viernes, 30 de julio de 2010

La caja mágica / PARTE V



- No podemos pegarle aquí, Jaime. Nos meteremos en problemas con la directora. Dejemos que se vaya unas cuadras más allá y entonces sí.
- ¡Le voy a partir la cara justo a ahora!
- Jaime, entiende. El checo tiene razón, si lo atoramos aquí nos van a expulsar, llamarán a nuestras madres y viviremos castigados el resto de nuestras vidas.
- Sí, Jaime, agarra la onda, mejor lo topamos en el parque, allí nadie se dará cuenta de quién fue.
- Sí, sí, yo sé dónde vive, anda, Jaime, vamos a su casa y allí le damos la paliza de su vida.
- Bueno, bueno, vamos a su casa.
- Es por allá, vamos, doblamos en la tercera y luego en la quinta, todo derecho hasta lo abarrotes y dos cuadras está su casa; lo he visto porque mi primo vive en la calle de atrás.
- Vamos, vamos pues, no perdamos tiempo que ya le quiero quitar lo galán a ese pobre-diablo.
- ¡Carlos, sal! No seas marica y sal que te parto la cara.
- No va salir, Jaime. Hubieramos tocado como la gente decente, lo has prevenido, nos saldrá.
- ¡Que salgas maldito!
- Checo, cuida que no venga su mamá o alguien.
- No viene nadie, hombre. Tú dale con esta piedra a  la ventana.
- ¿Estás loco? Esa piedra es muy grande, no tengo tanta fuerza, pásame la de allá, esa, la afiladita, con suerte le doy en la cabezota.
- No, no, espera, déjame tirar esta a mí, tu tira la otra, la de alado.
- ¡Que esa no! Es muy grande no la voy a llegar.
- Tirara al auto de su padre, seguro está justo del otro lado, no tienes más que lanzarla del otro lado de la barda.
- ¡Te voy a enseñar a respetar a las mujeres que son mías, maldito, sal!
- Bueno, dámela, ¿pero seguro que el auto está del otro lado?
- Sí, lo estoy viendo por este agujero de la puerta, es uno rojo ¿no?
- No sé, pero no importa, allí va.
- ¡Espera, espera!
- ¿Qué pasa?
- ¡Si no sales voy a quedarme aquí todo la noche y todo el día hasta que salgas y te voy a matar dos veces!
- Mira allá, cuidado muchachos.
- ¿Qué, qué pasa? hombre, me asustas.
- En la ventana de allá hay una señora y nos ha visto.
- ¡Maldito, te crees mucho ¿no? Crees que así de fácil puedes salir con ella, ¿no?! ¡Ella es mía!
- Sí es cierto, ya la vi.
- Mejor vámonos.
- Jaime, vámonos, pueden llamar a la policía.
- No, primero le tiro todos los dientes.
- No, Jaime, ya vámonos, está cogiendo el teléfono, anda, ¡corre!
- ¡Pero mañana no te salvas maldito!






martes, 27 de julio de 2010

Del incesto.

AudioTexto

El incesto. Vaya palabra. O vaya lo que hemos hecho con la palabra. Suena tétrico. Sin embargo es de lo más común. Cuando yo lo cometí me pensaba que era la única. Luego me enteré que todo mundo lo ha hecho con su primo. De este lado de la moneda suena raro. Es más común: todo mundo se ha tirado a una prima. Eso es porque vivimos en un mundo de machos, dirían las feministas. 

 Eran vísperas de Navidad. La navidad del 2002. Hace tan sólo un año mi padre habíase divorciado de la Sra. V. y los recuerdos de navidades pasadas, a su lado, le hacían el hombre más triste del mundo. Mi padre y mi madre se divorciaron en el 2001 porque madre era una cabrona. Fue un divorcio difícil para el Sr. Pinciotti. Lo sufrió mucho. Yo lo disfrute bastante porque odio a mi madre. O sea que yo estaba feliz aquella navidad. Mi padre, de origen italiano, tiene poca familia en México. La familia de la Sra. V. era gran parte de la familia del Sr. Pinciotti. Quiero decir que aquel año estaríamos solos. Mi padre y yo. No teníamos más familia en este país al que llegamos hace tantos años. Mi padre llegó en vuelo directo y yo, en un espermatozoide que terminó siendo Verónica Pinciotti. ¿O en una espermatozoida? Eso del feminismo es cosa grave. 

 Para reparar el daño, el Sr. Pinciotti invitó a parte de la familia a México. No vinieron muchos. Llegaron los tíos Caravacho y con ellos el primo Caravacho, que se llamaba Andréa. Tenía veintidós años y era un pequeño empresario. Yo tenía dieciséis y estudiaba la preparatoria. Se hospedaron en mi casa por cinco semanas. En ese tiempo Andréa se enamoró de mí. Por supuesto no le conté a nadie. Me lo  guardé por muchos años. Muchos, muchos años. Hasta que un día, en casa de Garrison, Petrozza dijo: estoy enamorado de mi prima, ¡tiene un culo de a diez! Garrison rió y Rey dijo: ¡preséntamela! Para mí eso era algo que una debe guardarse. Puedo decir abiertamente que amo el sexo. Que me encanta hacerlo con desconocidos treintañeros forrados de pasta. O con viejos calentorros forrados de pasta. Pero decir que lo había hecho con Andréa me atormentaba la existencia. Así es la vida. Luego Garrison dijo: ¿te acuerdas de mi prima, D.?, se lo dijo a Petrozza. Sí, contestó éste. Pues me la tiré, dijo Garrison. Petrozza dijo que ya se lo sospechaba y Rey dijo: mi primer encuentro sexual fue con una prima. ¡O sea que todos esos cabrones se habían enrollado con primas alguna vez! Y seguro que Andréa estaría ahora en algún lugar de La Bota contando cómo un día del 2002 se cepilló a su prima, o sea yo. ¡A mí! Yo no lo podía creer. Muchas veces había escuchado frases vulgares como: a la prima se le arrima, etc. Pero pensaba que eran habladurías. Pensé que lo mío con Andréa era único. Una locura mía que pocas se atreverían a cometer. Intrigada, pedí a Garrison que me contara de aquello, y lo hizo. Dijo que lo hacían en una litera. D. tenía una hermana mayor, que dormía en la cama de arriba y D., dormía en la cama de abajo. Garrison las visitaba, es decir, visitaba a la tía y quedábase a dormir allí, con la intención de pasar un día familiar. Le acondicionaban el suelo, junto a la litera, con colchas y sábanas y listo. Se tiraba a dormir. Pero en la madrugada cuando la hermana mayo dormía, se subía a la cama de D. y se tiraba a la prima. ¿Pero cómo pasó eso?, pregunté, ¿cómo llegaron a eso? Me hacía la que no entendía nada. Y en verdad no lo entendía. Aunque me había sucedido con Andréa, no acababa de entenderlo. Pues no sé, dijo Garrison. Así nomás. Encendió un cigarrillo y lanzando el humo de la primera bocanada añadió: así nomás, como todo en esta en vida. Lo dijo mirando al humo, como recordando a D.; Garrison es apasionado y seguramente la recordaba como a una musa de ensueño robadora de la inocencia de un niñato. En cambio Petrozza decía yo sí sé muy bien cómo se dio la cosa. Se refería a su encuentro con A., su prima. ¿Y cómo se dio la cosa?, pregunté. Fácil, dijo, ella tiene un coño y yo una polla. Eso es todo. Pero en ese caso, dije, todas tienen un coño y tú siempre tienes una polla. Claro, dijo, por eso yo siempre me quiero tirar a todas. Rey y Garrison rieron. Yo quería saber más. ¿Pero por qué precisamente con tu prima, Martin?, pregunté. Pues porque es más emocionante, o qué sé yo, dijo. Creo que porque se parece a mí. Tiene toda mi jeta y enserio, se parece a mí. Eso me excita de algún modo el inconsciente. Nadie supo qué decir. Quizá tengas razón, dije. En eso del inconsciente. Rey me notó algo y me preguntó si yo jamás lo había hecho con algún primo. Reí y me delaté. Garrison mencionó el clásico, todo mundo se ha tirado una prima. Sí, agregó Petrozza, pero para tirarse a una prima hace falta un primo; así que todas se han tirado un primo también, ¿no, Vero? Tuve que confesarles que sí. No me daba pena pero hasta ese entonces nunca se lo había contado a nadie. Y ya se sabe cómo se nos pegan los secretos. Una es dueña de lo que calla y esclava de lo que dice. ¿Y cómo fue?, preguntó Garrison. Fue más o menos así, dije y lo conté: 

