jueves, 18 de noviembre de 2010

Me enamoré de un hijoputa. Segunda parte.

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"Para que nada nos separe, que nada nos una"
Pablo Neruda.


Marco Perroni se convirtió en un hombre galante, romántico y ejemplar.  Era como si él adivinara los pensamientos de Virginia Palacios. Ella deseaba internamente cambiar al mamarracho de Marco y lo estaba logrando. Al parecer. Es cierto que Virginia no movió un dedo para ello. Se creía que el deseo que Marco sentía por ella, bastaba. Eso la fascinaba, claro. Todo iba de maravilla. Marco y Virginia se citaron en un restaurante del centro de Tlalpan. Marcó, contrario a su costumbre, llegó puntual con un hermoso ramo de rosas rojas. Virginia no pudo evitar sonrojarse, y enamorarse. Cientos de veces había recibido rosas, e incluso obsequios más deslumbrantes. Sin embargo esto era distinto. Poco mérito hay en que un chico adinerado y acostumbrado a ello te regale cualquier cosa. El caso de Marco era distinto. Lograr que un vividor y un patán que sólo desea follarte se comporte así, es por mucho más romántico, más encantador. Marco tomó la mano de Virginia y caballerosamente la arrastró hasta el restaurante. Dentro se instalaron en una mesa al aire libre. Marco le dijo lo hermosa que lucía a la luz de la vela (la llevó a un sitio con velas en la mesa), y ordenó estupendamente un tinto y pasta. Aquel borracho desaliñado se transformó en un hombre de mundo. Incluso no venía desaliñado. Engominó el cabello. Metió la camisa dentro de los pantalones. Se afeitó el rostro. Y había rociado el pecho con loción. Es increíble, pensó Virginia, y lo dijo. Un hombre es capaz de todo cuando ama a una mujer, contestó Marco. Aquí también ocurrió un cambio drástico: hasta aquel entonces Marco sólo sabía decir quiero follar contigo. Ahora las palabras de Marco hablaban de amor. Ella, por supuesto, no creyó del todo aquello. Se resistía a creerlo aunque lo deseara en el fondo. Imposible, dijo, no puedes amarme. ¿Por qué no?, preguntó Marco. Eran las palabras favoritas, irrefutables de aquel Don Juan. Porque no me conoces, dijo Virginia. Exacto, respondió Marco, olvidas que un hombre puede amar a una mujer porque la conoce como la palma de su mano, o precisamente porque no la conoce el óbolo necesario. Virginia rió y aceptó el razonamiento de Marco como verdadero. No es imposible, dijo, tienes razón, pero no te creo. Muy bien, estás en tu derecho a no creer, pero poco importa, respondió Marco, poco importa… Y ya no completó la frase. Podía referirse, como lo pensó Virginia, a poco importa, lo demostraré, o, como lo pensaba Marco: poco importa, sólo deseo llevarte a la cama y olvidarme de ti, da lo mismo si lo crees o no, o si es verdad o no. Esta última probabilidad no rozó  siquiera los pensamientos de Virginia. Se sentía segura. O sea que dijo no te creo pero lo creía. Deseaba creerlo. Se aferraría a ello como el capricho de una niña. Marco lo había conseguido con la habilidad de un filósofo. Le otorgaba el beneficio de la duda y nadie duda de alguien que te dice si no me crees, está bien, no te obligaré a hacerlo. 

