viernes, 18 de marzo de 2011

Obertura 2011.


Escritor Invitado:


En el horizonte pude apreciar, tan sólo por unos instantes, aquel destello ensordecedor y después las cenizas del universo volando a mi alrededor, entrecruzándose con la sangre que escurría desde mi frente. Mientras un par de ojos cafés centellean en mi cerebro.

     El personaje de la película interroga a su hija: "¡¡¿Tu madre me llamó jodido pendejo?!!…¿Cuándo?" - pregunta Joe Hallenbeck totalmente cabreado y la pequeña le responde- "Cuando charlaba por teléfono con el tío Jay". El protagonista grita: "Tal vez soy un jodido pendejo pero el tío Jay, jaja, ése sí que es un verdadero ejemplo de gran tipo. El muy cabrón evade impuestos. ¡Anda!, pregúntale a tu madre, por qué Mr. Maravilloso aún no está en la cárcel por evasión de impuestos."  La cámara regresa al rostro de la niña, quien mirando el televisor da la sentencia final en este diálogo: "…Porque él no es un jodido pendejo." El personaje pierde la sonrisa, prende un cigarro y arroja un vaso contra la pared.

     Sin la menor intención de seguir escuchando las chorradas de perdedores manufacturados por el imaginario de Hollywood y, ante el riesgo de no llegar a conocer el final de la película, cambié el canal de un manotazo. Le di la espalda al monitor y me hice un ovillo en el sofá. Todavía era madrugada.

     El malestar en mi cabeza era insoportable, yo casi podía sentir como si fluyera todo el endemoniado dolor del cosmos a través de mi cuerpo. En las noticias hablan sobre catástrofes naturales a lo largo y ancho del planeta: miles de muertos, explosiones y, sobre todo, la posibilidad inminente del fin, la destrucción de la humanidad; el jodidamente añorado fin de todos los tiempos a la vuelta de la esquina, al parecer. Jodido Apocalipsis. El locutor de las noticias dice que en África ha sucedido un cataclismo y que, además, se teme que en las próximas horas suceda otro en alguna parte de Asia. ¡Esto es lo de siempre! Ya deberían inventarse algo nuevo estos cabrones. Últimamente se habla demasiado sobre los puñeteros fenómenos sobrenaturales que supuestamente están afectando al planeta y sobre un montón de otras mariconadas. Lo de siempre con estos putos mentirosos. Cierro mis ojos con la seguridad de que la realidad es inagotable.

     El calor y el zumbido de una mosca me despiertan. Sin prestar más atención al universo le doy un buen trago a una Tecate abandonada que yacía en la mesa de centro. Al instante tengo que escupirlo todo porque me he tragado una colilla. Me incorporo sólo para percatarme de que mi bufanda está un poco manchada de vomito. Tal vez por ello un olor ácido inunda el cuarto. Camino arrastrándome a través de la sala y poco a poco comienzo a cobrar conciencia de lo sucedido. Hay una manta arrumbada sobre una silla en medio de la sala, lo que me recuerda que Natalia y su novio debieron haberse ido hace un par de horas sin que nadie se diera cuenta. Llevo dos días encerrado en este departamento, bebiendo sin parar, festejando el fin…el fin de mi quincena.

     La recámara de mi amigo Pedro se encuentra con la puerta abierta y desde la estancia puedo ver su silueta y la de Polyn sobre la cama. Los percibo algo borrosos desde este otro cuarto y no trato de averiguar si están vestidos o no. De todos modos no hallo mis lentes.

     Mis pasos me regresan al sofá, más bien me conducen en círculos alrededor del sillón. So órbita me jala. Antes de tirarme de nuevo a dormir me preparo otro trago para apaciguar el dolor. Esta vez un Whiskey. Apago la tele, apago mi mente, mientras me las arreglo entre sorbos y cigarro, pienso en las ganas que tengo de acabar de leer el libro que traigo en la maleta (una jodida historia del cine) o de regresar a mi casa. Guardo mis cosas en mi mochila pensando que en cuanto esté en casa haré todos mis deberes. Debo cambiar de página urgentemente. Acabar esta película.

     Hace algunas semanas, antes de pedir asilo político en esta prisión etílica, hablaba con una desconocida sobre temas triviales. Ella, desde la profundidad de aquellos ojos cafés, me peguntó a qué me dedicaba. ¿En la vida? "Odio esa maldita pregunta", pensé. Así fuese yo un gran señor o un simple vago hediondo, creo que nunca dejaría de odiar esa jodida pregunta. "Prostituto profesional", le dije y cambié de tema.

