viernes, 25 de febrero de 2011

Y el amor (Fragmento de novela).

Escritor Invitado. 

La sencillez.

 Tío Gregorio, el filósofo de la cuadra, murió sin decir nada interesante. Trabajó cuarenta años en la metalúrgica maniobrando calderos de plomo. Cuarenta años que no guardan en la hoja laboral ninguna queja, extrañamiento, o ausencia injustificada. Los escasos documentos de aquel tiempo lo acreditan como un empleado ejemplar; digno del recuerdo que aun abrigan esos compañeros de época que, henchidos de nostalgia y orgullo ajeno, celebran el mítico rigor de sus horarios, esa extraña felicidad, el espíritu de servicio con que realizó su labor de menestral impasible de las seis de la mañana a las cuatro de la tarde.

 Nunca aprendió a manejar. Los vecinos de la cuadra ajustaban sus relojes a las cinco menos quince, tranquilos porque el mundo giraba puntual cuando el tío aparcaba junto a los rosales su bicicleta de veterano: símbolo de la orden comunal donde fluía sin prisa nuestra vida monótona y feliz. Los vecinos respetaban su extraña capacidad para imponer el tiempo. Cuando murió -el tío, que no el tiempo- expropiaron su bicicleta y con ella hicieron un extraño monumento, un icono de la constancia, un símbolo pagano para celebrar a su filósofo local con músicas tropicales y fritangas. Pero al final se rindieron ante las estocadas -del tiempo, obviamente- y se entregaron al olvido, a la negligencia de abandonar esa máquina extraña –la bicicleta, que no el tiempo- a su suerte, a la condición de un pertrecho oxidado sobre un nicho de cemento.
El tío saludaba poco. Solía despabilar al canario con un par de golpecitos en la jaula. Al abrir la puerta su silueta oscura dominaba el umbral; el sol de las cinco caía sobre sus hombros como una cascada de luz que le daba un aspecto místico, aterrador; de negativo enmarcado en un portarretrato gigante (así era como Gabriel imaginaba que debía verse Dios, en caso de que Dios se dignara a entrar por la puerta, «como toda entidad que se respete, y no por los pasillos oscuros de la fe»). El tío cerraba la puerta y cortaba de tajo esa masa convulsa de luz derramada. Ya en la sala, me saludaba con una expresión -jocosa pero solemne- que nunca pude resolver. Se acercaba de puntitas, con el dedo en la boca, y sacaba del overol un chocolate que yo contemplaba como un objeto sagrado; entonces la voz de tía Lula atravesaba la cocina y decía clarividente «no, hasta después de la comida» y había que esperar -como se espera todo lo sagrado- hasta después de la comida. El tío encogía los hombros, acatando esa orden inapelable.

 En dos semanas me habitué a su juego de rutinas y a la religiosidad con que se reguardaba el chocolate. Me quedaba con la mano al aire, con la congoja de aprender a la mala que lo sagrado puede venir en forma de chocolatinas, o de pulsiones que sólo pueden disiparse en la virtud de la contemplación o la paciencia.

 El tío arrojaba su juego de llaves al platón. Si caían dentro, hacía un gesto soberbio, con un golpecito en la barbilla. Si caían fuera, su rostro era el de un hombre derrotado, y yo corría a ponerlas en su lugar.

