domingo, 13 de marzo de 2011

Mariela la intelectual.

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Vamos a ponerlo así, dijo Mariela, por intervención divina te enteras que morirás próximamente, no sé, en una semana. Digamos una semana. Te queda ¡una semana de vida! ¿Qué haces?  Ya, dije bajando la mirada, ¡no existe la intervención divina! Me miró harta. No se puede conmigo. Era más terco que una puta mula. Lo disfrutaba, eso de ponerme de terco con Mariela. Cuando no podía más conmigo apretaba los puños, miraba al cielo y bufaba. Bueno bueno, dijo luego de hacer aquello, lo de mirar al cielo, supón que te enteras… por el medio QUE TÚ QUIERAS, divino o no; no sé, ¡un médico!, pongamos un médico; asistes al médico y te diagnostica enfisema y te queda una sola semana de vida, ¡qué haces! Ya, dije fingiendo que lo pensaba. En realidad pensaba en el culo de Rebeca, una jebita de catorce años con un culo de a diez. Es increíble pensaba, ¡catorce años y está tan buena! Las generaciones de hoy vienen con todo. Rebeca no era la única menor que yo había mirado con un cuerpo de veintidós años. Se desarrollan rápido ahora. Desde los doce cargan tremendas tetas. Anda, Petrozza, me dijo Mariela y pegó un puñetazo a mi hombro, ¿qué haces? ¿Qué hago con qué?, pregunté extrañado. Mariela bufó. ¡Te queda una semana de vida, qué haces! Cierto dije, verás, pues… nada. Lo mismo de siempre, contesté, quizá hasta menos que de costumbre, no quisiera pasar mi última semana haciendo más de la cuenta. ¡Estás loco, dijo Mariela, no puedes no hacer nada en la última semana de tu vida! No he hecho nada en toda mi vida, dije, ¿por qué habría de hacer algo la última semana? ¡Porqué es tu última oportunidad de hacerlo!, dijo. Bueno dije, no lo sé, eso de morir, la gente enloquece con morir… pero… si alguien o algo me advirtiera que pronto partiré, quizá eso me haga sinceramente más feliz que la vida eterna. ¡Cómo!, exclamó Mariela. Ya sabes dije, no por nada lo llaman descansar en paz. EN PAZ. DESCANSAR. Eso quisiera. No, dijo Mariela, no puedes desear la muerte, es antinatural, ¡todo el mundo desea vivir! Mira, nena, le dije, no estoy diciendo que desee morir, es sólo que tampoco me importaría demasiado si la muerte llegara, digamos, en una semana o pasando mañana, de golpe o lo que sea. Entiendo dijo (aunque no entendía ni puta madre) pero es distinto; yo estoy planteando algo distinto; si la muerte llega de golpe no importa, no tendrías ni tiempo para pensar en ello; lo que yo te digo es: si supieras que llegará… Imagina la angustia de saberlo. Que tal día a tal hora… ¡Eso es distinto!, apuntó enérgica. Caminábamos por la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Mariela vivía en un pequeño apartamento cerca de allí e íbamos hacía allá. Saqué un cigarrillo de la chaqueta. Acto seguido Mariela sacó fuego de su chaqueta y encendió mi cigarrillo. Lanzando el humo de la primera bocanada contesté: dime una cosa, linda, ¿qué tan importante es saber la fecha y hora exacta de tu muerte? Me miró asombrada, como si enseguida fuese yo a asesinarla o algo y titubeando respondió a qué te refieres. Le expliqué: sí dije, quiero decir, ¿si te digo que morirás aproximadamente en dos semanas, eso, lo de aproximadamente, cambia en algo tu perspectiva a que si digo morirás el día tal a la hora tal? ¡Claro que no, gritó, si no me dices la hora exacta estaré más angustiada, podría ser en cualquier momento! Di algunas chupadas al cigarrillo y asintiendo con la cabeza sentencié: bueno, muñeca, pues sábetelo, te lo digo yo: morirás aproximadamente en 2050. Mariela me miraba con los ojos abiertos y la boca abierta. Luego cerró todo eso y dijo bueno, sí, sí, tienes razón pero… o sea… es decir… No te importa porque crees que falta una eternidad para 2050, ¿no?, interrumpí. Algo así dijo, la sensación no es la misma. Vale dije pero no te preocupes, algún día cuando tengas unos ochentaitantos años sentirás la angustia de saber que quizá el próximo año o el próximo lustro o el próximo mes ya no estés aquí en la vida. ¿Por qué preocuparnos ahora? Mariela enmudeció. Ya no dijo nada. 