 Andréa bajó a la cocina y yo estaba allí. Yo andaba de ropa ligera, era la madrugada de algún día del mes de diciembre del año 2002. Él iba en calzoncillos. Ni él ni yo esperábamos encontrar al otro así, allí, a esa hora. Yo había bajado porque sufro de insomnio y necesitaba algo de beber. Jugo, quiero decir. Y él no sé por qué diablos estaba allí. Pero dijo que había escuchado ruidos y bajó a investigar. Yo soy muy silenciosa así que no le creí en absoluto. Te estaba espiando el hijoputa, interrumpió Petrozza.  Enserio, dijo, eso lo hago yo todo el tiempo con A. Se llama “crear la ocasión”. Haces como que por casualidad están los dos en una habitación oscura y, bueno… pues ya qué… se ponen a follar. Pues no pasó nada, continué, Andréa me dijo: disculpa, y se fue a dormir. Al día siguiente no pasó nada, ni al siguiente ni al siguiente. Andréa era el típico italiano. Apenas hablaba español. Aunque no pasaba nada entre ambos, no dejaba de mirarme de una manera peculiar. Ya se sabe de qué manera. Y yo lo miraba también del mismo modo. Así que en realidad si estaba pasando mucho. Se estaba gestando el incesto. La cosa estalló un día en mi habitación. Andréa me había pedido le enseñara a hablar español y acepté. Estábamos recostados en mi cama con un libro de gramática. Me decía: como si dice mi piace que quiere decir cómo se dice me gustas, y claro, me lo decía. Y yo le respondía eres mi primo favorito. Y nos quedábamos viendo a los ojos por segundos enteros que eran como horas enteras. Me tomó la mano y la acarició. Me-gus-tas, decía lento. Me-gu-stas molto. ¿Tenías dieciséis años?, preguntó Rey. Sí, dije, ¿por? Nada más, contestó dando un trago a su whisky en las rocas. ¿Y dónde estaban los tíos Caravacho?, preguntó Garrison. No sé, dije, por ahí, en algún lugar de la casa. Ese Andréa es un hijoputa, me agrada, dijo Petrozza. 

 El primo Andréa y yo comenzamos a pasar mucho tiempo juntos. Todo el tiempo estábamos juntos. Íbamos a comer, a bailar, a beber un trago, al centro comercial, al cine, al club, a cenar, a todos lados. Mi padre estaba contento con ello. Yo no solía tener amigos así que le gustaba verme feliz con alguien. Pero la tía Caravacho no estaba muy contenta. Se olía algo malo. Y decía: hijos, les recuerdo que ustedes dos son PRIMOS, casi como HERMANOS, así que ándense con cuidado. No sé a qué viene el comentario, madre, dijo Andréa. Sobretodo tú ándate con cuidado, le dijo la tía. Andréa se quedó callado. Yo también. Sonreí como no entendiendo nada y nos fuimos. Nos sentamos en la fuente del jardín de la casa. Andréa me contaba de su vida en Milán donde dedicábase al comercio de telas. Yo no conocía a nadie que se dedicara al comercio de telas así que me pareció muy interesante.  Todo parece interesante cuando te lo cuenta un hombre guapo. El primo Andréa era guapo. ¡Malditas mujeres!, dijo Pretozza. Aparte del negocio le gustaba pintar. Era pintor de domingos pero al menos sabía buena parte de la historia del arte. Eso me enganchó por completo.  Ahora no era tan sólo un hombre guapo sino un hombre guapo, interesante, y prohibido. Eso, dijo Rey, eso último. Ajá, dije. ¡Malditas mujeres!, dijo Petrozza de nuevo. Garrison comenzó a preguntar un montón de cosas sobre las actividades artísticas de Andréa. Yo no sabía qué contestar a ¿qué marca de oleos compraba? No lo sé, dije. Garrison era fanático de la pintura y desvió la conversación hacia allá. Pero Rey le puso un alto. Ya, dijo, eso no nos interesa, déjala que nos cuente cómo se cogió a su primo. Fue el treintaiuno de diciembre, dije, en año nuevo… No, no, no, dijo Garrison. No vayas al grano, le quitas todo el erotismo. El erotismo se acaba cuando comienza el acto sexual. Detrás de la puerta de la habitación siempre ocurre lo mismo. Petrozza dijo: dinos cómo te la metió. Garrison: no, no, ¡dinos cómo llegaste a eso! Rey dijo: vete rápido por cómo llegaste a eso y te detienes en los detalles de cómo te la metió. ¡Y por dónde!, añadió. No saben nada de erotismo, dijo Garrison. El erotismo es mujeril, dijo Petrozza, queremos sexo duro. Sí, dijo Rey, ¡eso! Garrison bufó y se calló. Encendió otro cigarrillo. 

 Pues bien, me propuse enamorar al primo Andréa. Por diversión. ¡Malditas, malditas sean!, dijo Petrozza. Fue fácil. Fingí interés en todo su mundo. Puse especial atención en su aprendizaje del español y le sonreía a todo momento. Eso bastó. Tú eras seis años menor a él y eso es lo que verdaderamente bastó, dijo Rey. Sí, dije, eso también ayudó. Yo lo sabía. A esa edad lo sabía perfecto. Yo era un trofeo anhelado. Pero tenía poco tiempo, no podía hacerme del rogar demasiado. Durante tres semanas jugamos al flirteo descarado.  Lo hacíamos en la mesa, con mi padre y los tíos Caravacho presentes. Era raro. El Sr. Pinciotti parecía no percatarse de nada. O no quería hacerlo. El tío C. se ponía rígido y tosía pero nunca dijo nada directamente. La tía C. era la única preocupada. Nos tomábamos de la mano por la casa y nos abrazábamos. Veíamos el televisor echados en el sofá, muy juntos, una encima del otro. Y nadie decía nada. Incluso llegamos a tocarnos en el coche. Mi padre conducía y atrás íbamos Andréa, la tía C., y yo. Adelante con el Sr. Pinciotti, el tío C. Yo ponía la mano en la pierna de mi primo y él la llevaba a un sitio más comprometedor. Y su mano también se escabullía por algún rincón hasta mi… ¡Hasta tu teta, Dios!, gritó Rey. Sí, dije hasta allí. ¿Y te tocaba la vulva?, preguntó. Sí, dije, una vez lo hizo. Dios, qué puta envidia, dijo Rey. No es justo, dijo Petrozza, nosotros llevamos AÑOS proponiéndotelo y ese cabronazo y un montón más te lo hacen como si nada. Reí. Sí, Vero, ya déjanos cogerte, dijo Rey. Reí más. ¡anda, anda, anda, anda, anda, anda, anda, anda! Decían Petrozza y Rey al unísono. Yo no paraba de reír. Garrison dijo, ¡ya cállense, coño! Se callaron. No entiendo una cosa, dijo Garrison, ¿cómo explicas que te tocara la vagina en el coche con tu tía a un lado y que no se diera cuenta? Ponía la chamarra encima de mis piernas y subía las rodillas, dije. No sé dijo Garrison, tendría que verlo para creerlo. Es fácil, contesté, pones las rodillas en lo alto del respaldo del asiento delantero, abres ligeramente las piernas, y pones sobre ellas la chaqueta. Yo estaba entre Andréa y tía C. Entonces él escurría su mano por debajo de la prenda y listo. No sé dijo Garrison, ¿y no sentías nada? Claro que sentía, sentía lo que generalmente se siente cuando te manosean el clítoris. Quisiera tener un condenado clítoris, dijo Petrozza. Para qué si tienes un pene, dijo Rey. Para sentir eso que generalmente se siente cuando te manosean el clítoris, dijo, y para tener más de un cabrón orgasmo en un acto sexual. Interesante, apuntó Garrison. No, tío dijo Petrozza, no es interesante (lo dijo haciendo cara de intelectual soberbio), es pla-cen-te-ro, (lo dijo haciendo un además afeminado), mi querido y estimado amigo del alma. Garrison sirvió una ronda de whisky en las rocas. Rey tomó el suyo y dijo: bueno, bueno, ya, ¿y luego? Luego pasamos a los fajes, continué. Nos morreábamos en mi habitación. Me tocaba toda y yo a él. Pero con ropa encima. No me la quitaba. ¿Por qué?, preguntó Rey. No sé, dije, creo que quería que yo tomara un poco la iniciativa, ya sabes, para no quedar como el pervertido. Lo era, dijo Petrozza, uno siempre es el pervertido, ¿cuándo has escuchado a un hombre gritar, Dios, sal de aquí pervertida? ¡Ya no interrumpan!, dijo Garrison. Rey echó una gran nube de humo de cigarrillo y dijo: qué te importa, déjanos interrumpir. Seguí: después de eso comenzó a hablarme de amor. Enserio. Decía que se había enamorado de mí. Me lo dijo en un bar de Coapa. Me llevó allí y me lo dijo. Yo pensé: qué estupidez. Pero le dije, ¿¡enserio!?,  yo también siento algo especial por ti. No sentía nada especial por él. Malditas mujeres, dijo Petrozza. Ya, joder, ya lo dijiste mil veces, dijo Garrison. Ajá, dije, y luego me dio una carta que había escrito para mí. Estaba en italiano y comenzaba: cara Veronica, tu sei la donna più bella ai miei occhi hanno guardat… Me hizo leerla allí, enfrente de él. Hice como que leía y… sí, sí, ya, MALDITAS MUJERES, dijo Garrison. Petrozza dijo: no iba a decir nada. Rey dijo: sí lo ibas a decir, acéptalo. Petrozza: no, de verdad. Garrison: lo ibas a decir para molestar. Petrozza: qué no, tío, no lo iba a decir porque ya sé que te molesta que interrumpa a la Reina Pinciotti. Hubo un silencio y continué: hice como que leía la carta y… ¡MALDITAS MUJERES!, dijo Petrozza, malditas, malditas, malditas. Garrison bufó y Petrozza reía a carcajadas. Ya, ya, dijo, Petrozza, sigue. En eso Rey se levantó y fue al baño. Yo continué: tuve que jugar a la lolita. Me hice la enamorada y la niña tierna y estúpida. De esa vez en adelante me volví cariñosa, melosa e inocente. Cuando nos morreábamos en mi cuarto, Andréa cada vez quería llegar más lejos. Ahora podía hacerlo porque le dije que seríamos novios. ¿YA SON NOVIOS?, dijo Rey regresando de orinar. ¿Tan sólo me fui dos minutos y ya llegaron a la parte donde son novios? Cállate, Rey, dijo Petrozza, ¿qué no ves Garrison está al filo de la butaca? ¡Le jodes la historia, tío! Perdón, perdón, dijo Rey. Seguí: nos hicimos novios pero en realidad… Es que no mames, ¡a qué hora se hicieron novios!, si sólo fui al baño, dijo Rey. Garrison se levanto y dijo: a la mierda, te cogiste a tu primo y se acabó. Eso es todo lo que hay que saber. Ya, hombre, dijo Petrozza, déjala terminar la historia, queremos saber cómo pasó, recuerda, el erotismo y todo eso. Vete a la mierda, dijo Garrison mientras subía su habitación. Ya ves, tío, dijo Rey a Petrozza, lo encabronaste. ¿Yo?, dijo, tú eres el que… En eso bajó Garrison con un libro de Ruy Sánchez y dijo les voy a leer erotismo del bueno. No, dijo Petrozza, a mí me gusta el pésimo erotismo de Verónica. Rey dijo: a mí me gusta Verónica. Para que aprendan algo, dijo Garrison. No, enserio, dijo Petrozza, no ahora, tío, aún no estoy borracho. ¿Y por qué habrías de estarlo para escuchar lo que voy a leer?, dijo Garrison. Para no escucharlo, dijo Petrozza. ¡Puff! Dijo Garrison y se sentó. Bueno, ya, acabe de contarnos, señorita Pinciotti, cómo llegó a la cama con su primo. Ya no tengo ganas, dije. Ya, Vero, dijo Rey, acaba con esto de una vez. Sí, dijo Petrozza, ya dinos cómo lo hicieron. ¿Por detrás? ¿De perrito? ¿De cucharita? ¿De carretilla? ¿A lo sado-maso? ¿De bomberito? ¿De a sesentainueve? ¿De a frijolito? ¿De a Tony Hawk? ¿De helicóptero? ¿De catapulta? ¿De misionero? ¿A lo Boa? ¿De a balanza? ¿De columpio? ¿De reguilete? ¿De mariposa? ¿De abejita? ¿De a yunque? ¿De a burrito en primavera?... ¡No sé, dije! No conozco el nombre de lo que hicimos. Dios, ¡pues qué hicieron!, dijo Petrozza. 

