lunes, 25 de octubre de 2010

La prueba de Carolina.

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Amor, ¿podrías lavar los platos, por favor? Dijo Carolina desde la ducha. Estaba por tomar una ducha y me pidió aquello. Y con pedir, cuando hablo de Carolina, quiero decir: me ordenó aquello. La primera vez que lo dijo no contesté. La primera vez lo dijo casi con dulzura. Pero yo fumaba un cigarrillo recostado en el viejo sofá y no me daba la gana mojarme las manazas. No era otra cosa. Sólo no me daba la gana mojarme las manos. ¡Amor!, gritaba Carolina. ¡Amor, puedes lavar los platos mientras me ducho? Yo lanzaba aros de humo al aire, consternado. Lo único que deseaba en ese momento era que Carolina se callase de una buena vez. Definitivamente no me daba la gana lavar nada. ¡Cabrón, sé que me estás escuchando, LAVA LOS PLATOS! Me levanté a echar un vistazo al asunto de los platos, sin contestar a Carolina que se volvía loca de coraje en la ducha. ¡Si cuando salga de aquí no están los platos limpios, VAS A SABER QUIÉN SOY!, gritaba ella. ¡Ya, grité, ya sé qué clase de arpía eres! Abrí el grifo y dejé correr algo de agua. Moví un par de trastos y el estropicio de esto llegó hasta oídos de Carolina. Se creyó que había obedecido. Para no meter las manos al agua había tomado un volteador sucio y con él moví los trastos. A propósito. Para hacer ruido y crear la ilusión de “hombre trabajando”. Dejé el grifo abierto y movía la cosa de vez en vez mientras fumaba un cigarrillo. Cuando creí era suficiente, me largué. Me metí a los zapatos y me largué. 

 Un dantesco viento helado me dio de lleno en el rostro y casi desisto de salir. Tenía dos opciones: soportar el viento y beber un trago, o no soportar el viento y soportar al monstruo de Carolina y los trastos. Fue una decisión de medio segundo. Era sencillo. La vida va de tomar decisiones, a cada minuto tomas decisiones, dicen los gurús de la superación personal, y mi decisión era tan simple que hasta un gilipollas sabría las ventajas que representa beber un trago sobre lavar trastos. Me abracé y caminé en contra del viento hasta La Puerta Negra

 Bebí algunos tragos. No los suficientes. La pasta que me cargaba nunca era suficiente para saciar mi sed. Y aquella noche no fue precisamente una buena noche. No hubo acción. Entré al bar, me senté, bebí mi alcohol, y regresé a casa luego de tres horas. Carolina me recibió con un: ¡cabrón de mierda, dejaste el grifo abierto. Ya, dije, qué grifo, de  qué coños hablas. ¡El agua estaba por todas partes!, gritó extendiendo brazos y piernas para mostrar lo mojada que estaba la pobre. Estaba algo mojada. No era para tanto. Ya, dije, lo siento, no me di cuenta. Carolina se soltó con un rollo tipo a ti no te importa nada, siempre es lo mismo, etc. Y remató: ¡no lavaste los platos! Verás dije, los dejé remojar un poco, para quitar la grasa y eso… ¡Idiota!, dijo, ¡un poco te parecen tres horas? Me descalcé y me fui a la habitación. Ya no contesté nada. No deseaba una pelea, venía no lo suficientemente borracho y eso, es peor que venir terriblemente borracho. Las cosas te dan vueltas y sientes el sopor del alcohol en tus venas. Pero no estás borracho. Estás jodido. Carolina se fue tras de mí gritando un sinfín de cosas. Mientras me desnudaba me gritaba cosas. Cuando entré a las sábanas no dejó de hacerlo. No paraba de gritar cosas y cosas. Entonces se lo dije. Lo hice sin pensar. Dije lo primero que me vino a la mente: Dios, eres como una vulgar mujer de vecindad. Le cayó como balde de agua fría. Enmudeció. Se lo tomó enserio. Se lo pensó unos segundos y se calmó. Se recostó a mi lado sin decir una sola palabra y luego prometió cambiar. Yo no le creía en absoluto porque lo habíamos discutido cientos de veces, eso de cambiar el carácter. Sin embargo esta vez fue enserio. Supongo le disgustó verse a sí misma como una esposa insoportable. Todo eso estaba muy lejos del cuadro que pintamos sobre nosotros al inicio de nuestra relación. Yo lo soportaba porque soportarlo era el único modo de gozar de los encantos de esa mujer.  Y vaya que los tenía. Encantos. Era una mujer tremendamente bella con un carácter de mierda. Era una mujer dilema. Tenía ganas de largarla, tantas, como tantas ganas tenía de pedirle no me dejara nunca. Un dilema de mujer. 

