jueves, 23 de diciembre de 2010

La vacuidad del sexo.

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Martin Petrozza se fue y me dejó con la duda. ¿Estamos envejeciendo? ¿La vida hedonista tiene un precio? ¿Qué precio? ¿A cambio de qué? La cosa sucedió más o menos así:


 Eran las cinco de la mañana y la señora de servicio llamó a la puerta de mi habitación, anunciando que el Sr. Petrozza me buscaba urgentemente. Martin solía aparecer a esas horas de la madrugada después de alguna farra así que no me asombró. Me mudé de ropa y bajé a recibirlo. Venía hecho un trapo. Venga, Pinciotti, llevo más de media hora esperando, ¿acaso no conoces el respeto?, dijo al verme bajar las escaleras. Venía despeinado, con la camisa de fuera, los ojos rojos y oliendo a alcohol. Aquella mañana no era la excepción. Venía de alguna borrachera. Pidió lo llevara por un trago. He vaciado los bolsillos, dijo volteando los bolsillos del pantalón. Estaban vacios. Maldición, dije, ¿no prefieres un café y una sopa caliente? No, contestó tajante, sé perfecto lo que quiero. ¡Son las cinco con cuarenta!, me defendí (no deseaba salir), no encontraremos algún sitio abierto. Nena, se defendió él, hablas con Martin Petrozza, conozco decenas de sitios abiertos. Bufé y con toda la pereza del mundo cogí la las llaves de coche y conduje hasta La Puerta Negra. El bar de mala muerte preferido de aquel cabrón.


 Aparqué. Petrozza bajó del auto y casi se cae. No pude evitar una risa. Se enderezó presto, y con todo el estilo que puede poseer un ebrio con estilo, caminó hasta el negro zaguán, jaló el cordón que activa la chapa, y me cedió el paso. Es increíble la terquedad de Martin por terminar la noche horrorosamente borracho. “¿Qué belleza se puede comparar con la de una cantina en las primeras horas de la mañana?” (Malcolm Lowry), recitó Petrozza al entrar. Este lugar no abre recién, dije. Los borrachos que estaban allí, evidentemente, habían pasado la noche bebiendo. Dormían con los brazos cruzados sobre las mesas. Incluso había un par tirados en el suelo. No, no, dijo Martin, este lugar, gracias a Lucifer, NUNCA cierra sus puertas. Nos acomodamos en una mesa en el patio de la casa. La Puerta Negra es una casa con venta de alcohol. Uno de los clientes, que aún no caía rendido, me miraba con morbo desde una oscura esquina. Fumaba un cigarrillo petulantemente. Le dije a Martin me molestaba aquello. Volteó hacia él y con ademanes teatrales, los ademanes que suele hacerse a un gato para ahuyentarlo, largó la aviesa mirada. Ea, ea, shuuu, shuuu, dijo moviendo las manos como salpicando agua. Al hombre no le gustó aquello. Vino hasta nosotros. Caminaba retándonos a cada paso. Era uno de esos tíoduros de bar de mala muerte. La mitad superior de la camisa estaba desabotonada, mostrando así un poderoso pecho lampiño y una imponente cadena de oro. Una vez que estuvo donde nosotros, dijo: me gusta tu mujer, marica, ¿te importa si la follo? Me guardé el miedo. Nunca había vivido algo así. Me guardé el miedo, me envalentoné, y contesté: para follarme a mí te falta mucho, cabrón. El hombre dijo gustarle mi temple y excitarse con él. Recorrió con la mirada todo mi cuerpo y la posó finalmente sobre la mía. Sostuve la mirada. Era un duelo y no iba a perder. No hubo ganador. La atención la robó Petrozza, que hasta ese momento no había dicho nada. Se levantó del asiento, encendió un cigarrillo, y dijo al mamarracho: ¡tío, hermano, ¿cómo estás? Lo abrazó en todo eso. El caradura no supo cómo reaccionar. Petrozza no paró de hablar. No lo dejaba pensar. ¿Ya no me recuerdas?, decía, la última farra fue fenomenal. El hombre comenzó a dudar. ¿De qué farra hablas?, preguntó sumiso. Hacía un verdadero esfuerzo por recordar. Eres un tío con cojones, seguía Petrozza, y te lo dije aquella vez. Te dije: tío, eres el cabrón con más cojones que he conocido. Sintiéndose halagado, el hombre se tranquilizó. Venga, tío, siéntate con nosotros, decía Martin, siéntate, coño, yo invito (en esa parte tosí, pues sería yo la que terminaría invitando). El hombre dudaba en sentarse. Hazme el puto honor de tomar asiento, insistía Martin. El hijoputa se sentó. Petrozza ordenó un litro de cerveza y cuando el trago llegó, el hombre bebió consternado. Ahora lucía cansado y anonadado. Martin se puso en un plan fastidiosamente halagador. Vaya cadena, dijo tocando la cadena del pecho de aquel cabrón, ¿cuánto costó?, ¿una fortuna?, ¿dos fortunas?... El hombre aventó las manos de Petrozza lejos del objeto. La vida de un hombre, dijo, costó la vida de un hombre. ¡Dios!, exclamó Petrozza, ¿escuchaste, Pinciotti?, ¡la vida de un hombre!, si serás el cabrón con más cojones he conocido en la vida. Realmente lo hizo sentir incómodo. No podía partirle la cara porque no lo ofendía. Todo lo contrario. Era del tipo de los que prefieren una pelea a muerte que escuchar tanto halago. No saben cómo comportarse ante los halagos. Vienen de familias disfuncionales, carentes de amor, y sólo saben reaccionar al rencor. Terminó su vaso de cerveza y se largó. Cuando estuvo fuera Martin y yo reímos alegres. Vaya hijoputa, dijo Petrozza, yo me hubiera partido los huesos si fuera él. Martin Petrozza es como un pez en el agua en ambientes oscuros. No lo es porque sepa partir crismas a diestra y siniestra. Evita toda pelea sabiamente. Como un monje karateca.


