jueves, 13 de enero de 2011

Todo el mundo quiere follar.

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Lo miré unos diez metros ha. Rascaba la puerta de mi casa y había rasgado la pintura con las garras. Corrí hacia él con la intención de darle una patada o algo. Me contuve. Era un Fox Terrier con cara de asesino. Temí me pescara los cojones con semejante hocico. ¡Alá, ya, largo!, grité sin acercarme demasiado. El cabronazo no se movía un centímetro. Se acomodó sobre las asentaderas y me miró a los ojos jadeando con la lengua de fuera. Tenía un collar. Lo tomé del collar y lo arrastré despacio unos cuantos pasos. Entonces lo vi. El collar decía: Bobby. Dejé al perro allí y entré a casa. Había pasado la mañana bebiendo en La Puerta Negra y no había logrado nada bueno. Así que deseaba descansar echado sobre el viejo sofá. Pero mis ánimos cambiaron. Abrí el cajón y encontré trescientos pavos. Justo para una botella de whisky y un par de burritos de frijol con queso. La buena vida. 

Salí a la tienda de licores a por el whisky y allí estaba Bobby. Echado a la puerta de mi hogar. Al verme se levantó y caminó detrás de mí todo el camino a la tienda y todo el camino de regreso. Una vez en la puerta de la casa me miró triste y lo hice: lo dejé entrar. Bueno, Bobby le dije, creo que esta tarde serás tú mi compañero de farra. Entró hecho una furia. Olfateaba cada rincón moviendo el muñón de cola que llevaba. Los cabrones dueños se la habían cortado. Parecía una rata loca yendo y viendo por toda la casa. Debió escapar del barrio vecino, pensé. Yo vivía en el barrio pobre. Allí todos tenían cruzas de perros. Bolas de pelo amorfas que llamaban “Solovino”, o “Estopa”, o “Canela”, etc., y que no valían su peso en serrín. Bobby lucía muy bien. Sin mucha inteligencia sabías que era un perro de buena raza. Con pedigree y todo. Debía valer unos quince mil pavos. Me puse un whisky en las rocas y me senté sobre el viejo sofá. El perro se paró justo frente a mí. Me observaba o algo. Buen chico, dije dando un par de palmadas a la cabeza del animal. Buen chico. Tenía cierta gracia y cierto encanto. Parecía un perro noble. Buen chico, Bobby. ¡Entonces lo hizo! ¡El cabronazo levantó la pata y se orinó! ¡Perro del Infierno!, grité, ¡Largo! Había perdido toda la gracia y todo el encanto. Me levanté a por un trapo para limpiar el asunto. Cogí a Bobby por el collar  y lo eché. ¡Fuera, cabrón!  

2

 En aquel entonces yo deseaba meter el asunto en Betty. Quiero decir que deseaba follar a Betty. Era una mujer atractiva hasta el último poro. No era la clase de mujer que gustaba de invitarme a comer o pagarme el trago. Y la hubiese botado al saberlo, pero en verdad, yo quería meter el asunto en Betty. Así que compré un ramo de rosas, la invité un par de veces, le telefoneé constantemente, le recité poemas al oído, le llevé hasta su hogar, me comporté en su presencia como un hombre decente, y no veía resultados. Quiero decir que el chocho de Betty no me parecía más a la mano que en un principio. Así que aquella noche la cité en un barecillo de avenida Miramontes, y se lo dije. Le dije: nena, no veo claro. ¿Qué quieres decir?, preguntó Betty. Ya dije, pues que todo este tiempo he estado cortejándote y no veo claro el momento de acostarnos. No se lo podía creer. ¡Hiciste todo esto sólo para!… ¡para!… ¡Dios! Di un trago a mi cerveza y alzando los hombros dije: dejémonos de pavadas, vayamos a un hotel. Betty salió corriendo de allí. Me dejó. Se largó y no quiso saber más de mí. 

 Había vaciado los bolsillos en aquel bar de Miramontes. Caminé a casa. Fue por la calle de Acoxpa donde me vino la infernal necesidad de vaciar la vejiga. No tenía muchas opciones. Entraba la madrugada y no había un sólo establecimiento público. Me saqué la cosa y lo hice allí mismo. Sobre la avenida. Las consecuencias no tardaron en llegar. Escuché el sonido de la sirena de una patrulla, que es como el sonido de las sirenas de los argonautas: vaticinan la desgracia. Y la luz rojiazul me cayó encima. Corrí al complejo habitacional de la calle de enfrente y me interné entre un montón de edificios y callejuelas. Uno de los cerdos policías bajó a darme alcancé. Jamás lo lograría. Era obeso como una ballena y torpe como un borrego. Me escabullí. Me refugié bajo las escaleras de una casa y permanecí quieto unos buenos quince minutos. Terminé de sacar las sales en un árbol alejado de las calles principales. ¡Diiiooosss, ya lo necesitaba! 

