viernes, 28 de enero de 2011

El celoso impertinente. Parte I: Todas las mujeres son unas putas.

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Era sábado de whiske en las rocas. Cada sábado solíamos reunirnos Martin Petrozza, Garrison, Rey Hernández y yo, en casa de Garrison, a beber whisky en las rocas y pasar la noche. Jugábamos Maratón, platicábamos las buenas o las malas nuevas; Garrison contaba el descubrimiento de alguna teoría literaria; Petrozza contaba de cómo se folló alguna mujeraza; Rey nos mantenía al tanto de la nota roja; y yo narraba mi última correría con algún hombre mayor, o del asunto Scott. También discutíamos al infinito en tertulias literarias donde Garrison perdía los estribos por algún comentario o alguna opinión de Rey. No solíamos invitar a nadie más. Éramos un grupo hermético de amigos. Nos importaba poco la sociedad y la moda. Éramos cuatro desadaptados sociales bebiendo y hablando de banalidades intelectuales y existencialistas. 

Sin embargo, aquel particular sábado faltó Rey Hernández so pretexto de la abuela enferma, y en su lugar vino un tal Anselmo, amigo de Garrison. Se conocieron en la universidad y hace un par de años no se miraban. No sabían nada el uno del otro y el cabrón de Garrison pensó buena idea reencontrarlo una noche de whisky en las rocas, lo que me pareció terrible. Aquella noche dejamos el Maratón y la tertulia para otra ocasión, pues Anselmo llevaba en el corazón una felicidad desbordante: habíase casado seis meses ha con una mujer a la que dibujó ante nosotros, perfecta. Maribel, dijo, es bella, discreta, atenta y fiel. Lo contó todo a la primera ronda de Whisky, sentado a la mesa, con los codos sobre ella, y fumando un cigarrillo. Lucía realmente encantado. 

 Garrison le felicitó, yo le felicité… y Petrozza, alma escéptica por naturaleza, dijo: ¿y cómo sabes que en verdad es fiel? Garrison y yo nos miramos. Sabíamos lo que se avecinaba. Martin era experto en hacerte dudar hasta de tu propia existencia. Anselmo no se dejó intimidar. Cogió el vaso de whisky, dio un sorbo y dijo: lo sé porque lo ha demostrado desde el noviazgo. Lo sé porque desde siempre la sociedad la ha tenido en buena estima. Asentí con la cabeza dando la razón. Garrison propuso un brindis por la buena mujer, y por la boda de Anselmo. Todos levantamos el vaso en brindis, incluso Petrozza que lo hizo apáticamente, y bajándolo, inmediatamente dijo tengo mis dudas, todas las mujeres son unas putas. Garrison y yo enmudecimos. Hubo un silencio de alarma al final de cual esperaba la reacción de Anselmo. Petrozza suele meterse en problemas por ser tan bocazas. Garrison rompió el silencio comentado: que todas tus mujeres sean unas putas no quiere decir que todas las mujeres lo sean. Petrozza lanzó una llamarada de humo de tabaco, y se defendió: Enserio. TODAS sin excepción. Unas más otras menos. Tarde o temprano. Lo dijo con tal seguridad, como si se tratase de un viejo sabio, que Anselmo dudó. Bueno dijo, Maribel no lo es ni lo ha sido al menos hasta el momento. Cuestión de tiempo, apuntó Martin moviendo la mano como si estuviese diciendo la cosa más elemental del universo. Y lo dijo directo a los ojos de Anselmo quien desdibujo una sonrisa. Vale dije, pasemos a otro tema. El ambiente comenzaba a tensarse. Esperaba que en cualquier momento Anselmo preguntara cabreado y amenazando a Petrozza si el cabrón estaba insinuando que Maribel… Pero no lo hizo. Garrison me siguió el hilo y propuso jugar algún juego. Anselmo sin embargo prefirió escuchar el por qué de los razonamientos de Martin. ¡Error que le costó la tranquilidad! Está bien dijo, no hay problema, dejemos que Petrozza nos diga, según él, por qué las mujeres son todas unas putas. Garrison y yo nos miramos de nuevo negando con la cabeza. Garrison levantó los hombros rendido, y yo dije vale señor sabelotodoenlavida, ¿por qué las mujeres son putas todas? Petrozza terminó lo que quedaba en su vaso de un trago, lanzó un sonoroso ¡Ahhh!, encendió un cigarrillo, y mientras se servía más whisky, comenzó: Muy sencillo. Las mujeres son todas unas perras del Infierno porque llevan en los genitales el veneno del pecado. Veneno inyectado por la lengua de la serpiente luciferina, allá en el origen de la humanidad. No hay mujer sobre la faz de la Tierra que no lleve incubada la semilla de la mentira. Y una mujer fiel es como una leona mansa: no existe. Puedes enjaular una leona desde cría pero nunca matar el instinto feroz de su especie. Tarde o temprano ¡zaz! Yo tuve ganas de reír al escuchar aquello. Me contuve al mirar la cara de asombro de Anselmo y el semblante frío de Garrison. Garrison estaba de acuerdo, lo sé, pero no dijo nada. No quería convertir la felicidad del amigo en tristeza. Y yo estuve de acuerdo cuando Petrozza remató con un: ¿o no, Pinciotti? 

