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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

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lunes, 29 de noviembre de 2010

El papagayos / ¿Dónde está mi mujer?

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Eran las tres de la tarde o algo cuando me levanté. La norteña de los ojos verde dormía aún y Enrique no estaba. Había ido al curro o al colegio, no sé bien. Así que me levanté y tomé una ducha para quitarme de encima la modorra, la resaca y el infernal calor norteño. Caminé despacio y tropezando con todo hasta el cuarto de baño. Me desnudé y tomé la ducha. Cuando salí, fresco como un hielo en un whisky en las rocas, me encontré con Enrique, la norteña, y un plato con pechuga de pollo rellena de queso, lechuga, jamón y cosas. Una verdadera delicia. Yo no acostumbraba comer de ese modo y fue realmente bueno. Enrique era excelente cocinando. Buenos días, dijo la norteña, ¿dormiste bien? Ya dije, muy bien, gracias, dando un bostezo de león. Tomé una cerveza del frigo y la bebí mientras Enrique preparaba ensalada para acompañar el pollo. También encendí un cigarrillo. Enrique explicó el plan del día. Siempre tenía un plan y el de aquella tarde era particularmente malo: regresaría al trabajo y eso era todo. Bien, dije mientras me acomodaba a la mesa, que era la barra de la cocina, y picaba lechuga con un tenedor. La pechuga lucía jugosa y apetitosa. ¿Y tú qué harás?, pregunté a la norteña. Iría a visitar a la madre o algo. O sea que estaba solo. Puedes dar una vuelta por el centro, me aconsejó llevándose a la boca un trozo de pollo y luego añadió un umh, qué rico aludiendo al platillo. Me animé a dar el primer bocado. En verdad era delicioso. Conversamos de asuntos sin importancia. Comíamos como una extraña familia donde estaba el marido, la mujer, y un… compadre (?) de esos que no se sabe bien por qué diablos viven allí. Al final decidí hacer caso a la norteña. Un poco de soledad no me vendría nada mal, dije. Puedes mirar el panteón, dijo la norteña. Sí, continuó Enrique, dentro hay tumbas construidas por un japonés, son tremenda cosa. También me sugirieron la catedral, el parque, el mercado de artesanías. Cosas todas ellas maravillosas de no ser porque yo sabía muy bien lo que deseaba: un bar. Muy bien dije, no se preocupen, ya encontraré algo qué hacer. 

 Cuando terminamos de comer fue el turno de la norteña para ducharse. Enrique y yo esperamos en el patio fumando tantos cigarrillos como nos fue posible. Y yo acompañé al tabaco con tantas birras como me alcanzó el tiempo. ¿qué te gustaría hacer?, preguntó Enrique mientras esperábamos y se lo dije. Entonces ven conmigo, dijo, te dejaré en el Papagayos y allí pasaré por ti luego del trabajo. ¿Qué es el Papagayos?, pregunté. Un bar de mala muerte, contestó Enrique. Ya dije, acepto. Subimos al auto y condujo hasta el centro. Ya no esperamos a la norteña, al final arregló que un hermano pasara por ella. No tomó demasiado tiempo. Ir a cualquier sitio, en Durango, no tomaba nunca demasiado tiempo. Yo estaba acostumbrado realizar trayectos de una hora o más sin salir de la ciudad. En Durango todo trayecto tomaba quince o veinte minutos. No importa si ibas de punta a punta. 

 Antes de llegar al bar, Enrique me llevó a realizar algunas tareas. La familia de aquel tío era dueña de prácticamente todas las paleterías del norte. Su trabajo consistía en repartir a cinco de ellas la crema para hacer helado. La crema era almacenada en una bodega con cámara de congelación. Así que fuimos hasta la bodega y llenamos el portaequipaje de cubetas llenas de esa cosa. Luego las repartimos a los locales correspondientes. Uno de otro no quedaba lejos. Era sencillo. El problema era subir los litros de crema al auto. Enrique lo hacía como si la cosa fuera un juego de niños. Pero claro, Enrique era un tío alto y fornido que cargaba cubetas de crema como hojas. Yo en cambio era un delgado fumador sin más fuerza que una mujer fuerte. O sea que a mí me costaba subir una cubeta lo que a él subir cuatro o seis. Incluso llegué a rasgarme las manos. Las tenía ligeramente amoratadas. Definitivamente no era un trabajo para mí. Como todos los trabajos. Al final, cuando todo estaba dentro, Enrique se ponía al volante y como si no hubiese hecho el menor esfuerzo, encendía un cigarrillo. Y yo me tiraba al asiento del copiloto, deshecho, y no tenía aire para fumar nada. Yo notaba estas diferencias de condición física todo el tiempo. La gente siempre parecía hacer todo sin esfuerzo y yo no hacía ni la mitad de las cosas sin esforzarme demasiado. Me había debilitado, lo sabía, tanta farra, tanto desvelo, tanto tabaco y tanta clínica. Las enfermeras de la clínica me chupaban el alma. Pero el caso es que repartimos la crema. Aquello era fácil. Aparcábamos frente al local indicado y Enrique bajaba la crema, uno o dos botes según el caso, y la dejaba en la banqueta. Luego algún empleado vendría por ella. Yo podía quedarme dentro del auto fumando y bostezando. Una vez entregado todo éramos libres.  Al menos que fuese uno de esos días donde tocaba al bueno de Enrique atender la paletería de su padre. Y aquel día, era uno de esos días así que me dejó en la esquina de una calle y dijo: al fondo está el lugar, paso por ti en unas horas. Ya dije, muy bien, y caminé hasta allá. 

2

En la entrada del lugar descansaban sobre el cálido suelo una señora y una tía regordeta teñida de dorado. Tuve que esquivarlas para entrar. Y una vez dentro ambas se levantaron y fueron tras de mí. Eran las empleadas del bar. Doña Eugenia, que era la señora y cuyo nombre supe poco después preguntó qué le sirvo, y me ordené una cerveza fría. ¡Una cerveza fría!, gritó Doña Eugenia a la joven. Mi cerveza llegó en las manazas de aquella cerda. Gracias, dije y ella no dijo nada. Tomé un sitio en la barra. Bebí despacio y encendí un cigarrillo. Yo era el único cliente. Era el único tío bebiendo a las cuatro de la tarde en aquel bar de mala muerte. Pasé la mirada por todo el lugar. Las mesas y las sillas eran plásticas. Había rotulado en toda una pared un paisaje: una jungla o algo. Yo no sé porque a los dueños de sitios así les da por pintar selvas o junglas en las paredes. El suelo era un enorme cenicero y un enorme bote de basura. Un par de escobas se recargaban en una esquina pero al parecer jamás las tocaban. Y en la barra, junto a mí, una mediana estatuilla de Buda estaba sentada sobre una canastilla. Una asquerosa figura roja, bañada en un líquido que supuse  todo menos cerveza hasta que Eugenia se acercó a él y echó encima un poco de cerveza. ¿Para qué hace eso?, pregunté interesado en el asunto. Para atraer a los borrachos, mijo, contestó Doña Eugenia. Ya, dije pegando el cigarrillo contra mis labios y aspirando profundamente. El bar, repito, a excepción de mí, estaba vacío. O sea que Buda no estaba muy contento ahogado en alcohol, o el cabronazo andaba de farra. 

 Me cansé de estar sobre el pequeño banco de la barra. Me acomodé en una mesa. Saqué mi vieja libreta y comencé a escribir un texto sobre E., una mujer de la que estuve enamorado no hace mucho tiempo. Mientras tanto me pedí otra cerveza. Doña Eugenia la trajo y al verme escribir dijo. ¿una carta para su novia? La pregunta me cayó de golpe. Alcé la mirada y tras un par de segundos contesté: no, no, es otra cosa. ¿Una carta para su madre?, se apresuró a corregir la señora. Tampoco, dije tajante. Soy escritor, dije, y escribo un texto. A, bueno, dijo Eugenia sin entender un carajo y luego añadió: ¿de dónde es usted? Dios, pensé, qué lata. De México, respondí a secas. Doña Eugenia arrastró una silla y se instaló conmigo. Intercambiamos nombres y algunos datos banales. Luego insistió: ¿escribe una carta a algún familiar de México? Hasta ese momento no la había mirado con atención. Era una señora de cincuentaitantos años con el sufrimiento estampado en el rostro. Tenía la cara llena de manchas y cicatrices. La que más llamaba la atención era, sin duda, un terrible río de carne maltrecha que corría desde el labio superior hasta la mejilla, y luego torcía de regreso sin llegar nuevamente al labio. No, dije, no escribo ninguna carta a alguien, soy escritor, repetí, escribo un texto; para una revista. Se asombró y comentó que ella no sabía leer ni escribir. Ya, dije indiferente. Entonces no tiene una novia en México, dijo. No, no tengo una novia en México, contesté dando un largo trago de cerveza. Le conté recién había llegado a Durango y residía en la casa de la norteña de los ojos verde. Y esa muchacha es su novia, supuso Doña Eugenia. No, dije, no es mi novia. La cabrona no podía creerse que yo no tuviera novia. Es como si todos tuvieran una pareja. Esa impresión me dio. Era inaudito que alguien no tuviera con quien compartir su puta vida. Entendí no podría escribir más con ella allí. Pregunté a Doña Eugenia si gustaba de beber y resulto ser alcohólica. Ella lo dijo. Dijo, ay mijo, que si me gusta, si soy reborracha. Ya, contesté, pues póngase una cerveza, yo invito. En eso se acercó el barril que era la tía joven y tuve que decirlo: y una para ella también. Llevó toda su obesidad tras la barra y trajo dos bellas cervezas que desgraciadamente no bebí, pero sí pagué. Y se instaló con nosotros. Mi cigarrillo estaba por terminarse. Cogí la cajetilla de Delicados y encendí uno con la colilla de otro; el que aún ardía en mis labios. Ofrecí un cigarrillo a Doña Eugenia pero se negó. No fumo, dijo. Ofrecí uno a la tía, que resultó llamarse Jessica, y tampoco aceptó. Doña Eugenia dijo: nosotras no fumamos pero la niña sí, ¿me regala uno pa la niña? Claro, dije extendiendo la cajetilla para que lo tomase y pensando que en aquel sitio había alguien más. Una niña. Dios, pensé, porque no lo dijeron antes, quiero ver a esa niña. Tenía la esperanza que fuera guapa. Pero la niña resultó ser La Muerte. Una calavera de arcilla vestida con un manto negro. Una imagen de La Santísima Muerte. Eso era la condenada niña. Jessica cogió el cigarro y lo puso en algún sitio del altar de aquella cosa. No pude verlo con claridad pues La Muerte reposaba tras el mostrador. Eugenia aprovechó el tiempo que le llevó a Jessica tal cosa para decir: yo no creo en La Muerte, ella es mala, yo nomás le rezo a mi gordito. Lo dijo aludiendo al Buda. O sea que sí creía en La Muerte; la consideraba mala. Pero claro, no se lo hice ver. 

