martes, 22 de marzo de 2011

El prototipo perfecto, del lector imperfecto.


Laura era una mujer bella a su manera. Estoy seguro que enfundada en un vestido elegante pasaría por la más bella de las mujeres de la alta sociedad. Sin embargo yo no entendía dos cosas. Primera, cómo es que andaba por la vida tan descuidada. No se maquillaba, usaba sandalias o jeans o pantalones de pana, blusas que parecían el recorte errado de un gran trozo de trapo. Y segunda, por qué demonios era novia del pendejo de Petrozza

Aparqué el Audi en la entrada de la casa, bajé y llamé a la puerta. Me recibió la señora de servicio, anunció mi llegada, y salió a recibirme Verónica Pinciotti. Hola, Rubén, bienvenido, dijo y me hizo pasar. Conozco a Verónica seis meses ha. Le conté de mi amor a la literatura y decidió presentarme a sus mejores amigos, que eran un grupo de escritores o algo así. Los presentó a todos. Estaba Garrison, Rey Hernández, Martin Petrozza y Laura, la novia de Martin, que no era escritora pero gustaba de leer los textos de Petrozza. Tomé asiento y Petrozza preguntó antes de que mi trasero llegara al sofá: ¿con agua o en las rocas? No entendí nada y lo dije. Entonces Verónica me explicó que si quería un whisky con agua o un whisky en las rocas. No acostumbro beber, cosa que preferí callar y acepté el whisky en las rocas. Verónica propuso un brindis y tuve que hacerlo. Beber esa cosa, quiero decir, y el whisky me quemó la garganta y casi lo regreso todo. Gracias a Dios pude contenerme sin que nadie sospechara. Coloqué el vaso en la mesa de centro decidido a no tocarlo nunca más. 

 Rey Hernández comenzó con las preguntas. ¿De dónde conoces a Verónica?, preguntó desconfiado. Lo noté de inmediato, eran un grupo hermético de amigos que celaban las amistades fuera del grupo. La conozco de la empresa de su padre, respondí. Yo recién ingresé a laborar allí. Soy Administrador de empresas. Vivo en Polanco, en la calle de Ibsen,  y tengo veinticinco años, agregué respondiendo a las nuevas preguntas de Rey. Acto seguido regresé las preguntas a todos ellos. Garrison era estudiante de Letras Modernas Italianas, Rey Hernández estudiaba Periodismo, Petrozza era escritor desconocido y Laura, la bella Laura, era una fanática de Petrozza y no podía decirse más. Había dejado la escuela antes de terminar la prepa y aunque le gustaría estudiar teatro, no había tomado la decisión. ¿A ti te gusta leer?, preguntó Garrison. Contesté que sí e inmediatamente Rey Hernández preguntó qué te gusta leer y yo enlisté a mis autores favoritos: Cuauhtémoc Sánchez, Paulo Coelho, García Márquez, Carlos fuentes, Vargas Llosa… No había terminado aún cuando Petrozza lo hizo. Lanzó el comentario como mordida de lobo. Riendo, lanzando humo de tabaco por la nariz y petulante, dijo: eres el prototipo perfecto, del lector imperfecto. Y todos estallaron en una sonora carcajada. Laura se lanzó a Petrozza y lo besó. Premiándolo por humillar al prójimo. El comentario me hirió sinceramente. Hasta ese entonces yo estaba orgulloso de mi hábito de lectura y de la calidad de mis lecturas. Podía leer doscientas páginas en un par de días y poseía una nada modesta biblioteca personal. Enrojecí. Debo aceptar que en ese momento, con la mirada de todos encima de mí, pero sobre todo, con la mirada de Laura encima de mí, enrojecí. Tomé el vaso de whisky y di un trago rápido. Acto seguido pregunté, pues qué leen ustedes. Lo hice dejando escapar toda la inseguridad en mis palabras. Entre todos mencionaron un montón de nombres que yo ni siquiera había escuchado mencionar. Hay cosas que debes leer, y cosas que NO DEBES leer, dijo Petrozza y se ganó otro beso de la bella Laura. Allí terminó toda la conversación. Se negaron a continuar conmigo. El resto de la noche lo pasaron platicando entre sí. Me dejaron fuera. Como si no valiera la pena perder el tiempo conmigo. Incluso Verónica me dejó fuera. 

