viernes, 4 de febrero de 2011

El celoso impertinente. Parte II: ¡La he cagado!

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Y bien, ¿cómo te fue?, pregunté a Martin Petrozza. Estábamos en el café La Selva del centro de Tlalpan y Petrozza recién había salido con Anselmo y Maribel, la mujer de Anselmo. Anselmo era un celoso impertinente que pidió a Garrison probar a su mujer. En cuestión de fidelidad. Garrison se negó. Y Petrozza, por supuesto, se ofreció amablemente. Petrozza dio un sorbo al americano que ordenó y dijo: No lo sé. ¿No los sabes?, pregunté sin creerlo. Según el plan de Anselmo Martin debía cortejar a Maribel, y en algún momento de la cita, él, Anselmo, se ausentaría. Para dar oportunidad a Petrozza de concertar una cita a solas con su mujer. Si Maribel aceptaba, sería una puta y la teoría de Petrozza, de que todas las mujeres lo son, quedaría comprobada. ¿Obtuviste la cita?, pregunté ansiosa de conocer el resultado de semejante tontería. Encendió un cigarrillo y mirando la flama encender el tabaco, asintió con la cabeza y luego, expulsando todo el humo de la primera bocanada dijo: sí. ¡No lo puedo creer!, exclamé totalmente asombrada. Anselmo pintó ante nosotros a Mrible como la mujer más fiel sobre la faz de la Tierra. Y si llevaba a cabo esta prueba era porque el hijoputa de Petrozza le había lavado el cerebro asegurando que todas las mujeres, tarde o temprano, caían en tentación. Bueno dijo Petrozza, eso no significa nada. Y dio otro sorbo al café. ¿Cómo que no significa nada?, dije yo. No voy a follarla en la primera cita, dijo. Sonriendo dije ¿no?, pero si tu eres de los que… Sí, pero ella no, interrumpió Petrozza. Vale dije, aún así, no puedo creerlo.

 ¡Qué hay!, apareció Garrison saludando y se sentó a la mesa. Habíamos quedado todos: Garriosn, Petrozza, Anselmo y yo. Para escuchar el resultado de todo esto. ¿Cómo te fue?, preguntó Garrison  a Petrozza inmediatamente. No lo… iba a decir pero interrumpí: Bien. Le fue muy bien dije, ¡obtuvo la cita! ¡No!, ¿enserio?, dijo Garrison tan sorprendido como yo. Petrozza dijo ya, paren, no es la gran cosa. Nos veremos de nuevo, a la ausencia de Anselmo, lo que no significa nada. ¿Y ya sabe Anselmo?, preguntó Garrison recibiendo el café que le trajeron. Quizá dijo Petrozza, probablemente Maribel ya se lo contó a su marido. ¿Probablemente?, preguntó Garrison, ¿o sea que la cita se concertó sin Anselmo? Sí, contestó Petrozza aplastando la colilla de un cigarrillo sobre el cenicero. ¿Y dices que no significa nada?, insistí. Bueno dijo, a decir verdad Maribel me parece una buena mujer, sólo un poco curiosa, ya saben, la típica chica que se casa con el primer novio de su corta vida. Entiendo dije, quizá tengas razón. Aún así dijo Garrison, ¡qué puta! Vamos, vamos dijo Petrozza, no seas tan duro. Petrozza no parecía Petrozza. Él, el primero en prejuzgar a toda mujer de fácil, defendía tímidamente a la buena de Maribel. Algo no andaba bien. Lo sospeché al observar la poca seguridad con que Petrozza contestaba nuestras preguntas. No era característico en él. Respondía como si no deseara decir nada más al respecto. Lo único que logramos sacarle fue un sí, sí obtuve la cita. Cuando ahondamos en el asunto se mostró hermético. Eludía las preguntas y llevaba la conversación por otro lado. Por ejemplo, Garrison preguntó cuándo y dónde se verían a solas. Petrozza únicamente dijo no sé, no sé, ya veremos. ¿Ya verán?, pregunté, ¿no quedaron ya? No exactamente contestó Petrozza. Y fue todo lo que dijo. Garrison lo notó también. No queriendo llevar a más la cosa por el momento preguntó cómo piensas decírselo a Anselmo. No pienso decírselo dijo Petrozza y bebió de golpe el resto de café. Acto seguido levantó la mano para llamar un mesero y ordenó una cerveza oscura. ¡Tienes que decírselo!, grité. No, dijo tajante, Maribel no ha sido infiel y decirlo sólo acabaría con los nervios de Anselmo. Garrison y yo callamos. Tenía razón. Lo sorprendente era que él, el Hijoputa Mayor, se preocupara por los nervios de alguien. 

