lunes, 3 de enero de 2011

Justin Khase en C.U.

Escritor Invitado. 


… y volvía, como un boomerang terrible, la idea del contexto. 
  
Alejandra cargaba orgullosa su edición de lujo de La Iliada. 
  
- ¿Te gusta? 
  
- Si, sí me gusta –dijo Gabriel, aunque siempre había sido escéptico con la obra de Homero «o de todos los hombres que fueron Homero»; consideraba ridículo que uno de los pilares más sólidos de la literatura estuviera construido sobre la base de una idea vulgar: el hombre despechado que inicia una guerra para recuperar a su hembra. La vulgaridad y el prejuicio en toda su pureza. 
Estaba convencido que si aquel mequetrefe tomó una decisión absurda como la guerra para recuperar a su hembra, fue por miedo a la crítica, al cuestionamiento de su hombría. «Carajo –pensó Gabriel-; si Helena deseó largarse con su padrote de temporada, Menéalo debió conseguirse una muñeca nueva; presentarla a todo su ejército, y condenar a muerte a quien dudara de su helenía» Ese Menéalo –o como se llamara aquel mequetrefe- prefirió guardar las apariencias y mantener su imagen de macho Alfa a toda costa, sin importarle la vida de sus hombres ni lo inútil de su búsqueda ¿Y en qué derivó su necedad? En una historia pacata donde se hablaba de todo menos de la sensatez. «Que terrible –pensaba Gabriel- que la madre de todas las literaturas se sustente en la vulgaridad, el machismo y el prejuicio.» Esta digresión le pareció la excusa perfecta para justificar su obsesión por Alejandra: estudiante de Filosofía y Letras en la UNAM, belleza superior a la media, lo bastante R.M.I como para no aburrirse; una cosita súper cutsie, agradable a cualquier pupila, más diletante que inteligente, amante de la comida orgánica, la música tribal y los derechos fundamentales de los indígenas: una chica pumita tradicional, de la cual ningún chico pumita tradicional se sentiría decepcionado. Sin embargo, a pesar de sus múltiples virtudes intelectuales, Gabriel sólo estaba interesado en una cosa: Sus senos. 
  
Le parecían dolorosamente hermosos. La forma, el tamaño, el aroma, esa ligerísima caída que les proveía de una cadencia casi poética. 
  
Gabriel no sabía exactamente qué quería hacer con esas hermosas esculturas de tejido adiposo. No fantaseaba con amasarlas entre manos, chuparlas o masturbarse con ellas. La mayor parte del tiempo sólo deseaba contemplarlas. 
  
Una noche soñó que Alejandra cruzaba la plaza de la facultad con una falda estampada de veranos y sus hermosos pechos al aire, y que sólo él podía contemplar su desnudez. Lo excitante del sueño no era que lo notara, sino que fingiera que no lo notara. Al despertar, se fue directo a la facultad y la recorrió tres veces, pero no encontró a Alejandra, y se entretuvo recordando que dentro del sueño había muchos hombres desquiciados que la rodeaban buscando la oportunidad de un coito; Gabriel imagino que tal vez esos mequetrefes del sueño, en la vigilia, también podían verle los senos, pero habían decidido fingir que no podían. Esa reflexión le trajo a la mente una frase: 
  
«El placer no es prohibido, sino cohibido, a veces tanto o más que la ternura.» 
  
La frase era de Justin Khase, escrita en uno de sus primeros libros cuando era joven y tenía la facultad de escribir buenos libros ¿Cuántos había escrito desde entonces? 
  
-Ya son casi las cinco ¡Apúrate! –Urgió Alejandra, sacudiendo del brazo a Gabriel, dejando en el aire la estela de sus cavilaciones. Se dirigían al auditorio de la facultad para escuchar, precisamente, al filósofo Justin Khase, quien daría una conferencia magistral por primera vez en Ciudad Universitaria. 
Gabriel había leído lo suficiente de este autor para saber que no había dicho nada interesante en veinte años, nada que le interesara escuchar por más de veinte minutos. 
  
