martes, 19 de octubre de 2010

De borracho a borracho.

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Pablo Fernández era el jugador de póquer más habilidoso que he conocido en la vida. No he conocido muchos jugadores de póquer pero en verdad, era habilidoso. Podía hacerte creer que no llevaba nada en la mano y te apostabas el todo por el todo. Al final mostraba una hermosa quintilla de ases. La quintilla de ases no es una mano frecuente pero del algún modo, Pablo Fernández la sacaba a relucir un par de veces en pocas horas. O te pensabas que tenía la quintilla y al final te acababa con un raquítico par de cuatros. Era tremendo jugador. Era del tipo de jugador que anula todo gesto, toda expresión de su puto rostro. El póquer es un juego de autocontrol, solía decir. 

 Le conocí en un bar de Calzada del Hueso: La Saeta. Era un pequeño bar donde la birra estaba a quince pesos y un precio así bastaba para convencerme. No era un gran bar pero quince pesos por cerveza era una gran oferta. Solía meterme solo y pasar la tarde allí. Nunca las noches porque no era precisamente el tipo de lugar donde uno quiere estar en la noche. Pasada la tarde me largaba a La puerta Negra o algún sitio con menos luz. El caso es que una ocasión en La Seta noté cierto bullicio. Yo estaba bebiendo mi alcohol acompañado de la lectura de un Lezama Lima. Alcé la mirada y lo que vi me interesó. Un tío hacía trucos de magia con naipes. Eran buenos trucos. Los hacía de mesa en mesa. Lo miré hacer un trucazo a una tía regordeta. El mago le dio un mazo de diez cartas que contó a la vista de todos e hizo contar nuevamente a la chica.  Le pidió las guardara en la bolsa de su chaqueta. Luego dijo petulantemente que ninguno de los presentes sabía contar. Todos rieron y pidió a la mujer sacara nuevamente el mazo y contara con cuidado. Todos contaron al unísono: uno, dos, tres, cuatro, cinco… diez cartas. Eran diez putas cartas. Bueno, dijo el mago, creo que no me salió el chiste. La tía metió las cartas nuevamente a su chaqueta y haciendo ademanes mágicos el mago dijo trasladaría algunas cartas hasta donde las otras. Oooonce… Doooooce… treeeeece, catoooorce… Entonces la chica sacó el mazo y al contar, ¡eran catorce cartas! Consiguió meter cuatro naipes más a la chaqueta de la jeba sin tocarla. No te lo podías creer. Enserio. Luego de hacer los trucos pedía algo de cambio y se compraba una cerveza. Pablo era un tío con encanto. Comencé a frecuentar el lugar. Iba  a beber, leer, y observar los trucos mágicos. Algunas mujeres pedían al mago se sentara con ellas y le invitaban un trago. Buen oficio, pensé, debería aprender algunos trucos. Pero no lo pensé enserio, yo jamás fui bueno con las cartas. Jamás fui bueno en muchas cosas. En casi nada. Cuando Pablo ejecutaba alguna suerte parecía tan sencilla. Así que  me lo pensé un par de veces pero al final no hice nada. 

