sábado, 29 de mayo de 2010

La Puerta Negra

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Este texto fue publicado en la revista: CocainaZine

Comencé a frecuentar La Puerta Negra al inicio de mi relación con una mujer salida de un seminario. Era cuatro años mayor que yo, de buena teta y buena nalga. En ese tiempo yo todavía asistía a seminarios y cosas sociales. Veníamos a las diez de la mañana, saliendo del seminario, y salíamos a las diez de la noche, tomados, sabrosos y contentos de nuestra bigámica relación. Lo de la bigamia es una exageración literaria, ella vivía con un hombre y yo tenía una noviecita de diecisiete años (siete años menor a mí), pero ni ella ni yo estábamos casados. Por esos tiempos no pensaba en el matrimonio. Ella sí lo pensaba pero su hombre era un pobre diablo y le faltaban huevos para tomar la decisión. Yo también era un pobre diablo, aunque a diferencia, sabía camuflarme de cualquiercosa, escritor, artista; y contagiaba a esta mujer de una energía perdida hace tiempo en su relación. Es decir, siendo un pobre diablo, ella no lo creía, ni yo tampoco. Y eso es lo importante.

     La Puerta Negra era un barecillo clandestino; una casa propiamente dicha convertida en bar de mala muerte, donde en las mañanas puede encontrarse más de un borracho tirado al suelo, ebrio, dormido, feliz. Yo no sé si estos borrachos eran felices pero creo que sí porque la felicidad está en la muerte, y el sueño etílico es lo más parecido a este paraíso necrótico. La idea del suicidio me persigue desde los dieciséis. Para bien o para mal, soy un cobarde; y mis muertes, mis muchas muertes, han sido metafóricas, oníricas, etílicas. Una manera de suicidio es mi forma de beber que me mata cada vez y poco a poco, hasta la definitiva vez. Así sucede que frecuento este bar y a esta mujer. Y así ha sucedido con otros bares, otras mujeres. El solipsismo me crea escenarios semejantes, mujeres semejantes. Me siento presa del mundo mío, que he forjado a base de años y mierda psicológica. Lo de la psicología lo controlo bien; ya lo dije, soy un pobre diablo que no lo es a ratos. Un día me levanto, bendito sea el Señor, siendo mendigo; otro siendo escritor; o me voy a cama siendo promiscuo y despierto (espero deje de suceder pronto) siendo un apasionado amante o usurero de pocos centavos. Al final todo es lo mismo.

     Mientras tanto, esta mujer, este bar y esta vida. Bebemos ocho a doce litros de cerveza oscura y nos largamos corriendo a follar como desesperado a un motelucho fuera del metro Hidalgo. Por ciento treinta pavos nos dan un cuartito de dos por tres donde apenas cabe la matrimonial cama y nosotros al tiempo. Se entiende entonces, por si cabe duda, que habrá que pasar el tiempo sobre la cama. Eso sí, sin pararte sobre ella porque los chichones en el cráneo. A veces me siento en una cueva de ratas calientes y se lo digo a ella y dice qué poco romántico. En el bar me siento en un nido de chinches y también se lo digo. También le digo que deseo sexo con caca y vómito en la verga y frijoles en salsa de leche y orines en la cara. A ello contesta: ¡eres un cerdo!; pero así te quiero. Entonces me recuesto en la ratonera con ella sobre mí, con su raja sobre mi cara y se orina y trago lo más que puedo y le escupo la cara o le pego tremendas cachetadas; y entonces no dice nada porque la puerca es ella. Se la meto por el ano para oírla gritar, gemir, llorar y sacarle la mierda con mi pene vicario de destapa-caños y su culo-caño. Después me fumo un cigarrillo como vi debe hacerse en una película, allá la pubertad, tras follarse una pollita. Ella también enciende un cigarrillo y a veces pienso que vimos la misma película pero no decimos nada, nos hacemos los naturales y recomenzamos el sexo hediondo; así termina el cuarto, hediondo, a fluidos y caca, orines, semen, sudor y pasión desenfrenada. A eructos de borracho y pedos de puta. Se echa tremendos pedos. Primero porque se lo pido, meto la nariz entre las nalgas y palmeándola le digo: amor, suelta un grande y oloroso. Y a veces porque no se aguanta, el gas de la cerveza le produce flatulencias, buenas flatulencias. Cuando nos vamos, al amanecer, doy gracias a Dios de no ser yo quien asea el cuarto y lava las sábanas, que en ocasiones también llevan sangre de sus entrañas o de sus labios. La sangre no se quita, decía mi madre, y así reconozco que el cuarto es mío, las sábanas y ¡esta es mi noche!

     En el bar la gente nos mira raro. La mayoría eran jóvenes de nuestra edad y algún viejo borracho; algún obrero de las fábricas cercanas o los familiares del dueño. Bebíamos con descaro, reíamos a carcajada suelta y nos besábamos desfachatadamente. Yo le manoseaba las tetas y me gustaba imaginar los falos enhiestos de los espectadores. Ella decía que no lo hiciera pero no se oponía; era para salvar un poco su persona de los aviesos pensamientos ajenos, humillantes y a la vez envidiosos del pedazo de carne, tan cerca pero tan lejos.

     Recuerdo la vez que nos caímos; ambos, al tiempo, directo al sucio suelo. Sentados a una mesa sobre bancos plásticos de pocos pesos bebíamos y yo jugaba a ser un pez. Apretaba los cachetes para simular el hocico ictobestiálico y pegaba mis brazos al cuerpo mientras movía los labios como salmón. Eso era yo, un salmón alcohólico y fumador  a lado de una puta en un bar. Acercaba mi hocico al vaso con cerveza y apretándolo entre los labios, bebía. Ella me daba cigarro y yo era un salmón feliz hasta que la libido se apoderó de mí. Traté de besarla así, siendo pez, y no sé cómo coños dimos al suelo. Caímos abrazados. La cerveza se derramó por todos lados; el cenicero espolvoreó ceniza y colillas de cigarro fumado terminaron en las mesas de los otros ebrios. Ella golpeó la nunca contra una barra en la pared. A mí no me importó, yo seguía feliz nadando en el mar de porquería. Dijo: me pegué en la nuca, pude haber muerto, y no te importa. Yo dije: aparte de puta, mensa. Se ruborizó. Riendo me paré. Los demás también reían. Reí con ellos aprovechando la colectiva contentura para coquetear con la chica de la mesa de junto.  Me pidió un cigarrillo. Lo obsequié y mi puta se encabronó según porque era el último pero yo digo que fue porque entre putas se disputan las penurias de la soledad. Ella estaba furiosa. Al final se unió a la hilarante masa. Continuamos bebiendo y luego fuimos al motel. Esa era la rutina: alcohol-sexo-alcohol-sexo.

     En esa época no tenía dinero (aún no lo tengo). Ella solía pagar las cuentas, me hidrataba, me alimentaba, me chupaba la pinga y yo a ratos sentía que la quería. Una tarde ella no tenía dinero. Sobra decir, yo tampoco. Como no lo dijo sino hasta el final, bebimos como millonarios. Al final dijo: no tengo un peso. ¡Idiota!, pensé. No juegues, dije. No jugaba. Esculqué su bolso; andaba lleno de cosméticos, papel higiénico, condones, dulces,  ni un centavo. Esto es un bar de mala muerte, pensé. Ya imaginaba yo el machete en mano de Don José, encargado del lugar, y mi sangre derramada. Como anteriormente el dios cristiano me había fallado tanto, imploré al todo-poderoso-Ra. También falló. Ni un centavo cayó del cielo ni murieron repentinamente todos. Ya estamos en esto, dije, y ordené otro litro y otro y otro de cerveza hasta que ella dijo: vamos a coger. Entonces recordé mi acrecentada deuda e imploré e imploré y fracasé de nuevo con Tonatiuh, Shiva, Buda, Odín, Obtalá, Shangó,  Atum, Ptah, Ahura Mazda, Alá, Ngaí, y todos. Luego de la desidia fui a hablar con Don José. Le expliqué y expliqué hasta que cansado de la verborrea nos dejó partir con una deuda que jamás podré pagar. Ella quería ir al motel pero no teníamos dinero. Acabamos en un parque de la Country Club, a un costado de Estudios Churubusco. Yo antes trabajaba allí y conocía de sobra los dones de la oscuridad entre aquellos árboles. Al día siguiente me dolía el culo y las rodillas por las raspaduras y las piedrecillas enterradas que joden más que las monumentales. A menos que te caiga una encima o seas Sísifo en su mito (?). 

Entre todo esto también veía a mi novia de diecisiete (los cumplió apenas el noviembre pasado); también la follaba y también pagaba las comidas y los hoteles. A su corta edad tenía más pasta que yo. No me molestaba, al contrario. Jamás me he deprimido por la falta de plata. Jamás mientras exista una mujer que no me crea jodido. Y mi novia no me creía jodido sino la salvación literaria del siglo XIX. Amaba leer y amaba mis textos y mi forma de ser, cariñosa y patán al mismo tiempo; y mis embestidas en la cama. Eso último lo pienso como buen mexicano.

