jueves, 25 de febrero de 2010

Del mundo sujeto y la soledad que esto conlleva (en una plática de café con una señorona).

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A Paula Neruda, mi amor solipsista favorito.

Mire, señora, imagine, Dios no lo quiera, que el día de hoy a las cinco de la tarde, usted, Dios no lo quiera digo, muere repentinamente debido a la arterioesclerosis. En ese momento se dirá que usted murió, ¡y qué paralogismo! Para nosotros los vivos (perdone el funesto proemio; mejor pasarse que quedarse corto), usted habrá dejado de existir en ese estado corpóreo, en esas maneras peculiares, en ese lunar bajo la ceja. Usted habrá dejado de existir para los sobrinos, etc.

 Ahora, dígame, usted que ha muerto y no me dejará mentir, si no es verdad que nosotros los vivos hemos sido terriblemente ingenuos al pensar, como le aseguro pensaremos (me incluyo; siempre he sido más bien común), que la inexistente es usted, señora. Pues los que hemos dejado de existir somos nosotros todos en conjunto, los animales, las plantas, etc.; sí no, dígame el nombre de la hija de Mariel, ¡tanto reza la pobre!, y usted flotando en el báratro o no sé, ya ni la recuerda. La arterioesclerosis nos ha llevado al carajo a todos de tajo, sin previo aviso, pues los síntomas son exclusivos de su estado físico, del meñique levantado y ese lunar atávico que nunca olvidaremos.

 Lo mismo pasa el día que el enfisema pulmonar los borré a todos (aquí la incluyo a usted); yo con tanta tos y pobres de ustedes. Así con cada uno: el mundo se destruye al infinito, catorce o quince veces por minuto según la tasa de mortandad. ¿Me explico, señora? Lo que quiero decir es que este mundo es mío, y suyo, y del vecino y de cada uno... pero jamás de todos. No en conjunto, porque entonces las muertes serían para los muertos y no para los vivos como lo son, cosa que ha quedado clara. Por cada individuo se forja un mundo, tan distinto. Por ejemplo, allí donde yo veo un gato o un sillón, usted mira dos cosas distintas que no son gato ni sillón, porque gato y sillón son singularidades del mundo mío, necesarias para mi existencia, pues ¿qué animal representaría mi idea del mal si no me hubiese creado un gato, y donde me recostaría sin un sillón? Sin embargo, estamos de acuerdo en ver esa silla, sobre la que usted se sienta, mírela bien (usted la necesita para sentarse y yo que soy amable se la concibo), porque entre cada mundo existen relaciones equivalentes, parecidos y sinónimos. Estamos de acuerdo en que Marthita es una coqueta, (como usted la llama, yo la llamo puta; aquí los eufemismos de mundos distintos). Yo lo digo porque lo sé y usted sin saberlo... su mundo tendrá sus perjuicios y yo no sé, pero estoy de acuerdo, Marthita es una puta, aquí y en todos los mundos, que lo puta es algo que no se quita ni volviendo a nacer (algún día el sida o una muerte con asalto a farmacia nos matará a todos y para qué le cuento).

 La mente de cada uno de nosotros nos va creando un hábitat personal; el mío tiene leones y jaulas, cosa excelente porque el león se suelta y ahí te quiero ver. En mi objetividad, señora, existe la pobreza. Sirve para acordarme del trabajo, a veces lo olvido, y basta una ida al centro, los mendigos y... mejor ponerse a trabajar. En el suyo (lo digo por el Mercedes) trabajo y pobreza no son entendidos. La cara que pone de susto ante mis palabras me deja claro que tengo razón. Otro ejemplo: en su mundo París es aparadores y estatus, en el mío Argentina es Borges y Macedonio.

 Ahora pasemos a las relaciones interpersonales. No hay casualidades en esto, señora. “No hay un fantástico cerrado, porque lo que de él alcanzamos a conocer es siempre una parte y por eso lo creemos fantástico” (Julio Cortázar). La señora Betancourt, que trata tan mal a su hijo, apenas le presta el Audi, y que es vecina suya, no es vecina suya por azar, sino que usted, con todo su psiquismo, con todo su inconsciente y su mundo, la trajo desde Nebraska (de allí es la señora Betancourt, si no erro) a vivir junto a su casa porque de alguna manera usted siente culpas, disculpe que me entrometa, pero se le nota lo mala madre, y para prueba la señora Betancourt que vive tan cerca. Aquella amante de su marido, no se sonroje, no soy de los que hablan de las personas, es, muy probablemente, la encarnación de la traición suya; esa risa la delata, señora, lo Marthita asoma en las mejillas coloradas. Para no ir más lejos, cada persona conocida por usted, a pesar de lo increíble, es una manita más de su inconsciente: lo que usted quiso ser de joven y no pudo, o tal vez lo que nunca quiso ser, la materialización de algunos conceptos suyos: el mal: el hijo drogadicto de Raquel; el bien: la joven de la calle Platas; su mayor temor: el mendigo de la calle Cinco, etc. Usted los atrae para enfatizar conceptos.

