jueves, 29 de abril de 2010

Tenía ganas de un buen polvo

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Nota: este texto fue publicado por Diario la Avanzada
 
http://www.diarioavanzada.com.mx/noticia.php?id=34445#

Tenía ganas de un buen polvo. No iba a decírselo a Scott precisamente porque tenía ganas de un BUEN POLVO. No es que Scott lo haga mal pero generalmente, un buen polvo no incluye a tu novio. Cogí las llaves del auto y me fui a un bar de treintañeros en la Condesa. Hay muchos hombres que piensan que soy una puta por actitudes como la anteriormente descrita. Al respecto yo pienso que tienen razón. Pero me importa un bledo. Me llamo Verónica Pinciotti y tengo veinticuatro años. Ser mujer es cosa que me causa conflicto desde los doce. Cuando me crecieron los senos. Llegué a la pubertad y los senos me abrieron un mundo nuevo. Un mundo de falos y egos. Lo mejor que pude hacer fue sacar provecho de todo ello. No soy una mujer decente. Lo supe el día que el Sr. Pinciotti (mi padre) me lo gritó en la puerta de la casa. Gritó: ¿POR QUÉ NO ERES UNA MUJER DECENTE? Le cabreó verme llegar sin sujetador. Le expliqué que no había llegado sin sujetador, ¡me había IDO sin sujetador! Mi padre es un hombre de cuidar la honorabilidad de la familia. Y yo soy más bien de manchar esa honorabilidad celosamente guardada. Tampoco es para tanto, apuesto que hay más putas que yo. Pero eso,claro, es cosa que al Sr. Pinciotti, le tiene sin cuidado.   

 Crecí en una familia acomodada donde las niñas deben ser educadas, femeninas, decentes y buenas amas de casa. O como yo lo veo: idiotas. Mi padre no soporta que yo tenga mi propia vida, mi propia forma de pensar, y mi propio culo. Para él, ser educada es saber dónde colocar el tenedor grande y dónde el chico. Ser femenina es tener la cabeza llena de unicornios y arcoíris. Ser decente significa proteger el coño hasta el matrimonio. Y ser buena ama de casa es condenarte por voluntad propia a la esclavitud de un hombre de negocios. Y yo, soy la antítesis de todo eso. 

 Los bares de treintañeros son la mejor opción para un ligue rápido y sin tanto rollo. Además deseaba encontrar un hombre que pudiera pagar el trago, la cena y el hotel sin tanto problema. Eran cinco para las diez. Me metí al baño del bar y a las diez en punto llamó Scott. Scott es un chico decente. O sea que es como un reloj. Le dije que estaba en casa de Janet y le mandé un fuerte abrazo. Claro que podía llamar a casa de Janet para cerciorarse del asunto pero los chicos decentes no hacen esas cosas. Scott era un chico decente al estilo Sr. Pinciotti. O sea, algo idiota.  No es que no lo quiera; sólo no lo amo. Scott entró a mi vida hace un año. Entró recomendado por mi padre. Estudia economía y su padre es funcionario público. En unos años él también será funcionario público y podrá darle a Verónica la vida a la que está acostumbrada. Palabras de mi padre. Scott está colado por mí. Le gusta que yo sea rebelde. Eso dice. Y yo digo: pues si le gusta que sea rebelde, ¡que se aguante!  

 Me senté en una mesa y me pedí un malibú con jugo de naranja. No tardaron en acercarse los perros. Eran tres y estaban tomados. Me levanté y me cambié de sitio. Cuando son varios se creen la gran cosa. Me puse a bailotear y se me acercó uno. Se puso a bailar conmigo y me preguntó el nombre. Le dije Rebeca. Me gusta cambiarme el nombre. Estuvimos bailando unos minutos y luego me invitó a sentar. No venía solo. Venía con cuatro amigos más, chicos y chicas. Me senté con todos ellos. Las chicas me miraban hostilmente y los chicos tenían ganas de decirme algo pero no lo hacían. Estaban tomando jarras de cerveza oscura. Me invitaron pero me negué, no iba a dejar que Max no hiciera algo al respecto. Lo hizo. Me ordenó otro malibú con jugo de naranja. Me preguntó si frecuentaba el lugar y todo eso. Al final resultó que su grupo de amigos tenía que irse y él se fue con ellos. Le di un número telefónico falso y me fui al sanitario. Ya empezaba a sudar. Me limpié las axilas y la cara con papel higiénico que llevaba en el bolso. Luego salí de nuevo en busca de un hombre. 

 Esta vez fui yo quién tomó la iniciativa. Medía uno noventa. Me gustan los hombres altos.  Comencé a bailar y a mirarlo a los ojos. Respondió las miradas y se vino a bailar conmigo. Le pregunté si venía sólo y dijo que sí. Venía con un par de amigos pero pueden irse al carajo, dijo. ¡Eso es lo que quería oír! Olía bien. Nos acercamos uno al otro más y más. Hacía que me tocaba las nalgas sin querer hasta que le tomé la mano y se la puse sobre mi culo. Entonces sonrió y nos besamos. Así de fácil, ¡güey! ¡para que te haces el sinquerer! Se llamaba Tony García. Casi me cago de la risa. Como sea Tony tenía buen cuerpo y le dije que fuéramos a otro lugar, más privado, tú sabes. Dijo tener un departamento en la del Valle a unos minutos. 

 Parte de un buen polvo está en la cabeza. Me programé para hacerme creer que Tony era el mejor follador del mundo. Y que yo iba a disfrutarlo. La mayoría de los hombres me han decepcionado. Entiendo que quizá haya sido culpa mía. En parte. Soy hedonista y quiero que ellos hagan todo. Quiero que me soben los pies y me coman el coño y me lo hagan justo como yo quiero. Pero nunca les digo cómo lo quiero. Y entonces lo hacen como a ellos les viene en gana. A los hombres generalmente les viene en gana meter el pene en la vagina y eso es todo. Algunos te lengüetean las tetas y te chupan el cuello pero eso es todo. Aprendí que si quieres un buen follador, debes entrenarlo. LOS HOMBRES NO NACEN SABIENDO HACER EL AMOR. Claro que yo ahora no tenía tiempo de dar lecciones. Más le valía a Tony saberlo hacer. 