     En la acogedora atmósfera de aquel cafecito de porquería, intercambiamos miserables palabras sobre nuestras vacías existencias. Ambos, un par de diletantes, adoradores ciegos de la magia ajena, incapaces jamás de producir algo con nuestras propias manos; estamos solamente allí sentados, frente a frente -charlando sobre David Lynch y otros mierdosos cineastas que con el tiempo se han vuelto aborrecibles para mí- con la esperanza puesta en el deseo de ser reconocidos por el mundo o tal vez de concretar un mediocre beso, una momentánea unión pasajera que nos permita seguir respirando. La miseria más patética que se puedan imaginar.

     "Si el cielo se transformase en una gran pantalla, (pregunté para quebrar un silencio incómodo) una tela sobre la cual pudieras materializar tus mayores fantasías -lo más insólito del mundo-, qué mierdas te gustaría que apareciera sobre éste. ¿La cara de tu abuelita fallecida, una película porno, el hongo nuclear, una nave extraterrestre, un calamar gigante, el culo de Dios?" Ella miraba hacia otro lado, como distraída. No pareció captar la pregunta. "Pueees…nada, creo", me dijo con una mueca mitad ingenua mitad desdeñosa, como quien no quiere hablar de necedades, sino pasar a algo serio.

     Tocó mi mano con sus pequeños dedos y mis oídos con sus palabras melodiosas (¿Te gusto?), subí la mano por su delicado muslo de niña rubia (qué raro es salir con rubias en estos días y sobre todo siendo yo), sus piernas hicieron un par de movimientos curiosos e incitantes y en ese momento sentí que alguien nos miraba desde cerca. Como desde dentro de nuestras cabezas. Unos dedos chasquearon a lo lejos y la magia terminó. De pronto perdí el interés en aquel revolcón, dejé de esforzarme, detuve la estúpida hipocresía del momento. Mis dedos se detuvieron y escaparon de entre su falda negra. Cerré los ojos y del aire, con un rápido aspaviento, tomé al niño volador -al jodido hijo de Venus- entre mis sucias manos y poniendo el cañón de mis palabras (modelo 9 mm.) en su bocaza de marrano, le introduje una bala llena de decepción, lo reventé contra el suelo. Luego aplasté sus sesos con mi bota de estupidez, de áspera indiferencia y escondí el cadáver bajo la mesa. Casi derramo nuestras bebidas con la violencia de mis pensamientos. Ella pareció sobresaltarse un poco ante mi repentino desgano. Yo, en cambio, pagué la cuenta en tres movimientos y, a los pocos segundos, ya estábamos fuera del lugar. Ésta va de mi parte, pensé. Su sonrisa nerviosa desapareció por completo cuando le dije que ya me iba a una reunión, pero solo. Ella se marchó en dirección contraria a la mía. Sus ojos eran cafés.

     Prendí un cigarro, mientras intentaba no oír los sonidos de mis amigos que jugaban a matar el calor de este abril (siete de la mañana) con sexo. "Tal vez eso es lo que yo mismo necesito", pensé, "quitarme el frío de la cabeza, buscar a alguien y matarme un poco con el calor de otro cuerpo". Miré en el celular el número de la rubia de ojos cafés. Pero yo mismo sabía que la cosa no iba por ahí. Volví a dormitar.

     Desperté pasado un largo rato (lleno de sudor) y me senté un momento a recordar. Todos los buenos revolcones de mi vida acudieron a mi memoria en un segundo. Mientras me rascaba el estómago recordé mi primer y más bobo romance de colegiala. Acaecido cuando yo tenía unos catorce años. No duró ni un día la cosa pero bastó para obsesionarme por todo un mes: recuerdo que entre lágrimas fantaseaba durante horas con una mujercita llamada Gaby. Recuerdo que era la única de la clase que aún no tenía pechos. Tal vez por eso me gustaba, era una mujer sui generis. También fantaseaba con caricaturas niponas y comics gringos; y una cosa no pudo funcionar con la otra, por eso un buen día Gaby se fue con un tipejo de mayor edad que tenía una jodida cadena en el cuello y que brincaba todo el día en una estúpida patineta. Sin lugar a dudas creo que desde aquel primer fracaso hasta la llegada de mi primera gran revolcada hubo un gran progreso en cuanto a experiencia pero en esencia la cosa siguió siendo lo mismo. Ves a la mujer de lejos, o ella te ve. La conquistas o la pierdes. Si la conquistas o te conquista, inmediatamente viene el efecto fetiche, que se da cuando sientes en tu sangre hirviendo, el placer de la novedad. A veces una pequeña parte de ese placer puede suscitarse con tan sólo rememorar lo sucedido, como lo intento justo ahora. Después de la etapa fetiche -en la que sobra decir que uno dice y hace demasiadas cosas, cosas estúpidas- viene un leve viento de realidad y posteriormente el colapso definitivo del edificio de la relación. Claro que aunque Roma esté en ruinas, no es razón para abandonar la ciudad y muchas personas se quedan a vivir, en calidad de indigentes, en las ruinas de lo que alguna vez fue una relación afectiva. Y, en el fondo, creo que las ruinas no son tan malas; pueden llegar a ser muy cómodas. ¿Pero acaso eso es todo? ¿Debemos conformarnos con tan miserables destinos? Nada de esto es cierto. Nada es cierto en verdad, todo es absurdo y el cielo es una gran nada, como (casi) dijo la rubia del café.