 Llegamos al apartamento. Aquel apartamento en la cima de un endeble edificio era como un nido de ratas. Allí vivían la madre de Mariela, el padre, tres hermanos, varones todos, y Mariela. En una apartamento de dos recámaras, baño, cocina (del tamaño de un elevador) y sala-comedor. Y como buen nido de ratas encontrabas restos de comida por todos lados. Sobre la TV, en la mesa, en el sofá, en el suelo, ¡en el baño!, en todos lados. Ropa por todos lados. Zapatos sobre el sillón, blusas sobre el florero, ropa sucia o ropa limpia (tenías que oler para saber). Habíamos caminado desde avenida Insurgentes hasta allá porque andábamos sin blanca y ella aseguró que en casa tendría unos doscientos pavos. Para unos tragos. Pero no fue así. ¡Debió tomarlos el imbécil de Paco!, gritó histérica al encontrar el buró sobre el que dejó el dinero, vacio. ¡En esa habitación duermen cuatro personas! Y de las cuatro, tres son unas lacras. ¡Cómo se te ocurre dejar el dinero ahí!, grité yo. Ya sé dijo, soy una idiota. Se tumbó en la cama baja de una de de las literas. Era su cama. Yo me tumbé juntó a ella. ¡Me lleva la chingada dijo cuando vea al maldito de Paco me las va a pagar! Ya, nena, no importa, dije y la comencé a sobar. Por el abdomen primero. Le besé la mejilla y luego la boca. Ya iba por las tetas cuando me detuvo. ¡Ya sé, dijo, y de un saltó salió de la cama! Corrió a la habitación de sus padres y esculcó todo. Yo la esperé en cama. Regresó con trescientos pavos. ¡Listo dijo, vámonos! Vale dije pero primero ven, el trago puede esperar, ven, quiero tocarte  un poco antes de partir. No estuvo de acuerdo. Los padres podían llegar en cualquier momento. Los padres de Mariela me odiaron el día que se enteraron de mi carrera de escritor. De mi trabajo como escritor. No lo consideraban un trabajo de verdad. Eran unos pesados. Se pensaban que yo era un vago y no más. Tenían razón de algún modo. Al menos soy un vago que escribe les dije cuando me los presentó y les expliqué mi quehacer literario. Se cabrearon. ¡Eres un cínico, eso es lo que eres!, gritó el padre. En la familia de Mariela acostumbraban gritar todo el tiempo. Los padres gritaban, los hijos gritaba, Mariela gritaba. Yo tuve que gritar también. ¡Estoy de acuerdo, soy un cínico si usted quiere pero al menos un cínico con clase!, grité. Eso pensaba yo. Que tenía cierta clase. La madre no lo creyó. Gritó: ¡eres un patán! Cansado respondí: vamos, querida, esa no es la forma de tratar a tu yerno, ¿por qué no comenzamos de nuevo? Aquí estalló la cosa. ¡NO ME DIGAS QUE SALES CON ESTE… PELADO!, gritó la madre a Mariela que apenadísima deseaba ser tragada por la tierra. La muy puta contestó que no. Claro que no, mamá, es sólo un amigo. Me tomó del brazo, me llevó aparte y me rogó me largara. Ya la has cagado demasiado por hoy, dijo, ya hablaremos en otra ocasión. En  esa otra ocasión Mariela me gritó lo mismo: ¡Eres un vago, un cínico, un patán y un pelado! Ahora mis padres jamás aceptarán que salga contigo. Ya dije, si te importa tanto lo que tus padres pienses... no salgas conmigo y asunto arreglado. Se calmó y aceptó salir conmigo a escondidas de sus padres. Es por eso que debíamos salir del apartamento. Porque los cabrones de sus padres podían llegar en cualquier momento, o los hijoputas de sus hermanos que correrían con el chisme. En cualquier momento. 

