martes, 28 de diciembre de 2010

El chico narco. Parte 1: Alcohólicos anónimos.

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Me llamo Martin Petrozza, y soy alcohólico, dije frente al grupo de gilipollas de la A.A. Luego añadí en un murmullo: y amo ser alcohólico. Se escucharon algunas toses y algunas risas. Más toses. El moderador dijo que no me preocupara; con la ayuda de Dios y de nosotros, cambiarás de opinión. Ya dije, espero que no. Nuevas risas. Y muchas miradas aviesas. Me senté y un tal Edgar Campos se levantó a confesar su alcoholismo. Entré a A.A. porque necesitaba un sanitario. Aquella tarde la pasé bebiendo en un bar de avenida Revolución. Al salir caminé hasta Barranca del Muerto y la vejiga exigía ser vaciada. Había demasiada luz y demasiada gente para orina en cualquier esquina. Me interné en la colonia en busca de un sitio público con sanitario y no lo noté hasta que estuve dentro. Un tío con aspecto de ex-presidiario se acercó a mí y preguntó si venía a la reunión. ¿Dónde tienes el sanitario, tío?, pregunté sin responder a su pregunta. Me explicó, el sanitario no es público, es para los voluntarios, ¿vienes a la reunión?, preguntó de nuevo. Dios, dije, sí, soy voluntario, vengo a la reunión, ¿dónde está el puto sanitario? Ven por aquí, dijo y lo seguí. El muy cabrón me llevó al salón donde la reunión comenzaba. Adelante, compañero, sin pena, me invitó a pasar el moderador. Ya dije, gracias. Y tomé asiento. Una vez dado el primer paso (aceptar mi alcoholismo frente a todos esos puñetas), alcé la mano para llamar la atención del Moderado. ¿Sí?, dijo al ver mi manaza alzada en su máxima longitud. ¿Puedo ir al sanitario?, pregunté como crío de primaria. ¿Te urge mucho, no puedes esperar?, preguntó el moderador. Ya dije, me urge mucho, no puedo esperar. Bien, no tardes, me dejó salir el hijoputa. 

 Eché la meada más caliente y abundante de mi vida. Caminé hasta la salida. La puerta estaba cerrada. Intenté abrir pero la chapa tenía el seguro echado. Moví la puerta bruscamente. Una manaza me jaló del hombro. Era el ex-presidiario. Me largo, dije, abre la puerta. No puedo dejarte ir, dijo, hasta que termines la reunión. Tienes aliento alcohólico. Entonces lo supe: estaba atrapado. Evitaban las fugas. Yo venía con aliento a rayos y whisky. Era una víctima perfecta. Ya dije, verás, soy voluntario. Creí que eso lo explicaba todo. Ajá, dijo el cabrón sin saber de qué iba la cosa. Creo que no me comprendes, dije, soy VOLUNTARIO, no OBLIGATORIO. ¿Sabes lo que significa voluntario?, dije en tono desesperado, significa que puedo largarme de aquí si me da la gana, pues nadie me obliga a lo contrario, ¿entiendes? No puedo dejarte ir, repitió el homúnculo. 

 Tuve que volver al salón. La cosa fue sobre los doce pasos de la salvación y testimonios. Estaba rodeado de almas atormentadas. Era el purgatorio. Gilipollas que beben arrepentidos. De todos ellos hubo uno que llamó mi atención. Se llamaba Carlos y tenía diecinueve años. Era un delgado muchacho de piel blanca y cabello rubio. Bien parecido. No te creías que estuviera allí en medio de tanto hijoputa. Dijo coger el trago a los catorce. Dijo ser capaz de robar por un trago. Dijo haber embarazo un par de mujeres alcoholizado. Y dijo desear con todas sus fuerzas volver al pasado. Algunos tíos soltaron lágrimas al escucharlo hablar. Lo hacía con verdadera pasión. Si Dios va a elegir alguno para llevarlo al reino de los cielos, arrepentido, pensé, debe ser a él. Victor, el moderador, pidió un fuerte aplauso para el valiente Carlos. Así lo llamó: El Valiente Carlos. Pero el pobre tenía el miedo estampado en toda la jeta. Aquel miedo que he mirado tantas veces en tantos borrachos. El miedo a perder el control. Carlos era un chico de diecinueve años con el miedo atravesado. Como la flecha de un negro arquero. Paralizado. 

 Cuando fue mi turno de dar testimonio conté cómo yo era capaz de ligar tremendas mujerazas bajo el influjo del alcohol. Y acostarme con ellas. Sobrio la cosa se dificulta. Los tenía atentos. Reían o suspiraban y Victor tuvo que pararme. Mi testimonio fomentaba la bebida más de lo que la prevenía. Al final confesé no estar arrepentido de aquellos buenos tiempos, el alcohol es un buen amigo, dije, ha estado conmigo en los momentos más difíciles y en las más felices alegrías… Victor me paró en seco. Gracias, Petrozza, gracias, dijo, ahora que estamos convencidos que el alcohol no es deseable en nuestras vidas, ¿cómo saber si este grupo es para nosotros?... Y nos entregó el siguiente cuestionario. Si marcan sí a más de cuatro respuestas, dijo, necesitan ayuda. Tomé el cuestionario y contesté: 

1. ¿Ha tratado alguna vez dejar de beber durante una semana o más, sin haber podido cumplir el plazo? 
No he tratado de dejar el trago. Así que no he faltado a ninguna promesa de ese tipo. 

2. ¿Le fastidian los consejos de otras personas en cuanto a su forma de beber—le gustaría que dejasen de entrometerse en sus asuntos? 
Sí, sí, odio aquello. 

3. ¿Ha cambiado de una clase de bebida a otra con objeto de evitar emborracharse? 
Yo nunca evito emborracharme. 

4. ¿Se ha tenido que tomar algún trago al levantarse por la mañana durante el año pasado? 
Sí, muchas mañanas. El alcohol sienta bien al despertar. 

5. ¿Tiene envidia de las personas que pueden beber sin meterse en líos? 
Dios, no. No meterse en líos debe ser terrible. 

6. ¿Ha causado su forma de beber dificultades en casa? 
No, ninguna. 

7. ¿Trata usted de conseguir tragos "extras" en las fiestas, por temor de no tener suficiente? 
No voy a fiestas, siempre están llenas de idiotas. Pero eso del trago extra sí. Nunca es suficiente. 

8. ¿Persiste usted en decir que puede dejar de beber en el momento que quiera, a pesar de que sigue emborrachándose cuando no quiere? 
Nunca he pensado en dejar de beber. 

9. ¿Ha faltado a su trabajo o a la escuela a causa de la bebida? 
Sí, todo el tiempo. Por eso no trabajo. 

10. ¿Ha tenido "lagunas mentales"? 
No recuerdo.

11. ¿Ha pensado que llevaría una vida mejor si no bebiera? 
¡Dios, no!

12. ¿Ha tenido algún problema relacionado con la bebida durante el año pasado?
Tengo problemas todo el tiempo, pero nunca he culpado a la bebida. 


Victor recogió los cuestionarios y no los leyó. Cada uno de ustedes dijo, sabe si debe venir o no. Y enunció los condenados doce pasos. Doce putos pasos sobre los que depositaba toda su confianza. Siguiendo aquello al pie de la letra cualquiera podía dejar el trago. Cualquiera pude dejar el trago, pensé, lo difícil es vivir con él. El primer paso era deprimente: "Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol y que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables." Yo escuchaba sin poner demasiada atención. Miraba a Carlos. Era un chico atractivo y con personalidad. Algo me decía que había dentro de él más que el pelele impotente ante el alcohol que decía ser. El segundo paso rezaba: "Llegamos al convencimiento de que un Poder Superior podría devolvernos el sano juicio." Estaban rematadamente locos. Un poder superior que enloquece: el alcohol, ante el que éramos impotentes, y otro poder superior que devuelve la cordura. Miraban al alcohol como un ente maldito que hipnotiza, engatusa y engaña. Aquellos cabronazos de la A.A. pregonaban ser una asociación laica pero se lo pasaban hablando de Dios. No decían Jehová o Alá o Buda o Lucifer. Concebían un poder superior que podía ser cualquiera. Tuve que decirlo: eso es precisamente lo que la biblia evita. ¿Cómo?, preguntó Victor. Ya dije, eso de creer en un poder supremo. La biblia lo deja claro: adorarás a Jehová tu Dios por sobre todos los demás. Victor se defendió diciendo que todos los dioses son el mismo dios. ¿Estás diciendo que Astaroth y Jehová son la misma cosa?, pregunté. No, no, decía Victor sin saber cómo afrontar la situación. ¿Esto es una asociación laica o no?, pregunte tajante. Por supuesto, dijo Victor, respetamos la creencia religiosa de cada persona. Ya dije, pues respeta mi ateísmo y deja de hablar de Dios. No estoy hablando de Dios, dijo, sino de un Poder Supremo… Ya dije, verás, si no creo en el dios verdadero, ¿crees que voy a creer en el falso? Carlos rió y me miró con atención. Había una conexión entre nosotros y lo sabíamos. O quizá no había conexión. Simplemente no éramos idiotas. El tercer paso: "Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos." Cuando lo enunció Victor me miró en busca de reclamos. No dije nada. Me daba igual. Estaba convencido de que el A.A. no era para mí y podían irse a la mierda con sus ideas. 

