lunes, 29 de marzo de 2010

Economias insólitas.

AudioTexto


Es curioso que la gente pague por ver películas de terror. Cuando un tío llega por detrás y me pega un susto, no le doy cuarenta pavos. Pero la gente sí le da cuarenta pavos a una industria para que le pegue uno bueno. No comprendo dónde está el objeto de pagar para ser aterrorizado, asustado, sorprendido y pillado con trucos pirotécnicos y de Ketchup.

Tampoco entiendo los parques de diversiones donde se afloja la pasta para que lo zaranden a uno y en una de esas, el paro cardíaco o los huesos rotos. Claro que lo del corazón no lo cobran (ni lo óseo), eso viene gratis si se tiene suerte.

Creo firmemente que hay mejores formas de gastar el dinero. Por ejemplo, un tratado de filosofía estética. Es seguro y no asusta (?). Y si de plano se quiere despilfarrar (tirar el dinero a la basura) un libro de Fengh Shui o de Cohelo.

Eso sí. Por ningún motivo se inicie el intercambio de valores monetarios en la compra de un regalo virtual porque usted no estará sólo regalando el dinero sino que estará estallando la hilaridad y la billetera de algún ser sin alma que pone a la venta unos cuantos bits de información inútil e inexistente. 



domingo, 28 de marzo de 2010

De la literatura 1.

AudioTexto.


Trato de ser franco. Escribo las cosas tal como las veo y tal como suceden. Algunas no son agradables pero eso no es problema mío. Yo no tengo la culpa de que como dice Abdul, nuestra vida tenga tanto sentido (quiero decir tan poco sentido) como lo tiene la vida de una nutria o un escarabajo. El objeto de todo esto es la literatura aunque hay quien dice que no. Da igual. No hay objeto en todo esto sino comunicar. Toda la literatura tiene tanto sentido a fin de cuentas como el sentido, mucho o poco; o casi ninguno, de mi literatura. O de la literatura de un mejillón. No importa si se es Goethe o Milton o Rilke. Hay gente a la que sorprende que yo escriba ayer fui con una puta y me la cogí. A mí me sorprende que alguien escriba: "...senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la insulté."

    Es cierto. Cuando digo: escribo las cosas tal como las veo. Y cuando hablo de ser franco, la perspectiva mía es la que mueve al brazo. Pero como sea, es perspectiva franca y vista tal cual. No podemos culpar a Rimbaud porque dijo soy un cerdo y la crítica lo creyó un gran poeta. Quizá los cerdos eran otra cosa allá en la perspectiva del poeta.

    Lo que quiero decir es: tanto en la vida del hombre como en la literatura, que es otra vida aparte, lo que gobierna es el absurdo. Lo único que mide la buena de la mala literatura es la honestidad y el ingenio. Es decir, la honestidad y la ingeniosa manera de interpretar la realidad de que sea capaz el autor de un texto. La literatura honesta sale de las entrañas; la capacidad de ingenio viene del cerebro. Cosa única que diferencia nuestra literatura de la literatura de una nutria.

    La honestidad y el ingenio no son como podría parecer, indirectamente proporcionales. Ingenio no significa ficción y honestidad no quiere decir realismo. Por honestidad entiéndase verosimilitud en el texto, y lo importante: qué quantum de experiencia propia en un mensaje imprime el autor. Así como una obra de ficción puede estar inspirada mucho o poco en vivencias y fijaciones: experiencia de un autor; el autor puede inventarse mundos no experimentados y será poco honesto. Un ejemplo muy claro de esto es 1984 o Un mundo feliz o Alicia en el país de las maravillas o Lobo estepario. Obras todas fantasiosas y a la vez tan honestas.

    Por ingenio entiéndase forma. La manera de expresar lo vivido, ya sea por medio de un recurso literario, de una ficción o de la cruda realidad.

     Cuando honestidad e ingenio se amalgaman crean una literatura sólida como un tabique de hierro. Es dura, pesada y quizá poco estética. Pero la estética es un absurdo, una veleta. Es  cosa de nutrias con smokin y crítica literaria.

Petrozza, M. Marzo 2010.

sábado, 27 de marzo de 2010

El alquiler.

AudioTexto


Faltaba media semana para que el alquiler se me viniera encima. Mi novia dijo: si no cubres el alquiler, me marcho. Hablaba enserio. La había visto toquetearse con un tío. Uno del trabajo, creo. Yo le dije quizá tú puedas ayudarme con algo de pasta. Pero el mes pasado prometió sería la última vez y ahora pensaba cumplirlo. Vaya momento para cumplirlo, pensé. No entiendo por qué tengo que pagar todo yo, dije, la renta, comida, tus bragas, ¡tú eres la que trabaja! Tú eres el hombre, dijo. A la mierda con eso, dije, ¡ayúdame! No quería ayudarme. Encendí un cigarrillo. Ella encendió uno también. Se sentó a mi lado, en el sofá y dijo quedo: escúchame: ya no puedo. Ya no puedo, dijo. No hay problema, dije. La abracé y luego la largué. 

    Al día siguiente escuché un auto afuera de la casa. Yo estaba bebiendo un poco y ella estaba trabajando, o debería estarlo. Escuché un auto aparcar y luego ya no escuché nada. Estaba en el sofá pensando cómo ganar algo de pasta. ¡y rápido! Luego escuché más ruidos pero no le di importancia. Eran ruidos como de amortiguador. Telefoneé a la clínica y saqué una cita al día siguiente. Luego llamé de nuevo y saqué otra cita. Pensé que con tres citas pagaría la renta y compraría algo de whisky y aceitunas. También pensé que mi novia podía irse a la mierda. Llamé una tercera vez; que era llamar a la clínica tres veces con diferentes datos: nombre falso, dirección, etc. Es un sistema complejo pero efectivo. Hay que ser hábil, cínico y poco responsable con uno mismo. Una vez con mis tres citas me sentí calmado. Encendí un cigarrillo y le pegué duro al trago. 

    Estaba a punto de quedar dormido cuando escuché las portezuelas de un auto y cuchicheo. Era mi novia llegando. No dijo nada pero creo que los ruidos del auto eran ella haciéndolo con alguien en un auto. Todo ese tiempo ella estuvo haciéndolo con alguien allá afuera. No lo dijo pero lo sé. Fue directo a la ducha y luego a la cama. Fumé el último cigarrillo de la caja y me dormí allí mismo, en el sofá. Mañana le diré vete a la mierda, pensé. 
Petrozza. M. Marzo 2010.

Dos pensamientos.

AudioTexto.
 

Pensamiento primero.

    Hay dos momentos en la historia de la humanidad donde al hombre se le cayó el teatro, a saber: cuando Darwin descubrió la evolución  y con ello aparejó al humano con los animales, particularmente los primates, y todo lo que ello implica, sobretodo: el hombre es un animal con vello púbico, apéndice vermiforme coecum y muelas posteriores rudimentarias.  Lo que sólo podía significar dos cosas: 1) que si el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, Dios es un gran primate. O 2) No hay dios. 

    Y la segunda cuando se convenció, aceptó y digirió que en efecto, no hay dios.

    Esto me hace pensar en un lactobacilo que paga impuestos. O en un ser fungi que descubre que la generación espontánea no es divina, ni espontanea.

Pensamiento segundo.

    Ayer miré un programa en el National Geographic sobre nutrias. Las nutrias nacen; pensemos en una nutria que nace; y desde ese momento se le viene encima el mundo. Es increíble cómo se le viene el mundo a las pobres. Un mundo hostil lleno de peligros y depredadores. A los padres de las nutrias les importa poco. La cría debe sobrevivir una suerte de desventuras que involucran tiburones, escasez de alimento, climas, ect. Luego, cuando entran en aquella edad (edad maravillosa en la vida de una nutria adolescente), se reproducen y poco después, mueren.  Es decir que (vista toda la vida de una nutria en un flashazo de cuarenta minutos) luchan por sobrevivir y luego, mueren. No importa si triunfan o no, muren. 

