miércoles, 13 de octubre de 2010

Alice y la libertad.

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Alice tenía veinte años y se esforzaba en convencerme. Recién, su grupo de amigas le había metido la idea de la mujer libre y de la mujer inteligente. Y ella pensaba ser inteligente. Y deseaba ser libre. O sea, ya soy inteligente, decía Alice, y ahora quiero ser libre. Yo sobrellevaba la conversación. Alice no era demasiado inteligente. Dejó de serlo el día que la convencieron que lo era. ¿Y qué es una mujer libre?, pregunté a Alice. Ella no lo sabía muy bien. Una mujer libre dijo, es la que hace lo que quiere. Así que no tenía idea. 

Alice sufrió un cambio. A los diecisiete años era una niña bien portada. Obedecía a sus padres y no se metía en problemas jamás. Era de las que piensan que la virginidad es un tesoro. Y de las que creen en Dios. Y claro, no era precisamente una personalidad atractiva. No tenía muchos amigos y nadie deseaba pasar el rato con ella. Con una mujer así. Era vecina mía. Sus padres eran amigos del Sr. Pinciotti y de vez en vez se pasaban por la casa a saludar, comer o cenar. Alice era muy callada. Me miraba pero no decía gran cosa. Yo intentaba hacer conversación y me daba cuenta porqué Alice no tenía un solo amigo. Era lo que se conoce como una monja. No había tenido novio ni había estado cerca de tenerlo. No era fea. Tampoco era una belleza. Era una persona bastante extraña. Así la miraban los chicos. Como una mujer bastante extraña. Lo que te falta es feminidad, le dije una ocasión que vino de visita con sus padres. Mientras el Sr. Pinciotti y los padres de Alice platicaban en la sala, nosotras íbamos a mi habitación. No me emocionaba mucho la idea de pasar tiempo con ella pero era mejor que dejarla sola. En ocasiones me inventaba una cita y me salía. La dejaba allí. Pero a veces tampoco tenía ganas de inventarme nada. Le prestaba la mínima atención. Cogía un libro y respondía a sus preguntas con ujums y ajams y claros. Soy femenina, dijo Alice. Verás, le dije, ser femenina no es usar esos zapatos cursi que usas. Le encantaba usar zapatos de niña. Blancos y brillosos. No respondió. Ser femenina tampoco es peinarte el cabello todo el santo día. Le encantaba peinarse el cabello con un cepillo tan cursi como los zapatos. Y sobre todo, le dije, ser femenina no es guardarse el coño. Aquí Alice se llevó las manos a la boca. Nunca decía nada parecido. ¡Y eso! dije, deja de asustarte de todo. Alice se defendía diciendo que las chicas como yo son mujeres fáciles y que ningún hombre toma enserio a las mujeres fáciles. No te equivocas, dije, pero yo no digo que te hagas una mujer fácil. Sino una mujer deseada, anhelada, inalcanzable. Los ojos de Alice parecían buscar algo. Trataba de comprender. ¿Tú has tenido muchos novios?, me preguntó. No, dije, la verdad no he tenido muchos novios. ¿Entonces cómo sabes tanto de hombres?, dijo. Yo nunca le conté algo que pudiera dar a entender que yo sé mucho de hombres. Lo notó en las llamadas al móvil, en las citas, en la manera de arreglarme. Porque salgo con hombres, dije, pero no los hago mis novios. ¿Por qué no?, preguntó Alice. Porque no me interesan para eso, me interesan únicamente para pasarlo bien. Otra vez se asombró. Tuve que explicarle que pasarlo bien, sí, sí significa lo que tú crees, Alice, querida, no seas una monja, por Dios. Todo eso trastornó la mente de la pobre. Ella vivía en un mundo diferente. ¿Tú has tenido novio alguna vez?, le pregunté. ¡No, jamás!, dijo como si la ofendiera aquella pregunta. ¿Y por qué no?, dije. No sabía por qué no. Pues porque… Porque no estoy en edad aún. Maldición, dije, tus padres  te han hecho tanto daño. De verdad los ojos de Alice buscaban algo. De alguna manera ella sabía que yo tenía razón. No es que la tuviera. Podía estar más equivocada que los padres de Alice. No que Alice, porque Alice no tenía criterio. Todo lo que ella pensaba, decía y actuaba era la manipulación de sus padres. Pero una cosa era segura: Alice comenzaba a dudar. Comenzaba a preguntarse si todo el rollo de la virginidad, de los modales y de los principios, es algo bueno. Tampoco estaba segura de que yo fuera precisamente algo bueno. Así pensaba la pequeña Alice. Todas las cosas tenían que ser, para ella, buenas o malas. Maniqueamente. 

