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Blog autobiográfico." Cuando escribo no pienso en el lector. Olvido que no todos somos cerdos. Ese es mi gran error. Y el de ellos." Martin Petrozza.

Héroes

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martes, 29 de junio de 2010

Mi madre

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Hasta ahora no he tratado el tema de mi madre porque cualquier persona que haya vivido lo que yo con ella, preferiría evitar el tema de la madre. Es difícil para mí hacerlo, pero lo haré porque parte de escribir es exorcizar. Sacarse los demonios. Y mi madre es un demonio. Una demoneza. Una arpía. O como diría Petrozza: una verdadera hijaputa. Pero vayamos por partes. Mi madre casose con mi padre, el Sr. Pinciotti, la primavera del 85. Tan sólo un año después de haberle conocido. Y tan sólo un año después de la boda, nació Verónica. Lo que expresa bastante bien las ansias de mi madre por exprimir al Sr. Pinciotti. Mi padre contaba con veintisiete años y un presente labrado sobre buenos cimientos y un futuro prometedor; cosa que no debió escapar al ojo reptil de la Sra. V., mi madre.  La Sra. V. tenía ya treintaiún años y un divorcio. Se había divorciado del Sr. X. en el año de 1983. Era rápida la condenada. De su antiguo matrimonio me dejó un medio-hermano al que he visto una vez y no más. Me sacó la lengua y le pinté dedo. Y le dije: ¡chamaco cabrón! Y no le volví a ver en toda la vida. Nos presentaron en el velorio de la tía-abuela Molinari. A jalones de oreja discretos y pellizcos e el brazo, la Sra. V. lo trajo hasta donde yo y dijo: Víctor, esta es tu hermana. Y a mí me dijo: Verónica, este es tu hermano. Y nos dijo a ambos: salúdense como sí se quisieran, ¡por amor a Dios que están los Molinari! A Víctor, mi medio-hermano, no le había visto antes, ni a la tía. La conocí muerta, metida en el féretro, y maquillada a tope. Como puta del Moulin Rouge. Y por el montón de joyas que llevaba encima la dichosa tía, supuse que ese maquillaje exagerado lo había llevado durante varios años en su vida. Que no era una falta de sentido estético del maquillistas de cadáveres. Sino una falta de sentido estético de la propia Sra. Molinari. Yo tenía como nueve años y Víctor como once o doce. ¡La tía como novecientos! Pero el caso es que con el divorcio del Sr. X. mi madre obtuvo más que un hijo abandonado. Obtuvo una gorda cuenta bancaria de la que mi padre no supo nada sino hasta su turno de divorciarse de la Sra. V. Quiero decir que mi madre poseía una fortuna que jamás compartió con el Sr. Pinciotti. Se entiende qué clase de mujer era. Tacaña hasta el tuétano. 

 Aunque mi madre siempre me contó que yo fui criada con amor, hecha con amor y etc., no le creo. Sus actos demostraban lo contrario. Desde que la conocí, es decir, desde que tengo uso de razón (como a los cinco años), supe que no era una buena madre, ni una buena esposa ni una buena mujer. Poseo tan sólo vagos recuerdos de la infancia; el psicólogo dice es una resistencia de la psique. Que deseo tanto olvidar, que olvido. Durante los primeros años de matrimonio, el odio que mi madre sentía hacia mi padre se notaba en cada palabra, en cada gesto, en cada mirada. A los cinco años yo la escuchaba gritar cosas al Sr. Pinciotti. Cosas como: NO TE SOPORTO. O: ¡Soy infeliz! O: es mi vida. Mi padre, de sangre italiana, gritaba también pero a diferencia de la Sra. V, pedía perdón luego de un rato. Lo hacía de corazón. Y le compraba a madre alguna cosa carísima. En algunas ocasiones padre lloraba. Entraba a mi habitación con la cara húmeda y me decía lo buena que era la Sra. V., y lo mucho que la amaba a ella y a mí. La Sra. V., sin embargo, hacía cosas terribles. Por ejemplo, le humillaba en público por un déficit sexual. O por ser tan noble. Noble era su manera de llamarle imbécil. Le exprimía las tarjetas, las cuentas y hasta la cartera. Utilizaba el dinero para darse la buena vida y pagarse jóvenes folladores. Lo sabíamos tanto mi padre y yo y los empleados domésticos porque era descarada y le importaba un pepino el tremendo daño que hacía al Sr. Pinciotti. Lo divulgaba entre las amigas del club y entre los empleados de mi padre. Y me decía: hija, nunca te cases con un poco-hombre como tu padre. Y si lo haces, añadía, procúrate un buen servicio. Así llamaba a los masajistas que eran más bien prostitutos. Yo a mis ocho años no entendía muy bien pero sospechaba. Los niños sospechan la maldad y yo no estaba equivocada. 

 El odio que mi madre profesaba al Sr. Pinciotti se extendió hasta mí. Abiertamente me lo expresó. Me decía: hija, eres una pendeja. Su vocabulario era cosa de cuidado. Tenía la habilidad de darte donde más te duele. Era certera. Esto último me lo soltaba los días del padre, cuando yo, en la escuela hacía alguna manualidad para el Sr. Pinciotti. Llegaba contentísima con mi regalo, se lo daba, y decía: hija eres una pendeja. Mi padre me llevaba aparte y me agradecía con el alma. No hagas caso, decía, tu madre te quiere en el fondo. Pero yo sabía que no. Claro que a los ocho años aquello me dolía como un zarpazo y me soltaba a llorar. Corría al jardín y lloraba. Me gustaba llorar allí, en el jardín, echada de cara al césped y con Rex, mi pastor alemán, echado alado mío. El Sr. Pinciotti corría tras de mí y le gritaba a mi madre, que ya no lo escuchaba, LA HACES LLORAR. Me levantaba en brazos y me llevaba a mi habitación donde hacía alguna bobera para que se me olvidara el asunto. Se ponía contarme chistes o a leerme cuentos o prendía la radio y me sacaba a bailar. Me gustaba mucho el cuento de aquel flautista que reúne a todas las ratas de un pueblo entero con una melodía. Creo que se llama el flautista de Hamelín. No recuerdo muy bien y no he querido investigarlo porque aunque el cuento me gustaba y yo lo disfrutaba muchísimo, me trae recuerdos. No sé si tiene algo que ver pero el Sr. Pinciotti hacía tocar la Flauta Mágica, de Mozart, y bailábamos como tontos imaginando que millones de ratas venían tras nosotros. Al menos eso imaginaba yo. Primero la cosa es muy tranquila y caminábamos lento por toda la habitación en busca de los roedores. Mi padre se agachaba a buscar bajo la cama y a veces saltaba como si de verdad encontrara una rata y yo me sorprendía. Luego la cosa se pone más movida y más alegre y cómo disfrutaba aquello. Y también hay una parte como de suspenso. Allí sí que lo hacíamos en grande, imaginábamos que las ratas se salían de control y había que arreglarlo. Para ello usábamos algunas de las flautas dulces que yo tenía. Las utilizaba para mi clase de música. Me enseñaban a tocar La marcha de los santos y El himno a la alegría. Se me olvidaba por completo que mi madre había insultádome y todo era felicidad. Luego, los doce años, dejaron de importarme los insultos de mi madre y hasta le decía: ¡pendeja tú! No le importaba, decía, ¡va!, daba media vuelta y se largaba a quién sabe dónde. No me importaba a mí tampoco. 

 Todo esto era sólo en casa. Dentro de casa. Fuera se transformaba en una madre cariñosísima que podía mimarte hasta el hartazgo. Era hipócrita con eso. Iba a la iglesia todos los días de iglesia y le decía al Padre que en casa todo va de maravilla y estamos en paz con Dios. Yo no la desmentía porque me hacía gracia. De los doce años en adelante dejó de afectarme todo el rollo de mi madre y hasta me causaba risa. Sólo hay  una cosa que nunca le perdonaré. El día que me volteó la cara de un bofetón. Lo hizo porque le dije, ¡Sra. V., púdrase en el infierno, vieja zorra! Lo dije porque había hecho llorar a mi padre amenazándolo de abandono. Claro el abandono era lo mejor que podría ocurrirle al Sr. Pinciotti pero él no lo veía así. Madre era todo lo que él tenía. Con el tiempo crecí y le convencí que la dejara partir. Que no era lo mejor del mundo y que podía casarse de nuevo o que me tenía a mí. Fue hasta el año 2001 que lo entendió y concedió el divorcio a mi madre. Por ese entonces yo tenía algo así como quince años e independencia emocional para con mi madre. O sea que no me dolió la separación de mis padres. Al contrario, me sentó bastante bien que la Sra. V. se alejara de mi vida y de la vida de mi padre. Lo último que le dije fue: ¡veté al cuerno, cabrona! Y lo último que me contestó fue: Allá te espero, hija. Nos lo dijimos en el juzgado y no la he visto nunca más. 

