jueves, 9 de diciembre de 2010

Me enamoré de un hijoputa. Cuarta parte.

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Marco Perroni se granjeó el lugar de amante en la vida de Virginia Palacios y con ello ganó mucho más de lo que se propuso en un principio. Tenía acceso a los placeres de Virginia, al dinero de Virginia y a la amistad incondicional de Virginia. Siendo amantes Marco no perdió la libertad de conquistar otras mujeres. Lo tenía todo de ella incluso el corazón. Virginia pasó por un proceso de adaptación gradual. Sus enfados disminuyeron considerablemente. Si alguna vez sintió tremendos celos de verlo o imaginarlo con otra mujer, ahora agradecía que pasare lo que pasase, inevitablemente Marco regresaba a su lado. Llegó a pensar que aquello era todo el manifiesto y pervertido amor de Marco al que podía aspirar. Y era cierto. No le puedo pedir más, se decía resignada. Por otro lado Marco llegó a sentir por virginia un cariño único y especial. Lo demostraba a regañadientes, como si le costase aceptar que había llegado a querer más de lo que él mismo se permitía. Como si querer fuese una debilidad. Algo despreciable. Virginia, que aprendió más con Marco que en toda su vida, reconocía aquel sentimiento sincero y se conformaba. 

 La relación de Virginia con Louis era monótona y aburrida. Le brindaba seguridad en todos los sentidos y gracias a ello, sólamente por ello, no terminó con él. No podía dejarlo todo por un hombre como Marco que era la inestabilidad encarnada. Virginia, que antes de Marco era una mujer de principios, terminó convertida en una mujer con un novio y un amante que la trataba como le venía en gana: a veces bien, a veces mal, y aveces... ni siquiera la trataba. Le costó librar la batalla mental de todo ello. Sabía que no era lo correcto salir con dos chicos. Amar a uno a la distancia y no amar en absoluto al novio formal. Marco Perroni había cambiado completamente a la pobre Virginia, asustada e insegura. Salía con Louis pensando en Marco. Desviaba las llamadas de Louis esperando ansiosamente las de Marco, parcas. Besaba a Louis extrañando los besos de otro. A todo esto tuvo que someterse y acostumbrarse. Cada día era más dificil eludir a Louis para citarse con Marco. Los celos estaban a la orden del día en su relación perfecta. A Marco no le importaba. Jamás le pidió dejara a Louis para comenzar de una buena vez una relación, como las relaciones deben ser. Mucho tiempo Virginia lo prefirió así. Sin embargo ahora estaba dispuesta a todo. Incluso a ennoviarse con Marco abiertamente. Si él lo pidiera, lo haría sin dudarlo un segundo. Si él lo pidiera... Pero Marco no sólo no lo lo hacía sino que se mostraba cada vez más distante. Como si empezara a hartarse del asunto. La veía una vez a la semana, no todas las semanas. Y aunque en ese breve tiempo se mostraba maravilloso: la cortejaba, la alcoholisaba, y le hacía el amor estupendamente, Virginia no podía evitar sentir el desapego crecer y crecer. Lo estaba perdiendo y lo sabía. A medida que el amor de Marco hacia ella (si es que alguna vez existió dicho amor) disminuía, el amor de Louis crecía desmedidamente, hasta la aversión. Por cada llamada no recibida de Marco, recibía decenas de Louis. Por cada ausencia, Louis estaba allí irreparablemente, y despreciablemente. Esto hubiese sido encantador pero no lo era. Virginia rogaba por que Marco se decidiera a estar con ella formalmente. Le llamaba frecuentemente y frecuentemente Marco no contestaba. Lo imaginaba de las peores maneras en los peores lugares, triste y decepcionada de la vida. 

