jueves, 2 de diciembre de 2010

Me enamoré de un hijoputa. Tercera parte.

AudioTexto. 


"La gente suele pensar que el amor llegará de golpe, furioso y certero. No hay nada más equivocado y a la vez verdadero. Paradójicamente, las personas que no creemos en el amor, somos las que verazmente nos enamoramos. No es raro que un creyente del demonio, lo vea manifestarse de un modo falaz, en cualquier lado. Sin embargo, únicamente al escéptico puede aparecerse Lucifer en todo su esplendor. Sucede así con el amor. El amor, lo mismo que el demonio, Dios, y prácticamente todo, yace en los mares profundos de la psique humana"Martin Petrozza



Virginia Palacios y Marco Perroni continuaron saliendo. Aquella noche se citaron en un bar de la elección de Marco: un bar de mala muerte en el centro de la ciudad. Virginia llegó puntual, atemorizada y angustiada de encontrarse en un lugar donde todos los hombres le miraban el pecho sin disimular y le lanzaban vulgares piropos y silbidos. Sola, pues Marco no llegaba, tomó asiento en una silla plástica (no había mesas) y a punto estuvo de llamar a Marco y apresurarlo. La detuvo la terrible sensación del miedo. Miedo a mostrar el carísimo teléfono móvil que llevaba. Aunque Marco le había prometido y jurado por todos los dioses que estarían seguros en aquel sitio, ella ponía en duda las palabras de Marco: allí todos somos hermanos. Hermanos, sí, pensaba Virginia, pero de qué clase. Marco llegó pasados veinticinco minutos. Tomó una silla y se acomodó junto a Virginia. Venía tomado y desarreglado. Virginia hizo una mueca sin decir absolutamente nada, y diciéndolo todo. Venga, amor, ya he llegado, dijo Marco contento. ¿Dónde estabas?, preguntó Virginia asustada. Aquí mismo, contestó Marco y explicó llevaba más de cuatro horas pero tuvo que salir a comprar cigarrillos. Virginia se tranquilizó y lo saludó con un rápido beso en los labios. Luego, tras dos minutos de mutismo, dijo: ¿y qué diablos vamos a hacer aquí? Marco tranquilamente estiró la mano; ademán que Virginia conocía perfectamente y al que respondió sacando de su bolso un sólido billete de quinientos pesos, mismo que colocó sobre la palma de Marco. Éste se levantó y regresó con dos grandes botellas de cerveza. Salud, dijo en brindis a Virginia quien también dijo salud y bebieron al mismo tiempo un sorbo de alcohol. 

 Para ese entonces Virginia sabía de los hábitos y costumbres de Marco. Conocía por ejemplo el ademán anterior que solicitaba efectivo. La manía de Marco por terminar la noche condenadamente borracho. El mal humor de la resaca. Los ojos voraces de Marco que seguían todo trasero de mujer que miraba en la calle, etc. Todo ello enojaba, cierto, a la pobre de Virginia, pero también era cierto que otra parte de él, le encantaba: su grandísimo amor por la música culta, su vicio por la lectura, su conocimiento de la filosofía occidental y oriental, su afición al teatro, su costumbre de visitar frecuentemente todos los museos de la ciudad, los poemas grabados en su memoria que recitaba al oído de ella, o a los cuatro vientos en el momento menos esperado pero más acorde a la situación. Marco era para Virginia un dilema. Un dilema del que estaba enamorada. Finalmente lo había aceptado. No abiertamente. Sabía que el amor que sentía por Marco era fuerte pero no se atrevía a decirlo a él. ¿Cuestión de orgullo? Posiblemente. Marco no paraba de decir te amo y ella, jamás pasaba del te quiero mucho, disfraz con que cubría al verdadero sentimiento. Lo amaba. Lo que no significaba que fuese feliz. Todo el tiempo pasaba del amor al odio. De la felicidad a la angustia. Marco se transformaba de caballero a bestia en segundos. Podía regalar una flor hermosa de la manera más galante, y luego, de pronto, irse tras la primera mujer que pasara frente a sus ojos. Cínicamente. Brutalmente. Virginia dejó de esperar el perdón y el arrepentimiento de estos actos. Marco no solía pedir perdón ni permiso. Amor, “de sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera. Sin embargo un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera…” (Joaquín sabina), cantaba Marco a Virginia divertidamente. O sea que Marco estaba cambiando a Virginia y no al revés, como se propuso ella en un principio

