domingo, 12 de diciembre de 2010

El Country / Las mujeres lo hacen todo el tiempo.

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No sé muy bien cómo ocurrió. Caminábamos por la calle Constitución la norteña de los ojos verde, Enrique, y yo. Sentía el sol abrasador en mi rostro mientras fumaba un cigarrillo. La calle Constitución estaba llena de bares y cosas. Es la típica calle donde se amontonan todos esos lugares donde puedes derrochar la bolsa y la vida. Todos juntos. En una sola calle. Esperándote con la boca abierta… Entonces, alguno de los tres, incluso pude haber sido yo, no recuerdo, señaló el lugar. Era un bar de vaqueros, ya se sabe: un lugar donde asisten tíos enfundados en texanos azules, camisas a cuadro, botas y sombrero. De la boca de aquel antro salía como caballo desbocado el estropicio de música banda o algo. Nos quedamos mirando aquello un par de segundos y alguien dijo: deberíamos venir. Recuerdo algún comentario y algunas risas. Luego continuamos nuestra caminata por Constitución y eso fue todo. No pensé que la cosa llegaría más lejos. Aquel comentario banal creció como bola de nieve que termina avalancha. Al día siguiente la norteña recibió una llamada y alcancé a escuchar las palabras Jueves y Country. El bar aquel se llamaba El Country. No le di importancia y continué bebiendo la cerveza que había cogido del frigo. Estaba sentado en el sofá mirando televisión. Yo no acostumbraba hacerlo pero cuando la vida te pone un televisor enfrente, es inevitable encenderlo. Yo lo evitaba todo el tiempo porque en casa no tenía uno. Era fácil librar la tentación. Hice algo de zapping. En casa de la norteña había televisión de paga así que tenía la esperanza de sintonizar algo bueno. No sucedió. La mayoría de los programas iban sobre ser millonario o ser guapo. Y yo no era ni una ni otra cosa. Me asqueaba. O si no, iban sobre algún deporte que me interesaba tan poco como el Cábala y sus decenas de puñeteras interpretaciones.  


 ¿Oye, vamos al Country?, la norteña de los ojos verde lanzó la pregunta desde la cocina. Tardé un par de segundos en contestar y dije: ya, por qué no. El cuchicheó llegó de nuevo hasta mis oídos. Continuaba hablando por teléfono. Yo continué con mi bebida y dejé aquello de la T.V. Caminé hasta la puerta de la casa, que daba al patio frontal, y encendí un cigarrillo. Pensaba en lo poco que me entusiasmaba visitar el condenado bar de vaqueros. Prefería por mucho cualquier bar con putas. Cualquier tugurio de mala muerte. Cualquier habitación de cuatro paredes con venta de alcohol. El Country no sólo era un bar de vaqueros, sino de vaqueros adinerados, petulantes y rancheros. Si fuese un lugar de vaqueros sucios y con los dientes rotos, de putas escotadas y mal habladas, me encantaría ir. Pero era un sitio donde venden piñas coladas, ¡Dios!

 La norteña terminó la llamada y trajo su belleza hasta donde yo. La miré a los ojos. Los hermosos ojos verde. Me hice a un lado para que ambos cupiéramos bajo el arco de la puerta. Me contó llamó una hermana suya y la invitó a salir. Ella propuso visitar el Country y la hermana, meándose de la risa, aceptó. Tomaban el asunto como un chiste. Y lo era. Era gracioso imaginarse allí. Estábamos lejos de ser vaqueros. Sonreí y dije ya, pues vamos. Lo dije animado por el calor de los ojos de aquella mujer. ¿Cómo decir que no a eso? Aventé la colilla del cigarrillo a la calle y volvimos al sofá y al televisor. Antes cambié la lata vacía de cerveza por una nueva y hermosa lata llena. Me acomodé junto a la norteña y miramos un programa televisivo que iba sobre los dueños de una casa de empeño. La cosa sucedió más o menos así: el hijo obeso del dueño de dicha casa compró un bote. Cuando su padre se enteró le metió tremenda regañiza  pues la ciudad donde estaban no tenía mar. Y a consecuencia de ello sería condenadamente difícil deshacerse de aquel armatoste. Además, el muy idiota hijo no se tomó la molestia de probar el buen estado y funcionamiento de la enorme lancha. Ya se sabe: al final del capítulo el hijo avergonzado logra demostrar que no fue un error comprar aquello. Lo vende al doble o al triple según la hipérbole del productor de televisión, y todos terminan más ricos y más felices que al principio. Una chorrada de programa. 