     No le había contado, claro, de mis engaños. Nunca lo hice. Este nunca es importante porque me acerca al final, donde las perdí a las dos. A una porque descubrió lo jodido de mi vida y a otra, la puta del bar, porque arregló los problemas con su hombre y se re-enamoró de aquel imbécil. Yo siquiera soy un imbécil con literatura, dije. No le importó. No le importaba nada; mi futuro en las letras, las promesas de premios millonarios ni la inmortalidad. Lo único que le importaba era mi verga. Otra vez lo mexicano. Resulta, los problemas conyugales entre ellos, comenzaron por culpa mía. Su hombre la llamaba diez veces al día lo que me jodía las pelotas. Aunque no lograba jodernos el sexo la estresaba y ya no puedo, decía, lo amo  y me siento basura haciendo esto. La convencía un par de horas más pero siempre regresaba a casa turbada por la consciencia, la moral, la honestidad y pavadas, gilipolleces, ¡mierda! Déjate de parvularios pensamientos, le decía. En verdad no podía la pobre. Lo que sí podía era exprimirme el semen súcubamente para dejarme hecho polvo en el motel o en la calle, sin un quinto, de regreso a la niña y tanta mentira. Estuve en casa, le decía a mi novia. Fui a buscarte, no estabas, contestaba. En casa de un amigo, me defendía. Hablé a tus únicos dos amigos y no estaban contigo, decía. En casa de un amigo que no conoces, resistía yo. Apestas a borracho, decía. En casa de un amigo que no conoces, bebiendo, sí, le decía. Ya no bebas, mandaba. No controles mi vida, ogete, me hacía la víctima. Ogete tu madre. Y partía. Me quedaba solo, oliendo a puerco, con el culo apestoso y el pene pegajoso. Me metía a un café, al que me dejaran entrar así de jodido. Me pedía doce americanos que bebía  despacio hasta el anochecer pensando en mi vida y terminando me iba al kiosco del centro de Tlalpan a dormir con los mendigos. Eso era yo: un mendigo que mendigaba pesos a las mujeres, publicaciones a los editores, una vida mejor a todos los dioses, y una chupada a las rameras de la calzada de Tlalpan. Al principio las rameras accedían con la promesa de regresar en tres horas con el dinero. Luego me fueron conociendo: nunca regresaba. Me evitaban a toda costa. Hasta las neófitas del oficio conocían mi reputación de estafador y sin dirigirme la palabra me dejaban hablando solo con el palo tieso. Me masturbaba bajo el techo de los puentes subterráneos que cruzan la avenida y les mentaba la madre mentalmente ¡Al coño, putas! ¡Yo solo me basto!, pensaba. ¡A cobrara a tu abuela, perra!

     En las mañanas la soledad apretaba. Llamaba a mi amante de un traga-monedas público y la citaba en La Puerta Negra. Era puntual la hijoputa. Nos metíamos al bar y a la rutina. La última vez que fuimos dijo: ya no puedo, esta es la última vez que nos vemos. ¡Coño!, dije, no seas molona, yo te quiero. Rió. Te quiero también, dijo, pero a él lo amo. Que te vaya bien, dije, vete a la mierda. Intenté sacarle la última comida, moría de hambre. Lo logré. Me llevó a los tacos de General Anaya. Me pedí dos campechanos cargados de papas. Casi vomito del hastió, estaba lleno, a reventar. Ella comió uno de chuleta sin papas. Me dio el último beso. Que te vaya bien, dijo. Se fue. ¡A la verga, puta!, grité a sus espaldas. No volteó, no regresó. La perdí.

     Otro día regresé al bar. Ya no tengo gran cosa que contar del bar, ahora es un barecillo cualquiera. El caso es, tenía ganas de mear y fui al baño. Dentro encontré un hombre cagando y pensé, ¡cojones! ¡Cómo puede hacerlo aquí! La vida, vengadora, maestra, me metió en el intestino grueso, o en el estómago, o la vejiga, o dónde diablos aniden las ganas,  tremendas ganas de cagar. Cagué. Me pregunté, cómo puedo hacerlo aquí, ¡mierda! Ya se ha dicho, los instintos del hombre son tres: comer, cagar y coger. Yo que soy un pobre diablo no puedo con ellos. Así salí corriendo a casa de mi novia, a comer y coger y satisfacer por completo la humanidad de la que no puedo desprenderme. Camino allá pensé en Freud y Gandhi y las apestosas cacas de ellos tras tanto psicoanálisis y tanta espiritualidad. Llegué temprano, a eso de las cinco. Abrió la madre, la suegra. Me odiaba y me odió más esa tarde; por los ojos rojos, inyectados de sangre; ojos de bebedor consuetudinario. Por venir así, de improviso a buscar a su hija; por la edad abismal según su juicio y por todos sus prejuicios. Por una moral que no es suya; adoptada de la abuela que la adoptó de la bisa, etc. No me invitó a pasar. Esperé en la esquina un par de horas. No llegó. Me fui por unos whiskies a casa de Garrison. En la madrugada llamó mi novia. Llamó al móvil. A pesar de estar jodidos todos aquí tenemos móvil. Los albañiles, las putas, toda la escoria está bien comunicada. Contesté ebrio, dije: ¿alóooou? Como escuché en una película francesa. ¿Dónde estás?, preguntaba la vocecilla del otro dado. No sé, dije. Viniste a buscarme, dijo, madre me avisó, decía la vocecilla y así supe que era ella. Sí, dije, ¿dónde estabas? Ya no recuerdo lo que dijo. La cité al otro día al centro de Tlalpan. Esa noche la dormí en casa de Garrison. El final estaba cerca y yo tirado en el sofá, anestesiado.

     Fuimos al Café La Selva. No soporto verte así, dijo. ¿Así cómo?, pregunté alzando hombros y brazos. Con resaca, borracho, grosero, desinteresado de mí, dijo. Di un sorbo al americano y dije: si no te gusta vete al báratro. Ella no sabía el significado de báratro pero entendió muy bien. Me voy, dijo. Y se fue. Dejándome con la cuenta y yo sin un centavo. Me levanté despacio. Caminé despacio; sin pagar, poco a poco, escapé. Ya no regresé al café, ni a ella.
  
     En el hospital los amigos decían gracias a Dios. Esa mujer fue la causante de tu decadencia, decían. No saben, es un secreto, mi vida anda jodida ya hace tiempo, de antes, de la infancia, de antes, de antes, de los padres, de los abuelos… Me internaron por dolores agudos en el estómago. Yo creí era el estómago. Es el hígado, dijeron los médicos. Pasada una semana me dieron de alta. Lo del hígado no quedó claro, me citaron estudios y mucho cuidado, no beba, no fornique, no coma esto ni lo otro, etc. porque no mejor me pegan un tiro. Lo que sí quedó claro es: las perdí a las dos.

     Dado de alta me encontré de nuevo en la vida, la azarosa vida. La cuenta del médico la pagó un amigo junto con otro. Se unieron para salvar la vida de este cacho de hombre. No sé si agradecer o maldecir. Vivito y coleando me pedí una ginebra en la cantina vecina al hospital y decidí irme de putas al metro Hidalgo. Llegué temprano, muy temprano, eran las ocho, ocho y media de la mañana. Recién salido, oliendo a formol, con las marcas del suero inyectado y la boca perfumada a enebro entré al café de chinos a esperar a las prostitutas. Me pedí un americano y pagué una propina extra a la mesera para que lo bautizara con un chorrito de ron. Saqué mi libreta y escribí todo esto; recomenzando la vida; con la esperanza de llevar una puta al hotel con los pocos pesos que tengo.



Martin Petrozza

viernes, 28 de mayo de 2010

La peluca rubio-platino

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-Nosotros le llamamos- dijo la señorita. ¿Cuántas veces había escuchado aquellas palabras?, siempre de una joven wanna be de la cuál terminaba enamorado. Así era él, enamoradizo, mejor dicho, quisquilloso. Se fue pronto, muy arreglado, traje, corbata y toda la cosa a desayunar a los tacos de General Anaya. Los encontró cerrando por lo que caminó unos metros más, una panadería, ¿pan? qué aburrido, la entrada del metro, el puesto de periódicos, un Seven Eleven, eso sí, una coca bien fría y unos burritos de frijol con queso. Caminó un poco más, un puesto de dulces, un cigarrillo, lo encendió, continuó la caminata sin rumbo, fumando, bebiendo y masticando. Otra tienda, ya estaba satisfecho, una papelería de “todo a tres pesos”, pura basura, una fonda cerrada y en la esquina la Comex. El letrero de la calle decía Atletas. Viró sin pensar como guiado por un espectro. Fútbol, decía el segundo letrero, otra tienda en aquella esquina, ya no leyó los demás, a unos pasos lo miró de frente: Estudios Churubusco Azteca.  

 La entrada de los autos, a lado la caseta, dos policías, tres teléfonos, una cosa para poner la mano e identificarse, gafetes, el jefe de seguridad. Él de traje y la camisa sucia de comida barata. Esperó unos momentos y la oportunidad se presentó; se coló en un grupo de actores, ahora que lo pensaba, él siempre quiso ser actor. No le impidieron el paso, no se separó del grupo, como elefantito de mamá, hasta el final. Llegaron al “green room”. Un maricón, radio en mano, los hacía pasar. Entraba uno, la puerta se cerraba. A esperar. Su turno. Entró, las manos sudando, la boca seca. -Currículum- Le dijo una señorita, de esas que siempre lo rechazaban mientras lo maquillaban ligeramente y cambiaban las luces. Al ver que no lo entregaba le preguntaron: ¿Stanislavski? –Sí- respondió tímido. –Bien- le respondieron y la chica  le extendió un guión. Lo abrió lentamente y pasó medio minuto sin decir nada, serio, muerto de miedo. -¡Next, please!- dijo la wanna be. 