 Justo en ese momento llegó Anselmo. Lucía nervioso. Pidió permiso para tomar la silla de una mesa desocupada y se sentó con nosotros. Dijo: hola, hola, ¿qué pasó? La pregunta, evidentemente iba dirigida a Petrozza. Anselmo se había citado con Petrozza en un bar de la calle de al lado, llevando a Maribel y presentando a Martin como un viejo amigo. Petrozza, según lo acordado, se lanzó directo y con todo a seducir a su mujer. De pronto, a propósito, Anselmo desapareció unos buenos cuartos de hora, dejando actuar a Petrozza. Luego regresó y la puesta en escena continuó. Al final Petrozza se despidió de ellos y se largó. Dejándolos solos. Desde aquel día Anselmo no sabía lo que hablaron a solas, y ahora, desesperado, había maquinado las más atroces ideas. No dudo que incluso imaginase a Maribel follando con Petrozza esa misma tarde en el cuarto de baño del lugar. No pasó nada dijo Petrozza desinteresado. ¿Cómo?, preguntó Anselmo. Qué no pasó nada tío, nada de nada, contestó Petrozza irritado. ¿Entonces qué hicieron todo ese tiempo?, preguntó Anselmo. Seguramente el tiempo de ausencia se le hizo eterno. ¡Qué íbamos a hacer!, pues nada, platicar de la cabrona de tu suegra, eso fue todo, respondió Petrozza molesto. Anselmo notó el enojo y ya no dijo nada. ¿A ti qué te dijo Maribel?, preguntó Garrison a Anselmo. Nada dijo, sólo dijo que Petrozza era muy agradable. Pues ya lo tienes dijo Petrozza, no pasó nada. Anselmo, al recordar cómo Petrozza aseguraba soberbio que ninguna mujer, ni Maribel ni ninguna, resistirían la tentación del adulterio, supuso que viéndose derrotado, Martin, estaba furioso. Bueno dijo Anselmo, exhalando aire, creo que nos debes una disculpa… Garrison bajó la mirada y yo bebí al café; pedir disculpas a Petrozza era como pedir uvas al peral. Vale dijo Petrozza, te ofrezco una disculpa, tienes una buena mujer; no todas las mujeres son unas putas. Casi se ahoga al decir el último enunciado. Con el humo de tabaco. Entonces lo supe: Petrozza no creía en lo que decía. Algo ocultaba el cabrón y yo estaba dispuesta a sacarle la verdad costara lo que costara. Aquella tarde no hablamos más del asunto.  Para Anselmo era caso cerrado. Estaba orgulloso de Maribel y eso era todo. 