 Ahora que me va comprendiendo, la comprendo a usted: se sienta tan sola. Tan sola en un mundo lleno de imaginaciones, donde los daguerrotipos pasaron de moda hace tanto tiempo porque usted necesita fotos a color, donde el helado de chocolate con chocolate extra cuesta más porque es mi preferido, y de costar lo mismo me privaría del mecanismo anímico que provoca el placer de pagar más por lo que más se desea, y así y así en paralelismos infinitos donde tal vez Marthita fue una buena mujer (pero lo dudo). Dese cuenta que todo es preciso, los chimpancés, el tifo, Venecia, el tabaco; que todo ha sido creado ineludiblemente por una cosa que en su mundo es Dios y en el mío inconsciente, que todos los hombres y todas las cosas son títeres y utensilios necesarísimos para el absurdo (el absurdo lo llaman en otros mundos: sentido de la vida, o misión en la vida). Yo también me siento solo, señora. Es triste pensar que usted, que me escucha y comprende, es el paroxismo de mi soledad, y que una vez subida al Mercedes, estará muerta para mí, hasta la próxima, hasta que la arteriosclerosis y usted flotando en el báratro ya ni me recuerda, con todo el pragmatismo de un hombre hierático como yo (y con toda la jeremiada disimulada por el hieratismo, que ya mencioné).

 La victimología y Baudelaire, que sospechaba la relación intersubjetiva entre víctima y victimario, es una prueba más del inmenso subjetivismo (egoísta si se quiere, y tan solitario) del que le hablo. Es curioso que Baudelaire haya entendido que el verdugo es un llamado, por decir, de la víctima. En palabras mías: que sea éste un acuciante del inconsciente. Un tipo de suicidio justificado y a la vez convincente; una cobardía psíquica que apela las ansias de acabar con la vida de todo cuanto nos rodea. Usted que no ha sido partícipe de un asesinato (como víctima me refiero) no negará que ama la vida, o teme la muerte, a pesar de la arterosclerosis, que es otra cosa. Aunque si somos estrictos, lo mismo es suicidio. Aunque parezca asombroso, cada quien muere cuándo y cómo quiere. Tan acostumbrados estamos a durar determinado número de años que nos parece tan natural el enfisema o la pleonástica muerte natural a los ochenta y tantos. Habrá a quien no y nos sorprende ver al anciano de ciento veinte tan vivito y coleando, pero incluso a él se le termina la vida porque ya es mucho y no hay que exagerar. Para ser víctimas de verdugo o naturaleza debemos desearlo tanto; las posibilidades de toparse en la noche con un Destripador son parcas, y no me venga con casualidades que lo mismo que las fantasías, no las hay cerradas. Nada resume mejor mi teoría que la frase de una de las muchachas del East End, cuando le aconsejaron cesara de trabajar en la calle (era prostituta) para no encontrarse con el Destripador: “Bah, que venga. Cuanto antes mejor, para una como yo…” Así hacemos todos pero pecamos de fementidos y dejamos de vicario al inconsciente. Yo por ejemplo, jamás he visto un dogal, y los ahorcados, ¡cómo se los inventan! (con calcetines o corbatas, ¡qué ingenio!).

 Otro que estuvo de mi parte, sin saberlo seguramente, es Freud y el onirismo, donde las pesadillas, tan terribles las pesadillas, son deseos reprimidísimos de un sujeto que se resiste vehementemente a aceptar la soledad y a creer que así como los sueños son construcciones metafísicas del sistema anímico (con sus contenidos latentes y manifiestos), la vida diurna es una construcción tangible (a veces no tanto) de lo mismo (con sus contenidos latentes y manifiestos). En mi mundo me mandé hacer los peluqueros, desde niño, anteponiéndome al deseo adolescente de la coleta que tiene que ser por fuerza una expresión de rebeldía; no sería lo mismo sin peluqueros (¡la pesadilla del corte de cabello!). Pasando la adolescencia los peluqueros dejaron de ser terribles y ahora tengo uno que hasta mi amigo es (previniendo una doble función, ¡bárbaro que soy!). Pero usted, señora, que siempre ha tenido el cabello por debajo de los hombros, no ve peluqueros sino estilistas que le fabrican adornos para ocultar el intersticio entre cuero cabelludo y cabello propiamente dicho, desteñido. Tanto le son útiles como a mí los peluqueros pero de otro modo (me sirven para no ir a verlos); de un modo que mucho tiene que ver con jactancia y verse bien, o el “qué dirán” para ser francos. Si me equivoco corríjame: su rubio-platino está de moda y qué terrible para usted el rojo cenizo que ya ocupará su lugar en el top ten de los teñidos (aún no). Y con lo rameras que se ven las pelirrojas, disculpe usted, ya la veré de rojo cenizo y lo ramera será mera coincidencia (?).