 Nos hicimos amigos. Doña Eugenia resultó ser agradable. Era una mujer con historia. Había sido fichera y mesera de bar desde los catorce años. Conozco el ambiente, decía. Salió de su pueblo allá en Zacatecas y acabó en Durango vendiendo sexo y atendiendo tugurios. Maravilloso, dije. Jessica en cambio hablaba tan poco como la foca que parecía ser. Y estaba bien. Porque cuando lo hacía no pasaba de decir alguna estupidez. Gracias al cielo entró un cliente y ella se largó a atenderlo. Fue entonces cuando sucedió: la mano de Doña Eugenia acarició mi mejilla y dijo: ay, mijo está usted muy guapo, ¿cómo es que no tiene novia? Ya dije, pues no tengo. Por un momento pensé dos cosas: que deseaba seducirme y estafarme, o que deseaba seducirme y no estafarme. Sin embargo la cosa no iba por ese camino. Tengo una hija de quince años, dijo Eugenia, y es muy bonita, ¿la quiere ver?  Acepté y me mostró algunas fotografías tomadas con teléfono móvil. Era una niña delgada de quince años, como cualquier otra niña de su edad. Sin nada singular. Pero era delgada y tenía quince años. Eso bastaba para que mi libido deseara follarla. Dios, es muy bonita, dije, ¿cómo se llama? Rosa María, señaló Doña Eugenia con una sonrisa retorcida. Me contó, la niña no se dedicaba a nada. No trabajaba y había dejado la escuela. Yo no paré de decir lo mucho que gustaba su hija e incluso le propuse nos presentara. ¿Por qué no la trae aquí?, pregunté. No quiero que le guste el trago y el vicio, dijo Eugenia arrepintiéndose de haber conocido ella el mal tan joven. Ya dije, lo entiendo. Platicamos de otros asuntos. De cómo un cholo le estampó la puerta del bar en la jeta dejándole así la horrible cicatriz de su labio. Me interrogó sobre mis intensiones en Durango. Dije pensaba quedarme unos años a probar suerte con eso de las letras. Me pedí otra y otra cerveza y ella se puso algunas también. A mi cuenta. Y finalmente lo soltó: ¿le gustaría conocer a mi hija? Me encantaría, contesté. 

 Las intensiones de Doña Eugenia eran casarme con Rosa María. Enserio. La muy cabronaza buscaba marido para una niña sin qué hacer. Era una manera de asegurarle un futuro que no fuera hacer la calle. No sé si yo era la primera víctima, o aparte de mí había más pretendientes. No importaba. Lo pensé y me dije: ya, tío, conócela, fóllala, y huye. Continué diciendo a Doña Eugenia lo mucho que me gustaría conocer a su hija y salir con ella, e incluso, me atreví a decir: me gustaría casarme con su hija. No se asombró. ¿Y estarías dispuesto a tenerme de suegra?, dijo Eugenia. Claro, dije, me ha caído usted de maravilla… ¿Aunque sea una borracha?... Por supuesto, así en vez de beber con mis amigos, bebo con usted. Rió y dijo: no quiero un nuero borracho. Cosa que era totalmente idiota, pues me lo proponía a mí que la había conocido en un bar. No se preocupe, no bebo mucho, mentí. 

 Enrique llegó por mí. Se sentó donde yo y Doña Eugenia y ordenó una cerveza. Le dije falsamente emocionado que me casaría con la hija de la señora que ahora ves aquí, tío. No entendió nada y tuve que explicarle. Cuando comprendió rió y pidió ver las fotografías. Es muy bonita dijo por compromiso y me recomendó ampliamente. Es un buen muchacho, dijo a Doña Eugenia, que estoy seguro le daba igual la clase de muchacho que fuese con tal que sacara a Rosa María de su condenada vida. ¿Y dónde está la niña?, preguntó Enrique. Doña Eugenia explicó nuevamente que le tenía prohibido visitarla en el curro. ¿Entonces cómo la va a conocer?, dijo Enrique. Quedamos en lo siguiente: yo regresaría mañana a las ocho de la noche y Rosa María estaría allí, lista a conocer al futuro marido. Bebimos la última birra y nos despedimos alegremente. Estreché la mano de Doña Eugenia y le dije ya quedamos, mañana vengo a conocer a mi novia. Ella asintió con la cabeza y varios síes. Y con sonrisas pérfidas.

3

 Conté de todo eso a la norteña y reía y decía ¿y si vas a regresar? Claro que pensaba regresar. Una señora me ofrecía libremente un fresco trozo de carne, y no iba a decir que no. Lo que era definitivo es que no me casaría. Saldría con la niña, le hablaría bonito y la llevaría a la cama. No sería difícil pues su madre me recomendaba. Seguramente diría cosas como sal con él, hija, te conviene, o dile que te lleve a comer, etc. Y lo haría. Todo con el único fin de cogerla. Y cuando la hubiese follado algunas veces y estuviera harto de meter la cosa en ella, me largaría a México. Era un plan estupendo. Así que al día siguiente volví. 

 Entré con seguridad. Enrique venía conmigo. Doña Eugenia me miró y me interceptó en el camino hacia la barra. Tres cervezas, dije. Eugenia gritó a Jessica trajera las cervezas y nos sentamos los tres a la mesa. ¿Y bien, dije, dónde está mi mujer? Doña Eugenia sonrió y dando un trago a su birra dijo: no pudo venir, pero mañana sí viene. Me decepcioné bastante. Ya dije, en verdad tenía ganas de conocerla. Eugenia me juró maña sí vendría. Y como ya no tenía caso estar allí, bebimos unas cuantas Pacífico y nos largamos. Antes de eso prometí regresar. Y Doña Eugenia prometió traer a Rosa María. 


Eran las seis de la tarde y me levanté con pesares. La norteña de los ojos verde llevaba despierta algunas horas y miraba el televisor. Me metí en los pantalones y cogí la camisa más cercana. Era una camisa a cuadros y la cogí del suelo. Me la puse. Metí los pies a los zapatos y fui hasta donde ella. Antes de llegar cogí una birra del frigo y encendí un cigarrillo. Me saludó y la saludé. Hasta ese entonces no habíamos hablado gran cosa. Quiero decir, hablado de nosotros. Desde mi ciudad hasta la suya nos comunicábamos a la mar de bien y ahora que estábamos juntos, algo pasaba. Sentí ganas de echarme al sofá junto a ella y platicar largo y tendido sobre cualquier cosa. Todas las conversaciones con ella eran interesantes. No importa si platicábamos de alguna trivialidad, era divertido. Pero no tenía tiempo. Debía ir a por mi mujer. Se lo dije a la norteña. Espera a que venga Enrique, dijo, y dile que te lleve. Era una buena idea. Y tardó nada en llegar. ¿A dónde?, preguntó Enrique cuando le dije que deseaba salir. Al papagayos, dije, por mi mujer. Claro, dijo riendo. Enrique también deseaba ver a la niña. Deseaba saber qué coños pasará con el asunto del matrimonio y todo eso. 

 Entramos al Papagayos. Era sábado y había mucha gente. Mucha gente quiere decir cuatro o cinco personas. Y también había algunas tías ficheras y un travesti prostituto. ¡Ya llegué, Doña Eugenia, ¿dónde está mi mujer? Dije antes de saludarla. Me saludó de beso en la mejilla y me puso una cerveza. Puso otra para Enrique y otra más para ella. No vino, dijo. Dios, pensé, qué es esto, ¿una broma? Se excusó con lo siguiente: antes de dejar que la conozcas, dijo, quiero hablar contigo. Ya dije, pues vale, hable. Me preguntó seriamente si en verdad deseaba casarme con ella. Era una pregunta extraña, pues yo ni siquiera había mirado a la cabrona escuincla. Pero como sea dije que sí y lo juré en nombre de Buda y Alá. Enrique bebía y observaba. Bueno, dijo Eugenia, pero quiero que sepas que a mí me gustan mucho las luchas. Se refería al deporte de las luchas. Aquel donde algunos marranos disfrazados de toda clase de ridiculeces se ponen a fingir acrobacias en forma de lucha. No lograba hilar el comentario de Doña Eugenia con el proceso de mi matrimonio. Hasta que lo dijo. Dijo: te propongo algo: si te haces luchador, te casas con Rosa María. Lo dijo tajantemente. Iba enserio. Se pensaba que yo de algún modo podía cumplir su puñetero sueño de un nuero luchador. Yo, que era más delgado y debilucho que nadie, de luchador. Era para mearse de la risa. Me contuve y dije sin titubear: es un trato, yo haría cualquier cosa por su hija. Me estaba tomando demasiado enserio el papel de pretendiente enamorado. 

