martes, 28 de septiembre de 2010

El picaflor.

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  Aún recuerdo la vez que me enamoré de aquel caballo morado. Era una delicia. El caballito de plástico tenía pésimos acabados y pocos centímetros cúbicos pero me enamoré de él por su humildad. Parado en sus tres patas. Se paraba en tres patas porque la cuarta, la pata izquierda trasera no llegaba a tocar el suelo. Sus ojos asimétricos hipnotizaban. Lleno de rebabas tenía el dorso; asomaban justo de la línea que lo dividía en dos partes, porque en algún tiempo ese caballito fue dos partes. Hasta que un lacónico artesano lo unió en una sola pieza, y ahora, esos dos pedazos se han incrustado tanto en mi mente que me he de confesar enamorado. El caballo morado de aspecto lastimero lucía todavía peor junto al otro caballo que reposaba en la vitrina de mi cuarto. El caballo vecino era uno de importación alemana y fabricado con los más finos materiales y bajo la supervisión de verdaderos artistas del modelado. De este caballito me enamoré antes. Y mi amor pasó de uno a otro. El primer caballo no era morado, era del color exacto de un caballo real, con sus herraduras, su silla para montar, sus motas blancas y sus ojos vivos y muy reales. También se posaba en tres patas porque la cuarta, la izquierda delantera, la alzaba en un ademán de superioridad. No estaba cojo como mi segundo caballo.  

 Cuando el primer caballo, al que llamé “caballo café”, por su color, se percató de la presencia de su nuevo compañero - esto fue en la mañana del 6 de septiembre de 1988 - no se encabritó ni mostró el menor interés en su competencia. Al verlo así: morado, cojo, con rebabas; no pensó jamás que yo lo quisiera tanto. Pobrecillo Café, le rompí el corazón cuando le declaré mi nuevo estado de amor. ¡Quería matarme! Por ese motivo me deshice de él. Lo tomé y lo arrojé por la ventana. Ahora sólo me queda Morado. Y hoy he visto un caballito hermoso de color rojo, al que llamaré Rojo, y que ha robado mi corazón. Pobre de Morado.






jueves, 23 de septiembre de 2010

¿Qué es la literatura?

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Todo comenzó con la pregunta más complicada a la que me he enfrentado en la vida: ¿qué es la literatura? Había un sinfín de respuestas. Todo tipo de respuestas. Filosóficas, teóricas, académicas, metafísicas, simbólicas, surreales y cosas. Aquella pregunta yo la había perseguido gran parte de mi vida. Y aquella noche un grupo de gilipollas egocéntricos tenía la respuesta. Tajante. A la pregunta maldita. Dijeron muchas cosas pero todo se resumen en: la literatura es el arte que se sirve de la palabra para crear una obra, bella y estética. Y también dijeron otras cosas pero ya no recuerdo. No deseaba escucharlos. Enserio. Yo sabía que la literatura es otra cosa. Pero estaba ahí, en medio de todo ese bullicio, escuchando. Y también estaba Verónica Pinciotti. Yo había ido con ella, en su automóvil. Otro que estaba allí era Rey Hernández. Él llegó en el auto de Mr. Garrison, que estaba allí igual que yo y que todos. Pero vaya que Garrison hablaba. No paraba de hablar. Era el principal portavoz de la literatura y su millón de definiciones. Y los tíos parecían respetarlo. Era una especie de líder. No sé muy bien por qué. Supongo que tiene algo qué ver con sus tres licenciaturas en letras. El cabronazo ha estudiado todo tipo de letras: italianas modernas, hispánicas, inglesas, clásicas. Y todos esos títulos académicos le dotan de un poder supremo. Pero aún así yo sabía que todo estaba mal. La literatura no es nada de eso, pensaba. Pero Garrison los tenía convencidos. 

 Era una reunión literaria. O lo que eso signifique. Para Verónica Pinciotti era la oportunidad de conocer gente que escribe. Escritores. Rey Hernández era miembro de esa cosa y Mr. Garrison, era fundador o algo. Yo era un tío invitado a ese rollo y no me sentía bien con ellos. Todo iba por el lado del ego. Eran un montón de tíos alzados que leían textos escritos por ellos y luego, todos los demás, aplaudían. Pero nadie lo hacía de verdad. Los aplausos eran falsos y después de ellos, poco a poco y luego sin ningún orden, todos se iban sobre el autor del texto leído. Primero con un comentario crítico-objetivo. Luego ya no paraban hasta llegar a la burla, el sarcasmo, la ironía y el ataque abierto. Despectivo. Pero eran unos jodidos narcisistas y no importa cuánto los insultaras, siempre se reían de ti pensando que eras un pendejo de mierda. No importa si tenías razón o no. La razón es último importante para un narcisista. Así que yo era muy callado en esas reuniones. Descubrí que no tenía sentido nada de aquello. Me daba igual. Y así lo decía. Alguno leía un texto y cuando era mi turno, porque se hacían comentarios por turno, yo alzaba los hombros y decía, sí, está muy bien. Entonces las flechas se me venían encima. Ya, decía, yo, tienes razón, no es tan bueno. O decía: ya, es maravilloso. Pero no me importaba. Para mí todos los textos eran terribles. La mayoría de los escritores trataba de hacer algo grande. Jugar con el lenguaje o crear ficciones estéticas. Yo por mi parte, a la hora de escribir, hacía todo lo contrario. Y cuando leía algún texto mío ante ellos, me destrozaban diciendo ni siquiera tiene sentido lo que escribes. ¿Por qué no?, preguntaba. Lo decían porque mis relatos nunca tenían principio ni final, ni clímax, ni nada. Todos empezaban en un día cualquiera y terminaban cuando me daba la gana terminarlos. Me escribía relatos autobiográficos. Si me daba la gana contar de alguna mujer, lo hacía, o de alguna noche de farra, o del curro. Lo hacía. No pretendía hacer literatura. O lo que ellos se entendían por literatura. No es que yo tuviera un concepto propio del significado de la voz literatura. Entendía perfecto lo que los academicistas, teóricos y lingüistas quieren decir. Sencillamente no me interesaba. No tenía en la mira hacer un texto aplaudido por todos ellos.

 El caso es que allí estábamos los cuatro: Verónica, Rey, Garrison y yo. Verónica escuchaba atenta. Rey oía pero no ponía atención. No escuchaba. Le daba igual. Como a mí. Garrison se robaba la noche con comentarios inteligentísimos y cultos sobre el rollo de la estética en la literatura. Y yo bebía imparablemente whisky en las rocas. Deseaba emborracharme lo antes posible. Mientras tanto miraba las piernas de Verónica. Verónica era una tía buenaza que conocí en un bar de mala muerte. Eso no significa que fuese pobre. Todo lo contrario. Verónica me cayó del cielo. Era una mujer realmente bella que ama la literatura. En busca de experiencias. Me lié con ella por eso. Le dije, tía, yo soy escritor. Ella quedó prendada de aquello. Tenía el deseo ardiente de hacerse escritora. Así que le propuse frecuentarnos. Yo le podía presentar algunos escritores. Y le presenté a Mr. Garrison y a Rey Hernández. Rey es periodista de nota roja y escritor de relatos. Relatos bastante extraños. Verónica tiene los pies más hermosos que he visto jamás. Aunque todas las mujeres tienen los pies más hermosos que he visto jamás. Siempre me pasa. Miro a una tía y le digo aquello: tienes los pies más hermosos que he mirado jamás. Y no miento. Lo digo enserio. Cada que miro los pies de una mujer son realmente los más hermosos. Aquella noche se lo dije a Verónica. Llevaba unas sandalias estilo griego o algo y yo no podía dejar de mirar los condenados pies. Tengo una fijación. Estaba sentada en un sofá y a su lado estaba Rey y a lado de Rey, un tío filósofo. Yo estaba sentado en una silla. Así que cogí la silla y la planté lo más cerca que pude a Verónica. Cuando estuve instalado le dije al oído: Vero, tienes los pies más hermosos… No me hizo caso. Estaba al filo del asiento con la cátedra de Garrison. Rey encendió un cigarrillo y volteó hacia la derecha para echar el humo de la primera bocanada pero cambió de opinión. El humo atraparía la cabeza del tío filósofo que tenía allá, a la derecha. Así que volteó a la izquierda y echó el humo. Yo estaba fumando también y eché el huno contra el humo del cigarrillo de Rey. Toda Verónica quedó atrapada en una burbuja de humo. Si es que una burbuja, taxativamente hablando, puede ser de humo. Tosió, se abanicó con la mano y se levantó. Yo me levanté también y la seguí. Fue hasta la mesa donde estaba la bebida y se sirvió un vaso de tinto. Generalmente en esas reuniones se bebía tinto y se fumaba puros. Como si eso le facultara a uno para hablar de literatura. Me pegué junto a Verónica y le dije, tía, estoy sabroso, vamos al cuarto… Verónica se rió y dijo: ya vas a empezar, ¡cabrón! Y lo dijo con la risa más bella del mundo. La sonrisa más bella del mundo que comparte con todas las mujeres, del mismo modo que comparte los hermosos pies. Venga, Pinciotti, le dije mientras regresaba a su sitio en el sofá, ¿no puedes hacer un favor a un amigo?... Tomé la botella de escoses y me puse otro whisky en las rocas. Acostumbraba joder a Verónica proponiéndole sexo insistentemente. Lo hacía en cualquier sitio. Donde sea. Siempre decía NO. A veces no lo decía, sólo me mandaba al diablo con una sonrisa. No me lo tomaba enserio. Lo hacía con la mayoría de las mujeres. Algunas caían en el juego y las follaba. Algunas nunca caían. Como Verónica. Eres más dura que una roca, le dije al oído cuando regresamos a nuestro sitio.

 Cuando Garrison terminó su apoteósico  discurso se acomodó junto a mí. Cómo ves, me dijo sonriendo y echando humo. Los tres: Garrison, Rey y yo, éramos unas chimeneas. Fumábamos sin parar. Ya, contesté, muy bien. Los tienes comiendo de la palma de tu mano. Todos estaban de acuerdo con lo dicho por Garrison. Era un grupo heterogéneo. Había un par de filósofos. Se distinguían porque uno era un filósofo a lo Jesús: cabello largo, barba, sandalias y todo ese rollo, y el otro era un filósofo estilo cerebrito: anteojos de grueso cristal, vestimenta de hace una década, metódico, pasivo y de habla inentendible. También había un abogado. Muchos escritores famosos han sido abogados, me decía cada que lo miraba. Era mi forma de no pensar: qué diablos hace aquí un abogado. Un tío fotógrafo. No sé exactamente qué buscaba en un grupo literario pero había un tío fotógrafo. Era alto y llevaba al cuello una cámara. Estaba unido a esa cámara. Como elefante a su trompa. Y estaba una chica poetisa. Ella amaba la poesía cursi y mujeril como todas las chicas que no saben nada de literatura. Y era gorda. Así que no vale la pena continuar describiéndola. ¡Un biólogo! El grupo lo integraba un biólogo. Nunca llevó un texto escrito por él. Iba a escuchar, criticar y beber. Y claro, estábamos nosotros, los cuatro mosqueteros. El póquer de Ases. Yo era el As de trébol. Tenía bastante suerte y nunca me esforzaba por nada. Me dedicaba a beber y pasar la vida lo menos lastimeramente posible. Garrison era el As de diamante. Brillaba en la sociedad literaria. Verónica el As de corazón. La reina Pinciotti. Coleccionista de corazones. Y Rey el As de espadas. ¿Por qué? Porque yo era el de trébol, Garrison en de diamante y Verónica el de corazón. Así que alguien debía ser el As de espadas y ese era Rey. Así nomás. Y lo pasábamos en grande. Excepto cuando nos reuníamos con el grupo. Yo odiaba reunirme con el grupo y cuando lo hacía me mentalizaba para pasar la peor farra de mi vida. Me emborrachaba entre ellos, pero solo.

