martes, 4 de enero de 2011

No vale nada la vida.

AudioTexto.


Harold Hernández tenía veinticinco años y mucho miedo. Vivía con su madre en una pequeña casa al sur de la ciudad. Se matriculó en contabilidad hace dos años y no lograba coger un empleo. Siempre era la misma historia: requerimos personal con experiencia. Dos años como mínimo. ¡Dos años!, pensaba Harold. No tenía mujer y no tenía dinero. Con la plata que yo no tengo, no puedo hablar de amor a nadie, pensaba. Toda su vida parecía ser una reverenda mierda. No soy un hombre afortunado, pensaba. A su alrededor las cosas salían a pedir de boca. Henry, su mejor amigo, había logrado emplearse en Coca-Cola Company y ganar más pasta de la que él jamás imaginó en sus años de juventud, cuando titularse de la universidad era un sueño de encanto. Ivone, su ex-novia de la universidad había incursionado en el negocio de la consultoría y ahora era la importante presidenta de su propio negocio. Incluso con Morgan, el chico más imbécil del colegio, la vida sonreía. El hijoputa heredó una pequeña fortuna de un familiar europeo al que jamás conoció. Se mudó a España y se casó con una linda catalana. Vivían de importar ropa barata. La mandaban a todo Latinoamérica y rascándose las barrigas se forraban de pasta. Susy, la chica bonita de la universidad se embarazó de un viejo empresario y ganó con ello una elevada pensión alimenticia. Se dedicaba a gastar, viajar, y disfrutar de la vida. Sí, Harold era un desgraciado. 

 Martin Petrozza y yo lo conocimos en la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan. Entramos al lugar y no había una sola mesa desocupada. Incluso la barra estaba llena. Petrozza se acercó a Harold y pidió permiso para compartir sitio. Harold aceptó desanimado. Le daba igual. Lucía terriblemente decepcionado de la vida. Una ligera capa de vello cubría el rostro de aquel muchacho.  Iba despeinado y agotado. Venga, tío, dijo Petrozza, ¿te sientes bien? Harold alzó la mirada y soltó el rollo de su desgracia. Los desdichados siempre encuentran en contar sus penas un placer extraño. No buscan ser escuchados. Buscan hablar consigo mismos. Decirse una y otra vez que nada es culpa suya. Al principio fue incómodo. No es grato escuchar la lastimera vida de otros. Sin embargo había algo en Harold que atrapaba. Honestidad o algo. Escuché atentamente y me involucré. Sentí lástima por Harold, debo confesar. Petrozza se dedicó a beber y levantarse a fumar. En la cantina no se permitía hacerlo y debía salir para ello. Así que entraba y salía de cuadro tantas veces como le llamaba la necesidad de nicotina. Se perdió gran parte de la historia. 

 Martin y yo bebíamos whisky en las rocas y Harold bebía cerveza. Petrozza, desinteresado del asunto, dijo: ya déjate de niñerías y pide un whisky en las rocas. No tengo plata para el whisky, confesó Harold. Ya dijo Petrozza, ni yo. Y me miró. ¡Lo sabía, cabrón!, grité e invité a Harold un whisky. Y muchos más. Gracias, Vero, dijo Harold y Petrozza no dijo nada. No es bueno agradeciendo los favores de los amigos. Petrozza continuó apareciendo y desapareciendo. Cuando el alcohol se le subió a la cabeza a Harold, dijo se quitaría la vida. ¡Qué!, dije yo. No supe cómo reaccionar. Lo decía enserio. Todo el miedo y toda la angustia asomaban por los ojos de este tipo. Calma dije, no es para tanto, verás que las cosas se resuelven solas. Lo sé: dije una estupidez. Las cosas jamás se resuelven solas. En veinticinco años de su vida no se había resuelto nada. Todo lo contrario. Espera dije, no te vayas. Salí en busca de Petrozza. Fumaba en la acera de enfrente. Me acerqué a él y se lo dije. Le dije: este cabrón quiere quitarse la vida y es enserio. Está deshecho. Ya, dijo Martin echando humo por las fosas nasales, ¿y a mí qué? Vamos, cabrón, tenemos que ayudarlo, dije yo. Vamos, Pinciotti, déjalo partir, quitarse la vida es lo mejor que le puede pasar a quiensea, dijo. Si yo tuviera cojones…. ¡Hijoputa de mierda, grite, no te importa nada ni nadie!, ¡podrías ver morir a tu madre y…! Ya, ya, dijo, ¿qué sugieres? No sé, dije, habla con él, dale ánimo. ¡Ánimo dijo, si yo mismo no tengo más ánimos que… Schopenhauer!