Llegué a La Saeta puntual y allí estaba Pablo. Sentado a la mesa abriendo un paquete de naipes recién comprados. Es increíble la cantidad de naipes que compra un mago. Tiene naipes preparados para toda clase de trucos. Incluso tiene naipes trucados. Naipes impresos por anverso y reverso en color rojo. Naipes impresos con puros ases de corazón, o de espadas o  lo que sea.  Naipes con cartas repetidas. Naipes con los ases marcados. Etc. No me vio entrar. Me pedí un par de cervezas y fui a donde él. Toma, dije, ya está pagada. Le ofrecí una de las cervezas. Eres tremendo, dije. Gracias, contestó con los ojos rojos. Al parecer llevaba ya varias cervezas. Le pedí me contara dónde aprendió aquel arte pero se mostraba hermético a ese tipo de preguntas. Se negó a enseñarme algún truco. Se negó a revelarme si quiera el secreto del truco más sencillo. Entonces dejé de joder con eso y le pedí otra cerveza. Luego él me pidió una. Er un tío honorable. Platicamos poco. Se levantó y se dedicó a lo suyo por casi una hora. Luego regresó a donde yo. Me interrogó sobre lo elemental: ¿de dónde eres?, ¿qué edad tienes?, ¿a qué te dedicas? Fue mi turno de cerrarme a la conversación. Aquellas preguntas son las más complicadas de responder cuando no sabes bien de dónde eres, qué edad tienes, ni a qué te dedicas. Soy escritor y soy alcohólico, dije dando un largo trago de cerveza. Despegué la botella de mi boca y sonreí. Yo también soy alcohólico, respondió Pablo. Ya dije, ¿y a qué te dedicas? Ya lo has visto dijo, a la magia con naipes y a beber. ¿No haces otra cosa?, pregunté. No, dijo dando un largo trago a la cerveza. Eso creó un vínculo entre nosotros. El alcohol une. Ahora lo sabíamos: él no era mejor que yo, y yo no era mejor que él. Yo era un borracho, pero un borracho con literatura. Y él era un borracho, pero un borracho con magia. Cuando sabes que has dejado de competir, la amistad florece. Éramos un par de pobres diablo aferrados a un sueño. No conocíamos el camino, pero andábamos. 

 Visitaba a Pablo todos los viernes en La Saeta, hacía algunos trucos y me pagaba la cerveza. Yo no era mago pero tenía la mágica habilidad de hacer que las personas, tarde o temprano, terminaran pagándome el trago. Ves a esa tía, me dijo Pablo uno de esos viernes. Ya dije, ¿la pelirroja? Ajá dijo, la he mirado desde que entró, me pone sabroso, cómo me gustaría darle una buena cogida y… Lo interrumpí: La traeré para ti, dije. De alguna manera tenía que pagar las birras a Pablo. Yo no era precisamente bueno con las mujeres pero era bueno para llegar con ellas, sentarme y bromear un poco. A veces funcionaba, a veces no. No importaba demasiado. Así que me levanté de la mesa y fui hasta donde la pelirroja. Era realmente hermosa. Pensé: anda, macho, no flaquees, todas las pelirrojas teñidas son putas. Hola, guapa dije, ¿me puedo sentar aquí un momento? La tía me miró extrañada. Ya lo dije: La Saeta no era precisamente el lugar donde uno quiere emborracharse. La gente de ese sitio no es el tipo de gente que busca nuevas experiencias. Es del tipo de gente que se piensa que hablar con extraños no es lo mejor. Alzó los hombros como diciendo: bueno, por qué no. Me senté. ¿Qué bebes?, pregunté. Pablo me miraba desde la mesa sin poder creerse que yo estuviera sentado con la jeba de su vida. Cerveza, contestó ella. Ya, dije, lo que tú necesitas es un whisky en las rocas. Rió y dijo: ¿Ah, sí?, ¿por qué? No sabía por qué, sólo lo dije sin pensar. Inventé algo: porque el whisky en las rocas es la bebida de los dioses, y tú eres una diosa… guiñé el ojo para rematar la frase. No era lo más inteligente ni audaz ni encantador del mundo pero enrojeció levemente y sonrió. Gracias, contestó. En eso llegó una tía de tremendó culo y se sentó a mi lado, en la mesa de la pelirroja. Venía con ella. Había ido al sanitario o algo y ahora yo estaba sentado con dos mujerazas. Hola, nena, dije a la nueva mujer, Martin Petrozza, un gusto. Hasta ese momento no había mencionado mi nombre, ni ellas el suyo. El nombre de las tías lo olvidé. No es importante. Me dijo algo como Laura, un gusto. Y le dije: ¿qué bebes? Cerveza, contestó Laura. Ya, dije, lo que tú necesitas es un whisky en las rocas… ¿Por qué?... Porque el whisky es la bebida de los dioses, y tú eres una diosa… La pelirroja rió a carcajadas. Laura no supo cómo actuar. Yo reí también. Chiste local, dijo la pelirroja a Laura. Todo estaba en su punto, risas, complicidad, alcohol de por medio. Verán dije, vengo con un amigo, el de allá, dije señalando a Pablo. ¿El mago?, preguntó Laura. Sí dije, el mago, ¿les molesta si lo invito a venir? No, para nada, contestó la pelirroja. Llamé a Pablo con la mano y vino. Los presenté. Entonces la pelirroja dijo bueno, ¿y qué hay con el whisky? Era una tía lista, pensaba aprovecharse de mi broma para sacarme un whisky. Ya, dije y saqué de mis bolsillos algunas monedas. Las eché sobre la mesa. Es mi cooperación, para el whisky. Laura prefirió seguir con la cerveza y todos estuvimos de acuerdo. La charla siguió el rumbo de las charlas banales de bar. Pablo comenzó a hacer trucos de magia. En esta parte lo pasé mal. Robó toda la atención. Estuve callado por mucho tiempo. Al final las tías se despidieron y eso fue todo. Lo has arruinado, dije a Pablo, fueron demasiados trucos, la magia cansa después de un rato. Tú no hiciste gran cosa, se defendió. No me dejaste, tío, el chiste era llevarlas a la cama y dejarlas satisfechas de palo, no dejarlas alucinadas con tanto movimiento de mano. Pendejo, me dijo Pablo. Pendejo tú, cabrón, contesté. Yo no fui el que les mostró la poca plata que te cargas, eso las ahuyentó, dijo. No, dije, lo que las hartó fue tanto naipe. Discutimos por más de una hora. Al final decidimos no reñir por un par de guarras apretadas. 