 Abordamos el subterráneo y transbordamos para llegar a la estación Buenavista. Iríamos al tianguis del Chopo. Un tianguis para inadaptados sociales: metaleros, punks, escatos, rastafaris, etc. Ella amaba ese lugar porque la gente de allí, decía, es gente auténtica. Yo odiaba el lugar porque me parecía lleno de los tíos menos auténticos del planeta. Tan poco auténticos que sin saber a dónde correr se refugiaban en grupos. Grupos de tíos con la cabeza llena de la misma mierda. En grupos. Grupos anarquistas, socialistas, izquierdistas. Grupos de deprimidos, drogadictos, patinadores. Todos pseudos y todos grupos. ¡Grupos! ¿Qué de auténtico puede tener un cabrón que depende de la aceptación de un grupo? Se lo dije a Mariela, mi pensamiento acerca del Chopo y de los gilipollas que se refugian en grupos. Le importó un rábano. Se lo dije muchas veces. Incluso antes de ir por primera vez. Nunca le importó. Seguía amando el tianguis y obligándome a ir cada sábado a la pulquería de ese lugar. Como si fuese la gran cosa beber rodeado de "representantes de la muerte", darquetos. Ella los admiraba sobremanera. Si mis padres no fuesen tan duros y tan arcaicos me vestiría como ellos, decía. Los admiraba porque los creía almas superiores. Se creía que su mundo, un mundo oscuro y deprimente, era la realidad y que ellos, sólo ellos, lo miraban todo de verdad, y que los otros (la gente normal) vivían encerrados en un mundo rosa, irreal. El mundo tiene que ser oscuro y deprimente. No pude ser de otro modo, pensaba ella. En eso no estaba tan equivocada, el mundo es una mierda. Debo dejar algo claro: Mariela no era una darqueta. No se deprimía leyendo los libros que ellos leen, ni compraba rosas negras ni sabía exactamente cómo piensan. Se contentaba con mirar de lejos el mundo al que le gustaría pertenecer. Tenía un par de amigos darquetos y eso era todo. Aquellos amigos le llenaban la cabeza de ideas que corría a decirme a mí y que yo siempre debatía; ideas que luego de jugar con ellas olvidaba y regresaba a su mundo rosa. No se atrevía a sumergirse en la oscuridad. De vez en vez me corría algunos poemarios y eso era todo. 