 A los pocos minutos llegó Enrique. Tomó una birra del frigo y se instaló en la barra de la cocina. No decía gran cosa. Por un momento caímos en el tedio. ¿Qué hacemos?, preguntó la norteña desde el sofá. Ni Enrique ni yo supimos responder. Yo no era difícil de complacer; bastaba con mantener el frigo lleno de cerveza para que estuviera tranquilo. Y lo estaba. El frigo estaba lleno de birra. Así que me daba igual todo siempre y cuando no evitara el vicio. ¿Qué harías si estuvieras en casa?, me preguntaron al mismo tiempo. Ya dije, pues nada. Pensé que probablemente estaría haciendo exactamente lo mismo: echado sobre el viejo sofá bebiendo una cerveza.  O quizá estaría en casa de Garrison bebiendo y jugando Maratón. El juego de preguntas y respuestas. Aquel tío y yo éramos adictos a esa cosa. La norteña dijo algo y Enrique dijo algo y yo también. No sé cómo llegamos a la parte del Monopolio. Deseamos jugar una partida de Monopolio. El juego de comprar territorios y cobrar rentas. Sólo había un problema: no teníamos un condenado Monopolio. Subimos al auto y fuimos al centro comercial a por uno. La vida era genial en Durango. Ningún capricho nuestro quedaba insatisfecho. 

 Un juego de Monopolio es siempre más de lo que parece. Si uno observa bien puede descubrir la bestia que las personas llevamos dentro. Me asombra la manía con que alguno de los jugadores desea administrar la banca. O la desesperación del individuo a punto de la quiebra. Los jugadores sufren la angustia de un proceso real de encarcelamiento al caer en la casilla de la cárcel. Lo que más me sorprende, sin embargo, es la bajeza que aflora en el jugador que intenta robar a toda costa un puñado de aquellos coloridos billetes de fantasía. Como si la vida dependiera de ello, la ambición por poseer territorios se muestra aviesa en cada uno de los participantes. No me creo que todo eso sea sólo un juego. 

Yo nunca pierdo una partida de Monopolio, dije petulante, y perdí. Aquella noche perdí reñidamente contra la norteña que sin gran ánimo por ganar, ganó. Fue un partido tremendo. Entre ella y yo acaparamos el mundo entero. Yo fumaba, tiraba los dados, bebía y compraba. Éramos dueños de la mitad del planeta Tierra. Enrique sin embargo sufrió un par de encarcelamientos recién iniciado el juego y se fue a la mierda. Se lamentó todo el partido. Intento salir adelante pero no lo logró. La norteña era un contrincante duro. Se negó a intercambiar con Enrique algunos países que a él le permitirían seguir en la batalla y a ella, no le servían de nada. Enrique se dedicó a cobrar nimias rentas mientras la norteña y yo construíamos un imperio. Tuvo que pedir prestado y luego pasó lo inevitable: las deudas lo ahorcaron y quedó fuera del juego. El Monopolio asemeja tanto la vida real que da miedo. Al final una subasta decidió todo. Por un territorio que no necesitaba me jugué toda la pasta. Ofrecí toda la fortuna que poseía y gané la subasta pero perdí el juego. Tenía en mi poder una tierra árida sobre la que no podía construir absolutamente nada pues me faltaban dos países del mismo grupo; países de los que era dueña la norteña. Bastaron dos rondas más de juego para desfalcarme. No tenía plata para pagar los espantosos montos de las rentas de Rusia, China y Japón. ¡Dios, dije exaltado al verme en la quiebra, yo nunca pierdo un partido de Monopolio! Di un largo trago a la cerveza y encendí un cigarrillo que me ofreció Enrique, quien desde la puerta de la casa lo miraba todo. Siempre hay una primera vez, dijo la norteña bostezando y recogiendo las piezas del juego. Estaba cansada. Me ganó con la mano en la cintura y el sueño encima. ¡Joder!    

