jueves, 16 de septiembre de 2010

Relato 1. El gato Adorno.

AudioTexto

Betty y Arnold Sanders eran una pareja feliz. Arnold se colocó en una empresa al sur de la ciudad así que se mudaron allá. Arnold era ingeniero civil y se contrató para levantar una cadena de gasolineras a la salida de la carretera. Rentaron un lindo apartamento y se instalaron. Deberíamos saludar a los vecinos, dijo Betty a su marido mientras se asomaba por la ventana. Pero Arnold era de los que aman el trabajo por sobre todas las cosas, y no contestó. En la casa donde vivían anteriormente Alrnold no tenía un solo amigo. Betty se esforzaba por encontrar compañía pero Arnold jamás tenía tiempo. Trabajaba, trabajaba, trabajaba. Si Betty conseguía ser invitada a casa de algún vecino, Arnold no la acompañaría. Y Betty era una esposa a la antigua. No saldría sin marido a ninguna reunión. A ningún lado. Es nuestra oportunidad de rehacer nuestra vida social, dijo Betty mientras se desnudaba. Arnold estaba recostado en cama con la espalda sobre un par de almohadas y las piernas recogidas. Sobre ellas había una computadora. El ruido de las teclas al ser pulsadas era la única respuesta que Betty recibía de su marido. Me gustaría tener amigos, alguien con quien discutir del tiempo o jugar canasta… Betty se metió a la cama. Arnold se dio un segundo para contestar. Alzó las gafas de su rostro con el índice y dijo: podemos comprar un gato. Y regresó a la computadora. Betty apagó la luz y la luz del monitor le dio de lleno en la cara a Arnold. Desde donde estaba Betty parecía un monstruo. Eres un monstruo, dijo Betty resignada. Se acomodó para dormir. Necesito hablar con alguien, dijo. El mutismo de Arnold no la detuvo. Necesito sentir que alguien se preocupa por mí. Necesito compartir mi gusto por la jardinería con alguien. Tú odias la jardinería, Arnold. Alrnold, dijo Betty dando un ligero golpe con el talón a Arnold. Maldición, Arnold, te  estoy hablando. Arnold puso la computadora sobre el buró. Sí, querida, mañana compraremos un gato, dijo y se echó a dormir. No quiero un gato, dijo Betty. Odio a los gatos. Entonces un perro, contestó Arnold. Un perro no cabe aquí, es un departamento pequeño… ¿Un pez?... Con los peces no puedes hablar, dijo Betty. Te compraré un loro, dijo Arnold. Sólo quiero una vida normal, dijo Betty, con amigos y reuniones las quincenas. Gente, Arnold, quiero gente, no animales. Gente para conversar del clima o de cuál es la lavandería más barata de la zona. Prende el televisor cuando te sientas sola, eso ayuda, contestó Arnold. Betty se levantó. Salió de la habitación y fue hasta la cocina. Preparó café y se sentó en el sofá a leer una revista de novedades. 

 Betty despidió a Arnold al amanecer. Siempre salía junto con el sol. Le gustaba respirar el aire frio y llegar fresco al trabajo. Betty se metió a la ducha. Aquella mañana preparó panqué. Cuando estuvo listo salió. Se presentó en cada uno de los apartamentos del edificio. Buenos días, soy Betty Sanders, la nueva vecina, del trecientos ocho. Mucho gusto. Traje una rebanada de panqué.

2

 Betty ganó algunos amigos. Se esforzó. Estaban los Cauldfield, del 206. El marido era comerciante y la mujer ama de casa. Pero no tienen modales, dijo Betty a Arnold mientras éste revolvía algunos papales sobre la mesa. Buscaba algo. Una anotación. Y los Riverstone. En el 404. No son agradables, dijo, ambos son vendedores de seguro y siempre llevan la conversación a los beneficios de asegurarte con su marca. Aja, dijo Arnold. Seguía revolviendo papeles y anotando cosas con un lápiz. Betty preparaba un par de sándwich. Y la señora Mackensi, dijo mientras untaba mayonesa a un pan. Tiene setentaidos años. Es pensionada y vive sola. Siento lástima por ella. Acabó con los sándwich. Tomó un par de platos y los colocó a la mesa. ¡Betty, carajo!, gritó Arnold. No lo pongas sobre el plano F – 132. Betty cambió los platos. Allá tampoco, dijo Arnold, es el plano G- 153. Betty se llevó los platos y continuó. Estaba emocionada: los Carver nos invitaron a cenar… Arnold no respondió. Betty sirvió leche en un vaso. Son un par de jóvenes, dijo, son muy carismáticos. Recién se casaron. El chico trabaja en un banco y la chica es secretaria, son muy divertidos. ¿Quién es divertido, el comerciante?, preguntó Arnold. Betty comía en el sofá. No, Arnold, el comerciante no, el chico Carver, que nos invitó a cenar. ¿A cenar?, dijo Arnold rascándose el cráneo. 

 Pasa, querida, luces estupenda. Gracias, dijo Betty. ¿Y el Sr. Sanders?, preguntó Susan Carver. Betty titubeó. Ya vendrá, dijo mirando a Susan a los pechos.