2

Salimos del bar con trescientos pavos. Fue una buena noche. Acordamos no gastar un quinto de lo juntado con la magia y largarnos a otro lado. Éramos socios. Pablo hacía la magia y yo juntaba las monedas. Era un buen trato si estabas de mi lado. Tomamos la pasta y nos largamos al centro de la ciudad. Íbamos secos y sedientos. Entramos a un sitio oscuro en la calle de Donceles. Nos pedimos un par de cervezas y nos dedicamos a observar. Había toda clase de viejos. Viejos bebiendo, hablando, jugando dominó y… Aquí comenzó nuestra carrera: viejos jugando al póquer. Mira, le dije a Pablo señalando a los viejos de las cartas. ¿Qué?, dijo. Ya dije, piénsalo. ¿Qué?, contestó. Dios dije, viejos jugando póquer. Sí dijo, ya los vi. Perfecto dije, ¿estás pensando lo mismo que yo?... ¿En otra cerveza?... Ya, sí, eso también, pero quiero decir: tú eres bueno para mover las cartas, el póquer debe ser sencillo para ti; eres capaz de aparecer cuatro ases donde antes había cuatro sietes, ¿entiendes? Claro dijo, juego póquer desde los diez. Juegas póquer desde los diez y eres mago, ¿qué esperas?, dije. Tuve que explicarle despacio. 

¿A cómo la entrada?, pregunté a los viejos. Tardaron en responder. De a cincuenta, dijo uno. Ya, dije, ¿hay que esperar? Los viejos se miraron entre sí. Eran tres. Se pensaron que yo y mi amigo éramos idiotas. Se pensaron que por haber jugado al póquer entre sí cada fin de semana, eran los maestros del póquer. Una ronda más, y entran, dijo. No sé, dijo Pablo, ¿crees que deba fingir un poco antes de acabarlos? Acábalos sin piedad y nos largamos, dije. Mientras esperábamos miré la cubeta sobre la que se jugaba. Jugaban sobre una cubeta volteada. Había más de mil pavos allí. Me brillaron los ojos. Finalmente nos abrieron un espacio. Pablo explicó que sólo jugaría él. No les pareció buena idea que yo estuviera allí sin jugar, mirando, así que me fui a por un trago y esperé. Nunca había visto al bueno de Pablo así. Estaba rígido como una piedra. Sentado sobre un banco, la espalda totalmente recta, y con la jeta como un condenado hombre de plomo. Tardó cuarenta y cinco minutos en acabar con ellos. ¿Y bien?, dije. Vámonos rápido, me dijo. Salimos aprisa y una vez en la calle corrimos. Qué ha pasado, hombre… dije jadeando en la esquina del Palacio de Bellas Artes. Pablo abrió la mano. Tenía mil cuatrocientos pavos en la manaza. ¡Dios!, dije, ¿lo ves?, fue buena idea. Ajá, contestó con la respiración entrecortada. 