Para ser sincera, yo nunca consideré a Alice una amiga. Por mi parte también tenía pocos amigos. Pero miles de conocidos y muchos pretendientes. De todo tipo de pretendientes. Idiotas, seudo-enamorados, apasionados, atrevidos, ingenuos, tímidos, locos, agresivos, convenientes y convincentes. Alice, sin embargo, me tomó cariño; admiración y respeto. Se lo pasaba diciendo que yo era su mejor amiga. Me lo decía a mí. A nadie más. No había nadie más. Y me agradecía. Comenzó a vestirse diferente. No lo noté hasta que lo dijo. Me mostró sus nuevos zapatos y su nuevo peinado. Alice solía vestirse como una muñeca. Con vestidos y zapatos de muñeca. Cambió todo eso por ropa que le hacía ver más juvenil y más atractiva. El cambio fue gradual, no de un día para otro. Tenía dieciocho años y lucía como una chica de dieciocho años. O sea que el cambio le sentó bien. Entraba a mi casa y corría hasta mi habitación o donde sea que yo estuviera y me saludaba de beso y abrazo, cosa que me inquietaba. Pensaba: la pobre confunde las cosas, se cree que alguna vez tuve la intención de ayudarla. La verdad Alice y su vida me tenían sin cuidado. Yo sólo dije lo que pensaba. Dije: Alice, eres anticuada. Alice, nadie te quiere por cerrada. Alice, eres una ñoña. Y no se ofendió. Pensó y actuó. Así que podemos decir que era inteligente. No todos estuvieron de acuerdo con el cambio. Mis padres dicen que me estoy descarrilando, me dijo Alice. Maldición, dije, ¿y qué hay de malo con salirse del carril, si el carril por el que vas no te gusta o es tan patético como el carril en que te tenían ellos atada? Pues no sé, dijo, eso dicen ellos. No hagas caso, querida, los padres y los hijos no vinieron a este mundo para estar de acuerdo. Tienes razón dijo Alice sacando una caja de Marlboro. Tomó un cigarrillo y lo encendió. Allí, en mi habitación. Vaya, dije, ahora fumas. No lo dije sorprendida y eso sorprendió a Alice. Pensó que la regañaría por aquello, que diría te estás pasando de la raya o algo. Le dije: dame uno, nena. Ella no sabía de mi adicción al cigarro porque a decir verdad no sé si se pueda considerar una adicción. Fumo tan poco que mucha gente no sabe que lo hago. Y ese era el caso de Alice. Me extendió la cajetilla y saqué un cigarrillo. Cogí del cajón un encendedor y encendí ambos cigarrillos. Alice dio la primera bocanada y lo supe: ¿hace cuanto fumas?, pregunté. No hace mucho, dijo. ¿Y de dónde te vino el vicio? Me contó se ganó algunas amigas en el colegio. ¡Y amigos!, dijo emocionada. Y ya estaba enamorada de uno. Bueno, dije, primero tienes que aprender a fumar. ¡Cómo!, dijo. No fumaba. Echaba el humo sin fumar. Le expliqué. Le dije mírame. Lo intentó y pasó lo inevitable: se ahogó. ¿Y qué hay con el chico?, pregunté. Es el hombre perfecto, dijo. ¿Qué edad tiene?, pregunté. Contestó diecinueve. No sé, dije, estoy segura que no es perfecto y dudo que llegue a “hombre”. Alice estaba enamorada de cualquier modo y no le afectó mi comentario. ¿Y cómo va la cosa?, pregunté. No sé cómo acercarme a él, dijo. Ese es el problema, dije, tú no tienes que acercarte a él, es él quien debe acercarte a ti. ¿Y cómo logro eso?, dijo. Es algo complicado al principio pero muy sencillo cuando lo entiendes. Todo hombre tiene su modo. Pero antes que nada debes preguntarte si realmente lo quieres tras de ti. Y si realmente te conviene algo con él y… Me interrumpió: no lo amo porque me convenga, lo amo porque… La interrumpí: no lo amas, no te engañes. Lo amo, dijo. No, nena, dije, no puedes amarlo si acabas de conocerlo. El amor no existe, y menos a primera vista, lo que tú tienes, querida, es un deseo ardiente de follar. Se escandalizo. No pasa nada, dije, el sexo es bueno para tu organismo. Aquella tarde no habló más y se fue. 

