martes, 18 de enero de 2011

Perras del Infierno. Parte 1.

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Perras del Infierno. Parte 1: Le génesis de las perras del infierno.

En el mundo hay toda clase de mujeres; las hay dulces o agrias. Bellas o espantosas. Las hay astutas, o libres, o tontas, o perras… o perras del Infierno. E. era una perra del infierno. Esta clase de mujeres surge siempre del báratro de un corazón. Podemos culparlas eternamente pero jamás habrá más culpable que el alma desquebrajada de los hombres que las aman.  

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Me eché al viejo sofá. Eran tiempos de soledad. Todas las mujeres de mi vida, los grandes amores, y las guarras que sacaba de algún bar, me habían dejado. No tenía una sola mujer ni una sola oportunidad. Si quería follar debía recurrir a los servicios de una puta, cosa que no estaba mal, pero aparte de la soledad, estaba la pobreza. Andaba roto la mayor parte del tiempo. Así que puse a Malher en el estéreo y pensé en cómo me gustaría lamer el culo del alguna jeba. Me llevé la diestra a los genitales y comencé a mover el asunto. Terminé la cosa con E. en la mente. Me tenía cogido la condenada. Pensaba en ella todo el tiempo y de algún modo se colaba en mis pensamientos al momento de hacerme una puñeta. Creo que esto es amor, pensé. 


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En la vida he mirado ojos hermosos de mujeres hermosas. Ojos esmeralda o cerúleo rebajado con blanco. Ojos que hipnotizan y pueden acabar con tu vida, tu alma y tu corazón. Por los que puedes perderlo todo. Sin embargo, todos esos ojos bellos, son siempre pura estética. Estética que Dios o algo puso en mujeres terribles que sacan provecho diabólicamente. Los ojos de E., ¡Dios!, eran realmente bellos. No eran verdes ni azules ni miel. Eran oscuros como la obsidiana. Simples como la obsidiana. La belleza de este par radicaba en otro lado: en su forma, ¡en su viveza! Los ojos de E. eran seres vivos y hermosos que se expresaban por sí solos. ¡Diamantes! Algo mejor que los diamantes. Y todo el rostro luminoso de aquella mujer me tenía prendado como dogal al cuello de un ahorcado. El rostro de E. era el rostro más bello que había mirado en mi lastimera vida. No era el rostro de Scarlet Johanson ni el rostro de Natalie Portma, pero era un rostro de pómulos juguetones y labios exquisitos. Movíase al compas de sus pensares y emociones. E incluso llegué a sorprenderme, avisado por ella, de la emulación mía de sus gesticulaciones. O sea que si ella brillaba la cara en expresión de asombro, todos los músculos de mi rostro seguían a los suyos. ¡Me tenía hipnotizado!

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O sea, eres un borracho que escribe, dijo E. cuando se lo conté. Estábamos en la esquina de 5 de Mayo y la carretera Federal a Cuernavaca. Esperábamos el transporte público que nos llevaría a casa y la luna caía sobre el rostro de ella, haciéndola parecer realmente hermosa. Y un chulo, añadió. Lo mismo de siempre, pensé: la mujer desaprueba mi vida y al mismo tiempo, me da una oportunidad de ligarla. Yo nunca he conquistado a una mujer dije, defendiéndome del último juicio. De los dos primeros no había modo, era un borracho y un escritor.  Y encendí un cigarrillo. Ella rió bellamente. No es presunción, corregí, quiero decir: la mujer escoge al cazador, es ella quien sinceramente seduce al dejarse seducir; es ella quien conquista al permitir que la conquisten. E. me dio la razón y luego desvió la conversación. Ya, pensé, ahora está evitando mi entrada. No desea en absoluto nada conmigo. Aunque solía hacerlo. Me sumergía en una charla llena de intimidades y luego, de pronto, se mostraba desapegada del asunto, desinteresada, indiferente. Otra cosa que me enloquecía era su manía de preguntar el porqué de algo pasado. Por ejemplo, yo decía: me gustaría mirar tus pies y ella no respondía. Me dejaba pensando es sus pies y no mostraba interés en mi comentario. Como si fuese la cosa más natural, rutinaria y aburrida. Y después, quizá un par de horas o de días, clavaba sus hermosísimos ojos en los míos y con lindísima sonrisa, preguntaba: ¿te gustaría mirarme los pies? Lanzaba la pregunta en lugares y ocasiones inesperadas. Mientras yo fumaba un cigarrillo y conducía hacia el bar más cercano, pensando en Pascal y su máxima: “La infelicidad del hombre se basa en una sola cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación.” 