Caminamos sin rumbo hasta Eje Central. Vimos un antro de bailarinas nudistas y entramos. Fue una buena noche. 

3

 Le propuse a Pablo dejar la magia. Es pueril, tío, dediquémonos al póquer. Tardó en aceptar. La magia era su vida y no la dejó. Trabajaría con ella hasta las diez de la noche y luego al póquer. Por las tardes, a eso de las cinco, nos sentábamos a entrenar. Nos pedíamos unas cervezas mientras llegaba la gente. Pablo practicaba concienzudamente. A las siete, que el bar comenzaba a llenarse, se dedicaba a la magia para ganar las entradas del póquer. A las diez en punto corríamos a las cantinas del centro de la ciudad. Ganábamos algunas apuestas y nos bebíamos la pasta esa misma noche. En las cantinas y en los centros nudistas comenzaron a reconocernos. En las cantinas nos odiaban y en los centros nos amaban. Gastábamos todo el dinero en una sola noche. Llegamos a ganar hasta cinco mil pavos, mismos que entregamos a cualquier puta. Nos volvimos ludópatas. Sólo eso nos faltaba, dijo Pablo, ahora tendremos que ir a ludópatas anónimos. Olvídalo dije, el juego es la vida. 

 Incluso aquel estilo de vida se volvió rutina. Esperar a que Pablo arrebatara la pasta a los competidores comenzó a cansarme. Yo necesitaba acción. Adrenalina. Todas nuestras apuestas se libraban en cantinas de poca monta y jamás, por ningún motivo, dábamos un buen golpe. Quiero decir, un buen golpe de verdad. Mientras Pablo jugaba al póquer yo bebía alguna cerveza e investigaba el asunto. Trataba de encontrar la brecha hacia la gloria. Preguntaba por todos lados dónde podíamos jugar póquer enserio. Con entras de diez mil o algo. Así conocí al viejo Dan. Era un viejo de unos sesenta años que había jugado póquer profesionalmente, se había forrado de pasta, y lo había derrochado todo en putas y alcohol. Ahora sólo era un anciano que gustaba de contar cómo un día tuvo el dinero del mundo haciendo al póquer. Ya dije, eso es a la mar de impresionante. Lo era, dijo el viejo Dan desde su banco en la barra de la cantina. Verás, Dan, lo que yo necesito es llevar a mi muchacho a las mayores, tú sabes, ganar unos cuantos miles de pavos no es la gran cosa. Vaya que lo sé, contestó, yo no salía una noche de póquer con menos de unos cientos. Ya dije, eso es lo que deseamos. Pagué el trago de Dan por más de una hora y finalmente lo logré. Me invitó a visitar un grupo de amigos suyos que apuestan a lo grande. 

