sábado, 1 de enero de 2011

El chico narco. Parte 2: Porque te quiero.

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Venga, Pinciotti, aquí están los cuatrocientos pavos. Intactos, dije a Verónica entregando la pasta que había pedido prestada. La requería para entregarla a Carlos, quien la requería para comprar cuatrocientos pavos de cocaína y venderla a tíos adinerados que la requerían urgentemente para saciar las ansias. Vaya, Petrozza, dijo Verónica, no lo esperaba de vuelta, esto sí es una sorpresa. Ya dije, y cien pavos más. Intereses. ¡Dios mío!, exclamó, no tienes porqué. Vale, nena, tómalos, por tanto favor. Dijo que no era necesario pero los tomó la bruja. Es un placer hacer negocios contigo, apunté. ¿Negocios?, preguntó ingenua. Es un decir, dije yo. No iba a contarle la verdad: había conocido a un chico en la A.A. que resultó ser narcomenudista. Era un chico de diecinueve años abandonado. Lo instalé en casa un par de semanas. Al principió fue una lata. Ahora sin embargo, el chico me generaba ganancias del doscientos por ciento o más. Era bueno en el negocio y deseaba llegar muy lejos. Hacerse un cabronazo del narco. Reproducía el dinero como chinchillas. Comenzamos con los cuatrocientos que pedí a Verónica y ya teníamos suficiente para pagarnos buenas farras en buenos lugares y buenas mujeres en buenos centros nudistas. Carlos era mi estrella de la suerte. 

2

La luz de la lamparilla daba de lleno sobre el rostro del muchacho. Tuvo que entrecerrar los ojos y hacer visera con la mano para no enceguecer. 

- Tres tristes tigres -, dijo en un murmullo. 

La puerta se abrió y entró. Lo recibió un obeso de dos metros. Rapado y con el cráneo tatuado. Era Charlie, el cocinero. Le hizo bajar al sótano, hasta una puerta de acero. Charlie tocó el timbre y la puerta comenzó a sonar. Era un sistema eléctrico o algo. Charlie la empujó, y entraron. 

- ¿Muñeca? -preguntó un hombre delgado que estaba sentado a un escritorio metálico. 
- La misma que viste y calza –respondió el chico. 
- Pensé estabas fuera del negocio. 
- Vacaciones. He vuelto. 
- Bien. ¿Te sirvo algo?
- No, gracias, no bebo. 
- Muñeca, Muñeca, no me vengas con chorradas.

El hombre chascó los dedos y Charlie puso un whisky en las rocas para Muñeca. 

- Gracias, Charlie –dijo el chico y bebió el de un trago el contenido del vaso. 
- Así que has regresado al negocio –dijo el hombre. 
- Así es.
- Bien, ¿cuánto te sirvo?
- Cuatrocientos de polvo.
- Vamos, Muñeca, ¿es una broma? No menos de tres mil. 
- Son mis últimos cuatrocientos pavos, regresaré por más, sólo necesito comenzar de nuevo. 
- No sé.
- Vamos, Grady, hemos trabajado juntos, sabes que es cuestión de tiempo para que vuelva por más. 
- Haré una excepción, Muñeca, pero si la próxima vez no vienes por tres mil al menos, no vuelvas. 
- Gracias, Grady. 

El hombre sacó una pequeña llave plateada y abrió el cajón derecho del escritorio. Metió la mano y salió con dos bolsas negras que colocó cerca del muchacho. Charlie se acercó cuchillo en mano. Picó una de las bolsas. Juntó un montoncito de polvo en el borde del cuchillo y lo llevó hasta las narices del chico. Éste aspiró la cosa. La droga corrió suave por la garganta y la sintió instalarse en el cuerpo bienvenida. Muy bien, dijo. Charlie siguió el mismo procedimiento con la segunda bolsa. Muñeca aspiró. Esta vez tuvo que toser para no ahogarse. ¡Qué diablos!, dijo. La primera es cocaína pura, dijo Grady, la segunda está rebajada con raticida. Muñeca tocó con el índice la primera bolsa. Charlie se llevó ambas bolsas y regresó con cuatro pequeños papeles llenos de aquello. Muñeca puso la pasta sobre el escritorio, tomó los papeles, y salió del restaurante acompañado de Charlie. 