 Tony resultó ser amante del fútbol, como la mayoría de los hombres. Tenía un cuarto tapizado de posters y pegatinas de algún equipo de soccer que me niego a investigar cuál. No me importa en lo absoluto. Por el contrario, aquello me desanimó. Si hay algo bueno en Scott es que no ama el fútbol. Pero ama el croquet. Y no sé qué es peor. Scott es una especie de ñoño decente y calentorro. Eso de decente y calentorro significa que es un hipócrita y un mustio. Significa que delante de papi es un tipo honorable que respeta a su prometida. Pero a solas... siempre quiere meterme mano. Y yo también soy una mustia. Delante de Scott no me dejo tocar... pero fuera de Scott, pido a gritos un buen polvo. Tampoco se puede quejar, lo he dejado follarme antes del matrimonio y eso, eso, es MUY GRAVE. Scott y yo vivimos en un mundo sometido por la ley absurda del buen ver, del qué dirán, de la honorabilidad y de las apariencias. Incluso él no lo soporta, lo sé. Pero no sabe cómo rebelarse a todo eso. Yo sí que sé. Y para eso estaba Tony. Desgraciadamente su pasión por aquel deporte pueril y vulgar desató en mi cerebro una gran resistencia a ser penetrada por semejante imbécil. No es posible que un cabronazo como el que parecía ser Tony en el bar, se pusiera a coleccionar colgijes con forma de balones en miniatura. Le dije: llévame al bar por mi auto. Tony no sabía qué había salido mal. Pensé que querías hacerlo, dijo. Sí, dije, teNÍa ganas de un buen polvo. Le expliqué que me sentía enferma pero no le pedí disculpas. Me llevó al bar y ordenó al valet parking trajera mi coche. Yo fingía una jaqueca del infierno. Cuando llegó mi auto me subí y no le dije adiós. A la mierda, imbécil, pensé. 

 Eran las tres de la mañana. Llamé a Scott. Estaba dormido, por supuesto, y le dije lo mucho que le quiero. Él dijo estás loca por llamar a esta hora. Esa es toda la rebeldía que Scott ama de mí. Cosas como esa le vuelven loco. Es fácil complacer a un hombre así. Lo difícil es que un hombre así, me complazca a mí. O a quién sea.  






Verónica Pinciotti.



M. Petrozza:


Bien, ya hay otra pluma en este Blog. Se llama Verónica Pinciotti, es una amiga que me saqué de un bar. Jajaja no es cierto. Es una buena tía. Bastante cínica. Creo que les gustará. Desde mañana estará publicando aquí frecuentemente al igual que Abdul Al-Hazred (vaya nombre mamón) y yo. Cabe mencionar que su textos también son autobiográficos y creo que escribe uno que otro cuento. Ya no irá diciendo ella.


Abdul A.:
Bienvenida, Verónica, es de dar gusto que haya más gente escribiendo en este blog. Leí el texto que mandaste y me parece muy bueno, me gusta mucho tu forma de pensar. 



M. Petrozza:
"me gusta mucho tu forma de pensar", ya, cabrón, deja de mamarle los ovarios. ¿No dices que yo escribo horrible? ¡pues ella escribe igual que yo! así que no seas mentiroso. No te puede gustar. 



Verónica P.:
Jajajajaja. Petrozza, el mamón eres tú. Deja en paz al pobre Abdul. Me he leído sus textos y es un tío noble, no como túuuu!!!! Gracias Abdul. A mí también me gusta lo que he leído de ti en el blog. Será un placer compartir espacio contigo. 



M. Petrozza:
¡Zorra!



Verónica P.:
¡Mamón!






martes, 27 de abril de 2010

Los destinados.

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 Tío Clemente dijo sí y colgó el teléfono. Sonrió un poco, no sabiendo si reír o maldecir. Raúl siempre fue así, un poco misterioso, un poco mentiroso; no lo hacía por malo, así era él. Tal vez la culpa la tienen tío Clemente y tía Sarita; siempre le hicieron creer que creían sus mentiras. Como cuando dijo que iba a la universidad. Sí iba pero no estaba inscrito, nunca logró pasar el examen de admisión y durante cuatro años, ¡no sé cómo aguantó tanto!, se paró muy temprano y se ausentó de casa lo que normalmente se ausenta un universitario y un poco más porque tomaba “cursos extra”, cosa de la que nunca se aseguraron  mis tíos. Descubrí a Raúl una tarde en que tía Sarita me mandó buscarle. Había olvidado uno de los carísimos libros de medicina que tío Clemente solía comprar para la universidad. Cuando llegué y pregunté por él nadie lo conocía; supuse que no era popular, ¿qué de raro tiene? Raúl siempre fue tímido.  Me acerqué a una secretaria para pedir informes sobre la posible ubicación de mi primo Raúl. La señorita buscó en la base de datos del Instituto pero no, simplemente no había nadie registrado con el nombre de Raúl Sarabia Toledo. ¡Qué pillo! Sentí ganas de partirle la cara. Tío Clemente se había esforzado tanto y presumía con orgullo el futuro de Raulito, médico de profesión. Pero como todos, no tuve el valor de enfrentarme a la verdad. No quise anunciar a mis tíos que Raúl era un diablo y que todos sus esfuerzos eran un sinsentido.

  -¡A comer!- Gritó tía Sarita. La comida estaba lista. Siempre en la comida tío Clemente nos platicaba las buenas nuevas sobre Raúl y su estadía en el Perú. Se había ido allá a terminar una especialización en neurología como se lo recomendó un amigo de la universidad. Cuando lo comentó a tío Clemente éste asintió con la cabeza, y la misma sonrisa, como de felicidad y tristeza amalgamadas, asomó por enésima vez.  –Raulito va excelente y pronto terminará- Dijo mi tío y luego hizo una mueca. Tía Sarita pegó con la cuchara en el plato de tío Clemente sirviéndole otra porción antes de que éste dijera lo demás; antes de que terminara de dar su opinión sobre Raúl y sus noticias. Siempre era así. Tío Clemente no era tonto y se traía guardado un coraje de años. Apuesto que sabía la verdad, y tía Sarita también, pero le callaba la boca pegando con la cuchara como juez que grita “¡silencio en la sala!”; con un poco de puré. Y tío clemente se tragaba el puré y algo más. 

   Las noticias generalmente eran secas, optimistas y cortas; no comprendo cómo no se sospechaba de sus mentiras, y es qué antes no lo entendía pero eso de ir al Perú a estudiar neurología es cosa rara. O eso de ir bien, uno nunca va bien, uno tiene problemas en ésta u otra materia, con tal o cual profesor, a uno le va medio bien, o mal, o con mucho estrés, pero ¿sólo bien? En alguna ocasión escuché la conversación de Raúl y tío Clemente por el teléfono de la sala (Las conversaciones siempre se hacían desde el cuarto de mis tíos) y en ningún momento Raúl utilizó un sólo término médico. Lo que sí es que hablaba muy bien, con un vocabulario amplísimo y en más de una vez tío Clemente y yo nos quedamos sin saber qué contestar. Claro el apenado aquí era tío clemente, yo estaba de incógnito.

En esa época yo era un niño al cuidado de mis tíos y no me preocupaba el futuro. Pasaba los días jugando en el patio del vecino a inventar historias de terror para asustar a las niñas, siempre cobardes. Yo el mejor en ese juego, y en otro, que consistía en inventar personajes y representarlos. Tengo que aceptar que era juego de niñas, ellas lo inventaron y era básicamente jugar a imitar a los personajes de las telenovelas. Acostumbraban hacer el papel de las sufridas y de las jóvenes enamoradas. Por mi cuenta corría ser el galán o un golpeador,  pero nunca las complacía porque a mí me gustaba inventar personajes misteriosos, un detective salvaje, un príncipe danés, un vagabundo, y siempre terminábamos en pleito. Hasta que decidieron no jugar conmigo nunca más. Ese día llegué temprano a casa y miré a tía Sarita muy contenta y algo sorprendida. ¡Raúl había enviado una carta! En aquellos tiempos las cartas no eran algo común, uno llamaba por teléfono o no llamaba pero nunca escribía una carta. La carta la leyó tío Clemente en voz alta. Era muy extensa, como de doce cuartillas. En la tercer página tío Clemente paró en seco -Mañana continuamos- dijo y metió la carta en el sobre que era un sobre panzón.