 Los aplausos se extendieron bastante. No hubo comentarios mordaces. Era el turno del filósofo Jesús. Se levantó y se puso al centro. Los sofás y las sillas sobre los que estábamos sentados se acomodaron a manera de semi-círculo. Cuando era tu turno, te levantabas e ibas al centro. Desde allí te ponías a decir una sarta de gilipolleces encubierta. Gilipolleces camufladas con citas textuales de grandes escritores o grandes filósofos o pensadores, que hicieran parecer a tu discurso una gran cosa.  Pero no importa lo que dijeras. Si no eras Garrison, el público se te echaría encima de cualquier modo. El Jesús comenzó con una tos y luego un bla, bla, bla… incesable. Yo le tocaba las piernas a Verónica. No decía nada así que pasaba la mano suavemente por sus bellas piernas de mármol. Rey se tallaba los ojos. Lo hacía metiendo las manazas por debajo de los anteojos. Creo que lo pasaba bastante mal. Aburrido. Y Garrison se ponía a decir cosas. Estupideces. Cosas como: ¿dónde está el whisky? Y alguno le contestaba: por allá, tío. De ese modo el discurso de quien fuera que estuviese hablando terminaba siendo soliloquio. No respetaba nada. Se pensaba que sólo él decía cosas serias, importantes y reveladoras. Todos los demás son menos, pensaba. No lo decía pero lo pensaba. Lo puedo apostar. El término literatura proviene del latín litterae… escuché decir al Jesús. Luego Garrison me dijo pásame el cenicero. Había un cenicero y no más. Así que tenías que improvisarte alguno o pedirlo cientos de veces. Yo me los hacía con cajas de discos. Las reuniones eran en el apartamento del abogado así que no me importaba. Cogía algún disco, lo metía al estéreo, lo hacía sonar y luego me llevaba la caja del disco para usarla de cenicero. Toma, le dije acercándole la caja del último en directo de Manu Chao. El tío filósofo era amante de Heidegger así que lo escuché decir algo al respecto de Heidegger. Siempre lo hacía. Inevitablemente salía de su boca la palabra Heidegger. Era una muletilla. Verónica puso su manos obre la mía que estaba sobre su pierna y me dio un ligero jalón. Llevé mi oído hasta su boca y susurró tengo hambre. Verónica es una mujer caprichuda. Gracias a su padre que es dueño de dos empresas, puede darse el lujo de ser caprichuda sin molestar a nadie. Ya, contesté. Acompáñame a por algo de comer, dijo. Ya, dije, pues dale. Nos levantamos. Garrison preguntó a dónde van. Respondimos por comida china. Yo odio China y a todo el oriente pero Verónica ama la comida china. Todo este lío hizo que el Jesús se detuviera. Lo último que le escuché decir fue: Heidegger decía que la literatura… Garrison dijo les acompaño. Fuimos los tres. El departamento del abogado se ubicaba en la calle de Fresas, en la colonia Del Valle, y cerca había un restaurante de comida china. 

 Garrison sugirió ordenar para llevar. Verónica no quiso. La verdad yo prefería quedarme a regresar pronto a esa cueva de egos. Nos sentamos a la mesa y Verónica se pidió alguna cosa de nombre oriental que me niego a pronunciar. De todos modos lo olvidé. Y le pedí ordenara por mí. Lo que pidas tú, quiero yo, dije. Garrison se pidió alguna cosa también y nos quedamos allí. No sé en qué momento salió pero hablamos de hacer una novela. Todos nos creíamos escritores pero ninguno pasaba de escribir algunos textos cortos. Relatos, cuentos, y cosas. ¿Y de qué harías una novela, Garrison?, preguntó Verónica. Aún no lo sé, respondió. ¿Y tú, Petrozza?, me preguntó Verónica. Pues de mí. Los dos comenzaron a reír. No se creían que mi vida fuera tema de novela. Quizá no lo sea, pero, ¿cómo se supone que se escribe una novela que no hable de uno mismo?, dije. Eres un jodido narcisista, me dijo Verónica. No, dije, enserio, ¿cómo se supone que se escribe una novela que no hable de uno mismo? Pinciotti se quedó viéndome incrédulamente. Me juzgaba loco pero no tenía la respuesta. Anda, dime, le decía yo, ¿cómo se supone que se escribe una novela que no hable de uno mismo? Verónica comenzó a decir titubeantemente: pues así nomás, la haces de lo que sea, policiaca, de suspenso, de vampiros… No digas chorradas, dijo Garrison, si vas a escribir una novela no escribas una novela de género, escribe una obra maestra… ¿Y cómo se supone que se escribe una obra maestra que no hable de uno mismo?, dije. Verónica bufó. Estaba harta de la pregunta. Creo que entiendo lo que quiere decir Martin, dijo Garrison. Lo que quiero decir, dije… Pero Garrison me interrumpió: escribas lo que escribas estará tatuado de tu esencia y… ¡exacto!, señalé y continué: no puedes escribir nada ajeno a tus experiencias o tus perspectivas; uno siempre termina haciendo la novela de su vida. Tergiversada, parodiada, imitada, o como sea, pero siempre de tu puta vida. Interesante, dijo Verónica llevándose a la boca un cuadrito de arroz relleno de animales marinos, muertos y crudos. ¿Tú de qué harías una novela?, preguntó Garrison. Se lo preguntó a Verónica. Pues de mi vida, dijo burlándose de mí. Escribamos una novela, dijo Garrison emocionado.  Este es el Garrison que me gustaba, el Garrison leal. Amigo. Compañero del alma. Que te impulsa a escribir una novela. No el Garrison pedante de las noches de reunión literaria que te dice tú jamás escribirás nada, eres un bebé. Todos nos miramos a los ojos. Como si quisiéramos buscarnos la culpa. ¿La culpa de qué? Yo tengo un texto que quizá dé para una, dijo Garrison. ¡Ajá!, dijo Verónica señalándolo con el índice. Lo culpaba. ¿De qué? De haber empezado sin nosotros. De haberse adelantado. Así éramos los cuatro. Un grupo hermético y con normas tácitas de lealtad. Uno no podía hacer, comenzar o pensar siquiera en hacer una novela sin avisarlo. Sin decirlo. Sin invitarnos a seguirle. Bueno, dijo Garrison, la intención de aquel texto nunca fue la de hacer una novela, pero ahora que lo pienso hay material para extenderla un poco, quizá una novela corta, dijo mientras bebía de una coca-cola de lata. Ya, tío, dije, suéltalo: tienes una novela terminada y no quieres decirlo. No, dijo, Garrison, se me acaba de ocurrir. Bueno, dijo Verónica pues trabajemos en ello. Acostumbrábamos leernos y comentarnos. Sinceramente. No como en el grupo. Así que ahora emprenderíamos el largo camino de una novela. Lo que no significaba que verdaderamente lo hiciéramos. A veces decíamos un montón de cosas y las olvidábamos al instante. Y no hacíamos nada. Como nuestro proyecto de una revista literaria, de una revista musical, de una cafetería intelectual, de una librería, y de tantas cosas. No éramos de los que dicen hagamos tal cosa, y la hacen.  Éramos de los que hablan y hablan y hablan. 

 Llegamos al apartamento de la presunción y entramos. El Jesús se había sentado en mi silla. Maldición, pensé. Como sea me fui a la mesa y me puse un whisky con agua. Garrison y Verónica llamaron a Rey Hernández y le contaron lo de hacer novelas. Di un trago a mi bebida, encendí un cigarrillo, y me acerqué a donde mis amigos. Estaban parados cerca de la puerta. El fotógrafo estaba hablando. Pero no nos importó. Realmente en ese grupo había dos grupos. Nosotros, y los demás. Debo aceptar que yo también era un egocéntrico, a mi modo. Rey dijo que le gustaría hacer una novela de detectives. Garrison se burló diciendo: literatura de género, qué basura. Para nada, corrigió Rey, será una novela de detectives sin género, una novela de detectives como no se ha escrito jamás. El cabronazo se había leído Los Detectives Salvajes, de Bolaño. Yo ya no estaba pensando es eso. Pensaba en las tetas de Verónica. Son realmente bellas. Más grandes del promedio sin llegar a lo grotesco. Y tan bellamente blancas y frescas. Llevaba un escote maravilloso. Venga, Petrozza, arriba esa mirada, me dijo Verónica cuando notó que no dejaba de mirarle el pecho. Estás tremenda, le dije. Reímos alto y escuchamos las eses salir a empujones de las bocas de los demás. El fotógrafo no sabía muy bien qué decir. Tartamudeaba y no lograba darse a entender. La literatura es un ser mágico… decía. Yo pensé: un ser mágico, ¡qué va! ¿Entonces de qué irá tu novela, Garrison?, dijo la As de corazón. No losé dijo, pero será un súper-ventas. Rey rió y dijo: como la literatura de género. Garrison dio un montón de ejemplos de súper-ventas que no son literatura de género. Luego fue a la mesa y se puso un whisky en las rocas. El fotógrafo terminó al fin y fue el turno del biólogo. Pero no quiso pasar. Nunca participaba el hijoputa. ¿A qué viene entonces?, preguntó Rey. Verónica se fue al sofá. Se levantó el abogado y pensamos que tomaría el turno del biólogo pero no. Tomó a Pinciotti del brazo y dijo, su turno señorita. Verónica no perdió el control. Era una mujer segura de sí y de su físico. Era una señora puta. Le encantaba enredarse con hombres mayores, adinerados como el cabrón de su padre. Comenzó con algunos coqueteos. Le es imposible comportarse, dijo Rey. El abogado se acercó a nosotros. Llegó con una copa de tinto. Venga, tío, le dije, ¿por qué la has hecho pasar así? Es su turno contestó. Ya, dije, enserio. Enserio, dijo. Ya habían pasado todos. ¿Tú ya pasaste, Rey? Simón, dijo Rey. Lo miramos penetrantemente. De verdad, dijo, ya pasaron todos; ahora sólo faltas tú, pinche Petrozza. Rey solía llamarme pinche Petrozza para todo. No podía despegar el adjetivo de mi apellido. Respétame, PINCHE Rey, dije. Seguro, sólo faltas tú, me dijo el abogado. Pues no he preparado nada. Verónica se echaba un rollo sobre la literatura y la vida del escritor. Dijo: inevitablemente escribimos de nosotros mismos… Dios, dije a Garrison, ¿lo has escuchado? Plagiadora de mierda, dije. Garrison rió fuertemente. Posé la mirada sobre los ojos de Verónica que no paró de hablar mientras me sostenía el juego y sonreía. No era una plagiadora, se estaba burlando. Fue un chiste lanzado únicamente a nosotros. Cuanto terminó de hablar todos aplaudieron. No aplauden sus palabras, pensé, aplauden sus tetas. ¡Simios! Aunque yo era un patán con Verónica, me jodía que otros lo fueran también. No la celaba. Me molesta que los tíos sean patanes y cromañones. O que tengan actitudes de aquello. Incluso el par de filósofos, que vivían en un estado supuestamente superior, intelectualmente hablando, se ponían bestias con Verónica. No importa cuán intelectual seas, la polla es la polla.