    Bien. Se terminó el programa y pensé en el tiburón, ¡vaya abusivo! Y supe que la vida para él era la misma cosa: sobrevivir y morir. Y los mismo para todo el National Geographic. Luego me aterrorizó pensar que el hombre tiene la suerte igual y peor: hay que sobrevivir y pagar impuestos.  La vida de una nutria carece de todo sentido. El fin es la conservación de una especie que funge de alimento a otra especie. La vida del hombre tiene como fin la conservación de una especie a la que fungen de alimento todas las especies. 

    Me da miedo pensar que somos la cosa más absurda del reino animal y de todos los reinos. No somos mejores que las nutrias ni los mejillones.


Abdul Al-Hazred. Marzo 2010.

jueves, 25 de marzo de 2010

No me parece.

AudioTexto.


Me estaba quitando una hebra de carne que se me había quedado entre las muelas. Me había jodido todo el puto día. Creo que la obtuve de un taco. La lengua me ardía de tanto tallarla contra el diente. Estaba echado en el sofá quitándome la condenada hebra mientras todo el mundo luchaba. Mientras el dólar subía o bajaba. Mientras la plusvalía de mi casa se iba a la mierda. Mientras yo me iba ala mierda.

    No me parece justo que uno tenga que luchar por una vida que le vino de la nada. No me parece que los niñatos de Nauru nazcan con una deuda de cuarenta dólares por estadísticas económicas y cosas.  No me parece que Vincent muera de hambre porque ama el arte.  No me parece que si Dios o lo que sea hizo la Tierra, paguemos la Tierra. Ni las frutas ni los vegetales ni la carne. Pero eso es cosa de hippies. No soporto que la gente crea guay luchar y que el dinero es la única meta. El hombre debería ser libre y dedicarse a lo que le plazca. Y si le place no dedicarse a nada no debería preocuparse por alimento ni vestido. Ni por un lugar donde vivir. 

    Yo he tratado de vivir así: sin preocuparme. Pero eso también es una forma de luchar; de sobrevivir. Y no me parece. Hay tantas cosas que no me parecen y lo sé: da igual. El mundo no va a cambiar.

    No me parece justo que un espermatozoo termine siendo Gandhi o Freud o yo.

Petrozza, M. Marzo 2010

martes, 23 de marzo de 2010

De un tal Randy 4.

AudioTexto


Llegué a casa de Randy luego de dos horas. Sharon y él discutían. Los había visto discutir cientos de veces pero ésta era enserio. Los gritos llegaban hasta afuera. Yo y otros vecinos los escuchábamos. Randy gritaba ¡eres una puta! Como si fuera noticia, pensé. Un crío de nueve años se paró frente a la casa de Randy. Vestía ropa holgada y una gorra. Randy gritaba: ¡te mato, zorra, te mato! El pibe se acercó a la ventana. Me acerqué también. Vaya tíos, dije. El niño no contestó. Escuchamos un ruido; como algo estrellándose en la pared. Trastos, pensé. El chico miró por un intersticio en la persiana, dijo ¡vaya, tía! Déjame mirar, dije. Se hizo a un lado. Sharon cogía cubiertos y los aventaba a Randy. Llevaba un blusa larga que le cubría hasta medio muslo y nada más. Eso me recordó a Lourdes.

    El chico y yo estábamos clavados con eso. Una voz detrás dijo: Charlie, no espíes a los vecinos. Era un hombre gordo, moreno, de bigote. Vestía bermudas y playera roja. Creí que se llevaría al chico pero se quedó. Randy gritaba ¡ahora sí te mato, guarra! El gordo corrió a la ventana. Randy sacaba algo de un cajón. El gordo dijo ¡hijo de puta! Charlie dijo: ¡Es una arma! Yo pensé ¡mierda! Y toqué a la puerta. Toqué con todas mis fuerzas. 

    Randy abrió y los mirones se largaron. Calma, hombre, le dije, estás dando un espectáculo. ¡la mato, tío, la mato! me gritaba. No era un arma lo que sacó del cajón, era el control del televisor. Lo encendió y se sentó a mirarlo. Sharon estaba en el baño. Encerrada. Randy me lo contó todo: había cachado a Sharon en la cama con dos tíos. ¡En mi propia cama!, dijo. Ya, dije, también es su cama.  Sharon seguía encerrada. Y lo único que dijo es, dijo Randy: No es lo que parece. ¿Y qué parecía?, pregunté.  ¡Mierda!, parecía un pulpo o un muégano, ¡un monstruo!, dijo. Bueno, tío,  pues no era lo que parecía; eran dos tíos tirándose a tu mujer. A Randy no le parecían las bromas.

    Tomaré una cerveza, dije, ¿quieres una? Le pasé una a Randy y nos sentamos a mirar el box. A mí me aburría mortalmente el boxeo y todos los deportes televisados. Fui a ver a Sharon. Abre, coño, soy yo, dije. Sharon abrió. Me dejó pasar pero en cuanto estuve dentro echó el seguro. ¡Me mata!, dijo. No creo que lo haga, dije, está mirando el televisor muy tranquilo. Me paso, dijo Sharon. Pues sí, tía, dije, pensé que eras más lista, mirá que hay lugares para engañar a Randy y su cama no es uno de ellos. Ya, dice, no me digas. La blusa de Sharon era casi transparente y yo me estaba calentando. A ella no parecía importarle llevar los pezones marcados en la tela. Pero a mí sí me importaba. Me estaba poniendo duro. Anda, dije, vamos fuera. Ella no quería salir hasta estar segura que no corría peligro. Yo quería salir inmediatamente porque me estaba poniendo muy cachondo. Tuve que sacarla a empujones. Ya no aguantaba. 

    Salimos. Randy no habló para nada a Sharon. No le dijo te mato ni nada. Tampoco le miraba. Encendimos un cigarrillo y nos sentamos en el sofá. Randy ignoraba totalmente a Sharon. Yo me estaba fastidiando de todo eso. Me bebí dos o tres cervezas más y dije me largo, ya es suficiente, no soporto la tensión. Sharon dijo me voy contigo. Miré a Randy pero no dijo nada, no miró a Sharon ni a mí ni nada. Sharon  entró a la habitación y salió con pantalones y una maleta de mano. Nos fuimos.

    Sharon se quedó en casa tres días. En la segunda noche quería enredarme con ella pero me dije que no porque aprendí a respetar a Randy. No quiero que me pique, me dije. Ni que me raje ni me surre ni nada de eso. Los otros días no estuvo en casa. Salía por las tardes y regresaba en las mañanas. Apenas la vi.  

     P.D.

Me quedé pensando en algo: ¿por qué Randy no mató a los tíos o algo? Sharon me contó en casa que conoció a un tío haciendo la calle que se moría por un trío. Era algo raro y no quería un trío con dos chicas, sino con un apareja. Sharon llamó un amigo suyo y fingiendo ser pareja le cobraría al tío raro mil quinientos pavos. Es es mucho dinero para follar con Sharon y un cabrón, pensé. Como sea, el amigo de Sharon no tenía dónde hacerlo y Sharon no quería pagar un lugar porque andaba corta de dinero y necesitaba hasta el último centavo. Se le hizo fácil llevarlos a casa. No contaba con Randy porque Randy siempre anda por ahí chuleando. Qué imbécil eres, dije a Sharon. Ya, dijo, no me digas.