 Cuando terminó la sesión me vi libre. Atravesé el blanco zaguán y encendí un cigarrillo. Me quedé allí fumando y pensando en toda esa verborrea falaz de los doce pasos. Me pensé que eran cristianos disfrazados. Te roban el alma. Te roban la voluntad, primero, entregándola a manos de un hijoputa dios, y cuando menos lo esperas estás rezando al Señor y cantando y bailando. Carlos pasó junto a mí y le grité tío, ven acá, ven un momento. Se acercó a mí con las manos dentro de la chaqueta y dijo qué diablos quieres, capullo. Su actitud cambió drásticamente. Ya no era el chico asustado de hace unos minutos. Ahora era un chico con cojones. Venga, tío dije, ¿sabes dónde puedo coger un trago por aquí? Me miró a los ojos, con sus bellos ojos azules, y me dijo sígueme. Lo seguí. 

 Nos internamos en una oscura colonia llena de pendientes. Carlos caminaba delante sin voltear jamás a mirar si yo aún lo seguía. Caminaba aprisa y sin titubear. Pensé me llevaría a algún bar. No fue así. Entramos a una sucia vecindad, a un sucio cuarto, y nos sentamos en una sucia cama. Todo era sucio en aquel sitio. Las paredes, el suelo, las cortinas, la estufilla. Carlos brillaba rubio entre tanta mierda. Sacó una botella de Bacardi debajo del camastro y me la estiró. No dejaba de mirarme y lo supe: este tío me está probando. Cogí la botella y la empiné en mi boca. Di un largo trago. Un gran trago. Directo de la boquilla. Carlos me puso la mano en el hombro y dijo eres un buen tío, capullo. Pasé la botella a Carlos e hizo lo suyo. Luego la regresó a mí y luego yo a él. Bebimos sentados en el borde del camastro sin decir palabra. No nos costó terminar con el alcohol. Fumé algunos cigarrillos en todo eso. Fue una escena bastante extraña. Él y yo pasando la botella sin decir absolutamente nada. Supongo que así beben los verdaderos alcohólicos anónimos. 

 La botella se vació. Carlos se puso en cuclillas y buscó debajo del mueble. Nada, dijo, salgamos de aquí. Estuve de acuerdo. Reanudamos la caminata. Esta vez me hizo seguirlo por enredadas callejuelas poco iluminadas. Doblamos en la esquina de una fábrica de cerveza. Carta Blanca. Y bajamos la pendiente. Dimos con lo que comúnmente se denomina una ciudad perdida. Un lugar rico en pobreza. Con casas de cartón y lámina. Detrás de todo eso había un panteón. Entramos a hurtadillas al panteón. Dios, dije, ¿acaso eres uno de esos locos necrófagos? Calla, capullo, contestó sin mirarme. Continué atrás de él. Nos internamos en el laberinto de lápidas y paramos en la más deplorable de todas. Apenas un pequeño cuadro de cemento gravado de caracteres ilegibles y comido por la mala hierba. Es la tumba de mi padre, dijo Carlos. Ya dije, encendiendo un cigarrillo y esperando. Carlos rezó o algo. ¿Por qué me has traído aquí?, pregunté cuando acabó de aquello. Tú escribes, ¿no es así?, dijo Carlos. ¿Cómo lo sabes?, pregunté extrañado. Miré la libreta, respondió. Yo siempre cargaba mi vieja libreta y en algún momento debió mirarla. Estaba llena de letras. Entonces me lo contó: el padre de Carlos murió cuando era un crío. La madre lo quedó. La madre era una bruja. A los trece años se largó de casa y a los catorce cogió el vicio. Todo este tiempo lo ha pasado en pensiones baratas. Se dedicaba al narcomenudeo. Era un pequeño distribuidor. Sólo lo necesario para no morir de hambre, dijo, y encendió un porro de marihuana. Dio algunas chupadas a aquella cosa y me lo pasó. No, gracias, respondí, lo mío es el trago. Ando roto, dijo. Yo también dije, vayamos a casa. Se levantó y nos largamos. Era un tío raro ese Carlos. 

 Cuando estuvimos en la avenida principal me despedí del chico.  No fumes mucho dije, ya sabes, es malo para el cerebro. Di media vuelta y caminé a casa. Era un trayecto condenadamente largo así que caminé despacio. Con suerte amanecería pronto y podría coger un transporte público. Di algunos pasos. Sentí la mirada en la nuca. Volteé y allí estaba Carlos, siguiéndome como perro sin dueño. ¿Y bien?, dije. ¡No tengo a dónde ir!, exclamó. Ve a tu casa, chico, dije, allá donde el Bacardi. No es mi casa, dijo, es de mi madre. Suelo robarle las botellas y suele ponerse histérica por ello. Ya dije, entonces ve a tu pensión barata. Me han echado, dijo, ahora no tengo a dónde ir. Mierda, dije, vamos a casa. Gracias, capullo, contestó. ¡Y deja de llamarme capullo!, dije. 

2

Carlos se instaló en casa algunas semanas y yo estaba harto. No paraba de llamarme capullo. Con ese aire de superioridad. Bebía mi alcohol y llenaba la habitación de ese maldito humo de hierba. La comida apenas alcanzaba para dos tíos hambrientos y con resaca. Me lo tuve que inventar. Le dije había cogido un empleo. No preguntó dónde ni en qué. Estuvo bien. Me salía por las mañanas y me iba a la Biblioteca México o a la biblioteca de la universidad. Me leía tomos enteros de cualquier cosa. No me importaba. Me perdía entre los estantes y cogía el primer libraco que me daba la gana. Regresaba a casa a eso de las seis o las cinco o las ocho y allí estaba Carlos en calzoncillos, fumando esa mierda. Me hacía la plática a lo filosófico. ¿Has visto lo hermosas que son las grietas de esta pared?, decía. He descubierto que soy hijo de un extraterrestre, decía. El tiempo es una ilusión, decía. La gota que derramó el vaso fue aquella noche cuando me tocó el rostro, asustado, como si yo fuera a desvanecer y dijo: ¡NOS VAMOS A MORIR, PETROZZA, NOS VAMOS A MORIR! Estaba bien colocado. Ya dije, ¿y cuál es el problema? ¡VAMOS A MORIR!, repetía histérico. Todos vamos a morir, dije, no te preocupes, y me puse un whisky en las rocas. Carlos me tiró el whisky encima con un manotazo. ¡Cabrón de mierda, qué ocurre! ¡TODOS VAMOS A MORIR, PETROZZA, TODOS, TODOS, TODOS…! Era el puto infierno. Cogí a Carlos por el cuello y lo abofeteé. Calma, chico, calma, nadie va a morir. Era una situación tensa. No sabía muy bien qué hacer con un imbécil colocado de droga. ¿Nadie va a morir, Petrozza?, decía Carlos melancólico. Calma, tío, calma. Lo abracé. Nadie va a morir, repetía yo, todo está bien, todo está muy bien. Comenzó a llorar el cabronazo. Gracias, dijo más tranquilo, gracias, decía sollozando. Me tomó de los hombros y acercó su bocaza a la mía. ¡Dios!, grité aventándolo.  Se enconchó en una esquina. Lloraba. ¡El hijoputa era marica! Lo confesó una vez pasado el trance. Confesó haber sido violado a los siete años por un hermano de su madre. Desde entonces se hizo homosexual. Estás jodido, tío, dije, será mejor que te vayas. No tengo a donde ir, decía jalando los mocos de tanto llanto. No tengo a dónde ir. 

3

A la semana siguiente regresamos a la A.A. ¿Por qué? Bien. Yo nunca pude formar parte de un grupo de escritores. Yo nunca pude formar parte de nada. Comprendía perfecto no encajar en un grupo de bailarines o de clavicordistas. Odiaba el baile y el clavicordio. Y descubrí que también odiaba a los escritores. Aquellos cabrones se reunían a discutir al infinito los mismos temas literarios. Temas que a mí me importaban un carajo. Por ejemplo si Lorca era homosexual. O si Llosa debió o no ganar el Nobel. Se creían que ser escritor es saber un montón de datos. La fecha exacta de la muerte de Cortázar. Las palabras textuales que pronunció Roberto Bolaño en tal o cual entrevista. Alguna curiosidad fantástica sobre la vida de Dostoievski. Y cuando me preguntaban sobre la segunda ex-esposa del escritor X., alzaba los hombros y decía: no lo sé. Allí se cerraba la cosa. Todos eran maniáticos del conocimiento superfluo. La mayoría de los escritores de mi tiempo no escribía gran cosa. Se lo pasaban leyendo y lamiendo el culo de Borges. El culo de Goethe. El culo de Flaubert. Todos querían ser premio Nobel pero no hacían nada por llegar a ello. Se pensaban que llegarían sabiendo el nombre del gato de Allan Poe. Yo únicamente quería beber un trago y escribir una historia honesta. No encajábamos. Así que la A.A. me abrió las puertas de pertenecer a algo. 