2

A los cuatro días visité a Petrozza. Me recibió en casa y le exigí contara todo a detalle, pues no te creo nada, dije. No le sorprendió mi incredulidad. Vamos por un trago dijo, ya te contaré. Fuimos a la cantina Jalisciense  y me lo contó: sabes que la gente suele confiarme cosa dijo, no me interesa lo que la gente tiene que decir y no digo nada y se piensan que soy un excelente escucha. Sí dije, ¿eso qué tiene que ver? Pues Maribel me confesó el asunto, dijo Petrozza, me dijo: sospecho estar embarazada. Ajá dije, ¿y luego? Lleva una relación cerrada con Anselmo, contestó Petrozza, no tiene amigos, fuera de Anselmo no habla prácticamente con nadie. Sospechó estar embarazada y no quiso decirlo a él. No pudo decirlo a la madre porque correría con el chisme a los padres de Anselmo, quienes inevitablemente lo enterarían. No estaba segura y no deseaba dar falsa alarma en caso de no estarlo; y en caso de estarlo, deseaba dar la sorpresa pero primero debía estar segura. Yo no entendía nada, Petrozza hablaba de un embarazo y no entendía nada. No ligaba eso con la cita. Continuó: entonces me ofrecí de confidente. Quedé acompañarla a realizarse los estudios correspondientes. ¡Dios mío exclamé, entonces Maribel sí es una buena mujer después de todo! No, dijo Petrozza, después de todo es una puta como todas. ¿Qué?, dije. Verás Pinciotti, dijo Petrozza, ayer por la mañana… ¡Por la mañana!, ¡tú! Petrozza solía dormir por las mañanas. Hasta bien entrada la tarde. Sí, sí dijo, ¡Yo!, ayer por la mañana, acompañé a Maribel. Se realizó una prueba de embarazo. ¿Y qué pasó?, pregunté. Negativo dijo Petrozza, salió negativo. Bueno dije, qué bien. Sí dijo pero eso no es lo importante, el caso es que al ver la felicidad que le causó saberse libre de concebir, en aquella sonrisa, atisbé lo que llamo el Instinto de libertad. Un instinto que hace de la mujer que se sabe libre Gracias a Dios, luego de creerse atada, una condenada puta. Carajo dije yo, no puedes creerte todas tus teorías, ya ves, acabas de errar con Maribel… Petrozza movió la cabeza negativamente. No, Pinciotti, no es así dijo, probablemente yo no soy psicólogo pero sé reconocer el Instinto de libertad cuando lo veo. No estoy equivocado: Maribel es tan puta como cualquiera y lo puedo demostrar. ¿Se acostó contigo al saberse libre?, pregunté sarcástica. No, confesó, conmigo no. Maldición dije, ¿qué quieres decir? Suspiró, bebió al whisky que habíamos ordenado y comenzó a narrarlo: 

 Saliendo victoriosa de los designios de la naturaleza, y mirándola radiante de alegría, poseedora de aquel instinto; o mejor dicho, aquel instinto poseedora de ella, le propuse celebrar con una copa.  Ajá dije escuchando atenta. Aceptó dijo Petrozza y la llevé a La puerta Negra. ¡A La Perta Negra!, exclamé, ¿cómo pudiste? La Puerta Negra es el bar de mala muerte favorito de Petrozza. Es igual dijo, déjame terminar. Vale dije. Recomenzó: Fuimos a la Puerta Negra  donde yo me apliqué vehementemente en ligarla. No precisamente ligarla, ya sabes: acostarme con ella. Todos mis intentos fueron banales. Maribel respondía a mis insinuaciones estupendamente. Como algunas mujeres saben hacer. No te rechazan abiertamente ni te dan entrada del todo. Te mantienen en suspenso. Sin embargo conozco a estás arpías. Uno puede perder la vida atrás de ellas y jamás te entregan nada. Son las más peligrosas de las mujeres. Una vez perdí meses enteros tras una jeba así…  Sí, sí dije, ¿qué diablos pasó con Maribel? Me rechazó, en pocas palabras me rechazó, dijo. No era yo el indicado para hacerla caer en tentación. Lo que no quiere decir que nadie lo sea. ¿Cómo?, dije, ¿de qué hablas? En algún momento de la cita, continuó Petrozza, Maribel recibió una llamada telefónica. Supuse sería Anselmo. Sin embargo no lo era. Lo supe por la forma en que, apenada, se levantó de la mesa y caminó hasta donde yo no pudiera escuchar nada. La miraba sonreír con esa manera coqueta que se sacan las mujeres cuando hablan con un amante. Hablaba y bailaba como quien no aguanta las ganas de orinar. Con la cabeza ladeada y sonriendo en todo momento. ¡Un asco! ¿Me explico? Claro respondí, con la culpa en la entrepierna. ¡Exacto! dijo Petrozza, así. Regresó a la mesa y pregunté quién era, siguió Petrozza, a lo que respondió cortante luego de unos segundos: un amigo. Pensé que no tenías amigos, eso dijiste, dije yo para confrontarla un poco. Maribel enmudeció. Bueno dijo al fin, casi no tengo amigos, de hecho, éste, es un amigo de la secundaria. Ya dije, qué bien, dejando a un lado el asunto pero sin cesar mis sospechas. Saqué un cigarrillo de la chaqueta y el móvil de Maribel volvió a sonar. Miró el identificador antes de contestar y se levantó a hacerlo lejos. Se colocó junto a la entrada del sanitario, así que hábilmente, con la intención de captar el óbolo de la conversación, me levanté y fingí ir al sanitario. Pasé junto a ella y no lo notó. Se concentraba en la llamada como si fuera la llamada de Dios o algo. Y alcancé a escuchar lo siguiente: miércoles por la mañana. Eché una meada (una vez dentro del sanitario me vinieron verdaderas ganas), y salí. Al hacerlo Maribel ya estaba en la mesa. Después de un rato de llevar la plática por banalidades absurdas, encendí un cigarrillo y echando el humo de la primera bocanada a la cara de Maribel, dije: ¿qué harás el miércoles por la mañana? Enrojeció y preguntó a la defensiva por qué. Ya dije, sólo pregunto. No, enserio, dijo Maribel, ¿por qué? Entonces supe que algo andaba mal. Quería invitarte el desayuno dije, eso es todo, pero si no puedes… ¡Ah!, eso, dijo Maribel, sí, bueno, es que el miércoles… iré… con Anselmo a comprar unas cosas. Vale dije, no hay problema. Pero vaya que lo había. Bebimos un par de cervezas más y nos despedimos. 