2

Entramos al Country. El condenado jueves había llegado. La hermana de la norteña, la norteña, Enrique y yo. Atravesamos el umbral consternados. Todos vestían al estilo vaquero excepto nosotros. Nos instalamos en una mesa para cuatro y nos trajeron la carta. No tuve que mirarla para saber lo que deseaba: una hermosa cerveza tan fría como el Infierno de Dante. La pedí y Enrique ordenó una para él. Las tías ordenaron piña colada. La servían en una piña y todo, era una cosa repugnante. La norteña de los ojos verde me dio a probar un poco de aquello. No estaba mal pero era demasiado dulce para un paladar como el mío, acostumbrado a beber cerveza y whisky. Jamás otra cosa. Aunque ese Jamás se pervertía al son de las circunstancias. Si no hubiese whisky y cerveza me bebería cualquier cosa con alcohol. Incluso acabaría con esas piñas endulzadas. 

 Justo frente a nuestra mesa había tres tíos con pinta de machos. Tremenda pinta. Verdaderos cabronazos. Bebían cerveza como agua y reían altaneramente. Vaqueros de verdad. Intimidantes. Eran del tipo de gente con la que yo prefería convivir. Me levanté y fui a donde ellos. Estiré los brazos y puse cada uno sobre la espalda de un par de aquellos bárbaros. ¡Salud!, dije chocando mi cerveza con las cervezas de ellos. Me aceptaron acogedoramente. Como a un hermano… o algo más (?).

