martes, 28 de diciembre de 2010

El chico narco. Parte 1: Alcohólicos anónimos.

AudioTexto



Me llamo Martin Petrozza, y soy alcohólico, dije frente al grupo de gilipollas de la A.A. Luego añadí en un murmullo: y amo ser alcohólico. Se escucharon algunas toses y algunas risas. Más toses. El moderador dijo que no me preocupara; con la ayuda de Dios y de nosotros, cambiarás de opinión. Ya dije, espero que no. Nuevas risas. Y muchas miradas aviesas. Me senté y un tal Edgar Campos se levantó a confesar su alcoholismo. Entré a A.A. porque necesitaba un sanitario. Aquella tarde la pasé bebiendo en un bar de avenida Revolución. Al salir caminé hasta Barranca del Muerto y la vejiga exigía ser vaciada. Había demasiada luz y demasiada gente para orina en cualquier esquina. Me interné en la colonia en busca de un sitio público con sanitario y no lo noté hasta que estuve dentro. Un tío con aspecto de ex-presidiario se acercó a mí y preguntó si venía a la reunión. ¿Dónde tienes el sanitario, tío?, pregunté sin responder a su pregunta. Me explicó, el sanitario no es público, es para los voluntarios, ¿vienes a la reunión?, preguntó de nuevo. Dios, dije, sí, soy voluntario, vengo a la reunión, ¿dónde está el puto sanitario? Ven por aquí, dijo y lo seguí. El muy cabrón me llevó al salón donde la reunión comenzaba. Adelante, compañero, sin pena, me invitó a pasar el moderador. Ya dije, gracias. Y tomé asiento. Una vez dado el primer paso (aceptar mi alcoholismo frente a todos esos puñetas), alcé la mano para llamar la atención del Moderado. ¿Sí?, dijo al ver mi manaza alzada en su máxima longitud. ¿Puedo ir al sanitario?, pregunté como crío de primaria. ¿Te urge mucho, no puedes esperar?, preguntó el moderador. Ya dije, me urge mucho, no puedo esperar. Bien, no tardes, me dejó salir el hijoputa. 

 Eché la meada más caliente y abundante de mi vida. Caminé hasta la salida. La puerta estaba cerrada. Intenté abrir pero la chapa tenía el seguro echado. Moví la puerta bruscamente. Una manaza me jaló del hombro. Era el ex-presidiario. Me largo, dije, abre la puerta. No puedo dejarte ir, dijo, hasta que termines la reunión. Tienes aliento alcohólico. Entonces lo supe: estaba atrapado. Evitaban las fugas. Yo venía con aliento a rayos y whisky. Era una víctima perfecta. Ya dije, verás, soy voluntario. Creí que eso lo explicaba todo. Ajá, dijo el cabrón sin saber de qué iba la cosa. Creo que no me comprendes, dije, soy VOLUNTARIO, no OBLIGATORIO. ¿Sabes lo que significa voluntario?, dije en tono desesperado, significa que puedo largarme de aquí si me da la gana, pues nadie me obliga a lo contrario, ¿entiendes? No puedo dejarte ir, repitió el homúnculo. 

 Tuve que volver al salón. La cosa fue sobre los doce pasos de la salvación y testimonios. Estaba rodeado de almas atormentadas. Era el purgatorio. Gilipollas que beben arrepentidos. De todos ellos hubo uno que llamó mi atención. Se llamaba Carlos y tenía diecinueve años. Era un delgado muchacho de piel blanca y cabello rubio. Bien parecido. No te creías que estuviera allí en medio de tanto hijoputa. Dijo coger el trago a los catorce. Dijo ser capaz de robar por un trago. Dijo haber embarazo un par de mujeres alcoholizado. Y dijo desear con todas sus fuerzas volver al pasado. Algunos tíos soltaron lágrimas al escucharlo hablar. Lo hacía con verdadera pasión. Si Dios va a elegir alguno para llevarlo al reino de los cielos, arrepentido, pensé, debe ser a él. Victor, el moderador, pidió un fuerte aplauso para el valiente Carlos. Así lo llamó: El Valiente Carlos. Pero el pobre tenía el miedo estampado en toda la jeta. Aquel miedo que he mirado tantas veces en tantos borrachos. El miedo a perder el control. Carlos era un chico de diecinueve años con el miedo atravesado. Como la flecha de un negro arquero. Paralizado. 