  La noche de la carta no pude dormir, las palabras que escribía Raúl tenían algo de misterio, de enigmático. No eran sólo las palabras sino los enunciados completos, los párrafos, las tres cuartillas. A la mañana siguiente a primera hora le pedí a tío Clemente que continuara con la carta. Claro, no eran horas de leer cartas así que tuve que esperar hasta la tarde. Lo que Raúl comunicaba ahora sí que no tenía nada que ver con neurología. Nos contaba sobre su estar interno, sobre su sentir, y creo que por primera vez no mentía. No entendí todo lo que expresaba pero creo que decía estar muy contento, se preguntaba si había hecho lo correcto (en esta parte tío Clemente aclaró la garganta y soltó una tosecilla) y prometía regresar y traerle a mi tío la felicidad tan anhelada de tener un médico en la familia. Esto último no lo dejaba claro pero se sobrentendía, a eso había ido, así que si regresaba lo hacía médico.

 Pasaron cuatro días para que tío Clemente terminara la carta. Tía Sarita se había acostumbrado a recostar la cabeza en el sillón de respaldo alto y cerrar los ojos. Mi tío leía tan mal y tan lento que ya con equivocaciones, repeticiones y todo, tardaba dos horas en leer las tres cuartillas diarias. Aun así tía Sarita y yo escuchábamos atentos a cada frase. Esa carta era mágica, nos importaba un comino la pronta realización profesional de Raúl, sólo  nos interesaba imaginar las aventuras que éste contaba sobre los amigos de la Facultad, los bares de mala muerte (donde tío Clemente soltaba más tosecillas), su novia Marta (tremenda tos), y las travesuras de su mascota, un hurón muy simpático llamado Maverick que era una lata. El día en que por fin terminamos con la carta mi vida quedó marcada. Unos años adelante cuando tío Clemente me preguntó qué iba a hacer de mi vida, qué iba a estudiar, le dije orgulloso que sería escritor. Pegó un grito en el cielo y rotundamente dijo que no. ¡Yo sería médico! Como Raulito.

  Raúl mandó cientos de cartas luego de la primera (todas maravillosamente escritas) y en todas ellas anunciaba su pronto regreso. Nunca regresó… Un amigo suyo llamó desde el Perú y dijo que Raúl había muerto. Todo era tan repentino que no parecía real.  Al parecer se infectó gravemente en un descuido al diseccionar el cráneo de un cadáver en clase. El amigo no paró de decir lo excelente que hubiese sido Raúl como médico si… O eso es lo que nos dijo tío Clemente con lágrimas en los ojos. Es lo más cerca que lo vi del llanto. Otra mentira entró en nuestras vidas, Raúl no podía morirse así como así y mis tíos continuaron hablando sobre él con los vecinos como si nada, “pronto regresa”, “será un gran médico”, “ya verán”.

Mientras tanto yo pasaba las horas escribiendo parodias de mi vida infantil y adolescente, siempre tratando de hacer como Raúl en la carta, un texto mágico, envolvente. Cada uno de mis amigos estaba dibujado en algún cuento, y me ocurría algo extrañísimo y es que cuando mi pluma se adelantaba al tiempo de los hechos de mi vida, éstos siempre parecían forjarse tal cual el escrito, como si por medio de mis cuentos pudiese moldear el futuro. 

  El examen de admisión a la universidad estaba próximo, ya tío Clemente me había advertido sobre mi destino. La decisión era muy importante, lo sabía. Yo no deseaba ser médico eso lo tenía claro. La cosa se ponía difícil pero me convencí de que tío Clemente jamás aceptaría una negación. No quise desilusionarlo. Me inscribí para el examen pero de poco sirvió; no fui aceptado. Cuando di la noticia  tía Sarita me abrazó y dijo no te preocupes, ya habría otro examen. En la comida le anuncié a tío Clemente que lo volvería a intentar el próximo semestre. La sonrisa misteriosa se dibujó en su rostro mientras asentía lentamente con la cabeza. Por un momento me sentí pésimo y prometí que estudiaría enserio para la siguiente convocatoria. No quería desilusionar a mis tíos, y no quería que esa sonrisa que tantas veces había arrancado el mentiroso de Raúl fuera dirigida a mi persona.

  El siguiente intento y el consiguiente fueron en vano, ¡jamás sería aceptado en la Facultad de Medicina!, todo lo complicaban mis ganas de escribir; me era irresistible ocupar la mayor parte del tiempo en mi verdadera vocación. No podía aprender de memoria tantas cosas, tantos nombres científicos, ni comprender tanta fórmula química.  Pero por otro lado no podía defraudar a tío Clemente que me crío desde niño por faltarme los padres. Decidí entrar a la universidad de otra manera, me inscribiría en letras y fingiría ir a medicina.  El semestre siguiente dije a mis tíos que había sido finalmente aceptado en la universidad. A tío clemente le brillaron los ojos y una sonrisa de total alegría inundó su rostro. No soporté mucho tiempo y subí a mi cuarto, ¡me sentía terriblemente mal por la mentira! Tía Sarita me compró al otro día una bata blanca, unos zapatos blancos, un pantalón blanco, todo blanco y me regaló un estetoscopio que había olvidado Raúl antes de irse al Perú. El primer día de clases asistí todo de blanco y con el estetoscopio colgado al cuello (el primero y el último). No quería hacer sentir mal a tía Sarita y me convertí en el primer estudiante de letras con atuendo de doctor. 

  En la Facultad le dejaban a uno leer mucho y la verdad es que no tenía dinero suficiente para hacer acopio del sinfín de títulos que debía leer si quería aprender algo. Tío Clemente me proporcionaba lo que podía para comprar material médico y otra vez tuve que mentir. No fue fácil pues por cada centavo recibido tenía que traer a casa un objeto que me ayudara con la carrera supuestamente cursada, por lo que poco dinero me quedaba para Dante, Milton, Goethe. Todo se me iba en grandes tomos de anatomía que únicamente servían para acordarme que mi vida era una mentira y de vez en vez, de pisa papeles. Pasé los cuatro años siempre con fotocopias y pocas veces con los libros de verdad.