 ¿No le parece curioso que a sus cincuenta y tantos años se le engrosen las arterias y a mis veintitantos el enfisema, etc.? ¿Y eso que ambos fumamos y tenemos venas y tanta cosa? Le digo que cada quien. Fumar contra la voluntad es terrible. Yo por eso pongo toda mi voluntad, toda la sinceridad de un hombre que sabe la soledad y lo fantasmagórico de la existencia ajena. No he querido ser demasiado prolijo, primero porque no quiero y luego porque no me entienda (por si las galimatías), o no me entienda yo que la materializo a usted, y qué bonito, el café, la charla y el rojo cenizo que ya vendrá.

 Mire que ya nos terminamos tres cafés, una de Marlboro y dos de Delicados. Los Delicados me los hice yo para economizar; usted que no requiere de ahorros se quedó con los Marlboro y qué envidia, pero así es la vida y yo debo preferirla así o sería distinto y el Mercedes mío y el subte suyo; a usted le sienta mal el subte, no va con el rubio-platino y va tan bien con la coleta que mejor lo dejamos así y nos pedimos la cuenta u otro café, se me antoja uno con licor para esta apoteosis (válgame la petulancia), y la proclividad a lo bohemio que me he inventado recientemente para justificar los vicios y la literatura.

 - Yo pago, hijo, no te preocupes. -

 Hasta que el lector la lee hablar, señora, ¡y de qué manera!, tan acertada y ajustada a mi mundo donde las cuentas de café son mejores si las paga usted… y al suyo del “qué dirán si no la pago, y con el Mercedes, ¡qué barbaridad!”.

 Mientras llega la cuenta: qué extraño es el fisiológico sentir ajeno, que es, a mi modo de ver, causa del enteléquico existir ajeno; de lo imaginario que tanto tiene usted, y todos (y todo), en un lugar construido psíquicamente por algo mío que no entiendo, pero debo entender allá en el fondo (fondo tiene las mismas acepciones de que yo me valgo; vaya usted a saber el idioma de allá abajo; si es que arriba y abajo existen en ese inexplorado lugar). Cuando clavé, a los ocho años, un lápiz previamente afilado a más no poder en al dorso de la mano de Pablito (compañero de primaria), obtuve, sin saberlo, lo que ahora comprendo como una pista reveladora de lo imposible de la real existencia de mi compañero: ¿cómo concebir el dolor que siente el otro?

 Para cerrar, epitónicamente, diré: estoy tan solo que me he inventado un mundo entero con sus antes y después, con sus mil ochocientos…, mil novecientos…, con su tecnología que avanza que da miedo, con su pasado de cuatro mil años, los griegos, con usted, los amigos, todos, con gatos y mujeres que es lo mismo, y con perros que soy yo, y literatura que lo ameniza todo porque estoy tan solo. 

 Lo bueno de todo esto, señora, es que cada cual crea el mundo que desea a voluntad; lo malo es que nuestra voluntad está sujeta a otra voluntad, que también es nuestra pero no entendemos, ¡ay de aquel que domine su inconsciente!

Petrozza, M. Febrero 2010.

lunes, 22 de febrero de 2010

Es igual.

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No me importaba demasiado no tener trabajo. Mucho menos conseguirlo. Vivía en un viejo cuarto. Tan viejo como la dueña del mismo; ¡más! Había muerto hace dos años. Cuando me mudé allí pagaba una cantidad ínfima de renta. Mis padres mandaban algo de pasta. Yo trabajé alguna vez y ahorré algo. A veces sacaba dinero de alguna mujer. Luego la casera murió. Era una vieja apestosa. Sin familia. Murió sola y yo pude quedarme en mi viejo cuarto. Nadie vino a reclamar nada. Los vecinos; tenía dos; trabajaban duro y nunca estaban en casa. Uno era médico recién graduado y otro comerciante de no sé qué mierda. Con el esfuerzo de su trabajo se mudaron a un lugar mejor y quedé solo. Nadie reclamó nada. No me importaba demasiado, el viejo cuarto me daba igual y hasta sentía cariño por él.
 