 Veamos, continuó Petrozza, dime Anselmo, ¿cómo diablos puedes estar seguro de que en este momento no está ya Maribel en brazos de otro? Hablaba como detective que busca la clave. Porque la he dejado personalmente en casa de su madre, contestó Anselmo ufano de no ceder tan pronto. La has dejado personalmente en casa de su madre, repitió Petrozza y jaló una bocanada de tabaco. Fumaba con todo el estilo de un detective que busca a través de la mayéutica la contradicción en los razonamientos de su víctima. Se divertía el hijoputa descorazonando al prójimo. Así es, afirmó Anselmo. ¡Maravilloso!, ¡Maravilloso!, has hecho bien, dijo Martin. Y dime, Anselmo, ingenuo Anselmo, ¿tienes tanta seguridad cómo hoy de mantener siempre en cautiverio a la bella leona? Claro, respondió Anselmo como si tal cosa. Pasamos todo el tiempo juntos dijo, trabajamos en el mismo sitio y vivimos en la misma casa. Aquí todos hicimos una mueca de asco. No es sano dije yo. El Infierno, dijo Garrison. ¡Eureka!, ya lo tienes, dijo Petrozza apuntando el índice al pecho de Anselmo. Ninguno comprendimos nada. Díganme todos ustedes, explicó Petrozza, ¿es acaso santo aquel que no habiendo probado jamás el alcohol, se vanagloria de ser abstemio? O para explicarme mejor: ¿es acaso santa la mujer que sin tener jamás tentación, la ha librado? Nadie tuvo nada que decir en contra y siguió: dudo de toda mujer y si piensas que Maribel es tan perfecta, no puedo creerme de esta verdad sino probándola de manera que la prueba manifieste los quilates de su bondad como el fuego muestra los del oro. Pues no posee valor el alma buena a la que no den ocasión  de probar su bondad. Un alma buena en dichas condiciones es como el perro atado, que atado es el mejor de los perros, pero una vez suelto… ¡Vaya demonio! Así, la mujer que es buena por temor o falta de ocasión yo no la tengo en tanta estima, en que tendré a la perseguida y solicitada que salió con la corona del vencimiento. Aplastó la colilla de un cigarrillo sobre el cenicero y Garrison tomó la palabra: Tiene razón dijo asintiendo con la cabeza y frunciendo los labios. Anselmo lo pensó seriamente y confesó notar en Maribel cierta proclividad al coqueteo, no llevada a más por falta de tiempo. 

 Increíblemente Petrozza lo logró. A base de razonamientos filosóficos le hizo ver que ninguna mujer está exenta de caer en tentación. Y que si Maribel es tan buena como él cree, tendría que probarse. Y claro, Anselmo jamás la había probado. Anselmo vivía convencido de una verdad posiblemente falaz, pues según el hijoputa de Petrozza, una mujer puede decir mil cosas y comportarse de mil maneras, como un demonio puede transmutar la materia de la que está compuesto, a la de una bella doncella o una bruja o un dragón. Poco a poco Petrozza taladró hasta llegar al nervio. Y una vez llagado Anselmo enloqueció. Calma, Anselmo, tienes una buena mujer y lo sabes, decía Garrison para dar ánimos al buen amigo. El alcohol corría por las venas de Anselmo y acalorado daba la razón a Petrozza: ¡todas las mujeres son iguales!, juzgaba sin pensar. Garrison no sabía qué hacer con un hombre desesperado en casa. Petrozza bebía alegre de la elocuencia con la que venció la poca fortaleza de su interlocutor. Ahora regrésalo a la felicidad, susurré al oído de Martin. Vamos dijo, que se dé cuenta de la realidad. Cabrón de mierda, susurré de regreso. Lo tomé del brazo y lo saqué al patio. Le dije: no todos tienen criterio suficiente para mantenerse firme en sus ideas. Ni todos poseen fortaleza de carácter. ¡Lo has vuelto un desdichado! Qué va dijo, era un desdichado ya. Claro que no contesté, era un hombre felizmente casado. Nadie es felizmente casado respondió, felizmente casado es un oxímoron. Como sea dije, más te vale que resuelvas el problema. Vamos, Pinciotti, dijo, te has vuelto mi madre. No supe qué contestar. Hasta cierto punto tenía razón. ¿A mí qué me importaba el asunto de un desconocido? Nada. Si actuaba así era más por controlar a Martin que por interés en Anselmo. Está bien dije, olvídalo. 