 Carlos y yo éramos los únicos que saliendo de la reunión buscábamos un trago. No deseábamos curar nuestro alcoholismo. Deseábamos curar nuestra soledad. Nos convertimos en los miembros subversivos del grupo. Todo el tiempo estábamos en contra de los preceptos estúpidamente sagrados de la filosofía “deje de bebe”. Incluso llegamos a presentarnos terriblemente borrachos a la sesión. Victor comenzó a preocuparse enserio. No por nosotros. Por nuestra influencia en el grupo. Negativa. Hacíamos ver el alcoholismo como un sueño encantador. Y lo era. Para nosotros. Contábamos testimonios de cómo gracias al alcohol logramos hacer cosas que ningún sobrio haría. Grandes cosas. La bebida es un buen aliado. Te dota de un poder infinito. En una cosa estaba de acuerdo con ellos: el alcohol es un Ser Supremo. Había un tío, un tal Héctor. Nos miraba con detenimiento. Podía apostar que Héctor se moría por echar un trago con nosotros. Era introvertido y estaba solo. Quiero decir que tenía treintaipocos años y no tenía mujer. Ninguna mujer. Ningún polvo. Durante años.  Yo no paraba de contar mis enredos con mujeres. Conté de Carolina. De Linda. De Eder. De Luz. Todas me llegaron gracias al alcohol. Y Héctor deseaba con el alma salir de putas con nosotros. ¿A dónde van?, preguntaba Héctor al finalizar la sesión. A por un trago, capullo, respondía Carlos. ¿Quieres ir?, preguntaba yo, conozco un buen tugurio por aquí, no muy lejos. No gracias, respondía el hijoputa, no bebo. ¿No bebes?, preguntaba Carlos sarcásticamente. Hoy no, decía Héctor, la próxima semana quizá. Se tomaba enserio el “sólo por hoy” de la A.A. Como quieras, capullo se despedía Carlos y él y yo nos íbamos de farra. 

4

Carlos era un chico con estrella. Era un tío con suerte. Era uno de esos cabronazos con los que la vida se empeña en arreglarles el asunto. Desgraciadamente esos tíos siempre se empeñan en todo lo contrario. Si yo tuviera el físico de Carlos sería presidente, pensaba. A Carlos le llovían las mujeres. Entrábamos a cualquier bar y comenzaban a lloverle culos y tetas. Yo era bueno con las mujeres pero tenía que ir tras ellas. Se lo proponía a todas las jebas del bar y alguna tenía que aceptar. En cambio con Carlos, todas las mujeres se lo proponían a él. Y alguna tenía que ser la afortunada. Jugaba con ellas como con muñecas. Las ilusionaba. Jamás las follaba. Las mujeres le entregaban el alma, las nalgas y algo de pasta. Carlos se quedaba con la pasta y desechaba lo demás. Era como pelar un plátano. No tenía suerte con el sexo. Las únicas dos mujeres que he follado, dijo, quedaron preñadas. Coño, dije, qué mala suerte. No dijo, gracias a ello recibí un par de dotes y huí con el dinero. Las dos veces. Carlos era un chico con estrella. La vida se empeñaba en ayudarlo. Y él se empeñaba en joderse. Mi primera mujer, dijo, era una jebita vecina de mi madre. Yo tenía quince y ella dieciséis. Me violó la muy puta. Enserio. Durante dos años enteros estuve rechazándola. Pero aquel día le pegué tan duro al trago que no me enteré cuando lo hicimos. A los tres meses madre mandó buscarme desesperada. En aquel entonces yo vivía en el Estado de México. Fui a ver qué deseaba la bruja y allí estaba la jeba, los padres de la jeba y mi madre con un palo en las manazas. Me metió tremenda paliza. Cuando la cosa se calmó prometí hacerme cargo. Suegro me consiguió un trabajo en la maderería donde el cabrón trabajaba. Me lo pasaba lijando tablas. Era un infierno. Allí cogí el vicio por los solventes. Había otro tío, Juan, y robábamos todo tipo de solventes. Finalmente se planeó la gran boda. Sería en abril. Aún recuerdo. El 17. Tres días antes suegro fue hasta mi casa. Yo había regresado con madre. Me habló de hombre a hombre y me entregó un sobre con cuarenta mil pavos. No sé por qué lo hizo. Se pensó yo era un buen muchacho. No tenía idea. No dije nada a madre y huí la noche siguiente con la pasta. A los quince años cuarenta mil pavos son una fortuna. Me hice rico un par de meses. Bebía en grande. En buenos lugares. Y comencé con el negocio de la droga. 

 Ya dije, qué historia, deberías escribir una novela. Para eso te tengo a ti, dijo. ¿Cómo?, pregunté. El cabronazo pidió escribiera la historia de su vida. Una biografía, dijo. Deseaba hacerse un gran narco y ganar millones y salir en los corridos de Los Tigres del Norte. La verdad estaba muy lejos de aquello. Apenas controlaba su adicción. Para ser un cabrón del narco hay que tener nervios de acero. Los nervios de Carlos eran de gelatina. Bueno, dije, ya veremos, cuéntame de tu segunda mujer. 

 Se llamaba Karen y era una puta, dijo. Se acostaba con cualquiera. La conocí en Atizapán de Zaragoza, en una fiesta. Algunos hijoputas solían hacer fiestas. Buenas fiestas. Y yo era el distribuidor oficial de dichas fiestas. Entregaba el material y me bebía una o dos cervezas. Aquella noche me pasé de cervezas. Karen se acercó a mí y no se me despegó en toda la noche. Acabamos en la cama. Karen era una chica realmente guapa. Decidí frecuentarla. Lo hacíamos cada que podíamos. Y cuando no estaba conmigo lo hacía con todo el mundo. Y de todos, ¡tuve que ser yo! Es mi esperma. No es bomba. No es cuento mío. Pedí a Karen pruebas de sangre. Visitamos un par de doctores y aprovechando la ocasión decidí analizarme. El doctor dijo tu esperma es fértil como un coctel de ostión y camarón. Y el bebé es tuyo, añadió. Karen se deshizo en lágrimas. La droga me procuraba cierta solvencia económica. Dije a la puta aquella yo cuidaría del crío. Estuvo de acuerdo. La arpía estaba dispuesta a entregarme al niño y desaparecer de mi vida. Yo tenía diecisiete años. Ella, nunca lo supe. Fui a platicar con los padres de Karen. Estaban furiosos. Con ella. Conocían lo guarra que era su hija. Prometí hacerme cargo y gané la confianza de la familia. A los cinco meses de embarazo suegro habló conmigo: ¿cómo piensas mantener a mi hija? No podía decirle sobre la droga. Apostaré a un negocio, dije, tengo algunos ahorros. Abriré una tienda de licores. No quedó muy tranquilo. Comencé a hacer cuentas. Le expliqué cómo obtener ganancias considerables. No tocaré un centavo, dije, y cuando tenga lo suficiente, abriré otra tienda. No pararé hasta tener una cadena de tiendas. El cabrón quedó impresionado. Pasaron dos meses y vino a buscarme. ¿Cuánto necesitas para esa tienda?, dijo. Unos doscientos mil, dije. Se pensó era demasiado. Será una gran tienda, dije, con empleadas que mueven el culo y globos y enormes descuentos. ¿Cuánto tienes ahorrado?, preguntó. Ciento veinte, mentí, no tenía más de quince mil. Se largó y a los quince días regresó con ochenta mil billetes. Y ya conoces el final, me di a la fuga. En tu novela puedes poner que visité Francia. 

 ¿Cómo es que ahora eres una maldita cucaracha sin un quinto?, pregunté. Tuve una mala racha. Demasiadas noches de juerga. Ya dije, te creo. Carlos jamás llegaría a ser un gran narco. Tenía el talento. Tenía la actitud y los cojones. Pero no tenía los nervios. Un porro de hierba podía acabar con él. Tenía la juventud y el físico. La bebida le estaba arrebatando todo ello. Deberías tomarte más enserio el grupo A.A., dije, deberías limpiar tu cuerpo y tu alma. Endurecerte. Para llegar a donde quieres llegar. Calla, capullo, lo púnico que necesito es una oportunidad. 

5

La cosa con Carlos se calmó. Dijo estar agradecido conmigo. Dijo me pagaría cada centavo que había gastado en él. Con intereses. Sólo necesitaba vender algo de polvo. Sólo un poco, decía. Y para ello necesitaba comprar un poco de polvo. Así que me pidió prestado cuatrocientos pavos. Los convertiré en dos mil, dijo, sé vender el polvo más caro del condado. Se lo vendo a tremendos capullos adinerados. Son capaces de pagar miles por nada. No sé dije, no puedes confiar en un drogadicto homosexual. Calla, capullo, no seas… idiota, dijo. Fue la primera vez que lo miré titubear. Me planté frente al chico y lo miré a los ojos. Encontré honestidad. Pura honestidad. Realmente estaba agradecido. Y tenía un sueño. Bien, dije, no tengo la pasta pero la conseguiré. ¿Es un trato?, dijo. Es un trato, capullo, dije yo y estrechamos las manos. El trato era el siguiente: yo conseguiría cuatrocientos pavos y me regresaría el doble. A cuatro días como máximo. No fue difícil conseguir el pavo. Llamé a Verónica Pinciotti y prometí pagar...


                                                               C O N T I N U A R Á . . . 



jueves, 23 de diciembre de 2010

La vacuidad del sexo.

