viernes, 11 de marzo de 2011

Entrevista con Justin Khase. (Fragmento de novela)

Escritor invitado.

Diálogos de Justin Khase

ENTREVISTA CON JUSTIN KHASE; 2ª parte (la primera parte fue incinerada durante una ceremonia pagana de Foucaultnianos Microsoftistas)

La reportera usa una tanga morada (cosa que no debería importarle a nadie, ni siquiera a Justin Khase ¡ni siquiera a mí!) Coloca su grabadora digital Sony modelo Icx80, y comienza la entrevista.

-Señor Khase: Me gustaría continuar esta entrevista con la pregunta que dejamos pendiente. Dígame ¿Qué le interesa de un libro suyo?
-… me temo que no entiendo su pregunta.
-Quiero decir, qué es importante para usted cuando sus libros son publicados.
-Bueno, creo que ya sabe la respuesta, porque la he dicho cientos de veces. De un libro publicado sólo me interesa el dinero.
-¿Sólo el dinero?
-Claro. Esperar cualquier otra cosa de un libro es una glotonería; esto último también lo he dicho hasta la saciedad.
-Por esa declaración algunos críticos lo han llamado fanfarrón y codicioso, incluso lo acusan de ser un ser mezquino -la reportera advierte la redundancia de la palabra Ser, y se promete a sí misma poner más atención a sus palabras. Khase no lo nota.
-¿Un ser codicioso? Todo lo contrario. Esperar sólo dinero por un libro es un acto de civilidad social. Hago un trabajo y recibo una paga por ello. Los escritores deberíamos recibir nuestra paga como la hace un mecánico o un obrero; deberíamos trabajar sin otra pretensión que la de cualquiera que, al final de la jornada, espera gustoso el correspondiente emolumento. Creo también que deberíamos contar con seguridad médica y prestaciones de ley; acumular créditos para comprar una casa de interés social, asegurar nuestra jubilación. El escritor debe entender que su labor consiste en escribir lo mejor posible, y esa labor es tan igual a cualquier otra, salvo la pequeña excepción de que todos los oficios del mundo son útiles, pero el oficio de escritor es completamente prescindible.
-¿Debemos asumir entonces que usted sólo escribe por dinero?
-No escribo por dinero; publico mis libros por dinero. ¿Soy un codicioso por ello? Si un repostero cobra por los pasteles que hornea ¿es un codicioso? ¿debe exigir algo más por su labor? No creo que un repostero deba recibir las llaves de la ciudad por meter unos bollos en el horno; el buen repostero sólo desea que le paguen por su trabajo y eso es lo que yo hago: esperar mi paga por las horas de escritura, que a veces suelen ser agotadoras. Pero siguiendo esta analogía, del mismo modo que hay escritores que se anuncian con fanfarrias, también hay vulgares panaderos que anuncian con bombo y platillo sus productos, aunque no sean tan buenos como dicen. Hace unos días, mientras paseaba por el centro de la Ciudad, vi un fastuoso y enorme anuncio de panadería en letras de oro, como si anunciaran el pan que repartiera el mismísimo Jesucristo. Hay escritores así, que anuncian lo que no son, porque no tienen otra cosa que anunciar. Cuando vi ese anuncio pensé irremediablemente a Walser, quien en su Jacob Von Gunten se preguntaba «¿Necesita en verdad un sencillo y honrado panadero presentarse de modo tan grandilocuente, brillar y relampaguear al sol con su torpe anuncio de oro y plata, como un príncipe o una dudosa dama coqueta? ¡Que hornee y amase su pan con honor y razonable modestia!» Yo estoy de acuerdo con Walser en casi todo lo que dijo, pero estoy mucho más de acuerdo, sobre todo, en todo lo que jamás dijo -.Khase advierte la zafia redundancia de la palabra Todo, y se promete sí mismo poner más atención a sus palabras. La reportera no lo nota.
-Pero ¿no cree usted que al comparar a un escritor con un pastelero…?
-Cuando un libro está en los anaqueles –interrumpe Khase-, ese libro ya no tiene relación filial con el escritor, por profundas y sentimentales que sean sus razones. Una vez que la literatura entra en contacto con el lector, la literatura de algún modo se contamina, y pierde su pureza esencial, y en ese momento la única relación entre el escritor y el libro debe ser económica.
-¿A qué se refiere con el término «pureza esencial»?
-Quiero decir que un libro no se escribe para otros, ni siquiera para el autor, porque el autor es en realidad un amanuense de la literatura, ¿y qué es la literatura? es una cosa superior, algo que jamás comprenderemos, y por ende, sólo podemos constreñirnos a detectar fisuras en su misterio, y adentrarnos en él. La literatura es el universo del hombre y no al revés; existimos gracias a la literatura y no al revés; en ella se concentra todo lo que el hombre implica, todos sus códigos de conducta. La literatura nos va creando en su caldo de cultivo, y en ese caldo cenestésico se gestan de vez en cuando extrañas modificaciones y/o excepciones, es decir, obras excepcionales, pero no destinadas al lector ni al autor, sino destinadas a la literatura misma.
-Temo que no estoy comprendiendo bien el punto –Khase chasquea la lengua, toma un libro y lo hojea rápidamente, luego lo sostiene como si fuera a arrojarlo a la cabeza de la periodista. Finalmente lo coloca en donde estaba.
-Lo que quiero decir es muy evidente, señorita ¿Recuerda aquel libro de Dawkins, El Gen Egoísta?
-Lo he leído un par de veces –dijo ella con cierto orgullo.
-¡Ah! Entonces sabrá usted que la teoría dawkiniana propone que el ser humano es algo así como un burro de carga cuya finalidad es preserva al verdadero sujeto, al dios primigenio, al que podríamos llamar sencillamente el dios Gen. Este dios Gen busca ser eterno, y para ello creó al hombre y el hombre, como todo animal de carga, recibe a cambio una sabrosa recompensa, dos jugosas zanahorias, una de ellas se llama Razón, y la otra zanahoria se llama Sexo. Pensar y tener sexo, tener sexo y pensar, pensar en el sexo, sexualizar los pensamientos, etcétera…  son las zanahorias que el dios Gen ofrece al burro que ha sido bueno y lo ha transportado durante siglos, de un punto temporal del universo a otro punto temporal del universo. Ahora bien, usted se preguntará ¿que tiene que ver esto con la literatura? Pues tiene que ver con todo, porque mientras el sexo es la recompensa biológica para el humano-burro de carga, la literatura es la recompensa intelectual. Al igual que en la teoría dawkiniana, la literatura se perpetúa no en quien la lee o quien la escribe sino en quien la piensa.
-Pero ¿no estaría reduciendo el arduo proceso creativo a un cúmulo infinito de pensamientos? Quiero decir, todos los seres humanos tenemos ideas, pero esas ideas no son propiamente literatura.