 Continué el regreso y pensaba en el gran culo de Betty y en cómo perdí aquella mujer, cuando lo vi. Era Bobby. Estaba al final de la calle entre un grupo de pequeños gilipollas, críos, que le aventaban petardos al animal. Con la cola entre las patas. Asustado. Corrí hacia ellos y grité: ¡cabrones! Pararon el juego y voltearon a verme. ¡Vamos, Bobby, ven!, grité al perro y corrió hasta donde yo. Todos comenzaron a reír. Por el nombre del perro. Bobby en verdad era un hilarante nombre para el semblante, el porte, y los colmillos de semejante Fox Terrier. No vuelvan a molestar al perro, dije y di media vuelta. Eran cinco pequeños demonios con petardos en las manazas y no iban a dejar que yo les arruinara la diversión. ¡No es tu perro!, gritó alguno de ellos. Volteé y dije: mira, tío, si vuelvo a… ¡No soy tú tío!, contestó el mocoso al que me dirigí. Ya lo sé dije, es sólo una expresión. El caso es que si vuelo a mirar que maltratan a Bobby (nuevas risas) ¡yo mismo me encargaré de meter petardos en el culo de cada uno de ustedes! Eran valientes. Otro de ellos dijo: ¡no te tenemos miedo, borracho! Todos en el vecindario conocían mi manera de beber. Las madres aconsejaban a sus hijos alejarse de mí. Y los padres me ponían de ejemplo, terrible, al que coge el trago. No me respetaban. Se pensaban que era un holgazán muerto de hambre y un borracho. Y lo era. Pero era un holgazán muerto de hambre y un borracho, que escribe. ¡Más vale que lo tengan!, dije amenazándolos con el puño. Todos dieron algunos pasos atrás. Y uno de ellos, el más alejado a mí, amenazó con lanzarme un petardo. Pensé lo haría. Justo en ese momento apareció la madre de alguno de ellos gritando que era muy noche para que su hijito de puta anduviera de vago. Los demás corrieron y se olvidaron de la cosa. El hijo de la señora se convirtió en un pan de Dios y la tomó de la mano para regresar a casa. La señora me echó una díscola mirada y yo dije al perro que no se separaba de mí: vamos, Bobby, hoy no fue una buena noche. 

 Instalé al perro en la sala. Coloqué una vieja colcha y le dije que ese sería su lugar. Allí podría dormir tranquilo. Pero no le gustó la idea. Ignoraba la colcha y prefería dormir pegado a la pared que daba al patio de la casa vecina. No entendí porqué. Por mí estaba bien. Yo dormía en el sofá o en la cama o en la colcha de Bobby. Donde me tumbara el sueño o la farra. Despertábamos a eso de las once y desayunábamos. Decidí hacerme cargo de él. Compré algunos kilos de imitación de comida para perro y le vaciaba esa cosa en su esquina favorita. Bobby prefería la comida para humano. Olfateaba las croquetas y nunca las comía. Lo que sí comía era el asado que preparaba para mí. Podía comerlo todo y buscar más. Era una máquina incesable de tragar. Me lo pensé dos veces antes de adoptar al Bobby. Sin embargo no daba muchos problemas. Por las tardes yo salía a dar mis paseos vespertinos por la ciudad, y Bobby se largaba a sus respectivos paseos vespertinos por el vecindario. Al anochecer nos reuníamos para cenar (aunque generalmente era él quien cenaba) y dormir. Puede que yo llegara antes y rascaba la puerta, o que lo hiciera él, y me esperaba sentado con la lengua de fuera. Éramos buenos compañeros de cuarto. Aprendió a no cagar dentro y no tuvimos problemas con el aseo. 

