lunes, 25 de octubre de 2010

La prueba de Carolina.

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Amor, ¿podrías lavar los platos, por favor? Dijo Carolina desde la ducha. Estaba por tomar una ducha y me pidió aquello. Y con pedir, cuando hablo de Carolina, quiero decir: me ordenó aquello. La primera vez que lo dijo no contesté. La primera vez lo dijo casi con dulzura. Pero yo fumaba un cigarrillo recostado en el viejo sofá y no me daba la gana mojarme las manazas. No era otra cosa. Sólo no me daba la gana mojarme las manos. ¡Amor!, gritaba Carolina. ¡Amor, puedes lavar los platos mientras me ducho? Yo lanzaba aros de humo al aire, consternado. Lo único que deseaba en ese momento era que Carolina se callase de una buena vez. Definitivamente no me daba la gana lavar nada. ¡Cabrón, sé que me estás escuchando, LAVA LOS PLATOS! Me levanté a echar un vistazo al asunto de los platos, sin contestar a Carolina que se volvía loca de coraje en la ducha. ¡Si cuando salga de aquí no están los platos limpios, VAS A SABER QUIÉN SOY!, gritaba ella. ¡Ya, grité, ya sé qué clase de arpía eres! Abrí el grifo y dejé correr algo de agua. Moví un par de trastos y el estropicio de esto llegó hasta oídos de Carolina. Se creyó que había obedecido. Para no meter las manos al agua había tomado un volteador sucio y con él moví los trastos. A propósito. Para hacer ruido y crear la ilusión de “hombre trabajando”. Dejé el grifo abierto y movía la cosa de vez en vez mientras fumaba un cigarrillo. Cuando creí era suficiente, me largué. Me metí a los zapatos y me largué. 

 Un dantesco viento helado me dio de lleno en el rostro y casi desisto de salir. Tenía dos opciones: soportar el viento y beber un trago, o no soportar el viento y soportar al monstruo de Carolina y los trastos. Fue una decisión de medio segundo. Era sencillo. La vida va de tomar decisiones, a cada minuto tomas decisiones, dicen los gurús de la superación personal, y mi decisión era tan simple que hasta un gilipollas sabría las ventajas que representa beber un trago sobre lavar trastos. Me abracé y caminé en contra del viento hasta La Puerta Negra

 Bebí algunos tragos. No los suficientes. La pasta que me cargaba nunca era suficiente para saciar mi sed. Y aquella noche no fue precisamente una buena noche. No hubo acción. Entré al bar, me senté, bebí mi alcohol, y regresé a casa luego de tres horas. Carolina me recibió con un: ¡cabrón de mierda, dejaste el grifo abierto. Ya, dije, qué grifo, de  qué coños hablas. ¡El agua estaba por todas partes!, gritó extendiendo brazos y piernas para mostrar lo mojada que estaba la pobre. Estaba algo mojada. No era para tanto. Ya, dije, lo siento, no me di cuenta. Carolina se soltó con un rollo tipo a ti no te importa nada, siempre es lo mismo, etc. Y remató: ¡no lavaste los platos! Verás dije, los dejé remojar un poco, para quitar la grasa y eso… ¡Idiota!, dijo, ¡un poco te parecen tres horas? Me descalcé y me fui a la habitación. Ya no contesté nada. No deseaba una pelea, venía no lo suficientemente borracho y eso, es peor que venir terriblemente borracho. Las cosas te dan vueltas y sientes el sopor del alcohol en tus venas. Pero no estás borracho. Estás jodido. Carolina se fue tras de mí gritando un sinfín de cosas. Mientras me desnudaba me gritaba cosas. Cuando entré a las sábanas no dejó de hacerlo. No paraba de gritar cosas y cosas. Entonces se lo dije. Lo hice sin pensar. Dije lo primero que me vino a la mente: Dios, eres como una vulgar mujer de vecindad. Le cayó como balde de agua fría. Enmudeció. Se lo tomó enserio. Se lo pensó unos segundos y se calmó. Se recostó a mi lado sin decir una sola palabra y luego prometió cambiar. Yo no le creía en absoluto porque lo habíamos discutido cientos de veces, eso de cambiar el carácter. Sin embargo esta vez fue enserio. Supongo le disgustó verse a sí misma como una esposa insoportable. Todo eso estaba muy lejos del cuadro que pintamos sobre nosotros al inicio de nuestra relación. Yo lo soportaba porque soportarlo era el único modo de gozar de los encantos de esa mujer.  Y vaya que los tenía. Encantos. Era una mujer tremendamente bella con un carácter de mierda. Era una mujer dilema. Tenía ganas de largarla, tantas, como tantas ganas tenía de pedirle no me dejara nunca. Un dilema de mujer. 

2

Carolina comenzó a suavizarse. La histeria no se apoderaba de ella a cada llamada o por cada cosa que hacía mal, o incluso bien. Porque las mujeres suelen tener problemas hasta con lo que haces bien. Si llamaba a Carolina al móvil para preguntar qué tal, se cabreaba pues según ella eso eran acciones de un hombre posesivo. La verdad es que no hay hombre menos posesivo que yo, pero así se lo tomaba ella. Y si no llamaba, no te importa lo que me pase, dónde esté o si me matan, decía. Así que antes de llamar me lo pensaba más de cinco minutos. Si llamas, eres un celador empedernido, me decía, y si no, un desinteresado de mierda. Era un lío. Carolina me ponía los pelos de punta. Enserio. Pero el caso que comenzó a suavizarse. Nuestra relación se tornaba ligera, sana y encantadora. Discutíamos lo suficiente para arrancar un buen polvo y nada más. Podía pasearme por la ciudad sin las famosas llamadas de advertencia y amenaza. Te dije que Caro es un encanto, señalé a Verónica. Verónica estaba aferrada a separar nuestra relación. No es un encanto, está fingiendo, decía Verónica, algo trama, no me fío. Ya, contesté, es un verdadero encanto de mujer. Pero jamás logré convencer de ello a Verónica, ni a nadie. No me importaba, lo había superado. Carolina podía ser la arpía más despiadada y sargento del mundo, pero era mi arpía, y la amaba. Hay hombres que aman a mujeres gordas y tiernas, ¿por qué yo no podía amar a una mujer hermosa, látigo? 

Hacíamos el amor frecuentemente. Carolina expresó desde el principio de la relación, que no deseaba, por sobre todas las cosas no deseaba, quedar embarazada. Y yo lo expresé también. No deseaba, con todas mis fuerzas no deseaba traer  un crío al mundo. Un pequeño cabroncito que no se sabe dónde o cómo acabará e inevitablemente yo tendré la culpa de su suerte. No importa si ya eres un adulto, todo tu carácter, que se traduce en todos tus éxitos y fracasos, son el resultado de la educación recibida por tus padres. Y no quiero decir académica, sino social, psicológica, etc. Así que de algún modo, sí, nuestros padres son responsables de nuestro presente. Yo no recrimino nada a los míos, pero no soportaría ser el factor que determine la vida adulta de un hijo al que definitivamente no deseo. Así que ambos estuvimos de acuerdo en cuidarnos hasta el cansancio con eso de los anticonceptivos. Usábamos toda clase de ellos. Tanto ella como yo. Nuestro miedo a procrear superaba el miedo común de la gente a cualquier cosa. Sin embargo, el miedo no impedía que folláramos más de quince veces por semana. O más. Todo el ciclo sexual de nuestra relación marchaba perfecto. Como un disco de fuego que gira a la velocidad exacta para no parecer un disco de fuego que está en movimiento, sino un anillo de luz hermoso. Reñíamos sabiendo que reñir un poco nos dejaría en el punto óptimo para incrementar nuestras aptitudes en la cama. Te amo, le decía a Carolina cada que me vaciaba en ella. Y ella me lo decía todo el tiempo. Todo el tiempo que durase el acto, por supuesto. Fuera de él se comportaba como un sargento mal hablado que ordena, humilla, castiga y reprueba todas las acciones, buenas o malas. Como un sargento imposible de complacer. Pero de algún modo, lo hacía sin caer en el hartazgo. Con cierta gracia, si eso es posible. 

3

Carolina no mencionó nada. Se mostraba linda y alegre, cada vez más. Incluso llegó a ser complaciente. ¡Complaciente! ¡Carolina! Dios, realmente pensé que todo iría estupendamente de ahora en adelante. Aceptó acompañarme a una reunión con mis amigos. Yo no solía invitarla a dichas reuniones, y ella no solía permitir que yo fuera. Me llamaba al móvil y me sacaba de donde sea que estuviese a base de chantajes, reclamos y amenazas. Pero ha cambiado, pensé. ¡Ha cambiado!,  dije a Verónica Pinciotti. Aquel sábado lo pasamos en casa todo el día e increíblemente mantuvimos un ambiente de paz y armonía. Yo escribía sobre la mesa y ella hacía cosas aquí y allá, sin gritar, sin ordenar, y sobre todo, sin interrumpir. Ahora el acto de escribir ya era en mí un hábito. Carolina lo había logrado. Escribía un artículo para un periódico argentino que requería algunas alabanzas y halagos a los escritores de su país. Yo me decidí por Macedonio Fernández. Lamería un poco las botas de aquel cabronazo y me ganaría un giro por cuatrocientos pavos. Tenía a la mano Manera de una psique sin cuerpo, algunos diccionarios de regionalismos argentinos, diccionarios de la lengua española, y un pequeño compendio de literatura bonaerense. Al artículo lo titulé: Estudio filosófico sobre la metafísica de Macedonio Fernández. Y lo era, es decir, era un estudio filosófico sobre la metafísica de Macedonio Fernández. Pero los muy hijo putas argentinos cambiaron el título por: Macedonio Fernández, símbolo de una nación. O algo así. La cosa con Carolina fue sobre la siguiente línea: Carolina: ¿Cómo va el artículo de Macedonio, amor? Yo: Ya, muy bien, lo terminaré en un par de días y pueden metérselo por el culo antes del miércoles. Carolina: vale, amor, ¿quieres un bocadillo? Yo: verás, me caería bien algo de whisky, hielos y un vaso. Carolina (riendo amigablemente): trabaja un whisky en las rocas. Yo: Dios, pensé que no te gustaba mirarme beber mientras trabajo. Carolina: una vez al año no hace daño. Yo: ya, qué bien, venga ese whisky. Después de un rato: Carolina: ¿quieres ayudarme con esto? (abría una lata de mayonesa. Preparaba un emparedado o algo). Yo: claro nena, dame eso. Ya se entiende: éramos una pareja feliz conviviendo estupendamente. Así que lo hice, la invité a reunirnos esa misma noche con Mr. Garrison, Verónica Pinciotti y Rey Hernández. Dudó un par de minutos y al final accedió. La cita era en casa de Garrison, al anochecer, como cada sábado. 