 En una ocasión, ya iba yo a la mitad de la carrera, tía Sarita enfermó de gripa que se complicó por problemas de vías respiratorias. Tío Clemente me pidió que trajera algún médico de la Facultad para que llevara el caso de mi tía, pero ésta se negó y dijo que no hacía falta; lo que me sacó un suspiro de alivio pues no conocía un sólo médico. Este alivio duró lo que duró la frase y se esfumó con la siguiente, donde me encomendó personalmente la tarea de atenderla, ¡Tanto confiaba!, y yo sin saber un bledo de enfermedades respiratorias. Me puse rojo y los nervios eran evidentes. Me excusé por no tener un abate-lenguas a la mano, una lámpara, y cosas que se requieren en estos casos. Tía Sarita me entregó una pequeña llave que guardaba en un cajón de la cocina que nunca había visto antes y dijo – abre el baúl que está en el sotabanco, allí Raulito guardaba su material- y cuando me la entregó me apretó la mano. Nervioso abrí el baúl y me encontré con jeringas, abate-lenguas, la dichosa lámpara, banditas, un folleto de medicina, gazas, y en pocas palabras, un botiquín lleno de utensilios caducos y sin usar. Tomé el abate-lenguas con la mano temblorosa; examiné la garganta de tía Sarita por mucho tiempo antes de decir algo. Finalmente recomendé reposo, mucha agua, y prometí conseguir un medicamento que la mejoraría en un dos por tres, ¡pan comido! Al día siguiente saliendo de clase de etimologías grecolatinas pasé a la farmacia y compré un jarabe cualquiera para la tos, le quité la etiqueta y dije que lo había tomado prestado del laboratorio. Tía Sarita lo bebió gustosa y con una sonrisa fue a descansar al sillón. Toda la tarde y noche me despreocupé y me entregué a mis tareas literarias.

  Siempre procuraba tener tirados en la cama o el escritorio todos los libros médicos que tío Clemente compraba para mí (había una fortuna en ellos) y metía dentro de un tomo de “Desequilibrios Electrolíticos y Ácido-Básicos” un tratado de Gabriel Marce, o un ensayo de Díaz,  precaviendo una interrupción que bien podría tirarme el teatro encima. Y leía y leía y de medicina no aprendía un carajo.  Tío Clemente parecía no sospechar nada. La carrera médica parecía interminable. Decidí partir. Me trasladaría a Argentina a estudiar Cardiología (la verdad es que deseaba escribir en forma, lejos de tanta presión). Tío Clemente preguntó por qué y le dije que un amigo médico me había recomendado con el Instituto de Cardiología argentino y no podía dejar pasarla oportunidad.

  Aún faltaban unos meses antes de partir y tía Sarita estaba peor que nunca. El jarabe para la tos y el reposo no fueron suficientes. Mi reputación como médico se iba en picada y las sospechas se hacían evidentes, y es que hasta tío Clemente sabía más de vías respiratorias que yo. No me quedó más opción que conseguir un colega que me ayudara con tía Sarita. A este colega lo tuve que sobornar con parte del dinero que destinaba al viaje. Le hice actuar, a un verdadero estudiante destacado de medicina, que asistía conmigo a clases y que éramos buenos amigos. Así, “entrambos” tratamos a mi tía y pronto se recuperó. Antes de partir pensé que gracias a tal escena ya me creían todo, que no cabía la menor duda que había estudiado lo que ellos quisieron y que partía para continuar con el estudio del corazón. Descubrí que no el día de la despedida, donde luego de un fuerte abrazo y de comunicarles una vez más mis intensiones. Tío Clemente me lanzó la terrible sonrisa. Me dolía saber que en el fondo sabían la verdad y que me habían hecho creer que creían mis mentiras. Cosa de la que no quedó duda pues antes de partir tío Clemente me obsequió una maleta muy pesada que me pidió no abrir sino llegando a Buenos Aires. Nos despedimos por última vez, beso en la mejilla, tía Sarita con lágrimas en los ojos y el típico “regresa pronto”, que bien sabíamos no pasaría. 

 Ya instalado en el hostal de Buenos Aires abrí la maleta y no pude creer lo que había dentro: ¡decenas de libros de todos los periodos literarios!, de todas las corrientes,  una maleta que contenía parte importante de la literatura universal. Al final de todo una libreta de pasta dura que llevaba por título “Los Destinados”, una novela firmada por “Raúl Sarabia Toledo”… ¡Qué pillo!





sábado, 24 de abril de 2010

Eder / ojo por ojo.

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Yo nunca estaba en busca de acción. Lo único que deseaba era whisky en las rocas, Beethoven, y el viejo sofá. Es decir que yo era un viejo encerrado en el cuerpo de un joven. Pero en la vida no siempre se obtiene lo que se quiere y es así que justo cuando me sentaba en el sofá, whisky en mano, la séptima en el estéreo, sonó el teléfono. Mieeerda, dije, con el tufo a Walker rojo saliéndome entre las e y la r. Era Eder, una tía buenaza que conocí en Coyoacan. Nos fuimos a vivir juntos un tiempo y luego nos separamos y no volví a saber nada de ella en los últimos cinco años. Y de pronto llamaba para preguntar qué dice la vida y si podemos quedar. Tenía un culazo. Se me quitó lo avejentado y dije: ¡por supuesto! Me citó en Donceles a las cinco. Tenía tiempo para el allegro y un baño. 

 Eder y yo nos conocimos tomando clases de dibujo y pintura en Coyoacan. Aprendimos un par de cosas. Sobretodo: no somos Velázquez, ni Delacroix, ni Rembrandt. Ni Caravaggio ni Rafael. Ni siquiera Malevich. Lo que significa que no podíamos ni con la más simple geometría. No se nos daban bien las formas. Así que lo dejamos. Sin embargo lo pasábamos bien y comenzamos a salir. Hablábamos todo el día de impresionismo y de Picasso. De Modigliani. Estábamos de acuerdo en casi todo, por ejemplo, nos gustaba fumar antes del desayuno y beber en lugar de comer. Y follar y leer e insultar a Coelho. Todo era placer y risas y buenos momentos. Algo parecido al amor, ¡sí, señor! Pero luego llegaron los problemas. Planeamos vivir juntos. En verdad creíamos ser el uno para el otro. Rentamos un bonito apartamento en Insurgentes. Lo hicimos con la pasta de su madre. Suegra era una señorona enviudad y rica que hacía todo lo que Eder quería. Viviríamos en unión libre y nos dedicaríamos a follar y pintar todo el día. Algún día venderíamos nuestros cuadros en cuarenta millones de dólares. Mientras tanto, suegra se haría cargo. 

 O sea que era julio del 2005 y yo vivía con la mujer de mi vida siendo mantenido por suegra-mecenas. ¡Dios, era el paraíso! Nos mudamos al apartamento por julio 23. Era un lugar fresco y cómodo. Tenía tres habitaciones, una de las cuáles usaríamos como estudio del artista; otra para dormir; y otra para el bebé. Eder quería un bebé. A mí me daba igual. Mientras suegra corriera con los gastos, por mí podíamos procrear un kindergarten. Pero para julio 29...

