viernes, 1 de octubre de 2010

Es mi mujer, es mi relación.

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Tengo veintitantos años y aún no sé qué es la vida, dije a Carolina desde el sofá. Carolina freía pescado en una pequeña estufa que trajo cuando se mudó conmigo. Freía pescado porque tenía la condenada idea de que el pescado es rico en fósforo, y el fósforo, es bueno para el cerebro. Así que hizo un plan culinario. Una dieta. Dieta que yo debía seguir al pie de la letra, como todas las disposiciones de esta mujer. Incluía pescado, frutas, verduras, cereales y cosas. Nadie sabe qué es la vida, contestó desde la estufa. Ese es el problema, dije, que nadie sabe nada y a nadie importa nada. Freír pescado es una de las cosas más  escandalosas que he visto hacer a Carolina. El aceite brincaba y el estropicio de esto me tenía hasta el copete. Y el ruido del cuchillo al chocar contra la tabla a cada cortada de pepino, lechuga y jitomate. El problema dijo Carolina, es que piensas demasiado. Qué importa qué es la vida. Dios, cómo no va a importar, dije levantándome del sofá. Fui hasta el estéreo e hice tocar algo del bueno de Bach. Carolina dijo algo. No escuché. Subí a Bach hasta los cuarenta decibeles. Carolina tuvo que ir hasta donde yo y gritar: ¡quieres bajar el maldito volumen! Ya, dije, no quiero. Bien, dijo ella alcanzando la perilla del reproductor y bajando el volumen por sí misma. Cuando regresó al asunto pescado frito yo hice mi parte: subí el volumen nuevamente y la Toccata & Fugue in D minor de Bach sonó en todo su esplendor.  Entonces Carolina volvió. Jaló el cable que conecta el aparato a la corriente eléctrica. Cabrón, dijo, la vida es RESPETAR. Ya, dije, pues RESPÉTAME, mierda. Me agaché a conectar el cable pero ella se adelantó. Lo conecté y cuando iba a prender el aparato ella ya lo había hecho y había apretado el botón de expulsar. Sacó el disco de Bach y lo quebró. Lo hizo añicos. ¡A la mierda Bach y tú!, gritó. ¡Puta!, grité yo, ¡te has pasado! ¡Puta tu madre!, dijo encarándome. Retadoramente. Sentí terribles deseos de pegarle y se lo dije. Pues hazlo, dijo, si tantos huevos tienes, cabrón. Estaba roja como un rubí. Juro por mi alma, alma atormentada, que mi brazo derecho saltó como un resorte por sí mismo. Contra toda mi voluntad. Lo juro. Le pegué tremendo revés. El dorso de la mano me ardía. Se llevó las manos al rostro, doblada por la cintura y lloró. De repente se fue contra mí. Saltó como un maldito gato montés. Caí al suelo con ella encima. Me pegaba al pecho y me arañaba y me mordía. La muy puta me mordía y lo hacía tan duro que pensé me iba a desmayar. Me mordía los hombros y el cuello. Como un maldito perro. Maldita bruja, refunfuñaba yo. Forcejeamos varios minutos. De algún modo logré voltearme. Ponerla bajo de mí. La tenía debajo, aprisionada. El cabello de Carolina le cubría la cara. Nos tomamos unos segundos para descansar. La tenía clavada al suelo. Con las manos le apretaba las muñecas y con las piernas los muslos porque sabía que podía ponerse a dar  patadas. Ambos sudábamos como sauna y nuestra respiración estaba muy alterada. Soplé para retirar el cabello de su rostro. No me atrevía a exponerme haciéndolo con la mano. Cuando sus ojos aparecieron no encontré en ellos odio ni rencor. Enserio. Era la mirada más tierna que haya visto jamás. Suplicante. Un hermoso par de ojos-joya. El tiempo se detuvo un instante. Solté la mano de Carolina. Una sola. Despacio. La llevó hasta mi polla. Y lo noté: estaba enhiesta. 