 Salió muy apenado, enojado con todas las señoritas que siempre lo hacían sentir menos. Se paseó por el lugar en busca de algo, no sabía qué, por azares del destino estaba allí, solo. Un letrero decía “camerinos”, se metió al edificio, emocionado, quería conocer a las estrellas. Decepción, los camerinos eran oficinas. Salió del otro lado y la estatua de un Ariel le daba la espalada, arriba, desnudo, gris, ¿y la emoción, el espectáculo, dónde estaban los Estudios Churubusco? Caminó a la derecha, una bodega de armas bélicas, vaya, lo más interesante hasta el momento. Se acercó; CERRADO. Siguió de frente por el camino, se topó con Oficinas Generales. Entró, dio vuelta a la derecha, Gerencia de servicios a la producción. -Buenas tardes- le dijo un joven apuesto de unos veintitrés años- mi nombre es Gerardo Aguilar, ¿en qué lo puedo ayudar?- no supo qué decir y preguntó: -¿el baño?- Gerardo se lo indicó y se olvidó de él. Pasó al baño, orinó, se miró al espejo, se enjuagó las manos. 

 Salió del burocrático edificio, caminó todo derecho hasta el fondo. Llegó a Zona de foros. Foro 7, cerrado. Foro 8, Argos televisión, un letrero: Ya es medio día en China. Llamó su atención, conocía el programa, intentó meterse, un oficial lo detuvo, no tenía pretexto para entrar. Continuó por dónde venía hasta topar con pared, a la izquierda un caseta de policía, desalentador. A la derecha, un pasillo tenebroso, la mejor opción. Se adentró; el pasillo era oscuro, estrecho, olía a marihuana y el aire polvoso penetraba su nariz. A lo lejos vio una luz, la siguió, era una puerta entreabierta, al parecer no había nadie dentro. Asomó los ojos, un cuarto extraño, lleno de cosas. Empujó la puerta, metió la cabeza completa, las cosas eran disfraces, vestidos, mesas, bancos. Entró por completo, utilería, le vino a la mente. Un traje de luchador, una guitarra de unicel, parecía tan real, en la tele, claro. Una lámpara enorme, era una luna. Curioseó entre cajas de cartón llenas de platos, candelabros, cinturones, zapatos; tras unos botes de metal, bajo las escaleras del tapanco. No dejó hueco sin explorar. En una mesita reposaban unas llaves grasientas, un libro vaquero. Lo hojeó; nada interesante, dibujos malos, guión pésimo, lo dejó en su lugar. A su lado estaba un gramófono, antiquísimo, sobre éste un acetato sin portada, sobre el disco, unas medias de seda rojas, sobre las medias, una pluma tinta azul. Colocó el disco en el aparato, lo encendió y tocó la flauta encantada. Se dejó llevar por la música, bailó un poco, es decir, se movió como pudo al ritmo del viejo Mozart y luego de unas piruetas se tropezó con la mesa de las llaves y terminó en el suelo. Las llaves cayeron junto a su cabeza y el libro vaquero de plano en la cara; lo tomó colocando el pulgar en la página que separaba su nariz y observo que había un número escrito: 1926. Se levantó, iba recoger las llaves y cuanto estaba a punto de tocarlas, una tarántula enorme se lo impidió. Temeroso dio un brinco, no había salida, la araña corrió hacía la puerta, estaba encerrado, lo había atrapado. El único lugar era el tapanco, subirse al tapanco y esconderse hasta que alguien llegara. 

 Así lo hizo, y estaba allí, acurrucado sobre unas tablas, sobre un catre, sobre el tapanco. Tenía miedo, el arácnido era enorme, horrible, negro, peludo, ¡colmilludo! No quería moverse, no quería voltear; hasta que lo vio: un locker color carne. ¿Qué habría dentro? Se acercó lento. Estaba cerrado ¡Joder!, pero… sí, ¡el número! Giró la perilla, 1… 9… 2… 6… clack, ¡Bingo! Dentro no había nada, oscuridad total ¿y si otra araña? ¡Puf! Azotó la puertecilla; pero ésta no cerró del todo, se atoraba con algo. Hasta abajo estaba una caja de metal; la sacó, sopló para alejar el polvo, un candado la protegía.  Las llaves, pensó. No quería ir por ellas pero la caja era misteriosa. La agitó cerca de su oído, no hacía ruido, no pesaba, parecía estar vacía, pero no, no lo estaba, él lo sabía. ¡Las llaves!; ¡la araña!

 Bajó primero un pie, luego el otro, muy despacio, se asomaba, poco a poco, no veía nada, no había peligro, bajaba un escalón, se asomaba, otro escalón. Ya casi llegaba a la planta baja. Tomó una escoba y un zapato; aventó el zapato, no pasó nada, se acercó un poco más a las llaves, estiró la escoba, las arrastró hacía sí. Despacio, sin hacer ruido, centímetro a centímetro; ¡eran suyas! Regresó al catre, sobre el tapanco, debajo de las tablas. Tomó la caja, de prisa, desesperado, ¡tenía que saber!, abrió el candado, la llave era inconfundible, la más pequeña.

 Sus ojos se agrandaron, las pupilas también, la sangre se le fue a la cabeza, dentro de la caja estaba una peluca, sucia, fea, maravillosa. Bajo del tapanco, ya no le temía a nada, peluca bajo el brazo, salió corriendo del cuarto, todo el pasillo, hasta la salida, la entrada general, y pasó de largo, nadie le dijo nada, total, ya se iba.  Tomó un taxi – ¡deprisa! - le dijo, de vuelta aquí, de vuelta allá; llegó a casa excitado. Peluca en mano, ya más tranquilo se sirvió un vaso de vino tinto, regalo del abuelo, encendió un puro, símbolo de la recién paternidad de su hermano, y no dejaba de mirar a la peluca, en su mano. Puso música, bailó con ella, le hablo al oído, horas y horas hasta que no pudo más.

 A la mañana siguiente ya no buscó trabajo, se dedicó a peinar a la peluca, era rubia, rubio-platino para ser exactos, cabello al hombro, quebrado, quedó magnífica, resplandeciente. Bailaron de nuevo al son de un Vals danubioazulesco, luego un tango, entre trago y trago le platicaba sus secretos; vivía solo no por gusto, la familia no lo estimaba, eran raros, qué más da. ¿Su edad?, treinta, soltero, sin hijos, sin trabajo, sin amante. ¿Y el amor, qué pensaba del amor? El amor es rubio, rubio-platino como tú. La noche llegó y está vez durmieron juntos; la colocó a su lado para soñar con ella. No pasó nada, él muy respetuoso, ¿cómo creen? La invitó a desayunar, no tenía dinero pero no comía mucho, un bizcochito, un café con leche, pastillas de menta, no dejó propina, tenía una peluca que mantener. Fueron al parque a caminar juntos, él de traje aún, no se había cambiado, su vida era ella. Ella muy bonita, muy rubia, muy platino. Luego del parque el cine, no podía faltar una película de amor. En la oscuridad de la sala se envalentonó, le acariciaba, le olía el cabello, le besaba la frente, le regalaba versos de amor. A la salida, ella más flojita, más en confianza, le pidió cenar. Fueron a un café francés, sus ahorros se le iban pero valía la pena. Llegaron a casa; pase usted, primero las damas. Se sentaron,  platicaron, le leyó un libro, no le gustó, le leyó otro. Ya cansados se fueron a la cama. Otra vez no soñó con ella. 

 Pasaron los días y no se cansaban de salir, a todos lados juntos, siempre juntos, el uno para el otro. Muy felices ambos; ¡qué bonitos! Ya no hablaba solo. La peluca también le contó sus cosillas: era soltera, amaba la luna, le gustaba fumar. Le compró tabacos. No quería niños, amaba su libertad.

Una noche en especial, después del teatro, llegaron a casa rendidos; luego de un buen baño, se acostaron, muy abrazaditos. A punto estaba de dormirse él cuando sintió un ligero golpe en el hombro. Volteó y se asustó, pues la peluca rubio-platino ya no era peluca, tenía ojos, ¡asimétricos!, nariz, ¡chueca! cejas, ¡pobladas! cara, ¡morena!, boca… ¡Era horrible! –Hi, baby- le dijo la peluca masticando ruidosamente un chicle rosado. –Nice to meet you- No lo podía creer, era una pesadilla. Brincó de la cama y se alejó, señalándola con el dedo, le gritaba ¿quién eres tú? –¿I´m your dreams, honey, don´t you remember me?- Sí, sí que recordaba, pero no era así, su peluca era bella, de nariz fina, tez blanca, ojos grandes, labios carnosos; aquella mujer era espantosa, sin palabras. – Come, come to my arms, my sweety unemployed - definitivamente esa no era su amada. -¡Largo!- le gritaba. – don´t scared me, please, i love you, you love me too… you told me… - La mujer comenzó a llorar, el maquillaje corrió por sus avejentadas mejillas. – ¡Que te largues bruja! Tú no eres mi peluca -  Yes I am, Yes, I swear, i´m yours – La mujer corrió hacía él, lo abrazó, lo apretaba, como boa. – ¡Suéltame! – gritaba y pataleaba. Al ver que sus gritos no bastaban,  la empujó y ésta cayó al suelo. ¬–take me -  le decía la peluca-mujer mientras se desprendía de sus ropas y abría las piernas; era rubia teñida. Se tapó los ojos, no quería ver, en verdad era terrible, piernas peludas, muslos grasos, olor insoportable. Ese tufillo asqueroso lo mareó poco a poco, se introducía en sus pulmones y llegaba hasta el cerebro. Lentamente, muy lentamente, fue cediendo a los deseos de su mal amada peluca rubio-platino. 