 Creo que fue algo clásico, dije, se puso encima de mí… ¡Va!, dijo Garrison, ya, para, aquí se acaba el erotismo. ¿Cuál erotismo?, dijo Petrozza, nadie está hablando de erotismo, tío, hablamos de incesto, ¿eso qué tiene de erótico? Petrozza comenzaba ponerse como una cuba. Y Rey También. Creo que Garrison lo mismo. Yo no había bebido tanto porque estuve hablando pero de pronto ellos fueron los que hablaban y hablaban. Petrozza: yo también estoy enamorado de A., dijo, enserio, no es que me la quiera tirar, es amor, de verdad, ¡la amo! Rey dijo: no mames, no puedes amar a tu prima. Enserio, dijo Petrozza, no la quiero ni tocar, sólo quiero estar con ella, todo el maldito tiempo. ¿Sabes lo que es eso, Rey?, es como una jodida maldición, ¡como la esclavitud! Ya ni puedo ser yo mismo. Estás exagerando, dijo Garrison. Yo dije: creo que más o menos así va eso del amor, ¿no? Entonces el amor es una mierda, dijo Petrozza. Garrison dijo este cabrón qué va a estar enamorado. Sólo está… no sé… traumado. Es que tiene toda mi cara, dijo Petrozza, ¡TODA MI PUTA CARA! Rey: no puede tener toda tu cara, sería un desastre. Sí, no creo que se parezcan tanto, dije. No, no, sí se parecen, dijo Garrison que conocía muy bien a A. Parecen paridos por la misma madre. ¿Parecen hermanos?, pregunté. ¡Parecen gemelos!, dijo Garrison. ¿Y por eso te gusta?, dije a Petrozza. Dios, sí, dijo, eso es lo que me gusta, es como besar a tu imagen del espejo. Rey dijo: interesante. No, tío, dijo Petrozza, no es in-te-re-san-te. Es, ma-ra-vi-llo-so. 

 ¿Y qué pasó con Andréa cuando se fue a Italia?, preguntó Garrison. Pues nada, dije, creo que estaba un poco acabado. ¿Acabado?, dijo Rey. Sí, acabado. Los tíos Caravacho regresaron a su país pasado año nuevo. Pero Andréa se quedó una semana más. Y se hubiera quedado más tiempo de no ser porque se lo tuve que decir. Le dije: ya no siento nada por ti. ¿Después de hacerlo con él?, vaya tía, eres como un hijoputa, dijo Petrozza. Sí dije, bueno, el caso es que nunca sentí nada por él, sólo la curiosidad incestuosa normal. Ya, dijo Rey, ¿y no sientes algún tipo de curiosidad hacia mí? Por ejemplo, ¿curiosidad misteriosa? Dijo eso porque es reportero, se cree detective. Leyó Los detectives salvajes de Roberto Bolaño y desde entonces se cree un detective salvaje o algo. Y cree que puede ser misterioso. No, le dije, no siento ninguna curiosidad. ¿Y por mí, dijo Petrozza? No, querido, tampoco. Eres más dura que el mármol, dijo Petrozza. Y más puñeteramente fría. Eres como una condenada estatua de mármol frío y duro. Eres como un inalcanzable deseo de primavera… aquí reímos todos. ¿Un inalcanzable deseo de primavera?, dijo Garrison, ¿cómo coños son los deseos de primavera? Pues, cómo van a ser: libidinosos, dijo Petrozza, ya sabes, en primavera todo mundo quiere hacerlo. Eso es una mentira, dijo Rey, no sé de dónde sacan esas cosas. Sí, dijo Petrozza, es una puta mentira: todo el mundo quiere hacerlo siempre. ¿Te das cuenta de cómo todo el mundo se mueve por dos cosas?, dijo Garrison. ¿Qué cosas?, dije yo. Dinero, dijo, esa es la primera. Y la segunda es hacerlo, dijo. El deseo libidinoso es el motor verdadero del mundo. Sí, acordó Petrozza, es cierto, todos nos movemos por esa puta energía anidada en las pelotas. En el sistema anímico, será, dije. Sí, sí, eso, dijo Petrozza. O sea que cuando uno se esfuerza por algo, ¿realmente quiere coger?, preguntó rey. Exacto, tío, dijo Petrozza. Todo mundo quiere coger siempre, pero sublimamos el deseo y hacemos otras cosas, como escribir una novela o jugar al baseball. Correcto, dijo Garrison. Sí, qué puto mundo de locos, dijo Petrozza. Oye, Vero, desde tu punto de vista mujeril, ¿Andréa estaba loco, idiota, ingenuo, o qué?, me preguntó Garrison. Todos estamos locos, dije, todos, todos. Sí, pero en el caso de Andréa, podrías ser más específica, ¿no? Pues… dije, estaba… necesitado de amor. ¿Necesitado de amor?, Dios, dijo Petrozza, qué diablos. ¿Entonces cómo estaba, dije, señor sabelotododelavida? Yo qué sé, dijo, pero acuérdate que yo estoy terriblemente enamorado de A. Así que todo lo que digas, me queda. Pues sí, dije, creo que te hace falta amor. No juegues, tía, qué me va faltar amor a mí, ¡soy un tíoduro! Todos los tíoduros carecen de amor, dije. Mierda, dijo. Dame amor, Vero, lo necesito y tú lo sabes. Darte amor no significa que me acueste contigo, dije. Sí significa, dijo Petrozza, sí significa, anda, anda, anda, anda, anda, anda, anda, y comenzó otra vez. No, dije. Al menos déjame lamerte un pezón, anda. Reí. No, Martin, no, no, no, no, no, no, no. Anda, anda, anda, anda, anda, anda, anda… no, no, no, no, no, no, no… Ya cállate, tío, dijo Garrison, jamás lo conseguirás. A qué sí, dijo Petrozza. Un día lo conseguiré, Pinciotti, ¡un día yo seré tu papi chulo! 




domingo, 25 de julio de 2010

La verdadera cruz.

