jueves, 31 de marzo de 2011

El regreso de Carolina.


 ¡El problema contigo es que no tomas nada en serio!, gritó Carolina llegando al clímax de la histeria. Sí, Carolina, aquella mujer que fue mi látigo, que me domó a base de regaños, chantajes y estrategias. La mujer que consideré el amor de mi vida y que al final, como todas, me abandonó. No, no como todas. Su abandono, la forma en que terminó conmigo, fue y será la forma más vil de los acaboses de toda la historia de las historias de amor. O desamor, como se quiera ver. Carolina regresó del Infierno para acabar con mis nervios. Una vez más. Y tenía razón; el problema conmigo es que no tomo nada demasiado enserio. Probablemente tú que lees esto piensas yo tampoco tomo nada enserio, todo me vale madre. Pero, tío, no estoy hablando de valemadrismo. Quiero decir no tomar las cosas enserio. Que no es lo mismo que valerte las cosas. Cuando algo te vale no lo tomas y ya; cuando no tomas las cosas enserio, sí las tomas (que es peor), te involucras, das los primeros pasos en el asunto, y luego, de pronto, un día cualquiera, te das cuenta que no te importa demasiado. O no te importa en absoluto. Y ya es tarde. Estás con los pies en el lodo y hubiese sido mejor no comenzar siquiera. Generalmente eres el último en notarlo. Lo notas cuando te lo grita tu mujer al borde de un ataque. 

 ¡Te estoy hablando de casarnos!, gritaba Carolina, ¡casarnos!, ¡para SIEMPRE!, y no lo estás tomando enserio. O sea que sí, acepto, dije a Carolina pero según ella no hablé enserio. No lo tomé enserio y dije sí, vale, como si nada, como si cualquier cosa. ¿Qué quieres que te diga?, dije, ¿qué no?, ¡pues entonces no!, grité con los nervios de punta. Estábamos en el café La Selva del centro de Tlalpan y la gente nos miraba. Todos nos miraban. Era una escena absurda. Carolina me proponía matrimonio, yo aceptaba, y la muy puta se cabreaba como si yo la hubiese ofendido en algo. Carolina bufó y pegó sobre la mesa. Harta. No entiendes nada, dijo. Y la verdad no entendía un carajo. Hace año y medio o dos o más no miraba a esta mujer. Me dejó. Dijo que yo era una mierda y un pendejo y se largó a hacer su vida de supuestos éxitos lejos de mí, el fracaso encarnado, y ahora, de la nada, regresa a mi vida sin ningún éxito y en cinco minutos me lo propone: casémonos; y le digo que sí, que yo aún la amo (cosa ciertísima), ¡Dios cómo la amé!, y la bruja enloquece porque acepto sin pensarlo dos veces, así como si nada, cuando, carajo, es ella la que así como si nada reaparece y lo suelta como decir vamos al cine o vamos a la feria. 

 Lo discutimos un par de horas. Ella quería casarse, yo quería casarme, pero no nos casaríamos. No así, dijo. Carajo, ¿Entonces cómo?, dije. Cruzó los brazos y enmudeció. Definitivamente yo no entiendo a las mujeres, pensé. Vamos, nena, dije, tranquila, amor, calma esos nervios y mejor cuéntame qué ha sido de ti. Carolina me contactó por teléfono, me cito en La Selva y lo primero que dijo es me quiero casar contigo. No se tomó la molestia de contarme siquiera el motivo que la impulsó a tomar dicha decisión. Lo que sí es que lucía muy decidida. Hasta que acepté. Allí se le fueron las ganas. Ordenó un americano más y me lo contó: apenas un mes ha estuvo a punto de casarse con lo que creyó el hombre de su vida. Todo el tiempo que no estuvo conmigo estuvo con ese hombre. Y planearon casarse en febrero, que fue hace un mes más o menos, pero al final todo salió mal. El muy cabrón se arrepintió. El muy puto se arrepintió, dijo Carolina. Y como febrero es el mes de mi cumpleaños, cosa que ella lleva tatuada en el consciente (y en el inconsciente), se acordó de mí. Así nomás. Y se pensó que sería buena idea casarse conmigo que la amé con el alma y que tengo cojones; así lo dijo ella: tú tienes cojones y sé que no me fallarías, si tú dices sí, es sí hasta el final, hasta que la muerte nos separe. Me sentí halagado, debo confesar, y respondí: pues te estoy diciendo que sí, nena, que sí, que me caso contigo, hasta que la muerte (o cualquier puta) nos separe. Pero no, no, ya me lo pensé mejor y no, dijo, no es lo más conveniente. Coño, mujer, dije, llevas un mes pensándolo, convencida que es lo mejor y en cinco minutos piensas lo contrario, qué son cinco minutos de arrepentimiento contra un mes de certeza. Lo siento dijo, no quise molestarte, es sólo que aquello me afectó, tenía la vida planeada y de pronto... No me sorprende dije y no me sorprendía, Carolina es capaz de planear la vida de un hombre desde las seis de la mañana del día de hoy hasta el último día de su vida. Es una mujer posesiva, histérica, loca, bruja, arpía, y con todo eso yo me hubiera casado con ella sin pensarlo un segundo. Ya dije, dejemos esto, me canso, vayamos a por un trago, yo invito. ¿Tú invitas?, preguntó sorprendida. Vale dije, yo invito la primera ronda, tú te haces cargo de las demás. Sonrió y aceptó el trato. Conservaba su bellísima sonrisa de encanto. 

