domingo, 14 de noviembre de 2010

Durango.

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Estaba harto de todo. De todo. Así que hice las maletas y me presenté al curro. Caminé hasta la oficina del jefe. Los tacones de mis viejos zapatos hacían eco por toda la sala. Caminaba pensando en lo inevitable: perderé el trabajo. Entré a la oficina. El cabronazo estaba mirando algo en el ordenador. Siempre hacía aquello y se decía muy ocupado. Alzó la mirada y con un gesto me dijo: qué quieres, Petrozza, ¿no ves lo ocupado que estoy? Se lo dije: me voy de la ciudad. ¿Cómo?, preguntó. Me voy de la ciudad, repetí y balanceé las maletas para enfatizar. No se lo creía. Tuve que repetirlo varias veces. Causa de fuerza mayor, dijo, o… ¿personal? Personal, contesté. No era la mejor respuesta pero era la verdad. Luego de digerirlo contestó: bien. Y regresó la mirada al ordenador. No me lo podía creer. Me dejó partir sin trabas. ¡Petrozza!, gritó cuando salía de la oficina. Ajá, dije. ¿Cuándo vuelves?, preguntó. Lo dudé un par de segundos. No sé, dije. Bien, dijo. Y sacudió la mano para que me largase. Al cabrón le daba igual si volvía o no. No soy un buen elemento pensé, es igual si vuelvo o no. Tomé las maletas y me fui a un bar. Un trago antes de partir, me dije. Pero se me pasaron los tragos y acabé en casa. 

 Al día siguiente compré un boleto y me fui a la central camionera del norte. Mi destino: un par de hermosos ojos verde. Unos meses ha conocí a una tía por Internet y me sedujo. No quiero decir sexualmente. Era una mujer inteligente. Charlábamos largas horas de la madrugada y existía entre ella y yo una conexión extraña. Es como si ella, la norteña de los ojos verde, fuese la única mujer, el único ser humano, capaz de entender mis palabras. Yo era un tío solitario y ella mi isla refugio de la sociedad. Me encariñé tanto. Para ese entonces yo la había mirado un par de veces. Vino a la ciudad de México un par de veces y pude palpar la existencia de tan grato ser. Y pude mirar el bellísimo par de esmeraldas que llevaba por ojos. 

 Las salas de espera son el peor sitio para esperar, pensaba mientras esperaba en la sala de espera de la central camionera. El camión partía a las diez de la noche pero yo había llegado tres horas antes. La enorme anticipación reflejaba las ansias enormes de ver a la norteña. Me busqué un asiento, coloqué las maletas y fui a dar una vuelta. No encontré nada interesante. Compré un periódico: El Sol de México, o algo, y resolví el crucigrama. Jamás leo noticias. Me importa un bledo que el mundo se esté yendo a la mierda. Pero la diversión duró poco. Me saqué un libro de la maleta: Crucero de verano, de Truman Capote y leí. No pude evitar mirar en Grady, la personaje principal, la imagen de mi amiga del norte. No estoy seguro pero creí encontrar entre ellas un nexo etopéyico. No estoy seguro porque los sentimientos nublan la objetividad de mis juicios. Posiblemente no se parezcan en nada, pero yo, de alguna manera, creo que sí. Ambas son extrañas. No extrañas despectivamente, sino extrañas bellamente. Poseen esa rareza sublime que las coloca a distancia, encima de lo cotidiano. A cada línea de Capote yo descubría una semejanza y un deseo de decir: te entiendo, Grady, conozco alguien como tú. Y por supuesto, así funciona la mente, yo me veía reflejado en Clyde. Debo dejar algo claro: mi relación con la norteña de los ojos verde no iba por el lado de follar, ni por el lado del amor. Del amor, sí, quizá, pero no de un amor convencional ni conyugal. Yo amaba las pláticas con ella. Amaba la sensación de compañía. La norteña estaba más cerca de mí, desde la distancia, que todos los seres cercanos de mi existencia. Caminaba por las calles del centro de Tlalpan y no pensaba en nadie sino ella. En algo que dijo, o algo que expresó. Solía ayudarme con eso de la psicología. Me daba consejos o me decía las cosas que escapaban a mi corta vista. Era la única mujer que yo trataba como a un semejante. Normalmente las mujeres me sirven para dos cosas: acostarme con ellas si se dejan, o con otras si no. Pero la norteña era una mujer superior. Distaba mucho de la mujer común. Y del hombre común. Sí ella decía: odio a la gente, y lo decía con frecuencia, realmente odiaba a la gente. Era auténtica. Sincera. Y la autenticidad y la sinceridad son cualidades que yo valoro por sobre todas las demás. Así que ansiaba llegar a donde ella, abrazarla, y beber cerveza a su lado. 

 Y eso hice. 