2

Carolina comenzó a suavizarse. La histeria no se apoderaba de ella a cada llamada o por cada cosa que hacía mal, o incluso bien. Porque las mujeres suelen tener problemas hasta con lo que haces bien. Si llamaba a Carolina al móvil para preguntar qué tal, se cabreaba pues según ella eso eran acciones de un hombre posesivo. La verdad es que no hay hombre menos posesivo que yo, pero así se lo tomaba ella. Y si no llamaba, no te importa lo que me pase, dónde esté o si me matan, decía. Así que antes de llamar me lo pensaba más de cinco minutos. Si llamas, eres un celador empedernido, me decía, y si no, un desinteresado de mierda. Era un lío. Carolina me ponía los pelos de punta. Enserio. Pero el caso que comenzó a suavizarse. Nuestra relación se tornaba ligera, sana y encantadora. Discutíamos lo suficiente para arrancar un buen polvo y nada más. Podía pasearme por la ciudad sin las famosas llamadas de advertencia y amenaza. Te dije que Caro es un encanto, señalé a Verónica. Verónica estaba aferrada a separar nuestra relación. No es un encanto, está fingiendo, decía Verónica, algo trama, no me fío. Ya, contesté, es un verdadero encanto de mujer. Pero jamás logré convencer de ello a Verónica, ni a nadie. No me importaba, lo había superado. Carolina podía ser la arpía más despiadada y sargento del mundo, pero era mi arpía, y la amaba. Hay hombres que aman a mujeres gordas y tiernas, ¿por qué yo no podía amar a una mujer hermosa, látigo? 

Hacíamos el amor frecuentemente. Carolina expresó desde el principio de la relación, que no deseaba, por sobre todas las cosas no deseaba, quedar embarazada. Y yo lo expresé también. No deseaba, con todas mis fuerzas no deseaba traer  un crío al mundo. Un pequeño cabroncito que no se sabe dónde o cómo acabará e inevitablemente yo tendré la culpa de su suerte. No importa si ya eres un adulto, todo tu carácter, que se traduce en todos tus éxitos y fracasos, son el resultado de la educación recibida por tus padres. Y no quiero decir académica, sino social, psicológica, etc. Así que de algún modo, sí, nuestros padres son responsables de nuestro presente. Yo no recrimino nada a los míos, pero no soportaría ser el factor que determine la vida adulta de un hijo al que definitivamente no deseo. Así que ambos estuvimos de acuerdo en cuidarnos hasta el cansancio con eso de los anticonceptivos. Usábamos toda clase de ellos. Tanto ella como yo. Nuestro miedo a procrear superaba el miedo común de la gente a cualquier cosa. Sin embargo, el miedo no impedía que folláramos más de quince veces por semana. O más. Todo el ciclo sexual de nuestra relación marchaba perfecto. Como un disco de fuego que gira a la velocidad exacta para no parecer un disco de fuego que está en movimiento, sino un anillo de luz hermoso. Reñíamos sabiendo que reñir un poco nos dejaría en el punto óptimo para incrementar nuestras aptitudes en la cama. Te amo, le decía a Carolina cada que me vaciaba en ella. Y ella me lo decía todo el tiempo. Todo el tiempo que durase el acto, por supuesto. Fuera de él se comportaba como un sargento mal hablado que ordena, humilla, castiga y reprueba todas las acciones, buenas o malas. Como un sargento imposible de complacer. Pero de algún modo, lo hacía sin caer en el hartazgo. Con cierta gracia, si eso es posible. 