 Entre su lista de objetos sagrados, nada me intrigó tanto como su caja de cerillas inservibles para el fuego: un artefacto de madera sólida como un ataúd diminuto. Al frente lucía la leyenda de una vieja aseguradora iberoamericana, «Cervantes S.A», escrita en caracteres semigóticos. Al reverso la imagen de un libro abierto, y una viñeta de Alonso Quijano trazado al gusto de Doré. Parecía tan antigua como el tío, incluso tan antigua como Cervantes.
El tío colocaba la cajetilla sobre la mesa de centro, esparcía los fosforitos de cabeza verde sobre el vidrio, los ordenaba muy juntos, hombro con hombro –mejor dicho, cabeza con cabeza-; tomaba uno y lo recostaba lentamente dentro de la cajita, con cuidados de enfermera. Me impresionaba el excesivo cuidado, la profunda concentración de quien maniobra explosivos inestables. Yo me limitaba a contemplar la peligrosa operación –ahora sé que era peligrosa-, e incluso respiraba muy bajito para no interrumpir la proeza –ahora sé que era una proeza-. Cuando todos los fosforitos estaban de nuevo en la cajetilla, la cerraba y la envolvía en un viejo trozo de piel curtida, se la regresaba al bolsillo del corazón y cerraba los ojos; suspiraba, se daba palmaditas en el pecho, como si acabara de salvar al mundo –ahora sé que realmente lo hacía para salvar su mundo-. Todo eso me resultaba un acto de oligofrénica ociosidad, una manía (¿Para qué sacar y volver a meter algo que ya estaba dentro?) y es que entonces no estaba enterado, pero el tío había realizado la misma operación día con día, a la misma hora, durante cuarenta años. Guardar cerillos en la misma caja durante tanto tiempo era, por decirlo de algún modo, la actividad fundacional de su vida. El tío Gregorio había logrado lo que hasta el filósofo más rutilante anhela en secreto: que toda su filosofía quepa en una caja de cerillas.

 Prosigamos con sus rutinas para sostener el mundo: prender el televisor, quitarse los zapatos-tanque, la camisa de franela, el overol del día; y ya en calzones, como un bebé de sesenta y siete años, giraba los canales hasta dar con viejas comedias y documentales de la vida salvaje. Si algo llamaba su atención, gritaba emocionado «¡Mira, Lula! Descubrieron en África una araña idéntica a una hormiga; le llaman La araña-hormiga» y ante tal obviedad que raya en la estupidez, la tía gritaba sin descuidar el picado de cebollas «¡Qué interesante!», el tío levantaba el pecho y me daba golpecitos en las costillas con su codo enorme, diciendo «¿Ves? te dije que eso era interesante» y yo terminaba asumiendo que una araña-hormiga era lo más interesante del mundo sólo porque él había insinuado que lo era, y porque todo lo que decía guardaba en esencia un hálito de misterio. Había dos razones para ello: la primera, que el tío nunca dijo más de tres frases juntas, (hablaba como si tuviera contadas las frases de su vida), por eso cualquier cosa que dijera se elevaba al rango de acontecimiento. La segunda razón es menos lógica pero más poderosa: estaba convencido que el tío era un loco. Pero no un loco ordinario, sino esa clase de locos que se entretienen convenciendo al mundo que no lo son. En mi labor de enfermero psiquiátrico –próximo adjunto al área de agitados- he visto muchos locos: algunos se empeñan tanto en convencer al mundo de su cordura, que terminan por convencerse ellos mismos, y se curan sin quererlo (no, la verdad es que no se curan nunca, sólo se acostumbran a una falsa lucidez), claro que el tío no era de esa estirpe: cultivó y protegió su locura hasta el final (la verdadera locura es tan escasa y tan frágil que uno debe  protegerla a toda costa). Nunca presumió de ella, y tampoco negó lo contrario. Estar loco era su manera de sentir el mundo.

 Terminadas las comedias y/o documentales, se paraba frente a mí y decía muy solemne:
-Toma, te doy el control absoluto… del televisor  -. Sacaba las llaves del platón y bajaba al sótano. 
Cuando regresaba ya traía pantalones.

 El tío Gregorio era muy grande y con el gesto duro de los hombres nobles; robusto y óseo, poco hábil para la muerte. Una especie de tótem vivo que en mi infancia representó al guardián de eso que Julieta y yo nombramos «la dimensión pequeña».

Ese hombre que rozaba la tercera edad (la tercera adolescencia, como él decía) tan lleno de vida, murió un año antes de que lo enterraran. Quiero decir que su alma se murió tan de repente, que al cuerpo le tomó un año asumir la pérdida. Entonces vino la transformación: se fue marchitando en la pura soledad, obsesionado por la visión de que a los muertos les crece el pelo y las uñas y los dientes con la misma naturalidad con que lo hacían en vida. 
-La naturaleza y la parca no siempre se ponen de acuerdo -dijo alguna vez, siendo eso, quizá, lo más cerca que estuvo de una frase interesante.