 Cuando fue mi turno de dar testimonio conté cómo yo era capaz de ligar tremendas mujerazas bajo el influjo del alcohol. Y acostarme con ellas. Sobrio la cosa se dificulta. Los tenía atentos. Reían o suspiraban y Victor tuvo que pararme. Mi testimonio fomentaba la bebida más de lo que la prevenía. Al final confesé no estar arrepentido de aquellos buenos tiempos, el alcohol es un buen amigo, dije, ha estado conmigo en los momentos más difíciles y en las más felices alegrías… Victor me paró en seco. Gracias, Petrozza, gracias, dijo, ahora que estamos convencidos que el alcohol no es deseable en nuestras vidas, ¿cómo saber si este grupo es para nosotros?... Y nos entregó el siguiente cuestionario. Si marcan sí a más de cuatro respuestas, dijo, necesitan ayuda. Tomé el cuestionario y contesté: 

1. ¿Ha tratado alguna vez dejar de beber durante una semana o más, sin haber podido cumplir el plazo? 
No he tratado de dejar el trago. Así que no he faltado a ninguna promesa de ese tipo. 

2. ¿Le fastidian los consejos de otras personas en cuanto a su forma de beber—le gustaría que dejasen de entrometerse en sus asuntos? 
Sí, sí, odio aquello. 

3. ¿Ha cambiado de una clase de bebida a otra con objeto de evitar emborracharse? 
Yo nunca evito emborracharme. 

4. ¿Se ha tenido que tomar algún trago al levantarse por la mañana durante el año pasado? 
Sí, muchas mañanas. El alcohol sienta bien al despertar. 

5. ¿Tiene envidia de las personas que pueden beber sin meterse en líos? 
Dios, no. No meterse en líos debe ser terrible. 

6. ¿Ha causado su forma de beber dificultades en casa? 
No, ninguna. 

7. ¿Trata usted de conseguir tragos "extras" en las fiestas, por temor de no tener suficiente? 
No voy a fiestas, siempre están llenas de idiotas. Pero eso del trago extra sí. Nunca es suficiente. 

8. ¿Persiste usted en decir que puede dejar de beber en el momento que quiera, a pesar de que sigue emborrachándose cuando no quiere? 
Nunca he pensado en dejar de beber. 

9. ¿Ha faltado a su trabajo o a la escuela a causa de la bebida? 
Sí, todo el tiempo. Por eso no trabajo. 

10. ¿Ha tenido "lagunas mentales"? 
No recuerdo.

11. ¿Ha pensado que llevaría una vida mejor si no bebiera? 
¡Dios, no!

12. ¿Ha tenido algún problema relacionado con la bebida durante el año pasado?
Tengo problemas todo el tiempo, pero nunca he culpado a la bebida. 


Victor recogió los cuestionarios y no los leyó. Cada uno de ustedes dijo, sabe si debe venir o no. Y enunció los condenados doce pasos. Doce putos pasos sobre los que depositaba toda su confianza. Siguiendo aquello al pie de la letra cualquiera podía dejar el trago. Cualquiera pude dejar el trago, pensé, lo difícil es vivir con él. El primer paso era deprimente: "Admitimos que éramos impotentes ante el alcohol y que nuestras vidas se habían vuelto ingobernables." Yo escuchaba sin poner demasiada atención. Miraba a Carlos. Era un chico atractivo y con personalidad. Algo me decía que había dentro de él más que el pelele impotente ante el alcohol que decía ser. El segundo paso rezaba: "Llegamos al convencimiento de que un Poder Superior podría devolvernos el sano juicio." Estaban rematadamente locos. Un poder superior que enloquece: el alcohol, ante el que éramos impotentes, y otro poder superior que devuelve la cordura. Miraban al alcohol como un ente maldito que hipnotiza, engatusa y engaña. Aquellos cabronazos de la A.A. pregonaban ser una asociación laica pero se lo pasaban hablando de Dios. No decían Jehová o Alá o Buda o Lucifer. Concebían un poder superior que podía ser cualquiera. Tuve que decirlo: eso es precisamente lo que la biblia evita. ¿Cómo?, preguntó Victor. Ya dije, eso de creer en un poder supremo. La biblia lo deja claro: adorarás a Jehová tu Dios por sobre todos los demás. Victor se defendió diciendo que todos los dioses son el mismo dios. ¿Estás diciendo que Astaroth y Jehová son la misma cosa?, pregunté. No, no, decía Victor sin saber cómo afrontar la situación. ¿Esto es una asociación laica o no?, pregunte tajante. Por supuesto, dijo Victor, respetamos la creencia religiosa de cada persona. Ya dije, pues respeta mi ateísmo y deja de hablar de Dios. No estoy hablando de Dios, dijo, sino de un Poder Supremo… Ya dije, verás, si no creo en el dios verdadero, ¿crees que voy a creer en el falso? Carlos rió y me miró con atención. Había una conexión entre nosotros y lo sabíamos. O quizá no había conexión. Simplemente no éramos idiotas. El tercer paso: "Decidimos poner nuestras voluntades y nuestras vidas al cuidado de Dios, como nosotros lo concebimos." Cuando lo enunció Victor me miró en busca de reclamos. No dije nada. Me daba igual. Estaba convencido de que el A.A. no era para mí y podían irse a la mierda con sus ideas. 