 Uno de ellos, un ranchero de sesentaitantos años, lanzó sus brazos a mi cintura y me amarró como soga al cuello de una vaquilla. No sé cuándo ocurrió. De pronto me vi atado. Acercando su horrible jeta a mi oído me dijo lo mucho que yo le gustaba. No lo podía creer. ¡Aquellos matones eran marica! Era una situación embarazosa. Enserio. Me propuso irme con él a un sitio más íntimo. Yo daba pequeños tragos a mi cerveza mientras escuchaba toda esa mierda y no me lo podía creer. El viejo insistía y tuve que responder algo. No supe qué responder y respondí lo primero que me vino a la mente: ya veremos, dije. Yo sabía que por ningún motivo saldría de aquel lugar sin mis amigos pero dije aquello porque no tenía el valor de rechazar a un tío enamorado, pues conozco el rechazo mejor que nadie. Después de todo era un viejo, repito, y bastaría un golpe para mandarlo directo al otro mundo. Decidí jugar mi papel de lolito. Dije: al menos invítame algo, ¿no? Los dos tíos que lo acompañaban, los otros caraduras, se alejaron y sólo estábamos él y yo. Pida lo que quiera, mijo, dijo mi efebofílico compañero y me ordené un whisky en las rocas a su cuenta. El whisky llegó maravillosamente gratuito. Llegó a mis manos y lo bebí lento, saboreando el triunfo. ¡Whisky gratis! La norteña de los ojos verde y compañía me miraban desde nuestra mesa riendo a carcajadas y señalándome con el dedo. Yo continuaba con las manazas de ese cabrón sobre mí. Desgraciadamente todo pasó muy rápido y no pude sacar más a aquel viejo homosexual. Me tenía prendado de la cintura y no paraba de insistir en salir conmigo esa misma noche. Me presumió tenía una casa en México. Quería impresionarme con una propiedad en la capital del país. Ya dije, yo también tengo una casa en México. Lo dije dando un trago a mi copa y jugueteando con los hielos en mi boca, que después regresé a su sitio. Una porquería entretenida y enviciante. Un mal habito. Le cayó de sorpresa. No se creía que yo tuviera una casa fuera de Durango. En realidad no poseía ninguna casa en ningún lado se entiende: yo era de México. Una casa allá no me impresionaba en absoluto. Continué bebiendo mi whisky en las rocas y mi cerveza intermitentemente y escuchando la verborrea del ranchero calentorro. De pronto me soltó y se disculpó para ir al sanitario. Ya dije, vale. Se levantó y caminó hasta el fondo del lugar, donde desapareció entre la muchedumbre. Aproveché para regresar con la norteña y contar cómo el tío deseaba follarme o algo. Será que lo folles, dijo Enrique, no creo que a su edad se levante la cosa. Ya dije, como sea, me ha pagado un whisky y es más de lo que ha hecho quiensea por mí. ¿Irás con él?, preguntó incrédula la norteña. Por supuesto que no, contesté. Entonces me vino de golpe: actuaba como una golfa de mierda. El noble caballero cortésmente había pagado mi bebida con la esperanza de gozar de mis placeres, y yo, a sabiendas de que eso jamás ocurriría, acepté el trago sin remordimientos a cambio de nada. ¿No es acaso eso un maldito abuso? Si yo no deseaba nada con él, no debí aceptar sus galanterías ni su pasta en alcohol. Todo estaba terriblemente mal. Sentí lástima por un segundo y luego recordé: ¡las mujeres lo hacen todo el tiempo! Te hacen creer que obtendrás algo de ellas y al final, cuando les has dado todo: el alma, la pasta y las flores, salen con gilipolleces como la amistad o la indignación: ¿cómo?, ¿hiciste todo eso sólo para acostarte conmigo?, dicen sorprendidas de tu franqueza, y claro, nena, ¿te creías que el coño es gratis? 

 Bromeaba con mis amigos, dando la espalda a la barra donde había estado en brazos de un hombre, y no lo vi. Enrique lo señaló pero cuando volteé sólo miré la silueta. Allá va, dijo Enrique. El sesentón pervertido salía a toda prisa del bar. Iba con los texanos empapados de algún líquido que no era difícil adivinar. ¡Dios, pensé, se me va el whisky gratis! Di algunos pasos hacía él para preguntar qué demonios ocurría pero no lo alcancé. Me sentí abandonado como cualquier puta. Se largó sin despedirse siquiera. Cabrón de mierda, pensé… Me senté con mis amigos decepcionado de la vida y de los hombres y sin ánimos de nada. La depresión duró poco. Me dije no vendría mal algo de acción. Pedí a la norteña nos mudáramos de mesa, a una más cercana al movimiento. Lo hicimos. Nos instalamos en el centro del bullicio. Un montón de vaqueras parejas bailaban y cantaban de las maneras más ridículas posible. Entonces me decidí a buscar alguna jeba para pasar el mal sabor de boca de mi primer y única experiencia homosexual. 