Afuera del auditorio había dos camionetas de TV UNAM y Canal 22, la presencia de los medios excitó aun más a Alejandra, que le pidió a Gabriel que trotaran hasta la puerta principal. Traía una falda estampada -como en los sueños veraniegos de Gabriel-, un suéter de lana con cuello de tortuga y unos lentes cuadrados de armazón grueso, Alejandra parecía una hermosa francesita de la post guerra. Sólo le faltaban una cámara antigua colgada al cuello y un libro de Beauvoir bajo el brazo. En el mundo de Gabriel, ella comenzó a trotar en cámara lenta; cuadro a cuadro, su hermoso busto subía y bajaba al ritmo de su cabello ondulado. Gabriel sintió que una imagen así valía para retractarse de sus agrios pensamientos sobre el principio de la literatura griega: si los senos de Alejandra valían para soportar un par de horas las digresiones de un filósofo antipático, entonces las nalgas de Helena de Troya valía por todas literaturas posibles. 
  
Llegaron al auditorio: había un enorme cartel anunciando a Justin Khase, y debajo de él la siguiente frase: 
  
«La verdad nos hará libres» 
  
Le pareció extraño que una universidad tan prestigiada acudiera a una frase tan carente de prestigio ¿Acaso era una broma? no podía concebir que una caterva de universitarios creyeran esa falacia de que La Verdad tuviera –de alguna manera o circunstancia posible- relación con la libertad «¿Acaso hay gente tan despistada, o quizá tan estúpida en las universidades?»...  [insert truth phrases] 
  
Gabriel estaba convencido que la verdad no existía como un estado de totalidad, sino más bien como una interminable colección de estratos de lo posible y lo convenido, estratos que conducen –sin excepción- a un callejón sin salida «Eso lo saben perfectamente los filósofos nihilistas, los científicos radicales y los místicos ¿Es tan difícil explicar esto a una caterva universitaria que –en teoría- ya tiene edad suficiente, no sólo de saberlo, sino de aceptarlo con estoicismo?» [paste Aurelio's gags] 
  
Los universitarios que organizaba la conferencia magistral daban indicaciones con un altavoz. Sus expresiones eran preocupadas. Se tomaban muy en serio su papel. Antes o después de cada frase insertaban la palabra «compañeros» con un gracioso tono de activista sindical: 
  
«Compañeros: los que tengan boletos con clave A2 y B1 incorpórense a esta fila» 
«Se suplica, compañeros, que apaguen sus dispositivos de comunicación» 
«Compañeros, por favor no empujen ni agredan a otros compañeros» 
«Mantengan su actitud universitaria, compañeros» 
  
«Por qué no te metes ese altavoz por la vagina, compañera», pensó Gabriel, cansado de tanta monserga compañeril. La compañera seguía dando instrucciones con su voz sindical, mientras otro compañero, aferrado a una lámpara de neón, guiaba a la caterva universitaria hasta los pasillos laterales del auditorio. Los pasillos eran largos y estrechos, acondicionados con motivos lúgubres, cortinas de terciopelo escarlata y garigoles propios de un concierto de doommetalgothic con una pizca de afrancesamiento porfiriano, un coqueto mexicanismo que guiñaba su ojo histórico al erotismo rococó. 
  
Los adornos más llamativos eran una serie de mangueras flexibles, rellenas de foquitos de colores agresivos que simulaban las palabras «Verdad» y «Libres»… Sin duda Justin Khase era un pensador con gran poder de convocatoria. Los estudiantes caminaban apretándose entre ellos, pero siempre con la actitud respetuosa de un universitario-civilizado-que-cree-en-los-derechos-humanos-y-las-garantías-individuales; y sobre todo, en La Libertad: esa maravillosa libertad a la cual –según la frase que iluminaba su camino por el pasillo- sólo se puede acceder a través de La Verdad. «¡Cómo es posible creer esa falacia!» Pensó Gabriel, con una imperiosa necesidad de gritarlo, pero se contuvo. Tomó el brazo de Alejandra, concentrado en el movimiento hipnótico de la caterva universitaria que cuchicheaba, zumbaba como un grupo de insectos caminando bajo la tierra. 
  
