viernes, 15 de octubre de 2010

Todo va mal.

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Estaba en casa de mi novia. Madre había salido a enterrar a su hermana y mi novia no quiso enterrar a la tía y aprovechamos la ausencia para follar en cama. En una buena cama, quiero decir, no como mi viejo sofá. Lo hicimos unas dos veces y sentimos hambre. Le dije prepara algo pero andaba floja y me pidió ordenara una pizza. No tengo dinero para una pizza, dije. Me reclamó que nunca tuviera dinero para nada y que no me importara. Busca un trabajo, dijo. Nena, dije, eso no va conmigo, yo escribo, soy escritor; ¡los escritores no trabajamos!, ESCRIBIMOS. Me sentí un gilipollas. Me dijo algunas verdades y realmente me sentí un gilipollas. Ella siempre conseguía trabajos; en museos, en edificios y cosas y cargaba más plata que yo a sus diecisiete años. Estudiaba la preparatoria e ingresaría a la licenciatura en Derecho y sería una buena abogada y yo sentí que toda la vida sería el mismo jinetero de mierda. Prometí buscar trabajo luego de discutir un rato. Ella preparó un par de tortas y comimos en el jardín. Con la comida me dio sed. Se me antojó un whisky en las rocas o una cerveza y se lo dije y se enojó y me trajo un vaso con agua. Mierda, dije, no soy perro; el agua está bien para los perros pero los humanos bebemos o whisky o cerveza o ron o caña o pulque… Sus muecas me hicieron callar. Linda, le dije. Bonita, hermosa, princesa… Se fue y regresó con un par de Tecates. Bendita seas, dije. Sólo una, dijo, estás mal del hígado. Ya, ya, deja el hígado, ya pasó, ando como nuevo. Mirá piba, vos sabés si un buen hígado resiste esto, andá, dale… La incité a pegarme en el hígado. No quería hacerlo pero lo hizo, dio un golpecito y luego otro más duro y me hice el macho pero la verdad me dolió bastante. No por el hígado sino porque enserio le dio duro. Bebí la cerveza de un jalón y dije: no seas molona esto no es nada, tráete un docepack. La abracé, la besé, le declaré mi amor y finalmente la convencí y regresó con doce buenas cervezas, unos Delicados y papas fritas. Me bebí la mitad de la caja en lo que ella bebió una; daba pequeños sorbitos y no avanzaba con su lata. Mejor, pensé. 

 A la octava cerveza llegó la madre. Había dicho a mi novia se quedaría donde la hermana y no llegaría. Pero así era madre, una arpía y estoy seguro como se lo dije a mi novia, lo hizo a sabiendas de todo. O sea que madre sabía perfecto que regresaría el mismo día y que de alguna manera, mi novia estaría enrollándose con alguien. Quería atraparla en el acto. Y por sobre todas las cosas, quería atraparla conmigo. Suegra me odiaba a muerte. Decía tú perviertes a mi hija. Decía eres un borracho patán. Decía deberías estar trabajando y no bebiendo y trastornando a mi hija. Deseaba atraparla conmigo para levantarme una demanda por estupro o algo. Ya me lo sospechaba, la hijaputa no podía dejar sola un segundo a su hijita. Me armó un drama. Me pegó y estuve a punto de caer. Mi novia me defendía pero temía enfrentarse a madre y no lo hacía bien. Tomé las cervezas restantes y me largué indignado. Al coño señora, su hija no es monja, sépaselo, y deje de entrometerse en nuestra vida, le dije. No sabía qué más decir y me largué. 