    Montaron el teatro y todo iba bien hasta que Randy llegó. No le escuchamos llegar, dijo Sharon, abrió la puerta así de pronto. Me tardé un poco en reaccionar. Creo que le estaba chupando la pinga a alguien cuando él entró; o alguien me la estaba metiendo o me la metían y se las chupaba o todo al mismo tiempo, no sé. Randy no dijo nada, se quedó allí parado y luego azotó la puerta y se fue. Se fue a la calle y pensé que me había botado. ¡Me jodió los mil quinientos pavos el hijoputa! Luego regresó y comenzó a decir que me mataría. Yo realmente pensé que lo haría así que me defendí aventándole tenedores. Luego tocaron a la puerta y corrí al baño. 

    Eso dijo Sharon. Pero luego telefoneé a Randy y dijo: abrí la puerta y allí estaban los tres haciéndose cosas como un cangrejo. Parecían un condenado cangrejo. Con sus seis patas. Los cangrejos tienen ocho patas y dos tenazas, interrumpí. Sí, dijo Randy, es igual, allí estaban ellos haciéndolo ¡en mi cama! Sharon dice que saliste, dije. Sí, dijo, salí al auto por mi navaja pero cuando regresé ya se habían ido los marica. Sharon dice que tardaste mucho, que pensó que la habías dejado, dije. Ya, dijo Randy, no encontraba la navaja. ¿No encontrabas la navaja?,  pregunté asombrado. No, tío, se había metido debajo del asiento y...

   Eso me pareció demasiado improbable. Sospecho que Randy en el fondo ama a Sharon. Y que en el fondo es tan maricón como cualquiera. Sabía que debía matarlos. Pero no quiso hacerlo. Es un maricón inteligente.  

Petrozza, M. Marzo 2010.

El primer amor.

AudioTexto


Sus manos me eran conocidas. Esas manos bellas que me recuerdan que el amor se esconde en los pequeños detalles, pagaban ahora la entrada al cine quince personas delante de mí. Su vientre que asomaba ligero me transportó a recónditos lugares de mi mente. La vi a lo lejos pero la sentí más cerca que nunca. Una batalla de recuerdos hermosos se libraba en mi cabeza con la intención de hacer mover mis piernas para ir a su encuentro, abrazarla, besarla, decirle que aún la amo, que la extraño tanto. Hace diez años que nos dejamos y ese día, un día como cualquier otro, estaba allí formada en la fila del cine. Mi novia (la que ese día era mía) me notó extraño y me lo dijo; el instinto de conservación de la especie le decía a mi hembra que su descendencia corría peligro. Me apretó la mano y entramos apresurados a la sala número cuatro. Ya no miré a dónde se metió ella.  

    La película estaba poco interesante y no podía sacar su imagen de mi cabeza; aquella mujer se convertía en la protagonista, en la villana, se aparecía de pronto en cada uno de los personajes, ella era todo. Mi novia me besó como para traerme de regreso a su lado.

    Un perfume penetró en mí, activó mis sensores olfativos y estalló un recuerdo. La mujer con sus efluvios inconfundibles ¡estaba en la misma sala! Su aroma me es inconfundible. Respondí a los besos de mi presente para distraer las emociones de mi pasado. Ya segura de tener la completa atención de su macho se dedicó a ver la película sin soltarme la mano. Estaba encadenado y algo tenía que hacer, deseaba verla. Esperé paciente el desenlace  y me disculpé para ir al baño. Las mujeres no son tontas; no me dejo ir solo. Tuve que hacer uso de todo mi talento para no despertar sospechas, estaba buscándola entre la multitud. Nunca me parecieron tan grises las personas, todos eran grises y horribles, fue fácil vislumbrar a lo lejos su figura a color, brillante y espectacular. Caminaba lento por la plaza comercial, se detenía a mirar los aparadores como lo hacía cuando yo la acompañaba a comprar las nuevas persianas, los nuevos floreros, un pastelillo, un perfume nuevo; odiaba su manía de ver cada artículo en las tiendas;  no había cambiado un pelo. Hoy sin embargo gustoso la hubiese acompañado a recorrer todos los centros de todas las ciudades en todos los países. La miré rápido una vez más, mi novia quería partir de inmediato.

    Mi amada llegó enojada a casa, no estaba contenta, no estaba para nada contenta con mi actitud. Se acostó y me mandó al sillón. (Eso aprenden las mujeres gracias al televisor). Ya en la sala con unos coñacs encima tomé el teléfono y marqué el número de la culpable de mi noche de insomnio. El número se digitó como mágico, luego de haberlo marcado tantos años el conductismo hacía su parte, “siempre que te sientas solo, llámame”, decía mi madre. Me sentía tan solo acostado en el sillón. —Hola madre, ¿cómo estás? Te vi hoy en la plaza— le dije.

Abdul Al-Hazred. Marzo 2010.

lunes, 22 de marzo de 2010

Abdul Al-hazred.


Hay un tío amigo mío que ahora publicará aquí. Se llama Abdul Al-Hazred el muy mamón. Escribe cosas raras. Ya dejó un post de una libreta o algo donde dice que las libretas no sirven para nada pero le da miedo deshacerse de la suya.

    ¿Quieres decir algo, Abdul? (vaya nombre, hijo de puta)

Abdul: Bien, pues gracias por dejarme publicar en tu blog. Soy admirador tuyo y es un honor (?). Tengo algunas propuestas literarias que serán de tu agrado, ya verás. Y espero que del agrado del público. 

Yo: Claro, claro, y si no que se vayan a la mierda, ¿no?

Abdul: No creo que deban irse a ningún lado. Simplemente espero que sean de su agrado. 

Yo: Vaya, tío. A mí me da igual si les gusta o no, yo también seguiré escribiendo, ¡es mi blog!

Abdul: Bien, gracias.

Bueno, ya está.




Petrozza, M. Marzo 2010.




Libreta de anotaciones varias.

AudioTexto.



Tener una libreta de anotaciones es muy curioso. Anoche antes de dormir, revisaba mi libreta de anotaciones personales y noté que puedo pasarlo de maravilla sin ella, ya que, a decir verdad, cada una de las anotaciones personales en ella escritas, habían sido, sin excepción, olvidadas por mí. Y aunque claro que uno hace las anotaciones con la finalidad de recordarlas después (pues de antemano sabe que las borrará de la mente), es cierto también que estás caducan; que de nada sirve. Para explicarme mejor diré que anoche, pasando revista a dichas frases y pensamientos escritos por mí, en mi libreta de anotaciones varias, descubrí (aunque seguramente ya lo sabía) que lo escrito tiempo atrás no me era nada grato en el presente, o que sencillamente, ya no pienso como antes, que los pensamientos anotados han sido superados o han mutado a nuevos puntos de vista drásticamente y que hubiese sido más provechoso no escribir nada y contentarme con pensar y olvidar. Se ha desperdiciado tiempo (tan valioso el tiempo), esfuerzo (tan mal encaminado), tinta (tan mal gastada), papel (tan en peligro) y de nada ha servido todo. Incluso si alguna de las anotaciones continuase haciendo eco en mi alma; la olvidaría de nuevo y la dejaría guardada en la libreta hasta una próxima hojeada. Pensando que una de esas frases me fuese de utilidad para toda la vida, se repetiría al infinito (el infinito dura lo que dura la vida) el acto de olvidar y recordar gracias a la libreta que dejaría de ser obsoleta y me acompañaría el resto de mis días; o hasta que olvide de lleno la libreta (en algún cajón viejo, en alguna casa que hay que dejar, etc.) y con ella la frase inscrita y todo lo demás. ¡Lo que sería terrible! Pues como dije antes, aquella frase me sería de utilidad siempre (siempre dura lo que el infinito).

     Como siempre he sido un tanto temeroso, con base a la hipótesis antes planteada, que dice que algún día, tal vez, escriba una máxima de utilidad ilimitada, he decidido (a pesar de que pensaba hacerlo) no tirar al fuego la libreta y de no dejar de escribir en ella (a pesar del desgaste inútil de papel, etc.) porque tal vez (un tal vez es una gran esperanza para nosotros los temerosos), algún día, escriba la máxima de utilidad ilimitada que tendré que olvidar y recordar al infinito en mi preciadísima  libreta de anotaciones personales varias.