 Los primeros días de nuestra vida en pareja lo pasamos follando. Lo hacíamos todo el maldito día y en todos los rincones del apartamento. Incluso llegó a ponerseme el pene morado. Me ardía. Se lo dije a Eder pero le importó dos cojones y se me echaba encima y me montaba. A mí me dolía pero no podía hacer nada porque si Eder se quejaba con suegra se me acababa la buena vida. ¡Y era buena vida, coño! Hasta que llegó el día. Acordamos decorar el lugar. Por supuesto, lo haríamos con cuadros. Yo votaba por cuadros de Varo, Chirico, Ernst, Magritte, Carrington. No pensé que Eder tuviera problemas con ello. El caso es que sí que los tuvo. Ella neceaba con cuadros de Kandinsky, Pollock, Miró. Yo no sé dónde le vino el gusto por lo abstracto pero no iba a dejar que colgara Kandinskys en mi hogar, Dios. El abstracto, le dije, es para quien no puede pintar decentemente una madonna. Eso la ofendió bastante. No me lo había dicho pero deseaba ser una gran pintora de abstracto. Y tooodo se fue a la merde. De pronto se le metió a la cabeza la idea de que nuestra relación no tenía ni pies ni cabeza. Yo traté de explicarle lo absurdo del asunto; no podemos tirar todo por la borda sólo por nuestra preferencias estéticas, dije. Accedí a colgar los rayones de quien sea con tal de salvar nuestra relación; de estar en paz, juntos, y mantenidos por suegra. Pero Eder estaba loca. Ese mismo día me echó y no volví a verla en cinco años. ¡Cinco años!

2

Llegué puntual a la cita con una rosa en las manos. Aquella podía ser mi oportunidad. Si lograba reconquistarla suegra quizá no haya muerto y podamos recomenzar. Eder estaba allí y lucía tremenda. Nos saludamos. Le di la rosa y dijo gracias. Caminamos al Fiesta Inn y entramos. En la azotea del hotel se montaron un restaurante desde donde puede mirarse la toda la plancha del Zócalo. A Eder le gustaba aquel lugar. A mí me daba igual y aunque no, aprendí la lección: NO LA CONTRADIGAS. Pase lo que pase, haga lo que haga, diga lo que diga, no contradigas a esta mujer. Nos pedimos dos especialidades de la casa que terminaron siendo enchiladas rojas,  y hablamos. Finalmente lo soltó. Tardó cinco años pero lo soltó, dijo: fue un error haberte dejado. ¡Dios, pensé, eres grande, cabrón. Ya me la debías! Bien, dije, ni que lo digas. Y rematé con un: te hecho de menos, linda. ¿Enserio?, dijo ella. ¡Que si no!, dije. Ella comenzó con el típico no sabía lo que hacía, era una niña caprichuda. Pero he cambiado. Ya, dije, sin rencores. Aquí se calló y frunció el entrecejo. No me creía demasiado. Creo que estaba pensando. Y bien, dijo, ¿qué haz hecho todo este tiempo? Se lo dije en dos minutos. No era gran cosa. Luego ella dijo: vale, he pensado mucho en ti los últimos meses y me gustaría saber si aún quieres casarte conmigo. Me cayó como una bofetada. Yo jamás pensé casarme contigo, dije. Se me salió. ¿Cómo?, dijo. En aquel entonces, dije, acordamos vivir en UNIÓN LIBRE, ¿recuerdas? traté de mostrarme lo más sereno posible. La verdad estaba muerto de miedo. No quería cagar la última oportunidad de mi vida. Terminamos de comer y dejamos el tema. Le invité a por un trago. No más trago, dijo. Ya, dije, entonces a por un café o algo. Pagué la cuenta y fuimos. 

 En el camino me contó un par de cosas: dejó la pintura y comenzó con la fotografía. En los cinco años que pasaron se acostó con algunos tíos pero nunca lo pasó tan bien como conmigo. Y es que de no ser por Kandinsky en verdad eramos el uno para el otro. Yo le dije siento lo mismo, no hay nadie para mí que no seas tú. Me cogió la mano hasta llegar al café. Nos pedimos un americano y un capuccino. No recuerdo que tomaras capuccino, dije. No lo hacía, dijo. Ya, dije. Comenzamos a platicar seriamente de un re-encuentro. Le juré: no hay nadie más en mi vida. Era verdad. Recién me habían botado por problemas de alquiler. Pero eso no sucedería jamás con Eder. El caso es que ella ahora deseaba casarse. Traté sutilmente de hacerle ver las ventajas de la unión libre. Quizá fui demasiado sutil o ella demasiado necia. No logré moverla del casamiento. Me lo tenía que pensar bien. Saqué un cigarrillo de la cajetilla y se la extendí a Eder para que tomara uno. No fumo, dijo. Sí que fumabas, dije. Encendí el cigarrillo y eché el humo a la derecha. A la izquierda estaba Eder. Con que casarnos, dije expulsando humo. Con todas las de la ley. Sí, dijo ella. A los quince años me prometí no casarme. Entendía que todo eso es un contrato y un impuesto y un modo de control. Me dije que si una mujer me amaba, y yo amaba a esa mujer, no dejaría que nuestro amor se manchara con un trámite burocrático. Claro, ese tipo de promesas no pueden hacerse a los quince años. Por ello coloqué una cláusula que rezaba: si rompes la promesa, que sea con la mujer que realmente amas. O sea que no era tan imbécil a los quince como decía mi padre. 

Tengo que pensarlo, dije. 

3

Eder me dio tres días para tomar la decisión. Llamé a Garrison y le conté. Le dije: Eder quiere casarse conmigo. ¿Quién?, dijo. Eder, dije y se cagó de la risa. Siempre lo hacían él y todos. Eder no es un nombre de chica. Entonces yo decía, por ejemplo, ayer lo hice con Eder, tío. Y se cagaban de risa. Como sea Garrison no dijo nada. No fue de gran ayuda, quiero decir.


 Me lo estuve pensando todo el día. No era tan malo después de todo. Así dejaría de preocuparme por pasta. No tendría que no-trabajar y morirme de hambre al mismo tiempo. El matrimonio es sólo un papel, me repetía. No voy a dejar que un papel y un poco de orgullo interfieran en la oportunidad de mi vida. Y podía engañar a Eder con otras; todos los maridos lo hacen. No es la gran cosa. Además, casados, Eder no podría abandonarme tan fácil si teníamos una discusión pueril. Sí, me dije, eso es. Ella cree que me ata pero no. SE ATA ELLA. Me casaré por bienes mancomunados y así un parte de sus cosas será mía. Me sentí culpable con ese último pensar, vil, pero luego recordé que las mujeres lo hacen todo el tiempo.


4


Llamé a Eder y la cité en mi casa a las dos en punto. Me arreglé lo mejor que pude para darle la noticia. Escombré un poco la casa y compré birra y galletas. Serví las galletas en una charola y las puse en la mesa, junto a la birra. También coloqué un par de velas aromáticas que Sharon dejó alguna vez olvidadas, y esperé.


