lunes, 29 de noviembre de 2010

El papagayos / ¿Dónde está mi mujer?

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Eran las tres de la tarde o algo cuando me levanté. La norteña de los ojos verde dormía aún y Enrique no estaba. Había ido al curro o al colegio, no sé bien. Así que me levanté y tomé una ducha para quitarme de encima la modorra, la resaca y el infernal calor norteño. Caminé despacio y tropezando con todo hasta el cuarto de baño. Me desnudé y tomé la ducha. Cuando salí, fresco como un hielo en un whisky en las rocas, me encontré con Enrique, la norteña, y un plato con pechuga de pollo rellena de queso, lechuga, jamón y cosas. Una verdadera delicia. Yo no acostumbraba comer de ese modo y fue realmente bueno. Enrique era excelente cocinando. Buenos días, dijo la norteña, ¿dormiste bien? Ya dije, muy bien, gracias, dando un bostezo de león. Tomé una cerveza del frigo y la bebí mientras Enrique preparaba ensalada para acompañar el pollo. También encendí un cigarrillo. Enrique explicó el plan del día. Siempre tenía un plan y el de aquella tarde era particularmente malo: regresaría al trabajo y eso era todo. Bien, dije mientras me acomodaba a la mesa, que era la barra de la cocina, y picaba lechuga con un tenedor. La pechuga lucía jugosa y apetitosa. ¿Y tú qué harás?, pregunté a la norteña. Iría a visitar a la madre o algo. O sea que estaba solo. Puedes dar una vuelta por el centro, me aconsejó llevándose a la boca un trozo de pollo y luego añadió un umh, qué rico aludiendo al platillo. Me animé a dar el primer bocado. En verdad era delicioso. Conversamos de asuntos sin importancia. Comíamos como una extraña familia donde estaba el marido, la mujer, y un… compadre (?) de esos que no se sabe bien por qué diablos viven allí. Al final decidí hacer caso a la norteña. Un poco de soledad no me vendría nada mal, dije. Puedes mirar el panteón, dijo la norteña. Sí, continuó Enrique, dentro hay tumbas construidas por un japonés, son tremenda cosa. También me sugirieron la catedral, el parque, el mercado de artesanías. Cosas todas ellas maravillosas de no ser porque yo sabía muy bien lo que deseaba: un bar. Muy bien dije, no se preocupen, ya encontraré algo qué hacer. 

 Cuando terminamos de comer fue el turno de la norteña para ducharse. Enrique y yo esperamos en el patio fumando tantos cigarrillos como nos fue posible. Y yo acompañé al tabaco con tantas birras como me alcanzó el tiempo. ¿qué te gustaría hacer?, preguntó Enrique mientras esperábamos y se lo dije. Entonces ven conmigo, dijo, te dejaré en el Papagayos y allí pasaré por ti luego del trabajo. ¿Qué es el Papagayos?, pregunté. Un bar de mala muerte, contestó Enrique. Ya dije, acepto. Subimos al auto y condujo hasta el centro. Ya no esperamos a la norteña, al final arregló que un hermano pasara por ella. No tomó demasiado tiempo. Ir a cualquier sitio, en Durango, no tomaba nunca demasiado tiempo. Yo estaba acostumbrado realizar trayectos de una hora o más sin salir de la ciudad. En Durango todo trayecto tomaba quince o veinte minutos. No importa si ibas de punta a punta. 

 Antes de llegar al bar, Enrique me llevó a realizar algunas tareas. La familia de aquel tío era dueña de prácticamente todas las paleterías del norte. Su trabajo consistía en repartir a cinco de ellas la crema para hacer helado. La crema era almacenada en una bodega con cámara de congelación. Así que fuimos hasta la bodega y llenamos el portaequipaje de cubetas llenas de esa cosa. Luego las repartimos a los locales correspondientes. Uno de otro no quedaba lejos. Era sencillo. El problema era subir los litros de crema al auto. Enrique lo hacía como si la cosa fuera un juego de niños. Pero claro, Enrique era un tío alto y fornido que cargaba cubetas de crema como hojas. Yo en cambio era un delgado fumador sin más fuerza que una mujer fuerte. O sea que a mí me costaba subir una cubeta lo que a él subir cuatro o seis. Incluso llegué a rasgarme las manos. Las tenía ligeramente amoratadas. Definitivamente no era un trabajo para mí. Como todos los trabajos. Al final, cuando todo estaba dentro, Enrique se ponía al volante y como si no hubiese hecho el menor esfuerzo, encendía un cigarrillo. Y yo me tiraba al asiento del copiloto, deshecho, y no tenía aire para fumar nada. Yo notaba estas diferencias de condición física todo el tiempo. La gente siempre parecía hacer todo sin esfuerzo y yo no hacía ni la mitad de las cosas sin esforzarme demasiado. Me había debilitado, lo sabía, tanta farra, tanto desvelo, tanto tabaco y tanta clínica. Las enfermeras de la clínica me chupaban el alma. Pero el caso es que repartimos la crema. Aquello era fácil. Aparcábamos frente al local indicado y Enrique bajaba la crema, uno o dos botes según el caso, y la dejaba en la banqueta. Luego algún empleado vendría por ella. Yo podía quedarme dentro del auto fumando y bostezando. Una vez entregado todo éramos libres.  Al menos que fuese uno de esos días donde tocaba al bueno de Enrique atender la paletería de su padre. Y aquel día, era uno de esos días así que me dejó en la esquina de una calle y dijo: al fondo está el lugar, paso por ti en unas horas. Ya dije, muy bien, y caminé hasta allá. 