 Hablaron de anécdotas personales, encuentros, citas, sexo. En todas ellas aludían a Petrozza y a sus aventuras con mujeres desconocidas que sacaba de algún bar o de la calle o de fiestas o de donde sea. De sus borracheras monumentales (lo cual no era difícil imaginar; bebía a grandes tragos y llenaba el vaso dos o tres veces por cada una de todos los demás), de sus desventuras en la ciudad, etc. Todos reían acalorados, brindaban por las victorias sexuales de Petrozza, y yo me preguntaba cómo demonios, o por qué demonios, Laura salía con él. Martin no censuraba la lengua, hablaba desinhibidamente sobre cómo folló a tal o cual chica. Incluso contó abiertamente sobre su acostón con una mujer tremenda, así lo dijo: una mujer tremenda, el sábado pasado. Laura reía con él y no mostraba el menor atisbo de celos o reclamos. Garrison y Rey reían también y paradójicamente Verónica era la única que sonreía tímida, como si no lo disfrutara. Me convertí en espectador del cuadro. La situación incómoda en que me sumergieron dejó de ser incómoda y se tornó interesante. Yo no dejaba de mirara a Laura. Debo confesar que las mujeres hippies no son mi tipo, pero Laura era de tez rosada, rubia y ojos azules. Era una mujer de encanto. De no ser por su poco arreglo personal, bien hubiese sido una Scarlett Johansson. Así que aproveché el momento que todos, borrachos, se levantaron y esparcieron por toda la sala para acércame a Verónica y preguntar por los detalles de la relación entre Laura y Petrozza. Llevan tres meses de noviazgo, me explicó, y aunque así lo parece, no llevan una relación abierta. Petrozza se acuesta con Laura y con cualquier mujer que se lo permita, pero a su vez, Laura no se acuesta con nadie que no sea él. Qué injusto, dije. Sí, dijo Verónica, ¡qué injusto! Pero Verónica no aludía a la misma injusticia que yo; su injusticia estaba llena de celos. Cosa que me sorprendió sobremanera. Ella, Verónica, celosa de un imbécil como Martin Petrozza, ¡no lo podía creer! Comencé a odiar a Petrozza enserio. Era un ebrio de cantina barata, un vividor y un patán, y salía con la versión hippie de la Scarlett Johansson del DF, y por si fuera poco, encendía los celos de Verónica Pinciotti, que era una especie de Catherine Z Jones mexicana. No pudiendo más con la incógnita, me acerqué a Laura que estaba echada, literalmente echada en el sofá; Petrozza platicaba con Garrison en la esquina de la habitación, y Verónica, al dejarme, se acercó a Rey y lo llevó aparte. 

Laura era una mujer sociable. Sin necesidad de preámbulos me platicó de su amor al teatro. Le encantaría estudiar teatro y  si no lo había hecho ya era porque no tenía dinero para pagar un buen colegio. Y tu novio, dije, ¿no te ayuda? Qué va dijo riendo, Petrozza no tiene ni dónde caerse muerto. Yo soy la que las más de las veces corre con los gastos. Sentí unas ganas de... al cabrón de Martin Petrozza, al tiempo que una extraña admiración. Mi educación, mis principios. Yo jamás... Laura no merecía aquello. Jamás en la vida podría yo tratar a una mujer así. Jamás podría yo. No podría. Primero los principios y luego... NO PODRÍA. Con todo el dolor de mi orgullo personal tuve que aceptarlo: ninguna mujer me amaría al grado de soportarlo. De allí nacía la equívoca admiración.