 A regañadientes regresó a la mesa y pidió a Harold contase la historia de su vida. ¿Eres una especie de psicólogo o algo?, preguntó Harold molesto. Petrozza es escritor dije, y ha sufrido tanto o más que tú, sería bueno que hablaras con él. Martin me miró indignado. Soy escritor, dijo, soy alcohólico, soy un hijoputa y soy una mierda. Y aún así, agregó, no quiero quitarme la vida. ¿Por qué?, preguntó Harold. Porque tengo la esperanza de que un día el mundo finalmente se vaya al carajo, dijo Petrozza, y quiero estar allí para verlo. Harold sonrió. Vamos, tío, cuéntame tu vida, insistió Petrozza y Harold contó: 

 Nació en el municipio de Perote, Veracruz. Era jarocho. Un pueblo como todos los pueblos, hundido en la mediocridad. El padre de Harold se marchó de casa cuando él contaba diez años, dejándolo con la madre sumergida en profunda tristeza. Me convertí en el hombre de la casa, dijo. La madre, que hasta entonces no conocía otro modo de vida que el modo de vida de un ama de casa, se puso a lavar ajeno para no matar de hambre a su hijo. A los doce años Harold cogió un empleo en una fábrica de tabiques. Era una pesadilla aquello a los doce años. Y cualquier edad, apuntó Petrozza. Ganaba trescientos pesos la semana. Era un robo pero era lo único a que aspiraba con su minoría de edad. Me arriesgo demasiado, decía el patrón chantajeando cada mes. Lo único bueno del asunto, dijo Harold es que madre me motivó para no dejar los estudios. ¿Lo bueno?, dijo Petrozza, ¿no ves que con eso forjaste la desdicha por la que ahora lloras? Harold asintió con la cabeza y siguió: Asistí a la escuela nocturna y obtuve el certificado de la secundaria.  Madre estaba orgullosa. Terminó la preparatoria y le llegó el sueño de hacerse Contador. Un tío suyo se hizo Contador y compró una casa, un auto y un perro. El amigo de un amigo se hizo Contador y logró establecerse en la Ciudad de México. Un viejo amigo de la madre estudió contaduría y ya iba por la segunda casa. Hacerse Contador era lo mejor que podría pasarle en la vida. Juntó algún dinero y con el certificado de la preparatoria en la mano se lo dijo a madre: nos mudamos a al Distrito Federal. Se había inscrito al examen de admisión del Instituto Politécnico Nacional

Si serás gilipollas, exclamó Petrozza, en el D.F. los Contadores crecen como la hierba. Es lo peor que pudiste elegir. Harold bebió el resto del whisky de un trago y continuó:  

Fue aceptado y madre lo festejó con el platillo favorito del niño: pescado al mojo de ajo. Se instalaron en una pequeña casa dentro de una mansión. Un par de cuartos en el jardín de una residencia. Madre se colocó en esa misma casa como empleada doméstica. Mientras tanto, Harold cursaba los estudios universitarios, alegre, y trabajaba por las tardes haciendo llamadas telefónicas a desconocidos para engatusarles alguna tarjeta de crédito. Era un trabajo duro pero Harold tenía esperanzas. Ese fue mi error, dijo, debí contratarme como auxiliar contable. En la universidad se enamoró de Ivone, una chica interesada que sacaba a Harold los pesos que tanto trabajo le costaba ganar. ¡Conozco esa clase de mujer!, gritó Petrozza… Finalmente se graduó y comenzó la desgracia. Dejó el trabajo de telemercadeo para buscar algo bueno. Algo relacionado a su carrera. No encontró nada. Ivone le abandonó. Lo consideraba un fracasado. Ahora Harold era un hombre al que todo le salía mal. No tenía empleo, plata, mujer, perro, nada. 