     Cuando la renta se fue al hoyo junto con la casera, dije a mis padres dejaran de enviar dinero. Entonces fui un hombre independiente. Me daba igual; la vida era la misma mierda.
 

     Nunca me esforcé demasiado. Mi ángel de la guarda era como el Estado: me daba lo mínimo; apretaba pero no mataba. Todo lo que tengo ha sido por cosa de suerte. No he luchado por nada. No tengo mucho, es igual. Si ahora ganara la lotería no haría nada. Continuaría en mi viejo cuarto, compraría un six-pack de Tecates y llamaría a mi novia. No le diría nada sobre el premio. Lo guardaría bajo el colchón y follaría sobre él. Mi novia no lo sabría pero estaría follando sobre un millón de dólares. Si tuviera un millón de dólares no iría a por una buena puta porque ninguna puta val más de doscientos pavos. Da igual, un millón de pavos es como un millón de gomilocas: volverían loco a cualquiera pero podrían matarlo. Si me dieran a escoger entre una one billion dollar baby o su equivalente en zorras baratas, elegiría las zorras.

Petrozza, M. Febrero 2010.

¿y?

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La cara de la mujer era la de una coneja del Playboy. Las tetas y las nalgas la de una puta del cuento vaquero. Y el cerebro, el de un insecto de la National Geographic. Cabe decir, de un insecto muy inteligente, pues con todo su instinto o intelecto (?), dominó el inicio de la fiesta. Su fama, sin embargo, fue breve. Alguien comenzó con la política y dejaron a esta tía en un rincón, sola, bebiendo vodka y muy callada porque sabía un bledo de política, nacionalismos y otras cosas.

 Yo estaba allí. Conocía a todos los invitados pero no era amigo de nadie. (Siempre fue así; solo entre la multitud. A veces, para sobrellevar la soledad, llamaba a mi novia o alguna mujer… y la follaba. Luego me sentía doblemente solo). Me serví un whisky con hielos y me senté en una esquina. A mí no me interesaba la política ni los nacionalismos ni otras cosas. La chica me miraba. Yo era el único callado. Todos discutían ardientemente y yo solo bebía y fumaba. Vacié el vaso en mi garganta y fui a por ella.

 No te creo que seas escritor, dijo. ¿Por qué?, dije mientras le miraba las tetas y movía los hielos de mi vaso con whisky. No lo pareces, contestó. Ya, dije, eso no dice nada; tú pareces una mujer inteligente. Hice sonar los hielos de nuevo. ¿Cómo?, dijo. Quiero decir, dije: ¿a qué diablos te refieres con eso de que no parezco escritor? ¿Cuántos escritores conoces? Ninguno, dijo, pero siempre los imaginé diferentes. Diferentes, ¿cómo?, pregunté. No sé, dijo… felices. Ya, dije, pues yo soy feliz. No te creo, dijo, te has quejado de todo, del viaje, del lugar, de la bebida, de las nubes en el cielo, del color del bolso de aquella mujer, ¡de todo!; no eres un hombre feliz. Soy un hombre feliz, dije. No creo,  repitió. Que soy un hombre feliz, ¡coño!, dije. ¿Lo ves?, dijo. Está bien, está bien, no soy un hombre feliz ¿y?

Petrozza, M. Febrero 2010.

Zen.


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Yo no comprendía muy bien lo de la filosofía zen. La conocí cuando mi novia me regaló un libro de esa mierda. Yo no lo quería leer porque era un best-seller comprado en Sanborns. Entonces me fui a las librerías de viejo en Miguel Ángel de Quevedo y Donceles y conseguí unos buenos libros sobre todo eso. Lo hice porque mi novia preguntaba si había leído el libro y como ella estaba en una etapa budista o algo, quería platicar todo el día sobre aquello. No leí gran cosa. Venían preguntas de alumnos a maestros y los maestros siempre respondían cosas indescifrables. Por ejemplo: un alumno pregunta a su maestro cómo llegó a convertirse en maestro y éste responde: “cuando duermo, duermo. Cuando lavo, lavo. Cuando como, como….” Y así. Entonces pensé ya, es fácil. Y pensé que yo siempre había sido un maestro zen sin saberlo porque cuando follo, follo; cuando camino, camino; cuando bebo, bebo; cuando duermo, ¡duermo!; cuando no tengo empleo, no tengo empleo; y no me preocupo sino por el presente. Y era verdad, todo me importaba poco. Si una tormenta caía sobre mí en mis caminatas por el Centro, no corría a refugiarme desesperado; continuaba indiferente porque cuando me toca, me toca.  Y pensaba que un maestro zen haría lo mismo. Cuando me tocaba follar una jeba buena la follaba y no pensaba en ninguna otra. Cuando tocaba una jeba fea, también. 