 Luego se desentendió del mundo. La realidad –o esto que llamamos realidad- orbitaba como un satélite borracho sobre su mecedora de mimbre. En ese mueble horrible se empeñó en esperar la muerte del cuerpo, envuelto en una cobijita roñosa que no era ni fría ni caliente, pero sí muy eficaz para recolectar las marañas de pelos que regaba al descuido. Cuando se hacía ovillo en la mecedora comenzaba a menearse como un péndulo, un velero, un metrónomo; un reloj desganado que le gustaba fumar sin prisa, contemplar el azul calichoso de las paredes o el gris del televisor apagado.

 Se desentendió de los vecinos, y los vecinos se desentendieron del tiempo, cada vez más enrarecido: Llegaban tarde a sus trabajos y citas, y poco a poco se resignaron a entenderse con la frialdad de las horas producidas en serie por esclavizantes máquinas de precisión amarradas a sus muñecas.

 La sala se convirtió en un hoyo más hermético y profundo que el sótano, con un  aire venenoso como el de una mina. Quizá por eso a nadie le acongojó la muerte súbita del canario, y que el tío lo siguiera espabilando a fuerza de golpecitos curiosos, con más ahínco que cuando estaba vivo. Luego de un rato, el tío notaba que el canario ya era un amasijo de hormigas y plumas secas, entonces se echaba la cobijita al hombro, como un reboso, y arrastraba los pies hasta la mecedora.

-Deberíamos enterrarlo -decía yo, mirando con asco ese cuerpecillo descompuesto.
-¡No, déjalo ahí!
-Pero ya esta muerto.
-¡Yo también estoy muerto! –gritaba, sin perder el ritmo de la mecedora, mirando por la ventana las rosas que se iban marchitando en cámara rápida, como en esos documentales que dejaron de importarle. Para entonces era evidente que el tío ya no quería entenderse con los vivos, y que le urgía terminar con el delirio del cuerpo. Se había convertido en una especie de medusa, un Rey Midas sentimental: todo lo que tocaba, aunque fuera con la mirada, lo convertía en un objeto de la tristeza. (Muchos años y muchas personas con sus muertes y desapariciones tuvieron que pasar para comprender que el tío no sufría, sino que disfrutaba todo eso como parte de una decisión  bien determinada).

Un día lo encontré con un espejo en la mano, tratando de mirarse las orejas.

-Tío ¿qué estás…
-Son los pelos. Mira, están creciendo -dijo, señalando algunas canas que se exhibían maliciosas por el pabellón. Luego retiró el dedo, temiendo que las canas lo escucharan, y con un gesto de los ojos me urgió a mirar ahí dentro. No sé si lo que vi era real, o producto de la sugestión que el tío generaba en la gente,  pero aun hoy día no logro explicarlo: un grupo de pelillos blanquecinos le iban creciendo lentamente, como si la naturaleza invisible los estirara.
Sus huesos también perdieron la noción del espacio: ambas rodillas y el codo izquierdo persistían en crecer dentro de un cuerpo que se encogía sin remedio, dándole al tío un aspecto de fenómeno de circo, un niño hecho de arrugas, envuelto en un traje de piel mal cortado. Parecía resignarse a todo eso. Yo no; yo estaba angustiado, porque ante las señales inminentes de su muerte final, cada día se alejaba más la posibilidad de conocer el sótano.