3

Bobby parecía amar mi casa. Parecía amara mi compañía. Y parecía amar, sobre todo, aquella pared que daba al patio vecino. Corría hacia ella y se acurrucaba allí como un maldito fetichista enamorado de la barda. Yo no entendía por qué. Hasta que una noche lo entendí todo. Me disponía a pegar el ojo y lo hubiese logrado de no ser porque Bobby se pasó la noche chillando, aullando, y gruñendo. No estaba solo. Del otro lado de la barda aullaba, gruñía y chillaba orto animal. Y lo entendí: la perra de los vecinos andaba en celo. Bobby deseaba follarla. Condenado cabrón pensé, todo el tiempo me creí que  había un vínculo especial entre nosotros. ¿Por qué había elegido mi casa? Bobby terminó siendo un cabronazo de su raza, como cualquier cabronazo de la mía. Lo único que quería era meter la salchicha al bollo. Me levanté de la cama y fui a mirarlo. Lucía desesperado el pobre. Ya, Bobby, ya, calma, pensaremos en algo, le decía mientras lo acariciaba. 

 Ahora yo tenía dos misiones en la vida: follar a Betty y hacer que Bobby follara a la perra vecina. Las dos eran una odisea. Los dueños de la perra jamás la sacaban a pasear. Jamás la sacaban del patio de la casa. Vivía encerrada en un espacio de cuatro por cuatro. Lleno de mierda. Vamos, Bobby, ¿qué le ves a esa perra?, pregunté al perro. Subí a la azotea y miré el espectáculo. Era una cruza de Pastor Alemán con alguna otra cosa. Incluso puede que se tratara de la cruza de una cruza con otra cruza. Era color miel debajo de la mugre. Llevaba goma de mascar pegada al cuerpo. Semejaba costra de cochambre. ¿qué le ves, Bobby? Aunque pensándolo mejor, Bobby jamás la había visto. Era algo como yo. Sabía que atrás de los ladrillos había un chocho, y eso bastaba. Subí a Bobby a la azotea. Le mostré el error. No era una linda perra. Bobby casi se lanza por los aires cuando la miró. Vamos, Bobby, ¡abajo!, ¡abajo! Tuve que arrastrarlo a la sala. Dios, Bobby, no puedes perder la cabeza por una falda, le dije. Pero Bobby era un zoquete.  Estaba perdidamente enamorado. Hay que estar perdidamente enamorado para desear a una perra como aquella. Tenía que idear la manera de hacer que Bobby follase a esa hembra. Pensé en simplemente aventar a Bobby por la azotea y que pase lo que tenga que pasar. Quizá saldría en las noticias. Los dueños de la perra lo platicarían a los medios, y los medios, hábiles, dirían: perro follador cae del cielo. O: Un perro cae del cielo y viola a una perra. Los fanáticoreligiosos pensarían que es el demonio transmutado. Y yo me divertiría de lo lindo escuchando todas esas chorradas. Me iría a los bares y preguntaría: ¿escuchaste lo del perro follador, el que cayó del cielo? Sí dirían, el que parchó a una perra allá en Tlalpan. Ajá contestaría yo, ese mismo. He sido yo. ¿Cómo?, se sorprenderían. Contaría el asunto y luego ellos correrían a decir a sus cerdas esposas: conozco el secreto del perro volador. ¡Qué pavada!, dejé de pensar en todo eso y llamé a Betty. 

 …Vamos, muñeca, no te pongas así. Betty estaba en un plan realmente duro. Me obligó a ser directo. Sí, nena, sí, quiero follar contigo, ¿qué hay de malo en eso?... Te va a gustar… ¡Plast! Colgó la perra. Sería más difícil de lo que esperaba. Decidí aplicarme al asunto Bobby. 

4

Venga, Bobby, calma, tiene que pasar. Bobby y yo nos ocultamos tras una maceta frente a la casa de la susodicha. Esperábamos el momento. Quizá la perra escapara o alguien la sacara a pasear. Entonces yo soltaría a Bobby (lo tenía sujeto por el collar), y él correría como alma que lleva al Diablo a hacer lo suyo. Todo sería muy rápido. Un acto brusco. Una violación. Hasta ahora no sé de ningún perro que haya sido encarcelado por violación así que estaba bien. Si pudiera hacer lo mismo a Betty pensaba, la esperaría escondido fuera de su casa, y cuando saliera camino al curro, saltaría sobre ella y se lo haría allí mismo. Sobre la banqueta o sobre la calle. Es igual. Luego me largaría con la lengua de fuera y contoneado el rabo. Fumé algunos cigarrillos mientras esperábamos. Esperamos catorce cigarrillos y nada. Vamos, Bobby, es hora de ir por un trago, mañana será otro día.