 La pasta y el vino llegaron elegantísimos en charolas de plata. Era un lugar romántico hasta el último detalle: media luz, música suave, mesa para dos, aroma a flores, etc. Virginia, experta en vinos gracias a su padre, tomó la copa recién servida por el mesero y la llevó hasta el olfato. Luego la llevó hasta los labios e indicó que todo estaba muy bien. Marco sonrió al verla hacer aquello. No sabía de tus cualidades catadoras, dijo. Virginia sonrió también y comentó: lo debo a mi padre, pero no es la gran cosa, ¿tú cómo catas el vino? Marco: fácil, bebo toda la botella y si al final no estoy ciego, es un buen vino. Ambos rieron fuertemente. La dicotomía patán-caballero de Marco atrapaba sobremanera a Virginia. No era del todo acartonado, elegante, amoroso, perfecto, aburrido. Sabía ser la mezcla exacta de caballerosidad y desfachatez. Era un hombre y un animal. Le hablaba de amor y pensaba en sexo. Era sencillamente único. Un ejemplar de suma rareza en el mundo de ejemplares perfectos de Virginia. Un ejemplar raro, bello por su rareza. Un pavorreal. Un ave divina que no deja de ser un guajolote. Con ese encanto irresistible de lo exótico. ¿Te han gustado las rosas?, preguntó Marco cuando daban los primeros bocados. Sí, muchísimo, contestó Virginia acariciándolas. Gracias, añadió. Las robé, dijo Marco tajante, para ti. ¿Cómo?, preguntó Virginia aterrada. Las robé, repitió Marco y explicó: pedí al tío de las flores envolviera un ramo de rosas. Lo hizo. Después pedí un arreglo floral más complicado. Ajá, dijo Virginia impactada, ¿y luego? Luego, continuó Marco, cuando el cabronazo hacía el arreglo aproveché para coger el ramo y correr. Fue sencillo, el hijoputa me daba la espalda y estuve a varios kilómetros ya cuando se dio cuenta de todo. ¡Dios mío!, exclamó Virginia, no sabía que eras un ladrón. No lo soy, dijo Marco despreocupado, eso sólo que el amor te ciega y te hace ser algo que no eres. Yo no soy un ladrón pero por amor… Esta vez no sonrió Virginia. Tuvo que digerirlo antes de aceptar que aquel acto pueril, estúpido y arriesgado, le gustaba. Todo lo que un hombre haga por una mujer, así sea el crimen más atroz, llena el egoísta corazón femenino ávido de sacrificios, de la susodicha. Y Virginia no era la excepción. Aunque ya no lo dijo estaba agradecida y vanagloriada de tener un hombre capaz de todo por ella. Cuestiones todas ellas que Virginia guardaba celosamente como secretos, sintiéndose casi culpable de aquellas sensaciones narcisistas.

 Cuando Virginia comía todo encajaba maravillosamente. Lo hacía de manera discreta y elegante. Daba la impresión de que todo el mundo había sido creado para servirla. Lo hacía a la velocidad adecuada. Los hombres de servicio se adelantaban a sus deseos de más vino, de agua con limón para los dedos, etc. Se desvivían por atenderla. En cambio Marco lucía como una pieza ajena al rompecabezas. Comía demasiado rápido. No utilizaba la tela servilleta. Bebía el vino como agua. Ningún mesero le ofrecía llenar la copa y los ojos se le enrojecían a medida que vaciaba el tinto en su garganta.  De ello se percató Virginia y le divertía el asunto.  Era como estar frente a un cavernícola adiestrado. Esto era, desde el punto de vista de Virginia, tierno. Un cavernícola es como un niño. 