Entre Alice y yo se formó una especie de amistad condicionada. O lo que sea. Es decir, ella no era mi amiga, era una chica que me pregunta cosas y le respondo y eso es todo. Pero yo, para ella, era un confesionario, una guía, una madre y la mejor amiga. El tiempo pasaba y Alice se transformaba gradualmente. De ser una monja llegó a ser una guarra. Yo era guarra pero me daba a desear. Y lo era sólo con hombres que valían la pena: adinerados, guapos y mayores. Alice llegó un mes después y me dijo lo he hecho con Arthur. Así se llamaba su enamorado. ¿Y bien?, dije. ¡Se ha olvidado de mí! No pude evitar una risa irónica. Alice se echó a llorar. La abracé. No llores, nena, así es la vida y eso te iba a pasar tarde a temprano. ¿A todas pasa?, preguntó sollozando en mi hombro. No, dije, no a todas, pero a ti te iba a pasar tarde o temprano… Recomenzó el llanto. Ya deja eso dije, llorar no sirve de nada, dime, ¿al menos lo disfrutaste? Asintió con la cabeza, un poco, sí, dijo, pero no estoy segura. Claro, dije, yo sabía que ese Arthur no podía con una mujer. Ya vendrán otros hombres y otros polvos, y sabrás con quién sí y con quién jamás. Le sobaba la espalda mientras le decía aquello. Pero no me entendió. Yo le dije ya vendrán otros hombres y se pensó que quise decir ya vendrán TODOS los hombres. Si algo tiene bueno Alice es su capacidad de superar las cosas. La podías ver derrotada hoy, la podías ver siendo la mujer más ingenua hoy,  y al otro día se le había pasado el mal rollo y actuaba. Era rápida. De inmediato superó el caso de Arthur y se dio vuelo a lo lindo. Comenzó a acostarse con todo hombre que se le atravesara. Naturalmente esto tuvo consecuencias. Primero sus padres. No la bajaban de puta y de hija de Satanás. Y lo peor del asunto es que la muy cabrona siempre mencionaba mi nombre en sus discusiones familiares. Así que yo quedé como la Satanás y Alice como mi hija. El Sr. Pinciotti se enteró que yo mal-influenciaba a Alice y la había convertido en una zorra. A esas alturas mi padre sabía perfectamente qué clase de hija tenía y ya no le molestaba tanto. Habíamos pasado por la etapa: es tu vida, tú sabes lo que haces. Pero en este caso añadió: sólo no jodas la vida de las demás. Maldición, yo no estoy jodiendo nada, la que JODE es Alice. Con todo mundo. No es mi culpa yo no soy su madre ni… Ya, dijo mi padre, olvida el asunto. Ni a él importaba realmente. Otra consecuencia fue el vacio. Alice no encontraba al amor de su vida. No era una zorra interesada como yo, ni una zorra desinteresada como las demás zorras. Era una zorra en busca de amor. Se pensaba que follando iba a retener a los hombres. Se pensaba que pasando de uno a otro encontraría al príncipe azul. Era una búsqueda malsana del amor. Una búsqueda sin sentido. Era como un ratón que coge el queso electrificado una y otra vez. Alice entraba a mi habitación y encendía un cigarrillo. Se sentaba en el borde de la ventana y me contaba su última correría con un hombre. Ya no era, definitivamente, una monja. Ahora se vestía provocativa y realmente lucía como una mujer de mundo. Fumando y hablando de hombres. De sexo que la ha dejado insatisfecha. Ahora yo le pedía apagara su maldito cigarrillo. Una cosa es fumar d vez en cuando, le dije, y otra no fumar de vez en cuando. Ahora pareces mi madre, dijo. Maldición, pensé, he creado un monstruo. 