3

Carolina no mencionó nada. Se mostraba linda y alegre, cada vez más. Incluso llegó a ser complaciente. ¡Complaciente! ¡Carolina! Dios, realmente pensé que todo iría estupendamente de ahora en adelante. Aceptó acompañarme a una reunión con mis amigos. Yo no solía invitarla a dichas reuniones, y ella no solía permitir que yo fuera. Me llamaba al móvil y me sacaba de donde sea que estuviese a base de chantajes, reclamos y amenazas. Pero ha cambiado, pensé. ¡Ha cambiado!,  dije a Verónica Pinciotti. Aquel sábado lo pasamos en casa todo el día e increíblemente mantuvimos un ambiente de paz y armonía. Yo escribía sobre la mesa y ella hacía cosas aquí y allá, sin gritar, sin ordenar, y sobre todo, sin interrumpir. Ahora el acto de escribir ya era en mí un hábito. Carolina lo había logrado. Escribía un artículo para un periódico argentino que requería algunas alabanzas y halagos a los escritores de su país. Yo me decidí por Macedonio Fernández. Lamería un poco las botas de aquel cabronazo y me ganaría un giro por cuatrocientos pavos. Tenía a la mano Manera de una psique sin cuerpo, algunos diccionarios de regionalismos argentinos, diccionarios de la lengua española, y un pequeño compendio de literatura bonaerense. Al artículo lo titulé: Estudio filosófico sobre la metafísica de Macedonio Fernández. Y lo era, es decir, era un estudio filosófico sobre la metafísica de Macedonio Fernández. Pero los muy hijo putas argentinos cambiaron el título por: Macedonio Fernández, símbolo de una nación. O algo así. La cosa con Carolina fue sobre la siguiente línea: Carolina: ¿Cómo va el artículo de Macedonio, amor? Yo: Ya, muy bien, lo terminaré en un par de días y pueden metérselo por el culo antes del miércoles. Carolina: vale, amor, ¿quieres un bocadillo? Yo: verás, me caería bien algo de whisky, hielos y un vaso. Carolina (riendo amigablemente): trabaja un whisky en las rocas. Yo: Dios, pensé que no te gustaba mirarme beber mientras trabajo. Carolina: una vez al año no hace daño. Yo: ya, qué bien, venga ese whisky. Después de un rato: Carolina: ¿quieres ayudarme con esto? (abría una lata de mayonesa. Preparaba un emparedado o algo). Yo: claro nena, dame eso. Ya se entiende: éramos una pareja feliz conviviendo estupendamente. Así que lo hice, la invité a reunirnos esa misma noche con Mr. Garrison, Verónica Pinciotti y Rey Hernández. Dudó un par de minutos y al final accedió. La cita era en casa de Garrison, al anochecer, como cada sábado. 

