierda. Quiero decir que durante toda la noche y durante todo el día siguiente, no me dirigió la palabra y no me miró y no quería saber de mí nada. Yo por mi parte tiré la toalla. No iba a rogarle a un imposible. Para Sara, la bella Sara, estaba bien un tío tipo Brad Pitt o Leonardo DiCaprio. No un Martin Petrozza, estudiante mediocre de universidad. Nunca me pensé que yo tuviera una oportunidad con semejante bombón. Y si la tenía, si la tuve, pensé, la he cagado ya. No iba a rogar a un caso así. Si no deseaba hablarme era igual. Pero las personas como Sara, de bajo autoestima, somos impredecibles y nos gusta la mala vida. Aquel día en Cuernavaca ya no llegamos a más, pero después…

 En el aula del colegio, pasada la fiesta, Jeremías me dijo te pasaste con tu comentario. Yo no entendía por qué. Sara estaba ofendidísima según Ricardo, quien se lo dijo a Jeremías, quien me lo dijo a mí. Deberías hablar con ella, me aconsejó Jeremías y yo lo mandé al cuerno, yo no tengo nada que hablar con ella, que se vaya a la mierda, dije. Jeremías insistió tanto en el asunto, que lo supe: aquí hay algo.  Algo que este cabrón sabe, o algo que este cabrón sospecha, y no me quiere decir. Habla con ella, yo sé lo que te digo, insistía. Vale, dije al fin, ¿pero cuándo? Jeremías me invitó el sábado próximo a una fiesta en casa de Ricardo, que era la casa de Sara también, y donde yo tendría oportunidad de encontrarla. No le diré que vas, dijo Jeremías, para que no tenga nada preparado, ya sabes, las mujeres, se hacen sus planes y sus artimañas y sus cosas. Será mejor así. Ya dije, muy bien. Acepté el trato y el próximo sábado me presenté a la fiesta, y allí estaba Ricardo, y los amigos homosexuales de Ricardo, y Sara, terriblemente bella. Enfunda en un texano pegado que le hacía saltar el culo. Bella, coño. Bella. Tanto que me lo tuve que pensar dos veces antes de acercarme a ella. 

 Hola, le dije cuando me envalentoné, ¿cómo estás? Me ignoró. Sara platicaba de pie, en el patio de la casa, con un par de tíos, y me ignoró. Y repetí el saludo. Contra toda su voluntad dijo hola, bien gracias. Y regresó a la charla, que era una charla banal, nada para dejarme a un lado, pero así son las tías, son capaces de dejarte a lado por una nimiedad. Siempre creen que una nimiedad vale más que tú. Venga, Sara, dije, ¿puedo hablar contigo? Los tíos que platicaban con Sara me miraban como a un paria. Iban bien vestidos. Sara iba bien vestida. Y todos en esa fiesta. Todos todo el tiempo iban bien vestidos. Y yo llevaba mi viejo texano, y mis viejos zapatos, y mi vieja chaqueta. Tú y yo no tenemos nada que hablar, contestó ella. No, dije yo, enserio, necesito hablar contigo. Los tíos intercambiaron miradas y comentarios entre sí, y se alejaron. Ahorita venimos, dijo uno de ellos y Sara y yo quedamos solos. Y bien, ¿qué quieres decir? Lo dijo despectivamente. Dio un trago a una cerveza que llevaba en la mano. Vale dije, es sobre… Bueno… Tengo entendido que un comentario mío te ha ofendió y… Para nada, interrumpió, no hay problema, olvida eso. Eso quisiera, dije, pero me es imposible… Ya, dijo, olvídalo. No, insistí, es importante, lo que dije es muy enserio. ¿Cómo? Preguntó interesada pero ocultando el interés tras una cara de hastío. Sí, dije, lo de darte un beso, es enserio, ese es mi… bueno… quiero decir, me parces la chica más linda que he mirado y… Comenzó a reír nerviosamente y dijo estás loco, no te creo nada. Ya dije, estás en tu derecho a no creerlo, pero… Los amigos de Sara la llamaron y quedé con las palabras en la boca. Se largó. Agité mi cerveza (yo también llevaba una en la mano) y le pegué un buen trago. ¿Y bien?, preguntó Jeremías apareciéndome por la espalda, ¿asunto arreglado? Sí dije, asunto arreglado. ¿Qué te dijo?, preguntó Jeremías. Alcé los hombros y no dije nada. 

