martes, 29 de marzo de 2011

Una de vaqueros, ¡ajúa!


No quitaba la vista del paso un segundo, no pestañeaba siquiera; tenía lista la diestra al revólver (que para el caso era el remoto del televisor). Con nervios de acero esperaba. Sí, era Tony Tormenta, el más temido villano de todo el Viejo Oeste, desde la frontera de los Estados Unidos de América hasta las costas del Pacífico. Y no estaba solo. Tony Tormenta vigilaba escondido en el risco (entiéndase por risco el refrigerador en la cocina), y tras la mesa (mesa vicaria de montaña), la pandilla Tormenta asechaba cautelosa. Eran Chico Tormenta, mano derecha de Tony Tormenta y famoso por ser el villano más joven de la banda (en realidad apenas tres años), Tormenta McClaude, el vaquero peor hablado de todos los vaqueros, de todos los marineros y de todos los seres humanos, capaz de pronunciar quince groserías en un enunciado de catorce palabras (un escuincle grosero como su puta madre), y Tuerto Tormenta, que literalmente, donde pone el ojo, pone la bala (tenía un parche en el ojo pues recién se picó con un lápiz). Estaban atentos. Esperaban el momento. Sabían que dentro de poco pasaría por allí el carro que transportaba a la bellísima Rosa Pinciotti (carro hecho con cajas de cartón). La esperaban. Rosa Pinciotti se dirigía a casa de su prometido Perro Petrozza, famoso excomisario del pueblo; famoso por su intolerancia a la injusticia y su crueldad hacia los villanos. Todos los bandidos temían caer en sus manos y a decir verdad, mantuvo la cosa tranquila unos buenos años. Menos robos. Menos asesinatos. Lo único que continuó como siempre fueron las violaciones. Sus castigos eran ejemplares. Es un sádico hijo de puta, decían algunos. Es un ángel, decían otros. Sí, un ángel, pero un ángel del Infierno, apuntaban algunos más. Disfrutaba sacar los ojos a los mirones. Cortar la lengua a los soplones. Matar a los matones. Y… a los violadores… castrar. No conocía la piedad. No tuvo piedad ni de su madre, cuando ésta, acusada de robar un terrón de azúcar fue puesta tras las rejas por el mismo Perro Petrozza. ¡Soy tu madre!, gritó la mujer cuando cerraron la celda. Mi única madre es la justicia, dijo Perro Petrozza y dando media vuelta ordenó echaran la llave de la reja al pozo. Todo el tiempo que duró el reinado de Perro Petrozza se granjeó el aplauso y admiración del pueblo, sobre todo, por la captura, tan anhelada, de Tony Tornado, asaltante de bancos y violador de jovencitas, hermano de Tony Tormenta. Todos fallaron en su captura y Perro Petrozza lo puso tras las rejas. Así que ahora el momento de la venganza para Tony Tormenta estaba cerca. Le arrebataría los más preciado. ¡Ojo por ojo, diente por diente!, gritó para sí Tony Tormenta al momento de saltar en medio del camino. Apuntó al cielo y soltó un par de tiros, estropicio que causó el desconcierto de los caballos (palos de escoba) que jalaban en el carro de Rosa Pinciotti. Rosa Pinciotti pegó un grito al sentir el ajetreo del carro desde dentro. El chofer bajó revolver en mano (el remoto del estéreo) apuntando a su adversario. Ni lo pienses dijo Tony Tormenta y su secuaces se hicieron visibles. Te tenemos rodeado, dijo Tony Tormenta. El chofer levantó las manos. Rosa Pinciotti asomó la cabeza por la ventana y al mirar la situación, y al mirar a Tony Tormenta, soltó un gritito y se desmayó.

2

¡Vamos!, gritó Cachorro Pedraza, discípulo y fiel amigo de Perro Petrozza, ¡vamos, tienen a Rosa Pinciotti! Perro Petrozza estaba tirado en la banca del jardín bebiendo whisky en las rocas y fumando un cigarrillo. ¡Vamos, vamos!, insistía Cachorro Pedraza jalándolo del brazo. Ya, ya, decía Perro Petrozza, nomás me acabo éste y vamos. 