Betty se hizo amiga de los Carver. Todas las tardes a las siete Susan se pasaba por el 308 y bebía con Betty café o una copa. 

Betty no paraba de hablar de Susan. Es muy linda, le decía a Arnold mientras se untaba crema en la cara. El chico es muy amable. Y tienen un gato. Se llama Adorno. ¿Adorno?, dijo Arnold. Sí, Adorno. ¿No odias a los gatos?, preguntó Arnold. A Adorno no, dijo, él es muy bello. ¿Y qué tiene de bello el gato de los Carver?, dijo Arnold. Pues es simpático, contestó Betty metiéndose a la cama, con la crema puesta. ¿Trabajarás un poco más?, preguntó a su marido. Estaba recostado con la computadora sobre las piernas. Un poco, sí, contestó. Betty apagó la luz y durmió.  

Los Carver dieron a Betty las gracias. Saldrían de viaje y encargaron a ella cuidar de Adorno. Es sólo alimentarlo, dijo Susan, únicamente dejas la comida en el trasto y él sabrá cuando comer. Perfecto, dijo Betty, que se diviertan. Lo haremos, dijo Susan. 

 Así que tú cuidaras del gato, dijo Arnold. Así es, contestó Betty, es sencillo, sólo debo alimentarlo. A las siete. Arnold dio un trago a la cerveza. Era viernes y los viernes se permitía beber una cerveza o dos. Estaba sentado en el sofá de la sala y hacía anotaciones en un cuadernillo sobre la mesa de centro. Ajá, dijo. 

3

Eran las siete de la tarde. Susan dejó una copia de llaves a Betty así que las tomó y fue hasta el apartamento de los Carver. La llave resbaló ligera. Giró el pomo y entró. 

¿Dónde estabas?, preguntó Arnold a Betty cuando la miró llegar. Alimentando al gato, contestó ella. ¿Cuál gato?, dijo Arnold. Ya sabes, Adorno, dijo, de los Carver. Sí, dijo Arnold, qué bien. Le puse una lata sabor hígado, ¿a los gatos les gusta el hígado, Arnold? Supongo que sí, contestó.  

Al día siguiente Betty puso una lata sabor pescado. Abrió el estante y sacó la lata. Había toda clase de conservas. Cogió un bote de crema de maní y leyó: auténtica crema de maní. 470 gr. La colocó en su lugar. Todas las etiquetas miraban al frente. Imaginó a Susan colocando los frascos de ese modo. Uno por uno. Había un envase de cerezas en almíbar ligeramente ladeado. Lo acomodó mirando al frente. Luego fue a la tarja. Tenía un plato sucio dentro. Lo miró unos segundos y abrió la llave del agua. Lavó el plato. 

¿Qué tal Adorno hoy?, preguntó Arnold. Betty llegaba del apartamento de los Carver. Arnold preparaba un par de tortas. Le ofreció una a Betty. La verdad no lo he mirado, dijo, nunca está. Es un gato muy independiente. ¿Se ha comido lo que le has puesto?, preguntó Arnold dando un mordisco a la torta. Sí, todo, respondió Betty. Es un buen gato, dijo Arnold y abrazó a su mujer. La llevó a la habitación. Aquella noche hicieron el amor. 

Betty abrió el estante derecho. Sabía que la comida de Adorno estaba en el estante izquierdo pero abrió el derecho de todos modos. Había cajas de cereal. Cerró el estante. Escuchó un ruido afuera y corrió hasta la ventana. Se asomó. No era nada. Caminó hasta el sofá. Se sentó. En la mesa de centro había papeles. Los tomó y echó un vistazo. Eran facturas. Del teléfono. Del gas. De la televisión de paga. Ellos nunca habían tenido televisión de paga. Arnold lo consideraba un gasto innecesario. Cogió el mando del televisor y lo encendió. Hizo zapping. Había noticieros de todo el mundo. Documentales de todo tipo. Programas de cocina. Caricaturas. Música. Películas. Anunciaron una película que hace tiempo quería ver. Sería a las diez. Pensó en venir a verla pero luego lo olvidó. Apagó el televisor. Comenzó a sentir frío. Pensó que quizá alguna ventana estuviera abierta así que revisó todas las ventanas de la sala y el comedor. Estaban cerradas. Entonces fue a mirar a la habitación de los Carver. La puerta estaba abierta. Entró. Sobre la cama reposaba un vestido de Susan y unas zapatillas. Es un lindo vestido, pensó. Echó una mirada por el cuarto. Como si alguien pudiera verla. Cuando estuvo segura que nadie la miraba comenzó a desnudarse. Se puso el vestido. Era un lindo vestido azul. Tomó las zapatillas pero sólo de verlas supo que no le ajustarían. Caminó al baño y se miró al espejo. Pensó que no le vendría mal bajar un kilo o dos. 

