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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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viernes, 30 de julio de 2010

La caja mágica / PARTE V



- No podemos pegarle aquí, Jaime. Nos meteremos en problemas con la directora. Dejemos que se vaya unas cuadras más allá y entonces sí.
- ¡Le voy a partir la cara justo a ahora!
- Jaime, entiende. El checo tiene razón, si lo atoramos aquí nos van a expulsar, llamarán a nuestras madres y viviremos castigados el resto de nuestras vidas.
- Sí, Jaime, agarra la onda, mejor lo topamos en el parque, allí nadie se dará cuenta de quién fue.
- Sí, sí, yo sé dónde vive, anda, Jaime, vamos a su casa y allí le damos la paliza de su vida.
- Bueno, bueno, vamos a su casa.
- Es por allá, vamos, doblamos en la tercera y luego en la quinta, todo derecho hasta lo abarrotes y dos cuadras está su casa; lo he visto porque mi primo vive en la calle de atrás.
- Vamos, vamos pues, no perdamos tiempo que ya le quiero quitar lo galán a ese pobre-diablo.
- ¡Carlos, sal! No seas marica y sal que te parto la cara.
- No va salir, Jaime. Hubieramos tocado como la gente decente, lo has prevenido, nos saldrá.
- ¡Que salgas maldito!
- Checo, cuida que no venga su mamá o alguien.
- No viene nadie, hombre. Tú dale con esta piedra a  la ventana.
- ¿Estás loco? Esa piedra es muy grande, no tengo tanta fuerza, pásame la de allá, esa, la afiladita, con suerte le doy en la cabezota.
- No, no, espera, déjame tirar esta a mí, tu tira la otra, la de alado.
- ¡Que esa no! Es muy grande no la voy a llegar.
- Tirara al auto de su padre, seguro está justo del otro lado, no tienes más que lanzarla del otro lado de la barda.
- ¡Te voy a enseñar a respetar a las mujeres que son mías, maldito, sal!
- Bueno, dámela, ¿pero seguro que el auto está del otro lado?
- Sí, lo estoy viendo por este agujero de la puerta, es uno rojo ¿no?
- No sé, pero no importa, allí va.
- ¡Espera, espera!
- ¿Qué pasa?
- ¡Si no sales voy a quedarme aquí todo la noche y todo el día hasta que salgas y te voy a matar dos veces!
- Mira allá, cuidado muchachos.
- ¿Qué, qué pasa? hombre, me asustas.
- En la ventana de allá hay una señora y nos ha visto.
- ¡Maldito, te crees mucho ¿no? Crees que así de fácil puedes salir con ella, ¿no?! ¡Ella es mía!
- Sí es cierto, ya la vi.
- Mejor vámonos.
- Jaime, vámonos, pueden llamar a la policía.
- No, primero le tiro todos los dientes.
- No, Jaime, ya vámonos, está cogiendo el teléfono, anda, ¡corre!
- ¡Pero mañana no te salvas maldito!






miércoles, 21 de julio de 2010

La clínica 3

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Todos los que vienen aquí tienen el alma quebrada, y la vida. Muchos tuvieron un sueño que no alcanzaron. Otros nunca han tenido sueños. Como yo. Yo había llegado aquí por azares del destino. Aunque a decir verdad, no creo en el destino. Pienso que uno se forja el destino paso a paso. O sea que no llegué aquí por casualidad. Cada error me trajo poco a poco. A los diecisiete años me subí al barco del fracaso. ¡Qué digo barco, a la balsa! Y hay otros como yo. 

2

 Trozos de arroz escapaban de la boca de Forman. Masticaba rápido, como si tuviera prisa. Lo hacía nerviosamente y con mucho ruido. Comía como un verdadero cerdo. Estaba frente a mí. Yo comía muy despacio. Entonces eras vendedor, dije. Un trozo de arroz saltó a mi brazo. Ajá, dijo Forman, DE TRACTO CAMIONES. Decía tractocamiones como si fuera la gran cosa. Como si vender tractocamiones fuera la gran cosa. Quizá lo sea pero me molestaba su manera de remarcarlo. No me limpié el brazo. Me quedé viendo al pequeño arroz. Parecía un gusano anaranjado. ¿Y luego…?, pregunté. ¿Y luego qué?, respondió Forman. Eras vendedor, ¿y luego…?, dije. La boca de Forman hacía un clash, plast, clats, y entre todo eso dijo: yo era el mejor vendedor de la marca. Y continuó con el ruido al masticar. ¿Y luego?, dije. ¿Y luego qué?, preguntó Forman. Eras el mejor vendedor de la marca, ¿y luego…? Se concentraba en comer. Creo que le molestaba tanta pregunta. Comía a gran velocidad. Yo seguía con el arroz y él ya iba con el pollo. Presionaba durísimo el cuchillo de plástico al partir el pollo. Lo hacía como si estuviera cortando hierro. En el noveintaicuatro la empresa me echó. Ya, dije. Continuamos hablando cerca de una hora. Me lo contó: Ernest Forman era un ex vendedor de tractocamiones exitoso en Arizona. No hacía otra cosa que vender puñeteros tractocamiones y era bueno. Era capaz de venderte un Freightliner Century Class lo necesitases o no. Trabajaba para Tractocamiones USA International Truck & Engie Corporation y las comisiones eran la hostia. Vivía en un apartamento de lujo con Wendy, su mujer, y Brandon, su hijo de cuatro años. Todo iba muy bien por 1982. 

 Forman quería un limón para su pollo. Pero no había limón. Eso le estresó bastante. Le dijo a la enfermera que si no le daban un maldito limón interrumpiría el estudio. La enfermera fue con el médico a cargo y éste le dijo a Forman que si lo hacía, no recibiría un solo centavo. Forman se calmó. Y siguió contándome: Fue por el 85. Eran vísperas de Navidad y Jack, un viejo cliente de Tractocamiones USA, a quien Ernest solía atender, le regaló un libro. Ernest solía recibir obsequios. Era un vendedor estupendo. Los clientes quedaban agradecidos con su servicio y obsequiaban cosas a Ernest en Navidad y año nuevo. Jack era un cliente importante para Tractocamiones USA. Reportaba el 12% de sus ventas totales. Jack era dueño de una constructora en Los Angeles y estaba forrado. A Ernest le pareció una pichicatería recibir un libro de semejante tío. Por esos tiempos Ernest era un hombre honorable y de principios. Así que envió una tarjeta a Jack hasta Los Angeles agradeciendo el detalle. Era tremendo vendedor. Y se olvidó del libro hasta 1988. Mientras tanto continuó vendiendo tractocamiones como chicles. ¡Tracto camiones como chicles!, repitió Forman llevándose un pedazo de pollo a la bocaza. Abrió grande la boca y se metió media pechuga de pollo. Luego la masticó como sin ello se le fuera la vida. Lanzaba bufidos por la nariz y sudaba a mares. Yo no podía pasar del arroz. 

 Un día Ernest cogió una buena borrachera. Era 4 de julio en Arizona. No solía hacerlo así que llamó al trabajo y le dieron el día. Quiero decir, llamó al día siguiente de la farra y le dieron el día para curar la resaca sin problemas. Wendy preparó café y colocó sábanas y almohadas en el sofá. Así Ernest podría descansar y mirar televisión. Y eso hizo Ernest. Se echó al sofá y encendió el televisor. Pero al poco rato se cansó y buscó algo qué hacer. Ernest era un tío activo y trabajador. Decidió escombrar el estudio. El estudio era la habitación donde almacenaba todos los objetos inútiles que por alguna razón no tiraba. Se lo dijo a su mujer y Wendy trajo cajas de cartón y una escobilla.  Entrambos recogieron el estudio. Metieron muchas cosas a las cajas. Las cajas irían al basurero, así que debían ser cuidadosos. Sin embargo pronto llenaron las cajas y algunas bolsas más. Wendy tomó el libro y se lo pasó a Ernest. El libro regalo de Jack. Tuvo que pensar si echarlo a la caja o no. Finalmente lo dejó en la repisa y continuó con los viejos manuales del VHS. Nunca ocuparon los manuales. Ernest entendía muy bien cómo usar el VHS. Picas reproducir para echarlo a andar y listo. Ernest no era de los que retroceden o adelantan la cinta o graban. Era un hombre bastante simple y feliz. Terminaron con el estudio. Sólo faltaba colocar el libro en su sitio. Pero el libro no tenía sitio porque no había más libros. Ni Ernest ni Wendy eran de los que leen. Más bien eran de los que no leen. Y a Ernest le molestaba dejarlo en la repisa junto a los trofeos de venta de tractocamiones. Cada año Ernest ganaba el nombramiento de mejor vendedor del año. Y cada lustro el de mejor vendedor de lustro. Y cada década el de mejor vendedor de década. Llevaba catorce años en el negocio. Entonces tomó el libro y se lo llevó consigo al sofá. 