 Llegamos a la pulquería, que como ya dije estaba llena de puñetas de la oscuridad, y ordené un litro de blanco. ¿Por qué blanco si hay curado?, preguntó Mariela. Harto contesté: porque en esta puta vida hay que saber hacer las cosas. Si bebes pulque debe ser blanco, si fumas debe ser Delicados, si bebes alcohol debe ser whisky y si bebes whisky debe ser en las rocas. Si follas debe ser con todas, si lees debe ser a Rilke, si escuchas música debe ser Bach, si tocas algún instrumento debe ser el violín, si te drogas debe ser de pasión, si adquieres vicios no debes dejarlos, si comes debe ser carne, si te levantas debe ser cuando te dé la gana, si trabajas debe ser en tus ideales, si compras un coche debe ser Toyota, si miras cine debe ser Kieslowski, si vas a un museo debe ser el Louvre, si practicas algún deporte debe ser el póquer... ¡Ya, gritó Mariela, como quieras! Pedí un litro de blanco. Por cierto agregó, el póquer no es un deporte. ¡Claro que lo es, dije, hay jugadores profesionales de... ¡Está bien!, me interrumpió. No deseaba discutir. Discutíamos todo el tiempo. Por estupideces. Mariela estudiaba Letras Inglesas en la UNAM y se creía una intelectual. Yo era escritor y no me creía un intelectual aunque sí, eso sí, amaba debatir. Debatíamos por quienes eran mejores literatos, los ingleses o lo franceses. Se entiende las posturas: ella a favor de los ingleses yo en contra. Debatíamos si el verso libre es realmente poesía y si tiene merito tiene o no. Ella a favor, yo en contra. Debatíamos si Sartre fue un existencialista nato. Ella a favor, yo en contra. Si el mismo Sartre dijo me hice existencialista porque era la moda, argumentaba yo. Debatíamos si Kandinsky era o no un verdadero artista. Ella a favor, yo en contra. Debatíamos sobre la veracidad de la existencia de Jesús. De un único Jesús. Ella a favor, yo en contra. Sobre la existencia de Dios. Aquí sí coincidíamos. Era lo único en que estábamos de acuerdo: Dios no existe. Sobre la calidad literaria de Blake. Ella a favor, yo en contra. Y el gran debate: si la mujer puede llegar a ser una gran artista. Ella a favor, yo en contra. El arte, la inspiración, viene de los cojones, decía yo. Anida en los cojones. Y las mujeres no tienen cojones. 

 Al cabo de media hora llegaron Alberto y María Luisa. El darqueto par de amigos de Mariela. No los esperaba. Mariela no me avisó que teníamos cita con ellos. No lo hizo porque sabía que yo jamás aceptaría salir con eso. Te llenan la cabeza de mierda, le decía yo. No tenía escapatoria. Ya estaban allí. Vestidos como la Santa Muerte ella, y como el Joven manos de tijera él. Se ordenaron un par de pulques curados y yo iba a soltar mi perorata sobre cómo se bebe el pulque... Vive y deja vivir me susurró Mariela al oído y me calló con eso. Después de todo tenía razón. ¡A mí qué me importa lo que se beban ese par de idiotas!

2

De Mariela puedo decir es  la mujer más necia que he conocido. Ella por su parte dirá lo mismo de mí. La conocí en la Biblioteca Central de la Universidad. Yo no cursaba la universidad. Recién terminaba mi relación con Julieta, una tía a hueca que me saqué de un bar de moda. Era hueca enserio. No tenía ni idea. Le dije amo Rome y Julieta (aludía a su nombre, por supuesto, y a Shakespeare) y a la semana siguiente me llegó con un par de puros. Se pensaba que Rome y Julieta era una marca de puros. Una verdadera lata. No había tema de conversación. Por aquel entonces yo buscaba una jeba con la que pudiera hablar. De Proust. De Malher. De Gaudí. De Kieslowski. Todas me salían amantes de la música de moda. De la novela de moda. De la ropa de moda. Me propuse encontrar una mujer con seso. Estaba buscando uvas en el peral.  Así que me paseaba por la Facultad en busca de un culo con algo de cerebro. Había mucho de dónde escoger. Tías de todos los colores y sabores. Tías blancas, morenas, altas, chaparras, flacas o muy flacas, con tetas, con nalgas, con nalgas y tetas. De todo. Y yo suponía que por estudiar allí tendrían cierto criterio. Antes de conocer a Mariela salí con un par o dos de estudiantes de Hispánicas, Teatro, filosofía y pedagogía. Para mi sorpresa todas ellas resultaron ser tías normales, tan puñeteramente semejantes a una estudiante de contabilidad o economía. Gustaban de la música de moda, los antros de moda, la ropa de moda, y de la moda de moda. ¡La puta moda! Salí corriendo de ellas al par de semanas. La de Hispánicas no hacía otra cosa que fumar mota y escribir poemas pseudooriginales y pseudoinsiprados, en estado. La tía de teatro fumaba marihuana y soñaba con no venderse al espectáculo, por nada, y poner su propia productora de obras independiente, apostando al teatro experimental. Teatro experimental significa todas las chorradas de sus amigos marihuanos. La tía de filosofía era lo mejor de ese cuarteto de locas. Estaba cerca de tener talento. Tenía un defecto que se lo impedía: ¡era la más drogadicta de todas! Confundía el viaje con inspiración y conocimiento. Todo el tiempo estaba con esa maldita hierba. Era como salir con un puto monje. Y la de Pedagogía, ¡Dios, era la peor de todas! Una verdadera lástima. Queriendo ser gente bien, soñando con parecerse a Natalia Lafourcade. Un asco. Las abandoné a todas. No dije adiós. Las abandoné. Sin dar explicaciones. 