 Eder llegó treinta minutos pasasdas las dos. Llegó con un par de maletas. Dios, dije, cómo supiste. ¿Cómo supe qué?, preguntó. Traes maletas, ¿cómo supiste que diría sí? No lo sabía, dijo. Ya, dije, olvídalo, pasa. Ajá, dijo. Parecía consternada. No era la misma Eder alegre y hippie que yo conocí hace cinco años. Compré galletas, dije y le ofrecí una. Gracias, dijo, llevándose a la boca un elefante. O un perro, no sé bien. Entonces te has decidido, dijo. ¡Así es!, dije y abrí los brazos para darle un apretón y un beso pero no captó la idea o algo y me dejó estirado. Lucía preocupada. Lo inspeccionaba todo. Miraba el sofá, mi viejo sofá, el reproductor, la televisión descompuesta, el parco amueblado. ¿Dónde está el cuarto?, preguntó. Allá, dije, señalando el pasillo hacia el cuarto. Entró. Yo la seguí. Estaba parada en la entrada de la habitación y la cogí por la cintura. ¿Y el closet?, preguntó. El closet es aquella maleta, dije. Se me separó. Estaba realmente consternada. ¡¿Aquí es donde viviremos?!, dijo. ¡Coño, no!,dije, aquí es donde vivo yo. Viviremos donde tú quieras. Podemos rentar un apartamento en Insurgentes, como antes. Hizo un mmmh y luego dijo: hasta donde entendí, estás desempleado. Primero deberás coger un empleo y luego... No, no, no, dije, ES-PE-RA. ¿Qué hay de suegra? Ja, dijo, ¡me ha echado! ¿¡Queee!?, dije, o sea que... Sí, dijo, me ha echado, no tengo a dónde ir. ¿Y quién pagará la boda, la casa, el auto, las cosas?, pregunté atemorizado. Pues tú, dijo, por eso nos casaremos. ¡Estás equivocada!, dije, así no son las cosas, recuerda: tú y yo follamos y pintamos o hacemos fotos o lo que sea y suegra es la mecenas. Eso era antes, dijo, ahora madre piensa que ya es tiempo que haga una vida por mí misma. Busca un empleo, me dijo,  o busca un hombre, pero por el amor de Dios, !haz algo que no sea dilapidar la fortuna de tu padre! ¡Dios mío!, dije.


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Le dije a Eder que podía quedarse pero al día siguiente la eché porque dijo prefiero  Handel que Bach

 Quizá en cinco años todo regrese a la normalidad. 

Petrozza, M. Abril 2010.







miércoles, 21 de abril de 2010

De ser escritor 3 / Yo no soy Bukowski

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Comencé a rodearme de tíos que escribían y que estaban como yo en el anonimato. Entre ellos estaban Garrison e Y.G.P. Nos reuníamos en el apartamento de Luciano, en la colonia  Del Valle, en la calle de Fresas. Eran una bola de egotistas. Asistí a unas cinco o seis reuniones pero al final no saqué mucho. Bebíamos tinto, escuchábamos Beethoven y Bach y Manu Chao y leíamos los textos que escribíamos. Pero al final no pasó nada. 

    A los únicos que aún frecuento de todo eso es a Garrison y a Y.G.P. El primero era un "escritor Alfaguara" y el segundo un periodista. A Garrison le enorgullecía que yo le dijera escritor Alfaguara. Yo quería decir: escritor con una fórmula cursi y repetitiva que abusa de los adjetivos y pretende ser Márquez, Llosa, Allende, etc. Pero Garrison decía que ser un escritor Alfaguara es ser un tío que vende y vive de la literatura. Y daba una bocanada al cigarrillo y reía enorgullecido. Y.G.P. no tenía un estilo definido. Casi no lo molestaba. Ellos por el contrario me jodían siempre diciendo que mis textos eran Bukowskianos. En el mejor de los casos. En el peor: que yo emulaba Bukowski. Cómo voy a parecerme a Bukowski, decía yo. Bukowski escribía su vida y yo la mía, coño, cómo voy a parecerme. Pero ellos decían que era lo mismo Bukowski y yo. Y Garrison decía que mi literatura era anti-estética. Y.G.P. decía que yo era como Pedro Juan Gutiérrez. Y yo decía, mierda, cómo voy a ser como Pedro Juan si él ni siquiera escribe su vida, se inventa las cosas. Pero ellos decían que yo era un émulo. 

   A mí no me importaba demasiado porque para ese entonces yo había leído mucho Bukowski y Pedro Juan y Carver y Wolff y Palacio y Hemingway y Miller y etc. O sea que yo ya sabía perfecto que mi estilo no era nada nuevo. Pero mierda, no iba a detenerme por eso. ¿A caso a Bukowski no le dijeron eh, tío, tu estilo es igual que el de Miller, etc.? ¿O nadie le dijo al Boom latinoamericano que todos eran la misma cosa? ¡Pues claro! Pero eso no importa. Continué escribiendo crudo, lacónico. 

   Nos reuníamos en el café la Selva del centro de Tlalpan. Hablábamos de muchas cosas pero siempre salía algo como: deja de escribir a lo Bukowski. Y yo: coño YO NO SOY BUKOWSKI. No, tío pero escribes como él, decía Garrison. Y lo decía despectivamente. Es decir que a él le gustaba Bukowski pero no le gustaba que yo escribiera lo que escribía que según era muy parecido a Charles. Garrison llegó un día con el libro ¡Adelante!, de Bukowski y me dijo, tío, tienes que leer esto. Me recitaba los poemas extasiado y yo decía, sí, es bueno.

  Yo leía Bukowski y no me creía las cosas. Pensaba, NAAAAH a ese tío no pudo haberle pasado eso. Pero la vida me dio una gran lección. Descubrí que la realidad supera la ficción. Comencé a escribir la vida y luego nadie me lo creía. Nadie creía que una tía desconocida se besara conmigo sólo porque le dije: chúpame el pito. Y ella dijo: ¿qué? Y yo dije disculpa, si no quieres no. Y entablamos conversación. Estábamos en un bar. Le expliqué mi teoría: es cosa de probabilidades. ¿O sea que vas por allí diciéndole a las chicas chúpame el pito?, preguntó. Sí, dije, de cada cien, cinco tienen que decir que sí. Veinticinco que no y setentaicinco puede ser. Seguimos hablando y no me lo chupó pero nos besamos. Yo había leído eso de las probabilidades en una revista y no iba por allí diciéndole eso a las tía; sólo se lo dije a ella. Ella era la primera en escucharlo y casi cae. Le dije que lo hacía siempre para que pensara que otras sí lo habían hecho y no se sintiera tan puta. Nadie me creyó eso cuando lo escribí. 

   Y tampoco me buscaba las cosas. Llegaban solas. No iba por allí esperando que algo me pasara, de hecho era un tipo bastante aburrido. Pero cuando empecé a escribir la vida me di cuenta de que siempre suceden cosas. No importa cuánto te resistas, siempre pasan cosas maravillosas. Descubrí que hasta entonces no me había dado cuenta de lo extraordinario que son los teléfonos. No me creo que desde aquí pueda llamar a Nebraska o Tokio o Nauru y escuchar a un tío como si estuviera justo a mi lado. Ya se sabe que los teléfonos son cosa de todos los días. Pero yo pensaba mucho en ellos. También en los hornos de microondas. Y en los aviones. Y en los camiones de carga. Y en las tías. Y yo escribía todo eso. Lo vivía y luego lo escribía y ya no me lo creía. Me he retractado de escribir algunas cosa porque no sé si luego yo mismo las creeré. ¿Es que acaso me importa lo que piensen los demás? ¡Pues claro! ¿A quién no? La cosa es aceptar que nos importa y entonces es más fácil. No me importa que a Garrison e Y.G.P. no les guste lo que hago pero me importa que lo piensen. Es distinto. 

