martes, 31 de agosto de 2010

De los hijos.

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Tenía trece años y pregunté a mi padre por qué decidieron tener una hija. Dijo porque tu madre y yo nos amamos y deseamos compartir nuestro amor contigo. Pero pasados cuatro años de aquella pregunta, mi madre abandonó a mi padre. Se divorciaron. Entonces comprendí que todo el rollo aquel del amor pudo ser verdad para el Sr. Pinciotti, que es en general un hombre bueno y sincero, pero no para mi madre. Cosa que siempre mostró. Todos los días me demostraba que no me deseó jamás. Llegué a pensar que fui un accidente. No un accidente taxativamente hablando, sino un accidente planeado por la Sra. V., mi madre, para atar a mi padre. Para casarse, sacar algo de plata, y sólo eso. Luego dejé de pensarlo como una hipótesis y me resigné a que era verdad. La única verdad detrás del espermatozoide que alguna vez fui. No entristecí. Para nada. A los trece años yo era tan fría como un filósofo o un científico. Y como ellos me puse a investigar. Preguntaba a mis compañeros de colegio por la situación familiar de sus hogares. Los sondeaba hasta el grado de hacerlos llorar. Les metía poco a poco la idea de que sus padres definitivamente no habían planeado nada al respecto de sus nacimientos, y les convencía que todo eso era una basura. Un truco de la naturaleza para no extinguirse. El sexo es un truco de la naturaleza para no extinguirse, decía citando a Nietzsche. Nuestros padres han caído en la trampa. Más de uno vino al mundo por un descuido en el sexo. Lo decía con cara de pequeña Merlina y algunas chicas dejaban escurrir alguna lágrima. Lo he pensado y tienes razón, decían. Yo no sé si en verdad la tenía pero me encantaba hablar de eso. Sobre todo con las niñas idiotas que se creían princesas de papá. Les desmoronaba las ilusiones y les sacaba algo del serrín que llevaban por cerebro. Aunque sacarle el serrín a alguien que lo lleva por cerebro no ayuda demasiado; al final terminan con el cráneo vacío.

Dejé de hacer mío el sentimiento del absurdo del nacimiento de las personas. Y de lo falso del amor por los hijos. Se les quiere conforme el feto se gesta pero eso de planearlos, creo que muy poca, pero poquísima gente, lo hace. Estuve un par de años analizando todas las situaciones, todos los nacimientos en que yo había estado cerca. Recuerdo por ejemplo, el nacimiento de Georgy, el hijo de una amiga de mi padre. Margarte, que era la madre de Georgy se embarazó a los veintiún años y cuando yo la conocí, no hacía otra cosa que mal-hablar de su ex esposo. No creo que haya tenido intenciones de algo con mi padre, simplemente se quejaba por costumbre y placer. Aunque era demasiado joven para ser amiga del Sr. Pinciotti. Se casó a los veintidós y se divorció a los veinticuatro. La miraba pasearse en la sala de mi casa con Georgy en brazos y pujando una canción de cuna. Cuando lograba dormir al nene se iba a donde el Sr. Pinciotti. Yo la seguía y escuchaba sus conversaciones: ya no aguanto, el bebé me está matando. La historia de esta mujer era la siguiente: todo se salió de control. Tenía veinte años y era una zorra, se daba la buena vida y sus padres le advirtieron. Pero no hizo caso. Se acostó con algunas docenas de chicos y finalmente pasó: Georgy se manifestó en un cólico agudo que llegó como un trueno en plena noche de antro. Margarte se dobló del ardor en el abdomen. Joseph, nombre que inventaré para llamar al hombre que la acompañaba aquella noche (lo invento porque ella no lo recordaba), la sacó de tanto bullicio y la llevó hasta casa, donde la dejó. Cancelaron lo del antro y lo que Jospeh pensó era su oportunidad. Era la primera vez que salían juntos. Margaret pensó no era algo grave, gajes del oficio, se dijo, y adjudicó el asunto a un exceso en el consumo de alcohol y tabaco. Pero las noches de antro continuaron frustrándose por retortijones certeros, como toques de la mano de Dios. No dijo nada a nadie. Ni a sus padres, ni a ninguno de sus amantes. Era demasiado descuidada, lo confiesa; era de las que dicen: no es lo mismo con condón. Incluso noches de pasión se vieron afectadas por cólicos y mareos. No es posible, se repetía Margarte mientras se miraba el vientre al espejo una mañana de enero. Es totalmente posible, dijo el médico de cabecera. Finalmente se decidió por la opinión de un experto. Demonios, dijo, Margaret. ¡Santo cielo!, dijo la madre de Margaret. ¡Puta!, dijo el padre de Margaret. Y el padre de Georgy no dijo nada. No lo dijo porque Margaret ni siquiera sabía quién diablos era el padre. Cómo que no sabes, ¡puta de mierda!, gritó el padre de Margaret. Eso gritó textualmente, según contó al Sr. Pinciotti. Escucha, hija, para que aprendas, me decía a mí, que contaba la edad de doce o trece años. No iba a imaginarse que yo acabaría siendo tan zorra como Margaret. Mi padre solía repetirme: copia lo bueno de las personas, no lo malo. Y eso hice. Copié lo bueno y no lo malo. Es decir que copié lo libertina y deseché lo idiota. Tanto que a los veintidós años, cuando tomé pleno control de mi vida sexual, se convirtió en un ritual la protección contra el embarazo. Lo hice casi religiosamente. Obsesivamente. Me atemorizaba procrear al grado de la desesperación. Soy capaz de diez abortos antes que parir un niño no deseado. No lo hago por el niño, lo hago por mí… Pero la cosa con Margaret siguió: su padre, más calmado, le advirtió que encontrara al progenitor antes del alumbramiento. Margaret, de ser la princesa de la noche de antro, la musa encantadora y de futuro prometedor, terminó siendo una paria. Nadie quiere a una madre soltera por guapa que sea. Una madre no es divertida. Y menos a la edad de veintiún años. Y si es soltera significa que fue una zorra sin cerebro. O una mujer demasiado lenta para creer en las promesas de un príncipe azul, o para creer en el amor. Hay otros casos, justificables, pero en general son los anteriores. Todo eso me pensaba y por ningún motivo deseaba estar en alguno de aquellos casos. 

Margaret se propuso buscar un salvador. Y lo hizo. Literalmente consiguió enamorar a un hombre llamado Salvador. De verdad. ¿Cómo lo hizo?, muy fácil. Salvador fue engañado. Fue seducido por una falsa mujer sumisa, tierna, adorable, de fuertes principios morales. Esto último es importante. Le dijo a Salvador: mi amor, ¿de quién más va a ser hijo si yo sólo te amo a ti, y sólo tú me has tenido? Claro que Salvador no era tan estúpido. Lo dudó por más de tres meses. Pero dije: no era TAN estúpido, pero a fin de cuentas era lo suficiente. Margaret logró hacerle creer el cuento. Y se casaron en la iglesia del sagrado corazón de Jesús de no sé qué basura. En un pueblo. Salvador era un hombre de origen pueblerino, cuyo padre estaba forrado de pasta por la venta de ganado exportado a Estados Unidos. Salvador vino al Distrito a estudiar Economía en el Tecnológico de Monterrey. Pudo hacerlo en Monterrey pero algunos se creen que la ciudad de México es la gran cosa, y lo hizo en el campus Ciudad de México. Era un joven de botas y sombrero. Llegó a la boda en un Mustang pura sangre al que llamaba El mesteño Georgy. Era un caballo precioso que heredó de un tío abuelo y con el que se encariñó sobremanera. Lo amaba. Llevaba la foto del mesteño Georgy en la billetera y te la presumía cuando la cerveza se le subía a la cabeza. ¡No me digas que tu hijo se llama así por el caballo!, dijo asombrado el Sr. Pinciotti. Así es, contestó Margaret asintiendo con la cabeza exageradamente, como diciendo: por esa reverenda tontería… O sea que la pobre estaba jodida enserio. Tenía un hijo al que no deseaba,  con un nombre ridículo. No por el nombre, sino por lo del caballo. ¿Y luego?, dijo mi padre que estaba interesado en la historia. Nos casamos, dijo Margaret, y mi padre pudo salvar su honor de la deshonra. Mi madre jamás me perdonó. Trataba bien a Salvador y nunca dijo nada pero dejó de hablarme. No de dirigirme la palabra, eso sí lo hacía, para ordenarme cosas o para reclamarme hasta el hartazgo, pero dejó de hablarme como a una hija. A eso me refiero. Ajá, dijo el Sr. Pinciotti, entiendo… Y si ocultó lo del apócrifo embarazo no fue por gusto. Lo hizo porque mi padre la amenazó de abandono si soltaba una sola palabra. No voy a vivir en una familia disfuncional, decía. Prefiero abandonarlos a todos e irme a una isla antes que vivir con una familia manchada por la lujuria y el pecado. 

 El padre de Margaret era un exagerado. Era un paranoico de las apariencias. Prefería ver a su hija sufrir, y a su esposa, que soportar los rumores de la sociedad. Y Margaret no era distinta, aunque se quejaba de su padre, no era distinta. Al Sr. Pinciotti le contó la verdad porque eran amigos, pero si la mirabas en sociedad, se decía contentísima del regalo de Dios que es su hijo. Y si le preguntas por su esposo te echaba un cuento de lo mucho que lo amaba y todo eso. Su vida era una mentira total. Tenía veintitrés años y era una mujer deshecha por la vida. Y por su ninfomanía. Y ese era el caso de miles de personas que yo analizaba. Casos similares. Te ves a las madres sumergidas en el éxtasis de la felicidad por sus bebés, pero en el fondo, es mera resignación. No digo que no amen a sus hijos. Lo hacen con el tiempo, en el mejor de los casos. Pero eso me parece tan hipócrita como cualquier bajeza. Margaret no pudo más. No amaba a Salvador y no pudo más. Salvador no ofrecía a Margaret absolutamente nada que ella buscara. Era cariñoso y un buen hombre, incluso era bueno en la cama, decía, tenía maneras bruscas, pero saber que no era el hombre de su vida, y sobre todo, saber que había tantos hombres más, la deprimía. Cuando esas ansias de tener más hombres dentro que no fueran el mismo noche tras noche, se manifestó, Salvador sacó todo lo macho y posesivo de su sangre campesina. Era un tirano, dijo Margaret. Todo el teatro de puritana se le cayó a la mustia cuando Salvador la encontró con el pene en la boca. El pene del capataz. Cuando se casaron salvador y Margaret se fueron a vivir a un rancho en Monterrey. Un lugar desolado y aburrido como ninguno, dijo Margaret que había regresado para contar sus penurias. Y como no tenía mucho de dónde escoger… Le pareció buena idea liarse con el capataz. ¡Con el capataz!, gritó Salvador una y otra vez: ¡Con el Capataz! Salvador exigió el divorcio inmediatamente. No sin antes darle la golpiza de su vida a la pobre de Margaret. En esta parte lloró. Estaba contándolo a mi padre, el Sr. Pinciotti, y soltó uos lagrimones. Mi padre la consolaba pero no era suficiente. Yo pensé que ya no contaría el resto pero así como se soltó a llorar: sin preaviso, se soltó con el rollo: regresé a casa de mis padres. Salvador me entregó. Le pedí de favor que no contara lo del capataz pero se negó. Dijo ser un hombre de honor y no iba a permitir que su nombre y apellido se vieran manchados por una mentira. El Sr. Pinciotti tosió en esta parte. Lo que continuó me arrancó una carcajada: Salvador acusó a Margaret de haberlo engañado con Rubén. Entonces Margaret se defendió: yo jamás lo hice con Rubén. Ahora lo niegas, dijo Salvador enfurecido. No, dijo, pero fue con el capataz, no con Rubén, dijo Margaret ingenuamente. Ni su nombre sabía, como siempre. ¿Qué va a importar el nombre del hombre al que te estás tirando? ¡El capataz se llama Rubén!, dijo Salvador. Finalmente la abandonó con todo e hijo. Salvador lloró por Georgy pero apuntó que un niño  siempre está mejor en brazos de su madre. Salvador era un hombre de cojones. Noble, pero de cojones. 