-Justo en este momento -Khase sonríe- hay millones de personas haciendo literatura: empresarios de pompas fúnebres, carteros, buzos; hombres que viven en las aceras de los números pares, mujeres afónicas, plagiandores de cuentos borgianos; en fin, mujeres de las tierras bajas o sujetos encerrados en sus oficinas que están pensando y viviendo la gran novela del universo, la novela sostiene nuestra existencia ¿Qué importa si esa novela del universo se publica en papel o se archiva en un formato digital encriptado? Lo importante es que la novela está sucediendo en este momento; el resto es irrelevante, porque el universo no existe en el papel, el universo existe en las ideas.
-Es curioso que lo mencione, porque he leído que usted admira a Paul Valéry,  sobre todo a su personaje el señor Teste, y me viene a la memoria, precisamente, una frase del señor Teste que dice «El infinito es bien poca cosa; es una cuestión de escritura. El universo sólo existe sobre el papel»  -todo esto lo dice la periodista tratando de refutar a Khase, sólo por molestarlo. Pero Khase advierte la estrategia y no pierde compostura ni se adelanta a los hechos; respira profundo y continúa hablando con naturalidad.
-«El universo sólo existe sobre el papel» -repite Khase con un tono de parodia- …Bueno, señorita, yo creo que esa frase es muy bella y rimbombante pero no encierra nada, es sólo una frase hueca que Valéry incrustó en la garganta del señor Teste como un caramelo, sólo para que su personaje luciera más raro y misterioso, más interesante; pero en lo profundo de esta frase no hay nada, es hueca. ¿Monsieur Teste dice que el universo sólo existe sobre el papel? ¡Por favor! Acerque usted un fósforo a ese tonto universo y verá lo que pasa. Los universos de papel son frágiles, arden y se consumen, pero los universos hechos de ideas son resistentes al combustible del tiempo, son fuego puro. Y déjeme insistir en que los libros no se escriben para ser leídos, sino para divertir o entretener al que escribe, ¿Usted de verdad cree que Cervantes o Shakespeare estaban interesados en que la humanidad leyera sus libros? Estoy convencido que si Kafka pidió al pequeño Max que destruyera sus textos después de morir no fue porque los considerara malos, fue porque una vez muerto ya no podría divertirse leyéndolos.
-Muchos escritores han declarado que escriben motivados por el placer de ser leídos, por otro lado ¿Qué sería de la literatura escrita si los grandes libros de la historia no se hubieran escrito, si sólo hubieran existido en la cabeza del autor?
-Los más grandes libros de la historia deberían permanecer en la oscuridad. En realidad ningún escritor debería ceder a la tentación de escribir; pero hay escritores que ceden a esa tentación, entonces habrá que leerlos, pero ningún libro debería ser leído más de una vez, y si es posible, ni una sola vez.
-Usted siempre ha presumido ser un gran lector.
-Sí, soy un gran lector, pero jamás lo he presumido, al contrario, me avergüenzo de ello. Los tontos suelen leer mucho, precisamente porque son cabezas huecas que buscan llenarse de palabras y citas intelectuales. Los hombres inteligentes jamás leen; y ahora que ha mencionado a monsieur  Teste, recuerdo que él no precisaba leer; era un hombre extrañamente sabio que jamás lo necesitó; es un personaje nacido de una idea de Valéry, de sus momentos de solitud, y no de sus reservas intelectuales. Monsieur Teste, como personaje, es un buen intento, pero no alcanzó su nota mayor; terminó por ser un gran soprano que no llega a los oídos de la última fila. Es muy común que la gente que lee a Teste se confunda y lo considere un gran pensador de ideas propias, y ahí tenemos la paradoja: un hombre que jamás lee, que rechaza la literatura, es un gran motivador  de la literatura… pero no crea que es una paradoja negativa, al contrario, creo que monsieur Teste es un personaje seductor precisamente por ser una idea, un borrador de algo mayor. Aprecio que Valéry no haya hecho grandes esfuerzos para presentarnos a un Teste bien elaborado; eso lo vuelve más vivo aún, lo hermana con los hombres de carne y hueso porque ¿qué somos los hombres de carne y hueso sino meros borradores, la idea flotante de un dios que deja todo a medias?
-Decía Borges que él publicaba para no pasarse la vida corrigiendo los borradores.
-Sí, es una frase más que interesante. Borges siempre la atribuyó al maestro Reyes Ochoa, pero Borges la dijo tantas veces y en tantos lados, que terminó por apropiarse de ella; (en realidad Borges se apropiaba de todo lo que nombraba) y es una frase interesante, además, porque viene de alguien que escribía sus cuentos y no volvía a leerlos nunca. Yo respeto mucho a Borges porque es el escritor más original de la historia,  pero eso de publicar para no corregir eternamente tiene un falso perfeccionismo estoico. La verdad  es que yo nunca he comprendido qué quería decir Borges con eso. Si un escritor se pasa la vida corrigiendo lo que escribe, no creo que sea un perfeccionista, sino un indeciso, un neurótico lleno de fe, un necio.
-¿Considera que Borges era un neurótico, un necio?
-Todos los genios son neuróticos y necios -al decir esto, un gato cruza la sala y hace que la reportera se distraiga y deje caer sus notas al suelo. Las recoge rápidamente y continúa con la entrevista.
-Señor Khase ¿Cómo le gusta ser identificado, como escritor o filósofo?
-Bueno, como escritor tengo una filosofía. Tener una filosofía es lo que nos distingue los unos de los otros; pero creo que su pregunta está fuera de contexto, ya que estábamos hablando de la relación entre los libros y el dinero-. La reportera revisa sus notas y observa que efectivamente esa pregunta no estaba en el orden adecuado, se disculpa de soslayo y continúa:
-Entonces dígame ¿Cómo se da cuenta que lo único que le interesa de sus libros es el dinero?
-No fue una revelación ni algo fuera de lo normal. Más bien sucedió por inminencia. Como sabe, yo antes ofrecía mi esfuerzo físico cargando pescado en los muelles; lo único que conocía del mundo era el olor salobre y la insensible consigna de sobrevivir a base del esfuerzo bruto. A los veintidós años quedé paralítico y me resigné a vivir en un cuarto diminuto, donde no había nada que hacer salvo mirar la ventana o la pared. En esa habitación conocí el universo de las ideas sin libros, y fui haciendo sin saberlo un mapa de la condición humana. A los veinticinco años leí mi primer libro.
-¿Qué libro era?