 Hay una cosa que no entiendo dije, ¿no se supone que Maribel y Anselmo pasan todo el tiempo juntos?, ¿cómo es que se permitió beber contigo?, ¿y si la cita era secreta, qué pretexto pondría al aliento alcohólico? Lo mismo me pregunté, Pinciotti, dijo Petrozza, y tengo la siguiente hipótesis: Maribel no regresó a casa. Dijo a Anselmo iría a pasar la noche a casa de la madre. Y como Anselmo personalmente la ha llevado allá, no sospecha nada. Maribel tiene la confianza ganada, toda la confianza de Anselmo ganada; ha sabido construir perfecto la máscara de un rostro que no tiene. En lugar de ir con la madre se fue de puta, sentenció Petrozza dejando caer de golpe el vaso de whisky sobre la mesa. Puede ser dije, pero, ¿no es el próximo miércoles la cita? Quizá tenga dos amantes dijo Petrozza, fueron dos llamadas. Eso me parece demasiado dije yo. Quién sabe, dijo, no se sabe… tú tienes decenas de amantes… ¡Cállate!, dije ¡es diferente! 

3

Petrozza y yo nos convertimos en detectives del crimen amoroso. El miércoles por la mañana nos vimos y llamamos a Maribel. No contestó. La llamamos de un teléfono público; decenas de veces, y no contestó. Debe estar follando con su amante dijo Petrozza. En algún momento Petrozza recordó haber escuchado “Revolución” en la conversación telefónica de Maribel. Así que subimos a mi auto y fuimos allá. Avenida Revolución es muy grande, dije al llegar, jamás la encontraremos. Petrozza insistió y recorrimos la calle ida y vuelta durante cuarenta minutos. Mientras tanto Petrozza llamaba al móvil de Maribel desde mi móvil. Jamás contestó. Fue una tarea cansada. No logramos nada. ¿Qué hacemos?, pregunté a Petrozza rendida. Ya sé, dijo y llamó a Garrison. Pidió la dirección de Anselmo, que era la dirección de Maribel. Conduje hasta el domicilio y aparqué en la esquina. Dentro del auto, esperamos. ¿Qué esperamos? Nada y todo. Supongo que esto es lo que hacen los detectives de verdad, dijo Martin encendiendo un cigarrillo, ¡y encima les pagan! Riendo dije deberíamos comprar rosquillas y café. No sería mala idea, muero de hambre, dijo Petrozza. Pero claro, no había ningún sitio para ello. Esperamos, esperamos, esperamos. A eso de la una de la tarde lo vimos: Maribel llegó a casa. Venía arreglada. ¡Puta de mierda!, gritó Petrozza. Entró a casa y desaparecimos. ¿Qué habíamos obtenido? Nada. Pero si fuésemos detectives de verdad, ya hubiésemos cobrado algo de pasta.

 Anselmo trabajaba como informático en alguna empresa. Trabajaba en ella Maribel también. Sin embargo, so pretexto del posible embarazo, Maribel solicitó vacaciones. Aprovechó el tiempo para analizarse en busca de esperma fértil, y para hacer sus puterías agregó Petrozza. A partir de aquel miércoles rondamos la casa de Anselmo cada dos o tres días. Obtuvimos la siguiente información. 