2

 Fuimos al bar de la calle de al lado. Ordené la primera ronda de whisky en las rocas. Brindamos. Por nuestro amor. Un amor mallugado ya como papel crepé pero un amor. Nuestro amor. Si es que aún quedaba algo de amor entre nosotros. Una vez leí en algún lado, creo que en la obra cuentística completa de Fitzgerald, en algún cuento, que el amor es un quantum; nacemos con un quantum de amor que distribuimos entre padres, hijos, hermanos, amigos y pareja. Se entiende por supuesto que es una gran cantidad de amor la que tenemos para dar. Después de Carolina yo quedé seco, pensaba, con Carolina agoté mi quantum de amor. Durante nuestra relación le entregué todo mi amor. Todo. Y de verdad creí que yo jamás volvería a amar. Con Carolina allí, enfrente de mí, hablando de nuestro amor, yo realmente me sentía seco. Le entregué todo aquella vez e incluso ahora, a su regreso, yo ya no tenía más qué darle. Ella se lo llevó todo. Luego pasaron los años y me enamoré de nuevo. Lo del quantum de amor es una chorrada. Lo que quiero decir es que aquella noche lo supe: mi amor por Carolina expiró. Ya no siento por ella más que el deseo de follarla, pensé. Entristecí. Y como ya no sentía por ella sino las ganas, ¡y qué ganas!, a la tercera ronda le propuse ir a mi casa. Carolina, durante mi ausencia, dejó el trago y ya estaba en el punto exacto. El punto donde lo último que necesitas es un trago más o se acaba la magia y vienen los mareos y viene el vómito. El punto donde está muy bien un poco de sexo. Un buen polvo. Y eso hicimos. Fuimos hasta mi casa que no estaba lejos y tuvimos un buen polvo. Un polvo estupendo. Como todos los polvos con Carolina. Al terminar recapitulé en la mente todo el sexo que Carolina me había dado y recordé que siempre sostuve que el mejor sexo de mi vida fue con esa mujer. Comencé a extrañar su trasero, sus tetas y sus enormes pezones. Como dedos de bebé. Y su maravilloso clítoris. Recién terminamos de hacerlo yo ya extrañaba todo el asunto. Porque lo sabía, Carolina saldría de mi vida a la mañana siguiente. Se iría con el alba como en una canción de amor. O desamor. Su propuesta de matrimonio fue un arranque, un impulso, una estupidez. Estupidez que tuve yo que pagar. Ella lo sabía. No importa cuántas veces dijera yo que sí, acepto, ella ya no deseaba el sueño. Eso era. Un sueño. Mi destino no era esta mujer. Mi destino era joderme. Todo el tiempo ese ha sido mi destino. Joderme. Joderme y joderme cada vez más. La vida, cabrona, justo en el momento en que yo había superado lo de Carolina, me la estampa en la cara, dejándome probar las mieles de placer, una vez más, sólo para arrebatármela al día siguiente. Joderme, ese era mi puto destino. 