 Lo llevé a La Puerta Negra. Pasé con él y nadie dijo nada. Era un buen perro. Se quedaba quieto a mi lado mientras yo le pegaba al trago. Pedí un vaso extra. Para el perro, dije a la mesera. La mesera rió y dijo que quería ver aquello. Trajo el vaso. Era un vaso plástico como todos los vasos de ese lugar. Serví algo de cerveza en él y lo puse junto al hocico de Bobby. Vamos, muchacho, le dije, te ayudará olvidar las penas. Se levantó y comenzó a beber. Primero un poco y luego lengüeteó como un buen bebedor. La mesera se cagó de la risa. ¡Qué lindo!, dijo, ¿cómo dices que se llama? Bobby, contesté. La chica se agachó para acariciar al perro. Era una mesera nueva y yo aproveché la situación. ¿Por qué no nos acompañas con un trago?, pregunté aludiendo al animal. Claro dijo, dame un segundo. Se levantó y fue a hacer algo. Buen trabajo, Bobby, has encantado a esta jebita, si la logro follar juro por mi vida que encontraré el modo de ponerte a la vecina en bandeja de plata. La China regresó. Quiero decir la mesera regresó. Le pregunté el nombre y dijo llámame China. Era de cabello rizado. Era delgada. Eso es todo lo que yo necesitaba. Tiene unos rizos hermosos, le dije a La China. Ajá dijo, gracias. Toda su atención estaba en Bobby. Lo acariciaba, le servía alcohol y le decía precioso. Vale, Bobby pensé, ya es suficiente, déjame un poco. No te había mirado por aquí, eres nueva… Sí, llevo poco en esto. ¡Qué lindo pehocho!, decía a Bobby. Ya dije, ¿eres de por aquí?... ¿Quieres másh bonito, quieres másh? No, soy del Norte. Se refería al Norte de la ciudad. Estábamos en el Sur. ¿Tienes dónde quedarte?... Sí, claro, ¿qué edad tiene el perro?... Dios, no lo sé… ¿No lo sabes?... Lo encontré de esa edad… Vaya, es muy tranquilo y obediente… Sí… Es simpático… Tú eres simpática… ¿Lo crees?... Claro que lo creo y también creo que eres muy bonita… Dejó de manosear a Bobby y se acomodó hacia mí. ¿Cómo te llamas?... Martin Petrozza, contesté estirándole la mano. Me la estrechó. Pareces amigable, dijo. Lo soy dije, y tú pareces una mujer tremenda. ¿Qué quieres decir?, preguntó. Quiero decir que eres tremendamente bella, dije. Gracias, contestó con una sonrisa sincera. ¿Fumas?,  pregunté sacando un cigarrillo para mí y extendiendo otro para ella. Lo tomó y yo tomé el mío. Lo tomé con la izquierda. ¡Eres zurdo!, exclamó La China, como si fuera la gran cosa. Ya dije, sí. Mentí. Mentí porque intuí que en ello estaba el secreto al chocho de esta mujer. Mi padre era zurdo, dijo. Y me lo contó: el padre de La China fue boxeador semiprofesional. Con una zurda tremenda. Lo mataron a balazos una noche de farra. Lo entendí: La jeba tenía metido en el cerebro algún trauma y yo podía sacar ventaja. Pelé fue zurdo, dijo. Y también Rafael Nadal lo es, dijo. Y Maradona, dijo. Vale dije, te gustan los zurdos. Lo dije enfatizando cómo yo fumaba con la manaza izquierda. Incluso comencé a coger el vaso con la izquierda. Despacio. Todo el tiempo lo había hecho con la diestra. No notó el cambio. Tenía un trauma. Y abusé del asunto. Dijo: me agradan los zurdos. Y yo dije maliciosamente: ¿quieres ver cómo folla un zurdo?  La China hizo una mueca y rió nerviosa. Tengo que atender las mesas, ahora vuelvo, dijo y no volvió. Era una tía fácil. Era cuestión de escuchar toda la noche cómo su padre era el héroe de su vida y luego a la cama porque he sido un hombre diferente que la entiende. Pero no me salió bien la cosa. Vale, Bobby, le dije al perro, la he cagado, vayamos a casa.

