lunes, 25 de abril de 2011

El fantasma escritor de Bob Dylan, que no era fantasma ni era escritor, ni mucho menos Bob Dylan.



Se dice muchas cosas de los muertos pero todas son mentira. En serio. Te lo digo yo, que he muerto. 

 Morí en un accidente automovilístico, forma común y patética (ni siquiera era yo quien conducía) de morir. Tenía diecisiete años. A mis diecisiete años ya me sentía bastante grandecito pero Madre no dejaba de gritar: ¡tan sólo diecisiete años! Para mi pésima suerte fui el único que murió en el accidente. Aquella noche, la noche en que me llevó la chingada, Ana, la chica más linda del colegio, y de la que por supuesto estaba perdida y secretamente enamorado, dio una fiesta en la casa de su padre, en Acapulco. Y se adivina la cosa: yo jamás llegué a la fiesta (vivo). 

 Arturo y Carlos, quien se auto apodaba Carlo Magno, amigos de la adolescencia, decidieron pegarle al trago antes de partir a la fiesta. Lo hicieron sin mí. Yo no bebo. O yo no bebía. Como sea. Ahora que estoy muerto me da igual. Me pongo tremendas guarapetas. Total, qué es lo peor que me puede pasar. Cuando Arturo y Carlo Magno me recogieron en la esquina de mi casa, de la cual escapé para poder irme a Acapulco, venían hasta el culo… de caballo. Me recogieron en el coche de Arturo. Lo más sensato es que yo manejara el auto. No sabía manejar. Madre siempre creyó que yo aún no tenía edad. Apenas diecisiete años. Carlos deseaba pegar ojo en el trayecto así que me cedió el asiento copiloto y se mudó a la parte de atrás. Se acostó a todo lo largo del asiento. Si alguna vez has escuchado que el copiloto siempre muere en un accidente, es cierto. Arturo dijo vamos retrasados, la fiesta comenzó desde las ocho; y no quería perderse demasiado. Pisó el acelerador a fondo. Todo bien los siguientes veinticinco minutos. Tenía el control del auto. No te pensabas que la siguiente curva, en menos de un segundo, todo se fuera a la mierda. Arturo perdió el control. Se estampó en la barra de contención. Como mosquito en el parabrisas. Y de los tres tenía que morir yo, el copiloto, que iba en la pendeja cambiando las canciones en el estéreo. Ni tiempo tuve de reaccionar. No llevaba el cinto de seguridad y en un segundo, o en fracción de segundos, estaba muerto. Mi cráneo se hizo pedazos en el muro. Era cosa de verse, enserio. Un verdadero espectáculo. Ahora lo cuento y me cago de la risa pero en ese momento casi me cago del susto. Casi me muero. De un infarto. Otra vez. Del susto. Del impacto de ver todo eso, ya saben, los sesos desparramados y el río de sangre. Arturo se desmayó o cayó en coma o lo que sea. Se fracturó la clavícula, el brazo, quebró algunas costillas y se rompió todo el hocico. Carlos salió prácticamente ileso. Apenas unos moretones y unas torceduras. Pero en el instante también se desmayó. El Yaris quedó deshecho. 

 Me di cuenta que ellos no habían muerto cuando traté de despertarlos y no despertaban, y sobre todo, y aquí me pasó lo del infarto, cuando miré mi cuerpo y mi cráneo deshecho. Dicen que los muertos, los fantasmas, no pueden coger objetos. Mentira. Cogí mi teléfono móvil y llamé a una ambulancia. Yo quería marcar a casa pero no había señal telefónica y sólo me dejó llamar a la ambulancia. Les di nuestra ubicación y les dije que se apresuraran, que había un tío con el cráneo abierto. No les dije que era yo, no lo iban a creer. 