 A la mañana siguiente Carolina no se fue. Lo que no significa que se haya quedado. En cuanto a mi destino no cabía la menor duda. Me levanté y encontré el desayuno hecho. No había mucho en mi alacena así que tuvo que salir y comprar todas esas cosas. Recuerdo que eso fue lo que pensé, que tuvo que salir a por las cosas. Huevo, pan, miel, jugo, cereal, leche y todas esas cosas. Porque en mi casa definitivamente no había nada de eso. Un par de cervezas, un cuarto de whisky y siete cigarrillos. Esa era mi despensa. Se esforzó. Carolina se esforzó comprando y preparando el desayuno. Pero Carolina estaba peor que nunca. Siempre fue de carácter fuerte pero ahora estaba hecha una loca completamente. Preparó todo eso para que justo en el momento de llevar el bocado a la boca, explotara y mandara todo a la mierda. Y al instante siguiente, me amara. Estaba rematadamente loca. Tomé asiento a la mesa, donde estaba el desayuno, esplendoroso. Carolina lucía radiante. Con los pezones marcados en la playera (mi playera interior). Con la melena alborotada. Con los píes descalzos. Hermosa. Hizo memoria de algunos recuerdos bellos. Recuerdos de nuestro noviazgo. De cuando reímos aquella vez. O de cuando lloramos y luego reímos. O reímos y luego lloramos. O cuando hicimos el amor en tal o cual lugar. Cosas así. Hablaba a la mar de tranquila. Hasta parecía una mujer cuerda. Por un momento olvidé que estaba loca y me entregué a las ensoñaciones del pretérito. Hice mi parte. Recordé algunas anécdotas más, reí y la miré a los ojos con nostalgia y alegría al mismo tiempo. Si es que eso es posible. Con todos esos recuerdos saliendo de su boca y entrando a mi cerebro, Dios, ¿qué quería hacerme sentir? Sentí lo inevitable: un ardiente deseo de recomenzar con Carolina. Un ardiente deseo de tomarla entre mis brazos y no soltarla, no soltarla jamás. Fundirme con ella y si nuestro destino (porque el de ella también lo era) es jodernos, jodernos juntos. Y se lo dije. Le dije: ¿qué harás? No supo responder. Por primera vez en su vida no tenía un plan. Había planeado toda su vida con el hombre que la dejó plantada ante el altar (no la dejó plantada ante el altar, es un decir) y ahora no tenía ni idea de cómo demonios volver a empezar. No tenía empleo, casa, dinero. Nada. ¿Regresaras con madre?, pregunté ingenuo. Carolina nunca mencionó gran cosa de su madre. Durante nuestra relación fue como si su madre no existiese o como si hace mucho mucho tiempo que no se miraban. Por supuesto no le agradó el comentario. No le agradó escucharlo de mí. Le dolía aceptarlo pero estaba jodida. Le propuse si no casarnos al menos regresar conmigo. No pierdas el tiempo, dije, yo te amo. Carolina explotó en la parte de no pierdas el tiempo. Explotó enserio. Se levantó de la mesa, caminó a la sala y con los brazos alzados y dando vueltas en círculo gritó un sinfín de pavadas. Cosas como tú qué sabes. Tú qué me vas a decir a mí. Primero mírate. Etc. Entonces lo comprendí: Carolina dejó de amarme hace mucho tiempo. No hizo el amor conmigo y no preparó el desayuno por amor. Me tenía por un fracasado. Un ser inferior. Ya sabes, todas esas frases. Tú qué sabes. Ella sabía más que yo, según ella misma. Tú qué me vas a decir. Ningún consejo mío podía ser bueno. Primero mírate. Se pensaba mejor que yo. Y me miré. Y le dije no soy yo al que plantaron el día de la boda. ¡Por algo ha de ser, bruja!, abrí mi bocaza. Metí la pata. Y todavía seguí: ¡eres insoportable!, ¡te crees mejor que todos!, ¡tienes siempre el plan perfecto!, ¡No aceptas tus errores! Estás podrida por dentro, buscas desesperadamente a quien dominar, necesitas dominar. Tienes tantas carencias. ¡Me das lástima, arpía! Sí, yo también exploté. ¿Y saben qué pasó después? Debí suponerlo. Quizá ella lo sabía, quizá lo tenía planeado. Después de explotar, lo hicimos. Follamos como los animales. Allí mismo. En el suelo de la sala. Dejamos el desayuno y nos pusimos a templar.  