 Aquí Forman hizo una pausa a la comida. La aprovechó para respirar y contarme: estaba aquí solo. Su mujer le abandonó hace cuatro años en Arizona. Vino a México a escribir una novela y no tenía pasta. Antes era un tío forrado. Pero ahora tenía que venir a la clínica para no fallecer de hambre. Le pregunté si lo de Wendy le había afectado pero no, dijo, eso no me interesa. Ya, dije. Comencé a partir mi pechuga de pollo. Yo lo hacía suave. Forman esperaba algo más de comer. No hay nada más de comer, dije. Era su primera vez. ¿Cómo que no hay nada más?, dijo, apenas me he llenado. Gritó a la enfermera y cuando vino dijo que le sirvieran de nuevo. No haya nada, más, dijo la enfermera. Ya sé, dijo Forman. Quiero que me sirvan lo mismo, no importa, ¡pero otra vez! La enfermera le dijo que no. Las raciones están contadas y, NO HAY NADA MÁS. La enfermera se fue enseguida. Forman hizo como que se desinflaba y cruzó los brazos. ¿Y luego…?, dije mientras me llevaba el pollo a la boca lento y él lo miraba con ganas de arrancármelo. Me llevé el libro al sofá y lo puse sobre mis piernas, dijo. Y siguió: estaba recostado en el sofá. Se olvidó del libro hasta que movió las piernas y se cayó. Entonces lo recogió y lo puso en la mesa del teléfono. No le gustaba verlo allí así que lo tomó y lo puso sobre su estómago. Tampoco quedó satisfecho porque sabía que no podía dejarlo allí para siempre. Entonces lo tomó y comenzó a leerlo. Era un libro de filosofía existencialista. Trataba del absurdo. Al principió creyó que no terminaría. Pensaba darle sólo una hojeada. Pero una frase le impactó. Decía: “no hay nada más que un problema filosófico serio: el suicidio.” Ernest jamás había pensado en suicidarse. Ernest no pensaba en casi nada. Su vida era vender tractocamiones. Se preguntó porqué alguien daría tanta importancia a quitarse la vida. Y continuó leyendo. No entendió mucho pero cada frase del libro se quedó grabada en su mente. Y en su alma. No concebía que un hombre dedicara su vida a escribir de ese modo. No entendía que un hombre dedicara su vida a escribir de cualquier modo. Para Ernest todos los hombres se dedicaban a vender. No importaba a qué se dedicasen realmente. Todo en el mundo es una venta, pensaba Ernest. 

 Al día siguiente Ernest se presentó al trabajo. ¿Todo bien?, preguntaban los colegas. Sí, decía Ernest. No sospechaba que todo iba mal. Muy mal. Durante el día Ernest vendía tractocamiones, o intentaba hacerlo. Para ser el mejor vendedor debía colocar dos o tres productos al mes. Había quienes pasaban tres o cuatro meses sin una sola venta. Vender tracto camiones es duro. Ernest era a su manera, un tío duro. Y por las noches tomaba el libro. Había decidido dejarlo en el buró junto a la cabecera de su cama. Y leía. Wendy no veía nada malo en que su marido leyera un poco. Pero no pensó lo mismo siete años después cuando Ernest se convirtió en lector asiduo. Porque así fue: Ernest comenzó a pensar. A pensar demasiado. Su mente se llenó de aquellas ideas sobre el absurdo de Camus. Comenzó a mirar la vida desde otra perspectiva. Compró otro libro y otro y fue colocándoles en la repisa del estudio, de donde quitó los trofeos de venta. Ahora esos trofeos se le antojaban ridículos. Sólo metal moldeado a imagen y semejanza de tractocamiones miniatura. Y no sabía dónde meterlos.  Al principio ocupaba sólo unas horas a la lectura; al anochecer, antes de dormir. Ahora ocupaba demasiadas horas. Todas las que podía antes de dormir. Y Por las mañanas antes de ir a Tractocamiones USA. Y durante los tiempos muertos en el trabajo. Claro, los tiempos muertos eran cada vez más. Dejó de vender tantos camiones. No sé amedrentaba. Las comisiones de una a dos ventas al bimestre eran suficientes para vivir dos o tres meses. Lo tenía todo bajo control. Vendería lo suficiente para vivir y dedicaría todo el tiempo restante al estudio de la filosofía. 

 Yo no podía acabar el pollo. Cada vez como menos, pensé. Antes me quejaba de lo poquitero del asunto de la comida en este sitio. Pero me he ido acostumbrando. Forman no dejaba de mirar el movimiento de los cubiertos sobre el pollo. Se lo dije. Le dije: ¿la quieres? Yo realmente no la podía terminar. No dijo que sí. Sencillamente la ensartó con su tenedor. Dio un tremendo golpe. Se llevó la pechuga y el plato de unicel al mismo tiempo. Y se puso a hablar y a escupir pedazos de pollo. Yo le prestaba atención. Conforme lo observaba me daba cuenta de que todo era una ilusión. Quiero decir, la primera impresión que me dio fue la de un tío seguro de sí y con personalidad. Y la tenía, sí, al primer vistazo. Luego te dabas cuenta: Ernest era un tío con miedo. Con mucho miedo. Sus dientes amarillentos hacían juego con las venas hinchadas de sus ojos. Y con las uñas sucias. La camisa a cuadros era fina pero hace tiempo no era lavada. Lo mismo los texanos. Podría ser un excelente estafador, pensé. 

 El caso es que Forman Leía y leía. Y no paraba de leer. Cada vez vendía menos y decía a Wendy que no necesitaban tanto dinero. Brandon podía ir a escuela pública y no requerían aire acondicionado en el apartamento. Ernest podía deshacerse del auto. No lo requería. Era un auto caro y Tractocamiones USA quedaba a diez minutos en transporte público. Wendy no estaba de acuerdo y se lo dijo. Fue paciente. Muy paciente. Incluso se ajustó al nuevo presupuesto sin demasiadas quejas. Brandon era un niño y no entendía lo que pasaba. Y no le importaba demasiado. Pero Ernest no paraba. Iba en picada. Caída libre. Llegó el día en que vendió un camión al trimestre. Se acabó la carne tres veces por semana. Los estilistas de Wendy. El champan en navidad. Se mudaron a un barrio al Este de Arizona. Era un barrio alejado de todo pero era barato y lo pagaría sin problemas. Wendy le era fiel y no le reprochó. Pensaba que así son las ventas; un día todo va bien y al otro nadie quiere un condenado tractocamión. A decir verdad Wendy siempre pensó que nadie quiere un tractocamión. Hasta que conoció a Ernest. Él pensaba que todo mundo requiere uno. Hasta los que no pueden pagarlo lo pasarían mejor con uno, decía. Sin embargo, Ernest pensaba ya como Wendy. Es difícil, se quejaba, ¿Quién coños quiere uno? 

 Mr. Watson, el jefe de Ernest, le mandó llamar un día de 1993. Le habló de su notable decadencia. Le habló de su terrible actitud y le advirtió que si continuaba así, ya no requeriría de sus servicios. Hasta un neófito lo hacía mejor. En ese entonces a Ernest le importaba dos cojones la opinión de Mr. Watson sobre su actitud. Tampoco le aterrorizaban sus amenazas. Había entendido que “el mundo es mental”. 

 Así, al trimestre siguiente fue despedido de Tractocamiones USA. Wendy estaba realmente preocupada. Tenían algunos ahorros pero no era suficiente. Ernest debía encontrar empleo inmediatamente. Quizá vendiendo autos. Todo mundo quiere un auto, decía Wendy. Y son menos costosos que los camiones. Si dices que has vendido camiones por diecinueve años seguro te lo dan. Ernest pidió empleo en Ford Company. Se lo negaron. ¿Por qué?, pregunté. Forman miraba a la pared. Como recordando con ganas. Había terminado su comida y la mía. Dijo: porque ya no me importaba. Quería decir que no le dieron empleo porque no tenía interés en obtenerlo. Y lo notaron. Ya no le importaba nada. Todo era un absurdo. Leyó lo suficiente para saberlo. Leyó lo suficiente para desinteresarse de la vida. La literatura acabó con Ernest Forman, el mejor vendedor de tractocamiones del condado. Ahora sólo era Ernest, el desempleado. Wendy no lo soportó más. Lo que le jodía enserio era la depresión de su marido. No hacía lo mínimo por conseguir un puesto. Bebía con frecuencia y leía sin parar pero del tajo nada. Y lo dejó. Se fue con la puta de su madre, dijo Forman con loso ojos cristalinos. Pensé que quería llorar. Ya, dije, no importa, acuérdate: “A veces un hombre gana, cuando pierde a una mujer”. Forman se levantó y se fue. Me dejó allí. Ya, pensé, lo entiendo al cabronazo. La literatura también acabó con mi puñetera vida.
   
3

¿Y de qué va tu novela, Forman? Ernest vino a México a escribir una novela. Se le metió el gusano de la literatura y dejó todo lo que tenía (o todo lo que le quedaba) en Arizona. Era el día siguiente y estábamos comiendo otra vez. Arroz y pollo. Ernest continuaba escupiendo todo el arroz en mis brazos. Parecían gusanos anaranjados. Ya lo dije pero de verdad, parecían gusanos anaranjados y eso me divertía. Aún no lo sé, dijo. ¿Cómo que aún no lo sabes?, pregunté. Estoy indeciso, dijo. ¿Indeciso entre qué?, pregunté. Entre escribir una novela o no. Dios, ¿pues que no has venido a eso?, dije. Sí, contestó Forman, pero pensé que quizá podría escribir una obra de teatro para Broadway. ¿Y de qué iría la obra?, dije. No estoy seguro, dijo, pienso que podría ser de una mujer. ¿De una mujer?, ¿sólo eso?, pregunté. De una mujer que se enamora, dijo. Ya, dije. Se enamora de un hombre rico, añadió. Ya, dije. Bebió de su vaso de agua y se le escurrió todo. El caso es que la mujer es pobre, y se enamora de un hombre rico, apuntó. Déjame adivinar, dije, poco a poco lo conquista y el hombre se enamora también, pero como pertenecen a clases sociales distintas, es un lío y de eso va la obra hasta que al final se casan, ¿no? No, dijo Forman, no es así. ¿Entonces cómo?, pregunté.  Pues la mujer se enamora perdidamente, dijo, pero el hombre no le hace caso nunca, porque es de otra clase social, y ella se desvive por llamar su atención pero fracasa. ¿Y al final?, dije, se casan, ¿no? No, dijo Forman, al final no pasa nada. Dios, dije, ¿por qué? Porque así es la vida, dijo Forman, así es la jodida vida. Los ricos con los ricos y los pobres con los pobres. Así es la vida. Dios mío, dije, ¡será una gran obra! En verdad lo pensaba. ¡Forman tenía toda la razón! ¡Así es la vida! 