-Shibumi, de Trevanian. No me pareció muy bueno, pero ese día estaba aburrido y dispuesto a suicidarme; siempre he creído que el aburrimiento es la única razón auténtica para suicidarse… en fin, que alguien olvidó el libro en mi pensión; comencé a hojearlo, luego cien páginas me aburrí y dije «bueno, qué carajo; estoy aburrido y hace un buen clima para suicidarse», entonces leí la contratapa que decía que ese libro era un bestseller (Yo no sabía qué era un bestseller), y abajo un cintillo que decía que había vendido miles de copias en un par de años. Entonces pensé «si un libro tan aburrido como este puede vender miles de copias, creo que yo también puedo vender alguno». Claro que no sabía nada sobre vender libros, ni siquiera sabía si los escritores ganaban más dinero que un cargador de pescado, pero mis piernas estaban muertas para cargar nada; sólo me quedaban mis manos, y todo el tiempo del mundo para pensar en eso que llaman la condición humana. Contemplaba, pensaba, deducía cosas, y luego las escribía; y así las circunstancias me llevaron hasta un pub donde se reunían estudiantes de filosofía (todo esto seguramente usted ya lo sabe, porque lo escribí en mi primer libro). Esos jóvenes filósofos no hablaban como la gente sucia de los muelles; eran otra cosa, de un hablar fino y rebuscado. Hablaban sobre asuntos que aprendían en la universidad. No tardé en percatarme que detrás de su rebuscamiento hablaban de las mismas cosas que yo había descubierto mirando hacia la pared.
-Y hacia la ventana.
-Y hacia la ventana, sí; todo eso que descubrí lo escribía en papelitos sueltos. Entonces comencé a frecuentar a esos chicos en el pub y les mostraba mis papelitos. Los  leyeron con curiosidad ¡No creían que mis ideas se nutrieran de la simple contemplación! Luego me hablaron de una revista universitaria. Me ofrecieron publicar mis papelitos; le dije que lo haría si me daban algo de dinero, o comida. Me pareció lamentable que cuando explicaba mis ideas nadie reparaba en ellas, pero una vez impresas en papel se cargaban de otro valor. Para esos jóvenes filósofos el universo sí existía solamente sobre un papel. En fin, ellos aceptaron publicar los papelitos. Así empezó todo.
-Algunos críticos dudan que usted haya iniciado su carrera como escritor de esa manera.
-No me sorprende. Los biógrafos están acostumbrados a las vidas lógicas. Para ellos el drama y el romanticismo son situaciones lógicas. Son amantes de los tópicos y los maniqueísmos, es decir, “quien se esfuerza llega al éxito, los buenos se van al cielo y los malos al infierno”, y demás palabrería. Es como si vivieran a través de viejas historias infantiles donde los buenos son buenos y los malos muy malos. He conocido en los últimos años a grandes genios, impresionantes estudiosos de la literatura que han escrito gruesos volúmenes de naderías, cosas sin sustancia, pero también he conocido a personas miserables, verdaderos monstruos que han escrito historias sublimes en el reverso de un cartón de leche, sin haber leído nada serio en la vida.
-¿A ué se refiere con “sublimes?
-Lo que quiero que entienda es que la justicia no existe, y esa verdad es inmutable, pero eso no impide que tengamos ilusiones; usted puede esforzarse por tener una posición respetuosa en la vida ¡hágalo! Que nadie le quite la facultad de soñar y tener esperanzas; pero eso no evitará que algún día, mientras vaya cruzando la calle del éxito, un camión a toda velocidad la haga pedazos. De igual modo usted podría cometer todas las fechorías del mundo, corromperse hasta la médula, y eso no evitará que algún día se case con el hombre de su vida y tenga dinero, buenos hijos, y conozca el amor... sé que divago, porque hablábamos de los críticos; los críticos tienen ideas críticas, lógicas y aburridas. Esperan que les arroje una historia creíble para sus ideas, un bistec a la bestia insaciable de su vanidad de críticos. Por eso consideran inverosímil que mis ideas partan de la simple observación, ¡como si observar durante quince horas una pared no requiriera de una profunda concentración del espíritu! y muchas veces para nada, o para tocar apenas la estela de alguna idea profunda en el mar de nuestras digresiones. Si los críticos o biógrafos ¡y los filósofos de academia! tuvieran el hábito de mirar la pared, se darían cuenta que mi caso no encierra nada peculiar, y que mis ideas, mi apreciación del mundo, es tan igual a la de tantos hombres ordinarios, o genios de buhardilla, o sesudos pensadores de bibliotecas.
-Es precisamente uno de estos críticos quien señala que usted pasó mucho tiempo encerrado en las bibliotecas.
-Eso es verdad, me encerré en las bibliotecas. Deseaba entender por qué los escritores y los filósofos pasan tantas horas olisqueando los libros, como ratas buscando comida en el basurero. Me agradaba estar en las bibliotecas porque el clima es cálido y seco, aunque demasiado solemnes para mi gusto. Deambulaba por sus pasillos preguntándome ¿Que son las bibliotecas? ¿Usted sabe qué son las biblitoecas? Yo creo que son simples guarderías, llenas de libros-sonaja y de libros-biberón, de libros-andadera para que los bebés-filósofos aprendan a caminar sin riesgo; y para colmo, esos filósofos de envanecen diciendo que crecieron en esas masmorras… ¡Dejemos que los niños se rompan la cabeza con las ideas más duras!... me exalto, lo sé; hablo como un borracho en una cantina. Debería ser más tolerante y dejar que cada quien piense lo que quiera, después de todo la única diferencia entre unos y otros estriba en que las puertas del pensamiento, sus entradas y salidas, son muy inestables; y no siempre sabemos dónde se encuentra el final o el principio de nuestra incertidumbre: En mi caso, la contemplación me llevó a la filosofía; a otros, la filosofía los lleva a la contemplación; y así vamos siempre de lo grande a lo pequeño o de lo pequeño a lo grande sin saber cuál es la meta y cual es la marca de salida; todo esto ocurre porque, siendo objetivos,  no existe ni tal meta ni tal salida.
-Me gustaría reiterar la pregunta de hace un momento ¿Se considera más un escritor o un filosof...?
-La vida es una carrera hacia ninguna parte –interrumpe Khase, mirando la punta de sus pantuflas, abrigando sus pies muertos-… una carrera es la vida, sí, hacia ninguna parte, y los hombres somos más bien como el universo: nos dilatamos y nos contraemos constantemente; en nuestro interior las ideas y los sentimientos generan planetas, sistemas solares, galaxias y hoyos negros que no son otra cosa que la huella de un caos en reposo, la promesa de una destrucción definitiva, de un lento desaparecer en el sosiego, como una tarde en el otoño… -la reportera guarda silencio, esperando el fin de la perorata; entonces Khase contiene una lágrima y sonríe-. Vaya, creo que me he desviado del tema, ¿cuál era su pregunta?
-Le preguntaba si se considera a sí mismo un escritor, un filósofo, o ambos.
-La única diferencia entre el escritor y el filósofo son sus métodos. Aunque, sinceramente, me considero fuera de esas categorías; soy simplemente un hombre, un hombre que mira, y nada más.