 Antes de la ambulancia llegó un par de autos-patrulla y llamaron a otra ambulancia. Traté de explicarles el asunto pero no me escuchaban. Los miré hacer muecas al ver mi cadáver y me ofendí; estaban hablando mal de mí en mi cara. Qué puto asco, decían. No me escuchaban y desde entonces nadie más volvió a hacerlo. Incluso he intentado con el teléfono y no, nada. Aquella llamada fue la única que me permitió la Muerte. La muerte es algo así como quedar encerrado. Te encierran y tienes derecho a una llamada, no más. Tiempo después esa llamada se convirtió en un misterio. Nadie supo quién demonios llamó a la primera ambulancia.  Madre dijo que había sido Dios. Las madres de Arturo y de Carlos dijeron que un ángel llamó, lo que es la misma chorrada que la de Dios. ¡Fui yo!, ¡fui yo!, gritaba en los pasillos del hospital. Los paramédicos se hicieron cargo de mis amigos y a mí me dejaron embarrado hasta que llegó un forense o algo y me recogieron como a mierda de perro: con guantes y bolsas negras. No sé si soy yo o así es con todos; acepté la muerte de buena manera. Me trepé a la ambulancia donde llevaban el resto de mi cuerpo y me pensé que en el hospital encontraría otros muertos y alguno me daría explicaciones de cómo vivir mi nuevo estado. No. La muerte es como estar encerrado. En la celda de tu propia muerte. Es más o menos como la vida, acompañado pero solo; en la muerte te rodea la gente viva pero no te escucha y no le importas un carajo. Más o menos como la vida. ¿Me explico? 

2

Por cierto, mi nombre es Bob Dylan. Vale, vale, no es verdad. Mi nombre era Roberto Guzmán Alcántara. Siempre quise llamarme Bob Dylan y aproveché la libertad de la muerte para cambiar mi nombre. Fallecí en el verano de 1994, como ya les dije, estampado contra la barra de contención en la autopista del Sol. Vivo (vivir es un decir, un vicio de lenguaje) en una vieja casona en Acapulco. Sí, en la casa del padre de Ana. Hace más de catorce años que me mudé aquí. O sea que llevo existiendo trintaipocos años.  Claro que a mi edad me da lo mismo llamarse Bob Dylan que Roberto o Snoopy o Supermán. En mi condición de muerto los nombres no significan nada. 

 Después del accidente, del velorio, del entierro y de ver a Madre lamentarse, de mirar a Arturo y a Carlos lamentarse; y a los tíos lamentarse, los parientes y todo eso, decidí alejarme de tanta miseria. No tenía adónde ir. No podía quedarme en casa con tanto lamento y tanta misa y tanto Dios. Cuando uno muere, igual que cuando uno vive, hay que establecerse. Así que me fui para Acapulco. Me fui caminando. Los que se piensan que los muertos volamos o nos teletransportamos o algo, están equivocados. Los muertos viajamos en coches o camiones o caminamos. Aunque ya no poseo un cuerpo de materia prefiero seguir las leyes de la física y no ocupar un espacio, el mismo espacio, al tiempo que otro cuerpo. Podemos hacerlo, los muertos, ya saben, eso que ustedes llaman posesión infernal. La posesión es incómoda. Sentarme en el bus sobre el cuerpo de un hombre vivio, Dios, es como ser penetrado. 