2

Louis yacía plácidamente, sentado como todo un hombre de mundo, adinerado y despreocupado, fumando un cigarrillo blanco en la banca de un jardín hermoso que había costado una fortuna a su padre. Virginia lo escuchaba sentada a su lado, indiferente, pensando en qué diablos estaría haciendo el hijoputa de Marco, hablar del prometedor futuro que le depraba la vida. Una vida extraordinaria según Louis, y de lo mucho que le gustaría compartir toda esa felicidad y toda esa riqueza con ella, a la que consideraba definitivamente el amor de su vida. Virginia escuchaba y observaba. La manera de fumar de Louis le daba asco. Lo hacía petulantemente y con mucho cuidado de no ensuciar la ropa con la ceniza del tabaco quemado. Daba pequellas chupadas al cigarrillo y para ello juntaba los labios exageradamente, como dando un beso, y estiraba a todo lo largo aquellos dedos blancos como velas de leche. Es repugnante, pensaba Virginia. Louis vestía un pulcro y elegantísimo traje blanco y se enfadó cuando descuidadamente la suela del zapato de Virginia rosó la rodilla de Louis, cubierta de aquella fina tela marmórea. Amor, ten más cuidado, dijo Louis sacudiendo tetralmente el lugar del accidente con una mano casi femenina. Con una mueca Virginia demostró su inconformidad. Louis se olvidó del asunto y continuó su incansable monólogo de lo feliz que era a lado de su amada, y prometiendo viajes suntuosos al rededor del mundo, manjare exquisitos jamás probados por lenguas asalariadas, fiestas fantásticas con personajes importantes de la política y el espectáculo, y paseos en yate por los mares más hermosos del planeta Tierra, le propuso matrimonio. Virginia quedó hecha una pieza rígida y terriblemente espantada. La relación con Louis cursaba apenas el primer trimestre y Virginia ya sentía por él el mayor de los empalagos. Vaya, amor, no sé qué decir, contestó hipócritamente Virginia pues lo sabía perfecto: NO. 

3

Virginia intentó comunicarse con Marco. Necesitaba contarle las intensiones de Louis urgentemente. Lo necesitaba como amigo aunque guaradaba la mínima esperanza de que sabiendo esto Marco se envalentonara y tomara la decisión de su vida. Virginia estaba dispuesta a aceptarlo todo. Deseaba huir, como en un cuento de hadas, del príncipe malvado y escapara a un país mágico con el bohemio encantador. Estaba dispuesta a renunciar al oro por amor. 

 Logró contactar a Marco luego de tres días y se lo dijo. Marco, entrecerrando los ojos, encendiendo un cigarrillo con la colilla de otro recién terminado, expulsando una gran nube de humo por boca y nariz, dijo: enhora buena, señora Palacios, que sea dichosa en el lecho y el amor. Virginia, que esperaba todo menos aquello, enmudeció un par de segundos y explicó: no entiendes, dijo, esto me hace la mujer más infeliz del mundo. Marco alzó la mano para llamar la atención de un  mesero y ordenó un whisky en las rocas más si dar importancia a las palabras de Virginia. Marco tomó el asunto como un chiste. Reía y bromeaba al respecto. Virginia lo supo: no le intersa en absoluto. Se ordenó un trago también y esperó a que el alcohol la poseyera para soltarlo. Lo soltó todo. Se confesó ardidamente enamorada y dispuesta a cualquier cosa. Has enloquecido, dijo Marco al escuchar los agónicos y desesperados ruegos de aquella mujer. Yo no valog la pena, hermosa, dijo Marco, será mejor que tomes lo que más te conviene y te olvides de mí que no valgo nada. Virginia no lo creía así. Le dijo lo mucho que valía para ella. Marco escuchaba dando pequeños sorbos al whisky y frunciendo las cejas en cada declaración de amor. Actuaba como si no lo pudiera creer. Extrañado de tanto de amor. ¿Es que de verdad no lo has notado?, preguntó Virginia al decir lo mucho que amaba a aquel hombre. Marco no contestó. Claro que lo notaba. Ninguna mujer acude presurosa al encuentro de un cabrón que le sacará el dinero y el coño sin dar nada a cambio. Al parecer Marco no estaba contento con tanto sentimiento positivo encaminado a su ser. No lo sé, dijo, puede ser que todo sea un seño. ¿Un sueño?, dijo Virginia exaltada. Cómo iba a ser un maldito sueño tanto amor. No creo que me ames, dijo Marco, seguramente confundes las cosas. ¿Cómo?, decía Virginia a cada frase de Marco. Crees amarme, dijo éste, pero no lo haces realmente. Bastaría una semana de vida conmigo para que despertaras y te largaras corriendo a brazos del Señor Dinero. No es cierto, se defendió Virginia, yo estaría contigo toda la vida. Marco no la dejó expresarse más. La calló con razonamientos filosóficos: el amor no existe, dijo, el amor que sentimos hacia una persona es el manto con que la cubrimos. Manto hilvanado con nuestras carencias y nuestras necesidades. No nos enamoramos jamás de un ser sino de un objeto. Por ejemplo de las manos de una mujer nos recuerdan a la madre o de la necesidad de una autoridad que gonierne nuestra descontrolada vida. Pero jamás, por ningún motivo, nos enamoramos de un hombre o de una mujer. Y ese hombre o esa mujer no son jamás lo que nuestros miopes ojos enamorados nos dejan ver. Así, yo soy para ti todo eso que desearías ser pero no te atreves, y créeme, no me amas a mí sino a la auspiciante necesidad tuya de salir de un mundo de egos adinerados y de tanta hipocresía. Eres un alma noble y soñadora que no puede vivir dentro de aquella esfera de cristal, cosa que admiro en demasía, pero por Dios, no puedes amarme a mí que soy incapaz de quedarme a tu lado existiendo tanta mujer. Lo sabes. No puedo ofrecerte fidelidad ni dinero ni amor. Lo único que representó para ti es la libertad y un buen polvo. Libertad que anhelas en el fondo de tu corazón y por la que ahora ciegamente estás dispuesta a entregarlo todo para despúes, inevitablemente, toparte con el muro de concreto que es la realidad. Te encontrarás en una pequeña habitación sucia con un patán a tu lado, queriendo huir nuevamente a un mundo mejor pues ya no requerirás ser libre. Lo serás. Serás tan libre que podrás ir de un lugar a otro pero no tendrás rumbo. Acabarás perdida en brazos de cualquier hombre dispuesto a someterse a tus caprichos pues entederás que tú no naciste para servir, sino mandar. Es tu naturaleza y por ello no hay cosa más conveniente para ti que casarte con Louis, quien te procurará riquezas materiales y desde aquella isla de seguridad podrás navegar a los puertos de tu preferencia sin quemar las naves. Piénsalo, querida, no hay nada mejor para ti que aquello. 