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En el puerto de Veracruz siempre es de noche. Apenas comienza a aclarar el día cuando la luz es sustituida, irremediablemente, por una oscuridad que no conoce la inmensidad del mar. Todo pasa tan rápido como un bello reflejo de crepúsculo. Es precisamente ese misterio, contraste entre luz y oscuridad, el que me trae el recuerdo en bandeja de plata para contar esta historia. Una historia con amores y nostalgias, pero sobre todo llena de olvidos, pues es a través de este fenómeno mental por el cual uno llega a recordar lo irrecordable, o al menos, lo que ha quedado en el inconsciente y basta un bello objeto, una palabra o la soledad, para regresar al recuerdo olvidado y hacerlo parte del presente utópico.

Era época de vacaciones y yo en uno de mis arrebatos de locura y soledad fui a Veracruz. Arribé, como es de suponerse, en la noche. El aroma y sabor del puerto ya llegaba hasta mí combinado con el smog del autobús y del cigarrillo que fumaba. Era curioso observar cómo en la parte en la cual más se me notaba el mar fue el cabello, apenas llevaba dos minutos allí y ya mi cabeza parecía una piña caribeña. En ese momento pensé que si alguna vez fuera piña, me gustaría ser del puerto de Veracruz, porque ellas deben ser las más exitosas y vendidas. No pensaba eso porque yo en mi vida de humano tuviera algún fracaso o sufriera todo tipo de anomalías, simplemente creo en la felicidad y dicha de las piñas.

Cuando mi cuerpo estuvo adaptado al clima y a la nueva ciudad, decidí emprender el camino hacia la casa de mis abuelos, una casa pequeña pero confortable, adquirida con muchos esfuerzos y pocas esperanzas, poblada por insectos y soledades. Pero evidentemente yo aún no sabía nada de eso. Antes de abordar el autobús con destino a mi destino, me aprovisioné cual soldado en guerra de los artefactos necesarios para sobrevivir a mi odisea, es decir: una botella de vino, tres cajetillas de cigarros y un cereal para engañar al hambre. Encontrar un lugar para abastecerme fue más difícil de lo que debió haber sido para los arqueólogos europeos hallar las ruinas prehispánicas, todas ellas debajo de cerros llenos de vida verde. Sin embargo, bastó ponerme el sombrero y las botas para encontrar un lugar en donde el vino más viejo era del año pasado y los cigarrillos lights eran todo un fenómeno desconocido. Bienvenido al puerto, me dije.

Cargado con mis provisiones yo caminaba por los barrios más insalubres de la ciudad, mi objetivo era encontrar un autobús para irme de allí y llegar a mi casa. Bastaron únicamente cuarenta y cinco minutos  para encontrarlo, y llegó justo cuando empezaba a ver imágenes bellas en los objetos. Lamenté no poder conversar con el letrero de un hotel de mala muerte, el cual me llamó la atención por su color púrpura y por la forma, casi milagrosa, en que se mantenía aun sujeto a una pared que de seguro no se derrumbaba gracias al mismo letrero. Era una lucha constante por la supervivencia, gracias al letrero sobrevivía la pared, y la pared sostenía la poca vida del letrero. El trabajo en equipo le ofrecía estabilidad física al hotel. En Veracruz la gente también vive así.

Una vez sentado en uno de los camiones más viejos del mundo encendí mi reproductor musical y sintonicé una canción. No fue difícil decidirme por alguna, pues el mar me hacía pensar en el Caribe y mis recuerdos en un amor imposible. Ante la mezcla de estos dos pensamientos la canción ideal fue “Mediterraneo” del cantautor catalán Joan Manuel Serrat. Sonaron los primeros acordes musicales al mismo tiempo en que el camión abría sus puertas para dejar salir a una mujer tan gorda que me hizo pensar en una vaca. Esa vaca, por supuesto, tenía cualidades humanas como para viajar en camión, llevar una bolsa en las patas y oler a perfume barato. Cuando sus pies tocaban los escalones del camión, yo me preocupaba por mi seguridad y la del transporte, ya prácticamente podía verme en la primera plana del periódico al día siguiente  con un encabezado parecido al siguiente: “Vaca viajera destruye un camión con cincuenta años de uso, no hubo sobrevivientes”. Al final no existió el encabezado, la vaca bajó del camión, y nosotros pudimos seguir viajando. Pasaron treinta minutos y yo aún no llegaba a mi destino, para entretenerme fui viendo por la ventana, reconociendo lugares irreconocibles y creando figuras en la mente para después tener recuerdos del camino a casa. Lo captado por mis ojos fue lo siguiente: un centro comercial, casas, bares de dudosa procedencia e integridad moral, letreros anunciando lo glorioso del puerto, algunas palmeras, y casas y más casas, ¿Ya mencioné las casas? Diez minutos después de los treinta antes mencionados por fin llegué a mi destino, una casa aparentemente mía pero que en realidad pertenecía a los insectos y demás animales rastreros.

No hay nada más triste en este mundo que una casa poblada por insectos. El ejército de cucarachas y lagartijas (albinas), me dio la bienvenida casi con melancolía, parecía no sorprenderles en absoluto mi llegada, pero yo no estaba dispuesto a dejar andar a sus anchas a los enemigos más acérrimos del hombre, por eso tomé un insecticida y realicé todo un genocidio del cual aún no me he arrepentido. Ya libre de insectos y con la conciencia tranquila me fui a la cama para esperar el nuevo día lleno de mar y acontecimientos inesperados.

Llegué a las 12:00 P.M. al malecón del puerto, por primera vez en muchos años sonreí ante la inmensidad del mar, verlo tan grande me pareció una burla de las buenas, el mar tan grande y nosotros tan pequeños. Las olas me hacían pensar en unos náufragos luchando por llegar a la superficie terrestre. Era curioso ver a esas olas convertidas en humanos desesperados debatiéndose constantemente por llegar a la arena firme, pero era aún más sorprendente ver cómo una vez que arribaban, el regreso al mar era inminente, como si no les hubiera costado ningún trabajo llegar a la orilla. Nunca he entendido el proceso y viaje de las olas, el por qué llegan a la orilla si de un momento a otro regresarán a perderse en el mar y dejarán de ser olas para convertirse en agua camuflajeada en la inmensidad. Yo pensaba en todo eso mientras fumaba un cigarrillo y comía una de esas nieves veracruzanas famosas por su sabor y por los cientos de moscas que habitan en las heladerías. Las neverías veracruzanas, si tienen algún secreto, este debe ser los huevecillos de las moscas depositados en los contenedores del helado. Inminente receta para elaborar buenas nieves.

Cuando me acabé la nieve caminé por el malecón como un viejo explorador lo hubiera hecho en una isla desconocida, buscando animales extraños y frutos curativos, lástima que en Veracruz lo único nuevo era la contaminación camuflajeada con el olor del mar. En cierto momento pasé por una marisquería llamada “Scorpion’s”, yo me pregunté qué tenían que ver los escorpiones con los alimentos marítimos, y peor aún, por qué el nombre estaba escrito en inglés, pero poco tiempo después mis meditaciones se vieron interrumpidas por el paso de una mulata despampanante, la cual movía sus grandes y anchas caderas como una bailarina profesional de merengue. Mis ojos pasaron del letrero al gran culo mulato, inmediatamente quedé hipnotizado por el movimiento de sus caderas, pues pocas veces se tiene una visión tan bella  en este mundo frívolo y hostil. El culo de la mulata era toda una obra de arte, pensé que si se creara un museo de culos, este tendría un lugar tan especial como La Monalisa en el Louvre. Justo cuando estaba llegando al éxtasis artístico, ese orgasmo que produce en la gente una gran obra, mis pensamientos me jugaron una mala broma y mandaron a mi mente el recuerdo de la mujer amada. En ese instante me deprimí, primero por evocar el recuerdo de un amor imposible, y segundo porque mi obra de arte había desaparecido por las calles aledañas al puerto. A partir de ese momento me impuse como único objetivo llevar una de esas bellas piezas artísticas a la comodidad de mi cama. Me convertí en un cazador furtivo de culos veracruzanos, dispuesto a hacer todo lo posible por encontrar la mejor obra y restaurarla a mi gusto, para poder moldear sus formas con mis manos y así dejarla exactamente como me agrada.

Pasé el resto de la tarde viendo el ir y venir de las olas, al atardecer yo comenzaba a aburrirme de la monotonía del mar. Si uno lo piensa bien, el mar es el ser más monótono y cotidiano de la tierra, siempre hace lo mismo y nunca llega a ningún lado. Es como un pequeño canario encerrado en su jaula que intenta volar y se estrella en el techo, límite de sus ilusiones. El mar es un canario encerrado y yo no tenía porque seguir viendo ese espectáculo tan desolador. 

 En la noche entré a un bar dispuesto a regresar a la casa con una bella mulata. Mi técnica de conquista consistió en caminar decididamente como buen samaritano, pedir un Whisky en las rocas y fumar una cajetilla entera de esos cigarrillos que según la publicidad reafirman el porte masculino. Pasaron tres, cuatro, cinco whiskies y yo seguía tan solo como todos los clientes. Un bar puede estar atestado de gente conversando amenamente mientras se escucha a lo lejos los pésimos acordes de un piano tímido y poco elegante, pero siempre va a caracterizarse por el hecho de ser el lugar más solo del mundo, todos los visitantes llegan al lugar por la necesidad de compañía, y al final únicamente los resguarda el Silencio. Cuando terminó la velada ya era tan amigo de la soledad que no me molestó llevármela a la cama, sustituí, irremediablemente, a una buena mulata por la austeridad de sus facciones. Hicimos el amor durante horas. Después sólo quedó esperar la llegada de la mañana cargada con nuevas esperanzas.