 Aquella mañana hicimos el amor. Cuando terminamos Carolina fue a por el pescado. No había pescado. Apenas dos trozos de carbón. Ya, dije, no importa. Ella comenzó a llorar. No sé porqué lo hacía, le dio por llorar en momentos que desde mi punto de vista, no lo ameritaban. Me abrazó. Ya, nena, no importa, repetí. Nos mudamos de ropa y fuimos a buscar un desayuno  a la calle. Conozco un lugar en Calzada del hueso, dijo, donde sirven ensalada y comida para vegetariano. Ya, dije, pues no somos vegetarianos, así que da igual lo que sirvan, no iremos. Vamos por un taco de carne de cerdo, añadí. Tomó un papel de la mesa junto a la estufa y leyó. No, dijo, no está en la lista. ¿Qué no está en la lista y de dónde salió esa lista?, pregunté. La carne de cerdo, dijo, no está en la lista. Una amiga del trabajo le pasó aquella lista. Era la dieta. No tenemos que seguir eso, dije, debemos seguir los caprichos del estómago y el corazón, y el mío clama por carne de cerdo bien grasosa y  con una buena sala. No, iremos a por ensalada, dijo, eso está aquí. Y señaló con el dedo  algo escrito en la lista. No miré. No quería discutir nuevamente. Ya, dije, pues vamos.   

2

 Aquello se volvió rutina. Discutíamos y nos contentábamos. Y en el inter de eso hacíamos el amor. Era una manera de mejorar el sexo. Enserio. Un tío cabreado folla de a diez. Y una mujer también. Carolina y yo estábamos de acuerdo. No lo dijimos. Jamás hablamos de eso directamente. Sabíamos que luego de una buena pelea venía un buen polvo. A veces pensaba Carolina es la mujer de mi vida. Y  a veces: bruja de mierda, una más y la largo. Era un círculo vicioso. Enfermizo, dijo Verónica Pinciotti cuando se enteró. ¿Cómo se enteró? Era evidente. Si yo salía con Verónica a comer o beber o algo, Carolina llamaba al móvil y decía te quiero aquí de inmediato. No importa dónde estuviera, me quería allí de inmediato. Entonces yo gritaba algunas cosas por teléfono y me largaba a magrear con mi novia. No puedes seguir así, decía Verónica. Yo me quedaba pensando y echando humo de un cigarrillo como una condenada chimenea. Debes dejarla, decía, te hace daño, decía, no es sano, decía, esa mujer no te conviene, decía. Y decía muchas cosas más. Todas negativas. Tenía ganas de decirle no es verdad. Pero cómo iba a decir aquello con tanto grito y tanta pelea y con las marcas de las mordidas de Carolina en el cuello. Tenía todos los incisivos de Carolina marcados en los hombros y el cuello. Es espantoso, dijo Verónica. No lo puedo creer, es una bestia. No lo entenderás si te lo cuento, dije. Y no lo entendió. Le dije: verás, tía, sé perfecto que desde fuera no luce bien el asunto pero créeme, lo pasamos de maravilla. A nuestro modo. Carolina es el amor de mi vida. Eso no es amor, contestó, es una locura. Ya, dije, pues es la locura de mi vida. La amo. Que no, insistía Verónica. Enserio, dije. Ella no entendía nada. Verónica odiaba a Carolina. Para ella sólo era una mujer odiosa y enferma, mandona, cabrona y látigo. 