     Confundí la filosofía zen con la indiferencia y le dije a mi novia yo soy un maestro zen pero no me creyó. Yo realmente lo creía pero no mucho, en el fondo daba igual, ser o no maestro zen no cambiaría nada. 

     También descubrí, gracias a Hesse que los monjes budistas ayunan. Yo ayunaba, ¡mierda, cómo ayunaba! No le pedía gran cosa a la vida, comía lo que podía, vestía lo que podía, follaba lo que podía, hacía lo que podía. No envidiaba nada ni a nadie, como los maestros zen. Yo definitivamente era un maestro. Olvidaba pronto, no vivía del pasado, ni por el futuro. Siddartha habla del no-hacer y ¡coño!, soy especialista en no hacer cosas. Me dejo caer como una piedra arrojada a un lago, hasta el fondo. Y eso, decía Hesse, debe hacer uno para alcanzar la iluminación. Pero el fondo no es bello, no comprendía nada a Hesse.

     Una ocasión discutía con mi novia sobre el significado de un haiku. No lo recuerdo pero era como todos los haiku: pavadas metafóricas sobre la naturaleza escritas en versos de cinco-siete-cinco sílabas y así. Ella decía que era muy bello y yo decía que no. Yo decía que ni siquiera era un haiku, sino una tanka. Ella insistía y yo también. Ya lo recuerdo, decía algo así: ¿Quieres ver soledad? / Sólo una hoja de árbol / queda ya. Efectivamente era un haiku pero me gustaba llevar la contra a mi novia y a todos. Como sea me daba igual estar en lo cierto o no. Me gustan la personas que se apasionan y discuten por horas la colocación de una vocal, de un acento, de una palabra; la clasificación de tres versos. Y me gustaba que mi novia no se rindiera y continuara aferrada a su opinión sobre el haiku. Ella comenzó a leer y todos los días me parecía más interesante. Hablábamos de literatura, de geografía, de pintura, de música, de todo. Eso hacía que me sintiera menos solo. Incluso estando con mujeres me sentía solo. Pero con ella no. Aún discutíamos por la bebida pero cada vez menos. Ahora discutíamos más por la estética literaria. A mí me tenía sin cuidado pero ella resultó ser muy cuidadosa. No soportaba un solo error y comenzó a cambiar de parecer respecto a mis textos. Yo la enamoré con mis textos. Recuerdo que le gustaba leerlos y decía que eran magníficos porque no pretendían nada. Comenzaron a gustarle los textos que pretenden cosas; que están bien logrados. Y yo nunca he logrado nada ni he pretendido nada, ¿cómo esperar que mi literatura sea otra cosa de lo que es? Realmente me cabreaba cuando decía que Flaubert era mejor que yo, o Pavese, o Kafka. ¡Kafka!


Petrozza, M. Febrero 2010.

¿Quién es Aristóteles?

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 ¿Por qué escribís esa mierda, che?, dijo mi novia. Jugábamos a los argentinos. Más respeto, piba, mirá que esa mierda es mi vida. 

 Luego hicimos el amor.

 Al día siguiente se fue con la madre a comprar un niño Dios. Eran vísperas de Navidad y creían en esas cosas. Yo desperté con la habitual resaca. Las resacas suelen hacerme reflexionar. Me quedé pensando porqué escribo esta mierda. 

 Iba a tomar una ducha pero decidí no hacerlo. Me gustaba estar sucio, sentirme mugre. Deduje  entonces que escribía esta mierda porque yo era mierda. Como sea salí a la tienda a comprar un six-pack de cerveza. También compré unos Delicados. Caminando de regreso a casa encendí un cigarrillo. Tomé un descanso en una banca. Coloqué las cervezas junto a mí y las cubrí con la zurda. Una mujer que pasaba por allí me miró fumar y se acercó. Me pidió un cigarro. Extendí la caja de Delicados y al mirarla dijo: ¡ash!, no, Delicados, gracias, no fumo eso. Quiso decir no fumo esa mierda, lo sé. Guardé la cajetilla en el bolsillo de la chaqueta y regresé a casa. 