2

En la entrada del lugar descansaban sobre el cálido suelo una señora y una tía regordeta teñida de dorado. Tuve que esquivarlas para entrar. Y una vez dentro ambas se levantaron y fueron tras de mí. Eran las empleadas del bar. Doña Eugenia, que era la señora y cuyo nombre supe poco después preguntó qué le sirvo, y me ordené una cerveza fría. ¡Una cerveza fría!, gritó Doña Eugenia a la joven. Mi cerveza llegó en las manazas de aquella cerda. Gracias, dije y ella no dijo nada. Tomé un sitio en la barra. Bebí despacio y encendí un cigarrillo. Yo era el único cliente. Era el único tío bebiendo a las cuatro de la tarde en aquel bar de mala muerte. Pasé la mirada por todo el lugar. Las mesas y las sillas eran plásticas. Había rotulado en toda una pared un paisaje: una jungla o algo. Yo no sé porque a los dueños de sitios así les da por pintar selvas o junglas en las paredes. El suelo era un enorme cenicero y un enorme bote de basura. Un par de escobas se recargaban en una esquina pero al parecer jamás las tocaban. Y en la barra, junto a mí, una mediana estatuilla de Buda estaba sentada sobre una canastilla. Una asquerosa figura roja, bañada en un líquido que supuse  todo menos cerveza hasta que Eugenia se acercó a él y echó encima un poco de cerveza. ¿Para qué hace eso?, pregunté interesado en el asunto. Para atraer a los borrachos, mijo, contestó Doña Eugenia. Ya, dije pegando el cigarrillo contra mis labios y aspirando profundamente. El bar, repito, a excepción de mí, estaba vacío. O sea que Buda no estaba muy contento ahogado en alcohol, o el cabronazo andaba de farra. 