 Petrozza llamó a Laura y ella corrió dócil a sus brazos. Quedé solo. No tenía nada más que hacer allí. Me despedí de Verónica Pinciotti y el resto de los presentes. De Petrozza no. Me fui sin despedirme de Petrozza. Me despedí de Verónica, de Rey, de Garrison... y al final me despedí de Laura. Aparte. Me pegó un beso en la mejilla y enrojecí. Ella rió sin aludir a nada. Y como ya había demostrado la pena y no tenía nada que perder, pregunté si nos volveríamos a ver. A solas. La invité a salir. Como amigos, añadí antes de dejarla responder. Laura lo pensó un par de segundos y finalmente aceptó. Me apuntó el número de su teléfono móvil en el brazo, con una pluma fluorescente que sacó de un pequeñísimo bolso floreado. 

2

Crecí en una familia disfuncional. Padre nos abandonó cuando yo cumplía los siete años y no le he vuelto a ver. Me entero por conducto de Madre, con quien vivo en un pequeño apartamento en la delegación Tlalpan, que continúa siendo el mismo borracho de mierda que siempre fue. Tras separarse de Madre ha tenido cuatro intentos, todos fallidos, de matrimonio. Todas las mujeres le abandonan por el mismo motivo: alcoholismo. Todas y todos (su familia, etc.) le han abandonado excepto Madre, la mujer que el desagradecido abandonó, y la única de todas, las más pendeja de todas, que sigue enviando dinero cuando llama desesperado, al borde del llanto (o llorando a moco tendido), porque necesita dinero para un trago. O moriré, se atreve a decir el hijo de puta. Así lo conoció Madre y ese fue el pretexto eterno de aquel cabrón. Así me conociste, mujer, gritaba a Madre todas las noches que ella, apenada, pedía explicaciones sobre su manera de beber. O cuando le sugería parar un poco el vicio. Siempre quiso hacer de él un hombre decente. Los tres años de noviazgo, antes de mi llegada a este mundo se empeñó vehementemente en cambiarlo. No lo logró. Se casaron cinco meses después debido al embarazo. Cuando Madre lo dijo a Padre, éste, contentísimo, fue el primero en proponer la boda. Madre se pensó que al fin Dios se apiadó y que el bebé, un ángel enviado del Cielo, lograría calmar la sed incesable de Padre. No fue así. Siete años. ¡Siete malditos años de infierno durante los que Madre no perdió nunca la esperanza de hacerlo entender! Padre nos abandonó y a la fecha Madre guarda la ilusión, muy en el fondo de su corazón, de que algún día regrese cambiado y rehabilitado.  

 Conocí a Martin Petrozza en el Café la Selva del Centro de Tlalpan. Yo bebía café y leía Moliere cuando de la nada se acercó a mí, se sentó a mi mesa y no sé exactamente cómo, entró a mi vida. Salimos un par de semanas, semanas que bastaron para saberlo: este hombre es el Diablo. Al tiempo que me seduce no esconde su verdadera naturaleza: hijoputa. Pero era un cabrón con ángel. La mayor parte del tiempo me hacía enfurecer. Salía con otras mujeres, yo lo sabía, y mi presencia no evitaba que se pusiera a ligar a cuanto culo pasara. Meseras, señoras delante de nosotros en la fila de equis lugar, vendedoras de perfumes, recepcionistas, vecinas, hijas y madres por igual. Aunque al final, como él mismo decía: es puro juego, nena, no me acostaría con las madres de las hijas. Me dejaba plantada. No contestaba las llamadas y jamás, por ningún motivo, él llamaba. La mayor parte del tiempo yo sufría. A todo esto había una parte buena, claro; un motivo para soportar aquello. El mínimo detalle para seguir con él. Y es que era noble. En el fondo(?). Podía verlo en sus ojos, en su sonrisa, en sus maneras. No era un hijo de puta nato, sino el monstruo que una sociedad de hijoputas había creado. Hacerse el duro es una forma de sobrevivir, decía, y era cierto. 