 Encendí el estéreo. Hice tocar la Toccata and Fugue in D menor de Bach. Me eché en el sofá. Bebía y fumaba. Pasaron tres cuartos de hora. Tocaron a la puerta. Abrí. Era un viejo amigo. ¡Ea!, hermano, dijo dándome un abrazo. Se retiró pronto de mí. ¡Hueles a perro mojado, date un baño, por amor a Dios! Ya, dije, eso estaba a punto de hacer, pasa. Pasó. Lo dejé sentado en el sofá y me duché en dos minutos.

 Hace tiempo no veía a este tío. Venía muy limpio, enfundado en un traje de 500 dólares y conducía un lujoso auto último modelo. Me ha ido bien en los negocios, dijo. Ya veo, dije. El cabronazo comercializaba bisoñés. Yo no sé cómo pudo hacer tanta plata vendiendo cabello sintético para calvos. También tenemos cabello natural traído de la India, dijo, muy fino. Ya, dije. El hijoputa no paraba de hablar sobre bisoñés. Él mismo usaba uno. Se lo quitó para demostrarme. Me mostró la calva y yo dije, ya, póntelo, no es agradable. 

 Platicamos un rato. Hice tocar los 24 caprichos de Paganini en el estéreo y le ofrecí una cerveza. ¿Qué es eso?, dijo, parece un gato pariendo. Se refería a la música. Le expliqué sobre el buen Niccolò. Ya, dijo, ponte Shakira. No tengo Shakira, dije. Era un gilipollas. ¿Paulina Rubio?, dijo. Saqué todos mis discos que no eran muchos y los puse sobré la mesa. Escoge tú, dije. Pasaba de uno a otro con total indiferencia. Bach, Beethoven, Handel, Chopin. No sabes nada de música, dijo, voy al auto por un CD. Trajo un compilado de los últimos éxitos del reggeatón. El muy cabrón comenzó a bailar. Manda llamar unas amigas, dijo, hagamos una fiesta. No tengo teléfono, ni amigas, dije. ¡Anda!, dijo, entonces las llamo yo. Pero antes recoge un poco, ¡vives en la mierda, hermano! Cogió su móvil e hizo unas llamadas. Listo, dijo, vámonos. ¿Cómo, dije, no se supone vendrían ellas? ¿A este chiquero?, dijo, Tania y Marisol jamás entrarían aquí. Anda, vamos. 

 Subimos a un BMW 325 i último modelo. Yo no sabía que el auto era un BMW 325 i pero el tío se lo pasó repitiéndolo todo el camino. Los asientos eran de piel. En verdad era un lindo auto. Hacía un calor de Satán y bajé la ventanilla. Me costó varios minutos encontrar el jodido botón. Bajé la ventanilla y saqué la cabeza. De pronto el vidrio comenzó a subir, ¡casi me degolla! Era mi amigo que lo subía desde el control de mando. ¡Hace un condenado calorón, dije, no lo subas! Tranquilo, dijo, pondré el aire acondicionado, ¿a cuántos grados?, preguntó. No sé, dije, quince bajo cero. Rió. Acondicionó el aire tan bajo que dio frió. Bien, dije, ahora tengo un frío del ártico, ¿acaso debo bajar la ventanilla? Rió otra vez. Ya dijo, y puso el aire a una temperatura aceptable. 

 Condujo hasta el Pedregal. Nos metimos a la calle de Serranía. Había tantos lindos autos aparcados que el lindo BMW 325 i no parecía  gran cosa.

 Bajamos del auto. El tío hizo una llamada y salieron de un caserón dos culazos de ojos azul, rubias, vestidas ligeramente. Tan ligeramente que uno podía ver los pezones y las venas verdes de las blanquísimas tetas a través de la blusa. Nos hicieron pasar a la residencia. Llegamos a un salón demasiado agradable. Había en él una cantina bien surtida, cuatro sofás, un gran televisor, y en medio de todo, una piscina. Entramos por una puerta pero noté, había tres más. El hombre que diseño esto es un genio, dije. Todos me miraron raro. Ha colocado aquí, dije, un lugar para beber y tres para follar: los sofás, la piscina y sobre el televisor. El televisor era jodidamente grande, no era plano como los que venden ahora; era una caja negra donde uno realmente podía subirse a follar. Las tías rieron a carcajada suelta. No es un televisor, dijo una, es la caldera digital para el agua de la piscina. Rieron todos y más fuerte mi amigo. Ya, dije, pero la genialidad del diseño no radica en eso. La otra rubia pidió explicaciones. El tío que lo diseñó es un verdadero cabronazo. Ha colocado tres puertas más por donde salir, sabiendo de antemano que en un lugar así se puede perder la cabeza. Las carcajadas estallaron de nuevo. La primera rubia dijo: la única salida es la puerta por donde entramos, las otras tres llevan al sauna, la cava y el baño. Ya, dije, entonces es un reverendo imbécil. 