No dije nada a esos cabrones porque todos, probablemente excepto Rey, odiaban a Carolina. Y Carolina odiaba a todos y cada uno de ellos, probablemente excepto a Rey. Preferí llegar impuntualmente como de costumbre, y darles la sorpresa. Vaya si se sorprendieron. Alguna vez Garrison se negó a recibirla. Yo propuse llevarla con nosotros y Garrison lo dejó claro: a mi casa no entra esa mujer, dijo. La odiaban porque desde su perspectiva, esa mujer me hacía tanto daño, tanto mal, y me tenía como a un loco. No estaban equivocados pero no conocían el otro lado de la moneda: el increíble sexo con Carolina. El caso es que aquel sábado Garrison no tuvo el coraje para rechazarla. La dejó pasar a su casa. Ya estaba allí. Verónica, tiempo ha, tuvo un pleito con Carolina y de todos, era la que más le tenía desprecio. Cuando la miró entrar tragó saliva incómodamente. Ambas eran un par de cabronazas. Había que tener cuidado. Mucho tacto. No era improbable que de un momento a otro se fueran una sobre la otra como gatas en celo. Rey Hernández fue el único en decir hola cómo te va, Caro. Tenía un vaso de whisky en la diestra y un cigarrillo en la zurda. Bien, gracias, Rey, ¿y tú qué tal?, contestó Carolina. Se dieron la mano y eso fue todo. La bella Carolina ocupó un lugar en el sofá de la sala y hubo un mutismo compartido por todos los presentes. Yo trataba de romper la tensión. Me puse un whisky en las rocas y puse uno para Carolina también. Encendí un cigarrillo y con la primera bocanada dije: Ya, ¿cómo va todo? Lancé la pregunta al aire y la cogió Garrison: no avisaste venías acompañado. Lo dijo a manera de regaño. Ya, tío, respondí, no lo consideré importante, ¿es acaso esto un club secreto?, ¿debe uno avisar si viene acompañado y pedir contraseñas? Rematé: venga acompañado o no, es igual… No, interrumpió Verónica, no es igual. Sería igual si vinieras acompañado de quiensea, pero vienes acompañado de… ELLA, dijo despectivamente. Todos callamos y miramos a “ella” en espera de lo peor. Nos pensamos se iría contra Verónica con algún comentario sarcástico, ávido, mordaz y beligerante. Pero no lo hizo. Dio un trago al whisky  e ignoró el comentario de Verónica como si en verdad no le importara (o quizá no le importaba realmente), como si no le afectara. Y lo hizo tan impecablemente que Verónica pareció injusta. Dio la impresión de atacar a una inocente mujer, ingenua y tímida. Yo no lo podía creer. Nadie lo podía creer. Ni la misma Pinciotti. Carolina se comportó alegre, amable e interesante. Tanto tiempo ocupándose de mí como escritor la facultó para sostener conversaciones inteligentes ante el grupo, y ante cualquiera que ame la literatura.  Conocía los datos exactos de los géneros literarios, las características de estos y la vida y obra de sus máximos exponentes. Sabía discutir la diferencia objetiva y críticamente entre la literatura de Flaubert (a cuyo favor estaba Garrison), y la literatura de Henry Miller (quien era defendido por Verónica). O entre la literatura de Salvador Dalí y la literatura de los otros surrealistas. Recordaba a todos y cada uno de los surrealistas, dadaístas y demás. Conocía el nombre de todas las revistas literarias de la ciudad de México y algunos estados de la república. Incluso de algunos países de Centroamérica y Sudamérica. Se relacionaba con los editores de más revistas y diarios que el mismo Rey Hernández, reportero de nota roja. Hablaba inexpresivamente de todo esto, y parecía una directora editorial fría y experimentada, con el don de encontrar talento donde nadie lo halla. Habló bellamente del estilo narrativo de Raymond Carver, autor amado por Verónica, y con ello la ganó. Ni la misma Verónica que lee y relee la obra completa de  Carver pudo expresar tan elocuentemente dónde radica realmente el talento de dicho escritor. Garrison estaba impresionado. Siempre la miró como a una mujer imbécil que no lee más allá de novelas rosa y literatura de género. Bebía whisky escuchando atentamente cada palabra. Aunque al final de cada juicio emitido por Carolina no podía evitar algún comentario irónico o sarcástico, alguna corrección de un dato, una fecha o algo, sus ojos delataban un asombro que no cabía en él. Tanto Verónica como Garrison tuvieron que retractarse ante mí, de tanto insulto a la mujer de mi vida. Había demostrado ser bella, tierna, encantadora e inteligente, tal como se los advertí. Rey Hernández, que no tenía nada en contra ni a favor de la arpía de mi novia también quedó prendado  de ella cuando le declaró su afición al cine gore. Yo nunca la miré viendo alguna película de aquellas pero hablaba con soltura de los primeros intentos en el cine de Peter Jackson, Sam Raimi, la casa productora Troma, de la cual conocía todo el catálogo entero, etc., que te creías inevitablemente que era una experta. Yo mismo estaba sorprendido del derroche de cultura y conocimientos literarios, fílmicos, pictóricos y musicales que era Carolina. Ella y yo jamás entablábamos conversaciones así. Resultó ser amante de Paganini, Wagner, Puccini, Tchaikovsky y Rajmáninov. Sabía diferenciar entre un allegro y un molto vivace. Conocía los datos biográficos de sus compositores favoritos. Contó anécdotas de las aventuras amorosas de Richard Wagner. De sus amoríos de juventud, su matrimonio con Minna, de Matilde y de Cosima. Por si fuera poco, demostró a Garrison que la técnica pictórica impresionista de Seurat, Cézanne, Gauguin y demás pintores impresionistas, se debe a una miopía drástica por parte de Monet, Renoir y Manet, pioneros del movimiento artístico. No cabe duda, Carolina se llevó la noche. 

Llegando a casa tomé a Carolina de la cintura y le hice el amor pensando en ella como una diosa del amor, la sabiduría y la muerte. 