 Un par de ficheras, que es un par de prostitutas, se acercó a nosotros. Saludaron a Eugenia y luego Enrique y cuando era mi turno mi futura suegra las alejó de mí diciendo que yo era un hombre comprometido y que no podía ya procurarme esa clase de diversiones. No objeté nada. Estuve de acuerdo. Las ficheras se alejaron de nuestra mesa y cuando estuvieron instaladas en otra, Eugenia cogió su teléfono móvil y me pidió permiso para fotografiarme. ¿Y eso para qué?, pregunté extrañado. Para irle platicando de ti a mi hija, dijo, y mostrarle cómo es usted. Me pareció lógico y dejé me hiciera unas cuantas fotos.

 Bebimos y fumamos un par de horas. Era fin de semana y el ambiente comenzaba a calentarse y nosotros también. Enrique aprovechó una distracción para decirme vayamos a otro sitio. Me despedí de Doña Eugenia prometiendo volver el lunes, pues así lo propuso ella, y juró por todos los dioses que esta vez sí estaría Rosa María. Pero ya me daba igual el asunto. Pagamos la cuenta y nos largamos en busca de algún bar con putas. Así fue que caímos en el Forastero… 

5

 El asunto se olvidó pronto. Después de todo Rosa María no era una mujer de otro mundo. Era tan escuálida como lo debía ser a los quince años, y tan poco interesante como la hija de una madre que no sabe leer ni escribir. Me quedé con las ganas. Jamás volví al Papagayos. Definitivamente no iba a volverme un luchador. Y cuando las madres de las tías tienen ideas como aquella, es mejor alejarse. Aquella es la vez que he estado más cerca del matrimonio. He jurado no casarme y en una noche estuve a punto de hacerlo con una desconocida. La vida es una rueda de la fortuna. Nuca sabes qué ocurrirá y eso, tío, es lo único por lo que vale la pena vivir. Por la incertidumbre del día siguiente, la hora siguiente, el minuto siguiente. La vida es insoportable cuando sabes exactamente qué va a pasar. Enserio. 



jueves, 18 de noviembre de 2010

Me enamoré de un hijoputa. Segunda parte.

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"Para que nada nos separe, que nada nos una"
Pablo Neruda.


Marco Perroni se convirtió en un hombre galante, romántico y ejemplar.  Era como si él adivinara los pensamientos de Virginia Palacios. Ella deseaba internamente cambiar al mamarracho de Marco y lo estaba logrando. Al parecer. Es cierto que Virginia no movió un dedo para ello. Se creía que el deseo que Marco sentía por ella, bastaba. Eso la fascinaba, claro. Todo iba de maravilla. Marco y Virginia se citaron en un restaurante del centro de Tlalpan. Marcó, contrario a su costumbre, llegó puntual con un hermoso ramo de rosas rojas. Virginia no pudo evitar sonrojarse, y enamorarse. Cientos de veces había recibido rosas, e incluso obsequios más deslumbrantes. Sin embargo esto era distinto. Poco mérito hay en que un chico adinerado y acostumbrado a ello te regale cualquier cosa. El caso de Marco era distinto. Lograr que un vividor y un patán que sólo desea follarte se comporte así, es por mucho más romántico, más encantador. Marco tomó la mano de Virginia y caballerosamente la arrastró hasta el restaurante. Dentro se instalaron en una mesa al aire libre. Marco le dijo lo hermosa que lucía a la luz de la vela (la llevó a un sitio con velas en la mesa), y ordenó estupendamente un tinto y pasta. Aquel borracho desaliñado se transformó en un hombre de mundo. Incluso no venía desaliñado. Engominó el cabello. Metió la camisa dentro de los pantalones. Se afeitó el rostro. Y había rociado el pecho con loción. Es increíble, pensó Virginia, y lo dijo. Un hombre es capaz de todo cuando ama a una mujer, contestó Marco. Aquí también ocurrió un cambio drástico: hasta aquel entonces Marco sólo sabía decir quiero follar contigo. Ahora las palabras de Marco hablaban de amor. Ella, por supuesto, no creyó del todo aquello. Se resistía a creerlo aunque lo deseara en el fondo. Imposible, dijo, no puedes amarme. ¿Por qué no?, preguntó Marco. Eran las palabras favoritas, irrefutables de aquel Don Juan. Porque no me conoces, dijo Virginia. Exacto, respondió Marco, olvidas que un hombre puede amar a una mujer porque la conoce como la palma de su mano, o precisamente porque no la conoce el óbolo necesario. Virginia rió y aceptó el razonamiento de Marco como verdadero. No es imposible, dijo, tienes razón, pero no te creo. Muy bien, estás en tu derecho a no creer, pero poco importa, respondió Marco, poco importa… Y ya no completó la frase. Podía referirse, como lo pensó Virginia, a poco importa, lo demostraré, o, como lo pensaba Marco: poco importa, sólo deseo llevarte a la cama y olvidarme de ti, da lo mismo si lo crees o no, o si es verdad o no. Esta última probabilidad no rozó  siquiera los pensamientos de Virginia. Se sentía segura. O sea que dijo no te creo pero lo creía. Deseaba creerlo. Se aferraría a ello como el capricho de una niña. Marco lo había conseguido con la habilidad de un filósofo. Le otorgaba el beneficio de la duda y nadie duda de alguien que te dice si no me crees, está bien, no te obligaré a hacerlo. 

 La pasta y el vino llegaron elegantísimos en charolas de plata. Era un lugar romántico hasta el último detalle: media luz, música suave, mesa para dos, aroma a flores, etc. Virginia, experta en vinos gracias a su padre, tomó la copa recién servida por el mesero y la llevó hasta el olfato. Luego la llevó hasta los labios e indicó que todo estaba muy bien. Marco sonrió al verla hacer aquello. No sabía de tus cualidades catadoras, dijo. Virginia sonrió también y comentó: lo debo a mi padre, pero no es la gran cosa, ¿tú cómo catas el vino? Marco: fácil, bebo toda la botella y si al final no estoy ciego, es un buen vino. Ambos rieron fuertemente. La dicotomía patán-caballero de Marco atrapaba sobremanera a Virginia. No era del todo acartonado, elegante, amoroso, perfecto, aburrido. Sabía ser la mezcla exacta de caballerosidad y desfachatez. Era un hombre y un animal. Le hablaba de amor y pensaba en sexo. Era sencillamente único. Un ejemplar de suma rareza en el mundo de ejemplares perfectos de Virginia. Un ejemplar raro, bello por su rareza. Un pavorreal. Un ave divina que no deja de ser un guajolote. Con ese encanto irresistible de lo exótico. ¿Te han gustado las rosas?, preguntó Marco cuando daban los primeros bocados. Sí, muchísimo, contestó Virginia acariciándolas. Gracias, añadió. Las robé, dijo Marco tajante, para ti. ¿Cómo?, preguntó Virginia aterrada. Las robé, repitió Marco y explicó: pedí al tío de las flores envolviera un ramo de rosas. Lo hizo. Después pedí un arreglo floral más complicado. Ajá, dijo Virginia impactada, ¿y luego? Luego, continuó Marco, cuando el cabronazo hacía el arreglo aproveché para coger el ramo y correr. Fue sencillo, el hijoputa me daba la espalda y estuve a varios kilómetros ya cuando se dio cuenta de todo. ¡Dios mío!, exclamó Virginia, no sabía que eras un ladrón. No lo soy, dijo Marco despreocupado, eso sólo que el amor te ciega y te hace ser algo que no eres. Yo no soy un ladrón pero por amor… Esta vez no sonrió Virginia. Tuvo que digerirlo antes de aceptar que aquel acto pueril, estúpido y arriesgado, le gustaba. Todo lo que un hombre haga por una mujer, así sea el crimen más atroz, llena el egoísta corazón femenino ávido de sacrificios, de la susodicha. Y Virginia no era la excepción. Aunque ya no lo dijo estaba agradecida y vanagloriada de tener un hombre capaz de todo por ella. Cuestiones todas ellas que Virginia guardaba celosamente como secretos, sintiéndose casi culpable de aquellas sensaciones narcisistas.

 Cuando Virginia comía todo encajaba maravillosamente. Lo hacía de manera discreta y elegante. Daba la impresión de que todo el mundo había sido creado para servirla. Lo hacía a la velocidad adecuada. Los hombres de servicio se adelantaban a sus deseos de más vino, de agua con limón para los dedos, etc. Se desvivían por atenderla. En cambio Marco lucía como una pieza ajena al rompecabezas. Comía demasiado rápido. No utilizaba la tela servilleta. Bebía el vino como agua. Ningún mesero le ofrecía llenar la copa y los ojos se le enrojecían a medida que vaciaba el tinto en su garganta.  De ello se percató Virginia y le divertía el asunto.  Era como estar frente a un cavernícola adiestrado. Esto era, desde el punto de vista de Virginia, tierno. Un cavernícola es como un niño. 