 Petrozza, Martin Petrozza, había venido a mi casa a pesar de mi advertencia sobre la estadía temporal de una pandilla de niños, hijos de los amigos del Sr. Pinciotti, quien daba una fiesta familiar (con familiar quiero decir señores con sus señoras esposa; la única familia que mi padre tiene en México soy yo), a beber unos tragos. Mi reserva de whisky se ha terminado, dijo por el teléfono (su reserva de whisky SIEMPRE estaba terminada) y le dije vale, está bien, pero te advierto que la casa está llena de niños y de visitas. Ya contestó, soy bueno con los críos. Y sin decir nada más se vino para mi casa. Dijo soy bueno con los críos pero cuando la manada de escuincles nos obligó a jugar a los vaqueros no quería mover un dedo. Se aplastó en la banca del jardín  a beber su whisky (que es mi whisky) y su tabaco. ¡Vamos!, le grité, ¡me han capturado, Perro Petrozza, has algo! La pandilla Tormenta me tenía cogida de brazos y piernas y Tuerto Tormenta ya venía a mí con una cuerda que no sé de dónde diablos sacó. ¡Perro Petrozza, Perro Petrozza!, gritaba yo muerta de la risa. Mas que vaqueros parecían un grupo de pequeños cavernícolas. Danzaban a mí alrededor montados en sus caballos (más palos de escoba) y gritaban aaaooo tapando y destapando las bocas intermitentemente, al estilo apache. No diferenciaban entre un vaquero y un piel roja. Petrozza lo miraba todo un poco hastiado. Desde la banca. Desparramado. Distaba mucho de ser el  héroe de la historia. Era un héroe acabado. Y lo dijo el cabrón. Dijo: soy un excomisario, Pinciotti, EXcomisario. Hace mucho estoy retirado. Cachorro Pedraza, un niño de cuatro o cinco años, hijo de la señora Betancourt, insistía en hacer algo. Vale dijo Petrozza ante la angustia de Cachorro, prepara los caballos. Cachorro corrió por un par de palos. Encontró un palo oxidado de golf y nada más. Petrozza bebió de un trago el resto del whisky de su vaso y tiró la colilla del cigarrillo al césped (hijoputa, pensé). Se levantó, cogió el palo e hizo espacio para que Cachorro Pedraza montara atrás. Cabalgaron hasta nosotros. Mejor dicho, Cachorro Pedraza cabalgó hasta nosotros. Petrozza caminó sin hacer el movimiento de trote alusivo a la cabalgata. 