A las cinco de la tarde del día siguiente, cansado de llevar a la Esperanza sobre mis hombros y tan derrotado como la selección mexicana de fútbol en un mundial, aún no tenía en mi poder a ninguna mujer. Para olvidar esa peripecia yo me entretenía jugando con mis cabellos y los insectos lo hacían picando mis pobres piernas tan expuestas a la intemperie. De un momento a otro llegué a ver a las piernas como un panal de abejas sin su miel, pero mis panales en vez de albergar a esos bellos insectos amarillos con negro, llevaban consigo un ejército de moscos dispuestos a comerme vivo.

Había pasado toda la mañana yendo y viniendo sobre el malecón, más que humano parecía una bella ola llegando a la orilla y regresando derrotada al mar. En el transcurso de esos viajes sin regreso ni destino, yo posé mi vista en el oficio tan curioso de lanzarse por una moneda al profundo mar en calma. La gente que se dedica  a este bello oficio marino lo ejerce en el estacionamiento destinado a los barcos cargueros, y muchas veces se ven expuestos al petróleo derramado por tan grandes bestias marinas. Víctima de una curiosidad extrema me senté a observar detenidamente el oficio en una pequeña banca que más bien era un feo e incómodo barandal, el cual me hacía jorobar la espalda a tal grado de alcanzar las proporciones del Arco del Triunfo, pero sin el porte romano. Lo que más me llamó la atención de aquellas personas fueron sus pies, siempre tan descalzos y grandes. Al verlos me imaginaba dos viejas lanchas marinas del Ejército Mexicano. Entre más tiempo pasaba más repulsión sentía por esas lanchas expuestas tanto a la tierra como al agua, todas estaban moldeadas por el mismo escultor, llegué a pensar que para ser parte de esa comunidad nadadora el primer requisito era tener los pies grandes, gruesos y llenos de todos los hongos posibles. Sentí pena por ellos y desde mi cómodo lugar lancé una moneda de cinco pesos a un par de pies que tardaron más tiempo en sumergirse al agua que en sacar el alimento del día. 

Inmediatamente después de ese acontecimiento, ya siendo de noche, caminé por el lugar donde venden todo tipo de artesanías veracruzanas, las cuales son curiosas por el cierto parecido que presentan con las artesanías de todo México. Había camisas con mensajes insulsos, barcos de madera en botellas y pulseras caracterizadas por su poca originalidad. 

De ese paseo recuerdo con nostalgia a las personas. En Veracruz no hay veracruzanos, o al menos la gente aparenta no serlo. Vi lugareños caminando con porte de ser extranjeros o fingiendo ser de la capital, también había capitaleños aparentando ser gringos o europeos y las mulatas se enorgullecían de su porte cubano. Algunos gringos intentaban pasar por ingleses y algunos africanos por puertorriqueños. Veracruz es un plato de absurdas apariencias. Como yo sabía hablar italiano y otras lenguas, en algunos momentos me divertía fingiendo no entender las conversaciones en mi entorno, y preguntando precios en un torpe y difícil español, mezclando palabras italianas en mis diálogos para darle mayor veracidad a la actuación. El juego duró poco, pues es difícil mantener una farsa tan grande en tan poco tiempo, y además, porque apareció ante mis ojos una bella mujer, y con ella regresaron mis raíces mexicanas junto con su lindo y abundante idioma. Naturalmente esta mujer de grandes caderas, cabello chino y pechos como melones tampoco me hizo caso, y la vi pasar tan rápido como al día, por esa razón mis recuerdos actuaron rápido y regresó a la mente la mujer amada con todo y sus formas. Este hecho me deprimió tanto que decidí ir a la casa compartida con los insectos para ahogarme en el vino argentino de la cosecha del 2006.

Hablaré un poco sobre la mujer amada. Vive en la capital, contra todo pronóstico en cuanto a mis gustos es morena pero delgada, lleva el cabello lacio y muy largo, y sus pies son casi tan feos como el Taj Mahal. Su nombre empieza con la letra “D” y contiene cinco letras condenadas al olvido. Me gusta por su ingenua conversación sobre pintura y por la manera en cómo sobrellevaban sus pies el peso de su esbelto cuerpo, además de contar con una cara parecida a la de los ángeles pintados en el Renacimiento. Ella es lo más celestial que mis ojos han visto sobre la tierra y su figura me ocasiona el goce de estar triste. Desgraciadamente ella no estaba ahí y no lo estaría nunca, al menos conmigo.

Yo iba pensando en ella, imaginando situaciones absurdas, eróticas e imposibles: la llama doble del amor, cuando de pronto mis ojos me llevaron hacia la silueta de una señora que bailaba danzón al compás del silencio. Esta nueva mujer era fea y carecía de gracia, al menos para las condiciones del puerto. Llevaba su largo cabello amarillo amarrado en una más larga cola de caballo, y sus piernas con pocas nalgas iban cubiertas por unos jeans al parecer muy finos. Yo hubiera seguido de largo si ella no me hubiera llamado con la vista para acompañarla en su baile, el llamado fue tan hipnótico que avancé rápidamente. Mientras me acercaba yo iba pensando en Luisa Valenzuela y su frase acerca del baile: “No baila el que no sufre, quien no convierte su lucha en movimiento”. En ese momento decidí luchar mediante el arma llamada danza para conquistar a esa mujer elegante, tan mulata como yo oriental. Hay ocasiones en que una persona encuentra el amor con una mujer no esperada y mucho menos deseada, pero que al final del día es la única que te invita a bailar con ella.

Bailamos alrededor de una hora en el pequeño zócalo del puerto, en los primeros minutos de nuestro baile yo sentí una vergüenza desmesurada debido a la poca gracia con la que cuentan mis movimientos. Durante los primeros diez minutos llegué a pensar en la retirada de la mujer, ya veía llegar el primer pretexto, el cual, según mi mente, consistía en un esposo esperando su llegada, o simplemente su cansancio invitándome a tomar asiento para después irse sin pronunciar ninguna palabra. Ese pretexto jamás llegó. Poco tiempo después las parejas mayores y los jóvenes inexpertos como yo llegaron a la plaza y dejé de sentir pena por mí, pero sobre todo por mi acompañante. Mientras pasaba el tiempo y seguíamos bailando tangos de Gardel (el danzón había sido sustituido), yo pensaba en los restaurantes de hamburguesas gringas del puerto. Era triste encontrar muchos más restaurantes de éstos que marisquerías. El famoso restaurante de las hamburguesas con su payaso más terrorífico que amigable invadía todas las calles del centro, mientras las marisquerías se perdían en la decadencia de sus paredes derruidas, sus puertas de cantina barata y su tocadiscos con canciones antañas. Pasaron sesenta minutos y ya comenzaba a cansarme, pero mi pareja norteamericana (me dijo su nacionalidad en medio de la canción “El día que me quieras”), no mostraba muestras de cansancio, y peor aún, no se notaba para nada aburrida. Fue así como me di cuenta de su torpeza en el baile. Por fortuna las glorias del tercer mundo me ayudaron, y justo cuando iba a comenzar otra canción, portadora de mi desgracia, se fue la luz y no quedó más remedio que irnos a caminar por las viejas y coloniales calles del centro.

Cuando mi pareja y yo dábamos un paseo ameno y callado por la calle en donde se encuentra la antigua casa del poeta Salvador Díaz Mirón, yo me di cuenta de su silencio absoluto, llevábamos más de un ahora juntos y sólo habíamos intercambiado unas cuantas palabras. A pesar de esto seguimos caminando sin rumbo fijo hasta llegar al viejo camión, el cual serviría de Cupido y nos llevaría hasta mi casa para juntar nuestros cuerpos con el amor. Naturalmente la mujer no dijo nada en el trayecto a nuestro destino, se limitó a viajar con aire ausente pero con pequeñas muestras de felicidad en el rostro, y yo lejos de sentir cierta pena me alegré por el hecho de no tener que hablar en inglés, ni la necesidad de improvisar una plática poco profunda y sin fundamentos. 

Para no aburrirme en el camino tuve la penosa necesidad de cambiar la figura de mi acompañante por la espléndida mujer amada, en ese momento la rubia de ojos verdes y cabello lacio mayor a los treinta años pasó a ser una joven adulta de veinticuatro, morena y con una silueta perfecta, estudiante de ciencia política (quizá), y con una torpe conversación de pintura en la cual yo la hacía de emisor y receptor a la vez. Como afortunadamente la mujer morena, en realidad rubia, aún no me había dicho su nombre (y jamás lo haría), yo decidí llamarla G en todas las conversaciones sostenidas en mi mente.