-Hace un momento decía que sus ideas y su apreciación del mundo son en realidad tan iguales como las de cualquier otro ¿a qué cualquier otro se refiere?
-A cualquier otro que piensa.
-¿Podría darme un ejemplo?
-Claro, para ello siempre acudo a dos autores que me parecen lapidarios. El primero es Kafka, quien decía que no es necesario salir de casa para… déjeme ver si recuerdo la frase literal –Khase cierra los ojos y recita-: «...quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar; no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies.» -Khase suspira hondo, como si acabara de realizar un gran  esfuerzo físico-. 
-¿Y cuál es el segundo ejemplo?
-El segundo ejemplo es del portugués más lúcido, entrañable y cómico que conozco, el señor Antonio Nogueira; a quien sí procuro memorizar, al menos en sus frases vertebrales, que son todas y ninguna a la vez… Nogueira decía que «Un hombre, si es verdaderamente sabio, puede gozar desde una silla todo el espectáculo del mundo, sin saber leer, sin hablar con nadie, utilizando sólo sus sentidos, con la condición de que su alma no esté jamás triste.» -Khase mueve la lengua dentro de la boca, como si paladeara un manjar, luego abre los ojos-. Estos dos hombres, tan sabios y tan lúcidos, llegaron a las mismas conclusiones a las que yo he llegado solo y en el silencio, gozando desde una silla todo el espectáculo del mundo, sin saber leer, y sin hablar con nadie. Desconozco los caminos que tomaron Laurent y Nogueira para llegar a estas cavilaciones, pero tengo la impresión de que llegaron a través de la brutal y sencilla contemplación.
-Algunos críticos aseguran que usted ya había leído a estos autores, e incluso a Emil Michell y Robert Otto mucho antes de escribir su primer libro, y que usted se inventó esa historia del pescador ignorante, sumido en la miseria, que de la nada escribió un tratado sobre la existencia, sólo para causar morbo y para que su libro tuviera buena acogida de ventas; vaya, que todo fue una estrategia de publicidad.
-Claro, entiendo el punto. También hay un periodista que asegura haber encontrado mi matrícula de estudiante en Oxford. También han brotado de la nada presuntos compañeros de generación que estudiaron filosofía conmigo ¿No le parece curioso que de la nada lo único que brota sea la calumnia o la denotación? ¿No cree usted que ahí hay algo, no sé, paradójico…? Mire: Los críticos ejercen un oficio terrible; tan terrible como la política o el arte, y entre más se esfuerzan por argumentar sus buenas intenciones, menos aceptados y correspondidos están por la sociedad. En mi caso, lo único que hago para obtener dinero es vender libros, pero si pido abiertamente que compren mis libros porque necesito dinero, un ejército de jueces de la crítica me excomulga y me llama cerdo codicioso.
-¿Considera correcto que su primera motivación para escribir haya sido el dinero? –Khase sonríe:
-Lo dice usted como si fuese impropio escribir por dinero, y creo que tiene razón. Puede ser impropio, pero no inmoral. Me gano el sustento como lo haría un mecánico o una prostituta; y en eso debo reconocer que me lo gano de manera más impropia e inmoral que una prostituta, porque ella recibe dinero a cambio de entregar su cuerpo a desconocidos por unas cuantas horas, ha veces sólo unos minutos. Yo, en cambio, y perdone lo romántico de la expresión, recibo dinero por entregar mis ideas, mis sentimientos y mi alma por un tiempo indefinido.
-¿Dice usted que entrega su alma en cada libro que vende? 
-¿Qué otra cosa podría entregar un escritor sino su alma?
-¿Le parece correcto entregar su alma por dinero?
-No, en absoluto. Ya le dije que es impropio; pero no tengo otra forma de ganarme la vida ¿conoce usted alguna empresa donde ofrezcan buen sueldo a paralíticos mayores de cincuenta? 
-No, pero en el caso de  que existiera un trabajo así ¿lo tomaría?
-Por supuesto.
-¿Y dejaría de escribir?
-Claro que no. Jamás dejaría de escribir, pero me libraría del inconveniente de vender libros.
-¿Le parece que vender libros es un inconveniente?
-Por decir lo menos. Es un inconveniente y una aberración andar por la vida vendiendo ideas y sentimientos.
-Y vendiendo su alma.
-Claro, mi alma. Y vuelvo al ejemplo de la prostituta: ella  regresa a su casa y se da un baño; luego ve el televisor o se duerme y se olvida de los hombres que la montaron, que penetraron su cuerpo. Pero el escritor no logra sacarse de encima a todos los hombres y mujeres que se montan en sus libros y penetran sus ideas.
-Y también su alma.
-Y el alma, claro. En el caso de la prostituta, los clientes suelen quejarse por el precio, o la mala calidad de su cuerpo, pero luego de recibir el servicio, se van satisfechos y no vuelven a molestar a la mujer. Los lectores, en cambio, no cierran el libro y dejan en paz al escritor, no. Suelen acosarlo durante meses o años, y a veces tienen el descaro de acosarlo después de muerto.
-¿Se siente usted acosado por sus lectores?
-Mire: yo sólo quiero el dinero de los lectores para sobrevivir, no me interesa su simpatía o su amistad. Trato de hacer mi trabajo lo mejor que puedo, y no voy de casa en casa, exigiendo que me den más dinero por mis libros. Sin embargo, no faltan lectores que llaman a medianoche o vienen hasta mi casa a insultarme. Es injusto, los lectores son muchos y yo sólo soy un paralítico indefenso; actúan como si fuera mi obligación darles más de lo que tengo, o darles sólo las cosas que no les incomoden, que los haga sentir que no son tan malas personas.
-¿Ha tomado medidas al respecto?
-Ya he hablado con mi editor para que el siguiente libro contenga la advertencia: «Por favor, lea el primer capítulo; y si no le agrada ¡no lo compre!» 
-¿Piensa usted en el dinero mientras escribe?
-No, nunca. Sería incapaz de escribir una línea pensando en los beneficios del dinero. Cuando escribo, sólo pienso en escribir. Cuando vendo libros sólo pienso en vender libros.
-Esa es una idea un tanto budista.
-No lo sé. No sé nada sobre budismo.
-Regresando a los medios; ellos han cuestionado duramente sus declaraciones. Además de llamarlo codicioso, mezquino y fanfarrón… 
-No veo cuál es su insistencia en confrontarme con los críticos. Me es indiferente cualquier crítica o cualquier beneficio histórico. Ni siquiera me interesa la fama, ese estado puro y sofisticado de la prostitución. No, jamás podría caer tan bajo como para desear la fama o algún reconocimiento que no sea el monetario. La única aprobación que deseo, después de la mía, es la del dinero, si el dinero avala mi trabajo, me siento satisfecho, y me dejo consentir por él, que me acaricie el lomo como el perro fiel que soy ante sus ojos.