 No hay quinta mala. Estaba a punto de rendirme cuan la vi y recordé que no hay quinta mala. Mariela leía. Sola. Concentrada. Lucía como un alma solitaria y no hay nada mejor para mí, un alma solitaria, que un alma solitaria. Dos soledades. El cabello le cubría gran parte del rostro. Me acerqué a ella y cuando levantó la mirada para ver quién o qué se acercaba, lo supe: ¡está es la mía! Me sonrió. No sé por qué lo hizo pero me sonrió y yo le sonreí también. ¿Qué haces?, pregunté sin más. Contesto leo, alzando los hombros y riendo, porque claro, era obvio. Leía los Proverbios infernales de Blake. Jalé una silla y me senté a su mesa. No me detuvo ni me interrogó. Me senté con ella. Como si la conociera de toda la vida. Y con la misma familiaridad me invitó a comer. ¿Ya comiste?, preguntó como si tal cosa. No, respondí. Pues vamos dijo, anda. Vamos a comer. Se paró de la silla y fuimos a comer. Esa vez y muchas más. 

 Bajamos por el ascensor. Por cierto dije dentro, me llamo Mariela ¿y tú? Ya dije, Martin Petrozza, un gusto. Mariela me estrechó la mano que le estiré y se rió a carcajadas. Qué formal, dijo. Me jaló la mano y me dio un beso en la mejilla. A modo de saludo. ¿Estudias aquí?, preguntó. No, no dije, sólo me paseo por la facultad. ¿Para qué o qué?, preguntó. Verás dije, estoy… buscando a una mujer. ¿Una mujer dijo, a quién, cómo se llama, cómo es, qué estudia? Todavía no lo sé contesté y eché el rollo de Julieta y las jebas que resultaron ser un fiasco. Sorprendida, o fingiendo sorpresa (con las mujeres ya no se sabe; son capaces de mentir hasta en sus orgasmos. “Las mujeres mienten, mienten siempre y a toda costa. Y no hay que asombrarse pues llevan la mentira en los mismos genitales” C. Pavese) dijo: yo soy diferente, yo soy auténtica y de verdad soy lo que digo ser, no me gusta nada de moda y es enserio. Dijo entenderme perfecto; ella misma salió con un par de chicos, estudiantes de Italianas, superfluos. Le creí. Le creí a Mariela. Era una tía egocéntrica y ya sabes, eso te de seguridad, te transmite seguridad. Confianza. Y te la crees. Consideraba a todos inferiores intelectualmente. ¡Justo lo que yo buscaba! Porque en ese tiempo me pensaba que eso es lo que yo necesitaba, una tía de la alta sociedad intelectual. 