 Y luego, el destino, mi destino y el suyo, se la llevó. Entró al cuarto de baño, se arregló, salió y se largó. Dejó el desayuno. No dijo nada. No dijo adiós ni nada.  Yo la miré irse sentado en el sofá. No me pensé que estuviera largándose. Simplemente la miré salir del cuarto de baño, coger su bolso y largarse, pero no me pensé que eso pudiera estar pasado, quiero decir, que en verdad se fuera. Y se fue. Para siempre. Desde aquella vez no la he vuelto a ver. Cada siete u ocho meses la llamo por teléfono. Para ver cómo está. Siempre está todo bien. ¿Cómo estás?, pregunto al auricular. Bien, contesta invariablemente. Todo el mundo contesta siempre invariablemente bien. No importa si no es verdad. A veces me cuenta cosas, muy por encima del asunto. Superficialmente. Encontró un hombre y se casó. No estoy seguro si encontró un hombre, otro, o es el mismo, el exprometido. Esta vez sí que se ha casado. Es muy feliz, dice. Esperan un crío. Han comprado un auto y esperan un crío. Regresó al trabajo pero eso fue antes del crío. Ahora le dieron incapacidad. No le pregunté si el crío es mujer o varón, al caso es lo mismo, dice que es verdaderamente feliz. Tampoco pregunté en qué parte de la ciudad vive. Quizá sea vecina mía y yo no lo sé. No creo. Ella lo hubiera mencionado. O quizá no. Quizá sea mejor así. Ahora ella y yo somos una especie de enemigos. Mejor dicho, yo soy para ella una especie de enemigo. Pone todo  empeño, consciente o inconscientemente, en demostrarme que va a lograr sus sueños. Y sobre todo, que yo no lograré los míos. Pero, vamos, ella tiene ventaja. Sus sueños son los sueños de cualquier pelmazo. Una casa, un coche, un crío, un perro, una pareja y un empleo. Sus sueños son logrados por millones de personas, al infinito, una y otra vez. Ni siquiera es su sueño. Es el sueño de la naturaleza. “El sexo es una trampa de la naturaleza para no extinguirse” (Nietzsche). Cualquier imbécil logra eso. Lo logran todo el tiempo. Basta con coger un empleo; el que sea, todos deshumanizan al grado de hacerte pensar que tu sueño de familia es lo mejor que te puede pasar en la vida. Y lo peor es que termina siendo cierto. Basta con follar a lo pendejo. No hay que ser demasiado inteligente para embarazar a una mujer. Y la pobre de Carolina va por buen camino para llegar a la meta de la mediocridad. Para acabar en la fosa común. Junto a todos esos anónimos. Un empleo de toda la vida (porque te ata el crédito de la casa), una casa de toda la vida (porque el crédito dura toda la puta vida), una mujer de toda la vida (porque te acostumbras a esa mujer). Una vida de toda la vida. Al infinito. Una tras otra vez. El hombre nace, crece, se reproduce y muere. Es lástima que Carolina, la Carolina que alguna vez admiré termine su vida de esa manera. Y entonces lo supe: Carolina se puede ir a la mierda. Se acabó. Tras años de arrastrar la cadena, finalmente, Carolina se puede ir a la mierda. 


11 comentarios:

  1. Sos un cabrón genial para escribir. A través de Veronica empecé a leer tus escritos. Y he cogido algunos. Hasta la fecha siguen siendo estupendos.

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  2. Maravilloso final!!!!! de todas las historias de Carolina, jamás lo hubiera imaginado. pero la vida da muchas sorpresas, carolina, que una vez se enamoró de ti por ser distinto al resto terminó siendo igual a todos!!! que miedo!! pero que real y que impactante!!!!!!!!!!!

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  3. Me encantó!! me gustó mucho como manejaste esa parte de nacen crecen se reproducen y mueren, es algo agobiante pensar en el infinito y en esas cosas que se repiten inevitablemente, sin importar cuanto luche uno por no caer en eso, sin embargo que bueno que tenemos conciencia y espíritu, para trascender de una manera realmente importante.

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  4. que bueno que Petrozza no se quedó con Carolina, honestamente me caía mal.

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  5. Jajaja Petrozza si te hubieses casado con ella, dentro de un tiempo escribirías como Cuahutémoc Sanchez, mejor ser un balagardo que estar atado a lo que cualquier imbécil logra.

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  6. Acabo de leerlo! muy profundo... enternecedor, porque es una historia que se repite y se repite... vuelven las Carolinas a joder... y entonces comienzas a pensar y a dejarte joder a la vez... y tambien el final, el final...porque siempre hay uno... me encanta como analizas todo esto, muy dramático y muy cotidiano, genial.

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  7. duro pero cierto. La vida en familia es el sueño de la mayoria y es desgraciadamente lo mejor que les puede pasar.

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  8. bueno creo que ahora si llego a su fin. y que final!!

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  9. Rodolfo Cardona Mancilla21 de septiembre de 2011, 15:45

    Este relato me recuerda algunas escenas de mi vida... y que no entiendo a las mujeres... (o ellas a mi...)

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  10. Espero que tus recuerdos se relacionen con las partes agradables del relato........jajaja .......seria interesante.......

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  11. Heriberto Cruz Resendiz22 de septiembre de 2011, 8:30

    Qué buen escrito!!!

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