4

 Tardé en convencer a Pablo. Te he conseguido la partida de nuestras vidas, dije. El viejo Dan había dicho quince mil la entrada, mesa de cuatro. Piénsalo dije, serán mínimos sesenta mil pavos en la mesa. No sé, dijo Pablo, yo sólo quiero sacar para el trago, no tengo ambiciones de hacer una vida jugando. Ya dije, no seas gilipollas, tienes el don y no podemos desaprovecharlo. Pablo temía que alguno sospechara de su habilidad mágica y nos pegaran un tiro.  O nos abrieran la barriga. O algo. Lo tengo todo bajo control dije, no te preocupes. En realidad no tenía nada bajo control, dije aquello para tranquilizar a Pablo. ¿Cómo es que lo tienes bajo control?, preguntó. No supe qué decir así que dije: confía en mí, tío, todo irá bien, saldremos del asunto con más pasta de la que jamás has tenido en tu puta vida de mago. El último comentario le dolió un poco. Había entregado su vida a la magia y deseaba con toda el alma ser un gran mago. Lo convencí diciendo que si obtenía la pasta suficiente, podría hacer su anhelado viaje a Europa, donde se matricularía en las mejores clases para mago del mundo. 

Decidimos dejar el trago y ahorrar los quince mil de entrada. Nos costó más de tres meses. Aunque jugábamos viernes y sábados reportando utilidades de más de mil pesos por día, no pudimos jamás evitar ciertos gastos. Llegamos a gastar más de la mitad en putas y cerveza. Ahorramos lo poco que pudimos y cuando tuvimos la plata necesaria en la mano, fuimos con el viejo Dan y se lo dijimos. El viejo nos citó la próxima semana. Nos escribió la dirección en un papel. Era un sitio en la delegación Magdalena Contreras. Debíamos llegar puntuales y vestidos decentemente. El viejo Dan había visto las habilidades de Pablo. Hablé de tu muchacho a mis amigos, dijo, están ansiosos de conocerlo. Perfecto dije, la próxima semana. Perfecto, dijo el viejo Dan dándome un fuerte apretón de manos. 

5

Toda la semana estuvimos entrenando. Dejamos de beber considerablemente. Incluso dejamos La Saeta. Nos mudamos al Café La Selva del centro de Tlalpan. Allí era menor la tentación de pegarle al trago. Pensamos todas las posibilidades. Incluso la de perder. Estas hablando de cabrones que juegan al póquer profesionalmente, dijo Pablo, existe la posibilidad de perder. Pero eres mago, mierda, dije. Sí, dijo, pero esos tíos están acostumbrados a los chantajes y pueden reconocer a un estafador a kilómetros. Pablo tenía razón, no sería tan fácil. Decidimos pelear limpio. Pablo jugaría sin hacer trampa. Al menos guárdate un as bajo la manga dije, por si acaso. Lo haré dijo, pero lo usaré sólo si es estrictamente necesario. Bien, dije. 

La semana pasó lentamente. El martes por la tarde me encontré con Pablo. ¿Cómo va todo?, pregunté. Mal, dijo, este rollo me pone muy nervioso. Debo mejorar mi concentración. El póquer es un juego de autocontrol. Ya dije, ¿necesitas algo?, puedo traerte una mujer o un whisky en las rocas o… No, interrumpió, no entiendes, eso acabaría con mi concentración. Bueno dije, si necesitas algo dime, iré por allí a beber algo. Ajá, dijo. 

El miércoles fue el mismo cuento. Debo trabajar en las miradas, debo saber exactamente qué mano tienen los contrincantes con sólo verlos a la cara. El póquer es un juego de autocontrol. Ya dije, ¿quieres que te deje solo? Asintió con la cabeza. Me largué a dar la vuelta. Me senté en la banca pública de enfrente y lo miré trabajar con los naipes. Luego se quedó ido. Supongo que trabajaba en la concentración. Pasó una linda mujer de lindo culo, y me largué tras ella. 

Jueves. 