 La fiesta, al igual que la fiesta en Cuernavaca, era una fiesta de locos. Todos allí eran adictos a la marihuana o a la cocaína. Entre otras cosas. Había unas cincuenta personas. En el televisor de la sala se reproducía una película pornográfica. Era una buena película. De una tía y cinco tíos. Ya se sabe, la trama de siempre, al final la bañan en semen. Y en medio de la pieza había un colchón inflable, sobre el cual, un par de parejas, lo hacían. Y sobre los sillones también. Había tías y tíos haciéndolo por todos lados. En el baño, en la cocina, en la sala. Si no lo hacían se magreaban o fumaban marihuana. La música, por supuesto, era esa chorrada de música electrónica que tanto gusta a los homosexuales. Le dije a Jeremías me dejara en paz y me fui a pasear por la casa. En la cocina, al horno de microondas, decenas de tíos hacían fila. Llevando en las manos platos de porcelana con rayas de cocaína, y popotes cortados. Calientan la cosa para quitar la humedad, me explicó Ricardo que estaba formado. Ya dije. ¿Quieres probar?, preguntó y me negué. No sabes lo que te pierdes dijo entusiasmado y algunos tíos rieron. ¿Hablaste con mi hermana?, preguntó después, y le conté el asunto. Le conté cómo me dejó parado en medio de la nada. Ay, Sarita, Sarta, dijo Ricardo, ¿quién la entiende? No dijo más y me largué. Lo dejé con lo suyo. Quitando la humedad a la cocaína. 

 Encontré a Jeremías en el patio. Platicaba con una par de jebas tremendas. Mujeres de verdad. No travestidos ni nada. Mujeres de verdad pero lesbianas. Me acerqué a él y se lo susurré al oído. Le susurré: tío, no pierdas el tiempo, son gay. La escena lucía como un hombre ligando a dos mujeres. Ellas reían coquetas y tocaban l hombro de Jeremías, y Jeremías reía, y las miraba de arriba abajo. Perdía el tiempo. Me uní a la conversación. Hablaban sobre antros y bares. Se recomendaban lugares y decían en el antro X ponen buena música. O en el antro Y te puedes drogar en los sanitarios. O en el antro Z no cobran la entrada. Etc. Yo no tenía ni idea. Me mantuve callado un buen rato. Luego Jeremías dijo a mí me gustan las motos. ¿Les gustan las motos? Eso dijo, pero el pobre no tenía idea, yo lo conocía bien y el imbécil jamás había tocado una moto. No digamos conducir una moto. O comprado una moto. Las jebas contestaron nos encantan las motos y mencionaron algunas marcas de motos, y cosas de motos. Jeremías asentía con la cabeza. Yo lo sabía, el cabronazo no entendía un carajo. Yo dije odio las motos. Me parecen el invento más idiota del universo. Hay que ser un macho cabeza hueca para excitarse con eso. Increíblemente las chicas estuvieron de acuerdo. Y Jeremías quedó como un lelo. Bebí el resto de mi cerveza de un trago y me fui a la cocina a por otra cerveza.  

 El resto de la noche pasó sin nada interesante. Homosexuales por aquí, homosexuales por allá y yo me aburría monumentalmente. Lo que no significa que la fiesta fuera mala. Todos lucían a la mar de divertidos. Fue antes del amanecer cuando me topé con Sara. Yo estaba bajo el arco de la puerta principal, bebiendo, fumando y mirando pasar a la gente excitada y drogada hasta no poder más. Era una gran fiesta. Era una gran fiesta si eras homosexual, o drogadicto. Para mí, era la peor de las fiestas. No es gran cosa si tomamos en cuenta que yo odiaba las fiestas. Todas. De todos tipos. No soportaba el bullicio y la estulticia de tanto gilipollas junto. Entonces pasó Sara. La miré venir de dentro de la casa. La miré un segundo y luego desvié la mirada. Se colocó junto a mí, para mi sorpresa, y dijo: eres un mentiroso. Venía bastante ebria. O bastante drogada. O ambas cosas. Sin embargo lucía hermosa con el cabello suelto y un poco desaliñada. ¿Cómo?, dije. Sí dijo, eres un mentiroso. Yo sospechaba la cosa pero me hice el desentendido y le pedí explicaciones. Sobre tu comentario dijo, no te creo nada. Ya dije, eso ya lo sé, ¿qué quieres que haga? Sara me miraba con esos ojos suyos que abrazan al mirar. Tienes el resto de la noche para cumplir tu fantasía. Lo dijo mirándome a los ojos. Así como miran las mujeres que seducen. Y luego añadió y dijo: es cosa tuya. Yo no pienso mover un dedo. Excitado me incliné para besarla. Me rechazó. El resto de la noche, sentenció, y se marchó. 