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Me enamoré de E. por todas aquellas razones por las cuales un hombre, generalmente, no se enamora de una mujer. E. era varios centímetros más alta que yo, delgada como una lombriz, y con la dentadura de un tiburón. Con delegada quiero decir, ya se entiende, que las tetas y las nalgas eran tan parcas como las tetas y las nalgas de un palo de escoba. A pesar de todo ello, E. poseía una belleza increíble. Con increíble se entiende: que no te creías que yo, o cualquiera, estuviese enamorado de esa hebra de hilo blanco. Era de piel blanca. Puede pensarse: entonces E. irradiaba belleza interna y pavadas. Y así era. Pero la belleza interna de E. tampoco era la belleza interna convencional. La etopeya de esta mujer pude resumirse en dos palabras: niño pequeño. E. poseía el encanto y la dulzura de un niño pequeño. No de una niña porque no era precisamente melosa o cursi, sino juguetona, risueña y bromista. Caminando a su lado era capaz de meter su pie entre los míos y hacerme tropezar. Era capaz de pegarme en el hombro, o morderme, o reírse de mí en público. Aunque esto llegaba a ser cansado, era al tiempo, encantador. Me cautivó de esa manera. No era la mujer hecha a molde que busca una feminidad exacerbada, o que peca de vanidad injustificada. Vestía modestamente, lo que no impedía que me levantará los ánimos, pues en verdad, era a mi parece una mujer realmente hermosa. 

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El secreto de las perras del infierno es que se alimentan de nuestra sangre. Y somos para ellas tan necesarios como ellas lo son para nosotros. Son vampíricas, súcubas, diabólicas. La más grande habilidad de estás mujeres es hacernos creer que no existen las perras del Infierno. Y que no nos necesitan. No hay nada más alejado de la verdad. En el fondo son almas débiles acuciantes de cariño. Cancerberos. Desde el origen del Mundo la serpiente luciferina incubó en el vientre de la mujer la mentira, y las perras del Infierno mienten, mienten siempre y a toda costa. 

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Cuando la conocí me sedujo de ella una cosa abstracta, que por raro que parezca, no era de ella; sino una serie de abstractos adjetivos que yo le adjudicaba un tanto injustamente. Ella, día a día me hacía ver que era imposible que tal cosa le perteneciera. Sin embargo me gustaba engañarme y creer que era como yo quería que fuera, y así, poco a poco, terminé enamorado de esa cosa que no era ella, ni lo será.

 Una vez enamorado tuve que envalentonarme y confesar que toda ella era una ilusión, linda y metafísica ilusión mía. La defendía haciéndome creer que valía más que las demás por el simple hecho de ser compatible con mis fantasías, y porque a ninguna otra le podría yo adjudicar tan bellas características entelequicas. Con eso se conformaba mi pobre alma como quien se conforma con abalorios, tan bellos, tan deslumbrantes abalorios sin valor a los que  se les adjudica las mismas virtudes de las verdaderas joyas. Y es que encontrar una joya-mujer me parecía inaudito, más increíble y menos probable que el hecho de que ella no fuera “ella”. Que fuera tan sólo ella. De ser así yo no podría amarla; ¡y la amaba! La doté de un poder infinito que no merecía (o merecía porque no hubiese podido dotar a nadie más), y ese poder fue quizá el culpable inconsciente de la terrible ruptura.

 Viajando mentalmente al pasado encontré que no era la primera vez que hacía subir al pedestal enorme a una mujer, y que anteriormente había revestido ya de maravillosas virtudes que no poseía realmente a alguien más. Me había enamorado antes y terminado la magia justo en el mismo momento: momento en que ella tomaba consciencia del poder infinito que tenía sobre mí.

 Así descubrí que jamás he amado a una mujer, sino a falsas, quiméricas e irreales ¡perras del Infierno!


7 comentarios:

  1. Con ese título.... como no voy a leerlo

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  2. espero la parte 2, la genesis la comprendo muy bien ahora, gracias por escribir, las malditas las creamos nosortos, pero la pregunta es si a las mujeres buenas tambien?

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  3. Gustavo González20 de enero de 2011, 9:16

    Excelente, muy bueno!!!! somos nosotrs quienes les damos el poder, es cierto!!!!!!! me has abierto los ojos!!!!!!!!

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  4. maravilloso, ya quiero ver la otraparte!!

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  5. Addendumification Geomisantrocosmos21 de enero de 2011, 13:26

    wowwww

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  6. jajajaja la parte de la piñeta es genial!!! creo que esto es amor, pense, jajajaajjaaj

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