Aquí acaba la historia de Margaret y comienza otra. La de mi padre. Los padres de Margaret no la aceptaron en casa. ¡Por puta! Le dijeron a todo mundo que seguía casada allá en el norte. Y vino a pedir asilo al Sr. Pinciotti. 

2

Mi padre, que es un ángel, le concedió dos semanas para buscar un empleo. O sea que no es ángel. El payaso le dijo: consigue un empleo porque en mi casa no viven arrimadas. Y me pagas renta, dijo. Yo lo sabía: quería dar una lección a esta mujer. Margaret se acercó a mí y pude saber qué clase de mujer era. Era una manipuladora. Pero una mala manipuladora. No era amiga de mi padre como me contó al principio, sino que mi padre y el suyo, eran amigos. Y ella nunca habló con el Sr. Pinciotti más allá de un saludo. Y ahora venía a pedir hospedaje. Mi padre prometió a Margaret no decir nada a sus padres siempre y cuando siguiera las reglas de la casa. Las reglas de la casa son más que las reglas religiosas del islam, dije. Por ejemplo, está prohibido meter chicos. Meter animales que suelten pelo por toda la casa. Fumar. Beber. Llegar después de las diez. Dar tu número telefónico a desconocidos… Yo iba seguir pero noté que Margaret no ponía atención. No le importaba. Estaba ideando un plan. Yo lo sabía. Margaret era del tipo de persona que evita toda responsabilidad. De los que jamás hacen nada que alguien les diga o pida o imponga. No lo hacen por rebeldía. Lo hacen en automático. Cuando vas a desobedecer alguna regla, tienes que estar segura que hacerlo te beneficiará en algo. Es como invertir dinero. Si la ganancia por romper la regla o llevar la contraria, no es mayor a la consecuencia, es un mal negocio. Margarte hacía malos negocios todo el tiempo. Con lo del codón, por ejemplo. El precio que pagó es más alto que el placer obtenido. Todas las posibilidades de perder eran suyas. Yo rompía reglas todo el tiempo pero siempre ganaba. No era tan imbécil para ponerme la soga al cuello. Entonces dejé que pasara lo inevitable. Corrieron las dos semanas que mi padre dio a Margaret para arreglar su vida y no lo hizo. Mi padre es muy estricto en eso de hacer tratos. Margaret se excusó por no saber hacer nada. En eso no mentía. No sabía hacer nada. Sólo coger y chupar penes. ¿De qué me voy a emplear si no sé hacer nada? Terminó la preparatoria pero no ingresó a alguna universidad. Se embazó y ya no hubo tiempo. Se caso y el tiempo de estudiar definitivamente se le fue de las manos. Y nunca había trabajado en algo. En cierta forma tenía razón: ¿cómo iba a obtener un empleo? El Sr. Pinciotti entendió aquello y le facilitó aún más la vida. Le dijo, preséntate en mi oficina mañana a las nueve. ¿Usted estará allí?, preguntó Margaret. Claro, dijo, te contrataré para algo, ¿sabes tomar notas? Creo que sí, contestó Margaret. Luego insistió: ¿Usted estará allí? Sí, claro, repitió mi padre. ¿Me puedo ir con usted para llegar puntual?... Margaret se refería a salir de la casa junto con mi padre e ir en su auto. Tenía sentido. Pero mi padre es estricto. No, dijo, tendrás que salir antes si quieres llegar. Así que la pobre Margaret debía levantarse dos horas antes que mi padre y salir en medio de tanto frío y caminar y caminar hasta encontrar algún transporte público. Pide un taxi, le dije y le extendí la tarjeta de los taxis. ¿Cuánto cobran?, dijo. Como trescientos pesos, dije, no creo que más, y eso por el tráfico lento. No puedo pagarlo, dijo. ¿Cómo?, dije. Pensé que Salvador la había abandonado pero no así, sin un quinto. Tenía sólo lo necesario para sobrevivir un mes. O menos. No puedo creer que tus padres te echaran así. Me odian, dijo, de verdad me odian. Toma, dije, dándole quinientos pesos. En el fondo sabía que no volvería a ver mi dinero pero vi una película donde un joven pierde la amistad de un chico por un préstamo, y un hombre sabio le dice: no te preocupes, no era tu amigo y te salió barato. O sea que en todo caso, deshacerme de Margaret me costó quinientos pesos. Una ganga. Eso la obligó a irse. Me debía dinero que no podía pagar. Es increíble pero cierto. Aquella mañana tomó en brazos al pequeño Georgy, tomó el dinero, y se fue… No llegó a donde mi padre. Jamás la volvimos a ver. No estaba dispuesta a pagar el precio de trabajar. Mal negocio. Rompió el trato con mipadre como si eso le conviniera en algo. Era idiota o algo. 

 Pregunté a mi padre si haría algo por ella. No, dijo, no es mi hija. O sea que sólo quieres a tu hija, dije. Sí, dijo y me abrazó. Yo a ti jamás te abandonaría, bebé. Y me abrazó más fuerte. Mi padre me quiere con el alma y yo a él. Pero tenía que saberlo y pregunté rompiendo con todo lo bello del momento: dime la verdad, ¿me planeaste? Lo pregunté enserio y el Sr. Pinciotti lo notó. Tuvo que decir la verdad. Dijo: no, pero te amo con todas mis fuerzas y jamás te dejaré sola. Gracias, padre, dije y lo supe: yo tenía razón. Ahora que lo sé no me afecta en lo mínimo. Pero me enferma que la gente mienta con respecto a eso. Yo por ningún motivo deseaba hacer algo así a mi hijo. Es decir, si llegase a tener un hijo, no quisiera que fuese el error de mi vida. O el ya qué de mi vida. Pero preferiría no tener un solo hijo. Soy demasiado egoísta para compartir mi vida con alguien que no sea yo. Prefiero ser egoísta que una hipócrita resignada.  


domingo, 29 de agosto de 2010

La vida es intolerable cuando sabes exactamente qué va a pasar.

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La vida es intolerable cuando sabes exactamente qué va a pasar. Yo no lo soportaba. Entraba a algún bar y jamás sabía lo que se avecinaba. Puede que me liara con alguna mujer, o terminara la noche con un grupo de gilipollas. Y algunas veces no pasaba nada. Entraba solo, salía solo, y no pasaba nada. Absolutamente nada. La incertidumbre de no saber qué ocurrirá, eso, me hacía entrar y sentarme a beber sin parar. Paraba cuando se me iba la pasta, o cuando sabía (saber es intolerable), que no ocurriría nada. En esos casos me iba a otro sitio en busca de alguna cosa que valiera la pena contar. Incluso así había veces que terminaba en casa, echado en el sofá, sabroso, escuchando Bach y fumando un cigarrillo. Es decir, sin hacer nada. 

 De las noches que sí pasó algo recuerdo una donde me fui a un bar del centro de Tlalpan. El centro de Tlalpan era mi territorio. Sin embargo, aquella tarde entré a un bar al que jamás había entrado. Era nuevo. Lo habían montado sobre un viejo billar. Ya no había mesas de carambola ni nada. Ahora era un condenado bar. Era un lugar casi elegante y tenía un enorme anuncio que decía: Terraza para fumar. En aquel entonces se aprobó una puta ley que prohibía fumar en lugares públicos cerrados. Era una mierda de ley para los que fumamos enserio, así que aquellas letras impresas en una manta de cinco por cuatro metros, era un oasis. La cerveza estaba a treinta pavos el tercio de litro. Era un lugar caro. Podías pagara hasta quince pavos el tercio en otros sitios.  Recién había cobrado un par de cheques atrasados de Nissan así que no importaba demasiado. Yo era un tío dispuesto a gastarlo todo. Y cuando estás dispuesto a gastarlo todo, la gente lo huele. Así que entré allí con actitud de papi chulo y las meseras se desvivían por atenderme.  Le dije a la de recepción me acomodara en la terraza. Lo hizo y una mesera se acercó. Era una mesera como todas las meseras. Sin nada interesante. ¿Desea ordenar, señor?, preguntó. Sí, tía, dije, quiero tres cervezas. ¿Tres cervezas?, preguntó incrédula. Sí, contesté, tres cervezas. ¿Espera a alguien más?, preguntó. No, dije estoicamente. Venía solo y un hombre solo nuca en la vida de esta jeba le había ordenado más de una cerveza a la vez. ¿Tres cervezas entonces?, insistió. Sí, dije, TRES cabronas cervezas. Sí, señor, dijo y se fue a por las birras. Regresó con lo pedido. Puso la primera cerveza sobre la mesa y la cogí. La bebí al hilo. La tía apenas colocaba la última botella, yo había terminado con la primera. Me echó unos ojos de búho. Cogí la segunda y la bebí hasta la mitad. ¿Desea ordenar algo de comer?, preguntó. No, contesté tajante. Verá, dijo, únicamente puedo servir bebidas alcohólicas acompañadas de alimentos, no tengo permitido… No sé porqué no lo dijo desde el principio. Quizá se lo pensó dos veces al verme beber de ese modo. Verás tú, dije, deseo BEBER, no comer, y vacié la segunda mitad de la segunda cerveza en mí. Tendrá que hablar con el encargado, contestó la tía un tanto molesta. Trae al encargado, Dios, dije. Encendí un cigarrillo. La chica desapareció entre la primer nube de humo. Luego apareció con el cabrón encargado. Me echó  el rollo de beber y comer. Mira, tío, dije sacando veintiséis billetes de a cien pavos cada uno: pienso beberme hasta el último centavo. ¿Tú piensas sacarme hasta el último centavo, o dejaras ir a estos bebés a la cantina de al lado? Perfecto, señor, dijo y se largó. Me dejó en santa paz. Ordené una cerveza más. Aún me quedaba una botella en la mesa y la mesera preguntó: ¿no desea terminar primero con lo que tiene? Yo sé bien lo que deseo, respondí: otra condenada cerveza, por favor. Y movió el culo la jeba. Cuando regresó yo había terminado con todo. 

Yo llegué a eso de las cinco de la tarde y el lugar estaba vacío.  No había gente, ni música, y eso me agradó bastante. Lo de la música, quiero decir, pero de repente pusieron la trasmisión de un partido de soccer. Odio el soccer. Estaba solo, bebiendo mis cervezas, y los locutores del partido aullaban a todo volumen por una bocina que colocaron justo a dos metros de mí. Paciencia me dije. Pero no la tuve. La terraza era un espacio en la azotea del lugar. Tenías que subir dos pisos y allí estaba. Y la mesera tenía que bajar dos pisos y luego subirlos para traer las cosas pero se quedaba cerca por si yo la necesitaba. Entonces la llamé y ordené una cerveza más. Aproveché el tiempo que le tomaría aquello. Me subí a un banco y desconecté la bocina. ¡Dios, la paz me vino! Aunque no duró demasiado. Cuando la mesera trajo la cerveza dijo qué pasó con la bocina y yo dije no sé, la vida es un puto misterio. Llamó al encargado y la conectaron. ¡Coño!, pensé. Otra vez los locutores diciendo un montón de cosas que no me interesan en absoluto. Y los silbatazos, Dios, la cosa era insoportable. La desconecté otra vez cuando se fueron. Al rato la chica regresó a ver si todo iba bien conmigo y preguntó por la puta bocina. Mira, le dije, no sé qué ocurre pero está bien. ¿Cómo?, dijo ella. Sí, dije, está bien. Prefiero el silencio. Los ojos de búho saltaron otra vez. ¿Cómo?... Sí, tía, dije, quiero beberme mi alcohol en silencio. Ajá, dijo y se fue. Pero regresó con el encargado. Conectaron la bocina. Luego él se acercó a mí y dijo: Señor, ¿usted ha desconectado la bocina todo este tiempo? La jeba había corrido el chisme de mis preferencias. No pude mentir. No sé mentir. Sí, dije, me jode el ruido. El tío se cabreó y me pidió de la manera más atenta. Así lo dijo: le pido de la manera más atenta que… Al menos podrías poner algo de John Lee Hocker, dije al cabronazo pero no tenía ni idea. ¿Cómo?, dijo. Ya sabes, dije, el negrazo del blues. ¿Cómo?... Olvídalo, dije, sólo apaga la bocina. Lo siento, contestó, pero no puedo, por políticas de… y se echó un rollo de eso. A fin de cuentas dejaron el partido de soccer. Yo argumenté que yo era la única persona en el lugar, no hay nadie más que posiblemente deseara escucharlo. Yo era el único, y no quería escucharlo. Pero no hicieron caso. Era importantísimo que esa cabrona bocina bufara a más de cincuenta decibeles la trasmisión del partido. Importante. El soccer es importante. Es un imán de gilipollas. 