5

Me cité con Betty en un bar del centro de Tlalpan. Venía más tranquila. Ordenamos whisky en las rocas y bebimos despacio. Me contó lo feliz que era ahora. Había encontrado un buen hombre. Uno que la amaba, la respetaba, y no deseaba follarla por sobre todas las cosas. Escuché todo ese rollo sin decir una sola palabra. Se llamaba Alejandro y la invitaba al cine y al teatro, la tomaba de la mano, y jamás le había insinuado nada malo. ¿Nada malo?, pregunté. Ya sabes dijo, nada… malo. Querrás decir que no te ha insinuado beber veneno, o algo, eso sí sería… malo, dije. No dijo Betty, quiero decir nada MALO. Vamos, Betty dije, se dice FOLLAR, FOLLAR, no te ha insinuado FOLLAR. Eso, contestó ella, no me ha insinuado nada malo. Dios, dije, ¿qué hay de MALO en FOLLAR?, no hay nada malo en follar. No me gusta dijo Betty, ya sabes, que todo el mundo quiere… FOLLAR, Betty, F-O-L-L-A-R, interrumpí, ¿qué hay de malo en ello? Quiero un hombre que me respete por lo que soy y no por lo que pueda hacer conmigo, dijo. Encendí un cigarrillo y respiré profundo. Vamos, Betty, ¿crees que los hombres que respetan a las mujeres no las follan?, dije. Quizá dijo, pero no es lo PRINCIPAL. Tuve que explicarle: verás, nena, en verdad espero que algún día encuentres al manso que deseas, pero puedo asegurarte que hasta el tío menos libidinoso tiene un límite y algún día querrá follar, sólo FOLLAR, y olvidarse de todo lo demás. Alejandro es diferente, se defendió ella. No hay nadie diferente dije, follar no tiene nada que ver con las personas, es un necesario del ser humano, no seas tonta, todo el mundo quiere follar con o sin su voluntad, y si no te lo dice es un hipócrita, y si en verdad no lo desea es un degenerado, un tío con problemas mentales, un loco o un eunuco. Me invita al cine y al teatro, insistió Betty, me toma de la mano y no me ha insinuado nada malo. ¡Vamos, Betty, ¿no era YO así al PRINCIPIO? Sí contestó, luego saliste con las malas intenciones. Ningún hombre es diferente, ni ningún ser humano, me defendí, tarde o temprano la carne llama a la carne. Hasta tú lo desearás un día. Y los tíos te llamarán puta, y créeme, no lo serás. Serás una mujer como las mujeres deben ser. ¡Es lo más normal del mundo! No logré convencer a Betty. Enmudeció y cambió de tema. Ya no estuvo mucho tiempo. Que te vaya bien, Martin, dijo al despedirse. Para siempre. Vale, nena, dije, espero que algún día me cuentes lo maravilloso que te lo hace Alejandro. 

6

Estuvimos dos días más esperando la oportunidad de Bobby. Jamás llegó. Aquella perra no salía de casa para nada. Los dueños eran unos inconscientes. Preferían tener el patio lleno de cagada que tomarse la molestia de sacar al animal. Eran dueños de una perra, y de un enjambre de moscas. Un criadero de moscas y bichos. Si la mierda valiera algo, serían ricos. Me cansé de esperar. Caminé hasta la puerta de la casa y llamé a ella. Abrió una señora horrible, con un chongo de pelos en la cabeza, gorda y en chanclas. Me reconoció como el borracho de la calle de atrás y preguntó qué quiere, un tanto molesta. Me barrió con la mirada y luego miró a Bobby. Buenas tardes, señora, quiero hablar con usted, dije. Dígame, dijo ella extrañada. No sabía cómo empezar ni qué decir así que lo solté directo: mi perro (y miré a Bobby) desea follar a su perra. ¿Cómo?, contestó sorprendida. Le expliqué el asunto: vengo a pedir permiso para cruzar a mi perro con su perra. En ese momento salió de la puerta un tío enorme. Gordo, moreno, pelón y en chanclas. Tuve que explicarlo todo de nuevo. El gordo se llevó la mano a la barbilla. Sobaba la barbilla. Lo pensó un minuto y contestó te cobro trescientos, puedes quedarte con uno de los cachorros. ¡El hijoputa pensaba cobrarme, quedarse con la camada menos uno, y vender los cachorros! Vamos dije, no puedes cobrarme a mí, es Bobby quien la follará. Hubo un silencio incómodo. Dame dos y medio y asunto arreglado, dijo. ¡Dos y medio!, ¡Por una perra como aquella! ¡Ni una mujer vale tanto! Miré al pobre de Bobby. Tenía la salchicha de fuera. Era un gran y delgado pene de perro. Rojo como el fuego. Sabía que la perra estaba allí, tan cerca pero tan lejos. Vamos dije, esto es asunto de perros, no de humanos. No puedes cobrarme por ello, dales una oportunidad, déjalos vivir su perruna vida. Si me das doscientos dejaré que lo hagan ahora mismo, dijo el pelón. La señora se entrometió: ¿Cómo crees?, eso se tiene que arreglar, no siempre se puede. La perra debe ir a casa del perro y… No, no, interrumpió el obeso, el perro va a la casa de la perra y… Yo no lo podía creer. El ser humano se había inventado toda una serie de chorradas para controlar el comercio sexual de los perros. ¡Son sólo perros grité, déjenlos follar y ya! El pelón adoptó una actitud agresiva. Estás loco si crees que voy a dejar que tu perro preñe a mi perra así como así. ¡El sexo de los animales no es negocio humano, joder!, dije yo, ¡es sólo sexo animal! El pelón me cerró la puerta en la jeta. Todo estaba saliendo mal. No era una buena temporada. No logré follar a Betty. No logré follar a La China. Y no lograba hacer que Bobby remojara la salchicha. 