 -Amaneció muerto- dijo el perito en criminología. -La chapa no fue forzada, estaba solo- Examinaron el lugar, nada extraño, todo en orden. Junto al cadáver, una peluca. –Maldito travestido- dijo el oficial a cargo. –Déjeme ver- dijo el perito. –vaya, la peluca es bonita, no estaría mal…- ya no terminó la frase y se embolsó el objeto. Terminaron de registrar, pitaron la silueta a gis blanco, y cerraron el expediente: suicidio. 
 -Oye Sebastián, ¿qué diablos haces?- le dijo su compañero de trabajo al criminólogo; estaba hablando con la peluca sobre su mujer y sus hijos, ¡qué ridículo! 



jueves, 27 de mayo de 2010

Del amor y las palabras


Hoy quiero escribir de amor. ¿Por qué? Tal vez la percepción de que no tengo a nadie es la más fuerte y verdadera que tengo ahora. (Y no quiero poetizar, no lo haré. Poetizar es una forma de mentir, aunque mentir sea una forma de decir la verdad cuando ésta es demasiado obvia). No es algo nuevo mi soledad, lo que es nuevo es la necesidad de no estar solo, o mejor dicho, ese pequeño gusano que llaman amor, ese vicio, esa enfermedad, ese virus transgénico que muta y muta, esa droga narcótica y alucinógena, anfetamina de los sentimientos, opio, cocaína, y adiccionas, amor, adiccionas de tal manera que ya no se puede vivir sin ti.  Deformas la realidad y la haces más llevadera o tremendamente insoportable. Amor estimulante o amor depresivo, sea como sea, te necesito, necesito tus síntomas, y te bebo a sorbos, te ingiero, te inyecto por cada uno de mis poros y aún así estoy solo. La soledad es el estado natural del hombre cuando no ama y en cierta manera esta soledad es una especie de libertad total. Dichosa sea. Dichosos sean los abstemios, ustedes que no aman. Pero amar y estar solo…  la soledad se vuelve nociva y envenena el aire que se respira. La soledad es caminar por la vida, por este Boulevard of broken dreams. El amor es encontrar un sueño nuevo al final del camino, alguien que te domestique como decía el principito. La flor vanidosa que domestica… ¡Amor, amor! ¡Es tan difícil hablar de ti sin caer en cursilerías! Quisiera desemantizar la palabra amor, la palabra corazón, la palabra mujer,  la palabra, las palabras…y dejarlas limpias de tanto smog, de tanto humo negro producto de desperdicios sociales, de tanto sentimentalismo, de tanto grrrrrr, de tanta devoción y tanto odio. Quisiera escribir de tal manera que las palabras, todas, sean como vasos vacios, y que se puedan llenar no de lo que yo quiera, ni de lo que usted, lector, quiera, sino de lo que el texto quiera. Quiero dejar textos vivos pero palabras muertas, o casi muertas, o post-muertas, como fantasmas (no creo en los fantasmas, pero sí creo que son livianitos livianitos y que flotan, y que son semi-transparentes). Palabras que floten sobre el texto, libres, tomando la forma que quieran,  y poder decir que te quiero olvidar y mañana encontrarte casualmente y no recordarte, y que tu sepas que no es que no te quiera sino todo lo contrario y te alegres porque sabes que es para así poder conocerte siempre con todos los encantos de la primera vez. Pero no, te lo digo y te irías indignada… las palabras no flotan, son demasiado pesadas, penetran como espadas en lugar de ser respiradas… que pena, con tanto que yo tengo por decir…


 Yo quiero un amor que sea como la literatura, lo único que he llegado amar en mi vida. Definitivamente, yo quiero una mujer que sea como la literatura, y hacerle el amor como le hago el amor a las palabras y aquí robo crédito de Cortázar. Hacerle el amor a las palabras, que bien, de eso hablo, de acariciarlas, de poseerlas, de penetrarlas, de hacerlas gritar, de sumergirse en ellas. Es la única manera de limpiarlas, de poseerlas para ser poseídos… El amor y las palabras. La literatura y las mujeres… Yo creo que la literatura es como las mujeres, y me atrae, me seduce, me dejo seducir y tenemos más que sexo, maldita sea, hacemos el amor, hacemos, del verbo hacer, fabricar, producir algo, darle el primer ser, formar algo dándole la forma, norma y trazo que debe tener. El amor surge entre la literatura y yo, entre las palabras y yo, lo creamos y le damos forma. Pero con las mujeres… pero las mujeres… Yo quiero una mujer que sea como la literatura: real pero indefinible, que pueda acercarme a ella con devoción y admiración, que pueda sentirla dentro de mí y no fuera, que cobre vida cuando yo la mire, que cada vez que la posea sea distinta a la primera, que nunca la termine de conocer del todo, que sea esquiva, que siempre me sorprenda, que me mantenga a la expectativa de algo nuevo; que me haga sentir héroe de una epopeya antigua, que me lleve al límite existencial de la tragedia, que sea rítmica y subjetiva como la poesía, real y mágica, que tenga vida propia. Que pueda ser amorosa y trágica, filosófica y con aventuras, y a veces trivial y sin sentido. Que sea clásica y barroca, romántica y realista, vanguardista y moderna; que me lleve al pasado y al futuro; Que cambie, como poesía en prosa, sin normas ni cánones, sin versos ni estrofas, sin rima, pero musical, entonada, melódica, rápida, fugaz, flexible, rítmica, distinta. Que no exista si no está conmigo, que no sea mía pero que sea toda sólo para mí, como la literatura.  Pero no existes mujer literatura. Sí tan solo existieras... ¿por qué tenés que ser tan real, mujer de sangre, carne y hueso (¡de carne y hueso precisamente!)? Sos tan distinta a la literatura que no te puedo amar (amar sin cursilerías, amar como verbo, como acción transitiva, como oración principal, como hiperónimo máximo del vocabulario, no ese amar que es casi un morfema vació lleno de connotaciones afectivas, no ese amar como sustantivo compuesto con sentimientos y emociones, amor-humo, amor-viento, amor-ilusión, amor-mentira). No te puedo amar mujer, tenés demasiado cuerpo, demasiada piel, y me quedo allí, atrapado siempre entre tu sudor y el mío, comprendiendo en el momento mismo del éxtasis que te entregás demasiado pronto y te entregás demasiado o demasiado poco, pero nunca te entregás de verdad. No te entregás porque esa piel todavía te pertenece, porque sólo te rocé estrechamente, porque sólo fui yo quien te dejó algo. No sos como las palabras, que aunque ajenas siempre penetran cada centímetro de tu piel pero desde adentro, que nunca se quedan con vos pero porque vos no sos el mismo, por el sólo hecho de usarlas o inventarlas, porque las palabras se pueden inventar, porque la literatura se inventa dos veces: cuando se escribe y cuando se lee, y esta segunda vez es infinita. A ti no te puedo inventar. A ti te tengo que vivir y me duele, me tienes que doler, como me dueles ahora en esta soledad enviciada tan sólo porque existes. Yo no te puedo amar con ese amar-verbo-transitivo-activo del cual soy sujeto. A ti te amo en voz pasiva, te sufro, te sufro… Ya empezaste de nuevo. No poetices más que pronto dejarás  caer el amor-mentira mezclado aquí y allá con otras cosas con que no tiene nada que ver. Es el peligro de juntar las palabras y el amor, que el amor comienza a ser tan sólo una palabra, y luego prefieres amar las palabras, hermosas mentiras… y en fin…



Franco

Si quieres participar en el blog con un relato entre 5,000 y 20,000 caracteres (contando espacios) manda tu texto a: redaccion@whiskyenlasrocas.com Las bases y más detalles están al final del Blog. Gracias.

martes, 25 de mayo de 2010

De mi compromiso con Scott F.