 Terminaron la comida y entablaron una bella conversación. Marco contó a Virginia lo mucho que había amado a un par de mujeres y cómo éstas lo abandonaron injustificadamente. Así lo hizo ver Marco: abandono injustificado. Se puede apostar que si se preguntase a las mujeres que Marco aludía, no habría nada más razonable que alejarse de él. Pero Virginia, que ya tenía el juicio nublado por los sentimientos se compadeció del caso y defendió, apoyó y pregonó la injusticia de aquellas mujeres a las que no conocía. Corrió el chisme por su círculo de amigos cercanos. Todos estaban en contra de Marco. Le aconsejaban no citarse más con ese desconocido. Le decían no es más que un borracho. No es más que un vividor y seguramente terminarás mal con él. Virginia escuchaba sin opinar los consejos. No opinaba porque no estaba segura. Los amigos tienen razón, pensaba, pero al mismo tiempo hay algo en marco que me inspira confianza. ¿Cómo un hombre que confiesa abiertamente haber robado puede generar confianza? Quizá todo este en la confesión misma. El acto de confesar el robo sin ser interrogado crea la ilusión de seguridad. Expresa que Marco confió en Virginia al decir la verdad. Si hiciera algo malo, me lo diría, se piensa. Y es cierto. Lo que no es cierto es que las intensiones sean siempre buenas. ¿El fin justifica los medios? Marco había robado para calmara la vanidad mujeril de Virginia. Y había hecho aquello, lo de la vanidad, con otro fin, maquiavélico. Todos los movimientos de Marco estaban fríamente calculados. No era precisamente superior en inteligencia al hombre promedio. Poseía, sin embargo, un instinto desarrollado por encima del promedio. 

 Bueno, dijo Marco, no hay nada más que hacer aquí. Lo dijo aventando la servilleta sobre la mesa. Virginia estuvo de acuerdo. Marco levantó la mano y ordenó traer la cuenta al mesero. Dio el último trago de tinto altaneramente y cuando llegó el monto de lo consumido lo miró extrañado. Sacó un billete de cien pesos y lo pasó junto con la libreta de piel, a Virginia. Ella miró todo eso y observó que faltaban más de cuatrocientos pesos para saldar la cuenta. Miró a Marco, que ya había encendido un cigarrillo y colgaba el brazo izquierdo sobre el respaldo de la silla en pose de indiferencia. Entonces lo comprendió. Colocó la tarjeta de crédito que cogió de su bolso en la libreta y mandó cobrar la factura. Tomó de mala gana el billete anaranjado y estrujándolo lo echó al bolso. Regresó el mesero. Firmó el voucher. Ambos salieron sin decir una palabra. Virginia no estaba ofendida del todo. En el fondo, esperaba aquello. Era de adivinar que Marco Perroni no podía pagar una cuenta así. Lo que la ofendió fue el cinismo con que Marco se había lavado las manos del asunto. Si lo hubieras dicho desde el principio, dijo Virginia a Marco fuera del establecimiento. Marco fumaba y hacía equilibrio sobre el borde de la banqueta, con los brazos extendidos, sin prestar atención a los comentarios de Virginia. Virginia comenzaba a hartarse. Pero justo en el momento que pensaba dejarlo y largarse a casa, Marco saltó y cayendo delante de ella le besó la frente con calidez. Y le dijo al oído: eres un ángel. Virginia se estremeció de pies a cabeza. Marco había tocado la fibra más sensible de esa mujer. Ser un ángel tenía mucho sentido psicológico. Un ángel es un benefactor y un protector. Cosa que ella deseaba ser para Marco. Deseaba protegerlo y cuidarlo. ¿De qué? Quizá de sí mismo. Todos estaban equivocados. Marco era para Virginia un desadaptado social, un marginado. Empujado a ser lo que es por su contraste con el mundo. No le importaba el dinero ni las apariencias. Marco deseaba una sola cosa: ser auténtico. El pecado no era el cinismo, era el no compartir las ideas y costumbres de la sociedad. Si a Marco le disgustaba algo, no fingía, lo decía directamente ofendiérase quien se ofendiera. Su dureza era el caparazón con que se defendía de la tristeza de un mundo hostil. Y en el fondo de esa coraza yacía el óbolo de amor. Era una hipótesis cursi. Hipótesis en la que creía firmemente Virginia y por la comprobación de la cual estaba dispuesta a luchar. 

 Marco tomó la mano de Virginia y la besó. Luego jaló de ella para llevarla hasta el bar más cercano. ¿Y ahora?, preguntó Virginia sin oponer resistencia. Ahora, dijo Marco, es tiempo de un trago. Tomaron la mesa más arrinconada que encontraron y Marco ordenó un par de whisky en las rocas. No acostumbro beber tanto, dijo ella. Ya te acostumbrarás, contestó él. Llegaron las bebidas y Marco tomó la suya, brindó con Virginia (por tu belleza, amor), y bebió el whisky de un trago. ¿Cómo puedes!, expresó Virginia asombrada de la manera de beber de Marco. Puedo, contestó Marco alzando los hombros. Y añadió: y tú también puedes, anda, intenta y verás. Virginia se negó en risas pero al final lo hizo. Bebió todo de un trago. Enrojecida dijo: ¡vaya, no es tan difícil! Lo sé, dijo Marco y alzó la mano para ordenar otra ronda de whisky. Esta vez bebieron despacio. ¿Alguna vez has estado realmente enamorado?, preguntó Virginia. Cientos de veces, respondió Marco y se produjo la siguiente conversación: 

 V: Enserio. 
 M: Enserio, cientos de veces. 
 V: O sea que has estado con cientos de chicas. 
 M: No, he estado enamorado cientos de veces, tres de ellas de alguna mujer… 
 V: ¿Cómo? 
 M: Me he enamorado del Sol, la Luna, de un Rembrandt, de la Tarantela de Liszt, de El Beso de Rodin, de un día nublado, de la novena de Beethoven, de una flor, de la noche, de Ofelia de Rimbaud, , de la Divina Comedia, de los pies de las mujeres, del alcohol, de la forma que sonries, de ti… 
 V: Es muy bello lo que dices. 
 M: ¿Lo crees?
 V: Por supuesto. 
 M: Las personas se creen que son cursilerías. 
 V: Son bellas cursilerías. 
 M: Eso mismo pienso. 
(Risas).
 M: ¿Y tú, te has enamorado alguna vez?
 V: Me gustaría contestar algo como lo que tú has dicho pero sería un plagio. La verdad no, nunca me he enamorado de nadie… Bueno, eso creo. 
 M: ¿Enserio?
 V: (Titubeando). Bueno… no lo sé…

 Marco entendió perfecto lo que Virginia quería decir. ¿Es posible que ella estuviera ya enamorada, verdaderamente  enamorada, de Marco? El amor de un hombre y el amor de una mujer no son la misma cosa. El amor de un hombre es, generalmente, más sólido, como una roca. El amor de una mujer es, generalmente, como una estrella fugaz: llega pronto y sin preaviso, es intenso, y fugaz. Es posible que Virginia se enamore de Marco tan rápido como podría desenamorarse. Tan rápido como Marco la obligaba a enojarse y contentarse. O sea que sí, había grandes posibilidades de que justo en aquel momento (con Marco se trata de momentos) Virginia se sintiera enamorada. Lo único definitivo era el sentimiento de Marco para con ella. No era amor. Definitivamente. Marco era diabólico. Hablaba de amor tan bien como el mejor de los poetas pero su lengua estaba envenenada como la lengua de la serpiente luciferina. Sin embargo Marco era, como ya sabemos, cínico y directo. No mentía. Jamás mentía. ¿Cómo se explica la paradoja? Si sometiéramos a Marco a un detector de mentiras pasaría la prueba sin dificultades. No mentía al decir te amo a Virginia ni al decirle lo mucho que adoraba su sonrisa. No lo hacía porque Marco era el mejor de los mentirosos: creía sus mentiras. Así, no podíamos culpar a Marco de engañar a Virginia. Y Virginia notaba en las palabras de Marco la sinceridad, honestidad y veracidad de las mismas. ¿Su fe ciega estaba justificada? Te amo, decía Marco  y Virginia se abstenía de contestar: te amo también. Se abstenía porque si lo amaba, no lo hacía con la fortaleza de romper las barreras sociales que los separaban. Si contestaba favorablemente las propuestas de amor de Marco, se comprometía demasiado. Lo amaba. Amaba estar con él pero su miedo a las malas impresiones que causaría un noviazgo no podían ser superadas. No te pido que seamos novios, dijo Marco y la magia se quebró. ¿Cómo?, preguntó Virginia exaltada una vez más. No me interesa crear entre nosotros un lazo débil como lo es el noviazgo, explicó Marco. ¿Cómo?, repitió Virginia esta vez interesada. “Para que nada nos separe, que nada nos una” (Pablo Neruda). Virginia lo caviló unos segundos, y le encantó la idea. Nuevamente Marco movía las piezas del ajedrez estupendamente. Todo quedaba justificado bajo una hermosa frase que sería su religión. Para que nada nos separe, que nada nos una. No existía la necesidad de un noviazgo predestinado al fracaso. La relación con Marco sería el más grande secreto de Virginia. De esa manera no habría compromiso social que desbaratara los nervios de Virginia y así, calmaría a los amigos y familiares diciendo que no se ennoviaría con aquel borracho barbaján, sin saber que el corazón de ella, le pertenece a él. Hasta era algo romántico, al estilo Romeo y Julieta. Maravilloso. Marco era un verdadero estratega. Construía su conquista como un verdadero arquitecto. Se adelantaba a las angustias de Virginia, a las dudas e inseguridades, y al mismo tiempo se granjeaba el alma y el amor de la mujer deseada. Y por otro lado, no sacrificaba su libertad. Libertad amada por Marco. Y todo bajo el telón de un romanticismo perfecto. Para que nada nos separe, que nada nos una, dijo Virginia en brindis y Marco chocó el vaso con whisky contra el vaso con whisky de Virginia. Salud, amore mio. 