 Pero no pudimos olvidarlo. Regresando dentro Garrison nos dijo este cabrón está loco. ¿Por qué?, pregunté desinteresada. Diles, anda, diles lo que quieres hacer, dijo Garrison a Anselmo. Anselmo lo contó: pidió a Garrison ser el artefacto de la prueba de fuego. Según el plan de Anselmo era perfecto. Siendo Garrison un completo desconocido para Maribel, y un amigo para Anselmo, fungiría como carnada. Intentaría ligar a Maribel. Anselmo daría pie y ocasión para ello. Y sólo así se convencería del valor de su mujer. Una mujer no vale por lo mucho que apriete el coño, dije. Ya lo sé dijo Anselmo, pero de todos modos. Petrozza dijo tiene que ser broma, ¿te has creído todo lo dicho por mí? Anselmo no bromeaba y ya no importaba si Petrozza habló enserio o no. Estaba decidido. Maldición dije, a ver, es mi turno, siéntate Anselmo, cálmate, y si este hijoputa te volcó la cabeza, yo la volveré a su sitio. Anda, platiquemos el asunto. Dime, ¿qué esperas que ocurra al probar la fidelidad de Maribel?  Anselmo se sentó, cuando entramos a la habitación ya estaba de pie enfrente de Garrison con el vaso de whisky en la diestra, planeando el complot. Estoy seguro de que Maribel pasará la prueba, dijo. Muy bien dije, y dime, ¿si estás seguro de la victoria de Maribel, vale en algo la prueba; será ella mejor de lo que ya es pasándola?... O es que tú no la tienes por santa como dices, interrumpió Petrozza, empujando aún más la inseguridad de su víctima. Anselmo llevó la mirada hasta Martin que se acercaba hacia la mesa con el vaso recién lleno, agitando los hielos y fumando. Rápido capté su atención y continué: Anselmo, lo que deseas hacer es tan estúpido como aquel que poseyendo finísimo diamante, certificado y aprobado por lapidarios expertos, halagado por la muchedumbre y estimado por reyes y principales, duda de sus garantías y lo expone a yunque y martillo para convencerse a sí mismo de la durabilidad, fortaleza y resistencia de tan maravilloso objeto. Y así, a fuerza de brazo y martillo quiebra lo que más quería. Piensa que por esa prueba puedes perderlo todo. ¿No es acaso mejor conservar la dignidad de una mujer que bien ganada la tiene, que poniéndola a prueba, obligarla a ceder a un mal innecesario? 

 Anselmo pensó la cosa pero no pude moverlo de su actual estado de ánimo. Garrison, deseoso de librarse de la empresa que le proponía Anselmo, se unió a mí recitando un poema que dijo llegó a su memoria y es un fragmento acorde a la situación, y que te hará entender, dijo a Anselmo y recitó: 

“Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar, 
porque todo podría ser.

Y es más fácil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.

En esta opinión estén
todos, y en razón la fundo
que si hay Dánaes en el mundo
hay pluvias de oro también. 

 Anselmo no entendió la última parte del poema. Dánaes dijo Garrison, de Dánae. Como si eso lo explicara todo. Y al no entender la última parte, lo ignoró completo y continuó rogando a Garrison le ayudase con la prueba. Se negó rotundamente diciendo que aquello era una ofensa a la mujer que ama y una ofensa a él mismo, Garrison, pues pedir a quien sea que se someta a tan bajo nivel, el nivel de un conquistador de lo ajeno, es humillante. ¡Nadie lo haría!, gritó Garrison. Allí él y yo volteamos a mirarlo. ¡Petrozza! Tú lo metiste en esto, tú lo sacas, dije a Martin. Fumaba tranquilo sentado en el sofá. Con la pierna cruzada. Echando la ceniza del cigarrillo directo al suelo. ¡Coge un cenicero, cabrón!, gritó Garrison llevándole uno. Anselmo lo miró angustiado. Con ojos de súplica. Hagamos una cosa, dijo Martin, bebamos hoy y dejemos el tema, si mañana continúas deseando probar a tu mujer te echaré una mano. Me pareció lo más sensato que había dicho en toda la noche. Anselmo estuvo de acuerdo. Garrison estuvo de acuerdo. Y yo estuve de acuerdo también. Continuamos bebiendo hasta que Anselmo cayó rendido en el sofá. 