2

Louis, el pretendiente decente de Virginia continuaba batallando para ganar su corazón. Antes de la llegada de Marco a su vida ella estuvo dispuesta a dar el beneplácito a aquel muchacho de buena familia. Ahora sin embargo, dudaba. Estaba enamorada de Marco. Deseaba, paradójicamente, no estarlo, pero no podía evitar pensar en él todo el tiempo. No positivamente. Lo imaginaba ebrio y ligando otras mujeres. Y le dolía aquello. No cabe duda que mientras peor se trate a una mujer, más se aferra ésta. Marco se lo dijo alguna vez. Lanzó el comentario indiferente: a las reinas como putas y a las putas como reinas. Según el sabio saber popular así se debe tratar a las mujeres. Louis no lo sabía. Las atenciones que prestaba a Virginia eran las atenciones de una reina. Esto, increíblemente, cansaba sobremanera a la reina Virginia, acostumbrada por sus padres a merecerlo todo. Louis estaba perdiendo drásticamente la batalla. Y lo hubiese hecho completamente  de no ser por lo siguiente: 

 A la media hora de encontrarse con Marco aquella vez en aquel bar de podredumbre, donde Marco llegó alcoholizado e impuntual, se apareció de la nada una mujer que gritando histéricamente acusó a Marco de hijoputa. Gritó despechada haber sido engañada por aquel patán de mierda que le juró amor eterno y ahora lo encontraba allí, con otra mujer, besándose. Era una mujer vulgar y borracha de cabellera teñida y cuerpo voluminoso pero flácido. Marco y Virginia besábanse a la llegada de Raquel. Así se llamaba la pobre víctima (¿una más?) de Marco. Virginia pidió explicaciones y Raquel lo explicó todo: en efecto, Marco llevaba allí más de cuatro horas de anticipación. Tiempo que no perdió. Lo aprovechó para proponer sexo a Raquel. Raquel no aceptó la proposición pero Marco, insistente, logró convencerla para citarse alguna ocasión futura, para conocerse mejor. Raquel argumentó me da la impresión de que eres un mujeriego. Marco no lo negó. Soy un mujeriego, dijo, pero en este momento de mi vida no hay otra mujer sino tú. Raquel se tragó el cuento y aceptó la invitación de Marco para la próxima semana. Así quedaron. Pero aún tenían muchas horas y las utilizaron para abrazarse, besarse, y ligeramente tocarse. A la hora de despedirse, Marco acompañó a Raquel hasta la entrada al subterráneo y se apresuró a regresar, pues Virginia debía llegar en cualquier momento. Todo habría salido de maravilla de no ser porque la tonta y afortunada de Raquel olvidó una mascada sobre la silla donde sentada se dejó entusiasmar por Marco. Al volver por ella, le encontró en brazos de Virginia y armó el escándalo mencionado. Marco no le dio importancia. Encendió un cigarrillo y fumando escuchó todo lo que Raquel tenía que decir. Virginia, asombrada, enmudeció. Cuando Raquel terminó con el sermón Marco dijo: bueno, ya tienes la mascada, ¿te puedes ir? Y se fue roja de coraje. 

Al irse Raquel, Virginia se levantó y caminó hasta la salida. Marco la siguió sin decir una palabra. Quizá porque no podía decir nada, o porque no le importaba, como pensó Virginia. Una vez en la calle Marco tomó el brazo de la indignada mujer y le devolvió el resto del dinero, cambio del billete que le entregó hace menos de una hora. Te amo, nena, dijo Marco, vete con cuidado. No trató de detenerla ni se disculpó por nada. Virginia tomó el dinero, paró un taxi, y se marchó. 

 Con el dolor de aquello en el estómago Virginia dijo sí a Louis que lucía guapísimo sentado caballerosamente en la mesa del café San Luis. Virginia se ennovió con Louis. ¿Por coraje?, ¿Por orgullo? A Louis no le importaba porqué. Jubiloso tomó la mano de Virginia y sellaron la unión con un beso. 

3

Virginia miraba ahora las cosas desde otro ángulo. Aquella frase que alguna vez le sonó romántica y maravillosa: “Para que nada nos separe, que nada nos una” (Pablo Neruda), y que Marco había propuesto, le parecía la charlatanería más grande del mundo. Si alguna vez pensó que aquella filosofía podía ayudarla a amar a Marco, se olvidó de ello y lo supo: era una estratagema hábil de Marco Perroni para justificar los desengaños de aquel cabrón. Virginia no podía, estrictamente, reclamar nada a Marco pues ella misma había aceptado no ligarse a él más allá de los placeres de una relación hedonista y abierta, cegada por un falso amor. El amor de Marco hacia ella era falso. Sintiose derrumbada. Marco logró su principal objetivo impecablemente. Todo había sido hilvanado a su favor. Él no tenía nada qué perder. Y no estaba dispuesto a sufrir el mínimo sacrificio por ella. Ni siquiera el de la fidelidad. No podía confiar en un hombre que utiliza cualquier distracción de ella para llevar a la cama a quien sea. Aceptó el noviazgo con Louis y juró olvidar a Marco Perroni de una vez por todas. 