-¿Se considera usted un perro fiel del dinero? –Khase suelta una carcajada.
-Claro que no. No realmente; sólo me importa el dinero como la retribución por una labor. El dinero es atractivo no por lo que representa sino por lo que ofrece. Hablo de la capacidad de obtener bienes y servicios, ya sean libros, una mujer ocasional o una lavadora. Si al compartir mi obra con desconocidos puedo obtener dinero, sería muy injusto pedirle a la obra una cosa más ¿Qué otra cosa le podemos pedir a una obra cuando ya nos ha dado lo más valioso que ella tiene, que es, en primera instancia, la voluntad y el placer de escribirla?
- Dice usted que el dinero sirve para obtener bienes y servicios, pero no  habla de él como un medio, sino como un fin en sí mismo. 
-«Fin en sí mismo» –repite Khase en voz baja, parodiando a la reportera-, me fascina esa expresión tan… filosófica –se toma tiempo para darle una calada a su pipa y dice-: El dinero es el único invento del hombre que puede rodearse de vileza, de sangre, de inmundicia y de amor, sin contaminarse nunca. Quien opine lo contrario seguramente es un idiota o un fantoche, o un pobre diablo que jamás logró entenderse con él.
-¿El dinero lo hace sentir poderoso?
-Dinero y poder no son la misma cosa, aunque hay similitudes. Los poderosos bromean diciendo que el poder sólo aburre a quienes no lo tienen, lo que nos hace pensar que además de tener poder, tienen razón, y buen sentido del humor. Sin embargo, los hombres más importantes de la historia se desentienden del dinero. Tipos como Stalin, Churchill o Ghandi eran incapaces de firmar un cheque o hacer un recibo de pago. Los grandes dictadores están tan ocupados en el poder, que incluso desconocen los rostros de los cadáveres que adornan los billetes (ahí hay una paradoja: esos mismos dictadores terminan muertos, y condenados a renovar con sus rostros los rostros de los cadáveres en los billetes). Ningún poderoso está interesado en saber el precio de una tortilla española en Donostiarra, o el valor de unos calcetines en Zack’s. Jamás tienen preocupaciones vulgares como esas. La gente que se preocupa por el dinero es gente muy pobre.
-A usted parece preocuparle mucho el dinero.
-Ya le hablé de mi etapa de pobretud. Es evidente que pertenezco al sector de los pobres –señala Khase malhumorado.
-Pero ahora tiene dinero –revira la reportera.
-Insisto: pertenezco al sector de los pobres, de los pobres de espíritu. El dinero puede solucionarlo todo, pero es incapaz de reparar un espíritu pobre como el mío.
-¿Con qué otra cosa compararía usted al dinero? 
-Lo compararía con Dios, sin duda. El dinero es como Dios porque podemos ignorar su existencia, creer en él moderadamente o venerarlo hasta la locura, pero no importa lo que hagamos, el dinero, al igual que Dios, siempre estará presente, y Dios, al igual que el dinero, también es incapaz de reparar un espíritu.
-En ese sentido podríamos inferir que…
-Aunque debo reconocer que –interrumpe Khase por tercera vez. La reportera comienza a enfadarse-, de alguna forma, Dios es menos inteligente que el dinero, porque Dios sólo entrega promesas y consejos intangibles; actúa como todos los políticos y profetas del mundo, que prometen milagros sin comprometerse nunca.
-Creo recordar que Borges decía algo similar.
-Claro. Borges comparaba a Jesucristo con los gauchos. No veo por qué yo no podría comparar a Dios con los políticos. El dinero, en cambio, es un ente confiable porque es directo, objetivo; es la quintaesencia del pragmatismo.
-¿Considera entonces que el dinero es superior a Dios? 
-Creo que agudizaré mi respuesta -Khase se acicala el bigote-. En primer lugar, no he dicho que el dinero sea superior Dios, sino más inteligente, pero sí creo  que el dinero es superior a la fe. Permítame ilustrarlo con una breve historia que además de ser verdadera, es cierta; quiero decir que no sólo sucedió, sino que ocurrió realmente –Khase ríe como un niño, luego se disculpa y prosigue-: Es la historia de dos empresarios muy amigos y muy católicos. El empresario A, tenía un hijo de ocho años. El empresario B, un hijo de siete. Como todos los padres del mundo, ellos se esmeraban en elogiar las grandes virtudes de sus hijos. Un día, mientras platicaban en la sala de A, éste quiso presumir a B que su hijo se interesaba cada vez más en la Biblia; entonces llamó a su hijo, al que llamaremos A Junior, y le pidió que recitara unos evangelios aprendidos de memoria. El pequeño A Junior se plantó en el centro de la sala, muy nervioso, y se hecho a llorar. Luego confesó que no había memorizado los evangelios. El empresario A estaba muerto de vergüenza con su amigo B, pero se mostró comprensivo; consoló al pequeño A y le dijo que fuera a su habitación. El pequeño A dejó la sala llorando, un poco aterrado, murmurando que no quería irse al infierno.
Días después los empresarios discutían de política, ahora en casa de B, cuando de pronto apareció B Junior, diciendo que ya había terminado sus deberes escolares y su ensayo dominical sobre los evangelios. Orgulloso, su padre le pidió que leyera un fragmento de su ensayo. B Junior leyó el texto, algo deficiente en su redacción, pero muy agudo e inteligente para un niño de siete años. El señor B le dio un beso y le dijo que estaba muy orgulloso por el ensayo. El señor A también reconoció las virtudes del muchacho, y no sin envidia, le pregunto a B cómo hacía para que su hijo se interesara tanto en la Biblia. «Todo depende de las motivaciones, querido amigo, ¿qué motivación le das al pequeño A?» el empresario A titubeó «Bueno, le he inculcado que todos los que seguimos el buen camino de Dios tendremos la vida eterna» El señor B preguntó: «Y en caso de no seguir el camino de Dios ¿Qué le contestas?» «Que se irá al infierno» «Ah… creo que ahí está el problema» dijo el señor B «Tú le ofreces al pequeño A la gloria eterna o el infierno eterno. Yo a mi hijo sólo le ofrezco dinero.» -Khase guarda silencio mientras rellena su pipa-. No la aburriré, señorita, con los pormenores de esta historia, pero le puedo asegurar que el pequeño B ahora es un empresario tan exitoso como su padre, y uno de los católicos más profundos que conozco. El señor B sabía que a los niños  les importa muy poco la salvación y la vida eterna, pero les interesa mucho tener dinero para comprar dulces y tonterías.
-Un pediatra o un psicólogo infantil tendría serias dudas sobre ese argumento.