 ¿Y bien, dije, qué hiciste las últimas horas? Me contó venía de un bar en el centro de la ciudad. Entró allí a las dos de la tarde. Llevaba más de doce horas bebiendo. Y follando. Se lió con una belleza de mujer, así lo dijo. Dijo: Era una tía con cara angelical. Pocas carnes. Pero cara de ángel. Una belleza de mujer. Y la folló en el Savoy, un hotelucho a las afueras del metro Hidalgo. Hicieron el amor y cuando la ángel quedó profundamente dormida, escapó a hurtadillas. ¡Cabrón!, dije, ¿la dejaste sin avisar! Ya, contestó Martin, es igual. Y bebió un laaargo trago directo de la botella. Bueno, dije, debes sentirte orgullo de ser TAN HOMBRE. No, dijo melancólico, estoy harto del juego, Pinciotti, ya no lo soporto. Dijo sentirse terrible de hacerlo con una desconocida de bar. No podía creer que el Petrozza vividor y cabrón que yo conocía tan bien, fuera el mismo que ahora decía estar cansado de la vida de juerga. Lo dijo en serio. Verdaderamente lucía como un alma pecadora, arrepentida, descubriendo que lo que pensaba paraíso, es infierno. ¡Es el puto infierno, Pinciotti!, dijo. Explícate, pedí consternada. Veras, dijo, es cierto que follar es placentero. Sin embargo, todo ese placer es para la polla. La polla es un ente sediento de goce. Y yo soy un esclavo de aquel hijoputa ente. La polla no entiende de razones. Se corre y se duerme. ¿Y qué queda? Queda un alma atormentada por la vacuidad del sexo. Quedo yo en medio de la oscuridad. De la nada. Terriblemente solo. Y al día siguiente despierta el monstruo, y otra vez la búsqueda del alimento maldito. Mi polla y yo somos dos seres distintos. ¡Dios mío!, dije impresionada de las palabras de Martin. Sí, Pinciotti, tal como lo oyes: el precio del sexo vacio, es el alma. El sexo vacio engendra seres vacios. Serví cerveza en el vaso de Martin y lo bebió de un trago. Luego dijo riendo: o quizá estoy envejeciendo. Reí también.

2


Dejé a Martin Petrozza en su casa y regresé a la mía. Tomé una ducha caliente y me arreglé. Al medio día me había citado con Anthony, un treintañero de cuerpo admirable. Lo conocí en un bar de Polanco. Bailamos un par de piezas, reímos, y me invitó a salir. Acepté porque tenía un cuerpo admirable y un Volvo S80. Era justo el tipo de hombre con el que acepto salir. Los hombres guapos son un bonito adorno femenino, y más si vienen en un estuche S80. Teníamos planeado para aquella tarde una visita al Museo Nacional de Arte. Y si todo salía bien, una visita al himeneo. Sí, soy una zorra interesada. Y amo serlo.

 

 El sexo con Anthony fue maravilloso. Nunca fallo. Tengo ojo clínico. Me basta mirara a un hombre para saberlo: este es bueno, este es malo, este es homosexual. Desde que nos encontramos en el museo lo supimos. Ambos irradiábamos deseo. Estuve a punto de decir: al diablo los preámbulos, ¡vayamos a follar! Me contuve mirando cuadros. Los miraba pero no observaba. Mi mente estaba en otro lado. En el abdomen de Anthony. Anthony poseía un diplomado en Historia del arte. Se detenía en cada cuadro y me contaba algo sobre el mismo. Si no tuviese semejante cuerpo, pondría atención, pensé. Salimos del MUNAL y corrimos al primer hotel que encontramos. Lo hicimos en un motel de paso. No me importó la pésima categoría del lugar. Lo único que deseaba era saciar las ganas.