No dije nada a esos cabrones porque todos, probablemente excepto Rey, odiaban a Carolina. Y Carolina odiaba a todos y cada uno de ellos, probablemente excepto a Rey. Preferí llegar impuntualmente como de costumbre, y darles la sorpresa. Vaya si se sorprendieron. Alguna vez Garrison se negó a recibirla. Yo propuse llevarla con nosotros y Garrison lo dejó claro: a mi casa no entra esa mujer, dijo. La odiaban porque desde su perspectiva, esa mujer me hacía tanto daño, tanto mal, y me tenía como a un loco. No estaban equivocados pero no conocían el otro lado de la moneda: el increíble sexo con Carolina. El caso es que aquel sábado Garrison no tuvo el coraje para rechazarla. La dejó pasar a su casa. Ya estaba allí. Verónica, tiempo ha, tuvo un pleito con Carolina y de todos, era la que más le tenía desprecio. Cuando la miró entrar tragó saliva incómodamente. Ambas eran un par de cabronazas. Había que tener cuidado. Mucho tacto. No era improbable que de un momento a otro se fueran una sobre la otra como gatas en celo. Rey Hernández fue el único en decir hola cómo te va, Caro. Tenía un vaso de whisky en la diestra y un cigarrillo en la zurda. Bien, gracias, Rey, ¿y tú qué tal?, contestó Carolina. Se dieron la mano y eso fue todo. La bella Carolina ocupó un lugar en el sofá de la sala y hubo un mutismo compartido por todos los presentes. Yo trataba de romper la tensión. Me puse un whisky en las rocas y puse uno para Carolina también. Encendí un cigarrillo y con la primera bocanada dije: Ya, ¿cómo va todo? Lancé la pregunta al aire y la cogió Garrison: no avisaste venías acompañado. Lo dijo a manera de regaño. Ya, tío, respondí, no lo consideré importante, ¿es acaso esto un club secreto?, ¿debe uno avisar si viene acompañado y pedir contraseñas? Rematé: venga acompañado o no, es igual… No, interrumpió Verónica, no es igual. Sería igual si vinieras acompañado de quiensea, pero vienes acompañado de… ELLA, dijo despectivamente. Todos callamos y miramos a “ella” en espera de lo peor. Nos pensamos se iría contra Verónica con algún comentario sarcástico, ávido, mordaz y beligerante. Pero no lo hizo. Dio un trago al whisky  e ignoró el comentario de Verónica como si en verdad no le importara (o quizá no le importaba realmente), como si no le afectara. Y lo hizo tan impecablemente que Verónica pareció injusta. Dio la impresión de atacar a una inocente mujer, ingenua y tímida. Yo no lo podía creer. Nadie lo podía creer. Ni la misma Pinciotti. Carolina se comportó alegre, amable e interesante. Tanto tiempo ocupándose de mí como escritor la facultó para sostener conversaciones inteligentes ante el grupo, y ante cualquiera que ame la literatura.  Conocía los datos exactos de los géneros literarios, las características de estos y la vida y obra de sus máximos exponentes. Sabía discutir la diferencia objetiva y críticamente entre la literatura de Flaubert (a cuyo favor estaba Garrison), y la literatura de Henry Miller (quien era defendido por Verónica). O entre la literatura de Salvador Dalí y la literatura de los otros surrealistas. Recordaba a todos y cada uno de los surrealistas, dadaístas y demás. Conocía el nombre de todas las revistas literarias de la ciudad de México y algunos estados de la república. Incluso de algunos países de Centroamérica y Sudamérica. Se relacionaba con los editores de más revistas y diarios que el mismo Rey Hernández, reportero de nota roja. Hablaba inexpresivamente de todo esto, y parecía una directora editorial fría y experimentada, con el don de encontrar talento donde nadie lo halla. Habló bellamente del estilo narrativo de Raymond Carver, autor amado por Verónica, y con ello la ganó. Ni la misma Verónica que lee y relee la obra completa de  Carver pudo expresar tan elocuentemente dónde radica realmente el talento de dicho escritor. Garrison estaba impresionado. Siempre la miró como a una mujer imbécil que no lee más allá de novelas rosa y literatura de género. Bebía whisky escuchando atentamente cada palabra. Aunque al final de cada juicio emitido por Carolina no podía evitar algún comentario irónico o sarcástico, alguna corrección de un dato, una fecha o algo, sus ojos delataban un asombro que no cabía en él. Tanto Verónica como Garrison tuvieron que retractarse ante mí, de tanto insulto a la mujer de mi vida. Había demostrado ser bella, tierna, encantadora e inteligente, tal como se los advertí. Rey Hernández, que no tenía nada en contra ni a favor de la arpía de mi novia también quedó prendado  de ella cuando le declaró su afición al cine gore. Yo nunca la miré viendo alguna película de aquellas pero hablaba con soltura de los primeros intentos en el cine de Peter Jackson, Sam Raimi, la casa productora Troma, de la cual conocía todo el catálogo entero, etc., que te creías inevitablemente que era una experta. Yo mismo estaba sorprendido del derroche de cultura y conocimientos literarios, fílmicos, pictóricos y musicales que era Carolina. Ella y yo jamás entablábamos conversaciones así. Resultó ser amante de Paganini, Wagner, Puccini, Tchaikovsky y Rajmáninov. Sabía diferenciar entre un allegro y un molto vivace. Conocía los datos biográficos de sus compositores favoritos. Contó anécdotas de las aventuras amorosas de Richard Wagner. De sus amoríos de juventud, su matrimonio con Minna, de Matilde y de Cosima. Por si fuera poco, demostró a Garrison que la técnica pictórica impresionista de Seurat, Cézanne, Gauguin y demás pintores impresionistas, se debe a una miopía drástica por parte de Monet, Renoir y Manet, pioneros del movimiento artístico. No cabe duda, Carolina se llevó la noche. 

Llegando a casa tomé a Carolina de la cintura y le hice el amor pensando en ella como una diosa del amor, la sabiduría y la muerte. 

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La belleza increíble de este cambio en nuestra relación, o mejor dicho en el carácter de Carolina, no duró demasiado. Incluso nuestra relación no duró demasiado a partir de esos momentos de éxtasis. Justo en el momento del paroxismo de nuestro amor, en el clímax, en el punto exacto  de la armonía, todo se fue a la mierda. ¿Cómo pudo pasar algo así? Eso me lo pregunté por tanto tiempo. ¿Cómo pudo acabar algo tan bueno, tan mal? Pues bien, un buen día volvió pronto del tajo y dijo necesitamos hablar. Ya, dije, hablemos. Pero no pudo, estaba nerviosa y dudaba decirlo. Ya, dije si no puedes hacerlo, no lo hagas. No le di importancia. Ya me lo dirás luego dije, y regresé a mi cerveza. Comenzó a molestarse. Pensé que eso se había acabado pero comenzó a molestarse sinceramente. Argumentaba desinterés de mi parte. Me defendí: es simple, amor, si tienes algo dilo, si no puedes, ya podrás luego; como el estreñimiento, si no lo puedes soltar ahora… No lo tomó muy bien. Se echó en cama y ya no dijo nada. Comencé a magrear con ella pero me detuvo. Ya, dije, muy bien, si ahora no quieres, ya querrás después. En ese momento yo no sospechaba siquiera la demoniaca estratagema de aquella bruja. Me había tragado entero el cuento de su amabilidad, etc. Dormía tranquilo sabiendo que al día siguiente estaría allí la mujer más hermosa del mundo, y no la sargento encabronada que solía ser. Y así fue durante un tiempo. Un corto tiempo. Hasta que pasó: 

Estaba en casa, recostado, pasando los estragos de una resaca, cuando sonó el móvil. Carolina había ido al supermercado. Solía hacer esas cosas cuando yo dormía. Por la mañana los domingos. Así que estiré la mano lentamente para coger el teléfono que estaba tirado en algún sitio del suelo, junto al sofá. Contesté y era Carolina. Sí, amor, ¿qué ocurre? Y lo soltó. No pudo hacerlo de otro modo. Tuvo que ir al supermercado y llamar desde allí para decirlo: ¡vas a ser papá! Dios, dije, no es verdad, si estás embarazada, no es mío. Sí señor, eso fue lo que dije. Literalmente. Así que ya se adivina la que se me armó. Cuando Carolina regresó hizo un drama. Pero no el estilo de drama al que estaba acostumbrado. Dijo cosas como: ¿crees que soy una puta? ¿Crees que me acuesto con más hombres aparte de ti? Yo expliqué lo siguiente: es imposible. Y lo era, Dios. Nos cuidamos tanto de no procrear que era imposible que ahora haya sucedido. Enserio. Además, Carolina sonaba muy contenta por teléfono y eso también era tan poco probable como el embarazo. Si fuese verdad, ella no estaría feliz. Ella más que yo repudiaba la idea de traer un niño al mundo. Así que algo no cuadraba. Pero Carolina insistía en que estaba embarazada. Según ella había realizado una prueba en el supermercado y sí, efectivamente estaba preñada. Ya, dije, muéstrame la prueba. No lo hizo. Dijo la tiró, no era necesario, ¿qué no bastaba su puta palabra? Yo no me lo creía. Verás, dije, entiendo, puede ser que estés en estado pero en verdad, no puede ser mío. De algún modo yo lo intuía. Si acaso los hombres tenemos algo de instinto paterno, mi instinto paterno me decía tú no eres padre de nadie. Carolina se cabreó y se largó. Esta vez fue enserio. Se largó. No tomó sus cosas ni nada, sólo abrió la puerta, salió… y se fue…

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Pasé todo la semana pensando en el asunto. Lo que yo quise decir es: amor, no puede ser posible. Ella entendió que yo me desligaba de mis responsabilidades. No hay cosa más alejada de la verdad. Si Carolina me daba un hijo, por supuesto lo hubiese criado. Amaba a Carolina por sobre todas las cosas. Solo que no me lo creí. No me dejó respirar. Lanzó la noticia y se largó. A la semana siguiente volvió por ropa y cosas. Se mudó con su madre o algo y traté de explicarle de nuevo. Pero era necia. Era de las mujeres que cuando toman una decisión, aunque estén equivocadas, no se retractan. Así que la perdí. En un segundo. No tuve tiempo de reaccionar y decirme: la has perdido. Supuse se le pasaría en un tiempo. Quizá un mes, pero se le pasaría y volveríamos a estar juntos. No fue así.

Lo peor del asunto es que mes con mes yo telefoneaba a esa mujer para pedir que por el amor de Dios y de todos los santos, regresara conmigo. En verdad la necesitaba a mi lado. Me había acoplado tanto a ella que me daba temor pensar que no estaría conmigo nunca más. Dejé de escribir y le pegué al trago tan duro que casi muero. Desorganicé mi vida tanto que apenas y recuerdo aquellos meses de angustia. Mes con mes llamaba y mes con mes era lo mismo: lo siento, ya no te amo. ¿Cómo que ya no me amas?, decía yo al borde de las lágrimas. Pero si todo iba de maravilla, habíamos superado los problemas y éramos felices. Mes con mes el mismo rollo. Hasta que al quinto mes, dije: bueno, y cómo va el crío, ¿me dejarás verlo? Ella contestó: ¿Cuál crío? Dios, dije, ¿pues no te marchaste por el embarazo? Es cierto contestó, olvidé decirte, no estoy embarazada. ¡QUÉ!, dije. Lo confesó: la muy cabrona se había inventado todo ese asunto del embarazo para hacerme una prueba. Según mi reacción decidiría si quedarse conmigo para siempre, casarnos y todo, o dejarme. Para siempre. Tenía que saber qué tan sólida era nuestra relación, dijo, y si en verdad me amabas. Juro que sentí ganas de asesinarla. ¿Probaste mi amor por ti?, pregunté indignado. Sí dijo, y fallaste. ¡Dios mío!, dije, pero cómo se te ocurre pensar por tan sólo un instante que no te amo, si yo TE AMO. Te he dado pruebas suficientes, dije, pruebas a cada día y a cada minuto. Si no te amara no soportaría tu carácter un segundo… Otras vez las palabras equivocadas. Era así: nadie que no ame a Carolina la soportaría más de quince minutos. Cambié todo el estilo de mi vida por ella. Hice absolutamente todo lo que ella quiso de mí. Incluso llegué a hacer aeróbicos por las mañanas y comer verduras y todo eso. Dios, ¡cómo es posible que dude de mi amor! Pero la muy cabrona era una roca. No la convencí de absolutamente nada. En momentos le escuchaba la voz quebrada. Apuesto que ella misma sabía de su terrible error. Le dije: nadie te amará como yo te amo. Y era cierto. Y ella lo sabía. Pero su maldito orgullo mujeril no le permitía retractarse. Y no lo hizo. La perdí en un instante. La perdí en el mejor momento de nuestra relación. Incluso mis amigos la estimaron luego de aquel sábado y ya todo sería perfecto, pensé, pero así es la puta vida de mierda. De todas las mujeres que he perdido, Carolina es la que más me ha dolido. Me duele y me dolerá hasta la tumba. La amo aún, con todas mis fuerzas. Pero sé que es imposible hacer cambiar a una mujer como ella. Así que puede irse al carajo. Jamás comprendí por qué lo hizo. ¿Por qué necesitaba probar mi amor? 





martes, 19 de octubre de 2010

De borracho a borracho.

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Pablo Fernández era el jugador de póquer más habilidoso que he conocido en la vida. No he conocido muchos jugadores de póquer pero en verdad, era habilidoso. Podía hacerte creer que no llevaba nada en la mano y te apostabas el todo por el todo. Al final mostraba una hermosa quintilla de ases. La quintilla de ases no es una mano frecuente pero del algún modo, Pablo Fernández la sacaba a relucir un par de veces en pocas horas. O te pensabas que tenía la quintilla y al final te acababa con un raquítico par de cuatros. Era tremendo jugador. Era del tipo de jugador que anula todo gesto, toda expresión de su puto rostro. El póquer es un juego de autocontrol, solía decir. 