1. Maribel sale de casa, todos los días (al menos los días que estuvimos) antes del medio día. Visita a la madre, hace compras, toma un café. Nada fuera de lo normal. 
2. Regresa siempre antes del atardecer. Antes de que Anselmo llegue a casa. Luego de eso no vuelve a salir para nada. 

 Perdemos el tiempo dije a Petrozza, quizá todo fue un error. No dijo Petrozza, estoy seguro, Maribel se trae algo. Con alguien. 

Un jueves a las doce con treinta Maribel salió de casa. Llevaba falda corta, escote y zapatos de tacón. La seguimos. Era una cosa complicada. Yo debía conducir tras los camiones que abordaba. Estar pendiente de dónde bajaba, y al mismo tiempo, esconderme para que no sospechara. Y justificar las paradas. Los conductores que venían detrás de mí enloquecían. Paraba en cada esquina para dar tiempo al camión de avanzar. Olas de pitazos se nos venían encima. Petrozza sacaba la mano por la ventanilla y gritando ¡Ya cabrones!, mentaba la madre. Nos vas a meter en un lío, dije. Qué va dije, dedícate a no perderla. 

 No lo pudimos creer. Aunque eso es lo que esperábamos, no lo pudimos creer. Maribel  entró a un edificio domiciliario. Tocó el timbré. Se abrió la puerta principal y entró a alguno de los apartamentos. ¡Lo sabía! gritó Petrozza. Así que aquí vive el amante. Tardó cuarenta minutos en salir. Tiempo suficiente para un polvo, dijo Petrozza. Luego la seguimos y regresó a su casa. 

4

Ya no había dudas. Maribel engañaba a su marido. Una vez libre del embarazo utilizó el periodo vacacional para dar rienda suelta al Instinto de libertad. Quizá el embarazo lo sospechaba del amante, pensé, y por ello la necedad de no avisar a nadie en casa, ni a su madre ni a Anselmo. Y claro, tampoco era buena idea dar falsa alarma al amante. Así que utilizó a Petrozza. ¿No pudo hacerlo sola?, preguntó Petrozza. Sí dije, pero a veces las mujeres preferimos un poco de apoyo en esos casos. Cabronas dijo Petrozza, para putas se pintan solas y luego quieren ayuda. ¿Qué harás?, pregunté a Petrozza. Lo pensó unos segundos y dijo tener que decirlo a Anselmo. No pude vivir engañado dijo, él confió en mí para probar a su mujer y debe saber la verdad. Estuve de acuerdo. Citamos a Anselmo ese mismo día.

 ¿Cómo se lo dirás?, pregunté y dijo que lo mejor sería decir que él mismo folló a Maribel. ¡Estás loco! dije eso es una mentira. Su argumento era bueno: si decía a Anselmo la verdad, no la creería. Se pensaría que derrotado, se inventaba eso para justificar su teoría. En cambio, si decía yo mismo la he follado, sería creíble. Si encaraba a Maribel ella por supuesto, lo negaría todo. Y Maribel tendría dos opciones: negarlo hasta al infinito, cosa que sólo agrandaría la verosimilitud de la mentira, o  decir la verdad que era confesar, de cualquier modo, su infidelidad. Cualquiera de las dos opciones dejaría a Petrozza como un alma honesta y limpia que ha cumplido su trabajo al pie de la letra. Podría lavarse las manos sin dificultad.

 Anselmo llegó y Petrozza fue al grano. Follé a tu mujer. No tenía cojones para decírtelo pero ya no puedo más con esto, dijo. Anselmo se fue destrozado. Estaba hecho una furia y destrozado. Incluso tuve miedo por Maribel. Anselmo no quiso escuchar nada más. Agradeció de todo corazón al hijoputa de Petrozza y se fue. Martin suspiró y dijo: pobre, pero tenía que saberlo.

5

Garrison llamó desesperado. Habían pasado tres o cuatro días después de aquello. Me pidió lo visitara en su casa urgentemente. Y exigió llevara al cabrón de Petrozza. Tenía algo que decirnos.  