 Llegó mi turno. Debía pararme frente a todos y explicar qué es la literatura. Mi concepto de literatura y todo eso. Yo no me tomaba enserio al grupo así que no tenía preparado nada. Yo no me tomaba enserio casi nada. Ese era mi problema. No me tomaba enserio el curro, ni a las mujeres, ni a la vida. Ya, dije, ahora voy. Me puse otro whisky con agua y lo bebí al hilo. Luego me fui al centro de aquella cosa. Me paré allí contra toda mi voluntad. Sabía perfectamente que a todos ellos les importaba un carajo mi concepto de cualquier cosa. Además, yo era el único que tomaba a la literatura enserio. Si antes dije que no tomaba enserio casi nada, en ese casi está la literatura. Yo tenía una lucha con la literatura. No luchaba en la vida por un auto o una casa. No luchaba por el gran amor de mi vida. No luchaba por ser alguien. Mucho menos por alcanzar la felicidad ni la paz interna ni ninguna de esas pavadas. Tampoco luchaba por la literatura. Luchaba EN CONTRA de la literatura. Para que la muy puta no me acabara. Para aguantar un poco más. Para no volverme verdaderamente loco. Pensé que sería bueno explicarles todo eso pero luego los miré. A cada uno de ellos. Mis amigos no me hacían caso en absoluto. Estaban junto a la puerta, riendo y chocando los vasos en brindis. El Jesús estaba sentado encogiendo la nariz por tanto humo de cigarrillo. El abogado estaba parado cerca de la mesa. El filósofo sabelotodo sí me miraba. Supongo que se preguntaba a qué mierda hora va a comenzar. El fotógrafo se entretenía con  un cuadro. En la pared había un cuadro de Remedios Varo y lo escrudiñaba con los ojos. El biólogo no estaba. Había desaparecido. Supuse que se largó. Y la poetisa. Ya, dije, bueno, no tengo nada preparado pero intentaré… los miraba a todos y nadie me prestaba atención. Creo que así será mejor, me dije. Intentaré explicar qué es la literatura. Los filósofos se creyeron que iba por el lado teórico pero no. Me declamé el siguiente poema comencé. 

 La literatura dije, es un monstruo, que te come. Hice una pausa. Luego: pero no es uno de esos monstruos que te comen de un mordisco, no. Es, más bien, como un montón de hormigas carnívoras del África. Verónica me miró. La literatura es como un saco de esas putas hormigas del África, o de dónde mierda sean, echado sobre ti. Comiéndote a pequeñas dentelladas. Silencio incómodo. El filósofo cegatón encendió un puro. El abogado se puso la mano en la barbilla y me prestó atención.  Yo encendí un cigarrillo. La literatura es, como las sirenas que embelesan Argonautas, continué, que te embelesan con un tremendo par de tetas, pero que al final es un puto monstruo. Lancé una gran nube de humo. El Jesús sonrió con la última parte y movió la cabeza asintiendo. ¡Una Medusa!, dije, ¡Un espejismo!, ¡Una ilusión! Traje de regreso al fotógrafo con esos gritos. Yo alzaba los brazos para exagerar las palabras. Repetí: ¡Una Medusa!, ¡Un espejismo!, ¡Una ilusión! La poetisa me miraba a los ojo. Seguí: un oasis en el desierto, un oasis para los sedientos, para los sedientos de otra cosa… Sentí la mirada de Rey sobre mí… de otra cosa que no sea la puta vida, que te vende una felicidad inexistente, ¡un buen empleo!, grité suspirando petulante …el seguro de tu auto, ¡un auto! Una secretaria buenaza. Placebos para bajar de peso… devolví la mirada a la poetisa… O tónicos para follar de a diez, miré al filósofo sabelotodo. La literatura, dije, ¡la mierda literatura!, que me arrancó el alma. Un alma atormentada. Atormentada por el alquiler, por la comida, por un par de zapatos nuevos, por un auto que me dé buenos kilómetros por litro. Di una bocanada al cigarrillo y tomé la botella de whisky. Bebí un trago directo y dije: ¡Eso es la literatura! Una cosa horrible, que te encanta, y te atrapa y te come como un maldito monstruo. Di otro trago y salí del centro. Me fui a donde mis amigos y dejé a todos aplaudiendo. Hacían comentarios. Muy bueno, decían. Es cierto, decían. “Una felicidad inexistente”, dijo el Jesús. La poetisa dijo me gustó la parte del oasis. El abogado riendo dijo: “como las sirenas que embelesan a los argonautas”. Ya no escuché lo demás. Llegué a donde Garrison, Rey y Verónica. Rey me dijo: pinche Petrozza, tienes razón, ¡la literatura te come! Garrison dijo pásame ese whisky. Me había traidor la botella. Se lo pasé y le pegó al trago. Verónica me abrazó y comentó: ¡eres un poeta! Yo dije, Dios, ¡no!, no quiero ser un poeta. 

2

El resto de la noche la pasamos bebiendo. Había terminado el rollo de la literatura. Yo estaba lo suficientemente borracho para meterme en problemas. Garrison y Rey Hernández iniciaron el debate Isabel Allende. Garrison a favor, Rey en contra. Verónica y yo estábamos hartos de aquello. Siempre es lo mismo, dijo Verónica. Venga, tía, le dije, hagamos lo nuestro aparte. La tomé de la cintura y la encaminé al cuarto. Pero Me puso un alto. Entonces la dejé en paz y me fui a dar la vuelta por el apartamento. En busca de algo bueno. Pero todos parecían tan aburridos. Tan pedantes. Tan serios. Que terminé yendo con la poetiza. Ya dije que era obesa y lo era, pero no lo suficiente para detener la libido de un borracho como lo era yo a esa hora de la noche. Hola, nena, le dije, ¿cómo vas? ¿Cómo voy con qué? No entendió mi saludo colombiano. Ya, dije, ¿qué te ha parecido mi poema? Maravilloso, contestó. Ya, dije, enserio, no tienes que mentir, no soy como esta bola de egocéntricos. Pero insistió en que era verdad. Yo le dije tienes los ojos más bellos que he visto jamás. Esta vez sí mentía. Y le dije la boca más sensual. Ella sonreía y decía, ya, no juegues. Pero yo insistí hasta el cansancio. La induje a beber. No bebo mucho, dijo. Pavadas, dije, pavadas, verás que el whisky te suelta el cuerpo y el alma. Bebía a pequeños sorbos primero y a grandes sorbos después. Reímos mucho. Le hacía reír con cualquier cosa. Tienes un cabello hermoso, y acariciaba su cabello y reía. Cuando estuvo en el punto exacto lo solté: verás, nena, me gustas mucho y muero por besar tus cachondos labios. Pensé que fracasaría. No fue así. Luego de proponerlo tres veces más me acerqué a ella y la besé. Ella me besó como si me amara. Fue un beso largo y caliente. Verónica pasó junto a mí y echó unos ojos de espantada. La miré mientras besaba a esta jeba. Nos besábamos y yo abrí  los ojos para mirar el escenario. Buscaba la manera de llevarla al cuarto. Todo lo veía desde el ángulo del beso. Ligeramente ladeado. Tendría que esquivar un par de sillas y la mesa. Y una caja de cerveza. No sé de dónde salió la caja de cerveza. La habrán comprado recién, pensé. Y en eso me estampé con la mirada de Verónica. La seguí con la vista y llegó a donde Rey. Le dijo: mira, y me señaló. Rey alzó el pulgar riendo. Me hizo la señal del pulgar levantado. Garrison platicaba acaloradamente con el abogado. Yo me separé de la poetisa. Quiero decir que dejamos el beso. Comencé a empujarla despacio. La besaba y la empujaba. No lo notó. Lo notó cuando se tropezó con una silla. Ella iba de espaladas. Entonces me cansé de la discreción y le dije ¡ven!, la tomé del brazo y la jalé hasta una habitación. 

 Dentro había una cama. Eso es todo lo que recuerdo. Es todo lo que importaba. La tiré a la cama y me fui sobre ella. Comencé a besarle el cuello y todo eso. No llegué muy lejos. Le acaricié los senos y se espantó. Debí darle más whisky, pensé. Dijo yo no soy así. Ya, dije, no importa y traté de sacarle las tetas pero llevaba una blusa complicada. No lo lograría sin su consentimiento. No, dijo, espera, yo no soy así. Ya lo sé dije, calma, no te apures, y le besé el cuello. Puso sus manos debajo de mí y me empujó. Dios, dije, ¿te gusta la violencia? No dijo, ya, espera, no quiero hacerlo. Ya, dije, pues qué mal. Me quité de encima y se sentó en la cama. Quería hablar. Dijo: me gustas mucho y quiero salir contigo. Creo que primero debemos conocernos un poco más y… Ya, nena, dije, verás, tú no quieres hacerlo y yo, la verdad, no quiero hablar. ¿Cómo?, dijo. Si vas a hacerlo conmigo hagámoslo y si no, olvídate de todo, no quiero ser tu novio ni tu amigo ni nada… ¿Cómo?, dijo otra vez. No se lo podía creer. No entiendo porqué. Era lo más creíble. Era obvio. Salió del cuarto apresurada. Luego salí yo, muy tranquilo. Verónica se acercó a mí. ¿Qué pasó?, me dijo. Ya, dije, no pasó nada. Rey llegó atrás de Verónica. ¿Qué le hiciste, cabrón? Nada, Dios, no pude hacer nada. Luego señaló a una esquina. Allí estaba la poetisa. Llorando. Y con ella estaba el filósofo. Dios, dije, qué mujer. Y me olvidé del asunto. 

 Garrison me llamó. Fui. Bebía una cerveza con el abogado. Habían pasado del whisky y del tinto a la cerveza. El abogado comenzó a preguntarme a qué te dedicas. Era la segunda vez que yo asistía a una reunión de aquellas. Rey Hernández y Garrison habían asistido a muchas. Verónica y yo no. No tenía ganas de ser interrogado por el abogado. Pretendía juzgarme. Así que me hice el loco. Soy escritor…  ¿Y qué haces?... Escribo… ¿Y cómo vives?... Vivo… Jugaba con él. Lo anterior es el fragmento de una ópera y yo llevaba la conversación de ese modo. Garrison lo notó y dijo, deja de hacer el indio. Ya, dije, la verdad es que no me dedico a nada. En ese tiempo no tenía trabajo y no hacía nada. Escribía un par de textos o dos a la semana. Comencé a escribir realmente cuando Carolina llegó a mi vida. En ese entonces yo sólo bebía y no hacía nada  más. Escribir un texto o dos por semana era mi forma de justificar la vida que llevaba. Soy escritor, me lo pasaba diciendo. El abogado se dedicaba a algo. Algo de abogados. Un trabajo serio y bien remunerado. Garrison decía este tío es un genio. Se refería al abogado. Ya, decía yo, qué bien. Y en eso estábamos cuando una manaza me tomó del hombro y me hizo voltear el cuerpo entero. Era la manaza del filósofo. Estaba cabreado. Era el mejor amigo de la poetisa. Ya se entiende. La tía le contó el asunto del cuarto y tenía que hacer su papel de macho. ¡Venga, tío, qué coños te pasa!, dije. Me soltó un sermón sobre lo cabronazo que yo era y lo mucho que lastimé a su amiga. No creo que sea para tanto, dije, apenas la conozco, no he podido romperle el corazón ni nada. La tía estaba detrás de él. Me quería violar, dijo. Dios, mujer, no exageres, dije. La muy puta había ido con ese cuento a todo mundo. El filósofo Jesús y el fotógrafo se unieron a defenderla. Todos me gritaban cosas. Rey, Garrison, Verónica y el abogado estaban de mi lado. Al menos tengo un abogado, pensé. Si esto se sale de control, y me demandan o algo por intento de violación, tengo un abogado. Rey dijo: Petrozza no la violó, no digan pendejadas, ni siquiera se bajó los pantalones. Todos enmudecieron un par de segundos y luego se me fueron encima otra vez. Es un imbécil sin educación, y cosas, decían. Yo encendí un cigarrillo y dije, ya, no es para tanto, entiendan, siendo un imbécil sin educación, qué esperaban de mí. ¡Que se largue!, dijo el filósofo Jesús. Rey contesto: lárgate tú, Petrozza no hizo nada. El Jesús tenía unas ganas de soltarse a golpes contra Rey. Rey no tuvo miedo. Rey es de los tíos que no evitan una pelea cuando se avecina. Yo soy de los que me da igual. Garrison es impulsivo. Si alguno lo hubiese reñido directamente, se hubiese lanzado sin pensar a sobre  él. Verónica tomó a Rey del brazo y luego se acercó a mí y a Garrison. Será mejor que nos vayamos, dijo.