Sin saber cómo, Virginia terminó en brazos y piernas de Marco, besándolo apasionadamente. 



domingo, 14 de noviembre de 2010

Durango.

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Estaba harto de todo. De todo. Así que hice las maletas y me presenté al curro. Caminé hasta la oficina del jefe. Los tacones de mis viejos zapatos hacían eco por toda la sala. Caminaba pensando en lo inevitable: perderé el trabajo. Entré a la oficina. El cabronazo estaba mirando algo en el ordenador. Siempre hacía aquello y se decía muy ocupado. Alzó la mirada y con un gesto me dijo: qué quieres, Petrozza, ¿no ves lo ocupado que estoy? Se lo dije: me voy de la ciudad. ¿Cómo?, preguntó. Me voy de la ciudad, repetí y balanceé las maletas para enfatizar. No se lo creía. Tuve que repetirlo varias veces. Causa de fuerza mayor, dijo, o… ¿personal? Personal, contesté. No era la mejor respuesta pero era la verdad. Luego de digerirlo contestó: bien. Y regresó la mirada al ordenador. No me lo podía creer. Me dejó partir sin trabas. ¡Petrozza!, gritó cuando salía de la oficina. Ajá, dije. ¿Cuándo vuelves?, preguntó. Lo dudé un par de segundos. No sé, dije. Bien, dijo. Y sacudió la mano para que me largase. Al cabrón le daba igual si volvía o no. No soy un buen elemento pensé, es igual si vuelvo o no. Tomé las maletas y me fui a un bar. Un trago antes de partir, me dije. Pero se me pasaron los tragos y acabé en casa. 

 Al día siguiente compré un boleto y me fui a la central camionera del norte. Mi destino: un par de hermosos ojos verde. Unos meses ha conocí a una tía por Internet y me sedujo. No quiero decir sexualmente. Era una mujer inteligente. Charlábamos largas horas de la madrugada y existía entre ella y yo una conexión extraña. Es como si ella, la norteña de los ojos verde, fuese la única mujer, el único ser humano, capaz de entender mis palabras. Yo era un tío solitario y ella mi isla refugio de la sociedad. Me encariñé tanto. Para ese entonces yo la había mirado un par de veces. Vino a la ciudad de México un par de veces y pude palpar la existencia de tan grato ser. Y pude mirar el bellísimo par de esmeraldas que llevaba por ojos. 

 Las salas de espera son el peor sitio para esperar, pensaba mientras esperaba en la sala de espera de la central camionera. El camión partía a las diez de la noche pero yo había llegado tres horas antes. La enorme anticipación reflejaba las ansias enormes de ver a la norteña. Me busqué un asiento, coloqué las maletas y fui a dar una vuelta. No encontré nada interesante. Compré un periódico: El Sol de México, o algo, y resolví el crucigrama. Jamás leo noticias. Me importa un bledo que el mundo se esté yendo a la mierda. Pero la diversión duró poco. Me saqué un libro de la maleta: Crucero de verano, de Truman Capote y leí. No pude evitar mirar en Grady, la personaje principal, la imagen de mi amiga del norte. No estoy seguro pero creí encontrar entre ellas un nexo etopéyico. No estoy seguro porque los sentimientos nublan la objetividad de mis juicios. Posiblemente no se parezcan en nada, pero yo, de alguna manera, creo que sí. Ambas son extrañas. No extrañas despectivamente, sino extrañas bellamente. Poseen esa rareza sublime que las coloca a distancia, encima de lo cotidiano. A cada línea de Capote yo descubría una semejanza y un deseo de decir: te entiendo, Grady, conozco alguien como tú. Y por supuesto, así funciona la mente, yo me veía reflejado en Clyde. Debo dejar algo claro: mi relación con la norteña de los ojos verde no iba por el lado de follar, ni por el lado del amor. Del amor, sí, quizá, pero no de un amor convencional ni conyugal. Yo amaba las pláticas con ella. Amaba la sensación de compañía. La norteña estaba más cerca de mí, desde la distancia, que todos los seres cercanos de mi existencia. Caminaba por las calles del centro de Tlalpan y no pensaba en nadie sino ella. En algo que dijo, o algo que expresó. Solía ayudarme con eso de la psicología. Me daba consejos o me decía las cosas que escapaban a mi corta vista. Era la única mujer que yo trataba como a un semejante. Normalmente las mujeres me sirven para dos cosas: acostarme con ellas si se dejan, o con otras si no. Pero la norteña era una mujer superior. Distaba mucho de la mujer común. Y del hombre común. Sí ella decía: odio a la gente, y lo decía con frecuencia, realmente odiaba a la gente. Era auténtica. Sincera. Y la autenticidad y la sinceridad son cualidades que yo valoro por sobre todas las demás. Así que ansiaba llegar a donde ella, abrazarla, y beber cerveza a su lado. 

 Y eso hice. 

2

Había noches de longevas farras que llegaban a extenderse por un día o dos o incluso más. Donde de algún modo surfeaba los estragos del alcohol en el cerebro. De punta a punta de la borrachera lograba mantener los sentidos rozando la cordura. Y también, había noches, terribles, donde bastaban diez cervezas para acabar conmigo. Beber es una Montaña Rusa. Con sus altas y bajas y sus curvas donde crees morirás. Pero al final nunca mueres y otra vez a la montaña. Ese es el problema de ser un bebedor empedernido. ¡Ese es mi problema!, le decía a la norteña alzando los brazos y caminando de un lado a otro de la habitación. No importa lo mal que te sientas esta noche. Regresas. Siempre regresas. Y nunca sabes a ciencia cierta dónde o cómo acabarás la farra siguiente. Es un infierno interesante. El alcohol es un método de auto-exploración. Para beber hay que tener cojones. Enserio. Y resistencia. Beber exige cierto talento porque a la larga lo exige todo. Hablo de verdaderamente beber. Dejar el curro por un trago. Dejar a tu mujer por un trago. Dejarlo todo y saber que sólo estás tú y el alcohol en batalla feroz e interminable. La lucha del thanatos. ¡Ese es mi puto problema! La norteña decía cosas pero las olvidé todas. Lo primero que hice llegado a Durango fue pedir al novio de la norteña detuviera el auto en algún sitio con venta de cerveza. Pensaba comprar seis latas de Tecate para pasar el rato pero el cajero del establecimiento me ofreció catorce latas por noventaiocho pavos y eso no podía dejarlo pasar. Así que regresé al auto y por la ventanilla pregunté a la tía del norte si tenía nevera en casa. La pregunta era estúpida pero no tanto. Yo pasé algún tiempo de la vida sin nevera ni frigo. Ella recién se había mudado así que probablemente, no tuviera. Gracias a Dios, tuvo. Claro, contestó desde dentro del automóvil. Llegamos a casa con catorce hermosas cervezas de las cuales bebí diez con desesperación. Esto ocurrió a las once de la mañana. Yo venía terriblemente seco. Pasé un viaje de doce horas en carretera en el autobús más incómodo de los autobuses cómodos. La comodidad cansa. Doce horas de respaldo reclinable joden la espalda. Así que le pegué duro al trago. Pero esta vez, ganó la batalla. No recuerdo cómo llegamos a la parte donde me acuesto en cama, la cama de la habitación asignada para mí, y todo da vueltas. Yo estaba acostumbrado a episodios como aquel así que no le di importancia. Sin embargo había algo que sí me importaba: ¿te ofendí de algún modo?, pregunté a la norteña unas horas después cuando todo había pasado. Tuve que vomitar para calmar un poco la cosa. No, dijo, de ninguno. Me conocía lo suficiente para saber que una vez alcoholizado yo era capaz de todo. El respeto que sentía por esta mujer era firme. Tanto, que incluso dejando de ser yo y siendo el homúnculo en que me convertía al beber, la respeté. Yo era el más impresionado. No traté de ligarla, ni la ofendí de ningún modo. Repito: ya olvidé todo. Tenía que asegurarme así que pregunté algunas veces más: ¿segura no hice nada malo? Y no sé si no lo hice o prefirió callarlo. No, segura, nada malo, dijo. ¿Entonces qué diablos hice?, pregunté. Me explicó cómo me puse a decir un montón de cosas. De intimidades. De miedos. De la infancia. Me desnudé el alma con ella y yo no lo recuerdo. 

 A las seis de la tarde fuimos a comer. A las seis de la tarde yo había pasado el proceso completo. Me había emborrachado, había pasado la resaca, y tenía nuevos bríos de beber. Era un ciclo. La Montaña Rusa.

 3

El novio de la norteña de los ojos verde: Enrique, resultó ser un tío amable y buena compañía. Yo sabía que ella tenía un novio, y sospechaba que sería hostil. Ya se sabe: los novios de las tías no ven muy bien que uno las quiera o que las visite o duerma en sus casas y todo eso. Pero Enrique era a la mar de tranquilo. No se alucinaba con intenciones maliciosas que yo definitivamente no tenía. Y también le gustaba el trago. O sea que lo pasamos bien. Me dijo: te llevaré a conocer todos los bares de mala muerte de este rancho. Ya, dije, muy bien. Todo estaba saliendo de maravilla. La norteña era una mujeraza y Enrique, un colega de farra. ¿Se podía pedir más? 