 ¡Qué has hecho!, gritó a Petrozza al recibirnos. Nada río, ¿qué coños pasa?, dijo Petrozza asombrado. Y yo dije asombrada también, ¿por qué tanta urgencia? Pasamos a la sala y nos acomodamos en los sofás. Maribel ha llamado dijo Garrison. Ya dijo Petrozza, te has enterado, Maribel es una puta. Yo tenía razón. ¡Razón!, gritó Garrison, ¡razón! ¿Qué pasa?, pregunté, ¿qué ha dicho Maribel? Garrison lo explicó: 

 Maribel llamó a Garrison llorando y reclamando, pues por un chisme del pendejo de tu amigo, dijo Maribel, Anselmo se ha marchado. Petrozza y yo nos miramos. No es un chisme dijo Petrozza, Maribel tiene un par de amantes. ¡Un par de amantes dijo Garrison!, ¿no dijiste que tú mismo la habías follado? Eso dije para no agravar la cosa, se defendió Petrozza. ¡No agravar la cosa!, ¡pues vaya que lo has hecho!, gritó Garrison. ¡Eso es mentira! Lo es dijo Petrozza pero no importa, el caso es que Maribel engaña a Anselmo y ese es el punto. ¿Y cómo lo sabes?, preguntó Garrison. Es cierto dije yo, lo hace. ¿Qué?, preguntó Garrison más calmado, podía desconfiar de Petrozza pero no de mí. Le explicamos el asunto de nuestras investigaciones. ¡No sabe lo que han hecho!, gritó al escucharlo todo. ¡Han destrozado un matrimonio por nada! ¿Por nada?, preguntó Petrozza acelerado, no le agradaba que Garrison lo culpara injustamente (?) Yo no tengo la culpa dijo, Anselmo deseaba saber la verdad y yo se la he traído: su mujer es una… ¡No!, dijo Garrison, el edificio al que entró es el edificio de la oficina de Recursos Humanos de la empresa, ella fue allí a entregar el papeleo correspondiente a las vacaciones que solicitó. Se puede comprobar fácilmente. Martin y yo pasamos saliva. Bueno dijo Petrozza, eso está bien, pero, ¿qué hay del otro amante? ¿Cuál otro amante?, preguntó Garrison. Petrozza enmudeció. No tenía algún dato, prueba falsa o veraz, sobre la existencia de otro amante. 

 Entonces lo entendí. El celoso aquí era Martin. Al ser rechazado por la mujer en que particularmente puso la mira para comprobar su teoría “todas las mujeres son unas putas”, los celos se apoderaron de él, y no acostumbrado a ello, maquinó un sinfín de ideas que pretextaran la falta de interés por Maribel hacia su persona. Si no sale conmigo es porque sale con toros, pensó inconscientemente. 

 Vale dijo Petrozza, la he cagado. No importa, ya se arreglaran. Nada de eso dijo Garrison, tú mismo irás a ofrecer una disculpa y arreglar el asunto. Vamos tío, ya se arreglarán solos, además… eso tenía que pasar tarde o temprano. ¿Tenía que pasar?, ¿qué tenía que pasar?, preguntó Garrison sin creer que Martin aún no lo entendiera. Eso dijo Petrozza, de la infidelidad. ¡Pero si no ha pasado nada!, gritamos al unísono Garrison y yo. No sé, no sé, dijo Martin, no podemos estar seguros. Garrison y yo bufamos. Vale dijo Petrozza, posiblemente no ha pasado… es igual… ya pasará. Todas las mujeres son unas… ¡Cállate!, gritamos Garrison y yo. 

 Una vez más en la vida un matrimonio se vio afectado por los celos.  Aunque en este caso… celos ajenos (?). 



5 comentarios:

  1. jajajajajaja pinche petrozza por eso lo amo!!!!!!!!!!

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  2. Daniel Eduardo Saavedra4 de febrero de 2011, 22:45

    por fín, lo leo al tiro...

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  3. Mary García Garcés6 de febrero de 2011, 12:24

    Gracias, lo estaba esperando :)

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  4. Pinciotti....Se Puede Activar el audio Texto En Tus Relatos?? Ya Vez Que soy Un Pelotudo..jejejej.Saludos...Estan super Los Relatos...=)

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  5. Me encantó el escrito. Me divierte mucho la personalidad de Petrozza.

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