 Entramos al comedor de la Facultad, ordenamos cualquier cosa, chilaquiles, jugo de naranja, huevos al gusto, café, no recuerdo, y nos sentamos a comer todo eso y a compartir gustos y pasiones. En todo empatábamos al tiempo que diferíamos. Los dos escuchábamos música culta pero yo prefería Bach y ella Strauss. Los dos amábamos leer pero yo prefería a los franceses y ella a los ingleses.  Los dos escribíamos pero yo prefería la prosa y ella el verso. Debí suponerlo, nuestra relación sería un infierno. Ni ella ni yo cedíamos. ¡Tienes que leer a Byron!, decía Mariela. Ya decía yo, lo he leído y por eso mismo te lo digo: ¡tú tienes que leer a Baudelaire! Lo conozco, amor, decía y no es posible que prefieras a ese borracho homosexual. ¡Estás juzgando la obra de un hombre por sus vicios personales!, ¡qué mierda!, decía yo. 

3

Bebí mi blanco en silencio. No quería interactuar con ellos. Alberto y María Luisa llenaron la mesa de propaganda sobre conciertos de bandas de rock oscuro. O metal oscuro, es igual, esa mierda oscura. Recomendaban a Mariela escuchar tal o cual banda. Los logotipos de esas cosas eran todos iguales. Ninguno se entendía. Letras entrelazadas impresas en papel corriente y a dos tinas. Con trabajos leías la fecha del concierto. Debes empezar por escuchar esto dijo Alberto sacando un tocadiscos portátil de su mochila (una mochila imitación de cuero negro con cadenas vicarias de tirantes). Mariela se conectó a esa cosa. Se ausentó unos buenos cuartos de hora. Eso cabrones querían lavar el cerebro a Mariela. Encendí un cigarrillo. ¡Aquí no se puede fumar!, gritó exasperado Alberto. Él mismo ha intentado fumar aquí y le han pedido salir. Vale tío dije echando el humo de la primera bocanada por todo el lugar, lo tendré en cuenta. No apagué el cigarrillo. Lo fumé hasta la colilla y nadie me sacó. Alberto estaba impresionado. Ese tío con cara de muerto, que intimida niños de primaria, que a la muerte le habla de tú, asustado. Qué pavada. 

 María Luisa y Alberto bebieron un par de curados más y se despidieron so pretexto de un concierto en la noche. En el Circo Volador.  Mariela estaba emocionada con ir. Gracias a Dios no teníamos plata. No tengo dinero ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. (H. Miller), dije a Mariela cuando se puso a joder con ir al concierto. Con conseguir la pasta como sea. Nena, dije, no puedo creer que te vendas al lado oscuro. ¡Tú!, una mujer con criterio, que ama Strauss, escuchando esa mierda de rock  ¡que ni siquiera es buen rock! ¿Y qué es buen rock según tú?, preguntó con los brazos en jarra. ¡Megadeth!, contesté, ¡eso es buen rock! No sabes lo que dices, dijo, en las bandas de Alberto y María Luisa (así lo dijo, como si las bandas fuesen de Alberto y María Luisa) tocan violines y teclados y canta una soprano. Fusionan la música culta con el rock. ¡Dios mío!, grité asustado, ¡qué puta mierda! Moví la cabeza negativamente. ¡Para violines Paganini, para teclados Liszt, para sopranos  Callas y para rock Megadeth! Pero todo junto es una mierda. Cruzó los brazos y me dio la espalda. Después de todo no se puede esperar otra cosa de una amante de Strauss, dije tajante. Hasta ese entonces yo no había recriminado su gusto por Strauss. Le cayó de golpe. ¡Qué!, dijo volteando a mí. Vamos dije, entérate, Strauss es la Britney de la culta. Y tú qué sabes dijo, tú ni siquiera sabes distinguir un Kandinsky de un Malevich. ¡Eso es porque los dos son igual de malos!, dije yo. Apretó los puños, miró al cielo y bufó. Se preparaba para el ataque siguiente. ¡Tú qué me vas a enseñar dijo, si te gusta leer a Baudelaire y escribes peor que José Agustín! Reí sinceramente. Pero eso no lo iba a permitir, ¡José Agustín, exclamé, pero si ese tío escribe con los pies! ¡Pues tu escribes con las nalgas!, gritó Mariela. Me levanté y salí a paso firme. La dejé allí. Para siempre. No me dolió el comentario a mi literatura, yo sabía que la mayor parte del mundo editorial y los lectores piensan como Mariela, que escribo con las nalgas y soy vulgar y no hay gran ciencia en un texto como este. Y puede ser cierto. Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Y ese es mi gran error. Y el de ellos. En esta vida no ser un cerdo es un error. Si existiera un motivo de peso para no serlo. Todo es absurdo. La moral, la ética, Dios, las matemáticas, los valores, los principios, el sexo, el amor, la vida, la muerte, la humanidad, el universo, el dinero, el arte, la paz, la guerra, el prójimo. Todo es puñeteramente absurdo. Y la literatura, Jesús. La literatura es lo único, Señor. No concibo la vida sin literatura, Dios. Y ella no tiene moral. El gran error de la humanidad es tomarse tan enserio los castillos en el aire que construyeron tíos con talento. ¿Cuál es la diferencia entre la política o una novela; cuál es la diferencia entre la moral o un cuento de hadas; cuál es la diferencia entre la religión o un tratado de metafísica? No hay motivo para no ser un cerdo. No serlo es contra natura. Serlo es la verdadera naturaleza del hombre. Y yo fui un cerdo. Con Mariela…