 Cuando terminó la sesión me vi libre. Atravesé el blanco zaguán y encendí un cigarrillo. Me quedé allí fumando y pensando en toda esa verborrea falaz de los doce pasos. Me pensé que eran cristianos disfrazados. Te roban el alma. Te roban la voluntad, primero, entregándola a manos de un hijoputa dios, y cuando menos lo esperas estás rezando al Señor y cantando y bailando. Carlos pasó junto a mí y le grité tío, ven acá, ven un momento. Se acercó a mí con las manos dentro de la chaqueta y dijo qué diablos quieres, capullo. Su actitud cambió drásticamente. Ya no era el chico asustado de hace unos minutos. Ahora era un chico con cojones. Venga, tío dije, ¿sabes dónde puedo coger un trago por aquí? Me miró a los ojos, con sus bellos ojos azules, y me dijo sígueme. Lo seguí. 

 Nos internamos en una oscura colonia llena de pendientes. Carlos caminaba delante sin voltear jamás a mirar si yo aún lo seguía. Caminaba aprisa y sin titubear. Pensé me llevaría a algún bar. No fue así. Entramos a una sucia vecindad, a un sucio cuarto, y nos sentamos en una sucia cama. Todo era sucio en aquel sitio. Las paredes, el suelo, las cortinas, la estufilla. Carlos brillaba rubio entre tanta mierda. Sacó una botella de Bacardi debajo del camastro y me la estiró. No dejaba de mirarme y lo supe: este tío me está probando. Cogí la botella y la empiné en mi boca. Di un largo trago. Un gran trago. Directo de la boquilla. Carlos me puso la mano en el hombro y dijo eres un buen tío, capullo. Pasé la botella a Carlos e hizo lo suyo. Luego la regresó a mí y luego yo a él. Bebimos sentados en el borde del camastro sin decir palabra. No nos costó terminar con el alcohol. Fumé algunos cigarrillos en todo eso. Fue una escena bastante extraña. Él y yo pasando la botella sin decir absolutamente nada. Supongo que así beben los verdaderos alcohólicos anónimos. 