 Caminaba aprisa. Con la cabeza gacha. Había dado el primer paso. Había conseguido el material. Ahora tenía un problema: ¿a quién iba vender la droga? Carlos, a quien apodaban Muñeca en el ambiente, había sido un pequeño distribuidor en el Estado de México. Se movía con soltura en el negocio. Conocía a las personas indicadas. Tenía decenas de buenos clientes. Cabrones adinerados. Jamás vendió a pobres diablos. Amasó una pequeña fortuna que dilapidó en farras de encanto. Todo eso hace más de un año. No tenía un quinto y no tenía un solo cliente. El negocio es frío. Si desapareces un par de semanas, todos se olvidan de ti. Los drogadictos no van a parar por la muerte de un distribuidor. Estaba jodido y lo sabía. Pero tenía un sueño y había dado el primer paso. 

3

¿Muñeca?, pregunté cagado de la risa cuando me lo contó. En verdad parecía una muñeca aquel cabrón. Con su piel blanca y sus rasgos finos. Con su rubia cabellera que llevaba al hombro. Calla, capullo, dijo, algún día Muñeca será un nombre de respeto. Dios, dije, sin parar de reír, Muñeca no es un nombre, tío, ¿no fuiste a la primaria?, es tu seudónimo. Un seudónimo de respeto, dijo Carlos. Ya dije, calmando la risa, ¿conseguiste la cosa entonces? Claro, respondió mientras se desnudaba. A ver, dije y me mostró cuatro pequeños papeles del tamaño de un haba. ¿Es todo?, pregunté decepcionado. Esperaba que trajera una caja llena, o un saco lleno, o un portafolio lleno. Eran cuatro pequeñísimos papeles. ¿Has gastado mis cuatrocientos pavos en tan poco?, dije exaltado. Cuando estuvo totalmente desnudo entró a la ducha. ¡Cabrón!, dije, puedes guardarte los genitales en mi presencia. VENDERÉ CADA GRAPA EN DOSCIENTOS CINCUENTA, gritó desde el cuarto de baño. QUÉ GILIPOLLAS PAGARÍA DOSCIENTOS CINCUENTA POR TAN POCO, grité yo de regreso. YA ENCONTRAREMOS ALGUNO, escuché gritar a Carlos. A decir verdad no confiaba demasiado en él. Era un crío de diecinueve años, alcohólico, homosexual y drogadicto. No puedes fiarte de algo así. Dejé que la suerte decidiera… Caminé hasta la sala e hice tocar Malher en el estéreo. Encendí un cigarrillo y me eché sobre mi viejo sofá. Eran días duros. Entregué a Carlos mis últimos pesos y no tenía dinero para un trago. Estaba seco y sediento. Pensaba en la manera de no morir deshidratado. También tenía hambre. Me preocupaba principalmente la parte de morir deshidratado. Yo conocía decenas de maneras de conseguir cerveza gratis. Pero para ello necesitaba beber un poco. Dejar que la alegría inundara mi cuerpo, y simpático, ligar alguna mujer que estuviese dispuesta a pagarme el trago por un polvo. O sin polvo. Era igual. Con que pagase el trago. Aquella noche todo mi talento estaba paralizado. Me dejé llevar por la música y quedé dormido. 

 Capullo, capullo, venga tío, me despertó Carlos. Lucía fresco como una lechuga y lo noté: llevaba mi pantalón. Y mi camisa. Y mis zapatos. Vaya buen gusto que tienes, dije sobándome los ojos. Vamos, capullo, dijo, muero de sed. Lo entendí perfecto. Para un par de alcohólicos como lo éramos nosotros morir de sed no era morir por un soda. Estoy quebrado, dije. ¿Cómo?, preguntó. No lo entendía. Recién se mudó mentí a Carlos diciendo que había cogido un empleo. Y ahora no entendía que un hombre que trabaja, no tenga dinero. Se lo confesé y dijo ¡qué haces todo el maldito tiempo! Me leo tomos enteros de Geografía en la Biblioteca México, contesté. ¿Enserio?, exclamó dubitativo y olvidó el asunto. Probemos suerte en algún bar, dijo, tú eres bueno con eso. Y lo era. Enserio. Pero como ya dije, aquella noche tenía el cerebro seco. De todos modos lo intentamos.