Martin Petrozza

martes, 20 de julio de 2010

La caja mágica / PARTE IV

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 Todo era claro. Quinientos pesos y el sí de Cecilia no eran algo que se lograra en semana y media así como así. Carlos daba saltos de alegría y ya nada le preocupaba, no importa que necesitara siempre estaría ese último cigarro en la caja. No pasaron ni dos días cuando necesitaba ayuda. Se enteró, por medio de Carolina que Jaime le partiría la cara. Jaime era más fuerte, más alto, y con más experiencia en romper caras que Carlos. Sólo un milagro podría salvarlo. Rápido fui a la tienda y pidió una de Marlboro Light. La abrió y volteando un cigarro pidió salvarse del problemón. 

 Aun con deseo pedido y todo, apurándose a fumar los diecinueve cigarros restantes, aquella noche no pudo dormir. Sabía que sus días estaban contados y por momentos dudaba del poder de ese último cigarro en la caja. Antes de dormir fumo el cigarro diecinueve y dieciocho. Por la mañana, desayunó una torta de jamón que había dejado su madre y encendió el tabaco número diecisiete. Llegando a la preparatoria entró al salón y pasó todas las clases preocupado por su integridad. En el descanso tuvo que esconderse en el baño para fumar el cigarro dieciséis, quince, catorce y apresuradamente llegó al trece. Estaba harto de tanto fumar pero lo hacía por su bien. Ese día no sostuvo conversaciones con nadie, ni con Carolina ni con Cecilia; se dedicó exclusivamente a fumar. Entre clases solicitaba permiso de ir al baño a cada cambio de profesor y así logró llegar hasta el noveno cigarro. A la salida, tan temida en estos casos de partir caras, se escondió en el área de limpieza de las preparatoria y fumó acompañado de tanto producto inflamable: ocho, siete, seis, cinco y paró por culpa de unas terribles nauseas. Corrió desesperadamente para llegar a casa y no se sintió a salvo hasta encerrarse en su recámara con cerrojo echado y ventanas bien tapadas. Sacó el cuarto cigarillo y lo encendió. Este lo fumo despacio y ya estaba tranquilo cuando escuchó la terrible voz de Jaime que lo retaba a salir. Se asomó cuidadosamente por el interciso entre la cortina y la ventana. Allí estaba el grandulón con su séquito de golpeadores por placer. Temblando sacó el tercero y antes incluso que se apagará totalmente la colilla, el segundo. Ya casi, ya casi. Pasaron quince minutos y todo parecía en calma, ya no escuchaba los gritos de la jauría. Por fin, el último cigarro, el de la suerte. Lo encendió lentamente y se concentró en el deseo. Siete minutos fumándolo y todo de maravilla; se terminó el cigarro y de Jaime nada. Se asomó por la ventana y nada, se habían ido, esfumado como el humo de ese mágico cigarro. Se acostó en cama y durmió tranquilo y nauseabundo con la boca seca, blanca y encima una sonrisa.






domingo, 18 de julio de 2010

De los amigos.

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Aunque desde los doce años me volví popular en los colegios, jamás tuve amigos de verdad. La gente se acercaba a mí por dos cosas: mis senos. O mis ideas. Lo de los senos queda claro. Con las ideas me refiero a mis ideas de mujer libre y dominadora. A los trece años yo sabía bien cómo funciona la cosa con los hombres, y cómo, una puede hacer con ellos lo que quiera. Entonces algunas chicas me seguían, me idealizaban, y me envidiaban. Y los chicos se desvivían por meterme mano. Yo no permitía que los hombres cumplieran su sueño, ni permitía que las mujeres supieran todos mis secretos. Nadie se acercó a mí jamás por interés verdadero. Interés en mí, quiero decir. Puede sonar triste pero en realidad yo me protegía bastante de que nadie supiera quién soy en el fondo. O sea que no me importaba no tener amigos. Lo evitaba. Todos se me antojaban lentos. Yo iba siempre un paso adelante. Salía con hombres mayores; los de mi edad me aburrían demasiado. A ellos los utilizaba para divertirme sanamente. Sin sexo. Pero con los mayores era una diabla. En sí, lo que quiero decir es que yo no tenía amigos. Ningún amigo. De ningún género. Y no los necesitaba. Sabía cómo pasarlo bien sola. Ni tan sola, vamos. A la fecha de mis cumpleaños mi padre organizaba grandes fiestas para nadie. Nadie iba. Si organizaba una fiesta en casa, la casa se quedaba vacía. Lo mismo si rentaba algún restaurante o algo. Vacía de chicos de mi edad. El Sr. Pinciotti, a sabiendas de esto, invitaba algunos amigos del trabajo y terminaba siendo fiesta de ellos. Aunque yo me las arreglaba para robarme la noche. Coqueteaba con los viejos lobos de mar, amigos de mi padre, y secretamente era yo quien perduraba en sus lujuriosas mentes. Entonces en mis cumpleaños iban bastantes hombres de la empresa de mi padre. Y yo no me aburría del todo. El Sr. Pinciotti era lo más cercano a un amigo que yo tenía. Pero a los trece años me cansó. Ya no podía verlo del mismo modo. Ni él a mí. Nos convertimos en presa y celador. Para todo me pedía cuentas. ¿Dónde estabas? ¿A dónde vas? ¿Con quién? ¿A qué hora llegas? Y eso no está bien. No hace que la amistad florezca. Todo lo contrario. Al diablo con el Sr. Pinciotti, pensaba yo. Y me largaba a la calle sin sujetador. Cómo le molía aquello. Pegaba el grito en el cielo y mirándome a los ojos decía: ¿quién te enseña eso? Y yo decía nadie. Y en verdad nadie lo hacía. Era yo la que ensañaba aquello a otras chicas. A mí esas cosas me venían solas. Lo traigo en las venas. Mi padre sólo movía la cabeza de un lado a otro y decía, ¡esta juventud, esta juventud! Y yo decía: ya, calma, no pasa nada. ¡Pero si llevas todas las…, de fuera! Me echaba a reír y le decía, claro que no, no están fuera. No lo estaban, claro. Sólo que casi lo estaban porque usaba blusas blancas y todo se traslucía. Pero lo hacía elegantemente. Era provocador e intimidante al mismo tiempo. Contrario a lo que podía pensarse, nadie me intentaba ligar. Sólo me miraban. Pero se intimidaban y nadie me intentaba ligar. Hasta cierto punto, una va más protegida así. Y claro, mis deseos eran órdenes. No había quien me negara algo vestida así. No importa si me deseo era un simple capricho. Ningún hombre va a decirte que no a nada mientras te mira los pezones a través de la blusa. Pero eso sí, ¡tienes que tener unas buenas peras! Si no, puedes ser objeto de burla. 

 Continuaron pasando los años y el patrón de conducta era el mismo. No podía hacerme un solo amigo. No lo deseaba, no, pero incluso cuando lo deseaba, que era a ratos, no lo lograba. Todos me parecían idiotas. Hablando de dos cosas: autos y mujeres. Los hombres de mi edad parecían tener sólo esas cosas cosas en la cabeza. Y yo desde los catorce leía Blake. Simplemente no encajábamos. Creo que por eso preferí darles otro uso a los hombres. ¿Para qué más iban a servirme? Incluso los mayores se lo pasaban hablando de autos y mujeres. O de inversiones. Cosas que en realidad a mí no me importaban. Y así pasó hasta que llegaron ellos: Petrozza, Garrison y Rey. Aunque llegaron ya pasados los veinte años. Más vale tarde que nunca. Al primero lo conocí en un bar. Al segundo lo conocí formalmente en su casa, cuando Petrozza me lo presentó. Y al tercero lo conocí en casa de Garrison cuando me lo presentaron ambos. Lo miré y supe que era un mustio cabrón. O sea un pervertido que se hacía el bien portado. Se lo leí en la mirada. Esa mirada que cubre tras anteojos de intelectual. De inmediato supimos que nos llevaríamos bien. Los cuatro, me refiero. Aunque somos polos opuestos, nuestra pasión por la literatura nos une fuerte. Todo se resume así: Petrozza es un bohemio por excelencia. Un cabrón que le importa un carajo todo en la vida. Todo excepto la literatura. Sería capaz de escribir un texto bajo la lluvia. O de leer un libro en un incendio. Garrison es un apasionado de la literatura. Es profesor de literatura, hacedor de literatura y estudioso de la literatura. Rey es un frustrado periodista de nota roja que arroja todas sus esperanzas a la literatura. Si no fuera por la literatura, ya me hubiera suicidado, dice. Y Petrozza dice: yo no me he suicidado nomás porque me da hueva. Garrison no habla de suicidio, es más centrado. Y yo soy una zorra interesada. Pero una zorra interesada, CON LITERATURA. Y la literatura es lo único que le da sentido a mi vida. Una vida manchada de apariencias. En un mundo lleno de hipocresías y de presunciones, la literatura es lo único que tengo. El sexo para el cuerpo y la literatura para el alma. 