 Verónica Pinciotti es una mujer directa. Se lo dijo a Carolina en la cara. Llamé a Verónica un día cualquiera y le dije, tía, invítame un trago, ando seco y roto. Siempre andas roto, contestó desde su móvil. Anda, tía, luego te pago. Es la última vez que te invito algo, dijo pero yo sabía que no era verdad. Siempre era la última vez y jamás llegó la última. Anda, linda, sólo un trago o dos, dije. Nos citamos en el centro de Tlalpan y entramos a la cantina La Jalisciense. Me pedí un whisky en las rocas y ella hizo lo mismo. Llegaron los whisky y no habíamos dado el primer trago cuando sonó el móvil. Maldita sea, dijo Verónica, si es ella te dejo con la cuenta. Era ella. Yo andaba sin blanca así que no podía quedarme allí con la cuenta. Ya, contesté… amor, ¿cómo estás?... En una cantina, nena… Con Verónica… ¿Justo ahora?... ¿No puedes esperar un par de horas?, acaban de servirme y… Verás, no puedo ir justo ahora, quizá en un par de horas… Ya, entiendo… No te enfades, amor… Sólo bebo un trago y voy para allá… Ajá… Ya… ¡Dios!... ¿Sabes qué?, no iré… Enserio. No puedo ir volando, estoy bebiendo un trago y… No te pongas así… Ya, si eso es lo que quieres, no me opongo, pero aclaro que no es mi decisión sino la tuya… ¿Segura?... Al final me amenazó con darme la lección de mi vida. Con abandonarme y me vas a extrañar más que a la puta de tu madre, y no volverás a verme, te arrepentirás y cosas. Cuando colgué Verónica había terminado la bebida. Vacié mi whisky al hilo y nos pedimos otra ronda. Es una arpía, dijo Verónica, déjala, si se larga, mejor. Yo estaba muy nervioso. Me sudaban las manos a mares y la mirada no lograba posarla sobre nada concreto. Me vacilaban los ojos. Y sobre todo no podía posar la mirada sobre la mirada de Verónica. Mírame a los ojos, cabrón, dijo ella, y dime: ¿en verdad te hace feliz estar con ese monstruo? Tardé en contestar. Titubeando dije: No sé, pero amo a esa mujer. Di un trago a la bebida. Un largo trago y se acabó. Pendejo, dijo Verónica, eso es lo que eres, un reverendo pendejo. Ya, dije, pues eso lo soy con ella o sin ella así que es igual. Es mejor ser un pendejo con Carolina que sin… Me interrumpió: la próxima vez que vea a esa mujer le diré unas cuantas cosas, dijo enfurecida. Ya, contesté, no es para tanto, calma. ¡Qué no es para tanto!, dijo, ¿no es para tanto?, ¡te tiene peor que la justicia a un hombre en libertad condicional¡ Reí. No lo puedo creer de ti, dijo dando un trago. ¡De ti!, remató. Yo tenía fama de cabrón con las mujeres. Nunca me ligaba sentimentalmente con ellas. Las dejaba venir y las dejaba ir como si tal cosa. Y ninguna me ordenaba qué hacer. Yo era de los que hacen lo que quieren y no piden permiso ni perdón. De ti, insistía vero, el Hijoputa mayor. Solía llamarme así. Le gustaba. Y ahora ese Hijoputa mayor se comportaba como un bebé frente a Carolina. Mándala al cuerno, dijo, por amor a Dios, ¡o lo haré yo! Reí otra vez mientras me pedía otra ronda de whisky en las rocas. De verdad, dijo. Ya, dije, déjame en paz. Eso quisiera, dijo, dejarte en PAZ. Ya, dije, mejor cuéntame cómo va todo con Scott. Verónica planeaba casarse con un verdadero (ese si era un verdadero) imbécil. ¿Por qué? Porque nadaba en plata el cabronazo. Era lista Verónica. Todo va bien, dijo lacónicamente. Estaba enojada. Por algo que no le incumbía en absoluto. Claro que me incumbe, dijo, eres mi amigo y no voy a permitir que te lastimen de esa manera. Se referí a los moretones. Ya, dije, ocúpate de lo tuyo. Ocúpate de exprimir la pasta de tu prometido y déjame a mí en paz. 