 Carajo, pensé al verla irse y mover ese maravilloso culo carnoso y blanco como el mármol, con que eso quieres mujer. Me quedé allí en la puerta idiotizado. Terminé con mi birra. Cogí otra del frigo y me lancé a la caza de mi predispuesta presa. No la encontraba por ningún lado. Pregunté a todo mundo por ella y nadie sabía darme respuesta. Nadie la había mirado y nadie sabía dónde coños estaba. Encendí un cigarrillo y recomencé la búsqueda. En la sala. En la cocina. En el baño. En el patio. Fue en el patio donde la miré. Pero no estaba en el patio. La miré por la ventana. La ventana de su habitación. Hasta ese momento no lo había notado. La casa era una casa grande pero de una sola planta y la habitación de Sara, la ventana de la habitación de Sara, daba justo al patio. Me asomé por el interciso de la persiana y allí estaba ella, sentada en la cama, haciendo algo sobre una pequeña mesa de madera.  Corrí a buscar la entrada de la habitación. Dentro de la casa. La entrada no está dentro de la casa, me dijo Jeremías, al que encontré, o el que me encontró, entusiasmado y hecho un loco. Le expliqué la jugada con Sara y me llevó a la puerta de la recamar. En el patio. Junto a la ventana. Mi entusiasmo me cegaba la cabeza. Bueno, le dije a Jeremías, pues aquí voy. 

 Abrí la puerta y entré. Sara levantó la vista de la mesa y me miró. ¿Qué haces?, pregunté al mirarla concentrada en la tarea. Armo un basuco, dijo, ¿quieres? Un basuco, según me explicó, es un cigarrillo de cocaína. Ya dije, sentándome a su lado, en la cama, no gracias. Tú te lo pierdes, dijo encendiendo esa cosa y dando una chupada al cigarrillo. Fumaba placenteramente. Daba bocanadas con los ojos cerrados y echando la cabeza atrás. ¿Seguro que no quieres?, preguntó casi susurrando. La imagen de Sara haciendo esas muecas de placer me excitó bastante. Vale dije, por qué no. Me pegó el cigarrillo a los labios y jalé. La verdad no sentí gran cosa. Expulsé el humo rápido, como con cualquier tabaco y dijo no, así no, así, y me enseñó a retener el humo lo más que se pueda. Di otra chupada, mantuve el humo unos buenos segundos. Entonces lo sentí. El placer relajante de un basuco. Dios dije, ahora entiendo por qué se hacen adictos a esta mierda. Sara rió y fumó de nuevo. El cigarrillo duró algunos minutos. Sara lo fumó hasta el último milímetro. Lo sostenía con las uñas y fumó hasta que no quedó más que una diminuta bacha de él. Lo aplastó sobre la mesa de madera, sacudió el cuerpo y dijo, bueno, supongo que vienes por tu beso. Yo no dije nada. No me dio tiempo de decir algo. Antes que lo pensara ya tenía los labios de Sara, la lengua de Sara, dentro de mi boca. Nos besamos mucho tiempo. Despacio. Y ese beso, el primer beso que Sara me robó, lo llevo tatuado en el alma. El besó más placentero y sabroso que jamás me han dado. Cuando nos separamos Sara comenzó a sonreír. Una sonrisa larga y muda, como la sonrisa del pecado. No lo puedo creer, dijo. ¿Qué no puedes creer?, pregunté. No contestó. Me besó de nuevo. Se separaba durante el beso y reía y decía no lo puedo creer. Vale, pensé, no lo puede creer. Me lancé a besarla deseando que nunca acabara. La habitación estaba oscura y los ojos azules de Sara brillaban con la luz que se filtraba por la ventana. Yo no lo podía creer. Estaba besando a Sara. ¡A Sara! Y la estaba llevando a la cama. Lentamente. Muy lentamente. Terminamos acostados, abrazados y dormidos.