 En ellos he encontrado la amistad sincera. A Petrozza le importa poco todo así que en verdad no tiene interés en mí cuerpo o en otras cosas. Claro que me propone sexo siempre pero es distinto. En el fondo le da igual. Cuando se pone serio sabe que todo queda a lado, y que lo único importante es mi persona. Lo mismo Garrison. No trata de impresionarme con un auto de lujo. Porque no lo tiene, y porque no es así lo nuestro. Y Rey ha de guardarse todo lo que por su mente pasa cuando me ve, y está bien. Es un sacrificio que hace en nombre de nuestra amistad. Y lo pasamos en grande. Los que no están convencidos de mi amistad con ellos son el Sr. Pinciotti y Scott. En cuanto a mi padre me preocupa pero no lo suficiente. No está de acuerdo porque cuando le presenté a Petrozza, éste dijo: debería educar mejor a su hija, ¡es una bruja! Y claro que eso no le agradó al Sr. Pinciotti. Aunque yo me reí bastante. Cuando mi padre preguntó porqué asustado, Petrozza respondió: no se acuesta con uno si no nada en plata. Aunque mi padre me reprendió después por todo eso, lo pasé bien. El encuentro Sr. Pinciotti-Garrison también fue brusco. Le dije  a mi padre: Garrison es profesor de literatura y contestó qué bien, tú qué sabes de eso, ¿qué opinas de Coehlo?, y le extendió una copia de El alquimista. Garrison tosió y no pudo evitarlo. Noté que intentó evitarlo pero no pudo. Dijo: le recomiendo que lo entierre en estiércol. El Sr. Pinciotti tosió también y dijo, vaya, pensé que era bueno. Garrison tosió otra vez y dijo: No, es pésimo. Y ya no dijo nada ninguno de los dos. Con Rey fue distinto. Es mustio. Así que no cayó mal a mi padre. 

 En cuanto a Scott, los odia a todos y a muerte. Scott jodía con que quería conocer a mis amigos. Yo le advertí que no se llevarían bien pero insistió. Le dio por interesarse en mis cosas. Me preguntaba todo. Sobre lo que leo, lo que escribo y lo que hago cuando él no está conmigo. Por supuesto no se lo conté todo. No le conté que me enrollo con desconocidos en bares de treintañeros, etc. Pero con lo de los amigos insistió en conocerlos. Tengo derecho, decía. Yo no le negaba el derecho, no me interesaba eso, simplemente quise evitarle el coraje. Yo sabía que conocer a Petrozza le provocaría cólicos. Pero él se lo buscó. Me dijo: invítalos a cenar. ¿A dónde?, pregunté. Propuso un restaurante en Polanco. Le dije: Petrozza jamás entraría allí, tendríamos que meterlo arrastras. ¿Por qué no entraría?, preguntó Scott. Sé que a ti te cuesta trabajo concebirlo, dije, pero hay gente que no es feliz yendo a esos lugares sino todo lo contrario. Y efectivamente Scott no entendí un rábano. La verdad yo tampoco lo entendía hasta que conocí a Martin. Finalmente decidimos invitarlos a mi casa. Ellos ya sabían llegar y no dirían que no. La cita era a las ocho en mi casa. Sencillo. El Sr. Pinciotti había salido de viaje y no estaría. Así no tendría que enfrentarme a sus reclamos por meter  gente rara a casa. Así se refería a ellos, como gente rara. O sea que no los despreciaba del todo pero tampoco le agradaban y cómo no sabía definir qué sentía hacia ellos, los llamaba gente rara. No podía quejarse de Garrison porque fue al mismo colegio que yo. Pero tampoco lo admiraba. Era un caso raro. Rey era periodista así que no podía menospreciarlo, no podía llamarlo vago o algo. Sin embargo, cuando supo que era periodista de nota roja, algo cambió. Era raro. Y Petrozza es raro en toda la extensión de la palabra. 

 Scott llegó puntualísimo a las siete. Quedó de llegar antes para recibirlos. Venía vestido muy elegante y era casi un honor para él todo esto. Yo le dije que no se lo tomara muy enserio. Que mis amigos no eran como los suyos. Pero no me creyó. Pensó que llegarían cuatro chicos adinerados y presumidos. Pensó qué llegarían en Audis o BMW´s. Pero a las ocho no llegó nadie. Scott estaba consternado. ¿A qué hora les dijiste que llegaran?, me preguntó. A las ocho, dije. Y miraba su reloj como no creyendo que dieran las ocho y aún no llegara nadie. Deberías llamarles, quizá ocurrió un accidente, dijo Scott. Me reí. Qué va, dije, ya llegarán cuando les dé la gana. ¿Cuándo les dé la gana?, ¿no les avisaste que a las ocho?, dijo. Sí, Scott, dije, pero así son ellos. ¿Pues qué clase de amigos tienes?, yo jamás llegaría tarde si una amiga me invita a cenar, dijo. Pero tú eres único, mi amor, dije sarcásticamente. A las ocho con cuarenta llegaron Garrison y Rey. Venían juntos. En el pez espada de Garrison. Así llamamos a su auto. Es plateado. Lo llamaos así porqué él mismo lo llamó así en un cuento. Garrison dijo: qué hay, se nos hizo un poco tarde porque Rey no llegaba a mi casa. Rey había quedado de llegar a casa de Garrison, y de allí, vendrían ambos. Rey se excusó: ¡había un montón de tráfico, lo siento¡ Los pasé y saludaron a Scott. No lo hicieron formalmente como ama Scott saludar a la gente. Sólo dijeron ¡qué hay! Garrison sí le extendió la mano pero fue un saludo indiferente. Se aplastaron en el sofá y Rey dijo: Verónica luces estupenda, tú siempre tan guapa, o algo así. Entonces se lo dije. Le dije: Rey, Scott es mi novio. Lo volteó a ver y dijo, sí, ya sé. Scott pasó saliva y comenzó a hablar de economía. Garrison y Rey tenían ganas de que se callara pero no dijeron nada. El ambiente era tenso y aburrido. Pregunté por Petrozza y Garrison me dijo: quedó de llegar a mi casa también. Pero no llegó. ¿No llegó?, ¿no vendrá?, pregunté. No sé, dijo, deja le llamo. Y le llamó. No contesta dijo. Petrozza nunca contesta el móvil. Enserio. Es una lata dar con él. Yo estaba preocupada porque en verdad quería que viniera. Le había comprado whisky y sabía lo mucho que le gusta aquello. No quería que se lo perdiera. Me puse a marcarle sin parar. Le marqué a su móvil y a su casa aunque marcar a su casa no tiene sentido. Nunca está en casa. No pude comunicarme con él y pensé, ni modo.   

 Scott dijo: ¿has visto las momias de Egipto? No sé cómo llegaron a ese tema. Garrison contestó: No en Egipto. Scott: son espeluznante. Garrison: sí, deben serlo. Scott: lo son. Garrison: ajá. Aquí interrumpe Rey: ¿sabes qué es espeluznante? Yo pienso: No, Dios, no lo digas. Scott (ingenuamente), ¿qué? Garrison hace muecas, sabe lo que se avecina. Rey: esto es espeluznante. Ofrece a Scott un sobre que saca de su chaqueta. Scott lo recibe y lo abre lento. Todos nos callamos. Scott: ¡Dios mío! Rey ríe gustoso. Las tomé yo, dice. No son para el periódico, son para mi colección personal. Yo: Rey es periodista de nota roja, amor. Scott (pasando una a una las fotografías): ¡Dios mío! Rey: son hermosas, ¿no es cierto? Yo: claro que no, Rey. Garrison: estás enfermo, cabrón. Scott (para mi sorpresa y la de todos): lo son. Dejó de impresionarse y volvió a pasar las fotografías una por una ante sus ojos. Dijo: ¿cómo llegaron los intestinos hasta el cuello? Las aspas de la podadora los botaron hasta allá, dijo Rey. No fueron más lejos porque los detuvo la barbilla, ¿ya viste cómo parece que se las está comiendo? Vaya, dice Scott, es cierto, y ríe. Mira la que sigue, dice Rey, es maravillosa: la cuchilla parte desde la ingle hasta la garganta, ¡eso es una buena rajada! Impresionante comenta Scott. Y la de la niña, continúa Rey, obsérvala bien. Le destrozaron el pecho, se lo abrieron como una flor, ¡y sonríe! Scott se acercó la fotografía a la cara y dijo: ¡Dios, es verdad! A ver, dijo Garrison. Luego dijo: ¡cierto! Yo dije a ver y me pasó la foto. Era una niña como de diez años con el pecho destrozado. Se lo había molido enserio. ¿Cómo quedó así?, pregunté. Rey dijo que no sabía, eso estaban investigando. Era increíble. Había vísceras y sangre por todos lados. Y pedazos de hueso molido. Eran trocitos blancos salpicados por el suelo. Y de verdad, la niña estaba sonriendo. No lo podía creer. Sentí ganas de vomitar. Rey dijo: no hay de qué sorprenderse. Nadie entendió el comentario.