 ¿Dónde estabas?, preguntó Arnold aunque conocía la respuesta. Tardaste demasiado, dijo. Tuve que ir al baño, contestó Betty. ¿Al baño?... Sí, dijo, al baño. Tienes tu propio baño, apuntó Arnold. No podía esperar, se defendió Betty. ¿Diste de comer al gato?... Dios, lo he olvidado. ¿Lo olvidaste?, preguntó Arnold incrédulo. Dios, sí, contestó Betty, ahora vuelvo… y fue a dar de comer al gato. Le puso una lata sabor sardina y regresó a su apartamento. No puedo creer que lo hayas olvidado, dijo Arnold. Betty desabotonó su falda y la dejó caer al suelo. Se acercó a Arnold y lo besó. Esa noche también hicieron el amor. 

Eran las siete con treinta. ¿No irás?, preguntó Arnold. Betty no tenía ánimos. Tengo jaqueca, dijo. Arnold estudiaba lo planos de una gasolinera sobre la mesa del comedor. Tenía una escuadra y un lápiz y hacía cosas con ellos. Media y apuntaba. Dieron las ocho y volvió a preguntar a Betty pero tenía una jaqueca horrible. Está bien, dijo Arnold, iré yo, dame las llaves. Lo dijo resignado. Betty le acercó las llaves. 

Arnold regresó a las nueve. Has tardado demasiado, dijo Betty que ya estaba recostada en cama. Sí, dijo Arnold, es raro. ¿Qué es raro?, preguntó Betty. Ya sabes, contestó su marido, estar en el hogar de extraños… Sí, dijo Betty, es raro. Luego no dijeron nada en unos minutos y Betty rompió el silencio: ¿viste el vestido? Arnold no contestó de inmediato. Luego contestó: sí, dijo, es lindo. Me gustaría tener uno así, dijo Betty, pero creo que debo bajar de peso. No debes bajar de peso, dijo Arnold, estás muy bien. No, dijo, enserio, debo bajar un par de kilos o dos. Ajá, dijo Arnold. Y pasó otro silencio. ¿Y las conservas, las viste?, dijo Betty. Arnold Asintió con la cabeza. Todas miran al frente, dijo Betty, ¿lo notaste? Arnold asintió de nuevo. Parecía que hablaban de un gran descubrimiento. Es muy extraño, ¿verdad?, dijo Betty. ¿Qué es extraño?, dijo Arnold. Ya sabes, contestó Betty, estar allí, en casa de los Sanders. Ajá, dijo Arnold. Y tienen televisión de paga, añadió Betty, me gusta estar allí. Arnold la miró recostada. Lucía muy bien. Olvidé poner comida al gato, dijo Arnold mientras le acariciaba el pelo a su mujer. ¿Cómo?, preguntó Betty. Sí, contestó Arnold, lo he olvidado por completo. Betty saltó de la cama. Dijo: iré enseguida. Espera. Arnold la detuvo del brazo. Espera, dijo, iré contigo. 

Entraron juntos. Betty fue directo a la cocina. La comida de Adorno estaba en su plato. Arnold había mentido. Betty reclamó y Arnold dijo: quería mostrarte algo, ven. ¿Qué cosa?, preguntó Betty. Arnold la llevó al dormitorio. En el buró había una caja de cigarrillos y un encendedor. Arnold cogió uno y lo encendió. Carajo, Arnold, deja eso, dijo Betty, tú no fumas. Pero Anold no hizo caso. Allí, dijo, abre el cajón. Betty abrió el cajón. Había una caja de cartón. Dentro hay fotografías, dijo Arnold. Betty se detuvo. ¿Qué clase de fotografías?, preguntó. Ya sabes, dijo Arnold. Betty no abrió la caja. No puedo, Dios, dijo. Arnold se había recostado en la cama, arrugando el vestido y las sábanas. ¿Qué diablos haces?, dijo Betty. Nada, contestó arnold echando humo por la nariz. Vaya, lo haces muy bien, dijo Betty. Fumé en la adolescencia, contestó su marido. Sí, dijo Betty. Ven, acércate, dijo Arnold. Betty se recostó a su lado. Es extraño, dijo. Arnold comenzó a tocarle los senos. Dios, Arnold, dijo Betty, ¿Aquí? Arnold no respondió. Se le fue encima. Es muy raro… decía Betty. 

Terminaron de hacer el amor. Vámonos, dijo Betty, me siento rara. Espera, dijo Arnold, acomodemos la cama. Mañana lo haremos, dijo Betty, quizá se vuelvan a desacomodar, dijo lanzando una risilla. Arnold estuvo de acuerdo. 

A las siete de la noche Arnold tomó a Betty por la cintura y le dijo vamos a alimentar al gato. Pero Betty estaba muy nerviosa. ¿Qué pasa?, dijo Arnold. Maldición Arnold, no encuentro las llaves. ¿Qué?, preguntó Arnold. No encuentro las llaves del apartamento de los Carver. Creo que me las he dejado dentro. Anoche. Arnold abrazó a su mujer. Le sobaba la espalda. Tranquila, dijo, quizá no regresen. 



5 comentarios:

  1. que extraño me senti raro jajajaja

    ResponderEliminar
  2. lo ajeno siempre es extraño y nos atrae

    ResponderEliminar
  3. Ahora te leo en otra faceta, eres muy interesante! Saludos

    ResponderEliminar
  4. estuvo excelente. me gusto bastante =)

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com