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Martin Petrozza se fue y me dejó con la duda. ¿Estamos envejeciendo? ¿La vida hedonista tiene un precio? ¿Qué precio? ¿A cambio de qué? La cosa sucedió más o menos así:


 Eran las cinco de la mañana y la señora de servicio llamó a la puerta de mi habitación, anunciando que el Sr. Petrozza me buscaba urgentemente. Martin solía aparecer a esas horas de la madrugada después de alguna farra así que no me asombró. Me mudé de ropa y bajé a recibirlo. Venía hecho un trapo. Venga, Pinciotti, llevo más de media hora esperando, ¿acaso no conoces el respeto?, dijo al verme bajar las escaleras. Venía despeinado, con la camisa de fuera, los ojos rojos y oliendo a alcohol. Aquella mañana no era la excepción. Venía de alguna borrachera. Pidió lo llevara por un trago. He vaciado los bolsillos, dijo volteando los bolsillos del pantalón. Estaban vacios. Maldición, dije, ¿no prefieres un café y una sopa caliente? No, contestó tajante, sé perfecto lo que quiero. ¡Son las cinco con cuarenta!, me defendí (no deseaba salir), no encontraremos algún sitio abierto. Nena, se defendió él, hablas con Martin Petrozza, conozco decenas de sitios abiertos. Bufé y con toda la pereza del mundo cogí la las llaves de coche y conduje hasta La Puerta Negra. El bar de mala muerte preferido de aquel cabrón.


 Aparqué. Petrozza bajó del auto y casi se cae. No pude evitar una risa. Se enderezó presto, y con todo el estilo que puede poseer un ebrio con estilo, caminó hasta el negro zaguán, jaló el cordón que activa la chapa, y me cedió el paso. Es increíble la terquedad de Martin por terminar la noche horrorosamente borracho. “¿Qué belleza se puede comparar con la de una cantina en las primeras horas de la mañana?” (Malcolm Lowry), recitó Petrozza al entrar. Este lugar no abre recién, dije. Los borrachos que estaban allí, evidentemente, habían pasado la noche bebiendo. Dormían con los brazos cruzados sobre las mesas. Incluso había un par tirados en el suelo. No, no, dijo Martin, este lugar, gracias a Lucifer, NUNCA cierra sus puertas. Nos acomodamos en una mesa en el patio de la casa. La Puerta Negra es una casa con venta de alcohol. Uno de los clientes, que aún no caía rendido, me miraba con morbo desde una oscura esquina. Fumaba un cigarrillo petulantemente. Le dije a Martin me molestaba aquello. Volteó hacia él y con ademanes teatrales, los ademanes que suele hacerse a un gato para ahuyentarlo, largó la aviesa mirada. Ea, ea, shuuu, shuuu, dijo moviendo las manos como salpicando agua. Al hombre no le gustó aquello. Vino hasta nosotros. Caminaba retándonos a cada paso. Era uno de esos tíoduros de bar de mala muerte. La mitad superior de la camisa estaba desabotonada, mostrando así un poderoso pecho lampiño y una imponente cadena de oro. Una vez que estuvo donde nosotros, dijo: me gusta tu mujer, marica, ¿te importa si la follo? Me guardé el miedo. Nunca había vivido algo así. Me guardé el miedo, me envalentoné, y contesté: para follarme a mí te falta mucho, cabrón. El hombre dijo gustarle mi temple y excitarse con él. Recorrió con la mirada todo mi cuerpo y la posó finalmente sobre la mía. Sostuve la mirada. Era un duelo y no iba a perder. No hubo ganador. La atención la robó Petrozza, que hasta ese momento no había dicho nada. Se levantó del asiento, encendió un cigarrillo, y dijo al mamarracho: ¡tío, hermano, ¿cómo estás? Lo abrazó en todo eso. El caradura no supo cómo reaccionar. Petrozza no paró de hablar. No lo dejaba pensar. ¿Ya no me recuerdas?, decía, la última farra fue fenomenal. El hombre comenzó a dudar. ¿De qué farra hablas?, preguntó sumiso. Hacía un verdadero esfuerzo por recordar. Eres un tío con cojones, seguía Petrozza, y te lo dije aquella vez. Te dije: tío, eres el cabrón con más cojones que he conocido. Sintiéndose halagado, el hombre se tranquilizó. Venga, tío, siéntate con nosotros, decía Martin, siéntate, coño, yo invito (en esa parte tosí, pues sería yo la que terminaría invitando). El hombre dudaba en sentarse. Hazme el puto honor de tomar asiento, insistía Martin. El hijoputa se sentó. Petrozza ordenó un litro de cerveza y cuando el trago llegó, el hombre bebió consternado. Ahora lucía cansado y anonadado. Martin se puso en un plan fastidiosamente halagador. Vaya cadena, dijo tocando la cadena del pecho de aquel cabrón, ¿cuánto costó?, ¿una fortuna?, ¿dos fortunas?... El hombre aventó las manos de Petrozza lejos del objeto. La vida de un hombre, dijo, costó la vida de un hombre. ¡Dios!, exclamó Petrozza, ¿escuchaste, Pinciotti?, ¡la vida de un hombre!, si serás el cabrón con más cojones he conocido en la vida. Realmente lo hizo sentir incómodo. No podía partirle la cara porque no lo ofendía. Todo lo contrario. Era del tipo de los que prefieren una pelea a muerte que escuchar tanto halago. No saben cómo comportarse ante los halagos. Vienen de familias disfuncionales, carentes de amor, y sólo saben reaccionar al rencor. Terminó su vaso de cerveza y se largó. Cuando estuvo fuera Martin y yo reímos alegres. Vaya hijoputa, dijo Petrozza, yo me hubiera partido los huesos si fuera él. Martin Petrozza es como un pez en el agua en ambientes oscuros. No lo es porque sepa partir crismas a diestra y siniestra. Evita toda pelea sabiamente. Como un monje karateca.


 ¿Y bien, dije, qué hiciste las últimas horas? Me contó venía de un bar en el centro de la ciudad. Entró allí a las dos de la tarde. Llevaba más de doce horas bebiendo. Y follando. Se lió con una belleza de mujer, así lo dijo. Dijo: Era una tía con cara angelical. Pocas carnes. Pero cara de ángel. Una belleza de mujer. Y la folló en el Savoy, un hotelucho a las afueras del metro Hidalgo. Hicieron el amor y cuando la ángel quedó profundamente dormida, escapó a hurtadillas. ¡Cabrón!, dije, ¿la dejaste sin avisar! Ya, contestó Martin, es igual. Y bebió un laaargo trago directo de la botella. Bueno, dije, debes sentirte orgullo de ser TAN HOMBRE. No, dijo melancólico, estoy harto del juego, Pinciotti, ya no lo soporto. Dijo sentirse terrible de hacerlo con una desconocida de bar. No podía creer que el Petrozza vividor y cabrón que yo conocía tan bien, fuera el mismo que ahora decía estar cansado de la vida de juerga. Lo dijo en serio. Verdaderamente lucía como un alma pecadora, arrepentida, descubriendo que lo que pensaba paraíso, es infierno. ¡Es el puto infierno, Pinciotti!, dijo. Explícate, pedí consternada. Veras, dijo, es cierto que follar es placentero. Sin embargo, todo ese placer es para la polla. La polla es un ente sediento de goce. Y yo soy un esclavo de aquel hijoputa ente. La polla no entiende de razones. Se corre y se duerme. ¿Y qué queda? Queda un alma atormentada por la vacuidad del sexo. Quedo yo en medio de la oscuridad. De la nada. Terriblemente solo. Y al día siguiente despierta el monstruo, y otra vez la búsqueda del alimento maldito. Mi polla y yo somos dos seres distintos. ¡Dios mío!, dije impresionada de las palabras de Martin. Sí, Pinciotti, tal como lo oyes: el precio del sexo vacio, es el alma. El sexo vacio engendra seres vacios. Serví cerveza en el vaso de Martin y lo bebió de un trago. Luego dijo riendo: o quizá estoy envejeciendo. Reí también.

2


Dejé a Martin Petrozza en su casa y regresé a la mía. Tomé una ducha caliente y me arreglé. Al medio día me había citado con Anthony, un treintañero de cuerpo admirable. Lo conocí en un bar de Polanco. Bailamos un par de piezas, reímos, y me invitó a salir. Acepté porque tenía un cuerpo admirable y un Volvo S80. Era justo el tipo de hombre con el que acepto salir. Los hombres guapos son un bonito adorno femenino, y más si vienen en un estuche S80. Teníamos planeado para aquella tarde una visita al Museo Nacional de Arte. Y si todo salía bien, una visita al himeneo. Sí, soy una zorra interesada. Y amo serlo.

 

 El sexo con Anthony fue maravilloso. Nunca fallo. Tengo ojo clínico. Me basta mirara a un hombre para saberlo: este es bueno, este es malo, este es homosexual. Desde que nos encontramos en el museo lo supimos. Ambos irradiábamos deseo. Estuve a punto de decir: al diablo los preámbulos, ¡vayamos a follar! Me contuve mirando cuadros. Los miraba pero no observaba. Mi mente estaba en otro lado. En el abdomen de Anthony. Anthony poseía un diplomado en Historia del arte. Se detenía en cada cuadro y me contaba algo sobre el mismo. Si no tuviese semejante cuerpo, pondría atención, pensé. Salimos del MUNAL y corrimos al primer hotel que encontramos. Lo hicimos en un motel de paso. No me importó la pésima categoría del lugar. Lo único que deseaba era saciar las ganas.