 Me despertó un ruido de gemidos. Y eran gemidos de verdad. Alcé la cabeza para mirar y en la otra cama (la habitación de Sara tenía dos camas) un tío y una tía lo hacían. La tía estaba sobre el tío, montada, desnuda, y yo le miré todas las tetas. Un hermoso par de peras, y ella me miró y sonrió, y luego miré al tío. Dios, el tío era Jeremías. Lo hacía con una de las chicas lesbianas, si es que era lesbiana o bisexual o algo. Ahora tenía mis dudas. Y cuando me miró, y miró que Sara reposaba la cabeza sobre mi pecho, alzó el pulgar y sonriendo dijo: qué buena noche, ¿no compadre? La tía no dejaba de moverse sobre Jeremías y reía a carcajadas. Eso despertó a Sara. Sara los miró en la otra cama y se tapó con las sábanas. Toda ella, y me tapó a mí también, y me dijo: ¿me quieres? ¡Carajo, te amo!, contesté. Comenzó a besarme otra vez y se monto sobre mí. Se levantó, justo como la chica de Jeremías, sobre mí y se quitó la blusa. Casi muro de un infarto. De infarto de placer. ¡Las tetas de la Venus de Milo! Sara tenía las tetas perfectas. Simétricas y hermosas. Y los pezones rosados eran un encanto. Le acaricié las tetas, embelesado, y Sara gemía como si ya se la estuviera metiendo. Jeremías por su parte había cambiado de posición: él sobre ella. Hice mi parte y volteé a Sara para dejarla debajo de mí. La besaba, le lamía el cuello y las tetas y ella me desnudaba. Jeremías le daba duro y me excitaba los gemidos de la lesbiana. Desabotoné el pantalón de Sara, lo saqué junto con las bragas y llegué a la gloria: un precioso coño castaño, dulce y suave. Le hice sexo oral un buen rato. Y luego me saqué los calzones y cuando se la iba  meter me detuvo. No, amor, eso no, dijo, aún no. Me congelé. Calma, dijo y me acostó en la cama. Me besó desde el cuello hasta la polla. Se detuvo en la polla. Sentía su cálida lengua recorrer la circunferencia de mi glande. Después toda mi polla dentro de su boca. No me costó correrme. Me corrí en la garganta de Sara. Subió hasta mi boca y me besó con el licor de mi virilidad escurriéndole por los labios y ambos tragamos el semen de mis pelotas. ¿Me quieres?, preguntó otra vez y otra vez dije amarla y me abrazó y se quedó dormida allí, encima de mí, mientras yo le masajeaba el culo. 

2

Sara era una mujer hermosa. Ella lo sabía, yo lo sabía, y todo mundo lo sabía. Sin embargo nadie se lo había dicho. Nadie se había acercado a ella y le había dicho: Sara, eres una mujer terriblemente bella. Esa es la diferencia entre cualquier pelmazo y yo, que pudiera ligarla. Con Sara ocurrió el fenómeno de la mujer extremadamente bella. Antes de mí ningún otro hombre se había atrevió a ligarla, pues intimidados por su belleza, se sabían incapaces de lograr algo con ella. Antes de mí, Sara hace mucho tiempo que no tenía pareja. “Un amor es tan grande como la soledad que le precede”. La soledad de Sara era tremenda. Vivía con su madre y con Ricardo. Padre murió cuando ella tenía once años y aquello le traumó ensimismándola en su soledad. Sentíase perdida y desamparada en un mundo de hostilidad e hipocresía. Y yo, que era un veinteañero lector de Schopenhauer, tenía mucho que decirle sobre la soledad y el absurdo. Me convertí en su padre. Siendo menor ella le aconsejaba  yo en todo (a ben árbol se arrimó la pobre), y terminó amándome con el alma. Si de alguna mujer puedo decir me ha amado más que nadie, es de Sara. Se entregó a mí con los ojos cerrados. Siempre he dicho que yo nunca me he esforzado por nada. Las mejores cosas de mi vida, y las peores cosas de mi vida, me han sido entregadas en las manazas. Como Sara. La vida me entregó a la mujer más bella que yo he mirado jamás, sin que yo m esforzara por tenerla. “El hombre y sus circunstancias” (José Ortega y Gasset). En el lugar indicado, en el momento indicado. No hay más. Lo mismo pudo ser Sara que cualquier otra. Gracias a Dios, fue Sara y no otra. 



2 comentarios:

  1. PEtrozza dices la pura verdad!!!!! Sara era bella y todos lo sabian pero nadie se lo decia!!! cuantas mujeres no estan en esa situacion!! y terminan con un hombre que no es tan guapo porque es el unico que se los dijo!!! seguire leyendote hasta el final!

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  2. Lucianna Schenone4 de mayo de 2011, 17:45

    que mal por ella hay que ser tonta(o)
    para meterse en esa wuevada

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