-Seguramente, pero lo cierto es que los niños y los adultos somos muy parecidos en este tema, porque la eternidad también nos tiene sin cuidado, y porque nos interesa mucho el dinero para comprar dulces o tonterías. 
-En psicología se plantea que nuestros intereses primordiales están vinculados al sexo, la protección y la afección sentimental. 
-¿Es usted psicóloga o reportera? –Pregunta Khase y prosigue sin esperar respuesta-. Los psicólogos son sujetos viles que se aprovechan de la locura de los  demás para ganar un sueldo. Si de verdad profundizaran en sus cavilaciones, reconocerían que cualquier problema puede resolverse con dinero, sobre todo los problemas sentimentales y los sexuales. Todo es cosa de encontrar el enfoque y ayudar al dinero a realizar su magia: un costal de billetes es un costal de basura en manos de un mediocre sin iniciativa, del mismo modo que Dios es inútil en manos de un palurdo sin voluntad y fe racional. Exceptuando la reparación del espíritu ¿que problema no se soluciona con dinero?
-La muerte.
-La muerte no es un problema, es una circunstancia. El verdadero problema es que la gente mediocre nunca está contenta consigo misma, y ve problemas en todas las circunstancias; en ese sentido la muerte puede ser, a lo mucho, un inconveniente, pero jamás será un problema.
-Entonces la enfermedad.
-La enfermedad tampoco es un problema sino una experiencia. La enfermedad es una manifestación casi artística de nuestra fragilidad, y sobre todo, de nuestra esencia mortal. Toda enfermedad que no mata nos fortalece, eso es algo que uno aprende hasta en los calendarios. Yo, por ejemplo, no escribiría si no estuviera paralítico, si no hubiera tenido hambre ni hubiera tenido que pelear a muerte con un perro callejero. 
-Recuerdo esa anécdota. Es de su autobiografía –dice la reportera con cierto orgullo, porque en realidad es el único libro que ha leído de Khase-. En ese libro relata que su primer contacto con la filosofía fue mientras se disputaba la comida con un perro. De haber tenido dinero en esos días, no hubiera peleado a muerte con ese animal, y por ende no hubiera descubierto la filosofía. El dinero habría echado a perder su carrera como escritor y filósofo.
-Me parece interesante su especulación; pero sabemos que las especulaciones son la proyección de un deseo o un rechazo, por tanto no existen. Además, considero que debemos dejar este tema para otra ocasión, no me malinterprete.
-Me parece oportuno que toquemos este tema, sobre todo porque… 
-Es muy oportuno, sí, pero no en este momento. Mire; tengo la impresión de que a cada problema que usted considere que no se puede solucionar con dinero, yo le daré una solución monetaria que a usted no le convencerá, y no me gustaría actuar como un necio dentro de una discusión infinita.
-Entiendo. Como guste. Sólo acotaré una cosa: usted dice que el artista sólo debe ocuparse del dinero, y aunque suena muy lógico, históricamente no se sustenta, porque está dejando fuera muchos casos que lo refutan. Van Gogh, por ejemplo, jamás sintió ninguna atracción por el dinero. También hay creadores en la literatura y la filosofía que…
-Claro que hay muchos tipos que desprecian el dinero –interrumpe de nuevo Khase ¡cómo interrumpe este maldito Khase!-, pero estamos confundiendo las cosas. Esos tipos no eran artistas o filósofos, sino locos. Eran locos que se pudrieron en sus buhardillas, enfermos de delirio. Revise algunas biografías, y comprobará que tipos como Van Gogh eran locos que se entretenían haciendo creer al mundo que eran otra cosa, ¡y qué mejor camuflaje para un loco que el disfraz de artista o filósofo! En mi experiencia con la literatura, por ejemplo, he conocido algunos escritores que se hacen los raros y fingen una presunta locura para promocionar su arte, para hacerse publicidad. Otros incluso lucran con su miseria para obtener fama y dinero, y no conformes con eso; fingen que la fama y el dinero sólo les ha traído vacío y frivolidad;  incluso se atreven a decir que preferirían regresar a sus años de miseria ¡Vaya manera de escupir la cara del lector! No puedo evitar una profunda repulsión por esos escritores. Usted jamás me verá hacer esas cosas; no señorita. Puedo ser impropio, pero jamás inmoral, ni indecoroso.
-¿Admira usted al dinero?
-Claro qué no. Digo todo esto al margen de cualquier admiración, sin embargo, aunque intento que los pies sigan en su sitio (en realidad siempre están en su sitio, inmóviles, muertos), considero que si hubiera algo que valga la pena encomiar, aun por encima del arte y el amor y el poder y la fama, por encima de Dios incluso, es el dinero.
¿Qué opina de la fama?
-Nada, no la conozco.
-Pero ha recibido premios que lo han dotado de fama. Hace unos meses recibió el premio iberoamericano Maruchan, que se otorga a la mejor novela desechable.
-Claro, cómo olvidarlo. Ese premio fue una buena experiencia y con ella gané, además,  una buena amiga.
-¿Cómo fue eso?
-Verá: a un mes de emitir el fallo, y siguiendo el protocolo, una empleada de la editorial llamó a mi casa; era muy amable. Tras un breve discurso, me preguntó si tenía dudas sobre el proceso; «Sólo tengo una duda ¿Cuándo puedo recibir el dinero del premio?» A la empleada no le decepcionó que mi único interés fuera estrictamente económico, al contrario, me informó al detalle y de buen modo, e incluso agilizó algunos trámites engorrosos. Insisto en que era muy amable.
-¿La conoció en persona?
-Sí, un mes después. Acudí a su oficina y me enteré que era la directora de finanzas de la editorial. Luego de firmar algunos documentos, de un cajón sacó una edición muy vieja de mi primer libro. Me mostró con orgullo algunas anotaciones suyas a pie de página; dijo ser de mis lectoras asiduas, y me confesó que detesta a esos escritores hipócritas que evitan hablar de dinero como si hablaran de pornografía «esos hombrecillos miserables que actúan como pavorreales, esparciendo sus ínfulas literarias; pero cuando tienen que lidiar conmigo, con la funcionaria de Finanzas, me tratan con desprecio; se muestran agobiados por el dinero, como si hablaran de forúnculos cancerosos» eso me dijo aquella mujer. Me pareció muy simpática. Yo estaba totalmente de acuerdo con ella y firmé su libro. Me sentí de buen humor y le acepté tomar un café ahí mismo. Siguiendo el mismo tema, me habló sobre un escritor famoso que un día entró a su oficina acompañado del director. «Venían discutiendo sobre la portada de su libro titulado El mar y sus desiertos. Al parecer el tono azul del mar no estaba tan azul como el escritor deseaba. En fin, que al entrar a mi oficina, sabiendo que yo era la mujer de los dineros, el escritor se portó frío y grosero. Pensó tal vez que le rendiría pleitesía, que me pondría nerviosa o le pediría un autógrafo; pero lo ignoré también. Le extendí su cheque como se le paga a un albañil. Obviamente se molestó y reviró diciendo: Envíe el cheque a mi secretaria… Y luego, dirigiéndose al director, añadió: Soy incapaz de entenderme con el dinero; me aterra ver todo ese papel que derrochan en los bancos para realizar operaciones mezquinas… Me dejó con el cheque en la mano el muy hijo de puta. El director fingió no ver nada porque ese escritor es muy jugoso para la empresa, y lo urgió a salir de mi oficina. Cuando ya estaban en la puerta, el escritorsete se atrevió a decir: Lo único que yo sé hacer con el papel, aún con el papel moneda, es escribir sobre él… y soltó una risa estúpida.» Yo tomaba mi café sin decir nada enternecido por la elocuencia con que la empleada de Finanzas narraba la escena. Si no fuera tan fea (porque lo era), la habría besado. Pero uno jamás debe besar a alguien con quien establece una bonita amistad.