 En eso estábamos cuando llegó Carolina. Le había dicho dónde estaba y fue hasta allá por mí. Dios, dije cundo la vi entrar. ¿Qué pasa?, preguntó Verónica. No me dio tiempo de contestar. Carolina se sentó a la mesa. Estaba roja y cabreada como una fiera. Verónica me miró amenazadoramente, como diciendo: o lo haces tú o lo hago yo. Eso de mandar a Carolina a la mierda. ¿Amor, qué haces aquí?, dije a Carolina. Sólo vine a decirte una cosa, dijo. Ya, dije, antes pídete un whisky. No dijo, sólo vengo a decirte una cosa. Ya, dije, ¿qué cosa? QUE TE PUEDES IR A LA MIERDA, dijo, SE ACABÓ. Ya, amor, dije, no es para tanto, podemos irnos a casa en este momento y listo. Aunque sabía de sobra que no me dejaría, no podía evitar que la terrible angustia me invadiera. El pavor a olvidarme de Carolina. Verónica enmudeció. Nena, por favor, dije, no es para tanto, perdóname, yo te quiero, ¿quieres que nos vayamos ahora mismo, juntos, a casa? Verónica me pisó el pie por debajo de la mesa. No, dijo Carolina, puedes quedarte, la que se va soy yo. Lo dijo y se levantó de la silla. Dios, dije, no, Carolina, espera. La miré salir del local. ¡Carolina!, grité, ¡vuelve aquí puta del báratro! La gente me miraba como se mira a un verdadero tío en problemas. Me levanté y fui tras Carolina. Verónica gritó ¡a dónde vas cabrón, no me puedes dejar así! La gente se escandalizó. Se pensaban que yo estaba liado con dos mujerazas. Alcancé a Carolina en el kiosco. La cogí del brazo y le dije espera, amor, te amo, no me dejes. Carolina se detuvo y dijo si me quisieras me harías caso y no me dejarías sola en casa. Lo dijo en papel de víctima. No es eso, dije, es sólo que… Verónica llegó a donde nosotros. ¡ya déjalo en paz, puta!, le dijo a Carolina. Carolina se impactó y luego de un segundo, que tomó para reaccionar, dijo: ¡a ti qué te importa, zorra! Verónica no podía alegar nada. No estaba inmiscuida directamente y era una zorra. Es mi amigo, contestó, claro que me importa, no voy a permitir que lo trates de ese modo. Me marcho, dijo Carolina indignada, quédate con la puta de tu amiga. No, amor, grité mientras Carolina se alejaba, yo quiero estar contigo. Iba a ir a por ella pero Verónica me detuvo. Me tomó del brazo igual que yo antes había hecho con Carolina. Las uñas de los dedos de Verónica las tenía clavadas. Deja que se vaya, me dijo, no es la gran cosa. Dios, dije, Vero, me has metido en un problema. Un gran problema. Si esa mujer me deja te juro que me… Cállate, dijo Verónica, no es la gran cosa. Miré a Carolina coger un taxi. La miré subir al automóvil y arrancar. Me resigné. Cabrona Vero, dije, estoy en un condenado problema. 

 Regresamos a La Jalisciense. Todos me miraban como a un campeón que regresa del coliseo. Nos sentamos en la mesa donde estuvimos antes. Yo sudaba desesperadamente. Si me deja, te mato, le dije a Verónica. No importa, dijo, iré al cielo contenta de haberte librado de una demoneza. Pero si Carolina es un ángel, dije, ¡al cielo tú!, bruja. Carolina no es mala, agregué, sólo está un poco loca. Verónica no paró de enlistar los defectos de Carolina: posesiva, dominante, loca, celosa, enferma mental, manipuladora, cabrona, loca… Ya dijiste loca, dije. Y siguió: posesiva… Ya dijiste eso también, dije. ¡Y no te basta!, dijo. Ya, dije, verás, sé que no lo puedes entender, que la imagen que tienes de ella es la imagen que efectivamente da al mundo, pero, Vero, te juro, Carolina es la mujer más tierna, bella y admirable que conozco. No, dijo, la más admirable que conoces, y más bella, soy yo. Lo de tierna quizá, añadió. Reí. Pero el caso es, dijo Verónica, que definitivamente estás pendejo. ¡Qué te ha hecho esa mujer, maldita sea!