El día estaba cerca. Pasado mañana sería el encuentro. ¿Cómo van esos nervios, Pablito?, pregunté a Pablo que estaba sentado en a la mesa bebiendo café como endemoniado. Las manos le temblaban. Vamos dije, un mago no puede ponerse así, si deseas ser un mago de verdad, no puedes ponerte así. No dijo, lo tengo todo controlado, el temblor es por la cafeína. ¿Y cómo va la mente?, dije. Mi mente está en perfecto estado, contestó. Excelente dije. Mañana acabaré con ese trío de aficionados, dijo. Le di un par de palmadas en el hombro y dije: ese es mi muchacho, ¿te pido una cerveza?, no dijo, eso podría derrumbar todo el trabajo de mi autocontrol; el póquer es un juego de autocontrol. Ya sé, dije. Me quedé con Pablo un par de horas y le pedí algo de pasta para un trago. Era la vida ese Pablito, su magia y las apuestas mantenían mi vicio y el suyo. Me estiró doscientos pavos y me fui a La puerta Negra

Viernes. 

Bueno, muchacho, mañana es el gran día, ¿cómo te sientes? Pablo lucía estupendamente. Hizo algunos trucos en el Café y sacó algo de plata para cenar. Ahora yo estaba nervioso. Verás dije, mañana te veré en San Jerónimo. En la bandera. De allí subiremos juntos a la Magdalena Contreras. Ajá, dijo Pablo. Te veré a las siete en punto, dije, para llegar a las nueve y media. Pablo asentía con la cabeza, fumando un cigarrillo y pensando. Cuando me juró por su madre que no sería impuntual, me largué. 

Sábado.

 Era el gran día. Me levanté a las dos de la tarde y me duché con la Tarantella de Liszt sonando en el estéreo. Me fui a la bandera de San Jerónimo y llegué a las cuatro con treinta. Me había citado a las siete con Pablo pero quise llegar un poco antes. Sin embargo fue demasiado antes así que me busqué un sitio con venta de cerveza y lo encontré. Un pub, o algo, así decía el anuncio y me metí. Mientras esperaba pensaba en todo lo que haría con mis treinta mil pavos. Eso era el promedio de mi ganancia. Pensé que podría comprar una biblioteca de viejo, completa, para mí sólo. O vivir el tiempo necesario sin preocuparme de otra cosa que beber y follar putas. Cualquiera de las dos cosas me llenaba de placer. Cuando dieron las seis con treinta me salí y caminé hasta la bandera. Eso me tomó un cuarto de hora. El otro cuarto esperé a Pablo. Y esperé mucho más. Siete con diez: Enciendo un cigarrillo y Pablo aún no llega. Siete con veinte: Una mujeraza de tremendas peras pasa a mi lado y la miro tan hostilmente que camina aprisa. Siente con veinticinco: Enciendo otro cigarrillo. Pablo no llega. Siente con treinta: El hijoputa de Pablo no aparece. Enciendo otro cigarrillo. Esperé hasta las nueve con treinta. Ya no había posibilidad alguna. La cita con el viejo Dan era a las nueve con treinta y pidió puntualidad. Dijo que si no lo hacíamos, no nos permitirían entrar a la partida. Sentí ganas de matar al cabrón de Pablo. El muy pendejo acabó con mis ilusiones de una buena vida. En verdad quería matarlo. 

 Llegué al Café La selva. Pablo no estaba allí. Llegué a La Saeta. Pablo tampoco estaba allí. Los ánimos se me calmaron y pensé que quizá hubiese pasado algo. Algo grave. Pero luego recordé los treinta mil y sentí nuevas ganas de matar a Pablo. ¡Hijoputa!, pensaba. Cabrón de mierda, pensaba. Más vale que estés muerto, de lo contrario, te mataré yo mismo, pensé. Ya que estaba en un bar, me pedí unas cuantas birras y me puse la farra de mi vida. Creo que la frustración ayudó a que el alcohol se me subiera a la cabeza más rápido de lo normal. 