 Entramos a La Puerta Negra, nos sentamos a una mesa, y no ordenamos absolutamente nada. El bar estaba lleno de gilipollas. De hombres, quiero decir. Nos dedicamos a fumar y observar. A tu izquierda, dijo Carlos, el tío de la chaqueta azul, parece un bobo, quizá podamos sacarle un trago. Lo miré. En efecto parecía un bobo. Aunque no lo suficiente para pagarnos el trago. Se lo dije a Carlos. Bien contestó, qué me dices de aquel, el de la gorra roja, parece amigable. Justo cuando terminó la frase la gorra roja se levantó, y se fue. Ya dije, creo que hoy no es nuestro día. Espera, capullo, espera, dijo Carlos. Esperé. Esperé quince largos y agobiantes minutos, y cuando estaba a punto de perder la fe, sucedió: una jebita horrible, hija del dueño, se acercó a nosotros y preguntó si deseábamos ordenar algo. Era nuestra oportunidad. Claro, nena, dije, serán dos litros de oscura. La tía se largó a por ellos. Carlos me miró alegre y dijo: ¡lo sabía!, tienes dinero. Para nada, dije, tengo un plan. ¿Qué plan?, preguntó rascándose la barbilla. Para mí todo esto era muy sencillo, no sé cómo no entendió de inmediato. ¿No lo notaste?, dije, la jebita no dejó de mirarte. Hizo una mueca. Ya sé lo horrible que está dije, pero no es importante. Bastará con una sonrisa, un guiño. No sé dijo, no soy bueno con el ligue. Eres una muñeca dije, no tienes que serlo. Sólo tienes que sonreír o decir cualquier estupidez. Como sea acabarás encantándola. La mesera regresó con lo pedido. Puso las botellas sobre la mesa y no dejaba de mirar a Carlos. Venga, tía, le dije, ¿Cómo te llamas?  Volteó a mirarme sorprendida. Todo el tiempo no notó mi presencia. No le importaba con Carlos a lado. Daniela dijo tímida. Ya Daniela, ¿por qué no te sientas un par de minutos?, quiero presentarte a un amigo. Los presenté. La tía rió nerviosa y se sentó. Carlos no sabía qué decir ni qué hacer. ¿No te parece una lindura?, pregunté a Carlos señalando a Daniela. Asintió con la cabeza estúpidamente. Me excusé para ir al sanitario y los dejé a solas. Antes de irme eché una mirada a Carlos. Una mirada que decía: más vale que lo hagas bien.

 No fui al sanitario. Me dediqué a explorar la zona. Saludé a algunos tíos a la distancia. Con el vaso de cerveza. Hice algunos brindis en algunas mesas. No encontré nada. Era temprano aún y nadie estaba lo suficientemente borracho para pagar la cuenta de un extraño. Encendí un cigarrillo. Caminé hasta la puerta de entrada y me acomodé junto a ella. Llevaba el control de quién entraba y quién salía. Y desde allí también miraba a Carlos. Era un tío en problemas. Daniela resultó ser más aventada que él. Se le pegó. La tenía encima y el pobre no podía quitársela. Reí para mis adentros. Fumé algunos cigarrillos mientras miraba el teatro. Entonces entraron ellas. Un par de mujerazas. Con tremendo culo. Hola, guapas, dije a sus espaldas, ¿vienen solas? Voltearon al tiempo y una de ellas, una rubia teñida, me miró de pies a cabeza y contestó: sí, a menos que tú seas tan hombre para invitarnos un trago y hacernos compañía. No eran el tipo de mujeres que yo buscaba. Andaban en lo mismo que yo. Era un par de golfas en busca de papi. Tiré la colilla del último cigarrillo que fumé, la pisé y dije: sí ustedes son tan mujeres para merecerlo… La otra tía, una teñida de pelirrojo, rió despectivamente. Ya enserio dije, me llamo Martin Petrozza, ustedes son… Jante, dijo la seudorubia… y Jenniffer, dijo la seudopelirroja. Estrechamos las manazas. Un placer, lindas, dije y las acompañé a una mesa donde nos sentamos. Ordenaron tres litros de cerveza oscura. Verán dije, vengo con un amigo, es… ese… que está allá… dije señalando a Carlos. Vaya dijo Jante al verlo, ¿por qué no lo invitas a venir? Me levanté y fui a por él. ¿Dónde dejaste a Daniela?, pregunté indignado. No sé dijo, me pidió un momento para hacer algo.  Ya dije, no importa, ven conmigo. Lo llevé a donde las mujeres y les dije este es mi gran amigo Carlos. Lo saludaron entusiasmadas. 