 Un hombre se acercó a nosotros. Quería felicitarme por dejar a la bruja y quedarme con Verónica, que era, a su parecer, una mujer mil veces más hermosa. Estaba borracho. Verónica no contestó. Ni siquiera lo miró. Ya, dije, muchas gracias, será mejor vuelva a su sitio, quisiera platicar con ella a solas. Eres muy afortunado, dijo, si dos mujeres pelearan por mí… Ya, dije, gracias, ahora vuelva a su sitio por favor. Ella es una hermosura, dijo refiriéndose a Verónica. Sí, dije, ya, muchas gracias señor, me reconforta. El cabronazo venía solo. Estuvo bebiendo en la barra, solo, todo el tiempo, y mirando el asunto. Se había levantado de allí bebida en mano y ahora pensaba instalarse con nosotros. ¿Me permiten sentarme con ustedes?, dijo mientras se sentaba. Ya, dije, se ha sentado de todos modos. Si molesto puedo irme, dijo con una sonrisa sucia. Pues bien, dije, dando a entender que sí lo hacía. Pero no se movió. Señorita, dijo a Verónica, es usted despampanante. Verónica lo ignoraba. Con su aire de femme fatale se levantó y fue a por el encargado. Regresó con él. En el lapso el hombre me dijo: es usted muy afortunado, joven. El encargado dijo: Raúl, deja de molestar a la clientela, y lo tomó en brazos. Era un hombre bastante viejo y débil. Raúl alegaba no haber hecho nada malo. Sólo quería conversar con los muchachos, dijo, pero el encargado lo sacó a empujones. Lo echaron del lugar. 

3

Regresé a casa y allí estaba Carolina, recogiendo cosas y quitando polvo. Pensé no te volvería a ver, dije. No contestó. Seguía molesta. Ya, nena, dije, no ha pasado nada, te amo a pesar de todo. Aquí explotó. ¿Me amas a pesar de todo? A los ojos de carolina yo era el que estaba loco. El que estaba mal. ME AMAS A PESAR DE TODO, dijo irónicamente. YO, te amo a TI pesar de todo, dijo, aunque seas un borracho y un patán y un pito fácil. Vamos, dije, jamás he sido patán contigo, no sabes qué patán puedo ser, no tienes ni idea. ¿Me estás amenazando?, preguntó. Ya, dije, no, no te estoy amenazando. Más te vale, hijoputa. Carolina era mal hablada como un marinero. Carolina, dije, no podemos seguir así. Se cabreó. Vaya dijo, esa puta te ha lavado el cerebro. Después de TODO lo que he hecho por ti, dijo. Ya, dije, ¿y qué se supone que has hecho por mí?, joderme, joderme, joderme. Enloqueció. Malagradecido de mierda, dijo, he tratado hacer de ti un HOMBRE, pero eres más necio que una cabra. Ya, dije, pues déjame cabra, me gusta ser una puta cabra, cabra, cabra, soy una cabra necia, ¿no? Yo dije todo eso girando sobre mi propio eje y dando manotazos al aire. Debía lucir gracioso. Cuando acabé de hacer el indio miré a Carolina a los ojos. Estaba riendo. Es increíble, pensé. Es increíble cómo funciona esto. Tenía aquellos ojos dulces que tanto amé. No entiendo nada, pensé. Carolina se fue a sobre mí. Le dimos duro toda la noche. Los mejores polvos de mi vida los viví con Carolina, Dios. 