 Rey Hernández: no debimos irnos, no es justo, Petrozza no hizo nada. Verónica Pinciotti: eres un cabrón, Martin, ya deja de ser un cabrón. Garrison: ¡No mames a poco sí te ibas a coger a la gorda esa! Martin Petrozza: claro que no me la iba a coger, sólo quería ver qué tan puta es. La conversación anterior sucedió en las escaleras del edificio del apartamento. Bajábamos las escaleras. El eco de nuestras voces rebotaba por el edificio entero. Dios, dije, hubiera robado algo de beber. Con una sonrisa de oreja a oreja Rey sacó de su cazadora una botella de whisky. No estaba llena pero era algo. ¡Ta, tan!, dijo Rey. Ya, dije, dame un trago. Me pasó la botella y di un trago. Cuando estuvimos fuera Verónica sacó de su bolso un llavero e hizo botar los seguros de su auto. Garrison sacó una llave y tuvo que botar los seguros del suyo  él mismo. Uno por uno. El de conductor y copiloto. Rey subió con Garrison y yo con Verónica. Pero había un dilema. ¿Quién se llevaría la botella? Ya, dije, me la llevo yo. Rey: yo la robé, es mía. Ya, dije, eso parece lo más lógico pero el alcohol no es de quien lo roba sino de quien lo ama. Y yo lo amo. Rey dijo yo también. Verónica y Garrison dijeron al unísono: ¡no como Martin! Así que Rey tuvo que entregarme la botella. Botella en mano dije: Pinciotti mueve ese culo, larguémonos de aquí. Verónica me llevaría a casa y Garrison llevaría a Rey  y hasta la próxima. 

3

 Anda Vero, déjame fumar. Verónica no permitía fumar dentro de su automóvil. Que no, dijo, que no. Bueno, al menos déjame abrazarte, dije y la abracé. Maldición, Martin, me harás chocar, quítate de mí. Di varios tragos al whisky. Pasamos los siguientes minutos en silencio. Y de pronto salió el tema de nuevo: ¿en verdad crees que la literatura es un monstruo?, preguntó Verónica. Tardé en responder: eso creo, pero no estoy seguro, puede que sólo sea mi imaginación. Estuve pensando en tu poema dijo, y creo que tienes razón, la literatura es una quimera. Un oasis para los que no queremos una vida normal. Ya, tía, dije, tú qué puedes decir, te cagas en plata. ¿Y eso qué?, dijo. Pues que a ti la vida te sale fácil. ¿Qué quieres decir exactamente? Quiero decir que tú puedes ser lo que quieras, escritora o tenista o médico y es igual de sencillo. Eres un imbécil, ¿sabes? Dios, vaya que lo sé, me lo acaban de gritar. No rió. Verónica se molestó con mi comentario. Yo quería decir que la literatura es un monstruo que te hace sufrir. Pero cómo vas a sufrir con tanto dinero encima. Yo también sufro, dijo Verónica. Ya, dije, y sufres porque no hay en existencia el último modelo de la camioneta que sueñas, ¿no? Me dio un pellizco. Ya, dije, ¡qué te pasa! Y luego estallé en risa. Ella también. Había actuado como una niña. Lo era. En el fondo era una niña. Con todo y sus maneras de femme fatale  y con todo lo zorra interesada, en el fondo era una niña. Sólo quería decirte que me agradó tu poema, dijo dejando girar al volante debajo de sus manos. Habíamos virado y el volante regresaba al punto de origen, solo,  por debajo de las manos de Verónica. Incluso pude escucharlo regresar. Escuché el roce del volante con la palma de las manos. Y pensé en lo poco que han sufrido aquellas manos. Quizá ese roce sea el roce más brutal al que han sido sometidas, pensé. Gracias, Vero, dije. 

 No pensaba en verónica como una niña tonta. Había demasiadas cosas que admirar de ella. Pero aquella noche todo me parecía tan poco. Sentía que ningún alma en este mundo ha pagado el precio de una vida. Que yo, incluso, no había pagado el precio de la literatura. ¿Cuál es el precio de la literatura?, preguntó Verónica. No lo sé, dije, eso quisiera saber. No importa cuánto te entregues, la literatura siempre exige más y más. Y en ocasiones, no da nada a cambio.  ¿Qué es la literatura?, dijo Verónica. No lo sé, dije. ¡No lo sé! Y comencé a gritas como loco: 

¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿QUÉ ES LA LITERATURA? ¿Qué es la literatura?
¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura? ¿Qué es la literatura?
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¿QUÉ ES LA LITERATURA?
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¿QUÉ ES LA LITERATURA?



sábado, 18 de septiembre de 2010

Detrás de todo gran hombre...

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Todo iba bien con Carolina. Yo lo pensaba así: todo va bien, todo va bien. Pero supongo que Carolina pensaba: todo va bien con Martin. Lo que significa que yo me portaba muy bien. Me acoplé al estilo de vida que ella impuso. Me levantaba temprano y me duchaba y todo eso. Y luego me ponía a escribir incansablemente hasta que se largaba al curro. Entregaba todo mi trabajo literario a ella y lo almacenaba, lo depuraba y lo enviaba a las revistas. Es más o menos lo que yo hacía antes de ella pero organizadamente. Conocía el nombre de todos los directores editoriales de las revistas. Anotaba la fecha en que envió un texto, los comentarios que hizo la revista sobre el texto rechazado (si es que se dignó a hacerlos), y hacía un reporte de lo que las revistas publicaban normalmente. Así, si yo tenía un texto sobre la muerte, lo enviaba a la revista que considerara viable. Todo eso era muy cansado pero ella se entregaba apasionadamente. Incluso le dije que ella debería escribir. Tendría más oportunidades que yo. Pero no quiso. Y estuvo bien. Algunas revistas comenzaron a coger mis textos. Yo no lo podía creer. El fruto de tanto trabajo daba resultados. ¿Lo ves?, me dijo, te voy a hacer famoso, amor. Vaya, nena, dije, eres mi estrella de la suerte. Yo realmente pensaba en ella como una estrella de la suerte. O como una estrella. Era bella y encantadora pero estaba ardiendo la condenada. Me quemaba con tanta disciplina. 

 Aquella mañana yo tenía encima una resaca y ella fue hasta el sofá donde yo estaba echado. Me dijo: tengo una sorpresa para ti, amor. Ya, dije, me gustan las sorpresas, pero que sea otro día, ahora ando frito. Es una gran sorpresa, dijo, ¿seguro no quieres que te lo diga ahora? No, nena, anda, ve con tu madre o algo, quiero estar solo. Carolina no era como mi novia de diecisiete años. No tenía que ir con su madre nunca. Y no estaba ligada a ella ni a su padre ni a ningún familiar. Eso me agradaba. Pero a veces deseaba que su madre le solicitara de vez en vez. Para quitármela de encima. Está bien, dijo, te lo diré en la cena. Bien, dije, mientras da una vuelta o algo, enserio, quiero estar solo. No seas payaso, dijo, mejor prepararé el desayuno. Pero yo no quería desayunar. Quería estar solo con mi resaca y pensar. La gente no suele pensar demasiado. Y menos con resaca. Yo pensaba mucho con resaca. Me echaba en el sofá y pensaba. Pensaba que así debe ser como un oso inverna. Echado sin hacer nada, casi sin mover un músculo y pensando. ¿Qué quieres desayunar?, preguntó Carolina. Pues nada, contesté. Yo nunca desayunaba. No me daba hambre ni nada. Y ella lo sabía pero cómo le gustaba joder con eso de que el desayuno es la comida más importante del día. Ya, decía yo, no te confundas, la gente no quiere decir el desayuno es la comida más importante, quiere decir: los primeros alimentos que ingieres. A eso se refieren con el desayuno: a los PRIMEROS alimentos. Como sea, dijo, es importante que lo hagas. Ya, dije, partiendo de que los primeros alimentos son los más importantes, nadie está obligado a comer los primeros alimentos por la mañana. Pero esto confunde a la gente. Pues se creen que si no lo haces por la mañana ya no será un “desayuno”, y habrás perdido la parte más importante de tu alimentación… ¿Quieres un par de huevos?, me interrumpió. Pero yo la interrumpí a ella: es lo mismo si “desayuno” al anochecer, serán para mí, los primeros alimentos y seguirán siendo tan puñeteramente importantes como el desayuno, ¿ves?... Haré un par de huevos. Dios, dije, ¡será como quieras! 

Eso es lo que no soportaba de Carolina. Todo tenía que ser siempre a su manera. Toda mi vida tenía que encajar es sus hábitos, en sus costumbres, creencias y pensares. Como si ella tuviera la razón todo el tiempo; “el desayuno es importante”, “debes escribir aunque no tengas ganas”, “deberías dejar de fumar”, “si hace frío llévate un suéter”, “no camines descalzo”, Dios. Ya no lo soportaba. Quizá ella tenía razón todo el tiempo pero a mí no me importaba. Sencillamente no me importaba partirme de tos. No iba a dejar de fumar por eso. No iba a cargar un suéter porque un poco de agua caía del cielo. No me importaban todas esas cosas. Yo sólo quería paz. Quería disfrutar mi resaca en santa paz. O en paz. 