-¿A qué escritor se refería la contadora?
-La volví a ver hace unos meses con motivo de unas regalías –prosigue Khase, ignorando la pregunta de la reportera-. Le pedí que me enviara el dinero de inmediato, no porque necesitara comprar algo; en realidad necesitaba jugar con billetes nuevos: me gusta amontonarlos, olerlos, quemarlos, o usarlos de papel sanitario.
-¿Eso le produce placer?
-Usar de papel higiénico un billete nuevo es algo que necesito hacer a veces. Cualquier palurdo de criterio descuidado pensaría que es una extravagancia; y jamás podría entender que para mí es una necesidad que debo satisfacer una o dos veces al año; luego todo regresa a su estado de gracia, y el dinero vuelve a tomar su dimensión natural de cheque al portador, de contrato universal que evita que los seres humanos se maten sin remordimiento.
-Entiendo… -dijo la reportera. Observó su lista de preguntas y vio que aún quedaban muchas por hacer, pero decidió claudicar, porque la entrevista ya era un fiasco-. Y ya para terminar ¿Qué consejo le daría a un joven escritor que anhela fama y dinero?
-Nunca he sido bueno para dar consejos. No me interesa ofrecer algo inútil; es como regalarle basura al vecino. La verdad es que los jóvenes escritores y la humanidad entera no me interesan lo suficiente como para ocuparme de ellos; me parece absurdo. Es como imaginar a una pulga tratando de salvarle la vida a otra pulga. Nosotros somos pulgas montadas en el mismo perro viejo. Vivimos chupándole la sangre cada quien a su manera ¿por qué habría de ocuparme de la sangre que chupen o dejen de chupar los demás? Pero no vaya a creer que mi desinterés tiene que ver con el nihilismo o la sociopatía. No siento odio por la humanidad, no comulgo con esos pensadores resentidos del siglo pasado que todo lo cioranizan; es sólo que, al igual que le ocurre a Dios, la humanidad me resulta indiferente casi todo el tiempo, y la otra mitad abominable… abominable, sí… tan abominable como los libros.
-Sigo sin entender claramente por qué los libros le son abominables.
-A usted parece gustarle mucho Borges ¿Cierto? 
-Es cierto.
-Entonces recuerda el cuento aquel, donde habla de un viejo sacerdote de Uqbar, quien consideraba que el coito y los espejos son abominables porque multiplican a los hombres
-Lo recuerdo, sí.
-Bien, pues yo creo que los libros son aún más abominables, porque multiplican las ideas.
-¿No cree que exagera? 
-Sí, sí creo que exagero. Exagero y me desvío del tema con mucha facilidad, y como no quiero ser descortés, intentaré responder a su pregunta y dar un consejo, aunque me parezca inútil. Mi consejo es el siguiente: hay que hacer literatura sin que importe el dinero, y gastar el dinero sin que importe la literatura.
-¿Cuándo dinero necesita para sentirse bien?
-Creo que ya hemos agotado ese tema, pero no importa. Cuando hablo de dinero no hablo de volumen. Sólo hay que desear el dinero necesario, y cuando digo necesario quiero decir indispensable, jamás deseable, porque desear el dinero también es una abominación. En eso también podemos relacionar a Dios con el dinero. La gente necesita a Dios, y eso está bien, pero desear a Dios… eso es imperdonable.
-¿Considera que usar el dinero como papel sanitario es una necesidad?
-En mi caso lo es, porque usar billetes como papel sanitario es una necesidad escatológica, no un deseo. Fumar un cigarro liado con billetes también es una necesidad (no hacerlo me afecta tanto como no comer o dormir a mis horas) pero el dinero restante lo uso para fines ortodoxos: comprar comida y renovar mis cuatro cambios de ropa, una para cada estación del año.
-Tengo una duda: usted aconseja a los escritores hacer literatura sin que importe el dinero, y gastar el dinero sin que importe la literatura. Pero al inicio de la entrevista, proponía que los escritores ganaran un sueldo como cualquier trabajador, pero resulta que la mayoría de los trabajadores a suelto trabajan pensando en el dinero.
-¿Y no le parece, precisamente, que es una abominación? Recuerdo los rostros infelices de mis amigos del muelle, trabajando a desgano, sabiendo que el sueldo del mes ya lo debían en la cantina, y que el esfuerzo físico de aquel momento ya estaba empeñado.
-¿No cree usted, señor Khase, que si los escritores recibieran un sueldo y prestaciones de ley como cualquier trabajador, también verían empeñado su trabajo creativo?
-No entiendo su pregunta, ¿Cree que si el gobierno empleara o subsidiara a los escritores, éstos perderían su libertad? Yo no lo creo, en absoluto. Los gobiernos del mundo deberían entender que el escritor no es un artista, es un obrero como cualquier otro, y por eso deberían apoyarlo con los mismos servicios de asistencia social y vivienda, como hacen con los burócratas o los campesinos, tratarlos como se trata a un doctor o un mecánico, y quizá tratarlos de manera menos honrosa, tomando en cuenta que su labor es inútil.
-Quizá en otros países es posible subsidiar o emplear a los escritores, pero no está tomando en cuenta las condiciones geográficas. En este país hasta los profesionistas de carrera encuentran serias dificultades para conseguir empleo, y terminan trabajando en el comercio informal, o en la delincuencia. Bajo ese panorama ¿qué expectativas podría tener un escritor? Asumiendo además que, según usted, la labor del escritor es inútil.
-Bien, entonces que la delincuencia organizada les dé empleo –dice Khase, la reportera sonríe.
-Ahora sí creo que está exagerando.
-Claro que no. Si la delincuencia organizada ofrece sueldos tan jugosos, entonces debería contratar a los escritores, eso estaría bien.
-No imagino una sociedad como esa.