 La botella se vació. Carlos se puso en cuclillas y buscó debajo del mueble. Nada, dijo, salgamos de aquí. Estuve de acuerdo. Reanudamos la caminata. Esta vez me hizo seguirlo por enredadas callejuelas poco iluminadas. Doblamos en la esquina de una fábrica de cerveza. Carta Blanca. Y bajamos la pendiente. Dimos con lo que comúnmente se denomina una ciudad perdida. Un lugar rico en pobreza. Con casas de cartón y lámina. Detrás de todo eso había un panteón. Entramos a hurtadillas al panteón. Dios, dije, ¿acaso eres uno de esos locos necrófagos? Calla, capullo, contestó sin mirarme. Continué atrás de él. Nos internamos en el laberinto de lápidas y paramos en la más deplorable de todas. Apenas un pequeño cuadro de cemento gravado de caracteres ilegibles y comido por la mala hierba. Es la tumba de mi padre, dijo Carlos. Ya dije, encendiendo un cigarrillo y esperando. Carlos rezó o algo. ¿Por qué me has traído aquí?, pregunté cuando acabó de aquello. Tú escribes, ¿no es así?, dijo Carlos. ¿Cómo lo sabes?, pregunté extrañado. Miré la libreta, respondió. Yo siempre cargaba mi vieja libreta y en algún momento debió mirarla. Estaba llena de letras. Entonces me lo contó: el padre de Carlos murió cuando era un crío. La madre lo quedó. La madre era una bruja. A los trece años se largó de casa y a los catorce cogió el vicio. Todo este tiempo lo ha pasado en pensiones baratas. Se dedicaba al narcomenudeo. Era un pequeño distribuidor. Sólo lo necesario para no morir de hambre, dijo, y encendió un porro de marihuana. Dio algunas chupadas a aquella cosa y me lo pasó. No, gracias, respondí, lo mío es el trago. Ando roto, dijo. Yo también dije, vayamos a casa. Se levantó y nos largamos. Era un tío raro ese Carlos. 

 Cuando estuvimos en la avenida principal me despedí del chico.  No fumes mucho dije, ya sabes, es malo para el cerebro. Di media vuelta y caminé a casa. Era un trayecto condenadamente largo así que caminé despacio. Con suerte amanecería pronto y podría coger un transporte público. Di algunos pasos. Sentí la mirada en la nuca. Volteé y allí estaba Carlos, siguiéndome como perro sin dueño. ¿Y bien?, dije. ¡No tengo a dónde ir!, exclamó. Ve a tu casa, chico, dije, allá donde el Bacardi. No es mi casa, dijo, es de mi madre. Suelo robarle las botellas y suele ponerse histérica por ello. Ya dije, entonces ve a tu pensión barata. Me han echado, dijo, ahora no tengo a dónde ir. Mierda, dije, vamos a casa. Gracias, capullo, contestó. ¡Y deja de llamarme capullo!, dije. 

2

Carlos se instaló en casa algunas semanas y yo estaba harto. No paraba de llamarme capullo. Con ese aire de superioridad. Bebía mi alcohol y llenaba la habitación de ese maldito humo de hierba. La comida apenas alcanzaba para dos tíos hambrientos y con resaca. Me lo tuve que inventar. Le dije había cogido un empleo. No preguntó dónde ni en qué. Estuvo bien. Me salía por las mañanas y me iba a la Biblioteca México o a la biblioteca de la universidad. Me leía tomos enteros de cualquier cosa. No me importaba. Me perdía entre los estantes y cogía el primer libraco que me daba la gana. Regresaba a casa a eso de las seis o las cinco o las ocho y allí estaba Carlos en calzoncillos, fumando esa mierda. Me hacía la plática a lo filosófico. ¿Has visto lo hermosas que son las grietas de esta pared?, decía. He descubierto que soy hijo de un extraterrestre, decía. El tiempo es una ilusión, decía. La gota que derramó el vaso fue aquella noche cuando me tocó el rostro, asustado, como si yo fuera a desvanecer y dijo: ¡NOS VAMOS A MORIR, PETROZZA, NOS VAMOS A MORIR! Estaba bien colocado. Ya dije, ¿y cuál es el problema? ¡VAMOS A MORIR!, repetía histérico. Todos vamos a morir, dije, no te preocupes, y me puse un whisky en las rocas. Carlos me tiró el whisky encima con un manotazo. ¡Cabrón de mierda, qué ocurre! ¡TODOS VAMOS A MORIR, PETROZZA, TODOS, TODOS, TODOS…! Era el puto infierno. Cogí a Carlos por el cuello y lo abofeteé. Calma, chico, calma, nadie va a morir. Era una situación tensa. No sabía muy bien qué hacer con un imbécil colocado de droga. ¿Nadie va a morir, Petrozza?, decía Carlos melancólico. Calma, tío, calma. Lo abracé. Nadie va a morir, repetía yo, todo está bien, todo está muy bien. Comenzó a llorar el cabronazo. Gracias, dijo más tranquilo, gracias, decía sollozando. Me tomó de los hombros y acercó su bocaza a la mía. ¡Dios!, grité aventándolo.  Se enconchó en una esquina. Lloraba. ¡El hijoputa era marica! Lo confesó una vez pasado el trance. Confesó haber sido violado a los siete años por un hermano de su madre. Desde entonces se hizo homosexual. Estás jodido, tío, dije, será mejor que te vayas. No tengo a donde ir, decía jalando los mocos de tanto llanto. No tengo a dónde ir. 