 Terminaron la comida y entablaron una bella conversación. Marco contó a Virginia lo mucho que había amado a un par de mujeres y cómo éstas lo abandonaron injustificadamente. Así lo hizo ver Marco: abandono injustificado. Se puede apostar que si se preguntase a las mujeres que Marco aludía, no habría nada más razonable que alejarse de él. Pero Virginia, que ya tenía el juicio nublado por los sentimientos se compadeció del caso y defendió, apoyó y pregonó la injusticia de aquellas mujeres a las que no conocía. Corrió el chisme por su círculo de amigos cercanos. Todos estaban en contra de Marco. Le aconsejaban no citarse más con ese desconocido. Le decían no es más que un borracho. No es más que un vividor y seguramente terminarás mal con él. Virginia escuchaba sin opinar los consejos. No opinaba porque no estaba segura. Los amigos tienen razón, pensaba, pero al mismo tiempo hay algo en marco que me inspira confianza. ¿Cómo un hombre que confiesa abiertamente haber robado puede generar confianza? Quizá todo este en la confesión misma. El acto de confesar el robo sin ser interrogado crea la ilusión de seguridad. Expresa que Marco confió en Virginia al decir la verdad. Si hiciera algo malo, me lo diría, se piensa. Y es cierto. Lo que no es cierto es que las intensiones sean siempre buenas. ¿El fin justifica los medios? Marco había robado para calmara la vanidad mujeril de Virginia. Y había hecho aquello, lo de la vanidad, con otro fin, maquiavélico. Todos los movimientos de Marco estaban fríamente calculados. No era precisamente superior en inteligencia al hombre promedio. Poseía, sin embargo, un instinto desarrollado por encima del promedio. 

 Bueno, dijo Marco, no hay nada más que hacer aquí. Lo dijo aventando la servilleta sobre la mesa. Virginia estuvo de acuerdo. Marco levantó la mano y ordenó traer la cuenta al mesero. Dio el último trago de tinto altaneramente y cuando llegó el monto de lo consumido lo miró extrañado. Sacó un billete de cien pesos y lo pasó junto con la libreta de piel, a Virginia. Ella miró todo eso y observó que faltaban más de cuatrocientos pesos para saldar la cuenta. Miró a Marco, que ya había encendido un cigarrillo y colgaba el brazo izquierdo sobre el respaldo de la silla en pose de indiferencia. Entonces lo comprendió. Colocó la tarjeta de crédito que cogió de su bolso en la libreta y mandó cobrar la factura. Tomó de mala gana el billete anaranjado y estrujándolo lo echó al bolso. Regresó el mesero. Firmó el voucher. Ambos salieron sin decir una palabra. Virginia no estaba ofendida del todo. En el fondo, esperaba aquello. Era de adivinar que Marco Perroni no podía pagar una cuenta así. Lo que la ofendió fue el cinismo con que Marco se había lavado las manos del asunto. Si lo hubieras dicho desde el principio, dijo Virginia a Marco fuera del establecimiento. Marco fumaba y hacía equilibrio sobre el borde de la banqueta, con los brazos extendidos, sin prestar atención a los comentarios de Virginia. Virginia comenzaba a hartarse. Pero justo en el momento que pensaba dejarlo y largarse a casa, Marco saltó y cayendo delante de ella le besó la frente con calidez. Y le dijo al oído: eres un ángel. Virginia se estremeció de pies a cabeza. Marco había tocado la fibra más sensible de esa mujer. Ser un ángel tenía mucho sentido psicológico. Un ángel es un benefactor y un protector. Cosa que ella deseaba ser para Marco. Deseaba protegerlo y cuidarlo. ¿De qué? Quizá de sí mismo. Todos estaban equivocados. Marco era para Virginia un desadaptado social, un marginado. Empujado a ser lo que es por su contraste con el mundo. No le importaba el dinero ni las apariencias. Marco deseaba una sola cosa: ser auténtico. El pecado no era el cinismo, era el no compartir las ideas y costumbres de la sociedad. Si a Marco le disgustaba algo, no fingía, lo decía directamente ofendiérase quien se ofendiera. Su dureza era el caparazón con que se defendía de la tristeza de un mundo hostil. Y en el fondo de esa coraza yacía el óbolo de amor. Era una hipótesis cursi. Hipótesis en la que creía firmemente Virginia y por la comprobación de la cual estaba dispuesta a luchar. 