4

Venga, Petrozza, dijo Garrison, esa Carolina no me convence. Ya, dije, ¿tú también? Piénsalo, dijo, lo suyo es el chantaje: te ayudo a ser el escritor que tanto deseas y a cambio eres mi esclavo. Te trae como un idiota o algo. Estábamos en casa de Garrison. Bebiendo. Como cada sábado. Y también estaba Verónica. Ya se lo dije, dijo ella, pero no entiende. A Carolina no le caían mis amigos. Nunca salía con ellos ni me acompañaba a verlos ni nada. Carolina cambió mucho. Cuando se enamoró de mí hablaba de libertad y de vivir la vida. Ahora sufríamos la vida. No entienden, dije, en el fondo es una buena mujer. A ver, dijo Garrison, dame tres motivos por los que es buena esa mujer. SOLO TRES. Si lo haces prometo dejarte en paz. Ya, dije, pues sencillo: Carolina es buena porque me impulsa a ser mejor persona… Verónica rió a carcajadas. ¿Y cómo te ayuda a ser mejor persona?, dijo. Me hace dietas, dije, me levanta temprano y me obliga a hacer aeróbicos, se ocupa de mis textos y me prohíbe holgazanear más de la cuenta. Todo eso que yo odiaba de Carolina ahora lo usaba como argumento. Antes de ella, por ejemplo, dije, ninguna revista había cogido un texto mío, en cambio ahora la cosa es diferente. Todo es lo puedes hacer por ti mismo, dijo Garrison. No, dije, no puedo, enserio, me falta voluntad. Carolina es la fuerza de voluntad que yo no tengo, encarnada en una belleza de mujer… Maldición, dijo Verónica, no es tan bella, vela bien. Juro que Carolina era bella realmente. No sé porqué dijo aquello Verónica. Como sea, dijo Garrison, no es suficiente, dime dos razones más. Tuve que pensar. ¿Lo ves?, dijo Verónica, no hay razón para amar a esa puta. Ya, dije, eso, Carolina no es una puta como todas, puede ser lo que ustedes quieran pero no es una puta. Verónica miró a Garrison. Actuaban como jueces de mi vida. No sé, dijo Garrison, eso no es un argumento, ninguna mujer que sea tu novia debe serlo, en teoría, y eso es básico. No por eso es una buena mujer o te conviene, más te valdría una puta que te tratara con un poco más de respeto. Te equivocas, dije, no todas las mujeres son fieles, todas son unas putas, enserio. No he tenido jamás una sola mujer que no lo sea desde un principio o acabe siéndolo, excepto Carolina. TODAS, afirmé. Eso te pasa porque las sacas de bares o de la calle, o ve tú a saber de dónde, dijo Verónica, si te centras en buscar una mujer decente la encontrarás. Ya, dije pero yo no quiero buscar ninguna mujer, estoy perfecto con Carolina.  Para mí que te embrujó, dijo Garrison, no es posible todo lo que dices tú, el cabronazo, dando a torcer el brazo. Lo mismo pienso dijo Verónica. ¡Qué va, dije, no me embrujó, es sólo que la amo! Eso no es amor, dijo Garrison, eso está de la chingada. Verónica movió las manos como diciendo: claro, se lo he dicho. No existen ni tres motivos, Petrozza, por los que debas seguir con ella. Ya, dije, ¿quieres motivos?, tengo cientos de motivos. Dame tres, dijo Garrison. Dije: bien, número uno: me impulsa. Ajá, dijeron Garrison y Verónica al unísono. Número dos, dije: no es puta. Eso no vale, interrumpió Verónica. Ya, dijo Garrison, déjalo que lo cuente, a ver, te escuchamos, ¿qué más? Dije: Me impulsa y no es guarra. Sí, dijo Verónica, QUÉ MÁS. Comencé de nuevo: me impulsa… no es una puta… Verónica y Garrison reían ligeramente entre ellos. Y ESO ME BASTA, dije, AL DIABLO CON USTEDES. Estás jodido, dijo Garrison. Sonó el móvil. Lo saqué nerviosamente del bolsillo. Era ella. JODIDO, dijo Garrison.  Si te vas te dejaremos de hablar, dijo Verónica antes que yo contestara el teléfono. Lo dejé sonar un tiempo. Me parece bien, dijo Garrison, si tanto la amas lárgate y no vuelvas, ve a vivir tu vida con ella, encerrado en esa prisión de “amor”. El móvil dejó de sonar. Dios, pensé, eso no le va a gustar nada a Carolina. Que no contestara a la primera llamada. Garrison encendió un cigarrillo. El móvil sonó de nuevo. Verónica me miró a los ojos. Si coges la llamada, dijo, no te vuelvo a invitar un solo trago. Ya, dije, Vero, no seas así. Querían forzarme a terminar mi relación. Se creían que era por mi bien. No lo hacían de mala fe. No los culpo, desde fuera se miraba como el infierno. Lo que ellos ignoraban es que Carolina follaba como nadie. Que detrás de tanto regaño estaba la gloria. El glorioso coño de Carolina, sediento de acabarme a cada polvo. De exprimirme hasta el tuétano. Y esa cosa maravillosa que hacía Carolina con la vagina. Como apretones. Succiones. Como apretando, succionando y devorando. Era la puta gloria y yo era ADICTO a eso. A los masajes vaginales. No sé cómo lo hacía. Y a sus hermosos pezones como chupones. Y al delicioso clítoris. A sus carnosas nalgas, blanquísimas y proclives a enrojecer a la primer nalgada. ¿Cómo iba yo a dejar todo eso? Los problemas no eran nada comparados con el sexo de Carolina. 