Llegamos a la casa después de viajar durante una hora. Tanto ella como yo estábamos hambrientos de sexo, y así pasamos la primera noche haciendo el amor en la cocina, la sala, el baño, el comedor, las escaleras, y por último, en la recámara. Durante el sexo salvaje únicamente se escucharon los ruidos del amor característicos de las mujeres gringas, y después reinó un silencio espectral hasta el siguiente día en el cual misteriosamente, y contra toda lógica, seguimos juntos.

Amanecí solo en la cama, lo cual no se me hizo raro pues pensé que la mujer había huido de mi lado a la primera luz del alba. Bajé cómoda y tranquilamente, desnudo, por un poco de agua, y en la pequeña cocina se encontraba la mujer improvisando un desayuno para ambos con los pocos ingredientes del refrigerador. Afortunadamente ella también seguía desnuda y así no sentí ningún tipo de pudor. Gracias a la luz del día pude apreciar la perfección de su silueta, de sus senos y piernas largas, sonreí con una sonrisa irónica, pues esa mujer madura en otro momento y circunstancia hubiera sido una conquista perfecta, pero desgraciadamente en Veracruz no era así, pues uno va a la playa para conquistar culos grandes y mulatos, mezcla de indígenas, negros y hasta de españoles. Me quedé parado en el umbral de la cocina viéndola guisar, ella hacía como si yo no estuviera ahí y pude contemplarla a mi gusto. La observé tan detenidamente como se observa un Manet en el museo de Orsay, y poco a poco fui calentándome a tal punto que fue necesario terminar con esa excitación acercándome a ella y volviéndole a hacer el amor en la cocina, entre la estufa y el refrigerador. Ella se limitó a aceptarme con energía, pero sin pronunciar ninguna palabra ni gesto de placer.

Después de tres orgasmos de ella y uno mío terminamos desayunando un cereal con leche agria y el poco vino que sobraba. Una vez concluido nuestro desayuno le propuse la idea de vestirnos y de ir a caminar por el malecón, la mujer aceptó encantada y cumplimos con mi designio.

Ya a la orilla del mar, sentados frente al estacionamiento de los barcos, manteníamos una conversación en la cual las palabras se podían contar, fue así como me enteré de su edad, cuarenta años, de su estado civil, divorciada, y de su propósito en el puerto, el cual consistía en conquistar a un alto y moreno pescador para hacer el amor durante semanas. Ante tales revelaciones no tuve más remedio que decirle mi verdad y ambos reímos de la ironía de la vida, pues ella parecía mi madre y yo no era moreno, alto ni mucho menos pescador. Después de conocer nuestras verdades caminamos por el malecón y descubrimos una pequeña lancha que llevaba hasta el castillo de San Juan de Ulúa, decidimos tomar el tour, en primera porque nunca nos habíamos subido a un barco, ni siquiera a una lancha, y en segunda porque no había otra cosa que hacer.

Llegamos al castillo entre mareos e incomodidades en el viaje, exploramos la isla como dos atentos turistas y hasta hicimos el amor en una de las celdas en donde años atrás habían pasado a mejor vida los delincuentes, herejes y opositores del gobierno. De nuestro tour me quedaron como recuerdos tres cosas: la primera de ellas fue el significado de la palabra “naco”, que según una guía de turista significa corazoncito en totonaca. Como segundo recuerdo se impregnó en mí la inverosímil leyenda de Chucho el Roto, y por último, quedó la incomodidad de hacer el amor en una cueva llena de estalactitas en el techo y piedras húmedas en el piso. La exploración del castillo duró aproximadamente dos horas, después regresamos al puerto en la misma lancha sobrecargada y sufriendo los mismos síntomas que en el viaje de ida. Una vez acomodados en la seguridad del malecón, agradecimos a Dios por no tirarnos al mar y después continuamos nuestro camino en un puerto que ya a esas horas comenzaba a oscurecer.

Cuando llegó la noche la mujer volvió a dejar de ser rubia y se convirtió en mi G, seguramente yo para ella también dejé de ser blanco y me convertí en su pescador. Nos metimos a un viejo bar y bebimos más whisky que un escocés en invierno. Nuestra conversación para ese entonces era un poco menos tímida y por eso hablamos del mar, del amor perdido y del futuro que no íbamos a compartir. Yo le conté mi deseo de viajar a Europa para estudiar un doctorado en arte, y ella me comentó su idea de regresar a Estados Unidos para seguir vendiendo cremas y joyas por catálogo, viviendo de las pocas ganancias de su negocio y de la pensión enviada por su ex marido. Como una conversación entre dos personas pierde todo sentido  cuando no se va a compartir el futuro, decidimos callarnos y nos limitamos a pagar la cuenta para regresar a la casa, hacer el amor y olvidar todas nuestras desgracias, aunque sólo fuera por una noche más.

En ésta, la segunda noche, todo pasó tan rápido que apenas sí me quedan algunos recuerdos vivos, los cuales no contaré aquí por ser banales y poco interesantes. Siempre he pensando que el erotismo termina en cuanto se narra el aburrido acto sexual. Para que éste dure, debe dejar casi todo a la imaginación  y así darle la oportunidad al oyente de adaptarlo a su bella manera de copular, palabra, por cierto, poco elegante y muy repetitiva. 

Desperté una vez más gracias al sol y a los deseos carnales, en ese momento la gringa tampoco se encontraba a mi lado. Basándome en la experiencia anterior bajé las escaleras  con todo cuidado para encontrar a la mujer, tomarla entre mis brazos y fundirnos en la carne. Yo a esas alturas pensaba que me encontraba realmente enamorado de ella. Busqué en todo el piso y la gringa había desaparecido sin dejar rastro de su existencia, no vi ninguna tarjeta, ni la clásica servilleta con un número telefónico, jamás la volví a ver.

Pasé el resto de la mañana, tarde y noche sentado en el sillón aprovisionado con el poco whisky de mi reserva y tres cigarrillos que fueron degustados equitativamente. No hice mucho, sólo reflexioné sobre los hechos ocurridos en el puerto. Recordé, acertadamente, la explicación de la guía en San Juan de Ulúa acerca del origen del nombre del puerto. Veracruz significa en realidad “la verdadera cruz”, simplemente porque los conquistadores habían llegado a ese lugar perdido durante la Semana Santa. También recordé el mar, sus olas luchando por llegar a la orilla, los pies buscando monedas, el mal estado de sus edificios, los barcos de guerra mostrando su ineficiencia mediante la música interpretada por la armada, y llegué a la conclusión de que en Veracruz el mar sí tiene límite, y ese límite se llama decadencia.

Cuando llegó la noche se fueron una vez más todos los recuerdos y llegó D hasta mí. D decodificada en un amor imposible, en mi aventura gringa, en todas las mujeres veracruzanas. D era todas y ninguna, pero siempre en la noche. D era la noche. Sentado en ese sillón rodeado por lagartijas e insectos descubrí que la verdadera cruz es el calvario ocasionado por una mujer. Luché contra ese sentimiento y me levanté con todo y mis recuerdos. Poco a poco guardé las cosas, hice maletas y tiré las pruebas del amor a la basura. Salí a tomar el camión con destino al Distrito Federal. Una vez fuera caminé con nostalgia, a paso lento, como un amante lo hace una vez que tiene la obligación de alejarse del lecho donde se encuentra la mujer amada. Cuando llegué a la estación, antes de subir al autobús, miré hacia atrás y contemplé por última vez la magia del puerto. 

“nadie se mata por el amor de una mujer”, pensé antes de tomar el asiento con destino a mi destino, mientras veía, a lo lejos, cómo el sol ya comenzaba a apoderarse del cielo.





miércoles, 21 de julio de 2010

La clínica 3

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Todos los que vienen aquí tienen el alma quebrada, y la vida. Muchos tuvieron un sueño que no alcanzaron. Otros nunca han tenido sueños. Como yo. Yo había llegado aquí por azares del destino. Aunque a decir verdad, no creo en el destino. Pienso que uno se forja el destino paso a paso. O sea que no llegué aquí por casualidad. Cada error me trajo poco a poco. A los diecisiete años me subí al barco del fracaso. ¡Qué digo barco, a la balsa! Y hay otros como yo. 