2

Había noches de longevas farras que llegaban a extenderse por un día o dos o incluso más. Donde de algún modo surfeaba los estragos del alcohol en el cerebro. De punta a punta de la borrachera lograba mantener los sentidos rozando la cordura. Y también, había noches, terribles, donde bastaban diez cervezas para acabar conmigo. Beber es una Montaña Rusa. Con sus altas y bajas y sus curvas donde crees morirás. Pero al final nunca mueres y otra vez a la montaña. Ese es el problema de ser un bebedor empedernido. ¡Ese es mi problema!, le decía a la norteña alzando los brazos y caminando de un lado a otro de la habitación. No importa lo mal que te sientas esta noche. Regresas. Siempre regresas. Y nunca sabes a ciencia cierta dónde o cómo acabarás la farra siguiente. Es un infierno interesante. El alcohol es un método de auto-exploración. Para beber hay que tener cojones. Enserio. Y resistencia. Beber exige cierto talento porque a la larga lo exige todo. Hablo de verdaderamente beber. Dejar el curro por un trago. Dejar a tu mujer por un trago. Dejarlo todo y saber que sólo estás tú y el alcohol en batalla feroz e interminable. La lucha del thanatos. ¡Ese es mi puto problema! La norteña decía cosas pero las olvidé todas. Lo primero que hice llegado a Durango fue pedir al novio de la norteña detuviera el auto en algún sitio con venta de cerveza. Pensaba comprar seis latas de Tecate para pasar el rato pero el cajero del establecimiento me ofreció catorce latas por noventaiocho pavos y eso no podía dejarlo pasar. Así que regresé al auto y por la ventanilla pregunté a la tía del norte si tenía nevera en casa. La pregunta era estúpida pero no tanto. Yo pasé algún tiempo de la vida sin nevera ni frigo. Ella recién se había mudado así que probablemente, no tuviera. Gracias a Dios, tuvo. Claro, contestó desde dentro del automóvil. Llegamos a casa con catorce hermosas cervezas de las cuales bebí diez con desesperación. Esto ocurrió a las once de la mañana. Yo venía terriblemente seco. Pasé un viaje de doce horas en carretera en el autobús más incómodo de los autobuses cómodos. La comodidad cansa. Doce horas de respaldo reclinable joden la espalda. Así que le pegué duro al trago. Pero esta vez, ganó la batalla. No recuerdo cómo llegamos a la parte donde me acuesto en cama, la cama de la habitación asignada para mí, y todo da vueltas. Yo estaba acostumbrado a episodios como aquel así que no le di importancia. Sin embargo había algo que sí me importaba: ¿te ofendí de algún modo?, pregunté a la norteña unas horas después cuando todo había pasado. Tuve que vomitar para calmar un poco la cosa. No, dijo, de ninguno. Me conocía lo suficiente para saber que una vez alcoholizado yo era capaz de todo. El respeto que sentía por esta mujer era firme. Tanto, que incluso dejando de ser yo y siendo el homúnculo en que me convertía al beber, la respeté. Yo era el más impresionado. No traté de ligarla, ni la ofendí de ningún modo. Repito: ya olvidé todo. Tenía que asegurarme así que pregunté algunas veces más: ¿segura no hice nada malo? Y no sé si no lo hice o prefirió callarlo. No, segura, nada malo, dijo. ¿Entonces qué diablos hice?, pregunté. Me explicó cómo me puse a decir un montón de cosas. De intimidades. De miedos. De la infancia. Me desnudé el alma con ella y yo no lo recuerdo. 

 A las seis de la tarde fuimos a comer. A las seis de la tarde yo había pasado el proceso completo. Me había emborrachado, había pasado la resaca, y tenía nuevos bríos de beber. Era un ciclo. La Montaña Rusa.

 3

El novio de la norteña de los ojos verde: Enrique, resultó ser un tío amable y buena compañía. Yo sabía que ella tenía un novio, y sospechaba que sería hostil. Ya se sabe: los novios de las tías no ven muy bien que uno las quiera o que las visite o duerma en sus casas y todo eso. Pero Enrique era a la mar de tranquilo. No se alucinaba con intenciones maliciosas que yo definitivamente no tenía. Y también le gustaba el trago. O sea que lo pasamos bien. Me dijo: te llevaré a conocer todos los bares de mala muerte de este rancho. Ya, dije, muy bien. Todo estaba saliendo de maravilla. La norteña era una mujeraza y Enrique, un colega de farra. ¿Se podía pedir más? 

