viernes, 10 de septiembre de 2010

Linda.

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Compré una rosa. Los editores de una revista nicaragüense recibieron mis textos acogedoramente y enviaron un giro por trescientos pavos y compré una rosa para mi novia. También compré una botella de whisky y unos Delicados. Los treinta pesos restantes se fueron al gobierno con el traga-monedas público y los transportes públicos. Escribir para Nicaragua me daba lo necesario; mi canasta básica; todo va bien si tienes tu whisky, tu tabaco y alguna mujer. Y yo tenía mi escocés, mis Delicados y a mi novia. El escocés y los cigarros lo entendía bien. No lo de mi novia. Es decir, ¿por qué era mi novia? Yo lo sabía perfecto: no era un galán, ni un millonario. Tampoco era lindo… ni atento. Todo lo contrario. Ya, me dije, no te tortures, las mujeres aman la mala vida y tú sabes de eso. Dale mala vida, galán. Anti-galán. Anti-héroe de sus corazones. Corazones rotos en la infancia, necesitados de padre. Almas quebradas, acuciando al amo. 

  Oye, nena, ¿dónde está tu padre?, pregunté. No sé, dijo indiferente. Olía la rosa, jugaba con ella. Caminábamos hacia Donceles. ¿Cómo no sabes?, dije. Se fue, dijo, yo casi no lo conocí; no lo recuerdo, no lo extraño… ¿Era malo con madre? Sí, algo así, dijo, no recuerdo pero sí. Entramos a la vecindad. El lugar era una vecindad donde te dejan entrar y te venden cerveza. La gente hace grupos y toca la guitarra o fuma marihuana. Un lugar retorcido. Me gustaba ir porque podía beber mi alcohol sin problemas y sin pasta extra. Mucha gente iba: punks, metaleros, trovadores, raperos, etc. Se gestaban peleas y broncas por cualquier cosa. Mi novia nunca había ido y pero le gustó el lugar porque siempre fue proclive al izquierdismo. Allí se vendían fanzines y poemas y se regalaba propaganda política de izquierda. 

Las peleas por el trago gradualmente desaparecían. Yo le enseñaba a beber whisky directo de la botella. Es muy fuerte, decía ella. Tú eres más fuerte, vamos, le decía yo. Ya no me impedía beber a toda costa ni se asustaba de mi vehemente sed. Ese día lo pasamos bien. Hablamos de su infancia. Una infancia lastimera. Hablar de sus cosas le dio fuerza para beber y bebió mucho y pensé: no es buena idea enseñarle porque se termina lo mío. No reclamé nada porque luego pensé: si agarra el hábito comprará para ella; ¡y para mí! Estaba en un dilema. 

  El tiempo transcurrió tranquilo. Un hombre tocaba y cantaba canciones de Sabina y le grité: oye hermano, toca esa de “lo nuestro duró, lo que duran dos peses de hielo en un whisky on the rocks…” y no me hacía caso así que grité otra vez más fuerte y otra y luego me dijo no me la sé y dije coño, anda, toca esa. El hombre no me hacía mucho caso pero yo insistía. Finalmente llamó a otro tipo que sí se la sabía. Se acercó a mí guitarra en mano y preguntó si había trago porque de lo contrario no tocaría. Se llamaba Manuel. Tuve que darle un trago de la cerveza de mi novia. Entonces tocó la canción y tocó también otra que decía “cuando era más joven la vida era dura, distinta y feliz…” y todos lo escuchaban y se identificaban con el coro. Yo pensé en cuando era más joven y en efecto, la vida era distinta y mejor. También follé algunas pollitas que lo hacían por primera vez. No como ahora, todas están corridas y a mí no me importa pero la vida era distinta. La nostalgia se apoderó de todos menos de mi novia que aún era joven. Ya eran las diez de la noche y la vecindad la cerraban a las diez de la noche. Yo estaba sabroso y con ánimos y propuse a los presentes seguir la fiesta en algún lugar. El trovador dijo vamos a Garibaldi y su amigo dijo, sí, vamos, y yo dije, claro, vamos. Fuimos nosotros tres, mi novia y otros dos tíos que andaban allí. 