 Virginia regresó a casa consternada. Lo pensó demasiado. Marco era elocuente hasta el tuétano. Primero la enamoró, cosa que parecía y ella misma creía: imposible, y ahora lo estaba logrando de nuevo: convencerla de lo mejor para ella. ¿Pero si él no era lo mejor para ella, por qué demonios la enamoró? No se creía que todo eso hubiese sido con el único fin de un acostón. No podía ser cierto. 

4

Toda la familia se enteró de la propuesta de Louis y toda la familia estaba feliz. Los padres de Virginia sobre todo. La felicitaron y la llenaron de elogios y de consejos. Todos ellos malintencionados. Todos ellos llenos de malicia y ambición. En pocas palabras todo iba por el lado de: te conviene. Los padres siempre quieren lo mejor para sus hijos, pensaba Virginia al escuchar la sarta de estupideces que decía su madre. 

 Pero ella no podía sacarse de la cabeza la imagen de Marco Perroni. Se le metió la idea de luchar. De verdaderamente luchar. Se le vino encima un montón de recuerdos de libros leídos sobre grandes amores y cómo siempre los protagonistas se enfrentaron a tremendas batallas en contra de la sociedad y de todo para alcanzar su fin. Se convenció a sí misma de que Marco era un buen hombre y que si dijo todo aquello fue sólo para no sufrir. Para no hacerla sufrir a ella. Pensó que renunciaba a su amor por el bajo autoestima que no le permitía compararse con Louis. Y de alguna amanera idealizó y glorificó este sacrificio. No había tal sacrificio. Marco habló claro. Él no la amaba y no estaba dispuesto a interferir pues no deseaba cargar con Virginia el resto de su vida. Ni siquiera el resto del mes. Marco ya tenía en ese entonces otro querer…