4

La belleza increíble de este cambio en nuestra relación, o mejor dicho en el carácter de Carolina, no duró demasiado. Incluso nuestra relación no duró demasiado a partir de esos momentos de éxtasis. Justo en el momento del paroxismo de nuestro amor, en el clímax, en el punto exacto  de la armonía, todo se fue a la mierda. ¿Cómo pudo pasar algo así? Eso me lo pregunté por tanto tiempo. ¿Cómo pudo acabar algo tan bueno, tan mal? Pues bien, un buen día volvió pronto del tajo y dijo necesitamos hablar. Ya, dije, hablemos. Pero no pudo, estaba nerviosa y dudaba decirlo. Ya, dije si no puedes hacerlo, no lo hagas. No le di importancia. Ya me lo dirás luego dije, y regresé a mi cerveza. Comenzó a molestarse. Pensé que eso se había acabado pero comenzó a molestarse sinceramente. Argumentaba desinterés de mi parte. Me defendí: es simple, amor, si tienes algo dilo, si no puedes, ya podrás luego; como el estreñimiento, si no lo puedes soltar ahora… No lo tomó muy bien. Se echó en cama y ya no dijo nada. Comencé a magrear con ella pero me detuvo. Ya, dije, muy bien, si ahora no quieres, ya querrás después. En ese momento yo no sospechaba siquiera la demoniaca estratagema de aquella bruja. Me había tragado entero el cuento de su amabilidad, etc. Dormía tranquilo sabiendo que al día siguiente estaría allí la mujer más hermosa del mundo, y no la sargento encabronada que solía ser. Y así fue durante un tiempo. Un corto tiempo. Hasta que pasó: 

Estaba en casa, recostado, pasando los estragos de una resaca, cuando sonó el móvil. Carolina había ido al supermercado. Solía hacer esas cosas cuando yo dormía. Por la mañana los domingos. Así que estiré la mano lentamente para coger el teléfono que estaba tirado en algún sitio del suelo, junto al sofá. Contesté y era Carolina. Sí, amor, ¿qué ocurre? Y lo soltó. No pudo hacerlo de otro modo. Tuvo que ir al supermercado y llamar desde allí para decirlo: ¡vas a ser papá! Dios, dije, no es verdad, si estás embarazada, no es mío. Sí señor, eso fue lo que dije. Literalmente. Así que ya se adivina la que se me armó. Cuando Carolina regresó hizo un drama. Pero no el estilo de drama al que estaba acostumbrado. Dijo cosas como: ¿crees que soy una puta? ¿Crees que me acuesto con más hombres aparte de ti? Yo expliqué lo siguiente: es imposible. Y lo era, Dios. Nos cuidamos tanto de no procrear que era imposible que ahora haya sucedido. Enserio. Además, Carolina sonaba muy contenta por teléfono y eso también era tan poco probable como el embarazo. Si fuese verdad, ella no estaría feliz. Ella más que yo repudiaba la idea de traer un niño al mundo. Así que algo no cuadraba. Pero Carolina insistía en que estaba embarazada. Según ella había realizado una prueba en el supermercado y sí, efectivamente estaba preñada. Ya, dije, muéstrame la prueba. No lo hizo. Dijo la tiró, no era necesario, ¿qué no bastaba su puta palabra? Yo no me lo creía. Verás, dije, entiendo, puede ser que estés en estado pero en verdad, no puede ser mío. De algún modo yo lo intuía. Si acaso los hombres tenemos algo de instinto paterno, mi instinto paterno me decía tú no eres padre de nadie. Carolina se cabreó y se largó. Esta vez fue enserio. Se largó. No tomó sus cosas ni nada, sólo abrió la puerta, salió… y se fue…

5

Pasé todo la semana pensando en el asunto. Lo que yo quise decir es: amor, no puede ser posible. Ella entendió que yo me desligaba de mis responsabilidades. No hay cosa más alejada de la verdad. Si Carolina me daba un hijo, por supuesto lo hubiese criado. Amaba a Carolina por sobre todas las cosas. Solo que no me lo creí. No me dejó respirar. Lanzó la noticia y se largó. A la semana siguiente volvió por ropa y cosas. Se mudó con su madre o algo y traté de explicarle de nuevo. Pero era necia. Era de las mujeres que cuando toman una decisión, aunque estén equivocadas, no se retractan. Así que la perdí. En un segundo. No tuve tiempo de reaccionar y decirme: la has perdido. Supuse se le pasaría en un tiempo. Quizá un mes, pero se le pasaría y volveríamos a estar juntos. No fue así.