6

 Pablo no aparecía por ninguna parte. Había pasado una semana y Pablo no aparecía. Comencé a preocuparme realmente. Luego pasó otra semana y dejé de preocuparme. Me ocupé de lo mío y regresé a mi rastrera vida de beber los últimos pesos. Me olvidé del asunto del póquer, de los treinta mil pesos que perdí, y de Pablo. Ya no me interesaba si la tierra se lo había tragado. Dejé de visitar La Saeta. Y el día menos pensado, casi pasado un mes, encontré a Pablo en un bar de la calle Donceles. ¡Hijoputa!, grité cuando lo vi. Pablo no me había visto y cuando lo hizo, se sorprendió. ¡Cabrón!, ¡me robaste siete mil quinientos pavos! Pablo estaba solo, bebiendo y parecía un hombre realmente triste. Encendió un cigarrillo y no dijo nada hasta la primera bocanada: Lo siento, hermano, lo siento. Ya, dije, devuélveme mi pasta. Y estiré la mano. No tengo un quinto, dijo. No te hagas, te guardaste los quince mil. Pablo administraba el dinero. Primero porque técnicamente era SU dinero, y segundo porque yo no confiaba en mí mismo. Me pensaba que cualquier día podía darme la gana irme de putas con toda la pasta, y lo haría. Lo siento, repetía Pablo como un perico. Ya, dije, no hay problema, sólo entrégame mi parte de la plata. No hay nada, dijo. Yo no lo podía creer. Me explicó: aquel sábado el tío estaba tan puñeteramente nervioso que sufrió una crisis. Venía en caminó a San Jerónimo y se le metió el demonio. Venía con toda la pasta en el bolsillo izquierdo. No supo exactamente en qué momento pasó. El muy cabrón no supo cómo pasó. El caso es que terminó en un putero de mala muerte, borracho hasta el copete, y sin un centavo. Toda la semana se mantuvo seco, y tú lo sabías, dijo, tú lo sabías, yo soy alcohólico, ALCOHÓLICO, dijo Pablo al borde de las lágrimas. O sea que te fuiste de farra sin mí, tío, eso me duele más que los treinta mil. Yo era tu compañero de copas, tu trébol de la buena suerte, tu As de espadas, tu… Lo siento, lo siento, repetía a Pablo. Entonces lo dijo y lo comprendí. Me tomó del cuello de la camisa y agónicamente dijo: de borracho, a borracho: me gasté la pasta en alcohol. Tomé a Pablo en un abrazo y le dije: calma, hermano, calma, yo hubiera hecho lo mismo. No sabes lo terrible que es, dijo. Lo sé, dije, lo sé. No, dijo, no lo sabes. Vaya, que losé, contesté. 

En verdad perdoné a Pablo. Quizá lo sometí a más de lo que era capaz de soportar, pensé. Quizá tuvo razón cuando dijo no tengo ambición más allá de ganar pasta para un trago. Eso era lo mejor. Juego-bebo-juego-bebo. Nada malo había con eso. Era como tener los treinta mil, pero al infinito. Aquello no acabaría en unos buenos años. Ahora todo se había ido a la mierda. Perdóname, decía Pablo con los ojos llorosos. Ya, tío, te perdono. Hizo que lo repitiera cientos de veces y no lo entendió hasta que lo dije. Dije: tío, de borracho a borracho te digo: te perdono. 


4 comentarios:

  1. Esta muy padre me emocione yo crei que ya te ibas a hacer rico!!!

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  2. Martin, muy buena esta historia y como dice Rebeca me emocione por que tambien crei que serias rico, pero tambien me dio la imprecion de que te estafaron, putas y birras para el solo?

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  3. No lo estafaron el era el estafador!! no hacia nada y cobraba la mitad de las ganacias y todavia le dice a pablo que le debe dinero, que vividor!! Pero bueno el relato!

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  4. Citlalli Palacios Garza21 de julio de 2011, 13:19

    Cierto el wisky en las rocas es la bebida de los dioses, por otro lado Martin Petrozza, no hay nada más emocionante que guardar un as bajo la manga y la magia tiene su encanto y hace lo suyo, es por eso que un buen mago jamás revela sus secretos, Pablo y su concentración te abandonaron por unas cervezas y unas putas, pero de borracho a borracho hizo su esfuerzo, se va dibujando parte de lo que eres y has sido, buen relato, mejores tiempos.

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