 Fue al segundo mes de relación cuando caí en la cuenta del asunto: Martin Petrozza era la viva imagen de mi padre. El subconsciente me estaba jugando una broma y yo, redondita, caí en ella. Estaba forjando un destino idéntico al de Madre. A priori podía saber que jamás, JAMÁS, cambiaría. Se moriría siendo el borracho hijoputa que es ahora. Eso pensaba. Pero también pensaba: sí su verdadera naturaleza es la bondad, y su maldad es adquirida, existe la posibilidad...  Continué saliendo con él aunque tomaba mis precauciones. Salía con él porque me gustaba estar con él pero ya no buscaba cambiarlo a toda costa. Me resignaba y me deslindaba de la responsabilidad de hacerlo. No me quedaría en esa relación más del tiempo necesario para encontrar otro noviazgo. Deseaba evitarme la parte de soledad, donde se sufre y se extraña. Con Martin me comportaba linda y comprensiva. No le celaba sus aventuras con mujeres ni sus borracheras y le permitía hacer lo que la gana le diera, pensando en todo momento, que posiblemente este sería el último día que lo mirara. Así todos los días. Buscaba una salida. No podía hacerlo por mí misma, era demasiado débil para ello; necesitaba el lazo salvavidas de algún tercero. Un tercero que fuese todo lo contrario a Petrozza sería estupendo. No quiero decir que engañaba a Martin o que me buscaba desesperada algún hombre más. Simplemente dejé la puerta abierta.  

3

Nos citamos en Miguel Ángel de Quevedo a las dos de la tarde. Llegué a la una y aproveché para echar un vistazo a la librería. Recorrí los estantes sin buscar nada particular. Paré en un libro de Cuauhtémoc Sánchez, La fuerza de Schecid, que faltaba a mi colección Sánchez. Lo puse bajo el brazo y continué. Entonces me llegó de golpe. El comentario de Petrozza. ¿En qué podía compararse la pseudofilosofía de Sánchez con las titánicas ideas de Wittgenstein? Libré una lucha interna ante la situación. Era complicado. No deseaba llegar a Laura con algo como La fuerza de Schecid, y al tiempo, no hacerlo implicaba reconocer (cosa que no haría por orgullo personal) que los comentarios de Petrozza y sus amigos influyeron en mí. La decisión me costó un gran esfuerzo. Cogí a Sánchez y corrí a la caja. Tenía que pagarlo antes del arrepentimiento. Lo aventaría al portaequipaje y no lo sacaría de allí hasta llegar a casa. Laura no se enteraría jamás. 

 Salí de la librería y me topé con ella. La vida no me dio oportunidad de llegar al auto. Saliendo, justo saliendo de la librería Laura chocó conmigo. ¿Qué haces aquí?, pregunté asombrado. La pregunta fue estúpida, lo sé, y Laura dijo no te preocupes, tranquilo, no hay preguntas estúpidas… sólo estúpidos que preguntan, terminé la frase. Ambos reímos a mandíbula suelta. Caminamos, la encaminé hacia el lugar donde había aparcado el Audi y luego de algunos pasos sucedió lo inevitable: ¡qué traes ahí!, preguntó Laura curiosa por saber qué escondía bajo el brazo. Un libro dije rápido sin dar importancia. ¿Qué libro?, preguntó  y yo no sabía qué decir. Era inevitable. Laura lo sabría, soy el prototipo perfecto del lector imperfecto, ya lo sabía; quizá deseaba comprobarlo una vez más. ¿A ver?, insistió ante mi mutismo. Se lo estiré contra toda mi voluntad. Laura lo cogió, sacó de la bolsa el libro, lo miró y luego, sin decir absolutamente nada, lo regresó a la bolsa y me lo regresó a mí. No dijo nada. Yo tampoco dije nada. Llegamos al auto. 