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Pero él era el que tenía mayores posibilidades, pues era rico y amable y, en aquel momento, el chico más deseable de Saint Pual. Para mí era imposible que Ellen pudiera preferir a otro, pero se rumoreaba que Ellen consideraba a Joe demasiado perfecto. Me figuro que Ellen lo encontraba falto de misterio, y cuando a un hombre se le presenta semejante problema con una chica que todavía no piensa en los aspectos prácticos del matrimonio… En fin…



Scott F. es mi prometido. O lo que antiguamente se consideraba un prometido. No sé si en estos tiempos la gente siga los modos cursis de usos y costumbres pretéritas. Al menos mi padre, el Sr. Pinciotti, sí. Y se la pasa repitiéndome que por el amor de Dios, respete a mi prometido. Que estemos prometidos significa que él, ha prometido casarse (y todo lo que esto implica), conmigo; y yo he prometido lo mismo aunque, para ser sincera, se lo he prometido más a mi padre, que a Scott. También me lo he prometido a mí un poco. En cuanto a mí, no es tanto promesa sino labor de convencimiento. ¿Es triste? Estoy comprometida con un hombre al que no amo. Todo este lío lo ha maquinado el Sr. Pinciotti queriendo lo mejor para su hija. Scott es lo que el Sr. Pinciotti, y algunas víboras del club, llaman: un buen partido. Aunque he dicho a mi padre que NO AMO A SCOTT, le importa poco porque ¡qué puedo saber yo de lo conveniente! De lo sensato. De lo mejor para MI VIDA. Tengo veinticuatro años y no sé nada de lo sensato. Lo más sensato es no aventurarse. Lo más sensato es no salir sin rumbo a la vida. Pero, créeme, si no lo haces, te pierdes la vida. Lo más sensato es no mezclar nitrato de potasio, carbón, y azufre. Pero si no lo mezclamos, ¿quién habría descubierto la pólvora? Quizá lo más sensato hubiese sido no descubrir la pólvora jamás, pero la vida sería taaan aburrida. Resumiendo: tengo veinticuatro años y no poseo la capacidad, madurez, o lo que sea, suficiente para manejar mi vida. Claro, todo eso es una reverenda tontería. Sé perfectamente manejar mi vida. Pero el Sr. Pinciotti no lo cree así. 

 Ha quedado claro: mi padre controla los detalles más importantes de mi vida. Cualquiera en mi lugar armaría un escándalo, o escaparía, o se resignaría. Y esto último sí sería triste. Yo en cambio, hago lo que la vida me ha enseñado a hacer mejor: saco provecho. La idea de casarse con un hombre al que no se ama, aterraría a más de la mitad de las mujeres. Aunque más de la mitad de las mujeres están casadas con un hombres que no las aman (cosa peor), y a los  que no aman. Pocas verían el asunto con tranquilidad, claridad, frialdad y ambición. Mi padre no está loco al proponer a Scott como marido. Está loco al obligarme. A lado de Scott tendré seguridad económica. Todas las mujeres excepto las histéricas, saben cuán importante es esto. Estaría loca si cambiara la buena vida por amor. Porque el amor es psicológico. Enamorarse de verdad es de mal gusto. Sé que seré terriblemente criticada por el último enunciado. No pretendo explicarme, pero lo intentaré. No lo pretendo porque es una batalla perdida. Es cierto que puedo renunciar a este matrimonio. Pero eso dañaría mucho al Sr. Pinciotti. Y en cierta manera, eso me dañaría a mí. ¿De qué manera? De la manera del sentido común: no tengo a nadie más para casarme, y Scott, es un buen partido. Mato dos pájaros de un tiro: satisfago a mi padre, y aseguro mi futuro. Un futuro donde podré dedicarme a lo que me plazca. Porque Scott es manso. No es un cabrón. Scott es un hombre decente. Y con él lo tendré todo. Incluso tendré a otros hombres si lo deseo. La infidelidad no me crea conflictos. Sería estúpido de mi parte ser fiel a un hombre que no amo. Y sería estúpido no ser fiel al que amo. Sentido común. Scott es para mí una forma de sobrevivir y de complacer al Sr. Pinciotti. ¿Me estoy sacrificando? No lo creo. Un sacrificio es algo que hacemos por voluntad propia y que nos duele. En mi caso no hay voluntad propia, y no me duele. La vida me lo ha enseñado, me ha dicho: Verónica, sácale provecho en lugar de quejarte o de llorar. Y eso hago. Si alguien es víctima aquí, es Scott. Pero tampoco. Las bodas sin amor son más frecuentes de lo que pensamos. Incluso el matrimonio es un contrato. Un acuerdo de voluntades donde se busca lo conveniente para dos partes. Y yo le convengo, y él me conviene.  

 Desde los veinte años supe que yo no amaría a nadie. Lo supe como se sabe que una no tendrá hijos, o que morirá joven. Es decir, quien sabe cómo lo supe. Me llegó de golpe. No recuerdo el momento exacto, ni el lugar exacto. Sólo lo supe. También supe que no tendría hijos y que moriría joven. Se lo dije al Sr. Pinciotti y gritó: ¡ninguna hija mía se quedará sin hijos! Ignoró la parte de morir joven. Las cosas que más le impactaban las ocultaba. Se las tragaba o algo. Y entonces supe que de alguna manera tendría que tener un hijo. Y esto si sería un sacrificio. Es como sacrificar un bebé en nombre del dios PADRE, de su felicidad y para que esté de buenas y no nos joda la vida. Pero ese es un asunto con el cual lidiar después. Hoy no nos incumbe. El Sr. Pinciotti dijo ninguna hija pero soy hija única. Creo que de allí le viene el proteccionismo. De allí y de la abuela. El Sr. Pinciotti es el más joven de tres hermanos y por tanto, fue el más protegido. A la fecha llama la abuela preguntando cómo está su hijo adorado. Y no pregunta por su nieta. Dejó de hacerlo el día que mi padre le contó que llegué tomada. Realmente no era gran cosa pero la abuela es experta en hacer una gran cosa de nada. Regañó a mi padre y regañó a mi madre. Le llamó hasta donde sea que vive la arpía de mi madre, y se lo dijo. La culpó, por supuesto. A mí no me regañó porque sabe que la mando al cuerno. Sólo dijo: dile a esa niña que acabará mal. Y mi padre también debe creerlo. Por eso el empeño en la boda con Scott. Yo no sé si acabaré mal. Sinceramente no lo creo. Pero no lo sé. Por si acaso, me casaré con Scott. De todos modos sé que yo nunca amaré a nadie. ¿Y si resulta que sí? MEJOR, así será un amor interesante y divertido. Novelesco. Aventurero. No un amor lineal. De todos modos, no lo creo. 

 El amor para mí es un juego psicológico. Y un juego químico. Lo químico no lo podemos controlar, claro, no a voluntad, pero sí lo psicológico. Esto quiere decir que si lo deseo y me aplico a ello, puedo enamorarme de Scott. No lo hago. No lo hago porque enamorarme de Scott sería demasiado tonto. Enamorarte de Scott es como subirte al carrusel en un parque de diversiones; puedes hacerlo pero no vale la pena con la Montaña Rusa existiendo en algún lugar del parque. No sería sensato. No se me da bien el amor. Más chica me gustaba creerme enamorada de los hombres. Me creía enamorad de verdad. Luego descubría que todo era más mis ganas de enamorarme que el amor de verdad. Recuerdo a Eddy. Me enamoré de él. Era un chico simpático, de buena familia y conducía un auto como un loco. Era un chico popular de ojos claro y un año mayor a mí. Yo tenía diecinueve años y creía en el amor. Me gustaba que se llamara Eddy. Me gustaba que condujera como loco y que todas las chicas lo pretendieran. Me gustaba ponerme celosa porque sonreía a toda mujer que se le acercara. Y a todas hacía la plática. Me gustaba que me diera alas y luego no. Y así. Yo era un juego para él. Lo sabía pero me dejé llevar. Creí que lo amaba. Nos hicimos novios y me llevaba volando en su auto. Me gustaba. Y luego hacíamos el amor. En su casa. Hacerlo con Eddy fue distinto a hacerlo con el Sr. Anderson. Fue mejor y pude sentir lo encantador del sexo. Eddy detonó mi pasión por hacerlo. Y me gustaría decir algo: todas las mujeres tenemos esa pasión. No lo aceptamos porque vivimos en un mundo extraño. Pero la tenemos y no la satisfacemos por miedo. Por miedo también es que la satisfacemos. Hay un punto medio, un punto sano. Incluso ese punto medio es mal visto por los hombres y muchas se guardan el sexo. Otras lo hacen a escondidas. El sexo es un vicio, cierto. Y es lástima porque la mujer puede acceder a ese vicio más frecuentemente que el hombre, y el hombre, no la deja. El hombre ama y condena a la mujer fácil. Hay mucho que limpiar aún. 