7

Me levanté a las once de la mañana porque el pelmazo de Bobby rascaba la puerta. De adentro hacia fuera. Era un escándalo. Quería salir y estaba bien. Rascar la puerta era nuestra señal para ir a orinar la ciudad. Podía orinarse en toda la puta ciudad y no me afectaba. Pero tenía prohibido hacerlo dentro de la casa. Yo no era un dueño demasiado consciente después de todo. Pero a mí nunca me ha importado la ciudad. Ni el país ni el continente ni la Tierra. Puede irse al carajo todo el planeta y por mí está muy bien. El caso es que aquella mañana Bobby me levantó para salir. Lo dejé partir. Anda, Bobby, la Tierra es u territorio. Solía salir a las once y estaba de vuelta a la una o dos. Regresé a la cama y dormí hasta las tres con treinta. Bobby no había regresado aún. Ya, me dije bostezando, quizá encontró una linda perrita. Tomé la ducha y cuando estuve listo me puse un whisky en las rocas. Sólo bebí uno. Me gusta comenzar el día moderadamente. Encendí un cigarrillo y tomando la chaqueta, me largué a recorrer los bares del centro de la ciudad. Quizá yo encuentre una linda perrita, pensé. 

 Caminé a la estación del camión. Tardé un par de minutos en notarlo. La cara de Bobby estaba pegada en uno de los postes. Era un cartel. Decía: “Hemos perdido a un miembro de nuestra familia. Si lo ves, comunícate al… Es importante para nosotros. Gracias.” Y abajo decía: “RECOMPENSA $5,000.00” ¡Dios mío! prensé, tengo que encontrar al perro. Regresé corriendo a casa. Entré gritando: ¡Bobby, Bobby, amigo, Bobby! Lo recordé: es imposible que esté dentro. Bobby había desaparecido.  Debía encontrar al puto perro antes que otro puto perro lo encontrase y cobrara la recompensa. Recorrí todo el vecindario inútilmente. Peiné la zona incesablemente. Dos a tres vueltas por manzana. Miré un grupo de críos y pregunté por el perro. Miré en el mercado. En la zona de carnes. En el tiradero de basura. Miré en el parque. Había otros perros pero ninguno era Bobby, Dios. Nadie había visto a Bobby. Llegué a casa hecho polvo y rendido. Me puse un whisky y me olvidé del asunto. 

 Sonaban las Valkirias de Wagner cuando llamaron a la puerta. Serían las ocho o nueve de la noche. Abrí y era el obeso pelón de la casa de atrás. Traía a Bobby sujeto por el collar. ¡SU PERRO SE HA TIRADO A MI PERRA!, gritó cabreadísimo. ¿Cómo?, pregunté sin creerlo. Mi hija lavaba la banqueta, explicó, dejó la puerta abierta y Dorothy escapó. Dorothy era el nombre de la perra. Mi hija fue a por ella y justo dando la vuelta a la calle encontró a su perro encima de mi perra. ¡Vaya dije, por fin pasó, la oportunidad de Bobby! Al tío no le agradó mi comentario. ME DEBES TRESCIENTOS PESOS, dijo. A mí no me agradó su comentario. Quedamos doscientos, dije. ¡TRESCIENTOS!, gritaba el cabronazo. Vale, vale dije, deme al perro. Primero el pago, dijo. ¡Qué!, dije yo. Sin dinero no hay perro, dijo. Tranquilo, tío, dije, te pagaré, es sólo que justo ahora no tengo la plata. La tendré mañana por la tarde. Sin dinero no hay perro, repitió y se marchó con Bobby. Era un tío alto y corpulento. Obeso y malencarado. Yo no iba a romper la cara de semejante cosa. 