 Garrison iba a decir algo pero sonó el timbre. Será Petrozza, dije. La sirvienta abrió la puerta. Pensé que vendría con Petrozza pero vino sola. Dijo: Señorita, hay un hombre borracho que dice que usted lo invitó a cenar. Pero tiene muy mal aspecto. Garrison, Rey y yo dijimos al unísono: ¡Petrozza! Magdalena, la sirvienta, era nueva y no le conocía. Hazlo pasar, dije. Petrozza llegó y dijo: es increíble que le niegues el acceso a tu papi chulo. Y encendió un cigarrillo. No dijo hola, buenas noches, cómo están, nada. Dijo aquello y encendió un cigarrillo. Nadie puede fumar en el interior de mi casa. El Sr. Pinciotti odia el olor a cigarrillo. Nadie excepto Petrozza. De alguna manera logró romper esa regla. Cuando viene a casa le dice al Sr. Pinciotti: ¿puedo?, mientas enciende un cigarrillo. O sea que pide permiso pero no espera la respuesta. No le importa. Y mi padre sólo hace una mueca y se va. No sé cómo lo logra pero Petrozza hace que mi padre se quede sin palabras y se vaya. No enojado. Más bien resignado. Sospecho que en el fondo le cae bien pero no lo acepta. Scott enmudeció. Por lo del cigarrillo, el también odia el humo de tabaco, pero sobre todo, por lo de papi chulo. Me dijo al oído: ¿quién éste y porqué dejas que te hable así? Es mi mejor amigo, dije. No lo puedo creer, dijo. Petrozza se echó en el sofá individual. Tenía los ojos rojos y aliento alcohólico. Eran las diez y media de la noche. Y dijo: ¿y bien, dónde está el whisky? Yo dije: mira él es Scott, mi novio. Ya, dijo. Scott se levantó y extendió la mano. Petrozza no hizo nada. Dijo, ya, e insistió: ¿dónde está el whisky? Garrison, un poco harto de todo le apoyó y preguntó por el whisky. Rey miraba detenidamente las fotografías. Se las pasó a Petrozza. Las miró pero no dijo nada. Alzó los hombros y enchuecó los labios. No le interesaba. ¿Te gustan?, preguntó Rey. Es bueno saber que por dentro somos más que espíritu, dijo. Y eso fue todo. Me gusta el color purpureo de estos intestinos, son unos buenos intestinos. Y se las regresó. Lo dijo desinteresado, no le importaba, no le asombraba y sobre todo, no es de los que alimentan el morbo o la pasión de otros. Aunque en el fondo le impresionaran, no lo diría porque eso es trabajo de Rey y no suyo. Petrozza encendió otro cigarrillo y lo supe: ya no pararía de encender condenados cigarrillos. Garrison y Rey dijeron yo también quiero fumar, Pinciotti. Scott amablemente apuntó que podíamos mudarnos al jardín y eso hicimos. Salimos al jardín y nos instalamos en la mesa de afuera. Le pedí a Magdalena trajera una botella de whisky y cinco vasos. Hielos también, agregué. 

 Serví un vaso con whisky y se lo di a Petrozza. Luego serví los demás y Scott dijo que si cenaríamos primero. Petrozza dijo, sin intención alguna, apuesto: al diablo con la cena, tío, peguémosle al trago a ver si por fin Verónica se embriaga y se saca una teta. Garrison rió y dijo: sabes que eso nunca pasará. Rey dijo: la última vez estuvo a punto. Scott casi se muere. Tuve que hacer un comentario: les recuerdo que está aquí mi novio. Al parecer ninguno lo respetaba. Les importaba un pepino que estuviera allí MI NOVIO. Creo que era por Scott. No es un hombre intimidante ni que se dé a respetar. Y menos por gente que no respeta cuentas bancarias sino personalidades. No importa cuánto dinero tengas en el banco, si eres un imbécil, Petrozza y los demás, te tratarán como a un imbécil. No importó que toda la noche Scott se lo pasara aludiendo a su fortuna. Garrison se soltaba a hablar de literatura y Rey le seguía. Hasta que llegaron al famosísimo debate Isabel Allende. Tuve que interrumpir. Mandé pedir la cena y sólo así se callaron. La cena la había preparado Scott personalmente así que el comentario de dejar la cena aparte, le molestó también. Estaba rojo. Ya no hablaba demasiado y me echaba miradas hostiles. Trataba de incluirse a la charla pero no lo dejaban. Petrozza no hablaba, andaba muy callado, creo que se sentía incómodo con Scott allí. Se limitó a comer y beber. Cuando terminó no halagó la cena. Y Scott está acostumbrado a que se le alague por todo. Por su ropa carísima, por su buen gusto, por sus aciertos financieros, por su comida, por su auto, por sus títulos académicos con honores, por sus padres, por todo. Pero a este trío no le impresionas con esas cosas. Comenzaron a beber enserio y Scott quedó definitivamente fuera de lugar. A mí me incluían con algún comentario sexista o recordaban alguna anécdota que me comprometía, por ejemplo, Rey decía no puedo creer que te acostaras con ese idiota sólo porque es dueño de siete agencias. Scott me miraba y yo decía no me acosté con él, Rey, sólo estaba jugando. Y Petrozza decía: entonces yo quiero jugar contigo, tía. Yo reía y aunque no me importaba mucho lo que Scott pensara, tuve que disimular. Estoy segura que no lo hacían por molestarme a mí, ni a mi novio, simplemente lo hacían porque se les olvidaba que el chico allí presenté se casaría conmigo pronto. De todos modos se aburrieron rápido de eso y Garrison dijo, saca el Maratón o algo. Mandé traer el Maratón y nos pusimos a jugar. 

 A pesar de todo su mundo, Scott era pésimo. No sabía nada. Conocía miles de lugares y países pero no sabía nada de ellos. Es de los que visitan Francia y sólo se toman un café en Francia. No les importa la historia ni la cultura ni el arte. Lo arrasamos feo. Incluso yo que no me tomo muy enserio aquel juego le di una paliza. El primer juego lo ganó Rey. Jugar maratón generalmente es lento pero con ellos es cosa de unas cuantas tiradas. Son tan hábiles que a veces juegan uno a uno y con dos lanzadas de dado. Dicen: el que llegué a la meta en dos lanzadas o menos gana. Si aciertan la pregunta siguen avanzando casillas. Este modo de juego lo inventaron ellos. Garrison estuvo a punto de lograrlo de una tirada. Corrió treintaiocho kilómetros de una tirada. El segundo juego lo ganó Petrozza. Estaba borrachísimo pero contestaba bien. Era gracioso. Se tardaba pensando y se paraba y fumaba desesperadamente. Te hacía pensar que no contestaría pero justo cuando Garrison decía, ya, ya, no sabe, escupía la respuesta y hacía como que anotaba un punto en futbol americano. Lanzaba el dado al suelo por entre sus piernas como si fuera el balón. Rey dijo, no mames no hagas eso, perderás el dado. Pero Petrozza no hacía caso. Garrison también estaba parado y fumando. Lo mismo que Rey. Sólo Scott y yo permanecíamos sentados. Cuando era el turno de Scott y fallaba la respuesta, Garrison se burlaba con algún comentario sarcástico y eso jodía al pobre Scott. El colmo fue cuando preguntaron algo sobre las momias de Egipto. Scott no supo la respuesta así que Garrison la dijo y añadió: y eso que no fui a Egipto. Scott quedó bastante mal porque anteriormente estaba presumiendo que él fue a Egipto y todo eso. Los tres estaban parados, fumando y acalorados. Jugamos como siete juegos. Enserio, jugar con ellos es muy rápido. Contestan una tras otra y no paran. Garrison ganó bastantes partidos y se sentía el As del Maratón. Y lo decía. Decía: soy el As. Rey se molestaba y lo retaba. Finalmente Garrison aceptó el reto. Petrozza seguía bebiendo bastante. Puro whisky en las rocas. Scott estaba terriblemente aburrido y molesto. No le agradaba que esos tres se robaran la noche. Ni que lo dejaran fuera. Pero se entretuvo con el duelo. Incluso se emocionó, aunque lo niegue hasta la fecha. El duelo lo ganó Garrison. Se hacían preguntas uno a uno y  anotaban los puntos, como en un concurso de televisión. Empataron y fueron a muerte súbita pero finalmente ganó Garrison. Rey estaba furioso y alegaba que se hizo trampa. Yo no supe si fue así pero no lo creo. Garrison generalmente gana los juegos. Por otro lado Petrozza se me acercó y comenzó a insistir. Decía: hay que hacer el amor, Vero. Yo decía: ¡está mi novio! Y decía: pues hay que hacer el amor los tres. Scott llegó a escucharlo y le odió. Allí fue cuando verdaderamente le odió. Y cuando le dijo: tío, yo que tu ya me hubiera subido a cogerme a Verónica. Scott se puso rojísimo. Creo que lo que más le afectó es que sabe que si no lo hace, es porque no le dejo. Es decir, que sabe que Petrozza tiene razón, y que si por el mismo Scott fuera, lo estaría haciendo, pero no le dejo. O sea que de alguna manera quedó como un chico lento. Y eso le jodió bastante. Allí odió a abiertamente a Petrozza.    

 Finalmente dejaron el juego y se pusieron beber enserio. Se acabó la botella y tuve que mandar comprar más. Fue difícil a esa hora de la noche pero llegaron tres botellas más. Scott ya estaba cansadísimo. Petrozza no se cansa nunca. Puede beber sin parar por más de treinta horas. Ya llevaba algunas horas antes de llegar a mi casa y seguía en pie, fumado y bebiendo. Garrison se puso contento y comenzó a recitar poemas de Calderón de la Barca. Rey le hacía segunda y abrazados recitaron el fragmento del soliloquio de Segismundo, famosísimo, que empieza así: "¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!..." Petrozza luego recitó alguno de Rubén Darío: "Y dijo la paloma: yo soy feliz. Bajo el inmenso cielo (...) ¿Sí?, dijo entonces un gavilán infame, y con furor se la metió en el buche. Y le aplaudimos. Yo recité a Sor Juana Inés: "Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis; si con ansia sin igual solicitáis su desdén, ¿por qué queréis que obren bien si las incitáis al mal? Combatís su resistencia y luego con gravedad, decís que fue liviandad lo que hizo la diligencia..." y a Walt Whitman: "Me celebro y me canto a mí mismo. Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti, porque lo que yo tengo lo tienes tú y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también." 