Intercambiamos risas, tragos, coqueteos y algo de saliva. Apenas unos cuantos besos. Se emborracharon de inmediato. Eran unas golfas con mucho qué aprender. Salimos de La Puerta Negra condenadamente borrachos. Fue sencillo. Los cigarrillos se terminaron. Janet deseaba más y yo estaba con Jante. Quiero decir que Carlos estaba con Jenniffer, y yo con Janet. Así que me ofrecí a ir por  más. Le dije a Carlos me acompañara. Teníamos que salir del bar y caminar a la tienda. Caballerosamente nos ofrecimos a comprar los cigarrillos. Salimos y ya no regresamos. Fue sencillo. 

4

Carlos jodía con que escribiera la historia de su vida. Yo no deseaba hacerlo pero él se apasionaba con aquello. Escribe cómo regresé al negocio, decía. Ya decía yo, ¿cómo regresaste al negocio? Tras algunas llamadas contacté a Henry O´well, dijo. Dios dije, nadie en México se llama Henry O´well. Ni en ningún lado, añadí. Escribe, capullo, escribe, decía. Vale dije, ¿y quién es el tal Henry O´well? Un pelmazo adinerado dijo, solía pagar el vicio a una manada de amigos suyos. Él casi no consumía. Pagaba el vicio de otros y lo amaban por ello. Estaba rodeado de lameculos todo el tiempo. Muy bien dije sin hacer demasiado caso. Encendí un cigarrillo, destapé una Tecate, y me eché en el sofá a escuchar la cosa. Me lo contó a detalle. Se emocionaba al hacerlo. Mientras tanto yo hacía algunas anotaciones: 

 Muñeca sabía que Henry O´well (Qué puto nombre te has inventado, dije) era la piedra angular de su regresó al negocio. Henry era un excéntrico adinerado que solía apreciar el buen polvo. Muñeca tenía una sola oportunidad y lo sabía. Cuatrocientos pavos de cocaína no eran suficientes para complacer a un tío como Henry O´well. (Dios, qué puto nombre, qué horror de nombre). Tenía que pensarlo dos veces antes de contactar al buitre de…

 Cambia buitre por halcón, dijo Carlos, un halcón es más imponente. Un tío adicto al crack no puede ser sino un buitre dije yo, y continué: 

- Henry, viejo amigo, ¿cómo has estado? –preguntó Muñeca desde un teléfono público. 
- ¿Muñeca? –Preguntó la voz extrañada. 
- ¿No reconoces la voz de los ángeles cuando la escuchas? Claro que soy yo, Henry, ¿cómo has estado?, ¿qué tal las fiestas?
- Pensé que te habían encerrado. 
- ¿Encerrado?, ¿a mí?, qué va, estoy de regreso. 
- Es lo que decía todo mundo, que finalmente te habían metido a la casa de muñecas. 
- Palabrerías, Henry, viejo amigo, tengo algo para ti. Algo grande. 
- No sé, Muñeca, he dejado el vicio. 
- ¡¿Cómo?!
- El corazón. Ya no soy un niño, Muñeca.
- Dios, Henry, no sabes cuánto lo siento. Pero en verdad es algo grande lo que tengo para ti. 
- No sé, Muñeca, los doctores dicen…
- Te llevaré sólo un poco, Henry, una muestra. Cuando la pruebes los doctores podrán meter sus palabras por el…
- ¿Muestra gratis?
- Henry, cariño, qué gracioso eres…
- ¿Cuánto?
- Dos mil cuatrocientos, sólo para pasar el rato. Te encantará. Tu corazón despertará y estará vivo y colendo en un santiamén…
- No sé, Muñeca…

 Para, capullo, pidió Carlos, lo estás haciendo quedar como un marica. Muy bien dije, qué tal esto: 