 Camino a Garibaldi alguno pidió un cigarro a quiensea y pensé que yo también quería un cigarro. De todos, la única con pasta era mi novia. Le pedí para una cajetilla de Delicados. Como andaba medio borracha me dio cincuenta pavos y guardé el cambio por cualquier cosa. Compré la caja el 7-Eleven de Donceles y compartí los cigarrillos con el grupo, lo que me granjeó la simpatía de todos. Llegamos a la plaza Garibaldi. No había muchos mariachis pero había algunos. De todos modos no nos importaban los jodidos mariachis. Nos sentamos en una jardinera y el tío de la guitarra acompañó con ella al tío del yambé quién acompaño al tío de la flauta y todos fueron acompañados por la pandereta de una bella chica. La chica de la pandereta y otras chicas llegaron allí antes que nosotros y nos unimos a ellas en una gran batucada. Yo era espectador porque no sé tocar sino culos y tetas. Justo en eso estaba pensando. En las tetas y culos de aquellas gringas. Eran gringas las hijaputas. Mi novia también era espectadora y me abrazaba. Estaba borracha y contenta y no sospechaba que en un momento más la dejaría allí para huir con la primer gringa que dijera sí. Eso quise. Ninguna gringa dijo sí. Comenzó a llover y se fueron. El resto nos refugiamos pegados a la pared de un edificio.

  Bebimos un mezcal que no sé de dónde salió. Mi novia ya deseaba largarse de allí pero yo sentía que algo bueno venía. Quedábamos pocos y se estaba discutiendo ir a un lugar que yo no conocía pero había buena música, mujeres fáciles y se podía dormir allí. Mi novia jodía y jodía con irnos ya. Calma, nena, le decía, no todos los días se conoce gente tan interesante. La verdad es que ninguno de ellos era interesante pero me estaba prendiendo el ambiente. Me siento mal, decía. Ya, no jodas, no puedes estar mal en una noche tan buena, se te pasará si dejas de pensar en el malestar. Realmente lo intentó. Se mantuvo callada unas buenas horas. 

  Finalmente decidieron ir a Insurgentes, a la glorieta, donde conocían un buen lugar. En efecto era un buen lugar pero faltaba algo. Hubo alcohol, comida, un colchón en la calle. Pero no había una sola mujer. La única era mi novia y todos se le acercaban. Ella los mandaba al coño de inmediato y pensé, va, no te iría mal un poco de sexo con algo que no sea yo.  Entonces pasaron por esa misma calle un trió de chicas. Eran realmente feas. Iban vestidas peor que los harapientos que nos acogieron en aquella deplorable calle de Insurgentes. Llamé a las tías. Todos bebían. El tío de la guitarra tocaba más canciones de Sabina porque lo había jodido toda la noche con lo mucho que me gusta el buen Joaquín. Ya no le prestaba atención. Mi atención estaba en las tías mugrosas. Se acercaron y les invité un trago. Se quedaron con nosotros. De las tres había una no tan mal; era bonita, solo estaba un poco sucia. Mi novia no se me despegaba, me tenía bien sujeto del brazo, diciendo de vez en vez ya vámonos, me siento mal. No me dejó trabajar bien. Estas tías son realmente fáciles, se acostarían conmigo sólo por la aventura de entrar a un hotel o a mi casa y pasar una noche en cama, en medio de cuatro paredes, pensé. 

  Dejé un momento a las chicas con la jauría. De todos modos yo sabía cuál era la mía y ella lo sabía también porque desde su llegada la miré directo a los ojos y dirigía mis palabras únicamente a ella. Llevé a mi novia a la esquina de la calle y le dije quédate aquí, siéntate, ahora vuelvo y nos vamos. No, no, decía, no te vayas, no me dejes. Coño, nena, ahora vuelvo, será mejor para ti descansar aquí. No, no, decía. Se puso bastante necia y me estaba partiendo las pelotas. ¡Ya!, dije, ¿no lo ves?, no tenemos cómo regresar. ¡No podemos caminar hasta casa! Quedó muda. Desgraciadamente yo tenía razón; habíamos llegando caminado y caminamos mucho pero ahora era distinto, el regreso es distinto, a la partida uno tiene esperanza, ánimo. El regreso es distinto; lo pasa uno mal en el regreso. La dejé allí. Regresé a donde todos y me fui directo a por mi chica. Se estaba pegando a una estopa con solvente. Ella se estaba pegando a una maldita estopa con solvente. La llevé aparte y le quité la estopa. No jodas, le dije, esto te matará más rápido que el alcohol a mí. Se enojó demasiado. Comenzó a darme manotazos y la alejé aún más. Mira, dije, eres una tía muy bella, no te jodas así, nena, me mata ver cómo te matas. La tía se calmó. Anda, dime tu nombre, hermosa, no te haré daño. Se llamaba Linda. Vaya, dije, es lástima. ¿Cómo?, dijo. La ironía, dije. Olvídalo, Linda, ¿tienes dónde pasar la noche? Dijo que sí, que cualquier lado era bueno. Pensaba quedarse allí con los tíos del colchón. Era un viejo y sucio colchón tirado en la acera. Ya, dije, hagamos algo: te invito a mi casa, allí puedes dormir en cama y al amanecer desayunaremos algo y te puedes dar una buena ducha. Me agradeció el ofrecimiento pero dijo no. Vaya, Linda, no seas tonta, dije, vamos. Le acaricié el rostro y le dije que me gustaba mucho y que realmente me gustaría pasar la noche con ella. Te daré algo, si quieres, dije. Me refería a algo de dinero. No tenía mucho pero en verdad estaba interesado en llevar a Linda a casa, no tanto por el sexo, no sé, es raro, esta jeba me tocó el corazón que yo creía perdido. 
Finalmente la convencí. Sus amigas comenzaron a tirarle mierda porque no dejaba de hablar conmigo. Nos gritaban cosas. La querían hacer sentir como una traidora por no estar con ellas y dejarse engatusar por un hombre. Eran tías resentidas con los hombres. 