 Le conocí en un bar de Calzada del Hueso: La Saeta. Era un pequeño bar donde la birra estaba a quince pesos y un precio así bastaba para convencerme. No era un gran bar pero quince pesos por cerveza era una gran oferta. Solía meterme solo y pasar la tarde allí. Nunca las noches porque no era precisamente el tipo de lugar donde uno quiere estar en la noche. Pasada la tarde me largaba a La puerta Negra o algún sitio con menos luz. El caso es que una ocasión en La Seta noté cierto bullicio. Yo estaba bebiendo mi alcohol acompañado de la lectura de un Lezama Lima. Alcé la mirada y lo que vi me interesó. Un tío hacía trucos de magia con naipes. Eran buenos trucos. Los hacía de mesa en mesa. Lo miré hacer un trucazo a una tía regordeta. El mago le dio un mazo de diez cartas que contó a la vista de todos e hizo contar nuevamente a la chica.  Le pidió las guardara en la bolsa de su chaqueta. Luego dijo petulantemente que ninguno de los presentes sabía contar. Todos rieron y pidió a la mujer sacara nuevamente el mazo y contara con cuidado. Todos contaron al unísono: uno, dos, tres, cuatro, cinco… diez cartas. Eran diez putas cartas. Bueno, dijo el mago, creo que no me salió el chiste. La tía metió las cartas nuevamente a su chaqueta y haciendo ademanes mágicos el mago dijo trasladaría algunas cartas hasta donde las otras. Oooonce… Doooooce… treeeeece, catoooorce… Entonces la chica sacó el mazo y al contar, ¡eran catorce cartas! Consiguió meter cuatro naipes más a la chaqueta de la jeba sin tocarla. No te lo podías creer. Enserio. Luego de hacer los trucos pedía algo de cambio y se compraba una cerveza. Pablo era un tío con encanto. Comencé a frecuentar el lugar. Iba  a beber, leer, y observar los trucos mágicos. Algunas mujeres pedían al mago se sentara con ellas y le invitaban un trago. Buen oficio, pensé, debería aprender algunos trucos. Pero no lo pensé enserio, yo jamás fui bueno con las cartas. Jamás fui bueno en muchas cosas. En casi nada. Cuando Pablo ejecutaba alguna suerte parecía tan sencilla. Así que  me lo pensé un par de veces pero al final no hice nada. 

Llegué a La Saeta puntual y allí estaba Pablo. Sentado a la mesa abriendo un paquete de naipes recién comprados. Es increíble la cantidad de naipes que compra un mago. Tiene naipes preparados para toda clase de trucos. Incluso tiene naipes trucados. Naipes impresos por anverso y reverso en color rojo. Naipes impresos con puros ases de corazón, o de espadas o  lo que sea.  Naipes con cartas repetidas. Naipes con los ases marcados. Etc. No me vio entrar. Me pedí un par de cervezas y fui a donde él. Toma, dije, ya está pagada. Le ofrecí una de las cervezas. Eres tremendo, dije. Gracias, contestó con los ojos rojos. Al parecer llevaba ya varias cervezas. Le pedí me contara dónde aprendió aquel arte pero se mostraba hermético a ese tipo de preguntas. Se negó a enseñarme algún truco. Se negó a revelarme si quiera el secreto del truco más sencillo. Entonces dejé de joder con eso y le pedí otra cerveza. Luego él me pidió una. Er un tío honorable. Platicamos poco. Se levantó y se dedicó a lo suyo por casi una hora. Luego regresó a donde yo. Me interrogó sobre lo elemental: ¿de dónde eres?, ¿qué edad tienes?, ¿a qué te dedicas? Fue mi turno de cerrarme a la conversación. Aquellas preguntas son las más complicadas de responder cuando no sabes bien de dónde eres, qué edad tienes, ni a qué te dedicas. Soy escritor y soy alcohólico, dije dando un largo trago de cerveza. Despegué la botella de mi boca y sonreí. Yo también soy alcohólico, respondió Pablo. Ya dije, ¿y a qué te dedicas? Ya lo has visto dijo, a la magia con naipes y a beber. ¿No haces otra cosa?, pregunté. No, dijo dando un largo trago a la cerveza. Eso creó un vínculo entre nosotros. El alcohol une. Ahora lo sabíamos: él no era mejor que yo, y yo no era mejor que él. Yo era un borracho, pero un borracho con literatura. Y él era un borracho, pero un borracho con magia. Cuando sabes que has dejado de competir, la amistad florece. Éramos un par de pobres diablo aferrados a un sueño. No conocíamos el camino, pero andábamos. 

 Visitaba a Pablo todos los viernes en La Saeta, hacía algunos trucos y me pagaba la cerveza. Yo no era mago pero tenía la mágica habilidad de hacer que las personas, tarde o temprano, terminaran pagándome el trago. Ves a esa tía, me dijo Pablo uno de esos viernes. Ya dije, ¿la pelirroja? Ajá dijo, la he mirado desde que entró, me pone sabroso, cómo me gustaría darle una buena cogida y… Lo interrumpí: La traeré para ti, dije. De alguna manera tenía que pagar las birras a Pablo. Yo no era precisamente bueno con las mujeres pero era bueno para llegar con ellas, sentarme y bromear un poco. A veces funcionaba, a veces no. No importaba demasiado. Así que me levanté de la mesa y fui hasta donde la pelirroja. Era realmente hermosa. Pensé: anda, macho, no flaquees, todas las pelirrojas teñidas son putas. Hola, guapa dije, ¿me puedo sentar aquí un momento? La tía me miró extrañada. Ya lo dije: La Saeta no era precisamente el lugar donde uno quiere emborracharse. La gente de ese sitio no es el tipo de gente que busca nuevas experiencias. Es del tipo de gente que se piensa que hablar con extraños no es lo mejor. Alzó los hombros como diciendo: bueno, por qué no. Me senté. ¿Qué bebes?, pregunté. Pablo me miraba desde la mesa sin poder creerse que yo estuviera sentado con la jeba de su vida. Cerveza, contestó ella. Ya, dije, lo que tú necesitas es un whisky en las rocas. Rió y dijo: ¿Ah, sí?, ¿por qué? No sabía por qué, sólo lo dije sin pensar. Inventé algo: porque el whisky en las rocas es la bebida de los dioses, y tú eres una diosa… guiñé el ojo para rematar la frase. No era lo más inteligente ni audaz ni encantador del mundo pero enrojeció levemente y sonrió. Gracias, contestó. En eso llegó una tía de tremendó culo y se sentó a mi lado, en la mesa de la pelirroja. Venía con ella. Había ido al sanitario o algo y ahora yo estaba sentado con dos mujerazas. Hola, nena, dije a la nueva mujer, Martin Petrozza, un gusto. Hasta ese momento no había mencionado mi nombre, ni ellas el suyo. El nombre de las tías lo olvidé. No es importante. Me dijo algo como Laura, un gusto. Y le dije: ¿qué bebes? Cerveza, contestó Laura. Ya, dije, lo que tú necesitas es un whisky en las rocas… ¿Por qué?... Porque el whisky es la bebida de los dioses, y tú eres una diosa… La pelirroja rió a carcajadas. Laura no supo cómo actuar. Yo reí también. Chiste local, dijo la pelirroja a Laura. Todo estaba en su punto, risas, complicidad, alcohol de por medio. Verán dije, vengo con un amigo, el de allá, dije señalando a Pablo. ¿El mago?, preguntó Laura. Sí dije, el mago, ¿les molesta si lo invito a venir? No, para nada, contestó la pelirroja. Llamé a Pablo con la mano y vino. Los presenté. Entonces la pelirroja dijo bueno, ¿y qué hay con el whisky? Era una tía lista, pensaba aprovecharse de mi broma para sacarme un whisky. Ya, dije y saqué de mis bolsillos algunas monedas. Las eché sobre la mesa. Es mi cooperación, para el whisky. Laura prefirió seguir con la cerveza y todos estuvimos de acuerdo. La charla siguió el rumbo de las charlas banales de bar. Pablo comenzó a hacer trucos de magia. En esta parte lo pasé mal. Robó toda la atención. Estuve callado por mucho tiempo. Al final las tías se despidieron y eso fue todo. Lo has arruinado, dije a Pablo, fueron demasiados trucos, la magia cansa después de un rato. Tú no hiciste gran cosa, se defendió. No me dejaste, tío, el chiste era llevarlas a la cama y dejarlas satisfechas de palo, no dejarlas alucinadas con tanto movimiento de mano. Pendejo, me dijo Pablo. Pendejo tú, cabrón, contesté. Yo no fui el que les mostró la poca plata que te cargas, eso las ahuyentó, dijo. No, dije, lo que las hartó fue tanto naipe. Discutimos por más de una hora. Al final decidimos no reñir por un par de guarras apretadas. 

2

Salimos del bar con trescientos pavos. Fue una buena noche. Acordamos no gastar un quinto de lo juntado con la magia y largarnos a otro lado. Éramos socios. Pablo hacía la magia y yo juntaba las monedas. Era un buen trato si estabas de mi lado. Tomamos la pasta y nos largamos al centro de la ciudad. Íbamos secos y sedientos. Entramos a un sitio oscuro en la calle de Donceles. Nos pedimos un par de cervezas y nos dedicamos a observar. Había toda clase de viejos. Viejos bebiendo, hablando, jugando dominó y… Aquí comenzó nuestra carrera: viejos jugando al póquer. Mira, le dije a Pablo señalando a los viejos de las cartas. ¿Qué?, dijo. Ya dije, piénsalo. ¿Qué?, contestó. Dios dije, viejos jugando póquer. Sí dijo, ya los vi. Perfecto dije, ¿estás pensando lo mismo que yo?... ¿En otra cerveza?... Ya, sí, eso también, pero quiero decir: tú eres bueno para mover las cartas, el póquer debe ser sencillo para ti; eres capaz de aparecer cuatro ases donde antes había cuatro sietes, ¿entiendes? Claro dijo, juego póquer desde los diez. Juegas póquer desde los diez y eres mago, ¿qué esperas?, dije. Tuve que explicarle despacio. 

¿A cómo la entrada?, pregunté a los viejos. Tardaron en responder. De a cincuenta, dijo uno. Ya, dije, ¿hay que esperar? Los viejos se miraron entre sí. Eran tres. Se pensaron que yo y mi amigo éramos idiotas. Se pensaron que por haber jugado al póquer entre sí cada fin de semana, eran los maestros del póquer. Una ronda más, y entran, dijo. No sé, dijo Pablo, ¿crees que deba fingir un poco antes de acabarlos? Acábalos sin piedad y nos largamos, dije. Mientras esperábamos miré la cubeta sobre la que se jugaba. Jugaban sobre una cubeta volteada. Había más de mil pavos allí. Me brillaron los ojos. Finalmente nos abrieron un espacio. Pablo explicó que sólo jugaría él. No les pareció buena idea que yo estuviera allí sin jugar, mirando, así que me fui a por un trago y esperé. Nunca había visto al bueno de Pablo así. Estaba rígido como una piedra. Sentado sobre un banco, la espalda totalmente recta, y con la jeta como un condenado hombre de plomo. Tardó cuarenta y cinco minutos en acabar con ellos. ¿Y bien?, dije. Vámonos rápido, me dijo. Salimos aprisa y una vez en la calle corrimos. Qué ha pasado, hombre… dije jadeando en la esquina del Palacio de Bellas Artes. Pablo abrió la mano. Tenía mil cuatrocientos pavos en la manaza. ¡Dios!, dije, ¿lo ves?, fue buena idea. Ajá, contestó con la respiración entrecortada. 

Caminamos sin rumbo hasta Eje Central. Vimos un antro de bailarinas nudistas y entramos. Fue una buena noche. 

3

 Le propuse a Pablo dejar la magia. Es pueril, tío, dediquémonos al póquer. Tardó en aceptar. La magia era su vida y no la dejó. Trabajaría con ella hasta las diez de la noche y luego al póquer. Por las tardes, a eso de las cinco, nos sentábamos a entrenar. Nos pedíamos unas cervezas mientras llegaba la gente. Pablo practicaba concienzudamente. A las siete, que el bar comenzaba a llenarse, se dedicaba a la magia para ganar las entradas del póquer. A las diez en punto corríamos a las cantinas del centro de la ciudad. Ganábamos algunas apuestas y nos bebíamos la pasta esa misma noche. En las cantinas y en los centros nudistas comenzaron a reconocernos. En las cantinas nos odiaban y en los centros nos amaban. Gastábamos todo el dinero en una sola noche. Llegamos a ganar hasta cinco mil pavos, mismos que entregamos a cualquier puta. Nos volvimos ludópatas. Sólo eso nos faltaba, dijo Pablo, ahora tendremos que ir a ludópatas anónimos. Olvídalo dije, el juego es la vida. 