 Tomamos asiento en el sofá. Mi amigo y yo en uno y ellas en otro, frente a frente. Antes sirvieron un vino blanco francés, muy fuerte, según las rubias. Apenas nos sentamos bebí mi copa al hilo, todo, y una de las chicas tuvo que servirme otra copa. Bébelo despacio, dijo, en verdad es fuerte. Ya, dije, no te preocupes. Puse la copa en una mesita de centro de cristal y la dejé allí un rato. 

 La charla comenzó. No se ponían de acuerdo. Marisol, una de las rubias, hablaba de su viaje último a Egipto. Tania, la otra mujeraza, la interrumpía para contar su maravilloso encuentro con el diseñador italiano de moda noséquécoños. Y mi amigo no paraba de repetir las virtudes del cabello natural importado de la India. Si se quita el bisoñé estamos perdidos, pensé. Por mi parte relaté la historia apócrifa de cuando Aristóteles fue montado por una mujer. A nadie le importaba que Aristóteles haya sido montado por una mujer. ¡A nadie le importaba Aristóteles! Cogí la copa y la bebí al hilo y me serví otra e hice lo mismo. A mí no me importaba Egipto ni los diseñadores de moda ni los bisoñés. Yo sólo pensaba en la mujeraza que montó a Aristóteles.

 Petrozza, M. Febrero 2010.


Afuera llovía.

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Afuera llovía y yo pensaba en las putas; con sus minifaldas, allá afuera, donde llueve. Estaba envuelto en una frazada vieja y apestosa y tenía frió y pensaba en las putas, con el frío colándose por la entrepierna. Envueltas en blusas del tamaño de un calcetín. Pensaba que sería bueno para ellas venir a calentarse conmigo. Y sería mejor para mí que alguna viniera y me calentara. 
 
    Encendí un cigarrillo. Lo tomé de la cajetilla sobre mis piernas; las tenía subidas sobre una mesita de centro y yo estaba en mi fiel sofá. Miraba el televisor. El televisor estaba apagado. No servía. No me importaba. Los días fríos me envolvía en mi frazada y miraba el televisor apagado por horas. En la negra pantalla se transmitían todos mis pensamientos. Era divertido. Exigía concentración. Llegué a pasar mucho tiempo mirándolo perdido en el abismo de la imaginación. Y pensaba en las putas haciendo la calle bajo la tormenta, con las tetas congeladas. 
 
    Tomé una cerveza. La tomé del six-pack a lado mío; estaba a lado mío sobre el sofá. Lucían cómodas las cervezas. También lucían apetecibles. Tomé una, la destapé, y la bebí despacio. Bebía, fumaba y miraba el televisor. Pensaba en la noche. La noche sobre la ciudad. En la ciudad las calles; y en las calles las putas… y la noche… y el frío. La lluvia era una cosa bonita desde el sofá. La escuchaba caer sobre el techo de mi casa. Es bueno tener una casa en invierno. También es bueno no hacer la calle en invierno. Pero hay que comer y las putas no comen si no hacen la calle. No todas. Algunas ganan buena plata. Pero las que ganan buena plata no hacen la calle, están en locales o trabajan por su cuenta. Son putas caras. Yo no me acuesto con ellas porque ninguna puta vale más de doscientos pavos.