3

Se llamaba Lupe y era horrible. Así lo dijo la norteña. Dijo: Dios, Petrozza, ¿cómo puede gustarte esa mujer?, está horrible. Para mí era una mujer, tenía un coño, y eso me bastaba. Lupe estaba sentada a dos mesas de la nuestra, acompañada de otra tía, gorda, y definitivamente no mi tipo. Mi tipo de mujer era cualquier mujer que no sea gorda. O sea que Lupe estaba bien para esa noche. Fui hasta la mesa de estas tías, me senté y dije: hola, guapas, ¿qué se beben? Lupe cogió una botella de cerveza y la movió frente a mi jeta. Lo sé, era obvio. Ya dije, muy bien. Comencé a decir lo hermosa que me parecía Lupe y ella reía sin creerme un carajo. Yo tenía una cerveza en la mano y la terminé al tiempo que ellas. Al unísono los tres estampamos nuestra botella vacía sobre la mesa, estrepitosamente. Invítanos otra, ¿no?, dijo Lupe aprovechándose de mis declaraciones. Venga, nena, ahora vuelvo, dije con la intensión de no volver. Cuando una mujer empieza a sacarte plata lo mejor es no volver. Pero la suerte estaba de mi lado. Regresé con la norteña que me dio las buenas nuevas: dos por uno en sexo en la playa. El sexo en la playa era una bebida de vodka, jugo de naranja y sangría. La norteña, Enrique y la hermana de la norteña habían ordenado una ronda. Tenían seis de aquellas bebidas. Tres que tomaban, y tres más que reposaban solitariamente en la mesa. Cogí las bebidas  sin decir una sola palabra, y las llevé a Lupe. La norteña me miró extrañada. Luego adivinó mis intenciones y no reclamó nada. Era una tía excelente. Sexo en la playa para todos, dije alegremente al llegar a la mesa de mi objetivo. Lupe rió fuertemente y preguntó si yo era chilango. Ya dije, pues sí, ¿cómo lo sabes? Porque los chilangos siempre buscan las promociones y el regateo, contestó divertida, y quitando a mi caballerosidad toda la magia. 

 Pasaba de una mesa a otra, hacía chistes aquí y allá, bebía de todo un poco, faltando así al principio de beber exclusivamente cerveza o whisky, y terminé condenadamente borracho. Tanto que cuando una vendedora de rosas entró al lugar, compré una para la golfa de Lupe. La tía quería veinte pesos por pieza. Como buen chilango ofrecí diez y me salí con la mía. Una bella flor para una bella mujer, dije al entregar la rosa a Lupe que la recibió con un falso y ensayado ¡ay qué lindo! 

 Al final de la noche no saqué nada. Quiero decir que no follé con Lupe. La cortejé todo el tiempo, robé bebida  a mis amigos para ella, y la invité a salir al día siguiente y no obtuve absolutamente nada. Me rechazó hasta el hartazgo. No te preocupes dijo la norteña, es terriblemente fea. Pero juro que no lo era. Lupe era bella como una flor. La muy puta bebió a mis costillas, o costillas de mis amigos, y no aflojó el chocho. A la mierda, pensé, las mujeres lo hacen todo el tiempo.



6 comentarios:

  1. Jajajajaja, muy divertido, es cierto las mujeres hacen eso siempre y se salen con la suya es como no hacer nada para ellas!!

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  2. No maaaa jajaja las mujeres lo hacen todo el tiempo!!! jajaja pero no todas somos así!!!!!!!!!!

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  3. Hola Amigo!!!

    He abierto otro blog, con el fin
    de opinar libremente sobre la vida misma.
    Quisiera compartirlo contigo, que tienes un gusto exquisito por la poesía y por otras cuestiones.
    Te dejo mi invitacion, deseando que sigamos con esa hermosa amistad a futuro.

    Abrazos...

    _Joquin Lourido_

    http://vagalumeluciernaga.blogspot.com/

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  4. Cierto las mujeres hacen eso todo el tiempo y lo vemos normal, no sienten remordimiento hay mujeres que hasta a eso se dedcian. genial texto!

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  5. Citlalli Palacios Garza24 de septiembre de 2011, 14:23

    jajaajaja, me gusto mucho, super divertido, ahora además de pensan lo que tú ya sabes que pienso de tí, debo de agregar que eres una zorra muy simpática Martin Petrozza, jajajajajaa.

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  6. ahh! no puedo leer esto. a mi me gustan las mujeres mal llamadas gordas. ahora las mujeres están en los huesos y eso pal frio es malo.

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