2

Yo iba solo pero no estaba realmente solo. Llevaba conmigo un libro de Paul Auster: La invención de la soledad, y mi vieja libreta. Me puse a escribir. Escribía de la vez que un par de policías me subieron al coche patrulla por encontrarme sospechoso. Nunca dijeron sospechoso de qué. Caminaba por Calzada de Tlalpan en la madrugada y les parecí sospechoso. Iba bebido y de allí se agarraron. Querían sacarme un quinto pero yo andaba sin blanca así que no lo lograron.  Yo argumenté que un tío bebido no es delito. Pero ellos insistían… El caso es que escribía todo eso cuando entraron dos tías de treinta años o más y se sentaron a la mesa, junto a mí. No le di importancia y continué con lo mío. No pasó un cuarto de hora cuando una de ellas me invitó a unirme a su mesa. Eran tías regordetas y tetonas. Mujeres fáciles. Solteras y ávidas de sexo con cualquiera. Se pidieron una jarra de cerveza oscura de barril por ciento sesenta pavos. Me fui a donde ellas y me dijeron de dónde vienes o qué. Del curro, dije. ¿De dónde?, preguntaron extrañadas. Yo hablaba con palabras españolas. No lo hacía por que quisiera ser un puto español ni nada. Lo hacía, sencillamente, porque la mayoría de los libros que me leía eran traducciones españolas y se me quedaban las palabras. Del trabajo, corregí. Ya, dijeron ellas, ¿en dónde trabajas? Les dije en Nissan y preguntaron ¿qué haces allí? Vendo coches, dije y se vinieron sobre mí con un montón de preguntas sobre TIIDAS, SENTRAS Y ALTIMAS. Las tuve que parar. Tías, les dije, vengo del curro… ¿De dónde?... De trabajar, mierda, y vengo hasta el copete de todo eso. Si piensan adquirir un automóvil, vayan a VolksWagen, son tremendos autos. Rieron y dejaron el rollo de los coches. Eso no significa que dejaran de joder el palo. Me interrogaron por el libro y la libreta. ¿Por qué traes eso a un bar? Hacían bromas entre ellas. Se cagaban de la risa diciendo que venía a hacer mi tarea. Que era un fósil de la secundaria y cosas. Me hartaron enserio. Sin embargo me quedé con ellas porque me pidieron un tarro y bebí de su cerveza. ¿De dónde vienen ustedes?, me aventuré a preguntar aunque me importaba un carajo de dónde vinieran. A veces las conversaciones te van llevando de la mano. Tenía que preguntarles aquello. Es como un juego eso de conversar con las personas. Un juego monótono y muy gastado. Yo tenía que devolver la pregunta. ¿Y ustedes de dónde vienen? Pero no me importaba. Del curro, dijo una y se mearon de la risa. Ya, dije ¿y dónde laboran? Tenía que hacerlo, mierda, devolver las preguntas. Así es la puta vida. Aquí rieron otra vez extrañadas. Laborar no era una palabra precisamente española como curro o birra pero se rieron. Poseían un parco vocabulario. Me contaron eran secretarias del hospital psiquiátrico que estaba a unas calles de allí. Entonces les devolví las bromas. Construí frases que aludían a la locura, su trabajo, y ellas. Frases que ligaban todo eso en enunciados sarcásticos e irónicos. Se molestaron y querían decirme para de eso, tío, pero no paré. Las hice trizas. Hasta que dijeron: nos vamos. Y se fueron. Supongo que se cambiaron de lugar. En el centro de Tlalpan hay más de cinco bares para elegir y todos están uno junto al otro. Así que supongo que sólo se cambiaron de bar. A la mierda, me dije. 

Me vi solo una vez más y cogí el libro. Me ordené otra cerveza y esperé. Esperaba la aventura. Tenía fe. Algo bueno sucederá, me repetía. Sólo ten fe. Algo gordo. Quizá follaría con un par de mujeres buenazas o un grupo de ebrios pagaría mi cuenta. No lo sé. No lo sé. 

3

Llegaron tres tíos y dos mujeres. Esta es mi oportunidad, pensé. Yo seguía escribiendo: los policías me llevaron a pasear. Me dieron vueltas por la colonia y finalmente me botaron lejos de casa. Caminé hasta mi viejo cuarto. Llegué hecho un trapo y me fui sobre el sofá. Al otro día tenía una resaca brutal. Era miércoles en Nissan y yo era el único con resaca. Todos iban bien despiertos, eran unos verdaderos guerreros en busca de ventas. Yo era un guerrero derrotado. Cogí las llaves de la camioneta y me dispuse a irme por un trago para calmar la jaqueca. Pero Victor, Ignacio y Marcos se subieron en la parte de atrás y dijeron ¿A dónde vamos? Por un trago, dije, vengo muerto. Ignacio se molestó con eso. Quería trabajar. Quería hacer el esfuerzo por vender algo. Déjame en algún sitio y llévate la camioneta, dije. Eso hizo. Me dejó en La Puerta Negra y se largaron…

Tomé mi botella y me acerqué a la mesa del grupo aquel. Venga, tíos, ¿cómo están?, dije a todos. Se portaron hostiles. Era un grupo de amargados. Venían en plan de beber un trago o dos y no más. Regresé a mi mesa. No me aceptaron. Se creían demasiado buenos para aceptarme. Coño, pensé, qué gente. Como sea vienen a beber moderadamente, me dije, y eso a mí, no me va. 

 Ordené un par de cervezas más. ¿Juntas?, preguntó la mesera. Sí, contesté, y me trajo un par de hermosas cervezas frías. Estaba bebiendo así, de a dos o tres cervezas a la vez porque podía hacerlo. Sólo por eso. Porque tenía pasta suficiente para hacerlo. Pero me cansé de las cervezas. A la otra me pido un whisky, me dije. La gente comenzó a llegar. Venían en grupos de tres o siete personas y todos querían ser acomodados en la terraza. Yo no entendía la ley. Si todos fuman, ¿por qué prohibir que fumen? Mejor deberían reducir los espacios de no fumadores, son pocos. Siempre son menos. Pero hacen todo al revés, Dios. Me guardé el libro y la libreta. Anocheció. Ahora había suficientes personas para buscarme alguna aventura. Me quedé viendo a una rubita preciosa que venía con un tipo de aspecto alemán o algo. Ella no me devolvió las miradas. Allí no hay nada, me dije. Entonces me quedé viendo al alemán retadoramente. Quizá sea bueno empezar con un pleito y acabar como hermanos, me dije. Pero tampoco le importó que lo mirara. Probé con dos tías escotadas. No tenían las peras del mundo pero usaban los escotes del mundo. Un tercio de teta salía por ellos. Tienen muy abajo el pezón, me dije. Comencé pensar en eso. Para todo lo que sale, tienen el pezón hasta abajo, Dios. No puede ser, me dije, quizá hay algún truco en todo eso. Las mujeres siempre tienen trucos. Hay unas que se ponen pezones de plástico para que siempre den la impresión de tenerlos levantados. Y hay otras que se ponen parches o algo para que jamás se los mires levantados. Dios, es un mundo de locos. La mesera se acercó a mí: ¿todo bien? No, dije, necesito que me traigas un whisky en las rocas. En seguida, dijo. Dio unos pasos y luego volteó hacía mí y preguntó: ¿uno solo?, por supuesto, dije. Ahora se extrañó de eso. No se les da gusto con nada a las mujeres. 

Estuve así más de dos horas. Observando el panorama. No había ninguna oportunidad. Era un lugar de gente tranquila. Moderada. Un lugar donde lo último que buscan es emborracharse. Todo mundo se pedía alguna cosa de comer. Por lo de la regla aquella. Comían y bebían un par de cervezas o dos y ya. Creo que estás en el lugar equivocado, Petrozza, me dije. Las tías eran de esas que no se dejan follar. De esas que creen en lo sagrado del sexo y en no hacerlo con cualquiera. Una lata de tías. Entonces me levanté y salí de la terraza. Iba con mi whisky en la surda y un cigarrillo en la diestra. Atravesé la puerta y nadie dijo nada. Seguí hasta las escaleras y bajé. Nadie parecía notar que iba fumando. En el piso de abajo una banda tocaba música salsa. Es increíble que el ruido no llegué hasta arriba, pensé. La cosa estaba muy sudada. Quiero decir que había parejas bailando salsa y sudando entre humo de hielo seco. Odio la música salsa así que bajé aún más, a la planta baja. Allí la cosa era distinta, había poquísima gente y era gente más acartonada que allá arriba. Me metí al baño. Tiré el cigarrillo a medio consumir en el excusado y puse el vaso de whisky en el lavabo. Entonces me saqué el asunto y eché una buena meada. No había orinado hasta el momento así que fue una larga, abundante y calientísima meada. Como se disfruta, pensé y al final sentí un calambre en el hombro derecho. Un calambre que siempre siento luego de una meada de a diez. Y un escalofrío. Salí del sanitario y caminé hacia la puerta principal. No estaba la tía que me recibió en la tarde así que salí. Sin planearlo, poco a poco y sin mucho escándalo, me vi afuera, con un vaso de whisky y libre de la cuenta. No me lo podía creer. No era mi intención. Enserio. Incluso caminé despacio. Muy despacio. Esperando que alguien me llamara para decir, sí, no hay problema, sólo vine por algo de aire fresco, ya voy a saldar mi cuenta. Pero llegué hasta la tienda Ultramarinos a paso lento y nadie dijo nada. Nada de nada. Así que doblé en la esquina de Miguel Hidalgo y seguí y seguí y no paré hasta Calzada de Tlalpan. Dios, dije, qué cosas. Hasta le estampé los billetes en la cara al encargado y el pobre no tendrá uno solo. Me terminé el whisky de un trago, el último trago, y aventé el vaso al aire. Cayó encima de un auto. No era mi intención. Yo sólo lo aventé al aire. La alarma del coche sonó. Creo que se lastimó el cofre. Me acerqué a revisar. Sí, el cofre estaba algo descarapelado pero no era grave. Pasé el dedo por la fisura y no era nada profundo. Los pedazos de vidrio estaban allí, en el cofre y daba la impresión de un gran golpe. Como si el parabrisas se hubiera roto o algo. Pero no era nada. Entonces llegó una patrulla. Dios, pensé, otra vez no. ¿Qué ha pasado?, pregunto el oficial desde la ventanilla del coche patrulla. No lo sé, dije, venía por aquí y este cabronazo lleva sonando más de media hora. Una mujer policía bajó del lado del copiloto y echó la luz de su lámpara sobre el cofre del coche. Luego la echó sobre mí cara. Me puse la mano en la frente, de visera. Me hace daño, murmure. ¿Cómo?, dijo la oficial. Que me lastima con eso, Dios. Desvió la luz y me preguntó si venía ebrio. Claro, dije, vengo de un bar, y siempre suelo salir ebrio de los bares así que es muy probable que lo esté. ¿No sabe si lo está o no?, preguntó. Ya, dije, no lo sé con exactitud, puede ser que yo esté verdaderamente ebrio o puede ser que sólo sea mi imaginación. A veces pasa. Enserio. El tío conductor bajó y me pidió una identificación. Saqué la cartera y los billetes salían como pececillos comiendo migajas en la superficie. Al oficial le brillaron los ojos. No vi que le brillaran los ojos pero lo supe. Saqué mi identificación y se la mostré. Permítamela, dijo. Lo siento, oficial pero no puedo. ¿Por qué no?, dijo el oficial. Verá, dije, leí recientemente en el periódico que un civil no está obligado a dar sus identificaciones, sólo a mostrarlas, porque de lo contrario usted se la puede quedar, cosa prohibidísima si no he delinquido, y amenazarme con ello. Ya sabe, sacarme pasta para que yo recupere la identificación que tendrá en sus manazas, como si usted tuviera derecho a eso. Se cabreó enserio. Si te sigues haciendo el cómico te voy a llevar a la delegación y allá les explicas todo lo que leíste en el periódico, dijo, anda, dame la identificación. No, dije. El oficial volteó a ver a la oficial y ésta dijo, está bien, sólo saca todo lo que traigas en tus bolsas y ponlo sobre el cofre de la patrulla, no lo tocaremos. Si no lo tocaran no tiene sentido, dije, ¿por qué habría de hacerlo? Sólo caminaba por aquí y esa cosa sonó, yo no tengo nada qué ver. Obedece, dijo la oficial. Entonces saqué lo que tenía en mis bolsillos. No era mucho. Una caja de cerillos. Un encendedor sin gas. Llaves de mi viejo cuarto. Un ticket de la compra de un par de cajetillas de cigarros. La envoltura de un dulce. Puse también mi libro y la libreta. Eso también, dijo la oficial, por eso lo hice. La oficial pasaba la luz de la lámpara por todas mis pertenencias. Ahora la billetera, dijo el oficial. Este tío quiere mi pasta, me dije, pero no la tendrá. Bien, dije e hice como que la iba colocar pero en eso tomé el libro, la libreta, y la caja de cerillos. Y corrí como condenado cabrón. Corrí, corrí, corrí como nunca en mi vida. Los policías tardaron en reaccionar. El hombre era viejo y tenía una panza del tamaño de trillizos. Y la mujer era chaparra, horrible y fofa. Corrí en sentido contrario del flujo de los carros. O sea que la patrulla tuvo que hacer una lentísima maniobra, o salir por la otra calle. Pero ya no me quedé a investigar. Corrí hasta el centro de Tlalpan y me escondí entre los puestos recogidos de una feria que había en aquellos días. Sobraban espacios para esconderse. Será una tarea difícil encontrarme, pensé. Carbones de mierda. Me quedé allí más de veinte minutos y no pasó nada. Quizá se olvidaron del asunto, me dije. Salí discretamente del puesto donde estaba escondido y caminé hacia mi casa. En eso vi la luz de la patrulla. Hizo sonar la sirena. Gilipollas, pensé, ahora me has avisado que debo huir. Yo creía que era otra patrulla, alguna que no sabía de lo sucedido y estaba dispuesto a pasar junto a ella como si nada. Cosa que hubiese sido una estupidez mía. Pero la sirena me hizo saber que debía correr. Me interné en el estacionamiento, por el la librería del Fondo de Cultura Económica. Es un espacio suficientemente grande para poder perderse. Escapar de la policía es sencillo, pensé. La ciudad es un laberinto cuando te conviertes en la rata. Ese espacio tiene dos entradas y una de ellas da a la calle siguiente así que salí por allí. En el camino pensé: no salgas por allí, es totalmente predecible. Luego me dije: no son detectives, son un par de neandertales uniformados. Y lo eran. Salí caminando a la mar de tranquilo por el otro lado y llegué hasta mi casa. 