 No veo cuál es el problema, dijo Martin, eres un desempleado sin obligación ni compromiso, ¿qué más se puede pedir? No soy capaz de conseguir un empleo, dijo Harold melancólico. Petrozza y yo nos miramos. Ambos éramos partidarios de no ser miembros productivos de la sociedad. Yo podía hacerlo sin problema. Vengo de una familia adinerada y no requiero trabajar si no lo deseo. Y además soy una zorra interesada que se casará con Scott F., futuro funcionario público y empresario. Tengo la vida asegurada. Petrozza sin embargo era un bohemio escritor que prefería morir de hambre antes que trabajar. No le pedía a la vida nada sino un poco de pasta para el trago. Cada que mirábamos a alguien matarse por coger un empleo, no lo entendíamos. Lo que no significa que tuviésemos razón. Hay gente que nació para trabajar, por ejemplo los obreros, y gente que definitivamente no nació para eso, por ejemplo el presidente, o Martin Petrozza o yo. “Cualquiera puede trabajar, dijo Martin, lo difícil es vivir sin hacerlo. Requiere talento.” (Charles Bukowski). Harold no quedó muy convencido. ¿Qué sentido tiene haber perdido años en el estudio si al final no tengo nada?, preguntó Harold. El mismo sentido que no estudiar, dijo Petrozza: ninguno. Nada tiene sentido, al final todos moriremos. ¿Lo entiendes? Todos moriremos. Si te haces millonario o pobre o cantante o lameculos del gobierno, no importa. La existencia de un individuo es fantasmagórica. Al final moriremos. Y al recordar esto, dijo, guardo la esperanza de que la raza humana en conjunto tenga algún sentido. Pero lo dudo. Así que, mi querido Harold, da lo mismo si te quitas la vida hoy o mañana o esperas a que se vaya sola… ¿Qué será de tu madre si mueres?, interrumpí. Petrozza no ayudaba demasiado. Si los dejara solos acabarían suicidándose juntos, pensé. Lo mismo que si no se mata, tomó la palabra nuevamente Petrozza, da lo mismo, tu madre acabará muerta contigo o sin ti. Tienes razón, Verónica, dijo Harold, no puedo abandonarla así como así. ¡A ver!, se entrometió Martin, ¿tienes trabajo o no? No, contestó Harold tajante. ¿Entonces quién demonios mantiene a tu madre? Ella misma, e incluso me corre algo de pasta.. ¡Ya lo tienes!, dijo Petrozza. El cabronazo quería decir: no eres una ayuda, eres un estorbo. ¿Qué será de tu madre sin ti? Y la fría y lógica respuesta apuntaba a algo positivo. Calla, Petrozza, dije, eso no es cierto. Sí lo es, dijo. Cállate de todos modos, dije enojada. 

No vale nada la vida. La vida no vale nada…”, dijo Harold y Petrozza completo: “comienza siempre llorando, y así llorando se acaba...” Quedé en medio de dos almas deprimidas con ganas de morir. Harold estaba de acuerdo con Martin: nada tiene sentido. Así es, finalizó Petrozza azotando el vaso vacío sobre la mesa. Se hizo el silencio. Aquel silencio incómodo que surge cuando dos individuos llegan al mismo punto, y no haya nada más qué discutir. 

 Harold fue el primero en hablar. Dijo he tomado las dos decisiones más importantes de mi vida: 1. Cogeré el primer empleo que consiga, no importa si termino lavando platos en una fonda. 2. Me casaré con la primera mujer que vea mañana por la mañana. Será con tu madre dijo Petrozza y Harold agregó una cláusula: “Exceptuando a mi madre”, al contrato que firmó consigo mismo. Ni Petrozza ni yo lo refutamos. Bebimos un par de copas más y nos fuimos. 