3

A la semana siguiente regresamos a la A.A. ¿Por qué? Bien. Yo nunca pude formar parte de un grupo de escritores. Yo nunca pude formar parte de nada. Comprendía perfecto no encajar en un grupo de bailarines o de clavicordistas. Odiaba el baile y el clavicordio. Y descubrí que también odiaba a los escritores. Aquellos cabrones se reunían a discutir al infinito los mismos temas literarios. Temas que a mí me importaban un carajo. Por ejemplo si Lorca era homosexual. O si Llosa debió o no ganar el Nobel. Se creían que ser escritor es saber un montón de datos. La fecha exacta de la muerte de Cortázar. Las palabras textuales que pronunció Roberto Bolaño en tal o cual entrevista. Alguna curiosidad fantástica sobre la vida de Dostoievski. Y cuando me preguntaban sobre la segunda ex-esposa del escritor X., alzaba los hombros y decía: no lo sé. Allí se cerraba la cosa. Todos eran maniáticos del conocimiento superfluo. La mayoría de los escritores de mi tiempo no escribía gran cosa. Se lo pasaban leyendo y lamiendo el culo de Borges. El culo de Goethe. El culo de Flaubert. Todos querían ser premio Nobel pero no hacían nada por llegar a ello. Se pensaban que llegarían sabiendo el nombre del gato de Allan Poe. Yo únicamente quería beber un trago y escribir una historia honesta. No encajábamos. Así que la A.A. me abrió las puertas de pertenecer a algo. 

 Carlos y yo éramos los únicos que saliendo de la reunión buscábamos un trago. No deseábamos curar nuestro alcoholismo. Deseábamos curar nuestra soledad. Nos convertimos en los miembros subversivos del grupo. Todo el tiempo estábamos en contra de los preceptos estúpidamente sagrados de la filosofía “deje de bebe”. Incluso llegamos a presentarnos terriblemente borrachos a la sesión. Victor comenzó a preocuparse enserio. No por nosotros. Por nuestra influencia en el grupo. Negativa. Hacíamos ver el alcoholismo como un sueño encantador. Y lo era. Para nosotros. Contábamos testimonios de cómo gracias al alcohol logramos hacer cosas que ningún sobrio haría. Grandes cosas. La bebida es un buen aliado. Te dota de un poder infinito. En una cosa estaba de acuerdo con ellos: el alcohol es un Ser Supremo. Había un tío, un tal Héctor. Nos miraba con detenimiento. Podía apostar que Héctor se moría por echar un trago con nosotros. Era introvertido y estaba solo. Quiero decir que tenía treintaipocos años y no tenía mujer. Ninguna mujer. Ningún polvo. Durante años.  Yo no paraba de contar mis enredos con mujeres. Conté de Carolina. De Linda. De Eder. De Luz. Todas me llegaron gracias al alcohol. Y Héctor deseaba con el alma salir de putas con nosotros. ¿A dónde van?, preguntaba Héctor al finalizar la sesión. A por un trago, capullo, respondía Carlos. ¿Quieres ir?, preguntaba yo, conozco un buen tugurio por aquí, no muy lejos. No gracias, respondía el hijoputa, no bebo. ¿No bebes?, preguntaba Carlos sarcásticamente. Hoy no, decía Héctor, la próxima semana quizá. Se tomaba enserio el “sólo por hoy” de la A.A. Como quieras, capullo se despedía Carlos y él y yo nos íbamos de farra. 