 El caso es que me fui caminando. Tardé un par de semanas. El tiempo importa poco cuando has muerto. Cuando has muerto tienes el tiempo en tus manos. Todo el futuro de la humanidad en tus manos. No me costó demasiado dar con la casa. Aún conservaba en el bolsillo la servilleta donde Ana apuntó la dirección y trazó un croquis. Bueno, dije una vez frente a la casa, más vale tarde que nunca. Es una casa grande, de tres plantas y jardín y jardín trasero y sótano y alberca y cochera para doce coches. Está sola y amueblada. Está bien iluminada. Es la vieja casa de descanso del padre de Ana. Por 1998 y 99 solía venir a menudo. Dejó de hacerlo. Se pensó que la casa estaba embrujada cuando dejé caer sin intensión un trasto de la cocina. Él no lo miró. Él no lo escuchó. Lo hizo su mujer. La mujer con la que se casó después de divorciase de la madre de Ana. Se casó con ella luego de tres años de vivir en concubinato. De lo que se entera un muerto, caray. La vieja bruja rondaba la cocina cuando tiré el trasto. Pegó un grito como no había escuchado uno jamás. Salió corriendo y dijo: ¡la casa está embrujada! La bruja, Dios, la vieja bruja dijo la casa está embrujada. El padre de Ana, que era uno de esos tíos machos, se asomó a la cocina, cigarrillo en boca y dijo aquí no hay nada, mujer, debió ser tu imaginación. Pero la mujer estaba duro y dale con que no, si no estoy loca, decía. El padre inspeccionó de mala gana el sitio. Yo lo miraba todo desde la alacena. Me cansó el asunto. A la mierda, pensé. Cogí un cajón entero. El cajón de los cubiertos, lo saqué del mueble y lo estampé contra el suelo. El estropicio fue tremendo. Lo macho se le esfumó. ¡Carajo!, gritó él y abrazó a la mujer, como una mujer abraza a un hombre y, paradójicamente, la mujer tomó el papel de macho. ¡Quién anda ahí!, gritó ella. Se quitó al marido de la espalda y caminó al centro de la habitación. Cuando miró atrás el padre de Ana ya había corrido. Ella corrió tras él y los miré salir al jardín, coger el auto y salir como alma que lleva al diablo. No volví  a miraros hasta el año siguiente cuando clavaron en la entrada el letrero: SE VENDE ESTA PROPIEDAD. Lo clavaron y se largaron. No entraron a la casa ni nada. Capullos de mierda, pensé. 

 Se instalan en un hotel cercano y sólo entraban  a la propiedad cuando alguno estaba interesado en comprar el inmueble. Vino primero una familia, padres e hijos. Dos críos de cinco y siete años. Revisaron cada una de las habitaciones y estaban muy interesados. Estaban en su derecho, iban a pagar la casa, pero, bueno, yo me sentía el dueño del lugar y decidí que no deseaba vivir con esos críos andando por ahí. Todo el tiempo. Hice de las mías. Justo cuando acordaban el precio, en el jardín, abrí la llave de las regaderas y el agua saltó a todo lo alto, por todos lados. El padre de Ana, nervioso, dijo debe ser una falla en el grifo, ya lo arreglo. Caminó hasta la llave de paso y la cerró con fingida naturalidad. La pareja de compradores no miró nada extraño en eso y retomaron el tema de la transacción. Entonces tuve que actuar. Tomé la sombrilla de la mesa de jardín y la blandí por todo el jardín. Me puse a correr con ella, agitándola de un lado a otro. Nadie podía explicar aquello. Se quedaron mudos. Los críos exclamaron sorprendidos, alucinados y emocionados, riendo de la impresión. Los pares de los críos dijeron ¡qué diablos¡ Y el padre de Ana les pidió que salieran inmediatamente. No regresaron. La familia no regresó. Vinieron otras parejas, con otros críos y a todos hice algo parecido. No me agradaba para nada la idea de compartir mi espacio con algún gilipollas. El rumor del fantasma de la casa se extendió por todo Acapulco. Nadie quería comprar la propiedad. Había algunos interesados en inspeccionar, tíos caza fantasmas, médiums y esotéricos. Ninguno fue recibido. El padre de Ana ya tenía suficiente de aquello. Colocó otro letrero: SE REMATA ESTA PROPIEDAD. Fue en 2004 cuando llegó Otto Dédalus. Otto Dédalus era un excéntrico millonario inglés o algo. Compró la casa sin chistar. No pasó siquiera a mirar los cuartos. Dijo que la casa era perfecta, es justo lo que busco, dijo y  así, el padre de Ana por fin se deshizo de la propiedad. No tuve tiempo de ahuyentarlo. La primera vez que lo vi, ya era el nuevo dueño del asunto. 