Abdul Al-hazred, marzo 2010.

Me debo andar con cuidado.

AudioTexto


Acompañé a mi novia a comprar un regalo para madre. Era su cumpleaños. Cumplía cincuenta o algo. Fuimos al centro. Mi novia quería regalarle una litografía de Degas. Se le había pasado la etapa budista y ahora andaba metida en la pintura. Se la pasaba hablando de pintura. Me mostraba reproducciones de cuadros y me decía el nombre de la obra, la fecha y el autor y la corriente. Luego yo tenía que decirle a ella todos esos datos. Si acertaba me daba un beso y si fallaba no me daba nada. Yo ganaba casi todos los besos y entonces le dejó de parecer divertido; quería castigarme de algún modo. 

   Llegamos a Donceles y entramos a una tienda de litografías y mi novia compró una de Degas. Y nos fuimos. Fue fácil. Entramos al subte en la estación Zócalo. Nos tocó ir parados. Mi novia venía contando una vez que madre se cabreó porque padre olvidó su cumpleaños. Eso fue antes de que padre se largara, dijo. Yo venía mirando las tetazas de la jeba sentada enfrente a mí. Eran un buen par. 
  
    En la estación General Anaya encontramos un tío amigo de mi novia, de la escuela o algo. Se saludaron y se despidieron en cosa de segundos. Luego mi novia y yo continuamos el viaje hasta casa y olvidé aquel tío. Llegamos a casa de mi novia y la esperé dentro mientras ella iba a la papelería por una envoltura para el regalo. Lo había metido en un tubo especial para litografías. Aunque yo digo que cualquier tubo hubiese servido, no tenía que ser especial para litografías ni costar tanto. En eso yo me entretenía hurgando la nevera. Había de todo, tío: carne, verduras, leche, huevo, queso, comida para microondas. Tomé un poco de queso y un vaso con leche. Cuando llegó mi novia estaba cabreada porque no encontró un buen papel para forrar el tubo. Yo le dije que el tubo ya era en sí una envoltura innecesaria. Ella decía que no y andaba necia con ir a Gran Sur. Yo me moría de sueño y flojera y le dije que le diera el maldito tubo y ya. Y ella dijo no todos somos unos hijos de puta como tú. Y yo dije: eso no es ser un hijo de puta, mierda, es ¡pragmatismo! No quería discutir y me fui a casa. 

    Abrí la nevera y era muy distinto a la de mi novia. Sólo había cerveza, aceitunas y polos. Cogí un polo y una cerveza. Me senté en el sofá y me dejé dormir poco a poco.

    Una semana después pasó algo que me impactó. Yo andaba en mi caminata por el centro y un tío se acercó a mí. Había mucha gente. El tío me miró de una distancia de varios metros; lo vi mirarme y se encaminó hasta mí. Yo apreté el paso pero me seguía con determinación. Me tocó el hombro. Di un pequeño salto. Qué hay, tío. Dijo el hombre. Mierda, dije, ¿quién coños eres? Era el amigo de mi novia que encontramos aquella vez en General Anaya. Lo saludé lacónicamente y me largué. Me dio miedo. No sé cómo me reconoció tan bien. Yo no lo hubiese reconocido. Preguntó por mi novia y le dije todo bien y me fui. Se me quedó viendo extraño y se fue también. No estoy seguro. Esto me ha echo darme cuenta de lo indefenso y de lo vulnerable que soy. No entiendo cómo me reconoció. Tampoco entiendo para qué mierda me saluda. No lo comprendo. Es un tío raro. Como si me importara.

   Pensé que si eso pasaba también podrían pasar otras cosas. No sé exactamente qué pero cosas. Cosas peligrosas. Ya no me sentía seguro.  Quizá allá otros tíos que yo no recuerde y ellos me vean y me sigan y me saluden. O pero aún: no me saluden. Sólo me miren y sepan lo que hago, a dónde voy y todo eso. Quizá hay tíos que conocen a mi novia y me conocen a mí y yo no a ellos y le digan cuando ando de farra o cuando me consigo una guarra para pasar la noche o cuando hablo en voz alta y digo mi novia es muy estrecha, debería cambiar. Quizá alguien lo escuche y sin yo saberlo es alguien que me conoce pero no me saluda y conoce  a mi novia o a mis amigos. No estoy seguro. Me debo andar con cuidado, pensé.  




Petrozza, M. Marzo 2010.   

domingo, 21 de marzo de 2010

Entrevista a Mrs. Garrison


De preferencia léase antes: 

ENTREVISTA.

Petrozza: ¿Realmente conocías las consecuencias de no entrar a casa aquella vez o no te importaba o ambas?

Mrs. Garrison: Las conocía y claro que me importaban, pero a la vez, en mí, había una vocecita zumbando  y presionando para  hacer las cosas mal. Es un estilo de vida;  hacer todo por impulso.  ¡Y es la química perfecta del amor y de la vida!

Petrozza: ¿Cuáles eran esas consecuencias?

Mrs. Garrison : Demasiadas. La más grande y preocupante: ¡padre! Podía cabrearse.  Es un tipo bastante agresivo. Después, el qué dirá mamá. Luego la familia. También están los amigos que perjudiqué en ese momento porque al principio no sé ni con cuantas personas dije que estaba. Consecuencias que no importan mucho cuando gozas el destino que se te propone.

 Petrozza: ¿Qué pensaste cuando dije que nos fuéramos contigo y comencé a animar a Garrison?

Mrs. Garrison: Al principio pensé en ya entrar a casa, no veía futuro con él, no quería y ya. Pero me aferré porque en verdad me encontraba enamorada de ese hombre, algo que yo no podía creer, pero así fue. En ese momento empecé a querer estar con él. Y en ese momento empezó mi felicidad, desde un momento atolondrado y absurdo, con miedo pero estaba con él y quería eso.

Petrozza:  ¿Hasta qué punto puedes decir que es gozable la vida tormentosa en casa?

Mrs. Garrison: Me encanta ese instinto criminal con el que crecí, me gusta llamarlo así, porque es así.  Aprendí mucho en casa. De armas y cosas así. Aunque también tuve amigos que influyeron mucho. Me encanta reírme de lo que fui y de la vida que tuve; no tuve una infancia feliz pero al menos tuve.

Yo: ¿Habías huido alguna vez antes de casa con alguien?

Mrs. Garrison: Claro que sí. Pero nunca pensé irme con ese alguien, sólo buscaba asilo de una noche para después irme con una tía. Así que se podría decir que no.  Lo hice por una razón: no soporto estar cerca de alguien tan desagradable como lo es mi hermana, sino fuera por el asco que le tengo yo no hubiera huido esa primera vez.


Petrozza: ¿Viste en Garrison un hombre o una salida?

Mrs. Garrison: Claro que un hombre, por eso estaba con él, si hubiese querido una salida, antes de él habían pasado muchas. Sé que muchos piensan que encontré una , pero en verdad estoy con el hombre que amo, que me cae bien, que me es interesante y me hace feliz.

Petrozza: ¿Podrías describir algunas de las cosas que consideras más duras de soportar en casa que te hicieron tomarla decisión de irte?

Mrs. Garrison: El no ser feliz. Eso no puedo soportarlo, si no soy felíz no encuentro razones para vivir. Otra de ellas el odio que le tengo a mi hermana, yo no podía vivir así, "No se puede dormir con el enemigo"  Y la última pero siempre la primera, el amor que tenía y no dejaré de tener por Garrison.

Petrozza: ¿Lo volverías a hacer?

Mrs. Garrison: Claro que sí las historias locas nunca deben acabarse, de eso está hecha la esencia de la vida de una persona como yo.