 Incluso aquel estilo de vida se volvió rutina. Esperar a que Pablo arrebatara la pasta a los competidores comenzó a cansarme. Yo necesitaba acción. Adrenalina. Todas nuestras apuestas se libraban en cantinas de poca monta y jamás, por ningún motivo, dábamos un buen golpe. Quiero decir, un buen golpe de verdad. Mientras Pablo jugaba al póquer yo bebía alguna cerveza e investigaba el asunto. Trataba de encontrar la brecha hacia la gloria. Preguntaba por todos lados dónde podíamos jugar póquer enserio. Con entras de diez mil o algo. Así conocí al viejo Dan. Era un viejo de unos sesenta años que había jugado póquer profesionalmente, se había forrado de pasta, y lo había derrochado todo en putas y alcohol. Ahora sólo era un anciano que gustaba de contar cómo un día tuvo el dinero del mundo haciendo al póquer. Ya dije, eso es a la mar de impresionante. Lo era, dijo el viejo Dan desde su banco en la barra de la cantina. Verás, Dan, lo que yo necesito es llevar a mi muchacho a las mayores, tú sabes, ganar unos cuantos miles de pavos no es la gran cosa. Vaya que lo sé, contestó, yo no salía una noche de póquer con menos de unos cientos. Ya dije, eso es lo que deseamos. Pagué el trago de Dan por más de una hora y finalmente lo logré. Me invitó a visitar un grupo de amigos suyos que apuestan a lo grande. 

4

 Tardé en convencer a Pablo. Te he conseguido la partida de nuestras vidas, dije. El viejo Dan había dicho quince mil la entrada, mesa de cuatro. Piénsalo dije, serán mínimos sesenta mil pavos en la mesa. No sé, dijo Pablo, yo sólo quiero sacar para el trago, no tengo ambiciones de hacer una vida jugando. Ya dije, no seas gilipollas, tienes el don y no podemos desaprovecharlo. Pablo temía que alguno sospechara de su habilidad mágica y nos pegaran un tiro.  O nos abrieran la barriga. O algo. Lo tengo todo bajo control dije, no te preocupes. En realidad no tenía nada bajo control, dije aquello para tranquilizar a Pablo. ¿Cómo es que lo tienes bajo control?, preguntó. No supe qué decir así que dije: confía en mí, tío, todo irá bien, saldremos del asunto con más pasta de la que jamás has tenido en tu puta vida de mago. El último comentario le dolió un poco. Había entregado su vida a la magia y deseaba con toda el alma ser un gran mago. Lo convencí diciendo que si obtenía la pasta suficiente, podría hacer su anhelado viaje a Europa, donde se matricularía en las mejores clases para mago del mundo. 

Decidimos dejar el trago y ahorrar los quince mil de entrada. Nos costó más de tres meses. Aunque jugábamos viernes y sábados reportando utilidades de más de mil pesos por día, no pudimos jamás evitar ciertos gastos. Llegamos a gastar más de la mitad en putas y cerveza. Ahorramos lo poco que pudimos y cuando tuvimos la plata necesaria en la mano, fuimos con el viejo Dan y se lo dijimos. El viejo nos citó la próxima semana. Nos escribió la dirección en un papel. Era un sitio en la delegación Magdalena Contreras. Debíamos llegar puntuales y vestidos decentemente. El viejo Dan había visto las habilidades de Pablo. Hablé de tu muchacho a mis amigos, dijo, están ansiosos de conocerlo. Perfecto dije, la próxima semana. Perfecto, dijo el viejo Dan dándome un fuerte apretón de manos. 

5

Toda la semana estuvimos entrenando. Dejamos de beber considerablemente. Incluso dejamos La Saeta. Nos mudamos al Café La Selva del centro de Tlalpan. Allí era menor la tentación de pegarle al trago. Pensamos todas las posibilidades. Incluso la de perder. Estas hablando de cabrones que juegan al póquer profesionalmente, dijo Pablo, existe la posibilidad de perder. Pero eres mago, mierda, dije. Sí, dijo, pero esos tíos están acostumbrados a los chantajes y pueden reconocer a un estafador a kilómetros. Pablo tenía razón, no sería tan fácil. Decidimos pelear limpio. Pablo jugaría sin hacer trampa. Al menos guárdate un as bajo la manga dije, por si acaso. Lo haré dijo, pero lo usaré sólo si es estrictamente necesario. Bien, dije. 

La semana pasó lentamente. El martes por la tarde me encontré con Pablo. ¿Cómo va todo?, pregunté. Mal, dijo, este rollo me pone muy nervioso. Debo mejorar mi concentración. El póquer es un juego de autocontrol. Ya dije, ¿necesitas algo?, puedo traerte una mujer o un whisky en las rocas o… No, interrumpió, no entiendes, eso acabaría con mi concentración. Bueno dije, si necesitas algo dime, iré por allí a beber algo. Ajá, dijo. 

El miércoles fue el mismo cuento. Debo trabajar en las miradas, debo saber exactamente qué mano tienen los contrincantes con sólo verlos a la cara. El póquer es un juego de autocontrol. Ya dije, ¿quieres que te deje solo? Asintió con la cabeza. Me largué a dar la vuelta. Me senté en la banca pública de enfrente y lo miré trabajar con los naipes. Luego se quedó ido. Supongo que trabajaba en la concentración. Pasó una linda mujer de lindo culo, y me largué tras ella. 

Jueves. 

El día estaba cerca. Pasado mañana sería el encuentro. ¿Cómo van esos nervios, Pablito?, pregunté a Pablo que estaba sentado en a la mesa bebiendo café como endemoniado. Las manos le temblaban. Vamos dije, un mago no puede ponerse así, si deseas ser un mago de verdad, no puedes ponerte así. No dijo, lo tengo todo controlado, el temblor es por la cafeína. ¿Y cómo va la mente?, dije. Mi mente está en perfecto estado, contestó. Excelente dije. Mañana acabaré con ese trío de aficionados, dijo. Le di un par de palmadas en el hombro y dije: ese es mi muchacho, ¿te pido una cerveza?, no dijo, eso podría derrumbar todo el trabajo de mi autocontrol; el póquer es un juego de autocontrol. Ya sé, dije. Me quedé con Pablo un par de horas y le pedí algo de pasta para un trago. Era la vida ese Pablito, su magia y las apuestas mantenían mi vicio y el suyo. Me estiró doscientos pavos y me fui a La puerta Negra

Viernes. 

Bueno, muchacho, mañana es el gran día, ¿cómo te sientes? Pablo lucía estupendamente. Hizo algunos trucos en el Café y sacó algo de plata para cenar. Ahora yo estaba nervioso. Verás dije, mañana te veré en San Jerónimo. En la bandera. De allí subiremos juntos a la Magdalena Contreras. Ajá, dijo Pablo. Te veré a las siete en punto, dije, para llegar a las nueve y media. Pablo asentía con la cabeza, fumando un cigarrillo y pensando. Cuando me juró por su madre que no sería impuntual, me largué. 

Sábado.

 Era el gran día. Me levanté a las dos de la tarde y me duché con la Tarantella de Liszt sonando en el estéreo. Me fui a la bandera de San Jerónimo y llegué a las cuatro con treinta. Me había citado a las siete con Pablo pero quise llegar un poco antes. Sin embargo fue demasiado antes así que me busqué un sitio con venta de cerveza y lo encontré. Un pub, o algo, así decía el anuncio y me metí. Mientras esperaba pensaba en todo lo que haría con mis treinta mil pavos. Eso era el promedio de mi ganancia. Pensé que podría comprar una biblioteca de viejo, completa, para mí sólo. O vivir el tiempo necesario sin preocuparme de otra cosa que beber y follar putas. Cualquiera de las dos cosas me llenaba de placer. Cuando dieron las seis con treinta me salí y caminé hasta la bandera. Eso me tomó un cuarto de hora. El otro cuarto esperé a Pablo. Y esperé mucho más. Siete con diez: Enciendo un cigarrillo y Pablo aún no llega. Siete con veinte: Una mujeraza de tremendas peras pasa a mi lado y la miro tan hostilmente que camina aprisa. Siente con veinticinco: Enciendo otro cigarrillo. Pablo no llega. Siente con treinta: El hijoputa de Pablo no aparece. Enciendo otro cigarrillo. Esperé hasta las nueve con treinta. Ya no había posibilidad alguna. La cita con el viejo Dan era a las nueve con treinta y pidió puntualidad. Dijo que si no lo hacíamos, no nos permitirían entrar a la partida. Sentí ganas de matar al cabrón de Pablo. El muy pendejo acabó con mis ilusiones de una buena vida. En verdad quería matarlo. 

 Llegué al Café La selva. Pablo no estaba allí. Llegué a La Saeta. Pablo tampoco estaba allí. Los ánimos se me calmaron y pensé que quizá hubiese pasado algo. Algo grave. Pero luego recordé los treinta mil y sentí nuevas ganas de matar a Pablo. ¡Hijoputa!, pensaba. Cabrón de mierda, pensaba. Más vale que estés muerto, de lo contrario, te mataré yo mismo, pensé. Ya que estaba en un bar, me pedí unas cuantas birras y me puse la farra de mi vida. Creo que la frustración ayudó a que el alcohol se me subiera a la cabeza más rápido de lo normal. 

6

 Pablo no aparecía por ninguna parte. Había pasado una semana y Pablo no aparecía. Comencé a preocuparme realmente. Luego pasó otra semana y dejé de preocuparme. Me ocupé de lo mío y regresé a mi rastrera vida de beber los últimos pesos. Me olvidé del asunto del póquer, de los treinta mil pesos que perdí, y de Pablo. Ya no me interesaba si la tierra se lo había tragado. Dejé de visitar La Saeta. Y el día menos pensado, casi pasado un mes, encontré a Pablo en un bar de la calle Donceles. ¡Hijoputa!, grité cuando lo vi. Pablo no me había visto y cuando lo hizo, se sorprendió. ¡Cabrón!, ¡me robaste siete mil quinientos pavos! Pablo estaba solo, bebiendo y parecía un hombre realmente triste. Encendió un cigarrillo y no dijo nada hasta la primera bocanada: Lo siento, hermano, lo siento. Ya, dije, devuélveme mi pasta. Y estiré la mano. No tengo un quinto, dijo. No te hagas, te guardaste los quince mil. Pablo administraba el dinero. Primero porque técnicamente era SU dinero, y segundo porque yo no confiaba en mí mismo. Me pensaba que cualquier día podía darme la gana irme de putas con toda la pasta, y lo haría. Lo siento, repetía Pablo como un perico. Ya, dije, no hay problema, sólo entrégame mi parte de la plata. No hay nada, dijo. Yo no lo podía creer. Me explicó: aquel sábado el tío estaba tan puñeteramente nervioso que sufrió una crisis. Venía en caminó a San Jerónimo y se le metió el demonio. Venía con toda la pasta en el bolsillo izquierdo. No supo exactamente en qué momento pasó. El muy cabrón no supo cómo pasó. El caso es que terminó en un putero de mala muerte, borracho hasta el copete, y sin un centavo. Toda la semana se mantuvo seco, y tú lo sabías, dijo, tú lo sabías, yo soy alcohólico, ALCOHÓLICO, dijo Pablo al borde de las lágrimas. O sea que te fuiste de farra sin mí, tío, eso me duele más que los treinta mil. Yo era tu compañero de copas, tu trébol de la buena suerte, tu As de espadas, tu… Lo siento, lo siento, repetía a Pablo. Entonces lo dijo y lo comprendí. Me tomó del cuello de la camisa y agónicamente dijo: de borracho, a borracho: me gasté la pasta en alcohol. Tomé a Pablo en un abrazo y le dije: calma, hermano, calma, yo hubiera hecho lo mismo. No sabes lo terrible que es, dijo. Lo sé, dije, lo sé. No, dijo, no lo sabes. Vaya, que losé, contesté. 

En verdad perdoné a Pablo. Quizá lo sometí a más de lo que era capaz de soportar, pensé. Quizá tuvo razón cuando dijo no tengo ambición más allá de ganar pasta para un trago. Eso era lo mejor. Juego-bebo-juego-bebo. Nada malo había con eso. Era como tener los treinta mil, pero al infinito. Aquello no acabaría en unos buenos años. Ahora todo se había ido a la mierda. Perdóname, decía Pablo con los ojos llorosos. Ya, tío, te perdono. Hizo que lo repitiera cientos de veces y no lo entendió hasta que lo dije. Dije: tío, de borracho a borracho te digo: te perdono. 


viernes, 15 de octubre de 2010

Todo va mal.