2

El relato anterior sucedió algún día del año 2008. Olvidé el asunto completamente. No volví a mirar a Harold y no pensé un sólo segundo en él. Podía estar muerto y yo no lo recordaba. La vida, misteriosa, lo puso en mi camino nuevamente. Corría el año 2010. Descansaba en la banca pública del parque del centro de Tlalpan, esperando al hijoputa de Petrozza que me citó a las cinco de la tarde. Eran las seis con doce minutos y no llegaba. Estaba acostumbrada a ello. Fumaba un cigarrillo y esperaba. Entonces lo vi. Era Harold Hernández el jarocho suicida. ¡Harold!, grité. Volteó y me reconoció. ¡Verónica!, gritó y caminó hasta mí. Preguntó qué haces aquí y le conté esperaba a Petrozza. ¡Martin! dijo, ¿no se ha quitado la vida? Qué va dije, hasta para eso es huevón. Tú qué haces, pregunté y dijo esperando también. A mí mujer. Tengo un empleo dijo, y una mujer. Felicidades dije, veo que superaste la adversidad. En eso apareció Petrozza. No reconoció a Harold. Tuve que darle todos los detalles. ¡Harold!, dijo al fin, qué cabronazo, te imaginaba muerto. Harold bajó la cabeza y asintió. Venga, tío, ¿tienes tiempo de un trago?, preguntó Petrozza. Eran las seis con quince y la mujer de Harold salía a las ocho de la noche del trabajo. Trabajaba en de Enfermera en el Hospital Gea González

Entramos a la Jalisciense. Martin ordenó una ronda de whisky en las rocas y Harold se ofreció a pagarla. Gracias dije. Petrozza no dijo nada. Y bien, tío, ¿ya eres feliz?, preguntó Martin. Harold tardó unos segundos en contestar: sí, supongo que sí. No lo dijo muy convencido. Petrozza agitó los hielos del vaso, bebió de un trago, exclamó una ¡aaah!, y dijo: ¡Eso!, la felicidad es un supuesto, no una garantía. La felicidad es una ilusión. Todo mundo corre tras ella como la mula corre tras la zanahoria atada a su cabeza. ¿Qué hiciste todo este tiempo?, pregunté y nos contó: 

 En aquel primer encuentro Petrozza le cambió la manera de ver la vida. Entendió que nada tiene sentido, y que la vida, no vale nada. No importa lo que hagas, no llegarás muy lejos, apenas a la tumba. El hombre nace, crece, se reproduce y muere dijo, y a eso me dediqué. Obtuvo un empleo, el primero que le dieron, como Auxiliar Contable en un despacho de Contadores. Tres mil pesos por trece horas de trabajo. No importaba. Tomó lo que la vida le dio si reclamar. Estuvo siete meses así. Lo ascendieron. Era un buen empleado, se dedicaba a lo suyo sin quejarse. El trabajo disminuyó. Ahora él tenía un Auxiliar Contable (otro gilipollas, señaló Petrozza) a su cargo. Facturaba ingresos de siete mil al mes. Aguantó. Se ennovió con Estela, una pasante de Enfermería. La conoció en un café cercano a la oficina y le propuso matrimonio. Estela no era el amor de su vida (ni el culo del mundo, dijo Petrozza cuando la miró entrar a la cantina), pero era una mujer dispuesta a compartir su vida con Harold, y eso bastaba. Logró un ascenso más en el despacho de Contadores. Doce mil pavos al mes. No estaba mal. Rentó un apartamento en Calzada de Tlalpan y se mudó con Estela. A los dos meses de vivir juntos se casaron por el Civil. Estela ingresó al Hospital por un sueldo de seis mil. Dieciocho mil pesos mensuales no sonaban mal. Decidió continuar con la vida y resignarse al idiota destino del género humano. Preñó a su mujer. 

 La vida reproducida al infinito. Uno más que se nos casa. Uno más que se multiplica. Y uno más que no sabes cómo se llama, dijo Martin. Me llamo Harold, dijo Harold. Ya tío, pero quiero decir… Olvídalo, se cortó a sí mismo. ¿Y la madre?, pregunté. Continúa en casa, dijo Harold, trabaja por cariño a los patrones y le corro pasta suficiente para que no carezca de lo elemental. 

3

 Estela llamó al móvil de Harold. Harold le indicó dónde encontrarle. Encontré un par de viejos amigos dijo a su mujer, y venimos por un trago. Estela llegó a las ocho con treinta. Venía enfundada en tela blanca. No encajaba en la cantina. No era una belleza de mujer, ni tampoco era un monstruo. Era tan sólo una mujer. El embarazo se le notaba en el vientre. Mucho gusto, Verónica Pinciotti, dije cuando Harold la presentó. Petrozza no dijo su nombre, dijo: ¿con agua o en las rocas? Estela no entendió. ¿Cómo?, dijo. El whisky, contestó Martin, ¿con agua o en las rocas? Comprendiendo respondió: oh, no, no bebo. 