Petrozza: Di todo lo que pienses de la vida en general,  todo lo que te venga a la mente.

Mrs. Garrison: Absurda, bella, yo, yo, yo; me gusta vivirla, no es lo mejor que hago, no es lo mejor que pienso, pero está ahí, dándome, quitándome, y haciéndome uno más. He conocido poco de todo, me ha costado mucho ser feliz  y llegar a conocerme feliz. A pesar de mi corta edad, y a pesar de todo, yo sólo estoy aquí para mí y para los que en verdad tienen importancia, esos seres que siempre están a mi lado, a los que conozco y a los que no, de los que hablo y de los que guardo para palabras duras. Me encanta la vida qué te puedo decir! Me gusta, me encanta!

Petrozza: Pasatiempos poco usuales,  ¿tienes alguno?

Mrs. Garrison: Claro que sí: hablarle a mi perro. Tengo conversaciones muy interesantes con él. Soñar y recordar mis sueños, me gusta dominarlos porque es la parte del día donde gozo más. Inventar caras y luego volverlas a buscar, escenarios, sonidos, olores.  Me encanta soñar. También después de todo eso está mi hobbie favorito: recordar. Yo vivo de eso y después de eso para mí ya no hay más.

Petrozza: ¿Qué grado de locura crees tener?

Mrs. Garrison: Ésta es difícil. Pues claro que tengo un poco más que tú, sino, no estaría aquí escribiéndote.  Y además mi vida, como te lo dije, es más interesante.

Petrozza: ¿A qué adjudicas tu madurez precoz?

Mrs. Garrison: Sin duda alguna a nadie, solo a mí y a mí. Desde mi primer beso hasta mi primera vez (y con primero me refiero al primer verdadero beso y a mi primera verdadera vez,  algo fácil de explicar cuando entiendes las diferentes formas de amor) siempre ha habido un diálogo en mí sobre el porqué soy precoz y siempre he llegado a la conclusión que no debo preguntarme esas pendejadas.

Petrozza: ¿Tu madurez precoz abarca todos los sentidos?

Mrs. Garrison: ¡Claro que sí claro que  sí! Desde pequeña descubrí que existían muchas cosas que sé que no existían en nadie más. Es divertido simplemente me encanta como soy, y no me importa decir que soy mejor que muchos.

Petrozza, M. Marzo 2010.


El Sol.

AudioTexto


Caminaba por la calle Hidalgo en el centro de Tlalpan. Iba al café La Selva. Otra vez. En el camino tarareaba el riff de una canción: you really got me, de The Kinks. Llegué al café y ordené un americano tradicional. Cuando el café llegó pensé en Schopenhauer. Me pregunté si alguna vez aquel tío genial pensó en el riff de you really got me. Claro que no, no había The Kinks. Pero el caso es: ¿alguna vez la mente del filósofo se llenaba de alguna banalidad? Creo que no. Me gusta pensar que no. Y me sentí idiota. Entonces pensé en la filosofía renacentista de Telesio. Deseaba pensar en cosas grandes y sacarme las banalidades. No duró mucho la cosa: pasó una tía culona. 

    Recuerdo que a los dieciséis clasificaba a las jebas en dos grandes grupos, a saber: tías que follaría y tías que no. Casi todas iban a parar al primer grupo. Ahora hay una nueva categoría y se resume así: tías que follaría, tías que he follado y tías que jamás follaría. A los dieciséis el sexo era una gran cosa. Luego sólo fue una cosa. Como beber o comer o cantar. 

    Hay dos tipos de tía que no follaría jamas, bajo ninguna circunstancia:  las tías gordas y las tías huecas. Puedo hacerlo con un gato o una anciana o una puta. Incluso puedo hacerlo con un gato gordo. Pero una tía gorda, no por Dios. Tampoco puedo hacerlo con una tía hueca. De todos modos esas tías no se me dan. No me agradan y no les agrado así que la cosa va bien. 

   Ya, me dije, ponte serio.   Saqué la vieja libreta y escribí un texto corto. No andaba de humor así que dejé volar la imaginación:

    Imagina que el Sol es un cerillo. No lo vemos pero en algún lado debe estar el palo que sostiene la cabeza. El Sol es la cabeza en combustión. Alguien lo ha encendido y la luz del fuego ilumina a su alrededor. En el radio iluminado hay piedrecillas, y en una de ellas ha surgido vida gracias al calor. Piedras diminutas; vidas diminutas. Esta pequeña vida no se explica cómo ha llegado ni de dónde la cerilla que llama Sol por lo que la cree eterna. Es decir que piensa que siempre ha estado allí y siempre lo estará. Como su vida es diminuta han pasado ya cientos de generaciones que se confirman y reafirman la teoría de lo eterno del cerillo. Pero el cerillo, como todo cerillo, se consumirá. Para aquel que encendió el Sol y para el cerillo, es cosa de segundos. Quizá se trate de un niño que va por ahí lanzando soles al suelo y creando mundos y generaciones. 





Petrozza, M. Marzo 2010.



sábado, 20 de marzo de 2010

Caracoles. (Poemas 25, 26, 27, 28 y 29)

Poema 25

Ya estoy harto
de que hablemos del amor;
de las mujeres.
¡El amor no existe!
coño,
y de las mujeres siempre es lo mismo…
Mejor hablemos…
de caracoles.
Los caracoles son simpáticos,
de colores varios,
y tamaños
¡Muy bellos!



 
Poema 26

Caracol: ¡molusco gasterópodo!
que giras las vísceras y escondes la cabeza,
¡maravilla de la evolución!
Llévame en tu montura y haz de tu concha mi hogar;
hogar del poeta ermitaño
acompañado de sal.

Refúgiame de la sociedad.
Cúbreme de mucus sabio y aleja de mí al mal
del insecto inocuo; el hombre social.
Lento pero seguro.

Poema 27

¡Muéstrame el camino al mar, caracola!
Gran sabio que echa la víscera fuera
y guarda la cabeza dentro.
¡El viaje es hacia dentro de uno mismo!

Baja el opérculo, caracola,
guárdame en la concha de sal.
¡Muéstrame el camino al mar, caracola!
¡El viaje es hacia dentro de uno mismo!

Poema 28

Caracol dulceacuícola cuidado.
No confundas el camino.
No hagas como hizo el primogénito
y cambies por un bocado tu reino.

Caracol dulceacuícola ten fe.
Algún día llegarás al mar.
Algún día sabrás la sal.
Y ese día querrás regresar.

Poema 29

Después de cuatro poemas
sobre caracoles,
lo supe:
¡son aburridos!
¡Dios bendiga
tanta puta!
¡Salud por ellas!



Petrozza, M. Marzo 2010.

viernes, 19 de marzo de 2010

Las tortugas.

audioTexto


Me sentía como si tuviese tortugas en la cabeza. Me sentía lento y verde y cansado de la vida. Lo de cansado de la vida no era por la resaca pero también lo sentía. Encendí un cigarrillo y pensé en eso de sentirme verde. Kandinskys dijo que el verde es un color que da pena. Un color sin brillo ni opacidad. Un color muerto, vomitivo, hediondo. Tal como yo me sentía. También dijo que la vida espiritual es un triángulo de lados desiguales donde el más estrecho está arriba y allí existe, a lo mucho, un sólo hombre solo. Pero eso no viene al caso. Dijo que el triángulo tiende a elevarse y que la parte de abajo algún día comprende a la parte de arriba. En la parte de abajo hay muchos hombres. El hombre de arriba no es comprendido por el resto y es tenido como un loco. Pero un día el mundo descubrió que los mi de Beethoven eran la gran cosa y la séptima es sublime. Pero todo eso no viene al caso. Estoy divagando. 