 La norteña vivía en una agradable casa donde también vivía Enrique, o se quedaba algunos días. Nunca lo entendí bien. Él trabajaba y estudiaba al tiempo. Estudiaba química o una cosa así. Hay cosas a las que no presto demasiada atención. Supongo lo repitió más de una vez pero no puse mucha atención. Era una licenciatura en algo relacionado con la química y los alimentos. Deseaba crear un helado sin azúcar y forrarse de pasta vendiendo eso. Los sueños de las personas siempre me parecen de lo más extraño. Y ella, la norteña, no hacía nada. No estudiaba. Se había graduado ya en psicología. Y no trabajaba. Era justo el estilo de vida que amo. Tanto ella como yo despegábamos el ojo a la hora que nos daba la gana. A la una, las dos, las tres, las cuatro. Tomábamos una ducha y al anochecer comenzábamos el día. Era una buena vida. Yo no pagaba alquiler ni nada. Realmente era buena la vida así. Enrique sin embargo se levantaba muy temprano y se largaba al curro o al colegio y cuando acababa de todo ello llegaba cansado a casa. Nosotros continuábamos dormidos o recién nos levantábamos. Enrique era un bien tío. Preparaba la comida y lo hacía exquisitamente. Luego de comer, la norteña y yo tomábamos un siesta si nos apetecía o mirábamos la T.V. Tenía televisión por cable. Yo jamás he tenido televisión por cable. Había todo tipo de transmisiones. Documentales y cosas. Pero al final era lo mismo: pura mierda eso de la T.V, me jodía mirarla luego de algunos minutos. O cogíamos algún libro. El bueno de Enrique regresaba al curro o al colegio según el caso. Dormíamos, comíamos y bebíamos al son de nuestros antojos. Repito: era una buena vida. 

4

Salud, dije a la norteña chocando una lata de Tecate contra la lata de Tecate que ella bebía. Salud, contestó haciendo lo suyo con las latas. Saludo, dije a Enrique y contestó el brindis de la misma forma. Bebíamos en casa. La casa tenía una barra en la cocina y bancos, como la barra de un bar y eso me sentaba bien. Habíamos comprado cerveza en una tienda clandestina. Eran las doce de la noche y ya no venden cerveza a esa hora en Durango. A partir de las cuatro de la tarde se para la venta de alcohol. Un puto desastre, claro, y se debe recurrir a los servicios de sitios ocultos. Se llaman ventanas, dijo Enrique al explicarme dónde, cómo y porqué compraríamos las Tecate en otro sitio que no fuese la tiende de conveniencia usual. Literalmente era la ventana de una casa por donde corría la cerveza. Era sencillo. Fuera de una casa había dos o tres tíos esperando o a los compradores que llegaban en autos o en zapatos y pedías lo tuyo y te lo entregaban en pocos segundos, como si de droga se tratase. Aunque aquello estaba penado por la ley uno podía darse cuenta sin demasiada inteligencia del asunto. Un niño de cinco años sabría que allí, en esa casa, venden cerveza de noche. Todo Durango lo sabía excepto la ley. Que no quiere decir que no lo supiera. La policía siempre desconoce las cosas más obvias del delito. Lo que es una maravilla porque de saberlo la justicia no podríamos beber en paz. 

 Enrique encendió un cigarrillo y yo encendí otro después de él.  Yo estaba acostumbrado a fumar como una condenada chimenea y él no se quedaba atrás. La mayoría de las veces era así: él encendía un cigarrillo y yo luego otro. Le seguía el ritmo sin dificultad. Me sorprendió que alguien fumase tanto como yo. La mayoría se piensa que moriré antes de la vejez. De cáncer. Es grato encontrar a otro que le importe tan poco como a mí eso del cáncer y eso de morir. Primero te llevaré al Papagayos dijo Enrique echando humo por la nariz. Ya, dije yo, ¿y qué diablos es eso? Una cantina de mala muerte, contestó. Tanto la norteña como él se habían leído algunos de mis textos y sabían lo mucho que amo aquellos sitios retorcidos. Luego iremos a La Chiquita, continuó Enrique. Era otro bar de almas atormentadas. Yo amo esos sitios porque en ellos encuentro la paz. Carecen del bullicio idiota de los bares de moda, y porque a ellos asiste gente sin alma que está dispuesta a todo porque no tiene nada que perder. Bien, dije, entonces al Papagayos y luego a La Chiquita. Enrique asintió con la cabeza. La norteña hacía recomendaciones. Llévalo a donde te llevó mi papá, decía. El padre de la norteña era un viejo adinerado que gustaba de emborracharse desmedidamente en sitios oscuros. Era justo como un hombre debe ser: duro, cabrón, adinerado y bebedor. Terminado iremos a... continuó Enrique y mencionó dos o tres lugares más cuyos nombres no recuerdo. Y al final dijo, iremos al Grecos. ¡Al Grecos!, expresó asqueada la norteña. El Grecos es un bar nudista de la peor categoría, si es que tiene alguna categoría. Cuando me lo dijo Enrique pensé Dios, ¿por qué esperar al final?, vayamos ahora mismo. Pero Enrique planeaba hacer el recorrido en orden y planeaba para el gran final un bar nudista. O sea que yo estaba ansioso de terminar la cosa. 

 Mientras tanto me dedicaba a holgazanear y beber todo el tiempo que no dormía. 

 Así fue como empezó mi travesía por el oscuro Durango… 


miércoles, 10 de noviembre de 2010

Me enamoré de un hijoputa. Primera parte.

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Marco Perroni era lo que se conoce como un verdadero patán. Era un vividor. Rodaba de bar en bar en busca de sexo fácil y jamás involucraba sentimientos en relaciones con mujeres. Era la clase de hombre por la que ninguna mujer apostaría su futuro. Si algo bueno se puede decir de él, es que era terriblemente honesto. Se acercaba a una mujer y no se andaba con rodeos. En un solo enunciado expresaba todos sus deseos. Así  conoció a Virginia Palacios una tarde de bar. Virginia era todo lo contrario a Marco, y si ella se encontraba aquella tarde en un bar, fue porque los amigos la arrastraron hasta aquel lugar. Jamás imaginó que su vida cambiaría completamente. Marco la miró entrar y se acercó a ella. La cortejó un par de minutos y se lo dijo: me gustas, quiero hacerte el amor. Por supuesto Virginia lo rechazó histéricamente. Marco, acostumbrado a todo tipo de escenas femeninas, no lo tomó a mal. Dio la vuelta y se largó sin saber que había sembrado en aquella preciosa chica la semilla de la duda, la intriga y la curiosidad. La mente de una mujer es un misterio. En ella se pueden gestar los más increíbles pensamientos, los más extraños anhelos. Los ojos de Virginia, aterrados y encantados por despertar el deseo carnal, siguieron los movimientos de Marco. Se movía por el bar como pez en el agua. Pasaba de una mujer a otra, daba tragos de cerveza por aquí y por allá, hacía brindis con medio mundo, bromeaba, y todos parecían amarlo. La proposición de Marco fue, evidentemente, demasiado atrevida para una mujer como Virginia. Casi como un insulto. Pero al mismo tiempo había algo, quizá en la sonrisa de Marco, en su mirada, o en la cínica manera de acercarse, mágico, prometedor, e incluso halagador.


 Virginia ya no pudo concentrase en el momento. Se mostraba reservada a los comentarios de los amigos. Parecía ida. Estaba absorta en sus pensamientos. Marco regresó a donde ella. Se acercó a los amigos de Virginia y se unió a ellos en brindis. Marco era sociable, alegre y simpático con sus maneras desinteresadas, cínicas y directas. Al cabo de algunos tragos se colocó a lado de su presa. Disculpa si te ofendió mi comentario, dijo al oído de Virginia. No pasa nada, contestó ella fingiendo naturalidad. La verdad es que sí pasaba algo. Marco era un vulgar borracho de bar a primera vista pero en su habla se notaba una profundidad peculiar. Llevó la charla por el lado de la música y acertó. Dijo amar a Rajmáninov, compositor predilecto de Virginia. Poseía el ojo clínico de un buen seductor. Ahora que ambos compartían gusto por algo, Marco tenía una oportunidad. Una pequeñísima luz en el abismo que los separaba. Para cualquiera, esta nimia coincidencia no auguraba nada: ambos aman Rajmáninov, ¿y? Una no se acuesta con todos los fanáticos de su compositor favorito. Pero Marco poseía la facultad de sacar provecho al menor atisbo de esperanza. Platicaron por más de una hora hasta que los amigos de Virginia decidieron que era hora de marcharse. Tiempo suficiente para que el terrible Marco lograra entremeterse en la mente de Virginia. En el laberinto de la psique de una mujer poco experimentada. En ocasiones el destino nos encamina por lugares oscuros, los menos pensados, sólo para jugarnos la broma de nuestra vida. Marco y Virginia intercambiaron números telefónicos. 