     Tocaron a la puerta. Salí del embelesamiento y tuve que pararme a abrir la puerta, ¡coño! Era mi novia. Venía empapada. Entró rápido, sin decir nada y comenzó a desnudarse. Vengo hecha polvo, dijo. Tomó la vieja frazada y se secó las tetas. Y la cara y la espalda y los brazos. No se quitó el pantalón. Se cubrió con la frazada y se echó al sofá. Mierda, dije, es mi frazada y la estoy usando. Ella no dijo nada. Encendió un cigarrillo, lo tomó de la mesita de centro. Me acerqué a ella. Dijo: peleé con madre. Me echó definitivamente. Ya, dije, ¿y ahora por qué? Por tu culpa, dijo. Mierda, dije, ¿mi culpa? Sí, dijo, ya no soporta que siga contigo. Sé que tiene razón. Ya, dije, pues si tiene razón, vete. No, contestó. Luego dijo: yo confió en ti. Ya, dije, ¿y qué esperas de mí? Me miró a los ojos y despacio dijo: sé que puedes cambiar. Di un trago a la cerveza y contesté: ¡vete al coño, no tengo nada a cambiar! Ella enmudeció y me dio la espalda. Se enroscó en la frazada y ya no habló más. Creo que lloraba. No me importó. Seguí con la cerveza. Pero me dio frió sin la frazada. Traté que ella compartiera la frazada conmigo pero estaba terca. Charlamos. No llegamos a nada, yo no cambiaría y podía largarse si no le parecía. No se largó. Mierda, dije, entonces me largo yo. Seguía pensando en las putas. Había dejado de llover y ahora pensaba que sería bueno ir a recoger alguna puta a la calle. Tomé la vieja chaqueta gris, dos cervezas, los cigarrillos, y salí.

     No tenía un quinto, ¡cojones! Lo descubrí cuando llegué hasta calzada de Tlalpan. Las putas ya comenzaban a aparecer y yo sin un quinto. De todos modos no tenía suficiente para un polvo en casa así que no me enojé demasiado. Daba igual. Todo dependía, una vez más, de la verborrea.   





Petrozza, M. Febrero 2010.

Luz

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Hay dos cosas que no soporto en un nombre propio: los sustantivos y los monosílabos. Aquella mujer se llamaba Luz y eso me jodía las bolas. No podía llamarla por su nombre sin sentir extraño; sin que una catarata de pensamientos gramaticales y metafísicos me aplastase. Era como llamarla mar o pan o sal o col o sol. Tampoco la llamaba amor, nena o linda porque no lo era. Me repugnaba. Sin embargo la hice mi novia y fui a vivir con ella.
 
    No era una tía realmente fea, algunos hombres la deseaban. Los hombres que la deseaban eran grandes, corpulentos; ella era una tía regordeta, de huesos grandes y yo un flaco.
 
    Todas las mañanas despertaba con esta tía a mi lado y me decía: no vayas a trabajar. No amo el trabajo, es cierto, pero lo prefería a estar con ella y llegaba puntualísimo a trabajar. Entonces mi jefe creía que yo amaba el trabajo y Luz me reprochaba que trabajara tanto. Comprendí que así funciona la cosa. Ahora entiendo a esos tíos que se casan con tremendas fieras y pueden llevar una vida normal, una vida de ir al trabajo toda la vida.
 
    Todos los días eran iguales. El problema eran las noches, que también eran iguales todas. A la hora de volver a casa Luz me llamaba y preguntaba cómo estás y dónde estás; dónde estás era lo que realmente importaba. No podía perder un minuto, debía regresar inmediatamente a con ella. Llegaba cansado a planchar la camisa del día siguiente y a cenar algo que comprara Luz porque ella salía del trabajo antes que yo y llegaba antes que yo y le molía estar sin mí tanto tiempo. Cenaba de mala gana porque sabía lo que se avecinaba: un baño frío y luego a la cama con una tía que no me paraba la pinga. Ya, sí me paraba la pinga pero para eso tenía que pensar en otra cosa y no siempre se ponía del todo dura, lo que me hacía quedar bastante mal. Yo decía: no sé qué pasa. Y ella decía: no te preocupes. Y me chupaba el palo y yo pensaba en otra cosa y entonces la cosa no salía tan mal porque finalmente me corría en la garganta de aquella foca. Lo pésimo era que ella luego quería más. Me abrazaba y besaba y pegaba su cuerpo desnudo al mío y olía mal. No lo soportaba. Finalmente lograba penetrarla, ella siempre encima de mí porque de lo contrario no podía hacerlo, y terminando me acurrucaba en mi esquina de la cama y no hablaba más. Por supuesto Luz deseaba hablar. Deseaba hablarme toda esa mierda de no me dedicas el tiempo suficiente, te amo, te quiero ver más, no te importo, debes ser cariñoso... Yo únicamente deseaba dormir las pocas horas de sueño restantes y regresar al trabajo lo antes posible. Deseaba salirme de la cama a orear el cuerpo. Antes de follar me daba un baño que de nada servía porque follaba a Luz. A veces iba al trabajo oliendo a sexo. Los dedos de la mano me olían a vagina. Los llevaba a la nariz y oliendo recordaba que en la noche sería lo mismo. Quería huir.  Sentía vehementes ganas de largar a Luz de casa. Pero era su casa, claro, y no podía largarla.

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