Ten, dijo acercándome una tortilla. Saqué la cabeza de la colcha. Un tufo a ebrio salió de allí y Carolina dijo: ¡vaya hombre! Ten, dijo de nuevo acercándome la tortilla a la cara. ¿Qué se supone que debo hacer?, pregunté. Come esto mientras se fríen los huevos. Maldición, dije, no quiero comer, entiende. Anda, ten, insistió. Tomé la tortilla y me metí a mi cueva. No me la comí. Cerré los ojos y pensé. Pensaba de dónde había salido la tortilla. En Mesoamérica y todo eso. Me imaginé a las indias desnudas haciendo tortillas. Pero no me duró mucho. ¡A comer!, gritó Carolina. No me levanté. Se fuerte me decía a mí mismo. ¡Ven a comer!, gritaba Carolina. Resiste, hombre, me decía. Sabía que pronto iba a explotar. Que tarde o temprano iba a largar a Carolina. Era como una olla exprés. Finalmente fui débil. Me levanté y caminé hasta la mesa. Allí estaba un plato con huevos fritos y arroz. Anda, mi amor, come, dijo Carolina. Me senté a la mesa y me puse a mirar los huevos. Carolina comía con gusto. ¿Por qué tú no comes huevos?, pregunté. Ella comía cereal de fibra o algo. Porque no quiero ser una cerda, dijo. Eso está bien, dije. Le miré el vientre. Llevaba puesta una camiseta de tirantes, y bragas. Lucía muy bien. El vello del coño se transparentaba. Una mancha negruzca. A través de las blancas bragas. La miré mucho tiempo. Luego miré sus piernas y los pies. Me encantaban los pies de Carolina. Y los pies de casi todas las mujeres. ¿Qué me ves?, preguntó. No defensivamente. Más bien lúdicamente. Le sonreí y dije: si no tuviera esta resaca encima te daría el mejor polvo de tu vida. Lo malo de vivir con una mujer es que todo el tiempo la quieres follar. Y lo puedes hacer. Y en eso, puede quedar embarazada. Carolina rió y dijo: pues come, recupérate, y dame el mejor polvo de mi vida, CABRÓN. Se ponía algo brusca en el jugueteo erótico. Le gustaba tratarme como a un macho. Yo estaba lejos de ser un macho. Era más bien noble. Enserio. Las mujeres solían confundirlo. Yo era capaz de dejar a una mujer por una cerveza. Y también era capaz de dejar el alma por una mujer. O sea que amaba las dos cosas, a las cervezas y a las mujeres. Nunca lo entendían. Son condenadamente egoístas. Quieren el amor para ellas solas. Y también quieren que las folles de a diez. Yo a veces no tenía ganas y tampoco lo entendían. Hay días que prefiero papar moscas que follar, les decía. No se lo creían hasta que un día yo no las follaba. Prefería pensar en los juicios sintéticos de Kant. Y me decían maricón, poco hombre y todo ese rollo. Verás, dije a Caro, es muy lindo de tu parte que hayas preparado estos huevos y todo pero, NO TENGO HAMBRE. Debes comer…, dijo y se echó una cátedra sobre la salud. Ya, dije, pero no quiero, Dios, no quiero. Comeré cuando tenga ganas de hacerlo. Subimos el volumen de nuestra voz. ¡Te vas a matar, decía, ¿tú madre no te educó, o qué?! Ya me tienes harto, Caro, hay cosas que no quiero hacer, ENTIENDE, hay cosas que simplemente NO QUIERO HACER, porque NO ME DA LA GANA. Estoy cuidando tu salud, ENTIENDE, me dijo. Al diablo mi salud, al diablo, al diablo, ¡al diablo estos huevos!, dije y di un manotazo. Los huevos salieron volando. No era mi intención pero los condenados huevos volaron por la sala y cayeron en el pecho de Carolina. Dios, la he cagado, pensé. Estaba arrepentidísimo. Enserio. No fue mi intención y sabía que la había cagado en grande. Carolina se levantó y corrió al cuarto. No dijo una sola palabra. Bueno, tío, me dije, la has cagado. Carolina tardó demasiado dentro. Toqué la puerta pero no respondió. Cogí un cigarrillo del estante y lo encendí. Estaba en calzoncillos y necesitaba entrar al cuarto para sacar algo de ropa. El incidente aquel me despertó la sed. Quería una buena cerveza helada.

Toqué la puerta como desesperado pero Carolina no salió. Al diablo, grité, vete a la mierda. Busqué por la cocina y los encontré. ¡Pantalones!, es todo lo que necesito, pensé. Me metí a ellos y salí a por unas latas de Tecate. Iba descalzo y sin camisa pero no me importó. Al tendero tampoco le importó. Ya me conocía. Sabía que yo era capaz de salir de muchas maneras. Maneras peculiares, sólo por algo de beber. Regresé. Pise un trozo de huevo. Se embarró en mi pie. Sentí el frío y aguado huevo. No me importó. Me subí al sofá y limpié el pie en el mismo. Me puse a darle a mis cervezas. Carolina no hacía nada de ruido. Me asusté. Iba por la segunda cerveza cuando encendí un cigarrillo y me acerqué a la puerta del cuarto. Caro, nena, dije… ¿estás ahí? No respondía. Ya, me dije, déjala en paz. Puse algo de Bach en el estéreo y me olvidé del asunto. Pero Carolina era experta en molestar justo cuando yo empezaba a disfrutar de la vida. Salió del cuarto en el momento exacto que yo de verdad había olvidado el asunto y disfrutaba del maravilloso arte de no-hacer-nada. ¡Puto!, me gritó. Yo me reí. Sonó tan gracioso. Ya, nena, le dije, olvida eso, anda, ahora sí que tengo hambre, prepara unos bocadillos… ¡Macho!, gritó. Reí de nuevo. Yo lo decía todo en juego pero a ella no se le pasaba el coraje. ¡Me voy!, dijo. Anda, vete, ¡cabrona de mierda!, grité. Lo decía jugando. Y ella sabía que yo estaba jugando. Que no me importaba en absoluto si estaba enojada o lo que sea. Entonces, para enfatizar su ira se metió al cuarto. Esta vez no lo cerró. Yo no me moví de donde estaba. Salió con una maleta llena de cosas. La misma maleta con la que llegó a mi vida. ME VOY, dijo. Ya, dije, pues vete. ¿No te importa?, preguntó. Alcé los hombros y dije: lo que fácil viene, fácil se va. Andá, vete, ¡guarra! Caminó a la puerta a paso seguro pero justo en la puerta se detuvo. Regresó. Entonces lo supe: esta jeba no se irá. Se sentó a mi lado y dijo: no soy una guarra. Yo di un largo trago a la cerveza, le eché una nube de humo a la cara y contesté: no, linda, no lo eres. En verdad no lo era. Era una sargento, pero no una guarra. Y me quería. Yo lo sabía. Y yo la quería a ella. Le tomé el pelo y le dije amor, lo siento, no era mi intención lo del huevo. Puso una cara de niña. Pensé que todo había pasado pero no. Se levantó y gritó: ¡YO SOLO ME PREOCUPO POR TI! Y luego me echó un sermón. Algo así: todo lo que hago es por tu bien. Eso era en pocas palabras. Y tenía razón. Traté de explicarle: lo sé, dije, pero debes entender que no soy un niño, hay cosas que no quiero hacer, y no las voy a hacer aunque con eso me gane el cielo o tres años más de vida. De hecho, dije, si con algo me ganara tres años más de vida, no lo haría. Fuese lo que fuese, no lo haría. Se cruzó de brazos y dijo: y si se tratara de hacerlo conmigo, ¿no lo harías? Dios, dije, estoy hablando exageradamente, claro que lo haría si fuera eso. Acabas de decir que no lo harías fuese lo que fuese, dijo. Ya, dije, pero estoy loco, sabes que a veces digo tontería y media. Yo decía aquello porque la conocía bien. Todo lo que yo decía ella lo tomaba como un juicio categórico. Y sabía que lo que dije de no hacer cualquier cosa que contribuyera a mi longevidad me estaba metiendo en un problema. Conocía muy bien lo que se avecinaba. Dijo: pues hacer el amor con la mujer que amas es bueno para tu salud, ¿sabías?... Ya, dije… pero como a ti no te importa tu salud y ya no quieres que yo me preocupe por ti… Ya, dije, no hablo enserio, sabes que estoy jugando… Pues yo no estoy jugando… Ya, dije, pues dale, lárgate de una buena vez. No sé qué me pasó. Creo que también estaba cansado de eso. De que Carolina tomara todas mis palabras literalmente. Era como estar con la policía: todo lo que digas será usado en tu contra. ¿Cómo?, dijo. Sí, dije, que si te vas a poner en ese plan será mejor que te vayas. ¡O sea que sólo me quieres coger!, dijo. Ay, Caro, dije, déjate de juegos, mierda, sabes que no es así pero ya no soporto… ¿Ya no soportas qué?... Esto, dije, tu maldita manera de manipularme, de chantajearme y de querer que todo se haga como tú dices. ¿Estás seguro?, me amenazó. Mira, nena, dije, yo te quiero, enserio, pero si no lo puedes entender será mejor que te vayas, dije aplastando la colilla de un cigarrillo sobre el cristal de un cenicero. Pues bien, dijo, si eso es lo que quieres… Se puso como loca. No, dije, no es lo que yo quiero, es sólo que si tú no puedes entender que hay cosas que no… Sí, sí, cómo digas, dijo. Ya, dije, entonces lárgate. Eso haré, dijo tomando su bolso. No tomó la maleta. Nena, la maleta, grité. Regresó a por la maleta. La cogió y luego dijo: eso es lo que quieres. Yo dije: mierda, ¡que no!, ¡eso no es lo que quiero!... ¡Eso es lo que me gritaste!... Yo sólo digo que si no vas a comprender que hay cosas que no quiero hacer, como desayunar o ducharme o levantarme a las siete de la puta mañana o escribir a las nueve o… ¿Quieres que me vaya, o no?... Quiero que te vayas si no vas a cambiar y que te quedes si vas a entender de una vez que… ¡Entonces quieres que me vaya, cabrón!, después de todo lo que he hecho por ti… Aquí pensé que iba a llorar. Caminaba por la estancia de un lado a otro y alzaba los brazos y pateaba cosas. Yo estaba sentado en el sofá bebiendo mi cerveza y encendiendo otro cigarrillo. No lloró. Siguió hablando: cuando te conocí no eras más que un borracho de mierda… Ya, dije, pero eso te gustó… No, imbécil, eso no me gustó, lo que yo quería era ¡hacer de ti un HOMBRE!... Soy un hombre desde que vine a esta mierda de mundo, dije… ¡Un HOMBRE DE VERDAD!, dijo. Ya, dije, lo siento, soy un hombre de mentiras… Sí, dijo, eso eres, un mentiroso. Cruzó los brazos y lanzó un bufido. Jamás te he mentido, dije, eso no lo puedes decir. Dijiste que eras escritor, dijo, pero no eras más que un borracho, ¡puto! Bueno, dije, no sé a que te refieres con que no era escritor… Me refiero, dijo, a que no hacías nada por ser un escritor de verdad, uno que se lee en revistas. Ya, dije, sí lo hice, pero nadie coge mis textos, son demasiado sucios o algo… Ese es el pretexto de toda tu vida, dijo y me imitó: nadie coge mis textos, nadie coge mis textos, soy muy malo para ellos, soy muy rudo y no los aguantan, ay sí, no he tenido una oportunidad, nadie me quiere, soy un escritor maldito, un rechazado… ¡qué va!, dijo, eres un borracho miserable. Ya, dije, pues no sé qué decir… No sabía qué decir. Quizá la puta de Carolina tenía razón. Sus palabras estaban llenas de razón. Eran flechas envenenadas de razón. Y no hay nada más doloroso que la razón y la verdad. Es por eso que Carolina es la única mujer, el único ser humano del que acepto comentarios como aquellos. Me levanté del sofá y caminé hacia ella. La abracé. Le besé la frente y le dije: te amo, nena, te amo. Y la besé en la boca. 

 Esa tarde hicimos el amor. Lo hicimos como nunca lo habíamos hecho. Sudamos a mares y le dimos duro bastante tiempo. Éramos como dos tornados que chocan. Lo hicimos con tanta furia que al terminar caímos rendidos. Tomé un cigarrillo y lo encendí. Ella tomó uno también. No fumaba pero esa vez fumó un cigarrillo. No dijimos una sola palabra. Y luego dormimos como un par de serpientes bebé. 

 Abrí los ojos y estaba oscuro. Había anochecido. Volteé a mirar a Carolina. Lucía tan bella allí recostada en el suelo y con todo el cabello desparramado. Me acomodé para abrazarla. Ella despertó y me dijo: te amo. Y yo le dije te amo también y me quedé allí un rato, mirando cada uno de los poros de su rostro. Y me parecía el rostro más hermoso que jamás haya visto. Tuve ganas de morderla. Literalmente morderla y arrancar un trozo de su mejilla. Pero luego bajé la vista y me apeteció morder un hombro. Y lo hice… ¡CABRÓN!, gritó Carolina y se levantó de un salto. La había mordido muy fuerte. El hombro le sangraba. ¡¿Estás pendejo o qué?!, me dijo. Pero no se enojó. Es como si lo hubiera comprendido. Quiero decir que es como si hubiese entendido que aquello fue la expresión de amor más grande que alguien había tenido para con ella. Me senté en el sofá y se metió entre mis brazos sobándose el hombro. Hablaba cariñosamente. Melosamente: eres un tonto, me dolió mucho. Pero no estaba enojada. Dios, no entiendo a las mujeres. Si ella me hubiese mordido así, le mato. Pero de alguna manera lo supo. Te amo, Caro, dije. Lo sé, dijo. 