 Desde los cinco años mi única obsesión era el sótano (¡Qué maravilloso recordar la edad en que el mundo era un sueño inocente, inmaculado y eterno! «Uno empieza a morir cuando se incuba en el cerebro, aún blandito, la idea virulenta de la muerte» escribió Gabriel en sus primeras invenciones). Si hubiera tenido que escoger entre conocer el sótano o conocer a Dios, es un hecho que Dios habría perdido («Dios pierde todas las apuestas» decía Gabriel «porque nadie es tan ingenuo para apostar a favor de un ente que oscila entre la totalidad y la inexistencia»). En la infancia de mi mundo nada era más seductor, más aterrador, que ese lugar gobernado por un hombre aferrado a sus rutinas inapelables. Parecía ser el hombre más aburrido del mundo, y a la vez, parecía no aburrirse nunca. Pero todo cambiaba cuando cruzaba el umbral: dejaba en su camino un ruido sordo, de pasos amaderados. Su peculiar silbido entonando a Louis Armstrong me hacía pegar la oreja en la puerta; la oreja se adhería como un molusco que se alimentaba de suposiciones que caían –todas- en la misma hipótesis: el tío escondía una pequeña dimensión en el sótano.

 Era sin duda un pensamiento tímido, limitado. A los cinco años no entendía la dimensión de la palabra dimensión, y ante tal estreches de conocimientos, cualquier trivialidad era un asunto maravilloso (cómo duele aceptar que la adultez nos coloca en el terreno contrario, y entonces cualquier asunto maravilloso se torna, sin remedio, en una dolorosa trivialidad). Sin embargo, me alivia escribir todo esto sabiendo que su importancia, puertas afuera, es nula. Hablar de los asuntos del tío es un mero ejercicio personal, alpinismo catártico, periodismo familiar, esfuerzo del minero en busca de diamantes memoriales por la veta de sus vivencias. Virgilio –compañero de guardias, amigo en proceso de ser entrañable, y promotor de este fárrago- está convencido que para encontrar los hechos que el inconciente ha venido ocultando, debo hacer un recuento de las restricciones de mi infancia. Según Virgilio, esto definirá los resultados del ejercicio.

 La restricción más vieja que recuerdo es clara e inapelable: tenía prohibido bajar al sótano. 

 El tío se guardaba ahí abajo hasta la hora de la comida-cena, y regresaba un poco más feliz el primer jueves del mes, porque era día de chuletas bañadas en tomate (a tantos años de distancia, aun cuelga del especiero una lista amarillenta de treinta comidas regulares que apenas variaron una pizca su porción de sal y carnes rojas, según la edad y las restricciones médicas). A las ocho, la sobremesa duraba lo que un par de cigarrillos y una bola de helado. Los tíos disfrutaban mucho fumar y charlar de asuntos domésticos: visitas al dentista, listas de despensa, jardinería, herramientas. La tía nunca cuestionó el por qué de las cosas o las próximas decisiones. Era un portento de mujer abnegada (o eso pensé hasta que abrí el baúl del tío… pero me adelanto a las cosas); nunca escuché a la tía cuestionar las decisiones, o entregarse a la duda, la frustración o el fastidio.

 A ratos cuchicheaban y reían muy fuerte. A ella le gustaba llamarlo «Gordo», pellizcar sus brazos peludos y burlarse de su cara furiosa. Si había gente por ahí, reían igual, como si no les importara. Eso me hacía creer que el amor entre ellos era algo con lo que ya habían nacido, y que eso no cambiaría nunca.

 Tía Lula era muy bella, con el cuerpo pequeño y ojos de gota verdiazul, enormes. Parecía una niña con arrugas. Era quince años menor que el tío. Le gustaba tararear boleros mientras limpiaba la cocina. El tío odiaba los boleros, pero se empecinaba en ayudar con los trastes, acercarse tímido con la franela de secar los platos hasta que la tía se negaba diciendo «¡Deja! ya lo harás cuando me muera», y así todos los días, sin cambiar el tono de voz ni de rutina. El tío se fingía triste por el rechazo y volvía al sótano, arrastrado por una tristeza simulada.