 Lo hicimos cuatro veces. Tuve orgasmos como cuentas un rosario. Y al final…. El maldito Petrozza me llegó a la mente. Yacía recostada en brazos de Anthony, quien dormía como un bebé, complacida, y la maldita vacuidad del sexo me llegó de golpe. Yo había estado con decenas de hombres y jamás tuve sentimiento alguno de culpa o arrepentimiento. Llevaba una sana vida de libertinaje. Y aquella tarde me llegó el sentimiento de la soldad. Una soledad a lo solipsista, que te hace dudar de la existencia de todos. Todo el placer se esfumó. Me quité de encima los fornidos brazos de Anthony y caminé hasta el espejo. Me miré. Yo era una bella mujer de veinticuatro años, con el alma colapsada. Detrás de mi imagen en el espejo, la imagen de un hombre. Eso éramos Anthony y yo: imágenes. ¿Qué conocía yo de él? Nada sino la imagen. ¿Qué conocía el de mí? Éramos dos bellas imágenes que se desean. No dos almas que se desean. Dos imágenes que manipulando al alma que contienen, formaron un encuentro para satisfacer sus deseos. Debo confesar que no me sentía vacía. Simplemente la cosa perdió sentido. Petrozza le robó el sentido al sexo vacio. Si es que alguna vez lo tuvo.


 Después de Anthony tuve encuentros sexuales placenteros, y efímeros. Era un ciclo. Alguna mañana despertaba llena de deseo, deseo que se acumula hasta estallar en el acto, y una vez consumada la unión, todo se va al carajo. El sentimiento del absurdo me invadía. Un sentimiento de duda ante tu propia existencia. “El cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad en sí misma…” (David Le Bretón). El sexo ya no era lo mismo. El placer sexual es un placer del cuerpo. Y si el cuerpo no es una realidad, es un símbolo, un ente, o lo que sea. El placer es para ese ente. El sexo es una droga. Somática. Y el cuerpo pide más y más. Petrozza tenía razón. Estábamos alimentando a un monstruo. Por una necesidad inconsciente. O quizá… nos hacíamos viejos.

3

Me cité con Martin. Necesitaba decírselo. Y se lo dije en la siguiente conversación:

V.P.: Petrozza, tenemos un problema, el sexo se tornó vacio.

M.P: ¿Y cuál es el problema?

V.P.: ¿No piensas hacer algo al respecto?

M.P.: Sí, llenaré el sexo vacio con más sexo vacio.

V.P.: No funcionará, eso es como… como…

M.P.: Es como llenar una bolsa plástica vacía, con un montón de bolsas plásticas vacías. Tiene que funcionar.

V.P.: Dios, creo que tienes razón.

M.P.: Para todo problema hay una solución.

V.P.: Pero… píensalo, eso supondría hacerlo más y más y eso sólo puede agravar las cosas, ¿Cómo lo harás exactamente?, ¿cómo llenarás la bolsa?

M.P.: Sencillo: follaré alguna mujer de bar y me sentiré solo. No importa. Follaré alguna prostituta para olvidar la soledad…

V.P.: ¡Te sentirás más solo!

M.P.: Entonces buscaré una mujer de bar…

V.P.: Eso no resuelve absolutamente nada.

M.P.: ¿Qué propones entonces?

V.P.: No lo sé.

M.P.: ¿Propones la abstinencia?

V.P.: ¡No!, es sólo que…

M.P.: ¿Propones cerrar las piernas en espera de un hombre ideal, un príncipe azul, que te llene en todos los aspectos, etc.?

V.P.: Quizá.

M.P.: Es lo mismo que hacerte asceta, te quedarás esperando.

V.P.: Lo sé.

M.P.: Lo mejor es dejar las cosas fluir. Vivimos atrapados en un cuerpo sediento de sexo. Pues bien, demos gusto al cuerpo y leamos Rimbaud cuando todo haya pasado.

V.P.: Suena bien.

M.P.: Alimentemos al cuerpo con sexo y a el alma con Literatura.

V.P.: Suena bien.

M.P.: Eso hemos hecho todo este tiempo, Pinciotti, sólo que ya nos dimos cuenta. Y no hay nada peor que darse cuenta.





domingo, 12 de diciembre de 2010

El Country / Las mujeres lo hacen todo el tiempo.

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No sé muy bien cómo ocurrió. Caminábamos por la calle Constitución la norteña de los ojos verde, Enrique, y yo. Sentía el sol abrasador en mi rostro mientras fumaba un cigarrillo. La calle Constitución estaba llena de bares y cosas. Es la típica calle donde se amontonan todos esos lugares donde puedes derrochar la bolsa y la vida. Todos juntos. En una sola calle. Esperándote con la boca abierta… Entonces, alguno de los tres, incluso pude haber sido yo, no recuerdo, señaló el lugar. Era un bar de vaqueros, ya se sabe: un lugar donde asisten tíos enfundados en texanos azules, camisas a cuadro, botas y sombrero. De la boca de aquel antro salía como caballo desbocado el estropicio de música banda o algo. Nos quedamos mirando aquello un par de segundos y alguien dijo: deberíamos venir. Recuerdo algún comentario y algunas risas. Luego continuamos nuestra caminata por Constitución y eso fue todo. No pensé que la cosa llegaría más lejos. Aquel comentario banal creció como bola de nieve que termina avalancha. Al día siguiente la norteña recibió una llamada y alcancé a escuchar las palabras Jueves y Country. El bar aquel se llamaba El Country. No le di importancia y continué bebiendo la cerveza que había cogido del frigo. Estaba sentado en el sofá mirando televisión. Yo no acostumbraba hacerlo pero cuando la vida te pone un televisor enfrente, es inevitable encenderlo. Yo lo evitaba todo el tiempo porque en casa no tenía uno. Era fácil librar la tentación. Hice algo de zapping. En casa de la norteña había televisión de paga así que tenía la esperanza de sintonizar algo bueno. No sucedió. La mayoría de los programas iban sobre ser millonario o ser guapo. Y yo no era ni una ni otra cosa. Me asqueaba. O si no, iban sobre algún deporte que me interesaba tan poco como el Cábala y sus decenas de puñeteras interpretaciones.  


 ¿Oye, vamos al Country?, la norteña de los ojos verde lanzó la pregunta desde la cocina. Tardé un par de segundos en contestar y dije: ya, por qué no. El cuchicheó llegó de nuevo hasta mis oídos. Continuaba hablando por teléfono. Yo continué con mi bebida y dejé aquello de la T.V. Caminé hasta la puerta de la casa, que daba al patio frontal, y encendí un cigarrillo. Pensaba en lo poco que me entusiasmaba visitar el condenado bar de vaqueros. Prefería por mucho cualquier bar con putas. Cualquier tugurio de mala muerte. Cualquier habitación de cuatro paredes con venta de alcohol. El Country no sólo era un bar de vaqueros, sino de vaqueros adinerados, petulantes y rancheros. Si fuese un lugar de vaqueros sucios y con los dientes rotos, de putas escotadas y mal habladas, me encantaría ir. Pero era un sitio donde venden piñas coladas, ¡Dios!

 La norteña terminó la llamada y trajo su belleza hasta donde yo. La miré a los ojos. Los hermosos ojos verde. Me hice a un lado para que ambos cupiéramos bajo el arco de la puerta. Me contó llamó una hermana suya y la invitó a salir. Ella propuso visitar el Country y la hermana, meándose de la risa, aceptó. Tomaban el asunto como un chiste. Y lo era. Era gracioso imaginarse allí. Estábamos lejos de ser vaqueros. Sonreí y dije ya, pues vamos. Lo dije animado por el calor de los ojos de aquella mujer. ¿Cómo decir que no a eso? Aventé la colilla del cigarrillo a la calle y volvimos al sofá y al televisor. Antes cambié la lata vacía de cerveza por una nueva y hermosa lata llena. Me acomodé junto a la norteña y miramos un programa televisivo que iba sobre los dueños de una casa de empeño. La cosa sucedió más o menos así: el hijo obeso del dueño de dicha casa compró un bote. Cuando su padre se enteró le metió tremenda regañiza  pues la ciudad donde estaban no tenía mar. Y a consecuencia de ello sería condenadamente difícil deshacerse de aquel armatoste. Además, el muy idiota hijo no se tomó la molestia de probar el buen estado y funcionamiento de la enorme lancha. Ya se sabe: al final del capítulo el hijo avergonzado logra demostrar que no fue un error comprar aquello. Lo vende al doble o al triple según la hipérbole del productor de televisión, y todos terminan más ricos y más felices que al principio. Una chorrada de programa. 

 A los pocos minutos llegó Enrique. Tomó una birra del frigo y se instaló en la barra de la cocina. No decía gran cosa. Por un momento caímos en el tedio. ¿Qué hacemos?, preguntó la norteña desde el sofá. Ni Enrique ni yo supimos responder. Yo no era difícil de complacer; bastaba con mantener el frigo lleno de cerveza para que estuviera tranquilo. Y lo estaba. El frigo estaba lleno de birra. Así que me daba igual todo siempre y cuando no evitara el vicio. ¿Qué harías si estuvieras en casa?, me preguntaron al mismo tiempo. Ya dije, pues nada. Pensé que probablemente estaría haciendo exactamente lo mismo: echado sobre el viejo sofá bebiendo una cerveza.  O quizá estaría en casa de Garrison bebiendo y jugando Maratón. El juego de preguntas y respuestas. Aquel tío y yo éramos adictos a esa cosa. La norteña dijo algo y Enrique dijo algo y yo también. No sé cómo llegamos a la parte del Monopolio. Deseamos jugar una partida de Monopolio. El juego de comprar territorios y cobrar rentas. Sólo había un problema: no teníamos un condenado Monopolio. Subimos al auto y fuimos al centro comercial a por uno. La vida era genial en Durango. Ningún capricho nuestro quedaba insatisfecho. 