Estuvimos así un tiempo. Abrazados en el sofá. Comenzó a pedirme perdón por lo que había dicho de mí. Ya, dije, no te preocupes, ya lo olvidé. No, enserio, decía, debo ofrecerte una disculpa porque nada de eso es verdad. No importa, dije, además, quizá sí sea verdad, es posible que tengas esa imagen de mí y es muy posible que la imagen sea la condenada realidad. No, dijo, de verdad, no es así, yo nunca pensé que fueras un mentiroso, o que fueras sólo un borracho. Bueno, dije, eso es definitivo: lo soy de alguna manera, no puedo defenderme ante aquellas acusaciones. No, dijo, no lo eres porque es distinto, un borracho es alguien que bebe mucho, sí, pero es diferente, tú eres como una especie de alma ajena a este mundo y que bebe porque no encaja y… Vaya, dije, eso no me da ánimos… No, no, quiero decir que eres único y que no le temes a no encajar. Todos temen no encajar, y es ese miedo el que los mueve a hacer las cosas que hacen: conseguir un empleo, comprar un auto, aficionarse al soccer, comprar ropa de moda, escuchar música de moda, hacer amigos superficiales, todo eso lo hacen por el miedo. Tomé una lata de cerveza de la mesa de centró. Me estiré hasta ella. Estaba caliente pero no me importó demasiado. Bebí un trago y luego dije: sí, todo eso que dices es verdad, no sé cómo lo haces, dije, pero a veces eres sabia. Eso es lo que me gustó de ti, continuó, tu manera de decirle a la vida: me importa un carajo, yo no voy a hacer nada de eso y… ¡Entonces!, dije, ¿por qué si te gustó eso ahora eres tú la que trata de imponerme hasta cuándo ir al baño?... Rió. Verás, dijo, lo que sucede es que así es mi carácter, siempre he sido así, me gusta que los demás hagan lo que yo quiero que hagan, pero… ¿Pero qué?, dije. Pensé que diría: pero cambiaré. No lo dijo. La muy cabrona dijo: pero tú debes tener una guía y yo quiero ser esa guía, como tu ángel de la guarda, que te ayuda para que no te caigas en el camino y… Dios, dije, ¡pavadas!, eso no es ser una guía, es ser un látigo. Bueno, dijo, pero es que te quiero y no me gusta ver cómo te matas lentamente y… Ya, dije, mejor olvida eso. Bueno, dijo, pero prométeme una cosa. Ya, dije, ¿qué cosa?... Prométeme que me harás caso en todo lo que te diga… Me levanté del sofá. Caro, dije, ERES LA MUJER MÁS DOMINANTE Y POSESIVA QUE CONOZCO. Se rió. Anda, dijo, prométemelo. Se acercó hasta donde yo estaba y se puso frente a mí, muy, muy cerca. Me tomó los tanates y los acarició. Anda, decía mientras me sobaba lentamente, dime que sí. Yo no sabía qué decir. No voy a decirte que sí si me sobas aquello, dije. Anda, dijo, pero esta vez apretó la mano. Calma, dije, calma, cuidado… Anda, dime que sí… Dijo y apretó más fuerte. Literalmente me tenía tomado por los cojones. Dios, dije, sí, sí, sí, haré lo que me digas, bruja, pero suelta, anda, ¡suelta! Era una condenada arpía. Era una sirena. Era hermosa pero era un monstruo. Luego me jaló al sofá y me hizo sentar allí. Se sentó conmigo y dijo que deseaba agregar algo a lo que estaba diciendo. Lo hizo: y tampoco pienso que no eres un hombre de verdad. Ya, dije, eso está muy bien. Ni que no eres un escritor de verdad. Aquí me callé. Ella tenía razón, quizá pasaba más tiempo quejándome que haciendo algo por escribir. No sé, dije. Eres un escritor de verdad, de esos que se leen en revistas, dijo. No juegues, dije, es bueno que me quieras pero no hay que perderlos pies del suelo, eso aún no sucede y… se echó a correr al cuarto. Luego regresó con las manos detrás. Te acuerdas que tengo una sorpresa para ti, ¿verdad?... Sí, lo recuerdo, dije. Ya no lo recordaba pero era igual. Pues mira… puso las manos delante. Sostenían un ejemplar de la revista Niebla. Una revista de bajo presupuesto que publicaba nuevos talentos. O lo que ellos consideraban nuevos talentos. Ponían un texto del autor y una reseña biográfica. Luego le echaban algunas flores y todo salía muy bien. Los lectores se creían que aquel tipo era un verdadero talento recién descubierto. Y yo estaba allí. En la sección de nuevos talentos. Decía algo así: La prosa de Martin Petrozza rompe con el esquema de la literatura actual en México. Su atrevida forma de narrar nos sumerge en un mundo lleno de frustraciones, drogas, sexo, noches de farra, sentimientos encontrados y mucha adrenalina. Yo no sé donde se miraron la adrenalina o los sentimientos encontrados pero estaba bien. Venían algunos datos míos: nombre, edad, ubicación, y esas cosas. Y abajo del texto venía una dedicatoria: Detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer. A Carolina S. Yo nunca había escrito tal dedicatoria. Caramba, dije, se han equivocado. ¿Por qué?, preguntó Carolina. Yo jamás he… Lo pensé dos veces. Qué va, dije, está perfecto, y la alcé en brazos. La levanté del suelo y le dije que era una gran mujer. Le gustó mucho aquello y me llevó al cuarto. Tiré la revista sobre la cama y luego Carolina me tiró a mí sobre la cama y se echó encima. Hicimos el amor sobre la revista y no paramos de decir: te amo. 


jueves, 16 de septiembre de 2010

Relato 1. El gato Adorno.

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Betty y Arnold Sanders eran una pareja feliz. Arnold se colocó en una empresa al sur de la ciudad así que se mudaron allá. Arnold era ingeniero civil y se contrató para levantar una cadena de gasolineras a la salida de la carretera. Rentaron un lindo apartamento y se instalaron. Deberíamos saludar a los vecinos, dijo Betty a su marido mientras se asomaba por la ventana. Pero Arnold era de los que aman el trabajo por sobre todas las cosas, y no contestó. En la casa donde vivían anteriormente Alrnold no tenía un solo amigo. Betty se esforzaba por encontrar compañía pero Arnold jamás tenía tiempo. Trabajaba, trabajaba, trabajaba. Si Betty conseguía ser invitada a casa de algún vecino, Arnold no la acompañaría. Y Betty era una esposa a la antigua. No saldría sin marido a ninguna reunión. A ningún lado. Es nuestra oportunidad de rehacer nuestra vida social, dijo Betty mientras se desnudaba. Arnold estaba recostado en cama con la espalda sobre un par de almohadas y las piernas recogidas. Sobre ellas había una computadora. El ruido de las teclas al ser pulsadas era la única respuesta que Betty recibía de su marido. Me gustaría tener amigos, alguien con quien discutir del tiempo o jugar canasta… Betty se metió a la cama. Arnold se dio un segundo para contestar. Alzó las gafas de su rostro con el índice y dijo: podemos comprar un gato. Y regresó a la computadora. Betty apagó la luz y la luz del monitor le dio de lleno en la cara a Arnold. Desde donde estaba Betty parecía un monstruo. Eres un monstruo, dijo Betty resignada. Se acomodó para dormir. Necesito hablar con alguien, dijo. El mutismo de Arnold no la detuvo. Necesito sentir que alguien se preocupa por mí. Necesito compartir mi gusto por la jardinería con alguien. Tú odias la jardinería, Arnold. Alrnold, dijo Betty dando un ligero golpe con el talón a Arnold. Maldición, Arnold, te  estoy hablando. Arnold puso la computadora sobre el buró. Sí, querida, mañana compraremos un gato, dijo y se echó a dormir. No quiero un gato, dijo Betty. Odio a los gatos. Entonces un perro, contestó Arnold. Un perro no cabe aquí, es un departamento pequeño… ¿Un pez?... Con los peces no puedes hablar, dijo Betty. Te compraré un loro, dijo Arnold. Sólo quiero una vida normal, dijo Betty, con amigos y reuniones las quincenas. Gente, Arnold, quiero gente, no animales. Gente para conversar del clima o de cuál es la lavandería más barata de la zona. Prende el televisor cuando te sientas sola, eso ayuda, contestó Arnold. Betty se levantó. Salió de la habitación y fue hasta la cocina. Preparó café y se sentó en el sofá a leer una revista de novedades. 

 Betty despidió a Arnold al amanecer. Siempre salía junto con el sol. Le gustaba respirar el aire frio y llegar fresco al trabajo. Betty se metió a la ducha. Aquella mañana preparó panqué. Cuando estuvo listo salió. Se presentó en cada uno de los apartamentos del edificio. Buenos días, soy Betty Sanders, la nueva vecina, del trecientos ocho. Mucho gusto. Traje una rebanada de panqué.

2

 Betty ganó algunos amigos. Se esforzó. Estaban los Cauldfield, del 206. El marido era comerciante y la mujer ama de casa. Pero no tienen modales, dijo Betty a Arnold mientras éste revolvía algunos papales sobre la mesa. Buscaba algo. Una anotación. Y los Riverstone. En el 404. No son agradables, dijo, ambos son vendedores de seguro y siempre llevan la conversación a los beneficios de asegurarte con su marca. Aja, dijo Arnold. Seguía revolviendo papeles y anotando cosas con un lápiz. Betty preparaba un par de sándwich. Y la señora Mackensi, dijo mientras untaba mayonesa a un pan. Tiene setentaidos años. Es pensionada y vive sola. Siento lástima por ella. Acabó con los sándwich. Tomó un par de platos y los colocó a la mesa. ¡Betty, carajo!, gritó Arnold. No lo pongas sobre el plano F – 132. Betty cambió los platos. Allá tampoco, dijo Arnold, es el plano G- 153. Betty se llevó los platos y continuó. Estaba emocionada: los Carver nos invitaron a cenar… Arnold no respondió. Betty sirvió leche en un vaso. Son un par de jóvenes, dijo, son muy carismáticos. Recién se casaron. El chico trabaja en un banco y la chica es secretaria, son muy divertidos. ¿Quién es divertido, el comerciante?, preguntó Arnold. Betty comía en el sofá. No, Arnold, el comerciante no, el chico Carver, que nos invitó a cenar. ¿A cenar?, dijo Arnold rascándose el cráneo. 

 Pasa, querida, luces estupenda. Gracias, dijo Betty. ¿Y el Sr. Sanders?, preguntó Susan Carver. Betty titubeó. Ya vendrá, dijo mirando a Susan a los pechos.

Betty se hizo amiga de los Carver. Todas las tardes a las siete Susan se pasaba por el 308 y bebía con Betty café o una copa. 

Betty no paraba de hablar de Susan. Es muy linda, le decía a Arnold mientras se untaba crema en la cara. El chico es muy amable. Y tienen un gato. Se llama Adorno. ¿Adorno?, dijo Arnold. Sí, Adorno. ¿No odias a los gatos?, preguntó Arnold. A Adorno no, dijo, él es muy bello. ¿Y qué tiene de bello el gato de los Carver?, dijo Arnold. Pues es simpático, contestó Betty metiéndose a la cama, con la crema puesta. ¿Trabajarás un poco más?, preguntó a su marido. Estaba recostado con la computadora sobre las piernas. Un poco, sí, contestó. Betty apagó la luz y durmió.  