 Había una extraña felicidad del alma imaginar lo que hacía el tío ahí abajo («El placer no nace de la certeza sino de las posibilidades» escribió Gabriel en su diario de invenciones; o sea que mi placer no consistía en saber exactamente qué hacía el tío, sino en imaginar las posibilidades de sus hechos). La poca relación con los vecinos, con mis padres, o con alguna diversión ajena a los documentales y Los tres chiflados, me daba libertad para imaginar al tío Gregorio, tan gregario y común, convertido en un científico loco, un brujo ancestral, miembro de una cofradía secreta de tíos taciturnos, agente secreto o explorador de reliquias extraterrestres. Alguien que al salir del sótano se colgaba el disfraz de aquello que todo filósofo circunspecto envidiaría ser: un obrero que durante cuarenta años manipuló calderos de plomo.

 Presa de un mal presentimiento, el día de mis trece años de mala suerte me atreví a preguntarle qué hacía en el sótano (Digo «mis trece años de mala suerte» porque ese día el tío decidió morirse con todo y cuerpo). Estábamos tomando el sol en la azotea, mirando desde nuestras tumbonas de playa el tránsito impasible de las nubes.

-Tío: qué hay en el sótano –fingió no escucharme. Siguió vigilando las nubes.
Convencido que el sótano albergaba una dimensión pequeña, y que el tío moriría en cualquier momento (no por un percance del azar, ni extraviados gigantismos de su cuerpo mal cortado, sino por mera convicción determinada), presintiendo que luego de mis trece años de mal agüero no volvería a verlo con vida. Insistí en la pregunta:
-Tío: qué hay en el sótano –el tío se encogió de hombros. 
-No hay mucho. Libros viejos. Algunos discos.
-Bueno, en realidad quiero saber qué haces tú ahí abajo.
-No mucho –repitió, se volvió a encoger de hombros y regresó la mirada al cielo, ocupado en agitar su cerveza. Yo insistí una vez más, hasta que me dijo con un gesto gruñón –falso- «pero qué bonito chingas», y me reveló al fin sus actividades secretas: 

Las increíbles actividades secretas del tío Gregorio:
* Encender el tocadiscos.
* Recostarse en el sillón a escuchar álbumes vinílicos.
* Beber dos cervezas. 
* Leer un libro. 
* Fumar un cigarrillo. 

Por la noche [fuera del sótano] 
* Recoger al canario. 
* Ducharse.
* Acostarse. 

Antes de dormir [opcional]
* Fumarse otro cigarrillo.

 Esas eran las cosas increíbles que hacía el tío desde la pequeña dimensión. 
Se me cayó el mundo. Su respuesta fue un puñetazo que derribó el placer de la posibilidad, y sobrevino el dolor de la certeza.

 Era absurdo que alguien tan común y corriente mereciera algún respeto, ¿Cómo considerar filósofo a un anciano que jamás dijo tres oraciones juntas,  y que al final de sus días no lograba distinguir a un canario vivo de otro lleno de hormigas? Pero los vecinos le tenían respeto ¿por qué?; quizá el tío se traía algo grande entre manos –pensaba- o los vecinos eran grandes idiotas –repensaba-. 

 Para Gabriel la humanidad se dividía en dos tipos: la que es idiota y la que está muerta [a tantos años, esa taxonomía no ha variado gran cosa].
Sin dimensiones pequeñas que descubrir, el misterio se redujo al tamaño de una broma, el sótano se volvió un nido de trivialidades y el tío Gregorio me pareció el hombre más pobre y vulgar de la tierra. ¿Qué de mágico había en todo eso? ¿Cuál dimensión se escondía en el acto de leer y escuchar discos viejos? (¡Peligrosa es la ignorancia! No imaginaba que leer y escuchar discos viejos sería la única actividad que, en el presente, realizaría con placer y melancolía).

 Me resigné a la lógica: un hombre dedicado a hacer lo mismo toda la vida sólo podía tener placeres corrientes e inalterables.