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Estaba en casa de mi novia. Madre había salido a enterrar a su hermana y mi novia no quiso enterrar a la tía y aprovechamos la ausencia para follar en cama. En una buena cama, quiero decir, no como mi viejo sofá. Lo hicimos unas dos veces y sentimos hambre. Le dije prepara algo pero andaba floja y me pidió ordenara una pizza. No tengo dinero para una pizza, dije. Me reclamó que nunca tuviera dinero para nada y que no me importara. Busca un trabajo, dijo. Nena, dije, eso no va conmigo, yo escribo, soy escritor; ¡los escritores no trabajamos!, ESCRIBIMOS. Me sentí un gilipollas. Me dijo algunas verdades y realmente me sentí un gilipollas. Ella siempre conseguía trabajos; en museos, en edificios y cosas y cargaba más plata que yo a sus diecisiete años. Estudiaba la preparatoria e ingresaría a la licenciatura en Derecho y sería una buena abogada y yo sentí que toda la vida sería el mismo jinetero de mierda. Prometí buscar trabajo luego de discutir un rato. Ella preparó un par de tortas y comimos en el jardín. Con la comida me dio sed. Se me antojó un whisky en las rocas o una cerveza y se lo dije y se enojó y me trajo un vaso con agua. Mierda, dije, no soy perro; el agua está bien para los perros pero los humanos bebemos o whisky o cerveza o ron o caña o pulque… Sus muecas me hicieron callar. Linda, le dije. Bonita, hermosa, princesa… Se fue y regresó con un par de Tecates. Bendita seas, dije. Sólo una, dijo, estás mal del hígado. Ya, ya, deja el hígado, ya pasó, ando como nuevo. Mirá piba, vos sabés si un buen hígado resiste esto, andá, dale… La incité a pegarme en el hígado. No quería hacerlo pero lo hizo, dio un golpecito y luego otro más duro y me hice el macho pero la verdad me dolió bastante. No por el hígado sino porque enserio le dio duro. Bebí la cerveza de un jalón y dije: no seas molona esto no es nada, tráete un docepack. La abracé, la besé, le declaré mi amor y finalmente la convencí y regresó con doce buenas cervezas, unos Delicados y papas fritas. Me bebí la mitad de la caja en lo que ella bebió una; daba pequeños sorbitos y no avanzaba con su lata. Mejor, pensé. 

 A la octava cerveza llegó la madre. Había dicho a mi novia se quedaría donde la hermana y no llegaría. Pero así era madre, una arpía y estoy seguro como se lo dije a mi novia, lo hizo a sabiendas de todo. O sea que madre sabía perfecto que regresaría el mismo día y que de alguna manera, mi novia estaría enrollándose con alguien. Quería atraparla en el acto. Y por sobre todas las cosas, quería atraparla conmigo. Suegra me odiaba a muerte. Decía tú perviertes a mi hija. Decía eres un borracho patán. Decía deberías estar trabajando y no bebiendo y trastornando a mi hija. Deseaba atraparla conmigo para levantarme una demanda por estupro o algo. Ya me lo sospechaba, la hijaputa no podía dejar sola un segundo a su hijita. Me armó un drama. Me pegó y estuve a punto de caer. Mi novia me defendía pero temía enfrentarse a madre y no lo hacía bien. Tomé las cervezas restantes y me largué indignado. Al coño señora, su hija no es monja, sépaselo, y deje de entrometerse en nuestra vida, le dije. No sabía qué más decir y me largué. 

  Caminé hasta el centro. Frente al mercado de la Merced. Me senté a beber mis cervezas y me olvidé del asunto. Unos policías pasaron y me echaron bronca. Ya, les dije, no tengo a dónde ir. No se apiadaron, me querían sacar pasta. Resistí hasta el final. No tengo pasta, decía, no tengo un centavo. Me lo creyeron. No era difícil creerme algo así. Entendieron que no lo lograrían y se largaron. Me tuve que mover de allí. Caminé hacia la avenida de las putas, ya iba sabroso, bebido, deseoso de acción. Saludaba a las señoritas de la noche como todo un chulo, algunas se lo creyeron y me dieron ánimos. Me acerqué a una teñida y la llevé al hotel. Llegando a la ventanilla del hotel me pidió plata y le dije no te andes con pavadas no sabes quién soy yo. Soy amigo del Juano, dije. Me lo inventé pero mostré seguridad. No le importó. Dijo: ¿y a mí qué?, o pagas o te largas. Me rasque los bolsillos y junte ciento cinceunta pavos. La tarifa es ciento setenta el polvo, dijo. Ya, dije es todo lo que tengo, lo tomas o lo dejas. Lo tomó y entramos al cuarto. Dentro me preguntó muchas cosas pero no la dejé hablar. Le metí la verga a la boca. Se calentó porque la rudeza es irresistible a las putas. La desvestí a jalones de ropa y me fui directo al caño, es decir al culo, al ano, y me vine rápido. Gritaba: por atrás cuesta doble, por atrás cuesta doble. Le di un par de cachetadas. Ella también estaba cansada por el esfuerzo y caímos en cama. Acostados boca arriba me sacó la pinga y me la jaló un rato. ¿Siempre eres tan patán con las mujeres?, preguntó. Las respiraciones volvían a su ritmo normal. Yo le sobaba el chocho. No siempre, dije. Me debes ciento setenta más, dijo. Dios, dije, quedamos ciento cincuenta. Vale, dijo, me debes ciento cincuenta más. Verás, contesté, no tengo un quinto. Tomé la billetera del pantalón que había aventado junto a la cama y le mostré. Pues más vale que consigas porque si no… Ya, dije, calma, dame una hora y los tendrás. Dudó. Te dejaré mi credencial. La saqué de la billetera y se la di. La metió en su bolso. No sé para qué la quería. Así perdí mi credencial. Más tranquilos me preguntó quién era Juano y quién era yo. Le dije olvidara todo eso, sólo quería follar. Se enojó mucho pero le dije, ya ya, y le di una serie de cachetadas suaves y le cogí las tetas.  Abrí las piernas de la puta y metí la polla al coño e hicimos el sexo como dos amantes que se aman: de misionero. Tardamos mucho y el hotelero puso cara de asombro al vernos salir con amplias sonrisas y tan amigos. Le dijo: luego te cuento Rubencito, y nos fuimos a la calle. 

  Nos despedimos y me fui a sentar cerca de dos putas gordas. Casi no hay putas gordas pero estás no tenían decencia y enseñaban las panzas y las tetas bovinas sin pudor. Literalmente andaban con las tetas de fuera y las panzas y les dije, coño, señoritas, más respeto. Se reían como lerdas lo que me incitó a molestarlas, les dije: mierda, no follaría con ustedes aunque me pagaran. No se ofendían, seguían riendo y me agrié y les dije, venga, nenas, si me compran un whisky les doy palo la noche entera. Se rieron otra vez y la ira se apoderó de mí. Hubiese preferido me acuchillaran allí mismo. La sangre se me enfrió cuando una sacó un vasito con ron y me dijo, dale, dale.  Le di un buen trago, me lo tomé al hilo y regresé el vaso vacio. No dijo nada, mierda, se rió y la otra obesa sacó una botella de a cuarto y sirvió otra vez en el vaso. Me lo ofreció y pensé, ¡mierda!, ¿son de otro planeta? Como sea agarré el vaso y me lo tomé al hilo otra vez y me dieron otro y otro y me sentí mareado y las gordas comenzaron a caerme bien y reía con ellas y hacíamos chistes y las abracé y le agarré las tetas y les dije, señoritas son ustedes dos ángeles del cielo y pavadas. 

  Entonces no supe cómo pasó. Desperté no sé dónde sin playera, sin zapatos y sin un centavo. No tenía un centavo, cierto, pero quiero decir, ¡me robaron las malditas gordas! Tenía la espalda arañada de las ramas del baldío donde me aventaron. Me levanté y caminé al metro más cercano: el Rosario. Ya había estado allí algunas veces y supe regresar a casa. Pasé por unas vías de tren y brinqué sobre los tronquitos que ponen entre las vías; eso lo hago desde niño. En la infancia viví cerca de unas vías, las de Ferrocarril Hidalgo, y me iba brincando todo el camino o hacía equilibrio en una vía y caminaba sobre ella. Me gustaba mucho. Esa vez también me gustó pero no tano porque andaba descalzo y las piedras que también ponen siempre entre las vías se clavaban de vez en vez y mejor dejé aquello y caminé por el pasto. Pensé en cuando niño deseaba seguir la vía del tren hasta el final y creía me llevaría a otro mundo, un mundo mejor, más bonito y lleno de juegos y de gente y otros niños y perros; me gustaban los perros. Había helados y mucho chocolate y les contaba a otros niños y ellos incluían extraterrestres; yo no porque me asustaban, aún me asustan los cabrones, por las sondas anales y eso. 

  Tomé el subterráneo y tardé horas en regresar a casa a tirarme al viejo sofá. En el camino la gente fue hostil porque iba de torso desnudo y pies descalzos y llegué con los pies rotos, desanimado. Pensé en un poema que no recuerdo bien pero dice algo así: mí cansado cuerpo no puede más con mi alma ensangrentada. Nunca fui creyente y no comprendía bien la parte del alma pero sabía que era como un dolor en el pecho, en el estómago, en las entrañas, de muy adentro; una vocecilla diciendo todo va mal, no juegues, todo va mal, cambia, todo va mal, todo va mal; y a veces: todo va bien, calma, el momento llegará. 



miércoles, 13 de octubre de 2010

Alice y la libertad.

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Alice tenía veinte años y se esforzaba en convencerme. Recién, su grupo de amigas le había metido la idea de la mujer libre y de la mujer inteligente. Y ella pensaba ser inteligente. Y deseaba ser libre. O sea, ya soy inteligente, decía Alice, y ahora quiero ser libre. Yo sobrellevaba la conversación. Alice no era demasiado inteligente. Dejó de serlo el día que la convencieron que lo era. ¿Y qué es una mujer libre?, pregunté a Alice. Ella no lo sabía muy bien. Una mujer libre dijo, es la que hace lo que quiere. Así que no tenía idea. 

Alice sufrió un cambio. A los diecisiete años era una niña bien portada. Obedecía a sus padres y no se metía en problemas jamás. Era de las que piensan que la virginidad es un tesoro. Y de las que creen en Dios. Y claro, no era precisamente una personalidad atractiva. No tenía muchos amigos y nadie deseaba pasar el rato con ella. Con una mujer así. Era vecina mía. Sus padres eran amigos del Sr. Pinciotti y de vez en vez se pasaban por la casa a saludar, comer o cenar. Alice era muy callada. Me miraba pero no decía gran cosa. Yo intentaba hacer conversación y me daba cuenta porqué Alice no tenía un solo amigo. Era lo que se conoce como una monja. No había tenido novio ni había estado cerca de tenerlo. No era fea. Tampoco era una belleza. Era una persona bastante extraña. Así la miraban los chicos. Como una mujer bastante extraña. Lo que te falta es feminidad, le dije una ocasión que vino de visita con sus padres. Mientras el Sr. Pinciotti y los padres de Alice platicaban en la sala, nosotras íbamos a mi habitación. No me emocionaba mucho la idea de pasar tiempo con ella pero era mejor que dejarla sola. En ocasiones me inventaba una cita y me salía. La dejaba allí. Pero a veces tampoco tenía ganas de inventarme nada. Le prestaba la mínima atención. Cogía un libro y respondía a sus preguntas con ujums y ajams y claros. Soy femenina, dijo Alice. Verás, le dije, ser femenina no es usar esos zapatos cursi que usas. Le encantaba usar zapatos de niña. Blancos y brillosos. No respondió. Ser femenina tampoco es peinarte el cabello todo el santo día. Le encantaba peinarse el cabello con un cepillo tan cursi como los zapatos. Y sobre todo, le dije, ser femenina no es guardarse el coño. Aquí Alice se llevó las manos a la boca. Nunca decía nada parecido. ¡Y eso! dije, deja de asustarte de todo. Alice se defendía diciendo que las chicas como yo son mujeres fáciles y que ningún hombre toma enserio a las mujeres fáciles. No te equivocas, dije, pero yo no digo que te hagas una mujer fácil. Sino una mujer deseada, anhelada, inalcanzable. Los ojos de Alice parecían buscar algo. Trataba de comprender. ¿Tú has tenido muchos novios?, me preguntó. No, dije, la verdad no he tenido muchos novios. ¿Entonces cómo sabes tanto de hombres?, dijo. Yo nunca le conté algo que pudiera dar a entender que yo sé mucho de hombres. Lo notó en las llamadas al móvil, en las citas, en la manera de arreglarme. Porque salgo con hombres, dije, pero no los hago mis novios. ¿Por qué no?, preguntó Alice. Porque no me interesan para eso, me interesan únicamente para pasarlo bien. Otra vez se asombró. Tuve que explicarle que pasarlo bien, sí, sí significa lo que tú crees, Alice, querida, no seas una monja, por Dios. Todo eso trastornó la mente de la pobre. Ella vivía en un mundo diferente. ¿Tú has tenido novio alguna vez?, le pregunté. ¡No, jamás!, dijo como si la ofendiera aquella pregunta. ¿Y por qué no?, dije. No sabía por qué no. Pues porque… Porque no estoy en edad aún. Maldición, dije, tus padres  te han hecho tanto daño. De verdad los ojos de Alice buscaban algo. De alguna manera ella sabía que yo tenía razón. No es que la tuviera. Podía estar más equivocada que los padres de Alice. No que Alice, porque Alice no tenía criterio. Todo lo que ella pensaba, decía y actuaba era la manipulación de sus padres. Pero una cosa era segura: Alice comenzaba a dudar. Comenzaba a preguntarse si todo el rollo de la virginidad, de los modales y de los principios, es algo bueno. Tampoco estaba segura de que yo fuera precisamente algo bueno. Así pensaba la pequeña Alice. Todas las cosas tenían que ser, para ella, buenas o malas. Maniqueamente. 