Entonces me di cuenta: me había dejado las llaves. ¡MIERDA!




jueves, 26 de agosto de 2010

Vamos a la playa.

AudioTexto

Nota: las conversaciones entre las niñas y los personajes sucedieron en italiano y algo de español. En el texto están traducidas para evitar el tedio. 

Ane tenía doce años y era una niña caprichuda. Alice tenía once años y era una niña caprichuda, pero a diferencia de Ane, sabía lo que quería. Es decir, que Ane era caprichuda e idiota, y Alice, simplemente sabía lo que quería y lo exigía, y no se detenía ante nada para lograrlo. Ambas llegaron en un vuelo directo a México, Distrito Federal, y luego en un taxi del aeropuerto, directo a mi casa. Eran sobrinas del Sr. Pinciotti. Ane era hija del hermano mayor de mi padre, y Alice, de la hermana mayor de ambos. O sea que eran primas y yo era su tía-prima o algo. El Sr. Pinciotti quedó de recogerlas en el aeropuerto pero se atravesó una junta importantísima, de esas que siempre son oportunas para eludir alguna obligación moral. Y como buen padre, me ordenó que fuera yo por ellas. Lo malo es que a mí se me atravesó un deseo ardiente de no ir. Las habían enviado desde La Bota para conocer México. Yo no tenía ningún interés en cuidar niñas, así que tomé el teléfono y marqué al móvil de Ane, y le dije: hola, habla tu tía Verónica, apunta esta dirección. ¿Dónde está tu padre?, debió haber llegado hace un cuarto de hora, dijo Ane con voz de mando. No podrá ir, así que anota está dirección. Tardó en contestar, ¿cuál dirección? Dicté mi dirección y luego dijo, ¿y ahora qué? Ahora cojan un taxi, dije. No se lo esperaba la pobre. ¡QUÉ! Coge un taxi, prima, acá te espero. Mira, me dijo, lo único que sabemos es que el suelo que pisamos ahora se llama México, sería bueno que… Corté la llamada. Ane estuvo llamando más de quince veces pero no contesté. Luego dejé pasar veinte minutos y llamé: prima, ¿dónde estás? Cogimos el taxi, dijo. Perfecto, dije, si algo sale mal me avisas. ¡Plats!

 Llegaron y lo primero que hicieron fue amenazarme: te acusaremos con nuestros padres y el tuyo. Hagan lo que quieran, dije. ¿Y bien?, ¿dónde nos instalamos?, preguntó Alice. Pedí a la sirvienta las instalara en habitaciones desocupadas y me largué. Esperen al tío Pinciotti, llegará cerca de las diez. ¿Y a dónde vas tú?, preguntó Ane. A dar una vuelta, desempaquen y hagan lo que quieran, me voy. Me largué en busca de un café para pasar el rato. No hice gran cosa, fue un día aburrido. Sin nada que valga la pena mencionar. 

 Regresé a casa a eso de las once y mi padre me recibió furioso: ¡Verónica!, ¡cómo se te ocurre hacerlas venir en taxi! ¡Y cómo se te ocurre dejarlas solas! Ellas nunca están solas, padre, son dos. No pueden estar solas. Son dos… ¡Cuándo vas a entender el significado de RESPONSABILIDAD! Me llevó aparte y me dijo: ¿sabes cómo se llaman? Ni idea, dije. ¡No eres capaz ni de presentarte! ¡Son las hijas de mis HERMANOS! ¡Quiero que las trates EXCELENTE! ¡Te harás cargo de ellas todo el tiempo que estén aquí! Maldición, dije. La pelirroja se llama Ane, dijo, la castaña Alice. Toma esto (me dio algo de plata), llévalas a algún lugar bonito mañana temprano. Vaya, dije, ahora haré de niñera. Se educada, trátalas bien, muéstrale México, y por sobre todas las cosas: que no se lleven una mala impresión de ti. No quiero que mis hermanos hablen mal de nosotros. Se refería a una impresión de zorra. Lo que más le jodía al Sr. Pinciotti era que la familia dijera Verónica es una zorra interesada. Yo no tenía ningún problema con ello, lo era. Y lo soy. Y lo seré hasta el último aliento. Pero a mi padre le partía escuchar rumores. Vivía en un mundo donde sólo importa el dinero, y el qué dirán. Sin embargo, me había vendido al mejor postor. Me refiero a Scott. Mi prometido. Me casaría con él porque mi padre sabe lo conveniente del asunto. Y la verdad es que yo también lo sé. Así que de alguna manera mi padre fomenta lo zorra interesada que llevo dentro. Es una máscara el hombre. 

Al día siguiente llamaron a la puerta de mi habitación. Eras las niñas. Insistieron tanto que tuve que salir. Tu padre dice que nos lleves a pasear. Bostezando dije: si no se largan de aquí las MANDARÉ A PASEAR. Tú padre dijo, me gritó Ane. Habían visto el regaño que me puso el Sr. Pinciotti y ahora se creían con el control de mi vida. Dame una hora, dije, mientras ordena una pizza. No como pizza, dijo Alice. Bueno, ordena comida china. No como eso, dijo Ane, está crudo. Bueno entonces ordena algo, maldición. Apúrate, dijo Ane, queremos ir a la playa. Ja, dije, sí cómo no. Dame una hora, maldita sea. No digas groserías, dijo Alice, te acusaré con tu padre. Va, dije, y azoté la puerta. Tuve que alistarme para un paseo con dos niñas malcriadas. No es que no me importaran, es que simplemente eran dos desconocidas para mí. Nunca he creado lazos fuertes con la familia. Si no te veo no te conozco, así de sencillo. Y no por ser las hijas de los hermanos de mi padre sentía por ellas algo especial. Sentía lo mismo que por cualquier par de menores de edad: repulsión absoluta. Era una lata. Me convertiría en la niñera de un par de pequeñas amazonas. Y eso, definitivamente no me emocionaba. Estuve lista contra toda mi voluntad y pregunté a dónde diablos quieren ir, verán que en México no hay nada interesante antes de las diez de la noche. Queremos ir a la playa. Lo decían enserio. Mira, Ane, mira Alice, en el Distrito Federal, NO HAY PLAYA. Hemos visto en las guías turísticas que México tiene playas hermosas, dijo Alice, así que deseamos ir. Verás, querida, esas playas están en orto estado de México, lejos, muy lejos y no podemos ir. Enchuecaron la boca y luego dijeron: no importa, vamos. Qué no, dije. Mejor vamos por un café, anden. ¿Por un café?, dijo Alice, ¿crees que hemos venido desde Italia, sólo por un café? No sé a qué hayan venido, dije, y no me interesa, yo voy por un café, ¿vienen o se quedan? Finalmente fueron. Al abrir el auto comenzaron a reñir. Ambas querían ir delante. Encendí el coche y dije, si a la cuenta de tres no han arreglado el asunto, arrancaré y no me interesa si algunas de las dos sale herida o se queda o… Las dos corrieron a la parte trasera y dejaron la puerta del copiloto abierta. Maldición, dije, y me estiré a cerrar la puerta. Más vale que se mantengan calladas, niñas, no me agradan las voces agudas. 

 En el trayecto llamó Scott. Hola, amor, ¿cómo estás?... Insistió en verme y esta vez me pareció buena idea. De todos modos mi día estaba jodido con las dos niñas. Así que nos citamos en el centro comercial y llegó puntualísimo. Llegó antes que yo y eso que venía de más lejos. No sé cómo lo hace, siempre es puntual. Hola, amor, te presento a Ana y a Alberta. Me llamo ANE, dijo Ane. Y yo ALICIA, dijo Alicia. Sí, mira que bonitas son, ¿no te parece? Scott las saludó emocionado y les preguntó un montón de cosas. ¿De dónde son?, ¿cuántos años tienen?, ¿qué les gusta hacer?, y todo eso. Quería hacer de novio ideal y quedar bien con las niñas. Nos llevó a comer y luego preguntó: ¿qué les gustaría hacer? Ir a la playa, dijeron al unísono. ¿A la playa?, preguntó Scott como pensando, como ideando un plan. NO, interrumpí, aquí no hay playa, Scott, y eso queda muy lejos. No si vamos en avión, dijo Scott. A Alice le brillaron los ojos. No puedo Scott, tengo cosas qué hacer. Cosas IMPORTANTES. Alice notó que existía una posibilidad de cumplir su sueño y no la dejaría ir. Lo supe. Reconozco la mirada de las personas como Alice. Es astuta y persistente. Yo no estaba de acuerdo en ir a la playa sólo porque no me daba la gana ir a mí. Es decir, no era una cosa que hubiese salido de mí, así que no iríamos a la condenada playa. No es que tuviera algo qué hacer. El egoísmo es un deporte.