 ¡Alto bandidos!, ¡suelten a mi prometida Rosa Pinciotti!, gritó Perro Petrozza una vez en la escena del crimen. Tony Tormenta le encaró mientras el resto de la pandilla vigilaba a los rehenes, mi chofer; hijo de la señora Covarrubias, al que ataron a mi espalda, y yo. Tony Tormenta, presto, apuntó con el revólver a Perro Petrozza. Te estaba esperando, Perro Petrozza… O debo decir, Rata Petrozza… Perro Petrozza hizo ademán de sacar un arma pero, ¡Dios mío!, el muy imbécil no llevaba una. Apuntó con el dedo. ¡Eso no se vale!, gritó Tormenta McClaude, ¡tienes que tener un arma, la mano no se vale! Petrozza miró su mano y dijo vale, vale, dame un segundo. Giró sobre su propio eje en busca de algún objeto. Cachorro Pedraza, fiel compañero, había corrido ya en busca de algo. Trajo una rama y se la estiró a Petrozza. Era una rama bastante larga para ser pistola. Excelente dijo Petrozza, ¡una metralleta! ¡No, dije yo, no puedes usar una metralleta, estamos en el Viejo Oeste. ¿Una bazooka?, preguntó Petrozza ingenuo. ¡Menos!, dije. Todos lo miraban. Esperaban. Ya sé dijo e intentó romper la rama en dos, para dar una parte a Cachorro, con la rodilla. Era una rama dura. No pudo. Se lastimó. La pandilla Tormenta, impaciente, se lanzó sobre Petrozza. Olvidaron las armas y se lanzaron a la lucha. Treparon por el cuerpo de Petrozza. ¡Auxilio, Pinciotti!, gritaba y luchaba torpemente. Cachorro se unió a la lucha. Era un niño bajito, no lograba gran cosa. Trataba de impedir que demolieran a su mentor. ¡Aaaa!, ¡Auxilio!, ¡Monstruos!, gritaba Perro Petrozza. En poco tiempo acabaron con él. Lo tiraron. Le tenían sujeto de brazos y piernas. Cachorro Pedraza, que era el más inteligente de aquel dúo maravilla, aprovechó la ocasión para desatarnos. Rápido, cogí el par de remotos vicarios de revólveres que yacían en el suelo. El chofer tomó una roca y Cachorro Pedraza la rama que empuñó como espada. Los vaqueros no tenían espadas pero ya no dije nada. El chofer y yo apuntamos contra la pandilla y Cachorro blandía su arma. ¡Basta!, grité, no contaban con la astucia de una bella dama. ¡Entréguense! Los niños voltearon a vernos, asombrados, sin soltar a Perro Petrozza que jadeaba como un cerdo. ¡Han escapado!, gritó chico Tormenta. Tony Tormenta se levantó y comenzó a disparar con el dedo. ¡Pishiú, Pishiú!, onomatopeyaba. Toda la pandilla le siguió. Soltaron a Petrozza pero de todos modos no se movió. Soltaron una ráfaga. No se vale, dije, dijimos que con el dedo no. Todos me ignoraron y tuve que defenderme. Abrí fuego. ¡Pum, pum! ¡Pum pum pum! Y del otro lado: ¡pishiú, pishiú! ¡pishiú pishiú! Me tiré al suelo. Rodé en el suelo. Esquivando las balas y tirando a diestra y siniestra. Tengo que aceptar que fue muy divertido.

 De pronto todos corrimos. Cada quien por su lado. Escondiéndonos donde podíamos. Tras un árbol. Tras la banca. Tras la mesa. Tras un auto. Todos corrimos menos Perro Petrozza que no podía ni con su alma. Cachorro Pedraza corrió conmigo. Tras la fuente. Desde allí lanzábamos tiros; le di un remoto, y Cachorro era muy bueno. Hirió a casi toda la pandilla Tormenta. En las piernas, en los brazos. Pero esos cabrones se recuperaban en un instante. ¡Petrozza!, ¡Corre!, grité al ver que Tony Tormenta se acercaba a él. Cachorro y yo le disparamos errando todos los tiros. Los esquivaban sin moverse un centímetro. Éramos terribles tiradores después de todo. Tony Tormenta estaba cerca. Petrozza se sentó y Tony Tormenta lo encañonó. En la frente. Este es tu fin, Perrito, dijo Tony Tormenta. Anda, cobarde, contestó Petrozza, tira, la vida no vale nada… ¡Nooo!, gritó Cachorro Pedraza corriendo hacia Tony. Le pegó tremendo palazo. Con la rama. Le pegó enserio. Su desesperación por salvar a Petrozza iba enserio. Le pegó en el costado. Tony Tormenta se llevó las manos al costado y chilló. Corrió hasta su madre que estaba en el salón. Chillando. Cachorro Tormenta se había pasado. Y todos los demás corrieron con sus madres también. Cachorro corrió también con la suya. Corría y gritaba: ¡es juego, es juego! 

 Levanté a Petrozza y nos sentamos en la banca. Puse un par de whisky en las rocas y le dije eres el peor vaquero que he mirado jamás. Son unas fieras, se defendió. A pesar de todo Petrozza lucía muy bien. Quiero decir, allí, en la banca, despeinado, acalorado, desfajado, sucio y acabado, lucía lindo. Bebía el whisky despacio. Ya no estoy para estos juegos, dijo. Ay, pobrecito, dije yo sentándome en sus piernas y acariciándole la cabeza. Tranquila, nena, dijo, vas a provocar una erección y luego tú te tendrás que encargar de ella. Me bajé de encima de él. Los niños regresaron. Todos menos Tony Tormenta. Pidieron, suplicaron jugáramos otro juego. Caray exclamó Petrozza, ¿qué estos niños no tienen videjuegos?  Tuerto Tormenta dijo que sí y corrió a por el suyo. Trajo un videojuego portátil. A ver, presta, dijo Petrozza y se lo arrebató. Era un juego de peleas. Mortal Kombat o algo. Ahora entiendo todo dijo Petrozza, de aquí nace su locura. Se lo regresó al niño y todos se pusieron a jugar por turnos. Sentados en el césped. En círculo. A nuestros pies. ¿Podrían jugar en otro lado?, dije harta, Perro Petrozza y Rosa Pinciotti desean algo de intimidad, anden, vayan a otro lado. El videojuego los enbobó. Sin responder palabra corrieron dentro. Así que Rosa Pinciotti desea intimidad con Perro Petrozza, eh, me dijo Petrozza. Caya, patán, era un decir, dije yo. Anda, nena, dame un beso, dijo. ¡No!, dije. Acercó su boca a la mía y me negué. Ya dijo, cómo quieras. Y se levantó a servirse más whisky en las rocas. 