 Ya, dije al teléfono. No me dio tiempo de contestar, amor… En casa de Garrison… Sólo él y yo… Verónica puso los ojos en blanco al escuchar eso.  Te lo juro… Platicando… Bebiendo, sí… Solos, amor… Verónica me arrebató el móvil y se puso al teléfono: ¡que lo dejes en paz!... Le quité el móvil y me apresuré a decir: acaba de llegar… Enserio… ¿No me crees?... Verónica bufó y Garrison servía whisky en las rocas. ¿Justo ahora?... Ambos me miraron amenazadoramente. No tardo mucho, nena, déjame estar un rato… Ya sé, linda, porque no te das una vuelta por acá y te das cuenta que no hago nada malo, puedes quedarte a beber con nosotros y… Garrison se acercó a mí moviendo el índice exageradamente, negativamente. Aquí no entra esa mujer, dijo quedo. Garrison era bastante estricto respecto a quién entra a su casa y quién no. Jamás me dejaba invitara a nadie. No había muchos a quienes invitar pero yo de vez en vez me liaba con ebrios de bar o alguna mujer. Y les negaba el acceso. O sea que no me sorprendió y la verdad, yo también prefería que Carolina no llegara. Ya, amor, voy para allá enseguida… Colgué. Verónica se levantó y abrió la puerta de la casa. Adiós,  querido amigo, dijo invitándome a salir. Ve a tu cárcel. Ya, dije, no sean así, entiendan un poco. Adiós, dijo tajante. Salí y antes de irme grité: ES MI MUJER, ES MI RELACIÓN. Y me largué a follar con Carolina. Iba bastante alegre. Contento. Es mi mujer, es mi relación, pensé. 


5 comentarios:

  1. Castillo Medina Mayari13 de octubre de 2010, 21:24

    jajajajajajajajajajajaja esos si que son amigos de causas perdidad defendiendo lo indefendible.

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  2. Te recomiendo el Musikalisches Opfer, la obra más excéntrica del viejo Bach.

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  3. Wow me encantó!!!! Es rico eso de es mi mujer y es mi relación como quisiera que mi pareja lo dijera. Ja me estoy volviendo adicta a tus textos gracias Petrózza !

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  4. ya extrañaba a Carolina :)

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  5. "Tengo veintitantos años y aún no sé que es la vida, dije a Carolina desde el sofá. Nadie sabe que es la vida, contestó desde la estufa. Ese es el problema, dije, nadie sabe nada y a nadie importa nada. El problema, dijo Carolina, es que piensas demasiado. Que importa qué es la vida. Dios, Cómo no va importar, dije levantándome del sofá. Fui hasta el estéreo e hice tocar algo del bueno Bach. Carolina dijo algo. No escuche. Subí a Bach hasta los cuarenta decibles. Carolina tuvo que ir hasta donde yo y grita: ¡quieres bajar el maldito volumen! Ya, dije, no quiero."

    Eres un genio hermano.

    Que poca madre que haya hecho añicos el disco de Bach =(

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