2

No sé qué es de ella. No sé si ya se casó de nuevo o si está disfrutando de todo lo que sacó al Sr. X. y a mi padre. O sí está muerta. Pero creo que no, esas cosas siempre se saben, no está muerta. El Sr. Pinciotti sí está enterado de ese rollo pero cuando intenta decirme algo lo paro en seco y le digo, no, no me importan enserio, no quiero saberlo. Y me respeta. Sabe que esa mujer me hizo daño, y me respeta. Yo le digo que busque otra mujer si lo desea pero creo que no lo hará porque el Sr. Pinciotti es noble y no puede hacerlo. Dedica su vida a su negocio y a su hija. Esto último no siempre me place, pues es un ojo vigilante muy tenaz. Y aunque me he quejado de él infinitas veces, le amo con toda el alma. 





lunes, 28 de junio de 2010

Cuando era (mos) más joven (es)

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Estampas de la Infancia. 

Cuando era más joven solía juntarme con Martin Petrozza todo el tiempo y toda la vida y todas las navidades y años nuevos.

Estampa 1:

En esa época en que todos conocemos el mundo, ese período tan mágico del Kindergarten, Martin y yo conocimos a nuestro primer amor.  Era una mujer bella hasta el recuerdo, una niña con camisa blanca, short rosa y una banda rosa en la cabeza. Esa es la imagen que nos queda, una pictografía sacada de una foto que todavía aún, a nuestros muchos años más, guardamos con recelo.

La niña se llamaba Marisol y siempre íbamos, tímidamente, hasta la ventana de su departamento en un primer piso para poder platicar con ella. La madre de Marisol vendía algo, no recuerdo qué, pero sí recuerdo que ese algo nos servía de pretexto para poder acércanos a Marisol todos los días y platicar con ella desde lejos. Con ella aprendimos, a base de una separación permanente, que cuando amas a alguien debes hablarle directo o no volverás a ver el amor en tu vida. Ella despertó la malicia en nosotros, el deseo de dar un beso, el deseo de poder tocar su mano, la peligrosísima acción de darle un abrazo; porque así era en ese tiempo, acercarse a una mujer, y ya ni se diga rozarla, estaba prohibidísimo y era lo más peligroso que podíamos hacer en la vida. Yo no recuerdo haber tocado nunca a Marisol, su tacto no está presente en mi mente; no sé si Martin lo hizo, pero si así fue, ¡qué envidia! Tocar a Marisol hubiera sido maravilloso.

 Ahora, con unos años más en nuestras vidas,  tenemos a Verónica, nuestra Marisol actual, reloaded, esa mujer que también está prohibidísima tocar por diferentes razones que hemos narrado y narraremos más adelante. No lo había pensado pero Verónica me recuerda a Marisol, ¿por qué serán tan iguales?

Estampa 2:

 Cuando éramos más jóvenes, Martin y Yo corríamos en sucios trenes que iban hacia el norte, aunque en nuestro caso ni eran trenes ni iban al norte. Nos dedicábamos a jugar Nintendo, Mario Bros III, nuestro juego eternamente favorito. También veíamos los Cazafantasmas y jugábamos Hockey después de ver una película donde sale un equipo llamado “Los Patos”.  En el Hockey y en el Nintendo éramos acérrimos rivales, si alguno de los dos metía un gol (en el caso del hockey), el otro se enojaba y le aventaba el palo, los patines y ambos terminábamos en el piso llenos de golpes y de suciedad y de vida. 

Una tarde, en casa de Martin, vimos a la muerte andando en un triciclo. Me limité a mirarla asombrado. Yo estaba más anonadado que Martin, él la veía con familiaridad, como si siempre anduviera por ahí, andando en triciclo o jugando con las mil máquinas que había en el patio de su casa. En algún momento me cansé y le pregunté que quién era esa persona tan ridícula que apenas si cabía en el triciclo y andaba en él; Martin me contestó que debía ser la muerte porque tenía un palo largo en la mano derecha y la cara cubierta con una capucha. Yo asentí con la cabeza y subí a la cocina a tomar una Coca – Cola. Martin se quedó en la ventana mirando a la muerte que andaba en el triciclo.

Estampa 3:

A veces me quedaba a dormir en casa de Martin. Cuando su madre nos mandaba a la cama antes de las 10 de la noche, después de ser terriblemente derrotados por ella en un juego de Ahorcado (esa era la condición, si lográbamos ganarle nos dejaba dormir hasta las doce, si no, teníamos que dormir a las 10), solíamos escondernos en el baño a leer algún libro y a escribir historias. También, para no hacer ruido, escribíamos toda nuestra conversación en un cuaderno y nos lo íbamos pasando. Era tardado, pero gracias a ese sistema lográbamos quedarnos despiertos hasta pasadas las 2 de la mañana.

Una de esas noches salimos a la calle a buscar aventuras. Allí sucedió nuestro primer encuentro con una prostituta. Caminábamos más nerviosos que animados por las calles de la colonia Tres Estrellas, cerca del cine que parece Castillo de Disney. En una esquina vimos a una mujer vestida de negro que se sacaba los senos cada que pasaba un carro cerca de ella. No podíamos creer nuestra suerte, estábamos en la calle, solos, de noche, y además le podíamos ver los pechos a una mujer mayor. Decidimos quedarnos para admirar los senos durante toda la noche. Había un Sanborns. Nos escondimos detrás del estacionamiento, lo más cerca posible de ella. Cada que pasaba un carro nuestros ojos se dilataban. Esa noche fuimos felices. Regresamos a casa a las 4 am, la oscuridad se nos hizo luz. Estábamos extasiados.

Estampa 4:

Una noche previa a la navidad, decidimos escribir un cuento que narrara los acontecimientos a como creíamos que iban a suceder el día siguiente; era una noche de 1994. Dicen lo siguiente:

(…)Enfrente de mí y de mi peinado de ejecutivo (relamido hacia atrás), se encuentra la mesa donde vamos a pasar la mayor parte del tiempo en esta reunión. Logro ver el perfecto caos ordenado que reina dentro de ella, pues mi madre intentó copiar la posición de los cubiertos de una revista de gourmet que llega mensualmente, tan puntual, como los técnicos de esa empresa de televisión por cable cuyo nombre no quiero ni recordar. Hay más tenedores, cucharas, cuchillos y otros cubiertos de nombres desconocidos, que comida e invitados.  Seguramente la mayoría de ellos se quedarán tan limpios como los estoy viendo en este momento donde la complicidad existente entre la mesa y yo, es casi tan grande, como la habitual entre Santa Claus y ese reno al que jamás he logrado entender llamado Rodolfo. Pero ahora en este espacio de la casa únicamente reina el Silencio, con toda su armonía y su musicalidad. Estamos sólo el Silencio y yo, yo y el silencio; sólo el Silencio… Su música. (…)

Un poco más adelante en la narración:

 (…) Como era de esperarse todos fueron corriendo a la mesa después de dejar sus pertenencias tanto en la sala como en la pequeña zona de espera destinada precisamente para esos menesteres de cuidar los objetos ajenos. No logro entender por qué si existe ese lugar asignado precisamente para ese oficio, algunos tienden a dejar sus cosas en la sala, es como si quisieran romper con el orden natural del mundo de las cosas, junto con lo predestinado y lo infinitamente establecido. 

Mi primo el motociclista se sentó a lado mío, otra cuestión ya preestablecida en la familia, pero aquí no es como con las cosas, pues en este espacio sí se respetan las reglas, cada uno tenía su lugar asignado. Así fue como todos los adultos se sentaron del lado derecho del comedor, los esposos frente a las esposas, y alado más esposos y por supuesto más esposas, hasta llegar al lado izquierdo donde están todos los niños pequeños junto con el único par de abuelos sobrevivientes. Mi primo y yo estamos hasta el final, ambos ya no somos unos niños, por eso salimos sobrando en esa mesa caótica pero ordenada. De pronto siento lástima por mi pobre madre, ella está en la cabecera de la mesa, en el único lugar donde no existe la complicidad con alguien más, se encuentra sola, lo sabe, por eso se siente frustrada, quizá extrañe a mi padre. Yo la compadezco como quien compadece a un nido de pajaritos que quedaron huérfanos gracias al cazador que con un poco de suerte ensartó a sus padres tirándolos al suelo como cualquier hoja de árbol en otoño, cualquier lágrima de ángel. Tal vez un venado de Santa Claus (…)

Para finalizar con el ejemplo:

 (…) El resto de la cena fue pasando sin complicaciones, ambos estábamos callados, observando el panorama y escuchando atentamente la conversación centrada en la familia y lo mucho que había crecido en el último año, en los últimos años. Esperamos pacientemente la hora de terminar la cena para poder salir huyendo de ese lugar, hacia la libertad; hacia nuestro plan maestro. La cena ha terminado, salimos corriendo rápidamente hacia mi cuarto donde ahora se encuentra descansando el Silencio, lo asustamos y él se va como se va de todos lados, pero de ninguno.

-Vayamos a la ventana y no nos movamos de ahí hasta no ver el trineo de nuestros juguetes-. Dije.

-Vamos-. Sostuvo  Martin.