 Garrison subió a su habitación. Recogió algunas cosas de la mesa y subió a su habitación. Ignorándonos. Martin se quedó sentado fumando sin decir una palabra, y yo me quedé sentada frente a él mirándolo fumar, sin decir una palabra. Terminó con el cigarrillo. Colocó la colilla entre el pulgar y el anular, y la catapultó por los aires. Cayó sobre la mesa. Cabrón dije y me levanté. Petrozza se levantó y me siguió. Comenzó a darme alcance y lo entendí: corrí. Corrí hasta la habitación de huéspedes y él corrió detrás de mí. Ambos brincamos a la cama y yo grité: ¡Gané! Petrozza se me echó encima y jugueteamos a ganar la cama. Al final cedió. Vale dijo, la compartiré contigo. ¡Si gané yo!, exclamé. Ya dijo, entonces la compartirás conmigo. Nos recostamos y mirando el techo le pregunté: ¿qué esperas de todo esto? ¿De qué?, preguntó desentendido. Tuve que explicarle de qué: del asunto Anselmo. Me explicó lo que esperaba: pues que es un gilipollas, y que va a ponerme en bandeja de plata a una mujer. Su mujer. Y yo no dejaré pasar eso. ¿Por qué eres así?, pregunté en tono de profundidad. Suspiró y contestó: no lo sé. Acto seguido llevó una mano hasta mi vientre. Me sobó. Lo dejé hacerlo unos segundos y luego le aventé la mano. ¿Qué ocurre? dijo asombrado. Como si le asombrara. Si vas a pasar la noche aquí más te vale estar quieto, advertí. Pinciotti, Pinciotti, dijo, ¿cuándo cederás? 

2

Al día siguiente nos levantó Garrison. Llamó a la puerta de la habitación. Lo escuché llamar pero no quise abrir. Entonces empujó la puerta y se abrió. Asomó la cara. Yo lo miraba por debajo de la sábana. Fingía dormir. Traje el desayuno dijo. Alcé la cabeza y dije vale ya voy. Garrison se fue. Moví a Petrozza pero estaba muerto. Martin, le decía quedo, Martin, vamos, despierta, Martin. El desayuno está listo, Martin. Movía el cuerpo de Petrozza en todo eso. Martin, vamos, despierta. ¡Martin!, grité. No se movía. Al diablo pensé y me levanté. Una vez vestida entré al sanitario y saliendo bajé a comer. 

 Abajo estaban Anselmo y Garrison. La mesa estaba servida. Garrison compró dos kilos de barbacoa y todo estaba listo. ¿Y Martin?, preguntó Anselmo. Ese cabrón duerme hasta tarde, respondió Garrison. ¿No lo esperamos?, preguntó Anselmo. Tú come dije yo dando el primer bocado. En eso apareció Martin haciéndonos quedar como unos farsantes. Bajó las escaleras bostezando y estirando los brazos. Sin pronunciar una sola palabra, uno buenos días, qué tal, etc., tomó asiento y comenzó a zamparse unos buenos bocados de carne.  Hola, sí, buenos días, dije sarcástica. ¿Y bien, Anselmo, tuviste tiempo de consultar la almohada?, preguntó sin hacerme caso. Anselmo contestó que sí. Dijo seguir interesado en el asunto Maribel. ¡No!, ¿enserio?, exclamó Garrison. Anselmo tenía un plan desarrollado. Tomé un poco de salsa y pedí los detalles. Anselmo pasó una tortilla a Martin y comenzó: me citaré con Martin en algún café. Llevaré a Maribel, por supuesto (Anselmo recibió el salero que le alcancé), lo presentaré como a un viejo amigo (Garrison destapó la coca-cola y sirvió en mi vaso y el suyo. Gracias le dije). Martin intentará ligarla… ¿En presencia tuya?, ni la más puta de las putas lo haría en presencia de su marido, señaló Garrison. La más puta de las putas supongo que sí, dije yo. Martin dijo: cambia el café por algún bar. Anselmo dijo bueno sí, lo que sea, un bar o un café o lo que sea… No, interrumpió Petrozza, UN BAR, dijo tajante. Está bien, está bien dijo Anselmo dando una mordida al taco. Una vez en el bar Anselmo encontraría la manera de dar tiempo a Martin para trabajar. Se ausentaría bajo algún pretexto que ya inventaría al momento. Una llamada telefónica, comprar cigarrillos, no sé dijo Anselmo. ¿Cuánto tiempo te puede llevar eso?, preguntó Garrison exprimiendo un limón a su carne. Puedo tardarme unos veinte minutos; me invento un contratiempo y ya, contestó Anselmo. Tiempo suficiente dijo Petrozza con la boca llena. No la vas a seducir en veinte minutos dije y bebí soda. No, respondió Petrozza, pero es tiempo suficiente para saber si lo lograré en un futuro. Claro dijo Anselmo, eso ayudará bastante. En ese tiempo es necesario que intentes una cita a solas con Maribel. Así sabré si es capaz de mentirme. Moví la cabeza negativamente. No es posible que la pruebes como a una cosa dije. Pásame la cebolla dijo Martin a Garrison y éste lo hizo. Yo había terminado así que llevé mi plato al fregadero. Anselmo terminó en seguida e hizo lo suyo con el plato. Garrison y Petrozza comían bastante. Salí a mirar el cielo y pensar. 