4

 Volví a mirarla una sola vez más. Contra mi voluntad. Me ausenté de su vida un par de semanas, semanas en las que no dejaba de llamar y yo no dejaba de ignorar, y un viernes por la tarde, cayó de sorpresa. Para ese entonces yo salía ya con otra mujer. Otra perra del infierno. Mariela llegó al bar justo en el momento que yo besaba a mi nueva jeba. Se plantó frente a mí, me señaló con el dedo u me hizo un escándalo. Por ser tan puto, dijo. Y por que no es justo y no se vale y qué te crees y dónde has estado todo este tiempo, ya veo que no lo has perdido, y no posible, y todo en esta vida se paga, y te vas a arrepentir, y eres una mierda y un borracho que jamás será escritor porque no tienes el óbolo de talento, etc. Harto me levanté, tomé a mi nueva novia de la mano y la dejé allí hablando sola. Todos en el bar lo notaron: fui un hijoputa. Mi nueva novia, asustada y sorprendida, una vez fuera del lugar me dejó. Me dejó la muy cabrona. No puedo creer que tú seas esa clase de persona, dijo, pero ahí está la maldita prueba (aludía a Mariela) de que eres un cabronazo y no vales la pena. Lo siento pero no quiero ser una más en tu lista. Vamos, nena… iba a decir cuando me lo pensé mejor: ¿qué necesidad tenía yo de soportar esto? Vale dije, suerte, espero encuentres al hombre de tu vida. ¡Qué!, gritó ella. Esperaba que yo me arrodillara a suplicar y jurar que he cambiado, que todo es un mal entendido y que por el amor a Dios no me abandonara. La verdad me daba igual. Anda, le dije, ya puedes irte, no tiene caso. ¿Cómo?, preguntó anonadada. Qué vale, dije, que tienes razón, soy un hijoputa, ya te puedes ir largando a buscar en otro lado al amor. Bufó y se largó caminando aprisa. Sentí un peso menos encima. ¡Ahora era libre otra vez! ¡Libre! Hasta la próxima mujer. 


15 comentarios:

  1. La mayoría de las chicas que dicen ser intelectuales terminan siendo como todas, no nada mas las mujeres todos. Es muy cierto lo que dices Petrozza, y esa parte de las tias de cu que aunque estudien siguen siendo como normales y siguiendo las modas es la neta. Excelente como siempre!!! Saludos!!

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  2. Lo que buscamos no siempre es lo que necesitamos

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  3. Los que se regufian en grupos son los menos autenticos!! sabia observacion!!

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  4. Bueno, sí... está muy bien... pero, ¿Toyota?