Ambos llegamos corriendo, abrimos la cortina y nos ponemos a mirar fijamente hacia las estrellas. Curiosamente no hay ninguna en el cielo, ni siquiera la de los tres reyes magos, ni ese planeta a un lado de la luna, pues tampoco hay luna, ni hay cielo, sólo vemos una mancha negra hacia el infinito. El infinito está muy lejos, pero se ve tan cerca, aunque esté tan lejos. Allí fue a terminar el plan que con tanto trabajo habíamos construido durante todo este año, allí fueron a parar nuestras ilusiones, nuestros planes; nuestros sueños. Frustrados regresamos al comedor, los regalos ya se encuentran bajo el árbol de navidad, los primos más chicos ya los están abriendo,  nosotros lloramos imitando el llanto de Eneas al dejar atrás Troya con sus murallas destruidas, sin cimientos; sin ilusiones.

Corremos a ver nuestros juguetes, una vez más se encuentra todo lo pedido en nuestra carta, nos ponemos a jugar olvidándonos del pasado, sin pensar en la próxima cena navideña. Qué fácil es destruir los castillos que construimos en el aire, tirarles sus murallas, dejarlos sin cimientos. Qué fácil es construir castillos en el aire, aprovisionarlos para después derrumbarlos, hasta dejar en el aire al olvido, y es el olvido lo único que nos queda en el recuerdo; en la esperanza (…)

Distrito Federal, México. 1994

Estampa 5:

Jugábamos, reíamos, odiábamos el futbol y de vez en cuando escribíamos y leíamos textos para niños: la Guía para la Vida de Bart Simpson, los cuentos de Twain, de Andersen, de Dickens, el diccionario de la Real Academia de la Lengua, a Goethe. Leíamos, también, mucha literatura fantástica: el Señor de los Anillos, Dragonlance, Reinos Olvidados, etc. Alguna vez nos vestimos de Elfos y pertenecimos a un club de ñoños que se juntaban a leer el Señor de los Anillos en Alemán y a representar sus escenas. En ese club ambos nos enamoramos de una argentina, ya no recuerdo ni su nombre, pero sí recuerdo que nos la tiramos por separado y, cuando nos enteramos, acabamos en el piso de nuevo, revolcados por los golpes y de nuevo por la vida.

Epílogo:

Dos años después nos fuimos a vivir un tiempo a Cuba y a Cataluña, pero esas, son otras historias. 




domingo, 27 de junio de 2010

Dios te salve prostituta / La niña


Dios te salve prostituta.


Dios te salve prostituta
gladiadora de lo carnal
mil batallas se disputan
en tu cuerpo por pagar...


Musa del kamasutra
e ingeniera del placer
Dios te guarde prostituta
de los chulos del Edén
Dios te ampare prostituta
del martirio que te den...


Dama del sexo sabio
y transportista de los cielos
mil leches en tus ovarios
son garbanzos de calderos
y mil cuentas de tu rosario
ya gastaste con los dedos...


Dios te libre prostituta
luchadora maternal, hoy
tus hijos ya disfrutan de
lujo y comodidad, y tu mueres
luchando de puta por la calle
de Alcalá...


A todas esas madres
que ejercen la prostitución
y le llevan el pan y bienestar a sus hijos…
a todas esas mujeres activistas del deseo, fundadoras del placer, que llevan la tranquilidad a sus niños con el sudor de sus cuerpos,dios te salve mi puta preferida
por tener la gloria entre tus piernas y no rendirte con el sol del siguente dia.


La niña.


Borró de un solo trazo la niña la inocencia
de su alma adolescente, rasgada por la miseria
Fue un zarpazo frío y doloroso, el que abrió
de un solo tajo, su virginal pubertad en flor.


No sonrió ni lloró tampoco, solo miró en silencio
el inquieto aleteo de la noche en la ventana
y recordó breve el cálido regazo de su abuela
y la dolorosa ausencia de una madre sin rostro.


El amanecer derramó tibio su caldo sobre la cama
la misma sensación de caldo tibio que sintió entre
sus piernas abiertas, como puertas sin aldabas
y sonrió con muecas de llanto en su cara
cuando apuñó los billetes en sus manos blancas.









Si quieres participar en el blog con un relato entre 5,000 y 20,000 caracteres (contando espacios) manda tu texto a: redaccion@whiskyenlasrocas



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sábado, 26 de junio de 2010

La caja mágica / PARTE III

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Quizá quieras leer antes: 



Diario de Cecilia A. 

19 de Abril del 2008.

  Querido diario:

 …El día de hoy, Carlos me trajo una rosa. Ya me había saludado ayer pero no lo reconocí cuando llegó con la rosa. Ahora sé que Carlos es el niño que vomitó en la esquina de la calle que entronca con la avenida. Es lástima. Es un buen chico y me agrada. Hasta ahora ninguno otro se me ha comportado tan lindamente y creo que se me declarará pronto. No sé qué pensar…

 Jaime me invitó salir pero se notaba que sólo era por sus amigos. Odios a los tipos como él, siempre presumidos.

20 de Abril del 2008.

 Jaime me invitó a salir nuevamente. Me negué como la primera vez. Me abrazó bruscamente y trataba de besarme, ¡qué le pasa, lo odio! Se cree tan fuerte.

Carlos me buscó en el descanso para que comiéramos juntos. Me agrada su compañía y tiene muchos detalles conmigo, por ejemplo, no dejó que pagara nada en la cafetería. Me platicó de su perro Alfredo. Aún no puedo creer que de verdad haya nombrado así a su perro, me parece de lo más divertido.

Gabriela dice que Carlos es feo, siento que comenzarán las burlas si continuó pasando tanto tiempo con él. La verdad no es guapo, pero me agrada mucho estar con él. ¿Qué haré el día que se me declare? A Jaime no quiero verlo nunca más.

21 de abril del 2008

 No vi para nada a Carlos, pensé que hoy no me buscaría y me sentí triste. Pero a la salida lo busqué y estaba fumando con Carolina, parecían muy contentos de estar juntos. Creo que empiezo a quererlo. Me acerque a ellos y guardaron silencio, hablaban de algo íntimo. Estuve a punto de irme pero Carlos me detuvo y me invitó un café en la plaza. Definitivamente lo quiero mucho. 

En la plaza también estaba Jaime, creo que sale con Esther el muy ¡imbécil! Seguro me vio. Qué bueno, así sabrá que no estoy interesada en su machismo.

 22 de abril del 2008

 Carlos me trajo un peluche muy lindo, lo abrasé fuerte. Estaba muy nervioso, actuaba raro. Le pregunté por qué y mencionó los cigarros, no entendí bien. Fuma mucho; no me molesta pero dijo algo raro. Que estaban por terminarse o algo así. No le daré importancia porque ha sido lindo conmigo. Ya quiero ver la cara de Jaime.

23 de abril del 2008

¡Jaime vino a mi casa! No sé cómo descubrió mi dirección y como siempre actuó como un patán. Quería besarme. Me dijo algo muy feo. Amenazó con golpear a Carlos si sigo viéndolo. ¡Qué se cree!

 El pobre de Carlos ni se imagina. Hoy pasamos el descanso juntos y platicamos a la salida en la banca donde lo encontré con Carolina. Me dijo que era sólo una amiga y yo le creo; Carlos no es de los que mienten. Por cierto, estaba nerviosísimo, dijo que ya restaba tan solo un cigarro en la caja. Creo que de verdad es adicto al tabaco.

24 de abril del 2008

¡Hoy es el mejor día de mi vida! No lo puedo creer, lo esperaba pero no lo puedo creer. Carlos se me declaró. Estaba sudando el pobre. Sacó el último cigarro y luego de cinco intentos por encenderlo, finalmente lo logró. No fue de muy buena educación fumar mientras me pedía ser su novia pero aún así ¡le dije que sí! Casi se desmaya. Me preocupa que entre murmullos mencionara a Carolina. Dijo: gracias Carolina, o algo así. 

C O N T I N U A R A . . .




miércoles, 23 de junio de 2010

De Verónica Pinciotti y Mr. Garrison.

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Algunos tíos conducen autos, motos, trenes, aviones. Yo conducía mis viejos zapatos de cuero. Los conducía por el Centro. Me subí a ellos y los conduje hasta Donceles donde viré a la derecha y el tráfico de zapatos y tennis se me vino encima. Escalé algunas posiciones zigzageando y llegué al lugar. Aquel día, recién habían jugado un par de equipos de soccer. Era la final del campeonato o algo. El sitio estaba lleno de gilipollas gritando cosas al respecto. El ambiente era de festejo aunque había algunos resentidos. Los fanáticos del equipo perdedor, claro. Pero en general, todos eran hermanos. Chocaban las cervezas y cantaban porras. ¡Dios, pensé, porqué a mí! Yo odiaba el soccer con toda mi alma. No tenía pasta suficiente para beber todo lo que usualmente bebo así que me guardé mis pensamientos y me uní a la cosa aquella. Me junté a un grupo de tíos y tías y asentí algunas veces sus observaciones sobre el desarrollo del partido recién jugado y me gané algunos tragos. Superficialmente pude sacar de todo que un tal Toluca ganó a un tal Santos. Pero no estoy seguro, puede que Santos ganase a Toluca, o que no hubiese tal Santos ni tal Toluca. Todo eso me tiene sin cuidado. Yo únicamente deseaba emborracharme lo antes posible. 