 Cansado de tanta monserga, de las rutinas del tío, de los estúpidos fosforitos y sus viajes en calzones al sótano, me floreció el rencor: No existía dimensión alguna, y su negativa a dejarme entrar al sótano era el juego de un anciano patético, simplón; un borrachín huevos blandos que disfrutaba hacerse el interesante frente a un niño de cinco años ¡Viejo engreído! pero no previó que el mocoso ingenuo crecería, y sin el menor reparo le reclamaría tantos años de burla.
-Yo nunca me he burlado de ti, ni de nadie.
-¡Me ocultaste la verdad!
-Nunca te oculté nada.
-Claro que sí.
-Claro que no. Jamás te dije nada sobre el sótano porque hasta hoy me lo preguntaste –dijo con indiferencia, concentrado en la nube. Cuando la nube se desvaneció, el tío agarró su cobija roñosa y regresó al limbo de su mecedora. Yo me quedé sobre mi tumbona, callado, pensando que tenía razón: jamás le había preguntado, verbal y explícitamente, qué hacía en el sótano. Fui yo quien se inventó la gran  monserga de la dimensión pequeña para no enfermarme de realidad («La realidad es algo de lo que uno puede enfermarse sin remedio, a la menor provocación» escribió Gabriel), y como esta idea de lo dimensional era mía, y el tío jamás se ocupó de lo ajeno, consideró un ocio revelar sus actividades.

 Seguía tirado en mi tumbona, decepcionado de que el sótano no abrigara ningún misterio, ningún asunto extraordinario… ¡Qué ingenuo! Debí advertir que el gran misterio del sótano consistía, precisamente, en esa labor silenciosa de no producir ningún misterio (escribo esto desde el sótano, hojeando al viejo señor Edmund T. Que desde una vieja edición me dice con desenfado: «…yo estoy en mi casa, hablo mi lengua, odio las cosas extraordinarias. Ellas son la necesidad de los espíritus débiles…») El tío, recuerdo, se levantó y se recogió a sí mismo, como una bolsa de huesos malechos. Ya lo imaginaba roncando en su mecedora, pero minutos después regresó con más cerveza y se dejó caer en su tumbona.

 Tuve entonces la oportunidad de presenciar –por segunda vez- la última transformación del tío. Quedé sorprendido: ya no era ese fenómeno esmirriado que se enrollaba en su cobijita. Era el tío Gregorio carismático y vital que conocí en la infancia, como si al viajar a la cocina por más cerveza hubiera viajado en el tiempo para recuperar ese cuerpo de hombretón poco hábil para morirse. No pude cuestionarlo. El tío se regodeó en la silla. Estar ahí parecía lo más placentero del mundo. Destapó dos latas. Yo jamás había probado cerveza (cómo leerían esto las nuevas generaciones de adolescentes que, a los trece años, ya lucen un gesto de hombres derrotados, de mujeres con el corazón aburrido), pero no pude negarme, porque el tío puso la cerveza en mi mano con la naturalidad de dos viejos compañeros de cantina.

-¿Quieres un limón con tu cerveza?
-Sí, por favor -de su chamarra sacó un limón. Lo partió con los dientes. Me dio una mitad y la otra la escupió al suelo.
-Yo la prefiero sin limón. La cerveza con limón es para maricas –dijo, con una risita burlona, como si fuera algo realmente gracioso. No sólo estaba rejuvenecido, sino radiante, imbuido por la inagotable felicidad de otros tiempos. Notó que su excitación me perturbaba. Suspiró profundo y ralentizó el ritmo de sí mismo. Se recostó en la tumbona; cerró los ojos. Dijo:
–No me hagas caso.
-Está bien.
-No hagas caso a un anciano. Un anciano sólo es un anciano ¿Entiendes?
-Entiendo.
-Tampoco hagas caso a los que dicen que saben, o a los que parecen saber pero no lo dicen, ¿entiendes?
-Entiendo.
-Nadie es sabio, ni tiene la verdad de nada. Nadie sabe la respuesta de nada. Un anciano sólo es un anciano ¿entiendes?  
-Entiendo.
Se inclinó y comenzó a observarme con un aire teatral. Lo deduje borracho. Volvió a recostarse; cerró los ojos:
-Trabaja y sé constante, siempre. No preguntes por qué lo haces ni esperes recompensa, tampoco esperes una certeza ¿entiendes?
-Entiendo.
-Tú eres tu única certeza. No esperes la verdad de otros, ni su certeza. Nadie lo necesita ¿entiendes?
-Entiendo.
-¿Quién diablos necesita una certeza? ¿Tú quieres una certeza? 
-Bueno... no sé.
-Yo te daré una certeza: sufrirás.
-¿Sufriré?
-Y será maravilloso -dijo, y dio un trago profundo.  