Quería salir de ahí, porque estaba demasiado oscuro y abigarrado –comenzaba a sofocarse- y sobre todo, porque era un suplicio estar cerca de Alejandra sin poder admirar sus senos. Para no entrar en pánico se concentró en el zumbido de los compañeros universitarios: un par de sujetos a su lado disertaban sobre Justin Khase. Hablaban sobre su vida bohemia y transgresora, sus ensayos radicales. Eran conversaciones acartonadas, nutridas de Wikipedia, donde a la menor provocación insertaban detalles morbosos: La vida sexual de Khase, su gusto por el alcohol y los alucinógenos, su “necesidad” –así lo decía Khase- de usar billetes de alta denominación como papel sanitario. Y así los tipos chachareaban para dar la impresión de que habían leído a Khase desde que estudiaban en el jardín de niños. 
  
Haciendo un discreto paneo de trescientos sesenta grados, Gabriel notó que estaba rodeado de opinólogos (los opinólogos son esos sujetos que portan con regularidad una piocha hirsuta y la frotan con la mano, mientras levantan el índice de la otra mano para decir «yo opino que…» y con ello acaparar la atención a través de discurso que nadie les ha pedido y que frecuentemente a nadie le interesa) desde cualquier punto, se podía escuchar la voz de los opinólogos; una voz impostada que siempre recuerda al locutor de una estación de jazz. Hablaban alto y claro, para que la gente pudiera escucharlos. 
  
Otras voces, menos analíticas, se conformaban con recitar las frases más celebres de Khase; las recitaban en ristra, sin orden ni relación alguna, sin que vinieran al caso, o sin que nadie se las pidiera. 
Otros, simplemente expresaban alguna frase emocional: 
  
«Justin Khase por primera vez en México, ¡No puedo creerlo!» 
  
Se sentían afortunados. Gabriel, por su parte, tuvo la impresión de que no asistía a una conferencia sobre filosofía sino a un concierto de rock. Cuando se fueron acercando a la luz del auditorio, vio que a su derecha había un tipo grande, un calvo-gordo de muy crecida piocha y libro grueso bajo el sobaco, que portaba con orgullo una camiseta con el rostro de Khase. Era cierto que su parecido con el recién fallecido Mick Jagger era impresionante, pero ver al filósofo en una camiseta de farándula sólo reforzó la idea musical. Gabriel no estaba nada cómodo; su sentimiento de asfixia se incrementaba. Comenzó a sudar. Volteó hacia Alejandra, y dijo en la mente «todo lo que tengo que hacer por ustedes, pequeñas» entonces suspiró, lanzando una mirada de ternura a esos maravillosos senos, «esa ubres de perfecta manufactura», repensó, y para no morir de asfixia, continuó divagando: se imaginó a Khase vestido como Mick Jagger, arribando al escenario en medio de luces y brumas multicolores, aferrado al micrófono y sacudiendo el culo con frenesí mientras explica sus protofenomenologías del andenken al ritmo de Sympathy for the Devil. Se rió por lo absurdo de la imagen y siguió caminando; en realidad no caminaba, la caterva universitaria lo iba arrastrando hacia la luz al final del pasillo, como un montón de insectos hacia una lámpara electrificada. 
  
«La verdad nos hará libres» repitió en su cabeza. Sabía que no era una frase de Khase. Todos lo sabían, pero hacían referencia a ella como si no lo supieran. 
  
«Si alguien es capaz de promocionar una frase tan rimbombante, tan seductora y refrescante como un slogan de Coca Cola, y apropiarse de ella sin importar su falsedad, ese alguien debe ser el rey de las tinieblas, la maldad encarnada, un monstruo sin escrúpulos capaz de patrocinar cualquier genocidio.»Pensó Gabriel. 
  