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  5. Si es música, tiene que ser Robert Johnson o Wim Mertens (el resto es puro homenaje al ruido).

    Para ser intelectual, Mariela luce bastante torpe...

    Muy buen texto como siempre, pero has encontrado una peligrosa zona de confort en tus historias, Petroza ¡Deja de repetir patrones! Destétate ya de tus escritores!
    (LPM)

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  6. jajajajaj hay que saber hacer las cosas!!!!!!! excelente mi querido petrozza pero si porque un toyota? No es mejor un ferrari? ahora si que no te entiendo.

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    1. Porque un Toyota es algo accesible y un Ferrari no. Si escribiera así diría: una nave espacial.

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  7. Claro marielaluce torpe porque no era una intelectual de verdad, como la mayoria de las personas que creen serlo. petrozza plantea el tipico buscar sin encontrar y mientras mas buscas mas te alejas de tu meta. deseaba una novia intelectual y termino con mariela. Un espejismo.

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  8. Cuanto te pagaron por el comercial de Toyota petrozza! jajajajajaja Buen texto!!

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  9. Pero que pavadas gente, ustedes se quejan de grupos y patrones y se encuentran aquí, si Petrozza es claro ejemplo de ello, el cabrón no sabe escribir de otra cosa, eso no es ser escritor, cualquiera puede crear un blog y escribir historias de su vida….¿ A quien le importa la jodida vida de este hombre? ¿Qué tiene de original?.........

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  10. Todas las vidas son originales en sí. A nadie le importa la vida de petrozza, lo que importa es pasar un buen rato leyendo y sus historias son geniales! Si no te gustan no leas

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  11. PARA LOS QUE PIENSAN QUE PETROZZA NO PUEDE O NO SABE ESCRIBIR OTRA COSA, LES INFORMO QUE ESTE ES SOLO SU BLOG AUTOBIOGRÁFICO, PERO TIENE PUBLICACIONES DE DISTINTOS GÉNEROS EN VARIOS MEDIOS IMPRESOS, Y QUE AQUÍ SÓLO PUBLICA LO QUE PERTENECE A ESTE GÉNERO. PRIMEO INVESTIGUEN Y LUEGO CRITIQUEN!

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  12. Lo sé gente, solo quería que el muy cabronazo opinara algo al respecto, si hice el comentario fue por algo, además desconozco sus demás textos, se que tiene la capacidad pero por lo menos yo no lo noto en este blog…

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  13. Tengo la imperiosa necesidad de escribir lo que ocurre a mi alrededor, porque todo lo que a mi alrededor ocurre, es la causa de un efecto interno. Mi literatura no tiene más pretensiones de las que puede tener un alma rendida de antemano. Las críticas a mis textos me tienen sin cuidado. Sólo el autor de una obra es conocedor de los motivos, los verdaderos motivos; y la literatura es la expresión artística de un camino interno. Interno. Del camino interno del autor. El lector es un testigo, un espectador lejano y ajeno y la literatura es un iceberg (ya lo dijo Hemingway: la literatura debe ser como un iceberg).

    Si eres escritor escribe, escribe, escribe y quizá algún día conozcas el significado de todo eso. Si eres lector lee y aprende de los libros aquello que según tú merezca ser aprendido. Si de alguien debo decir que he aprendido algo es de Rilke.

    Y por favor, no leas textos de crítica estética. No hagas a nadie más que a tu instinto crítico de tu obra. Las opiniones de ayer no son las de hoy; y las de hoy, no serán las de mañana. Los grandes y estudiados críticos lograron poco contra Los Girasoles. Y los críticos sin estudios, que son la mayoría... bueno... ¿qué se puede decir de ellos? Da siempre razón a tus sentimientos. Aunque no tengas razón, el natural camino de tu vida interior, te conducirá despacio y con el tiempo, a otras certezas. Sólo eso es vivir como artista.

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  14. Bien contestado Petrozza!!!

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