 Pero regresemos a Scott. Scott F. futuro funcionario público. Lo conocí hace dos años. Yo tenía veintidós y estudiaba administración de empresas. Él estudiaba economía. No lo conocí en la Universidad, no era parte de mi grupo de amigos y no hubiese sido siquiera un amigo si no fuera porque el Sr. Pinciotti lo invitó a comer aquella tarde de una fecha que no recuerdo. Pero estoy segura que era jueves y que eran las cinco de la tarde. Aquella vez no dijo nada pero mi padre ya se lo traía entre manos. Scott es el hijo de un amigo suyo. Lo invitó a comer aquella tarde y luego ya no salió de mi vida. De haberlo yo sabido… Quizá de haberlo sabido no habría hecho nada, si eso hacía feliz al Sr. Pinciotti, por mí, bien. Miré a Scott por primera vez sentado en la sala de mi casa con su sonrisa de hombre de mundo falsa. A Scott le falta algo para ser un verdadero hombre de mundo. Le falta ser más hombre. Más cabrón. No es que me gusten los machos pero en verdad, le falta ser menos decente al pobre. No sé qué habló con mi padre pero desde el primer instante se comportó como si ya me tuviera comiendo de su mano. Con una seguridad que se notaba ajena a él. Como un hombre que va de putas y se sabe feo. Sabe que por más feo que sea ninguna puta lo rechazará si paga el precio. No sé qué precio pagó Scott pero estoy segura que esa arrogancia era premeditada. Y mi antipatía se la estampé en la cara. Tanto el Sr. Pinciotti como Scott supieron desde el primer día que no iba ser tan fácil. Trató de impresionarme con dinero. Con chistes pésimos. Con viajes. Con falsa cultura. Luego se fue y regreso cada semana, cada jueves, a cada cinco de la tarde. Como un maldito reloj. Es metódico hasta el tuétano. Incluso mi padre cedió a denominar los jueves como: el día de Scott. Hacíamos planes, por ejemplo: Hija, mañana iré a comprar zapatos, ¿me acompañas?  Y yo decía: vale. Pero luego decíamos al unísono: no, mañana es día de Scott. No era nada original pero era algo que compartíamos. Tanto él como yo nos sacrificábamos para recibir a mi futuro prometido. En ese tiempo a mí no me pasaba por la cabeza prometerme a Scott. Luego, un día, me pidió ser su novia. Era demasiado pronto tomando en cuenta que jamás nos habíamos visto fuera de la sala de mi casa y bajo la supervisión del Sr. Pinciotti. Le dije que NO. Se fue y regresó el siguiente jueves. En ese lapso mi padre intentaba convencerme de darle el sí. Pero si es un ñoño, decía yo. Te conviene, hija, es mejor que todos esos delincuentes con los que sales. A los veintidós años yo ya era dueña de mi sexualidad y había decidido disfrutarla al máximo. La bola de delincuentes era todos aquellos hombres con los que me enrollaba. A los veintidós años yo era abiertamente dueña de mi sexualidad. No lo oculté al señor Pinciotti y se lo pasaba quejándose de la bola de delincuentes que me buscaba. Y tenía razón, Scott era mejor que todos ellos en algún sentido, pero todos ellos eran más emocionantes. Los sacaba de bares, de fiestas, de antros, del club. Jamás del colegio o círculos sociales cercanos. No hay nada más frustrante que acostarse con un hombre por diversión y que este hombre, luego, se enamore de ti y te persiga enajenadamente sólo porque una vez se la mamaste o algo. Y así pasaron dos meses hasta que lo entendí: mi padre había puesto todo su empeño en que yo saliera con Scott. Entonces, un jueves, le dije que trataríamos. Le dije invítame a un bar o algo, no podemos vivir en mi sala. Y accedió. Al siguiente jueves fuimos a un bar en Polanco. Cenamos y bebimos y estuvo bien pero hubo algo. Un chico en otra mesa no dejaba de mirarme y Scott lo notó. Yo lo noté también. Scott no hizo nada como el hombre decente que es (cosa que agradezco), y yo, me levanté al baño para que el chico me siguiese. Lo hizo. Nunca falla. Fue tras de mí y  me dijo tienes unos ojos preciosos y toda la verborrea tradicional. Regresé a donde Scott. El chico no dejaba de mirarme y eso me calentó. Fingí ir al baño un par de veces más. Escribí mi número en una servilleta y se lo di. Scott me hizo un drama. No vio lo de la servilleta. Me hizo un drama porque yo había bebido tanto que ahora no dejaba de ir al baño. Me hizo un drama porque según él yo estaba borracha y eso no era de una mujer decente. Apuesto que jamás has visto una mujer verdaderamente borracha, le dije. Se enfadó. Le dije que si hubiese visto alguna, sabría perfectamente que yo no estoy nada borracha. ¿Entonces por qué vas tanto al baño?, dijo. Suspiré y dije, ¡porque me da la gana, Dios! Nos largamos inmediatamente. Se me pasó el coraje y comencé a reírme. Íbamos en el auto de Scott. Me reí de lo imbécil que podía ser. ¿Ves como si estás borracha?, dijo. Reí más. No lo podía creer. Tenía ganas de gritarle a la cara: no iba al baño, ¡me estaba ligando con otro, idiota! Me contuve porque sabía que si no, iría de chivato con el Sr. Pinciotti y eso sería un desagrado por nada. Lo dejé así y dije quizá tengas razón, vengo más borracha de lo que yo pensaba. Déjame en casa. Yo no paraba de reír. 

 Y así estuvimos saliendo más de un año hasta que me propuso matrimonio. Esta vez no fue tan directo. El primero en insinuarlo fue el Sr. Pinciotti. Lo hacía cada que podía. Me preguntaba cómo iba la cosa con Scott y me decía que ya era hora de casarme. Lo hacía por separado. Para una cosa aludía al tiempo. Decía: parece que lloverá. Yo decía: ajám. Y luego añadía: ¿Cómo vas con Scott? Era gracioso porque en verdad siempre decía algo del clima o del tiempo y luego salía Scott. Para el casamiento utilizaba la edad. ¿Qué edad tienes?, decía. Se lo decía y luego añadía algún comentario como: tu tía Raquel se casó a los veintiuno. O: la hija del Sr. X se casará el próximo mes, YA TIENE VEINTIUNO. Al parecer los veintiuno eran la edad ideal para casarse, lo que sugería que los veintitrés eran algo pasado. Luego de ignorar todos esos comentarios por algunos meses fue más directo y dijo: deberías casarte con Scott. Quizá el próximo mes, añadía rápido. Yo pegué el grito en el cielo la primera vez que lo dijo. Luego entendí la cosa. Sería así por algunos meses más. Y lo soporté. Pero las flechas gradualmente se hacían más certeras. Hasta que dijo: quiero que te cases con Scott. Para ese entonces yo ya sabía que no le sacaría esa idea jamás, que la idea de la boda con Scott estuvo incubada en aquel primer jueves a las cinco donde le conocí en la sala de mi casa. Y poco a poco me hice a la idea. Scott tardó algo más en proponérmelo. Me lo propuso a la antigua. Llegó con el anillo y se arrodilló ante mí. Besó mi mano y me lo dijo. Hubiese sido romántico para cualquiera menos para mí. Para mí era un asco. Entonces le dije que sí. Mi padre había cumplido con su labor. Y con su promesa al padre de Scott y a Scott, imagino yo. Scott sintiose contentísimo y se volvió un esclavo y un sensible. Todos mis caprichos eran cumplidos por Scott. Si yo tenía calor era capaz de pagar a alguien para que me soplara con hojas. Porque una cosa que nunca se le quitó, ni creo que se le quite, es lo pretencioso. Al mismo tiempo era demasiado sensible. Cualquier cosa podía matarlo. Si yo miraba por mucho tiempo (mucho tiempo quiere decir dos o tres segundos) a un chico, se ofendía exageradamente. Era muy inseguro por ese lado. Y muy seguro por otro. Era seguro de poder darme una vida de comodidades y de su intelecto. Se graduó con honores en economía y cosas. A mí no me impresionaba. Me contaba teorías de la economía mundial que me tenían sin cuidado. Incluso bostezaba. Eso le chocaba pero le gustaba al mismo tiempo. Lo decía. Me gusta que seas rebelde, decía. Pero el pobre no tenía idea de la rebeldía. Ser rebelde era decirle ya cállate cuando empezaba con las teorías económicas. Me daba un beso y decía eres una rebelde. No tenía idea. 

 Con Scott siempre me mantuve en el papel de virgen esquizofrénica. Yo no era virgen pero le dije que sí. Pasados seis meses de noviazgo ya no pude controlarlo. Se ponía caliente todo el tiempo y todo el tiempo quería meterme mano. Me molestaba eso. Yo lo hacía con desconocidos de algún antro pero no podía hacerlo con Scott. Los desconocidos despertaban en mí las ganas. Además eran desconocidos de más de uno ochenta metros, varoniles y sexys. Scott era apenas unos cuantos centímetros más alto que yo y tenía cuerpo de nunca haberse ejercitado. Tenía los antebrazos ligeramente morenos y el pecho blanquísimo. No me ponía para nada. Y menos me ponía su estilo ñoño, pretencioso e inseguro. Claro que un día ya no pudo más y se soltó a llorar. Me dijo: ¡llevo contigo siete meses y no te he visto las tetas! Fue hilarante verlo llorar así. Y lo dijo así, directo. Eso me ganó su simpatía un momento. Me reí y le dije, vale, y me quité la ropa. Scott casi se moría. Lo dejé que me viera desnuda de pies a cabeza. Intentó tocarme pero lo detuve y le dije, ay amor, ya sabes que aún no estoy lista. Era una pasada aquello pero me divertía tanto. Scott se volteó y parecía tranquilo. Nunca lo había visto como sigue: se desnudó en un segundo y se me vino encima. Me tumbó al suelo, ni siquiera a la cama, y me lo hizo. Tengo que aceptar que ese atrevimiento, ese salvajismo, me gustó. Lo dejé hacérmelo a fin de cuentas. No duró mucho. Cuando acabó se salió de mí y dijo: perdón, perdón, perdón. Otra vez estaba llorando. Me reí y le dije que estaba bien. ¡Dios mío! Desde ese día se creyó superman y dejo que me lo haga de vez en cuando. Un jueves a las cinco y media, pasado algunas semanas de aquella primera vez, por fin se decidió a hablar del asunto. Me habló de mi virginidad. Me he informado, dijo, de que la virginidad está guardada por una tela de tejido… Me echó el rollo técnico de la virginidad y mejor me adelante: no crees que haya sido virgen porque te explicaron que debí sangrar, ¿no? Y que debiste sentir resistencia, etc. Ajá, dijo, más apenado que otra cosa. Ya, le dije, pues infórmate bien, no siempre sangramos y no siempre hay resistencia. Se lo dije ofendidísima. Creo que me lo creyó porque nunca dijo nada más. Lo malo es que ahora quiere hacerlo todos los jueves y cada vez me resulta más difícil detenerlo. Finjo cólicos, jaquecas, menstruaciones, falta de ánimo, cansancio, estrés, TODO. Sé que exagero, podría dejarlo que me lo haga y ya pero de verdad no me inspira ganas. Es mi forma psicológica de renegar sobre el matrimonio que mi padre impuso. Es mi forma de decirle, no te creas todo lo que te digo, Scott, si me caso contigo es por mi padre, no por tu dinero, tu intelecto o tu simpatía. Es mi forma de decirle, tranquilo, no eres un tigre en la cama. Es mi forma de hilvanar la vida real de la vida verdadera. Es mi forma de guardarme para mí misma. Mi vagina es mi guarida. El lugar donde me guardo de Scott. El lugar donde guardo todos mis temores.