- Henry, viejo amigo, ¿cómo has estado? –preguntó Muñeca desde un teléfono público. 
- ¿Muñeca? –Contestó una voz rasposa como la voz del Diablo. 
- ¿No reconoces la voz de los ángeles cuando la escuchas? Claro que soy yo, Henry, ¿cómo has estado?, ¿qué tal las fiestas?
- Pensé que te habían encerrado. 
- ¿Encerrado?, ¿a mí?, qué va, estoy de regreso. 
- Es lo que decía todo mundo, que finalmente te habían metido a la casa de muñecas. 
- Palabrerías, Henry, viejo amigo, tengo algo para ti. Algo grande. 
- No sé, Muñeca, he dejado el vicio –dijo la voz tosiendo como un volcán. 
- ¡¿Cómo?!
- El corazón. Ya no soy un niño, Muñeca.
- Dios, Henry, no sabes cuánto lo siento. Pero en verdad es algo grande lo que tengo para ti. 
- No sé, Muñeca, los doctores dicen…
- Te llevaré sólo un poco, Henry, una muestra. Cuando la pruebes los doctores podrán meter sus palabras por el…
- ¿Cuánto? –dijo tajante la voz del demonio. 
- Dos mil cuatrocientos, sólo para pasar el rato. Te encantará. Tu corazón despertará y estará vivo y colendo en un santiamén…
- ¿Cuánto? –repitió enfurecido.
- Dos mil cuatrocientos, cuatro papeles, de la buena. 
- Debe ser realmente buena, Muñeca. 
- Lo es. 
- ¿Apostarías tu vida? –dijo el mismísimo Lucifer. 

 Ahora parece muy exagerado, interrumpió Carlos. Di un largo trago a la cerveza. Me gusta, me gusta, dije. La verdad no me gustaba en absoluto. Lo dije para molestar al chico. El caso es que Carlos logró vender tan poca droga bajo la excusa de una prueba de calidad. Henry O´well, que en realidad se llamaba Enrique Oswaldo, era un tío ligeramente adinerado que aceptó el trato por dos mil cuatrocientos pavos. Muñeca logró convertir cuatrocientos billetes en dos mil más. Era increíble. Cuando llegó con la pasta lo abracé, lo cargué, y le besé la frente. Calma, capullo, nada de sentimentalismos… o me voy a enamorar de ti. Me alejé de él. Me entregó ochocientos pavos. Como habíamos quedado. 

5

La cosa, como todas las buenas cosas de mi vida, no duró demasiado. Continuamos el negocio un par de meses. Meses en los que hice más dinero que hasta entonces dedicándome al oficio de escritor. Y cuando haces más dinero que hasta entonces, la gente lo nota. ¿De dónde sacas el dinero?, preguntó Verónica Pinciotti en todo de sospecha. Lo decía por la ropa. Compré algunas camisas. Y si yo era un tío por el que no dabas un peso, ahora darías dos o tres. Lo decía porque en todo ese tiempo no recibió llamadas mías suplicando un trago. Y lo decía, sobre todo, porque aquella tarde la invité a comer. Y quiero decir que esta vez yo realmente la invité. Tengo un pequeño negocio, dije. ¿Un negocio?, preguntó extrañada. Soy prestamista, dije. ¿Prestamista?, ¿tú?, ¿y de dónde sacas el dinero para prestar? Venga, Pinciotti, dije, un hombre debe decir qué hace, pero jamás cómo lo hace. Principios básicos de Carlos Castañeda. ¡Dime de dónde demonios sacas dinero, cabrón!, gritó Verónica amenazándome con investigar la verdad cueste lo que cueste. Y seguro no es nada bueno, añadió. Ya dije, comencé con los cuatrocientos pavos que me estiraste. Los presté a mi cliente favorito y gané algunos intereses. Verónica quedó sorprendida. Tenía sentido. ¿Y luego?, dijo. Luego, respondí, mi cliente favorito necesitó otro préstamo, mayor, y lo hice de nuevo. Presté y gané. ¿Cuántos clientes tienes?, preguntó. Uno dije, mi cliente favorito. Pero… pero… dijo, pareces haber ganado mucho en tan poco tiempo, ¡y con cuatrocientos pesos!, ¿cuánto cobras de interés? El doble dije, o el triple, según. ¡Tanto!, ¿y te sigue pidiendo prestado?, si puede pagar esos intereses, ¿porqué no tiene dinero? No lo sé dije, no es cosa mía. Algo no está bien, dijo ella. Calma, Pinciotti, dije, ¿acaso no puede salirme bien la cosa una vez en la vida? Lo pensó un par de segundos y contestó no. ¿No?, ¿por qué no?, dije. Porque eres un holgazán, respondió. Por eso mismo, nena, encontré el negocio de mi vida, no exige esfuerzo físico ni levantarse por las mañanas ni dejar el trago, dije, sólo es prestar y ganar, prestar y ganar, piénsalo, tú también puedes hacerlo, puedes entrar con quince mil, dame quince mil y te regresaré veinte. ¡No qué el doble!, dijo. Bueno, bueno, algo tengo que sacar yo, tú serás intermediaria. Intermediaria mis… ¡voy a investigar de dónde diablos sacas el dinero y te voy a poner un alto!, gritó. 