 Otto Dédalus era un hombre de cincuenta y tantos años, obeso y siempre vestido de frac. Al parecer el calor costeño no le afectaba en absoluto. Llevaba también un inseparable sombrero y un fiel bastón. Para ser un millonario excéntrico dejaba mucho que desear. Era más bien aburrido. Se lo pasaba en el estudio de la casa, donde instaló un catre individual, con las narices metidas en los cientos de libros que trajo. Fue lo único que trajo. Cajas llenas de libros. A decir verdad era una compañía agradable. Pasaba desapercibido. Dormía por las mañanas y pasaba toda la noche leyendo, escribiendo y fumando de una pipa de caoba. A veces bebía alcohol. Nadie venía a visitarlo. Supuse que su familia estaría en Inglaterra o de donde quiera que fuese Otto. Por mi parte me dedicaba a pensar. Un muerto no tiene mucho a qué dedicarse. Cuando mueres entras en la vida eterna, si es que es eterna la muerte, nadie me ha dicho lo contrario, y te das cuenta que la promesa de una vida sin fin, promesa bíblica, es un tedio y un castigo. Hasta el momento no había tenido señales de Dios. Ni de nada sobrenatural. La vida pasaba frente a mis ojos como una película interminable. Miraba a los vivos actuar la vida sin poder intervenir. Como en una película. Me daba paseos por la playa, quien haya dicho que los fantasmas no pueden salir de casa, tiene muy poca imaginación. Recorría toda la costera Miguel Alemán sin preocuparme de nada. De nada. Lo que es muy preocupante. La vida es una sucesión finita e ininterrumpida de preocupaciones, y eso, eso es la vida. Cuando mueres las preocupaciones se terminan y entonces sí, a preocuparse porque viene el tedio mortal. Sin necesidades básicas, alimentación, sexo, etc., ¿qué sentido tiene la existencia? Por cierto, morí virgen. Ahora ya no me importa. No extraño el sexo porque nunca lo tuve. Y no siento el deseo de tenerlo. Es igual. Una gran parte de tu instintos muere contigo. No toda la parte, no por completo, o sea que sí, a veces tengo el deseo, pero es como el deseo de algo que sabes no ocurrirá, y no te preocupa demasiado. Ana fue el único amor de mi vida, platónico. Pero no quiero ponerme melancólico…

 A los dos meses de vivir con Otto ocurrió lo inesperado. El cabronazo se encontraba en el estudio, estudiando o algo, y escribía. Escribía con pluma y tintero. Era un viejo aburrido y arcaico. Yo merodeaba por allí sin tener qué hacer y me acerqué a mirar lo que escribía. Me acerqué por en frente del escritorio. Me acerqué demasiado. Derramé el tintero sobre el trabajo de Otto. Otto no se impactó. Alzó la mirada y me miró, justo a los ojos. Quiero decir, posó la mirada en la mirada mía. No me miró. Pero posó la mirada en mi mirada y me asusté. Sí, yo, el muerto, me asusté. Por un segundo pensé que el tío realmente me había mirado. Dijo: ¿quién anda ahí? Lo dijo con naturalidad, como muy acostumbrado al asunto de los muertos. No contesté. No intenté contestar; sería inútil. ¿Quién anda ahí?, repitió Otto y di unos pasos atrás, él se levantó y caminó hacia donde yo, y yo retrocedí. En verdad pensé que Otto podía mirarme o algo. Sentirme. Qué sé yo. La tinta escurría por todo el escritorio. Hasta caer al suelo. La miré escurrir y me vino la idea. Otto, repito, lucía a la mar de tranquilo. Quizá allí radicaba su excentricidad, en saber guardar la calma ante lo sobrenatural. Caminé hasta el escritorio, esquivando el enorme cuerpo de Otto y metí el dedo a la tinta, y estampé mi huella en la libreta sobre la que antes escribía él.  Otto corrió al escritorio y miró la huella estampada. Levantó la libreta para ello, la llevó hasta sus narices y exclamó: ¡Dios mío! Cogió un monóculo del cajón del escritorio y volvió a mirar la huella. Y volvió a exclamar Dios mío. ¿Quién eres?, ¿Qué eres?, preguntó esta vez sudando. Perdía la calma. Tardé unos minutos en decidirme: cogí la pluma y la mojé en la tinta. Escribí sobre una hoja de papel suelta (la libreta la tenía Otto pegada al pecho): Bob Dylan. Otto se acercó a la hoja, cuidadosamente, leyó estupefacto y dijo: ¿Bob Dylan? 