2


Al día siguiente Virginia se olvidó del asunto como quien se olvida de un bello sueño. Y como un sueño, Marco no salió totalmente de Virginia; quedó anidado en el subconsciente aguardando el mejor momento para manifestarse en aquello que el vulgo llama comúnmente, amor. Pasaron dos semanas de tranquilidad antes que recibiera la llamada. Aloú, dijo Marco en un patético intento de agradar con juguetones saludos. La catatonia se apoderó de Virginia un par de segundos y cuando reaccionó dijo un tímido hola, ¿cómo estás? Virginia se mostró seca, cortante y un tanto violenta. Se rehusó a salir con Marco. Marco, que no solía rogar demasiado a las mujeres, estuvo de acuerdo, y eso fue todo. Tanto él como ella imaginaron que todo había llegado a su fin. “Lo nuestro duró, lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks” (Sabina).  Marco se olvió del asunto, Virginia… no. Si aquella tarde donde le conoció se borró rápidamente, ahora sucedió todo lo contrario. Virginia era una mujer bella, acostumbrada a tener pretendientes, los más de ellos persistentes en sus intentos de conquista, como verdaderos guerreros espartanos. Le asombró sobremanera la facilidad con la que este hombre misterioso que llega de pronto a proponer y sobajar la máxima expresión de amor (así concebía Virginia al sexo, como la máxima expresión de amor) desistía de su objetivo. Pero sobre todo le asombró la facilidad con la que se desprendía de ella. En el bar lo miró acercarse a otras mujeres seguramente con la misma intención con que a ella se acercó. La mayoría, si no todas, eran por mucho menos hermosas que Virginia. Es como si a Marco no le importara el físico de una mujer; para él yo soy tan atractiva como cualquiera otra, y se acostaría con ellas o conmigo por igual, pensó Virginia. Esta indiferencia a la belleza exaltada y sobrevalorada por los pretendientes comunes le atrajo fuertemente, al tiempo que le aborrecía del mismo modo. Dejó volar la imaginación creando un personaje opaco. Imaginó que Marco era el tipo de hombre que no se deslumbra por una buena figura sino el tipo de hombre que mira el alma de las mujeres. No había nada más alejado de la verdad. Si se le preguntase a Marco sobre el asunto, respondería: qué va, el alma o la figura me son indiferentes, lo único que importa es un buen coño húmedo. Desgraciadamente las más de las veces, cuando imaginamos la personalidad de un ser al que desconocemos, cuando juzgamos con tan poco material, erramos drásticamente. Virginia pasó los siguientes siete días idealizando. Todo le recordaba a Marco. Si miraba una película inevitablemente encontraba en algún personaje rasgos que, imaginaba Marco poseería. Como una cadena, un pensamiento lleva a otro, y al final tenía una imagen completa de lo que ella pensaba podía esperar de un hombre así. Todos los defectos de Marco: mujeriego, alcohólico, cínico, vividor, etc., podían ser corregidos en la mente de Virginia con un poco de amor. Virginia llegó a la conclusión de que Marco era un buen hombre, interesante, que ama Rajmáninov, falto del amor de una mujer que lo entienda, comprenda y reforme. Y de alguna manera Virginia se creía capaz de lograrlo. Marco se convirtió en una obsesión. Ella deseaba por sobre todas las cosas ser la salvadora, la benefactora, la mujer amiga, y tal vez, por qué no, la amante complaciente de ese naufrago del amor. Ella sería la isla protectora que lo recibiría en el peor de los estados, cobijándolo con sus palmeras, alimentándolo con su vegetación y su fauna, revitalizándolo con la purísima agua de sus manantiales, y fortaleciendo su alma con el solitario retiro de su existencia en medio de la nada. Por increíble que parezca todo eso pensó Virginia un segundo antes de marcar el número telefónico de Marco Perroni.


3


Se citaron en un elegante café donde Virginia solía pasar las tardes de domingo escuchando a un violinista interpretar los veinticuatro caprichos de Nicolo Paganini. Deben pagar una fortuna al tío del violín por tocar al buen Nicolo, dijo Marco. Y era verdad. Virginia rió con el comentario. Ahora todo lo que Marco decía o hacía le parecía gracioso, agradable. Marco, por el contrario, se mostró apático. La chispa que lo caracterizaba en el bar se había apagado. No mostró ningún interés sexual en Virginia. No propuso nada indecoroso. No realizó la mínima galantería ni habló de su pasión por la música culta. Fuera del comentario al violinista no dijo nada más. Bebió un par de americanos y se despidió dejando a Virginia tan consternada como la primera vez. ¿Es que acaso Marco perdió el interés en ella? ¿Será que el alcohol envalentona a este extraño personaje y sin él, no es más que un ser humano común y corriente, aburrido, antipático y sin tema de conversación?  ¿O habrá perdido ya toda esperanza de conquistarla? Todo eso se preguntaba Virginia regreso a casa. No acordaron otra cita. Marco no lo insinuó y Virginia sería incapaz de dar el primer paso. Se dijo que probablemente no lo volvería a ver en toda la vida. De hecho, eso fue precisamente lo que se propuso; no volver a verlo en toda la vida. El hombre maravillosamente atractivo desapareció tan pronto como vino. Dejó de pensar en él como un necesitado de amor y se olvidó de redimir su vida. Todo se esfumó como la nube quimérica que era.  Aquella noche Virginia pudo dormir tranquila y no pensó un sólo instante en Marco. El asunto había terminado.


4


La indiferencia de Marco no era sincera. Es decir, Marco tenía toda la intensión de concretar su fin. Si en el café se mostró parco de palabras no fue por disgusto o desinterés. Sabía jugar muy bien con la mente de sus víctimas. Conocía todas las probabilidades, sabía perfectamente que este entrar y salir de la contemplación especulativa de la mujer en cuestión, al final, procuraría más beneficios que el típico macho modo insistente, petulante y agresivo. Marco no olvidó en absoluto el caso. Pasadas dos semanas se presentó en la fiesta de cumpleaños de Virginia, sin ser invitado por ella. Ella nunca imaginó que Marco estuviera allí. No lo miró  entrar, no lo sintió acercarse a ella por detrás. Se percató de su presencia cuando las manos de él cubrieron los ojos de ella. Virginia, que no sospechaba si quiera, enlistó el nombre de todos los amigos presentes pero no atinó al nombre de Marco. Finalmente Marco se mostró. ¿Qué haces aquí! Las primeras palabras que salieron de la boca de Virginia estaban llenas de ira. La fiesta se planeó únicamente para amigos íntimos. Verlo ahí parado frente a ella, con los ojos rojos de bebedor consuetudinario, desfajado, despeinado y visiblemente ebrio, no le agrado en absoluto. Más de un invitado se acercó a la desigual pareja. ¿Todo bien?, preguntó una linda rubia amiga de Virginia. Virginia no contestó. Marco contestó por ella: Magnifico, muchas gracias, ahora haznos el favor de darnos tiempo a solas. La rubia no supo cómo reaccionar a la directa, enérgica y tajante respuesta. Virginia asintió con la cabeza y la chica se fue. Otras personas venían en camino pero la rubia las alejó explicando que Virginia aceptó hablar con el desconocido. ¿Qué haces aquí? Preguntó nuevamente Virginia a Marco. Festejando tu vigésimo tercero cumple años, contestó Marco, ¿qué más? Virginia no lo podía creer. Estaba molesta. Aquella noche asistiría Louis, un viejo pretendiente de ella, y pensaba darle el sí. Luego de siete meses de insistir, Louis sin saberlo, había ganado el corazón de Virginia. Era tierno, educado, bien parecido y adinerado. Todos los amigos y familiares de Virginia le aconsejaron ennoviarse con ese chico de sonrisa fulgórica. Ahora Virginia había cedido y saber que Marco estaba allí le incomodaba bastante. No por lo que Marco pudiera pensar, sino porque Marco era para ella una tentación. Ni Louis ni alguno otro despertaba en ella tantas sensaciones encontradas. Sensaciones que le provocaban la más grande de las culpas. ¿Cómo has llegado aquí? Fue la segunda pregunta que Virginia lanzó a Marco. Yo siempre consigo lo que me interesa, y tú me interesas, respondió Marco. Aunque eso no respondía la pregunta de Virginia detonó una sonrisa traviesa a la bella mujer. Ya no preguntó más. Bueno dijo, pues disfruta de la fiesta. Dio media vuelta, y se marchó. Virginia estaba en su territorio, con sus amigos, y eso, inevitablemente la dotaba de un poder superior al que tendría en cualquier otro sitio. Marco quedó solo. Llevaba un vaso lleno de whisky con hielos y un cigarrillo. Hubiese sido una escena ridícula de no ser porque Marco sabía dominar ese tipo de situaciones. Si revisáramos el rating de bateo de Marco encontraríamos que conecta dos de cada diez lanzamientos. Lo que significa que conoce el rechazo de las mujeres mejor que nadie, y también, que es un buen bateador.


 Arthur, un chico alto como un cíclope, delgado y de rostro infantil se acercó a Marco. Y bien, ¿cómo te fue? Todavía no lo sé, contestó Marco. Arthur sonrió y lo dejó absorto en sus pensamientos.


Antes de continuar debemos aclarar algo: ¿cómo llegó Marco Perroni a la fiesta de Virginia, y quién es Arthur? Ambas respuestas se amalgaman para resolver el misterio. Arthur es el culpable de todo. Conoció a Marco la misma tarde que Marco y Virginia  se conocieron. Arthur iba en el grupo de amigos que arrastraron a Virginia hasta aquel bar de mala muerte. Virginia no lo notó pero Marco no se dedicó a conquistarla solamente a ella. Como buen estratega Marco conocía el valor de un aliado. En algún momento de la noche hizo migas con el bueno de Arthur que era un bobo y un bocafloja, cosa que Marco reconoció al instante. Tras un par de tragos Marco obtuvo el número telefónico de Arthur seguro de que serviría en un futuro no muy lejano. Le confesó se desvivía por salir con Virginia. Arthur le advirtió no es el tipo de mujer que sale con desconocidos, ni el tipo de mujer que se conquista en una noche. Advertido Marco tomó precauciones. Una de ellas fue amistarse con Arthur el bobalicón. Todo el tiempo que Marco no interfería en la vida de Virginia, lo hacía en la de Arthur. Robaba información útil para su objetivo. Gustos, intereses, infancia, padres, todo sobre la bella Virginia. Fue así como una semana antes del 17 de octubre del 2006 Marco estaba enterado del próximo festejo. Obtuvo la dirección y la hora exactas del asunto. No fue difícil.