 Scott me llamó y dijo quedo: ya que se vayan, me quiero ir. Me reí y dije: ¡pues vete! En serio, dijo, no te voy a dejar con ellos aquí. Me enojé bastante. Es mi casa, dije, y son mis amigos, si te quieres ir, ¡vete! Pero insistió en que era peligroso dejarme allí. Lo estoy pasando bien con ellos, dije, y sinceramente creo que lo pasaríamos mejor si ti, así que por favor, vete. Se le cayó la cara. Se disculpó y prometió que respetaría a mis amigos. No me interesa si te agradan o no, dije, SON MIS AMIGOS, y no eres mejor que ellos. Eso le pegó duro. Se sentó y no hizo nada más en toda la noche. Luego amaneció. Amaneció y Petrozza estaba de pie, bebiendo. No lo puedo creer aunque lo he visto cientos de veces. A veces pienso que se mete coca pero él jura que no, y le creo. No creo que tenga plata para mantener un vicio así.  Garrison y Rey quedaron dormidos en sus sillas. Scott también quedó dormido en su silla. Yo también. Abrí los ojos por la luz del sol y Petrozza dijo: buenos días. Sonreí y me senté con él en la hamaca. Nos sentamos abrazados y le dije que le quería mucho. Él también me lo dijo. Estaba melancólico. Le da por ponerse así a ratos. Dijo: tu noviecito es un gilipollas. Lo sé, dije. ¿Entonces por qué te casarás con él?, preguntó. Ya sabes, contesté. La plata, dijo. Sí, dije. No lo entiendo, dijo, no lo entiendo. Es sencillo, dije: hay dos maneras de vivir dedicada a la literatura: la manera Petrozza (aquí sonrió), que es morirse de hambre (aquí se le acabó la sonrisa), y la manera Pinciotti, que es casarse con Scott. Volvió a sonreír y dijo: ¡eres una hijaputa! Luego añadió: yo haría lo mismo, Vero, si me cargara tremendas tetas. Reí y le dije, lo sé, por eso te quiero. Yo te quiero también, dijo. Y me dio un beso en la frente. Me abrazó fuerte y me besó la frente. A eso me refiero cuando digo que cuando se pone serio, todo queda a lado y sólo importo yo, enserio yo.   



viernes, 16 de julio de 2010

Simetría.

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Vino a la ciudad a matar a una mujer a la que ni siquiera recordaba. Caminaba tranquilo entre colillas de cigarro y hojas caídas de los árboles; él mismo prendió un pitillo para unirlo a la colección expuesta en la acera, y pisaba hojas secas para hacerlas moronitas. Hojas entre las hojas. No podía acordarse del rostro de la mujer pero tenía una imagen clara, como pintura de Caravaggio, del acontecimiento que lo había llevado hasta ese viejo lugar. En vano intentaba extraer de la memoria una fotografía amarillenta, poco visible, con alguna pista sobre su cara. Recordaba sus bellos y largos caireles, el cabello chino que tanto le gustaba tocar mientras hacían el amor. Tenía los senos y tocaba el cabello, poseía las largas piernas y seguía tocando el cabello, alguna vez acariciaba los pies, nada más para no discriminarlos. Regresaba al cuello trazando una ligera línea con el dedo, y esa triste línea desembocaba  en algún cairel donde se transformaba en curva.

    El hombre pensaba en eso mientras encendía un nuevo cigarrillo y buscaba en la guía blanca su destino. No fue difícil encontrarlo, pues en este país pocas personas pueden apellidarse Capdevilla. En cuanto la encontró, rápidamente tiró la colilla al piso y decidió ir despacio para perfeccionar su plan maquiavélico. Caminaba y pensaba.

    En un viejo departamento una mujer se encontraba sentada en su mecedora favorita con la gata Camille Claudel entre las piernas; bebía Whisky y su vestido rojo contrastaba con el tapete negro. Camille Claudel era amarilla, persa, y parecía una perfecta mancha en el vestido rojo carmesí. Llevaban ya tres horas sin levantar sus cuerpos de la mecedora. Camille comenzaba a fatigarse y a pensar en el ovillo escondido debajo de la mesa de centro, pero su dueña estaba petrificada y sin mover las piernas, y ella no lograba comprenderlo. Su mirada pasaba de la mesa de centro a las piernas cubiertas por el rojo carmesí y pronto regresaba al primer destino, pero no se movía en parte por pereza y en parte porque no había razón para hacerlo.

    El hombre llegó al departamento a las tres en punto, hora idónea para matar personas. Subió los tres pisos por las escaleras, pues no quería ser víctima del elevador. Una vez en la puerta decidió tocar y esperó. Nadie atendía su llamado. A Camille Claudel le pareció escuchar ese sonido recurrente que tanto le molestaba pero siguió inmóvil en su lugar. Ya no pensaba  en el ovillo sino en aquella resonancia rítmica y constante, y no sabía cómo definirla. La mujer, absorta en su lectura, no escuchó el sonido y continuó petrificada con el vaso vacío depositado en la mesa de centro.

Con ayuda de la suerte el hombre logró abrir la puerta porque no estaba puesto el seguro; sacó la pistola y cargó el gatillo. Entró. A lo lejos alcanzó a vislumbrar una pequeña mesa con un hilo desbordándose por una esquina. A la derecha vio un vestido carmesí con una mancha amarilla a la altura de las piernas. Había un vaso sin líquido sobre la mesa.

La gata Camille Claudel fue la primera en levantarse rápidamente con un aspecto alegre, ingenuo, saciada por horas somnolientas. El hombre alcanzó a ver cómo la mujer se movía y dejaba algo en el tablero. La mujer, atraída por el sonido del tostador, dejó el libro sobre la mesa, al hombre: la novela;  y se dispuso a servir un sándwich y otro vaso de Whisky mientras Camille Claudel jugaba con el ovillo a un lado del sillón.


lunes, 12 de julio de 2010

Eder.

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Observo a la gente. Parecen muy felices siempre y pienso que deben llevar vidas felices. Yo también debo llevar una vida feliz, pienso, pero sé que no. Quizá ellos tampoco porque siempre están los problemas de la renta, las mujeres, del tedio rutinario; sólo cambian los caseros, las mujeres y las rutinas. Mi rutina era no tener rutina. Eso me propuse. Trataba siempre de hacer algo distinto, cambiar de actividad constantemente. Tomé clases de pintura gratuitas. Las daban en una casona en Coyoacan, un maestro loco como todos los maestros de arte. Asistían mayoritariamente viejas ricachonas sin qué hacer y el maestro vivía de los donativos de estás señoronas. Era un buen negocio. Incluso sospecho que a veces las cogía. Se las folla el viejo hijoputa. 

  Allí conocí una joven con un culazo; más o menos de mi edad. Solíamos fumar en el descanso en la terraza. Ella estudiaba diseño gráfico y era una perrita de casa. Su madre pasaba por ella y se iban en un coche último modelo y comían todos los días en Sanborns, etc. Yo le decía amo el arte y gilipolleces para agradarle y hacerle creer que yo era un artista nato y podía enseñarle mucho. Ella pintaba de pena y tenía la desfachatez de preguntarme qué te parece y obligarme a decir una suerte de mentiras piadosas. Primero no me gustaba mentir y deseaba gritarle ¡esto es una mierda!, pero descubrí: sí la alagaba podía acercarme a ella y arrimar mi cuerpo contra su culo y mientras más cosas bonitas decía de su cuadro más se apretaba ella contra mí y entonces dije: ¡Eres la Velázquez! Ese día fuimos a comer. 

  Me llevó a un restaurante Argentino en Tlalpan. Había muchas carnes y mucho mesero y mucha pompa, como si fuese el gran lugar. Y vinos y servilletas en las piernas. Ordené lo más caro para ver si Eder, así se llama ella, era de verdad como decía ser o pura fachada. Ella no decía nada, claro, no decía soy rica ni nada, mis complejos me lo hacían creer. El caso es que ordené lo más caro y ella ordenó alguna cosa, no recuerdo. Pedí una botella de vino. Esa me la bebí rápido y pedí otra y ella decía es vino de mesa, para acompañar y otras sandeces y yo contestaba, la carne es de mesa, para acompañar mi vino. Ya estaba ebrio. Hablé de arte. Dije: nena, el arte no sirve para nada. Ella decía: sirve para expresar emociones y para… Ya, ya, la interrumpí, niñerías, el arte es un monstruo, te jode la vida y no sirve para nada, pídete otra botella. Dijo no pediré otra botella. La pido yo entonces, dije. ¡No!, gritó. Un mesero se acercó. ¿Todo bien, señorita?, preguntó. Sí, gracias, contestó Eder. Vamos a otro lado, dije. Sí, dijo, acábate eso y nos vamos. Ya vámonos, dije, a la mierda con esto y aventé el tenedor al plato. Levantó la mano y ordenó la cuenta. Pagó y nos fuimos. 

  Subimos a su auto francés del año y dijo: ¿dónde vives? Dije: vete todo derecho y da vuelta en u cómo y cuándo puedas. Así lo hizo y en Periférico le indiqué y llegamos a casa. En el camino no hablamos. Iba molesta. Pensaba dejarme en casa y desaparecerme de su vida. Llegando botó los seguros del auto y dijo: bien, adiós. Yo venía pensando en su trasero y lo bien que lucía en todo momento. Sobretodo hoy, pensé, con esa falda larga amarilla y azul. Llevaba una falda estilo hippie. Bien, dije, porque no pasas, tengo algo de ron, tabaco y también tengo un cuadro que quiero mostrarte y unos textos… Ella dudó un segundo. Como yo la había convencido en clases de mi talento artístico no resistió la tentación de echar un vistazo al cuadro. Es decir que ella comenzaba a creer que yo era uno de esos genios locos del arte. Bueno, dijo, veré tu cuadro si prometes no sobrepasarte conmigo. Coño, nena, dije, ¿me crees un malandrín? Hizo una mueca y dijo sí. Ya, pasa de todos modos, no prometo nada. Rió y entró a mirar el cuadro.  