 Marco tomó la mano de Virginia y la besó. Luego jaló de ella para llevarla hasta el bar más cercano. ¿Y ahora?, preguntó Virginia sin oponer resistencia. Ahora, dijo Marco, es tiempo de un trago. Tomaron la mesa más arrinconada que encontraron y Marco ordenó un par de whisky en las rocas. No acostumbro beber tanto, dijo ella. Ya te acostumbrarás, contestó él. Llegaron las bebidas y Marco tomó la suya, brindó con Virginia (por tu belleza, amor), y bebió el whisky de un trago. ¿Cómo puedes!, expresó Virginia asombrada de la manera de beber de Marco. Puedo, contestó Marco alzando los hombros. Y añadió: y tú también puedes, anda, intenta y verás. Virginia se negó en risas pero al final lo hizo. Bebió todo de un trago. Enrojecida dijo: ¡vaya, no es tan difícil! Lo sé, dijo Marco y alzó la mano para ordenar otra ronda de whisky. Esta vez bebieron despacio. ¿Alguna vez has estado realmente enamorado?, preguntó Virginia. Cientos de veces, respondió Marco y se produjo la siguiente conversación: 

 V: Enserio. 
 M: Enserio, cientos de veces. 
 V: O sea que has estado con cientos de chicas. 
 M: No, he estado enamorado cientos de veces, tres de ellas de alguna mujer… 
 V: ¿Cómo? 
 M: Me he enamorado del Sol, la Luna, de un Rembrandt, de la Tarantela de Liszt, de El Beso de Rodin, de un día nublado, de la novena de Beethoven, de una flor, de la noche, de Ofelia de Rimbaud, , de la Divina Comedia, de los pies de las mujeres, del alcohol, de la forma que sonries, de ti… 
 V: Es muy bello lo que dices. 
 M: ¿Lo crees?
 V: Por supuesto. 
 M: Las personas se creen que son cursilerías. 
 V: Son bellas cursilerías. 
 M: Eso mismo pienso. 
(Risas).
 M: ¿Y tú, te has enamorado alguna vez?
 V: Me gustaría contestar algo como lo que tú has dicho pero sería un plagio. La verdad no, nunca me he enamorado de nadie… Bueno, eso creo. 
 M: ¿Enserio?
 V: (Titubeando). Bueno… no lo sé…

 Marco entendió perfecto lo que Virginia quería decir. ¿Es posible que ella estuviera ya enamorada, verdaderamente  enamorada, de Marco? El amor de un hombre y el amor de una mujer no son la misma cosa. El amor de un hombre es, generalmente, más sólido, como una roca. El amor de una mujer es, generalmente, como una estrella fugaz: llega pronto y sin preaviso, es intenso, y fugaz. Es posible que Virginia se enamore de Marco tan rápido como podría desenamorarse. Tan rápido como Marco la obligaba a enojarse y contentarse. O sea que sí, había grandes posibilidades de que justo en aquel momento (con Marco se trata de momentos) Virginia se sintiera enamorada. Lo único definitivo era el sentimiento de Marco para con ella. No era amor. Definitivamente. Marco era diabólico. Hablaba de amor tan bien como el mejor de los poetas pero su lengua estaba envenenada como la lengua de la serpiente luciferina. Sin embargo Marco era, como ya sabemos, cínico y directo. No mentía. Jamás mentía. ¿Cómo se explica la paradoja? Si sometiéramos a Marco a un detector de mentiras pasaría la prueba sin dificultades. No mentía al decir te amo a Virginia ni al decirle lo mucho que adoraba su sonrisa. No lo hacía porque Marco era el mejor de los mentirosos: creía sus mentiras. Así, no podíamos culpar a Marco de engañar a Virginia. Y Virginia notaba en las palabras de Marco la sinceridad, honestidad y veracidad de las mismas. ¿Su fe ciega estaba justificada? Te amo, decía Marco  y Virginia se abstenía de contestar: te amo también. Se abstenía porque si lo amaba, no lo hacía con la fortaleza de romper las barreras sociales que los separaban. Si contestaba favorablemente las propuestas de amor de Marco, se comprometía demasiado. Lo amaba. Amaba estar con él pero su miedo a las malas impresiones que causaría un noviazgo no podían ser superadas. No te pido que seamos novios, dijo Marco y la magia se quebró. ¿Cómo?, preguntó Virginia exaltada una vez más. No me interesa crear entre nosotros un lazo débil como lo es el noviazgo, explicó Marco. ¿Cómo?, repitió Virginia esta vez interesada. “Para que nada nos separe, que nada nos una” (Pablo Neruda). Virginia lo caviló unos segundos, y le encantó la idea. Nuevamente Marco movía las piezas del ajedrez estupendamente. Todo quedaba justificado bajo una hermosa frase que sería su religión. Para que nada nos separe, que nada nos una. No existía la necesidad de un noviazgo predestinado al fracaso. La relación con Marco sería el más grande secreto de Virginia. De esa manera no habría compromiso social que desbaratara los nervios de Virginia y así, calmaría a los amigos y familiares diciendo que no se ennoviaría con aquel borracho barbaján, sin saber que el corazón de ella, le pertenece a él. Hasta era algo romántico, al estilo Romeo y Julieta. Maravilloso. Marco era un verdadero estratega. Construía su conquista como un verdadero arquitecto. Se adelantaba a las angustias de Virginia, a las dudas e inseguridades, y al mismo tiempo se granjeaba el alma y el amor de la mujer deseada. Y por otro lado, no sacrificaba su libertad. Libertad amada por Marco. Y todo bajo el telón de un romanticismo perfecto. Para que nada nos separe, que nada nos una, dijo Virginia en brindis y Marco chocó el vaso con whisky contra el vaso con whisky de Virginia. Salud, amore mio. 