4

 La oportunidad llegó al tercer mes. En casa de Verónica, la amiga rica de Petrozza. Aquella noche Verónica se tomó el atrevimiento de invitar a un extraño. Para ese grupo de amigos cualquiera era un extraño. Incluso yo misma me sentía una extraña. No eran precisamente hostiles pero tampoco eran precisamente acogedores. Mantenían una delgada línea entre ellos y tú. No importa lo amable que fuese Verónica, no importa lo mucho que te dijera buenas tardes, cómo estás, pasa, no te preocupes o se interesara por ti. No importa. Algo te dejaba ver que jamás llegarías a ser parte de su mundo. Y te dabas cuenta: no le importas un carajo, su amabilidad es compromiso. Y aquella noche llegó un extraño, un chico ajeno al grupo: Rubén. Era bien parecido, educado y con un futuro prometedor. Justo el tipo de hombre que puedes imaginar muerto de ganas por salir con Verónica. Estudió Administración de empresas en el Tecnológico de Monterrey y recién ingresó a trabajar para una de las empresas del padre de Verónica. No bebía frecuentemente, no fumaba y no estaba loco. El polo opuesto de Martin Petrozza. Deseaba ser alguien productivo en la sociedad, comprar una casa, un perro, una mujer para toda la vida, hijos, etc. Todo esto me lo contó en un café de Miguel Ángel de Quevedo. Hasta ese entonces yo jamás salí con nadie que no fuese Petrozza, mi novio oficial (?). Me pregunto si yo era la oficial, o la de cajón o la peor es nada o la qué de Martin. Rubén me invitó a salir y acepté gustosa. Mis intenciones no eran ningunas en particular. Saldría con Rubén y dejaría el resto a él o al destino. No me preocuparía por nada; por si Verónica se entera y se entera Martin o por si a Martin le importa. Aunque esto último era tan o poco probable que daban ganas de estampárselo en la cara a ver si así… Pero siendo sincera no creo aquello cambiara algo. 

5

La primera cita fue un éxito. Reímos. Para mí es importante reír, dijiste y nosotros reímos todo el tiempo. Laura se mostró como una mujer sencilla, amable, divertida, sincera. Comimos en un lugar llamado City Café, que era un café y un restaurante. El logotipo del lugar era una manzana. Te dije que lo notaras y hablé de la manzana en la historia. Comenzando por la Biblia. Asentías con la cabeza sin seguir la conversación. No te interesaba en absoluto. Y reímos. Dejé las manzanas y te tomé la mano. ¿Recuerdas? Fue la primera vez que te tomé la mano. Puse mi mano sobre la tuya y la dejaste allí, sonriendo, mientras yo te acariciaba el dorso. Y tomé tu mano muchas veces más. Sí, la primera cita fue un éxito. Pasamos de las manzanas al teatro, tu pasión. Me contaste lo mucho que te gustaría hacer teatro. Actuar, escribir, dirigir. ¡Hacer teatro!, decías. Hablamos de Pintura, de Cine, de Arquitectura. En todo tú parecías saber más. Siempre tenías la última palabra. Y eso me gustó. No eras una niña idiota llena de telenovelas. Eras una mujer de verdad. Con una personalidad definida, un criterio y mucha razón. Comimos crema de calabaza, pollo y ensalada. Y hablamos de tu cariño por los animales. Me contaste de Camilo, tu gato y de Andrea, tu canario. Como Silvestre y Piolín dije yo y reímos. ¿Por qué sales con Petrozza?, pregunté y tardaste en contestar. No lo sé dijiste y te supe triste. ¿Cómo ibas a saberlo? Yo mismo no sabía porqué salía contigo. Debí saberlo: tú no eras para mí. Con tus ideas subversivas. Con tus faldas de colores, tus sandalias, tu adicción a la hierba. Fue hasta la segunda cita que descubrí tu adicción a la hierba. Fuimos a C.U., a la Facultad de Filosofía y letras, a Teatro. A entrevistarnos con un profesor de Teatro que un amigo tuyo te recomendó.   No lo encontramos y dijiste necesitar un toque. No nos costó encontrar quién nos corriera un toque. Cincuenta pesos de marihuana. De la buena, dijo el vendedor, Golden Acapulco, de la buena. Nos internamos en el bosque y liaste un cigarrillo de esa cosa. De tu bolso sacaste papel para ello y lo liaste. Tenías todo menos lo más importante. Tenías sábanas, encendedor, un manzana, por si se acababan las sábanas, tenías pastillas de menta y perfume para el olor. Tenías todo menos la marihuana. Te lo dije. Y reímos. Allí, colocada de hierba confesaste odiar a Petrozza. Es un hijo de puta de mierda, dijiste y llorando me abrazaste, me besaste y prometí que yo jamás...