Harold había renunciado a la búsqueda histérica de la felicidad. No era feliz ni desdichado. Llegó a la cúspide. Eso es todo a lo que puede aspirar el ser humano. Tenía un lindo apartamento, una mujer, un perro. Harold era un hombre exitoso. Alcanzó el objetivo de su vida. No perseguía el dinero maniáticamente. Se convirtió en lo que usualmente se denomina, un mediocre. Trabajaba robóticamente. Comía robóticamente. Y follaba robóticamente. Sin pasión ni desilusión. Vivía la vida absurdamente. Encerrado en una esfera de imbecilidad pasiva. El primer paso a la felicidad es ser imbécil, sentenció Petrozza. Estela no entendió el comentario. Es decir, no supo porqué dijo aquello. No estaba enterada de nuestro pasado encuentro con Harold Hernández. Este gilipollas, dijo Martin señalando teatralmente a Harold, alguna vez quiso quitarse la vida. ¿Y sabes por qué? Estela no lo sabía. ¡Porqué no cogía un empleo!, explicó Martin. En realidad, la imposibilidad de colocarse en alguna empresa era únicamente parte del desánimo de Harold. Harold atravesaba en aquel entonces “la crisis de los veinte”. Se miraba solo y débil. Confundido, asustado y menospreciado. Harold lo explicó: 

Me paseaba por las calles, desempleado, y miraba a todo mundo sonreír. Todos parecían tener una pareja, menos yo. Miraba parejas de cuarenta años pasearse cualquier martes por el centro comercial. Lucían felices. Iban bien vestidos y yo me preguntaba a qué demonios se dedican. No parecían trabajar. O tíos de treinta descansar en las bancas del parque de Coyoacan. ¿De dónde les venía el dinero? Todos tenían una casa, un auto, una mujer. No entendía cómo lograban aquello. La vida se me hacía tan dura. Tan imposible de lograr. Yo apenas tenía unos pesos para el transporte público y algún tarado de diecinueve se emborrachaba desmedidamente en cualquier carísimo bar un miércoles por la tarde. Y además, había llegado en coche del año. El sueño de comprar una casa se desvanecía día a día. Todo quedaba tan lejos para mí. No importa qué tan duro luchara. Todas las puertas se me cerraban. Hasta que me dejé arrastrar. Cogí el primer empleo que pude. Me case con… aquí hizo una pausa…. El amor de mi vida (lo que quiso decir fue: la primera mujer que aceptó mi cariño). Y descubrí que es más sencillo no luchar. Si no luchas la vida misma te coloca fuera de la adversidad. Como a un naufrago las olas del mar lo arrastran a la playa. 

Harold Hernández superó la crisis de los veinte y entraría a la crisis de los treinta (?). La vida en sí, es una crisis, pensé. Todo el tiempo estamos llenos de problemas, de dudas, de inseguridades, angustias, agonías, desesperos, tristezas… y muy pocas veces rosamos siquiera la felicidad. Aquellos que dicen ser felices sólo pueden ser dos cosas, dijo Martin: mentirosos. O idiotas. Todos, incluso Estela asentimos con la cabeza. Propuse un brindis por la infelicidad. ¡Salud!, dijimos. Y en aquel instante, fuimos felices. ¡La felicidad, qué pavada!


   

12 comentarios:

  1. Me encantó!! Y tan adecuado en este momento! Bendita infelicidad y bendita mediocridad!

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  2. Siempre he pensado lo mismo señorita Pinciotti, la felicidad es imposible de encontrarla aun seas el mas rico del mundo o el mas jodido (sin agraviar a Petrozza), si no estas de acuerdo con el lugar que tienes en este mundo, entonces no puedes aspirar a sentirte bien.
    Tampoco quiero decir que si no eres feliz entonces eres un jodido mediocre, a veces la vida te da la felicidad en cualquier cosa, en un trago, en una mujer, en el sufrimiento del otro, en tu trabajo, etc.; y a veces la vida te jode en cualquiera de las anteriores. Todo en la naturaleza es un equilibrio constante, y entonces, por qué jodidos violar las leyes de la naturaleza. Solo dejarte llevar, al final como dice el buen Petrozza, vamos a llegar al mismo punto todos, desde el que caga en taza de oro, hasta el que caga en letrina.