lunes, 24 de mayo de 2010

Whisky en las rocas

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Ya no puedo pensar siquiera en beber agua. El agua crea la vida y nos hidrata, el agua destruye casas y nos libera ¡Qué agua tan agua!

 Anoche fui a una fiesta. Tomé vodka, tequila, agua loca, cerveza y tomé ginebra. Me senté toda la noche en una silla  a tomar vodka, tequila, agua loca, cerveza y también ginebra. Estaba con dos amigos, Silverio y Petrozza. Charlé toda la noche con Petrozza, buen tipo. Hablamos de Brahms y de cómo Petrozza es tan parecido a Bukowski. La conversación siguió más o menos la siguiente línea:

-Oye Petrozza, ayer leí un cuento tuyo y se parece tanto a Bukowski, son como dos gotas de vodka. Tomé una bocanada de Tequila.

- Garrison, no es para tanto. Seríamos iguales si no fuéramos tan diferentes. Yo soy metafísico, Bukowski no.
- Está bien Petrozza, Vale.

 Ambos prendimos un Delicados y fingimos olvidar la conversación. Yo no podía dejar de pensar en el libro “Mujeres” de Bukowski, en los cuentos de Petrozza y en su parecido. No lo dije pero pensé: a fin de cuentas Petrozza es metafísico, ya lo dijo él mismo.

 Petrozza tenía un blog. Esa noche me invitó a participar en él. Yo ya lo había notado puesto que en dos o tres escritos aparecía mi nombre y mi historia. Mi boda y mi hijo, mis ilusiones y locuras. Mi prototipo del escritor cansado de no escribir.

 La noche pasó y Petrozza se fue tras una puta que ambos conocíamos. Yo me quedé sentado tomando ginebra. ¿Dónde habrán guardado el Whisky? 

 Silverio no dijo nada, estaba cansado. Me levanté de la mesa y fui a buscar a Petrozza, ya no pude encontrarlo. En ese momento decidí escribir y publicar algo en su blog , quizá así empiece la vida.
Fui a la barra de bebidas y tomé una cerveza holandesa, tantos recuerdos. Busqué en la mente algunos temas para escribir, naturalmente no encontré nada, los textos se guardan en un papel o en el ordenador, jamás en la mente.

 Salí de la fiesta con mi cerveza en la mano, antes de irme Silverio se postró a lo lejos. Pobre tipo, pensé, tiene que quedarse más tiempo en la fiesta. Yo me voy a mi casa a dormir y a pensar en Brahms y en el blog de Petrozza.

 Subí al carro y me marché. En el camino me acabé la cerveza.

 Corolario: hay que beber whisky en las rocas otra vez.




viernes, 21 de mayo de 2010

Fabulástica infancia

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Venga, aquí les dejo un cuento de mi amigo Garrison para Whisky en las rocas: 

Estudio en cuatro paredes y azul.

Y pensábamos en esa cosa increíble que habíamos leído, que un pez solo en su pecera se entristece y entonces basta ponerle un espejo y el pez vuelve a estar contento…
Julio Cortázar en Rayuela.
A la memoria de J.D Salinger


A Sofía le compraron el pez justo en la época navideña, por eso no le extrañó el color púrpura rociado con un azul muy tenue, casi como el cielo. Al pez, a su vez, tampoco le sorprendió ser adquirido, pues en  navidad es común comprar y regalar objetos aunque éste sea un pez condenado a la soledad entre cuatro paredes. El animal movió y extendió la cola, conmovido, seguro y apantallante, y en ese momento la madre de Sofía pudo percatarse de que aquél era el regalo perfecto para su hija imperfecta. Naturalmente, cuando lo compró, el pez pasó de la reducida pecera a una más estrecha bolsa plástica inflada con aire y un agua más oscura que la noche. A él esto no le importó, pues conocía la rapidez del viaje. Ya podía imaginar su nuevo hogar adornado con una casita sin espacio, dos o tres plantas acuáticas muy tristes, y quizá, si bien le iba, algunos acompañantes de otras especies: una tortuga, un pez japonés o el clásico crustáceo en el olvido. Con un poco de suerte él iba a tener el honor de acompañar a tan enigmáticos seres en la nueva morada.

La madre no tuvo ninguna consideración con el animal durante el trayecto a la casa. Lo guardó torpemente en su bolsa de mano y viajaron durante treinta minutos por el metro de la Ciudad de México, con tales movimientos que la bolsa parecía el mediterráneo en un día lluvioso. Al pez el tiempo se le hizo rápido y a la vez eterno, pues no conocía la medida del reloj. Se dejó mecer por las violentas olas y chocó constantemente contra los límites del mar.

En la casa Sofía esperaba a la madre con muchas ganas de recibir el regalo. Ella quería una muñeca que caga, la blusa del momento o un juego de té para pasar horas inolvidables con alguna amiga. Cuando la madre entró en el cuarto y le entregó el pez, a Sofía se le desvanecieron todas las ilusiones.

En un principio no supo qué hacer con él, pasaron por su cabeza diferentes ideas las cuales iban desde sacarlo del agua para ver cómo moría lentamente, dárselo al gato como cena, o depositarlo en una pecera y esperar a que se lo tragara la soledad. Escogió la última opción. La pecera era cuadrada y tenía como único adorno el agua transparente. Sofía sacó al animal de la bolsa de plástico y lo depositó en su nuevo hogar cuadrado. Agregó un poco de comida, fue al baño, apagó la luz, y salió a jugar a la cuerda con una vecina.

Cuando Sofía regresó al cuarto el pez estaba dormido tras un oscuro rincón. Al verlo sintió invadida su privacidad y arrojó una chamarra a la pecera para que no la espiara mientras dormía. Aquella noche la niña tuvo pesadillas. Soñó que se encontraba en el mar y era tragada violentamente por un tiburón negro. También soñó con un día lluvioso donde salía tranquilamente a mojarse en el aguacero torrencial como suele hacerlo en la época decembrina, y de un momento a otro, de buenas a primeras, vio cómo una de esas gotas se convertía en un molusco gigantesco  que abrió la boca y la devoró enterita con todo y su cuerpo flácido y mojado. El tercer sueño fungió como la venganza de Sofía, en él iba caminando tranquilamente por el mar, pisando todos los peces que se encontraba en el camino. En esa aventura mató un tiburón, a un molusco con grandes dientes y a un pez indefenso, azul, que nadaba plácidamente hacia un coral con aspecto luminoso.

A la mañana siguiente la niña despertó compungida  pero feliz, estiró las piernas, salió de la cama rápidamente y fue a destapar al pez cubierto por una chamarra rosa con flores amarillas. En esa ocasión quedó prendada por el movimiento estrecho del animal y sintió lástima por él pero también por ella misma. El pez estaba atrapado en la soledad de las cuatro paredes de su improvisada pecera, y ella entre otras cuatro que a su vez encerraban a las del pez. Ambos sintieron estar en una caja china y la complicidad llegó a ellos.

Pasaron toda la mañana admirándose y conociéndose.  Cuando el sol ya estaba en el cenit Sofía decidió, abruptamente, que nadie más podía ver aquel animal, pues había sido un regalo, y como todo regalo, éste no tenía por qué ser apreciado por otra persona. Cuando tomó la decisión la niña trazó un plan maquiavélico para ocultarlo. En una ocasión la madre tocó a la puerta y ella fingió tener diarrea y así la ahuyentó, pero antes de irse gritó que el nombre del pez era Manolito, como su hermano muerto. En otra guardó la pecera debajo de la cama mientras iba a comer por si acaso la sirvienta entraba a ver qué robaba, y en otra, un poco más extrema, llenó con agua un viejo florero que servía para depositar lápices, sacó al pez de la pecera y lo depositó allí para guardarlo en el cajón de los cuadernos. Tomó esta última actitud porque la madre la había obligado a ir al supermercado a comprar alimento.

Pasaron dos o tres días. El plan había surtido el efecto deseado porque nadie vio al pez condenado a la oscuridad. Ella lo sacaba todas las tardes, lo contemplaba, le dirigía algunas palabras y posteriormente lo volvía  a guardar en el oscuro cajón. La madre ni siquiera preguntó por el regalo y Manolito llegó a estar en el olvido.