 Pensé cómo el hombre es capaz de juzgar a la mujer. Al grado de ponerla a prueba. ¿Qué esperaba realmente Anselmo? Decía tener a Maribel por buena mujer y al tiempo, la probaba. El destino de aquello era funesto se le mirase por donde se le mirase. Si Maribel lograba vencer los intentos de Martin, ¿Anselmo quedaría satisfecho? No. Pensaría: bueno, no le gusta Martin; ¿pero qué haría ella si la solicita alguien que sí sea de su agrado? Entonces Anselmo buscaría otro candidato. O inventaría un plan más elaborado. Y si fracasa… ¿Llegarían al divorcio? Definitivamente Anselmo estaba loco. No entendía de dónde le vienen los celos. No me creía que el discurso de Petrozza fuese el único acicate de su locura. Posiblemente Anselmo era de la clase de hombres que hablan contrario a sus pensares. Y así, al decir que confiaba tanto en su mujer, pensaba al revés. Y las palabras de Martin no le fueron novedad. Se identificó con ellas y el asombro le venía de encontrar un ser que las pronunciara sin escrúpulos. Todas las mujeres son unas putas, decía Martin y Anselmo lo había pensado siempre sin decirlo jamás. No lo sé…

Terminaron con el desayuno y Anselmo se fue. Se despidió de nosotros y se largó dando un fuerte apretón de manos a Martin. Sellando el trato. La próxima semana dijo. Martin Asintió con la cabeza encendiendo un cigarrillo. Y antes de que Anselmo saliera, agregó: el whisky corre por tu cuenta… es tu prueba y es tu mujer. Anselmo asintió repetidamente y dijo que no se preocupara por eso. El cabrón de Petrozza había conseguido una mujer ajena con el beneplácito del marido, y trago gratis. “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis…” (Sor Juana Inés de la Cruz), recité resignada de las locuras de este par. 





17 comentarios:

  1. si tiene la razon de un modo u otro.....

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  2. Por eso soy fan de Petrozza

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  3. Siii Petrozza es la onda, y como siempre tu texto esta muy bien narrado y me atrapa!!!!!!!!!

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  4. Castillo Medina Mayari28 de enero de 2011, 23:28

    ay pobres a quién le dan pan, que llore,,,

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  5. Para cuando la segunda parte!!!!!!!!!! Ya quiero ver que pasa con Maribel!!!!!!!!

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  6. Un festival de nombres y peripecias familiares, que configura un chismografo, pero que distorsiona la asimilacion de las ideas fuerza.

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  7. Narración extraordinaria, tema estraordnario, desenlace..... ya quiero ver!!!!!!!

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  8. excelente texto ya quiero ver que sucede!!!!!!!

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  9. Lo peor es que conozco 2 casos similares en que quisieron probar a la mujer y salieron chillando: 1 divorcio en que el único que ganó fue el abogado....y en el otro una cadena de reproches eterna, ¡Que tíos tan necios!

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  10. Tooodos los celosos son impertinentes y tooodas las mujeres somos putas, pero solo en la cama de un elegido.

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  11. Very enlightening and beneficial to someone whose been out of the circuit for a long time.

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  12. Me gusto el relato, atrapante con caracteres bien definidos, con un clima también interesante, y elementos psicológicos bien logrados. Esperamos las continuación

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  13. Muy buen relato, con un clima bien logrado y personajes redondos

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  14. Muy bien escrito. Y ese Petrozza es la mar de divertido.

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