Sin saber cómo, Virginia terminó en brazos y piernas de Marco, besándolo apasionadamente. 



13 comentarios:

  1. la segunda parte es tan buena como la primera!!!!!!!! o hasta mejor!!!!!!! me encanta como manejas la psicologia de los personajes!!!!!!!! podria jurar que lo has vivido!!

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  2. Definitivamente se ve una mejora, sobre todo al evitarnos el tedio de los razonamientos cursis de Virginia. Los lectores queremos ser testigos directos de sus sufrimientos, sin enterarnos como, es una pena que el gran Sergio Rachmáninov estuvo ausente en esta segunda parte, pero un buen fondo musical para la cena puede ser este.

    http://www.youtube.com/watch?v=2Fy4kSo7Xx8

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  3. “Una ave divina que no deja de ser un guajolote” que gran filosofía… jajajaja
    Me tienes absorta en el texto!!!
    Gracias por compartirlo…

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  4. SI, ESO NOS SUELE PASAR! HAY QUE TOMARLO COMO UNA EXPERIENCIA, ¡¡QUÉ LE VAMOS A HACER!!. AHORA, SI TE PASA MÁS DE UNA VEZ...HAY QUE IR AL PSICÓLOGO URGENTE PORQUE ALGO NOS ESTÁ FALLANDO.

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  5. Si me habrá pasado!!!!!

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  6. Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos.y parte de ello este texto me encanta..

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  7. simplemente admiro tu forma de narrar la historia, allá voy por la tercera parte!!

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  8. EXCELENTE HISTORIA COMO NARRAS PASO A PASO TODOS LOS RECURSOS DE CONQUISTA QUE TIENE MARCO MARAVILLOSO RELATO

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  9. EXENTE LIBRO!CADA VEZ QUIERO SABER MAS

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  10. muy buena, vaya q siempre me identifico con alguna frase de estos textos jejeje o quizas xq yo asi lo quiero? "PARA Q NADA NOS SEPARE Q NADA NOS UNA" buenisima la frase

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  11. muy bien descrito ... y esperamos el desenlace

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  12. Verónica. Realmente tienes talento y tomas riesgos en tu literatura. Eres original y única. Felicidades por ser como eres.

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  13. eh leido las dos primeras partes del escrito nose q pensar simplemete me gusta ....

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