    Una de las tortugas sobre mi cabeza dice a la otra que tome whisky. Las otras dos se burlan de ella y le dicen estás loca. Pero esta primer tortuga saca a flote lo del triángulo espiritual y dice, hoy me toman por loca pero mañana entenderán. La tortuga dos dice lo dudo y yo creo que tiene razón. La tercera dice enciende un cigarrillo, tío. Las demás no están de acuerdo ni en contra y yo enciendo un cigarrillo.

   Luego entre las tres componen el siguiente poema:

T1: Yo te quise, ¡cómo te quise, golfa!
T2: No me vengas ahora con que te extraño.
T3: Sal de mí, luciferina bengala.
T1: Yo te quise, ¡cómo te quise, golfa!

T3 Estoy enamorado de un fantasma
T1: que en las noches asecha
T2: que en las noches ama, cala, mata
T1: y por las mañanas arde a la luz del Sol.

T1: Aléjate ser de oscuridad malsana.
T2: Quédate a mi lado o aléjate
T3: pero no juegues que el alma me dañas, ¡golfa!
T1: Yo te quise, ¡cómo te quise!
T3: Estoy enamorado de un fantasma...

    Ya, ya, paren, digo.
    Me sacudo la cabeza y me ducho. Las tortugas desaparecen y sirvo un vaso con whisky. ¿regresarán?


Petrozza, M. Marzo 2010.

Oda al pene.

Experimento literario 1.

Minimalismo patafísico poético. 

Oda al pene:

El pene es una gran cosa.
Sin él,
la civilización y la historia no serían lo mismo.
Sin él,
no habría obeliscos ni torres majestuosas ni presidentes.
No habría cetros ni suntuosidad ni guerras.
No habría división política ni capitalismo ni aviones JUMBO.
No habría Mercedes Benz ni limusinas ni lunas de miel.
Quizá tampoco habría gobiernos ni status ni Nueva York.
 
El pene es un gran cosa.
Sin él,
el arte y la filosofía de occidente no serían lo mismo.
No habría complejo de Edipo ni de Electra ni de castración. 
No habría magnifico Onán ni el gran masturbador ni Dalí. 
No habría Nietzsche ni Wagner ni cantar de los Nibelungos.
Quizá sí habría Kant pero no Hegel ni solipsismo ni Ulises de Joyce. 

El pene es una gran cosa.
Sin él,
No habría rock and roll ni guitarra eléctrica ni Rolling Stones.
No habría alejandro magno ni napoleón ni Churchill.
No habría Empire state ni Main Street ni la Bolsa.
Quizá tampoco habría mansiones ni titanic ni satélite en la luna.

El Papa es un gran pene viejo casto.
El presidente es un gran pene impío.

                              Petrozza, M. Marzo 2010.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Susan


Susan es una tía poco guay.  Le gusta la música clásica como género  no como Liszt o Beethoven o Bach.  Le gusta leer libros, no Cervantes, Goethes o Twains. Le gusta el arte y piensa que los graffiti pueden ser arte. Piensa que el arte pop es Madonna. Le gusta el Whisky pero no en las rocas. Sharon le habló de mí y ahora Susan cree amarme.

     Sharon ha traído a Susan a casa. Han llegado a la hora de comer. Ordenamos pizza y nos sentamos a la mesa. La conversación sucede más o menos así: 

    Susan: amo el arte, es bello. Sharon: tú también amas el arte, ¿verdad? Yo: No. Sharon: bueno pero te gusta la literatura o algo, ¿no? Yo: sí. Susan: yo amo la literatura también. Yo: pásame el ketchup, Susan. Sharon: luego me lo pasas a mí. Susan: pienso que todos deberían leer. Sharon: Susan tiene razón, ¿tú qué crees? Yo: Deberían leer los que quieran leer y no leer los que no quieran hacerlo, Dios. Susan: pero si la gente leyera sería  más lista. Yo: ¡puff! Sharon: ¿hay más cerveza? Yo: claro, coge una; en la nevera. Sharon: ¿quieres una tú? Yo: por favor. Susan: una vez leí que las personas que leemos recordamos mejor que las que no. Yo: ¿y qué tal Randy? Sharon: normal. Mientras no mate a nadie todo va bien. Yo: pásame la maggie, Susan. Susan: claro, ten.  Susan: hablemos de arte. Yo: ¡puuff! "La introducción a la fealdad en el arte moderno comenzó con la adolescente ingenuidad romántica de Arthur Rimbaud, cuando dijo: "la belleza se sentó en mis rodillas y me cansé de ella." Sharon: ¿qué? Susan: ¿qué? Yo: ¿qué opinas de aquel juicio, Susan. Susan: no sé, ni siquiera entiendo lo que dice. Yo: ¿y de este?: "los escritores no sirven para nada. La literatura no sirve para nada. La Literatura sólo sirve para la literatura. Para mí eso es suficiente." Sharon: ¿si no sirve porque lo hacen? Susan: no sé.  Yo: "Los dos genios de las formas creativas (dinamismo de la discontinuidad de la materia fijada instantáneamente) son el italiano Boccioni y el catalán Gaudí, que han hecho de Milán y de Barcelona las capitales de la revolución industrial." ¿Qué opinas de eso, Susan? Sharon: ¿quién dijo eso? Yo: Dalí. Sharon: Dalí es uno que pinta cosas, ¿no? Yo: Sharon, todos los pintores pintan cosas, figurativas o abstractas pero cosas. Sharon: quiero decir, el que pinta cosas locas, ¿no? Yo: No, Sharon, Dalí fue la persona más cuerda sobre la faz de esta Tierra. Susan: ¿de qué hablan, Dios? Yo: de arte, Susan, intento hablar de arte. Susan: vale, a mí me gusta el arte. Yo: ¿y qué es arte, o a qué te refieres cuando dices que el arte te gusta? Susan: pues el arte, ya sabes; pinturas y eso. Yo: ¿qué clase de pinturas? Susan: pues... paisajes. Sí, lo paisajes me gustan mucho. Yo: ¿Te gusta Bouguereau? Susan: pues sí. Yo: a mí no me gusta nada ese Bouguereau. Susan: tiene paisajes lindos. Yo: claro, detrás de las buenazas. Sharon: a mí me gusta Renoir. Yo: ¿enserio? Sharon: sí, amo su cuadro "jóvenes al piano" Yo: es hermoso. Susan, ¿lo conoces? Susan: no, ese no. 

    Terminamos de comer. Susan no entendió nada de la conversación, siguió dando lata con eso de amo el arte. No aguanté más y dije Susan tú no puedes amar el arte. Ella dijo por qué no. Porque no tienes la más remota idea de lo que es el arte, dije. Claro que la tengo, dijo, el arte es... el arte es... expresar emociones y sentimientos. ¡A la mierda contigo!, dije. Encendí un cigarrillo y salí a caminar. 

    Regresé a casa y las tías aún estaban ahí. Pensé que probablemente había sido duro con Susan. Después de todo eso de amo el arte es por mi culpa. Quiere agradarme. ¡Sólo fóllala, imbécil!, me dije, ella escupe toda esa mierda porque quiere que le metas el palo. ¡A por ella!, me dije.

    Recordé que Susan es amiga de Sharon así que tomé precauciones. Susan, dije, ¿eres prostituta? Susan: ¡no! Miré a Sharon a los ojos y ésta dijo no lo es. Bien dije. Sharon, dije, ¿te importaría dejarnos solos? Sharon se fue. Salió a fumar un cigarrillo. Susan me miraba extrañada. Yo no sabía por dónde empezar. Bueno, dije, discúlpame por lo de hace un momento. No es nada, dijo. Luego ya no supe qué decir y me lancé sobre ella. Me rechazó, dijo Dios, qué haces. Y yo dije: lo que debí hacer desde un principio. Y me lancé de nuevo. Me rechazó de nuevo. En eso entró Sharon y dijo Dios, qué haces. Y yo dije mierda, no lo sé y dejé en paz a Susan. Me sentí frustrado.
 