 Me cansé de estar sobre el pequeño banco de la barra. Me acomodé en una mesa. Saqué mi vieja libreta y comencé a escribir un texto sobre E., una mujer de la que estuve enamorado no hace mucho tiempo. Mientras tanto me pedí otra cerveza. Doña Eugenia la trajo y al verme escribir dijo. ¿una carta para su novia? La pregunta me cayó de golpe. Alcé la mirada y tras un par de segundos contesté: no, no, es otra cosa. ¿Una carta para su madre?, se apresuró a corregir la señora. Tampoco, dije tajante. Soy escritor, dije, y escribo un texto. A, bueno, dijo Eugenia sin entender un carajo y luego añadió: ¿de dónde es usted? Dios, pensé, qué lata. De México, respondí a secas. Doña Eugenia arrastró una silla y se instaló conmigo. Intercambiamos nombres y algunos datos banales. Luego insistió: ¿escribe una carta a algún familiar de México? Hasta ese momento no la había mirado con atención. Era una señora de cincuentaitantos años con el sufrimiento estampado en el rostro. Tenía la cara llena de manchas y cicatrices. La que más llamaba la atención era, sin duda, un terrible río de carne maltrecha que corría desde el labio superior hasta la mejilla, y luego torcía de regreso sin llegar nuevamente al labio. No, dije, no escribo ninguna carta a alguien, soy escritor, repetí, escribo un texto; para una revista. Se asombró y comentó que ella no sabía leer ni escribir. Ya, dije indiferente. Entonces no tiene una novia en México, dijo. No, no tengo una novia en México, contesté dando un largo trago de cerveza. Le conté recién había llegado a Durango y residía en la casa de la norteña de los ojos verde. Y esa muchacha es su novia, supuso Doña Eugenia. No, dije, no es mi novia. La cabrona no podía creerse que yo no tuviera novia. Es como si todos tuvieran una pareja. Esa impresión me dio. Era inaudito que alguien no tuviera con quien compartir su puta vida. Entendí no podría escribir más con ella allí. Pregunté a Doña Eugenia si gustaba de beber y resulto ser alcohólica. Ella lo dijo. Dijo, ay mijo, que si me gusta, si soy reborracha. Ya, contesté, pues póngase una cerveza, yo invito. En eso se acercó el barril que era la tía joven y tuve que decirlo: y una para ella también. Llevó toda su obesidad tras la barra y trajo dos bellas cervezas que desgraciadamente no bebí, pero sí pagué. Y se instaló con nosotros. Mi cigarrillo estaba por terminarse. Cogí la cajetilla de Delicados y encendí uno con la colilla de otro; el que aún ardía en mis labios. Ofrecí un cigarrillo a Doña Eugenia pero se negó. No fumo, dijo. Ofrecí uno a la tía, que resultó llamarse Jessica, y tampoco aceptó. Doña Eugenia dijo: nosotras no fumamos pero la niña sí, ¿me regala uno pa la niña? Claro, dije extendiendo la cajetilla para que lo tomase y pensando que en aquel sitio había alguien más. Una niña. Dios, pensé, porque no lo dijeron antes, quiero ver a esa niña. Tenía la esperanza que fuera guapa. Pero la niña resultó ser La Muerte. Una calavera de arcilla vestida con un manto negro. Una imagen de La Santísima Muerte. Eso era la condenada niña. Jessica cogió el cigarro y lo puso en algún sitio del altar de aquella cosa. No pude verlo con claridad pues La Muerte reposaba tras el mostrador. Eugenia aprovechó el tiempo que le llevó a Jessica tal cosa para decir: yo no creo en La Muerte, ella es mala, yo nomás le rezo a mi gordito. Lo dijo aludiendo al Buda. O sea que sí creía en La Muerte; la consideraba mala. Pero claro, no se lo hice ver. 

 Nos hicimos amigos. Doña Eugenia resultó ser agradable. Era una mujer con historia. Había sido fichera y mesera de bar desde los catorce años. Conozco el ambiente, decía. Salió de su pueblo allá en Zacatecas y acabó en Durango vendiendo sexo y atendiendo tugurios. Maravilloso, dije. Jessica en cambio hablaba tan poco como la foca que parecía ser. Y estaba bien. Porque cuando lo hacía no pasaba de decir alguna estupidez. Gracias al cielo entró un cliente y ella se largó a atenderlo. Fue entonces cuando sucedió: la mano de Doña Eugenia acarició mi mejilla y dijo: ay, mijo está usted muy guapo, ¿cómo es que no tiene novia? Ya dije, pues no tengo. Por un momento pensé dos cosas: que deseaba seducirme y estafarme, o que deseaba seducirme y no estafarme. Sin embargo la cosa no iba por ese camino. Tengo una hija de quince años, dijo Eugenia, y es muy bonita, ¿la quiere ver?  Acepté y me mostró algunas fotografías tomadas con teléfono móvil. Era una niña delgada de quince años, como cualquier otra niña de su edad. Sin nada singular. Pero era delgada y tenía quince años. Eso bastaba para que mi libido deseara follarla. Dios, es muy bonita, dije, ¿cómo se llama? Rosa María, señaló Doña Eugenia con una sonrisa retorcida. Me contó, la niña no se dedicaba a nada. No trabajaba y había dejado la escuela. Yo no paré de decir lo mucho que gustaba su hija e incluso le propuse nos presentara. ¿Por qué no la trae aquí?, pregunté. No quiero que le guste el trago y el vicio, dijo Eugenia arrepintiéndose de haber conocido ella el mal tan joven. Ya dije, lo entiendo. Platicamos de otros asuntos. De cómo un cholo le estampó la puerta del bar en la jeta dejándole así la horrible cicatriz de su labio. Me interrogó sobre mis intensiones en Durango. Dije pensaba quedarme unos años a probar suerte con eso de las letras. Me pedí otra y otra cerveza y ella se puso algunas también. A mi cuenta. Y finalmente lo soltó: ¿le gustaría conocer a mi hija? Me encantaría, contesté. 