 No entendí nada. Tampoco las entiendo ahora. Dejé que hablara y hablara porque era la primera vez que se dirigía a mí por más de un minuto.
¡Cómo quisiera recordar cada palabra de aquella tarde! Pero estaba absorto en lo que él era, y sólo puedo recordar la seguridad de sus gestos cuando decía que la vida es tal cosa y que la muerte era esto y aquello, y el amor… el amor era esto y esto otro. Lo recuerdo hablando con la seguridad de quien ha vivido inmerso en todo ello.
¡Cuánto perdemos en el camino por no apreciar el valor de un momento!, los momentos son efímeros, de ahí su valía incalculable; en vano exprimimos la vida queriendo recuperar lo que hemos extraviado para siempre.

 El tío siguió hablando y hablando, convencido de que yo recogía sus palabras, las más largas de su vida, cuando en realidad estaba idiotizado por el movimiento de su mano agitando la cerveza. 

-¿Entendiste lo que dije?
-Sí –mentí.
-Es importante que lo recuerdes.
-Lo recordaré –rementí. No cuestioné por qué me pedía recordar las palabras de un  viejo cuando me había pedido no confiar en nadie. Volvió a cerrar los ojos y a recostarse.
-Un hombre debe hacer lo que tiene que hacer ¿entiendes?
-Entiendo –dije.
-Un hombre debe hacer lo que tiene que hacer… –dijo, ahora con el gesto más cansado, porque sus cinco minutos de juventud se fueron desinflando, dejando de nuevo sobre la tumbona ese montón de huesos esmirriados que ya me había acostumbrado a mirar. Quise acercarme y abrazarlo, porque nunca lo había hecho, y porque estaba seguro que no tendría otra oportunidad de hacerlo, pero antes de que me atreviera, exclamó:  
-¡Mira qué maravilla! –entonces desplegó la mano sobre el horizonte. Las colinas y las casas y todo lo que su mano alcanzó a tamizar, reverberó como un cuadro sumergido en un agua profunda.

 Sacudió su cabeza, luego del trance destapó dos cervezas más y metió la mano al bolsillo. Pensé que sacaría otro limón, que lo partiría con los dientes como un mequetrefe de cantina. Sacó una llave con un moño rojo.

-Sé que odias los cumpleaños. No hagamos fiesta de esto –colocó la llave en mi mano y se levantó sin prisa. Comenzaba el frío. Sonrió cuando tomé la llave y seguimos mirando el cielo. Él sabía lo que yo intuía: que era la última vez que compartíamos el asombro por la inmensidad del cielo, y que esa tarde de nuestra despedida llegaría de nuevo –y por última vez para él-  esa nube oscura y enorme como la muerte, y lo envolvería en su neblina. El tío sonreía con la satisfacción de quien realiza un trabajo exhaustivo. Imaginé que era  Dios mirando con orgullo la construcción de un milagro.

-Cuando te vayas, recoge este desastre ¿quieres? –Fueron las últimas palabras que el tío pronunciaría en vida (claro, nadie pronuncia palabras en muerte; qué expresión más absurda esa de las palabras en vida). No contesté; seguí admirando la oxidada llave del sótano [me interrumpo ahora para meter la mano al bolsillo y apretar su cuerpo de cobre oxidado]. Como sea, nada de eso importa ahora, a tantos años de distancia, cuando ya hemos comprobado que el tío efectivamente guardaba una pequeña dimensión en el sótano, mucho más impresionante que la construida por nuestros ladrillos de hipótesis. Ahora sabemos que el acto de beber cerveza, leer o escuchar música, sólo era el preámbulo para entrar en todo eso que marcaría el curso de nuestra vida. Al final lo comprobamos. Sacrificamos la cordura de unos y la locura de otros, pero lo comprobamos.






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