  Caminé hasta el centro. Frente al mercado de la Merced. Me senté a beber mis cervezas y me olvidé del asunto. Unos policías pasaron y me echaron bronca. Ya, les dije, no tengo a dónde ir. No se apiadaron, me querían sacar pasta. Resistí hasta el final. No tengo pasta, decía, no tengo un centavo. Me lo creyeron. No era difícil creerme algo así. Entendieron que no lo lograrían y se largaron. Me tuve que mover de allí. Caminé hacia la avenida de las putas, ya iba sabroso, bebido, deseoso de acción. Saludaba a las señoritas de la noche como todo un chulo, algunas se lo creyeron y me dieron ánimos. Me acerqué a una teñida y la llevé al hotel. Llegando a la ventanilla del hotel me pidió plata y le dije no te andes con pavadas no sabes quién soy yo. Soy amigo del Juano, dije. Me lo inventé pero mostré seguridad. No le importó. Dijo: ¿y a mí qué?, o pagas o te largas. Me rasque los bolsillos y junte ciento cinceunta pavos. La tarifa es ciento setenta el polvo, dijo. Ya, dije es todo lo que tengo, lo tomas o lo dejas. Lo tomó y entramos al cuarto. Dentro me preguntó muchas cosas pero no la dejé hablar. Le metí la verga a la boca. Se calentó porque la rudeza es irresistible a las putas. La desvestí a jalones de ropa y me fui directo al caño, es decir al culo, al ano, y me vine rápido. Gritaba: por atrás cuesta doble, por atrás cuesta doble. Le di un par de cachetadas. Ella también estaba cansada por el esfuerzo y caímos en cama. Acostados boca arriba me sacó la pinga y me la jaló un rato. ¿Siempre eres tan patán con las mujeres?, preguntó. Las respiraciones volvían a su ritmo normal. Yo le sobaba el chocho. No siempre, dije. Me debes ciento setenta más, dijo. Dios, dije, quedamos ciento cincuenta. Vale, dijo, me debes ciento cincuenta más. Verás, contesté, no tengo un quinto. Tomé la billetera del pantalón que había aventado junto a la cama y le mostré. Pues más vale que consigas porque si no… Ya, dije, calma, dame una hora y los tendrás. Dudó. Te dejaré mi credencial. La saqué de la billetera y se la di. La metió en su bolso. No sé para qué la quería. Así perdí mi credencial. Más tranquilos me preguntó quién era Juano y quién era yo. Le dije olvidara todo eso, sólo quería follar. Se enojó mucho pero le dije, ya ya, y le di una serie de cachetadas suaves y le cogí las tetas.  Abrí las piernas de la puta y metí la polla al coño e hicimos el sexo como dos amantes que se aman: de misionero. Tardamos mucho y el hotelero puso cara de asombro al vernos salir con amplias sonrisas y tan amigos. Le dijo: luego te cuento Rubencito, y nos fuimos a la calle. 

  Nos despedimos y me fui a sentar cerca de dos putas gordas. Casi no hay putas gordas pero estás no tenían decencia y enseñaban las panzas y las tetas bovinas sin pudor. Literalmente andaban con las tetas de fuera y las panzas y les dije, coño, señoritas, más respeto. Se reían como lerdas lo que me incitó a molestarlas, les dije: mierda, no follaría con ustedes aunque me pagaran. No se ofendían, seguían riendo y me agrié y les dije, venga, nenas, si me compran un whisky les doy palo la noche entera. Se rieron otra vez y la ira se apoderó de mí. Hubiese preferido me acuchillaran allí mismo. La sangre se me enfrió cuando una sacó un vasito con ron y me dijo, dale, dale.  Le di un buen trago, me lo tomé al hilo y regresé el vaso vacio. No dijo nada, mierda, se rió y la otra obesa sacó una botella de a cuarto y sirvió otra vez en el vaso. Me lo ofreció y pensé, ¡mierda!, ¿son de otro planeta? Como sea agarré el vaso y me lo tomé al hilo otra vez y me dieron otro y otro y me sentí mareado y las gordas comenzaron a caerme bien y reía con ellas y hacíamos chistes y las abracé y le agarré las tetas y les dije, señoritas son ustedes dos ángeles del cielo y pavadas. 

  Entonces no supe cómo pasó. Desperté no sé dónde sin playera, sin zapatos y sin un centavo. No tenía un centavo, cierto, pero quiero decir, ¡me robaron las malditas gordas! Tenía la espalda arañada de las ramas del baldío donde me aventaron. Me levanté y caminé al metro más cercano: el Rosario. Ya había estado allí algunas veces y supe regresar a casa. Pasé por unas vías de tren y brinqué sobre los tronquitos que ponen entre las vías; eso lo hago desde niño. En la infancia viví cerca de unas vías, las de Ferrocarril Hidalgo, y me iba brincando todo el camino o hacía equilibrio en una vía y caminaba sobre ella. Me gustaba mucho. Esa vez también me gustó pero no tano porque andaba descalzo y las piedras que también ponen siempre entre las vías se clavaban de vez en vez y mejor dejé aquello y caminé por el pasto. Pensé en cuando niño deseaba seguir la vía del tren hasta el final y creía me llevaría a otro mundo, un mundo mejor, más bonito y lleno de juegos y de gente y otros niños y perros; me gustaban los perros. Había helados y mucho chocolate y les contaba a otros niños y ellos incluían extraterrestres; yo no porque me asustaban, aún me asustan los cabrones, por las sondas anales y eso. 

  Tomé el subterráneo y tardé horas en regresar a casa a tirarme al viejo sofá. En el camino la gente fue hostil porque iba de torso desnudo y pies descalzos y llegué con los pies rotos, desanimado. Pensé en un poema que no recuerdo bien pero dice algo así: mí cansado cuerpo no puede más con mi alma ensangrentada. Nunca fui creyente y no comprendía bien la parte del alma pero sabía que era como un dolor en el pecho, en el estómago, en las entrañas, de muy adentro; una vocecilla diciendo todo va mal, no juegues, todo va mal, cambia, todo va mal, todo va mal; y a veces: todo va bien, calma, el momento llegará. 



5 comentarios:

  1. Despues de la tormena viene la calma tranquilo!!

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  2. jajajajaja inspirador!!

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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