3

¿Sabes, Petrozza?, yo realmente deseaba ese beso. Y la intimidad. Lo deseaba como no te imaginas, cabrón de mierda. Pero eras demasiado hijoputa para merecerlo. Sí, ahora lo confieso. Es una pena que tenga que confesarlo, deberías saberlo, ¡pendejo! Aquella tarde de juego me pareciste el hombre más tierno del mundo. Yo sabía que eso era un ilusión. Todo el tiempo yo estuve enamorada de ti, ¡ogete miserable!, y te quiero, sí, te quiero, ¡patán del Infierno! Pero, maldición, ¿cuándo dejarás de ser un pitofácil? ¿Cuándo dejarás el trago? ¿Cuándo tomarás las cosas enserio? ¿Cuándo tendrás ojos para ver? Te he mirado llegar con el corazón roto decenas de veces. Te enamoras siempre y en cada esquina. De todas. De cualquier puta de bar. ¿Cómo vas a encontrar al amor en una cantina? El amor, Petrozza, ha estado todo este tiempo en tus putas narices. Pero ahora, querido, es demasiado tarde. Ya me cansé del asunto. Así que puedes irte a la mierda con tus ligues baratos de cabaret. Es demasiado tarde, ¡imbécil! ¡Miope! Y no te deseo lo mejor ni lo peor. Te deseo, Petrozza, lo que te mereces. Disculpa la parquedad de mis palabras, no soy buena con los sentimientos. No soy buena pero tú, Diablos, eres un pendejo con los sentimientos. Cuídala, Petrozza (ella sabe a qué me refiero) y no dejes que una vez más te vean la cara. Pero sobre todo, por esta vez, no se la veas tú. Entrégate como sólo tú sabes, sin temor. Hazla lo más feliz que puedas, cabronazo, y por favor, por amor a Dios, no regreses. No regreses lastimado suplicando que tengamos sexo porque te sientes fatal. El sexo, Petrozza, tú y yo lo sabemos perfecto, es algo que está de oferta en todos lados. Pero el amor… el amor es otra cosa. Cuídala. Y que te vaya… como te tenga que ir. 


9 comentarios:

  1. A mí también me encantó!!!!!!!! es un texto con un incio muuuy divertido y un triste muy triste final!! Pero excelente texto!! ya te extrañaba Vero

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  2. jajajaj fantastico!! lo imaginé todo!! excelente narración!!No dejes de escribir Vero!

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  3. muy buena Vero... la última oración es excelsa... "el sexo lo puedes encontrar en cualquier esquina pero el amor.... " muy buena historia...

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  4. OH!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! PInciotti!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! entonces era cierto el rumor!!!!! te enamoraste de un hijoputa!!!!!!!!!!!

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  5. La narración es estupenda, puedes imaginarlo todo con lujo de detalle y no es torpe sino ágil! Felicidades! Verónica!

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  6. Exacto, el protagonista, Marco Perroni de los textos me enamore de un hijoputa es en efecto Martin Petrozza!!!!!!!!! oh!!! ya me lo sospechaba!! No puedo creer que Petrozza sean tan idiota como para no valorarte!!

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  7. Buenisisisisimo! Excelente! Me encanto Tormenta Mc Claude, un escuincle grosero como su puta madre!!! Jejeje!

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