 Un juego de Monopolio es siempre más de lo que parece. Si uno observa bien puede descubrir la bestia que las personas llevamos dentro. Me asombra la manía con que alguno de los jugadores desea administrar la banca. O la desesperación del individuo a punto de la quiebra. Los jugadores sufren la angustia de un proceso real de encarcelamiento al caer en la casilla de la cárcel. Lo que más me sorprende, sin embargo, es la bajeza que aflora en el jugador que intenta robar a toda costa un puñado de aquellos coloridos billetes de fantasía. Como si la vida dependiera de ello, la ambición por poseer territorios se muestra aviesa en cada uno de los participantes. No me creo que todo eso sea sólo un juego. 

Yo nunca pierdo una partida de Monopolio, dije petulante, y perdí. Aquella noche perdí reñidamente contra la norteña que sin gran ánimo por ganar, ganó. Fue un partido tremendo. Entre ella y yo acaparamos el mundo entero. Yo fumaba, tiraba los dados, bebía y compraba. Éramos dueños de la mitad del planeta Tierra. Enrique sin embargo sufrió un par de encarcelamientos recién iniciado el juego y se fue a la mierda. Se lamentó todo el partido. Intento salir adelante pero no lo logró. La norteña era un contrincante duro. Se negó a intercambiar con Enrique algunos países que a él le permitirían seguir en la batalla y a ella, no le servían de nada. Enrique se dedicó a cobrar nimias rentas mientras la norteña y yo construíamos un imperio. Tuvo que pedir prestado y luego pasó lo inevitable: las deudas lo ahorcaron y quedó fuera del juego. El Monopolio asemeja tanto la vida real que da miedo. Al final una subasta decidió todo. Por un territorio que no necesitaba me jugué toda la pasta. Ofrecí toda la fortuna que poseía y gané la subasta pero perdí el juego. Tenía en mi poder una tierra árida sobre la que no podía construir absolutamente nada pues me faltaban dos países del mismo grupo; países de los que era dueña la norteña. Bastaron dos rondas más de juego para desfalcarme. No tenía plata para pagar los espantosos montos de las rentas de Rusia, China y Japón. ¡Dios, dije exaltado al verme en la quiebra, yo nunca pierdo un partido de Monopolio! Di un largo trago a la cerveza y encendí un cigarrillo que me ofreció Enrique, quien desde la puerta de la casa lo miraba todo. Siempre hay una primera vez, dijo la norteña bostezando y recogiendo las piezas del juego. Estaba cansada. Me ganó con la mano en la cintura y el sueño encima. ¡Joder!    

2

Entramos al Country. El condenado jueves había llegado. La hermana de la norteña, la norteña, Enrique y yo. Atravesamos el umbral consternados. Todos vestían al estilo vaquero excepto nosotros. Nos instalamos en una mesa para cuatro y nos trajeron la carta. No tuve que mirarla para saber lo que deseaba: una hermosa cerveza tan fría como el Infierno de Dante. La pedí y Enrique ordenó una para él. Las tías ordenaron piña colada. La servían en una piña y todo, era una cosa repugnante. La norteña de los ojos verde me dio a probar un poco de aquello. No estaba mal pero era demasiado dulce para un paladar como el mío, acostumbrado a beber cerveza y whisky. Jamás otra cosa. Aunque ese Jamás se pervertía al son de las circunstancias. Si no hubiese whisky y cerveza me bebería cualquier cosa con alcohol. Incluso acabaría con esas piñas endulzadas. 

 Justo frente a nuestra mesa había tres tíos con pinta de machos. Tremenda pinta. Verdaderos cabronazos. Bebían cerveza como agua y reían altaneramente. Vaqueros de verdad. Intimidantes. Eran del tipo de gente con la que yo prefería convivir. Me levanté y fui a donde ellos. Estiré los brazos y puse cada uno sobre la espalda de un par de aquellos bárbaros. ¡Salud!, dije chocando mi cerveza con las cervezas de ellos. Me aceptaron acogedoramente. Como a un hermano… o algo más (?).

 Uno de ellos, un ranchero de sesentaitantos años, lanzó sus brazos a mi cintura y me amarró como soga al cuello de una vaquilla. No sé cuándo ocurrió. De pronto me vi atado. Acercando su horrible jeta a mi oído me dijo lo mucho que yo le gustaba. No lo podía creer. ¡Aquellos matones eran marica! Era una situación embarazosa. Enserio. Me propuso irme con él a un sitio más íntimo. Yo daba pequeños tragos a mi cerveza mientras escuchaba toda esa mierda y no me lo podía creer. El viejo insistía y tuve que responder algo. No supe qué responder y respondí lo primero que me vino a la mente: ya veremos, dije. Yo sabía que por ningún motivo saldría de aquel lugar sin mis amigos pero dije aquello porque no tenía el valor de rechazar a un tío enamorado, pues conozco el rechazo mejor que nadie. Después de todo era un viejo, repito, y bastaría un golpe para mandarlo directo al otro mundo. Decidí jugar mi papel de lolito. Dije: al menos invítame algo, ¿no? Los dos tíos que lo acompañaban, los otros caraduras, se alejaron y sólo estábamos él y yo. Pida lo que quiera, mijo, dijo mi efebofílico compañero y me ordené un whisky en las rocas a su cuenta. El whisky llegó maravillosamente gratuito. Llegó a mis manos y lo bebí lento, saboreando el triunfo. ¡Whisky gratis! La norteña de los ojos verde y compañía me miraban desde nuestra mesa riendo a carcajadas y señalándome con el dedo. Yo continuaba con las manazas de ese cabrón sobre mí. Desgraciadamente todo pasó muy rápido y no pude sacar más a aquel viejo homosexual. Me tenía prendado de la cintura y no paraba de insistir en salir conmigo esa misma noche. Me presumió tenía una casa en México. Quería impresionarme con una propiedad en la capital del país. Ya dije, yo también tengo una casa en México. Lo dije dando un trago a mi copa y jugueteando con los hielos en mi boca, que después regresé a su sitio. Una porquería entretenida y enviciante. Un mal habito. Le cayó de sorpresa. No se creía que yo tuviera una casa fuera de Durango. En realidad no poseía ninguna casa en ningún lado se entiende: yo era de México. Una casa allá no me impresionaba en absoluto. Continué bebiendo mi whisky en las rocas y mi cerveza intermitentemente y escuchando la verborrea del ranchero calentorro. De pronto me soltó y se disculpó para ir al sanitario. Ya dije, vale. Se levantó y caminó hasta el fondo del lugar, donde desapareció entre la muchedumbre. Aproveché para regresar con la norteña y contar cómo el tío deseaba follarme o algo. Será que lo folles, dijo Enrique, no creo que a su edad se levante la cosa. Ya dije, como sea, me ha pagado un whisky y es más de lo que ha hecho quiensea por mí. ¿Irás con él?, preguntó incrédula la norteña. Por supuesto que no, contesté. Entonces me vino de golpe: actuaba como una golfa de mierda. El noble caballero cortésmente había pagado mi bebida con la esperanza de gozar de mis placeres, y yo, a sabiendas de que eso jamás ocurriría, acepté el trago sin remordimientos a cambio de nada. ¿No es acaso eso un maldito abuso? Si yo no deseaba nada con él, no debí aceptar sus galanterías ni su pasta en alcohol. Todo estaba terriblemente mal. Sentí lástima por un segundo y luego recordé: ¡las mujeres lo hacen todo el tiempo! Te hacen creer que obtendrás algo de ellas y al final, cuando les has dado todo: el alma, la pasta y las flores, salen con gilipolleces como la amistad o la indignación: ¿cómo?, ¿hiciste todo eso sólo para acostarte conmigo?, dicen sorprendidas de tu franqueza, y claro, nena, ¿te creías que el coño es gratis? 

 Bromeaba con mis amigos, dando la espalda a la barra donde había estado en brazos de un hombre, y no lo vi. Enrique lo señaló pero cuando volteé sólo miré la silueta. Allá va, dijo Enrique. El sesentón pervertido salía a toda prisa del bar. Iba con los texanos empapados de algún líquido que no era difícil adivinar. ¡Dios, pensé, se me va el whisky gratis! Di algunos pasos hacía él para preguntar qué demonios ocurría pero no lo alcancé. Me sentí abandonado como cualquier puta. Se largó sin despedirse siquiera. Cabrón de mierda, pensé… Me senté con mis amigos decepcionado de la vida y de los hombres y sin ánimos de nada. La depresión duró poco. Me dije no vendría mal algo de acción. Pedí a la norteña nos mudáramos de mesa, a una más cercana al movimiento. Lo hicimos. Nos instalamos en el centro del bullicio. Un montón de vaqueras parejas bailaban y cantaban de las maneras más ridículas posible. Entonces me decidí a buscar alguna jeba para pasar el mal sabor de boca de mi primer y única experiencia homosexual. 