Fue una tarde lluviosa cuando Sofía decidió que no volvería a salir del cuarto e iba a pasar la vida tumbada en la cama comiendo aire y admirando al pez. Llamó a la madre para contarle la nueva decisión y ella lo tomó como el juego de una niña tonta sin ninguna ocupación. En ese momento Manolito estaba escondido debajo del cojín, encerrado en una cajita de cristal. La madre salió del cuarto y pronto olvidó las palabras de la niña.

Horas más tarde Sofía estaba absorta en la contemplación, lejos de aburrirse sentía felicidad y dicha plena. Con el tiempo llegaron a establecer un tipo de comunicación a través del agua: la niña preguntaba algo introduciendo el dedo en la pecera y Manolito respondía con ligeras mordidas. Fue así como llegaron al noviazgo, Manolito lo propuso mediante seis mordidas realizadas equitativamente.

Tres días más y la madre seguía despreocupada por la actitud de Sofía, para ella seguía siendo un juego de niñas y llegó a pensar que si su hija decidió encerrarse con un pez en la habitación, es porque a todas las niñas les pasa lo mismo. Sofía por su parte no se alimentaba de aire sino de caramelos y agua de la llave. Manolito comía tediosas bolitas dos veces al día.

Para no aburrirse la niña inventaba historias extraordinarias, a veces imaginaba ser una exploradora en el Amazonas, viajando en un jeep con una escolta de muñecas y manolito como chofer y guía. Otras imaginaba que se casaban bajo el mar. A la ceremonia no asistía su familia porque se hubiera ahogado en el trayecto, pero la familia del prometido sí que podía estar en la ceremonia, y después de una larga misa ya eran marido y mujer entre algas multicolores y peces de todos los tipos posibles. Ella no se ahogaba porque al ser la novia del pez, éste le otorgaba todos sus atributos marinos.

A los pocos días Sofía acabó con todas las provisiones. Ni ella ni Manolito tenían para comer y decidió que aquella era una forma muy romántica de pasar a la otra vida, muerta de hambre a lado de su amado. Se entregó por completo a la meditación y a la observación, las horas parecían minutos y los días horas, rápidamente fue perdiendo la capacidad de medir el tiempo. Ambos amantes se entregaron por completo al amor.

Mientras tanto la madre volaba en una nuble blanca poco colorida, salía a pasear y no recordaba a su hija. En una ocasión alguien le preguntó por ella y sólo contestó, tranquilamente, que estaba en su cuarto admirando al pez. Al interlocutor esto le pareció de lo más normal y continuaron viajando en la nube lentamente, hasta aterrizar en un hotel de paso y ensayar las artes amatorias.

Fue una tarde soleada cuando Manolito decidió acabar con el amor y murió con la panza boca arriba. Sofía estaba tumbada en la cama, pálida y desnutrida. No se dio cuenta de la situación hasta bien entrada la noche. En un principio la posición del pez le pareció natural y hasta divertida, creyó que estaba jugando al muerto y no le hizo mucho caso. En esa época la pareja pasaba por un déficit de atención.

Sofía durmió molesta y no despertó hasta la mañana siguiente, indignada por la actitud del amante. Cuando lo visitó pudo darse cuenta de que no estaba enojado ni haciéndose el chistoso, sino bien muerto entre moscas ahogadas por el hambre. Lloró unos momentos la pérdida, después lo sacó del agua y lo guardó en una caja que sirvió como tumba, fue al jardín y lo enterró sin honores, pues no sabía cómo eran los funerales entre los peces.

La madre vio a Sofía mientras entraba y la saludó cordialmente, ofreció la comida y ella aceptó gustosa un vaso de agua con dos huevos estrellados. Poco tiempo después subió al cuarto, sacó un cuaderno y apuntó “La viuda de Manolito” con una carita feliz. Escogió un vestido negro que le pareció de luto, peinó su cabello con dos trenzas amarradas con hilo morado, salió de la casa  y buscó a la vecina para jugar a la cuerda. Cuando ésta le preguntó en dónde había estado todo ese tiempo, ella le contó la historia y la vecina ofreció las más sinceras condolencias. Después apareció la noche y la niña regreso a su casa.

Ya en su cuarto durmió feliz por haber enviudado,  ahora podía despertar hasta tarde, comer a sus horas y salir a jugar con la vecina. Al otro día cogió el papel donde había apuntado el día anterior su condición para corregirlo. Ahora se hacía llamar “La campeona del salto en la cuerda”.



martes, 18 de mayo de 2010

No sé porque no soy una estrella de Rock

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No sé por qué no soy una estrella de rock. A los quince quería ser una estrella de rock y beber cerveza alemana, follar grupies y follar más grupies y más grupies porque uno se vuelve estrella de rock sólo por las grupies. También deseaba inhalar cantidades exorbitantes de cocaína, fumar marihuana, conducir autos buenos, Mustangs y esas cosas, a cientos de kilómetros por hora y pilotear mi avioneta privada haciendo piruetas en el aire. Otra cosa que quería era portar armas blancas, sacar la cabeza de los autobuses que te llevan al tour, beber mucha cerveza alemana, sí, ya lo dije, y follar grupies, claro, y no temer a la policía. Quería hacer todo eso sin responsabilidades. Los rockstar no tienen responsabilidades ni se aplica a ellos la ley acción-reacción, consecuencias, y eso que le jode la vida a los pobre no-rockstars como yo. Quería morir ahogado en mi propio vómito como Hendrix y que la gente no dijera: pobre imbécil, murió ahogado en su propio vómito. La gente respeta a Hendrix.  

  Compré una guitarra para empezar. No era muy buena. Como yo. Aprendí algunos acordes y unas canciones. Me dejé crecer el cabello mientras tanto y me tatué un brazo. Los tatuajes son importantes para ser un rockstar. Luego me junté con otros chicos que tenían la misma mierda en la cabeza. Algunos tocaban batería o bajo y armé una banda que llamamos: “Hada de Beng”, que significaba algo acerca del diablo según el bajista. Ahora sé que esa puta banda existe y no somos nosotros. De todos modos no registramos el nombre. Así comencé. Tocamos unas cuantas veces en algunos bares sucios y luego poco a poco el rock se fue a la mierda. Supongo que en el fondo lo sabíamos: no éramos tan buenos. En las tocadas había muchas bandas, decenas de bandas y todas tocaban los mismos covers de Black Sabbath y Metallica, de MegadeathMotörhead y nosotros también los tocábamos.  Una ocasión en un festival de rock tocamos último de seis bandas y todas tocaron Paranoid. Mi vocalista tomó el micrófono y dijo bueno está canción la han tocado todos. Ya se la saben, se llama Paranoid y aquí va…  por sexta vez. 

  No pagaban gran cosa. Casi nunca pagaban y cuando lo hacían no era gran cosa. Te regalaban cerveza si te iba bien. Allí agarré el vicio, supongo. De las grupies jamás supe nada porque éramos una banda puñetera y no teníamos un solo fan y menos una sola grupie. Tampoco teníamos una sola canción. Y les dije, coño, no tenemos una sola canción, no podemos pasar la vida haciendo cover. El bajista se lo tomó enserio y comenzó a escribir. Era un introvertido fenómeno como todos los bajistas y cuando vimos sus letras supimos que no era un gran letrista. Hablaban de depresiones internas y de violaciones a los seis años. Lo paramos. Le dijimos eso es una mierda y no funciona. Ahora hay un tal Jhon Davis que canta violaciones y otras joteras sufridas en la infancia. Y es un fenómeno. ¡Coño, tampoco registramos eso! El talento no es únicamente tener talento sino oler talento en los demás y en uno mismo. 

  Dejamos de ir a los ensayos.  Yo dejé de ir a los ensayos. El batería me decía: si no te interesa dinos. Ya, dije, sí me interesa, ando un poco lento, es todo. Andaba lento a la hora de llegar al ensayo, a la hora de tocar, a la hora de llevar el equipo, a la hora de irme, a toda hora. Los enfrenté. Me planté frente a todos: el bajo, el batería y la voz y dije: véanse ¡maldición!, somos un cuarteto de bobos haciendo el bobo. No somos rockstars, no somos la sombra de la sombra de Robert Plan, Nicko McBiran, Steve Harris… ¡No soy Ace Frehley! Dejemos esto por la paz, hemos gastado mucha plata y no hemos recibido un céntimo. Las mujeres no se nos avientan, no vivimos en Long Island, ¡nadie pide otra canción, coño! Los chicos me miraron estupefactos. También estaba la novia del batería y fue la primera en asentir con la cabeza. Ya, dije, hasta esta puta rubia lo reconoce, no somos nada. Les rompí el sueño. Les partí el alma. No volvimos a tocar. No volvieron a tomar sus instrumentos en su machacada vida. 

     No debí decir nada. Debí dejarlos soñar. Debí dejarme soñar. Algunas noches, solo, tomo la guitarra y compongo alguna canción. No escribo nada, lo hago en la mente. Creo canciones sobre alguna chica o sobre el whisky. Luego las olvido y me digo, ya, no eres Ace Frehley ni Jhon Lennon. Solo eres un escritor que no es Hemingway


Petrozza, M. Mayo del 2010 
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