Muy cerca ya del auditorio había otro retén de compañeros organizadores. En el dintel de la puerta, arriba de un cortinal, desembocaba la serie de palabras escritas con las mangueritas de colores. Se leía una frase inconclusa: «La verdad nos hará…» y la serie de foquitos se iba iluminando de forma continua, como un gusano de luz que corre y corre hasta llegar al dintel donde una antorcha de neón encendía la palabra «¡…Libres!» Entonces el opinólogo calvo-gordo apresuró a rascarse la crecida piocha y levantar el índice para opinar que la decoración del pasillo había adquirido dimensiones «simbólico-performáticas» al convertir el simple tinglado de luces en toda una fenomenología de la emancipación –o lo que eso quiera decir- al transmigrar la palabra «Verdad» a un terreno palpable que al final del camino de abstracciones nos conduce irremediablemente a la libertad. Una libertad luminosa y fría, de venenoso gas neón. 
  
El opinólogo calvo-gordo de crecida piocha estaba muy satisfecho con sus opiniones; su amigo (melenudo-no-obeso, sin piocha) le escuchaba muy atento; en realidad no estaba atento, pero sí lo suficientemente drogado para fingir que entendía las cosas. 
  
Alejandra escuchaba con atención la idea del opinólogo calvo-gordo de crecida piocha. Gabriel por un momento percibió que ella volteaba hacia él y le prodigaba una sonrisa; decidió no sentir celos y se entretuvo contemplando con horror la antorcha de neón, que a una distancia considerable parecía realmente electrificada. Sintió que estaba entrando al valle de lo muertos. 
  
«Antes de entrar, compañeros, abran sus mochilas, y permitan que los compañeros de seguridad hagan su revisión» Dijo uno de los organizadores compañeriles; era flaco, granoso, con un altavoz en ristre. «Abre tu mochila, compañero» le dijo a Gabriel. Revisó la mochila –sólo traía dos manzanas y una botella de agua- y lo empujó académicamente hacia el recinto. 
  
Gabriel cerró los ojos y murmuró «La verdad nos hará libres.» Alejandra lo escuchó con un dejo de orgullo, quizá de satisfacción. Tomó su mano con suavidad y recargó ligeramente los senos en su espalda; pensó que Gabriel había entrado en un momento de reflexión impulsado por la opinión del opinólogo calvo-gordo de muy crecida piocha. En realidad ella tenía razón en cuanto a que Gabriel reflexionaba, pero no en la frase sobre la Verdad, sino en la manera en que las mujeres expresan sus emociones: «Cuando una mujer siente orgullo o satisfacción, suele manifestarlo con sus senos», pensó Gabriel, y luego se sintió afortunado por no haber caído en la grotesca trampa de La Verdad: creer que La Verdad es como una antorcha que iluminará nuestro camino hacia el parque de diversiones que algunos llaman Libertad, es un acto indecoroso. 
  
«Duele pensar que todos esos grandes pensadores que dedicaron su vida a descifrar La Verdad, a encender la antorcha con sus reflexiones; que usaron sus apasionados aforismos de pedernal pare encender la chispa, y dar combustión a esa antorcha de La Verdad, ahora son un montón de mierda seca sin ningún derecho de réplica.» 
  
Estaba seguro que no existía en la historia de la humanidad un pensador que haya encontrado la libertad a través de La Verdad... De acuerdo, eso es comprensible en los pensadores neuronales, pero ¿Y los místicos? según Gabriel, los iluminados sólo difieren de los pensadores neuronales en el método, ya que los resultados de ambos son –y esto lo decepcionaba mucho- técnicamente los mismos. 
  
«¿Cuántos pensadores sesudos han envejecido en sus pequeños mausoleos forrados de libros, esclavizados por la búsqueda de la libertad? ¿Cuántos budistas han muerto sentados en su posición de zazen auténtico, o cargando sus pesados grilletes en forma de koanes? El pensador neuronal siempre querrá justificarse, argumentado que su búsqueda le ha dado sentido a la existencia… ¡Bah! Sus argumentos son meras puertas que dan a una pared de abstracciones. El pensador neuronal siempre tendrá una idea de emergencia, profundamente elaborada, para justificar su pavor por el vacío.» 
  