  El problema era el siguiente: ¡no tenía cuadro! ¡Ningún cuadro! La senté en el sofá y tomé dos vasos y serví whisky. Le di uno y dijo, no gracias. Bebí el mío de un trago e insistí y dije: para mirar mi cuadro debes estar sabrosa, de lo contrario te parecerá un cuadro cualquiera. Bebió su vaso a fondo y dije: ¿no que no bebías? Y dijo: No bebo pero me interesa ver tu lienzo. Vaya, dije, me honras. Ya, dijo, déjame ver el maldito cuadro. Na, na, dije, otro vaso, no estás servida aún. Le ofrecí otro vaso con whisky y lo bebió. Yo bebí otro también. Ahora el cuadro, dijo. Claro, dije, dame un segundo. Caminé por el cuarto como buscando algo. En realidad pensaba qué diablos hacer. ¿Ya?, decía, ¿ya?, ¿ya?, ¿ya?  Cierra los ojos, dije. A ella le pareció bonito eso de cerrar los ojos. Los cerró. Me planté frente a ella y le dije: ¡ya! Abrió los condenados ojos y yo estaba con cara de imberbe sosteniendo un cuadro imaginario, haciendo de mimo y dije: ¡ta taaaan! Ella no dijo nada. No decía nada. Estaba muda y no sabía qué mierda decir. Puso cara de no soy imbécil. Ya, dije, ya, no tengo cuadro, sólo lo hice para que entraras y pasar más tiempo contigo porque me encantas y te deseo, desde la primera vez que te vi, te deseo, te deseo, te deseo. Ahora puso cara de: vaya, no es lo más galante que me han dicho pero me gusta. Le serví otro vaso con whisky y me serví uno también y le dije, nena eres la cosa más bonita que he visto y soy capaz de hacerlo todo para estar con vos, ¡maca!, ven acá, dame un abrazo, dije, andá, sólo uno pequeño para decir te quiero. Se levantó y nos abrazamos. El whisky había surgido efecto y le costaba andar. Recargó su cabeza sobre mi hombro cariñosamente y le acaricié la espalda. Todo era muy tierno y muy bello hasta que no pude más y le apreté duro las nalgas. Dio un brinquito y dijo, ¡espera! Le abrí la boca con los labios y metí hondo la lengua mientras le masajeaba el culazo. Ella trataba de zafarse pero yo no la dejaba. La tiré al sillón, le jalé la blusa y salieron las tetas. No eran grandes pero eran un par de buenas tetas. Poco a poco cedió y ella sola sacó la verga de mi pantalón y la introdujo. Ladeando las bragas y esquivando la tela de la falda, le dimos duro. Me vine y ella dijo: ¡oh Dios, perdí el control! Ya, dije, no es para tanto, todos somos unos cerdos en el fondo. Casi llora cuando dije eso. Calma, nena, dije, trae tu culo acá y calma. La tomé de la cintura y le quité la falda y acaricié sus nalgas y lamí su ano y le metí uno, dos, tres dedos al hoyo y luego la verga ya ensalivado y bien dilatado. Despacio, despacio y luego fuerte, muy fuerte. Se retorcía y se le escapaba un ¡Oh, Dios, no! De vez en vez y cuando eso pasaba yo le daba nalgadas y la embestía brusco. Eres mi puta, zorra, le gritaba. Eres una puta de mierda. Eres una cosa asquerosa. Y le gritaba otras cosas también. Cuando terminé se dejó caer al sofá y luego al suelo y decía, ¡te amo!, ¡te amo! Y yo decía eres una hijaputa y otras cosas y le tomé la cabeza y acercándola a mi pinga se la di a chupar. No sabía hacerlo muy bien pero tenía potencial. Ya, ya, deja eso, le dije antes de venirme porque nunca me haría venir con esas tímidas mamadas de niña bien. Tenía sueño, estaba cansado y decidí acostarme. Resulta que la jeba quería más. Métemelo otra vez, decía, otra vez, por favor. Le dije que ya no jodiera, es suficiente por hoy, dije. Tuve que darle dos whiskies más para hacerla dormir. 

  Dormimos en el suelo, abrazados. Al despertar me di cuenta que ella seguía allí y pensé, excelente, ya salió el desayuno. Me levanté sin despertarla para llegar a su bolso. Lo abrí. Dentro había mil quinientos pavos. Los dejé en su lugar, no era un ladrón. Cuando despertó tomamos una ducha juntos. Lo asquerosa se le quito en base a sexo porque estoy seguro, antes de follar no hubiese entrado a mi baño. Era muy pequeño y sucio pero no se quejó ni hizo muecas. Lo único que le ineresaba era cogerme la pinga y eso. 

  Me llevó a Perisur. Desayunamos en El Péndulo, la librería-cafetería. Husmeando entre los libros encontramos uno de Pedro Juan Gutiérrez y me lo regaló. Yo dije, gracias, nena, y ya que estamos en esto, mirá que ando roto, piba, no lo tomés a mal pero ando corto de plata y no sé si vos podés… hacerme un préstamo… No me dejó terminar. Sacó ochocientos pesos de su bolso y me los entregó. Bacán, dije, me hacés el día, preciosa, vos los tendrás de regreso en una semana, no más. Recibiré un dinero de unos textos y vos… Otra vez interrumpió. Dijo: no, no, déjalo, y sonrió. Yo sonreí doble y la besé en la frente, le dije: te amo a vos, pequeña, te amo a vos. Luego desayunamos y tuve que hacerme el romántico un par de horas más y finalmente me despidió en casa.

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Martin Petrozza.

sábado, 10 de julio de 2010

La encomienda cósmica.

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Busqué a Oscar el día del cometa. Más bien, lo busqué días antes de que se avistara en la bóveda celeste. Lo había conocido en el trabajo. Fue un encuentro clásico. Nos dijimos hola. O fue que él me dijo hola Alberto, te vi la otra vez en El Hades –un antro pseudo hippie para pseudo intelectuales-, ¿por qué no bailaste? No, no me va esa música, contesté. Ese encuentro predecible, ubicado en las antípodas de toda tragedia, humana o divina, aconteció en el pasillo que conduce a la oficina del jefe. Ese día amanecí con amargura. Tiempos difíciles. Debía la renta, y el jefe parte del sueldo. Y había roto con Soraya, además. Mi falta de billetes la tenía irritada, pero el sexo nos solazaba. El sexo… Pero no quiero hablar mucho porque Paty, Eduardo o Neri podrían sentirse mal. Bueno, qué diablos, que les sienta como les plazca: nunca sentí nada por ellos. Pero conté con que el cometa me ayudara a revelar la verdad. La verdad oculta de tras de Oscar y yo.

Cierto día, creo que fue cuando rompí con Paty, disculpen, estos días post apocalípticos aún no me recupero del todo y no recuerdo bien, decía que salí del trabajo echando maldiciones a los limosneros que se acodan fuera del edificio. Tomé un camión de transporte urbano hacia la morada de Gio, quien me daría a mostrar no se qué textos extraños.

Desde entonces Gio se dedica a exhumar los restos literarios de algunos escritores cuasi olvidados, por ello no me extrañó que al abrirme lo encontrara desaliñado como siempre y con un fajo de amarillentas hojas sostenidas en una afable mano. En la otra sostenía una taza con restos de café.

No desperdicias ni la última gota.

Tiempos de crisis, contestó.

Tomé con una de mis manazas el ramillete de hojas. Lamenté que tuviera cierto dolor de córneas en ese momento. O tal vez fue cierta envidia. (Me explico brevemente: por un error estudié ingeniería, una carrera que detesto; luego descubrí que siempre quise ser narrador y que desde niño me inventaba toda clase de historias inverosímiles; y más tarde me encontré con que era demasiado tarde; entonces conocí a Gio, escritor y crítico literario y por consecuencia descubrí también que mi prematura vejez reducía mis aspiraciones a los celos profesionales. ¡En fin!) Semana atrás ya me había confiado otro de sus hallazgos en las catacumbas de la Universidad donde trabaja. Me habló de no sé qué historias bizarras, de esas que tanto nos divertían. Así que, entusiasmado, leí en la primera foja, que podríamos contar como portada: De cómo no murió Ayaan al-’Aziz. Pero, ¡oh!, no eran estos los antiquísimos folios de los que me había hablado, sino vulgares copias fotostáticas manchadas de café.

¿Para comer aquí o para llevar?, dije.

Habíamos estado platicando en la sala de su casa rodeado de su envidiable biblioteca. Bebíamos vino tinto barato.

No hay para llevar, querida, contestó.

Entonces leí lo que abajo refiero en resumidas cuentas.

El monarca contaba ya con diez esposas fieles y a su total servicio. Ninguna le había dado un digno heredero, ora niños nacidos con malformaciones, ora niñas que el sultán no quería. Por lo que Muhammad Alí Pasa estaba molesto. Un día, sin el previo y sabio aviso de los profetas, un cometa errante se acercó a la Tierra y cimbró sus pilares: de pronto, parejas de personas que mantenían contacto íntimo comenzaron a levitar por todo el sultanato. Descubrieron rápido que sólo las parejas de amantes levitaban y entre más amor más alto levantaban el vuelo. Un anciano y una mujer joven escaparon del reino abrasados y fueron a caer a la desconocida India, donde los tomaron por dioses. Por lo que el sultán, como es natural, enfureció más: por primera vez en toda su vida había algo que no podía controlar, gente volando aquí y en todas partes. Así que prohibió el contacto íntimo. Impuso radicales costumbres: satanizó el saludo, el roce, y el acto sexual. Pero otros murieron cuando el sultán vio estupefacto cómo miembros de su varonil ejército levitaban al más leve de los roces. Abominación, profería el monarca. Así que mandó matar a todos aquellos hombres del imperio que experimentaran entre sí los influjos del cometa. Mermó la mitad de su ejército, una cuarta parte de sus artesanos, sabios y sacerdotes. Después dos mujeres llegaron volando hasta el balcón de su aposento. Abominación, profirió de nuevo el sultán, por lo que mandó matar a cuanta mujer experimentara con otra los influjos del cometa. ¡Cuánta gente murió tan sólo porque el sultán descubrió un día el temor de no ser amado por ninguna de sus esposas! En cuanto los sacerdotes y sabios que quedaban a su servicio resolvían el enigma, el sultán evitó todo contacto con ellas; es más, no tocó a nadie, so pena de descubrir la verdad: que nadie lo amara a él, amo y señor de Arabia. Pero Hussain Abbas, consejero e ilustre oráculo, aconsejó al sultán: que era una irrefutable muestra de la omnipresencia de Alá, pues el profeta había intercedido para que él buscará así la mujer adecuada que le daría al heredero. Muhammad Alí Pasa celebró una ceremonia: cada una de sus esposas debía pasar a tocarle la mano izquierda, las que no causarían el efecto morirían. Entonces había matado a todas hasta que Ayaan al-’Aziz, famosa por sus imposibles ojos azules, de divino rostro, tentación de secuestradores, otra Helena de Troya, pasó a tocarlo. Levitaron ante la mirada atónita de los presentes: los cadáveres acéfalos de las nueves esposas, los vástagos despreciados de éstas, la consorte y demás gente al servicio del monarca. Así no murió Ayaan al-’Aziz, progenitora del heredero. Varios días después el cometa se alejó lo suficiente y su efecto dejó de sentirse en los territorios conocidos hasta que fue olvidado con el tiempo.