 Yo estaba en todo eso cuando un tío me habló. Me dijo: qué onda. Yo no lo reconocía pero él parecía conocerme muy bien. Me hice el desentendido pero insistió. Qué onda, decía. Me alcanzó una cerveza y la tomé. Qué onda, le dije. Comenzó a platicarme cosas del partido. Y a preguntarme. Se lo tuve que decir: odio el soccer, me importa un carajo cómo estuvo el Santos. Se rió y me ofreció un cigarrillo. Era muy amable y yo no sé porqué. Cogí el cigarro y me lo llevé a la boca. Me lo encendió. Era un cigarro delicioso. Como todos los cigarros. Le pregunté quién demonios era y me dijo: una vez le pegamos al trago aquí, ¿no recuerdas? No recordaba, mierda. Me dio muchas señales. Dijo: me contaste que eres escritor y te dije que yo admiro a los escritores. Ya, dije. No recordaba nada. Luego añadió: yo te dije que soy químico y tú dijiste que admiras a los químicos. Ya, dije y pensé que yo había dicho eso por cortesía, los químicos me dan igual. Continuó dándome detalles pero yo no lograba acordarme. Para, le dije, ya lo tengo, ¡tú eres Carlos!, dije apostándole a mi suerte. No, dijo, ¡soy Eric! Ya, dije, ¡casi! Sí, dijo y se rió. Me pasó la cerveza y le di un trago. Estuvimos bebiendo un rato. El lugar estaba repleto. Luego me dijo que vendrían unas amigas. Entonces ya no me separé de Eric. Me mantuve callado hasta que las amigas llegaron. Todo mundo hablaba del condenado partido. En algún momento intenté hablar de Goethe pero no funcionó. Entonces me mantuve callado y bebiendo y fumando. Hasta que las amigas llegaron. Eran cuatro tías y un homosexual. 

 Las cuatro tías y el homosexual formaron un círculo junto conmigo y con Eric. Estuvimos bebiendo pero luego sacaron mota y se pusieron a fumarla. La pasaban de mano a mano y cuando me tocaba el turno yo la pasaba sin fumar. Me ofrecieron fumar pero me negué y continué pasando la marihuana a la que estaba al lado de mí. Entonces Eric dijo: les presento a un amigo. Se refería a mí. Hasta ese momento no me había presentado. Les dije mi nombre y todas me dijeron el suyo y una me preguntó ¿a qué te dedicas? Esa pregunta siempre me dejaba algo mudo y algo incómodo. No sé muy bien a qué me dedico, dije. Todos rieron y me preguntaron más al respecto. Les conté lo de ser escritor. Les platiqué de mis ansias de ser escritor y de mi odio al trabajo. Rieron con la parte de odio trabajar. Marlene, una tía del grupo me dijo yo también escribo. Todas eran estudiantes de Filosofía pero Marlene escribía literatura. Sacó una hoja con algo escrito y me lo mostró. Lo leí mientras todos reían. Siempre estaban riendo. No importaba lo que uno dijera, todos reían. Yo estaba un poco harto. Al menos habían dejado el asunto del partido. Terminé de leerlo e hice un comentario en voz alta. Fue ese comentario lo que nos unió. Ya no recuerdo qué dije exactamente. Le regresé el papel a Marlene y no dijo nada. Pero luego, de alguna manera, nos acercamos y comenzamos a platicar. Platicamos muchísimas cosas. Cosas de Freud, de Camus, de Sartre, del solipsismo, de la literatura, de Jaime Sabines. Pero sobre todo platicamos de erotismo. No abiertamente. Quiero decir que de alguna manera toda esa charla tenía una única finalidad: el erotismo. Ella lo sabía porque las mujeres siempre saben y yo no lo sabía porque yo nunca sé. Estuvimos dándole un buen rato a la plática hasta que una de las tías dijo: nos tenemos que ir. Y se fueron Marlene y todas y el homosexual. Entonces me quedé muy triste escuchando por enésima vez cómo Toluca ganó el campeonato de Soccer. ¿O el Santos?   

2

Mejor me largué a casa de Garrison. Llegué y allí estaba Verónica Pinciotti. Discutían si Isabel Allende era o no algo que valía la pena leer. Garrison Defendía a Isabel, Verónica tenía dudas, y Rey, que también estaba allí, renegaba y decía que Isabel definitivamente no era algo que uno deba leer. Esta discusión es infinita. Siempre que Rey y Garrison se encuentran en el mismo lugar, ocurre. Es ciencia. Poned a Garrison junto a Rey en un mismo espacio a un mismo tiempo, y discutirán sobre Isabel Allende y sobre Pérez-Reverte. Y las posturas serán siempre las mismas: Garrison a favor, Rey en contra. Vero no sabía muy bien a quién apoyar. A mí me daba igual pero prefería apoyar a Rey; Garrison se cabreaba demasiado y yo lo disfrutaba. Estos tíos están locos, pensé, pero al menos no hablan de soccer. 

 La discusión llegó al punto del absurdo y dije, vamos, tíos, saquen el trago. Garrison con el cejo fruncido y rojo de coraje sacó el whisky. Rey, campante (puedo casi asegurar que él sólo disfruta hacer enojar a Garrison), se sirvió un whisky en las rocas. Garrison se sirvió otro whisky en las rocas. Vero se sirvió su respectivo whisky en las rocas. Y yo, le pedí a Vero que me sirviera un condenado whisky en las rocas. ¡Sírvete tú, cabrón! Me gritó desde la mesa. Yo, desde aquí (desde aquí quiere decir desde el sofá de la sala), le grité a Garrison sírveme un trago, tío. Pero no me hizo caso, seguía poniéndose colorado porque Rey dijo que La casa de los espíritus es una copia de Cien años de soledad. Entonces le dije a Rey, anda, tío, ¡tienes toda la puta razón!, sírveme un whisky. Y me lo sirvió. Claro, dijo. 

 Como no tenía ganas de escucharlos discutir por enésima vez sobre aquel asunto, llevé la conversación por otro lado. Le dije a Vero que se acostara conmigo. Pero dijo que no. Entonces Rey dijo, no se acuesta contigo porque sale conmigo. Y sonrió. Vero dijo, ¡claro que no, Rey! Y Garrison no dijo nada. Este es otro de nuestros temas favoritos. Ponedme a mí junto a Verónica Pinciotti en un mismo espacio a un mismo tiempo, e invariablemente le propondré sexo. E invariablemente me rechazará. Somos ciencia pura. Rey juguetea con ella y le dice que un día acabará siendo su novia. Vero le recuerda que está comprometida. Yo jugueteo con ella también y le juro que un día acabará con mi verga metida. Nunca le sé decir exactamente dónde. Pero un día, Verónica Pinciotti, ¡un puñetero día…! Garrison no dijo nada porque es más serio. Además creo que estuvo enamorado de Vero hace mucho tiempo. Nunca supe exactamente. Sólo recuerdo que el día que los presenté este tío casi se surra. Llevé a Verónica a casa de Garrison porque Vero andaba jodiendo con eso de quiero ser escritora pero no conozco a nadie que escriba aparte de ti, y le prometí le presentaría más escritores. Yo tampoco conocía a muchos pero pensé en Garrison. Garrison es un erudito de la literatura. Estudió tres licenciaturas relacionadas a la literatura y habla muchos idiomas y sabe muchas cosas. Cosas de esas que nadie sabe y a nadie importan y sirven para un carajo pero que impresionan. Entonces llevé a Vero a su casa y cuando abrió la puerta y me vio allí parado con ella, se puso blanco y tartamudeando dijo ¡qué onda! Yo no sé si aún lo recuerde, pero así fue. Yo había sacado a Verónica Pinciotti, con todo y su abolengo, con todo y su rimbombante apellido italiano, y con todo y sus maneras de femme fatale, de un bar en Donceles. No de un buen bar. De un bar que ni siquiera es bar. Es una vecindad donde le dejan pasar a uno y beber cerveza. Yo frecuentaba ese lugar y en una de esas me encontré con ella. Iba con un grupo de hippies limpísmos, blancos y tan poco hippies, que hablaban de ser vegetariano. Hablaban pura mierda. Como sea, allí estaba una mujeraza con tremendas peras y tremendo culo. Yo no iba quedarme con los brazos cruzados, así que tomé una silla y me planté a su lado. Le hice la conversación. No recuerdo todos los detalles. Yo ya estaba algo tomado pero el caso es que la tía buenaza amaba la literatura y nos hicimos amigos. Desde aquel día he intentado follarla. Pero es dura. Sin embargo no pierdo la esperanza. Algún día se pondrá ebria. Las mujeres ebrias comenten errores y yo estaré allí. Se pondrá ebria y yo seré ese error. Sí, señor.  