Los Carver dieron a Betty las gracias. Saldrían de viaje y encargaron a ella cuidar de Adorno. Es sólo alimentarlo, dijo Susan, únicamente dejas la comida en el trasto y él sabrá cuando comer. Perfecto, dijo Betty, que se diviertan. Lo haremos, dijo Susan. 

 Así que tú cuidaras del gato, dijo Arnold. Así es, contestó Betty, es sencillo, sólo debo alimentarlo. A las siete. Arnold dio un trago a la cerveza. Era viernes y los viernes se permitía beber una cerveza o dos. Estaba sentado en el sofá de la sala y hacía anotaciones en un cuadernillo sobre la mesa de centro. Ajá, dijo. 

3

Eran las siete de la tarde. Susan dejó una copia de llaves a Betty así que las tomó y fue hasta el apartamento de los Carver. La llave resbaló ligera. Giró el pomo y entró. 

¿Dónde estabas?, preguntó Arnold a Betty cuando la miró llegar. Alimentando al gato, contestó ella. ¿Cuál gato?, dijo Arnold. Ya sabes, Adorno, dijo, de los Carver. Sí, dijo Arnold, qué bien. Le puse una lata sabor hígado, ¿a los gatos les gusta el hígado, Arnold? Supongo que sí, contestó.  

Al día siguiente Betty puso una lata sabor pescado. Abrió el estante y sacó la lata. Había toda clase de conservas. Cogió un bote de crema de maní y leyó: auténtica crema de maní. 470 gr. La colocó en su lugar. Todas las etiquetas miraban al frente. Imaginó a Susan colocando los frascos de ese modo. Uno por uno. Había un envase de cerezas en almíbar ligeramente ladeado. Lo acomodó mirando al frente. Luego fue a la tarja. Tenía un plato sucio dentro. Lo miró unos segundos y abrió la llave del agua. Lavó el plato. 

¿Qué tal Adorno hoy?, preguntó Arnold. Betty llegaba del apartamento de los Carver. Arnold preparaba un par de tortas. Le ofreció una a Betty. La verdad no lo he mirado, dijo, nunca está. Es un gato muy independiente. ¿Se ha comido lo que le has puesto?, preguntó Arnold dando un mordisco a la torta. Sí, todo, respondió Betty. Es un buen gato, dijo Arnold y abrazó a su mujer. La llevó a la habitación. Aquella noche hicieron el amor. 

Betty abrió el estante derecho. Sabía que la comida de Adorno estaba en el estante izquierdo pero abrió el derecho de todos modos. Había cajas de cereal. Cerró el estante. Escuchó un ruido afuera y corrió hasta la ventana. Se asomó. No era nada. Caminó hasta el sofá. Se sentó. En la mesa de centro había papeles. Los tomó y echó un vistazo. Eran facturas. Del teléfono. Del gas. De la televisión de paga. Ellos nunca habían tenido televisión de paga. Arnold lo consideraba un gasto innecesario. Cogió el mando del televisor y lo encendió. Hizo zapping. Había noticieros de todo el mundo. Documentales de todo tipo. Programas de cocina. Caricaturas. Música. Películas. Anunciaron una película que hace tiempo quería ver. Sería a las diez. Pensó en venir a verla pero luego lo olvidó. Apagó el televisor. Comenzó a sentir frío. Pensó que quizá alguna ventana estuviera abierta así que revisó todas las ventanas de la sala y el comedor. Estaban cerradas. Entonces fue a mirar a la habitación de los Carver. La puerta estaba abierta. Entró. Sobre la cama reposaba un vestido de Susan y unas zapatillas. Es un lindo vestido, pensó. Echó una mirada por el cuarto. Como si alguien pudiera verla. Cuando estuvo segura que nadie la miraba comenzó a desnudarse. Se puso el vestido. Era un lindo vestido azul. Tomó las zapatillas pero sólo de verlas supo que no le ajustarían. Caminó al baño y se miró al espejo. Pensó que no le vendría mal bajar un kilo o dos. 

 ¿Dónde estabas?, preguntó Arnold aunque conocía la respuesta. Tardaste demasiado, dijo. Tuve que ir al baño, contestó Betty. ¿Al baño?... Sí, dijo, al baño. Tienes tu propio baño, apuntó Arnold. No podía esperar, se defendió Betty. ¿Diste de comer al gato?... Dios, lo he olvidado. ¿Lo olvidaste?, preguntó Arnold incrédulo. Dios, sí, contestó Betty, ahora vuelvo… y fue a dar de comer al gato. Le puso una lata sabor sardina y regresó a su apartamento. No puedo creer que lo hayas olvidado, dijo Arnold. Betty desabotonó su falda y la dejó caer al suelo. Se acercó a Arnold y lo besó. Esa noche también hicieron el amor. 

Eran las siete con treinta. ¿No irás?, preguntó Arnold. Betty no tenía ánimos. Tengo jaqueca, dijo. Arnold estudiaba lo planos de una gasolinera sobre la mesa del comedor. Tenía una escuadra y un lápiz y hacía cosas con ellos. Media y apuntaba. Dieron las ocho y volvió a preguntar a Betty pero tenía una jaqueca horrible. Está bien, dijo Arnold, iré yo, dame las llaves. Lo dijo resignado. Betty le acercó las llaves. 

Arnold regresó a las nueve. Has tardado demasiado, dijo Betty que ya estaba recostada en cama. Sí, dijo Arnold, es raro. ¿Qué es raro?, preguntó Betty. Ya sabes, contestó su marido, estar en el hogar de extraños… Sí, dijo Betty, es raro. Luego no dijeron nada en unos minutos y Betty rompió el silencio: ¿viste el vestido? Arnold no contestó de inmediato. Luego contestó: sí, dijo, es lindo. Me gustaría tener uno así, dijo Betty, pero creo que debo bajar de peso. No debes bajar de peso, dijo Arnold, estás muy bien. No, dijo, enserio, debo bajar un par de kilos o dos. Ajá, dijo Arnold. Y pasó otro silencio. ¿Y las conservas, las viste?, dijo Betty. Arnold Asintió con la cabeza. Todas miran al frente, dijo Betty, ¿lo notaste? Arnold asintió de nuevo. Parecía que hablaban de un gran descubrimiento. Es muy extraño, ¿verdad?, dijo Betty. ¿Qué es extraño?, dijo Arnold. Ya sabes, contestó Betty, estar allí, en casa de los Sanders. Ajá, dijo Arnold. Y tienen televisión de paga, añadió Betty, me gusta estar allí. Arnold la miró recostada. Lucía muy bien. Olvidé poner comida al gato, dijo Arnold mientras le acariciaba el pelo a su mujer. ¿Cómo?, preguntó Betty. Sí, contestó Arnold, lo he olvidado por completo. Betty saltó de la cama. Dijo: iré enseguida. Espera. Arnold la detuvo del brazo. Espera, dijo, iré contigo. 

Entraron juntos. Betty fue directo a la cocina. La comida de Adorno estaba en su plato. Arnold había mentido. Betty reclamó y Arnold dijo: quería mostrarte algo, ven. ¿Qué cosa?, preguntó Betty. Arnold la llevó al dormitorio. En el buró había una caja de cigarrillos y un encendedor. Arnold cogió uno y lo encendió. Carajo, Arnold, deja eso, dijo Betty, tú no fumas. Pero Anold no hizo caso. Allí, dijo, abre el cajón. Betty abrió el cajón. Había una caja de cartón. Dentro hay fotografías, dijo Arnold. Betty se detuvo. ¿Qué clase de fotografías?, preguntó. Ya sabes, dijo Arnold. Betty no abrió la caja. No puedo, Dios, dijo. Arnold se había recostado en la cama, arrugando el vestido y las sábanas. ¿Qué diablos haces?, dijo Betty. Nada, contestó arnold echando humo por la nariz. Vaya, lo haces muy bien, dijo Betty. Fumé en la adolescencia, contestó su marido. Sí, dijo Betty. Ven, acércate, dijo Arnold. Betty se recostó a su lado. Es extraño, dijo. Arnold comenzó a tocarle los senos. Dios, Arnold, dijo Betty, ¿Aquí? Arnold no respondió. Se le fue encima. Es muy raro… decía Betty. 

Terminaron de hacer el amor. Vámonos, dijo Betty, me siento rara. Espera, dijo Arnold, acomodemos la cama. Mañana lo haremos, dijo Betty, quizá se vuelvan a desacomodar, dijo lanzando una risilla. Arnold estuvo de acuerdo. 

A las siete de la noche Arnold tomó a Betty por la cintura y le dijo vamos a alimentar al gato. Pero Betty estaba muy nerviosa. ¿Qué pasa?, dijo Arnold. Maldición Arnold, no encuentro las llaves. ¿Qué?, preguntó Arnold. No encuentro las llaves del apartamento de los Carver. Creo que me las he dejado dentro. Anoche. Arnold abrazó a su mujer. Le sobaba la espalda. Tranquila, dijo, quizá no regresen. 



domingo, 12 de septiembre de 2010

Benjamín.

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 Cuando niño, siempre fue solitario; no tenía amigos en la escuela y solía comer solo, jugar solo, leer solo, todo solo. Ese aislamiento nunca le molestó, por el contrario, su soledad se tornó material. A los cinco años, se le veía sumergirse en tremendos soliloquios de todo el recreo, toda la tarde o toda la noche. Sus padres no dieron importancia, era cómodo que el niño se entretuviera solo, sin molestar. 

 Como es de imaginar, su popularidad no era buena y las burlas eran cosa común en su vida. Los niños le aventaban piedras de lodo que se desmoronaban ora en su espalda, ora en su pecho, incluso en su cabeza, según el tino del cazador; jugaban a cazar al loco Sebastián. Llegaba a casa sucio y su madre lo reprendía, pues ella, muy ingenua, lo imaginaba jugando pelota con sus amigos de primaria. Sebastián no se quejaba, soportaba los regaños sin decir una sola palabra, pues así se lo aconsejaba Benjamín, su amigo imaginario. Benjamín, era mayor que él, no sabía su edad exacta pero aunque lo sentía como un niño de su edad, Sebastián siempre supo que la madurez de su amigo era mayor a la suya. Cuando los niños se acercaban, Benjamín le hacía entender que serían hostiles, que toda su amabilidad era falsa y se encaminaba a humillar al pobre solitario. A Sebastián le costó poco entender la veracidad de los juicios de Benjamín; pocas veces cayó en la trampa, y por eso, los niños lo odiaban aún más. Sebastián era listo, no mordía el anzuelo dos veces. No sólo era listo sino que conforme pasó el tiempo también la suerte se hizo amiga suya. No es que la suerte lo acompañara, como creían todos en la escuela, la verdad es que los consejos de su imaginación eran muy acertados: “no dobles por aquella esquina, detrás, se esconden Eduardo y Javier, quieren robarte el almuerzo”. O, “Si te ofrecen chicle, no tomes el primero, o lo lamentarás”. La envidia se apoderó de los alumnos el día que Sebastián ganó doscientos pesos. Se había organizado una rifa por parte de la cooperativa de la escuela, los concursantes eran muchos y las posibilidades parcas. Con la ayuda de Benjamín, que se coló entre las organizadoras del concurso, el pobre niño loco, sacó el boleto ganador. La cosa fue sencilla: los boletos estaban foliados y el número ganador, 544, apuntado en una libretita junto al a cocina del colegio. Bastó que Sebastián se formara de tal modo que obtuviera el número correcto. 