Para ser sincera, yo nunca consideré a Alice una amiga. Por mi parte también tenía pocos amigos. Pero miles de conocidos y muchos pretendientes. De todo tipo de pretendientes. Idiotas, seudo-enamorados, apasionados, atrevidos, ingenuos, tímidos, locos, agresivos, convenientes y convincentes. Alice, sin embargo, me tomó cariño; admiración y respeto. Se lo pasaba diciendo que yo era su mejor amiga. Me lo decía a mí. A nadie más. No había nadie más. Y me agradecía. Comenzó a vestirse diferente. No lo noté hasta que lo dijo. Me mostró sus nuevos zapatos y su nuevo peinado. Alice solía vestirse como una muñeca. Con vestidos y zapatos de muñeca. Cambió todo eso por ropa que le hacía ver más juvenil y más atractiva. El cambio fue gradual, no de un día para otro. Tenía dieciocho años y lucía como una chica de dieciocho años. O sea que el cambio le sentó bien. Entraba a mi casa y corría hasta mi habitación o donde sea que yo estuviera y me saludaba de beso y abrazo, cosa que me inquietaba. Pensaba: la pobre confunde las cosas, se cree que alguna vez tuve la intención de ayudarla. La verdad Alice y su vida me tenían sin cuidado. Yo sólo dije lo que pensaba. Dije: Alice, eres anticuada. Alice, nadie te quiere por cerrada. Alice, eres una ñoña. Y no se ofendió. Pensó y actuó. Así que podemos decir que era inteligente. No todos estuvieron de acuerdo con el cambio. Mis padres dicen que me estoy descarrilando, me dijo Alice. Maldición, dije, ¿y qué hay de malo con salirse del carril, si el carril por el que vas no te gusta o es tan patético como el carril en que te tenían ellos atada? Pues no sé, dijo, eso dicen ellos. No hagas caso, querida, los padres y los hijos no vinieron a este mundo para estar de acuerdo. Tienes razón dijo Alice sacando una caja de Marlboro. Tomó un cigarrillo y lo encendió. Allí, en mi habitación. Vaya, dije, ahora fumas. No lo dije sorprendida y eso sorprendió a Alice. Pensó que la regañaría por aquello, que diría te estás pasando de la raya o algo. Le dije: dame uno, nena. Ella no sabía de mi adicción al cigarro porque a decir verdad no sé si se pueda considerar una adicción. Fumo tan poco que mucha gente no sabe que lo hago. Y ese era el caso de Alice. Me extendió la cajetilla y saqué un cigarrillo. Cogí del cajón un encendedor y encendí ambos cigarrillos. Alice dio la primera bocanada y lo supe: ¿hace cuanto fumas?, pregunté. No hace mucho, dijo. ¿Y de dónde te vino el vicio? Me contó se ganó algunas amigas en el colegio. ¡Y amigos!, dijo emocionada. Y ya estaba enamorada de uno. Bueno, dije, primero tienes que aprender a fumar. ¡Cómo!, dijo. No fumaba. Echaba el humo sin fumar. Le expliqué. Le dije mírame. Lo intentó y pasó lo inevitable: se ahogó. ¿Y qué hay con el chico?, pregunté. Es el hombre perfecto, dijo. ¿Qué edad tiene?, pregunté. Contestó diecinueve. No sé, dije, estoy segura que no es perfecto y dudo que llegue a “hombre”. Alice estaba enamorada de cualquier modo y no le afectó mi comentario. ¿Y cómo va la cosa?, pregunté. No sé cómo acercarme a él, dijo. Ese es el problema, dije, tú no tienes que acercarte a él, es él quien debe acercarte a ti. ¿Y cómo logro eso?, dijo. Es algo complicado al principio pero muy sencillo cuando lo entiendes. Todo hombre tiene su modo. Pero antes que nada debes preguntarte si realmente lo quieres tras de ti. Y si realmente te conviene algo con él y… Me interrumpió: no lo amo porque me convenga, lo amo porque… La interrumpí: no lo amas, no te engañes. Lo amo, dijo. No, nena, dije, no puedes amarlo si acabas de conocerlo. El amor no existe, y menos a primera vista, lo que tú tienes, querida, es un deseo ardiente de follar. Se escandalizo. No pasa nada, dije, el sexo es bueno para tu organismo. Aquella tarde no habló más y se fue. 

Entre Alice y yo se formó una especie de amistad condicionada. O lo que sea. Es decir, ella no era mi amiga, era una chica que me pregunta cosas y le respondo y eso es todo. Pero yo, para ella, era un confesionario, una guía, una madre y la mejor amiga. El tiempo pasaba y Alice se transformaba gradualmente. De ser una monja llegó a ser una guarra. Yo era guarra pero me daba a desear. Y lo era sólo con hombres que valían la pena: adinerados, guapos y mayores. Alice llegó un mes después y me dijo lo he hecho con Arthur. Así se llamaba su enamorado. ¿Y bien?, dije. ¡Se ha olvidado de mí! No pude evitar una risa irónica. Alice se echó a llorar. La abracé. No llores, nena, así es la vida y eso te iba a pasar tarde a temprano. ¿A todas pasa?, preguntó sollozando en mi hombro. No, dije, no a todas, pero a ti te iba a pasar tarde o temprano… Recomenzó el llanto. Ya deja eso dije, llorar no sirve de nada, dime, ¿al menos lo disfrutaste? Asintió con la cabeza, un poco, sí, dijo, pero no estoy segura. Claro, dije, yo sabía que ese Arthur no podía con una mujer. Ya vendrán otros hombres y otros polvos, y sabrás con quién sí y con quién jamás. Le sobaba la espalda mientras le decía aquello. Pero no me entendió. Yo le dije ya vendrán otros hombres y se pensó que quise decir ya vendrán TODOS los hombres. Si algo tiene bueno Alice es su capacidad de superar las cosas. La podías ver derrotada hoy, la podías ver siendo la mujer más ingenua hoy,  y al otro día se le había pasado el mal rollo y actuaba. Era rápida. De inmediato superó el caso de Arthur y se dio vuelo a lo lindo. Comenzó a acostarse con todo hombre que se le atravesara. Naturalmente esto tuvo consecuencias. Primero sus padres. No la bajaban de puta y de hija de Satanás. Y lo peor del asunto es que la muy cabrona siempre mencionaba mi nombre en sus discusiones familiares. Así que yo quedé como la Satanás y Alice como mi hija. El Sr. Pinciotti se enteró que yo mal-influenciaba a Alice y la había convertido en una zorra. A esas alturas mi padre sabía perfectamente qué clase de hija tenía y ya no le molestaba tanto. Habíamos pasado por la etapa: es tu vida, tú sabes lo que haces. Pero en este caso añadió: sólo no jodas la vida de las demás. Maldición, yo no estoy jodiendo nada, la que JODE es Alice. Con todo mundo. No es mi culpa yo no soy su madre ni… Ya, dijo mi padre, olvida el asunto. Ni a él importaba realmente. Otra consecuencia fue el vacio. Alice no encontraba al amor de su vida. No era una zorra interesada como yo, ni una zorra desinteresada como las demás zorras. Era una zorra en busca de amor. Se pensaba que follando iba a retener a los hombres. Se pensaba que pasando de uno a otro encontraría al príncipe azul. Era una búsqueda malsana del amor. Una búsqueda sin sentido. Era como un ratón que coge el queso electrificado una y otra vez. Alice entraba a mi habitación y encendía un cigarrillo. Se sentaba en el borde de la ventana y me contaba su última correría con un hombre. Ya no era, definitivamente, una monja. Ahora se vestía provocativa y realmente lucía como una mujer de mundo. Fumando y hablando de hombres. De sexo que la ha dejado insatisfecha. Ahora yo le pedía apagara su maldito cigarrillo. Una cosa es fumar d vez en cuando, le dije, y otra no fumar de vez en cuando. Ahora pareces mi madre, dijo. Maldición, pensé, he creado un monstruo. 

2

 Alice cumplió veinte años y se mudó a un apartamento. Venía a visitarme con menor frecuencia pero lo hacía. Se había peleado con sus padres. Llegaron a un acuerdo. Le rentaron un apartamento con tal de no tenerla cerca. A cambio Alice debía evitar a toda costa escandalizar a sus padres. Debía entregar buenas notas del colegio y hacer una vida decente. Era un trato muy extraño pero lo cierto es que era  mejor. Eso de tener a Alice lejos. Sus padres eran amantes de la buena imagen. Y no querían que una hija, en casa, manchara esa buena imagen con guarradas y libertinajes. Con formas de vestir tan atrevidas. Preferían decir nuestra hija estudia lejos y vive cerca del colegio, que aceptar la realidad. 

¿Qué es ser una mujer libre?, pregunté a Alice. Insistía en eso. Se rodeó de mujeres, amigas, y le habían metido aquello en la cabeza. Así como un día yo influí en su vida, ahora era influenciada por un grupo de “mujeres libres”. Ser libre, ya sabes, decía Alice, no estar atada a nada y hacer lo que te plazca cuando te plazca. ¿Y a qué estás atada tú? A anda dijo, ahora ya soy libre. Pero no eres muy inteligente, dije. ¿Por qué lo dices?, preguntó Alice echándose sobre mi cama. Había tomado una confianza increíble. Antes apenas hablaba, a penas se movía. Ahora camina por la habitación dueña de sí e incluso se echaba sobre mi cama como si tal cosa. Porque si lo fueras cumplirías con el acuerdo de tus padres y sabrías equilibrar  placeres y  obligaciones, dije. Eso es el problema, Vero, que si cumplo mis obligaciones, no soy libre. No, dije, al revés, si no las cumples, te encadenas. Si las cumples te liberas de ellas. Trataba de hacerle ver a manera de niña pequeña. No cumplía con el colegio ni con nada. Se dedicaba a buscar príncipes azules, en penes. Era como besar al sapo. Quizá uno se transforme en el amor deseado. Le dije: es tan fácil confundir la libertad con tantas cosas, que muchas veces las personas que gritan a los cuatro vientos ser libres, son  las más atadas. Aquí Alice frunció el entrecejo. Continué: Es tan fácil confundir la libertad que nos sumergimos en prisiones de cristal, creyéndonos libres. El problema con la libertad, es que no existe. No puramente. Alice fumaba y escuchaba, pensativa, como siempre había escuchado mis palabras. Seguí: El animal es esclavo de sus instintos, y el hombre, animal racional, de su razón. De su lógica. De su complejidad. Ser libre, Alice, no es hacer el amor con todo mundo, ni es desobligarte. La mujer “de hoy”, “libre”, es un ser asustado, como un perro que ha vivido atado, desatado de pronto. Los conceptos se mezclan como gases nebulosos: feminidad, poder, control, libertad, libertinaje. Y este último, el libertinaje, es el más engañoso. Nos vende un ideal que pagamos caro: con el alma. Los conceptos son una línea circular, donde los extremos se tocan, y el extremo esclavitud y el extremo libertinaje, se funden. La verdadera libertad consiste en elegir nuestras ataduras. 

Alice escuchaba atenta, echada sobre la cama, mirando al techo. No dijo nada. Quizá porque no tenía nada qué decir, o porque no le daba la gana decirlo. En ese momento ella era libre de opinar, pero no lo hizo. En ese momento, Alice, rozó la libertad. Porque nadie, jamás, la tocado de lleno. La libertad es elegir los conceptos existentes. No se puede ir en contra de algo, y ser libre. 

3

Alice se marchó y dejó de visitarme. Una llamada o dos al móvil es todo lo que nos unía. Ya no me contaba todo de su vida. Quizá no le gustó lo que dije aquella última vez. 


viernes, 1 de octubre de 2010

Es mi mujer, es mi relación.