 Durante los tres primero días estuvieron jodiendo con ir a la playa. Se lo dijeron a mi padre pero el Sr. Pinciotti tampoco estuvo de acuerdo. Se excusó por el trabajo y dijo que no permitiría que tía Verónica las llevase porque es algo especial. Siempre me tiraba indirectas. Sí, dije, soy especial, puedo acabar en la cama con un descono… Mi padre me echó una mirada aviesa y callé. Con un descontrol de presión. Padezco de la presión, compuse.  Estoy mal de la presión y eso me tumba en cama y puede ser peligroso. Las niñas insistieron. Eran condenadamente caprichudas así que mi padre me siguió lo de la presión. Su tía está enferma y necesita descansar, no le hagan la vida difícil, pueden ir a un parque acuático, o algo y… ¡QUEREMOS PLAYA! El mágico teléfono del Sr. Pinciotti sonó en el paroxismo de la conversación. Cuando las niñas comenzaron a amenazar con llamar a sus padres. Ese teléfono siempre suena en los momentos más oportunos. Lo mismo que las juntas importantísimas de negocio se programan siempre para salvar a mi padre de toda situación. A dormir mocosas, mañana será otro día, dije. Subí a mi habitación. Lo último que escuché fue un: te voy a acusar con mi padre… Se referían a lo de mocosas. La verdad es que no lo eran. Estaban bastante crecidas. Ane ya mostraba un par de senos a medio desarrollar. Y Alice tenía la mente muy despierta. Hasta entonces no lo había notado. Lo noté en casa de Garrison…

 Las niñas jodían con ir a algún lado y yo estaba sin ánimos de salir. Quería encerrarme a leer el Ulises de Joyce y olvidarme de la vida. Pero jodían y jodían. Me tomaron de los brazos y me arrastraron al coche. Esta vez no pelearon por ir delante. Alice tomó el lugar de copiloto y Ane no dijo nada. Creo que se pusieron de acuerdo desde anoche. Yo me hacía la lenta. Me subí al auto pero no lo encendí. Conduce, me dijo Ane en voz alta. Encendí el auto pero no lo moví. Conduce, conduce, conduce, decían las dos. Va, dije, y arranqué. Aprendí a no preguntar a dónde quieren ir, y conduje por la ciudad. Esto se llama Insurgentes, les decía. Y esa cosa de allá es el Bosque de Tlalpan. Las dos miraban todo como verdaderas turistas. No me creía que me estuvieran creyendo todo ese rollo. Es decir, que se entretuvieran viendo las avenidas y las cosas. Entonces pensé que eso, justo eso, es todo lo que hace un touribus y te cobra. Esto es avenida San Fernando, dije, miren, allá hay un velatorio… y aquí encierran a LOS NIÑOS MAL PORTADOS, dije cuando pasamos por el reformatorio de menores. Órale, dijo Alice. Fue una expresión sincera, realmente les entretenía todo eso. Así que decidí dar unas vueltas más. No las estaba llevando a ningún sitio realmente importante o atractivo, pero maldición, eran un par de niñatas crédulas. No necesitaba hacer el recorrido por Reforma. Miren, eso es la delegación… allí hay un kiosco… eso de allá es un convento, de monjas… Claro, dijo Ane. Sí, dije, y eso de allá es el mercado. ¿Podemos bajar?, preguntó Alice. En el centro de Tlalpan había muchos puestos y un payaso callejero haciendo chistes con un micrófono. No, dije. Anda, anda, decía Alice, quiero ver al payaso. Ya se va, dije, siempre se va a esta hora. Increíble pero me lo creyó. No refunfuño. Sólo dijo: ¡ah! Y eso fue todo. Seguí dando vueltas por la zona hasta que se me ocurrió. Me pasé a casa de Garrison. ¿A dónde vamos? Preguntó Ane. A casa de un amigo. Eso no les agradó para nada. 

 ¿De dónde las sacaste?, me dijo Garrison. Llegaron solas, dije, y expliqué el rollo sobre los hermanos de mi padre y sus intenciones de mandarlas a conocer orto país. Entiendo dijo, y dejó de darle importancia al asunto. Nos sentamos en el comedor y me empezó a contar de un autor que acabó de descubrir, dijo, es muy bueno, se llama… y me lo dijo pero ya no lo recuerdo. No podía concentrarme con la mirada de las niñas clavada en mí. Tenían el aburrimiento impreso en las caras. Y Garrison seguía contándome y yo realmente quería prestarle atención pero sus miradas eran cuchillos. No me importaba, cierto, pero poco a poco las cosas se van acomodando. Quiero decir que poco a poco y por más que yo me resistiera, comencé a tomarles cariño. Ahora me sentí culpable de verlas allí, sentadas en la sala y sin mover un dedo. Les estás arruinando las vacaciones de su vida, me dije. Entonces las invité a unirse a la conversación. Garrison no las trataba ni mal ni bien. Se sentaron a la mesa, junto a nosotros y les ofreció algo de beber. No gracias, dijeron ambas. Les ofreció algo de comer. No, gracias, dijeron ambas. Les ofreció ir a su habitación a probar con los videojuegos. No, gracias, dijeron ambas. ¿Entonces que quieren?, dijo Garrison un tanto molesto. ¡IR A LA PLAYA! ¿A la playa?, aquí no hay playa, dijo. Exacto, dije, ¿lo ven?, ya se los había yo dicho, la playa está LEJOS. No tanto, dijo Garrison ingenuamente, Acapulco queda a cuatro horas o menos. La cara de Alice otra vez se iluminó. ¿Podemos ir?, preguntó Ane. Garrison me miró. No, dije, no, no, no. ¿Por qué no?, dijo Garrison, ¿vinieron desde Europa para estar en la sala de mi casa? Eso me dolió, sabía que él tenía razón. No puedo llevarlas, Garrison, ¡me da flojera! Como quieras, dijo, y continuó contándome del autor maravilloso. 

Garrison hablaba y hablaba y yo de verdad intenté entender un poco lo que decía pero los piececillos de Alice se columpiaban en la silla. Era una señal inconfundible de tedio. Tengo hambre, dijo Ane. Garrison dijo pidamos una pizza. No come pizza, dije. ¿Qué quieres comer?, le preguntó Garrison. Yo si como Pizza, dijo Ane, Alice es la que no come pizza. Bueno, ¿entonces qué quieren comer? Pizza, dijo Ane. Maldición, dije, pero Alice no la come, tú lo has dicho. Yo no soy Alice, dijo. Garrison dijo, estoy con ella, yo quiero pizza. Y cogió el teléfono y ordenó un par de Pizzas grandes. ¿Y tú, Alice?, dije cariñosamente. Está bien la Pizza, dijo con cara de tristeza. Eso me hizo pedazos. Ya no dije nada pero me sentí muy mal. Estás pobres niñas no tiene la culpa que yo sea una bruja. Mañana lo compensaré, me dije. Y llegó la Pizza. Alice tomó una rebanada, le quitó todos los ingredientes, las expurgó minuciosamente, y luego apenas mordisqueó lo quedó de ella. Pobre, me repetía. Mañana lo compensaré. 

 A las siete de la noche llegó Petrozza. A casa de Garrison. Las niñas dormitaban en el sofá. Ya, Pinciotti, ¿de dónde sacaste a estás jebitas? Las niñas se asustaron un poco al verlo llegar. Venía muy acelerado, estuve en La Puerta Negra, dijo, vine a ver si tenías algo de comer, Garrison. Le acerqué media pizza que sobró. Yo no comí más de dos rebanadas y Garrison cuatro o cinco. Alice dos y Ane no termino una sola. Así que había bastante. Petrozza tomó la caja y yo pensé que se serviría en un plato pero se llevó la caja completa al sofá y comenzó a comer. No tardó más de treinta minutos en terminar con todo. ¿Y de dónde las sacaste, pues?, me dijo con la boca llena. Le expliqué desde el principio. Ya, dijo, la pelirroja me pone. Garrison rió y dijo: es una niña, cabrón, ¿cuántos años tienes?, le preguntó a Ane. Contestó doce y Petrozza le dijo: ¿sabes qué es el viejo mete-saca? Ane dijo que no. Es cuando… Petrozza iba a comenzar con la explicación pero lo callé. No la perviertas, dije. Entonces Alice dijo: ¿es hacer el amor? Garrison rió. De pronto las niñas pasaron de ser un cosa allí arrumbada, al centro de atención. ¿Dónde aprendiste eso?, tía, preguntó Petrozza. En la escuela dijo. Ya, dijo Petrozza, las escuelas europeas van muy adelantadas, ¿sabes qué es el sesentainueve? Sí, dijo tímidamente Alice. Coño, dijo Petrozza, está tía ya está lista para el prau-prau. Ane comenzó a contarnos que Alice tenía un novio en su país. Eran primas y amigas del alma. Iban al mismo colegio y todo. Ane también tuvo un novio pero lo dejó por otro, más guapo, dijo. Las niñas platicaban con soltura, Petrozza rompió la línea niño-adulto que existía entres ellas y nosotros. Les hacía preguntas de adulto y sorprendentemente, contestaban como un adulto. ¿Lo has hecho con tu nuevo novio?, preguntó Petrozza a Ane. No, contestó ella, aún no estoy lista, pero cuando lo esté no será con él. ¿Por qué?, preguntó Garrison. Ya lo voy a dejar, dijo Ane. Dios, dijo Petrozza, eres toda una femme fatale, ¿por qué lo dejarás? No sabe besar, dijo. Garrison rió de nuevo, es increíble, dijo. ¿Y tú, Alice, qué pasó con tu novio?, me aventuré a preguntar yo. Era pobre, dijo, y Ane se burlaba de mí. Eres una pilla, Ane, te pareces a tu tía Verónica, dijo Petrozza. Cállate, dije, no es cierto. Es tan cierto como que… ¡YA!, dije. Petrozza se calló. Oye Garrison, saca el whisky, dijo Petrozza. Ya no me queda nada, dijo Garrison, ¡te lo has terminado tú! Ya, dijo Petrozza, no te preocupes, Vero, saca el whisky, tía. Cabrón de mierda dije, pero estaba dispuesta a comprarlo. Sólo hay un problema, apuntó Garrison: ¿quién irá por él? Sabía que somos un trío de huevones. Nadie querría ir. Dios, dijo Petrozza, pues ustedes tienen auto, pueden ir a sesenta u ochenta kilómetros por hora, no me vean a mí, mi viejos zapatos no alcanzan ni los veinte por hora… Ya, dije, yo iré. Les encargo a las niñas y… Lo pensé dos veces. Las niñas vienen conmigo, dije. Las subí al auto forzadamente. No querían. Petrozza les cayó bien. No las trataba con regaños ni como a un par de estorbos. Al contrario, le decía a Ane, tienes un cabello precioso, linda. Y se sonrojaba. Entonces recordé que yo, a mis doce años, no era realmente una niña tonta, como estaba tratando a Ane, sino una pequeña en busca de acción. En busca de respuestas. En busca de tantas cosas. Verónica, me dije, quítate el papel de niñera y hazlas tus amigas. No seas cruel con ellas. Todo eso me dije mientras fui por un par de botellas. Sabía que con Petrozza allí, no bastaría con una, e incluso dos era de dudarse. 

Regresé con el whisky. Garrison había sacado sillas al jardín y acomodado todo. O sea que había puesto un par de ceniceros sobre la mesa y tres vasos. Pero luego Petrozza puso dos vasos más. Los tomó de la alacena, como si nada, y los colocó allí, en la mesa. ¿Para qué sacas más vasos?, preguntó Garrison. Somos cinco, contestó Petrozza. Garrison me miró. No, dije, ellas no beben. Claro que beben, dijo Petrozza, luego preguntó a Ane: ¿bebes? Ane respondió que únicamente tinto. ¿Y tú, Alice?, preguntó a Alice. Lo mismo, respondió la niña. ¿Lo ven?, dijo Petrozza. No es lo mismo, dije, el vino lo beben para acompañar la comida, es normal, pero esto es whisky… Es lo mismo, dijo Petrozza sirviendo los cinco vasos. No lo hacía cuidadosamente, pasaba de un vaso a otro sin voltear la botella, con el chorro de whisky goteando y mojó toda la mesa. Siempre sirve así el patán. Garrison dijo: lo estás tirando todo, cabrón, ¡como siempre! Petrozza no se alteró. No siquiera contestó. Terminó de servir los vasos y tomó dos, que entregó a cada una de las niñas. Beban el elixir de los dioses, dijo. Payaso, dije yo. Ane dio un pequeñísimo sorbo. No le gustó pero dijo que sí. Lo mismo Alice. Ya está, dijo Petrozza encendiendo un cigarrillo, una o dos copas más y a la cama. Garrison y yo lo miramos extrañados. No sabíamos si quería decir que les dejaría beber una o dos copas y luego a dormir, o si después de una o dos copas, se irían a la cama, con él. Claro que esto último yo no lo permitiría jamás. Pero había que tener cuidado. No creo que se atreva a follarlas, pensé, pero hay que tener cuidado, quizá se atreva a pervertirlas.