 Pero las cosas con Louis no fue la felicidad que esperaba. Louis era por mucho un buen chico. Demasiado bueno. La halagaba hasta el hartazgo, le regalaba toda clase de obsequios, era puntualísimo, bien hablado, y… terriblemente aburrido. Era abstemio. En el tiempo que duró con Marco, Virginia aprendió el placer de beber una copa o dos o tres. De la hilaridad y el entusiasmo etílicos. Y aunque no era para nada una bebedora, gustaba de tomar un trago de vez en vez. Louis, recatado y asustadísimo le prohibía beber una sola gota. Y le prohibió algunas cosas más, por ejemplo, recibir llamadas telefónicas de amigos (varones), salir en grupo sin él, y verse con Arthur, uno de los mejores amigos de Virginia. Todo ello cansaba demasiado. Louis Revisaba meticulosamente el móvil de Virginia en busca de evidencia comprometedora. No la había, por supuesto, ni siquiera mensajes de texto enviados por Marco, ni llamadas registradas de él (que era lo que realmente buscaba Louis), pues jamás Marco se dignaba mandar un mensaje o hacer una llamada. Virginia comenzó a odiar los celos maniacos de Louis y a extrañar la libertad que gozaba con Marco. Libertad que no servía de otra cosa que sentirse libre, pues había sido fiel a Marco todo ese tiempo y lo sería a cualquier hombre que amara. Louis era a los ojos de Virginia, y comparado con Marco: un bobo. 

 Louis, aunque bobo, insistía en relacionarse sexualmente con Virginia, que era su novia y bien merecido lo tengo, decía, pues te he rogado meses enteros. Virginia no lo deseaba. Aún sentía el olor y la esencia de Marco en su piel, y por otro lado, Louis no inspiraba en absoluto el ardiente, salvaje y perverso deseo que lograba despertar Marco en ella. Si Virginia hubiese tenido más experiencia sexual, lo sabría: Marco era un buen amante y eso, eso verdaderamente es lo que la unía a él y lo que hacía que soportara toda patanería. Lograba llevarla al orgasmo en poco tiempo y repetidas veces. Pero sin punto de comparación Virginia simplemente sentíase confundida. Se supone que el sexo siempre es bueno, pensaba, y no comprendía porque Louis, más que atraerle, le repudiaba. La cosa era sencilla: Louis no poseía el encanto sexual de Marco. Era adinerado, galante, bien parecido, de sonrisa perfecta… pero era más como un maniquí perfecto que como un ser humano deseable. Para Marco hacer el amor era destrozar a una mujer con la bomba atómica del placer. Louis en cambio, era de los que piensan que una mujer no debe ser maltratada ni con el pétalo de una rosa. Por más femenina que sea una mujer, desea en el fondo de su alma un hombre primitivo que la haga sentirse la puta más lascivia del planeta. Aunque ella misma no lo sepa. Virginia no lo entendía, pero lo sentía. 

 A pesar de su aversión por Louis, Virginia no terminó con él. A pesar de todo, Louis poseía algo de que Marco carecía, y que jamás poseería: seguridad. Seguridad económica y estabilidad. Al menos estaba segura que podía confiar en Louis. No la cambiaría por la primera mujer que se interpusiera en su mirada. Louis la amaba desesperadamente. Lo sabía. Y era lo que las víboras consideran, un buen partido. Los padres de Virginia amaban a Louis, y todo el círculo social de ella se puso contentísimo al saber la noticia. Estaban felices de que Virginia sentara cabeza y olvidara finalmente al patán de Marco.  No sería tan fácil deshacerse de Louis. Todo, socialmente hablando, estaba a su favor. Virginia estaba atrapada en la trampa de las apariencias. Del aparentar. No tuvo más opción que fingirse felizmente enamorada de su acartonado novio. 

4

Marco, inteligente, conocedor del lazo que había creado con Virginia, esperó paciente un par de semanas a que el coraje menguara, y llamó. Vale, nena, ¿cómo estás?, dijo por el auricular de un teléfono público. Virginia contestó indiferente muy bien, gracias. Sin decir lo mucho que extrañaba su compañía, su sexo, y su aliento alcohólico. Luego de escuchar las palabras adecuadas, es decir, las que deseaba escuchar y que Marco sabía de memoria, aceptó citarse con Marco al día siguiente. No cabe duda: Marco conocía a Virginia más de lo que ella misma se conocía a sí. 