  Tenía dos opciones: esperar al amanecer o largarme de inmediato. Si esperaba, Linda iría a emborracharse y drogarse y tal vez, al amanecer, ya estaría tirada en la calle y adiós mi oferta. Si me iba de inmediato sería caminar con ella y con mi novia hasta casa. Decidí caminar con tal de salvar a Linda. La tomé de la mano y llegué hasta mi novia. Dormitaba. Le toqué la cabeza y le dije ya vámonos. Se levantó y se colgó de mi brazo. Linda se asustó un poco, dijo: pensé que iríamos tu y yo. La dejamos en su casa y nos vamos, le dije al oído. No parecía muy contenta. Caminamos los tres. ¿A dónde vamos?, preguntó Linda. Cuando lo dije pensó que estaba loco y nunca llegaríamos caminando. Mi novia también se había cabreado porque llevaba una mujer en el otro brazo. Expliqué era un amiga y le haría un favor dándole un lugar para dormir y tomar un baño. No quedó muy convencida. La cosa no era buena, iba en la madrugada, con dos tías molestas a un lugar realmente lejos y a pie. Entonces mi novia dijo, tomemos un taxi. Andamos sin blanca, dije. Me había gastado el cambio de los cigarros en un par de latas de Tecate. Llévame a casa, dijo, allá lo pagaré. Ya, dije, pues dale. Caminamos a la avenida y tardamos bastante pero lo logramos. Cogimos un taxi. 

  Llegamos a casa de mi novia. Se bajó, entró a casa y salió con la pasta. Pagó la cuota del taxi. El taxi se fue y mi novia entró a casa sin dirigirme la palabra. ¿Y bien?, dijo Linda, ¿dónde queda tu casa? Estaba un poco harta pero me abrazaba y me acariciaba la nuca. Va, dije, creo que ahora sí habrá que caminar. Dimos los primeros pasos cuando escuché ruidos detrás de mí. Era mi novia. Dijo: ten, para un taxi. Me dio algo de pasta. La abracé pero no la besé. Gracias, dije. Entonces ella dijo ¿porqué no me besas? La besé antes de que hiciera un escándalo. La besé largo y apasionado. Ella dirigía el beso y así me obligó a besarla: largo y apasionado. Luego regresé con Linda que esperaba impaciente. No dijo nada sobre el beso.

  Parar un taxi nos tomó veinticinco minutos. Finalmente llegamos a casa. En casa lo primero que hice fue meter a Linda a la ducha. No quería pero la obligué porque incluso para mí la suciedad de Linda era demasiado. 

  Cuando estuvo limpia bajo el agua me metí con ella. Me desnudé y me metí con ella. Apenas cabíamos. La ducha era un pequeño cuadrado de dos por dos metros. Pero estuvo bien. No la besé, no deseaba hacerlo y ella no pidió besos. Me masturbó. Lo hacía muy bien; la jalaba muy rápido y sin lastimar. Me vine en pocos minutos. Era la mano más rápida de la delegación Tlalpan. Antes de estar listo de nuevo se agachó. Se agachó como pudo porque no cabía agachada en la ducha y metió la pinga a la boca. El espacio reducido la obligaba a tragarla hasta el fondo, hasta la campana. Se pegaba como caracol y se quedaba así haciendo no sé qué movimientos fantásticos de lengua y boca, de toda la boca, como succionando, realmente succionando, súcubamente. Sentí la pinga crecer en su boca y luego las succiones. Otra vez me vine rápido. Era una joya la jeba. Me había escurrido dos veces y más rápido y mejor en un día que mi novia en todo el tiempo que fue mi novia. No sé cuánto tiempo fue mi novia, no llevaba la cuenta pero es más de un jodido día, eso es seguro. Un día bastó para enamórame de Linda. Lástima que no era precisamente linda. Como sea la saqué de la ducha y la llevé al sofá. Templamos duro pero esto también fue distinto. No fui yo el que lo hizo duro. Me tiró al sofá, se puso dándome la espalda y se ensartó. Bajó medio cuerpo al suelo, a donde estaban mis pies y los de ella y comenzó a mover el culo lento, luego rápido. Hasta moverlo como licuadora, realmente rápido y sabroso. Otra vez duré pocos minutos, era una vampiresa. Me dejó tirado, cansado, satisfecho.