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Tengo veintitantos años y aún no sé qué es la vida, dije a Carolina desde el sofá. Carolina freía pescado en una pequeña estufa que trajo cuando se mudó conmigo. Freía pescado porque tenía la condenada idea de que el pescado es rico en fósforo, y el fósforo, es bueno para el cerebro. Así que hizo un plan culinario. Una dieta. Dieta que yo debía seguir al pie de la letra, como todas las disposiciones de esta mujer. Incluía pescado, frutas, verduras, cereales y cosas. Nadie sabe qué es la vida, contestó desde la estufa. Ese es el problema, dije, que nadie sabe nada y a nadie importa nada. Freír pescado es una de las cosas más  escandalosas que he visto hacer a Carolina. El aceite brincaba y el estropicio de esto me tenía hasta el copete. Y el ruido del cuchillo al chocar contra la tabla a cada cortada de pepino, lechuga y jitomate. El problema dijo Carolina, es que piensas demasiado. Qué importa qué es la vida. Dios, cómo no va a importar, dije levantándome del sofá. Fui hasta el estéreo e hice tocar algo del bueno de Bach. Carolina dijo algo. No escuché. Subí a Bach hasta los cuarenta decibeles. Carolina tuvo que ir hasta donde yo y gritar: ¡quieres bajar el maldito volumen! Ya, dije, no quiero. Bien, dijo ella alcanzando la perilla del reproductor y bajando el volumen por sí misma. Cuando regresó al asunto pescado frito yo hice mi parte: subí el volumen nuevamente y la Toccata & Fugue in D minor de Bach sonó en todo su esplendor.  Entonces Carolina volvió. Jaló el cable que conecta el aparato a la corriente eléctrica. Cabrón, dijo, la vida es RESPETAR. Ya, dije, pues RESPÉTAME, mierda. Me agaché a conectar el cable pero ella se adelantó. Lo conecté y cuando iba a prender el aparato ella ya lo había hecho y había apretado el botón de expulsar. Sacó el disco de Bach y lo quebró. Lo hizo añicos. ¡A la mierda Bach y tú!, gritó. ¡Puta!, grité yo, ¡te has pasado! ¡Puta tu madre!, dijo encarándome. Retadoramente. Sentí terribles deseos de pegarle y se lo dije. Pues hazlo, dijo, si tantos huevos tienes, cabrón. Estaba roja como un rubí. Juro por mi alma, alma atormentada, que mi brazo derecho saltó como un resorte por sí mismo. Contra toda mi voluntad. Lo juro. Le pegué tremendo revés. El dorso de la mano me ardía. Se llevó las manos al rostro, doblada por la cintura y lloró. De repente se fue contra mí. Saltó como un maldito gato montés. Caí al suelo con ella encima. Me pegaba al pecho y me arañaba y me mordía. La muy puta me mordía y lo hacía tan duro que pensé me iba a desmayar. Me mordía los hombros y el cuello. Como un maldito perro. Maldita bruja, refunfuñaba yo. Forcejeamos varios minutos. De algún modo logré voltearme. Ponerla bajo de mí. La tenía debajo, aprisionada. El cabello de Carolina le cubría la cara. Nos tomamos unos segundos para descansar. La tenía clavada al suelo. Con las manos le apretaba las muñecas y con las piernas los muslos porque sabía que podía ponerse a dar  patadas. Ambos sudábamos como sauna y nuestra respiración estaba muy alterada. Soplé para retirar el cabello de su rostro. No me atrevía a exponerme haciéndolo con la mano. Cuando sus ojos aparecieron no encontré en ellos odio ni rencor. Enserio. Era la mirada más tierna que haya visto jamás. Suplicante. Un hermoso par de ojos-joya. El tiempo se detuvo un instante. Solté la mano de Carolina. Una sola. Despacio. La llevó hasta mi polla. Y lo noté: estaba enhiesta. 

 Aquella mañana hicimos el amor. Cuando terminamos Carolina fue a por el pescado. No había pescado. Apenas dos trozos de carbón. Ya, dije, no importa. Ella comenzó a llorar. No sé porqué lo hacía, le dio por llorar en momentos que desde mi punto de vista, no lo ameritaban. Me abrazó. Ya, nena, no importa, repetí. Nos mudamos de ropa y fuimos a buscar un desayuno  a la calle. Conozco un lugar en Calzada del hueso, dijo, donde sirven ensalada y comida para vegetariano. Ya, dije, pues no somos vegetarianos, así que da igual lo que sirvan, no iremos. Vamos por un taco de carne de cerdo, añadí. Tomó un papel de la mesa junto a la estufa y leyó. No, dijo, no está en la lista. ¿Qué no está en la lista y de dónde salió esa lista?, pregunté. La carne de cerdo, dijo, no está en la lista. Una amiga del trabajo le pasó aquella lista. Era la dieta. No tenemos que seguir eso, dije, debemos seguir los caprichos del estómago y el corazón, y el mío clama por carne de cerdo bien grasosa y  con una buena sala. No, iremos a por ensalada, dijo, eso está aquí. Y señaló con el dedo  algo escrito en la lista. No miré. No quería discutir nuevamente. Ya, dije, pues vamos.   

2

 Aquello se volvió rutina. Discutíamos y nos contentábamos. Y en el inter de eso hacíamos el amor. Era una manera de mejorar el sexo. Enserio. Un tío cabreado folla de a diez. Y una mujer también. Carolina y yo estábamos de acuerdo. No lo dijimos. Jamás hablamos de eso directamente. Sabíamos que luego de una buena pelea venía un buen polvo. A veces pensaba Carolina es la mujer de mi vida. Y  a veces: bruja de mierda, una más y la largo. Era un círculo vicioso. Enfermizo, dijo Verónica Pinciotti cuando se enteró. ¿Cómo se enteró? Era evidente. Si yo salía con Verónica a comer o beber o algo, Carolina llamaba al móvil y decía te quiero aquí de inmediato. No importa dónde estuviera, me quería allí de inmediato. Entonces yo gritaba algunas cosas por teléfono y me largaba a magrear con mi novia. No puedes seguir así, decía Verónica. Yo me quedaba pensando y echando humo de un cigarrillo como una condenada chimenea. Debes dejarla, decía, te hace daño, decía, no es sano, decía, esa mujer no te conviene, decía. Y decía muchas cosas más. Todas negativas. Tenía ganas de decirle no es verdad. Pero cómo iba a decir aquello con tanto grito y tanta pelea y con las marcas de las mordidas de Carolina en el cuello. Tenía todos los incisivos de Carolina marcados en los hombros y el cuello. Es espantoso, dijo Verónica. No lo puedo creer, es una bestia. No lo entenderás si te lo cuento, dije. Y no lo entendió. Le dije: verás, tía, sé perfecto que desde fuera no luce bien el asunto pero créeme, lo pasamos de maravilla. A nuestro modo. Carolina es el amor de mi vida. Eso no es amor, contestó, es una locura. Ya, dije, pues es la locura de mi vida. La amo. Que no, insistía Verónica. Enserio, dije. Ella no entendía nada. Verónica odiaba a Carolina. Para ella sólo era una mujer odiosa y enferma, mandona, cabrona y látigo. 

 Verónica Pinciotti es una mujer directa. Se lo dijo a Carolina en la cara. Llamé a Verónica un día cualquiera y le dije, tía, invítame un trago, ando seco y roto. Siempre andas roto, contestó desde su móvil. Anda, tía, luego te pago. Es la última vez que te invito algo, dijo pero yo sabía que no era verdad. Siempre era la última vez y jamás llegó la última. Anda, linda, sólo un trago o dos, dije. Nos citamos en el centro de Tlalpan y entramos a la cantina La Jalisciense. Me pedí un whisky en las rocas y ella hizo lo mismo. Llegaron los whisky y no habíamos dado el primer trago cuando sonó el móvil. Maldita sea, dijo Verónica, si es ella te dejo con la cuenta. Era ella. Yo andaba sin blanca así que no podía quedarme allí con la cuenta. Ya, contesté… amor, ¿cómo estás?... En una cantina, nena… Con Verónica… ¿Justo ahora?... ¿No puedes esperar un par de horas?, acaban de servirme y… Verás, no puedo ir justo ahora, quizá en un par de horas… Ya, entiendo… No te enfades, amor… Sólo bebo un trago y voy para allá… Ajá… Ya… ¡Dios!... ¿Sabes qué?, no iré… Enserio. No puedo ir volando, estoy bebiendo un trago y… No te pongas así… Ya, si eso es lo que quieres, no me opongo, pero aclaro que no es mi decisión sino la tuya… ¿Segura?... Al final me amenazó con darme la lección de mi vida. Con abandonarme y me vas a extrañar más que a la puta de tu madre, y no volverás a verme, te arrepentirás y cosas. Cuando colgué Verónica había terminado la bebida. Vacié mi whisky al hilo y nos pedimos otra ronda. Es una arpía, dijo Verónica, déjala, si se larga, mejor. Yo estaba muy nervioso. Me sudaban las manos a mares y la mirada no lograba posarla sobre nada concreto. Me vacilaban los ojos. Y sobre todo no podía posar la mirada sobre la mirada de Verónica. Mírame a los ojos, cabrón, dijo ella, y dime: ¿en verdad te hace feliz estar con ese monstruo? Tardé en contestar. Titubeando dije: No sé, pero amo a esa mujer. Di un trago a la bebida. Un largo trago y se acabó. Pendejo, dijo Verónica, eso es lo que eres, un reverendo pendejo. Ya, dije, pues eso lo soy con ella o sin ella así que es igual. Es mejor ser un pendejo con Carolina que sin… Me interrumpió: la próxima vez que vea a esa mujer le diré unas cuantas cosas, dijo enfurecida. Ya, contesté, no es para tanto, calma. ¡Qué no es para tanto!, dijo, ¿no es para tanto?, ¡te tiene peor que la justicia a un hombre en libertad condicional¡ Reí. No lo puedo creer de ti, dijo dando un trago. ¡De ti!, remató. Yo tenía fama de cabrón con las mujeres. Nunca me ligaba sentimentalmente con ellas. Las dejaba venir y las dejaba ir como si tal cosa. Y ninguna me ordenaba qué hacer. Yo era de los que hacen lo que quieren y no piden permiso ni perdón. De ti, insistía vero, el Hijoputa mayor. Solía llamarme así. Le gustaba. Y ahora ese Hijoputa mayor se comportaba como un bebé frente a Carolina. Mándala al cuerno, dijo, por amor a Dios, ¡o lo haré yo! Reí otra vez mientras me pedía otra ronda de whisky en las rocas. De verdad, dijo. Ya, dije, déjame en paz. Eso quisiera, dijo, dejarte en PAZ. Ya, dije, mejor cuéntame cómo va todo con Scott. Verónica planeaba casarse con un verdadero (ese si era un verdadero) imbécil. ¿Por qué? Porque nadaba en plata el cabronazo. Era lista Verónica. Todo va bien, dijo lacónicamente. Estaba enojada. Por algo que no le incumbía en absoluto. Claro que me incumbe, dijo, eres mi amigo y no voy a permitir que te lastimen de esa manera. Se referí a los moretones. Ya, dije, ocúpate de lo tuyo. Ocúpate de exprimir la pasta de tu prometido y déjame a mí en paz. 

 En eso estábamos cuando llegó Carolina. Le había dicho dónde estaba y fue hasta allá por mí. Dios, dije cundo la vi entrar. ¿Qué pasa?, preguntó Verónica. No me dio tiempo de contestar. Carolina se sentó a la mesa. Estaba roja y cabreada como una fiera. Verónica me miró amenazadoramente, como diciendo: o lo haces tú o lo hago yo. Eso de mandar a Carolina a la mierda. ¿Amor, qué haces aquí?, dije a Carolina. Sólo vine a decirte una cosa, dijo. Ya, dije, antes pídete un whisky. No dijo, sólo vengo a decirte una cosa. Ya, dije, ¿qué cosa? QUE TE PUEDES IR A LA MIERDA, dijo, SE ACABÓ. Ya, amor, dije, no es para tanto, podemos irnos a casa en este momento y listo. Aunque sabía de sobra que no me dejaría, no podía evitar que la terrible angustia me invadiera. El pavor a olvidarme de Carolina. Verónica enmudeció. Nena, por favor, dije, no es para tanto, perdóname, yo te quiero, ¿quieres que nos vayamos ahora mismo, juntos, a casa? Verónica me pisó el pie por debajo de la mesa. No, dijo Carolina, puedes quedarte, la que se va soy yo. Lo dijo y se levantó de la silla. Dios, dije, no, Carolina, espera. La miré salir del local. ¡Carolina!, grité, ¡vuelve aquí puta del báratro! La gente me miraba como se mira a un verdadero tío en problemas. Me levanté y fui tras Carolina. Verónica gritó ¡a dónde vas cabrón, no me puedes dejar así! La gente se escandalizó. Se pensaban que yo estaba liado con dos mujerazas. Alcancé a Carolina en el kiosco. La cogí del brazo y le dije espera, amor, te amo, no me dejes. Carolina se detuvo y dijo si me quisieras me harías caso y no me dejarías sola en casa. Lo dijo en papel de víctima. No es eso, dije, es sólo que… Verónica llegó a donde nosotros. ¡ya déjalo en paz, puta!, le dijo a Carolina. Carolina se impactó y luego de un segundo, que tomó para reaccionar, dijo: ¡a ti qué te importa, zorra! Verónica no podía alegar nada. No estaba inmiscuida directamente y era una zorra. Es mi amigo, contestó, claro que me importa, no voy a permitir que lo trates de ese modo. Me marcho, dijo Carolina indignada, quédate con la puta de tu amiga. No, amor, grité mientras Carolina se alejaba, yo quiero estar contigo. Iba a ir a por ella pero Verónica me detuvo. Me tomó del brazo igual que yo antes había hecho con Carolina. Las uñas de los dedos de Verónica las tenía clavadas. Deja que se vaya, me dijo, no es la gran cosa. Dios, dije, Vero, me has metido en un problema. Un gran problema. Si esa mujer me deja te juro que me… Cállate, dijo Verónica, no es la gran cosa. Miré a Carolina coger un taxi. La miré subir al automóvil y arrancar. Me resigné. Cabrona Vero, dije, estoy en un condenado problema. 