Estuvimos saliendo un tiempo. Le dije a Vero soy escritor y dijo yo también. No lo dijo de inmediato, tardó unas semanas o algo. Creo que le daba pena. Le mostré mis textos y le fascinaron. Me mostró los suyos y lo supe: está tía es un imán. Quiero decir que una vez comenzando a leerla, no puedes parar. No hice gran alboroto porque ya tenía suficientes sumos en la cabeza como para que se le subieran más. Le dije tus textos son buenos. Se desilusionó un poco. No tanto de ella, sino de mí. Ella me tenía por uno de esos eruditos locos que beben y beben y leen y leen. Esperaba una crítica objetiva y extensa. Era egotista. Y yo siempre la dejaba con las ganas. Ella me dejaba con las ganas de un polvo, y yo la dejaba con las ganas de ser adorada. Me decía: ¿me veo bien? Lo decía cuando se ponía una diminuta falda negra y por supuesto, se veía bien, y ella lo sabía, y quería escucharlo de mí o de alguien pero yo sólo le decía, pues sí. Pero lo decía inexpresivamente. Eso la desorientaba. Estaba acostumbrada a escuchar estrepitosos elogios. Era una arpía pero conmigo se controlaba. Yo no sabía bien porqué. Una cosa era clara: no me quería para el sexo. Pero, entonces, ¿para qué me quería? Era divertirdo. Ella nunca lo ha aceptado pero era divertido verla preguntarse por qué no me adula esté cabrón. Como sea, la llevé con Garrison. Otro ególatra. Garrison es un tío que si no sabes de literatura te considera un analfabeta de mierda. Así que pensé que se llevarían bien. Y lo hicieron. Pero ese primer día fue terrible para Garrison. Nos pasó a su casa y temblaba. Ligeramente y sólo en momentos como extender un vaso a Verónica, o al contestar una pregunta directa de ella. Preguntas como ¿qué escribes? Garrison normalmente te echa un rollo sobre eso y sobre todo pero ante Vero se quedaba un poco mudo. Le impresionaba su belleza. Yo pienso que no es para tanto, sólo son un par de tetas más grandes de lo normal. Si lo miras de cerca puede llegar a ser repulsivo. Las tetas son cúmulos de grasa. O sea que Vero tiene más grasa de lo normal acumulada en las tetazas. Pero, claro que uno generalmente no anda pensando en eso. Además Garrison es apasionado y miraba a Verónica como una musa inspiradora de poemas italianos. Al segundo whisky se lo dije. Le dije: Garrison, ¿te pasa algo, tío? Verónica estaba contenta. Desatar emociones como las que detonaba en Garrison le producía placer. No, nada, dijo, es que… es que… Ya, tío, suéltalo, dije. Es que creo que ya te conozco, le dijo a Verónica. ¿Cómo?, dijo ella. Garrison explicó entre tartamudeos y gemidos que alguna vez tomaron una clase juntos en la universidad. Entonces Verónica juró no recordar nada al respecto. Pero Garrison se aferró a que era verdad y le dijo un par de cosas. Le dijo, tú solías llevar tal ropa o hacer tal cosa. Y luego hiciste esto o aquello. Y así. O sea que Garrison llevaba metido en la memoria un montón de cosas sobre ella, y ella, ni le recordaba. Garrison sabía hasta el color de sus botas el día tal a la hora tal del mes tal. Estuvimos hablando de literatura aunque en general todo salió mal. Garrison no se lució como suele hacerlo y yo me aburrí mortalmente. Dejamos eso de la tertulia para otro día. 

 A solas, en otra ocasión, Garrison me dijo que la tía que había llevado a su casa era la tía de la cual me contó algún otro día que estaba enamorado. Me lo dijo nerviosísimo. Como si fuera un secreto de la NASA. ¿Y?, dije yo. ¡Pues que no mames!, dijo, y se tranquilizó. No sabes cuánto tiempo estuve enamorado de ella y jamás me atreví a hablarle, dijo. Garrison era un mamón y un sabelotodo pero también era tímido de vez en cuando. Sobre todo con mujeres como Vero. Era del tipo que envía poemas anónimos. O del tipo que compra peluches para las mujeres. Del tipo que se esclaviza. No podía creer que yo, un tío por el que mucha gente no daría un peso, sea uno de los mejores amigos de aquella musa. Está buena pero no es para tanto, dije yo. Garrison movía la cabeza y decía, no lo puedo creer, no lo puedo creer. Después se acostumbró. Llevé a Vero muchas veces más a casa de Garrison e incluso llegó a ir ella sin mí. Se hicieron amigos. Garrison dejó de traumarse. Creo que se resignó. Sabía que Vero no era una mujer para ninguno de los dos y que de todos modos, estaba comprometida. Sabíamos que es una zorra, pero una zorra interesada. No teníamos plata así que estábamos fuera del alcance de las garras de aquella mujer. Así se lo dije a Garrison para darle ánimos. Da gracias a Dios que no eres presa para esa bruja, le dije. De todos modos yo insistía en hacerlo con ella. Se lo proponía en todo momento pero no pasaba de un no. Me lo dijo desde la primera vez en el bar de Donceles. Pero soy terco. 

 Verónica, Garrison y yo nos hicimos amigos a pesar de ser tan distintos. Lo que nos unió fue la pasión por la literatura. Aunque incluso en eso buscábamos cosas diferentes. Garrison quería ser un premio Alfaguara. Verónica una premio Nobel. Decía no merecer menos. Y yo sólo quería pasar un buen rato escribiendo. Nos reuníamos generalmente en casa de Garrison, en el Café la Selva del Centro de Tlalpan, o en el Sanborns de Copilco. Yo prefería la casa de Garrison porque allí podíamos pegarle al trago. También en el café y en Sanborns pero no era igual. Platicábamos interminablemente de lo mismo: literatura, literatura, literatura. Éramos unos condenados enajenados sin otra cosa qué hacer. Yo no hacía nada. Vero no hacía nada, y en ese tiempo, Garrison tampoco hacía nada. Quiero decir que no asistíamos a la universidad, ni trabajábamos, ni nada. Verónica tenía plata de sobra para mantenernos a los tres. Claro que no lo hacía. Yo se lo propuse muchas veces pero siempre dijo: estás pendejo. Lo que sí, es que las más de las veces ella corría con la cuenta. Con la mía. Con la de Garrison no porque él era menos cínico para esas cosas. Garrison recién terminaba la universidad, por tercera vez, y su abuelo le corría algo de pasta. No tenía necesidades. Tenía una casa, algo de pasta, y la literatura. Yo, por mi parte, me las arreglaba bastante bien para darme largos ratos de ocio. Visitábamos museos, ferias del libro, conferencias literarias, conciertos de música clásica. Éramos como los tres chiflados. O como los tres mosqueteros. Luego se unió Rey y éramos como los cuatro chiflados o los cuatro mosqueteros. Y también estaba Abdul, pero Abdul era algo sectario y no solía acompañarnos muy a menudo. Abdul es de esos tíos que sólo sale contigo pero no con tus amigos. Yo le invertía mucho tiempo; nos íbamos a C.U. o cosas pero cuando se trataba de salir con Garrison, no aceptaba. No se caían. Los dos se creían la salvación literaria del siglo XXI. Entonces Garrison, Vero, a veces Rey, y yo, nos lo pasábamos en grande. Con la plata de Vero rentábamos un cuarto de hotel y nos metíamos a beber whisky. Y a platicar. Yo no me despegaba de Vero por si a caso tenía necesidad de sexo. Pero nunca la tuvo. No conmigo, al menos. Era como estar en casa de Garrison pero en una habitación de hotel. Era estúpido. Pero era divertido. Hacíamos el indio y nos poníamos a recitar poemas de Vallejo, de Calderón de la Barca, de Auden, de Rimbaud, de Blake, etc. Verónica se las daba de Cleopatra o de Isabel la católica y yo de Marco Antonio o Cristóbal Colón. A veces hacía de Don Alonso Quijano y le pedía fuera mi Dulcinea pero no le gustaba hacer papeles tan bajos. Yo jamás sería del Toboso, decía. Pero puedo hacer de Palas Atenea. Garrison, otro alzado, hacía de Zeus o de Poseidón, y Rey gustaba de jugar a ser Truman Capote. Teníamos imaginación de sobra. Algunas veces Garrison nos leía algún cuento suyo y eran realmente buenos. Preferíamos que Vero no leyera nada de su trabajo porque nos ponía calientes ¿y luego qué hacíamos? Al respecto, yo, a veces metía algunas amigas que hacen la calle. De todos modos Garrison nunca quería follarlas porque le daba asco, y Rey sí quería y yo también. Verónica se encerraba en el baño o se ponía en una esquina a fumar y decir: ¡qué asco! Junto con Garrison que también decía qué asco pero más por simpatizar a Vero que por otra cosa. Luego las largaba, a las putas, y volvíamos a jugar o a platicar de Goethe. Éramos repetitivos y rutinarios en conjunto. Cada quién por su lado tenía vidas tan distintas.      