3

Se llamaba Lupe y era horrible. Así lo dijo la norteña. Dijo: Dios, Petrozza, ¿cómo puede gustarte esa mujer?, está horrible. Para mí era una mujer, tenía un coño, y eso me bastaba. Lupe estaba sentada a dos mesas de la nuestra, acompañada de otra tía, gorda, y definitivamente no mi tipo. Mi tipo de mujer era cualquier mujer que no sea gorda. O sea que Lupe estaba bien para esa noche. Fui hasta la mesa de estas tías, me senté y dije: hola, guapas, ¿qué se beben? Lupe cogió una botella de cerveza y la movió frente a mi jeta. Lo sé, era obvio. Ya dije, muy bien. Comencé a decir lo hermosa que me parecía Lupe y ella reía sin creerme un carajo. Yo tenía una cerveza en la mano y la terminé al tiempo que ellas. Al unísono los tres estampamos nuestra botella vacía sobre la mesa, estrepitosamente. Invítanos otra, ¿no?, dijo Lupe aprovechándose de mis declaraciones. Venga, nena, ahora vuelvo, dije con la intensión de no volver. Cuando una mujer empieza a sacarte plata lo mejor es no volver. Pero la suerte estaba de mi lado. Regresé con la norteña que me dio las buenas nuevas: dos por uno en sexo en la playa. El sexo en la playa era una bebida de vodka, jugo de naranja y sangría. La norteña, Enrique y la hermana de la norteña habían ordenado una ronda. Tenían seis de aquellas bebidas. Tres que tomaban, y tres más que reposaban solitariamente en la mesa. Cogí las bebidas  sin decir una sola palabra, y las llevé a Lupe. La norteña me miró extrañada. Luego adivinó mis intenciones y no reclamó nada. Era una tía excelente. Sexo en la playa para todos, dije alegremente al llegar a la mesa de mi objetivo. Lupe rió fuertemente y preguntó si yo era chilango. Ya dije, pues sí, ¿cómo lo sabes? Porque los chilangos siempre buscan las promociones y el regateo, contestó divertida, y quitando a mi caballerosidad toda la magia. 

 Pasaba de una mesa a otra, hacía chistes aquí y allá, bebía de todo un poco, faltando así al principio de beber exclusivamente cerveza o whisky, y terminé condenadamente borracho. Tanto que cuando una vendedora de rosas entró al lugar, compré una para la golfa de Lupe. La tía quería veinte pesos por pieza. Como buen chilango ofrecí diez y me salí con la mía. Una bella flor para una bella mujer, dije al entregar la rosa a Lupe que la recibió con un falso y ensayado ¡ay qué lindo! 

 Al final de la noche no saqué nada. Quiero decir que no follé con Lupe. La cortejé todo el tiempo, robé bebida  a mis amigos para ella, y la invité a salir al día siguiente y no obtuve absolutamente nada. Me rechazó hasta el hartazgo. No te preocupes dijo la norteña, es terriblemente fea. Pero juro que no lo era. Lupe era bella como una flor. La muy puta bebió a mis costillas, o costillas de mis amigos, y no aflojó el chocho. A la mierda, pensé, las mujeres lo hacen todo el tiempo.



jueves, 9 de diciembre de 2010

Me enamoré de un hijoputa. Cuarta parte.

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Marco Perroni se granjeó el lugar de amante en la vida de Virginia Palacios y con ello ganó mucho más de lo que se propuso en un principio. Tenía acceso a los placeres de Virginia, al dinero de Virginia y a la amistad incondicional de Virginia. Siendo amantes Marco no perdió la libertad de conquistar otras mujeres. Lo tenía todo de ella incluso el corazón. Virginia pasó por un proceso de adaptación gradual. Sus enfados disminuyeron considerablemente. Si alguna vez sintió tremendos celos de verlo o imaginarlo con otra mujer, ahora agradecía que pasare lo que pasase, inevitablemente Marco regresaba a su lado. Llegó a pensar que aquello era todo el manifiesto y pervertido amor de Marco al que podía aspirar. Y era cierto. No le puedo pedir más, se decía resignada. Por otro lado Marco llegó a sentir por virginia un cariño único y especial. Lo demostraba a regañadientes, como si le costase aceptar que había llegado a querer más de lo que él mismo se permitía. Como si querer fuese una debilidad. Algo despreciable. Virginia, que aprendió más con Marco que en toda su vida, reconocía aquel sentimiento sincero y se conformaba. 

 La relación de Virginia con Louis era monótona y aburrida. Le brindaba seguridad en todos los sentidos y gracias a ello, sólamente por ello, no terminó con él. No podía dejarlo todo por un hombre como Marco que era la inestabilidad encarnada. Virginia, que antes de Marco era una mujer de principios, terminó convertida en una mujer con un novio y un amante que la trataba como le venía en gana: a veces bien, a veces mal, y aveces... ni siquiera la trataba. Le costó librar la batalla mental de todo ello. Sabía que no era lo correcto salir con dos chicos. Amar a uno a la distancia y no amar en absoluto al novio formal. Marco Perroni había cambiado completamente a la pobre Virginia, asustada e insegura. Salía con Louis pensando en Marco. Desviaba las llamadas de Louis esperando ansiosamente las de Marco, parcas. Besaba a Louis extrañando los besos de otro. A todo esto tuvo que someterse y acostumbrarse. Cada día era más dificil eludir a Louis para citarse con Marco. Los celos estaban a la orden del día en su relación perfecta. A Marco no le importaba. Jamás le pidió dejara a Louis para comenzar de una buena vez una relación, como las relaciones deben ser. Mucho tiempo Virginia lo prefirió así. Sin embargo ahora estaba dispuesta a todo. Incluso a ennoviarse con Marco abiertamente. Si él lo pidiera, lo haría sin dudarlo un segundo. Si él lo pidiera... Pero Marco no sólo no lo lo hacía sino que se mostraba cada vez más distante. Como si empezara a hartarse del asunto. La veía una vez a la semana, no todas las semanas. Y aunque en ese breve tiempo se mostraba maravilloso: la cortejaba, la alcoholisaba, y le hacía el amor estupendamente, Virginia no podía evitar sentir el desapego crecer y crecer. Lo estaba perdiendo y lo sabía. A medida que el amor de Marco hacia ella (si es que alguna vez existió dicho amor) disminuía, el amor de Louis crecía desmedidamente, hasta la aversión. Por cada llamada no recibida de Marco, recibía decenas de Louis. Por cada ausencia, Louis estaba allí irreparablemente, y despreciablemente. Esto hubiese sido encantador pero no lo era. Virginia rogaba por que Marco se decidiera a estar con ella formalmente. Le llamaba frecuentemente y frecuentemente Marco no contestaba. Lo imaginaba de las peores maneras en los peores lugares, triste y decepcionada de la vida. 

2

Louis yacía plácidamente, sentado como todo un hombre de mundo, adinerado y despreocupado, fumando un cigarrillo blanco en la banca de un jardín hermoso que había costado una fortuna a su padre. Virginia lo escuchaba sentada a su lado, indiferente, pensando en qué diablos estaría haciendo el hijoputa de Marco, hablar del prometedor futuro que le depraba la vida. Una vida extraordinaria según Louis, y de lo mucho que le gustaría compartir toda esa felicidad y toda esa riqueza con ella, a la que consideraba definitivamente el amor de su vida. Virginia escuchaba y observaba. La manera de fumar de Louis le daba asco. Lo hacía petulantemente y con mucho cuidado de no ensuciar la ropa con la ceniza del tabaco quemado. Daba pequellas chupadas al cigarrillo y para ello juntaba los labios exageradamente, como dando un beso, y estiraba a todo lo largo aquellos dedos blancos como velas de leche. Es repugnante, pensaba Virginia. Louis vestía un pulcro y elegantísimo traje blanco y se enfadó cuando descuidadamente la suela del zapato de Virginia rosó la rodilla de Louis, cubierta de aquella fina tela marmórea. Amor, ten más cuidado, dijo Louis sacudiendo tetralmente el lugar del accidente con una mano casi femenina. Con una mueca Virginia demostró su inconformidad. Louis se olvidó del asunto y continuó su incansable monólogo de lo feliz que era a lado de su amada, y prometiendo viajes suntuosos al rededor del mundo, manjare exquisitos jamás probados por lenguas asalariadas, fiestas fantásticas con personajes importantes de la política y el espectáculo, y paseos en yate por los mares más hermosos del planeta Tierra, le propuso matrimonio. Virginia quedó hecha una pieza rígida y terriblemente espantada. La relación con Louis cursaba apenas el primer trimestre y Virginia ya sentía por él el mayor de los empalagos. Vaya, amor, no sé qué decir, contestó hipócritamente Virginia pues lo sabía perfecto: NO. 

3

Virginia intentó comunicarse con Marco. Necesitaba contarle las intensiones de Louis urgentemente. Lo necesitaba como amigo aunque guaradaba la mínima esperanza de que sabiendo esto Marco se envalentonara y tomara la decisión de su vida. Virginia estaba dispuesta a aceptarlo todo. Deseaba huir, como en un cuento de hadas, del príncipe malvado y escapara a un país mágico con el bohemio encantador. Estaba dispuesta a renunciar al oro por amor. 