     ¡Mierda! A veces en días como éste recuerdo la voz de una chica -dando brinquitos con la blusa empapada- gritando y llamándome para correr entre la lluvia de mis diecisiete años. Recuerdo los ojos rojizos de otra mujer más tímida, preguntándome si deberíamos aventurarnos a correr entre la lluvia nocturna de un lunes en Coyoacán…

     Pude haber seguido rememorando hasta la deshidratación pero en aquel momento preferí tomarme un buen trago de Passport con refresco rojo (los hielos se habían derretido) y dejarme tirar de nuevo sobre aquel sofá polvoriento. Me arremoliné durante unas horas allí. Me sentía lleno de pereza. Últimamente me siento más ebrio que vivo, siento que debo beber algo para vivir o tal vez vivir para beber algo, da igual, esto es un mero retruécano.

     Seguramente serían más de las dos mientras me autocompadecía aquella tarde. Pensé que no podía seguir así. Sorbí un poco de scotch con soda y me tapé los oídos para no escuchar los berridos que emitían mis compañeros de cuarto. Su amor me daba asco, por ello me di cuenta que era inútil seguir allí. A esa hora el aire estaba húmedo en el exterior, como si fuese a llover fuego y el cielo se anunciara rojo y lleno de ironía. Lancé al aire una plegaria por la humanidad, tomé mi cajetilla de cigarros, la botella de Passport y me decidí por regresar a casa. 
     (Le doy una ligera peinadita a mi cabello aplastado, antes de salir a la calle de mis pensamientos). En ocasiones la mente parece confinarse en un solitario encierro. Como si estuviera recluida en una jaula de oro, una jaula sin ensoñaciones ni esperanzas. Pero algo puede acabar con tal letargo: Esto sucede en los momentos en que aquellas tres cosas se combinan para formar una sola sustancia. El cine no debe expresar con rigor una verdad intelectual, la imagen no debe ser una jaula del espíritu.

     (Cierro la puerta con cuidado y me dirijo hacia la salida del edificio) Las tres cosas, tres punzantes cuchillos tan letales como si las manejara la diestra mano de un asesino: asesino, tal vez, pero artista a fin de cuentas. Sólo el artista sabe dónde cortar para liberar así lo más oculto del espíritu. Es por ello que frente a nuestros ojos, en ocasiones prevalece una sola visión. Un recuerdo íntimo, un sueño, qué sé yo, algo. Una jodida fe ciega. Pongamos el caso de Kurosawa, poeta que a partir de un sueño recreó en imágenes una de las mayores pesadillas de su gente. El terror a la destrucción nuclear. Cada pueblo conoce, en el interior de su espíritu el síntoma de aquello que habrá de borrarlos, de renovarlos. Kurosawa lo vio a través de la representación del monte Fuji cubierto de fuego nuclear. Y de pronto, el sueño amenaza con materializarse, como si el universo hubiese conspirado para poner una determinada visión dentro de la mente de un simple mortal. Un sueño en el que la mente del artista penetra, sin entender siquiera cómo llegó allí, al núcleo del miedo, para así, escapar al final a través de la compuerta de otro sueño. Sueños dentro de otros sueños, como en un laberinto. Con el tiempo esa visión se convierte en cine, se convierte en terror, en fantasía, en mierda, en olvido, en realidad…

     (Pongo un cigarro en mi boca, mientras observo el cielo) Es por ello que frente a nuestros ojos un recuerdo con tales características, a pesar de parecer una ingenuidad (como muchas otras que la mente llega a concebir), se instala violentamente en nuestro interior. Sólo esas tres cosas, que se han gestado de tan peculiares vaticinios pueden lograr la jugada perfecta dentro de este caos: Lograr la visión única.

     (Palabras de canciones lejanas entre estelas de humo). Para lograr la visión única, la lógica del sueño fílmico debe pertenecer "… a la estructura de las asociaciones visuales o audiovisuales que tienen por meta determinar ideas en el conocimiento del espectador. Estas asociaciones deben seguir el paso del sentimiento a la idea, perseguirlo, provocarlo en caso de necesidad. Deben construir las ideas según el proceso del pensamiento en sí, calcando el mecanismo complejo, de tal modo que mientras estas ideas se elaboren en la conciencia del espectador, la actividad mental de éste no sea de ningún modo más que el reflejo, el 'doble' del proceso fílmico" (Jean Mitry).