 Pero el consejo que más le gustó a Sebastián fue el siguiente: “Habla con ella”. Luego de escucharlo, ya confiando a ojos cerrados en la vocecilla en su cabeza, se acercó a platicar con Rebeca, la niña más linda del colegio. Rebeca no se alejó como lo hacían las demás niñas, por el contrario, se acercó más a él y muy cerca del oído le susurró las primeras palabras de amor que el siempre rechazado niño había escuchado: “Me gustas”. El corazón de Sebastián estaba excitado, le palpitaba a toda velocidad y se hubiera quedado allí sentado, hipnotizado, de no ser porque Benjamín no lo abandonó. Se envalentonó, y con un beso en la mejilla cerraron el caso: serían novios.

 Rebeca era una niña especial, era bella, y simpática, a todos caía bien; tenía muchos amigos, sus fiestas de cumpleaños siempre eran un éxito; y si ella faltaba a alguna reunión, todo era un fracaso, pues la mayoría de los niños hacían reuniones soleadas en el parque con la única intención de verla en shorts. Ella por el contrario, se sabía sola, pues nadie le hablaba con la intención de conocerla, sino de aumentar su popularidad y vanagloriarse de ser amigo de la niña de la que todos quieren un beso. A Rebeca le gustaban los helados rosados, las margaritas, los unicornios, típica niña melosa que ama las mariposas y le encanta correr descalza en el jardín. Le gustaba Sebastián por su sinceridad, por su corte de pelo anticuado, por sus notas, siempre buenas, por la estrella que lo acompañaba, pero sobretodo, por soportar tan bien la soledad, cosa que ella no lograba; necesitaba amigos que la elogiaran para sentirse amada. Claro que esto no lo sabía ella y simplemente decía que Sebastián poseía un “no sé qué” especial. Sebastián por su corta experiencia amorosa, se dejó seducir. La soñaba, la pensaba, la imaginaba, todo el tiempo era ella, toda palabra era inspirada en su mirada, en su cabello, su aliento. Todo movimiento de Sebastián estaba destinado a convertirse en caricia, todo su mundo giraba en torno a su primer amor. Benjamín solía espiar a Rebeca, según instrucciones precisas de Sebastián para recopilar información útil, que extendiera el tiempo de su noviazgo. Benjamín, como siempre, hizo una magnífica tarea. La observaba día y noche. Llegó a conocer su postura favorita para dormir, su gusto por las novelas principescas, se enteró de su más grande secreto: le temía a los gatos. Miró sus verdes y hermosos ojos, su cabello rubio, que la acariciaba a cada voltear el rostro. Comprendió que Rebeca era en verdad bella, y que Sebastián la amaría por sobre todas las cosas; incluso por encima de su amistad. 

 Con el pasar del tiempo, Sebastián, obsesionado de Rebeca, no dejó de ser un solitario; contagió a Rebeca la soledad. Se les veía juntos en la plaza, en el parque, el club, en las calles, siempre juntos, solo ambos. Rebeca estaba enamorada de su hombre, jamás se quejó de nada, aceptó la gradual desaparición de amigos, compañeros, e incluso primos y hasta de su madre, que antes de Sebastián, era su mejor amiga. Sacrificó a todos. Sebastián no tenía mucho que perder, pero también lo entregó todo: a Benjamín. Día a día, se alejó de ese ente incorpóreo que tan fiel le fue en la infancia. Ya no le pedía ayuda, no escuchaba sus consejos, no lo miraba, no le prestaba atención, no lo solicitaba, hasta que el imaginario compañero, lentamente, desapareció. 

 Sebastián y Rebeca crecieron. Rebeca Le exigió un hogar, un trabajo, un coche, un hijo. Sebastián, enamorado como estaba, no se negó a nada, de todo corazón se propuso hacer feliz al amor de su vida. Ya tenía diecinueve años y era todo un hombre. Se compró un traje, un portafolio y salió en busca de los ideales de su amada. Lo contrataron en una fábrica de cajas de cartón. La paga era buena en un principio; rentaron un cuartito, compraron un televisor, una cama, un frigobar. Rebeca decoró las cuatro paredes con bonitos cuadros de paisajes, un florero en la esquina, una linda cortina en la única ventana de la habitación. Su vida era maravillosa hasta que llegó el bebé. El dinero no era suficiente, la renta subía cada año, los alimentos también, el médico, los pañales. La fábrica ya no era la mejor opción. Una mañana, en que Rebeca se quejaba del niño, Sebastián se puso el traje, tomó el viejo portafolio y salió en busca de un nuevo empleo. No lo consiguió el primer día, no el segundo, y al tercero no sólo no lo consiguió, sino que estaba despedido de la fábrica. 

 La desesperación atormentaba al buen Sebastián; los lamentos de su mujer eran continuos, ni que decir de los llantos del bebé, o los furiosos golpes del arrendatario que pasaba en las madrugadas a cobrar la renta atrasada. Su suerte cambiaba lentamente, ya no era el chico afortunado que fue en su infancia. Rebeca ya no era tan bella, luego del parto, su vientre fofo y pálido ya no lo sumergía en las libidinosas ensoñaciones de cuando joven. Los senos hinchados de leche le parecían repugnantes, y el cabello de Rebeca llenaba el pequeño cuarto, sobre el colchón, en el cepillo, ¡en la sopa! Su odio se expandía a todo el mundo, a los otros jóvenes que no tenían esposa, a sus padres, que nunca lo ayudaron en nada, a los padres de Rebeca, que la habían olvidado; a las secretarias que lo hacían esperar, a los empleadores, que no lo empleaban, a los perros, que se interponían en su camino, a los pájaros que lo despertaban a las siete de la mañana; a su estrella, que lo había abandonado. Se sentía solo, esta vez, se sentía solo, se sentía desfallecer. 

 Llamó a Benjamín para que lo ayudara. Éste no aparecía. Sebastián gritaba en lo más profundo de su ser, se adentraba en su consciencia, en su pre-consciencia, en su inconsciente y en todos esos lugares que alguna vez, algún psicólogo nombró parte del sistema anímico. Si no aparecía el imaginario, lo maldeciría para siempre. A punto estaba de hacerlo cuándo lo vio en la acera de enfrente, recargado en un árbol. Portaba una bata blanca y su aspecto era deprimente: barba descuidada y cabello largo. Se acercó a él y le suplicó: -Ayúdame, amigo. Me ha ido mal sin ti- Benjamín lo miró serio, sin expresión, como quien se propone dar una decepcionante noticia, y le dijo: -¿por qué?- Sebastián dio cientos de respuestas, unas agradables, unas no tanto, pero no atinó a la verdadera pregunta: -¿Por qué me abandonaste?- Preguntó Benjamín.  Sebastián trató de calmarlo y lo invitó a caminar por el parque y tomar un café. Le explicó la situación y le pidió perdón con lágrimas en los ojos. Benjamín estaba realmente sentido y ofendido por el desprecio que le mostró su amigo, pero al fin, lo perdonó. No fue fácil, le condiciono la ayuda: -Te ayudaré, pero debes prometer que no volverás a despreciarme por ella.- Sebastián aceptó de inmediato. –Para probarlo, debes matarla.- Sebastián escupió el café, se puso amarillo, casi se desmaya. Sin embargo, finalmente aceptó. El pacto estaba hecho, Sebastián debía matar a Rebeca esa misma noche y a cambio, Benjamín regresaría con él. Juntos, conquistarían el mundo. 

 Entró al cuarto, muy sigilosamente, Rebeca y el niño dormían. La miró allí acostada, con el niño entre sus brazos y sintió repulsión, ellos eran el origen de todas sus desgracias. Además, Benjamín le había prometido aparte de su compañía, grandes riquezas, triunfos, una vida de egocentrismo, vanidad y sueños terréanos. Tomó el cuchillo, el único que tenían, y lo enterró hasta el fondo, sin dudar un segundo, en el pecho del niño, atravesándolo y matando de una sola cuchillada, a Rebeca y  a su hijo, que no tuvo nombre, pues jamás lo decidieron. Rebeca murió con el niño sobre ella.  

 La sangre manchaba todo el suelo, el olor a locura era penetrante. Las manos rojas le recordaban a Sebastián la belleza de Rebeca, la sangre era bella, la sangre de la mujer amada, mezclada con la de su hijo, la prueba de su amor. Alzó el arma y de un golpe la dejo caer sobre su pecho, le urgía reencontrase con su familia y pedir perdón…

II

 La madre de Benjamín lloraba sobre el sillón de terciopelo rojo. Una noche más de lágrimas. La luna, hermosa, caía sobre ella, haciendo brillar el río de sus ojos. Un pájaro, bello, de color azul plata, descansaba en la rama del árbol junto a la ventana por la que se colaba el espectro lunar. El cuadro era perfecto, la mujer triste, la noche triste, la luna grande y el animal majestuoso. Pero ¡qué le importaba a ella todo eso! ¡¿Qué le importaba a una madre que día a día perdía a su hijo, la noche estrellada?! 

 Benjamín siempre había sido un niño solitario, la cosa no era grave, muchos niños lo eran a esa edad. La cosa empeoró cuándo los maestros los expulsaron de la escuela por retraído. Los médicos dijeron autismo; el padre, semilla del mal; las vecinas, castigo de Dios. Lo internaron  a los seis años. No hablaba con nadie, excepto consigo mismo, que era peor que no hablar con nadie, pues demostraba su locura en interminables monólogos de toda la noche o toda la tarde. Lo sometieron a terribles choques eléctricos, a baños de agua helada, pero nada, Benjamín no reaccionaba, vivía fuera de este mundo. Su madre rogaba a todos los dioses por la salud de su hijo; ansiaba verlo jugar a la pelota, enseñarlo a patinar, cantar el abecedario en inglés o “Noche de paz” en el coro infantil. 

 Las enfermeras que velaban los sueños del infante, le escuchaban hablar dormido, e incluso sonreír, como si  en su estado vegetal encontrara un mundo hecho a su media, alegre, y que nadie más comprendía. Todas las frases que escapaban del paciente eran anotadas en libretas blancas: 

1) “No dobles por aquella esquina, detrás, se esconden Eduardo y Javier, quieren robarte el almuerzo” 
2) “Si te ofrecen chicle, no tomes el primero o lo lamentarás” 
3) “Habla con ella” 

 Lo que decía carecía de sentido, nada era profético, no revelaba secretos del más allá o la ecuación de la creación: era como si viviera en sueños, como si su vida fuera totalmente onírica. La madre no soportaba verlo así, deseaba para su hijo una vida real.

 El asunto se agravó el día en que Benjamín enmudeció de plano. -Su hijo está muriendo, señora- Dijeron los médicos. No come, no duerme, no se mueve, ya no habla solo, se desvanece. 

 Los médicos, luego de algunos años de tratamiento sin mejoras, decidieron recortar sus sesiones y la mayor parte del tiempo lo mantenían dopado para que las enfermeras pudieran realizar otras tareas. Así pasó muchos años, en los que antes de cada jeringazo de morfina se le escuchaba decir: “No, no te alejes, no te alejes” como si la droga lo alejara de su vida en el inframundo.

 Un día, uno de esos días que a pesar de ser anhelados, llegan inesperados, Benjamín despertó de su interminable letargo. Se le escuchó renombrar a su amigo imaginario con un ligero brillo en los ojos. Durmió de nuevo y Finalmente despertó. Se levantó de la cama, con veintidós años encima, la barba crecida; como si acabara de nacer, muy lentamente se acercó a su madre. Ésta gritó jubilosa, lo abrazó y dando gracias a Dios, se arrodilló. Así, en cuclillas, tomó las manos de Benjamín y las besó. –Hijo mío, hijito, mi pequeño Benjamín- El joven miró extrañado a la mujer que lloraba frente a él y pasó de largo, diciendo: -Lo siento señora, no soy su hijo, me llamo Sebastián, ¿dónde está Rebeca?-.



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