     Susan salió. No andaba molesta, más bien... asustada. Sharon habló conmigo, dijo ¿qué te pasa?, no puedes tirártele a cada mujer que te pasa enfrente. Cuando conocí a Sharon nos morreamos en un bar. La estuve mirando por veinticinco minutos antes de lanzarme sobre ella. Con Sharon funcionó. Luego Randy quiso matarme. Por eso Sharon ahora cree que siempre hago lo mismo. No todas reaccionamos igual, dijo. Lo siento, dije, pensé que ella quería conmigo. Pues sí, dijo Sharon, quería contigo. Le conté que eras distinto; un tío educado y con cultura. Por eso quería contigo. Sharon elevaba la voz en la parte de quería. No creo ser educado, dije. Para lo que está acostumbrada Susan eres un tío súper educado. Ya dije. 

Petrozza, M. Marzo 2010.

"Al fin y al cabo tampoco es tan horrible." Salvador Dalí en Los Cornudos del Viejo Arte Moderno. 

martes, 16 de marzo de 2010

De un tal Randy 3.

AudioTexto.


Randy me ha invitado a una fiesta pero he decidido no ir y eso le ha afectado bastante. No pensé que Randy me estimara más allá de la cerveza y el whisky. Ha dicho que me necesita porque gracias a mí no pierde los estribos. No entiendo qué tienen que ver los estribos con el alcohol. Soy un bebedor pasivo y eso tranquiliza en cierto modo a Randy. Pero yo he decidido pasar la noche con mi whisky y mi Beethoven

    Sharon ha intervenido y me ha pedido asista a la fiesta. No sé, Sharon, no recuerdo la última vez que fui a una fiesta. No soy muy de fiestas, le digo. Anda, vamos, dice Sharon. Hazlo por mí. Yo me hago del rogar un poco hasta que acepto.

    Randy y Sharon quedaron de pasar a las diez. Son las once y media y no han llegado. Excelente, pienso, quizá Randy perdió los estribos y mató algún amante de Sharon y ahora está preso. O mató a Sharon y ahora está preso. Bien, eso me libera de la fiesta. Y puse Beethoven en el estéreo y me serví whisky. Me senté en el sofá y cerré los ojos...

    Hay muchas tías buenas, pienso. Yo no sé de dónde salen. Ni a dónde van. Siempre van a donde no yo. Viven en un mundo que no es el mío. En mi mundo también hay jebas buenas pero es distinto. Hablo de tías realmente hermosas como Scarlet Johanson.  Las miro y me pregunto dónde está la puerta a ellas. Luego miro a los tíos que van con ellas y lo sé. La puerta está en la billetera. 

    Mi billetera sólo abre puertas traseras. Mujeres de tras-patio. Mujeres que dejan la puerta abierta, ¡sí señor! Y pienso que éstas son las mejores. Quizá no. Quizá todo éste mal. Quizá deba buscar empleo y abrir otras puertas. Puertas de caoba. Quizá deba dejar el vicio. Hacer caso a mi novia y dejar el vicio. Lo que ella no sabe, pobre, es que dejando el vicio la dejo a ella. Cogiendo un trabajo no la necesito. ¿O a caso cree que ella cabe en otra vida; en una vida con empleo y billetera?

    Quizá deba escribir canciones. Canciones como Sabina. No entiendo cómo Sabina puede ser Sabina con tanta plata. ¿A caso ya no lo es? Escribiría canciones como el viejo Sabina. Pero primero habrá que comprar la guitarra y no tengo pasta. La literatura no exige sino papel y pluma. Y el papel y la pluma caben en mi mundo como aquellas tías tristes. 

    ¿Cuándo llegó la literatura a la pobreza? En el siglo XIX, dice Garrison. Ya, digo yo. Ya, digo yo. La literatura aristócrata del siglo XVIII lo tiene todo menos una cosa: (?) No, no es cierto. Lo tiene todo, ¡mierda! Pienso en Goethe, ¡qué tío! Lo tiene todo. Yo únicamente tengo mi libreta y mi pluma. Y mucha historia. Historias que se rehúsan a quedarse dentro. No son cosas talla Dostoyevski pero se rehúsan.

    Tocan a la puerta. Es Randy y Sharon. También viene Susan. Entro al auto de Randy. Es un Chevrolet 65 o algo. Me llevan a la fiesta, mierda. 

    Camino a la fiesta Susan no para de hablar. Dice: a mí también me gusta escribir a ratos. Pero escribo para mí, cosas que siento. Te entiendo. Y yo: dudo que me entiendas, tía. Luego dice: me gusta mucho leer. Y yo digo: bien por ti. Y ella dice: ¿te gusta Márquez? Ya no digo nada, empiezo a divagar. Imagino la siguiente historia y la dejo hablar:

    Historia rápida 1.

    Un tío chileno toca la guitarra y canta en un café público del centro de Tlalpan. Cuando termina su breve repertorio pide unas monedas. Luego se marcha a tocar a otro lado. Y luego a otro y a otro y a otro... Al final de su jornada entra al Thai Gardens. Ha juntado mil doscientos pavos. Los tíos que le dieron dinero en los cafés jamás han ido al Thai Gardens.

    Al día siguiente el callejero canta-autor hacé lo mismo. Los clientes del los cafés llegan a casa cansados. El tío chileno va al Thai Gardens. Luego duerme en un hotel de Garibaldi. No tiene casa. 

    Los tíos que cenan en el Thai Gardens miran entrar al chileno. Luego ya no lo miran, es igual. al final el chileno coge su guitarra y sale. Los otros tíos cogen los Audis y los Mercedes y salen. No tienen guitarras. 

    Una tía en un café del Centro histórico está enamorada secretamente del chileno. Él no lo sabe. Toca sus canciones y pide monedas. Ésta jeba le da al chileno cien pavos. El chileno agradece con una sonrisa y se marchá. Llega al Thai Gardens al anochecer y luego se pide un café con leche en un café de Garibaldi donde a veces va a tocar. Está enamorado de una mesera de aquel lugar.  Ella lo atiende y el chileno deja los cien pavos a esta tía como propina. La mesera le agradece con una sonrisa y él se va.

    La mesera llega a casa luego del trabajo y le dice a Royer, su marido, que un tío le ha dejado cien pavos de propina adicional. Royer coge los cien pavos y el demás dinero y compra whisky. 

    Después de un largo proceso, los cien pavos acaban en Jhonny Walker Inc. Entonces la compañía hace más whisky para Royer y para mí. Y el chileno sigue enamorado de la mujer de Royer. Y la tía del café sigue enamorada del chileno. Y J.W. Inc Sigue haciendo más whisky. Y el argentino sigue cantando en cafés y cenando en el Thai Gardens. Todo va muy bien pienso yo. 

    Y llegamos a la fiesta.    


Petrozza, M. Marzo 2010.

lunes, 15 de marzo de 2010

De cómo una tía me puede dejar en cosa de minutos.

AudioTexto


No soy bueno con los críos. Nunca me han gustado. Pero éste sí. Es el hijo de una amiga de Sharon. Se lo ha encargado a Sharon y Sharon me lo ha encargado a mí. Tiene siete años y es un cabrón. Me ha pedido un sorbo de whisky. Se lo he dado. No le gusta, lo sé; hace muecas. Pero me ha pedido más y le he dicho, ya, ya tío, esto es para adultos. No habla mucho, es callado y eso me gusta. Parece muy independiente. Pide más trago. Le doy. Lo deja escurrir por la boca y hace ¡aaahh! Le ha quemado. Te lo dije tío, es para adultos, digo. 