6

Verónica llegó a casa sin avisar. La puerta estaba cerrada pero ella conocía el secreto. Era cuestión de hacer algunas maniobras a la chapa y cedía. Sin necesidad de llave. Y nos pilló con las manos en la masa. Entró justo en el instante que Carlos separaba los papeles de cocaína. Los buenos de los malos. Es decir, la pura de la raticida. ¡Dios mío!, dijo a nuestras espalas, ¿qué demonios es esto? Volteé impactado. Vaya, Pinciotti, ¡¿no sabes que debes tocar la puerta antes de entrar?! Carlos guardó el asunto torpemente. Verónica lo había visto todo. ¿Y éste quién es?, preguntó aludiendo al muchacho. Mi cliente favorito, dije. Carlos adoptó la actitud de un delincuente. Se mantenía callado y asustado. ¿Todo bien?, me preguntó. Sí dije, Verónica es una vieja amiga y no es capaz de… ¡Los denunciaré!, gritó. Dios dije, no es para tanto. ¡Qué no es para tanto!, dijo ella exaltada y nos echó un sermón. Dijo son un par de idiotas, no saben lo que hacen, están jugando con fuego y todo por unos cuantos pesos. Calma, nena, dije, es sólo por un tiempo, en lo que juntamos pasta para un negocio limpio. No me creyó. Me llevó aparte y me pidió explicaciones inmediatas. Le expliqué toda la verdad. De cómo conocí a Carlos y del sueño de ser un gran tío del narco. Estás pendejo, decía. No era la primera vez que escuchaba aquellas palabras de aquella bruja. Traté de calmarla pero no lo logré. Estaba hecha una furia. Exigió echara de inmediato al tal Carlos. No puedo dije, no tiene a dónde ir. Le había contado la historia de la vida de Carlos. Brevemente pero con los detalles importantes. ¿Cuánto dinero han hecho? No sé dije, unos treinta mil. Bien dijo, es suficiente para que se largue. Ya dije, pero no todo es suyo, mi parte… ¡Dale todo el dinero y que se largue! Ahora eres tú la que está pen… Me paró en seco. Llamaré una patrulla dijo, si no haces todo lo que te digo. Yo conocía lo suficiente a esta mujer para saber que hablaba enserio. Lo hacía por mi bien. Por mi bien. Siempre tenía que joderme por mi puto bien. Ya dije, no te pongas así, dame unos días, en lo que busca apartamento y… No dijo, ¡nada de eso! Se irá ahora mismo y no lo volverás a ver. Vale, vale dije, no grites. 