 Continuamos saliendo. Continuaste clavando la espina en mi pecho. Diciendo que lo tuyo con Petrozza era una estupidez. Lo decías cada que la nostalgia te llegaba y jurabas que eso acabaría. Jurabas que acabaría pero nunca decías cuándo. Decidí ser paciente. Salimos a museos, bares, al teatro, vimos Hamlet en el teatro, y yo me aburrí bastante y la verdad es que tú también. Amabas el teatro pero te aburriste al grado de bostezar más de una vez. 

Yo lo sabía. Te escuché. No dije nada pero te escuché. Fingías ir al sanitario. Llamabas a Petrozza. Le decías que estabas conmigo. Le contabas todo lo que hacíamos, incluso que nos besamos. Era tu manera de suplicar cariño. Al final siempre cortabas la llamada. Enfadada por su desinterés. Y regresabas conmigo. Con tu máscara de felicidad y de alegría. Me besabas y decías quererme. No sé cómo ni por qué, decías, pero te quiero. Decías quererme cuando un segundo antes te confesabas con Petrozza. Sí, le gritabas estoy saliendo con Rubén, y es cosa que a ti no te importa. Pero yo lo sabía. Después de quererme a mí volabas a sus brazos y le hacías el amor y le rogabas perdón, un perdón absurdo pues él jamás te reclamó nada, y asombrada por ello regresas conmigo, para castigar lo que no tiene castigo.

 No me sorprendió cuando yo mismo se lo dije a Petrozza. Lo cité en el centro de Tlalpan, tengo que hablar contigo, le dije, sobre Laura, y con todo el pesar del mundo aceptó ir únicamente si yo prometía pagar la cuenta. Imbécil, pensé, sólo le importa el trago y su literatura. Está perdiendo a una bella mujer y sólo le importa sacar el trago y su literatura. Su maldita literatura. Todo el tiempo no paró de hablar de su maldita literatura. Yo le escuchaba esperando el momento de soltarlo. De decirle, tío (justo como él me decía a mí todo el tiempo), salgo con tu mujer y la he follado. Para que se le cayera la cara de mamón y se supiera menos vulnerable. Para que viera que no a todas las mujeres es irresistible. Ardía por lanzarle ese comentario. Ojo por ojo, diente por diente. No pude. No porque todo eso era mentira. No miraba a Laura como un objeto que arrebaté a Petrozza. No la follé. No, Laura, no. Aquella tarde en mi apartamento yo hice el amor. Así que lo que hice fue decir a Petrozza con todo el tacto posible, titubeando y sudando, que Laura es una mujer bellísima, encantadora, alegre y que estos  últimos días… no sé cómo decirlo… hemos salido juntos y… No. No iba a decir que lo hicimos en mi apartamento. Eso te dejaría como a una cualquiera, Laura, y tú no eras una cualquiera. No aún. ¿Sabes que me contestó? ¿No lo imaginas? Sí, me dijo: vale tío, muy bien, pero si piensas follarla debes saber que no le gusta por detrás. Cogió el medio cigarrillo que tenía en el cenicero, dio una fumada y continuó hablando de sí, de sí de sí mismo. Y tú sabes lo que pasó después. Corrí a ti y te dije lo que pasó, y lo poco que le importas a aquel cabrón y te pusiste a llorar. No sé por qué lo hiciste. Ahora sé que no amabas a Petrozza. Lloraste y me pediste no volver a verte. Corriste. Te detuve del brazo y te dije no llores, yo te quiero. Lo pensaste dos segundos y dijiste lo siento, esto no puede ser. Y yo no supe qué no puede ser, si no puede ser lo nuestro, o no puede ser que Petrozza no te quiera. Te marchaste. Para siempre. 