4

Carlos era un chico con estrella. Era un tío con suerte. Era uno de esos cabronazos con los que la vida se empeña en arreglarles el asunto. Desgraciadamente esos tíos siempre se empeñan en todo lo contrario. Si yo tuviera el físico de Carlos sería presidente, pensaba. A Carlos le llovían las mujeres. Entrábamos a cualquier bar y comenzaban a lloverle culos y tetas. Yo era bueno con las mujeres pero tenía que ir tras ellas. Se lo proponía a todas las jebas del bar y alguna tenía que aceptar. En cambio con Carlos, todas las mujeres se lo proponían a él. Y alguna tenía que ser la afortunada. Jugaba con ellas como con muñecas. Las ilusionaba. Jamás las follaba. Las mujeres le entregaban el alma, las nalgas y algo de pasta. Carlos se quedaba con la pasta y desechaba lo demás. Era como pelar un plátano. No tenía suerte con el sexo. Las únicas dos mujeres que he follado, dijo, quedaron preñadas. Coño, dije, qué mala suerte. No dijo, gracias a ello recibí un par de dotes y huí con el dinero. Las dos veces. Carlos era un chico con estrella. La vida se empeñaba en ayudarlo. Y él se empeñaba en joderse. Mi primera mujer, dijo, era una jebita vecina de mi madre. Yo tenía quince y ella dieciséis. Me violó la muy puta. Enserio. Durante dos años enteros estuve rechazándola. Pero aquel día le pegué tan duro al trago que no me enteré cuando lo hicimos. A los tres meses madre mandó buscarme desesperada. En aquel entonces yo vivía en el Estado de México. Fui a ver qué deseaba la bruja y allí estaba la jeba, los padres de la jeba y mi madre con un palo en las manazas. Me metió tremenda paliza. Cuando la cosa se calmó prometí hacerme cargo. Suegro me consiguió un trabajo en la maderería donde el cabrón trabajaba. Me lo pasaba lijando tablas. Era un infierno. Allí cogí el vicio por los solventes. Había otro tío, Juan, y robábamos todo tipo de solventes. Finalmente se planeó la gran boda. Sería en abril. Aún recuerdo. El 17. Tres días antes suegro fue hasta mi casa. Yo había regresado con madre. Me habló de hombre a hombre y me entregó un sobre con cuarenta mil pavos. No sé por qué lo hizo. Se pensó yo era un buen muchacho. No tenía idea. No dije nada a madre y huí la noche siguiente con la pasta. A los quince años cuarenta mil pavos son una fortuna. Me hice rico un par de meses. Bebía en grande. En buenos lugares. Y comencé con el negocio de la droga. 

 Ya dije, qué historia, deberías escribir una novela. Para eso te tengo a ti, dijo. ¿Cómo?, pregunté. El cabronazo pidió escribiera la historia de su vida. Una biografía, dijo. Deseaba hacerse un gran narco y ganar millones y salir en los corridos de Los Tigres del Norte. La verdad estaba muy lejos de aquello. Apenas controlaba su adicción. Para ser un cabrón del narco hay que tener nervios de acero. Los nervios de Carlos eran de gelatina. Bueno, dije, ya veremos, cuéntame de tu segunda mujer. 

 Se llamaba Karen y era una puta, dijo. Se acostaba con cualquiera. La conocí en Atizapán de Zaragoza, en una fiesta. Algunos hijoputas solían hacer fiestas. Buenas fiestas. Y yo era el distribuidor oficial de dichas fiestas. Entregaba el material y me bebía una o dos cervezas. Aquella noche me pasé de cervezas. Karen se acercó a mí y no se me despegó en toda la noche. Acabamos en la cama. Karen era una chica realmente guapa. Decidí frecuentarla. Lo hacíamos cada que podíamos. Y cuando no estaba conmigo lo hacía con todo el mundo. Y de todos, ¡tuve que ser yo! Es mi esperma. No es bomba. No es cuento mío. Pedí a Karen pruebas de sangre. Visitamos un par de doctores y aprovechando la ocasión decidí analizarme. El doctor dijo tu esperma es fértil como un coctel de ostión y camarón. Y el bebé es tuyo, añadió. Karen se deshizo en lágrimas. La droga me procuraba cierta solvencia económica. Dije a la puta aquella yo cuidaría del crío. Estuvo de acuerdo. La arpía estaba dispuesta a entregarme al niño y desaparecer de mi vida. Yo tenía diecisiete años. Ella, nunca lo supe. Fui a platicar con los padres de Karen. Estaban furiosos. Con ella. Conocían lo guarra que era su hija. Prometí hacerme cargo y gané la confianza de la familia. A los cinco meses de embarazo suegro habló conmigo: ¿cómo piensas mantener a mi hija? No podía decirle sobre la droga. Apostaré a un negocio, dije, tengo algunos ahorros. Abriré una tienda de licores. No quedó muy tranquilo. Comencé a hacer cuentas. Le expliqué cómo obtener ganancias considerables. No tocaré un centavo, dije, y cuando tenga lo suficiente, abriré otra tienda. No pararé hasta tener una cadena de tiendas. El cabrón quedó impresionado. Pasaron dos meses y vino a buscarme. ¿Cuánto necesitas para esa tienda?, dijo. Unos doscientos mil, dije. Se pensó era demasiado. Será una gran tienda, dije, con empleadas que mueven el culo y globos y enormes descuentos. ¿Cuánto tienes ahorrado?, preguntó. Ciento veinte, mentí, no tenía más de quince mil. Se largó y a los quince días regresó con ochenta mil billetes. Y ya conoces el final, me di a la fuga. En tu novela puedes poner que visité Francia. 