Lo peor del asunto es que mes con mes yo telefoneaba a esa mujer para pedir que por el amor de Dios y de todos los santos, regresara conmigo. En verdad la necesitaba a mi lado. Me había acoplado tanto a ella que me daba temor pensar que no estaría conmigo nunca más. Dejé de escribir y le pegué al trago tan duro que casi muero. Desorganicé mi vida tanto que apenas y recuerdo aquellos meses de angustia. Mes con mes llamaba y mes con mes era lo mismo: lo siento, ya no te amo. ¿Cómo que ya no me amas?, decía yo al borde de las lágrimas. Pero si todo iba de maravilla, habíamos superado los problemas y éramos felices. Mes con mes el mismo rollo. Hasta que al quinto mes, dije: bueno, y cómo va el crío, ¿me dejarás verlo? Ella contestó: ¿Cuál crío? Dios, dije, ¿pues no te marchaste por el embarazo? Es cierto contestó, olvidé decirte, no estoy embarazada. ¡QUÉ!, dije. Lo confesó: la muy cabrona se había inventado todo ese asunto del embarazo para hacerme una prueba. Según mi reacción decidiría si quedarse conmigo para siempre, casarnos y todo, o dejarme. Para siempre. Tenía que saber qué tan sólida era nuestra relación, dijo, y si en verdad me amabas. Juro que sentí ganas de asesinarla. ¿Probaste mi amor por ti?, pregunté indignado. Sí dijo, y fallaste. ¡Dios mío!, dije, pero cómo se te ocurre pensar por tan sólo un instante que no te amo, si yo TE AMO. Te he dado pruebas suficientes, dije, pruebas a cada día y a cada minuto. Si no te amara no soportaría tu carácter un segundo… Otras vez las palabras equivocadas. Era así: nadie que no ame a Carolina la soportaría más de quince minutos. Cambié todo el estilo de mi vida por ella. Hice absolutamente todo lo que ella quiso de mí. Incluso llegué a hacer aeróbicos por las mañanas y comer verduras y todo eso. Dios, ¡cómo es posible que dude de mi amor! Pero la muy cabrona era una roca. No la convencí de absolutamente nada. En momentos le escuchaba la voz quebrada. Apuesto que ella misma sabía de su terrible error. Le dije: nadie te amará como yo te amo. Y era cierto. Y ella lo sabía. Pero su maldito orgullo mujeril no le permitía retractarse. Y no lo hizo. La perdí en un instante. La perdí en el mejor momento de nuestra relación. Incluso mis amigos la estimaron luego de aquel sábado y ya todo sería perfecto, pensé, pero así es la puta vida de mierda. De todas las mujeres que he perdido, Carolina es la que más me ha dolido. Me duele y me dolerá hasta la tumba. La amo aún, con todas mis fuerzas. Pero sé que es imposible hacer cambiar a una mujer como ella. Así que puede irse al carajo. Jamás comprendí por qué lo hizo. ¿Por qué necesitaba probar mi amor? 





11 comentarios:

  1. Que extraño comportamiento el de carolian pero creo que apesar de todo no se sentia amada

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  2. El tender a repetir patrones es casi seguro como apostar que Pau Gasol jamas hará ganar!!... pero tampoco tendréis que jurar que tus cabroncitos llevaran el letrero de ti en la frente... jjj :) Con esa idea podemos predisponer mucho lo que no queremos... bss

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. No encontré otro lugar para decir esto pero quisiera pedirles, en la medida de lo posible que restauraran los links de los libros, por el momento los que me interesaban han sido eliminados: Sartre, Kant, Marx, Freud, espero puedan volverlos a subir, les estaría enormemente agradecido, gracias por la atención y felicidades por tan buen espacio

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  5. Hola, Jean, gracias por avisarnos, trabajaremos en ello.

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  6. Listo, Jean, ya puedes descargar los autores que mencionas. Trabajaremos en otros enlaces que encontramos rotos. Gracias por avisarnos, de lo contrario no hubiésemos detectado el error. Gracias.

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  7. Al contrario, gracias a ustedes por hacernos el enorme favor de compartir el conocimiento, busqué algunos de estos titulos por toda la red sin éxito y es un placer poder acceder a ellos (un placer que ciertamente se sufre después de leer varias horas en un monitor) pero vale la pena el sacrificio. Gracias

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  8. Martín, me atrapas en cada uno de tus relatos. Me encanta la manera en la que escribes. Me reitero tu fan.

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  9. sigo por acá, me encanta! y adoro a Carolina!! grosa total!

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