3

Bebimos nuestro whisky y dejaron de discutir el tema Isabel Allende. Rey propuso jugar Maratón. Garrison sacó el Maratón y nos pusimos a jugar. Rey, Garrison y yo, somos apasionados del Maratón. Nos duele perder. Nos duele no saber una respuesta. Verónica en cambio, no le daba mucha importancia. Si acertaba bien, si no, no pasa nada, decía.  Rey y yo hacíamos duelos de Maratón. Dejábamos el tablero a un lado y solamente con las tarjetas nos preguntábamos en ronda. Jugábamos tres rondas para evitar empates. Generalmente ganaba yo. Garrison era muy bueno también. Generalmente ganaba él. O sea: primero Garrison, luego yo y luego Rey. Aunque en ocasiones quedaba primero yo o primero Rey y eso frustraba a Garrison sobremanera. Verónica se quitaba los zapatos y los aventaba por ahí y subía los pies a la mesa. Garrison era cuidadoso con sus cosas y siempre andaba cagando a Rey o a mí por todo pero a ella le dejaba subir los pies a la mesa. Yo me quedaba viéndole los pies porque soy un fetichista de los pies. Creo que la mayoría de los hombres lo somos. Garrison también lo es. Y Rey también lo es. Así que Verónica nos embrujaba con aquello y lo sabía. A veces me pasaba los pies por la cara y yo le agarraba las piernas y la jalaba hacía mí pero me detenía y me dejaba caliente. Lo disfrutaba. Yo le decía, ya, Vero, no te cuesta nada dejarme hacértelo. Pero decía que no, no, no. Primero muerta, decía. Y yo decía, no me tientes que te mato. Rey aludía a la belleza de Verónica de una manera peculiar. Le hablaba en español antiguo y lo hacía a lo amor cortés. Garrison la trataba normal. Verónica nos contaba de sus aventuras sexuales con ricachones hijos de papi y Garrison se moría de celos. A mí me daba igual. No me importaba si lo hacía con medio mundo, el caso era que yo quería que lo hiciera conmigo. Eso era una batalla perdida. Garrison lo entendió bien. Así lo veía él, como una batalla perdida. Ya no luchaba. Era del tipo que piensa: es mejor tenerla de amiga que no tenerla de nada. Yo decía es mejor intentar cogerla que no intentar nada. Si se va, mejor, es una arpía, tío, con nosotros se comporta pero ¡es una vil arpía del báratro! ¡Verónica es una puta arpía sin corazón ni alma!

Quizá exagero. Es una buena amiga. 



   
Martin Petrozza.

domingo, 20 de junio de 2010

De la literatura y Martin Petrozza

AudioTexto.



Mi relación con la literatura, formalmente, comenzó a mis veintidós años y fue de la mano con la conquista abierta de mi sexualidad, y mi gusto por los treintañeros bohemios. Desde los catorce años leí a los clásicos y a Nietzsche, que influyó bastante en mí. A Nietzsche debo gran parte de mi ateísmo (si es que Nietzsche habla de ateísmo), y gran parte de mi filosofía de vida. Desde los catorce años, y desde el Sr. Anderson, se metió en mí la semilla de la literatura, gestándose para florecer a los veintidós. A esa edad conocí al autor al cual debo mi escritura. Hablo de Henry Miller. Miller está en cada palabra mía. Me sedujo a cada línea. Los clásicos despertaron mi pasión por la lectura pero Miller detonó mi pasión por escribir. Recuerdo una frase que dice que un buen escritor es aquel que te incita a escribir. Miller, para mí, era el mejor de los escritores. Me sorprendió bastante que un hombre pensara yo no nací para esta vida. Me impactó que se auto-biografiara de aquella manera tan dura y  tan honesta.  Cuando terminaba de leerle me decía a mí misma: quiero escribir mi vida sin tapujos.  

 Otros autores me influyeron, por ejemplo, Roberto bolaño. No lo hizo precisamente con sus libros, sino con sus frases. En alguna entrevista mencionó que le interesaba, más que los buenos escritores de renombre, las personas que tienen algo que contar. Aunque en las cartas a su hijo Lautaro le aconseja: lee a los clásicos. Me identifiqué con todo eso y me decidí. Comencé a relatar trozos de mi vida. Como toda principiante (no digo que ya no lo sea), escribía subjetivamente. Para mí. O sea que mis textos eran más o menos así: Ayer conocí un hombre simpático y sentí ganas de hacerle el amor. A veces me siento sola. Le di mi número telefónico y espero me llame. Pero no sé, quizá no sea lo mejor. ¿Me explico? Luego me adentré al “género” Miller y conocí a Pedro Juan Gutiérrez, un cubano que escribe terriblemente sucio. Cosas como: me metió el dedo al ano. O: te voy a poner a chuparme el ano paqué vea lo ques sexo. Leí una entrevista a Pedro Juan donde explica que un texto autobiográfico puede tardar, y debe tardar, bastante en salir a la luz. Años incluso. Lo entendí. Hablaba de OBJETIVIDAD. No puedes ponerte a relatar algo que te sucedió recién porque pierdes el objeto. Estás sumergida en las emociones del momento, y se nota. 

 Entonces leí Freud. Aprendí del psicoanálisis a auto-explorarme. Y lo combiné. Por eso escribir es terapia. Se exorciza. Hay cosas que escribo de las cuales no me enorgullezco. De mi madre, por ejemplo. Me duele. Sin embargo, es terapia y obra creativa. Escribir tu vida es peligroso. Te topas con desastres que quisieras no haber vivido. Pero ahí están, son parte de ti, y eso los vuelve crueles y fuertes. He recibido críticas e insultos por decir soy una zorra interesada. Al respecto debo decir: soy una zorra interesada, ¿y? No soy la primera, ni la única, ni la última. Y también debo decir: Mi literatura no tiene pretensiones morales, ni éticas. Es una fotografía. Y como tal, puede gustar o no. Donde termina mi locura, comienza la tuya. Como dijo Blanchot: No he dicho nada extraordinario ni tampoco sorprendente. Lo extraordinario comienza en el momento que yo dejo de escribir. 

 Escribir es como ya dije, una terapia. Comencé a hacerlo hace dos años y me divierte tanto y me apasiona tanto, como hacer el amor. Es mi segundo orgasmo. Un orgasmo metafísico. Quiero decir que primero te corres viviendo la vida, y luego te corres escribiendo la vida. 

2

Conocí a Martin Petrozza en un bar de Donceles, en el Centro de la ciudad. Debo confesar, yo no frecuento ese lugar pero aquella ocasión iba con Henry; un hippie treintañero con el que salí un par de meses. Crecí en un ambiente de pretensiones económicas y de máscaras. Henry me atrajo con su estilo de vida desinteresado y despreocupado del qué dirán. Vestía jeans, sandalias, y chaquetas de ixtle. En mi casa no era bien recibido. Yo le veía ocultamente. Henry tenía metido en la cabeza el rollo tántrico y así lo hacíamos. Me cansaba un poco porque era todo un ritual eso de hacer el amor y en ocasiones sólo nos tocábamos con los ojos vendados porque así va eso del tantra, decía Henry. Ponía un montón de velas, incienso y música japonesa y yo le decía, ya Henry, métemela. Pero Henry se tomaba muy enserio eso del rollo oriental. Decía que haría el amor a mi alma. ¡Puff!, decía yo, pero si yo no tengo alma, y reía. Pero Henry era terco. El caso es que aquel día me llevó a ese bar. Nos veríamos con otros hippies, beberíamos un par de cervezas, e iríamos a hacer el tantra grupal a casa de Henry. 