 Regresé a donde Carlos y se lo dije. Le dije: Muñeca, es tiempo de que te marches. Pensé no lo entendería. Lo entendió. Sí dijo, será lo mejor. Y ya tenía hechas las maletas. Supongo que era lo mejor. Él lo sabía. No le convenía en absoluto quedarse allí, con esa arpía sabiendo el asunto y amenazando. Y no le convenía mantener relaciones conmigo que lo sabía todo y me dejaba gobernar por Verónica. Dios dije, no quiero que te vayas. ¿Capullo?, preguntó sorprendido. En verdad me había encariñado con el muchacho. Era un buen tío. Tenía un sueño y era más de lo que las personas suelen tener. Te extrañaré dije, y lo abracé. Capullo, para, dijo, no te pongas cursi. Cabrón de mierda dije, ¿no me extrañarás? Me miró a los ojos y dijo: será lo mejor, he juntado lo suficiente para dejar el nido. Lo supe: el muy hijoputa no sentía nada. Le daba igual. Me había utilizado lo suficiente y no me necesitaba más. Por su seguridad, era lo mejor. ¿Te veré en la A.A.?, pregunté. No lo creo dijo, será mejor que no. Ya dije, está bien. Lo abracé de nuevo y le di la bendición. Quiero decir que dije: ve con Dios. No sé por qué lo hice. Yo, un ateo empedernido, diciendo aquello. Lo que quise decir fue: espero que todo vaya bien. Espero que logres tu sueño y que todo salga de maravilla. Lo que quise decir fue: no quiero verte tras las rejas, Muñeca. Éxito. Eso quise decir. Salió sin decir nada más. Esquivó a Verónica que estaba en la puerta de la casa y se largó. 

 Pinciotti suspiró y se acomodó en el sofá. ¡No lo puedo creer!, decía, ¡utilizaste mi dinero para eso! Ya, nena, dije, se acabó. Más te vale, cabrón, pendejo, imbécil… y dijo una sarta de groserías más. Me enfadé. ¿Por qué te pones así?, dije indagando, ¿a ti qué te importa lo que yo haga? Eso la cabreó sobremanera. ¡¿Qué qué me importa?!, dijo, ¡¿qué qué me importa?!... Se levantó y comenzó a caminar hacia mí. Pensé me pegaría o algo. ¡¿Qué qué me importa?!, repetía sin cesar. Como en trance. ¡Eres un hijoputa cabrón y mal agradecido, no tienes respeto ni por tu puta madre, hijo de la chingada, pendejo de mierda, ¿qué qué me importa?... Calma, Verito, dije, calma, preciosa… ¡Estabas echando tu vida a perder, vengo a salvarte del peor de los males, POR QUE TE QUIERO, y me dices qué qué me importa! Perdona dije, no quise decirlo, es sólo que… Un par de lágrimas resbalaron por su mejilla. Dios pensé, la has cagado. Lo siento, nena, dije, no quise decir exactamente eso, es sólo que… Comenzó a llorar enserio. Ya, ya, dije, ya, calma… La abracé y le pedí perdón cientos de veces. Miles de veces. No quería escuchar nada. Tuve que suplicar me perdonara. Se calmó luego de algunos minutos y me hizo prometer no volvería a involucrarme en algo así. Claro, preciosa, lo prometo. Y lo dije enserio. Verónica tenía razón. No era una buena idea. Era cuestión de tiempo para que nos encerraran. Carlos era un tío con cojones pero hasta el tío con más cojones había pisado la cárcel en el negocio del tráfico. Me dejé llevar por un chico de diecinueve años. Y por la plata. Todo parecía tan sencillo y tan seguro que perdí la noción del peligro. Me comporté cono un imbécil, dije a Verónica que dejó de llorar. Te quiero mucho, decía, y no quiero nada malo para ti. Sí, nena, muchas gracias, decía yo. También te quiero, decía yo. Y la quería sinceramente. Verónica había estado conmigo en las buenas y en las malas. Me había ayudado tanto todo el tiempo. Era una excelente amiga y era honesta con su amistad. Yo sabía perfecto que si de dinero se tratase, ella estaría allí para estirarme la pasta necesaria. No tenía porqué arriesgarme así con Verónica en mi vida. Ahora quiero que recojas todo esto dijo, y que te des un baño. Sí mamá, dije en tono de burla. Te llevaré a desayunar algo y me contarás todo con detalle. Sí mamá. No quiero que vuelvas a mirar aquel chico, es mala influencia. Sí mamá. Y deja de llamarme mamá, baboso. Sí mamá. 



4 comentarios:

  1. Los buenos amigos no permitiran nunca que nos caigamos, Veronica es una buena amiga!

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  2. Era lo mejor, que te alejaras de el! =)

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  3. Genial!! que buenoq ue paraste eso no era bueno!

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  4. Buenisimo!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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