   El problema con escribir era que yo aún no conseguía nada. Tenía libretas llenas de textos pero no había publicado una sola línea. Algunos mamones del grupo en la La del Valle ya habían publicado algún texto. Garrison, Y.G.P. y yo, no. Garrison porque dejó de escribir. En cuanto a Y.G.P., también. Garrison se casó y obtuvo un empleo. Y.G.P. obtuvo un empleo. Yo era el único tratando de hacer algo. A veces pensaba que era un genio. Supongo que eso le pasa a todos menos a los genios que siempre se pensaron que no lo eran. Luego me daba cuenta que no y me dolía. En cambio los genios siempre dicen yo no me considero especial. Y yo sí que me consideraba especial. Y los genios dicen nunca llegué a pensar que mi obra llegara a tanto éxito. Y yo pensaba que mis obras llegarían a más éxito. Así descubrí que yo definitivamente no era un genio. Entonces hice lo que mis posibilidades daban. Inventaba historias pero yo no nunca quedaba convencido con ellas. Era una insatisfacción constante. Hasta que aprendí a contar la vida y no pretender nada. Creo que la vida de cualquier personas es digna de ser contada. Todas las vidas son interesantes cuanto se les cuenta. O eso me parecía a mí.






Petrozza, M. Abril 2010.
   

Las putas rockanrolleras

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Todas las mañanas desayunaba la pequeña Natasha, acompañada de sus padres, un plato de cereal con mariposas de malvavisco. Su padre leía el periódico y su madre servía la mesa mientras un estruendoso riff guitarro-metalero asomaba furioso desde las escaleras como un enorme dragón que entraba en el alma de la pequeña hijita de papá. Siempre lo acompañaba alguna voz chillona que blasfemaba en un intento bizarro por cantar, y el retumbar de poderoso tamborazos arrítmicos.  La niña siempre se quejaba del ruido y pedía a los padres que hicieran cesar el escándalo. Acostumbrados los padres, pues tenían más tiempo escuchando la música de Jenaro, no hacían nada por detener lo que ellos consideraban un simple estropicio. 

 Cuándo Natasha nació, su hermano mayor tenía cinco años y desde el primer día en que tomó conciencia supo que lo odiaba. No es que lo odiara de verdad, no pasaba de un odio fraternal, típico, decían los padres, que dos hermanos se malquieran, ya se entenderán. Jenaro no opinaba nada al respecto, el odio que su hermana le profesaba lo tenía sin cuidado. El único comentario que hizo en su vida fue cuando leyó en una revista de psicoanálisis que la mujer celaba al hombre porque carecía de falo; soltó una carcajada y la ya no tan pequeña Naty quedó roja de coraje y de vergüenza. Se fue a chillar al jardín y pisoteó las flores de mamá. Se sentía tan sola, tan frágil, tan niña, tan sin falo.

 Así transcurrieron trece largos años en los que Natasha se esforzaba por molestar a su hermano Jenaro hasta que un buen día su madre le dio la noticia: vas a tener un hermanito. -¡Noooo!- Gritó la niña -no oootro…- El insomnio se apoderó noche tras noche de Natasha y rogaba a Dios detuviera el embarazo de su madre. Se revolcaba en la cama y amanecía torcida, ojerosa y desvelada para ir a la escuela. Regresaba a casa adormilada, dormía, se levantaba, comía y se volvía a acostar, para en la noche despertar y suplicar una vez más que no naciera el niño. No le importaba nada, no se arreglaba, no comía bien, se mordisqueaba las uñas y no hacía sus tareas. Los padres pensaron en mandarla al psicólogo; no se lo dijeron pero ella los escuchó hablar tras la puerta de su habitación en una de esas noches de terror. La idea le puso histérica pues seguro que el psicólogo pensaba como la revista. 

 Jenaro vivía encerrado en su mundo metalero escuchando música a más de treinta decibeles, idolatrando héroes de la guitarra y fumando hierba en la azotea. Nunca había prestado atención a los estados de humor de su hermana pero la verdad sí extrañaba sus vagos intentos de chingajoder. De en cuando en cuando Jenaro pasaba veloz con sus amigos por el comedor dónde siempre estaba Natasha viendo el televisor y le propinaba un manotazo en la cabeza. La niña ya no se molestaba. Algo peor que Jenaro estaba por venir al mundo. 

 A los siete meses de embarazada su madre, pasaba las horas Natasha ideando un plan para evitar la tragedia. Rezar no le daba resultados. Intentó golpear el abultado vientre de su madre con un una bola de baseball. Erró el tiro y madre ni lo notó. Se enteró por un documental en la T.V. de una planta que haciéndola té provoca el aborto. Trató como loca de conseguirla pero ninguno de sus amigos, ni los más grandes, es decir, los quinceañeros, sabían dónde comprar el artilugio. Estaba desesperada y de pronto un compañero de clases, uno deseos que no cae bien a nadie, le consiguió la dichosa hierba que le vendió en la suma de todos sus ahorros. A hurtadillas la vació toda en un traste con agua, la puso a hervir y lista, la colocó en la olla de la sopa del día; total, pensó.  Comieron todos menos Jenaro, siempre distante. Por primera vez, Natasha oraba dando gracias al señor por los alimentos. O eso creyeron los padres. En realidad agregaba a la sopa una plegaria, no estaba de más. Terminaron la comida y nada pasó. ¡Maldita sea! Pensó Natasha, seguro fue por la plegaria. Se sentó con sus padres a ver televisión y en una hora o dos los tres entraron en tremendo letargo. Le habían dado gato por liebre.

 Por fin llegó el día del alumbramiento. Natasha estaba furiosa, daba vueltas como loca por la sala mientras esperaba la llegada de los padres. Jenaro se divertía con un sanguinario juego de X-Box y sólo le dirigía la palabra para gritarle que no pasara frente a la pantalla. Sonó el timbre y tuvo que abrir el hermano pues la niña se había ido al jardín a maldecir y blasfemar entre sollozos y pataleos. Desde la ventana en la cocina asomaba un carita triste que miraba recelosa a madre entrar, bulto en manos, y a padre sonreír altivo frente al hogar. A la distancia, entre risas y suspiros, alcanzó a escuchar: se llamará Kathya. Los ojos chicos se agrandaron, las comisuras de los labios se fueron para arriba y Natasha entró feliz a ver a la recién llegada. ¡Una hermanita, otra afálica en la familia, que feliz era! Le enseñó a caminar, le regaló sus muñecas, le leyó cuentos, le compró ropita, era lo mejor que le había pasado en la vida. Crecieron juntas, siempre juntas, inseparables, invencibles. Jenaro se comportó igual que con la primera: indiferente, aburrido. 