 Logró contactar a Marco luego de tres días y se lo dijo. Marco, entrecerrando los ojos, encendiendo un cigarrillo con la colilla de otro recién terminado, expulsando una gran nube de humo por boca y nariz, dijo: enhora buena, señora Palacios, que sea dichosa en el lecho y el amor. Virginia, que esperaba todo menos aquello, enmudeció un par de segundos y explicó: no entiendes, dijo, esto me hace la mujer más infeliz del mundo. Marco alzó la mano para llamar la atención de un  mesero y ordenó un whisky en las rocas más si dar importancia a las palabras de Virginia. Marco tomó el asunto como un chiste. Reía y bromeaba al respecto. Virginia lo supo: no le intersa en absoluto. Se ordenó un trago también y esperó a que el alcohol la poseyera para soltarlo. Lo soltó todo. Se confesó ardidamente enamorada y dispuesta a cualquier cosa. Has enloquecido, dijo Marco al escuchar los agónicos y desesperados ruegos de aquella mujer. Yo no valog la pena, hermosa, dijo Marco, será mejor que tomes lo que más te conviene y te olvides de mí que no valgo nada. Virginia no lo creía así. Le dijo lo mucho que valía para ella. Marco escuchaba dando pequeños sorbos al whisky y frunciendo las cejas en cada declaración de amor. Actuaba como si no lo pudiera creer. Extrañado de tanto de amor. ¿Es que de verdad no lo has notado?, preguntó Virginia al decir lo mucho que amaba a aquel hombre. Marco no contestó. Claro que lo notaba. Ninguna mujer acude presurosa al encuentro de un cabrón que le sacará el dinero y el coño sin dar nada a cambio. Al parecer Marco no estaba contento con tanto sentimiento positivo encaminado a su ser. No lo sé, dijo, puede ser que todo sea un seño. ¿Un sueño?, dijo Virginia exaltada. Cómo iba a ser un maldito sueño tanto amor. No creo que me ames, dijo Marco, seguramente confundes las cosas. ¿Cómo?, decía Virginia a cada frase de Marco. Crees amarme, dijo éste, pero no lo haces realmente. Bastaría una semana de vida conmigo para que despertaras y te largaras corriendo a brazos del Señor Dinero. No es cierto, se defendió Virginia, yo estaría contigo toda la vida. Marco no la dejó expresarse más. La calló con razonamientos filosóficos: el amor no existe, dijo, el amor que sentimos hacia una persona es el manto con que la cubrimos. Manto hilvanado con nuestras carencias y nuestras necesidades. No nos enamoramos jamás de un ser sino de un objeto. Por ejemplo de las manos de una mujer nos recuerdan a la madre o de la necesidad de una autoridad que gonierne nuestra descontrolada vida. Pero jamás, por ningún motivo, nos enamoramos de un hombre o de una mujer. Y ese hombre o esa mujer no son jamás lo que nuestros miopes ojos enamorados nos dejan ver. Así, yo soy para ti todo eso que desearías ser pero no te atreves, y créeme, no me amas a mí sino a la auspiciante necesidad tuya de salir de un mundo de egos adinerados y de tanta hipocresía. Eres un alma noble y soñadora que no puede vivir dentro de aquella esfera de cristal, cosa que admiro en demasía, pero por Dios, no puedes amarme a mí que soy incapaz de quedarme a tu lado existiendo tanta mujer. Lo sabes. No puedo ofrecerte fidelidad ni dinero ni amor. Lo único que representó para ti es la libertad y un buen polvo. Libertad que anhelas en el fondo de tu corazón y por la que ahora ciegamente estás dispuesta a entregarlo todo para despúes, inevitablemente, toparte con el muro de concreto que es la realidad. Te encontrarás en una pequeña habitación sucia con un patán a tu lado, queriendo huir nuevamente a un mundo mejor pues ya no requerirás ser libre. Lo serás. Serás tan libre que podrás ir de un lugar a otro pero no tendrás rumbo. Acabarás perdida en brazos de cualquier hombre dispuesto a someterse a tus caprichos pues entederás que tú no naciste para servir, sino mandar. Es tu naturaleza y por ello no hay cosa más conveniente para ti que casarte con Louis, quien te procurará riquezas materiales y desde aquella isla de seguridad podrás navegar a los puertos de tu preferencia sin quemar las naves. Piénsalo, querida, no hay nada mejor para ti que aquello. 

 Virginia regresó a casa consternada. Lo pensó demasiado. Marco era elocuente hasta el tuétano. Primero la enamoró, cosa que parecía y ella misma creía: imposible, y ahora lo estaba logrando de nuevo: convencerla de lo mejor para ella. ¿Pero si él no era lo mejor para ella, por qué demonios la enamoró? No se creía que todo eso hubiese sido con el único fin de un acostón. No podía ser cierto. 

4

Toda la familia se enteró de la propuesta de Louis y toda la familia estaba feliz. Los padres de Virginia sobre todo. La felicitaron y la llenaron de elogios y de consejos. Todos ellos malintencionados. Todos ellos llenos de malicia y ambición. En pocas palabras todo iba por el lado de: te conviene. Los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos, pensaba Virginia al escuchar la sarta de estupideces que decía su madre. 

 Pero ella no podía sacarse de la cabeza la imagen de Marco Perroni. Se le metió la idea de luchar. De verdaderamente luchar. Se le vino encima un montón de recuerdos de libros leídos sobre grandes amores y cómo siempre los protagonistas se enfrentaron a tremendas batallas en contra de la sociedad y de todo para alcanzar su fin. Se convenció a sí misma de que Marco era un buen hombre y que si dijo todo aquello fue sólo para no sufrir. Para no hacerla sufrir a ella. Pensó que renunciaba a su amor por el bajo autoestima que no le permitía compararse con Louis. Y de alguna amanera idealizó y glorificó este sacrificio. No había tal sacrificio. Marco habló claro. Él no la amaba y no estaba dispuesto a interferir pues no deseaba cargar con Virginia el resto de su vida. Ni siquiera el resto del mes. Marco ya tenía en ese entonces otro querer…

 ¡Marco Perroni habíase enamorado! Al menos eso fue lo que dijo a Virginia cuando ella, en su intento, patético, por ganar el amor de Marco, rogó y rogó hasta obtener el no definitivo. Las lágrimas corrieron por las tersas mejillas sin poder evitarlo. Virginia lloraba en el pecho de Marco abrazándolo fuertemente y sin saber qué hacer. Por primera vez en su vida Virginia lloraba por un hombre. Y tenía que ser por aquel que alguna vez consideró el más despreciable de todos. No comprendía cómo Marco no la amaba si ella le había entregado todo. ¡Todo! ¿Desde cuándo la conoces?, preguntó Virginia sollozando. Hace un par de meses, dijo Marco, la conocí en el café y es una joya. Es la mujer que fue hecha para mí. No se detenía ante el sufrir de Virginia, Marco no medía las palabras. Expresaba su sentir sin compadecerse de aquella mujer que lloraba en sus brazos, sabiendo que cada frase le lastimaba hasta el alma. Virginia no entendía. Durante tanto tiempo estuvo Marco jodiendo con el amor que por ella sentía y de pronto, de la nada, se decía enamorado de una cualquiera que se le atravesó en la vida. Así es el amor, dijo Marco, caprichoso, y no hay nada más que hacer que ceder a sus caprichos. Estoy enamorado y me iré con ella. ¿Cómo que te irás?, preguntó Virginia. Sí, contestó Marco, me largo de la ciudad. Marco Perroni conoció una mujer argentina que lo enamoró por su desinterés de la sociedad. Era una mujer bella y rebelde. Le propuso llevarlo a Buenos Aires y aceptó. Como si tal cosa. Todo en la vida de Marco era así. Se le hacía fácil largarse de su país sin preocuparse por nada. Ni por Virginia que lo amaba. La dejaría allí en su tristeza y en su boda y en su vida y en su amor. La amo, decía Marco y Virginia escuchaba sintiendo flechas envenenadas de traición en el corazón. Comenzó con la histeria. Pegó a Marco Perroni en el pecho y gritó ¡no puede ser, no puede ser! ¡Te he dado todo! Calma, nena, decía Marco tomándola por las muñecas para evitar los golpes, no pasa nada, tú debes ser feliz con tu marido. Al escuchar esto Virginia recordó el pensamiento del sacrificio y dijo: escucha, Marco, si haces esto por mí te lo agradezco pero debes saber que no es necesario, te amor a ti por sobre todas las cosas y no pienso casarme con nadie que no seas tú. Marco rió y cínicamente contestó: moltés graciés, bella, pero paso. Ya no siento nada por ti… La última frase fuel golpe de gracia. Cayó como un hacha que corta de tajo la vida. Virginia no dijo nada. Aspiraba para cortar el llanto. No deseaba más llorar por Marco. Lo entendió finalmente. Me enamoré de un hijoputa, dijo en voz baja y secándose el rostro con un pañuelo se separó de Marco, caminó al coche y se marchó. 

5

Al día siguiente despertó con la cara hinchada de tanto llorar. Se permitió hacerlo por esa noche y lo hizo a mares. Ahora tenía una dignidad que recuperar. Se había sobajado tanto. Acostumbró a Marco a tenerlo todo de ella. Trató de comprarlo con ayudas económicas y con caricias. Ninguna moneda fue suficiente para pagar por su amor. ¿Qué tiene que hacer una mujer para que un hombre así la ame?, se preguntó Virginia mientras desayunaba jugo de naranja y pan francés. Se preguntaba qué diablos hizo mal. 

Epílogo.

Marco Perroni llegó a Buenos Aires con la mujer de su vida. Se instaló en una pequeña casa propiedad de la suegra y vivió idílicamente un par de meses tras los cuales la hermosa argentina lo echó de casa por bebedor y mujeriego. Regresó a México y encontró a Virginia Palacios casada con Louis. Virginia perdonó a Marco por haberla abandonado y dando gracias a Dios que no fue más de cuatro meses, aceptó reanudar su relación ahora extramarital con el único hombre que la hacía vibrar.

  “Para que nada nos separe, que nada nos una” (Pablo Neruda). 

F I N 


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