Ya entrando al auditorio, Gabriel siguió con sus reflexiones: 
  
«Los budistas, por su parte, obsesionados con la liberación, pero no a través de ejercitar el intelecto sino de apaciguarlo, de adormecerlo. Esperan que, anestesiando el pensamiento, la antorcha se prenda por sí sola. Creen que la combustión debe ser espontánea. El budista en posición de zazen auténtico también busca justificarse evitando justificarse: su respuesta es la no respuesta. Siempre demostrando que la verdad se obtiene desprendiéndose de la no-verdad; y que sólo a través de la verdad -del Buda- es posible liberarse ¿Pero liberarse de qué? el budista en posición de zazen auténtico contestará que en realidad la liberación es la no-liberación. Su esfuerzo -sin esfuerzo- se traduce en demostrar sin demostrar que La Libertad es una NO Libertad, o séase, una Iluminación no-iluminada.» 
  
Gabriel pensaba en estas cosas cuando Alejandra le indicó los números de sus asientos (algo que también llamó su atención, porque nunca había asistido a una conferencia magistral sobre protofenomenologías donde hubiera asientos numerados y boletaje. Cada vez se sentía más inmerso en el ambiente de un concierto de rock. Eso lo decepcionó aun más. Si Justin Khase hubiera aparecido meneando el trasero al estilo Mick Jagger, ya no hubiera sido tan espectacular. 
  
Cuando tomaron asiento, una chica iluminada –Dios santo ¡Qué expresión!- iluminada por una lámpara teatral, leía fragmentos de un libro de Khase titulado “La vida es una tómbola”: era un ensayo muy breve donde el pensador pretendía demostrar que en décadas recientes la humanidad ha basado y reforzado sus estímulos vitales a través de los medios y las redes sociales, pero especialmente en los programas de concurso y azar; modificando seriamente sus decisiones cada vez más azarosas, como si vivieran en una tómbola imaginaria donde la mano del destino suele sacar el número de su próxima decisión. 
  
"Mientras un sector de la humanidad invierte la mayor parte de su vida tratando de controlar esa fuerza del destino, otro sector se asigna bovinamente a esas decisiones continentes, interfiriendo lo menos posible en un proceso de evolución, de tal manera que ambas posiciones resultan dañinas para un proceso vital efectivo.” 
  
Así recitaba la chica del escenario, con una voz suave y tendenciosa, la voz de una verdadera iluminada. En resumen, el ensayo «bastante malo» -pensaba Gabriel- proponía una idea evidente, casi un perogrullo: buscar un equilibrio de fuerzas entre la mediocridad y la necedad, para que el ser humano fuera capaz de discernir entre las cosas que eran parte de su decisión, y aquellas que son completamente inoperantes. 
  
Cuando la chica terminó la lectura, fue aplaudida vigorosamente por los universitarios (Gabriel miraba a discreción cómo los aplausos de Alejandra le hacían tremular los senos). De nuevo se apagaron las luces. De la penumbra se escuchó una música in crescendo que Gabriel sintió familiar; era la introducción musical del show de David Letterman... 
  
[intro here http://www.youtube.com/watch?v=r5o_0fCN0Rk] 
  
...y detras de la música se escuchaba una carcajada jocosa, varonil. Las luces se encendieron de nuevo con chispazos festivos. En el escenario, un tipo vestido con un traje típico de animador de programas televisivos entró al escenario, pidiendo miles y miles de aplausos para el invitado de la noche. 
  
-El único, el célebre… Mister Juuuustiiiiinnnn Khaaaaaaaassse -Y al fondo del escenario un grupo de músicos parecían disfrutar mucho la introducción lettermaniana. 
  
El animador –un estudiante de teatro de postgrado- tenía un semblante encantador, su sonrisa recordaba al gato de Carroll, y sus gesticulaciones eran grotescas. Para ese momento la caterva universitaria –al principio confusa y murmurona- ya había entendido que se trataba de una «parodia crítica e inteligente», contra esos «voraces programas capitalistas», y pronto se sumaron al juego: desde el proscenio, varias universitarias indicaban con pancartas el momento en que los compañeros debían reír o aplaudir. Una lluvia de serpentinas y luces de colores cayeron sobre el escenario cuando un grupo de chicas del sexto semestre de danza africana neocontemporánea, vestidas de coristas de Las Vegas, empujaban la silla de ruedas de Justin Khase. Cuando el pensador estuvo en el centro del escenario, levantó una mano, y la mano levantó a la caterva de universitarios. 
  