2

 Alice cumplió veinte años y se mudó a un apartamento. Venía a visitarme con menor frecuencia pero lo hacía. Se había peleado con sus padres. Llegaron a un acuerdo. Le rentaron un apartamento con tal de no tenerla cerca. A cambio Alice debía evitar a toda costa escandalizar a sus padres. Debía entregar buenas notas del colegio y hacer una vida decente. Era un trato muy extraño pero lo cierto es que era  mejor. Eso de tener a Alice lejos. Sus padres eran amantes de la buena imagen. Y no querían que una hija, en casa, manchara esa buena imagen con guarradas y libertinajes. Con formas de vestir tan atrevidas. Preferían decir nuestra hija estudia lejos y vive cerca del colegio, que aceptar la realidad. 

¿Qué es ser una mujer libre?, pregunté a Alice. Insistía en eso. Se rodeó de mujeres, amigas, y le habían metido aquello en la cabeza. Así como un día yo influí en su vida, ahora era influenciada por un grupo de “mujeres libres”. Ser libre, ya sabes, decía Alice, no estar atada a nada y hacer lo que te plazca cuando te plazca. ¿Y a qué estás atada tú? A anda dijo, ahora ya soy libre. Pero no eres muy inteligente, dije. ¿Por qué lo dices?, preguntó Alice echándose sobre mi cama. Había tomado una confianza increíble. Antes apenas hablaba, a penas se movía. Ahora camina por la habitación dueña de sí e incluso se echaba sobre mi cama como si tal cosa. Porque si lo fueras cumplirías con el acuerdo de tus padres y sabrías equilibrar  placeres y  obligaciones, dije. Eso es el problema, Vero, que si cumplo mis obligaciones, no soy libre. No, dije, al revés, si no las cumples, te encadenas. Si las cumples te liberas de ellas. Trataba de hacerle ver a manera de niña pequeña. No cumplía con el colegio ni con nada. Se dedicaba a buscar príncipes azules, en penes. Era como besar al sapo. Quizá uno se transforme en el amor deseado. Le dije: es tan fácil confundir la libertad con tantas cosas, que muchas veces las personas que gritan a los cuatro vientos ser libres, son  las más atadas. Aquí Alice frunció el entrecejo. Continué: Es tan fácil confundir la libertad que nos sumergimos en prisiones de cristal, creyéndonos libres. El problema con la libertad, es que no existe. No puramente. Alice fumaba y escuchaba, pensativa, como siempre había escuchado mis palabras. Seguí: El animal es esclavo de sus instintos, y el hombre, animal racional, de su razón. De su lógica. De su complejidad. Ser libre, Alice, no es hacer el amor con todo mundo, ni es desobligarte. La mujer “de hoy”, “libre”, es un ser asustado, como un perro que ha vivido atado, desatado de pronto. Los conceptos se mezclan como gases nebulosos: feminidad, poder, control, libertad, libertinaje. Y este último, el libertinaje, es el más engañoso. Nos vende un ideal que pagamos caro: con el alma. Los conceptos son una línea circular, donde los extremos se tocan, y el extremo esclavitud y el extremo libertinaje, se funden. La verdadera libertad consiste en elegir nuestras ataduras. 

Alice escuchaba atenta, echada sobre la cama, mirando al techo. No dijo nada. Quizá porque no tenía nada qué decir, o porque no le daba la gana decirlo. En ese momento ella era libre de opinar, pero no lo hizo. En ese momento, Alice, rozó la libertad. Porque nadie, jamás, la tocado de lleno. La libertad es elegir los conceptos existentes. No se puede ir en contra de algo, y ser libre. 

3

Alice se marchó y dejó de visitarme. Una llamada o dos al móvil es todo lo que nos unía. Ya no me contaba todo de su vida. Quizá no le gustó lo que dije aquella última vez. 


4 comentarios:

  1. El final es un poco tosco pero es interesante lo que planteas de la libertad.

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  2. Excelente texto. Un aplauso para Pinciotti!!!

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  3. hace mucho que no leia algo tuyo. Muy bueno como siempre!

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