6

Hasta aquí, Laura, ¿qué puedo yo decirte?, ¿qué puedo yo contarte? Conoces la historia mejor que yo. Excepto el final, querida, pues  saliste corriendo, huyendo. Helo aquí: 

 Me entrevisté nuevamente con Petrozza. Le conté con lujo de detalle lo sucedido. Esta vez confesé haberte follado en mi apartamento. Le conté que desapareciste y creyendo que continuabas con él, le pedí una oportunidad para hablar contigo, la última dije y si no me quiere me quitaré del camino. ¿Sabes qué me contestó? Yo tampoco sé nada de ella, dijo. Lo dijo con la melancolía del hombre que sabe ha perdido a una mujer. Y el muy mamarracho, sí, ese cabronazo, fue él quien me instó a buscarte. Me animó a localizarte heroicamente. Me convenció de jugar al detective. Rondamos tu casa día y noche, Laura, discúlpame si te ofende; éramos dos locos detrás de una loca. Y lo supimos: Alejandro. Te miramos en el parque, en la plaza, en el restaurante. Te miramos feliz, bella, radiante. Te miramos, Laura; lo sabemos, nos dejaste por otro. Uno más. Dime, Laura, ¿no es Alejandro ocho años mayor que tú, o diez o quince? ¿No es el tendero del mercado, el borracho conocido por el barrio como el adicto al juego más patán de todos los tiempos? Ay Laurita, de mal en peor. Ya lo entiendo, nena, te gusta la mala vida. ¿Petrozza no fue tan malo después de todo? Esto no puede ser, dijiste y no sabes cuánta razón tenías. Yo me olvidé de ti, sencillo, después de todo fue bello mientras duró pero no podía ser, yo soy de otra clase social, querida, y Dios se encargó de quitar de mi camino la podredumbre, pero, ¿sabes que hizo Petrozza cuando lo supo? ¿Crees que no le importó? No lo sé Laura, no me lo dijo. Dejé de mirarlo antes de que escribiera esto que lees ahora. Dime tú si me importas, Laura. 

P.D.

 Laura, sábete que te amo estés donde estés. 

Atte: Martin Petrozza.  




7 comentarios:

  1. Lo mejor que he leído del repertorio de Petrozza, ya no sé si porque me identifico tanto con el texto o por la risa que a mí también me provocó cuando Rubén habló de sus autores favoritos y Petrozza le dijo "eres el prototipo perfecto del lector imperfecto".

    Frida Isabela

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  2. Jajajaj excelente con una vuelta de tuerca. Petrozza siempre me deja sorprendida y con ganas de más! Tengo una duda Petrozza ¿quien es Laura? Soy fan tuya desde que iniciaste este blog ( o casi) y de buena fuente me he enterado que esa Laura es Laura Duarte, que alude al apellido de una tal Gabriela, Gabriela Duarte y que supongo que no quieres que ella se entere yo ya la cagué!!! jajajaj pero no puedo evitarlo!! necesito saber, soy chismosa!! si lo confienso!!

    El titulo del cuento es genial!

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  3. wooow esta muy bueno el cuento. yo casi no leo pero me gusto m ucho

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  4. muy bueno tiene toda la psicologia de los personajes y en final inesperado!!

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  5. excelente cuento!!!!!!!!!!!

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  6. Petrozza, eres bueno cabron, eres bueno.....

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  7. Pues no eres tan wey!! para escribir,(por no decir pendejo,ya que se lée más feo)lo que eh leido de tu autoria en tu blog me parece que ya méro te hacercas a poder escribir algo todavia mejor, que lo admiren los que no somos el prototipo perfecto,del lector imperfecto,osea los que si se la saben en el mundo de las letras,a pesar de que eres un "yupi","nini"(a medias por que aunque sea escribes)creo que estudiaste en escuela particular y el por eso luego de los pinches modismos(españoletes) que me lleguan hasta la punto del falo,en vez que digas"verga,me la cojo,se la clavo,saco mocos,se vino etc".es lo que debes mejorar,ya que los modismos que usamos son diferentes,por que recuerda que primero escribiras para tu entorno cultural,y puede ser que luego traspases barreras.Bueno veremos si realmente eres bueno en esto y posteriormente te puedas codear con los grandes de la literatura contemporanea..Saludos att.(JERCEDU).

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