-Justin es un genio –dijo Alejandra con admiración –. Solo a un filósofo como él se le ocurriría algo como esto. 
  
-¿Algo como qué? –Preguntó Gabriel. 
  
-¡Pues como esto! –Dijo Alejandra, un poco molesta- ¿Acaso no ves el concepto? Es tan… original. Por eso admiro a Khase, porque no tiene miedo a burlarse de la solemnidad y las formas preestablecidas. 
  
“Original” “Concepto” “Formas preestablecidas” recitó Gabriel en voz baja. De pronto la música del show de Letterman se esfumó en un fadeout mientras el falso conductor de programas hacía bromas y animaba a la gente a aplaudir y cantar La vida es una tómbola 
  
[song here: http://www.youtube.com/watch?v=NNZTjIKpBdM&feature=fvst] 
  
La carterva de universitarios  se miraban con azoro y sin saber qué hacer, hasta que el 
grupo de chicas del sexto semestre de danza africana neocontemporánea hicieron señas de seguir sus movimientos. Alejandra fue de las primeras chicas que se levantaron y comenzaron a bailar. 
  
-Justin Khase es el pensador más original de nuestro tiempo – Gritó Alejandra al oído de Gabriel (la música estaba muy fuerte) – ¿Alguna vez imaginaste asistir a una conferencia magistral que simulara un programa de concursos? 
  
-No… creo que no -dijo Gabriel, pensando que en realidad todas las conferencias magistrales, simposios o mesas redondas a las que había asistido en su vida, eran tan desabridas como un vulgar programa de concursos, pero con una diferencia fundamental: en los programas de concursos la gente finge que es feliz, participa y recibe regalos (una tostadora, una plancha, a veces un auto), en cambio, en las charlas magistrales sobre filosofía la gente finge que es infeliz, casi nadie participa, y por regla común, uno sale con las manos vacías. 
  
-Anda, canta conmigo –dijo Alejandra, quien ya se había levantado de su asiento para seguir con mucho ritmo la letra: la vida es una tómbola, tom tom tómbola, de luz y de color…- Gabriel se levantó, tan sólo para encontrarse con una encrucijada: Intentó aplaudir y mover las caderas cantando La Tómbola, pero lo embargó un terrible sentimiento de bochorno. Ser parte de la masa gregaria lo hacía sentir ridículo ¡Cuánto le pesaba esa actitud de tipo rudo que no baila! Comenzó a ponerse rojo, Alejandra lo notó y soltó una risita. Gabriel estaba decidido a sentarse y esperar que ese bochornoso momento terminara, pero entonces la caterva universitaria comenzó a mirarlo con desprecio, como «un tipo arrogante que se niega a sumarse a la inteligentísima parodia ideada por el inteligentísimo filósofo inglés» y lo que es peor, Alejandra comenzó a verlo con inquina, a reprobar su actitud. Quizá ya estaba pensando en abandonarlo, se iría muy lejos, llevándose sus portentosos senos con ella. ¿Qué debía hacer Gabriel? Bastó con mirar un momento los magistrales senos de Alejandra –más magistrales que cualquier conferencia magistral- ver cómo tremolaban alegres y con mucho ritmo, para saber qué es lo que tenía que hacer: se levantó timidamente, y comenzó a bailar La Tómbola.




Nota: 
Si quieres participar en el blog con un relato entre 5,000 y 20,000 caracteres (contando espacios) manda tu texto a: redaccion@whiskyenlasrocas.com Las bases y más detalles están al final del Blog. Gracias.

3 comentarios:

  1. Una de las cosas que admiro de Charles Bukowski es que puede transformar una experiencia banal, en un relato casi poético. Creo Leonel que lograste adueñarte de la trampa. Muy buen relato.

    ResponderEliminar
  2. El texto en si me ha gustado mucho. pero creo que la narracion a veces se vuelve algo lenta y pesada. es solo mi humilde opinioln saludos a todos!

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com