 Piensa, Petrozza, piensa, me decía. Tenía que recuperar a Bobby, cobrar la recompensa, pagar la cruza y beber el resto del dinero.  Pero sobre todo, ¡debía evitar que la familia del obeso mirara el cartel! Vamos, Petrozza, piensa, piensa. ¡Lo tengo! Corrí al poste donde miré el anuncio y lo arranqué. ¡Uff!, me dije. Pero la cosa no había acabado. Caminé de vuelta y lo miré. Otro cartel. Y otro más allá. Y otro. ¡Y otro! Habían llenado la avenida. ¡Y toda la colonia! ¡En cada poste, en cada esquina, en cada teléfono público! Me llevó tres horas acabar con ellos. Eché la pila de carteles al sofá y me senté. Muy bien, me dije. Me puse un whisky en las rocas, lo bebí de un trago, y me fui a dormir. 

 Al día siguiente cogí uno de los carteles, caminé al tragamonedas más cercano, y llamé: Ya dije, buenos días… Llamo por el anuncio sobre el perro… Sí, gracias… He mirado al perro… Sí, lo he cogido… Centro de Tlalpan, sí… Estoy totalmente seguro… Lleva un collar al cuello… El collar dice Bobby, sí… Sí… Ajá… ¿Qué hay de los cinco mil?... Muy bien… En una hora… Sí… Centro de Tlalpan, sí… Vale… Vale… Muchas gracias… Me citaron en el kiosco del centro de Tlalpan. Era un negocio sencillo. Entregaría al perro y recibiría la pasta. 

 Llegaron puntuales. Yo llegué con un ligero retraso. ¿Y bien, dónde está Bobby?, preguntó un señor adinerado. Venía con un adolescente adinerado. Ya dije, primero la pasta. Queremos ver al perro, dijo el adolescente. Verán dije, el perro está bien, denme el dinero y regresaré con él en veinte minutos. ¿El perro está bien?, preguntó el señor, ¿acaso eres una especie de secuestrador de perros?, ¿dónde demonios está el perro? Ya dije, no lo traje conmigo, está en casa. Ya saben, por seguridad. ¿Es una broma?, preguntó el adolescente. No dije, si quieren vamos juntos a casa a por él. Dudaron un segundo. ¿Cómo sabemos que no es una trampa?, preguntó el adolescente. ¿Cómo sabría yo que esto no es una trampa?, dije. ¿Pero qué demonios quieres decir?, preguntó el señor. Ya sabes dije, traigo al perro, lo cogen y ¡Plast! (chasqué los dedos), desaparecen. ¿Cómo haríamos eso?, preguntó el adolescente. Qué sé yo, respondí, ¿cómo hacía Houdini para…¡Basta!, me paró el muchacho, ¿tienes al perro sí o no? Claro dije, vamos, vamos por él, no está lejos. Se miraron entre sí. Finalmente aceptaron y me llevaron en una Audi último modelo. 