 ¡Marco Perroni habíase enamorado! Al menos eso fue lo que dijo a Virginia cuando ella, en su intento, patético, por ganar el amor de Marco, rogó y rogó hasta obtener el no definitivo. Las lágrimas corrieron por las tersas mejillas sin poder evitarlo. Virginia lloraba en el pecho de Marco abrazándolo fuertemente y sin saber qué hacer. Por primera vez en su vida Virginia lloraba por un hombre. Y tenía que ser por aquel que alguna vez consideró el más despreciable de todos. No comprendía cómo Marco no la amaba si ella le había entregado todo. ¡Todo! ¿Desde cuándo la conoces?, preguntó Virginia sollozando. Hace un par de meses, dijo Marco, la conocí en el café y es una joya. Es la mujer que fue hecha para mí. No se detenía ante el sufrir de Virginia, Marco no medía las palabras. Expresaba su sentir sin compadecerse de aquella mujer que lloraba en sus brazos, sabiendo que cada frase le lastimaba hasta el alma. Virginia no entendía. Durante tanto tiempo estuvo Marco jodiendo con el amor que por ella sentía y de pronto, de la nada, se decía enamorado de una cualquiera que se le atravesó en la vida. Así es el amor, dijo Marco, caprichoso, y no hay nada más que hacer que ceder a sus caprichos. Estoy enamorado y me iré con ella. ¿Cómo que te irás?, preguntó Virginia. Sí, contestó Marco, me largo de la ciudad. Marco Perroni conoció una mujer argentina que lo enamoró por su desinterés de la sociedad. Era una mujer bella y rebelde. Le propuso llevarlo a Buenos Aires y aceptó. Como si tal cosa. Todo en la vida de Marco era así. Se le hacía fácil largarse de su país sin preocuparse por nada. Ni por Virginia que lo amaba. La dejaría allí en su tristeza y en su boda y en su vida y en su amor. La amo, decía Marco y Virginia escuchaba sintiendo flechas envenenadas de traición en el corazón. Comenzó con la histeria. Pegó a Marco Perroni en el pecho y gritó ¡no puede ser, no puede ser! ¡Te he dado todo! Calma, nena, decía Marco tomándola por las muñecas para evitar los golpes, no pasa nada, tú debes ser feliz con tu marido. Al escuchar esto Virginia recordó el pensamiento del sacrificio y dijo: escucha, Marco, si haces esto por mí te lo agradezco pero debes saber que no es necesario, te amor a ti por sobre todas las cosas y no pienso casarme con nadie que no seas tú. Marco rió y cínicamente contestó: moltés graciés, bella, pero paso. Ya no siento nada por ti… La última frase fuel golpe de gracia. Cayó como un hacha que corta de tajo la vida. Virginia no dijo nada. Aspiraba para cortar el llanto. No deseaba más llorar por Marco. Lo entendió finalmente. Me enamoré de un hijoputa, dijo en voz baja y secándose el rostro con un pañuelo se separó de Marco, caminó al coche y se marchó. 

5

Al día siguiente despertó con la cara hinchada de tanto llorar. Se permitió hacerlo por esa noche y lo hizo a mares. Ahora tenía una dignidad que recuperar. Se había sobajado tanto. Acostumbró a Marco a tenerlo todo de ella. Trató de comprarlo con ayudas económicas y con caricias. Ninguna moneda fue suficiente para pagar por su amor. ¿Qué tiene que hacer una mujer para que un hombre así la ame?, se preguntó Virginia mientras desayunaba jugo de naranja y pan francés. Se preguntaba qué diablos hizo mal. 

Epílogo.

Marco Perroni llegó a Buenos Aires con la mujer de su vida. Se instaló en una pequeña casa propiedad de la suegra y vivió idílicamente un par de meses tras los cuales la hermosa argentina lo echó de casa por bebedor y mujeriego. Regresó a México y encontró a Virginia Palacios casada con Louis. Virginia perdonó a Marco por haberla abandonado y dando gracias a Dios que no fue más de cuatro meses, aceptó reanudar su relación ahora extramarital con el único hombre que la hacía vibrar.

  “Para que nada nos separe, que nada nos una” (Pablo Neruda). 

F I N 


10 comentarios:

  1. Vaya que era un hijo deputa!!°! el final es genial!! nada cambia, todo sigue su curso como en la vida real. la verdad esperaba un final feliz como que marco se decidiera a andar con virginia pero que bueno que no fue asi!! felicidades por tu texto!!

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  2. no es un final feliz sino triste. virginia se caso con un hombre que no ama esperando que el que ama se decidiera a estar con ella cosa que nunca paso!!! eso es la vida real??! creo que si, yo espere a un chico muuucho tiempo y jamas paso nada. ahora ya no me duele pero en ese momento es muy doloroso!! excelente historia esta de me enamore de unhijoputa!!! el fina es muy bueno!! porque me hace pensar en la interminable relacion que vivieron juntos siendo amantes y como virginia tendra que soportarlo todo por amor. Si es romantico aunque no es el romanticismo al que estamos acostumbradas!! genial!!!

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  3. intensa!!! como siempre...

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  4. genial chica!!! me encanto lo de "B"uenos Aires! hahahahaha (。*‿◕。)

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  5. Tarde, pero buena lectura, creo que esperabas la inspiración para escribir, todos necesitamos darnos nuestro tiempo para hacer lo que nos gusta.

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  6. Extraordinaria historia!! quiero mas!!!!!!

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  7. muy buen final... final? me encantó, gracias!!

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  8. Seria adecuado adjuntar alguna imagen provocativa de la señorita veronica al relato, seria un efectivo recurso de publicidad literaria.

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  9. ME ENCANTO LA HISTORIA TODAS LAS PARTES SON MUY BUENAS Y EL FINAL DE LO MEJOR QUE SIGUE VERONICA ????

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  10. Muy buena historia, casi tan real como mi vida. Felicidades, buena narración, me hizo vibrar y bueno si el caballero siguio la relación significa que igual necesitaba ya de la señorita. Me gusto en demasia.

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