    Sharon lo recogerá a las nueve. Mientras tanto hago conversación: ¿te gustan las pelis?, pregunto. Dice que sí, ¡es guay! ¿Querés mirar una película, pibe?, pregunto en argentino. Dice que sí. Bien, digo, veamos que hay. Busco entre las pelis viejas: Kieslowski, Kubrick, Fellini, Sam Raimi, Jess Franco, Tarantino, algunas pelis de troma. Elige tú, le digo. Escoge la de Kabukiman. Creo que le llama la atención el maquillaje. Toma la caja con el disco y se acerca a la televisión pero no sabe dónde meterlo. No, tío, le digo, la tele no sirve y no tengo DVD. Si quieres verla tendremos que ir a casa de mi novia, ¿te importa? Mueve la cabeza diciendo no. Es muy callado. 

    Fuimos a casa de mi novia. Ella quedó encantada con el niño. Le expliqué lo de la película y dijo no creo que sea bueno que a su edad mire esa clase de pelis. Es un crío, dije, no importa, se le olvidará a los dieciséis. Bueno, dijo ella. Entonces puso el disco en el DVD y preparó palomitas de maíz para el crío. Estaban buenas. Le dije al crío que las palomas eran para adultos y me lo creyó. Me creía todo desde el quemón del whisky. Kabukiman comenzó. Yo la había visto muchas veces y ya no era divertido. A mí novia nunca le gustó kabukiman y andaba aburrida. Comenzamos a morrearnos atrás del sofá. El crío estaba perdido en la televisión. 

    Mi novia decía no creo que sea buena idea, nos puede ver. Pero ya no tenía blusa así que tampoco le importaba demasiado. Yo le dije, qué va, míralo, está hipnotizado. Lo hicimos. Nos perdimos en hacerlo. Cuando terminamos el niño estaba frente a nosotros. Sentado frente a nosotros como antes lo estaba frente al televisor. Mi novia gritó. Yo le dije, oye, no seas entrometido, es una falta de respeto, ¿qué tu madre no te educa? Luego recordé que su madre era amiga de Sharon así que probablemente haya visto esto cientos de veces. Mi novia se vistió rápido y se lo llevó a su cuarto. Quería explicarle algo. No había nada que explicar, nos pilló, es todo.

    Abrí la nevera y tomé una cerveza. Son de la última vez que vine, pensé. Mi novia casi no bebe, es algo seria. Abrí la cerveza y me acomodé en el sofá. Cogí las palomitas y recomencé al sargento Kabukiman. A penas tiraban a la tía del edificio cuando regresaron. Mi novia y el crío. El crío se instaló en algún lugar del suelo a iluminar en un cuaderno que mi novia le prestó. Mi novia vino a donde yo y dijo, es increíble, parece muy maduro. Ya, dije, ¿qué pasó? Pues no gran cosa, no le impacta nada y no habla mucho, parece muy independiente. Lo sé, dije; y bebe whisky. ¡Qué!, dijo mi novia. Nada, tía, broma, dije. Me miró como buscándome la culpa. ¿Le haz dado Whisky?, preguntó. Un sorbido, dije, él lo pidió.

    El niño no dio más lata. Dieron las ocho y dije a mi novia que debía regresar. Sharon quedó de pasar a las nueve. Los acompaño, dijo. Bien, dije. Regresamos a casa.

    Dieron las nueve y de Sharon nada. El niño se durmió en el suelo. Parecía un pequeño vago. Destapé un par de cervezas. Di una a mi novia. No quería pero terminó aceptando. Y bien, le dije, ¿cómo has estado? Hace tiempo no salíamos. Bien, dijo, ¿y tú? ¿Ocupado?, dijo. Ya, dije, no tanto. ¡No nos vemos hace dos semanas!, dijo. Ya, dije, pues sí, he estado ocupado. ¿En qué?, preguntó. No lo sé, así es esto de estar ocupado, dije, no se sabe ni cómo, el tiempo vuela. Exacto, dijo, el tiempo vuela y en eso pasan muchas cosas. Así es dije. Me quería decir o dar a entender algo pero la ignoré, no tenía ganas. Han pasado cosas en estas dos semanas, dijo. Claro, dije, han pasado cientos de cosas: el dólar sube, Haití se va a la mierda, Polanski se va a la mierda también. Ella deja la cerveza y yo cojo otra. Enciendo un cigarrillo. Conocí un tío, dice. Bien, dije yo. Y es amable, dice. Bien, dije. Creo que le gusto, dice.  Bien por ti, dije. No lo entiendo dice, ¿es que no te importa nada? ¿Qué quieres que te diga, tía?, me dices que conoces un tío y le gustas y me das a entender que te acuestas con él, ¿no?, ¿qué coños quieres escuchar? No es eso, dice, es sólo... No sé, dice, parece que no te importa nada. Doy un trago largo a la cerveza y digo: pues bien, no, no me importa. Ella se pone furia. Grita muchas cosas, no las recuerdo todas. Cosas como vete a la mierda, no me quieres, eres un cabronazo y toda esa verborrea mujeril. No intenté calmarla, da igual.

    Hace unas horas hicimos el amor y todo iba bien. ¿Qué demonios le pasa a las mujeres? ¿Por qué toman todo tan enserio? No comprendo porqué habría de cabrearme que saliera con otros. No soy su dueño, mierda, pude hacerlo y decirme o hacerlo y no decirme o no hacerlo pero es igual. El asunto es con ella. Ella es la culpable, la puta, la libertina o como lo quiera ver pero el asunto es de ella.  A mí me da igual. Si bebo el borracho soy yo, no ella. Y así. El caso es que no se puede con ellas. Si me hubiese cabreado entonces me reprocharía lo macho y pavadas. He terminado por rendirme. Que se haga su santa (?) voluntad.

    Y bien, dice, ¿qué tienes que decir al respecto? Al respecto de qué, mierda, digo. Pues de eso, dice, de lo de darnos un tiempo. Ya, digo, por mí está bien. ¿¡Qué!?, dice. Que sí, coño, que lo que tu digas, digo. Eres imposible, dice, ¡nunca tomas nada enserio! Y tú tomas todo demasiado enserio, digo. Tomo otra cerveza. Enciendo otro cigarrillo. El crío se levanta. Mi novia lo mira y se lanza sobre él. Le dice, nene, peque, lindo y cosas. Yo bebo mi cerveza y siento asco. Asco de ella, claro; de mi novia, digo. Mujeres sólo hay dos tipos: histéricas y muy histéricas, pienso.

    Ella juega con el niño. Lo hace exageradamente, como sublimando. Yo salgo a la calle. No muy lejos, apenas a unos metros de la puerta. En eso veo venir una tía buenaza. Inevitablemente me pongo recto. Derecho, de la espalda, digo. La jeba se acerca. Es Sharon. Con su amiga. Hola, me saluda Sharon, ¿todo bien? Sí, digo, el niño está dentro con mi novia, todo bien. Hola, saluda la otra tía. No es la madre del crío como pensaba, es alguna compañera de trabajo de Sharon. Viene semi-desnuda. Pasen, pasen, digo. Y las paso. Se sientan en el sofá. Presento a mi novia. Sigue cabreada. Es lacónica. ¿Y bien?, pregunta Sharon ¿no hay cerveza para nosotras? Ya, digo, claro, claro y les acerco un par de cervezas. Entonces Sharon dice a Susan, su amiga: este es el tío del que te hablé, es escritor y es como de tu estilo, dice. Yo pongo cara de ¡qué coños! Mi novia pone cara de ¡hijo de puta! y Susan pone cara de ¿enserio?, ¡qué bien!

    No sé si Sharon no escuchó cuando dije: Sharon, mi novia, etc. a la hora de presentarlas. Como sea no le importó. Mi novia dijo tengo que irme y yo estaba cansado de discutir y Susan estaba buena y dije, sí está bien. Y eso fue todo. Se largó. El crío andaba por allí dando vueltas o algo.  

Petrozza, M. Marzo 2010



Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com