2

 Trozos de arroz escapaban de la boca de Forman. Masticaba rápido, como si tuviera prisa. Lo hacía nerviosamente y con mucho ruido. Comía como un verdadero cerdo. Estaba frente a mí. Yo comía muy despacio. Entonces eras vendedor, dije. Un trozo de arroz saltó a mi brazo. Ajá, dijo Forman, DE TRACTO CAMIONES. Decía tractocamiones como si fuera la gran cosa. Como si vender tractocamiones fuera la gran cosa. Quizá lo sea pero me molestaba su manera de remarcarlo. No me limpié el brazo. Me quedé viendo al pequeño arroz. Parecía un gusano anaranjado. ¿Y luego…?, pregunté. ¿Y luego qué?, respondió Forman. Eras vendedor, ¿y luego…?, dije. La boca de Forman hacía un clash, plast, clats, y entre todo eso dijo: yo era el mejor vendedor de la marca. Y continuó con el ruido al masticar. ¿Y luego?, dije. ¿Y luego qué?, preguntó Forman. Eras el mejor vendedor de la marca, ¿y luego…? Se concentraba en comer. Creo que le molestaba tanta pregunta. Comía a gran velocidad. Yo seguía con el arroz y él ya iba con el pollo. Presionaba durísimo el cuchillo de plástico al partir el pollo. Lo hacía como si estuviera cortando hierro. En el noveintaicuatro la empresa me echó. Ya, dije. Continuamos hablando cerca de una hora. Me lo contó: Ernest Forman era un ex vendedor de tractocamiones exitoso en Arizona. No hacía otra cosa que vender puñeteros tractocamiones y era bueno. Era capaz de venderte un Freightliner Century Class lo necesitases o no. Trabajaba para Tractocamiones USA International Truck & Engie Corporation y las comisiones eran la hostia. Vivía en un apartamento de lujo con Wendy, su mujer, y Brandon, su hijo de cuatro años. Todo iba muy bien por 1982. 

 Forman quería un limón para su pollo. Pero no había limón. Eso le estresó bastante. Le dijo a la enfermera que si no le daban un maldito limón interrumpiría el estudio. La enfermera fue con el médico a cargo y éste le dijo a Forman que si lo hacía, no recibiría un solo centavo. Forman se calmó. Y siguió contándome: Fue por el 85. Eran vísperas de Navidad y Jack, un viejo cliente de Tractocamiones USA, a quien Ernest solía atender, le regaló un libro. Ernest solía recibir obsequios. Era un vendedor estupendo. Los clientes quedaban agradecidos con su servicio y obsequiaban cosas a Ernest en Navidad y año nuevo. Jack era un cliente importante para Tractocamiones USA. Reportaba el 12% de sus ventas totales. Jack era dueño de una constructora en Los Angeles y estaba forrado. A Ernest le pareció una pichicatería recibir un libro de semejante tío. Por esos tiempos Ernest era un hombre honorable y de principios. Así que envió una tarjeta a Jack hasta Los Angeles agradeciendo el detalle. Era tremendo vendedor. Y se olvidó del libro hasta 1988. Mientras tanto continuó vendiendo tractocamiones como chicles. ¡Tracto camiones como chicles!, repitió Forman llevándose un pedazo de pollo a la bocaza. Abrió grande la boca y se metió media pechuga de pollo. Luego la masticó como sin ello se le fuera la vida. Lanzaba bufidos por la nariz y sudaba a mares. Yo no podía pasar del arroz. 

 Un día Ernest cogió una buena borrachera. Era 4 de julio en Arizona. No solía hacerlo así que llamó al trabajo y le dieron el día. Quiero decir, llamó al día siguiente de la farra y le dieron el día para curar la resaca sin problemas. Wendy preparó café y colocó sábanas y almohadas en el sofá. Así Ernest podría descansar y mirar televisión. Y eso hizo Ernest. Se echó al sofá y encendió el televisor. Pero al poco rato se cansó y buscó algo qué hacer. Ernest era un tío activo y trabajador. Decidió escombrar el estudio. El estudio era la habitación donde almacenaba todos los objetos inútiles que por alguna razón no tiraba. Se lo dijo a su mujer y Wendy trajo cajas de cartón y una escobilla.  Entrambos recogieron el estudio. Metieron muchas cosas a las cajas. Las cajas irían al basurero, así que debían ser cuidadosos. Sin embargo pronto llenaron las cajas y algunas bolsas más. Wendy tomó el libro y se lo pasó a Ernest. El libro regalo de Jack. Tuvo que pensar si echarlo a la caja o no. Finalmente lo dejó en la repisa y continuó con los viejos manuales del VHS. Nunca ocuparon los manuales. Ernest entendía muy bien cómo usar el VHS. Picas reproducir para echarlo a andar y listo. Ernest no era de los que retroceden o adelantan la cinta o graban. Era un hombre bastante simple y feliz. Terminaron con el estudio. Sólo faltaba colocar el libro en su sitio. Pero el libro no tenía sitio porque no había más libros. Ni Ernest ni Wendy eran de los que leen. Más bien eran de los que no leen. Y a Ernest le molestaba dejarlo en la repisa junto a los trofeos de venta de tractocamiones. Cada año Ernest ganaba el nombramiento de mejor vendedor del año. Y cada lustro el de mejor vendedor de lustro. Y cada década el de mejor vendedor de década. Llevaba catorce años en el negocio. Entonces tomó el libro y se lo llevó consigo al sofá. 

 Aquí Forman hizo una pausa a la comida. La aprovechó para respirar y contarme: estaba aquí solo. Su mujer le abandonó hace cuatro años en Arizona. Vino a México a escribir una novela y no tenía pasta. Antes era un tío forrado. Pero ahora tenía que venir a la clínica para no fallecer de hambre. Le pregunté si lo de Wendy le había afectado pero no, dijo, eso no me interesa. Ya, dije. Comencé a partir mi pechuga de pollo. Yo lo hacía suave. Forman esperaba algo más de comer. No hay nada más de comer, dije. Era su primera vez. ¿Cómo que no hay nada más?, dijo, apenas me he llenado. Gritó a la enfermera y cuando vino dijo que le sirvieran de nuevo. No haya nada, más, dijo la enfermera. Ya sé, dijo Forman. Quiero que me sirvan lo mismo, no importa, ¡pero otra vez! La enfermera le dijo que no. Las raciones están contadas y, NO HAY NADA MÁS. La enfermera se fue enseguida. Forman hizo como que se desinflaba y cruzó los brazos. ¿Y luego…?, dije mientras me llevaba el pollo a la boca lento y él lo miraba con ganas de arrancármelo. Me llevé el libro al sofá y lo puse sobre mis piernas, dijo. Y siguió: estaba recostado en el sofá. Se olvidó del libro hasta que movió las piernas y se cayó. Entonces lo recogió y lo puso en la mesa del teléfono. No le gustaba verlo allí así que lo tomó y lo puso sobre su estómago. Tampoco quedó satisfecho porque sabía que no podía dejarlo allí para siempre. Entonces lo tomó y comenzó a leerlo. Era un libro de filosofía existencialista. Trataba del absurdo. Al principió creyó que no terminaría. Pensaba darle sólo una hojeada. Pero una frase le impactó. Decía: “no hay nada más que un problema filosófico serio: el suicidio.” Ernest jamás había pensado en suicidarse. Ernest no pensaba en casi nada. Su vida era vender tractocamiones. Se preguntó porqué alguien daría tanta importancia a quitarse la vida. Y continuó leyendo. No entendió mucho pero cada frase del libro se quedó grabada en su mente. Y en su alma. No concebía que un hombre dedicara su vida a escribir de ese modo. No entendía que un hombre dedicara su vida a escribir de cualquier modo. Para Ernest todos los hombres se dedicaban a vender. No importaba a qué se dedicasen realmente. Todo en el mundo es una venta, pensaba Ernest. 

 Al día siguiente Ernest se presentó al trabajo. ¿Todo bien?, preguntaban los colegas. Sí, decía Ernest. No sospechaba que todo iba mal. Muy mal. Durante el día Ernest vendía tractocamiones, o intentaba hacerlo. Para ser el mejor vendedor debía colocar dos o tres productos al mes. Había quienes pasaban tres o cuatro meses sin una sola venta. Vender tracto camiones es duro. Ernest era a su manera, un tío duro. Y por las noches tomaba el libro. Había decidido dejarlo en el buró junto a la cabecera de su cama. Y leía. Wendy no veía nada malo en que su marido leyera un poco. Pero no pensó lo mismo siete años después cuando Ernest se convirtió en lector asiduo. Porque así fue: Ernest comenzó a pensar. A pensar demasiado. Su mente se llenó de aquellas ideas sobre el absurdo de Camus. Comenzó a mirar la vida desde otra perspectiva. Compró otro libro y otro y fue colocándoles en la repisa del estudio, de donde quitó los trofeos de venta. Ahora esos trofeos se le antojaban ridículos. Sólo metal moldeado a imagen y semejanza de tractocamiones miniatura. Y no sabía dónde meterlos.  Al principio ocupaba sólo unas horas a la lectura; al anochecer, antes de dormir. Ahora ocupaba demasiadas horas. Todas las que podía antes de dormir. Y Por las mañanas antes de ir a Tractocamiones USA. Y durante los tiempos muertos en el trabajo. Claro, los tiempos muertos eran cada vez más. Dejó de vender tantos camiones. No sé amedrentaba. Las comisiones de una a dos ventas al bimestre eran suficientes para vivir dos o tres meses. Lo tenía todo bajo control. Vendería lo suficiente para vivir y dedicaría todo el tiempo restante al estudio de la filosofía. 