¿Y bien? Me preguntó Gio al ver que depositaba las hojas sobre la mesa.

Pues… no podría juzgar la rigurosidad histórica, pero sí, me gustó…

Gio, siempre tan condescendiente, ya había notado mi nula formación literaria y mi incapacidad para valorar una obra: me convertí en una cucaracha oficinista, cliente consentido de los antros y practicante de la cacería de amantes. Es decir, un perdedor.

Al salir de la casa de Gio recorrí un antro, o un par de ellos, y en alguno conocí a Eduardo. Durante dos semanas nos gustó el sexo y una semana después terminamos. Después creí haberme enamora de Neri, un antiguo amante de Gio, que resultó ser amigo de una novia de un compañero del trabajo. Y duré con Neri hasta que un día me descubrió Soraya bajar de un espectacular automóvil –el jefe de los contadores me había llevado a mi casa-. Creyó que era mío el coche. Por ello me sedujo con sus amazónicas tretas… Soraya, así como resuena su nombre se mueven sus carnes. Soraya, tres sílabas, cual Lolita.

He dicho que el día del cometa busqué a Oscar. Así que me apresuro a contar mi historia. Fue un viernes. Desperté con mi apatía clásica. Me bañé a duras penas y con disimulada alegría saludé a mi casera. Recordé la plática que mantuve con él anteanoche y también desprecié el televisor: craso error. Luego subí a la azotea de la casa. Me había atrevido a hablarle para pedirle otra prórroga, pero no la encontré allí tendiendo mantas y toallas para secar, pero… ¡Volaba Soraya! ¡Acompañada de un anciano! ¡Abrazados! ¡Un anciano que olía a orines! Es decir, qué sí debía estar loco como siempre lo había sospechado, ya que Soraya misma me lo confirmó suspendida en el aire:

¡No sabes! ¡El cometa! ¡El cometa!

Después se alejaron levitando hacia un indeterminado punto en el cielo. Corrí a encender el televisor. Alguien parloteaba en el noticiero. Cambié canal: casi lo mismo, parloteo e imágenes de levitados, abrazados, sostenido uno de otro, siempre abrazados y levitando. Por no darme muchos detalles, le cambié al noticiero internacional. Pero sólo pasaban imágenes de gente volando en Sudáfrica, Helsinki, Bagdad, Sídney, Río de Janeiro, Los Ángeles, Buenos Aires, Moscú, Pekín, Seúl, Nueva Delhi, Casablanca, etc., diciendo lo mismo, y que ya estaba listo un experto de… para explicar el fenómeno. Sonó mi celular:

¿Cómo estás? Era Óscar.

Bien, ¿y tú? Oye, qué es eso que dicen…

¡Oye! Qué locura eh. Pero, bueno…

¿Qué pasa?

Nada...

¿O...? ¿Dónde estás? Okey, salgo para allá.

Pero recibí una llamada del jefe:

Pero…, le dije.

¿Qué?, rebatió.

Nada. Ya llego, contesté y me fui a la oficina sin remedio.

Mi trabajo en la oficina era emocionante y la emoción se repartía entre actividades diversas que iban desde contestar el teléfono, organizar citas, corregir textos, falsificar firmas, alterar facturas y conducir la camioneta del jefe para llevarlo a este u otro lugar. Ese día no fue la excepción a la regla ni por la jugarreta astrológica. Tal pareciera que el edifico entero era el último reducto de compostura y civilización. Nada a lo que vi camino al trabajo. Dentro de ese edificio la secretaria limaba sus uñas, el portero leía comic de vaqueros, en recursos humanos se encendía el odio, el contador jugaba póker y el jefe al teléfono. Apenas me acomodé el jefe sin dudarlo dijo Alberto agarra las llaves que nos vamos. Óscar, pensé.

Dejamos atrás la ciudad. Podría relatarles lo que vi, seguramente lo mismo que ustedes vieron y muchos otros vivieron en carne propia. En nuestro viaje encontramos semáforos inservibles, poco tránsito, azoteas copadas de gente –parejas de enamorados-, al igual que las ramas de los árboles. A dónde se han metido todos era la pregunta que el jefe y yo nos hacíamos, mientras nos dirigíamos al sur del país y observábamos con sorpresa la carretera desértica, aunque por la derecha veía con facilidad la playa y sus enamorados, como delfines alados parlando en sus secretos códigos, dioses griegos, rozando el sol y diciéndole adiós al suelo ingrato: nosotros nos queremos. Amén del espectáculo no dudó el jefe en soltar una ocurrencia:

¿De cuánto tiempo dispones ahora?

Al pie del cañón, dije. Y esa fue mi condena.

Bien Alberto. Te pagaré, verás.

Y todo para ir al rancho de su familia. Encontramos un total desastre. Los campesinos se negaban a trabajar. Uno de los hijos adolescente del jefe se había perdido junto al hijo de un operador de tractores. Mientras todos temían lo peor y mi jefe pensaba ya con qué rifle los haría bajar a tierra a mí me consumía una profunda envidia. Tampoco me era posible hablar por teléfono con Óscar o con mi propia familia. Pasaron los días hasta que la rueda completó una semana entera. Sin mucho qué hacer por las noches me consolaba observar la diabólica estela que el cometa presumía cual faisán en celo. Sin poder humano que hiciera trabajar a los campesinos, dejamos al rancho en iguales condiciones. Al regresar a la ciudad encontramos con que el edificio había perdido su sello particular: también había sido asaltado por parejillas de tortolitos. Apenas terminé mis obligaciones extraordinarias pude hablar con mi familia. Colgué y una llamada de Óscar ya sonaba en mi teléfono.

Le expliqué mi tragedia. Sé que no logré convencerlo. Todo era materia de sospecha, pero sí logramos concertar una cita, en la fuente de Hebe. Me resultó, irónicamente, imposible llegar a tiempo. El transporte no funcionaba bien, y un tramo lo hube de recorrer a pie. El gobierno, siempre tan eficaz, no contaba con ningún plan de contingencia: la ciudad entera había sido tomada por una ola de pánico: desencuentros amorosos, parejas que no podían levitar, y por otra ola de euforia histérica. Caminando sería imposible. Le marqué de nuevo y quedamos de vernos en otro parque, aunque más público que la fuente. ¿A quién podía importarle ya que vieran a dos muchachos tomados de la mano sobre la inmensa rama de un árbol?

La noche nos cubrió. Éramos orugas y el cometa nos traía las alas pedidas, ese momento esperamos por días y lunas y soles enteros. Entonces lo vi llegar.

Óscar, dije.

Él tenía miedo y emoción, se lo noté. Yo tenía más miedo que emoción y lo notó. La cercanía aún no era suficiente y ya me imaginaba, ora en la copa de esos imponentes árboles, ora volando hacia la cúpula de la Catedral, ora atravesando la Universidad. A donde quiera que el viento nos llevara sería bueno para ambos, Alfa y Omega.

Tu mano, dije.

Espera, contestó.

Mantuvimos una insoportable distancia cercana. Él cruzado de brazos y cabizbajo, con erección. Yo cruzado de brazos y cabizbajo, con mi erección. Lo miré. ¿Había lágrimas en su rostro o era un reflejo de la luna? Hasta que intentamos representar la Creación de Adán.

Uno. Dos. Tres. Nada.

Vi sus pies y luego los míos; vi sus ojos y luego la fuente; vi mi reflejo y luego el reloj; vi los árboles, el centro del parque y las cosas como siempre las había visto. Su cara apoyada en mi pecho. Noté su leve llanto. Y quise matarme.

Llegué caminando a la oficina.Hablé con Gio.

¡Oye Alberto! ¡Qué noticia! ¿Cómo te ha ido?

No muy bien. Óscar y yo no levitamos. Óscar y yo no levitamos, repetí abstraído.

Le conté mi tragedia y él me contó su aventura con su profesor francés de francés.

Ayaan al-’Aziz, ¿recuerdas?

No. Él sufrió más que yo, lo noté, dije.

Sí, me imagino. Y debes saber el porqué.

Colgué y subí a la azotea. Amanecía. Se descubrían los cerros y el sol tras de ellos. Se apagaban las luminarias de las calles. Despertaba la gente que había llegado levitando a los pisos superiores de los edificios. Cerca de mí gemían con ronquidos un trío de bellas mujeres. Me subí al pretil. Escuché las ondas sonoras de un radio lejano que me explicó lo no sucedido: el día anterior el cometa de las tragedias remontaba en su regreso, cumpliendo con su cósmica encomienda. Con él se fue su efecto, una hora antes de verme con Óscar, según dijeron los expertos: nunca dieron con el traste, pero supieron que dentro de un milenio volverá y removerá los aires del futuro de nuevo.

Gustavo Méndez Martínez.

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