 Las intensiones de Doña Eugenia eran casarme con Rosa María. Enserio. La muy cabronaza buscaba marido para una niña sin qué hacer. Era una manera de asegurarle un futuro que no fuera hacer la calle. No sé si yo era la primera víctima, o aparte de mí había más pretendientes. No importaba. Lo pensé y me dije: ya, tío, conócela, fóllala, y huye. Continué diciendo a Doña Eugenia lo mucho que me gustaría conocer a su hija y salir con ella, e incluso, me atreví a decir: me gustaría casarme con su hija. No se asombró. ¿Y estarías dispuesto a tenerme de suegra?, dijo Eugenia. Claro, dije, me ha caído usted de maravilla… ¿Aunque sea una borracha?... Por supuesto, así en vez de beber con mis amigos, bebo con usted. Rió y dijo: no quiero un nuero borracho. Cosa que era totalmente idiota, pues me lo proponía a mí que la había conocido en un bar. No se preocupe, no bebo mucho, mentí. 

 Enrique llegó por mí. Se sentó donde yo y Doña Eugenia y ordenó una cerveza. Le dije falsamente emocionado que me casaría con la hija de la señora que ahora ves aquí, tío. No entendió nada y tuve que explicarle. Cuando comprendió rió y pidió ver las fotografías. Es muy bonita dijo por compromiso y me recomendó ampliamente. Es un buen muchacho, dijo a Doña Eugenia, que estoy seguro le daba igual la clase de muchacho que fuese con tal que sacara a Rosa María de su condenada vida. ¿Y dónde está la niña?, preguntó Enrique. Doña Eugenia explicó nuevamente que le tenía prohibido visitarla en el curro. ¿Entonces cómo la va a conocer?, dijo Enrique. Quedamos en lo siguiente: yo regresaría mañana a las ocho de la noche y Rosa María estaría allí, lista a conocer al futuro marido. Bebimos la última birra y nos despedimos alegremente. Estreché la mano de Doña Eugenia y le dije ya quedamos, mañana vengo a conocer a mi novia. Ella asintió con la cabeza y varios síes. Y con sonrisas pérfidas.

3

 Conté de todo eso a la norteña y reía y decía ¿y si vas a regresar? Claro que pensaba regresar. Una señora me ofrecía libremente un fresco trozo de carne, y no iba a decir que no. Lo que era definitivo es que no me casaría. Saldría con la niña, le hablaría bonito y la llevaría a la cama. No sería difícil pues su madre me recomendaba. Seguramente diría cosas como sal con él, hija, te conviene, o dile que te lleve a comer, etc. Y lo haría. Todo con el único fin de cogerla. Y cuando la hubiese follado algunas veces y estuviera harto de meter la cosa en ella, me largaría a México. Era un plan estupendo. Así que al día siguiente volví. 

 Entré con seguridad. Enrique venía conmigo. Doña Eugenia me miró y me interceptó en el camino hacia la barra. Tres cervezas, dije. Eugenia gritó a Jessica trajera las cervezas y nos sentamos los tres a la mesa. ¿Y bien, dije, dónde está mi mujer? Doña Eugenia sonrió y dando un trago a su birra dijo: no pudo venir, pero mañana sí viene. Me decepcioné bastante. Ya dije, en verdad tenía ganas de conocerla. Eugenia me juró maña sí vendría. Y como ya no tenía caso estar allí, bebimos unas cuantas Pacífico y nos largamos. Antes de eso prometí regresar. Y Doña Eugenia prometió traer a Rosa María. 


Eran las seis de la tarde y me levanté con pesares. La norteña de los ojos verde llevaba despierta algunas horas y miraba el televisor. Me metí en los pantalones y cogí la camisa más cercana. Era una camisa a cuadros y la cogí del suelo. Me la puse. Metí los pies a los zapatos y fui hasta donde ella. Antes de llegar cogí una birra del frigo y encendí un cigarrillo. Me saludó y la saludé. Hasta ese entonces no habíamos hablado gran cosa. Quiero decir, hablado de nosotros. Desde mi ciudad hasta la suya nos comunicábamos a la mar de bien y ahora que estábamos juntos, algo pasaba. Sentí ganas de echarme al sofá junto a ella y platicar largo y tendido sobre cualquier cosa. Todas las conversaciones con ella eran interesantes. No importa si platicábamos de alguna trivialidad, era divertido. Pero no tenía tiempo. Debía ir a por mi mujer. Se lo dije a la norteña. Espera a que venga Enrique, dijo, y dile que te lleve. Era una buena idea. Y tardó nada en llegar. ¿A dónde?, preguntó Enrique cuando le dije que deseaba salir. Al papagayos, dije, por mi mujer. Claro, dijo riendo. Enrique también deseaba ver a la niña. Deseaba saber qué coños pasará con el asunto del matrimonio y todo eso. 