     [Comienzo a caminar hacia la avenida Tlalpan] Aquellos experimentos como la emancipación de la imaginación en el espectador (sobre quien, por un momento, se posan todos los reflectores del universo, unos reflectores más allá de la realidad) pueden lograr más que una simple distracción banal de los sentidos. Sólo tales experimentos no pueden ser aprisionados en el flujo de la mera forma.

     (Olvidé mis lentes en casa mi amigo. Aún me duele la cabeza. Son las cuatro de la tarde y el cielo está muy rojo pero borroso, como si fuera a oscurecerse o explotar…) Pensar este número Tres -un número cualquiera, al parecer-, percibirlo, comprobarlo, nos devuelve la sonrisa del mundo; así este mundo comienza a reinaugurarse a partir de ello, a través de las imágenes producto de dicho trinomio. Todo sucede justo ante nuestros ojos. El cine, su invención, se cristaliza en una materia similar a la forma del pensamiento a través de la potencia mágica que la imagen le confiere. Todo se cifra en estas tres puñeteras nociones: realidad, imagen y espectador. Que me den por culo si miento. 

     Rojo. El cielo estaba enardecido, hinchado de forma rara, aquel día. Is the end of the World, as we know it, it's the end and I feel fine…, repetía una canción en mis audífonos. Tal vez alguien un tanto quisquilloso hubiera alegado que lo que sucedía en el firmamento se debía a la fusión entre rojo y rosa que se produce en la víspera de un gran aguacero. Pero el elemento que definitivamente se apoderaba de la mirada del espectador sensible, era aquel curioso arco de luz y nubes que proyectaban una enloquecedora gama de formas, sobre el rostro de la ciudad. La casualidad me había llevado a presenciar tales sucesos, aquel día en que me encontraba en medio de una cosa irrelevante. Le di un gran sorbo a la botella de whiskey y seguí avanzando en dirección a la estación de metro Portales. Me quité el cigarro de la boca y lo apagué contra una pared llena de pintas mientras dejaba que la mirada se deslizara a través del panorama. Algo se movía en el cielo.

      Un perro que cruzaba en divino vuelo me distrajo un instante de la contemplación de tales fenómenos celestiales.  El suspenso de todas las posibilidades latentes me hacía seguir caminando, al tiempo que también observaba las reacciones de los transeúntes. Era como caminar en un sueño pero durante la vigilia, lo cual me hacía no poder evitar seguir mirando, mirándolo todo. Mirando al cielo mientras éste me devolvía la mirada.

     Me sentí fascinado ante aquella viva imagen de la muerte que se desplegaba ante mis ojos. Entonces me percaté de la figura de un hombre que me observaba desde lejos. Su fisonomía se recortaba contra el marco de una ventana, situada en un lejano edificio en construcción. Desde mi distancia, aquel hombre parecía sonreír. No entendí por qué mierdas se sonreía el muy cabrón, pero un temor comenzó a roer mi interior. ¿Era todo aquello una pequeña mirada hacia las puertas del abismo o una simple broma de alguien? Tal vez de alguien muy poderoso.

     La luz roja era demasiado fuerte y lo único que me vino a la mente mientras caminaba fue maldecir como un chiquillo: "¡Pito, dios!, haz lo que quieras, no me importa. Yo te desafío, marica", gritonié sin mucha convicción. El perro de hace un rato regresó corriendo hacia mí, pero esta vez tenía algo en su hocico… ¿una mano mutilada? Nos miramos un segundo y él se alejó corriendo y gimiendo.

     Saqué otro cigarro de mi chamarra y lo encendí para intentar calmar los nervios mientras pretendía seguir caminando. "Todo era absurdo, como un luto, y las princesas de los sueños de otros paseaban sin claustros definidos". Escupió el viento sus palabras.

     Una detonación me sobresaltó, mi cigarro seminuevo cayó al suelo. Automáticamente, como si aquello fuese a protegerme de algún enemigo invisible, saqué el último tabaco de la cajetilla. Al parecer la bala del destino había perforado la realidad en un instante, inundando todo el orbe de terror y confusión. Mi celular comenzó a sonar como una endiablada cabra dentro de mi bolsillo y cuando por fin estuve a punto de entender lo que ocurría, alguien a mis espaldas chasqueó sus dedos invisibles. Sólo entonces, al acercarme la mano a la boca, me di cuenta de que no había fuego, ni cigarrillo, ni siquiera una calle para caminar. 




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