  Al amanecer entreabrí los ojos. Seguía tumbado en el sofá. Me despertó un ruido. Era Linda. Esculcaba los cajones del estante. No encontrarás nada, dije. Se asustó al verme despierto. Estaba buscando un cerillo, dijo. Ya, no importa, así busques joyas o cosas de valor, no encontrarás nada. Estaba buscando un cerillo, repitió. Pues ni un solo cerillo encontrarás, soy más pobre de lo que parece, dije. Sí, dijo. Y se sentó en el sofá, junto a mí. No dijo ni hizo nada, se sentó y se quedó quieta, como estatua, mirándome, esperando que yo dijera algo. Entonces dije algo: cásate conmigo. Ella rió y dijo no puedo, no tengo papeles. La miré bien. No la había mirado bien todo ese tiempo. ¿De dónde eres?, pregunté. De Matanzas. Ya, dije, ahora lo entiendo todo. Le dije te quiero. No sé porqué lo hice. A veces me pasa. Siento que quiero a las personas. A las mujeres. Aunque siempre descubro que son unas brujas. Linda tenía algo especial. Su feo rostro era bello de algún modo. Su tristeza. Sus ojos nublados por la tristeza. Nadie te querrá como yo, le dije, quédate conmigo. Se puso furia. Me explicó en un español lacónico que yo estaba pendejo. Que no podía quererla y que ella no me quería ni un poco y que todo había sido de una noche nomás. Y que le debía dinero. Dios, dije, ¿para qué quieres dinero si te estoy ofreciendo amor? Pero no entendía. Ya, dije, ¡entonces quédate con el maldito dinero, si serás idiota! La muy puta me arañó la cara. Me la tuve que quitar con violencia. Se me echó como gato. ¡Puta de mierda!, le gritaba, déjame, ¡cabrona! Hasta que se calmó. Me debes dinero, decía. Ya, dije, ¡que te metas el dinero por el culo! Le decía aquello pero no le daba un quinto. No tenía un quinto. Y ella jodía con la paga. ¿Eres prostituta?, le dije. Ya no contestaba. Sólo sabía decir: me debes dinero. Y estirar la mano. Ya, dije, ahora te pago, calma. Hice como que buscaba en las bolsas del pantalón. Levanté el pantalón del suelo e hice como que buscaba. Verás, decía mientras buscaba inútilmente en el pantalón, en la camisa, en los cajones… Si te doy dinero ahora y te largas… Busqué sobre la mesa… te gastarás la plata en un segundo y no te conviene…. Busqué bajo los papeles y alguna ropa que estaba en la mesa… Lo que te conviene es quedarte unos días más… Busqué encima de los libros… Y aquí podemos pasarlo bien, podemos comprar un trago y… entre las páginas de los libros… Ella sólo me miraba desesperadamente. Como una verdadera prostituta. Quizá lo sea, pensé. Pero no tenía el aspecto de una puta. No iba maquillada. Ni siquiera bien vestida. Me rendí. Dije, dame un segundo, necesito orinar. Hizo una mueca. Estaba allí parada, con los brazos en jarra, moviendo un pie como diciendo: dale, cabrón, no tengo todo el día. Desde el baño le grité: tengo algo de ropa de mujer que quizá te sirva… No decía nada. Me refería a una chamarra que mi novia había dejado y una blusa. Quizá pueda darte eso si te quedas un día más… Nada. No contestó nada. Yo no estaba orinando. Estaba buscando algo de pasta. Dios, dije al mirar un billete junto al escusado. Era un pequeño billete de cincuenta pavos.  

 La despedí en Periférico y Tlalpan. Le di cincuenta pesos y jamás la vi de nuevo. Es lástima. 





8 comentarios:

  1. dale macho, las putas van y vienen, Carolina no!

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  2. escelentes canciones del maestro sabina

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  3. Esta novia que mencionas no es carolina o si!!!???

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  4. Imagino que es la novia de 17 porque de ella nunca dices el nombre, o me equioco?

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  5. Divertido e interesante, seguire leyendo para opinar mejor

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  6. Debe ser la novia menor de edad porque Carolina no hubiera aguantado ese trato, lo mandaria al carajo y no lo dejaria llevar a otra mujer a casa. Ademas Carolina vive con Petrozza y aqui se narra que la dejo en su casa y pidio un taxi. O me equivoco querido Martin?

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  7. Los textos no siguen un orden de fechas exactas?

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  8. No, los textos no tienen orden cronológico. Y sí, hablo de mi novia, la de diecisiete años. Carolina no llegaba a mí en la fecha que ocurrió esto. Gracias por leer. Saludos a todos.

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