 Entramos al Papagayos. Era sábado y había mucha gente. Mucha gente quiere decir cuatro o cinco personas. Y también había algunas tías ficheras y un travesti prostituto. ¡Ya llegué, Doña Eugenia, ¿dónde está mi mujer? Dije antes de saludarla. Me saludó de beso en la mejilla y me puso una cerveza. Puso otra para Enrique y otra más para ella. No vino, dijo. Dios, pensé, qué es esto, ¿una broma? Se excusó con lo siguiente: antes de dejar que la conozcas, dijo, quiero hablar contigo. Ya dije, pues vale, hable. Me preguntó seriamente si en verdad deseaba casarme con ella. Era una pregunta extraña, pues yo ni siquiera había mirado a la cabrona escuincla. Pero como sea dije que sí y lo juré en nombre de Buda y Alá. Enrique bebía y observaba. Bueno, dijo Eugenia, pero quiero que sepas que a mí me gustan mucho las luchas. Se refería al deporte de las luchas. Aquel donde algunos marranos disfrazados de toda clase de ridiculeces se ponen a fingir acrobacias en forma de lucha. No lograba hilar el comentario de Doña Eugenia con el proceso de mi matrimonio. Hasta que lo dijo. Dijo: te propongo algo: si te haces luchador, te casas con Rosa María. Lo dijo tajantemente. Iba enserio. Se pensaba que yo de algún modo podía cumplir su puñetero sueño de un nuero luchador. Yo, que era más delgado y debilucho que nadie, de luchador. Era para mearse de la risa. Me contuve y dije sin titubear: es un trato, yo haría cualquier cosa por su hija. Me estaba tomando demasiado enserio el papel de pretendiente enamorado. 

 Un par de ficheras, que es un par de prostitutas, se acercó a nosotros. Saludaron a Eugenia y luego Enrique y cuando era mi turno mi futura suegra las alejó de mí diciendo que yo era un hombre comprometido y que no podía ya procurarme esa clase de diversiones. No objeté nada. Estuve de acuerdo. Las ficheras se alejaron de nuestra mesa y cuando estuvieron instaladas en otra, Eugenia cogió su teléfono móvil y me pidió permiso para fotografiarme. ¿Y eso para qué?, pregunté extrañado. Para irle platicando de ti a mi hija, dijo, y mostrarle cómo es usted. Me pareció lógico y dejé me hiciera unas cuantas fotos.

 Bebimos y fumamos un par de horas. Era fin de semana y el ambiente comenzaba a calentarse y nosotros también. Enrique aprovechó una distracción para decirme vayamos a otro sitio. Me despedí de Doña Eugenia prometiendo volver el lunes, pues así lo propuso ella, y juró por todos los dioses que esta vez sí estaría Rosa María. Pero ya me daba igual el asunto. Pagamos la cuenta y nos largamos en busca de algún bar con putas. Así fue que caímos en el Forastero… 

5

 El asunto se olvidó pronto. Después de todo Rosa María no era una mujer de otro mundo. Era tan escuálida como lo debía ser a los quince años, y tan poco interesante como la hija de una madre que no sabe leer ni escribir. Me quedé con las ganas. Jamás volví al Papagayos. Definitivamente no iba a volverme un luchador. Y cuando las madres de las tías tienen ideas como aquella, es mejor alejarse. Aquella es la vez que he estado más cerca del matrimonio. He jurado no casarme y en una noche estuve a punto de hacerlo con una desconocida. La vida es una rueda de la fortuna. Nuca sabes qué ocurrirá y eso, tío, es lo único por lo que vale la pena vivir. Por la incertidumbre del día siguiente, la hora siguiente, el minuto siguiente. La vida es insoportable cuando sabes exactamente qué va a pasar. Enserio. 



5 comentarios:

  1. es increible que en algunas partes de mexico aun siga existiendo esa clase de personas que piensasn que lo mejor es vender a sus hijas con quien sea!!! es cierto lo que mencionas, pues yo fui a oaxaca y alla se da mucho eso de casar a las hijas por un futuro para ellas, me encantan tus textos!!!

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  2. Muy bueno el blog, te dejo el mio

    http://basta-fuerte-radio.blogspot.com/

    Nos leemos, saludos.

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  3. Muy buena historia!!! pero pense que ibas a hablar mas de la norteña!!! quiero saber de ella!!!!!!!

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  4. PERO YO TAMBIEN KEDE KON LAS GANAS DE KONOCER A ROSA MARIA..
    ESTA MUY BUENO GRACIAS

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  5. Recuerdo un texto donde describes a la norteña de los ojos verdes y es fabulosa esa parte, ella debe sentirse orgullosa de que un hombre como tu la trate tan bien!!! ojala alguien pensara eso de mi!!! =) eres único a pesar de todo!!

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