 Sobra explicar cómo era el sitio. Era un lugar donde se reunían hippies, punks, metaleros, rastafaris, bohemios. Dentro los últimos estaba Petrozza. Yo no lo había visto a él, pero él, sí que me había visto a mí.  Llegamos y nos sentamos en sillas plásticas. Hicimos un círculo, Henry, los amigos de Henry, y yo. Eran dos chicas hippie blanquísimas y de aspecto alemán y un chico de apariencia gringa. Ojos azules, rubio, delgado, alto, y muy flaco. Una de las chicas encendió un porro y lo roló por el círculo. Yo fumé poco. No había fumado antes y pensé que vería visiones o algo pero no. Se me durmieron los brazos y eso fue todo. No le encontré mayor sentido y rechacé el siguiente porro y el siguiente. Fumaban bastante. Incluso Henry dijo ya guarden pal ratón. La conversación giraba en torno a ser vegetariano. Todos estaban a favor. Yo no estaba ni a favor ni en contra. Me limitaba a asentir con la cabeza cada que alguien decía no es justo matar animales. Lo repetían a menudo. Fue justo allí cuando entró Petrozza. Apareció de la nada. Creo que estaba escuchándonos a distancia. Luego me confesó que estaba viéndome a distancia, y le fue inevitable escuchar. Interrumpió diciendo: ¡eso es una mamada, tío! Los animales están a disposición del hombre, un ser superior. La biblia lo menciona, dijo, y remató: “El hombre gobernará por sobre todas las demás especies”, dijo Dios. Todos lo miraron hostilmente. A él no le importó. Llevaba en la mano una botella de cerveza y tenía los ojos rojos. Andaba despeinado, desfajado y con las agujetas sueltas. Luego añadió: pero puede que tengan razón, de todos modos Dios no existe. Yo reí a carcajadas. Henry se ofendió porque él creía en un poder supremo de la naturaleza al que llamaba Mi Dios. Petrozza tomó una silla, la colocó a lado mío y se sentó. No pidió permiso, tomó la silla, la colocó a mi lado y se sentó. PUNTO. Estaba lleno de pasión. Habló de Dios, de la biblia, de Nietzsche, de la literatura, de Spencer, ¡de H. Miller!  Luego hablo de ser hippie. Dijo: ser hippie es parte del sistema. El sistema crea categorías y ustedes son la categoría hippie; el sistema lo tiene todo calculado, a los comunistas, a los socialistas, los bolcheviques y a los hippies. La única manera de luchar contra el sistema es estar dentro del sistema.  Y daba tragaos a la cerveza y continuaba: Además los hippies murieron en los setenta, no sean arcaicos. Y bebía. Ustedes creen que no les importa lo que piensen de ustedes pero son hipócritas, claro que les importa, por eso visten como visten y hacen lo que hacen. Disfrutan las miradas sobre ustedes. Les encanta ser observados por la gente, a la que consideran imbécil o parte del sistema contra el que luchan. Eso, tíos, es el sistema. Ustedes en este mismo instante ya desarrollaron una bola de prejuicios sobre mí: es un borracho, está loco, él qué sabe, etc. ¡Y se creen libres! Y bebía. Hasta que el flaco dijo puede que tenga razón. Lo dijo muy a su pesar y Henry le echó una mirada pesada. Yo reía mucho. Era genial ver cómo este desconocido venía y les decía unas cuantas verdades en la cara. Entonces Henry comenzó a hablar. A defender los ideales hippie. Petrozza, al contrario de Henry que le escuchó atentamente para contradecirle después, le ignoró totalmente. Le dejó hablar y hablar y dijo acercándose a mí: tienes unos ojos preciosos, ¿cómo te llamas? Me lo dijo quedo mientras encendía un cigarrillo. Le dije. Me cayó simpático. Luego me preguntó a qué me dedicaba y le dije a nada. Estalló en risa. Henry se molestó, finalmente supo que estaba hablando solo. Ni sus amigos le ponían atención, se lo pasaban mejor fumando un porro. Henry se calló. Le pregunté a Petrozza a qué te dedicas y dijo soy escritor. Pregunté por algún libro suyo y tosió. Le pedí me hablara de su literatura. Los demás comenzaron a platicar entre sí. Me contó de sus textos autobiográficos. Eso me llamó la atención. Yo no mencioné nada sobre lo mío porque Petrozza realmente hablaba con desesperación y pasión y temía no tener la misma valentía para hacer lo mismo. Petrozza se emocionaba verdaderamente al hablar de Goethe o de Schopenhauer. Y le entristecía realmente la poesía del siglo XXI. Un comentario podía enloquecerlo. Le dije: ¿conoces a Kandinsky? Y enloqueció. Me echó una perorata sobre el arte abstracto. Lo detestaba. Llegó a parecerme que estaba loco o demasiado tomado. Preferí reservar mis comentarios. Hablamos cerca de dos horas sobre todo eso. Y luego me dijo: eres una mujer hermosa, me gustaría hacerlo contigo. Lo dijo ecuánimemente, como pensando sí se da bien, si no, ni modo. Por mi parte me agradó que fuese tan directo aunque debo confesar, no era el tipo de hombre con quién yo me acostaría. Le pregunté por su situación económica, que era deducible a simple vista, y me lo confirmo. Soy pobre, dijo. No le incomodaba ser pobre, lo decía abiertamente y hasta le procuraba cierto orgullo. Esa impresión me dio. Al respecto de hacer el amor fui tan franca y tan directa como él lo fue conmigo. No, dije, ni lo sueñes. No se desanimó, me dijo: todas dicen eso al principio… pero después. Reí y dije, yo no. Un no es un no. Como quieras, dijo y se levantó. Se fue. Pensé que no volvería pero regresó. Regresó con una nueva botella de cerveza. No bebía botellas pequeñas, sino de esas botellas grandes, familiares o algo. ¿Quieres?, me ofreció. Di un trago pero después negué los siguientes ofrecimientos. Comenzó a hacerme el típico interrogatorio. ¿Dónde vives?, ¿qué edad tienes?, ¿Qué te gusta hacer? Henry y los demás querían decirle algo. No se atrevían. Algo como: ya vete, o: ya nos vamos. Yo disfrutaba verlos sufrir por no poder enfrentarlo. Sabían que eso no serviría. Sabían que Petrozza les contestaría y a fin de cuentas, se quedarían un poco más. Y tendrían que soportarlo. Sobre todo Henry. De todos modos Petrozza no los atendía. Se concentraba en preguntarme cosas y mirarme los senos. Y digo se concentraba porque entrecerraba los ojos. Creo que la cerveza se le subió a la cabeza. Cada vez era más divertido. No dejaba de mirarme los senos y entonces lo soltó: ¡tienes unas tetas tremendas! Gracias, dije, lo sé. La cosa continuó sobre la misma línea un tiempo más. El ambiente se estaba poniendo tenso. Cuando Petrozza aludió a mi cuerpo, una de las hippies exclamo ¡Oh! Henry me dijo ¿y bueno? Se refería a ¿Nos vamos? Le contesté que sí y todos los hippies saltaron al unísono y nos fuimos. Antes de irme me despedí de Petrozza. Le dije, adiós. Y él dijo: ten. Y me dio un papel con su número. Añadió: llámame. Henry y los demás intentaron despedirse de Petrozza, por cortesía, para que viera que no les afectó tanto su discurso. Pero no pudieron. Petrozza ni los miró y cuando vimos ya estaba en la otra esquina del bar hablando con dos chicas de aspecto punk. Era un cabrón. 

3

La siguiente semana encontré el papel en mi bolso. Lo estaba limpiando y salió el papel con el número. Sentí ganas de llamar. Petrozza había dejado algo en mí. Me atrajeron sus maneras cínicas, directas, desinteresadas. Se me antojaba un hombre sincero consigo mismo. Un hombre que sabía perfectamente que no era el más guapo del mundo, ni el más rico ni el mejor, y le importaba poco serlo. Recordé cómo enfrentó a Henry y a los amigos de Henry. Poseía una seguridad basada en un: no me importa lo que pienses. De verdad a él no le importaba lo que un grupo de hippies pensara. Quiero decir, se plantó allí con su silla con el único objetivo de ligarme y no le importó lo que pensara Henry y los demás, o si a ellos les molestaría o les importaría. Petrozza es interesante por el misterio que lo rodeaba. Te deja pensando. Te deja preguntándote cómo vive un hombre así. Cómo piensa. Cómo actúa. Te preguntas de dónde sale alguien como él. Dejé pasar unos días hasta que la curiosidad me ganó. No quería acostarme con él, simplemente me ganó la curiosidad por develar el misterio. Le llamé. No contestó. Los días que dejé pasar fueron mi resistencia. Una resistencia nacida del orgullo. Yo no llamo, ME LLAMAN. Si quieren. Si quieres. Tal como Petrozza me había dicho. No lo dijo, pero se entendía. Inmediatamente después de mí ya estaba con dos chicas más. Yo no era el centro de atención de Petrozza ni se moría por estar conmigo, sólo quería follarme como follaría a esas chicas o a quien sea. Eso me jodía el orgullo. ¿Cómo podía pasar de mí tan fácil? Lo normal era que se traumase, que se desviviera por invitarme a salir. Que pagara por conseguir mi número. Pero ni siquiera me pidió el número.  Me dio el suyo y expresó llámame, ¡si quieres! Y quise. Le llamé un par de veces más pero no contestó. ¡Cabrón de mierda!

 Al día siguiente la vida pasó como naturalmente pasa, y me olvidé del asunto. Llamó Henry y preguntó si saldríamos a algún sitio. Para ese entonces ya me estaba cansando de la mota y de la campaña anti-carne, así que dije no, otro día. Sabiendo que ese día jamás llegaría. Henry dejó de interesarme. Pensé en todo lo que dijo Petrozza al respecto de los hippies. Era verdad. Dejó de atraerme ese mundo de amor y paz. En el fondo Henry era tan normal y tan parecido a todos, tratando de ser tan distinto. Tratando de luchar en contra de un sistema que no comprendía, que no puede comprender, porque lo repudia. Y como dijo Petrozza, para luchar contra el sistema, hay que estar en el sistema. Y volví a pensar en él. Pensé en eso de sus textos autobiográficos. Yo había escrito algunas cosas pero no se lo dije y sentí ganas de mostrárselos, y sobre todo, de leer los suyos. Marqué de nuevo tres veces y nada. El cabrón no contestaba. Lo imaginaba follando con las chicas del bar. O ebrio. O dormido. O… sólo eso. No podía imaginarlo de otro modo. Insistí hasta que escuché, ¿ajá?, ¿quién es? Verónica, dije. ¿Quién?, contestó. NO ME RECORDABA. Lo maldije en silencio y le recordé nuestro encuentro. Ya, dijo, la tía de las tetazas. ¡Dios!, dije, pues sí, ella misma. 