 ¿Cómo es que ahora eres una maldita cucaracha sin un quinto?, pregunté. Tuve una mala racha. Demasiadas noches de juerga. Ya dije, te creo. Carlos jamás llegaría a ser un gran narco. Tenía el talento. Tenía la actitud y los cojones. Pero no tenía los nervios. Un porro de hierba podía acabar con él. Tenía la juventud y el físico. La bebida le estaba arrebatando todo ello. Deberías tomarte más enserio el grupo A.A., dije, deberías limpiar tu cuerpo y tu alma. Endurecerte. Para llegar a donde quieres llegar. Calla, capullo, lo púnico que necesito es una oportunidad. 

5

La cosa con Carlos se calmó. Dijo estar agradecido conmigo. Dijo me pagaría cada centavo que había gastado en él. Con intereses. Sólo necesitaba vender algo de polvo. Sólo un poco, decía. Y para ello necesitaba comprar un poco de polvo. Así que me pidió prestado cuatrocientos pavos. Los convertiré en dos mil, dijo, sé vender el polvo más caro del condado. Se lo vendo a tremendos capullos adinerados. Son capaces de pagar miles por nada. No sé dije, no puedes confiar en un drogadicto homosexual. Calla, capullo, no seas… idiota, dijo. Fue la primera vez que lo miré titubear. Me planté frente al chico y lo miré a los ojos. Encontré honestidad. Pura honestidad. Realmente estaba agradecido. Y tenía un sueño. Bien, dije, no tengo la pasta pero la conseguiré. ¿Es un trato?, dijo. Es un trato, capullo, dije yo y estrechamos las manos. El trato era el siguiente: yo conseguiría cuatrocientos pavos y me regresaría el doble. A cuatro días como máximo. No fue difícil conseguir el pavo. Llamé a Verónica Pinciotti y prometí pagar...


                                                               C O N T I N U A R Á . . . 



8 comentarios:

  1. No maaa genial el texto!!! cada vez me gusta mas esta pagina!!! calla, capullo!!!! jajajajajaa

    ResponderEliminar
  2. Acabo de terminar de leerlo...me ha encantado. Ya quiero leer la 2da parte.

    ResponderEliminar
  3. Si no creo en el dios veradero, crees que voy a creer en el falso? jajajaja muy buen texto!! Ya quiero ver qué pasa con el chico narco!

    ResponderEliminar
  4. Ana Christina Hernández29 de diciembre de 2010, 10:26

    ¡Está genial! :)

    ResponderEliminar
  5. ya quiero la segunda parte!

    ResponderEliminar
  6. ¿Y la otra parte, cuándo? ...Saludos,

    ResponderEliminar
  7. La parte de las mujeres de Carlos es genial!!!!

    ResponderEliminar
  8. Adoro leerte P. y me frustra q tu blog no lo abra mi pinche telefonito, una preguntita ¿Qué es eso d tio, curro y gilipollas? No me acaban d acomodar los términos pq se q tus vivencias son netamente mexicanas, dame un buen argumento y callame la bocota. Besos puercos.

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com