 Regresamos a La Jalisciense. Todos me miraban como a un campeón que regresa del coliseo. Nos sentamos en la mesa donde estuvimos antes. Yo sudaba desesperadamente. Si me deja, te mato, le dije a Verónica. No importa, dijo, iré al cielo contenta de haberte librado de una demoneza. Pero si Carolina es un ángel, dije, ¡al cielo tú!, bruja. Carolina no es mala, agregué, sólo está un poco loca. Verónica no paró de enlistar los defectos de Carolina: posesiva, dominante, loca, celosa, enferma mental, manipuladora, cabrona, loca… Ya dijiste loca, dije. Y siguió: posesiva… Ya dijiste eso también, dije. ¡Y no te basta!, dijo. Ya, dije, verás, sé que no lo puedes entender, que la imagen que tienes de ella es la imagen que efectivamente da al mundo, pero, Vero, te juro, Carolina es la mujer más tierna, bella y admirable que conozco. No, dijo, la más admirable que conoces, y más bella, soy yo. Lo de tierna quizá, añadió. Reí. Pero el caso es, dijo Verónica, que definitivamente estás pendejo. ¡Qué te ha hecho esa mujer, maldita sea!

 Un hombre se acercó a nosotros. Quería felicitarme por dejar a la bruja y quedarme con Verónica, que era, a su parecer, una mujer mil veces más hermosa. Estaba borracho. Verónica no contestó. Ni siquiera lo miró. Ya, dije, muchas gracias, será mejor vuelva a su sitio, quisiera platicar con ella a solas. Eres muy afortunado, dijo, si dos mujeres pelearan por mí… Ya, dije, gracias, ahora vuelva a su sitio por favor. Ella es una hermosura, dijo refiriéndose a Verónica. Sí, dije, ya, muchas gracias señor, me reconforta. El cabronazo venía solo. Estuvo bebiendo en la barra, solo, todo el tiempo, y mirando el asunto. Se había levantado de allí bebida en mano y ahora pensaba instalarse con nosotros. ¿Me permiten sentarme con ustedes?, dijo mientras se sentaba. Ya, dije, se ha sentado de todos modos. Si molesto puedo irme, dijo con una sonrisa sucia. Pues bien, dije, dando a entender que sí lo hacía. Pero no se movió. Señorita, dijo a Verónica, es usted despampanante. Verónica lo ignoraba. Con su aire de femme fatale se levantó y fue a por el encargado. Regresó con él. En el lapso el hombre me dijo: es usted muy afortunado, joven. El encargado dijo: Raúl, deja de molestar a la clientela, y lo tomó en brazos. Era un hombre bastante viejo y débil. Raúl alegaba no haber hecho nada malo. Sólo quería conversar con los muchachos, dijo, pero el encargado lo sacó a empujones. Lo echaron del lugar. 

3

Regresé a casa y allí estaba Carolina, recogiendo cosas y quitando polvo. Pensé no te volvería a ver, dije. No contestó. Seguía molesta. Ya, nena, dije, no ha pasado nada, te amo a pesar de todo. Aquí explotó. ¿Me amas a pesar de todo? A los ojos de carolina yo era el que estaba loco. El que estaba mal. ME AMAS A PESAR DE TODO, dijo irónicamente. YO, te amo a TI pesar de todo, dijo, aunque seas un borracho y un patán y un pito fácil. Vamos, dije, jamás he sido patán contigo, no sabes qué patán puedo ser, no tienes ni idea. ¿Me estás amenazando?, preguntó. Ya, dije, no, no te estoy amenazando. Más te vale, hijoputa. Carolina era mal hablada como un marinero. Carolina, dije, no podemos seguir así. Se cabreó. Vaya dijo, esa puta te ha lavado el cerebro. Después de TODO lo que he hecho por ti, dijo. Ya, dije, ¿y qué se supone que has hecho por mí?, joderme, joderme, joderme. Enloqueció. Malagradecido de mierda, dijo, he tratado hacer de ti un HOMBRE, pero eres más necio que una cabra. Ya, dije, pues déjame cabra, me gusta ser una puta cabra, cabra, cabra, soy una cabra necia, ¿no? Yo dije todo eso girando sobre mi propio eje y dando manotazos al aire. Debía lucir gracioso. Cuando acabé de hacer el indio miré a Carolina a los ojos. Estaba riendo. Es increíble, pensé. Es increíble cómo funciona esto. Tenía aquellos ojos dulces que tanto amé. No entiendo nada, pensé. Carolina se fue a sobre mí. Le dimos duro toda la noche. Los mejores polvos de mi vida los viví con Carolina, Dios. 

4

Venga, Petrozza, dijo Garrison, esa Carolina no me convence. Ya, dije, ¿tú también? Piénsalo, dijo, lo suyo es el chantaje: te ayudo a ser el escritor que tanto deseas y a cambio eres mi esclavo. Te trae como un idiota o algo. Estábamos en casa de Garrison. Bebiendo. Como cada sábado. Y también estaba Verónica. Ya se lo dije, dijo ella, pero no entiende. A Carolina no le caían mis amigos. Nunca salía con ellos ni me acompañaba a verlos ni nada. Carolina cambió mucho. Cuando se enamoró de mí hablaba de libertad y de vivir la vida. Ahora sufríamos la vida. No entienden, dije, en el fondo es una buena mujer. A ver, dijo Garrison, dame tres motivos por los que es buena esa mujer. SOLO TRES. Si lo haces prometo dejarte en paz. Ya, dije, pues sencillo: Carolina es buena porque me impulsa a ser mejor persona… Verónica rió a carcajadas. ¿Y cómo te ayuda a ser mejor persona?, dijo. Me hace dietas, dije, me levanta temprano y me obliga a hacer aeróbicos, se ocupa de mis textos y me prohíbe holgazanear más de la cuenta. Todo eso que yo odiaba de Carolina ahora lo usaba como argumento. Antes de ella, por ejemplo, dije, ninguna revista había cogido un texto mío, en cambio ahora la cosa es diferente. Todo es lo puedes hacer por ti mismo, dijo Garrison. No, dije, no puedo, enserio, me falta voluntad. Carolina es la fuerza de voluntad que yo no tengo, encarnada en una belleza de mujer… Maldición, dijo Verónica, no es tan bella, vela bien. Juro que Carolina era bella realmente. No sé porqué dijo aquello Verónica. Como sea, dijo Garrison, no es suficiente, dime dos razones más. Tuve que pensar. ¿Lo ves?, dijo Verónica, no hay razón para amar a esa puta. Ya, dije, eso, Carolina no es una puta como todas, puede ser lo que ustedes quieran pero no es una puta. Verónica miró a Garrison. Actuaban como jueces de mi vida. No sé, dijo Garrison, eso no es un argumento, ninguna mujer que sea tu novia debe serlo, en teoría, y eso es básico. No por eso es una buena mujer o te conviene, más te valdría una puta que te tratara con un poco más de respeto. Te equivocas, dije, no todas las mujeres son fieles, todas son unas putas, enserio. No he tenido jamás una sola mujer que no lo sea desde un principio o acabe siéndolo, excepto Carolina. TODAS, afirmé. Eso te pasa porque las sacas de bares o de la calle, o ve tú a saber de dónde, dijo Verónica, si te centras en buscar una mujer decente la encontrarás. Ya, dije pero yo no quiero buscar ninguna mujer, estoy perfecto con Carolina.  Para mí que te embrujó, dijo Garrison, no es posible todo lo que dices tú, el cabronazo, dando a torcer el brazo. Lo mismo pienso dijo Verónica. ¡Qué va, dije, no me embrujó, es sólo que la amo! Eso no es amor, dijo Garrison, eso está de la chingada. Verónica movió las manos como diciendo: claro, se lo he dicho. No existen ni tres motivos, Petrozza, por los que debas seguir con ella. Ya, dije, ¿quieres motivos?, tengo cientos de motivos. Dame tres, dijo Garrison. Dije: bien, número uno: me impulsa. Ajá, dijeron Garrison y Verónica al unísono. Número dos, dije: no es puta. Eso no vale, interrumpió Verónica. Ya, dijo Garrison, déjalo que lo cuente, a ver, te escuchamos, ¿qué más? Dije: Me impulsa y no es guarra. Sí, dijo Verónica, QUÉ MÁS. Comencé de nuevo: me impulsa… no es una puta… Verónica y Garrison reían ligeramente entre ellos. Y ESO ME BASTA, dije, AL DIABLO CON USTEDES. Estás jodido, dijo Garrison. Sonó el móvil. Lo saqué nerviosamente del bolsillo. Era ella. JODIDO, dijo Garrison.  Si te vas te dejaremos de hablar, dijo Verónica antes que yo contestara el teléfono. Lo dejé sonar un tiempo. Me parece bien, dijo Garrison, si tanto la amas lárgate y no vuelvas, ve a vivir tu vida con ella, encerrado en esa prisión de “amor”. El móvil dejó de sonar. Dios, pensé, eso no le va a gustar nada a Carolina. Que no contestara a la primera llamada. Garrison encendió un cigarrillo. El móvil sonó de nuevo. Verónica me miró a los ojos. Si coges la llamada, dijo, no te vuelvo a invitar un solo trago. Ya, dije, Vero, no seas así. Querían forzarme a terminar mi relación. Se creían que era por mi bien. No lo hacían de mala fe. No los culpo, desde fuera se miraba como el infierno. Lo que ellos ignoraban es que Carolina follaba como nadie. Que detrás de tanto regaño estaba la gloria. El glorioso coño de Carolina, sediento de acabarme a cada polvo. De exprimirme hasta el tuétano. Y esa cosa maravillosa que hacía Carolina con la vagina. Como apretones. Succiones. Como apretando, succionando y devorando. Era la puta gloria y yo era ADICTO a eso. A los masajes vaginales. No sé cómo lo hacía. Y a sus hermosos pezones como chupones. Y al delicioso clítoris. A sus carnosas nalgas, blanquísimas y proclives a enrojecer a la primer nalgada. ¿Cómo iba yo a dejar todo eso? Los problemas no eran nada comparados con el sexo de Carolina. 

 Ya, dije al teléfono. No me dio tiempo de contestar, amor… En casa de Garrison… Sólo él y yo… Verónica puso los ojos en blanco al escuchar eso.  Te lo juro… Platicando… Bebiendo, sí… Solos, amor… Verónica me arrebató el móvil y se puso al teléfono: ¡que lo dejes en paz!... Le quité el móvil y me apresuré a decir: acaba de llegar… Enserio… ¿No me crees?... Verónica bufó y Garrison servía whisky en las rocas. ¿Justo ahora?... Ambos me miraron amenazadoramente. No tardo mucho, nena, déjame estar un rato… Ya sé, linda, porque no te das una vuelta por acá y te das cuenta que no hago nada malo, puedes quedarte a beber con nosotros y… Garrison se acercó a mí moviendo el índice exageradamente, negativamente. Aquí no entra esa mujer, dijo quedo. Garrison era bastante estricto respecto a quién entra a su casa y quién no. Jamás me dejaba invitara a nadie. No había muchos a quienes invitar pero yo de vez en vez me liaba con ebrios de bar o alguna mujer. Y les negaba el acceso. O sea que no me sorprendió y la verdad, yo también prefería que Carolina no llegara. Ya, amor, voy para allá enseguida… Colgué. Verónica se levantó y abrió la puerta de la casa. Adiós,  querido amigo, dijo invitándome a salir. Ve a tu cárcel. Ya, dije, no sean así, entiendan un poco. Adiós, dijo tajante. Salí y antes de irme grité: ES MI MUJER, ES MI RELACIÓN. Y me largué a follar con Carolina. Iba bastante alegre. Contento. Es mi mujer, es mi relación, pensé. 


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