 Nos citamos en el centro de Tlalpan. A mí me quedaba cerca, y a él más cerca. Era un comodino y un patán. Llegué puntual a la cita. Me metí al café La Selva donde me dijo estaría esperando por mí. Y esperé. No estaba. Le marqué para apresurarlo. No contestó. Lo maldije enserio. Me estaba rebajando demasiado. Me pedí un cappuccino. Finalmente llegó. Iba despeinado, desfajado, y con los ojos rojos. Como la primera vez. Me sorprendió que no se arreglara para verme. Dijo: lo siento, estaba en el bar de al lado. Y se sentó a la mesa. Yo estaba fastidiada y estaba a punto de irme y dejarlo para siempre. Pero sacó un cuaderno y me lo aventó. Literalmente lo aventó. Eran sus textos. Me calmé un poco y hojeé la libreta. Mientras lo hacía me miraba los senos. Llegué a pensar que era un pervertido. Quiero decir, no un chico calentorro sino un verdadero pervertido. Y se lo dije. Le dije: ¿Eres un pervertido o qué? No se molestó. Bostezó y dijo: claro, lo soy. ¿No lo habías notado? Me dio algo de miedo pero no dije nada. Leí la libreta. Estaba acostumbrada a que me vieran los senos pero él lo hacía distinto, como imaginando mil cosas. Cosas sucias. Tenía ganas de irme pero no lo hice. Leí y leí. A cada línea me sentía más incómoda. Sus textos hablaban de borracheras, de sexo sucio, de pensamientos retorcidos. Dejé el cuaderno en la mesa y le dije qué mierda. Me refería a ¡qué mierda esto es genial! No lo entendió así. Hizo una mueca y dijo, bueno, esa mierda es mi vida. Y rió melancólicamente. No, no, no, es fantástico, corregí. Gracias, dijo. Le pregunté si iba a ordenar algo y dijo no, vacié mis bolsillos en el bar de al lado. Le pedí un americano y algo de comer. No me lo agradeció, lo tomó naturalmente. Este Petrozza es realmente otro tipo de hombre, pensé, es auténtico. No quiero sonar aduladora, pero eso pensé. 

 Con auténtico quiero decir que Petrozza decía no me importa nada en la vida, y realmente no le importaba nada en la vida. Decía todo me parece absurdo, sin sentido. Y en verdad todo le parecía absurdo y sin sentido. Era  capaz de encontrar el absurdo y el sinsentido en todas mis pasiones. Cambió mi forma de ver la vida. No temía decir la verdad por dura que fuese. Me decía: no eres una zorra, eres una mujer con miedo. Y en el fondo tenía razón. Siempre te dejaba pensando en el fondo tiene razón. Y no era tan en el fondo; eso del fondo te lo inventas tú para no decir que simplemente tiene razón. Me gustaba convivir con él aunque nunca tuviera plata y yo corriera con los gastos. Sus gastos. No es que me pesaran los gastos sino que estaba acostumbrada a hombres que corren con los gastos. Altísimos gastos. Para impresionarme. Petrozza no quería impresionarme. De hecho, no volvió a lanzárseme o a decirme quiero follar contigo. Miento. Esto último lo hizo y lo hace constantemente. Pero ya es un juego. En el fondo, como todo, no le importa demasiado. Si me cogiera, lo haría como a cualquier otra. No se desviviría por darme su mejor polvo. 

 Continuamos saliendo un tiempo más en el que yo mantuve mis textos y mi papel de escritora, oculto. Me daba algo de pena. Me sorprendía cómo Petrozza creía en sí mismo y en su literatura. Lo que hacía no era nuevo pero a él no le importaba. Eso me daba ánimos para seguir. Si él puede, yo también, me decía. Le contaba mis aventuras sexuales, y le conté de mi pasado. De los mayores. Del Sr. Anderson, y de Scott, y del Sr. Pinciotti. No le importaba. Yo hablaba y hablaba y hablaba, y él me escuchaba, me escuchaba, me escuchaba, con la vista en cada culo que veía pasar. Yo pensé que me ignoraba pero al final, sencillamente lanzaba un comentario certero y frío. Es decir, soltaba la verdad detrás de todas mis palabras. Eso me gustaba bastante. Era como ir al psicólogo. A un psicólogo loco. Un día finalmente le mostré un texto mío. Lo leyó despacio. Fumando. Muy despacio. Terminó de leer, me lo regresó, dio una bocanada y dijo: es bueno. Sólo eso. Yo esperaba una crítica más extensa. Sólo dijo es bueno. Y luego añadió: vamos por un trago. Guardé mi texto impreso a 12 puntos, Times New roman, y fuimos por un trago. Petrozza me encolerizaba y me agradaba al mismo tiempo. Si es que eso es posible. Sentía ganas de decirle un par de verdades, como: eres un jodido narcisista. Pero no tenía caso. No le importaría. Ese era el punto.  No podía ponerme a criticarlo o a decirle verdades como él a mí, porque no le importaba nada. Alguien podía gritarle en la calle ¡quítate cabrón!, o ¡vete de aquí!, o ¡báñate!, y simplemente, no le importaba. Una mujer podía rechazarlo despiadadamente, y no le importaba. Era como si viviera únicamente en su mundo, únicamente para él. Un completo egoísta. Un verdadero egoísta. Jamás le conocí un solo amigo. Siempre que lo veía andaba solo. Conocía mucha gente, por ejemplo, mendigos de la Glorieta de Insurgentes. Los saludaba de mano y de abrazo. Luego me los presentaba, y yo, claro, no los saludaba. Ni a él ni a ellos importaba. Se despedían y nosotros continuábamos el camino. Nos gustaba ir a los bares de la Glorieta. Pero no a buenos bares, Petrozza siempre andaba en un mundo distinto. A bares donde todo transcurre diferente. Donde nadie tiene dinero pero de alguna manera todos acaban hasta el culo de borrachos. Es el arte de vivir sin plata, me decía Petrozza. Todo está al alcance de la mano. Como el Edén. Como tomar manzanas de un manzano, decía. Yo no lo entendía muy bien, para mí si no tienes dinero no eres nadie y la vida es un infierno. Y Petrozza sabía moverse muy bien por ese infierno. No le pesaba, no se quejaba de sus carencias materiales. Si quería una cerveza, conseguía una cerveza, no importa si no tenía un sólo peso, o si tenía que caminar kilómetros para hallarla. Si quería un libro, lo robaba. Decía que robar libros no es robar. El conocimiento es de todos. No recuerdo exactamente cómo lo dijo, pero me convenció y llegué a ser su cómplice. Yo entretenía a los vendedores y él se embolsaba a Victor Hugo. Los miserables. Si quería una mujer, conseguía una mujer. Una prostituta. Las convencía para conseguir sexo gratis o por muy poco dinero. O una mujer de la calle. O de algún bar. Sabía procurarse lo suyo sin trabajar. Al principio me molestaba todo eso pero comprendí que vivir así, es de genios. Requiere una habilidad especial. En cierta forma era un genio. Vivir como yo, con el dinero del Sr. Pinciotti, es cosa fácil. Me preguntaba qué haría yo si perdiera todo: casa, padre, dinero. Seguramente no duraría un día en la calle. Petrozza en cambio era un verdadero existencialista. Si le agarraba la noche lejos de casa, dormía en una banca, en un cajero automático, en una barda, en el pasto. Me lo contaba y yo no lo podía creer. Hasta que lo vi. Cuando íbamos al Centro yo llevaba mi auto, lo estacionaba en la Country Club, y terminábamos el recorrido en metro. Una ocasión se puso borrachísimo y de regreso no podía caminar. Yo no lo podía cargar y el auto estaba lejos. Caminó como pudo hasta el cajero automático y se metió. Se tiró allí en la cabina y dijo déjame aquí. Le dije, no, pidamos un taxi. Pero insistió pues quería regresar al día siguiente al mismo lugar. A beber más. Y era más práctico quedarse allí, cerca, pues ya amanecía en un cuarto de hora.  Lo dejé allí. 

 Con todo lo anterior ya se nota el contraste entre él y yo. Ese mismo contraste es el que nos une. Yo exploro su mundo y él explora el mío. Aunque cierto, a él, mi mundo le importa poco. 

Continué escribiendo y mostrándole textos a Petrozza, y viceversa. Nuestros textos tienen mucho en común, y mucho de diferentes. Son como fotografías de polos opuestos de la misma cosa: la vida. Discutíamos todo eso en acaloradas charlas. Discutíamos que es literatura y qué no. Fue entonces cuando Petrozza, contrario a lo que yo pensaba, me dijo: te voy a presentar a un amigo. Yol e había escuchado hablar de un tal Garrison pero llegué a creer que era imaginario. Hablaba de él con pasión. Como suele hablar de todo. Pero jamás me decía lo que normalmente se dice de alguien. Nunca mencionaba la edad, o dónde vive, o cómo le conoció o la última vez que lo visitó. Simplemente decía cosas como: Garrison ama a ese escritor. Se refería a Perez-Reverte. Lo dijo cuando me quedé viendo un libro de El capitán Alatriste en el aparador de un Sanborns. Como sea acepté y me llevó a casa del susodicho. En el camino me advirtió, Garrison es un maestro de la literatura. Estudió tres carreras en no sé qué mierda de literatura hispánica, italiana y algo, dijo. Le pregunté dónde estudió todo eso y contestó en la UNAM y en un colegió particular. Petrozza no sabía muy bien en cual pero a base de preguntas deduje que Garrison había estudiado donde yo. Eso me sorprendió Bastante porque no pensé que Petrozza, a parte de mí, conociera gente decente. Garrison vivía cerca de donde Petrozza, aunque como ya dije, Petrozza vivía en prácticamente toda la ciudad. La ciudad era su casa. Yo estaba intrigada con quién sería ese misterioso hombre de letras que estudió en el colegio que yo. Se llama Garrison, dijo Petrozza. Sí, ya sé, le dije, me lo has dicho mil veces





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