 La norteña vivía en una agradable casa donde también vivía Enrique, o se quedaba algunos días. Nunca lo entendí bien. Él trabajaba y estudiaba al tiempo. Estudiaba química o una cosa así. Hay cosas a las que no presto demasiada atención. Supongo lo repitió más de una vez pero no puse mucha atención. Era una licenciatura en algo relacionado con la química y los alimentos. Deseaba crear un helado sin azúcar y forrarse de pasta vendiendo eso. Los sueños de las personas siempre me parecen de lo más extraño. Y ella, la norteña, no hacía nada. No estudiaba. Se había graduado ya en psicología. Y no trabajaba. Era justo el estilo de vida que amo. Tanto ella como yo despegábamos el ojo a la hora que nos daba la gana. A la una, las dos, las tres, las cuatro. Tomábamos una ducha y al anochecer comenzábamos el día. Era una buena vida. Yo no pagaba alquiler ni nada. Realmente era buena la vida así. Enrique sin embargo se levantaba muy temprano y se largaba al curro o al colegio y cuando acababa de todo ello llegaba cansado a casa. Nosotros continuábamos dormidos o recién nos levantábamos. Enrique era un bien tío. Preparaba la comida y lo hacía exquisitamente. Luego de comer, la norteña y yo tomábamos un siesta si nos apetecía o mirábamos la T.V. Tenía televisión por cable. Yo jamás he tenido televisión por cable. Había todo tipo de transmisiones. Documentales y cosas. Pero al final era lo mismo: pura mierda eso de la T.V, me jodía mirarla luego de algunos minutos. O cogíamos algún libro. El bueno de Enrique regresaba al curro o al colegio según el caso. Dormíamos, comíamos y bebíamos al son de nuestros antojos. Repito: era una buena vida. 

4

Salud, dije a la norteña chocando una lata de Tecate contra la lata de Tecate que ella bebía. Salud, contestó haciendo lo suyo con las latas. Saludo, dije a Enrique y contestó el brindis de la misma forma. Bebíamos en casa. La casa tenía una barra en la cocina y bancos, como la barra de un bar y eso me sentaba bien. Habíamos comprado cerveza en una tienda clandestina. Eran las doce de la noche y ya no venden cerveza a esa hora en Durango. A partir de las cuatro de la tarde se para la venta de alcohol. Un puto desastre, claro, y se debe recurrir a los servicios de sitios ocultos. Se llaman ventanas, dijo Enrique al explicarme dónde, cómo y porqué compraríamos las Tecate en otro sitio que no fuese la tiende de conveniencia usual. Literalmente era la ventana de una casa por donde corría la cerveza. Era sencillo. Fuera de una casa había dos o tres tíos esperando o a los compradores que llegaban en autos o en zapatos y pedías lo tuyo y te lo entregaban en pocos segundos, como si de droga se tratase. Aunque aquello estaba penado por la ley uno podía darse cuenta sin demasiada inteligencia del asunto. Un niño de cinco años sabría que allí, en esa casa, venden cerveza de noche. Todo Durango lo sabía excepto la ley. Que no quiere decir que no lo supiera. La policía siempre desconoce las cosas más obvias del delito. Lo que es una maravilla porque de saberlo la justicia no podríamos beber en paz. 

 Enrique encendió un cigarrillo y yo encendí otro después de él.  Yo estaba acostumbrado a fumar como una condenada chimenea y él no se quedaba atrás. La mayoría de las veces era así: él encendía un cigarrillo y yo luego otro. Le seguía el ritmo sin dificultad. Me sorprendió que alguien fumase tanto como yo. La mayoría se piensa que moriré antes de la vejez. De cáncer. Es grato encontrar a otro que le importe tan poco como a mí eso del cáncer y eso de morir. Primero te llevaré al Papagayos dijo Enrique echando humo por la nariz. Ya, dije yo, ¿y qué diablos es eso? Una cantina de mala muerte, contestó. Tanto la norteña como él se habían leído algunos de mis textos y sabían lo mucho que amo aquellos sitios retorcidos. Luego iremos a La Chiquita, continuó Enrique. Era otro bar de almas atormentadas. Yo amo esos sitios porque en ellos encuentro la paz. Carecen del bullicio idiota de los bares de moda, y porque a ellos asiste gente sin alma que está dispuesta a todo porque no tiene nada que perder. Bien, dije, entonces al Papagayos y luego a La Chiquita. Enrique asintió con la cabeza. La norteña hacía recomendaciones. Llévalo a donde te llevó mi papá, decía. El padre de la norteña era un viejo adinerado que gustaba de emborracharse desmedidamente en sitios oscuros. Era justo como un hombre debe ser: duro, cabrón, adinerado y bebedor. Terminado iremos a... continuó Enrique y mencionó dos o tres lugares más cuyos nombres no recuerdo. Y al final dijo, iremos al Grecos. ¡Al Grecos!, expresó asqueada la norteña. El Grecos es un bar nudista de la peor categoría, si es que tiene alguna categoría. Cuando me lo dijo Enrique pensé Dios, ¿por qué esperar al final?, vayamos ahora mismo. Pero Enrique planeaba hacer el recorrido en orden y planeaba para el gran final un bar nudista. O sea que yo estaba ansioso de terminar la cosa. 

 Mientras tanto me dedicaba a holgazanear y beber todo el tiempo que no dormía. 

 Así fue como empezó mi travesía por el oscuro Durango… 


2 comentarios:

  1. Oh!!! fuiste a Durango!!!! La norteña es esa que sale en otro escrito no??? que dices que es tu amiga virtual??? la fuiste a ver!!! que bien!!!!!!! Me cae bien la describes como una mujer muy interesante !!

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  2. "Era justo como un hombre debe de ser: duro, cabrón, adinerado y bebedor" Cierto, así deben de ser.

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