3

Aquello ocurrió una tarde de Abril, y fue el comienzo de mi carrera como escritor. Otto Dédalus y yo entablamos una relación, al principio, puramente laboral (Otto dedicose al estudio de los entes), y una amistad, o lo más cercano a una amistad, al final. La cosa era sencilla: él hablaba y yo escribía. Y cuando digo que fue el inicio de mi carrera como escritor (nótese que no digo: como escribidor) es porque Otto Dédalus se propuso guardar todas las libretas de nuestras conversaciones, y, editarlas, agruparlas, y ponerlas a la venta en formato libro. Cuando me lo comunicó comencé a poner más cuidado en lo que escribía. Pero Otto dijo: escribe con naturalidad, como hasta ahora, ya me encargaré yo de la edición. El tío se pensaba que yo era un mal escritor (cuando intentaba escribir) y lo único que de mí quería era la certidumbre y la veracidad del libro, que rezaría: una historia verídica.  En lo tocante a este punto, Otto era muy estricto. Es decir, al punto laboral. Pero luego se sensibilizó y comenzó a contarme su vida y aquí nació la amistad. Estas conversaciones las agrupaba aparte, para el segundo tomo de la saga: MI ESTANCIA CON EL FANTASMA DE BOB DYLAN. Le confesé a Otto mi verdadero nombre  pero no le importó en absoluto, creyó buena idea dejarlo como Bob Dylan. Así me llamaba. Decía: Bob, Bob, ¿estás allí? Aquí estoy, anotaba en el cuaderno que Otto me regaló y que yo llevaba a todos lados, y se sentaba en una mesa del jardín dándome la espalda. Yo tenía que rodear la mesa para sentarme frente a él. En una ocasión el idiota se sentó en la misma silla que yo, encima de mí, y carajo, a ninguno nos gustó la sensación. Tratar con Otto era como tratar con un ciego. 

 Otto Dédalus era un hombre solitario. Perdió a su familia hace unos quince años; primero a la esposa, que murió de una enfermedad respiratoria; y luego a Cathy, su hija de seis años. La pequeña Cathy falleció ahogada en un río. Esa era toda la familia de Otto. La manera en que perdió a las dos mujeres de su vida me pareció tan anticuada como él mismo.  Pero no dije nada. Al año de la muerte de Cathy, Otto comenzó el estudio de la muerte. Se leyó cientos de tomos sobre esoterismo, espiritismo, y cosas. Intentó con la tabla Ouija y hasta contrató un par de médiums espiritistas para contactar a su mujer y a su hija. Todo eso era un timo, me dijo Otto melancólico. Nunca llegó a nada. Ya lo dije yo: de los muertos se dicen muchas cosas, pero todas son mentira. Partió de la vieja Europa para olvidar el pasado, una vez convencido de que era inútil y vaya, dijo, quién iba a pensar que justo aquí, lejos de mi tierra, encontraría lo que tanto busqué: hablar con los muertos. Escuchaba a aquel hombre conmovido. Me preguntaba si Madre o alguno de mis amigos, o Ana, intentó aluna vez buscarme más allá de la vida. No lo creo, me dije, eso es cosa de locos. Hay que estar loco para hacer algo así. Para creer que algo así puede ser verdad. Y le conté de Ana, la bella Ana de la que me enamoré en la adolescencia. Otto me miró, tenía esa manía de atinar la  mirada a la mirada de mis ojos, y dijo: te ayudaré a encontrarla. El trato se adivinaba: yo le ayudaba a contactar a su familia y él… Pero se lo dije: la muerte es como quedar encerrado. Hasta ahora jamás he sabido de otro muerto. No he tenido contacto con otro muerto. Su mujer y Cathy debían estar encerradas en la prisión de su propia muerte, allá en Inglaterra o en algún lugar. Otto, a pesar de sus desesperados intentos jamás sintió la presencia de laguna de ellas. Posiblemente seas tú un caso especial, dijo, pues si ellas tuvieran la misma facultad que tú, ya se habrían manifestado a mí, ¿no crees? Quizá, anoté. Como sea, dijo, te ayudaré a buscar a Ana, ¿Ana qué? Ana Rivera Palacio, escribí en la libreta con mano temblorosa. 


5 comentarios:

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com