 Se encontraron en un bar del centro de Tlalpan y Virginia no tuvo que decirlo. Marco los sabía todo. En aquellas dos semanas de ausencia estuvo monitoreando los movimientos de Virginia mediante su aliado Arthur. Marco no se mostró enfadado, celoso ni decepcionado. Felicidades, dijo, encontraste al hombre de tu vida. A Virginia el comentario le cayó de sorpresa, no sabía cómo iba a decir a Marco lo de Louis. Dejó de sorprenderse luego de un instante, acostumbrada a que quién sabe cómo, Marco siempre sabía la verdad. No es el hombre de mi vida, dijo tímidamente Virginia, es sólo un buen chico que me ama, y me respeta. Esto último lo dijo aludiendo al poco amor y respeto que mostraba Marco a ella. Felicidades, repitió Marco. Silencio incómodo. ¿Y cómo va tu vida?, preguntó Virginia a Marco como si llevasen años de no verse, y delatando así su enorme sentimiento a los ojos de Marco. Una desdicha sin ti, contestó éste. Era mentira y Virginia lo sabía. No por ello evitó sonrojarse y dibujar una sonrisa en su bellísimo rostro. Bebieron conversando sin tocar el tema de ambos, de su relación, etc. Rieron mucho. Y finalmente pasó lo inevitable: se acaloraron con el alcohol en sus venas y de pronto, Marco comenzó a enlistar los encantos de Virginia. Y ella escuchaba mordiéndose los labios con ganas de irse sobre él y acabarlo a besos. No pudo resistir demasiado. En algún momento Marco acercó su boca a la de ella, despacio, dando la oportunidad de rechazarlo si lo deseaba. No lo rechazó. Se besaron apasionadamente y terminaron en casa de Marco haciendo el amor desesperadamente...


C O N T I N U A R Á . . . 



17 comentarios:

  1. No se porque me identifico tanto con esta historia buua!!! =(

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  2. Excelente narración. Así lo hubiera contado yo...

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  3. Hay hijosputa con muuuchas cualidades...

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  4. increible historia cada vez se pone mejor!!!!!!!

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  5. Aqueronte de Tártaro3 de diciembre de 2010, 9:38

    Los hijos de puta vienen dados en todas las tallas, colores y sexos. las mascaras que sobreponen ante sus rostros son su perfecto disfraz.

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  6. Muy bueno el blog, te dejo el mio

    http://basta-fuerte-radio.blogspot.com/

    Nos leemos, saludos.

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  7. Ayyy!! si voy a tener que esperar...

    besos y hasta pronto!!

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  8. Excelente historia me esta gustando mucho!!!!!!!

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  9. nena m identifique considero q es muy buena la trama ah la ame!!

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  10. genial, muy real... describen el ''sucio actuar'' de los hombres; pues eso es lo que nos atrae y enloquece, y la estupida realidad rosa que queremos las mujeres, pero que al mismo tiempo no queremos... me encanta¡¡¡ es maravilloso sobra decir que quiero masssss realismo sucio jejeje =P

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  11. Muy buena historia me encanta la forma en que dices las cosas es genial y a todoas nos ha pasado alguna vez!!!! espero la otra parte urgentemente!!!!!!

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  12. Deplorable la fascinación de algunas mujeres por esos fulanos decadentes que además se gozan en hundirlas en su propia degradación. ¿Instinto maternal mal encaminado? ¿Masoquismo? La única cualidad de individuos así es su capacidad de hacer creer que tienen alguna. Pero en el fondo, pura enfermedad.

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  13. Aqueronte de Tártaro8 de diciembre de 2010, 23:36

    creo que existe el efecto squash o no sé si se dirá de esta forma pero la reacción es la misma... entre más mal trata un hombre a una mujer, ella se quedará ahí esperando a poner la otra mejilla; hombres como nosotros, que amamos y ponemos nuestra credulidad frente a otros de nuestro mismo género frente a nuestro accionar, somos despreciados por infames mujerres que han dejado su corazón atrás y ahora deciden afrontar las nuevas reglas de su libertinaje... que más nos queda hacer que seguir el modelo que se ha venido repitiendo...

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  14. Bueno, yo no soy monedita de oro. Más bien quise decir que algunas conductas degradantes que adoptamos los varones llegan a ser consideradas atractivas por quienes deberían mostrar un poco más de respeto por sí mismas. Y bueno, también de allá para acá llegan a ocurrir cosas como ésas.

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  15. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
    :D

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  16. Aqueronte de Tártaro8 de diciembre de 2010, 23:37

    Pero desmientan me si ahora el papel de la mujer se va invertido, ahora es ella la que piensa más (con ello no salvo la responsabilidad de algunos hombres) y son más ellas las que piensan y actúan de esta forma.

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  17. Dionisio Schopenhauer9 de diciembre de 2010, 21:26

    Fabulosa historia... Muero de ganas por saver el final...!!

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