 La velada continuó dentro de los parámetros de lo normal. Es decir, lo rutinario. Hablamos de literatura apasionadamente mientras Petrozza y Garrison sobrellenaban los ceniceros. Y mientras las botellas se iban quedando vacías. Nos olvidamos de las niñas. Garrison nos contaba de sus alumnos. Es profesor de literatura. Todos son uno tetos, decía, no saben ni escribir su nombre. Petrozza decía: esa pelirroja me pone, me pone. Ya, tío, le decía Garrison, es una niña. Entonces dijo que sí, era una niña y no haría nada, pero cómo le ponía. Ahora que lo dices así, tienes razón, dijo Garrison, cómo pone esa niña. En eso volteamos a verla, para enfatizar los comentarios. Ane y Alice estaban entretenidas con algo. ¿Qué hacen, tías?, preguntó Petrozza. Nada, dijeron, pero tenían algo entre las manos. Me acerqué revisar. Las brujas tenían mi teléfono móvil. No parece algo grave pero lo que pasó a continuación, lo fue: Verónica, queremos ir a la playa, dijo Alice. Qué no, dije, NO HAY PLAYA EN EL D.F., ¿cuándo lo van a entender? Petrozza dijo: ¡vamos a la playa, Pinciotti! No me ayudes, le dije. Entonces Ane me amenazó. Era una bruja enserio. Todo el tiempo fingía no hacer nada pero resulta que estaba enterada de todo. Me amenazó con llamar a Scott y mostrarle los mensajes de mi móvil. Eran mensajes de amantes y flirteos nocturnos. Toma eso, Pinciotti, dijo Petrozza. Cállate, dije. Me habían devuelto el teléfono pero los mensajes los habían guardado en una tarjeta SIM o algo, cosas que sólo ellas sabían hacer. Así que llévanos a la playa. ¿Y cómo piensan que las lleve?, dije. Lo tenían todo bajo control. Las cabronas habían enviado mensajes a Scott desde mi teléfono, haciéndose pasar por mí, y habían acordado un viaje a Cancún. Scott, creyendo que yo finalmente había cedido a sus caprichos, aceptó. Ya tenían el viaje planeado y todo. Yo no podía decirle a Scott que todo era mentira o me acusarían de mis correrías con mayores y todo ese rollo. Soy una idiota, me dije, no sabía que los mensajes se grababan en algún sitio. Garrison dijo: te tienen, Verónica. Me tenían las pequeñas. De verdad me tenían. Petrozza intentó con el miedo. Podemos quitarles el teléfono por la fuerza, la tarjeta o eso, dijo amenazadoramente, como si las fuera a violentar o algo. Ellas no se inmutaron. Si me tocas llamo a la policía. Petrozza río, dijo: estás en México, tía, aquí la policía está del lado del mal. Pero las niñas no se intimidaron. Llamaré a mi padre y te mandaremos golpear, dijo Ane. Coño, dijo Petrozza, mejor vamos a la playa, Vero, será divertido y nadie saldrá golpeado. No te van a hacer nada, dije, eso es imposible. Pero Petrozza no estaba seguro. Lo habían intimidado. Sus padres tienen dinero, Pinciotti, y la gente con dinero lo puede todo. Garrison trató de hablar con ellas. Les dijo: a ver, niñas, ya están grandes como para esos juegos, entréganos el chip con los mensajes y más vale que se vayan calmando, o YO LAS ACUSARÉ con sus padres. Y les van a poner la surra de sus vidas… cállate, dijo Ane, mi padre te va a poner a ti la surra de tu vida. Dios, dijo Petrozza, creo que el whisky las envalentonó. Llama a Scott, sugirió Garrison. Eso hice. Mientras llamaba Alice movía con sus manitas el chip con la evidencia. Lo pasaba frente a mí, amenazándome, como una condenada estafadora. Te tienen, decía Petrozza mientras yo intentaba sondear la cosa con Scott. Scott estaba decidido. Me contestó feliz y dijo: qué bueno que te decidiste, amor, nos caerá bien unas vacaciones. Sí, dije, riendo falsamente. Entonces se me ocurrió: mira que estoy con Garrison y Petrozza, le dije, y a ellos también les vendría bien salir un poco. Las niñas no notaron nada malo en esto, pensaron que yo había perdido. Pero yo lo sabía: Scott odia a mis amigos. ¿Cómo?, dijo Scott. Sí, dije, verás, estamos aquí en casa de Garrison y las niñas se llevan excelente con ellos, con él y con PETROZZA, así que los invité, espero no te moleste, amor. Scott enmudeció. Bien, pensé, lo tengo. Las niñas ya cantaban victoria. Sí, amor, me gustaría tanto que fuéramos todos… Las niñas brincaban celebrando. Claro, cuanto antes mejor, ¿qué tal el próximo fin? Las niñas comenzaron a cantar: vamos a la playa, sí, vamos a la playa, sí… Y Petrozza, que se creía todo el cuento también, se unió: vamos a la playa, sí, vamos a la playa, sí… Garrison estaba meditabundo. No sé si pueda, dijo, el trabajo y eso… Sí, Scott, te quiero mucho, por favor, déjalos que vayan con nosotros… Vamos a la playa, sí, vamos a la playa, sí, bailoteaban las niñas y Petrozza. Terminé la llamada y dije a Ane, bueno, ganaste, dame el chip. Me lo dio. Era una timadora pero una timadora con honor. La pobre se creía que había ganado. Garrison que sabe de esas cosas se ocupó de borrar los mensajes del chip de Ane y del mío, de una vez, dije. Las niñas se fueron a la cama, en la habitación de Garrison, y durmieron como ostras.

 Le expliqué la cosa a Petrozza y a Garrison. ¿O sea que no vamos a la playa?, dijo Petrozza incrédulamente. No, Martin, no vamos. Demonios, dijo, me había ilusionado. 

2

Scott canceló el viaje. De verdad. Por ningún motivo estaba dispuesto a compartirlo con Garrison y mucho menos, con Petrozza. Ahora explícales tú a las niñas, amor, las pobres estaban tan emocionadas. Scott habló con ellas. Les dijo un sinfín de mentiras, de excusas, y ellas no paraban de llorar y gritar, anda, tío Scott, por favor, ¡vamos a la playa, vamos a la playa! Y Scott sudando y dando explicaciones a un par de niñatas. Le jalaban de los brazos y no lo dejaban tranquilo. Ayúdame, Vero, me dijo. Es tu problema, querido, yo deseaba ir también…






miércoles, 25 de agosto de 2010

Oswaldo.



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 Oswaldo, mirando el rectángulo de cielo que era la ventana sin cortinas, abierta de par en par, del cuarto de toda su vida, pensaba. Sentado en la silla de vieja madera corriente, justo frente al cielo interrumpido por las paredes decadentes, pensaba. Sus pensamientos se extendían hasta el horizonte sacándolo de aquella vida vegetativa; hasta tierras lejanas donde Oswaldo jamás había puesto pie. De hecho, Oswaldo no había puesto pie más allá de donde ahora estaba. Todo su mundo le entraba por la ventana y se reducía a una porción de la calle Platas. En aquellas tierras, que forzosamente debían ser lejanas, pues sólo en lejanas tierras uno puede dar libertad a la fantasmagórica vida que se desea, Oswaldo no era el paralítico parásito de mamá; sino un hombre hecho y derecho. Sus ensoñaciones se conformaban en mostrarlo con un empleo de oficina como el de aquel vecino suyo que llegaba trajeado todas las siete en punto. O conduciendo un auto promedio como el vecino de la paletería. Oswaldo, inmóvil en su vieja silla, imaginaba tener una casa, un perro y un sombrero. La casa para descansar después del trabajo, el perro alegre para hacerse compañía, el sombrero para colgarlo en el perchero (también deseaba un perchero). Por horas se perdía Oswaldo, sentado en la silla frente a la ventana donde lo sentaba todas las mañanas su madre, con ayuda de Carlos, el joven que llegaba a las nueve antes de ir a la fábrica y a las nueve, después de la fábrica. En ocasiones le gustaba imaginarse con una mujer en vez del perro, pero dudaba, y unos anteojos en vez de sombrero; para colocarlos en el buró junto la cama (el buró en vez del perchero) antes de recostarse con ella que sería hermosa y dormiría tranquila, pues Oswaldo nada sabía de los juegos del himeneo ni de las noches conyugales. 

 La madre de Oswaldo, que no era bella, lamentaba terriblemente aquella noche de pasión en que sembró en su vientre la semilla maldita; hijo único, pues los hombres no aman a las mujeres como Rosalía, y cuando lo hacen, no lo hacen dos veces. Sentada junto al ”niño”, tejiendo al infinito manteles y carpetas, pasaba los días echando la mirada lejos, por la misma ventana que su hijo, a otros mundos distantes donde era una bella dama de posición social, casada con un hombre apuesto y honorable que la quiere mucho y le regala perlas y joyas. Sin hijos, sin estambre, con senos firmes y vagina húmeda. De vez en vez voltea la vista para mirar a Oswaldo, taciturno, hipnotizado, puesto el suéter café que le tejió hace cinco años y los pantalones verde botella que heredó de su padre, perdido hace tanto tiempo ya. Oswaldo tenía treinta y dos años. ¡Treinta y dos años mirando por la ventana la calle Platas!; los países lejanos donde la vida es otra cosa que mirar la ventana y comer lentejas monótonamente una vez al día (a las trece horas), todos los días. Rosalía lo culpaba casi injustamente por los últimos treinta y dos años de tejer y soñar, de cuidar a un paralítico de mente deficiente que le ha arrancado la juventud y la vida. Oswaldo por su parte, sin saber por qué, en ocasiones imaginaba a su madre muerta, metida en el ataúd y sepultada tres metros bajo tierra. Y allí estaba él, con su perro o su mujer, con su sombrero, que no se quitaba ni por educación, o sus anteojos que dejaba en la cara para verla bien muerta y regresar a su casa, al perchero o al buró. Ambos, madre e hijo, sentían odio mutuo, inexpresado, culpándose el uno al otro por lo deprimente de su existencia. 
 En la noche llegó Carlos. Tocó suavemente la azul puerta descarapelada de metal del cuartito donde vivía Rosalía y su hijo idiota. Había ido a colocar a Oswaldo sobre la dura cama de cemento donde pasaba las noches en interminables pesadillas. Sudaba de fiebre y escupía sonidos inteligibles que privaban de descanso a Rosalía y le hacían la vida peor. Todas las noches lo mismo, y por las mañanas, antes de la fábrica, Carlos y Rosalía lo regresaban a la silla frente la ventana; y Oswaldo retomaba su enteléquica vida de casa y perro, más allá del horizonte. Entrambos movieron la masa que era Oswaldo y lo recostaron en la cama; Rosalía sudando del esfuerzo y Carlos también pero sonriente. Esta incómoda escena se repetía todas las noches, excepto los viernes, cuando Carlos pasaba a la cantina y se convertía en un bulto más estorboso que Oswaldo. Entonces Rosalía sufría mucho por la carga. Tan pesada era que algunos viernes, no completando el trayecto, lo dejaba tirado a medio camino y Oswaldo pasaba las noches en el suelo. Si se sentía muy cansada lo dejaba en la silla, pero Oswaldo terminaba bajo ella por los ataques nocturnos. La vida de Rosalía era un infierno, condenada a cuidar al longevo idiota, viviendo únicamente de la parca venta de manteles y carpetas, comiendo siempre opacas lentejas y cargando el peso de su desdicha todas las noches y todas las mañanas en interminable castigo por un pecado que no había cometido (o tal vez sí, nunca lo supo). 

Al día siguiente Rosalía recordó gracias al calendario de la taquería “Los Plateros”, que en una semana sería el cumpleaños de Oswaldo. Aterrada de los treinta y tres años de tedio decidió no soportar más. ¡Qué diferencia cuando nació el bebé!, conmovida por la carita de aquel recién  nacido que no mostraba los signos de su enfermedad, se prometió cuidarlo el tiempo que tuviese vida (doce años por mucho, dijeron los médicos); ¡pero treinta y tres años! Era más de lo que podía soportar. Los días siguientes se dejó de vidas quiméricas y pensó en la óptima manera de acabar con Oswaldo y poner fin a su tormento. Pensó que lo que sentía por aquel bastardo no era precisamente odio, sino amor propio; no podía dejar que la vida se le fuera tras la ventana junto al monstruo salido de sus entrañas. “Al menos Oswaldo no sabe nada de la vida consiente”, pensaba Rosalía, “no extraña una agitada juventud ni tiene esperanza alguna de rehacer su vida”. 