 Lo hicimos cuatro veces. Tuve orgasmos como cuentas un rosario. Y al final…. El maldito Petrozza me llegó a la mente. Yacía recostada en brazos de Anthony, quien dormía como un bebé, complacida, y la maldita vacuidad del sexo me llegó de golpe. Yo había estado con decenas de hombres y jamás tuve sentimiento alguno de culpa o arrepentimiento. Llevaba una sana vida de libertinaje. Y aquella tarde me llegó el sentimiento de la soldad. Una soledad a lo solipsista, que te hace dudar de la existencia de todos. Todo el placer se esfumó. Me quité de encima los fornidos brazos de Anthony y caminé hasta el espejo. Me miré. Yo era una bella mujer de veinticuatro años, con el alma colapsada. Detrás de mi imagen en el espejo, la imagen de un hombre. Eso éramos Anthony y yo: imágenes. ¿Qué conocía yo de él? Nada sino la imagen. ¿Qué conocía el de mí? Éramos dos bellas imágenes que se desean. No dos almas que se desean. Dos imágenes que manipulando al alma que contienen, formaron un encuentro para satisfacer sus deseos. Debo confesar que no me sentía vacía. Simplemente la cosa perdió sentido. Petrozza le robó el sentido al sexo vacio. Si es que alguna vez lo tuvo.


 Después de Anthony tuve encuentros sexuales placenteros, y efímeros. Era un ciclo. Alguna mañana despertaba llena de deseo, deseo que se acumula hasta estallar en el acto, y una vez consumada la unión, todo se va al carajo. El sentimiento del absurdo me invadía. Un sentimiento de duda ante tu propia existencia. “El cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad en sí misma…” (David Le Bretón). El sexo ya no era lo mismo. El placer sexual es un placer del cuerpo. Y si el cuerpo no es una realidad, es un símbolo, un ente, o lo que sea. El placer es para ese ente. El sexo es una droga. Somática. Y el cuerpo pide más y más. Petrozza tenía razón. Estábamos alimentando a un monstruo. Por una necesidad inconsciente. O quizá… nos hacíamos viejos.

3

Me cité con Martin. Necesitaba decírselo. Y se lo dije en la siguiente conversación:

V.P.: Petrozza, tenemos un problema, el sexo se tornó vacio.

M.P: ¿Y cuál es el problema?

V.P.: ¿No piensas hacer algo al respecto?

M.P.: Sí, llenaré el sexo vacio con más sexo vacio.

V.P.: No funcionará, eso es como… como…

M.P.: Es como llenar una bolsa plástica vacía, con un montón de bolsas plásticas vacías. Tiene que funcionar.

V.P.: Dios, creo que tienes razón.

M.P.: Para todo problema hay una solución.

V.P.: Pero… píensalo, eso supondría hacerlo más y más y eso sólo puede agravar las cosas, ¿Cómo lo harás exactamente?, ¿cómo llenarás la bolsa?

M.P.: Sencillo: follaré alguna mujer de bar y me sentiré solo. No importa. Follaré alguna prostituta para olvidar la soledad…

V.P.: ¡Te sentirás más solo!

M.P.: Entonces buscaré una mujer de bar…

V.P.: Eso no resuelve absolutamente nada.

M.P.: ¿Qué propones entonces?

V.P.: No lo sé.

M.P.: ¿Propones la abstinencia?

V.P.: ¡No!, es sólo que…

M.P.: ¿Propones cerrar las piernas en espera de un hombre ideal, un príncipe azul, que te llene en todos los aspectos, etc.?

V.P.: Quizá.

M.P.: Es lo mismo que hacerte asceta, te quedarás esperando.

V.P.: Lo sé.

M.P.: Lo mejor es dejar las cosas fluir. Vivimos atrapados en un cuerpo sediento de sexo. Pues bien, demos gusto al cuerpo y leamos Rimbaud cuando todo haya pasado.

V.P.: Suena bien.

M.P.: Alimentemos al cuerpo con sexo y a el alma con Literatura.

V.P.: Suena bien.

M.P.: Eso hemos hecho todo este tiempo, Pinciotti, sólo que ya nos dimos cuenta. Y no hay nada peor que darse cuenta.





18 comentarios:

  1. Jajajajajaj no hay nada peor que darse cuenta!!!

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  2. Se están haciendo viejos!!!!!!!!!!! qué edad tienen? veintitantos no?? creo que han vivido demasiado rapido ustedes dos!