-Si los gobiernos fueran inteligentes, sabrían que darle dinero al escritor podría reducir la delincuencia, ya que un escritor en potencia, pobre y desesperado, incapaz de pagarse una pensión modesta o comprar el desayuno y el diario matutino puede  terminar como sicario o político o narcotraficante o ejecutivo de alguna empresa de prostitución infantil o escribiendo libros de auto ayuda o reclutando idiotas para alguna secta religiosa de acento portugués. En cambio, si un escritor en potencia recibiera una pensión modesta, una paga semanal por escribir algo de lo que sea, abandonaría sus ideas criminales, porque estaría ocupado solamente en escribir y visualizar las opciones lucrativas de sus libros… si el crimen organizado en este país fuera más agudo, sabría que su mejor opción es contratar escritores, porque el escritor es un animal despiadado: es capaz de arruinar su vida y la de su familia sin ningún decoro. En la mayoría de los casos, menosprecia su vida con un desenfado temerario ¿Quién mejor que un escritor para encabezar un grupo de sicarios y extorsionadores? Ya lo decía Bolaño «Los escritores somos delincuentes de cuidado» y es por su poco aprecio a la vida que bien pueden arriesgarla sin remordimiento. Escritores como Villon, Genet, Verlaine, Piasecki o Borges, serían excelentes brazos armados de la delincuencia organizada; especialmente Borges, el tipo más sanguinario que ha dado la literatura. Todos ellos sabían de antemano que su vida es igual que el dinero: un cheque al portador que después de usarse  no tiene valor alguno...
-No puedo imaginar al maestro Borges como un tipo sanguinario. 
-para mí es evidente ¿no lo cree usted?
-Bueno, era  un escritor sedentario, dedicado a la literatura y a cuidar a su madre. Casi un monje budista que no se metía con nadie. Alguna vez bebió una copa de anís que casi lo manda al hospital. En su autobiografía confiesa que proviene de una estirpe de profesores dedicados al magisterio y la docencia ¿Que papel jugaría un hombre así entre sicarios del crimen organizado? –La reportera dijo todo esto con orgullo. Borges era de sus escritores preferidos, y le producía gran satisfacción evidenciarlo frente a Khase.
-Tiene usted razón, lo que observamos a simple vista en Borges es a un hombre un tanto gris, sin aventura. Un escritor casero, casi pacato;  pero se olvida que la sangre de nuestro Francisco Isidoro arrastra por siglos no sólo una estirpe de maestros sino también una estirpe de guerreros: su árbol genealógico, desde la raíz, alberga un nutrido grupo de militares, no todos tan heroicos como él quería pintarlos. Ahora bien, tengo entendido que uno de los brazos armados más sanguinarios en México proviene de la fuerza militar, y los miembros más jóvenes son entrenados en la disciplina castrense. Si nuestro Borges no hubiera padecido las virtudes de ser un genio, y además un genio ciego, y si las circunstancias geográficas lo hubieran propiciado, con toda seguridad Borges estaría feliz incinerando y decapitando gente con una impetuosidad de dar miedo.
[Ocurre algo: la grabadora se ha detenido, y la reportera no logra ponerla a funcionar nuevamente. Decide entonces terminar la entrevista. Charlan de manera informal unos minutos cuando la grabadora vuelve a funcionar por sí sola y se escucha la voz de Justin Khase]
-…sí [risas], las metáforas, analogías y alegorías están en todas partes. 
- Bueno, regresando al tema ¿cómo es su proceso de escritura?
-Qué bueno que lo pregunta. En verdad deseaba que lo hiciera porque es la única pregunta para la cual tengo una respuesta sincera y un poco elaborada: he descubierto que escribo de la misma forma que los feligreses de su país acuden a la basílica de Guadalupe: de rodillas, y con fe –la reportera suelta una breve sonrisa, y Khase se siente satisfecho de que su analogía haya limado asperezas entre ellos-. Ya le he dicho que las metáforas y las alegorías están en todas partes, y algo así me ocurrió cuando me llevaron a  conocer La Basílica de Guadalupe. La impactante cantidad de gente congregada, la solemnidad festiva (si me permite el oxímoron) con que los creyentes acuden a ese lugar. Mi secretaria me explicó algunos detalles de su algarabía: la gente pide algo a la Virgen de Guadalupe, y si la ella cumple la petición, los feligreses viajan cientos, a veces miles de kilómetros hasta la Basílica, luego caminan de rodillas desde la calle hasta el interior del recinto para demostrar su fe y su agradecimiento «Le llaman Manda» dijo mi asistente. Yo lo vinculé de inmediato con el término Mandala pero ella me aclaró después que una Manda está más relacionada con el sentido del compromiso y la lealtad.
La llegada de los feligreses a la Basílica es un carnaval surrealista: llegan ataviados de colguijes religiosos muy coloridos, y vestimentas indígenas también coloridas. Cargan mandolinas diminutas, «les llaman chirimías» decía mi asistente. Sonaban como un cerdo herido. Otros cargan tamboras y violines rudimentarios. Las mujeres cantan con voces monótonas que hipnotizan por su tipludez. Algunos hombres lanzaban fuegos artificiales al ritmo de los tambores. Todo es tan colorido y grotesco… pero sin duda, lo que más me impacto, fue la gente que venía a pagar su Manda: mujeres, ancianos y niños ingresaban de rodillas al  recinto. Algunos sólo buscan cumplir su compromiso y terminar lo antes posible; se nota de inmediato que son seres mediocres, lo hacen colocándose pedazos de trapo en las rodillas para mitigar el dolor. Pero hay otros que, al contrario, inician su peregrinar desde la parte más lejana del recinto; se arrodillaban emitiendo cántico que no le pide nada a los monjes tibetanos; es un cántico doliente que se fusionaba con la voz tipluda de las mujeres. Al cabo de un rato, sus rodillas van dejando una estela de pellejos y sangre en el suelo, y no conformes con eso, se cuelgan nopales en el pecho y en la espalda, y se van flagelando con una especie de soga natural. Parecen verdaderos San Antonios, con su rostro de pasión sufriente, pero al llegar a la puerta de la Basílica explotan en risas y llantos provocados por un éxtasis… cuando vi todo eso, recordé la expresión del gran poeta Vladimir Holan, quien decía que «Del esbozo a la obra, el camino se hace de rodillas.» ¿Ahora comprende por qué le digo que todos los pensamientos están en todas partes? Dudo que Holan haya visitado este hermoso país, y mucho menos que haya tenido noticias de la Basílica de Guadalupe… ahora creo que he vuelto a divagar y no he respondido a su pregunta, la cual, por cierto, temo que he olvidado.
-Le preguntaba yo cómo es su proceso de escritura, cómo se gesta en usted la obra.
-Ah, ya recuerdo. Pues escribo de la misma manera que los feligreses acuden a la Basílica de Guadalupe: de rodillas, y con fe.


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