 Aquella tarde Rosalía compró veneno para ratas, que pensaba colocar en el plato de lentejas de su hijo, y se sintió más tranquila al saber que finalmente dejaría el catre, la calle Platas y al engendro. Por un psiquismo religioso, algún auto-sabotaje psicológico, culpas, remordimientos y una gran casualidad, esperó los cuatro días que faltaban para el cumpleaños de Oswaldo. 

 El martes llegó Carlos como todas las mañanas a colocar al “niño” en la silla. Sabía que era el cumpleaños de Oswaldo y se había tomado la libertad de llevarle a Rosalía un pequeño panqué para festejar. Conociendo la austeridad en que vivían madre e hijo, llevó también un par de platos, cubiertos y un cuchillo para partir el pan. Oswaldo los miraba desde la cama y aún sin conciencia sentía un vehemente odio por su madre. Sabía que algo extraordinario pasaba. No hacía ruido alguno y tanto Carlos como Rosalía se olvidaron de él mientras comían. Al finalizar, Carlos ayudó a la madre y colocaron rutinariamente al muchacho sobre la silla y se fue para regresar al anochecer. Cuando se vieron solos, frente a la ventana, la madre y el hijo miraban al cielo conmovidos por el futuro próximo. A las trece horas Rosalía acercó la mesita y sirvió los platos de lentejas, uno preparado especialmente para Oswaldo, por su cumpleaños, que no sabía que justo hoy cumplía treinta y tres largos años de lo mismo. La madre lo miraba comer lentamente, sonriendo y babeando. El veneno tardaría una o dos horas en hacerse efectivo, según había escuchado decir por ahí Rosalía. Se paseaba feliz por la estancia, recogiendo las bolas de estambre regadas por todo el cuarto y arrojándolas por la ventana bajo el estado de embriaguez que provoca la felicidad. ¡Su vida recomenzaba!

 Oswaldo miraba ir y venir cuidadosamente a su madre. Media cada movimiento, como cazador que observa su presa, y haciendo un tremendo esfuerzo mental, logró, de un ágil lanzar de brazo, sujetarla por la mañeca y acercarla a sí. Con la otra mano, hábilmente y mostrando inteligencia, clavó el cuchillo en el corazón de Rosalía dejando en su pecho moronas de panqué ensangrentadas. Acto seguido, cayó sobre su madre. A los treinta minutos murió sobre ella de angustiosos cólicos. 




lunes, 23 de agosto de 2010

Nissan.

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¿Ya viste?, me dijo Ricardo codeándome. Íbamos en la camioneta de la empresa y una rubia de tetazas atravesaba la acera. Ricardo se refería  a la rubia. Sí, tío, ya la vi, dije. El semáforo se puso en verde y seguimos. ¿Ya viste?, me dijo Ricardo en el siguiente semáforo. Una pelirroja cruzaba la acera. Listo, tío, ya la vi, contesté. Luz verde y seguimos nuestro viaje. 

 En cada parada Ricardo localizaba alguna tía buena y me decía: ¿ya viste? Invariablemente le respondía: sí, ya vi. Ricardo era un radar de tías buenas. En serio. Yo nunca había mirado tantas mujeres hasta que le conocí a él. No quiero decir que Ricardo fuese bueno con las mujeres. Sólo las localizaba, avisaba al que estuviera más cerca de él, y le informaba: ¿ya viste? Eso era todo. Claro que si le preguntabas a Ricardo, te diría soy un tigre en la cama. Pero los tíos que presumen esas cosas siempre son acomplejados. Ricardo era el jefe del departamento de ventas al que yo pertenecía. Era un clásico acomplejado. De esos que se echan el bote de loción encima. De los que saben hablar en doble sentido. De los que dicen a las mujeres mamita, linda, guapa, y cosas. Era un completo gilipollas. Cargaba una colección de culos y tetas en su teléfono móvil. Y me las presumía. A mí me daba igual. Docenas de veces lo miré tomar las fotografías. Lo hacía a lo paparazzi. O sea que tenía muchas fotos pero ningún polvo. 

 Entré a trabajar a Nissan por una equivocación. Iba caminando por Tlalpan Centro en busca de algún bar que no fuera ninguno de los que pone música de moda y donde asisten imbéciles que platican de soccer. Y sobre todo, un lugar abierto. Iba pensando en mis amigos: GarrisonRey y Verónica. Me preguntaba qué coños estarían haciendo. Era martes a eso de las once de la mañana. A veces me gusta madrugar. No tenía plata y me paré a llamar a Verónica de un traga-monedas. Ya, Pinciotti, ¿cómo estás?... Ya, y ¿dónde estás?... Ya, tía, mira, estoy en Tlalpan Centro y… Ajá… Sí, mira, estoy aquí y pensé que sería bueno que trajeras tu tremendo culo, ya sabes, para echar un trago y… Ajá… Entiendo… Verás, tengo una depresión terrible, me gustaría hablar con alguien y… Bien, el caso es que estoy aquí, tía, solo, y me gustaría que vinieras y… Ya… Entiendo… ¡Dios!... Ajá… Bueno. No entendí muy bien lo que dijo pero entendí perfectamente que no vendría. Llamé a Rey a su trabajo: ¿Bueno?, Ya, me comunica con Rey por fa…. Rey Hernández, tía, es reportero o algo y… Ya… Sí… Muy bien, gracias. Rey Hernández no estaba en la oficina. Ya, me dije, llamemos a Garrison. Eso hice. Contestó su esposa. Dijo estar trabajando. Claro, dije, eso es, pásame el número de su trabajo. Me lo pasó y marqué: ¿Sí?, comuníqueme con Mr. Garrison, es una emergencia… Es profesor de… No, no, es profesor de literatura… ¿De qué grado?, Dios, no lo sé, es el profesor de literatura de ese colegio… Ya, ¿más de cien profesores?... Pues bien, localice al que se llama Mr. Garrison, es el que me interesa, es una emergencia, su madre sufrió un terrible accidente y convalece en… sí, G-a-r-r-i-s-o-n, eso es… Espero… ¿Bueno?, ¿Garrison?, ¿cómo te va?, tío, mira que estoy aquí… ¿Tu madre?... Va, olvida eso, tu madre está perfecto, verás, lo que sucede es que estoy solo, tío, en Tlalpan Centro y se me ocurrió que podríamos echar un trago en algún sitio y… No, tío, tu madre está bien… ¿Trabajando?... ¿No puedes?... Salte del curro, tío, no pasará nada si lo haces una vez… Te juro que tu madre está sana como ninguna… Ya, bueno, ¿por qué no sales y te espero en… ¿Muy importante?... Veras, te necesito, enserio, estoy solo y tengo una depresión enorme y… Ya… sí… ¿A las ocho de la noche?, a esa hora podría estar muerto, es demasiado… No, no, tu madre no convalece en ningún lado, eso me lo inventé para que el gilipollas de… Sí… Bueno... ¿A las ocho?... ¿Seguro?... Te veo allí, hombre… éxito, tío. Ninguno de los tres estuvo aquella vez y yo de verdad tenía una depresión encima. Al menos Garrison me citó a las ocho en su casa. Pero aún tenía que sobrevivir nueve horas. Caminé en busca de algún sitio y pensaba y pensaba en todas esas cosas que se piensan cuando te coge la depresión. Caminaba con la cabeza gacha y a paso lento. Pateando piedrecillas y latas de refresco tiradas. Caminé más de la cuenta. No lo noté. Había llegado hasta el pueblo de San Pedro Mártir. O sea que subí por la carretera federal a Cuernavaca. No era un gran tramo en automóvil pero era un gran tramo para hacerlo en mis viejos zapatos. Me vi en un pueblo y pensé: aquí debe haber alguna cantina. Estuve rodeando el mercado y el kiosco pero no encontré nada. Estaba desesperado. Enserio. Cansado, deprimido y seco. No sé cuándo doblé en la calle Diligencias y di con el letrero: Se solicita vendedor. Sólo decía eso. No decía nada de experiencia ni edad ni papeles. Eché un vistazo a la Agencia. La Agencia era de Nissan, ya se sabe, los coches japoneses, y dentro había un sofá y una máquina de sodas. Entré y me senté en el sofá. Era fresco el lugar, justo lo que yo necesitaba. Estuve allí sentado mirando la máquina de sodas por mucho tiempo. No me decidía a meterle unas monedas porque si encontraba algún bar podrían hacerme falta. Preferí guardarlas para una cerveza. En todo caso, pensé, puedo comprar algunas latas de Tecate y beberlas en el kiosco. Yo estaba en todo eso cuando una tía bajó de unas escaleras y me dijo: ¿vienes a recursos humanos? Ya, dije, pues sí. La tía no estaba buena pero era bastante flaca y me gustan las mujeres muy flacas así que dije aquello para que me entrevistara. Pasa conmigo, por favor, dijo y la seguí. Eran un par de aplanadas nalgas que se movían bajo un traje sastre. No era un buen espectáculo, pero insisto, me gusta meter la cosa en ese tipo de mujeres. 

La entrevista siguió la línea que usualmente siguen las entrevistas de trabajo. Yo había asistido a cientos de ellas pero nunca cogía los empleos porque al final prefería no hacer nada. ¿Cuándo fue la última vez que trabajó?, preguntó la entrevistadora. Ya, dije, no recuerdo pero no hace mucho, serán nueve o diez meses ha… Cuénteme de su último trabajo. Ya, bueno, trabajé para una revista nicaragüense… ¿Qué hacía allí?... Envié docenas de textos, ¿sabes?, y al final tomaron un par o dos y… ¿Cómo? Quiero decir que soy escritor y escribí para esa revista hace nueve o diez meses y… ¿No trabajaba en la revista?... Sí, lo hacía, mandando textos para que ellos tuvieran algo que publicar… ¿Pero no estaba CONTRATADO? Ya, pues no, no de ese modo, verá, un escritor manda textos a muchas revistas, todas las que pueda, y al final si cogen un par de textos está bien… ¿Ha trabajado anteriormente bajo un contrato? Sí, dije tajante. ¿Dónde?, preguntó la lombriz. Hice algunas muecas y me inventé algo: he trabajo para otras agencias de autos… ¿Cuáles? Para los autos alemanes… ¿Los autos alemanes? Sí, ya sabes, los alemanes: Volkswagen… ¿Cuánto tiempo estuvo laborando ahí? Tres cuartos de año… ¿Cuánto? Tres cuartos de año, nueve meses, verás, un año tiene doce meses, y un cuarto son tres y… Sí, perdón, rió la jeba. ¿Por qué salió de Volkswagen? Ya, estuve grave del hígado… En eso no mentía, realmente estuve grave del hígado. O de los riñones, no recuerdo. Entiendo, dijo ella, ¿Y por qué le interesa trabajar con nosotros? No me interesa… ¿Cómo? Quiero decir que sí me interesa, corregí. De pronto sentí ganas de trabajar. Enserio. De ponerme un traje y todo eso. Fue por la depresión. Desee tener un traje y un empleo y decirle a Garrison: lo siento tío, estoy trabajando, no puedo ir a donde tú. Me interesa trabajar con ustedes porque creo firmemente en los valores orientales… ¿Cómo? En los valores orientales, ya sabes, Japón y todo eso y… Sí, dijo. Pero no sabía un carajo. Yo sí lo sabía. No creo en los valores orientales. Repudio todo el oriente y casi me arrepiento por eso. Pensé: si vas a vender autos no vendas para esos orientales de mierda. Pero ya estaba ahí. Y al final resultó que al dueño de la agencia le fascinaban los valores orientales. La tía flaca tomó todos mis datos y me hizo pasar con el dueño. ¿Por qué no viste formal para una entrevista de trabajo? Fue lo primero que me preguntó aquel cabronazo. Verá, dije, no estaba preparado, yo sólo andaba en busca de otra cosa cuando miré el anuncio y… ¿Qué buscaba? Dudé pero no pude mentir: algún bar, señor… ¿Un bar?, ¿a esta hora? ¿Es usted alcohólico? No, señor, verá, tengo una depresión encima y quería beber un trago, no más. Me miró con ojos de juez. Luego pasamos a las mismas preguntas de hace unos minutos. Le expliqué lo de ser escritor y pareció gustarle. ¿Le gusta leer? Sí, dije, amo leer. Resultó ser fanático de Mario Vargas Llosa. Ya, dije, es un buen tío, Llosa. Me hizo prometer que le mandaría algún texto mío. En serio. Luego le dije lo de la filosofía oriental y quedó encantado. Preséntese el lunes, dijo, a primera hora. ¿A primera hora?, dije. Sí, dijo, y vestido formalmente. Ya, señor, está bien, dije y regresé con la tía de recursos humanos. Necesito su comprobante de domicilio, identificación oficial, carta de recomendación de Volkswagen, carta de recomendación de algún conocido, dos fotografías tamaño infantil, currículo, solicitud de empleo previamente llena, alta en hacienda como comisionista y facturas. ¡Dios!, dije, ¿lo puede apuntar en algún lado?... Toma, dijo extendiéndome un papel donde venía impreso todo ese rollo. Ya, dije, bueno, gracias… Gracias a usted y bienvenido. Me echó una sonrisa díscola. La tía no estaba muy convencida de contratarme. Lástima, tía, pensé: el dueño esta de mi lado. Y salí de allí con una sonrisa y nuevos ánimos. 