 Pasó el tiempo y Kathya llegó a los cinco años para cuando Natasha tenía dieciocho, y Jenaro veintitrés. Natasha le contaba a su hermanita sobre su hermano mayor, no le hablaba mal pero inconscientemente le inculcaba antipatía hacía él. Hasta que un día…  Kathya le dijo a Natasha que le agradaba el cabello largo de su hermano. -Me gusta- dijo, mientras Jenaro se cepillaba la mata. La diciochoañera quedó muda, nunca pensó que el cabello de Jenaro fuera hermoso, pero ahora que lo veía, su hermanita tenía razón. No sólo su cabello si no sus pantalones negros ajustados, sus botas de vaquero, su cinto de calavera, todo él, allí parado sin camisa. Los músculos marcados, frente al espejo del pasillo, vanidoso pero varonil. Ya no era hostil, era interesante. Jenaro volteó ante la presión de las miradas y  luego de un simple, ¡qué me ven!, se encerró en su cuarto. Por primera vez, gracias a Kathya, Natasha se moría de ganas por entrar al oscuro santuario de su hermano mayor, ¿qué habría dentro?

  Era viernes, Jenaro no llegaría a dormir. Ésta era su oportunidad. Las hermanas se disponían a irrumpir la privacidad del metalero. Entraron a hurtadillas, como si el lugar o la acción se los exigiera. Natasha batallaba internamente, el odio se tornaba fascinación. Tras la puerta lo primero que asomó fue la penumbra: una vela alumbraba ligeramente el lugar. Dando pasitos entraron un poco más. Kathya fue la primera en tocar los objetos, levantó la réplica de un cráneo humano. La mirada de la mayor se posaba entre gatos disecados, posters gore, discos de portadas aterradoras, libros negros, una varita de incienso, tantas cosas que hasta el momento jamás imaginó le gustaran a su hermano. La pequeña encendió la luz y se sentó en la cama sin tender, quitando unos acetatos. Leyó entonces las portadas con su vocecita de niña de cinco años: Black Sabbath… Pink Floyd… Luego tomó un libro del buró e intentó seguir leyendo… Ne… cro… no… mi… cón.  La llamada de sus padres a cenar las distrajo y bajaron rápidamente.

 Natasha a sus dieciocho era una niña muy normal a decir verdad. Nunca se inclinó hacía alguna de esas modas pre-adolescentes, todo su mundo era su pequeña hermana. Lo que vio en el cuarto de Jenaro la dejó pensando; le agradaba. Desde aquel día todos lo viernes entraba a la habitación sagrada, a veces con Kathya a veces sola, y estudiaba cada uno de los objetos. Le gustaban en especial los gatos, tan bellos inmóviles. Después no únicamente los viernes, sino a cada momento posible, entraba y leía: Lovecraft, Blake, Byron, Sade, ¡ah Divino Marqués! La sedujo de inmediato, le hizo el amor mentalmente. Nietzsche, le cambió la vida. Natasha era otra, más orgullosa, rebelde, inconforme. Platicaba de todo con Kathya, que no le entendía, y juntas le pusieron nombre a los cuatro gatos de su hermano: Mefistófeles, el bigotón, Dante, el negro, Shakespeare, el siamés, Darío, el angora. 

 Las miradas de Natasha para Jenaro cambiaron. Lo observaba, siempre seguro, con garbo, se moría de ganas de decirle: enséñame, ¡llévame contigo! Se preguntaba ¿a dónde irá? Él siempre callado, misterioso, bad guys wear black, decía Pantera, nunca había escuchado los discos pero había leído los booklets. Seguro su hermano era un chico malo, ¡qué emoción! La atención por su hermana menor disminuyó. 

 Una tarde Jenaro llegó a casa con una bella Explorer blanquinegra. -No sabía que tocaras la guitarra-, dijo Natasha, pero Jenaro pasó de largo sin contestar. Esa misma noche la hermana sándwich entró al cuarto de su hermano mientras éste dormía, quería tocar por un momento el instrumento; aunque fuese un pequeño rose con la yema de los dedos. Apunto estuvo de lograr su objetivo cuando Jenaro despertó. -¡¿Qué haces aquí?!- le dijo. Natasha no supo cómo explicarse; al amanecer, luego de una larga charla, su hermano pudo comprender lo que quería decir: perdón por odiarte, quiero conocer tu mundo.

 Los padres de los niños ya tenían suficiente con un rockanrollero y ahora sus hijas también empezaban a cambiar. Natasha se pintaba  de negros ojos y labios, se metía en pantalones de piel o faldas cortas y leía  Anton LaVey. No era tanto la música sino la actitud. Kathya que simplemente seguía el ejemplo de su hermana, amiga y tutora de toda la vida, ya sacaba la lengua y hacía cuernitos con las manos a todo el que la mirara. Hasta aquí todo estaba bien. Pero los años pasaron…

 Natasha cambiaba de novio cada semana, ya tenía veintitrés años, y llegaba ebria a casa. Kathya no quería ir a la escuela y decía groserías a sus padres. Ambas eran insoportables. Si se les decía algo citaban algún autor libertino para dejar con la boca abierta a todo mundo. No comían pues quería ser símbolos sexuales del Festival Oscuro, y soñaban con hacerse las tetas. Padre sufría mucho. Un sábado por la noche, mientras regaba el jardín, pasó un auto con tres jóvenes dentro que  bajó la velocidad para gritarle: ¡su hija es una patiabierta de mierda! Cinco minutos más tarde llegó Natasha dopada, con el bra en la mano y los pezones en alto. La madre casi fallece de la impresión y el padre estaba que se lo llevaba el diablo. Primero se culparon solos, pero claro, ¿ellos en qué habían fallado? Culparon entonces al cielo, pero no tenía caso, no quedaron satisfechos, el cielo allá arriba tan tranquilo, tan lindo, con luna llena y todo, mientras una de sus hijas se prostituía con cualquiera, y sí, se prostituía, pues entre los calzones de Natasha encontraron billetes arrugados, mal habidos, sucios. Aterrador el asunto. El siguiente sospechoso fue la música, ¡esa maldita música! Pero la verdad no era convincente pues Jenaro siempre la escuchó y ahora a sus veintiocho años ya no vivía con sus padres, terminó una carrera y trabaja muy contento en quién sabe qué cosas de computación. El único restante era él, aquel que les enseñó todas las cosas que sabían hacer, que les dejo todos sus discos y libros endemoniados que trastornaron la mente de sus amadas hijas.  

 Furiosísimo, padre entró al auto y condujo los cien kilómetros que lo separaban de su primogénito, los recorrió en menos de treinta minutos, ambas manos al volante, ojos clavados en la oscuridad de la carretera, las noticias en el radio. Arremangándose. Subió al apartamento de Jenaro. Tras, tras, tras. Jenaro despertó, ¿quién sería a esta hora? Muy tranquilo como siempre, se puso los lentes, pues su carrera en ingeniería computacional le cobró parte de la vista. Tras, tras, tras, continuaban golpeando la puerta. -¡Abran de una puta vez!- se quejó un vecino. Jenaro se apresuró y en el camino se golpeó el dedo meñique del pié izquierdo, ¡qué dolor! Quitó la cadena de la puerta y finalmente abrió para recibir un puñetazo de su padre que le gritaba,  ¡Tú, tú las hiciste unas putas rockanrolleras!








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