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  3. Jonathan Alejandro4 de enero de 2011, 21:58

    ¿Sabes, Verónica? si escribieras un poquitín más desde el corazón y menos desde la Condesa o Coyoacán, sólo un poquitín, serías una grandiosa escritora. Pero como sea, sigues mejorando. Y... gente de esos lugares, ahórrense el comentario para la siguiente reunión en un lugar de $40 varos la chela Indio.

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  4. Para mi es un texto genial como todos tu textos!!!!!!!!!!! la crisis de los veinte me esta atacando vero!!! ayudame!!!!!!!!! jajajaja es enserio! =)

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  5. me encanto.. no habría mejor manera d describir y d sentirlo!

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  6. ¡De puta madre! Hace falta siempre una buena dosis de nihilismo para poder decir que la vida no vale nada y no volverse un gilipollas deprimido u optar por lo más ordinario del género humano
    ¡Salud con un buen whisky en las rocas!
    jajaja

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  7. Esta bueno, la vida es una mierda y la felicidad su estúpida justificación me caga los idiotas que preguntan si soy feliz (incluida mi madre) ¿que carajos importa ese concepto prefabricado? solo sirve a los imbéciles como Harold para seguir vivos jajaja Salud!

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  8. Ayer leí LA VIDA NO VALE NADA ja ja muy bueno, simplemente ese es el tipo de cosas que tenía que leer para relajarme, y lo que dice Petrozza ja ja esa es la sinceridad que a algunos nos provoca que las personas marquen cierta distancia yehaaaaa

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  9. Me gustó mucho el de "No vale nada la vida" y lo compartí con el grupo de lectura que tenemos "ARKADHIA" y a todos les gustó y se rieron mucho y dio mucho de que hablar sobretodo de la verdad o ficción de los personajes, de hecho algunos miembros ya se agregaron como sus amigos... sigamos leyendo................

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  10. me gusto el texto,aunque no estoy muy de acuerdo con el,yo pienso que la felicidad es una decisión no un estado,si uno decide hacer las cosas con alegría y ser agradecido con la vida por lo poco o lo mucho que se obtiene de ella dejá una sensación agradable en el cuerpo y el alma para mi esa sensación se llama felicidad,habrá quien diga que para ser feliz hay que ser un idiota o hacerse el idiota,pero de que sirve el sentimiento de superioridad o la inteligencia infinita ;cuando sientes que estás sumido en un pozo de basura y no hay salida alguna....Yo prefieró ser una idiota para los demás haciendome pasar por una ,mientras me sienta dichosa de lo que hago y de lo que pienso,aunque a veces es realmente dfícil que todos entiendan está postura de la felicidad,y mi ánimo decaé pero no quiere decir que por eso sea o me sienta infeliz,en cuanto al suicidio me parece algo muy drástico,una solución definitiva para un problema temporal,pero igual es respetable la decisión de cada persona....Saludos a todos

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  11. vero te entiendo muy bien y comparto la visión que sostienes de la felicidad como estado pues es lo que el hombre intenta alcanzar y por ende no puede ser deseo, además la felicidad es momentánea, no dura para siempre, por eso es un estado, como la alegría o la tristeza. Martin sos único, ambos escriben muy bien, reí mucho con este texto y me llego a identificar en la crisis de los 20 y la próxima de los treinta pero cojo las cosas más suavemente y el suicidio pienso como Vodelaire, solo debe ser echo por alguien que logro todo en su vida y que si hace algo más lo arruina eso es el verdadero existencialismo.. un abrazo para todos y todas...

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  12. La felicidad es un estado subjetivo, a cada individuo le hace feliz una cosa que puede ser la misma que a los demás o no. Nos empeñamos en buscarla en cosas excelsas, o en cosas materiales. Yo creo que la felicidad se oculta en las cosas sencillas de la vida y en nuestra capacidad para ser felices con ellas.Claro que esto es todo retórica, a lagunos les es imposible ser felices dada su situación.

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