 Finiquitado el misterio volvamos a la historia: toda la noche Marco la pasó bebiendo y observando los movimientos de su presa, y de todas las mujeres presentes. Se acercó a más de una y les dijo lo hermosas que Dios las había creado. Algunas sonrieron, otras lo ignoraron, y una de ellas aceptó el halago de buena gana. Aceptó acomodarse con él en un par de sillas al fondo del salón y beber alegre. Virginia por su parte se dedicó a recibir felicitaciones, halagos, abrazos, besos y obsequios. Sin embargo, cuando miró a Marco tocar deshinibidamente una de las piernas de Patricia, no pudo evitar el sentimiento de la celosía. ¿Cómo se atreve?, pensó. Venir hasta aquí sin ser invitado, tratar de ligarse conmigo, en mi casa, en mi fiesta, con mis amigos, y enredarse con la golfa de Patricia. Realmente se enfadó. Caminó hasta donde la lascivia pareja que ya comenzaba a intercambiar caricias y dijo: ¿me permites?, tomando a Marco de la mano y llevándolo a un lugar alejado. El subconsciente de Virginia sabía que Patricia era capaz de entregar a Marco aquello que ella se rehusaba a dar la primera noche, y con ello, robar un pretendiente singular. No hay en el mundo mujer alguna que no guste de coleccionar pretendientes. Y los pretendientes se defienden tanto como los novios, maridos y amantes. Además, Marco no era un pretendiente cualquiera. Era único en su tipo. No permitiría que un una noche Patricia robara lo que a ella le había costado ya casi un mes. Marco había venido hasta aquí por ella y esto encantaba en lo profundo a Virginia. No sabía cómo ni cuándo Marco se enteró de su aniversario pero el detalle gustaba, lo aceptara o no. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos de la oportunista Virginia dijo a Marco: ¿qué diablos te pasa? La misma Virginia se asombró de su vocabulario. No solía decir nada parecido. Actuó como si no hubiese ocurrido nada fuera de lo normal y continuó: no puedes presentarte así, de la nada, sin invitación, tomarte todo el alcohol de mi fiesta y enredarte (otra vez una palabra que no acostumbraba utilizar) con la primer zorra (nuevamente el habla se pervierte) que te diga que sí. ¿Por qué no?, preguntó Marco ingenuamente, como si no viera en ello el menor agravio. Virginia no supo qué contestar. No podía decir porque me pongo celosa. Titubeó. Una parte de ella deseaba decir: porque estás aquí por mí. Pero no podía. Ella lo había rechazado. Así que dijo: porque no es educado. Marco encendió un cigarrillo y echando el humo de la primera bocanada al rostro de Virginia se defendió: tampoco es educado dejarme parado en medio de la nada cuando vine hasta aquí sólo para estar contigo. Virginia hizo una mueca de asco al recibir el humo y luego, al escuchar aquello, se calmó y dijo: así que viniste por mí. Sí, dijo Marco, ¿no es obvio? Pues no, la verdad parece viniste por la puta de Patricia. Virginia casi se muerde la lengua al pronunciar la palabra puta. Realmente Marco sacaba todo el lado oscuro de su ser. Las cosas nunca son lo que parecen dijo Marco. Discutieron unos minutos más. Virginia aceptó ponerse cómoda y conversar. Juntaron un par de sillas, se sentaron en ellas y Marco insistió: eres la mujer más hermosa que he mirado, me muero por hacerlo contigo pero como siempre, tú tienes la última palabra. Virginia rió histéricamente. ¡No puedes andar por la vida diciendo a las chicas te quieres acostar con ellas, dijo Virginia. ¿Por qué no?, contestó Marco. Otra vez Virginia no encontró las palabras adecuadas. Cuando Marco lo decía parecía lo más normal del mundo. La desarmaba. Sabía que Marco tenía razón (o eso creyó): ¿por qué no? No había un porque no. Podía hacerlo si le daba la gana, claro está, y cómo él dice: ellas tienen la última palabra. Lo que definitivamente no podía ser es que ella, una mujer decente, aceptará así como así la propuesta. Era imposible. Impensable. Inaudito. Intolerable. ¿Por qué? Porque así no son las cosas, dijo tímidamente Virginia. ¿Y cómo son la cosas entonces?, preguntó Marco. Virginia se sintió frente a un niño que pide explicaciones a las cosas más elementales. Explicó a Marco cómo un hombre debe conquistar el corazón de una mujer. Marco escuchaba atento. Así será entonces, dijo. Quería decir que aceptaba el trato. Trato que Virginia no propuso abiertamente, pero que Marco aceptó obligando a Virginia a cooperar. ¿De qué iba el trato?: Marco conquistaría a Virginia al modo y usanza tradicional si ella lo permitía. Lo tuvo que pensar dos minutos. Virginia aceptó. Lo hizo impulsivamente. Los pensamientos de salvar a Marco, de cambiarlo, de hacer de él un hombre de bien, resurgieron como el ave fénix, de entre las cenizas. Le agradaba la idea de ser la mujer capaz de corregir la vida de un vividor. Le agradaba el sentimiento materno del asunto. Le agradaba sentirse útil, importante y necesaria. Le agradaba la idea de hacer el bien. De ayudar con sus encantos, su cultura, su educación y su conocimiento de las buenas costumbres. Muy bien dijo, para empezar no quiero verte coquetear con ninguna mujer más. Bien, dijo Marco, pero, ¿quién calmará mi libido esta noche? Virginia lo dudó. El lado animal y salvaje dentro de ella gritó ¡YO! Pero se contuvo. De no hacerlo Marco habría ganado la guerra y ésta era apenas la primera batalla contra los instintos, contra el machismo, contra el vicio y el mal. La idea de ser ella quien calmara el ímpetu sexual de un hombre animal, de un hombre experimentado y extrañamente sensual despertó ligeramente las hormonas de Virginia. Hoy tendrás que aguantar, dijo, hoy y muchas noche más tendrás que demostrar que soy yo quien te interesa por sobre todas las demás. Marco asintió echando humo por la nariz y mirando a Virginia de pies a cabeza lujuriosamente. Virginia sintió calofrío. Sintióse examinada como un trozo de carne. Como una mujer en venta. E increíblemente se sintió peligrosamente excitada.  Virginia miró del mismo modo a Marco torpemente. Tanto ella como él sonrieron sabiendo que el pacto estaba sellado. Virginia sería de Marco tarde o temprano. Marco lo sabía mejor que la misma Virginia. Ya no importaba comportarse como un caballero. Eso era tan sólo el pretexto de Virginia para no caer en las garras de Marco inmediatamente, y sobre todo un pretexto para sí misma. No era cuestión de cambiar, era cuestión de tiempo.


 5


Virginia continuó con su papel de excelente anfitriona y Marco aprovechó aquello para emborracharse y platicar con los amigos de Virginia. Recopilaba información de todos. Padres divorciados a los cinco años. Madre obsesiva. Católica. Dos novios de larga duración. Amante de los perros. Estudios en historia del arte. Prefiere el frío. Bebedora social. Fumadora ocasional. Planes para estudiar en el extranjero. Estudios en italiano, inglés y alemán. Alguna vez pintó al óleo. Datos todos a los que sacaría provecho de algún modo.


 A las diez con quince llegó Louis. Era un chico presuncioso bien vestido y con rostro de galán. Llegó con un enorme ramo de rosas y una pequeña caja (llena de alguna fortuna, pensó Marco), que obsequió a Virginia. No tuvo que analizar demasiado para saber que ere él el verdadero contrincante de sus intensiones. Tampoco le costó saber que Louis era un imbécil que luchaba al modo tradicional por el que tanto clamaba Virginia. Y definitivamente era él, Louis, quien se quedaría con ella. Pues Marco no deseaba otra cosa que llevarla a la cama. Así que al final Virginia regresaría destrozada a brazos de Louis para decir he sido  una tonta, me dejé llevar pero es a ti a quien amo. A Marco no le pintaba mal el cuadro. La follaría y Louis podía quedársela el resto de su vida. Competían por metas diferentes y al final no habría perdedores. Ambos lograrían su objetivo.


 Virginia abrazó a Louis y recibió los obsequios con exagerada alegría. Cuando miró alrededor en busca de Marco no lo encontró. El duro corazón de mujer de Virginia deseaba que Marco atestiguara la calidad de sus pretendientes. Que analizara la enorme diferencia entre Louis, un chico con futuro asegurado, decente, de buenos modales, guapo, y él, Marco, un borracho cínico y mal hablado. Visto de ese modo no hay nada que Marco pudiera hacer para competir. Visto de ese modo Virginia no debía siquiera hablar a Marco. Este pensamiento sonrojó a Virginia. Lo sabía: si mantenía a Marco cerca era porque despertaba en ella los bajos instintos de su ser. No podía presentarlo a sus padres, no podía, bajo ninguna circunstancia, entablar un noviazgo con él. Marco lo sabía también y no luchaba en contra de lo preestablecido por la sociedad. Ambos lo sabían: eran una pareja destinada a los juegos del himeneo y nada más.


 Louis Invitó a Virginia  bailar. Ella aceptó y durante la pieza de baile no dejó de buscar la figura de Marco. Pero Marco se había ido.






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