 Llegamos a casa del obeso. Los hice aparcar en la esquina de la calle. Bajé del auto y dije es allí, señalando la casa. Vayamos, dijo el adolescente. No, no, esperen, yo me encargo solo, dame el dinero. El padre enfureció. No te daré el dinero hasta ver al perro. Ya dije, al menos un adelanto de trescientos pesos, ya sabes, es lo justo, me da trescientos ahora y el resto con el perro, es justo… Toma, toma, dijo el padre estirándome trescientos pavos. ¿Qué tal si ya no sales?, se entrometió el hijo. Qué importa dije, ahora sabes dónde vivo, puedes buscarme o algo… Está bien dijo el padre, ya ve por el maldito perro. Calma, tío, no tardo. Esperen aquí, mi mujer está loca, será mejor que esperen aquí, dije. Ambos fruncieron los labios y yo me encaminé a hacer lo mío. Llamé a la puerta. Nadie salía. Llamé de nuevo. Nada. ¿Todo bien?, gritó el padre desde la esquina. Toqué de nuevo a la puerta. Nada. ¡Usa la llave!, gritó el condenado adolescente. ¡La he perdido!, grité en respuesta. Toqué la maldita puerta una vez más. Comenzaba a ponerme nervioso. Por fin abrieron. Era el gordo. Vengo por mi perro, dije. ¿TU PERRO?, dijo estampándome un cartel de SE BUSCA en la cara. ¡El cabronazo lo había mirado! La idea me vino a la mente pronto y pude esquivar el asunto: ¡Lo he puesto yo, tío, cuando secuestraste a mi perro me pensé lo había perdido! Se llevó la manaza a la barbilla, la sobó y dijo, está bien, dame la recompensa, después de todo yo lo encontré encima de mi perra. ¡Vamos dije, no es justo! Sin dinero no hay perro, dijo. El adolescente se acercaba a nosotros. ¿Todo bien?, gritó. Vamos dije, te daré quinientos más, dame al perro. El gordo se llevó la maldita mano a la barbilla. El muchacho venía hacia nosotros. Vamos decía yo, setecientos más, ¡pero dame al perro ya! Se sobaba la puta barbilla. El muchacho estaba a dos pasos. ¡Mil más!, vamos, ¡Mil más! Vale, dijo el gordo y gritó que soltaran al perro. Cuando el chico estuvo donde nosotros Bobby salió como un cohete sin rumbo. Miró al chico y se fue sobre él. Venía a la mar de contento. El padre se acercó también. Cogieron al perro y lo subieron al auto. ¡Mi dinero!, dijo el gordo. Vale dije, lo tengo en ese auto, dame un minuto. Corrí al auto. El padre me entregó cuatro mil setecientos pavos y se largó. Repartí el dinero: mil para el bastardo obeso, y el resto para mí. ¡Lo había logrado!

8

¡Lo logré!, pensé al llegar al centro nudista. Cogí la pasta y de inmediato me largué al centro de la ciudad, a un bar de bailarinas nudistas. Me ordené decenas de whisky y me emborraché a los brazos de dos bailarinas. Conté lo mucho que extrañaría a Bobby y se largaron. Todo estaba saliendo mal. No había follado nada en veinte días. No pude ni con las putas del bar. 

12 comentarios:

  1. Se pensaba que era un holgazán muerto de hambre y borracho. Y lo era. Pero era un holgazán muerto de hambre y borracho, que escribe. ¡Más vale que lo tengan!

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  2. Al menos bobby cogió ! :)

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  3. Maravillosa narracion, sigo impactada de como haceslos sucesos cotidianos algomaravilloso y hasta filosofico!!!!

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  4. no invenes narras padrísmo!
    gordo de mierda! cuando se acerca el chavito... me daban ganas de gritar dale el pinche perro!!!! eres genial Petrozza por favor no dejes de escribir! puedes ser un cabron, borracho...pero que escribe!! y escribe bien, puedes hacer de cualquier pavada algo que te atrapa! te seguire leyendo! un beso! xoxo

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  5. Carlos O. Blázquez14 de enero de 2011, 1:01

    haa esta muy bueno

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  6. Jesús Morales Robles14 de enero de 2011, 11:46

    jAJAJAJAJAJAjajajaja.......JEeeeeeee Esta buenisisiiiiiiiiiiiiiiimo.....}

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  7. Jajajajajaja me gusto mucho!! eres muy bueno..felicidades!
    Un gusto leerte (=

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  8. El ser humano se ha inventado reglas para el comercio sexual de los perros... son solo perros!! GEnial!! no lo habia visto asi pero tienes razon! todo el mundo quiere follar porque parte de la naturaleza, hasta los perros follan como algo natural!! excelente texto como siempre, gracias por compartirlos! =)

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  9. Excelente, me atrapo desde el titulo y hasta el final... seguiré leyendo sus textos, son increíbles y muy bien narrados.. gracias desde ya por compartirlo....

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  10. Muy divertido, genial, con sentido del humor, bien narrado, inquietante, fabuloso!!!!!!!!

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  11. Juan Carlos Fernández30 de mayo de 2011, 20:34

    Esta chulo, parece un relato del bukowski.

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  12. jajajajaja Es un relato genial!!!

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