 Regresé caminando hasta el Café La Selva pero no entré. Compre seis latas de Tecate en Ultramarinos (que anteriormente era La Manchega), y me fui al Kiosco. Allí me las bebí hasta que dieron las ocho. Entonces me fui a casa de Garrison. ¿Qué hay?, me dijo. Nada, respondí, ya estoy mejor. No le dije nada del empleo. 

2

Conocí a esta tía en línea y resultó ser una verdadera joya. Enserio. Quiero decir que era a la mar de inteligente. O sea que pensaba. No como la mayoría de las tías. Era una tía buenaza de ojos verdes y acento norteño. Era del norte. Yo la había visto una sola vez en la vida porque vino al Distrito Federal y bastó para saber que en realidad era otro tipo de mujer. La cosa con ella no iba por el lado de follar. Tampoco iba por el lado del amor. Iba, más bien, por el lado de compartir mi soledad con alguien que no tuviera mierda en la cabeza. Así de sencillo. Alguien con quien se puede hablar de cualquier tema sin espantarse, sin ser juzgado, y con la completa seguridad de saber que ella entiende todo lo que quiero decir. No todos entienden lo que quiero decir. Pero ella lo hace perfecto y es por eso que valoraba su amistad por sobre todas las cosas. Sólo tenía un defecto este asunto: era del norte y yo no. Nunca la había visto sino una vez, aunque platicábamos frecuentemente por Interne. Bien, pues resulta que yo tenía un viaje planeado a su estado, y había juntado algo de plata. Un tercio de la plata necesaria. El otro tercio lo pensaba pedir prestado a Mónica. Mónica era una tía con la que salí un par de semanas. No llegamos a nada y no vale la pena hablar de ella a excepción que la cabrona no me prestó un quinto. La mandé a la mierda. De todos modos no era el gran culo del mundo y tuve que hacer otra cosa: ir a la clínica. No era mi lugar favorito pero en verdad deseaba visitar a la norteña. Me interné un par de semanas y obtuve lo necesario para largarme de la ciudad. Guardé la pasta en algún lugar de mi viejo cuarto y me olvidé del asunto hasta fin de mes. Había quedado con ella de visitarla a fin de mes. ¿A qué va todo esto? A que el lunes era fin de mes. Es decir, el condenado lunes en que yo debía presentarme al curro. Toda la semana estuve lamentándome por aquello. Deseaba con toda el alma ver a la norteña. Sin embargo, mi deseo de decirle a Garrison: no puedo verte, tío, estoy TRABAJANDO, era enorme. Tuve que decidir y me incliné por Nissan. Dejé pasar la oportunidad de mi vida y todo para encontrarme con un grupo de gilipollas que sólo piensan en soccer y lo terrible que es la vida a lado de sus cerdas esposas. Y con Ricardo. Que representa todo lo que odio en la puta vida: la presunción, la lucha por la pasta, el macho, el bueno para relacionarse en sociedad, el cromañón, el hijoputa.

3

 La camioneta de la empresa llevaba los vidrios polarizados. Ricardo la aparcaba en la salida de una preparatoria y se metía a ella. A la camioneta, quiero decir. Desde dentro fotografiaba jebas de dieciséis, dieciocho, diecinueve años. Luego me pasaba el móvil y me decía: ve esto. Yo lo veía pero no me emocionaba. No tiene sentido tomar fotos, tío, ¿qué harás con ellas? No contestaba. ¿Te vas a masturbar?, le decía. Petrozza, Petrozza, ¿cuándo llega tu pago?, me decía él. El hijoputa era mi jefe directo y le molestaba escuchar que yo no me emocionase con sus gilipolleces. Todos los demás le aplaudían aquellas fotografías e incluso le pedían las pasara a sus móviles. Eran la sociedad de los paparazzi. Yo me aburría mortalmente. Pero la especialidad de Ricardo era el doble sentido. No importaba lo que dijeras, siempre conseguía hacerte quedar como un idiota. Yo generalmente caía en sus juegos porque nunca me gustó el doble sentido. En una ocasión me mostró un reporte que elaboró y decía: Indicar aquí datos. Entonces lo leí y dije, esto es un anacoluto. Pensé en voz alta. Yo me refería a la figura retórica anacoluto. Ese día, todo el maldito día, Ricardo se lo pasó haciendo juegos de palabras que me involucraban a mí, y al anacoluto. Yo ni siquiera me reía de sus chistes. Pero todos los demás no paraban de reír. Era un tío con personalidad. Todos lo seguían. Pero si hay algo que yo no sé hacer es lamer culos. Así que yo decía lo que pensaba. Y me amenazaba semana tras semana: Petrozza, ¿cuándo llega tu pago? El viernes, Ricardo. Y de alguna manera se encargaba de ello: mi cheque no llegó ningún viernes. Lo atrasaba hasta por dos semanas. A mí no me importaba demasiado, yo sabía arreglarme hasta sin empleo. Pero Ricardo pensaba que me jodía la existencia. 

 Éramos cinco tíos en total la fuerza de ventas. Nuestro departamento se encargaba exclusivamente de vender autofinanciamiento. ¿Qué es eso?, es el timo más grande del mercado para adquirir un automóvil. Pero claro que eso no se debe decir, decía Ricardo. Sin embargo otro defecto que tengo es no poder mentir. O sea que si un cliente hacía cuentas y me decía, ¡esto es un robo!, yo movía la cabeza asintiendo. Lo es, decía, pero créame, no vendo esta mierda por gusto. Y el cliente se largaba de inmediato. Así que yo no vendía gran cosa. No vendía nada, absolutamente nada. 

Había otro tío allí, se llamaba Marcos y era una especie de galán. Era blanco y bien parecido pero no era un completo gilipollas. Era amable y aunque en general era como todos, hablaba en doble sentido y fotografiaba culos, era un buen tipo. Noble. Era un tío al que podías confiar un problema. Por ejemplo, algún día tuve que ver a mi novia y le dije, tío necesito la camioneta. No puedo dártela, Petrozza, pero te llevaré. Y lo hizo. Fuimos hasta casa de mi novia que no era mi novia sino una tía que saqué de un bar. Dije que era mi novia para dramatizar el asunto. Me dejó en casa de esta jeba y me dijo: paso por ti en cinco horas. Perfecto, dije. Entonces pude hacer lo mío y Ricardo no se enteró de nada. Marcos estuvo puntual cinco horas después y regresamos a la Agencia. Generalmente no hacíamos gran cosa. No trabajábamos, quiero decir. Nos metíamos a la camioneta y nos íbamos a donde sea. Esto siempre y cuando no saliera Ricardo con nosotros. Éramos Marcos, Víctor, Ignacio, Nicolás y yo. Pero Nicolás era una especie de vendedor estrella y no salía frecuentemente. El trabajo duro era la calle. Salir a la calle y venderle a quien se te ponga enfrente. Los turnos para eso se rotaban pero yo siempre salía. Esta es la lista de los que van a calle, decía Ricardo. Invariablemente estaba mi nombre allí: Martin Petrozza: Lunes, Martes, Miércoles, Jueves, Viernes y Sábado. Ricardo se creía que me jodía. Yo lo pasaba en grande. Tomaba la camioneta y me largaba a recorrer los bares de la ciudad. En ocasiones me tocaba ir con alguno del equipo pero era igual. Todos eran fáciles de mal-influenciar. Excepto Nicolás. Ese tío amaba su trabajo. Marcos y yo éramos cómplices de muchas cosas. Nos cubríamos las espaldas. Era un buen empleo. Ganaba mil trescientos pavos a la semana venidera o no, más comisiones. Aunque de esas yo nunca me enteraba. Comencé a beber con mayor frecuencia. Si antes estiraba los últimos pesos y lograba emborracharme, ahora andaba borracho la mayor parte del tiempo. A las seis en punto me largaba del curro y me metía a La Puerta Negra

 Finalmente, después de soportar tanta mierda llegó el gran día. Era un sábado por la tarde. Yo estaba con Marcos, Víctor e Ignacio recostado en la camioneta. Fumando un cigarrillo. Habíamos aparcado en un parque del Centro de Tlalpan. Tomábamos un descanso. Entonces sonó mi teléfono móvil. ¿Ya?, contesté… ¿Qué hay, Garrison?... Ajá… ¿Ahorita?... Ya… Entiendo… Lo siento, tío, no puedo ayudarte… Enserio… Estoy en el tajo y… De verdad, tío, estoy trabajando… Lo sé, pero cogí un empleo y estoy en mi jornada… ¿No me crees?... Sí… Bien, tío, tienes que creerlo, cogí un puto empleo… No miento, tío… No, no estoy borracho… Maldición, no puedo, tienes que creerme, estoy empleado… Mira tío, estoy a unas cuadras de tu casa, iré hasta allá y verás que… No, enserio, iré hasta allá… A, entiendo, ¿Dónde estás?... Bien, voy para allá, llego en dos minutos y te vas a enterar de una buena vez… Garrison no me creía lo del curro. Llamó para decirme que fuera a la Quinta Ramón. Es un restaurante elegante. La Abuela de un amigo de Garrison es la dueña, así que generalmente nos invita y no hay que pagar gran cosa. Allí estaban Rey y Garrison comiendo. Me llamaron para que los alcanzara. Los cabrones no tuvieron la delicadeza de avisarme que irían y tenían que llamarme cuando ellos ya estaban dando los primeros bocados. Como se creían que yo nunca tengo nada qué hacer y siempre estoy disponible. Pero eso se había acabado. Cogí las llaves de la camioneta y me puse al volante. Marcos entendió todo a la perfección y se puso de copiloto. Los otros dos no acababan de entender por qué tanta desesperación. En minuto y medio llegué a la fonda. Paré la camioneta justo en la entrada. La gente se asustó. Llegué bastante acelerado y les dije: tíos, ¿ven esa cabrona camioneta? Ambos asintieron con la cabeza. ¿Y ven estas puñeteras llaves? Eran las llaves de la camioneta. Las pasé enfrente de sus rostros. ¿Saben por qué tengo yo estas llaves y esa camioneta? ¡PUES PORQUE TRABAJO ALLÍ, COÑO! Dije señalando la etiqueta de Nissan que portaba el vehículo. TRABAJO, allí, y por eso no puedo venir con ustedes a comer, ¡mierda! Entonces me dio un ataque de nervios o algo. Continué: ¿Lo ven? No puedo venir aquí y sentarme (me senté mientras lo decía), y comerme estos putos machitos (tomé machitos y me los comí), porque estoy en el tajo, partiéndome el lomo. Garrison y Rey estaban impactados. Calma, tío, me decía Rey, ya estás aquí. ¿YA ESTOY AQUÍ?, pues no, Señor, no puedo estar aquí. Me levanté de la silla y me largué. Dentro de la camioneta todos estaban asustados. Ya, dije, no es para tanto, vámonos, necesito un trago.   

 Marcos me quitó las llaves y condujo él. Nos llevó a la cantina Jalisciense. A unas cuadras. Yo no podía estar con Garrison, estaba ocupado, tío, OCUPADO.




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