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  3. pero es inevitable recaer,tal vez el azar nos permita alguna vez encontrarle algún sentido

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  4. Sexo para el cuerpo y literatura para el alma!! ese Petrozza si que sabe!!!! Besos Vero!!!

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  5. Saludos.
    ¿Qué te motivo ha escribir éste texto?
    ¡Qué te vaya chulo!

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  6. excelente,me enkantan los textos de esta nena

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  7. No había leído este texto, interesante...maldita levedad insoportable que nos atormenta de vez en cuando, si nos dejamos! Saludos!

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  8. excelente texto y ahora que se la verdad QUE?...

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  9. Si interesante !! estoy de acuerdo con Arjona !! La noche es una puta divertida , pero cobra factura ...

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  10. Totalmente de acuerdo..."Alimentemos el cuerpo con sexo y el alma con literatura", pero no seas tan interesada porque sino que esperanza nos queda a los pobres...Bueno me voy al teatro a mostrar la verdad que mi realidad ya no posee.

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  11. Creo que peor que darse cuenta, es darse cuenta y no hacer nada, pues sí te das cuenta y continúas con la misma conducta o sin hacer nada para solucionarlo, es mejor fingir no darte cuenta. La vacuidad del sexo, ¿Acaso el sexo debe de tener un fin, fuera del que queremos darle? Es decir, usarlo para placer, para reproducirse o para manifestar una serie de reacciones químicas. ¿Por qué es vacuo? Porque no se hace más que con las ganas de proporcionarnos placer, naaaaa, no lo creo, yo creo que lo vacuo del sexo, es cuando ni siquiera tiene el poder de hacernos gozar, ahora que sí lo que se esta buscando en darle un sentido o motivo más allá del que se tiene, lo cierto es, que no hay nada mejor que follar enamorado.

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  12. En la entrada del garito nos cruzamos con un mono de dos metros, Martín lo saludó como si hubiesen mamado de la misma teta, quién sabe, con este cabrón cualquier cosa se pude esperar. Entramos en el bar, nos acodamos en la barra y miramos, bueno, yo miré, porque Martín intentaba mantener la verticalidad, algo que le era muy costoso a esas horas de la madrugada, pero sin pestañear, chistó a la camarera, una rubia de bote, y le dijo: "Muñeca ya sabes lo que mi cuerpo quiere... pero si no te acuerdas ahora mismo te lo canto: Un whisky en las rocas..."; dicho esto, me miró y sin mediar palabra me metió la lengua tan dentro que casi no podía respirar. Vaya, Martín si sabe tratar a una dama; así me gustan a mí los hombres, que sepan lo que tienen que hacer y no que yo les tenga que ir diciendo dónde y como se hacen las cosas, no que yo fuese Dora la exploradora. Estábamos en aquellos menesteres, cuando, sin previo aviso, un tipejo, que más parecía haber salido de un estercolero que del retrete llamó a gritos a Martín; cosa que tuvo una rápida actuación de éste. De un golpe apuró el vaso, me miró, me dijo al oído: "ahora vuelvo nena, mantén el horno calentito que tengo ganas de meter mi pan dentro". No dijo más, allí estaba yo, una tía bien cachonda con ganas de jarana y con un tipo que no sabía de qué iba; cosa que no tardé en darme cuenta. Martín se acercó a aquel despojo, le dijo algunas palabras que retumbaron en el local, y y después el sonido del vaso estrellándose contra la cabeza del mierda. No podía creérmelo, la verdad, hacía diez minutos Martín no podía ni con su alma y ahora era un gladiador; cuando llegó a mi altura, me cogió la mano, echó unos pesos y le dijo a la camarera: "Eso por la molestias...", indicando el dinero. Salimos del bar y cogimos un taxi, o al menos lo pretendimos, porque las cosas estaban demasiado mal como para que se pudiese contener aquella excitación.

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  13. Espero que nadie se moleste, pero me tomé la libertad de continuar un poco el relato.

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  14. José esta piratón... pero eso no era lo que quería decir; cuántos textos has leído? NO te has dado cuenta que se llama MARTIN no MartÍn, no lleva acento! No es que el ebrio de Petrozza haya olvidado la tilde, es escritor, escribe!! Él sabe cómo se escribe su nombre!!! Porqué nadie lo lee bien???? Porqué nadie lo escribe bien???
    ASh... éstos fanáticos, ya no los hacen como antes! pos' estos...

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  15. jajajajaja Ella tiene toda la razon !!!!

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  16. será que que a veces es mejor estar enajenado? ...no creo que sea mejor, pero si menos doloroso: "no hay nada peor que darse cuenta", no hay nada mas doloroso (a veces), que darse cuenta!!!

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