 Yo no podía acabar el pollo. Cada vez como menos, pensé. Antes me quejaba de lo poquitero del asunto de la comida en este sitio. Pero me he ido acostumbrando. Forman no dejaba de mirar el movimiento de los cubiertos sobre el pollo. Se lo dije. Le dije: ¿la quieres? Yo realmente no la podía terminar. No dijo que sí. Sencillamente la ensartó con su tenedor. Dio un tremendo golpe. Se llevó la pechuga y el plato de unicel al mismo tiempo. Y se puso a hablar y a escupir pedazos de pollo. Yo le prestaba atención. Conforme lo observaba me daba cuenta de que todo era una ilusión. Quiero decir, la primera impresión que me dio fue la de un tío seguro de sí y con personalidad. Y la tenía, sí, al primer vistazo. Luego te dabas cuenta: Ernest era un tío con miedo. Con mucho miedo. Sus dientes amarillentos hacían juego con las venas hinchadas de sus ojos. Y con las uñas sucias. La camisa a cuadros era fina pero hace tiempo no era lavada. Lo mismo los texanos. Podría ser un excelente estafador, pensé. 

 El caso es que Forman Leía y leía. Y no paraba de leer. Cada vez vendía menos y decía a Wendy que no necesitaban tanto dinero. Brandon podía ir a escuela pública y no requerían aire acondicionado en el apartamento. Ernest podía deshacerse del auto. No lo requería. Era un auto caro y Tractocamiones USA quedaba a diez minutos en transporte público. Wendy no estaba de acuerdo y se lo dijo. Fue paciente. Muy paciente. Incluso se ajustó al nuevo presupuesto sin demasiadas quejas. Brandon era un niño y no entendía lo que pasaba. Y no le importaba demasiado. Pero Ernest no paraba. Iba en picada. Caída libre. Llegó el día en que vendió un camión al trimestre. Se acabó la carne tres veces por semana. Los estilistas de Wendy. El champan en navidad. Se mudaron a un barrio al Este de Arizona. Era un barrio alejado de todo pero era barato y lo pagaría sin problemas. Wendy le era fiel y no le reprochó. Pensaba que así son las ventas; un día todo va bien y al otro nadie quiere un condenado tractocamión. A decir verdad Wendy siempre pensó que nadie quiere un tractocamión. Hasta que conoció a Ernest. Él pensaba que todo mundo requiere uno. Hasta los que no pueden pagarlo lo pasarían mejor con uno, decía. Sin embargo, Ernest pensaba ya como Wendy. Es difícil, se quejaba, ¿Quién coños quiere uno? 

 Mr. Watson, el jefe de Ernest, le mandó llamar un día de 1993. Le habló de su notable decadencia. Le habló de su terrible actitud y le advirtió que si continuaba así, ya no requeriría de sus servicios. Hasta un neófito lo hacía mejor. En ese entonces a Ernest le importaba dos cojones la opinión de Mr. Watson sobre su actitud. Tampoco le aterrorizaban sus amenazas. Había entendido que “el mundo es mental”. 

 Así, al trimestre siguiente fue despedido de Tractocamiones USA. Wendy estaba realmente preocupada. Tenían algunos ahorros pero no era suficiente. Ernest debía encontrar empleo inmediatamente. Quizá vendiendo autos. Todo mundo quiere un auto, decía Wendy. Y son menos costosos que los camiones. Si dices que has vendido camiones por diecinueve años seguro te lo dan. Ernest pidió empleo en Ford Company. Se lo negaron. ¿Por qué?, pregunté. Forman miraba a la pared. Como recordando con ganas. Había terminado su comida y la mía. Dijo: porque ya no me importaba. Quería decir que no le dieron empleo porque no tenía interés en obtenerlo. Y lo notaron. Ya no le importaba nada. Todo era un absurdo. Leyó lo suficiente para saberlo. Leyó lo suficiente para desinteresarse de la vida. La literatura acabó con Ernest Forman, el mejor vendedor de tractocamiones del condado. Ahora sólo era Ernest, el desempleado. Wendy no lo soportó más. Lo que le jodía enserio era la depresión de su marido. No hacía lo mínimo por conseguir un puesto. Bebía con frecuencia y leía sin parar pero del tajo nada. Y lo dejó. Se fue con la puta de su madre, dijo Forman con loso ojos cristalinos. Pensé que quería llorar. Ya, dije, no importa, acuérdate: “A veces un hombre gana, cuando pierde a una mujer”. Forman se levantó y se fue. Me dejó allí. Ya, pensé, lo entiendo al cabronazo. La literatura también acabó con mi puñetera vida.
   
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¿Y de qué va tu novela, Forman? Ernest vino a México a escribir una novela. Se le metió el gusano de la literatura y dejó todo lo que tenía (o todo lo que le quedaba) en Arizona. Era el día siguiente y estábamos comiendo otra vez. Arroz y pollo. Ernest continuaba escupiendo todo el arroz en mis brazos. Parecían gusanos anaranjados. Ya lo dije pero de verdad, parecían gusanos anaranjados y eso me divertía. Aún no lo sé, dijo. ¿Cómo que aún no lo sabes?, pregunté. Estoy indeciso, dijo. ¿Indeciso entre qué?, pregunté. Entre escribir una novela o no. Dios, ¿pues que no has venido a eso?, dije. Sí, contestó Forman, pero pensé que quizá podría escribir una obra de teatro para Broadway. ¿Y de qué iría la obra?, dije. No estoy seguro, dijo, pienso que podría ser de una mujer. ¿De una mujer?, ¿sólo eso?, pregunté. De una mujer que se enamora, dijo. Ya, dije. Se enamora de un hombre rico, añadió. Ya, dije. Bebió de su vaso de agua y se le escurrió todo. El caso es que la mujer es pobre, y se enamora de un hombre rico, apuntó. Déjame adivinar, dije, poco a poco lo conquista y el hombre se enamora también, pero como pertenecen a clases sociales distintas, es un lío y de eso va la obra hasta que al final se casan, ¿no? No, dijo Forman, no es así. ¿Entonces cómo?, pregunté.  Pues la mujer se enamora perdidamente, dijo, pero el hombre no le hace caso nunca, porque es de otra clase social, y ella se desvive por llamar su atención pero fracasa. ¿Y al final?, dije, se casan, ¿no? No, dijo Forman, al final no pasa nada. Dios, dije, ¿por qué? Porque así es la vida, dijo Forman, así es la jodida vida. Los ricos con los ricos y los pobres con los pobres. Así es la vida. Dios mío, dije, ¡será una gran obra! En verdad lo pensaba. ¡Forman tenía toda la razón! ¡Así es la vida! 


Martin Petrozza

martes, 20 de julio de 2010

La caja mágica / PARTE IV

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 Todo era claro. Quinientos pesos y el sí de Cecilia no eran algo que se lograra en semana y media así como así. Carlos daba saltos de alegría y ya nada le preocupaba, no importa que necesitara siempre estaría ese último cigarro en la caja. No pasaron ni dos días cuando necesitaba ayuda. Se enteró, por medio de Carolina que Jaime le partiría la cara. Jaime era más fuerte, más alto, y con más experiencia en romper caras que Carlos. Sólo un milagro podría salvarlo. Rápido fui a la tienda y pidió una de Marlboro Light. La abrió y volteando un cigarro pidió salvarse del problemón. 

 Aun con deseo pedido y todo, apurándose a fumar los diecinueve cigarros restantes, aquella noche no pudo dormir. Sabía que sus días estaban contados y por momentos dudaba del poder de ese último cigarro en la caja. Antes de dormir fumo el cigarro diecinueve y dieciocho. Por la mañana, desayunó una torta de jamón que había dejado su madre y encendió el tabaco número diecisiete. Llegando a la preparatoria entró al salón y pasó todas las clases preocupado por su integridad. En el descanso tuvo que esconderse en el baño para fumar el cigarro dieciséis, quince, catorce y apresuradamente llegó al trece. Estaba harto de tanto fumar pero lo hacía por su bien. Ese día no sostuvo conversaciones con nadie, ni con Carolina ni con Cecilia; se dedicó exclusivamente a fumar. Entre clases solicitaba permiso de ir al baño a cada cambio de profesor y así logró llegar hasta el noveno cigarro. A la salida, tan temida en estos casos de partir caras, se escondió en el área de limpieza de las preparatoria y fumó acompañado de tanto producto inflamable: ocho, siete, seis, cinco y paró por culpa de unas terribles nauseas. Corrió desesperadamente para llegar a casa y no se sintió a salvo hasta encerrarse en su recámara con cerrojo echado y ventanas bien tapadas. Sacó el cuarto cigarillo y lo encendió. Este lo fumo despacio y ya estaba tranquilo cuando escuchó la terrible voz de Jaime que lo retaba a salir. Se asomó cuidadosamente por el interciso entre la cortina y la ventana. Allí estaba el grandulón con su séquito de golpeadores por placer. Temblando sacó el tercero y antes incluso que se apagará totalmente la colilla, el segundo. Ya casi, ya casi. Pasaron quince minutos y todo parecía en calma, ya no escuchaba los gritos de la jauría. Por fin, el último cigarro, el de la suerte. Lo encendió lentamente y se concentró en el deseo. Siete minutos fumándolo y todo de maravilla; se terminó el cigarro y de Jaime nada. Se asomó por la ventana y nada, se habían ido, esfumado como el humo de ese mágico cigarro. Se acostó en cama y durmió tranquilo y nauseabundo con la boca seca, blanca y encima una sonrisa.






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